DANCING WITH AN ANGEL

Nuria C. Botey

España

A la literatura del Romanticismo


—De una vez por todas... ¿vas a decirme la verdad?

Pero él seguía sin levantar la vista. El abogado suspiró por enésima vez. Definitivamente, tendría que cambiar de estrategia. Llevaban más de una hora en ese plan. Quizá estuviese siendo demasiado agresivo... "Después de todo, sólo es un crío."

—Escucha, Dani: así no podemos continuar. Mira, tienes que contármelo, ¿vale? Estoy de tu parte, y te juro que haré todo lo posible en el juicio, pero no olvides que allí habrá también otro abogado, cuya misión es meterte entre rejas. Es decir, que si tú no cooperas conmigo, en realidad estás cooperando con el otro. Y créeme, Dani, el sitio al que te mandarán si te declaran culpable no te va a gustar un pelo. Quiero ayudarte. Me entiendes, ¿verdad? ¿Verdad?

Dani asiente sin dejar de morderse la uña del dedo pulgar, aparentemente concentrado en las ideas que el abogado se afana en repetir una y otra vez, aunque emplee palabras diferentes en cada ocasión. Pero hace siglos que no levanta la vista. Y continúa sin mostrar la más mínima intención de responder.

El licenciado deja escapar un suspiro desalentado y detiene su verborrea para observar a su silencioso cliente. Según reza la ficha policial, es un adolescente de raza blanca y quince años de edad, si bien este último dato no ha podido determinarse con total seguridad. Al ser menor, carece de antecedentes... Pero a juzgar por su silenciosa actitud, el abogado sospecha que no es la primera vez que se enfrenta a una situación parecida. Como la mayoría de sus defendidos, por otra parte.

Dejando a un lado la objetividad de los términos oficiales, a primera vista Dani resulta desgarbado e insignificante. Tal vez más alto que la media de sus coetáneos... aunque el abogado no se atrevería a jurarlo. Eso de correlacionar desarrollo y edad cronológica de sus defendidos queda para los pediatras. A él sólo le corresponde ocuparse de los delitos que cometen.

Cosa extraña, en este caso la ficha no habla de enfermedades ni de toxicomanías. Eso sí, el chico está realmente delgado, y ahora el letrado no necesita acudir a ninguna reseña de su peso para darse cuenta de que se le marcan los huesos de los pómulos bajo la piel cada vez que inicia uno de esos esbozos irregulares de sonrisa. Sin embargo, a pesar de la profusión de datos técnicos que contiene, la ficha comete un descuido imperdonable: no menciona los ojos del crío.

De acuerdo, reconoce mentalmente el abogado, hablar de ojos desmerecería la objetividad de cualquier informe objetivo, pero... Ojos inmensos y castaños, abiertos de par en par como las pupilas de buey que flanquean los cascos de los barcos. Y no es una comparación casual, porque los ojos de Dani están cuajados hasta la médula de esa maravillosa tristeza, ese sesgo mixto de ingenuidad inocente y aceptación sumisa de la realidad que pueblan las miradas vacunas.

Además, los ojos de Dani presentan otra cualidad especial: son ojos que no miran. Al menos, no como los de las personas normales. No, estos ojos te traspasan. Te siguen, te localizan y luego, sencillamente... se quedan así, observándote. Atrapando tus gestos. Acompañando tus pasos y tus movimientos. Hasta las palabras que pretendes decir se sienten un poco perseguidas por esa mirada paciente, vacua, pasiva e inocente, tras la que parece subyacer una profundidad demasiado insondable, antes de haber tomado forma entre tus labios.

No hay una expresión calificable en esos ojos, pero se diría que expresan... Cosas que, piensa el abogado, alguien debe saber descifrar. Sin duda, a alguien deben dirigirse esos ojos. Alguien se refugia bajo la protección de su mirada aparentemente inocua. Y a juzgar por la completa soledad del chico, él no es más que un abogado de oficio designado por ley, a ese alguien no le importa en absoluto la suerte de Dani, acusado de un crimen tan terrible. El problema es que si él no es capaz de imaginar de quién se trata, el chico tampoco parece dispuesto a contárselo.

La verdad, la verdad, decir la verdad. ¿Quién entiende la verdad, abogado? Mi verdad... ¿Pero por qué? ¿Por qué tiene que ser mía, sólo mía, esta verdad? Y sin embargo, aunque decidiera compartirla contigo, ¿cómo podría explicártela? ¿Cómo explicar algo de cuya realidad sólo he podido adquirir cierta conciencia con al paso del tiempo? ¿Cómo te voy a hacer entender esta circunstancia que me rodea nada más que con palabras? Tú no puedes sentirlo, abogado, y si no puedes sentirlo, es imposible que lo comprendas. No, no puedes hacerlo, como no pudieron otros antes. ¿O es que crees que no he tratado de contarlo nunca? Claro que lo crees. Pero no sabes nada.

Tú no sabes lo que pasó aquella noche. Tú no sabes cómo eran aquellos tiempos. Nadie lo sabe hoy con certeza. Nadie más que yo. ¿Cómo podría un abogado acostumbrado a formulismos y burocracias del siglo XX entender una noche negra y fría de 1831?

Las llamas de los faroles apenas iluminaban un pequeño cerco en los adoquines de las calles principales, donde el agua podrida anidaba entre las juntas de los cantos. Sólo de vez en cuando algún coche de caballos, con el traqueteo de sus ruedas y de los cascos de los jamelgos sobre el empedrado, alborotaba a las cucarachas que deambulaban entre las hierbas. Muy excepcionalmente, un viandante cruzaba de acera, embozado en su capa y exhalando vaho blanco al entrar su respiración caliente en contacto con el aire frío de la noche. Pero en las callejas oscuras las cosas eran muy diferentes.

Sí, yo te hablo de esas callejas estrechas y malolientes, como del Londres dickensiano. De esos pasadizos donde la luz del queroseno recién descubierto no se atreve entrar una vez que el sol decide acabar su jornada. Allí donde las ratas verdaderamente imponen su ley y propagan su semilla; donde un hombre no es más que un amasijo de trapos enrollados al cuerpo y muñones purulentos vendados con andrajos que mañana, expuestos al aire y la luz del día, le permitirán comer unos mendrugos secos de pan negro a costa de la escasa caridad de aquellos a quienes, a la salida de la iglesia, o entre los puestos del mercado, su repugnante presencia hace recordar que comparten la misma naturaleza humana. Donde un chiquillo de catorce años sólo tiene valor si sirve para que el oficial borracho bajo cuyo mando ostenta el sonoro cargo de "aprendiz" descargue sobre él su rabia y sus mandobles con o sin el menor motivo, a pesar de lo trabajosamente que su madre ha mendigado durante días ese sencillo puesto, con la esperanza de que al menos uno de sus hijos no se muera de hambre pasado mañana.

Y afortunado aquél que goza de esa posibilidad, porque no era mi caso. Por eso aquel diecisiete de enero de 1831 yo vagaba por un callejón que desembocaba en el puerto.

Mi madre había muerto meses atrás, después de que la enfermedad que le sacó de la fábrica cumpliese definitivamente con la tarea de consumir sus energías. Como yo era el único hijo que todavía vivía con ella —el resto de mis hermanos y hermanas, nunca llegué a saber si fuimos diez o doce, se habían ido muriendo por el camino, o bien salían un día de casa y allí nos dejaban a los demás—, ocupé durante un tiempo su puesto en la fábrica. Pero el patrón consideró que mi constitución, mucho hueso pero poca fuerza para cargar sacos en los carros que habían de llevarlos luego al embarcadero, no merecía el escaso salario que cobraba. En el siglo XIX, la mano de obra podía no ser muy cualificada si seguimos los criterios que ahora imperan pero, desde luego, abundaba.

Como supondrás, abogado, me quedé en la calle, sin que ningún taller o ninguna tahona me aceptase como aprendiz. Hice algunos recados, pero en 1831 el oficio de mensajero era todavía menos rentable que el de obrero. Y como por desgracia para mis necesidades no estaba tullido, la mendicidad tampoco me sirvió de nada. Finalmente, junto a otros de los muchos chicos que malvivían en situación similar a la mía, formé una banda de ladrones callejeros. Durante un tiempo, poco en opinión de mi estómago, que con sus gruñidos me animaba a repetir cada mañana, participé en robos de cualquier cosa que luego se pudiera vender, o en atracos apresurados a algún gordo idiota con mejor ropa que la nuestra... Hasta el día en que, al escamotear un barril de cerveza del carro que descargaba en la cantina, con intención de revendérselo luego a otro tabernero un poco menos escrupuloso aún que el primero, y que regentaba su local tres calles más abajo, un par de gendarmes descubrió nuestra faena y no nos dejó terminar. Las piernas largas y escuálidas que me despidieron de la fábrica me ayudaron ahora a escapar. No lamento decir que ignoro la suerte de mis compañeros. Saber si fueron a la cárcel, los agentes les dejaron en manos del cantinero, o quizá lograron salir tan bien parados como yo es algo que hoy por hoy no va a serme de ninguna utilidad. Y en aquel entonces no iba a quedarme allí para averiguarlo.

Por eso aquella noche del mismo diecisiete de enero vagaba buscando el puerto. Buscando un barco hacia el extranjero donde necesitaran un grumete, un ayudante de cocina... o, en su defecto, donde cupiese un polizón. Porque la ciudad en que había nacido ya no me ofrecía más que cantidades ingentes de miseria y problemas.

¿Sabes? Es curioso... La gente piensa que hoy en día uno puede encontrarse cualquier cosa al doblar una esquina: dos mujeres que se besan apasionadamente en la boca, los acólitos de una secta danzando en medio de la calzada con sus panderetas en la mano, un perrito de gesto antipático con el lomo cubierto por una mantita de lanita roja, tres chicos jóvenes con el pelo de colores y aros por todo el cuerpo... Creen que, hoy en día, hay muchas cosas que transgreden las normas. Que suceden cosas que antes no ocurrían.

Pero, como tú, abogado, esa gente tampoco sabe lo que dice. Sencillamente, son como niños pequeños que creen haber inventado determinada palabra malsonante sólo porque acaban de aprender a pronunciarla en el parvulario.

Es cierto que en el siglo XIX no veías, por ejemplo, a los Hare-Khrisna bailando en un parque con sus túnicas color azafrán... pero era vox populi que había quienes, en noches determinadas, se reunían en lugares determinados y allí se entregaban a rituales demasiado indeterminables. Entonces se hablaba de demonios, de aparecidos, de masones, de logias, de heteirías... Se hablaba de duendes, de espíritus, de trasgos, de gnomos, de hadas, y nadie sabía bien los límites y diferencias entre unos ritos y otros, entre unos mitos y otros, entre unos credos y otros. Sólo existía la certeza de que había gente que los invocaba, que los traía de vuelta al mundo de los vivos. Aunque tal vez no fuera necesario que los trajeran. Tal vez siempre han residido entre nosotros... y sólo unos pocos han sabido percibirlos. Sólo unos pocos sabemos percibirlos.

Pero en aquel momento, mis pensamientos no guardaban la menor relación con todo eso. No, en aquel momento yo sólo vagaba por el callejón, lo recuerdo como si acabara de hacerlo, bajo un cielo enrojecido de nubes parturientas de lluvia, sin ver sobre qué charco putrefacto aterrizaban mis alpargatas. A cada trecho se me cruzaban entre las piernas ratas que imaginaba grandes como conejos, y tal vez no menos sabrosas que aquellos, sobre todo entonces, que aún no había probado el conejo. Con todo, el recuerdo de las hileras de dientes afilados que tienen por costumbre adornar el hocico de tan rollizos animales contenía mis ganas de intentar cazar alguna. De pronto, entre la oscuridad, la podredumbre, la noche y las ratas, vi aparecer la procesión.

Aunque conservo las imágenes y los recuerdos de aquella época de mi vida con toda nitidez, a partir del momento en que aquella hilera de figuras encapuchadas que salmodiaban rítmicamente se cruzó ante mis ojos, todo empieza a resultar distinto. Sin embargo, yo no me di cuenta de ello hasta mucho tiempo después.

Por el momento, sólo noté que la extraña comitiva avanzaba en dirección contraria a la que yo seguía, como procedente del puerto. Una ristra de lucecitas salteadas oscilaba frente a mis ojos, que no podían ni imaginarse las cosas que nunca iban a ver. Y aunque sé que esta frase parece ahora confusa, no te preocupes, abogado. Pronto cobrará sentido.

Recuerdo que cada uno de los impares portaba una vela encendida, y que todos los integrantes del séquito avanzaban lentamente, repitiendo para los adentros de sus sayos, negros de la cabeza a los pies, alguna especie de rezo que yo ignoraba.

Aunque esto en sí no fuera motivo de sorpresa, ya que casi no sé ni el Padrenuestro, tampoco me sentía especialmente predispuesto a descifrar sus murmullos. Como cualquiera, conocía cientos de leyendas sanguinarias y truculentas sobre adoradores del diablo —así se llamaba por aquel entonces a todo lo que no fuera cosa de iglesia—, y no tenía el menor interés por quedarme a constatar su veracidad.

Sólo había un problema: echar a correr para alejarme de sus pasos me haría todavía más evidente, ya que tenía todas las posibilidades de tropezar una vez tras otra con todo lo que había ido esquivando o aplastando a medida que avanzaba por el callejón. Por desgracia, no me quedaba mucho tiempo para buscar una solución mejor que la de correr... Así que el miedo decidió por mí, convirtiéndome en un ovillo de carne que se arrebujó contra una pared de la callejuela y empezó a rezar mentalmente para que las velas que portaban los encapuchados no iluminasen más allá de sus pies.

Por extraño que parezca, fue la decisión más acertada: la comitiva no dio la menor señal de percibir mi gesto. Ajenos a mi presencia, continuaron avanzando con la salmodia prendida del borde de sus capuchas, rítmicos y concentrados, los pábilos de las velas titilando en la oscuridad, decorando el cuerpo de cada cirio con riachuelos de cera hirviente mientras sus pisadas sordas acariciaban los adoquines. Aquel vaivén tan hipnótico... Simplemente, era yo quien no podía dejar de contemplarlos.

Se detuvieron unos pocos metros antes de mi puesto de observación, y bajo la luz de sus bujías descubrí una puerta de madera que se abría sobre el muro. Lejos de los grabados tétricos que yo esperaba encontrar en sus jambas, aquella entrada secreta parecía más bien la salida trasera del taller de algún maestro artesano, zapatero o sastre probablemente. El encapuchado que encabezaba la procesión murmuró una frase indescifrable en tono imperativo, y alguien abrió desde dentro. Pasaron de uno en uno, ahora en total silencio. La puerta se cerró tras el último penitente. De nuevo el callejón nos pertenecía a las ratas y a mí.

Todo habría sido perfecto... si no hubiera habido un pequeño problema: mi estómago tenía hambre —cosa por lo demás no del todo infrecuente en un vagabundo—, y antes de cerrarse la puerta del dichoso local, por ella había escapado un olor agridulce mezcla de pan, levadura de cerveza y, quizá, tocino frito, que me hizo desechar la impresión inicial de taller artesanal para decantarme por la de encontrarme agazapado junto al almacén de una cantina, amén de despertar como por ensalmo mi espíritu aventurero. Al fin y al cabo, si la reunión de adora-lo-que-sea tenía lugar dentro de una cantina, es que eran más humanos de lo que pretendían aparentar. Y como he dicho, yo tenía catorce años y hambre atrasada.

Me acerqué a la puerta, procurando que mi corazón no hiciera más ruido que mis pisadas o mis tripas, puesto que no había ventana por la que mirar. Por aquel entonces la madera tampoco era transparente, pero tuve la suerte de que el rodapié no ajustase con el suelo de piedra, así que además de los aromas, la luminosidad también se escabullía de la ceremonia por allí, de modo que las oscilaciones de múltiples pábilos encendidos reverberaban sobre las piedras del callejón, mientras los olores a cera derretida y manteca frita colapsaban mis sentidos.

Sin embargo, aunque hambriento, nunca he sido tonto del todo. Si en la procesión había quizá ocho o nueve miembros, estaba claro que el resto aguardó su llegada dentro de la cantina. Olía a algo más que a velas encendidas, de acuerdo, pero si entraba allí, ¿qué garantías de poder comer algo más sustancioso que el gato callejero de la noche anterior y la poca fruta que había sisado por la mañana, antes de tener que escapar de los guardias, me ofrecía eso? Y de conseguirlo, ¿no se convertiría en mi última comida?

Quizá parece una elección sencilla cuando se escucha ahora, pero en su momento las alternativas estaban muy equilibradas. Sobre todo, porque mientras un servidor se debatía entre las dudas, aquella extraña ceremonia seguía su transcurso, lenta pero irrefrenable, todavía ajena a mi existencia. O al menos, eso creía yo.

Después de un buen rato de deliberaciones, me ganó la sensatez. La puerta estaba cerrada a cal y canto, no había ventanas, desconocía por completo la cantina y, para colmo, sus parroquianos no me resultaban del todo agradables. Seguro que en comparación con aquella ciudad de ratas y encapuchados, en el extranjero no se vivía mal. Por lo menos, escucharía los insultos de los guardias en un idioma distinto.

No puedo decirte por qué lo sé, pero creo que fue entonces cuando decidieron venir a por mí. Me querían. Me quería.

Pero yo no sabía nada de eso, así que seguí caminando en dirección al puerto, bajo el manto de nubes rojas y su embarazo de agua. Ya se veía el final del callejón; otra vez una tenue iluminación, ahora procedente de los faroles de queroseno, recordaba a los caminantes que la industrialización avanza firme, pero segura. Según mis cálculos, no tardaría en percibir los mástiles de los barcos con las nubes rojizas de fondo.

Nunca llegué a verlos aquella noche. No sé cuántos fueron, ni cómo hicieron para que no notase en absoluto que me seguían, pero cuando un hatajo de manos me envolvió en la áspera arpillera de un saco y, pese a mis esfuerzos por defenderme y escapar, mis pies acabaron por perder el contacto con el empedrado, no me cupo la menor duda de quiénes parecían dispuestos a frustrar mis planes de emigración. Y, por supuesto, sentí pánico.

No volví a encontrar el firme bajo las suelas de mis alpargatas hasta que la puerta del almacén se hubo cerrado tras nosotros. Cuando mi cabeza, aturullada por el viaje, encontró por fin el camino de salida del fardo, el local estaba en completa oscuridad.

Las mechas apagadas de las velas inundaban la habitación con su olor a chamusquina, y los contornos de los cuerpos de aquellos concelebrantes de lo que fuera se confundían y apilaban con los de hileras de cajones, tal vez barriles, como los que se usaban en aquellos mis tiempos para transportar mercancías en las bodegas de los barcos. Al menos, eso me parecían todas las sombras semi inmóviles que, sin un ruido, me rodeaban. Si se podía vislumbrar algo más, o era posible reconocer a alguien, no llegué a saberlo.

Algo se movió delante de mí. Los ojos se me iban acostumbrando progresivamente a la oscuridad, así que me di cuenta de que alguien acababa de apartarse del lugar que un segundo antes ocupaba, y en ese mismo punto de la pared pude distinguir entonces otra puerta, cuyo picaporte metálico casi parecía brillante entre tan confusa oscuridad. La mano del desplazado celebrante giró el manillar. Cumpliendo rigurosamente con su deber, los goznes se doblaron.

A empellones —dos o tres, porque nunca han hecho falta más para moverme—, fui amablemente invitado a penetrar en aquella otra estancia, a la cual nadie más me acompañó.

Cuando la puerta volvió a cerrarse tras de mí, supe lo que de verdad significa la ausencia de luz. La ceguera congénita debe ser muy parecida a lo que sentí entonces. Por un instante, pensé que había dejado de existir.

Como es lógico, lo siguiente que se me pasó por la cabeza fue salir de ahí. Daría la vuelta sobre mis pies y encontraría el manillar de la puerta. Quizá palpando la pared... No podía quedar muy lejos de mi alcance. Tenía la impresión de no haberme movido ni un solo paso hacia ninguna parte. El último empujón me había metido allí dentro. Es cierto, cabía la posibilidad de que en realidad me hubiera alejado de la puerta más de lo que yo creía, pero... Claro que, bien pensado, también era probable que el empellón me hubiera hecho girar y, al dar ahora media vuelta sobre mis pies, en lugar de quedar exactamente cara a la pared... En resumidas cuentas, extendí los brazos en la dirección hacia la cual yo suponía que estaba la puerta, y tanteé. Pero no pude encontrar nada que se pareciese a una estructura de madera, a un manillar metálico o, en su defecto, a una pared de piedra. Sólo había vacío ante mí. Avancé unos cuantos pasos, siete, ocho, nueve, diez... Mis manos siguieron agitándose en la oscuridad. Once, doce. ¿Y si me estaba adentrando cada vez más en la maldita estancia? El pánico comenzaba a ganar amplia ventaja sobre la serenidad en aquella carrera sin reglas por dominar mis emociones, cuando mis frenéticos pensamientos se vieron interrumpidos en seco por su llamada. Él me llamaba.

Él... No sabes qué difícil es, abogado, encontrar la palabra menos incorrecta para nombrarle. Decir "él" es tan impreciso... Nunca le he visto con mis ojos; nunca he tenido, ni tendré, estoy seguro, conciencia exacta de sus dimensiones, su realidad, su forma o su magnitud. Su tacto, su textura... Soy incapaz de expresarlo, lo siento. Sencillamente, lo llamo "él" porque de algún modo tengo que denominarle. Verdaderamente, esto no es lo más importante. Lo más importante es que me quiere.

Él me llamaba, sí, pero no con palabras. Su voz, o al menos un eco que no era el eco de mi voz o de mis pensamientos, resonó con claridad en el interior de mi cabeza y recorrió mi cuerpo, expandiéndose por mis venas, o por mis huesos, o qué sé yo. Sólo sé que se trataba de un sonido que pronunciaba mi nombre. No en todo grave o amenazador. Ni siquiera en tono solemne. No. Sólo repetía mi nombre. Mi nombre...

Al cabo de un instante, o a lo mejor una eternidad disfrazada de instante, porque la oscuridad te arrebata tantos referentes que ni siquiera el tiempo mide lo mismo, yo sentía la certeza de que ese sonido, ese eco en mi interior, iba a hablarme. Ese eco quería decirme algo importante. Y no debía tenerle miedo.

Por eso avancé unos pasos, hacia lo que fuera que hubiese delante de mi cuerpo. Porque, a pesar de no poder verle, sabía que había algo —grande, pequeño, frío y caliente, qué sé yo—, esperando ante mí. Avancé, porque ahora era yo el que quería ir hacia la voz. Había dejado de tener miedo.

Ojalá pudiese explicarte con detalle cómo fue todo. Ojalá las palabras tuviesen sentido, tacto, suavidad... Lo que diga ahora, todo lo que cuente, por más que me esfuerce o trate de pulir las expresiones, nada podrá aproximarse a lo que sentí aquella noche de enero de 1831.

Cuando quise, o tal vez cuando pude, darme cuenta de las cosas, aquella forma cálida de donde nacía la voz que se apoderaba de mi conciencia estaba tan cerca de mí que nuestras respiraciones se cruzaban, pausadas y tibias. Aún así, no podía distinguirle. En aquel momento se había convertido en un ser de mis dimensiones, con estructura humana, o humanizada al menos. Sin embargo, sus rasgos... Ni siquiera bajo el contacto de mi mano puedo recorrerlos e identificarlos porque, simplemente, no existen. Son mutables, versátiles, en perpetua transformación. Sé que nunca voy a conocerlos. Sé que no me importa.

Nos abrazamos, de pie en la habitación negra e incierta. No estoy seguro, tal vez fueron los movimientos de su cuerpo, o quizá fue su voz lo que me lo hizo saber, pero juntos, abrazados como estábamos, nos dejamos caer sobre algo blando y suave, una especie de cobertor sobre el suelo, quizá el mismo suelo, quién sabe si una prolongación de su propio ser... Nuestras pieles se rozaron. Había dejado de hacer frío. Resignado a no ver nada, preferí cerrar los ojos. Aquella noche nos convertimos en amantes.

¡Pero decir su amante...! Sólo la palabra "su" se ajusta a la verdad. Porque, desde el 17 de enero de 1831, le pertenezco completamente. Además, el término "amante" es tan restringido... Suena carnal. Suena mezquino, vulgar. Suena... Suena humano, y él está por encima de eso —y temo que también yo voy estándolo—. Porque si de algo estoy seguro, abogado, es de que él no es humano. A veces me gusta pensar que es un ángel. O, tal vez, un demonio. En realidad, empiezo a creer que uno y otro no son distintos.

Sea lo que sea, la criatura que es capaz de hacerme conocer la más perfecta paz a que un hombre puede aspirar no puede quedar atrapada en la mera categoría de "amante". De nuevo, qué desesperante, las palabras de los hombres me resultan pobres. Por eso he desistido de explicar en qué se basa nuestra relación. Sólo intentaré seguir con la historia, abogado.

Me desperté por la mañana, en el suelo del callejón. Ni rastro, ¿te parece curioso?, de los encapuchados de la noche anterior. De todo lo ocurrido me quedaba únicamente una extraña sensación de bienestar, de tranquilidad, de completa indolencia inundándome el cuerpo... Un calor distinto a todo me recorría las entrañas, y desde entonces no me ha abandonado.

Pasé el día vagando por la ciudad, comiendo, creo, de lo que encontraba por ahí, y mirando con ojos redondos cada rincón, cada ángulo, cada adoquín de cada calle. La ciudad, mi ciudad, me parecía diferente de lo que recordaba del día anterior, aún sin saber decir en qué. Era como si hubiesen pasado siglos desde entonces. No, más bien no había "día anterior". Todo era nuevo.

En resumidas cuentas, mi tiempo transcurrió como una somnolencia beatífica... hasta el anochecer. Hasta que empecé a sentir un cosquilleo en la boca del estómago, una inquietante sensación de aviso, una señal que me erizaba por dentro y me provocaba escalofríos de excitación.

Cuando la mancha anaranjada de la luna comenzó a blanquearse, me aventuré en el callejón del que, sin proponérmelo de veras, me había mantenido alejado todo el día. Encontré la puerta del almacén, y entré. No había nadie, ni siquiera una mala vela olvidada del día anterior. Busqué a tientas la entrada interior, y esta vez di con ella sin demasiados tropiezos. Cuando traspasé su umbral y volví a oír en mí esa voz, tan pronto adulta como infantil, opaca pero cristalina, femenina y varonil, supe que estábamos irremisiblemente unidos.

Y, hasta lo que llevo vivido del día de hoy, así ha sido.

Hasta hoy, vivo mis días en función de él. Sé que siempre está conmigo; y, vaya donde vaya, disfruto con la certeza de saber que por la noche nos encontraremos. Sólo tengo que dejarme llevar por mis piernas. A una pensión que alquile habitaciones por horas, a los servicios de caballeros de cualquier bar poco concurrido, o a un coche abandonado en una callejuela de cualquiera de las ciudades por las que llevo transitando desde 1831.

Nunca sé cómo ha llegado él hasta allí, o cómo podré entrar yo en determinados lugares, pero al final todos los problemas se disipan, a veces como por arte de magia y, noche tras noche, acabamos amándonos con nuestro ritual mudo de gestos lentos que nadie conoce. Porque ni que decir tiene que jamás he vuelto a ver a aquellos salmodiadores encapuchados, a quienes un día creí hombres, en todos estos años de peregrinaje.

Como ves, abogado, mi existencia actual está plagada de interrogantes que no sé contestar, y cuyas respuestas no busco. De momento, no las necesito. Quién sabe si, más adelante, desearé conocer por qué fui yo el elegido, quién o qué es él, si sigo estando vivo o si ya soy completamente inmortal... Si puede acabarse esta relación, y qué pasará conmigo en caso de que ocurra —¿me aplastará el peso de los siglos si él me deja, o volverá el curso normal de los años a mi cuerpo, adolescente desde que su aparición los detuvo?—. Saber si... si algún día él se morirá.

Sí, quizá algún día busque respuesta a esas preguntas pero, de momento, lo único que importa es que él me quiere. Él me protege... Aunque, en cierto modo, abogado, ahora esté aquí por su culpa. Me pides, abogado, que te diga la verdad. Pero yo me pregunto ¿creerás la verdad? Bien, aquí la tienes: Ésta es la verdad.


Ilustración: Guillermo Vidal

La verdad es que él me posee y me domina; que mis días son sólo la esperanza de nuevas noches y, con la oscuridad del cielo, de su amor inmaterial.

Nos fundiremos, me fundiré, en su realidad suave y tibia que me envuelve y calienta, que simultáneamente eriza mi piel y hace hervir mi sangre. Nos amaremos en cualquier lugar vacío, a solas en cualquier rincón del mundo. Más a solas de lo que sea capaz de imaginar un hombre como tú, abogado. Tan a solas como si cada vez que estoy con él, cada vez que nuestras respiraciones acompasan su ritmo, una dimensión distinta abriese sus puertas sólo para albergar en sus rincones ovalados nuestro amor inmaterial, basado, sin embargo, en sensaciones sutiles y absorbentes, mezcla de los cinco miserables sentidos del ser humano.

La verdad, abogado, es que la noche de autos, el amanecer de los hechos, yo no maté a aquellos tíos. La verdad es que los mató él.

Nos habíamos amado ya, en un asqueroso motel cercano que perdió toda su mugre y su miseria en cuanto su voz me inundó el cerebro. Pero entonces el cielo ya empezaba a clarear. En estos tiempos siempre hay gente por las calles. Gente a todas horas, y en cualquier lugar. Toda clase de gente. No sé, quizá aquellos tipos creyeron que yo era un simple borracho, un drogadicto. Tal vez pensaran que pretendía hacerles daño... Pero no, lo más probable es que sólo quisieran intimidarme, divertirse a mi costa. Hacerme creer que iban a darme una paliza, a matarme, sólo por el placer de verme suplicar, por descubrir hasta dónde puede llegar a humillarse un ser humano con tal de proteger su integridad física... No lo sé; no tuve tiempo de averiguarlo. Tampoco es algo que me quite el sueño.

Él se encargó de todo. ¿Quién si no? Al fin y al cabo, es lógico. Si me ha mantenido con vida todo este tiempo, desde esa primera noche de 1831; si me busca a diario, y jamás perdonamos una cita. Si él me escogió... Dime, abogado, ¿crees que podría tolerar siquiera la posibilidad de que simples humanos, en una acción ajena a su todopoderosa voluntad, me hiciesen daño, atreviéndose a despojarle por mero capricho de aquello que le pertenece desde hace tanto tiempo?

Pero me temo que esta explicación tampoco te convencería si te la diera. Con tu plana lógica de leguleyo, me preguntarías "¿Cómo lo hizo?" "¿Le viste hacerlo?" "Y, si dices que no le viste, ¿cómo puedes asegurar que fue él?"

No, por supuesto que no le vi matarlos, es cierto. Pero tampoco le vi la primera vez que me envolvió en su esencia, y tampoco le veo cada vez que nos besamos. No veo sus ojos, ni sus manos, ni sus facciones. Y por más que cada noche le recorren mis dedos, por más que nuestras sustancias se mezclan, no conozco su físico. ¡Pero qué digo, su físico! ¿Cómo podría hacerte comprender que él no es físico? No es material. Recuerda, abogado, que la materia plasmada en una forma, ya sea humana o inerte, es mortal. La energía, en cambio, se transforma. Sólo se transforma. Se transforma en aire, en fuego, en mar. Se transforma en viento. En piel. En hombre; en amor. En odio. Y también, también se transforma en muerte.

Eso sí lo vi, abogado. Vi morir a esos tíos. Les vi caer frente a mí, delante de mis pies, antes siquiera de haber tenido oportunidad de defenderme, porque ni uno de ellos llegó a rozarme.

Cayeron como fulminados, con los ojos en blanco. Como si se les hubiera reventado el corazón desde dentro. ¿Y no fue algo así lo que les diagnosticaron en la autopsia? Qué curioso: lo mismo para los cuatro. Cuatro hombres jóvenes, fuertes y más o menos sanos hasta entonces. Mírame: ¿cómo crees que pude hacerlo yo? Un crío flaco, demacrado y raro...

No, tú tampoco crees que lo hiciera yo, ¿verdad? También te has dado cuenta: me falta fuerza, impulso... energía. ¿Energía has dicho? Fíjate, justo lo que a él le sobra.

Él es energía. Energía dispuesta a protegerme. A amarme. Y ése es el delito.

Porque somos dos seres rotos, fuera de la rueda del mundo; una especie de vagabundos en el espacio y el tiempo, en el concepto humano de realidad, cuya única finalidad es unirse y completarse, noche tras noche, quién sabe hasta cuándo. Matar a cuatro chalados, cuatro tipejos a los que tú mismo hubieses condenado a galeras si me hubiesen llegado a tocar un solo pelo de la cabeza... Tú sabes que ése no es el delito, abogado. El delito es que hayamos sido capaces de crear ese círculo de antimateria en el que nos encerramos cada noche, y del cual os excluye vuestra propia humanidad. Por eso el avance de los tiempos es nuestro mayor peligro. El progreso, vuestro progreso, nos acecha y acosa a cada instante. Estamos abocados a la extinción. Y esa misma humanidad, tan peligrosa para nuestra existencia, te impide comprender todo lo que ahora estoy diciendo.

Por eso guardo silencio, pobre abogado empeñado en conocer toda la verdad.

De verdad, Dani, te juro que quiero ayudarte. Y, además, te prometo que no será difícil. ¿Quieres que te saque de este lío? Es sencillo. Sólo hace falta que colabores de una vez por todas. ¿Lo vas a hacer? Sí, seguro que sí... Anda, sé buen chico y dime una cosa: ¿los mataste tú?

Dani levanta la vista. Esos ojos castaños, grandes como los del dios Apis y orlados de pestañas espesas, se concentran en la cara de su defensor. Es una mirada profunda, serena, tan cargada de indiferencia como si su condena no estuviese en juego, o como si no entendiese las palabras, o como si no se encontrase en aquella habitación, cercado por cuatro paredes y un techo de escayola sobre su cabeza.

Hay algo muy lejano en esa mirada, algo más allá de quince años que viste de opacidad sus pupilas mientras arranca turbulentas irisaciones, doradas, ocres, negras, azuladas... ¿o son tal vez rojizas? Por un momento, el abogado se siente pequeñito, un poco indefenso ante la luz de unos ojos tan antiguos y tan combustibles como los faroles de queroseno.

Por fortuna, la incómoda sensación dura sólo un instante, y el hombre consigue ocultar casi por completo el extraño respeto que ese adolescente que aparenta contemplarle con apacibilidad le ha hecho experimentar de pronto. Pese a la impresión sufrida, fuerza una sonrisa pretendidamente amistosa en su rostro, y repite su pregunta con aire de perdonavidas.

—¿Los mataste tú, Dani?

—Sí. Los maté yo.

El Hospital entero duerme. Ha pasado mucho tiempo desde la última ronda del celador de turno. Reina el silencio. Por fin he encontrado el lugar perfecto para ocultarnos, al menos unos cuantos meses. Nadie sospechará de mí ni de su existencia a lo largo de ese tiempo. El problema hubiera sido una condena de varios años... Es difícil que la gente no haga cábalas ante un adolescente de aspecto inmutable desde 1831.

Pero eso no ocurrirá, porque los terapeutas me darán el alta mucho antes, considerando que mi demencia ya está curada. Según sus dictámenes, un brote esquizoide me hizo matar a aquellos tipos, aún no sabe nadie cómo, así que un buen juez consideró que lo mejor era "condenarme" a este psiquiátrico. Para cuando enfermeras, médicos y celadores empiecen a tomar conciencia de mi perenne adolescencia, ya habrá multitud de informes que indiquen que aquello quedó atrás, y que estoy restablecido.

Hasta ese momento, que llegará, lo sé, porque él no permitiría que me retuvieran aquí eternamente, como no ha permitido que nadie me retenga nunca en ninguno de los lugares por los que ya hemos pasado desde 1831, este hospital silencioso es el mejor sitio para mí. Para nosotros.

Es de noche. Las tres de la mañana. Ya viene. Viene a mí. Por siempre.



Nuria C. Botey nació en Madrid en 1977. Es Doctora en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, y Master en Comunicación y Habilidades Sociales por la Universidad de Sevilla. En la actualidad trabaja como profesora en el Colegio Universitario Cardenal Cisneros y la Universidad Pontificia de Comillas.

Su vocación literaria se ha visto recompensada con diversos premios de relatos, entre los que cabe destacar el XVII Premio Clarín de Cuentos 2004, el XII Premio Pablo Rido de Relato Fantástico 2003, o el I Concurso Literario Los Nuevos de Alfaguara 1993, siendo también finalista en el VII Premio Joven UCM de novela 2004. Sus textos han sido publicados en revistas, fanzines y antologías como Artifex, Paura, Visiones, Solaris y Parnaso. Este es su primer cuento en Axxón.


Axxón 164 - julio de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantasía: Fantástico: Criaturas: España: Española).

            

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