LA BALA

Georges Bormand

Francia

El mensaje apareció el primero de abril sobre el escritorio de David Brinfeld. Al descubrirlo, se preguntó cual de sus colegas pudo haber hallado la fuerza y el humor necesarios para celebrar~el «April Fool's day», a pesar de la dramática~situación en la que se hallaban; pero como no tenía nada más interesante que hacer, empezó a leerlo.

Escrito en algo que se aproximaba al inglés, el mensaje decía: «Atomgorodok, 4 de julio 1966. Camarada Brinfeld, estamos todos muy contentos de ponernos en contacto con ustedes nuevamente y no sabemos cómo expresar hasta qué punto nos ha regocijado la noticia de que otros han sobrevivido al Desastre. Hemos necesitado muchos meses para construir una máquina equivalente a la vuestra porque muchas de las piezas indicadas en los planos que nos enviaron no están disponibles por aquí. Como en su refugio, las reservas de alimentos y de agua se están agotando, y es completamente imposible intentar salir para buscar objetos, herramientas o alimentos... Tampoco hemos recibido ninguna llamada de radio que indique la existencia de otros sobrevivientes, aparte de nosotros y ustedes, en otro refugio. El mensaje que ustedes enviaron es la única comunicación con el exterior que hemos tenido desde el Desastre. Como lo pidieron, les reenviamos adjuntos los planos que nos habían mandado, después de haberlos copiado, indicando las modificaciones que nos hemos visto forzados a hacer por la escasez de material. Esperamos con impaciencia su nuevo mensaje. Serguei Alexandrovitch Efremsky, jefe de la Unidad de Física Socialista de Atomgorodok».

Debajo del paquete aparecían unos planos muy groseros, sobre los que David Brinfeld reconoció unas anotaciones que parecían escritas por él, y otros apuntes en cirílico, o en inglés.

El hecho de que algunos refugios soviéticos pudieran haber sobrevivido a los bombardeos americanos, tal como había ocurrido con el que ocupaban los últimos físicos y matemáticos americanos, tan profundamente enterrado en las Rocosas que había resistido los bombardeos del enemigo, resultaba, finalmente, posible; pero ese mensaje, con fecha del mes de julio venidero, no tenía ningún sentido. No sólo era necesario creer que existía una máquina que fuera capaz de transferir objetos, a pesar de las tormentas electromagnéticas que se habían desatado sobre todo el globo desde la Guerra, sino también aceptar que esa máquina se burlaba de la cronología. Además, había que tener en cuenta el hecho de que los científicos soviéticos debían estar rodeados de militares y miembros del Partido, ciertamente mucho más numerosos que los escasos militares que compartían el refugio con los científicos americanos. Incapaces de ponerse en contacto con sus superiores, y tras admitir que los científicos, parecían conservar la calma mejor que ellos, los militares americanos habían dejado la gestión del refugio en manos de Brinfeld y sus colegas. Pero esta broma de abril excedía largamente los límites de lo verosímil. ¿Y si no obstante...?

David se precipitó al laboratorio contiguo, donde encontró a dos personas, les mostró los documentos y los planos, y les preguntó si ellos eran los autores del chiste; le contestaron que no; que la idea misma de hacer una broma les parecía estúpida, considerando las circunstancias, a pesar de la fecha... Todos los demás habitantes del refugio que David encontró luego se mostraron heridos de que él los hubiera considerarlos siquiera capaces de hacer una broma como esa.


La Guerra había sobrevenido como una consecuencia lógica, ineluctable, de la escalada militar en Vietnam. Detrás de la tentativa de asesinato que había sufrido en el mes de noviembre de 1963 en Dallas, episodio en el que lo habían herido de gravedad, pero no de muerte, el presidente Kennedy se había puesto cada día más agresivo, más paranoico, convencido de que era necesario destruir completamente a los comunistas. Cuando el general MacNamara le había pedido la autorización para bombardear Vietnam del Norte, él le había contestado afirmativamente; se había obstinado ante las amenazas soviéticas y chinas y había contestado con más amenazas. El riesgo de conflagración nuclear se había incrementado sin cesar. Hasta que un día resonaron las alarmas en los propios Estados Unidos, y él, inmediatamente, había ordenado responder. ¿Había buenos motivos para la alarma, o el primer golpe americano~había sido prematuro? Nunca se sabría, porque el ataque —o respuesta— soviético fue mucho más fuerte de lo que habían previsto los estrategas más pesimistas.

De hecho, hasta donde los sobrevivientes del refugio podían saber, las oleadas de misiles de los diferentes ataques habían borrado del mapa del mundo a toda Europa, la mayor parte de la Asia, casi toda América del Norte, y grandes porciones de América del Sur y Africa. Además los bombardeos habían iniciado innumerables sismos y tanto Japón como California habían desaparecido para siempre. Sobre todo, casi nadie en el mundo había previsto el «invierno nuclear» que había transformado al mundo entero en un desierto de hielo y había aniquilado en unas semanas la agricultura y la vida en las pocas zonas que se habían salvado de los bombardeos y las radiaciones.

Pasados varios meses, las decenas de físicos y matemáticos sobrevivientes que habitaban el refugio que la Armada americana había preparado para ellos, no habían podido entrar en contacto con ningún otro grupo de sobrevivientes; las ondas electromagnéticas no lograban atravesar una atmósfera asolada por las tormentas y resultaba imposible comunicarse con los otros refugios americanos, en el caso de que todavía existiera en el país alguno que no hubiera sido destruido. ¿Habrían sobrevivido el Presidente, los generales, los jefes de la armada, otros grupos de científicos o de militares, o aún de civiles? Nadie podía saberlo. En el refugio, tras la renuncia de los únicos militares presentes, David Brinfeld se había convertido en el responsable del lugar, y estaba más preocupado por el agotamiento de las reservas de víveres que por cualquier iniciativa de reanudar las investigaciones científicas interrumpidas por la guerra.

Sin embargo, en ese momento, ¿por qué no probar con los planos que habían llegado milagrosamente a su escritorio? Las escasas herramientas almacenadas no podían servir, de todos modos, para otros usos; no se pueden comer cables eléctricos o transistores. David y sus compañeros decidieron ensamblar el aparato dibujado en los planos recibidos con el mensaje y usarlo, si funcionaba, para enviar un mensaje; si el Bromista Celestial así lo quería, ese mensaje llegaría a los rusos...


Descubrieron, no sin sorpresa, que las piezas indicadas en los planos eran las mismas que tenían en los almacenes. El montaje fue terminado en poco más de un mes, y el aparato estuvo completo alrededor del 10 de mayo. Antes de enviar el mensaje, alguien, un paranoico, sugirió fecharlo en febrero, para que en el caso de que viajara realmente en el tiempo, los rusos no notaran la diferencia de fecha.


Ilustración: Endriago

Entonces descubrieron, gracias a una lectura atenta del segundo mensaje recibido de los rusos, que ya conocían el hecho, y aparentemente también actuaban de buena fe: para cuando sus provisiones estuvieron casi agotadas (el mensaje, que recibieron el 15 de mayo, tenía fecha del 18 de agosto), no quedaba en el refugio ningún comunista, ni «revisionista» ni «capitalista», sino sólo un puñado de científicos, un grupo de hombres desesperados que confiaban en ellos; los militares y comisarios políticos habían cedido todo el poder y aceptaban la ayuda de los horribles capitalistas americanos, privados de cualquier asistencia que proviniera de sus superiores y dirigentes. La repetición del desfasaje en las fechas, de aproximadamente tres meses, parecía confirmar que el aparato podía hacer que un objeto viajara en el tiempo, y era necesario intentar el control de esa diferencia. A partir del segundo envío, hasta los americanos más desconfiados admitían que era necesario pasarle a los rusos la información correcta, a fin de permitir que se compartieran las experiencias tendientes a dar forma al aparato.

Pero los mensajes de Rusia cesaron en el mes de julio; el último que recibieron decía que no sobrevivirían al mes de octubre.

Los americanos tampoco esperaban resistir más allá de fin de año, además...


¿Quién tuvo la idea de que «nada de esto habría pasado si el Presidente hubiera fallecido en Dallas»? David no lo recordaba. De hecho, ahora que sabían que era posible enviar un objeto al pasado (David continuaba probando el modo de calcular el desfasaje del tiempo y el espacio, para elegir un blanco para el envío, y hasta imaginaba una teoría matemática compatible con las experiencias), necesitaban elegir cual acontecimiento del pasado debían cambiar para impedir la Catastrofe. David determinó enseguida que era necesario elegir un acontecimiento muy reciente, porque la energía que se necesitaba para hacer el envío aumentaba muy rápidamente con el lapso de tiempo involucrado, más aún que con la distancia en el espacio.

Después de unos días de discusión, acordaron elegir el atentado de Dallas como «blanco». Aunque encontrar un fusil, ubicarlo en una posición lo suficientemente cerca del transmisor para enviar la bala al momento y al lugar elegidos, calcular y hacer todos los arreglos necesarios para que la bala llegara hasta Dallas en tiempo y forma exigió enormes esfuerzos y reflexiones, miles de operaciones e infinitos arreglos, arreglos que el uso mismo del aparato cuestionaba, el milagro mayor de esta historia fue, sin lugar a dudas, el hecho de que David y sus compañeros hubieran resistido sin que la fatiga nerviosa y el agotamiento de sus reservas de alimentos no los matara antes de acabar su trabajo. Pero nosotros, en nuestro espacio-tiempo, donde no sufrimos la guerra, hemos constatado su éxito: una bala disparada por un «segundo tirador» desconocido ha herido en la cabeza y matado a John Fitzgerald Kennedy. Y nadie ha podido explicar cómo un único tirador (según la versión oficial) podría, disparando desde muy lejos, lograr el asesinato del Presidente...

¿Y David Brinfeld y sus compañeros? Esa otra historia, una historia que ha actuado, interfiriendo en la nuestra. ¿Existen en un universo paralelo? ¿Ha ocurrido un milagro y han sobrevivido, pasando a otro universo? Pueden preguntárselo al gato de Schrödinger porque, a pesar de mi simpatía por ellos, yo lo ignoro...


Escrito en frances y traducido al castellano por su autor
Título original: La Balle
Revisión de Sergio Gaut vel Hartman


¿Alguna vez se puso a pensar en la posibilidad de que un benefactor tan secreto como invisible esté operando para que el mundo siga andando? Empiece a pensar...

Georges Bormand nació el 19 de agosto 1950 en París.

Estudió matemáticas hasta 1974 y ha enseñado esa materia en escuelas secundarias desde entonces. Actualmente se dedica a corregir ejercicios del sistema de enseñanza a distancia del CNED. Ha participado en el fandom desde

1998, concurriendo a convenciones y festivales, escribiendo en el fanzine Présences d'esprits desde 1999, en el webzine Phenix y la revista Lunatique. Tradujo cuentos del ingles y del castellano e intenta mejorar su escritura para poder también traducir desde el francés a esos idiomas. Esta es su primera presencia en Axxón, pero seguirán otras, tanto en su faceta de escritor como en la de traductor.


Axxón 162 - mayo de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Ucronía: Francia: Francés).

            

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