FICCION BREVE (veintiseis)

Varios

Al leer los cuentos que integran esta selección sentí una vaga inquietud, un cosquilleo, una molestia. No logré identificar su origen de inmediato, pero el sentimiento estaba ahí, insidioso, terco, tintineando en el límite mismo de la percepción, entre el dilema y el terror. Tardé un rato, pero finalmente logré identificar al agente provocador: se trata de un conjunto de relatos sin una clara adscripción al género que nos ocupa (eufemismo por ciencia ficción). ¡Herejía! ¿Lo aceptarían los lectores? ¿O correría riesgo mi pellejo y le sería puesto precio a mi cabeza? Las gestas son el calzón de los valientes, por eso siempre terminan sucias. Pero yo no tengo vocación de mártir. Otras veces buscamos un factor común sin encontrarlo y en este caso el factor común me atropella y se abraza a mí como un koala. ¿Es tan así? Tal vez no leí los cuentos con suficiente celo y hay más ciencia ficción de lo que supuse en un primer momento. ¿Ustedes qué opinan? ¿Lo aceptan? ¿Se enojan? ¿O se hacen cómplices y disfrutan?

Pasen, lean y decidan... cuando sea demasiado tarde para arrepentirse.

JUEGO DE LUCES

Claudio Biondino - Argentina


Oscuridad.

Un lento desprenderse del letargo profundo y viscoso.

Los ojos se abren hambrientos de luz, con la esperanza de adaptarse a la penumbra. Pero no hay tal penumbra ni adaptación posible. La oscuridad es absoluta.


Marco se incorporó de un salto, bañado en sudor. El sonido de su nombre se había convertido en un cuenco vacío, sin identidad, sin una historia que le diera sentido. Podía evocar también los sonidos de su lengua, pero buena parte de los objetos nombrados se le aparecían borrosos, irreconocibles. Sabía lo que significaba ver, pero había olvidado, en parte, los contornos de la realidad que alguna vez contempló. La oscuridad se había tragado esos recuerdos junto con la luz.

—Estoy loco y ciego —se dijo.

—No lo estás —respondió una voz a su lado.

El sobresalto llevó a Marco a tantear su costado, tal vez por instinto. Descubrió que portaba una daga. No estaba indefenso.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Tranquilízate. No intento hacerte daño.

Marco necesitaba respuestas con desesperación, y se veía obligado a confiar en aquella voz—. No tengo idea de lo que está sucediendo aquí ¿Acaso tú podrías...?

—Yo tampoco sé lo que ocurre —interrumpió el extraño—. Sólo puedo decirte que desperté en medio de esta horrible oscuridad. Lo único que recuerdo es mi nombre: Lucio. Anduve a tientas un tiempo, hasta que vi aquel resplandor y empecé a caminar hacia él. Luego tropecé contigo.

"¿Resplandor?", se preguntó Marco. Giró su rostro en todas direcciones.

Y entonces vio el destello.

Era imposible calcular la distancia, ya que carecía de otros puntos de referencia. Lo único evidente era que, frente a él, había algo pequeño y brillante. Pero si no estaba ciego, ¿dónde se encontraba? Una nueva idea tomó forma en su mente.

—Estamos muertos, Lucio. Hemos muerto y debemos dirigirnos hacia la luz.      

—Tal vez, pero para llegar deberemos enfrentarnos a ellos. Ya he sido atacado en el camino.

—¿Quién nos acecha en este tránsito? —Marco tomó la empuñadura de su daga—. ¿Quiénes son ellos? ¿Se trata de demonios?

—No lo sé. Lo único que podemos hacer es movernos hacia esa extraña antorcha, y quizá logremos averiguar algo.

Los dos hombres se pusieron en marcha. Avanzaron por kilómetros, hasta que percibieron la presencia que se interponía en su camino. Primero oyeron el rugido, y luego Marco sintió las garras que laceraban su espalda y su costado. Aulló de dolor.

Lucio detectó el lugar de donde provenían los gritos y se lanzó contra la criatura. La lucha se alejó entonces de Marco, que cayó al suelo, agotado. Un último alarido, seguido por los ruidos del terrible banquete, anunció el triunfo de la bestia.

Marco desenvainó la daga y permaneció inmóvil. Las pisadas se oían cada vez más cerca. Tenía que controlarse y contraatacar en el momento exacto. Sintió las garras que intentaban levantar su cuerpo, y hundió el hierro alcanzando a la criatura entre las costillas. El peso muerto de aquel ser le cayó encima con un golpe fortísimo.

Cuando logró ponerse de pie, tanteó hasta encontrar el cuchillo. Lo recuperó y reinició el camino hacia la fuente de la luz. Mantuvo la daga aferrada en su mano. Si se topaba con otras alimañas, no se despediría sin llevarse alguna más con él.

Al cabo de unas horas, ya casi sin fuerzas, Marco alcanzó su objetivo. Era una cabaña de madera. La luz se derramaba, temblorosa e intermitente, a través de la puerta y las ventanas. Se acercó al umbral y observó.      

El fuego del hogar crepitaba con fuerza, iluminando cada rincón. El mobiliario era modesto: apenas una mesa, dos sillas y un catre. De pronto, advirtió a un anciano de aspecto bonachón que lo observaba con una sonrisa.

—Pasa muchacho —dijo el viejo—. Te estaba esperando.

—¿Me esperabas? —Marco dudó, pero no tenía más remedio que confiar en aquel anciano si quería llegar a alguna respuesta—. ¿Quién eres tú? ¿Acaso un dios?

—No, Marco, no soy un dios. Sólo soy un Experto. Mi área es la recuperación de luchadores. Has tenido una jornada de entrenamiento extenuante. Siéntate y toma un poco de pan y de vino.

—¿Entrenamiento? ¿Es esto alguna clase de juego? ¿Por qué no sé donde estoy?

—El olvido es necesario durante los combates, pues eso los vuelve más emocionantes. Pero mañana lo recordarás todo, por unos instantes, antes de regresar a la arena. Podrás disfrutar de la aclamación. Has sobrevivido, y lucharás en las Festividades Oscuras.

—Lucio no lo logró —murmuró Marco.

El anciano guardó silencio, y el hambre quebró la resistencia del luchador. Se sentó a la mesa y devoró el alimento que le ofrecían.

—Acuéstate en el catre y duerme un rato —dijo el viejo—. Lo necesitarás.

Marco obedeció, y el sueño llegó de inmediato.


Luz.

Un enjambre de poderosos destellos enceguece al luchador mientras se desprende del letargo viscoso, profundo.

Los ojos se entrecierran, suplican por el descanso de la penumbra. Pero la luz desconoce la piedad.


La memoria retornó a la mente de Marco. Los contornos de la realidad habían regresado, y con ellos la amargura de la verdad. Estaba de pie, junto a otros cuatro hombres, en lo que había sido la puerta de la cabaña. Frente a ellos, la luz. A sus espaldas se extendía la oscuridad. Cuando sus ojos se adaptaron a las imágenes deslumbrantes, Marco pudo distinguir el contorno del Ciber-Circo. La multitud aclamaba enloquecida. Todos tenían su pantalla personal en la que podrían seguir el desarrollo de los combates. En el palco central, el Neo-Emperador observaba deleitado.

—¡Rodilla en tierra, gladiadores! —ordenó una voz tosca dentro de su cabeza. Marco reconoció el tono perentorio del Programa Experto en entrenamiento—. ¡Saluden, y cumplan su deber con dignidad!

Los hombres se arrodillaron y rindieron honores: —¡Ave César, los que van a morir te saludan!

La multitud volvió a rugir, enardecida, mientras la conciencia digital de Marco regresaba a los campos de oscuridad virtual, al olvido inducido y a las bestias mortales.


Este es el tercer cuento de Claudio Biondino en Axxón. Los anteriores fueron "Inseguridad" (160) y "El testigo" (161). Claudio nació en 1972, es antropólogo y trabaja en la Universidad de Buenos Aires.



IMPOSIBILIDADES GEOMÉTRICAS

Rogelio Ramos Signes - Argentina


Nadie en esta ciudad, ni siquiera metafóricamente, ha logrado cuadrar el círculo. Sí, con esfuerzo, se han injertado bicicletas en rastreras plantas de zapallos, carteles luminosos en cuadrúpedos de tres patas, y jaboncitos pédicos en flanes de vainilla. Pero nadie, lo que se dice nadie nadie (ni Virín Pico, ni Carolino Luis, ni Por Lo Tanto Cu) ha podido cuadrar, aunque fuese mínimamente, al círculo. El círculo (impertérrito, sobrealimentado, goloso) ha conseguido mantener su entereza, su límite único y su globalidad.

Licenciados en Falacia Existencial, que los hay, llegaron a esta ciudad presumiendo de autoridades competentes y, por lo tanto, expeditivas. "Cuadraremos el círculo local en menos que canta un gallo", dijeron casi al unísono, mientras ubicaban sobre un largo tablón sus expansores, sus morsas y sus delirios. Pero ya se sabe que los gallos tienen dos cantos, uno campesino (monocorde, tempranero, sin para qué) y otro bíblico (acechante, premonitorio, de letras mayúsculas).

El círculo local, cerrado y tenso, soportó con entereza hasta la última tortura; sin un ay, sin una queja. Y, como buen ecuador que se sabe dueño de su propio futuro, esperó en silencio la vergonzosa huida de los expertos.

Hinchado de orgullo, pero siempre círculo, el círculo fue horma de queso para los hambrientos, luna llena para los enamorados más convencionales (o para los insomnes), descomunal teta para los niños abandonados, y estanque para las ovejas descarriadas que no encontraban su camino y balaban de sed. Y rodó bajo cada vehículo (multiplicado por cuatro) y justificó la esquiva sortija de los carruseles y tomó la forma de un bizcochuelo que tentó a los golosos y vibró en el tamboril de las comparsas y en el aro que las niñas hacían bailar en sus caderas.

Obeso y saltarín, en cierto modo el círculo puso en movimiento las ruedas del progreso, lo que supone la eternidad y la gloria. Pero como lo bueno también produce hastío, y en las alturas es inevitable el vértigo, el círculo, una noche que los perros dormían enroscados en sí mismos, bajó otra vez al pueblo para instalarse en el borde menos visible del balde del herrero.

El colofón de esta historia es otra historia con los mismos personajes, y a saber:

Ningún círculo de esta ciudad, que yo sepa, ha logrado cuadrarse por sí mismo o por voluntad de otros. Sí, con esfuerzo, ha conseguido ovalarse en durísimos huevos de utilería, en retratos de alguna parienta muerta y en cándidas volutas de humo arrinconadas por el viento Norte. Pero ninguno, lo que se dice ninguno ninguno, ha conseguido cuadrarse. Por más que el atractivo e insólito número ha sido anunciado en el programa de cada circo que pisó estas tierras, el círculo siguió siendo círculo a través de los tiempos. Hay un círculo, el de esta historia sin ir más lejos, que escribió un libro exitoso y petulante titulado Mi vida es una arista, pero todos sabemos que una cosa es el paisaje pretendido (etéreo, poético, inasible) y otra, muy distinta, la cárcel del cuerpo.

Dicen que en Drapelet, a algunos kilómetros de aquí, un cuadrado (anguloso, cortante) se esfuerza por redondearse ante una multitud que ya supera el millar de incrédulos concurrentes. Todos sabemos que el espectáculo está destinado al fracaso, pero el muy cuadrado igual insiste.


No hace mucho dijimos que Rogelio Ramos Signes nació en San Juan, en 1950, vivió parte de su vida en Rosario, Santa Fe, y se radicó en Tucumán hace muchos años, donde desarrolló buena parte de su obra poética y narrativa. En 1983 Minotauro publicó su libro Las Escamas del Señor Crisolaras. Ganó el Premio Más Allá a la mejor novela de 1986 con En los límites del aire y en 2005 se presentó su novela En busca de los vestuarios. En Axxón publicamos: "A cada cual su propio infierno" (42), "Algunos datos para ubicar a Walter Martillo" (150), "Digamos Ele Ge. Digamos Ere Ele" (160) y "En el aire" (161).



AIRE

Nora Calas - Chile


Pasó la yema de los dedos suavemente por el borde de la ventana, jugueteando con el polvillo al decantar el smog de cada noche. Sobó los dedos índice y pulgar dejando que una porción semiconsciente de sí disfrutara la textura. Sostuvo la mano frente a sus ojos, muy cerca: los dedos se mancharon de negro. Desvió la mirada y a través de la ventana pudo adivinar cómo se comenzaban a desprender las primeras hojas del otoño.

Destrabó el cierre y empujó el cristal hasta abrir completamente la ventana. La brisa gélida penetró en la habitación, revolviendo sus cabellos oscuros. Se cruzó la camisa y mantuvo sus manos aferradas al cuello mucho rato, como si temiera que la brisa se la arrancase y terminara enfermando de frío. Pero en realidad esperaba. Cuando no hay luna la oscuridad se llena de sombras expectantes. Y allí estaba ella, esperando la llegada del dueño de la voz en el mensaje telefónico.

Le intranquilizaba esperar; en una noche así se consiguen clientes fáciles, basta con llegarse al bar. Pero el mensaje fue bien claro con respecto a la hora y la recompensa bien valdría la espera. Algunos resultan muy extravagantes en cuanto a detalles, pero dejan muy buenas recompensas a cambio. Podía intentar imaginarse cómo era por el sonido de su voz, pero estaba acostumbrada a no crearse expectativas para evitar sorpresas.

La brisa cesa de momento interrumpiendo sus pensamientos. Alguien llama a la puerta. El reloj lo confirma: es puntual. —¡Un momentooo! —contesta por inercia, mientras limpia sus dedos con el borde del mantel y se detiene brevemente a retocar el rojo intenso de sus labios. Se acomoda la camisa, dejando un hombro zalamero al descubierto. Abre la puerta.


El humo del cigarro se contonea con una música imaginaria, ascendiendo con lentitud y finalmente escapando a través de una rendija de ventilación. "Esto es lo mejor que me pudo pasar, que un tipo no llegue y mande un fajo de billetes como disculpa... Lo menos que podía era tirarme al mensajero, después de todo no estaba nada mal, ¿cómo será cuando venga él, en persona?" . Deja descansar el cigarro en el cenicero mientras toma el fajo de billetes y lo acaricia repetidas veces. Se regocija dejando volar su ambiciosa imaginación hacia lugares exóticos y vestiduras caras que, junto al aroma del papel, hacen tensar sus pechos como si los estuviera acariciando un extraño.

El viento vuelve a penetrar la habitación, recorriendo su espinazo. Se levanta para cerrar la ventana, pero una ráfaga helada, acompañada de hojas secas y goterones de lluvia, revuelve sus cabellos otra vez y desparrama los billetes por toda la habitación. Ella duda entre cerrar la ventana o correr a recoger los billetes antes de que vuelen a la calle. Se decide por lo segundo, previsible. Se lanza a perseguir los papeles que parecen frenéticas mariposas escurridizas.

Mientras, arrecia la tormenta. El viento arremete nuevamente, cargando más hojas y más lluvia, saltando encima de ella, pegando las hojas a su cuerpo, que se mueve desesperado por atrapar los billetes que se le escapan de las manos. El frío ha levantado hasta el último de sus vellos y su tez pálida parece un espectro debatiéndose entre el remolino de hojas y papeles. El remolino continúa, tornándose ahora azulado, ahora blanco incandescente, a la luz de las descargas eléctricas. Una ráfaga más entra con gélida violencia. Un último remolino recorre sus piernas, sus caderas, sus tensos pechos, sus brazos, su cuello, sus incrédulos ojos, finalmente su pelo revoloteando hacia el techo. La envuelve una violenta espiral de hojas y papeles. Una verdadera maraña de diminutos cortes aflora en todo el cuerpo, provocados por el filo del papel enloquecido.

El cuerpo derribado yace en medio de la pieza. La oscuridad oculta un tatuaje-telaraña que se fue entramando junto con el dolor y el placer. El miedo y la conmoción se disipan lentamente. El leve humo blanco que sale de sus labios, ya no del cigarro, sino del frío, se disipa también.


Ya a la luz de la mañana descubrirá los trazos certeros del placer sobre su piel. Recogerá el pago de su desenfrenado sueño. Aún intentará comprender lo sucedido. Temblorosos, los dedos palpan los restos de billetes húmedos y dispersos.

El teléfono suena. Después de tres tañidos, la voz ajena al cuerpo responde con una ronca sensualidad: "Hola, soy Aire. Si quieres volar conmigo déjame un mensaje." Un silbido cavernoso se deja escuchar al otro lado de la línea. Ese sonido...

Ella palpa el delicado dibujo que cicatriza velozmente. Baja los dedos rápidos a su sexo intacto... un escalofrío recorre nuevamente su espinazo.


Nora Calas, que actualmente reside en Santiago de Chile, donde trabaja como secretaria bilingüe, nació en La Habana, Cuba, en 1971. Estudió Licenciatura en Lengua Inglesa en su país y a los 16 años ingresó al taller literario de la Asociación Hermanos Saíz, compartiendo actividades con Yoss, Ronaldo Menéndez y Raúl Aguiar. Está casada y tiene una hija. En Axxón 158 publicamos su cuento "Vendedor ambulante".



CERCADO POR LA MUERTE

Iván Olmedo - España


Remedando una vieja canción del siglo XXI: "hoy, de un mortal, rebasé la mañana". Eso es. Con la presión del sueño profundo todavía atornillándome las sienes, he trazado una imposible pirueta hasta la cocina maloliente (parece como si hubieran escondido un gato muerto detrás del refrigerador) y me he puesto, con un café, unas lonchas de mortadela pasaditas por la sartén. Desde luego, nadie se moriría de envidia. El café, destilado hace cuatro días, también podría acabar siendo un golpe matador para mi pobre estómago. Mi flamante Yellow Mama, lo último en asistente robótica de cocina, lleva dos días averiada. Muerte cibernética programada por Tefnichs Inc., multinacional sin escrúpulos, para obligarnos a desembolsar. Y rubricada por sus técnicos matones, que atajan cualquier intento de protesta ante la ineficacia de las reparaciones.

Pero mucho más mortífero me parece el tráfico mañanero. Nada más salir a la calle, muerto de frío, una jodida motocarga casi me mata del susto al pasar rozándome y hacerme perder el equilibrio, hasta caer al suelo. La vecina del cuarto piso —que, por cierto, está de muerte— sale casualmente del portal y me ayuda a levantarme. Es preciosa, me muero por decirle algo de una vez, como siempre. Pero, aparte de balbucear tres cosas y luego callar como un muerto, poco más consigo hacer. Ella se va, yo miro el crono y me doy cuenta de que, de seguir así, llegaré tarde al trabajo de mala muerte que tengo. Así que corro calle abajo como un poseso, y que me muera ahora mismo si no veo cómo el chófer del ovobús me cierra la puerta en las narices y se va. ¡Malditos sean sus muertos! Echo a correr de nuevo en la dirección precisa, con cara de canguelo, como si me persiguiera un ejército de cadáveres, la verdad. Estoy convencido de que voy a llegar tarde y de que, esta vez sí, el jefe me va a matar.

Cuando estoy a punto de doblar la última esquina, el último obstáculo en mi camino, choco frontalmente con Old Smokey, un ciego malusiano que se pasa las horas muertas vendiendo cupones en la mismísima. Por poco lo mato. Me levanto como puedo, ayudo a levantarse al viejo (que pesa como un muerto, dicho sea de paso) y, de nuevo corriendo y tras lanzar una floja disculpa, veo por el rabillo del ojo a dos mierdas de niños que, en la otra acera, se mueren de risa. Estoy a punto de pararme en seco y dar la vuelta cuando oigo los chillidos histéricos del confundido cuponero: "¡Al ladrón! ¡Al ladrón!"... ¡Ah!, no..., pienso, no voy a cargar con ese muerto. Y otra vez me lanzo al camino, corriendo... a tumba abierta...

Sinceramente, cuando llego a mi destino me encuentro tan fuera de mí, destrozado y sin aliento, que parezco mismamente un moribundo. Abro la puerta de la tienda, paso ante un par de señoras de expresión cerúlea, diríase cercana al rigor mortis, en sus caras ajadas, y casi salto el mostrador en mi huida, más que llegada, a la trastienda. Allí no hay nadie y mi respiración entrecortada rompe el silencio sepulcral. Aún estoy tratando de recuperar el aliento cuando mi jefe, el Sr. López, penetra furibundo en el cuartucho.

—¡Tú! ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Ponte a trabajar ahora mismo! ¡Y no te quiero ver por la tienda en todo el día!

Lo miro con ojos de pescado muerto, me parece, y él me mira con odio muy mal disimulado. ¡Si las miradas matasen...!

Por fin, me quedo solo en el cuartucho de mierda donde, todos los días, me mato componiendo ramos de novias, coronas de muerto... con la materia prima que proporciona la Floristería Hilario López. Un trabajo manual, antiguo, sin robots ni zarpas metálicas de por medio. Un capricho antitecnológico para señoras como las que he estado a punto de matar del susto y ciudadanos que añoran un mundo anterior. Una civilización perdida ya, obsoleta, fallecida y casi enterrada. Así que, intentando olvidar el inicio de la jornada, comienzo con mi tarea diaria. Entrelazo los tallos de las flores, ya muertas, que habrán de adornar algún entierro o similar. Después les coloco las cintas con frases pretendidamente ingeniosas que los respectivos clientes han encargado. ¡Anda!, mira ésta, qué graciosa: "David y Sonia; juntos hasta la muerte". Me parto, me descuajaringo de la risa...

... y horas más tarde, mientras veo morir el día a través del ventanuco que me proporciona ventilación, algo asalta mi memoria y caigo en la cuenta de que mi vecina del cuarto piso, esa que está mortalmente buena, se llama Sonia. Para colmo de males recuerdo que yo no me llamo David, pero el hijo del señor López sí. Y, a diferencia de su apergaminado progenitor, trabaja con nuevas tecnologías, nada menos que en la Tefnichs Inc. Eso ya no me hace tanta gracia. De hecho, me dan ganas de matar a alguien.


Esto no es información nueva, que yo sepa (y casi huele a muerto) pero hay que decir, para que conste, que Iván Olmedo nació en Oviedo, Asturias, España, en 1972, aunque nunca haya vivido allí. Ha publicado en Nitecuento, Artifex y Parnaso y cinco cuentos (con éste) en Axxón: "Invasión" (152), "Viajera" (153), "De a duro" (154), "Historia del superhombre (decacríptico)" (156).



EL FAN

Diego E. Gualda - Argentina


Lo gastaban. Lo gastaban todo el tiempo. Lo gastaban mal. Lo gastaban los parientes. Lo gastaban los amigos. Lo gastaban los compañeros de trabajo, tanto los superiores como los subalternos. Aunque, admitámoslo, hasta cierto punto se lo había sabido ganar.

Raúl era un fanático de Viaje a las Estrellas. Un trekkie, el único neologismo para denominar a una estirpe de fans enfermizos que figura en el diccionario; dato que no se cansaba de proclamar con cierto orgullo, con cierto inexplicable sentido de pertenencia.

Pero el problema no era su condición de fan. Porque el trekkie no es un fan común y corriente, que se dedica a sentarse frente a la tele una vez por semana, a la hora señalada, para disfrutar de un episodio estreno de su serie favorita. El trekkie va un poco más allá. El fanático de Star Trek, pasado de rosca, ejerce el coleccionismo de los objetos más absurdos (adquiridos a precios completamente irracionales); controla uno o varios sitios de Internet, foros o listas de correo electrónico dedicados al tema; no duda un segundo en vestir su uniforme de la Flota Estelar en cuanta ocasión sea propicia (e, inclusive, en ocasiones que no lo son) y cita a James Tiberius Kirk, las Leyes de Adquisición Ferengis, la ópera Klingon y los reglamentos de la Orden Obsidiana con la naturalidad de quien cita la letra de algún viejo tango.

Y, obviamente, lo gastaban. En el trabajo, lo llamaban Capitán. Los amigotes del barrio, que lo conocían de chico, mucho antes de que aparecieran La Nueva Generación, Deep Space 9, Voyager y la más reciente Enterprise, lo apodaban "señor Spock". La esposa, en los momentos de mayor ternura, lo llamaba "mi osito romulano" y en mitad de las más feroces peleas, directamente lo llamaba "enfermo descerebrado" y lo acusaba de estar en ese estado por obra y causa de la más genial creación de Gene Roddenberry.

Pero Raúl no se dejaba amedrentar y seguía comprando por Internet cuanta ridiculez se le cruzara que tuviera alguna remota conexión con la serie de sus amores; seguía administrando su sitio web; seguía interviniendo en los tres foros a los que estaba suscripto... seguía ejerciendo su trekkismo sin ningún sentimiento de culpa, y con la firme convicción de que el mundo de paz y entendimiento entre los hombres que proponía la serie, ese universo donde el ser humano se había vuelto más —justamente— humano, era completamente posible.

Obviamente, su prédica de paz y comprensión universal, sus apreciaciones sobre la Directiva Primaria y su moral futurista no lograban más que valerle más cargadas. Pero a Raúl no le importaba. El seguía vociferándole a quien quisiera escucharlo que "Star Trek existe, en el corazón de cada hombre, mujer y niño que anhele un mundo mejor" .

Un día, había ido a la oficina con un notable pin comunicador de la Flota Estelar prendido del saco, lo cual le había costado que su jefe se mofara de él al grito de "¿Y esa mariconada? ¡Mírenlo, al Señorito, usando prendedores!"

Sin embargo, había decidido no tomarlo en serio. Era un día muy especial para él y no iba a permitir que el inepto de su jefe se lo arruinara. Se suponía que ese día, el correo le entregaría la pistola phaser, igualita a la del Capitán Jean Luc Picard en la película Nemesis que acababa de comprar. Y estaba justo en mitad del proceso de soportar estoicamente los embates de su superior, cuando un cadete apareció con la caja.

Su sonrisa de oreja a oreja dejó atónito al jefe por unos segundos. Haciendo de cuenta que el maldito supervisor no estaba ahí, empezó desenvolver su recientemente adquirido tesoro y quedó admirado, casi emocionado, ante la belleza del arma que sostenía entre sus manos.

El jefe estalló en carcajadas. Varios compañeros de trabajo, al ver la situación, se sumaron hasta convertir el lugar en una risotada generalizada. Raúl entonces apuntó el phaser a su jefe y disparó.

No había notado que el arma estaba configurada para su máxima potencia, por lo que el rayo rojo que salió de ella hizo que el hombre no sólo dejara de reír, sino que se desmaterializara de inmediato, esparciendo sus moléculas en varios metros a la redonda.

Repentinamente, todo fue silencio en la oficina. Sin saber qué hacer, reaccionó de manera instintiva: tocó el comunicador prendido a su pecho, que respondió con un sonoro "chirp" y dijo con voz firme "Energize!" .

Lo envolvió una marejada de luces azules. Un rayo transportador, de alguna desconocida nave estelar (¿quizás el mismísimo Enterprise?) lo sacaba de su martirio para llevarlo a algún otro lado.

Y nadie, nunca más, volvió a escuchar una palabra acerca de Raúl.


Diego E. Gualda nació en Buenos Aires en 1974. Además de dedicarse a la industria naviera, es periodista y escritor. Ha colaborado con publicaciones como Gente, Conozca Más, El Gráfico, Ronda Aerolíneas Argentinas, Sojourn International Magazine, Star Trek Communicator en Español y La Autopista del Sur, entre otras; como así también con el desaparecido periódico El Expreso Diario. Ha publicado ficciones cortas en distintas publicaciones periódicas y antologías. Actualmente, edita la revista de la Comunidad Argentino-Nigeriana de Comercio, el blog Joven Argentino y es asiduo colaborador de Guía Star Trek (www.guiastartrek.com.ar). Este es su primer cuento en Axxón.



TRONO

Ronald Delgado - Venezuela


"¡Mira! La Muerte se ha erigido a sí misma un trono,
En una extraña ciudad que yace sola,
Lejos, en el tenebroso Oeste,
Donde lo bueno y lo malo y lo peor y lo mejor,
Han ido para su descanso eterno..."


La Ciudad en el Mar. E. A. Poe.


Yo he visto a La Muerte.

La he visto a los ojos, y me he perdido en sus profundas pupilas negras. Su mirada, hermosa, resulta difícil de sostener pero imposible de evitar. Su rostro, duro como el diamante, me ha sonreído, y a veces hasta se ha atrevido a besarme con sus rojos e hirientes labios. Al contrario de lo que puedan pensar, su voz es suave y armoniosa como un secreto susurrado al oído por la brisa del verano.

En una oportunidad me visitó de noche, mientras descansaba inmerso en sueños y sábanas. Se sentó a mi lado y sonrió con gracia, lo recuerdo perfectamente.

—¿Qué se siente? —preguntó, y la habitación se llenó de una bruma helada.

—¿Qué quieres decir? —le dije, incorporándome en la cama.

—Vivir ¿Qué se siente vivir? ¿Cómo es este lugar? ¿Qué significa todo esto?

Fruncí el ceño. Jamás me había hecho una pregunta semejante, pero sabía bien qué responderle:

—Tú deberías saberlo —le dije—. Todo fue idea tuya.

Se encogió de hombros y clavó su mirada en las sábanas.

—Lo sé, pero a veces desearía sentirlo como lo sienten ustedes. ¿De qué sirve crear y construir si no puedes verte a ti misma en medio de esa creación, en medio de ese lugar y esos seres que tanto quieres?

—Sirve para aprender. Sirve para escuchar, entender y extraer conclusiones —dije, sosteniendo sus tersas manos entre las mías.

Levantó la mirada y me acuchilló con su parpadear.

—¿Y qué conclusión extraes tú?

—Concluyo que has hecho un excelente trabajo. En este mundo crecemos, vivimos, aprendemos y experimentamos. También sufrimos, lloramos y amamos. Así ha sido desde hace miles de años, y así seguirá siendo siempre.

—¿Y eso no te preocupa?

—En lo absoluto, pues sé que tarde o temprano vendrás a buscarme y entonces al ser uno contigo entenderé todo... perfectamente. Al menos, eso creo.

—Pero te perderás de las personas, los árboles, los pájaros, el agua, las montañas y las ciudades...

—...me perderé de un Mundo entero —interrumpí—, que vive sólo para sí. Un mundo donde lo bueno y lo malo y lo peor y lo mejor han ido...

—...para su descanso eterno —completó ella—. Eso lo dijo un escritor.

Sonreí.

—Es cierto. Lo conoces bien, él siempre te tuvo a su lado. Eso le hizo entender a este planeta como nadie antes.

Ella se puso de pie y su figura entera oscureció la habitación. Se quitó la ropa y se metió en mi cama confundiendo su cuerpo con el mío.

—Entonces te parezco hermosa. Yo y todo lo que hago.

Asentí, delineando con mis dedos su pálida piel.

—Por supuesto. Sólo tú eres capaz de crear semejante belleza.

Me besó, y llenó mi cuerpo de escalofríos.

—¿Quieres morir ahora? —me susurró al oído.

—No —respondí—. Todavía no.


...Por supuesto que no. No moriría, no escogería la muerte mientras existiese la palabra escrita. Pensar, imaginar, crear, hacer de las irrealidades una realidad. Puede ser un trabajo duro para algunos, pero yo disfruto haciéndolo. Al fin y al cabo, siempre podemos contar con nuestros colegas para...


Ronald R. Delgado Cruz es venezolano, tiene de 24 años y se dedica a la física. Actualmente vive en Caracas, donde está haciendo el postgrado de Computación Emergente en Ingeniería. Este es su cuarto cuento en Axxón. Los anteriores fueron "Disfrutar de esa manera" (115), "Un buen día para morir" (125) y "Conciencia recuperada" (151).



DIABOLUS IN MUSICA

Javier Esteban - España


Beir señala el gráfico del ecualizador.

—No sé si lo estás viendo. No hay ritmo, no hay gloria en la frase, sólo tac-tac, tac-tac. —Gira dos grados la ruedecita del control de volumen persiguiendo el eco de una trompeta, que acaba por morir igual, sin que le capte el matiz.

Él se impacienta. Entiendo que ambos preferiríamos que yo estuviera en cualquier otra parte.

—Te lo pongo otra vez —y marca con el puntero sobre el monitor, en mitad de la pista. Descubro que yo también me estoy cansando.

—Pues a mí me suena bien.

Él agita las manos, enrojece un poco, pero no explota como esperaba. No eleva la voz.

—No voy a mandarlo así. —Parece casi una derrota el modo en que acaricia con la yema de los dedos la ranura para el selector de graves.

—Nadie te obliga a hacerlo. Aún te quedan dos días para cambiar lo que no te convenza.

Beir agacha la frente y mira al teclado. Tal vez quiera gritarle a él.

Me doy cuenta de lo que ocurre, pero prefiero no decir nada, sería estropearlo más. Me limito a recoger mi abrigo de la percha.

—Vamos a tomar una cerveza. Llevas seis horas encerrado aquí...

Al ver que me dirijo hacia la puerta, titubea un segundo. Sé que no iba a acompañarme de todos modos, pero espero a que rechace mi invitación.

—Voy a quedarme un poco más, se me tiene que ocurrir algo.

Me despido con un beso que me devuelve sin ganas.

Casi me parten el corazón esos ramalazos de patetismo. Cuando te quedas en blanco es duro, aunque yo sé que Beir lo sacará adelante. Todos lo logran. Es sólo que en momentos así no se atreven a darse cuenta.

El frío en la calle me despeja, sienta bien después del aire cargado del estudio. En las pantallas del quiosco junto a la boca del metro crepitan las imágenes, los textos del noticiario de la noche, y compro un periódico.

La primera página casi se desgarra al abrirla. Desde que restringieron las emisiones de radio, el papel se recicla cada vez peor. Ojeo un poco por encima la portada antes de bajar por las escaleras.

Es un poco lo de siempre.

Un Sintonía que ha alcanzado un barrio de Berlín, con un saldo de cincuenta muertos; se prohibe la comunicación con las colonias de Titán después de que doce sondas se han perdido en su órbita; un reportaje sobre las terribles secuelas de la crisis reactiva en Canadá...

Leo por fin algo que puede interesarle a Beir. Me acordaré de recortarlo cuando llegue a casa.

El Let it be de los Beatles ha roto el bloqueo enemigo y se dirige hacia Betelgeuse, según ha anunciado esta mañana el Consejo de Compositores de la ONU, que por primera vez se congratula abiertamente ante la buena marcha de la guerra.


Javier Esteban es español, tiene 28 años y trabaja de periodista. Ha publicado relatos en Parnaso, Vórtice en Línea y NGC 3660. Este es su cuarto trabajo en Axxón. Los anteriores: "Íconos" (150), "Gladiador" (157) y "Un poema" (157).



EL CIEGO Y EL TIGRE

José María Mirete - España


Un día es muy largo para un ciego. Miro y solamente sombras van y vienen. Sin identidad, ni nombres ni diferencias. Se convierten en personas cuando hablan, en pájaros cuando trinan, en perros cuando ladran.

A veces me rebelo. Abandono la seguridad de la silla y ando. Incluso me lanzo a la aventura de caminar sin bastón blanco por la ciudad. Pero no me dejan. Siempre hay almas caritativas que impiden a un ciego ser libre de correr peligros.

Hace años que vivo en un mundo de ruidos. Un coche es un claxon o un tubo de escape. Un hombre, su voz. Un mercado, la algarabía.

Sólo veo durante la noche. Entonces el sol brilla sobre hermosos huertos verdes donde cuelgan maduras las naranjas. La noche abre la puerta de la felicidad para mí.


Fui feliz hasta que llegó el tigre. Veo sus ojos amarillos que todo lo ven. Está ahí, puntual cada madrugada como el canto del gallo.

El sudor frío me empapa el cuerpo. Mis ojos ven sus ojos. Y su fiereza sabe de mi cobardía.

Me persigue a través de cañaverales, de pantanos. Atravieso la jungla y el monte. No encuentro hueco donde pueda escapar de su mirada. Y entonces quiero que amanezca y refugiarme en la seguridad de la ceguera. Salir de la anormalidad de ver cuando nadie ve, de ser feliz cuando todos duermen. Quiero convertirme para siempre en un ciego insomne. Porque no sueño por las noches, veo.


José MĒ Mirete Hernández nació en San Miguel de Salinas, Alicante, España, en 1957. Es diplomado en enfermería, profesión en la que se ha desempeñado desde 1979, aunque desde hace diez años realiza exclusivamente actividades sindicales. Dice que su afán siempre ha sido "cazar" fantasías y convertirlas en historias como una manera de huir de la nada que nos agobia. Pero a la hora de fantasear, le gustaría haber escrito "El dragón", de Ray Bradbury, o El libro de arena, del maestro Borges. Este es su primer cuento en Axxón.



LA SINGULARIDAD

Arnoldo Águila - Cuba


Ahí llegaban los alemanes.

El artista de "Heavy Metal" y un comemierdadel montón.

Así engañaban los aspectos.

El señor Maya se reía a pierna suelta.

El Señor de la Ilusión siempre se reía del mismo modo, pues había perdido una pierna una vez que intentó engañar a Buda, aunque nadie se había enterado.

No en balde era quien era.

Pero Bruno sabía muy bien quiénes eran esas vacas sagradas.

Dos genios de las matemáticas.

Los dos genios que se habían recién ganado el premio mayor del mundo en esa esfera con su "Teoría de la singularidad multidimensional", la teoría que tantos orgasmos había causado en el planeta, sobre todo en el Gobierno Mundial.

Bruno les hizo el recibimiento oficial sin recordar al segundo siguiente qué había dicho.

El rockero le dijo algo que se podía traducir como que "no comiera más de lo que pica el pollo" y que los condujera el Punto.

Todo estaba dispuesto y sin pasar las formalidades del Aeropuerto Internacional José Martí, los condujo al limo y de ahí partieron por la avenida Rancho Boyeros hacia el centro de la Ciudad de la Habana.

Las distinguidas personalidades no habían querido el recibimiento que se merecían, y sólo habían aceptado que los recibiera el Presidente de la Academia de Ciencias, el alto y espigado Bruno.

Bruno ya había estado en el Punto, convertido en un museo a la carrera, después que se le había otorgado el premio máximo mundial a estos dos distinguidos visitantes.

Bruno no comprendía muy bien la teoría de los visitantes, él se especializaba en spheniscus, y en realidad sólo había leído el resumen no muy orientador del artículo periodístico.

Hizo una tímida pregunta en media lengua y el rockero lo miró con tal fijeza que se quedó más mudo de lo que estaba.

El que parecía un simplón lo miró desde el Everest y le concedió una Mona Lisa.

—Usted sabe que después que establecimos la teoría del M.U. y despachamos a Godel por su teoría de la Incompetencia sobre la matemática —se rió en alemán—, declaramos que N.U. era el original y que eso se demostraba por la singularidad.

—Ya ustedes habían estado en el Punto —se aventuró a preguntar Bruno.

—¡Jamás! —lo asustó a muerte el grito del rockero—. Todos nuestro análisis matemáticos sobre la Singularidad de N.U. fueron realizados por mi colega y yo sin jamás, óigalo bien, sin jamás haber venido al Punto donde precisamente radica la demostración palpable de esa Singularidad.

En su miedo Bruno atisbó que ya habían pasado por el costado del Teatro Nacional y enfilaban la calle que los conduciría al Punto.

"Menos mal que estamos llegando", pensó sobrecogido.

El que tenía la cara de simplón le regaló otra Mona Lisa y le dijo con condescendencia:

—Lo único que hicimos fue, después de que Herr Kennedy demostró que todos los M.U. eran copias de un U. y que este U. original tenía que tener una Singularidad, es decir, una Improbabilidad matemática tan alta que demostraba hasta la saciedad que ese U. era el original, fue demostrar que nuestro U. era el que presentaba esa Singularidad.

—¿Cómo era posible —continuó el rockero mientras transitaban por la calle A en dirección a la calle 19— que al lado de un escritor de ciencia ficción y fantasía, que luego le diera por escribir una equivocadísima Filosofía Concreta, en otro edificio similar, en el primer piso también, se desarrollara un epónimo escritor de Ciencia Ficción, un escritor que de este país minúsculo saldría a conquistar Roma, España y el mundo?

—Arnoldo Águila y José Miguel —musitó Bruno reverentemente.

—¡Herr Arnoldo y Herr Yoss! —gritó el rockero con vehemencia.

—La singularidad. La singularidad que demuestra que nuestro Universo es el original y que todos los demás son copias infames del nuestro —bendijo el simplón.

Bruno miró con admiración a aquellos triunfadores, a los ganadores del Premio Atila de Matemáticas del 2003.


Arnoldo Águila es un escritor cubano, asilado hoy en día en Miami, que ha escrito y publicado en Cuba y fuera de Cuba obras de ficción y ensayo, tanto en español como en esperanto, así como ha realizado y publicado traducciones de otros escritores del inglés al español, y del español al esperanto, sobre todo en este último rubro, cuentos y poesías de José Martí. Este es su primer cuento en Axxón.




Axxón 162 - mayo de 2006
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Varios países).

            

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