EL ÚLTIMO PERRO

Mike Resnick

Estados Unidos

El Perro —viejo, sarnoso, con las vértebras formando pequeñas crestas bajo la piel suelta que le cubría el cuerpo esquelético— trotaba a través de las calles desiertas con el hocico pegado al suelo. Le faltaba media oreja y casi toda la cola, y una capa de sangre reseca le cubría el cuello como una bufanda. Quizás alguna vez había sido de color dorado o marrón claro, pero ahora parecía un viejo ladrillo rojo, incluso hasta por la paja y el barro que se adherían a las pocas partes de su cuerpo que aún retenían algo de pelo.

Como carecía de una percepción verdadera del paso del tiempo, no tenía idea alguna de cuándo había comido por última vez, excepto que había sido muchísimo tiempo atrás. Un radiador roto en un cementerio de automóviles le había proporcionado agua durante la semana anterior y lo mantuvo en el área mucho tiempo después de que desapareciera la última gota del líquido herrumbrado y translúcido.

Ahora estaba jadeando y el aliento le brotaba en una serie interminable de breves jadeos y estertores. Le dolían los flancos, le lagrimeaban los ojos y de vez en cuando tropezaba con los cascotes desprendidos de los ruinosos y derruidos edificios que flanqueaban la calle quebrada en tortuosos fragmentos. Tenía los dedos de sus patas llagados y encallecidos y hacía mucho tiempo que le habían sido arrancados ambos espolones.

Siguió trotando, a veces temblando de frío por la brisa helada que atravesaba silbando las calles de la ciudad muerta. Una vez vio una rata, pero un prematuro gemido de hambre la había alertado y se escurrió entre los escombros antes de que pudiera atraparla, de modo que siguió trotando, sus pasos un poco más cortos, el pecho doliéndole un poco más, buscando sustento para vivir un día más, volver a cazar, comer otra vez, y así poder vivir todavía un día más.

Entonces, de pronto, se quedó inmóvil, con el hocico cubierto de barro husmeando el viento y el lastimoso muñón de su cola erguido rígido detrás de él. Permaneció sin moverse por casi un minuto, excepto por el espasmódico temblor de una de las patas delanteras; luego se escabulló furtivamente entre las sombras y avanzó en silencio calle abajo.

Emergió en lo que una vez había sido una intersección, fijó los ojos en la cosa al otro lado de la calle y parpadeó. Su vista, que no había sido buena ni siquiera en los días de juventud y vigor, resultó insuficiente para la tarea que lo enfrentaba, de modo que se arrastró hacia adelante, con el estómago pegado al suelo y salpicaduras de saliva moteándole el pecho.

El Hombre oyó un débil sonido de arrastre y miró hacia las sombras, con un segmento de una vieja dos por cuatro en la mano. El también se veía esquelético y sucio, con el pelo descuidado; le faltaban cuatro dientes y había otro podrido a medias. Llevaba los pies envueltos en trapos viejos y lo único que mantenía sus ropas unidas era la suciedad.

—¿Quién anda ahí? —dijo con voz rasposa.

El Perro salió de entre los edificios mostrando los colmillos y avanzó lentamente, con un gruñido sordo retumbándole en la garganta. El Hombre giró para enfrentarlo, apretando con más fuerza su garrote improvisado. Se detuvieron cuando estaban a unos cuatro metros de distancia, tensos, inmóviles. Muy despacio, el Hombre levantó el garrote en posición de ataque; muy despacio el Perro encogió las patas traseras disponiéndose a saltar.

Entonces, de improviso, una rata saltó de entre los escombros y pasó corriendo entre ellos. Gritos salvajes escaparon de los labios tanto del Hombre como del Perro. El Perro saltó, pero el garrote del Hombre fue aún más rápido; voló por el aire y cayó sobre el lomo de la rata, aplastándola contra el suelo y matándola en el acto.

El Hombre se adelantó para reclamar su arma y su presa. Al inclinarse para tomarlas, el Perro emitió un gruñido sordo. El Hombre le clavó la mirada durante un largo momento; entonces, muy despacio, con mucho cuidado, levantó el garrote por un extremo. Con el otro serruchó el cuerpo aplastado de la rata hasta que se partió en dos y empujó un segmento pulposo hacia el Perro. El Perro permaneció inmóvil por unos segundos; luego bajó la cabeza, atrapó el trozo de piel y carne manchadas de sangre y salió corriendo a través de la calle. Se detuvo al borde de las sombras, se echó al suelo y comenzó a mordisquear su asquerosa comida. El Hombre lo contempló un momento y luego recogió su mitad de la rata, se puso en cuclillas como lo hacían sus progenitores algunos millones de años atrás y lo imitó.

Cuando terminó su comida, el Hombre eructó una vez, caminó hasta la pared todavía en pie de un edificio, se sentó con la espalda apoyada en ella, se puso el garrote sobre las rodillas y contempló al Perro. El Perro, lamiéndose las patas delanteras que nunca más volverían a estar limpias, le devolvió la mirada.

Y así durmieron, inmóviles, en la ciudad fantasma. Cuando el Hombre despertó a la mañana siguiente, se puso de pie y el Perro hizo lo mismo. El Hombre balanceó el garrote sobre sus hombros y comenzó a caminar, y después de unos momentos, el Perro lo siguió. El Hombre pasó la mayor parte del día caminando por la ciudad, rebuscando en las blandas entrañas de almacenes y negocios, a veces maldiciendo cuando un muerto comercio tras otro se negaba a ofrecerle zapatos, o chaquetas, o alimentos. Al atardecer construyó una pequeña fogata entre los escombros y miró a su alrededor buscando al Perro, pero no pudo encontrarlo.

El Hombre durmió inquieto y se despertó unas dos horas antes del amanecer. El Perro estaba durmiendo a unos seis metros de distancia. El Hombre se sentó bruscamente y el Perro, sobresaltado, se alejó corriendo. A los diez minutos estaba de vuelta, deteniéndose a unos veinte metros de distancia listo para alejarse a la carrera en un instante, pero de vuelta sin ninguna duda.

El Hombre miró al Perro, se encogió de hombros y empezó a caminar en dirección al norte. Para el mediodía había llegado a los suburbios de la ciudad y, al hallar el suelo blando y fangoso, cavó un agujero con las manos y el garrote. Se sentó al lado del pozo y esperó mientras el agua emergía lentamente en su interior. Finalmente introdujo las manos en el pozo formando una copa y llevó el valioso líquido hasta sus labios. Volvió a hacerlo dos veces más y luego se echó a andar otra vez. El instinto lo hizo darse vuelta y vio al Perro lamiendo ansiosamente el agua que había quedado.

Logró cazar otra presa esa noche, un pájaro de tamaño mediano que había entrado volando a una habitación del segundo piso de un hotel en ruinas y no pudo recordar cómo salir volando de ella antes de que él lo aplastara a golpes. Se lo comió casi todo, puso los restos en lo que le quedaba del bolsillo y salió al exterior. Arrojó los pedazos al suelo y el Perro emergió arrastrándose de entre las sombras, todavía tenso pero ya sin gruñir. El Hombre suspiró, regresó al hotel y trepó al segundo piso. No había habitaciones con los vidrios intactos, pero pudo hallar una en la que había todavía medio colchón y se dejó caer encima.

Cuando despertó, el Perro estaba acostado en el umbral, profundamente dormido.

Caminaron, un poco más cerca uno del otro esta vez, a través de los restos del bosque que quedaba al norte de la ciudad. Después de recorrer una docena de kilómetros hallaron un pequeño arroyo que no estaba del todo seco y bebieron de él, primero el Hombre y luego el Perro. Esa noche el Hombre encendió otra fogata y el Perro se echó al otro lado de ella. Al día siguiente el Perro mató una ardilla pequeña y desnutrida. No la compartió con el Hombre, pero tampoco le gruñó ni le mostró los dientes cuando el Hombre se le aproximó. Esa noche el Hombre mató una zarigüeya y ambos permanecieron dos días en esa zona hasta que consumieron el último trozo de la carne del marsupial.

Caminaron hacia el norte durante casi dos semanas, cazando alguna presa ocasional, hallando alguna ocasional fuente de agua. Entonces una noche llovió y no se pudo hacer fuego y el Hombre se sentó bajo un árbol grande, abrazándose para calentarse. Pronto el Perro se le acercó, se sentó a un metro de distancia, y luego despacio, muy, pero muy despacio, se adelantó centímetro a centímetro mientras la lluvia le golpeaba los flancos. El Hombre estiró la mano distraídamente y acarició el cuello del animal. Era su primer contacto físico y el Perro dio un salto atrás, con un gruñido de advertencia. El Hombre retiró la mano y se quedó sentado, inmóvil; pronto el Perro volvió a acercarse.

Después de un tiempo que pudo haber sido diez minutos o quizás dos horas, el Hombre estiró la mano otra vez y aunque el Perro temblaba y se puso muy tenso, esta vez no se alejó. Los largos dedos del Hombre se movieron lentamente por el cogote cubierto de llagas, rascaron suavemente detrás de las orejas raídas y acariciaron con gentileza la cabeza llena de cicatrices. Por último, el Hombre retiró la mano y se acostó sobre un costado. El Perro lo contempló un momento, exhaló un suspiro y se acostó apoyándose contra el cuerpo escuálido del Hombre.

El Hombre se despertó a la mañana siguiente sintiendo algo caliente y escamoso apretado contra su mano. No era el hocico fresco y húmedo de los perros en la literatura, porque éste no era un perro de literatura. Este era el Último Perro y él era el Último Hombre y si parecían muy poco heroicos, al menos no había nadie a su alrededor para verlos y lamentarse de cómo habían caído los poderosos.

El Hombre dio unos golpecitos en la cabeza del Perro, se puso de pie, se desperezó y comenzó a caminar. El Perro trotó a su lado y por primera vez en muchos años el muñón de su cola se movió rápidamente de un lado a otro. Cazaron y comieron y bebieron y durmieron y luego repitieron el procedimiento una y otra vez.

Y entonces se encontraron con el Otro.

El Otro no se parecía ni al Hombre ni al Perro, ni a nada que fuera de la Tierra, porque en realidad no lo era. Había venido desde más allá del Centauro, más allá de Arturo, pasando Antares, desde lo profundo del corazón de la galaxia, donde las estrellas están tan cerca unas de las otras que nunca llega a caer la noche. Había venido, había visto y había vencido.

—¡Tú! —siseó el Hombre, manteniendo listo el garrote.

—Eres el último —dijo el Otro—. Durante seis años castigué y envenené la superficie de este planeta como un flagelo, durante seis años comí solo y dormí solo y viví solo y perseguí uno por uno a los sobrevivientes de esta guerra hasta cazarlos a todos, y tú eres el último. Sólo me resta matarte a ti y entonces podré volver a mi hogar.

Y así diciendo, sacó un arma que se parecía extrañamente a una pistola, pero que no lo era.

El Hombre se agachó y se preparó para arrojarle el garrote, pero en el momento en que iba a hacerlo, una erizada máquina destructora color rojo ladrillo llena de cicatrices pasó a su lado como un rayo, cruzando el espacio de un salto hacia la garganta del Otro. El Otro tocó lo que parecía un cinturón, hizo un gesto rápido en el aire y el Perro rebotó al golpear contra algo que era invisible, indetectable, pero bien tangible.

Entonces, muy despacio, casi distraídamente, el Otro apuntó al Hombre con su arma. No hubo explosión, ni relámpago de luz, ni zumbido de engranajes, pero de pronto el Hombre se aferró la garganta y cayó al suelo.


Ilustración: Fraga

El Perro se puso de pie y se acercó al Hombre cojeando lastimosamente. Le tocó la cara con el hocico, gimió una vez y le movió el cuerpo con las patas tratando de darlo vuelta.

—Es inútil —dijo el Otro, aunque sus labios ya no se movían—. Era el último y ahora está muerto.

El Perro volvió a gemir y empujó la cabeza sin vida del Hombre con el hocico.

—Ven, Animal —dijo el Otro sin palabras—. Ven conmigo que yo te voy a alimentar y a curar tus heridas.

—Me voy a quedar con el Hombre —dijo el Perro, también sin palabras.

—Pero está muerto —dijo el Otro—. Pronto vas a tener hambre y te vas a debilitar.

—Ya antes tuve hambre y estuve débil —dijo el Perro.

El Otro dio un paso adelante, pero se detuvo cuando el Perro le mostró los dientes y le gruñó.

—Él no era digno de tu lealtad —dijo el Otro.

—Él era mi... —El cerebro del Perro trató de encontrar una palabra, pero el concepto que buscaba era demasiado complejo para poderlo formular con sus magras habilidades. —Él era mi amigo.

—Él era mi enemigo —dijo el Otro—. Era mezquino y bárbaro e inescrupuloso y todo lo que es peor en un ser inteligente. Era un Hombre.

—Sí —dijo el Perro—. Era un Hombre. —Con otro gemido, se acostó al lado del cuerpo del Hombre y apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Ya no hay más —dijo el Otro—. Y pronto lo abandonarás.

El Perro miró al Otro y volvió a gruñirle, y entonces el Otro desapareció y el Perro quedó solo con el Hombre. Lo lamió y lo tocó con el hocico y montó guardia junto a él durante dos días y dos noches, y entonces, tal como el Otro había dicho que haría, lo abandonó para conseguir comida y agua.

Y llegó a un valle lleno de conejos gordos y holgazanes donde había estanques de agua fresca y limpia, y allí comió y bebió y se fortaleció; sus heridas comenzaron a cicatrizar y se curaron y el pelo le creció largo y exuberante.

Y como no era más que un Perro, no pasó mucho tiempo antes de que olvidara que alguna vez había existido algo como el Hombre, excepto en esas noches heladas cuando yacía solo bajo un árbol en el valle y soñaba con un vínculo que se había forjado con el toque gentil de una mano sobre su cabeza o con una palabra amable apenas audible por encima del chisporroteo de una pequeña fogata.

Y por ser un Perro, un día olvidó hasta eso y supuso que el vacío en su interior provenía sólo del hambre. Y cuando se volvió viejo y débil y enfermizo, no buscó los huesos estériles del Hombre para acostarse a morir a su lado, sino que cavó un agujero en la tierra húmeda cerca del estanque y se acostó allí, con los ojos semicerrados, mientras un entumecimiento se iba apoderando de sus extremidades y avanzaba lentamente hacia su corazón.

Y justo antes de que el Perro exhalara su último aliento, sintió un momento de pánico. Trató de levantarse de un salto, pero no pudo. Gimió una vez mientras sus ojos se nublaban por el miedo y por algo más; y entonces le pareció que una mano huesuda y gentil le estaba acariciando las orejas y con un único sacudón de la cola, el Último Perro cerró los ojos por última vez y se preparó para unirse a un Dios de barba rala y ropas raídas y pies envueltos en harapos.


Título original: "The last dog" © 1984 Mike Resnick. Traducción: Norma Dangla © 2006.


Los datos de Mike Resnick se pueden encontrar en el Especial de este número, dedicado a él, y en la Entrevista exclusiva que nos concedió para la ocasión.


Axxón 162 - mayo de 2006
Cuento de autor norteamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Distopía: Estados Unidos: U.S.A.)

            

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