EL EMBAJADOR DE CULMAR 6

Martín Cagliani

Argentina

Cuando me dijeron "llevá a pasear por la estación al embajador de Culmar 6", no imaginé los conocimientos no deseados que quedarían grabados para siempre en mi memoria.

Debo admitir que jamás había leído un libro del Instituto Exoantropológico Universal a pesar que es un requisito para mi trabajo en la estación orbital (se me da bien hacer trampa en los exámenes).

Hace seis meses que trabajo como guía en esta estación orbital y todavía no había visto un alienígena o una exocultura, como prefieren llamar los chupa medias a los extraterrestres. Sólo los había visto en la red. Por eso fue que me turbé un poco cuando apareció el embajador. Iba vestido con una túnica roja de un material parecido al plástico, que tapaba todo su cuerpo menos las manos y la cabeza. Su piel era rugosa y gris, y estaba cubierta por un vello incoloro. Tenía ojos saltones, y el rostro chato y sin nariz, con labios muy finos.

Hablaba el gril como si fuese su lengua materna, así que no me preocupé en expresarme de forma que me entendiera. Mi misión era entretenerlo durante algunas horas, hasta que llegara el exoantropólogo.

Nadie me había dicho qué hacer con él para matar esas seis horas, así que tras mirar el reloj dije "qué mierda, lo llevo a comer". ¿Y adónde lo podía llevar? Al nuevo local que Mundanold's había abierto en nuestra estación, por supuesto. A él no le comenté nada, ya que hablaba poco.

Al principio me daba cierta impresión mirarlo, y estar sentado a su lado en el carromatic, pero me acostumbré enseguida. Le fui contando qué era cada cosa que veíamos desde el carrito. Le conté la historia de la estación, todo el tour típico, completo.

Cuando llegamos al local de comida rápida el embajador comenzó a hablar.

—¿Qué edificio es éste, tan colorido y alegre? —Su voz tenía un tono nasal, y exageraba los sonidos de cada palabra, como si le costase pronunciarlas. Su rostro era extraño, inexpresivo, imposible de leer. Pero podía hacerse a entender moviendo únicamente las manos.

—¿Nunca vio un Mundanold's? —le pregunté yo, ignorante de que no están instalados en cada planeta del universo.

—Jamás. Primera vez que salgo de mi mundo, y en otra estación que yo estaba no había edificio tan colorido y alegre. Los vagamiar gustamos de los colores. Costumbre de ustedes siempre gris y metal.

—No, ilustre embajador, es que usted tuvo la mala suerte de parar en una estación aburrida. Nosotros tenemos nuestro propio Mundanold's como puede ver, venga, pase. Tenemos que ir hasta el mostrador a pedir.

—¿Qué hay que pedir? —preguntó, y me pareció ver una expresión de duda en el movimiento de sus manos. Debo admitir que en realidad una vez leí un artículo sobre exoculturas en la escuela de guías y era justamente sobre lo complicado que es leer un rostro inexpresivo; que uno tiende a querer ver gestos en cada movimiento del cuerpo. Bueh... Le respondí enseguida:

—Comida. Hamburguesas. Son las más conocidas de la galaxia, y me dijo mi tío que también las más pequeñas. —No pude reprimir una sonrisita.

El embajador no entendió el chiste y se puso pálido; el color gris de su piel lo abandonó, pasando a un blanco tan puro como jamás vi, y el vello que cubría su piel se erizó.

—¿Se encuentra usted bien, embajador?

—¿Ustedes piden comida? —dijo, y comenzó a prestar atención a la gente que estaba sentada almorzando. No pudo reprimir una arcada, y lazó un vómito en pleno hall de entrada de Mundanold's. En seguida llegaron dos estudiantes-robots-empleados-explotados, y lo limpiaron todo pidiéndonos disculpas a ambos, prometiendo devolvernos el dinero y darnos una gaseosa gratis. Un sujeto de azul nos hizo firmar un documento que nos impedía hacerles juicio por haber vomitado en su local.

Yo abracé al alien y le palmeé la espalda. Sentí una fea sensación al tocar la túnica roja, retiré enseguida la mano y le acerqué una servilleta de papel. El vagamiar se limpió la boca.

—Si quiere podemos ir a comer a otro lado, embajador —dije, en tono condescendiente.

Él me miró, todavía pálido. Yo quise leer horror en su rostro, pero no pude, no sé de dónde me llegó esa sensación que le atribuí al alien, que tapaba su boca con lo que podría ser un pañuelo de ese material rojo plástico.

—Señor guía, los vagamiar no comemos en público, lo hacemos en total soledad. Por favor lléveme lejos de aquí, no puedo tolerar ver a esta gente comiendo.

Lo subí al carromatic y lo saqué enseguida del patio de comidas. Pensé en llevarlo al mirador, para distraerlo un poco. No dijo nada en todo el viaje, pero su estado mejoró. Volvió su color gris, y su vello corporal volvió a su antigua posición.

—Este es el mirador, de acá se pueden ver millones de estrellas.


Ilustración: Pedro Belushi

Noté que no me prestaba atención, frotaba el material plástico de su túnica con las manos.

—¿Qué es ese material tan lindo? —pregunté para hacerle olvidar el molesto incidente. No quería que se quejara al exoantropólogo de que yo no había sabido atenderlo. Esa era mi primera misión importante, y no quería estropearla.

El embajador me miró con sus inmensos ojos muy abiertos, la primera expresión que veía en su rostro, ¿o no sería una expresión?

—Usted es buena persona —dijo el embajador. Pensó unos segundos y siguió—. Los vagamiar no nos alimentamos en público ya que eso molestaría a nuestros ancestros —dijo mientras se palmeaba el pecho.

Yo no comprendí qué tenía que ver eso con lo que le había preguntado y asumí que todavía estaría molesto por el incidente en Mundanold's, así que repetí mi pregunta, para alejarnos del tema. Hizo unos movimientos con las manos que me pareció que indicaban sorpresa, y habló en voz baja.

—Nuestros ancestros —volvió a decir, y esta vez me di cuenta que con las palmaditas estaba señalando su túnica plástica.

—¿Esa túnica pertenecía a su abuelo? —le pregunté. El vagamiar sonrió.

—Esta túnica está hecha con la... —Pereció buscar la palabra adecuada—. La gelatina que se forma con la grasa de mi padre.

Fue mi turno. No pude reprimir el asco; se reflejó en todo mi rostro. Me alejé en el asiento del carromatic. Y me vino a la mente el recuerdo de mi padre, cuando me retó por robar los dientes del abuelo. Me había hecho lavarlos con mi propio cepillo de dientes.

—¿Le sacan grasa a su padre? —pregunté, pensando en los centros de lipoaspiración de la estación.

—No, es mi padre. Nosotros nos alimentamos de nuestros muertos. Hacemos gelatina con ellos. —Asintió con su cabeza y siguió—. Y con la grasa, que es mala para la salud, hacemos la ropa.

Ante mi perplejidad el vagamiar siguió hablando.

—Ellos se molestarían si ven que comemos frente a otras personas, ya que es un acto honroso y de entrega el dejar que nuestros jóvenes nos coman cuando llega el momento de liberarnos del cuerpo.

Yo me alejé más de la túnica-padre, y después ya no recuerdo nada hasta que llegó el carro-enfermero. Al ver esa sonrisa amarilla de dientes afilados, entre los cuales imaginé ver un trocito del padre, no pude resistir las náuseas.

Desde ese día, cuando me toca acompañar a los visitantes de la estación los llevo a recorrer los túneles abastecedores.



Un antiguo aforismo (ya refutado) indica: "adonde fueres haz lo que vieres". Ahora ya saben por qué está refutado.

Martín Cagliani nació en 1974. Estudió Antropología e Historia y también Guión de Cine y Televisión. Se dedica a escribir desde hace apenas tres años, lo que no impide que siga siendo un lector empedernido. Publicó artículos de historia y han aparecido varios cuentos suyos en revistas y antologías. Dirige Golwen, un e-zine inclinado a lo fantástico y este es su quinto cuento en Axxón. Los cuatro anteriores fueron: "Las reglas por algo están" (141), "El archivo Maggi" (143), "Debajo de la cama" (149) y "El maniatico" (150).


Axxón 162 - mayo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Argentina: Argentino).

            

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