SIMBIÓTICA

Carlos Duarte Cano

Cuba

El general Rahil Vidro, jefe de la Inteligencia Militar de las Fuerzas Espaciales Unificadas, se reclinó en su confortable butaca de ditoplástico y observó con detenimiento al oficial que permanecía de pie frente a él. Era un hombre alto y moreno, de plante esbelto y unos cuarenta y cinco años a juzgar por las hebras plateadas que se entremezclaban con su cabello castaño cortado a cepillo. Vestía uniforme de gala azul-plata y sostenía la gorra con la mano izquierda mientras saludaba con aplomada marcialidad.

—Póngase cómodo, capitán Yero —indicó con voz bronca mientras señalaba uno de los asientos frente a su buró y acto seguido, como para demostrar que no tenía prisa alguna, desplazó su atención hacia la curvilínea pantalla del ordenador, haciendo caso omiso de la cercana presencia del subordinado.

El interpelado dejó caer su esbelta figura sobre una de las sillas y aprovechó la intermisión para examinar la oficina a sus anchas. En realidad no había mucho que ver. El amueblado era mínimo y modesto: un buró semicircular situado hacia la esquina más alejada de la puerta, tras él una amplia repisa con numerosos compartimientos contenía el archivo personal del general y, escoltando al buró, cuatro sólidas sillas sin más ornamento que el alado logotipo de las Fuerzas.

El resto del local, de unos diez metros de largo por cinco de ancho, permanecía desnudo, a excepción de las falsas ventanas y los holocuadros. Estos últimos, únicas piezas decorativas de la oficina, reproducían escenas de acciones legendarias protagonizadas por el ejército terrestre y sus aliados en las campañas expansionistas.

En uno de los cuadros Yero reconoció de inmediato la toma de Cristalia, gloriosa intervención preventiva en la que fue aniquilada la exótica civilización de ese mundo helado. La imagen de los rayos Psi impactando en una de sus ciudades heladas era de una belleza aterradora. Recordó que en aquella acción ganó los grados de teniente al ser uno de los diez pilotos que realizaron la primera prueba de terreno de ese arma de alta energía.

Otro de los holos mostraba en todo su esplendor el asedio al sistema Aldebarán, donde, después de más de un siglo de batallas, se expulsó a los Axxianos del último de los diez planetas colonizados y la humanidad logró acceder a la más potente fuente de energía encontrada en la galaxia. Es cierto que costó un billón de bajas pero algunos analistas no consideraron esa cifra como una pérdida sustancial sino más bien un elemento positivo, ya que contribuyó a liberar un poco de espacio en nuestro atestado planeta y el resto de sus mundos coloniales.

Cada uno de aquellos cuadros contaba un episodio diferente de una historia signada por elementos comunes: intrigas, guerras, saqueos, mentiras, victorias. Los honores eran siempre para el ejército pero Yero sabía que detrás de todas y cada una de esas operaciones estaba la Inteligencia Militar. Un dato manipulado con la habilidad requerida podía marcar el inicio de la destrucción de un mundo. Una noticia falsa, una omisión oportuna y zas... la balanza inclinaba su fiel hacia la más sangrienta de las conflagraciones. Todo era válido cuando se hacía por la grandeza de la Tierra.

Y entre todos los nombres sobresalía el de Rahil Vidro como el más sagaz, visionario y radical de los directivos de la Inteligencia. "El Brujo" como lo bautizaron sus colegas de los altos mandos, era aún una persona fuerte y enérgica a sus ciento diez años cumplidos. Hombre de hablar pausado, mente analítica y trato cortés, jamás se le escuchó levantar la voz a un subalterno pero inspiraba un profundo respeto entre quienes le rodeaban.

El general terminó de consultar los archivos, giró su asiento para enfrentar a Yero y retomó la palabra.

—Según he podido leer en su expediente usted lleva veinte años de servicio en las Fuerzas con un impecable historial.

—Sólo he cumplido con mi deber para con la Tierra, mi general —aclaró Yero cuadrándose con presteza.

—Relájese, hombre —indicó Vidro sonriendo—; siéntese con comodidad y deje esas poses marciales para otra ocasión.

A pesar de su elevado rango, Vidro no se consideraba un militar en el sentido estricto de la palabra ni era un fanático de la rigidez militar. Le gustaba proyectar una imagen de científico dedicado a la búsqueda de información. El capitán retornó a la comodidad de su asiento pero la rigidez de sus hombros no denotaba precisamente relajación.

—Pues yo diría que ha hecho algo más que cumplir con su deber, capitán —prosiguió Vidro—. Veintisiete acciones combativas como piloto de combate, diez medallas al Valor y más de doscientas mil bajas enemigas acreditadas en su haber.

—He tenido algo de suerte, mi general —afirmó con modestia el oficial.

—He leído varias veces su informe, y le confieso que con mucho interés, pero hay algunos aspectos que quiero que me aclare. Para eso lo he mandado a buscar.

—Es un gran honor para mí, general —respondió el capitán.

—En su informe se explica con lujo de detalles todo lo relacionado con el accidente sufrido por la "Elipse" y como usted fue el único en llegar al segundo planeta de Epsilón Eridano, de donde fue rescatado tres meses atrás por la nave Ghost 707.

Vidro hizo una pausa para encender un habano con la bien estudiada parsimonia de los fumadores habituales y continuó

—Un planeta desconocido, Simbiótica, por lo demás. Usted reporta que la composición de su atmósfera la hace irrespirable para el ser humano, por lo cual se vio obligado a vivir de las reservas de aire comprimido de su nave de salvamento.

El capitán asintió con un leve movimiento de cabeza. —Así es, general, el contenido de oxígeno es inferior al cinco por ciento.

—Pero aun en esas condiciones adversas reporta haber encontrado vida animal e incluso inteligente en el planeta.

—Exacto, mi general, está detallado en el informe. La vida se abre paso en las condiciones más hostiles y variadas, la anaerobiosis es frecuente incluso en la Tierra.

—Muy cierto, pero siguiendo con el análisis de su informe, hay algo en la ecología de ese planeta que lo hace muy diferente de la Tierra y el resto de los mundos explorados. Sobre ese particular su informe no es tan detallado como en el resto. —Inclinó su plateada cabeza en dirección a Yero y exhaló una bocanada. El humo azulado cubrió el espacio entre ambos para luego ascender en una lenta danza hasta desdibujarse a través de las rendijas del extractor de aire. —Me gustaría oír más sobre esto.

—Como ordene, mi general. La información recopilada durante el tiempo en que permanecí en Simbiótica, equivalente a unos cinco años terrestres, me permiten concluir que las criaturas de ese mundo han evolucionado siguiendo leyes muy diferentes a las terrestres o a las de otros planetas habitados —hizo una breve pausa tratando de aquilatar el efecto de esta teatral declaración en el general, pero el rostro de este se mantuvo imperturbable—. Como usted ya sabe, nuestra propia evolución se explica de acuerdo a la teoría de la Selección Natural, esbozada por Charles Darwin y Alfred Wallace en el siglo diecinueve. En su planteamiento más general esta indica que las especies sobreviven cuando experimentan cambios genéticos que les permiten una mejor adaptación al ambiente, entendiendo como adaptación la capacidad de dejar más descendencia que sus competidores. En este escenario los organismos se ven envueltos en una verdadera batalla por la existencia: predominan la competencia por el alimento, el hábitat, o la lucha eterna que se establece entre presas y predadores.

—Y en Simbiótica esto no ocurre así —acotó Vidro con sequedad.

—Pues no, en Simbiótica es diferente, aunque todo parece indicar que en algún momento de su historia la cosa fue más o menos así. —Yero se encogió de hombros en un ademán aclaratorio y continuó—. Eso, claro está, no lo puedo afirmar con certeza. En la actualidad en ese planeta no hay predadores ni presas, como tampoco se encuentran relaciones nocivas como el parasitismo; en fin, no existe la lucha por la existencia tal y como la conocemos en la Tierra y el resto de los mundos habitados. Todas las relaciones, sin excepción, son mutualistas o cuando menos comensalistas.

Una señal de alarma destelló en los sorprendidos ojos de Vidro y por primera vez pareció perder su habitual comedimiento. —¡Absurdo! ¿De qué viven todas esas especies? ¿Cuál es su fuente de energía?

—La gran mayoría de sus especies son autótrofas, no sólo las especies sésiles, análogas a las plantas terrestres, sino inclusive muchas de las especies móviles toman la energía solar y la convierten en energía química. Otras son saprofitos como nuestros hongos, y toman sus nutrientes de la materia orgánica en descomposición o de algunos compuestos con elevado potencial energético.

—¿Y cómo se explica que no existan predadores que se alimenten del resto?

—Ese tipo de especies existió, pero fueron modificadas a través precisamente de la simbiosis...

—Aquí reside el misterio, y lo que su informe no aclara —interrumpió Vidro—. ¿Qué fuerza pudo transformar a esas criaturas de temibles predadores en plácidos simbiontes cooperativos?

Yero esbozó una ligera sonrisa y respondió

—Me llevó un tiempo comprenderlo, mi general y créame que es un concepto difícil de asimilar; se trata de los simbios.

El general arqueó las cejas y derramó otra nubecilla gris-azulada entre los dos.

—Su informe no habla de tales criaturas.

—Con el mayor respeto, después de cinco años de ausencia no tenía el menor interés en que me internaran en un hospital psiquiátrico. Pero ahora que me han tomado lo bastante en serio como para traerme ante usted, ya puedo explicarlo.

El rostro del capitán se acercó más al de su superior, introduciéndose en la nube de humo.

—Los simbios son la razón de todo ese increíble ecosistema cooperativo. Son microorganismos diminutos...

—¿Algo así como un virus? —preguntó Vidro.

—Más pequeños incluso que los virus terrestres, y como ellos, capaces de vivir en el interior de los más disímiles seres y conferirles las más variadas propiedades. Pero a diferencia de los virus, los simbios han desarrollado una inteligencia colectiva que le confieren a todas sus acciones un propósito consciente.

—¿Inteligencia en un virus? ¿Cómo es eso posible?


Ilustración: Pedro Belushi

—Por supuesto que la inteligencia no está en cada uno de ellos sino en el conjunto. Así como tampoco puede calificarse de inteligente cada una de nuestras neuronas aisladas sino el conjunto de ellas que se interconectan a través de millones de procesos sinápticos para formar nuestro cerebro. Imagine por un momento qué clase de inteligencia puede resultar de un "cerebro" cuyo número de neuronas, y sus consiguientes sinapsis, es superior al nuestro en varios órdenes.

Rahil Vidro colocó con cuidado el habano en un traslúcido cenicero de roca verde de Cristalia. Su rostro mostraba una expresión más dura y su voz se iba despojando de los matices de la cortesía.

—Lo imagino, Yero, pero prefiero que me lo diga usted, ¿qué más han logrado estos simbios?

—Ellos cambiaron la ecología del planeta transformando a predadores en seres autótrofos; ellos imprimieron en la psiquis de las especies más desarrolladas el placer de la sinergia entre los seres vivos; ellos potenciaron el desarrollo de la inteligencia constructiva; ellos salvaron la biosfera de la desaparición cuando la Gran Catástrofe alteró la composición de la atmósfera...

El general Vidro se puso de pie como un resorte cortando de raíz el discurso de Yero.

—Un momento, capitán; hace uno instante ratificó que vivió cerca de cinco años en un planeta de atmósfera irrespirable, sin embargo nuestros técnicos me aseguraron que una nave de rescate como la suya sólo contiene reservas de aire para un máximo de un año. Entonces fueron los simbios...

—Inteligente asociación, general. En efecto, ellos fueron quienes me permitieron vivir hasta el momento del rescate.

La mano derecha del general se extendió hacia una de las gavetas buscando con urgencia un arma, pero alguna fuerza invisible la detuvo al vuelo y la obligó a permanecer sobre el escritorio. Una voz extraña y sin la resolución habitual brotó de su garganta.

—Capitán Yero, o lo que sea usted en este momento, la insubordinación en un militar se paga con la vida.

El hombre se puso de pie frente a él y le extendió ambas manos en un gesto conciliador.

—Nada tiene que temer, general, en realidad sólo estamos aquí para ayudar a la Tierra.

El general se reclinó otra vez en su butaca. Relajado, aspiró con placer el humo de su habano durante unos minutos más y, desde lo más profundo de su mente, sintió brotar un inédito sentimiento de amor y armonía que irradió cada átomo de su organismo.



Hace un par de meses, cuando presentamos "Escaques 3-D" de Carlos Duarte Cano (N° 161 de Axxón), dijimos que este investigador (biólogo recibido en la Universidad de La Habana en 1985) publicaba su primera obra de ficción tras medio centenar de trabajos científicos, especialmente en el área de la salud. Bien: este es su segundo cuento en ver la luz, y como siga así pronto tendrá publicadas más ficciones que artículos...


Axxón 163 - junio de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Biología: Cuba: Cubano).

            

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