¡MALDITA SUEGRA!

José Vicente Ortuño

España

Suegra: Madre del marido respecto de la mujer,
o de la mujer respecto del marido.

Diccionario de la lengua española.


Todos sabemos el significado de la palabra suegra y también la leyenda negra que la acompaña. ¿Quién no ha sido testigo desde la más tierna infancia del cruel comportamiento de nuestras dulces abuelitas hacia nuestros padres? Más tarde, cuando ya somos adultos, asumimos que la madre de nuestra novia nos someterá a tortura psicológica tras el matrimonio y nos conformamos con sufrirla de la forma más paciente posible. Pero, ¿cuál es el origen de este flagelo social? Sabemos que no es un mal de nuestro tiempo, pues se sabe a ciencia cierta que en la prehistoria la humanidad ya sufría el azote de las suegras. Eminentes arqueoantropólogos han descrito en sus estudios el efecto de las suegras en los primeros homo sapiens. Algunos, como el profesor Honorato Heineken von Birra, Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Requena, en su libro "Los cazadores de bisontes" , relata con todo detalle la vida de un sufrido yerno del paleolítico:

"...vemos a un hombre prehistórico volviendo de cacería cargado con un gran bisonte. Recordemos lo duro que resultaba en aquella época conseguir la comida, ya que no sólo había que perseguir, acosar y matar al animal, sino que luego había que transportar la pieza cobrada durante muchos kilómetros hasta la cueva o poblado. Pero ¿acaso era recibido como el esforzado héroe que había pasado mil penalidades para llevar alimento a su familia? No siempre era así. Solía recibirlo su suegra, que le echaba la bronca por estar un mes fuera de casa con los amigotes, luego criticaba la ridiculez de la pieza tan costosamente cobrada y le arrojaba boñigas de vaca por no haber cazado el mamut que ella necesitaba para hacer el potaje del domingo."

Ya en épocas históricas, el historiador romano Marco Yerno Petronio, en su obra Suegris horribilis, nos cuenta que en el siglo I a.C. algunos ciudadanos romanos intentaron arrojar a sus suegras a las fieras del Circo Máximo, pero sólo consiguieron que las pobres bestias —los tigres, leones y panteras, claro— huyesen despavoridas ante las iracundas miradas de las airadas madres políticas. Lo que no cuenta el erudito es qué les sucedió a los yernos que tuvieron tal osadía. Más vale no saberlo.

En la Edad Media miles de yernos desesperados engrosaron las filas de los cruzados. Con la excusa de liberar Tierra Santa de manos de los infieles, huyeron de sus hogares para sacarse de encima la plaga de sus suegras. Documentos recientemente descubiertos revelan que los musulmanes contra los que luchaban los cruzados también huían de sus madres políticas. Por desgracia la barrera lingüística y cultural impidió que ambos bandos confraternizasen ante su común desgracia.

En los archivos históricos hay amplia documentación sobre como los grandes conquistadores desde Gengis Khan hasta Napoleón, y exploradores y aventureros como Cristóbal Colón, Hernando de Magallanes o James Cook, organizaron sus campañas y expediciones con la excusa de estar fuera de casa y no tener que aguantar a sus madres políticas.

En pleno siglo XXI muchos sufrimos los efectos de una suegra, pues a pesar de que hoy en día se mantienen entretenidas con los programas televisivos de cotilleos, continúan controlando y acosando sin descanso a sus sufridos yernos. Pero, ¿cuál es la causa de que alguien, que en apariencia es una buena persona para sus vecinos, amigos y familiares, se comporte como un ser maligno con su hijo político? En principio parece difícil responder a esa pregunta, pero por suerte o por desgracia, yo sé la verdad y, a pesar de que mi vida corre peligro, voy a develar el pavoroso secreto y cómo llegué a conocerlo.


Todo comenzó hace unos años cuando Patricia, mi esposa y entonces novia, me llevó a conocer a sus padres. Era consciente de que para ella era un día muy importante y yo quería causar una buena impresión a mis futuros suegros. Mientras esperábamos a que abrieran la puerta, yo repasaba mi aspecto intentando no parecer desaliñado. Dentro de la casa sonaron pasos y cuchicheos apagados, alguien observó por la mirilla y al poco la puerta se abrió. Una pareja de mediana edad apareció en el umbral. El padre de Patricia se llamaba Manolo, era algo más bajo que yo, tenía el cabello escaso y canoso, y lucía una indecente barriga cervecera que se le desbordaba sobre el cinturón. El pobre hombre sonreía tan nervioso y embarazado como yo mismo, lo que le granjeó mi inmediata simpatía. La señora Maruja, mi futura suegra, era más baja que su marido, tenía las caderas anchas, lo que le daba aspecto de peonza, y llevaba el cabello teñido. Era evidente su reciente paso por una peluquería en la que no habían tenido piedad a la hora de administrarle laca, cuyo olor formaba un campo de fuerza a su alrededor. Vestía una bata acolchada de color amarillo y sobre ella un delantal con la leyenda: "En la cocina mando yo". Las beatíficas sonrisas de ambos me hicieron creer, incauto de mí, que era bien recibido.

Madre e hija ejecutaron el típico ritual de intercambio de besos y cumplidos cursis. Mi futura suegra me besó y me estrujó, sofocándome con el empalagoso olor de su cabello. Vista de cerca descubrí que llevaba la cara alicatada de maquillaje barato, con tendencia a derretirse en grasientos goterones. Después recibí el fuerte apretón de mano de mi futuro suegro, que se convirtió en una silenciosa pugna por ver quien machacaba mejor la del contrario. Cuando la situación se hizo insostenible, y el crujir de huesos demasiado evidente, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, soltamos aliviados y jadeantes nuestras respectivas presas.

Entramos en la casa y, mientras madre e hija continuaban con sus comentarios triviales, el padre de mi novia, entre palabras amables de bienvenida, me palmeaba la espalda de forma inmisericorde, posiblemente para comprobar si era capaz de cargar sacos de cincuenta kilos, ya que no encuentro la otra explicación a semejante paliza. Me hicieron sentar en un sofá frente una mesita baja, sobre la que me esperaban una botella de cerveza fría y unos platitos con cacahuetes y mejillones en escabeche. Un enorme y ominoso televisor de tropecientas pulgadas presidía la estancia como un enorme ojo de cristal.

No los voy a aburrir con los detalles de lo que fue aquella velada, sólo que la "maravillosa paella" que me había prometido Patricia fue un amasijo de arroz pastoso, más digno de utilizarse para pegar azulejos que para ser ingerido por un futuro yerno; pero me comí todo el plato sin rechistar. ¡De lo que es capaz de hacer un hombre enamorado!

A partir de entonces las relaciones con mi suegro fueron las clásicas conversaciones sobre política —en las que nunca nos poníamos de acuerdo—, y sus vanos intentos para que me gustase el fútbol. Con mi suegra la cosa fue algo más extraña. En un principio parecía convencida de que con nuestra boda no perdía una hija, sino que ganaba un hijo, estúpido tópico que estoy seguro de que ya nadie se cree. Se la veía feliz y era atenta conmigo. Sin embargo, conforme se aproximaba la fecha de la boda, comenzó un cambio de actitud que, en principio, debía de haberme hecho sospechar que algo no marchaba como debía. Por algún motivo que se me escapaba, de repente, comenzó a tratarme de otra forma, como si recelase de mí. Lo achaqué al instinto protector de toda madre hacia su hija pero, con el paso del tiempo, la cosa fue a peor: ¡En mi cumpleaños me regaló una afeitadora eléctrica! ¿Por qué lo hizo, si ella sabía que yo estaba orgulloso de mi barba por el aire intelectual que me daba? Más tarde, en Navidad, me obsequió una corbata horrenda, de colores tan chillones que para mirarla hacían falta gafas de sol, cuando conocía mi visceral aversión hacia esa prenda tan inútil. ¿Acaso quería cambiar mi aspecto o sólo incordiarme?

Con paciencia infinita continué soportando las visitas de cada domingo. Ingería sin protestar los monótonos aperitivos y la espantosa paella de arroz pasado. Mientras tanto se sucedían los meses e íbamos haciendo los preparativos para nuestra boda. Compramos un piso, es decir, firmamos una hipoteca para cincuenta años, que me condenaba a pagar plazos hasta varios años después de muerto. Asesorados por el "exquisito" gusto de mi suegra amueblamos nuestro futuro hogar con infinidad de cosas inútiles, que tuve que pagar yo, y nos casamos con gran pompa y boato; que también corrieron de mi cuenta.

Fui muy ingenuo al pensar que, al estar casados, mi suegra ya no podría seguir incordiándome. Pero cuando volvimos de nuestro viaje de bodas, a pesar de mi manifiesta oposición, fuimos de nuevo a comer a casa de los padres de mi esposa. ¡Cuán débiles somos los hombres ante la persuasión de una mujer!

Mis suegros nos recibieron con renovados besos y estrujones, si bien noté que en la peluquería habían cambiado por una peor marca de laca y la de ahora tenía un tenue olor sulfuroso. Mi suegro, que ya había renunciado a intentar destrozarme la mano y la espalda, preparó el clásico aperitivo de cerveza y cacahuetes —por algún motivo que desconocía hacía tiempo que ya no me ofrecían mejillones en escabeche—, mientras mi suegra me observaba con una extraña expresión de triunfo, tal vez algo siniestra para mi gusto. Pensé que el reciente viaje todavía me tenía trastornado e intenté quitarme tal sensación de la mente, pero eso no impidió que me sintiese como un ratoncillo frente a una serpiente. Durante el aperitivo confirmé que ella no sólo había cambiado más aún su actitud hacia mí, sino que incluso se movía de forma diferente, como si le sobrasen articulaciones. Lo atribuí a algún achaque, aunque parecía cualquier cosa, menos achacosa.

Entonces sucedió algo inesperado: por primera vez en el tiempo que llevaba ingiriéndola, la paella no fue una masa de arroz pasado, trozos de pollo fritos hasta la momificación y verduras mustias. ¡Estaba en su punto y deliciosa! Sin salir de mi asombro me pregunté qué podría haber sucedido. ¿Acaso nos habíamos equivocado de casa?

Perplejo, intrigado y por primera vez satisfecho con la comida, me dispuse a pasar, como siempre, una velada muy aburrida. Mi suegro se había dormido mientras le hablaba, por lo que me puse a mirar la televisión, yo también amodorrado. Mi suegra entró en el salón trayendo el café con gran ceremonia. Entonces sucedió. Fue una visión fugaz que me heló la sangre de puro terror y me dejó sin respiración. Sobresaltado me giré hacia ella, que sonrió con tétrica beatitud. Sin dejar de observarla de reojo volví a mirar la televisión. Allí estaba de nuevo. Era una visión de pesadilla. Una criatura monstruosa con apariencia de insecto ocupaba el lugar de mi suegra. Tenía el cuerpo cubierto de escamas quitinosas color gris oscuro, erizadas de gruesas cerdas. De la cabeza le sobresalían cuatro antenas y me miraba con tres enormes ojos facetados. Vestía la bata acolchada y estaba sirviendo una taza de café. Me estremecí y "esa cosa" se dio cuenta de que la había descubierto. Agitó sus antenas de manera burlona. La miré de frente y volvió a la apariencia humana. En ese momento no me atreví a mover ni un músculo. ¿Era yo el único que la veía? ¿Me había intoxicado con la comida y tenía visiones? ¿Estaba soñando despierto? Mi esposa, sentada a mi lado, no parecía advertir nada extraño y su padre roncaba en el sillón con un hilillo de baba cayéndole de la boca.

Presa de un pánico atávico e irracional decidí que tenía que salir de allí como fuese y huir lejos de aquel monstruoso horror. Me levanté con cautela y salí del salón mascullando una disculpa. Me apresuré por el pasillo pero, cuando ya estaba a punto de abrir la puerta de la casa, algo me agarró por la nuca, me levantó en el aire y me hizo girar, con lo que quedé cara a cara con ella o eso; no sé como definirlo todavía. El miedo me paralizó por completo y tal vez por ello no se me aflojaron los esfínteres. Sin embargo, en el fondo de mi mente confusa, me pareció graciosa la visión del monstruo escamoso vestido con una bata acolchada y un delantal, pero no me atreví a reírme.

Me tenía sujeto por la nuca con una de sus garras y blandiendo delante de mi cara un dedo provisto de una enorme uña digna de un velocirraptor, me dijo con voz rasposa y cascada, que sonó como un serrucho embotado intentando cortar una piedra:

—¡Escucha bien terráqueo, no te lo voy a repetir!

Lo peor de todo no fue la voz ni la uña, sino su aliento, que olía como una mezcla de amoníaco, azufre y coñac barato.

—S... s... sí —contesté yo con un hilo de voz.

—¡No has visto absolutamente nada! —dijo clavando sus tres ojos facetados en los míos y enfatizando sus palabras con el movimiento de las antenas.

—Lo... lo... lo que usted mande —respondí presa del pánico.

Apoyó su larga y curva uña en mi nariz, se acercó aún más y continuó asfixiándome con su aliento:

—Si le dices a alguien lo que has visto te devoraré las entrañas antes de matarte —y añadió bruscamente—: Capicci!

Me soltó y no caí al suelo porque tropecé con una pared, pero las piernas me temblaban como si fuesen de goma y se negaban a sostenerme. Con un brusco movimiento de antenas me indicó que volviese al salón. Obedecí sumiso sintiendo su aliento fétido en la nuca. Al entrar Patricia me miró contrariada, el monstruo... mi suegra me agarró por un brazo y dijo con voz humana dirigiéndose a ella.

—¡Cariño, a tu marido parece que no le ha sentado bien lo que ha comido! ¿Es que no le das bastante de comer entre semana?

Iba a decirle a mi esposa que no me pasaba nada, cuando otra cosa me espantó más todavía y no pude hablar. Vi a mi suegro, o lo que debía serlo, de reojo. En lugar de un patético remedo de Homer Simpson, en el sillón yacía una babosa verde de ochenta kilos, mirándome inquisitivo con unos ojillos diminutos que, como los cuernos de un caracol, tenía en el extremo de dos tentáculos viscosos. Caí al suelo sin sentido.

Cuando te despiertas tras haber perdido el conocimiento tienes el inquietante pensamiento de que, mientras estabas "ausente", te encontrabas indefenso a merced de cualquiera. Pero si, además, te encontrabas en compañía de un par de seres de pesadilla, te sientes tan asustado que incluso te dan ganas de perder el sentido de nuevo. Eso mismo fue lo que sentí yo cuanto recuperé del todo la consciencia. Repetí las miradas directas y de reojo, y me convencí de que lo que recordaba no había sido un sueño. Luego me puse a mirar a Patricia de mil maneras, intentando averiguar si ella también era un monstruo. Por fortuna todavía no era así.


Ilustración: Pedro Belushi

Mi... suegra, me preparó una infusión de tila para tranquilizarme, que tomé evitando mirarla de reojo. Más tarde, aprovechando que mi esposa estaba en el baño, el monstruoso insecto renovó su amenaza de devorarme los hígados si no guardaba su secreto, a lo que la babosa asintió con un gruñido. No me quedó otra opción que jurarles, por lo que más quiero —mi colección de comics de Alan Moore—, que jamás revelaría su verdadera identidad.

Por Patricia he estado aparentando todo este tiempo que no pasa nada y que mis relaciones con sus "padres" son estupendas. En realidad es así, aunque "ella" me recuerda su amenaza de vez en cuando. Además, evito mirarlos de reojo mientras comemos para que no me den nauseas.

Cuando me acostumbré a la terrible realidad y aprovechando que la babosa —mi suegro— tiene buen carácter y se puede hablar con él cuando está despierto, lo interrogué sobre los motivos por los que sustituyen a la gente.

—Los nativos del sistema Betelgeuse —me respondió señalando a la cocina donde "ella" preparaba la comida— hacen turismo por la galaxia suplantando a las suegras —y añadió ondulando su masa viscosa con una risa gorgoteante—: Les divierte mucho torturar a los yernos.

—¿Y ustedes a qué vienen? —inquirí.

—Nosotros sólo venimos a ver el fútbol y a descansar —respondió encogiendo las antenas, señal inequívoca de que iba a continuar con su siesta, y se puso a roncar plácidamente.

Con el tiempo he ido averiguando más datos sobre los alienígenas suplantadores y ahora sé que todas las suegras y suegros —si no me creéis observad a los vuestros de reojo—, han sido sustituidos por extraterrestres. Así es como, ante el peligro que amenaza a la humanidad, no puedo callar por más tiempo y he decidido hacer pública la verdad. Además, Patricia está embarazada de una niña y, cuando se case, mi esposa será suplantada por un monstruo escamoso procedente de Betelgeuse y yo por una babosa dormilona de Alfa Centauro. No puedo tolerarlo más, hay que poner fin a esta invasión y para ello he creado la Y.U.C.O. (Yernos Unidos Contra la Opresión), la resistencia que librará a la Tierra del azote de las suegras. Ya somos un gran ejército de yernos y pronto estaremos preparados para entrar en acción. Mientras tanto procuro llevarme bien con mi suegra y, aunque la curiosidad me corroe, nunca le he preguntado qué fue de la autentica señora Maruja...

...bueno, al fin y al cabo qué me importa: prefiero a la extraterrestre porque, y sobre eso no tengo ninguna duda, cocina mucho mejor que la original.



Algunos tamas no deben ser ventilados, ni siquiera en las tres líneas con las que acompañamos los cuentos que publicamos en Axxón: mi suegra me está mirando.

José Vicente Ortuño Segura dice que nació en Manises (Valencia) en 1958. Aunque trabaja recalentando sillas ante un ordenador, este cuento nos ha dejado más dudas que certezas (y alguno anterior también) por lo que ya no sabemos si estamos ante un cronista voluntario de hechos anómalos infiltrados en nuestra realidad o si él mismo no es un suplantador compulsivo de Rigel. Por lo pronto, provisoriamente y por puro sentido de superviviencia, digamos que es un escritor de ascendente carrera que ya ha publicado, con éste, ocho cuentos en Axxón: "Frankenstein 2004" (145), "Responsabilidad" (152), "Putrefacción" (154), "Tierra calcinada" (155), "Por amor" (158), "La tortilla" (160) y "Mis vecinas" (160).


Axxón 162 - mayo de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Humor: España: Español).

            

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