LA HERENCIA DE BRETTINI

Patricio Alfonso

Chile

I


O lo uno o lo otro, dice la voz de Brettini en la grabadora, mientras yo miro con fijeza el vaso de Ginger Ale. O nos podemos excluir de la humanidad, o todo cuanto hagamos, todo cuanto seamos, será humano necesariamente. Yo sueño encontrarme en un bar de Santiago imaginando hallarme en un café de Tánger, pero en realidad sé que estoy casi aislado del mundo por las gruesas cortinas del cuarto que comparto con mi mujer. La voz de Brettini me sigue llegando desde la pequeña grabadora que he puesto sobre el velador. Me incorporo, doy varias vueltas ociosas, y camino hacia el librero, llevando en una mano el vaso de Ginger Ale, mientras que con la otra escarbo entre los volúmenes hasta que doy con un gastado ejemplar de "Los 120 días". Me siento de nuevo y leo las partes finales y traseras, donde el marqués procede a desgañitarse en horrores últimos, escatológicos. Los argumentos de sus historias, apenas esbozados y como siguiendo un plan, me aturden con su serialidad. Me imagino continuándolos, añadiendo nuevos cuadros a su panoplia. Es tal como dice Borges, continúa Brettini, aquello de que ser argentino es una fatalidad, o bien es pura pose. Lo mismo pasa con lo humano, ¿ven la relación? El ejemplo se me antoja de mal gusto y además me distrae, estaba planeando una hermosa historia para prender al collar sadiano. Busco, sin pararme del asiento, en el pequeño refrigerador en donde guardo mi provisión de bebida. Me sirvo más Ginger Ale y le pongo unos cubitos de hielo. Ni pensar en ofrecerle a mi mujer. Levanto la cabeza y la veo en cama, con ondulines y camisa de dormir, escribiendo a su hermana cartas interminables. Está enojada conmigo y no me dirige la palabra. Entre nosotros, la voz de Brettini y mis imaginaciones atroces se forma una red de araña que me estrangula, algo que tiene la forma y el color de la noche. Me tiendo en el diván, de espaldas a la cama y su escribana, y me voy acabando el Ginger Ale a sorbitos cortos. Las posibilidades de lo humano, escucho a Brettini continuar, son infinitas. Nuestro propio cuerpo es una caja de Pandora. Hay secretos de épocas antiguas, cuando se sabía qué y cómo sacar de él. Y Brettini añade que él también lo sabe. Fanfarronadas, tal vez. Ahora que lo pienso, hace tiempo que no veo a Brettini. Lo he llamado varias veces, sin recibir respuesta. Discurro que quizás debiera dar una vuelta por su casa. Consulto mi agenda, y veo que no tengo nada urgente que hacer esta tarde. Oigo roncar a mis espaldas. Mi mujer se ha quedado dormida. Con los ondulines en el pelo, me recuerda irresistiblemente a la gorgona de una película de terror de la Hammer.


II


La hora de mayor calor ha pasado, y una fresca brisa ventea el pavimento. La puerta del antejardín de la casa de Brettini está entreabierta. Atravieso los setos invadidos de maleza, y llego hasta la mampara de caoba y vitraux. Toco el timbre, pero nadie responde. Voy a la parte de atrás. Unos zorzales que picoteaban la uva salen huyendo desde el parrón. Empujo la puerta de la cocina. Ésta cruje y se abre. El recinto es pequeño y oscuro, y en el lavaplatos veo algunas tazas sucias. Lo atravieso hasta la sala, donde hay estatuas pascuenses de madera de toromiro, tallas chinas e hindúes, tapices iraníes y narguiles del Norte de Africa. Entro al estudio de Brettini, con su escritorio de roble macizo y sus murallas cubiertas de libros, algunos bastante raros. El polvo y las telarañas cubren los muebles. Es evidente que hace tiempo que por aquí no viene nadie. Miro al exterior por la ventana, hacia la calle poco transitada. También los vidrios están sucios. Me parece escuchar un ruido arriba, como el rascar de un gato o un perro sobre los parqués del piso. Sé que Brettini no tiene animales domésticos. Me dirijo a la escalera y subo, mirando las fotografías de viajes que adornan el muro. El Cairo, Teherán, París, las islas Canarias. En una foto aparece Brettini junto a otras personas, frente a una pirámide maya. Arriba hay dos puertas. Una corresponde al cuarto de baño, y la otra al dormitorio. Abro la primera, y veo el enlozado negro de la tina y la taza; sobre el lavamanos mi propia imagen perpleja me devuelve la mirada desde el óvalo de un espejo. Al salir del baño, oigo de nuevo aquel ruido como de rascar, abro la puerta del dormitorio. Me fijo inmediatamente que sobre la cama hay un par de zapatos, cubiertos de polvo. Sobre el velador distingo un legajo de papeles, y un objeto alargado y metálico que no sé identificar. Avanzo para examinarlo de más cerca, y escucho de nuevo el rascar a mis pies. Contengo una exclamación, porque moviéndose sobre el piso camina una criatura semejante a un cangrejo amarillo y del tamaño aproximado de una manzana. Sus patas ganchudas producen el arañar del parqué que me había intrigado. Advierto que de la cama cae algo; es otro cangrejo semejante al anterior. Y al mirar de nuevo hacia aquella veo que de las ropas abandonadas de Brettini están brotando decenas de esas criaturas. Caminan por la colcha, enredándose de manera torpe, y se precipitan al suelo desde el borde del lecho, sonando como cacharros de greda. Avanzan por la habitación sin rumbo aparente, dando tumbos hasta chocar con las paredes.



Ilustración: Soledad Véliz Córdoba

III


Me he llevado a mi casa los papeles de Brettini y el objeto metálico. También a dos de los cangrejos amarillos, los que metí en una caja hurtada en la cocina. He pasado el resto del día leyendo lo que en realidad son sus notas. Gracias a ellas puedo entender qué es ese objeto, y cómo funciona. Pulso una palanca en uno de sus costados y éste se abre, revelando en el interior un cilindro de cristal lleno de un líquido ambarino. También encuentro una aguja y un émbolo, que adoso a los extremos del artefacto, de acuerdo a lo escrito. A la luz de lo leído comprendo por qué no he vuelto a ver a Brettini, por qué nadie lo volverá a ver jamás. Lo que él quiso hacer fue un experimento: modificar una parte, una muy pequeña, de su propio cuerpo. El error que lo hizo desaparecer —no me atrevo a decir "que lo mató" — fue algo así como una sobredosis.

Mi mujer ha despertado y empieza a recriminarme. Me dice que la dejo sola todo el día, que no le presto la menor atención, que me la llevo tomando Ginger Ale y pensando tonterías. Por último, amenaza con irse donde su hermana. La miro con una paciencia infinita.


IV


He salido a pasear por un barrio tranquilo, disfrutando de los últimos rayos del sol. Hacía tiempo que no me sentía tan bien. Todavía es temprano. Pienso que daré una vuelta por las librerías de viejo de la calle Garay, que cierran pasado las nueve, y luego me iré a charlar con algún amigo. Recuerdo que para mañana ha anunciado visita la hermana de mi mujer. Le diré que salió de viaje, que se fue a la playa por unos días. Me daría pena contarle que todo lo que queda de ella es una colección de cangrejos amarillos.



¿Les gustan las mascotas? ¿Piensan que todas las pequeñas e inofensivas criaturas son exactamente eso? ¿Han dejado de pensarlo en este mismo momento?

Repetimos lo dicho al presentar "El espejo de Valusia", del escritor chileno Patricio Alfonso, en el número 159 de Axxón. Patricio ha colaborado con Fobos y Alfa Eridiani y ganó el Concurso de Cuentos de Ciencia Ficción del Departamento Cultural de la Municipalidad de Talagante, en Noviembre de 1999. Es miembro del Grupo Freaks, que se dedica a la difusión del género fantástico, y realiza un taller de literatura de CF en el Pueblito del Parque O'Higgins, en Santiago. Esperamos que, con su próximo cuento, nos llegue más información sobre él.


Axxón 162 - mayo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Transformaciones: Chile: Chileno).

            

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