LLANTO POR UN ASTRONAUTA

Domingo Santos

España

Había gallardetes en las ventanas y colgaduras en todos los balcones. Era día de fiesta. La gente pasaba endomingada por la calle, charlando animadamente. En la plaza, sobre un estrado, una pancarta decía en grandes letras rojas: «Primer centenario de la Astronáutica: 1957-2057». El viento hacía oscilar levemente la pancarta, produciendo insospechados guiños en sus letras.

Octavio se detuvo en medio de la calle y miró a su alrededor. Fue sólo una breve mirada; después siguió adelante, las manos en los bolsillos, la mirada errante. Había una mueca triste en su rostro. En medio de la calle correteaban unos chiquillos, jugando con astronaves de plástico. «¡Yo soy astronauta, yo soy astronauta!» «¡Broooum, despegamos de la Luna!»

Estúpidos —murmuró para sí mismo Octavio—. También lo creéis, no sabéis lo que estáis diciendo. Astronautas... Estúpidos.

Entró en un bar. ¿Era el quinto aquel día? Necesitaba olvidar. Hoy más que nunca lo necesitaba.

El aparato de televisión estaba conectado, La voz impersonal de un locutor comentaba, sobre unas viejas imágenes, la noticia conmemorada.

Hoy hace cien años, en un día como éste, el mundo entero se conmovió ante la gran noticia. Por primera vez, un aparato construido por el hombre había franqueado...

—Apáguelo —gruñó Octavio, mirando fijamente el vaso que le habían puesto delante—. Por el amor de Dios, apague esta cosa.

El camarero no se movió. Estaba secando unos vasos, mirándolos al trasluz para comprobar si estaban realmente limpios.

El primer «Sputnik» pesaba...

—Oh, ya basta. Siempre dicen lo mismo.

Esta vez el camarero sí le prestó atención. El bar estaba casi vacío, solamente una pareja sentada en un rincón. Dejó los vasos sobre el mostrador, en una perfecta hilera.

—¿Qué le pasa, amigo? ¿No le gusta?

La voz del locutor seguía hablando por encima de las viejas imágenes.

...y así se inició la gesta cuyo primer centenario conmemoran hoy todos los países. En todas las ciudades del mundo, en todas las naciones, se están desarrollando los actos conmemorativos de esta gran fecha histórica...

—Hablan mucho —gruñó Octavio. Como siempre. Bebió un largo sorbo y dejó el vaso con un golpe seco sobre la barra—. Ya no se acuerdan de cuando olvidaron por completo el programa espacial, de todos los años de silencio; ahora sólo se acuerdan de cuando volvieron a ponerlo en primer plano, de cuando lo consideraron de nuevo algo prioritario, y lo exhiben como una bandera. Pero sólo son burócratas, hombres de despacho. Ellos no saben. Ellos nunca han estado ahí arriba. No saben lo que es.

—¿Lo que es qué?

—El espacio. Aquello. No es la gloria, no es la emoción ni la aventura. Es miseria, y miedo, y dolor.

—¿Acaso usted...?

El camarero no terminó la frase. Octavio tenía el vaso fuertemente asido entre sus dedos; parecía como si quisiera romperlo.

—Sí —dijo—. Yo era uno de ellos. Yo también estuve ahí arriba.


El bar estaba vacío. Tras un programa de transición, el televisor había empezado a emitir un reportaje sobre los actos que se estaban celebrando en todo el mundo. Paradas militares, exhibiciones de grandes cohetes, discursos. Era un día grande.

—No —murmuró Octavio—, no es eso. Hablan de gloria y de honores, pero no es verdad. Eso fue tan sólo con los primeros astronautas, los que abrieron el camino. Luego ya no.

Bebió un trago. Necesitaba beber.

—Hoy el astronauta es un ser anónimo, un obrero más. Su vida no es muy larga. Primero debes pasar años enteros entrenándote, sometido a una enorme serie de agotadoras pruebas. Has de ser un hombre completo, te dicen, capaz y sano y fuerte. A veces ni siquiera llegas al final, y entonces te dicen que no sirves. Pero si llegas, al fin eres enviado ahí arriba. Aunque no por mucho tiempo tampoco. El cuerpo humano es un organismo muy delicado, no se le puede someter a demasiados esfuerzos sin que se rompa. Cuando te haces viejo, cuando alcanzas los cuarenta, los cincuenta años, te llaman un buen día y te comunican que ya no sirves. El organismo envejece, te dicen, los huesos se desgastan, el corazón se cansa; ya no puede resistir como antes las aceleraciones, la ingravidez, los constantes esfuerzos. Te dan la mano, te entregan una placa, una indemnización y te dicen adiós. Y te encuentras en la calle.

En la pantalla, un antiguo astronauta, viejo y con los ojos brillantes, hablaba con voz potente, mirando hacia lo alto. Describía las maravillas del espacio, los racimos de estrellas, el insondable abismo negro que aguarda allí al hombre.

—¿Usted ha estado realmente ahí? —volvió a preguntar el camarero.

—Sí. —La voz de Octavio era baja—. Sí, estuve. Y, ¿sabe?, el espacio no es como lo que dicen. En absoluto. Todo eso es palabrería, pura literatura. El espacio es negro, frío y aterrador. Es un abismo en el que siempre estás cayendo, un pozo sin fondo que te engulle hasta la eternidad. Cuando uno se encuentra solo ahí arriba no siente más que miedo. Quisieras gritar, aterrorizado, pero nadie oye tu voz. Muchos se vuelven locos en aquellos momentos. Yo también me he vuelto loco muchas veces.

Sus manos temblaron al coger el vaso.

—Y cuando regresas a la Tierra, después de unos meses en el espacio, es la tortura de volver a encontrar lo que ya habías empezado a olvidar. Debes aprender a moverte de nuevo bajo un peso real, y a respirar un aire denso que parece que quiere asfixiarte. Andas torpemente, y la gente se ríe de ti. «Los patos», llaman a los astronautas cuando regresan a la Tierra. Y luego, cuando ya has vuelto a acostumbrarte a las condiciones de gravedad del planeta, debes partir de nuevo y enfrentarte otra vez a las aceleraciones y a la ingravidez.

Dio unos golpes con el vaso en el mostrador, reclamando más bebida.

—Por eso los astronautas se retiran siempre jóvenes. Nadie puede resistir eso mucho tiempo. Y muchas veces ocurre que, aunque todavía estés en perfecta forma física, aunque aún no has alcanzado la edad, un buen día te llaman y te dicen que ya no sirves, que tus nervios están destrozados por la tensión, que tu corazón empieza a fallar en los ascensos. Te dan el pase y buscan a otros que te sustituyan. ¿Y qué haces tú entonces? ¿Para qué sirves, después de haber visto ante tus ojos la faz de otros planetas, los racimos de las galaxias? Buscas algún nuevo empleo, y todo el mundo te mira con extrañeza. Soy astronauta, dices. ¿Y eso para qué nos sirve?, te preguntan. ¿Para qué necesitamos un astronauta para encargarse de nuestro taller, para llevar nuestra contabilidad, para manejar una máquina, un coche, un camión, una grúa? Oh, no, los astronautas son seres inútiles en la Tierra: su puesto está ahí arriba.

El viejo astronauta de la televisión había terminado de hablar. Sus ojos brillaban más que nunca, su sonrisa era sincera. Había sido un hermoso discurso.

—Todo eso es literatura —murmuró Octavio—. Pura palabrería.


¿Qué hora era ya? No importaba. Estaba empezando a olvidar. Aunque, se dijo a sí mismo, ¿era posible olvidar? ¿Olvidar por completo? La televisión ofrecía reportaje tras reportaje, todos sobre el mismo tema. Retransmisión de actos, homenajes, retrospectivas: los primeros balbuceos espaciales, La Huella, los primeros vuelos a los otros planetas, la colonización de la Luna, los primeros asentamientos en Marte, la exploración de Venus...

El hombre expande sus alas por todo el Universo estaba diciendo el locutor, pronunciando la palabra universo con U mayúscula. Como un águila, sube muy alto, traspasa las fronteras de su propio planeta, busca nuevos horizontes...

—Oh, sí, nuevos horizontes. Nuevos horizontes, sí. —Octavio agitó el líquido en su copa, imprimiéndole un ligero movimiento de rotación. —Yo he estado varias veces en Marte, ¿sabe? He visto a los marcianos. No, no a los primeros marcianos, los oriundos del planeta; ésos, si llegaron a existir, murieron hace muchos millones de años. A los modernos, a los actuales. A los que fueron allá desde la Tierra.

—Pero ésos no son marcianos —dijo el camarero.

—Oh, sí lo son; son marcianos. Ya lo son. Dejaron de ser terrestres hace tiempo. Ése, ¿sabe?, es uno de los tributos que hay que pagar por la colonización de otros planetas. Esto es algo que no se nos dice cuando nos hablan de la conquista del espacio, pero es uno de sus hechos básicos: El hombre debe despojarse de su naturaleza humana para poder conquistar otros mundos. Debe convertirse en otra cosa. Ningún astronauta que pase más de cinco años seguidos fuera de la Tierra puede volver ya a ella. Le es imposible. Una vez quisieron hacer la prueba. Una vez trajeron a un hombre marciano de regreso a la Tierra; uno de los primeros colonos, que llevaba ya ocho años en Marte. Fue un fracaso absoluto. Tenía que vivir en una habitación hermética, rodeado de una atmósfera especial. Cuando no estaba en ella debía llevar constantemente una mascarilla respiradora. El menor esfuerzo lo agotaba, apenas podía levantar un peso que nosotros elevamos con la mayor facilidad. Se rompió una pierna, nadie sabe aún exactamente cómo, aunque se dice que simplemente el hueso cedió, y la fractura nunca terminó de soldarse hasta que regresó a Marte. La gente se volvía a mirarle cuando pasaba por la calle, con su aire desgarbado, sus miembros débiles y muy delgados, su pecho prominente y anormalmente desarrollado con respecto al resto de su cuerpo, sus dos metros largos de estatura. «Ya no soy humano me dijo un día, poco antes de regresar a Marte. No puedo volver a vivir en la Tierra, necesitaría una readaptación completa; mi organismo no lo resiste.» Éramos muy amigos. Habíamos sido compañeros en el centro de instrucción para astronautas. Pero apenas pude reconocer en él al antiguo hombre. Me habló largamente de las condiciones de Marte, de su enrarecida atmósfera que ahora le era imprescindible para poder respirar. Me dijo que se había casado, y que tenía un chico. Sí, nacido en Marte. Un muchacho precioso. Me mostró su foto. Yo me hubiera sentido horrorizado si fuera mi hijo. No era humano. En absoluto.

¡Y nuestras bases en otros planetas proclaman ante todo el Universo la imparable expansión del espíritu humano! chillaba el televisor. El Hombre ha conseguido romper las cadenas que lo ataban a la Tierra y surca el espacio en busca de nuevos horizontes. Al igual que hace siglos, cuando a bordo de tres carabelas partió en busca de un nuevo mundo...

—Ahí arriba también existe la discriminación, ¿sabe? —dijo Octavio—. No todos los habitantes son iguales en los planetas que hemos conquistado. Los que llegaron primero, los que ya se han adaptado por completo, se consideran los dueños, y miran despectivamente por encima del hombro a los que han ido llegando después. Los consideran inferiores porque son recientes, aún son hombres. Y los recién llegados, ante esa discriminación, sienten envidia hacía ellos. E inferioridad. Y también odio.

Nuestra colonia en Marte, cantaba el televisor, está avanzando a pasos de gigante hacia su meta ideal: la autosuficiencia. Sus campos de cultivo llevan ya tres años obteniendo cosechas realmente importantes, y su ganadería, tras el período de adaptación, está empezando a desarrollarse con gran rapidez. Dentro de pocos años...

—Dentro de pocos años —dijo Octavio—, alcanzarán su sueño: independizarse de la Tierra. Se convertirán en un planeta autónomo, gobernado por marcianos para los marcianos. Impondrán rígidas leyes a la inmigración, y establecerán un riguroso apartheid. Y la Tierra perderá su primer planeta, como hace años los grandes imperios perdieron sus colonias. Y es probable que entonces estalle la primera guerra espacial.


En las calles, en toda la ciudad, la gente vitoreaba. Se había alcanzado el segundo exacto del centenario, y una sucesión de fuegos de artificio había marcado el momento. Los gallardetes ondeaban al viento, las pancartas lanzaban sus lemas al rostro de los transeúntes: «Juventud al espacio», «Colonizad la Luna», «Marte os espera». En todas partes se hablaba ya de llegar a los planetas más lejanos, de alcanzar las estrellas. Los niños, los jóvenes, soñaban.

Un joven entró en el bar. Llevaba un disco de latón en la solapa, un lema que se había hecho popular. Eran sólo tres palabras: «Yo al espacio».

Octavio lo retuvo por un brazo.

—Escúchame —dijo—. Os tienen engañados. A todos. ¿Sabes qué voy a hacer? Voy a ir a decíroslo. Subiré a uno de esos estrados, me pondré delante de las cámaras de televisión y os lo diré a todos; a todos los que lleváis estos estúpidos lemas en estos discos de latón. Sois unos idiotas, os diré. Os están engañando. Os dicen que vayáis a las estrellas, pero no os dicen por qué ni para qué. Os hablan de los caminos y de las metas, pero no os cuentan los motivos. Yo os diré cuáles son esos motivos. Necesitan conservar su prestigio. Necesitan poder decir: somos poderosos porque hemos conseguido llegar a la Luna, y a Marte, y hemos establecido bases allí, y hemos explorado Venus, y ya estamos pensando en alcanzar Júpiter, y soñamos con Saturno. Pero no os dicen lo que es preciso pagar para ello. No os dicen que deberéis sufrir, que dejaréis de ser humanos. Y luego, cuando estéis allá, cuando llevéis mucho tiempo exiliados de la Tierra, cuando miréis al cielo y veáis vuestro planeta, cuando sintáis las lágrimas asomar a vuestros ojos y queráis volver, no os dejarán. Oh, no, lo sentimos, os dirán; vosotros ya no podéis volver. Vosotros aceptasteis ir a este mundo y colonizarlo. Quedaos en él, seguid extrayendo materias primas para nosotros. La Tierra ya no es para vosotros.

»Y si vais como tripulantes en una nave espacial, si pasáis vuestra vida yendo de la Tierra a la Luna, y de la Luna a Marte y Venus, e incluso más allá, y luego de vuelta a la Tierra; si sufrís los vértigos del espacio, y sus terrores, y los deseos de volver a sentir suelo firme y estable bajo vuestros pies; si soportáis todo eso en pro de una empresa grande, tampoco os lo agradecerán. ¿Sabéis por qué? Porque ellos son políticos y no hombres, porque ellos creen que la astronáutica es un negocio político más, y porque piensan que los que van al espacio tienen las mismas ideas y los mismos sentimientos que el que maneja un tractor, o va a una lejana delegación de la empresa donde presta sus servicios. Hoy estáis aquí escuchando estas palabras vacías, estáis celebrando el primer centenario del inicio de un sufrimiento, el sufrimiento de millones de hombres que lloran ahora por un planeta perdido, por una patria perdida, por un espacio perdido. De millones de hombres como yo.

»Os engañan, os diré, siempre os han estado engañando. Os dicen que el espacio es ilusión, es exploración, es aventura. Y no es verdad. Para ellos el espacio es sólo negocio, intereses políticos y económicos, desahogo demográfico. Se siguen enviando expediciones a la Luna y Marte, se intenta explorar Venus y Júpiter y Saturno y el cinturón de asteroides porque interesan sus materias primas que en nuestro planeta ya se han agotado y porque hay demasiada gente en la Tierra y es preciso quitarla de en medio; y se envían naves a todos estos planetas en espera de hallar en ellos un nuevo lugar que explotar y donde librarse de la carga de los excesos de población, y también de los elementos peligrosos, los soñadores, los poetas, los disconformes, como hiciera en su tiempo Inglaterra con Australia. Se colonizan los planetas porque nuestra vieja Tierra ya no puede sostenernos a todos, porque es preciso quitarse de encima a la gente que sobra con otro procedimiento más humanitario y más limpio que una guerra. Y por eso se hace publicidad del espacio, al igual que podría hacerse publicidad de un detergente. Y yo me pregunto: ¿es eso justo? ¿Es eso realmente justo?

El joven se desasió del brazo que lo sujetaba. Miró fijamente a Octavio unos instantes. No era una mirada de comprensión ni de disconformidad; era, simplemente, una mirada de indiferencia. Se alejó unos pasos.

—¿Qué le pasa a ese tipo? —le preguntó al camarero.

El camarero hizo un gesto vago.

—Está borracho —dijo.


Había oscurecido. Las calles empezaban a vaciarse de gente. Los estrados ya estaban desiertos, las luces apagadas. No corría ni una pizca de viento. Los gallardetes colgaban flácidos, las pancartas apenas se movían. Una de ellas se había partido; en una de las mitades podía leerse: «Jóvenes, id a...» La otra mitad estaba desgarrada y yacía en el suelo en un informe montón.

Octavio se detuvo en medio de la calle. ¿Estaba realmente borracho? Tal vez sí. Aunque no, no lo estaba. No lo estaba aún, puesto que todavía no había conseguido olvidar. Todo seguía estando allí, fresco en su memoria.

Subió vacilante a uno de los estrados. Tuvo que agarrarse a la improvisada barandilla para no caer. La madera era áspera bajo sus manos, como las cosas hechas para durar tan sólo unas horas. Sintió el pinchazo de una astilla al clavarse en uno de sus dedos. Miró a su alrededor. Las sillas estaban desordenadas y vacías, el suelo lleno de papeles. Hacía pocas horas, allí había hablado... ¿quién? No importaba. Alguien que habría dicho las acostumbradas mentiras.

—Jóvenes —murmuró a nadie—. Vosotros que me escucháis, los que mañana nos desplazaréis y ocuparéis nuestros puestos, los que nos sustituiréis en el curso de la Historia. No penséis ya más en el espacio. El hombre está hecho para vivir anclado a la Tierra. El espacio es vacío, negro, triste y doloroso. El espacio está muerto; ellos lo han matado.

Entonces descubrió al muchacho. No tendría más de doce años. Estaba sentado en una silla en un rincón, allá en un ángulo de la plaza, y le miraba fijamente. Parecía como asustado.

—¿Y tú qué haces ahí? —preguntó.

Su voz resonó áspera, con una multitud de ecos muertos. Hubo un largo silencio. Allá a lo lejos, en algún lugar desconocido, sonaba aún una música, tal vez la de un acto que todavía no había concluido. Pero era tan sólo un eco en el silencio de la noche.

—¿Y tú qué haces ahí? —repitió.

Descendió del estrado. El muchacho se puso en pie.


Ilustración: Pablo Palomeque

Se acercó a él con paso vacilante, por entre las desparramadas sillas, tropezando aquí y allá en su torpe caminar.

—¿Quién eres? —preguntó.

—El espacio no ha muerto murmuró el muchacho, con un hilo de voz. No, no ha muerto.

—Por supuesto que ha muerto —dijo Octavio—. Yo lo sé. Yo lo he visto morir. Ellos lo han matado, y sólo vosotros podréis llegar a resucitarlo algún día.

—¿Cómo sabes que ha muerto?

Octavio sintió un nudo en la garganta, como si de repente todo el peso de doce años inútiles y vacíos se hubiera instalado allí. Aquel muchacho apenas habría nacido cuando a él le dijeron que ya no servía para el espacio, que debía dejar paso a gente más joven. Aquel muchacho...

Miró hacia el cielo, donde las estrellas apenas brillaban sobre el manto de una atmósfera sucia y polvorienta.

—Yo, ¿sabes? —dijo—, he estado ahí. Señaló hacia arriba.

El muchacho le miró unos instantes, sin decir nada. Octavio mantuvo su mano temblorosa alzada hacia el cielo. Sin darse cuenta, señalaba hacía el redondo ojo sin pupila que era la luna llena, amarilla y sucia en el oscuro cielo grisáceo. El muchacho levantó la cabeza hacia ella. Luego, de repente, con los ojos llenos de lágrimas, dio media vuelta y echó a correr.

—¡Espera! —gritó Octavio—. ¡No te vayas, espera! —Pero el muchacho ya había desaparecido tras una esquina, sin dejar tras de sí más que el débil eco de unos pasos que se perdió en seguida en el silencio. Octavio permaneció aún unos instantes con la mano levantada, señalando un cielo que para él ya había dejado de existir. Luego, lentamente, bajó el brazo y lo dejó caer, inerte, a su costado.

—Sí —murmuró—. Yo he estado ahí.

Había lágrimas en sus ojos.



Las gestas son como monedas que se arrojan al aire, y justamente por eso existe el riesgo de que caigan siempre de la misma cara.

No repetiremos lo ya dicho sobre Domingo Santos, pero sí mencionaremos que Pedro Domingo Mutiñó nació en Barcelona en 1941 y escribe ciencia ficción desde que tenía 16 años. Su primera novela se publicó en 1959 y desde entonces ha alternado las labores de escritor, editor, recopilador, director de revistas, colecciones y traductor, aunque tal vez su iniciativa más recordada sea la creación de la revista Nueva Dimensión.

Sus libros publicados son una veintena, entre los que se destacan Volveré ayer (1961), Gabriel (1962), Meteoritos (1965), Burbuja (1965), El visitante (1965), Los dioses de la pistola prehistórica (1966), Futuro imperfecto (1981), Hacedor de mundos (1986), Gabriel revisitado (2005). Como antólogo deben citarse la Antología Española de Ciencia Ficción (1969) y Lo mejor de la ciencia ficción española (1982). En los últimos años ha piloteado varios proyectos importantes. Uno de ellos fue una excelente versión española de la revista Asimov, en la que como ya lo hiciera en Nueva Dimensión dio cabida a numerosos escritores de habla hispana. Santos fue jurado del Premio UPC durante los primeros cinco años de vida del mismo y posteriormente ha sido finalista (1996) y ganador de la mención (1997). El Concurso de cuentos inéditos que anualmente organizan la HISPACON y la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción, lleva su nombre. Axxón le ha publicado otro cuento antes de éste: "Genoma" (150).


Axxón 162 - mayo de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Espacio: España: Español).

            

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