TRES VECES MÁS PEQUEÑO

Albino Hernández Pentón

Cuba

"La grandeza de un hombre se mide de la cabeza al cielo"
Napoleón.
Dedicado a Claudio Biondino y al Taller 7


—¿Tuvimos epidemias tan terribles antes de que llegaran los humanos...? —Ghur continuó hablando mientras se perdía en la oscuridad del almacén y su voz se transformaba en un murmullo zumbón cargado de altibajos disonantes.

Tenía esa costumbre, lanzaba una pregunta y luego me dejaba solo por largos minutos para que meditara la respuesta. Consideraba que el cerebro humano, por ser tres veces más pequeño, estaba en desventaja en relación con el de los shilaki.

Ghur y yo somos médicos, pero por entonces ambos estábamos retirados. Desde mí llegada al planeta no había dejado de asistir ni una sola noche a ese antiguo almacén en ruinas, propiedad de Ghur. Discutíamos durante horas en el mejor de los climas, mientras algunos de nuestros congéneres se mataban en las calles por disputas de menor cuantía. Los temas eran variados y siempre polémicos: el derecho de los shilaki a la castración emocional, los problemas de empatía originados por las técnicas de aumentación en los humanos... En ocasiones, los ánimos se caldeaban hasta un punto muy cercano al de la ignición, pero nunca pasábamos de ahí. Nos respetábamos y éramos capaces de entender la óptica del otro. Cuando uno de los dos cedía, era siempre producto de la razón y la lógica del argumento del contrario y no una simple imposición del más fuerte.

El tema de aquel día eran las epidemias y su relación con los humanos.

Ghur regresó de la trastienda, cargaba un enorme bulto. Por la forma en que le temblaban las extremidades debía pesar una tonelada, calculé.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó. También era aficionado a los acertijos.

Podía ser un montón de cosas, Ghur no dejaba de sorprenderme con sus adquisiciones. Algunos de sus artículos especiales, como le daba placer llamarlos, le habrían valido entre siete y ocho condenas a cadena perpetua en Nueva Terra. Pero en Shilak el concepto de contrabando es tan obsoleto como el sexo en mi planeta. Parten del principio de que cada individuo es responsable de sus actos. Si quieres tomar una droga que te achicharra el cerebro, bien, ese es tu problema. La Justicia —no hay una palabra exacta para denominarla en su idioma— sólo tiene en cuenta aquellos actos que van en contra de los intereses de la comunidad. Es curioso, no tienen drogadictos, ni existe ninguna de las veintiún mil sociedades anónimas que nosotros tenemos en Nueva Terra para las pobres víctimas del alcoholismo y otros males. Y no por falta de bebidas o tentaciones.

—¿Sabes o no? —repitió al ver que no le respondía.

—No soy adivino.

Ghur me miró con una mezcla de extrañeza y burla en sus grandes ojos de antracita. Tardé segundos en descifrar aquella mirada.

—Perdona... —dije, y pude sentir con claridad el ascenso y caída de mi nuez de Adán.

Ghur hizo un mohín equivalente a un encogimiento de hombros, un gesto muy difícil de ejecutar si se tiene en cuenta que él no los tiene.

—Tienes suerte de que soy tu amigo, pero debes cuidar lo que dices. Por ahí hay una legión de extremistas con hakris que no dudarán ni un microsec en arrancarte el corazón y ofrecérselo a la Diosa Madre.

Había dicho, de manera inconsciente, la palabra "adivino" en lengua Hran. Ciertos grupos de shilakis consideran un sacrilegio que un humano la utilice. El castigo es la muerte ritual. Debías entregar tu corazón a la divinidad para lavar la afrenta. Algo sin importancia cuando tienes tres corazones como cualquier nativo.

Por un momento imaginé la escena.

El Maestro con el hakris entre sus enormes manos abiertas que forman un círculo perfecto. Las minúsculas esferas, una por cada astro precursor, zumban en su centro de energía. La multitud con uno de los rostros vuelto hacia la tierra, madre de todas las cosas, mientras los ojos de arriba siguen el curso de la ceremonia. El grito unísono de la multitud en el momento que las esferas candentes emergen a través de mi espalda con el corazón, aún palpitante, encerrado en su campo de fuerza.

—¡Alberrrto! ¡Alberrrto! —Ghur me arrancó de la pesadilla; parecía asustado.

—Calma; estoy bien —mentí.

—Ya veo —dijo.

No capté ironía en su voz cascada. Ghur había alcanzado esa edad en la que a un shilaki le resulta difícil escapar a los efectos de sus hormonas femeninas. En ocasiones, su comportamiento era el de una madre preocupada. Existen formas de eliminar las consecuencias de los cambios glandulares, pero Ghur no las practicaba por considerarlas contrarias a sus principios.

Señalé en dirección a los cajones que yacían por el suelo. Ghur los había dejado caer.

—¿Qué contienen? —pregunté.

—Dannas.

—¿Dannas?

—Sí, dannas. Te puedo obsequiar un cajón... si deseas.

Los dannas son muy apreciados y escasean; a veces pueden alcanzar precios astronómicos. A un humano no le habría creído, pero la palabra obsequio para los shilakis conlleva un compromiso.

De forma abrupta Ghur cambió el tema de la conversación. Otra costumbre típica de los shilaki.

—¿Qué me dices de la epidemia de Peste Roja? —dijo.

Demoré unos segundos en entrar de nuevo en situación. Intenté hacer memoria. En Nueva Terra la conexión a la Red de Datos Planetarios me habría puesto al corriente, pero las autoridades shilakis habían prohibido el acceso a dicha tecnología en el planeta.

—Ninguna de las investigaciones fue concluyente —dije para ganar tiempo. No lograba acordarme de las malditas cifras. Los detalles andaban dispersos en mi inconsciente. Sin las conexiones adecuadas, sin la dichosa RDP para ser sincero, se me escapaban.

—Cincuenta y ocho por ciento de la proteína viral era compatible con la de retrovirus terrestres.

Noté una ligera nota triunfal en su voz que, ahora, había regresado a la normalidad.

—Cincuenta y ocho por ciento —repitió.

—Pero eso no significa que sea de origen humano.

Captó la idea al vuelo. Rápido el condenado. Ni siquiera parpadeó, bueno, tampoco podía. El remanente de su antepasado anfibio.

—Miserables.

Se refería a los Haditas, los primeros exploradores shilaki en establecer contacto con la Tierra. Atila no les llegaba ni a la altura de la cloaca y eso que la tienen a ras del suelo. En el curso de las atrocidades que cometieron con los humanos habían adquirido varios ejemplares de retrovirus. Pueden imaginar el carácter de sus prácticas. Como consecuencia, los Maestros los habían condenado a la esterilidad permanente. Todavía quedan unos miles de ellos pudriéndose en las ciénagas del planeta.

—Agua pasada —dije, con el fin de aliviar la angustia de mi amigo.

Transcurrieron unos segundos.

—Vamos a ver... —dijo al fin, y comenzó una larga enumeración, de fechas y epidemias, con las que se podía llenar una enciclopedia.

Después de escucharlo hablar durante unos diez minutos, dije:

—La cronología es acertada, pero hay algunos aspectos en los que disiento.

—Soy todo oídos —bromeó; los shilakis captan las palabras por resonancia ósea.

Le regalé media sonrisa.

—¿Por qué le achacas a un único factor el origen de las epidemias? —pregunté.

—¿No es obvio?

—No, no lo es. Antes de nuestra llegada ¿existían epidemias en el planeta?

—Sí, pero eso no quiere decir...

—¿Cambió el patrón de las enfermedades? —lo interrumpí abusando de mi condición de amigo, en otro contexto no lo recomiendo—. ¿Aparecieron nuevos microorganismos?

—No —aceptó de mala gana.

—¿Manejabas las cifras de mortalidad como ahora?

—No, nunca me preocupé. Mi especialidad no exige ese tipo de conocimiento.

Noté cierta vacilación en su voz, algo infrecuente en un shilaki.

—¿No te preocupabas... o no se indicaban las estadísticas en cada holoprograma?

—Espera un momento —pidió.

Ghur se rascó dos de sus extremidades; se necesita mucha concentración para eso. Una forma sutil de evadir la pregunta. No noté ningún alivio como resultado de la acción en el rostro que me mostraba.

—Continúa —dijo.

Lo preparé para asestarle el golpe de gracia. Estaba en juego algo tan importante como nuestra amistad: la justicia. En ese caso soy inmisericorde.

—¿Has visitado alguna vez la selva?

Ghur se limitó a ignorarme. Era una pregunta estúpida. Un shilaki está obligado a vivir en uno de los grandes bosques del planeta, por un período no menor a los dos ciclos, para poder ser considerado adulto.

Reformulé la pregunta:

—En tu... peregrinaje ¿encontraste alguna aldea donde no hubiera niños?

—Con frecuencia.

—¿No te llamó la atención?

—Se supone que estén en los templos.

—¿Las treinta y seis horas del día? ¿En todas las épocas del año?

Ghur volvió a rascarse, observé qué algunas áreas de su piel habían adquirido una intensa palidez. Le regalé unos segundos de tregua. Una vez comprobé que el color había retornado a sus partes dístales volví a la carga:

—¿Cuánto tiempo hace que terminaste el ritual?

Su rostro visible empezó a contraerse. Era una suerte que mantuviera el otro escondido en la espalda bajo las capas del grueso pelo ordenado en nudos dispares. La trampa se abría bajo sus extremidades y él no podía escapar. Le estaba prohibido mentir so pena de violar los Preceptos.

—Medio Daraj.

—¿Podrías traducírmelo en tiempo terrícola, por favor? Sin el implante tengo problemas con los números.

—Setenta años.

—Si mal no recuerdo, para esa fecha a los humanos todavía no se nos permitía viajar a Shilak.

Se le agotaba la paciencia. Ahora su piel era un tablero de grises y rosados.

—De acuerdo. Di lo que tengas que decir.

Decidí no abusar más de mi suerte. Además Ghur no merecía que lo atacara de ese modo: era un excelente individuo.

—Es lo que estás pensando y no puedes aceptar.

Pasó un eón.

—El gobierno... —dijo Ghur.

Pude percibir el resonar de cada sílaba en mis huesos, como si en lugar de humano yo fuera un shilaki inmerso en el rito de Trascendencia.

—...los pequeños morían igual que ahora y nos lo ocultaban —concluyó.

—Si revisas las estadísticas la cuestión es clara.


Ilustración: Héctor Chinchayán

Al fin me acordaba. Tres años atrás, impelido por lo que consideraba una calumnia dirigida a propugnar el odio entre especies, había estudiado las tasas de mortalidad en Shilak. Ciertos sectores de la intelectualidad política y religiosa veían en la presencia humana un freno a sus intereses de clase.

Las cifras demostraban que no había habido variación alguna en el número de decesos infantiles durante las epidemias. Los detractores de la presencia humana en Shilak habían jugado con las estadísticas para utilizarlas a su antojo y conveniencia. Es cierto que los pequeños Shilakis son más vulnerables a las infecciones humanas, pero las curvas de mortalidad habían permanecido invariables antes y después de nuestro arribo al planeta. Conclusión: un descarado complot contra los humanos.

—Pero eso es...

—¿Imposible? —interrumpí.

—...improbable. ¿Cómo los Grandes van a mentir? La Doctrina no lo permite.

—Créeme, sé lo que te digo. Allá en la Tierra hay individuos de la misma calaña. Cuando existen intereses de por medio, la religión sólo es un instrumento para mantener nuestros ojos vendados.

Ghur lo comprendió y lo aceptó antes de que me marchara, no en balde es un shilaki, su cerebro es tres veces más grande que el nuestro. Pero, cuando la pasión nos ciega, no podemos ver la lógica de los hechos.

Hablamos de otros temas insustanciales, y cuando los Maestros anunciaron la llegada de las tres lunas me despedí.

Ghur me alcanzó justo en el momento en que salía por el enorme portón del almacén. Volaba, un alto honor que me concedió. Los shilaki sólo extienden sus alas durante el apareamiento, acto de verdadero amor y respeto entre ellos.

—Toma, se te olvidaba. —Me entregó un paquete voluminoso.

—Gracias —dije y esperé curioso a que se alejara para abrirlo. Cuando lo hice me llevé una agradable sorpresa.

¡Dos cajones en lugar de uno!

Sostuve entre mis manos, como un tesoro, el regalo de Ghur. Me daré el gran banquete, pensé.

Los dannas son parecidos al mango. Tres veces más pequeños, pero el doble de sabrosos.



Albino Hernández Pentón, de nacionalidad cubana y residente en Perú, es médico. Sus primeros relatos vieron la luz en Velero 25, revista electrónica peruana de CF, gracias al impulso de amigos como Luis Bolaños y Victor Pretell, entre otros. Pertenece a Coyllur, Asociación Peruana de CFTF y es miembro del Taller 7. En Axxón se publicaron sus cuentos "Kamikaze" (155) y "Simbiosis" (en colaboración con Sergio Gaut vel Hartman —159)


Axxón 163 - junio de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Perú: Cuba: Cubano).

            

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