EL APARCAMIENTO

José Carlos Canalda

España

—¿Qué te ha parecido la película?

—No ha estado mal, pero el protagonista se encontraba un tanto estirado. Y en cuanto al final...

La joven pareja descendía por las escaleras mecánicas —rampas en realidad— que conducían al aparcamiento subterráneo del vasto centro comercial. Era bastante tarde —la película había sido muy larga— y el recinto estaba ya prácticamente desierto a excepción de algunos pocos trasnochadores que mataban el tiempo en los pocos establecimientos, bares o cafeterías, que todavía permanecían abiertos.

—Mira que si nos sale algún atracador... —exclamó ella manifestando en voz alta sus temores.

—No seas aprensiva —respondió él al tiempo que manipulaba la expendedora automática de tarjetas de aparcamiento—. Este sitio está vigilado.

—Sí, déjate...

Pero sus miedos resultaron ser completamente infundados ya que no les ocurrió el menor percance. Una vez obtenida la tarjeta de salida bajaron una planta más —habían dejado el coche en el segundo sótano— y entraron finalmente en el enorme aparcamiento que, prácticamente vacío en hora tan tardía, mostraba un poco tranquilizador aspecto bien diferente del anárquico bullicio existente en ese mismo lugar tan sólo varias horas antes, justo cuando dejaron aparcado allí el coche.

—¿Te fijaste en la letra?

—Sí, era la P.

—Pues estamos en la C; así que... Me temo que no hemos elegido la entrada buena.

—No podíamos hacer otra cosa. ¿No viste los cierres que había echados en las galerías de arriba? La única entrada que quedaba abierta era por la que hemos bajado.

—Bueno —se resignó ella—. Andemos.

El sótano no era en realidad exageradamente grande, pero su disposición interna repleta de columnas, su vacía soledad y el reverbero de los más insignificantes sonidos se combinaban entre sí produciendo una sensación de inquietud en la pareja que ninguno de los dos quería reconocer pero que ambos, en diferente medida, sentían. Cogidos de la mano, avanzaban lentamente por una de las calles centrales escrutando con avidez las letras que rotulaban los pasillos transversales al tiempo que, con el rabillo del ojo, atisbaban furtivamente los fantasmagóricos juegos de luces y sombras que la poco intensa iluminación existente producía en torno suyo.

—La I, la J, la... —iba desgranando nerviosamente ella cuando un ruido inesperado que atronó como un cañonazo le hizo volver bruscamente la cabeza interrumpiendo su anterior línea de pensamiento.

—No es nada —tranquilizó él a su compañera descubriendo con sorpresa que la mantenía estrechamente abrazada—. Son sólo unos que se van... —rió nerviosamente—; igual que nosotros.

—Sí, pero ellos tenían el coche más cerca —objetó la chica a modo de excusa desasiéndose de los brazos protectores—. Por cierto —añadió en un pueril intento de justificar su reciente turbación—; ¿viste cómo retumbaron las puertas del coche?

—Es normal; en medio de este silencio, cualquier ruido se hace sentir mucho más. Pero apártate y déjalos pasar, que estamos interrumpiendo su camino.

Ella obedeció mirando con envidia, casi con odio, cómo los ocupantes del turismo —otra pareja— los rebasaban con el vehículo desapareciendo rápidamente en la lejanía. ¡Y esa caminata que parecía no querer acabar nunca!

Sin embargo, se acabó; y así, poco después arribaban a su destino. Llegaron a la altura de la deseada letra P, se introdujeron en el pasillo correspondiente y alcanzaron finalmente su coche el cual, por cierto, semejaba un islote solitario en mitad del desierto aparcamiento.

—Bien, ya ves cómo hemos llegado enteros —ironizó él al tiempo que abría las puertas—. Y sin el menor percance.

Claro está que se calló su inconfesado temor a tropezar con alguien mal encarado apostado detrás de una columna con una navaja en la mano, o bien a descubrir que el coche había sido desvalijado por manos anónimas aprovechándose de su ausencia... Tenía que quedar bien, por supuesto, y dárselas de cobarde no le hubiera ayudado precisamente a ello.

El habitáculo del coche los acogió en su seno con calidez, casi con ternura. Y si siempre se ha dicho que el coche es psicológicamente una armadura protectora y su interior un útero maternal, en esa ocasión se reveló también como un refugio seguro.

Era él quien conducía. Desconectó el antirrobo, encendió el motor, dio las luces... Y arrancó. Gracias a la inexistencia de coches aparcados enfrente del suyo se evitó las maniobras que hubiera precisado hacer en condiciones normales; simplemente salió hacia adelante atravesando los vacíos aparcamientos, giró en el pasillo vecino y, finalmente, enfiló la calle central en busca de la salida más próxima.

La calle era larga ya que atravesaba el aparcamiento en toda su longitud, y la falsa perspectiva producida conjuntamente por el bajo techo y las dos hileras de columnas contribuía a hacerla aún más interminable dándole una apariencia de túnel sin fin. El coche que les precedía, engullido por algún invisible recodo del camino, había desaparecido definitivamente de su vista convirtiéndolos en los únicos protagonistas del desierto escenario.

—Mira que si nos pasa como en la película... —comentó ingenuamente la muchacha.

Un gruñido fue la única respuesta de su compañero, atento por lo demás a la conducción. Una de las escenas cumbres de la película que acababan de ver consistía precisamente en una espectacular persecución, muy a la americana, por los desiertos pasillos de un aparcamiento subterráneo, con la consabida parafernalia de choques, atropellos y la inevitable colisión final del coche del malo contra una columna, con explosión e incendio incluidos, por supuesto. Una simple coincidencia, claro está, pero no obstante incómoda.

—¡Juan, mira! —exclamó la chica chillando histéricamente al tiempo que señalaba unas luces que acababan de surgir repentinamente a su derecha— ¡Vienen a por nosotros!

—¿Quieres dejar de decir tonterías? —le espetó él ásperamente una vez repuesto del susto que le había dado el grito de su compañera ayudado, eso sí, por los temores no reconocidos de su propio subconsciente— ¿No ves que son otros que salen igual que nosotros?

—Lo siento —murmuró avergonzada bajando la vista—. No volveré a hacerlo.

—No tiene importancia —masculló él apaciguando su irritación ante la perspectiva de una noche divertida—. Pero otra vez ten más cuidado; podríamos habernos estrellado.

Arrancó el coche —el brusco frenazo había calado el motor— o, al menos, intentó hacerlo; la batería estaba ya vieja y se negó en redondo a responder a sus requerimientos.

—Vaya hombre; lo que faltaba —rezongó al tiempo que reprimía una mirada asesina hacia el asiento de la lado—. ¡Maldito coche!

Pero el susto se quedó sólo en eso; en susto. Tras apagar las luces e intentarlo dos o tres veces, el díscolo motor acabó obedeciendo a sus nerviosos requerimientos permitiéndoles continuar su camino detrás del segundo coche —el culpable del sobresalto— que mientras tanto había así mismo desaparecido. Poco después, alcanzaban el final del pasillo.

—Y ahora, ¿por dónde? —preguntó la chica.

—No lo sé —respondió su novio mirando al frente al tiempo que reducía la velocidad—. Pero supongo que aquí lo pondrá.

Y lo ponía: una flecha indicaba a la derecha bajo un rótulo en el que se leía la palabra SALIDA. Giró pues obedeciendo la señal y se introdujo en una calle lateral que circundaba el sótano. Ésta doblaba a su vez en ángulo recto algo más allá, al llegar a la esquina, para continuar finalmente discurriendo paralela a la central que acababan de abandonar.

—Por aquí debe de haber alguna salida —comentó el conductor atento al camino que se abría ante él.

En efecto; la había. Pero estaba cerrada a cal y canto por una cadena.

—¡Vaya por Dios! —exclamó con enfado—. Por aquí no podemos salir.

—Había un letrero colgando de la cadena —apuntó tímidamente la chica—. Pero no me ha dado tiempo a leerlo.

—Es igual. No será la única.

No lo era. No mucho más allá encontraron otra, también cerrada. Eso sí, en esta ocasión pudieron leer el rótulo sin problemas.

SALIDA POR LA PRIMERA PLANTA.

Decía. Así que, comenzaron a buscar la rampa que servía de enlace entre los dos niveles del aparcamiento.

—¡Juan...! Me temo que te has pasado.

—Eso me temo yo también —gruñó—. Bien, no me apetece volverme. Supongo que habrá otra.

La había, pero justo en el otro extremo. Por ello, se vio obligado a recorrer en su totalidad lo que quedaba de ese corredor —aproximadamente la mitad—, el perpendicular que lo continuaba, que era más corto, y la mitad del otro largo, dejando atrás varias salidas más que, como era de esperar, estaban todas cerradas. Fue un recorrido bastante tedioso, pero finalmente encontraron la rampa sin que, afortunadamente, se la volvieran a dejar atrás.

La planta superior era similar en todo a la recién abandonada y, al igual que ésta, estaba completamente desierta. Avisado de la distribución de las salidas —al parecer todas ellas se encontraban repartidas regularmente a lo largo de los cuatro corredores laterales— Juan optó por no abandonar éstos renunciando a atajar por los pasillos centrales.

Una, dos, tres... También aquí, las salidas continuaban clausuradas. Todo parecía indicar que debería de haber tan sólo una abierta y, como era natural, ésta se empeñaba en estar justo al otro lado. Bien, ya aparecería...

Pues no. Una vuelta, dos... O, al menos, eso le parecía, ya que le resultaba sumamente difícil orientarse en aquel lugar. Claro está que pasó por delante de muchas —¿o eran siempre las mismas?— pero todas sin excepción tenían la cadenita de marras. Ciertamente, comenzaba ya a dudar de lo que veían sus ojos.

—Juan, ¿es que esto no se va a acabar nunca? —gimió su compañera— Quiero salir de aquí.

Y yo, estuvo a punto de responder mandando a hacer gárgaras su orgullo masculino. Pero logró interrumpirse a tiempo cuando vio un coche que, saliendo de un pasillo lateral, se colocó delante de ellos.

—Bien, éste parece saber por dónde va —dijo finalmente—. Bastará con que le sigamos.

—Oye, ¿no es el que nos adelantó cuando íbamos por el pasillo?

Demonios, ése era... Se trataba de un modelo muy poco frecuente y bastante llamativo, por lo que no cabía la menor duda. Era el mismo coche que les había asustando —bueno, a ella— al cerrar las puertas y al que luego habían tenido que cederle el paso apartándose del pasillo por el que caminaban buscando el suyo. Habían salido mucho antes que ellos —por lo menos cinco o diez minutos— y todavía seguían dando vueltas... Allí había algo que no acababa de cuadrar, se dijo.

—No te lo sabría decir —mintió— Pero en cualquier caso, voy a seguirle. O acertamos los dos, o nos ponemos a bailar juntos.

El coche que les precedía rodaba a una velocidad moderada, tal como era de esperar. Ajustó, pues, su velocidad a la de éste dejando entre ambos una distancia suficiente para que el otro conductor no se sintiera atosigado; y, por supuesto, no le perdió ojo.

Justo en aquel momento llegaba al final del pasillo; un fugaz destello indicó que estaba doblando la curva; había sido a la izquierda. "Hasta ahora —pensó él a su vez— siempre había girado a la derecha. Voy a probar" .

Y probó. Alcanzó a su vez la pared, dobló el volante tomando el pasillo que se abría prometedor a su izquierda... Y tuvo que frenar en seco para evitar estrellarse contra unos grandes contenedores.

—No puede ser... —musitó atónito—. No puede ser.

Porque allí no había ningún pasillo, sino tan sólo un pequeño hueco utilizado al parecer como depósito para los cubos de la basura. Más allá de éstos, un sólido muro de hormigón cerraba completamente el camino.

—¡Giró a la izquierda...! —balbuceó desmayadamente al tiempo que se bajaba del coche—. ¡Tú lo viste!

—Quizá nos hayamos fijado mal. —apuntó quedamente su compañera.

—No —rebatió él con energía a la par que describía nerviosos círculos en torno al imprevisto obstáculo—. Torció para este lado.

—Pero cariño, eso es imposible —insistió ella asiéndole del brazo—. Aquí sólo hay una pared, y dime tú cómo pudo atravesarla. Anda, ven, volvamos al coche.

—Está bien —se rindió él con aire abatido—. Saldremos por el otro lado.

Volvieron al coche. Se equivocó al dar la marcha atrás en un claro síntoma de azoramiento, cosa que no quiso reconocer respondiendo agriamente a la exclamación de sorpresa que se le escapó a la muchacha. Poco después, hecha ya la pertinente maniobra, el coche volvía a introducirse por el pasillo de la sempiterna derecha.

Las salidas continuaban estando cerradas. Esta situación desafiaba toda lógica, pero no por absurda ni por irritante dejaba de ser real. Debía de existir alguna manera de salir de allí, por supuesto, pero no era menos cierta su incapacidad para encontrarla.

Poco a poco la intranquilidad de ambos fue dando paso a la preocupación, y ésta condujo a su vez al temor. Ella, más expresiva y menos inhibida, estaba ya al borde mismo de la histeria. Él, crispadas las manos sobre el volante, luchaba por no dejarse arrastrar por sus propios y resurgidos fantasmas. No podía ser... Pero era.

—Voy a bajar al otro sótano —dijo al fin en un arranque de audacia—. Quizá desde allí podamos salir por algún lado.

—Pero si ya dimos varias vueltas... —objetó inútilmente su compañera.

—¡Algo tendremos que hacer! —estalló al fin, incapaz ya de soportar por más tiempo la tensión que había ido acumulando en su interior—. ¿O prefieres que nos pasemos toda la noche dando vueltas y vueltas como unos imbéciles?

—No las vamos a dar de menos aquí —se rebeló ella—. Ya leíste el cartel que nos mandaba hacia arriba.

La tormenta amenazaba con estallar de un momento a otro. Afortunadamente para la pareja, algo vino a distraerlos de la inminente disputa.

—¡Mira ese coche! Quizá puedan ayudarnos.

—Estará aparcado. ¿No ves que tiene las luces apagadas?

—¿Aparcado en mitad del camino? Además, hace un momento no estaba; lo hubiéramos visto cuando íbamos en dirección contraria.

—Está bien —refunfuñó—. Pararé.

Así lo hizo, apeándose con desgana y acercándose al otro vehículo. A pesar de la tenue luz reinante le fue fácil descubrir el bulto del conductor, su único ocupante al parecer, inmóvil en su asiento.

—Oiga, amigo, ¿podría decirnos cómo se puede salir de aquí?

No hubo respuesta, y el interpelado pareció no haberle visto siquiera. ¿Estaría dormido? Era fácil salir de dudas. Se acercó hasta la puerta, golpeó con los nudillos el cristal, abrió ésta al no recibir contestación... Y se apartó de allí como si le hubiera mordido una serpiente venenosa, volviendo al coche con el semblante demudado. Por fortuna, la escasa iluminación del recinto dificultaba que su compañera se percatara de ello.

—¿Qué tal, Juan? ¿Qué te ha dicho?

—Vámonos de aquí —fue su única respuesta—. Vámonos ahora mismo.

—¿Por qué tanta prisa? ¡Oye... estás lívido! ¿Qué te ha pasado? ¿Es algo malo?

—Nada. No me ha pasado nada —denegó al tiempo que arrancaba precipitadamente en un intento de huir de allí de la forma más rápida posible.

Pero sí pasaba algo... y extremadamente grave, además. El ocupante del coche al cual se dirigiera en demanda de ayuda era tan sólo un cadáver; y a juzgar por su avanzado estado de putrefacción y el nauseabundo olor que hirió su olfato apenas entreabrió la puerta del vehículo, ni tan siquiera aparentaba llevar muerto poco tiempo sino, cuanto menos, un buen puñado de meses. No cabía, pues, la menor duda. Pero, ¿cómo podía ocurrir esto en un aparcamiento abarrotado de coches a todas horas excepto a las nocturnas? ¿Cómo nadie había descubierto el cadáver a la mañana siguiente de su fallecimiento? Esto era imposible; pero ahí estaban las pruebas palpables de que había ocurrido.

Su mente era un hervidero de ideas encontradas. ¿Qué estaba sucediendo allí? ¿Por qué no podían salir de esa ratonera? ¿Estaban condenados a acabar sucumbiendo de hambre, o de desesperación, como quizá le había ocurrido a ese pobre desgraciado, sin poder volver a ver la luz del sol? La situación en que se encontraban era tan aberrantemente ilógica que le había dejado totalmente inerme impidiéndole reaccionar... salvo en convicción de la necesidad imperiosa de huir lo más rápido posible de ese lugar maldito. El pánico le calaba hasta los huesos, era un terror animal ajeno a cualquier intento de análisis mínimamente racional. No podía ser, era imposible que eso les estuviera ocurriendo... pero les ocurría.

—Juan, aquí está pasando algo raro —hipó la chica, intentando arrancarle de su mutismo.

—¿Qué va a pasar? —gruñó sin desviar la mirada, intentando mentir sin demasiada convicción.

Tengo miedo —gimió— y quiero salir de aquí. ¿Qué te dijo el conductor del coche?

—Nada —fue la escueta respuesta; y no mentía.

Ella desistió de seguir insistiendo, convencida de la inutilidad de sus esfuerzos. Su novio se había encerrado en sí mismo y sólo prestaba atención al manchón de luz de los faros, en un intento baldío de alejar de su mente el macabro espectáculo que acababa de vislumbrar, pregonero quizá de su propio futuro. El camino que se abría ante ellos no presentaba la más mínima variación en su aspecto ni, aparentemente, ofrecía la menor posibilidad de escape. Eso sí, y esto resultaba todavía más incomprensible aunque por fortuna tranquilizador, a la siguiente vuelta del carrusel el fúnebre vehículo había desaparecido tal como si se lo hubiera tragado la tierra. ¿Acaso se había tratado de un simple espejismo? A esas alturas comenzaba a dudar de la información que llegaba a su cerebro, pero dentro del caos que bullía en el interior del mismo este fenómeno suponía un débil hálito de esperanza, no por irracional, menos tranquilizadora.

—¿Saldremos de aquí alguna vez? —sollozó su compañera, incapaz de soportar la tensión durante más tiempo.

—No lo sé —mordió las palabras—. Ya no estoy seguro de nada. Ni siquiera de que no estemos viviendo una pesadilla en vez de la realidad. ¿Pero qué es esto? ¡Maldita sea tu estampa, so borrico! —exclamó iracundo al tiempo que esquivaba a duras penas al coche que, con las luces apagadas, se le había echado repentinamente encima, a toda velocidad y en sentido contrario.

—Ha desaparecido —musitó quedamente la muchacha.

—¿Qué dices? —preguntó él con irritación al tiempo que, tras frenar con brusquedad, se volvía para mirar por el parabrisas trasero.

—Que ha desaparecido —corroboró ella, apenas con un hilo de voz—. Igual que el otro.

—Y también iba al contrario que nosotros... —completó, él imbuido en una repentina lucidez.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Puede que nada... —masculló—. Pero puede que mucho.

—No te comprendo. ¿Pero qué vas a hacer? —se alarmó la chica al ver que volvía a arrancar el coche.

—Dar la vuelta y circular en sentido contrario.

—¿Y qué más da? —protestó.

—Quién sabe; ningún trabajo nos cuesta probar, y peor que ahora no vamos a estar.

Rápidamente dio la vuelta al coche y, desafiando todas las indicaciones de sentido único que constelaban paredes y suelo, comenzó a discurrir a gran velocidad por el desierto pasillo. Salvó airosamente el primer recodo, esquivó con dificultad el segundo y entonces...

—¡Mira! —gritó en el paroxismo de la excitación— ¡La salida!

Y allí estaba, tentadora como la puerta del Paraíso. Irrealmente iluminada por una fantasmagórica luz que parecía provenir del centro mismo de la Tierra, temblorosa y frágil, semejando desaparecer en cualquier momento, allí se abría la puerta de su salvación. Pero había que franquearla antes de que se cerrara, quizá para siempre; porque intuía, aunque hubiera sido incapaz de decir como, que se trataba de un fenómeno temporal susceptible de desvanecerse en cualquier momento.

—¡Juan! —exclamó ella lívida de terror—. ¡Nos vamos a estrellar!

No le dio tiempo a terminar la frase. Hubo un pálido titilar a su alrededor, una momentánea sensación de ahogo, quizá una pérdida momentánea de los sentidos...

Y un brusco frenazo para evitar estrellarse contra la barrera que controlaba la salida.

POR FAVOR, DEPOSITE SU TICKET EN LA RANURA —decía el mensaje que campeaba en el artefacto. Todo era normal, exasperantemente normal...

—¡Otra vez! —se derrumbó ella—. ¡Otra vez!

—No —denegó él con vehemencia, ignorante de nuevo de dónde le podía venir la certeza—. Hemos pasado.

Obedeció las instrucciones y la frágil barrera, ¡oh maravilla! se alzó con docilidad dejándoles el camino expedito. Instantes después, el fresco ambiente nocturno del exterior les acariciaba los sudorosos rostros cual bálsamo redentor.


A la mañana siguiente ambos despertaron atormentados por el recuerdo de lo sucedido la noche anterior, vívido a la par que nebuloso pese a estar parcialmente velado por las brumas que suelen acompañar a las peores pesadillas; pero lo coincidente de sus experiencias les convenció prontamente de que algo había ocurrido en realidad. Angustiados por esta certeza visitaron, no sin reluctancia, el centro comercial sin obtener más resultado de sus prudentes pesquisas —no era cuestión de ser tomados por locos— que una suspicaz incredulidad por parte del escéptico encargado del aparcamiento, poco inclinado a dar crédito a su poco verosímil historia de fantasmas. Por idéntico motivo evitaron ir con su relato a la policía, lo que no les impidió devorar con avidez toda la información que, sobre sucesos de todo tipo, vomitaba diariamente la gran urbe. Como era de esperar, no obtuvieron el menor resultado positivo.


Ilustración: Gonzalo Geller

Casi habrían llegado a convencerse de lo imaginario de su experiencia de no mediar un detalle, aparentemente nimio, que se cruzó en su camino varias semanas después de ocurrida ésta. En un reportaje publicado en un periódico nacional de gran tirada acerca de las personas desaparecidas sin dejar rastro, figuraba como uno de los casos sin resolver el de un viajante de comercio desplazado desde una provincia del sur por motivos profesionales, del cual no se había vuelto a tener la menor noticia —ni de él ni de su vehículo— desde hacía ya más de un año. Nada hubiera tenido de particular este hecho de no haber mediado una inquietante circunstancia: la matrícula del coche que éste conducía en el momento de su desaparición, coincidía con la de aquél en cuyo interior descubrieran el cadáver.

Una vez repuestos de la sorpresa, resolvieron de común acuerdo no informar a nadie, y mucho menos a la policía, de lo que les había sucedido, ante la certeza de que jamás serían creídos. Eran muchas las preguntas que ellos mismos se hacían, para ninguna de las cuales consiguieron encontrar una respuesta mínimamente racional y coherente. Era preferible, pues, limitarse a olvidar prudentemente lo ocurrido, intentando borrar de sus mentes el recuerdo de lo cerca que estuvieron de quedar atrapados para siempre en esa trampa mortal, tal como le había ocurrido al infortunado viajante, sin intentar profundizar más en ello.

Por esta misma razón rechazaron consultar, pese a sus dudas iniciales, a un posible experto en cuestiones paranormales, renunciado deliberadamente a cualquier tipo de explicación para su experiencia, por muy fantasiosa que ésta pudiera resultar. Todo parecía indicar que existían en el universo misterios inescrutables que era preferible no intentar desvelar, so pena de sufrir las consecuencias de su irresponsable curiosidad. Eso sí, como medida de precaución, a partir de entonces decidieron no volver a pisar ningún otro aparcamiento subterráneo... por si acaso.


José Carlos Canalda nació en Alcalá de Henares, España, en 1958. Se doctoró en Ciencias Químicas y actualmente trabaja en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero paralelamente a su actividad profesional ha desarrollado una interesante carrera literaria, debido a los cual ha sido publicado con frecuencia en Axxón; exactamente, con ésta, nueve veces: "Érase una vez" (138), "Reality Show" (142), "La lámpara" (148), "El fin del mundo" (150), "Manuscrito encontrado en un manicomio" (150), "Con tuercas y a lo loco" (152), "Cara y cruz" (153), "El efecto mariposa" (157). También ha publicado en Solaris, Valis, Pulp Magazine, Alfa Erídani, Qliphoth, Púlsar, La Plaga, Tau Zero y Revista Ochocientos, entre muchas otras revistas y sitios.


Axxón 163 - junio de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantasía: Fantástico: Terror urbano: España: Español).

            

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