EL JUEGO

Marcelo López González

Chile

Un leve manto de neblina vestía los pabellones. Cientos de niños ocupaban con naturalidad cada uno de los rincones, inyectándome con potencia el inocente bullicio de sus cantos y risas, llenando paulatinamente el silencio que envolvía los patios de la escuela. Pero de pronto, algo logró hacerme olvidar por unos momentos la algarabía de los pequeños: un fuerte y frío ventarrón golpeó mi cuerpo, mientras se dibujaban heridas azules en el cielo nublado que nos amparaba. Con lentitud, la neblina comenzó a ceder terreno, despejando la vista privilegiada que me daba el cuarto piso del edificio principal, permitiéndome ver con claridad a los niños que continuaban jugando despreocupadamente. Podría haberles gritado, incluso bajar y jugar con ellos, pero la extraña sensación de cansancio no me permitió cumplir con aquellos deseos. Deseché la posibilidad de bajar, conformándome con admirar los correteos lúdicos de aquellos niños, que seguían desplazándose por toda la escuela.

Después de unas horas, los sonidos bajaron de intensidad, sus voces eran cada vez más lejanas, sus fraseos agudos comenzaron a ser reemplazados por débiles e incomprensibles susurros. Me cubrí los ojos con las palmas de mis manos, tratando de no ser testigo de aquel final que ya conocía de memoria: las pelotas dejarían de rodar, y los niños comenzarían a desaparecer, hasta que la última de sus risas fuera reemplazada por el aburrido y monótono sonido del viento.

Todo muere en un instante, sin más preámbulo que un simple acto de desaparición realizado sobre la totalidad de los niños de la escuela. Luego, el silencio.

CRÓNICA DIARIA DE LA ESCUELA

Lunes 24 de abril

A pesar de los lamentables acontecimientos nacionales, este año se han matriculado alrededor de 458 niños. La Dirección ha decidido ampliar la cantidad de cursos y se aumentó la dotación de Profesores. La jornada se inició con un breve acto que dio inicio al año escolar.

Bajé al patio principal, siguiendo el tímido gemido que incomodaba el ambiente silencioso del recinto. Parecía venir del baño, e inmediatamente apuré el tranco. Apenas ingresé al lugar pude visualizar, con cierta dificultad, el cuerpo que yacía sobre el suelo. Se encontraba en posición fetal, era una niña, con el rostro escondido entre sus brazos, emitiendo un llanto contenido, que luego aumentó de intensidad. Me acerqué a ella, resbalando dos veces sobre el piso mojado, poniéndola en aviso de mi presencia.

—¿Qué te pasa?

Al terminar mi pregunta dejó al descubierto sus ojos, convertidos en pequeñas islas azules rodeadas de un mar incoloro y sufriente.

—No ves que estoy llorando —contestó un poco molesta.

—Pero si puedo ayudarte...

—Tú no me puedes ayudar en nada.

—Si me lo cuentas, posiblemente pueda hacer algo.

—¿Qué puede hacer un niño como tú? —Mientras hablaba exhibió por completo su cara, cubierta de heridas que reemplazaban la inocencia de sus rasgos—. Ya está hecho ¿Acaso no te das cuenta?


Ilustración: Valeria Uccelli

Patricia era inconfundible, su pelo rizado no parecía tan alegre como cuando jugábamos en aquellas tardes interminables después del recreo. Ella no me recuerda, pero su imagen, mucho más alegre que ahora, había dejado una huella indeleble en mi memoria. Ahora, sumida en su tristeza, parecía una pequeña sombra de la niña que yo había conocido. Acaricié su pelo y pensé en algunas palabras de apoyo. ¿Pero qué podía hacer yo frente a su realidad?

—¿Te acuerdas de mí?

Ella me miró con detención y pareció descubrir algo reconocible en mis facciones.

—Sí, claro que me acuerdo, eres el niño viejo. Me costó un poco saber quién eras, este baño está muy oscuro y hace mucho frío. Mejor salgamos de aquí.

La tomé de la mano y salimos al pasillo principal. El tiempo comenzaba a empeorar, los escasos rayos de sol habían desaparecido y las nubes se agrupaban sólidamente sobre nosotros. Algunas gotas de agua comenzaron a caer tímidamente presagiando la copiosa lluvia que se avecinaba. Un manto de agua cayó sobre nosotros y corrimos hacia una de las salas. Me quité la chaqueta y se la entregué.

Con un cansancio poco habitual logré abrir la puerta sin cerradura. Entramos en la penumbra y apreté el interruptor de las luces. Los tubos fluorescentes que aún funcionaban comenzaron a encenderse con cierta dificultad, iluminando lentamente la morada que había elegido para mi amiga. Saqué del bolsillo de mi camisa un trozo de tiza que había encontrado en mis andanzas diarias por las oficinas del Colegio. —Dibuja algo —le dije, y ella, en un gesto casi automático comenzó a trazar líneas blancas sobre la superficie negra del pizarrón. Mientras tanto, yo miraba los pupitres y asientos que permanecían en inalterable orden, enfrentados a la única pizarra de madera que no había sido reemplazada por las modernas pantallas. Don Rodolfo, un viejo profesor de historia, había solicitado que se conservara como un vestigio de mejores tiempos, según sus palabras, de momentos que hablaban de un tiempo repleto de esfuerzos por sacar adelante la educación de los niños más desposeídos. Era una especie de héroe que no necesitaba de reconocimientos ni de discursos en su honor. Solamente hacía lo que él creía era su deber. Había muchos como él en la escuela, desplazándose de una sala a otra con sus libros, tratando de sortear la fatiga crónica de su profesión. Don Rodolfo fue el primero de los hombres en partir.

—Adivina lo que es —me dijo Patricia.

Tres figuras, dos grandes y una pequeña, dibujadas con simples líneas y círculos, parecían representar a figuras humanas inmersas en un horizonte negro.

—Me imagino que la más pequeña eres tú.       

—Sí, ¿y las otras? —me dijo entusiasmada.

—Tus padres.

Con la mano borró uno de los dibujos.

—Esa era mi Mamá, pero ahora está en el cielo.

—Y el otro es tu Papá.

—Con la tiza rayó la figura hasta cubrirla completamente.

—Sí, ese era mi Papá.

—¿También en el cielo?

—No, pero... —dijo reprimiendo el sollozo. Las cicatrices parecían bailar sobre su rostro, evocando algún secreto que se negaba a confesarme—. Igual lo quiero, no importa que sea malo conmigo. Lo hecho de menos. ¿Tú sabes cuándo me vendrá a buscar?

—No lo sé —le dije—. No lo sé.

Afuera, la lluvia comenzó a caer con más violencia, golpeando con furia las ventanas, llenando el silencio de la sala.

CRÓNICA DIARIA DE LA ESCUELA

Jueves 24 de junio

Hoy despedimos a tres Profesores: Rodolfo, Manuel y José; los niños les hicieron un pequeño acto en donde se cantaron y recitaron poesías escritas por ellos. El resto de los Profesores les hizo entrega de un pequeño obsequio por su destacado servicio a nuestra comunidad escolar.

Le dije a Patricia que iría a buscar algo de comida. Me pidió que no demorara mucho. Le prometí que volvería rápido. Corrí con todas mis fuerzas; mientras tanto, la lluvia seguía cayendo incansablemente sobre toda la Escuela.

Los paquetes de alimento se encontraban apilados por toda la cocina, algunas ratas merodeaban entre ellas intentando perforar con sus dientes el duro plástico que las cubría; sus ojitos hambrientos brillaron al verme, estaban dispuestas a pelear por su comida, siempre lo hacían, desde el primer día en que se dieron cuenta de su tremenda superioridad numérica. Siempre habían convivido con nosotros desde la penumbra, acechando por las noches y escondiéndose por el día, asustadas por el constante ajetreo de los días de clases. Pero ahora somos nosotros los que las evitamos, intentando no molestar su propia actividad de supervivencia. La señora Matilde se esmeraba en mantener limpio y ordenado este lugar, pero cuando las cocineras dejaron la escuela tuvimos que conformarnos con la comida enlatada que nos enviaban desde la Central de Abastecimiento. Cada vez que un niño lo necesitaba, siempre estuve dispuesto a arrebatarles nuestra comida, a punta de piedras y palos, dejándole muy en claro nuestra existencia. Esta vez me bastaron un par de gritos y unas patadas sobre sus lomos grises. Afortunadamente eran pequeñas, porque las grandes siguen prefiriendo la noche y ahí es otra cosa. Don René era el encargado de sacarlas con su vieja pistola. Desde las camas podíamos escuchar los disparos y los chillidos, en una feroz batalla campal que todos relatábamos por la mañana. Cuando Don René tuvo que partir, como todos los demás hombres, las mujeres se hicieron cargo de esa tarea. Cuando escuchábamos sus gritos nosotros no parábamos de reírnos de aquella extraña mezcla de exclamaciones y chillidos que pugnaban por hacerse notar en nuestros oídos.

Después de haber ganado mi pequeña batalla enfilé rápidamente a donde se encontraba Patricia. Cuando llegué con mi cargamento de comida ella se encontraba durmiendo sobre el piso, cubierta con mi chaqueta. Estaba tiritando, y un vaho de humedad salía de su boca. Hace tres días que el calefactor central dejó de funcionar, lo que siempre me obliga a llevar, de un lugar a otro, una pequeña estufa a parafina que ayuda a calentar en algo el sueño de los niños. Recordé que la había dejado en otra sala para calentar un poco a Bastián, el niño enfermo que encontré ayer. Estaba muy enfermo, tosía sin control y la fiebre me había obligado a cambiarle cuatro veces la ropa. Cuando regresé a verlo se había ido, como todos los niños que he encontrado en estos últimos meses. Nunca los veo más de una vez, siempre desaparecen, como mis recuerdos más lejanos. Trato de encontrarlos por ahí: jugando, haciendo travesuras o estudiando en alguna sala; pero nunca más los vuelvo a ver. Tengo una teoría, una estúpida teoría; si no me alejara de ellos durante la noche quizás no desaparecerían.

CRÓNICA DIARIA DE LA ESCUELA

30 de agosto

Ayer se fue Don René, el cuidador, el último hombre que estaba quedando en el Colegio. Hoy se realizó un sorteo y se distribuyeron los turnos de vigilancia que cada una de nosotras deberá cumplir durante la noche.

Aproveché que Patricia seguía durmiendo, y salí a buscar la estufa. El atardecer había llegado y la lluvia se dejaba caer suavemente sobre toda la Escuela. Crucé el patio principal y entré a la sala, unas mantas eran el único vestigio de la permanencia de Bastián en aquel lugar. Aún podía ver la fragilidad de su cuerpo tendida sobre aquella cama improvisada que había hecho para él. Siempre lo consideré mi mejor amigo, quizás porque ambos éramos huérfanos de padre y madre; en realidad nunca conversamos sobre aquello, nos juramentamos en olvidar lo triste de nuestras vidas y tratar de ser felices con lo que teníamos aquí. Era el único con el cual podía conversar los temas interesantes, compartiendo toda la información que lográbamos escuchar de los adultos. Un día me dijo que yo parecía un viejo, porque no entendía mi increíble capacidad de aprender cosas nuevas y la manera casi adulta de ver las cosas que sucedían. Tampoco lo entiendo, le dije la última vez que lo vi. Siempre me recriminaba que yo no actuara como un niño de 13 años, especialmente aquella vez que conversamos sobre los ángeles. Yo le había tratado de explicar que eran productos de la imaginación de adultos fanáticos por las cuestiones religiosas. Pero él se empecinaba en creer lo que había escuchado de otros niños. Nunca fue una cuestión que terminara en discusiones pero él insistía en la veracidad de esas leyendas. Lamenté mucho su desaparición, había tantas cosas que hubiera querido compartir con él. Incluso podría haberle hablado de mis extraños y recurrentes sueños, seguramente habría estado contento de saber que yo estaba soñando con ángeles, de esos que tienen alas y aureola, los mismos en los que él creía.

CRÓNICA DIARIA DE LA ESCUELA

18 de septiembre

A pesar de la pena que aflige a nuestro país, hoy se realizó un acto conmemorativo de la Independencia. Los niños, como siempre, bailaron y cantaron junto a sus Profesoras. Además, se leyó un comunicado del Gobierno, en el cual nos informaban que deberemos habilitar algunas salas como dormitorios. Se nos informó que los niños no deberán salir de la Escuela hasta que la situación militar esté controlada. En el corto plazo nos enviarán camas y víveres para satisfacer los nuevos requerimientos.

Poco antes de que anochezca siempre acostumbro a sentarme sobre la terraza del pabellón más alto de la Escuela, y desde sus cuatro pisos miro más allá de las murallas que nos rodean. Incluso hay días en que puedo ver con cierta claridad aquellos fragmentos de cordillera que se esconden entre la espesa capa de neblina amarillenta que siempre parece cubrirla. Echo una mirada hacia las calles más cercanas, están como siempre, congestionadas de vehículos silenciosos que nunca avanzan, llevando en su interior a siluetas que permanecen inmóviles y expectantes, ordenados como una gigantesca postal que siempre está ahí para que yo le encuentre nuevos detalles que apreciar. Siempre me he preguntado por qué no salgo fuera de la escuela; si bien es una necesidad, no creo que sea el momento para hacerlo, menos aún si quedan niños dando vueltas por ahí. En cierto sentido ellos siguen dependiendo de mí, esperando la mano que pueda resolver sus problemas.

Aburrido de contemplar los monótonos paisajes externos, juego con mis dedos por un rato y, luego de unos segundos, observo el primer piso del pabellón de enfrente; una incipiente llama se deja ver desde la ventana, entibiando el sueño de Patricia. Poco rato después, la noche y el viento helado con sus olores sulfurosos me obligaron a bajar.

CRÓNICA DIARIA DE LA ESCUELA

29 de septiembre

Hoy han llegado varios camiones cargados de alimentos, camas y máscaras antigás; también traían algo de ropa para los niños y una caja enviada por el ejército. Se nos pidió no abrirla, y guardarla en un lugar seguro de la Escuela mientras se construye un sitio especial para su ubicación definitiva. Desde hoy tendremos resguardo militar en las afueras del Establecimiento.

—¿Por qué lo habrán guardado aquí?

—Da lo mismo. ¿Lo van a mover para saber si está vivo o lo hago yo?, par de gallinas.

—Esteban, no somos gallinas, lo que pasa es que me da miedo su aspecto.

—¡Gallinas, gallinas, eso es lo que son! ¡Córranse de ahí, lo haré yo! ¿Ven que no pasa nada, niñitos llorones?

—Mira, no se mueve. Está muerto.

—Pero si le pegamos esos brazos y piernas tal vez se mueva, mira, es fácil, se arma igual que uno de esos muñecos.

—¡Bueno ya, háganlo, pero que sea rápido!

—Listo, está completo.

—¡Se mueve, se mueve!

¡Me muevo, me muevo!, fue lo primero que pensé, el único recuerdo de mi nacimiento.

Los días se congelan en un recreo eterno, en donde los niños juegan en absoluta libertad por los patios y pasillos de la Escuela. Me daba el tiempo de jugar con cada uno de ellos: Cuatrocientas maneras de divertirse, cuatrocientas vidas, cuatrocientas razones para vivir.

Los nombro, los llamo y los protejo: Mauricio, Rafael, Andrea, Juan, Pedro, Marcelo, Rodrigo, Verónica, Paula, Leticia, Jaime, Leonardo, Pablo, Luis, Gabriela, Esteban, Bastián, Fernando, Carolina, Graciela, Cristian, Sergio, todos, absolutamente todos, día y noche. En todo momento que ellos me necesiten, siempre estoy, siempre estaré.

Nuevamente ahí, los niños, formados en medio del patio. Todas las filas se fusionan en una masa de inocencia de la cual comienzan a salir, uno a uno, como siguiendo la música de un flautista invisible que los invita a caminar en dirección a la densa neblina que se acerca, perdiéndose en su espesura amarillenta para no regresar jamás.       

Una pesadilla recurrente. Tan vívida como mis recuerdos más recientes. Tan real como este suelo que me sirve de cama.

CRÓNICA DIARIA DE LA ESCUELA

08 de octubre

Después de una intensa noche de bombardeo sobre Santiago la Escuela parece no haber sufrido mayores daños. Hace días que el Ejército no pregunta por su caja. Entre nosotros se especula que es un arma secreta que los militares deseaban poner a salvo de las bombas. ¿Será el arma con la cual ganaremos esta guerra?

Nunca he cerrado mis ojos, no sé si alguna vez he dormido, pero creo estar experimentado lo que otros llaman sueños. Las escenas son confusas, acompañadas de voces sin rostro que se desplazan sin control delante de mí como una vieja película. De pronto, mis sueños son abruptamente interrumpidos por la respiración angustiada de Patricia. La expresión de su rostro se contrae con cada cicatriz que aparece sobre él, acentuando un sufrimiento que parece imparable. Quiere defenderse, pero sus párpados siguen pegados, apresando la mirada que intenta ofrecerme. Ayúdame, ayúdame por favor, me susurra desde aquella parte de la frazada que ha desparramado a su lado.

—Tranquila, ya pasará —le dije quitándole con mis dedos el sudor de su frente.

—Puedo ver algo —me dijo desde la oscuridad—, y ahora lo estoy sintiendo, me acaricia, debe ser el ángel que todos tenemos. Los demás tenían razón, existe, yo sé que existe. —Con sus manos aferró mi brazo, intentando corroborar la realidad de sus palabras.

Su cara mostraba las heridas abiertas que provocaba la enfermedad, lidiando mano a mano con las huellas dejadas por su padre. Pero estas últimas heridas habían desaparecido, su perdón había hecho un buen trabajo. Las grandes lesiones que ahora invadían su piel tenían la marca indeleble de un enemigo invisible y devastador que no perdería esta oportunidad.

Cuando regresé con los medicamentos, Patricia ya no estaba. Sería mi última pérdida, el último de los niños que lograría encontrar.

CRÓNICA DIARIA DE LA ESCUELA

10 de noviembre

El ataque de ayer sobre la ciudad ha cortado todas las comunicaciones con el exterior. Hoy en la mañana comenzó el temido bombardeo "silencioso" . Los instructivos que nos habían llegado hablaban de esta posibilidad. Las mascarillas son inútiles. Hemos comenzado a enfermar. Los adultos mueren rápidamente. Sólo es cuestión de tiempo. Hasta el momento los niños parecen ser inmunes. Hemos decidido sacar del colegio a los fallecidos, no queremos contagiar a los niños. Tal vez tengamos que dejarlos solos.

Escucho su presencia, repleta de risas y experiencias que compartir. Están ahí abajo, son ellos que vuelven una vez más. Y sigo aquí, en la azotea, esperando el momento en que uno de ellos me necesite.

Sigo esperando.

No hay ruidos.

Continúo atento a las llamadas.

El día y la noche rotando ante mi presencia. Una y otra vez. Sin descanso ni alteración. Siempre lo mismo, día tras día.

Hasta que hoy, mi día inactivo número 780, logro escuchar algo. No es un sonido distinguible, parece brotar desde algún lugar no definido. Debo ir en su búsqueda, puede ser uno de ellos. Levantarme, caminar y correr; son una secuencia lógica de órdenes que mis brazos y piernas parecen ignorar. Inmovilidad absoluta, esa es la única respuesta que ofrece mi cuerpo.

Algo de mí se ha perdido con el paso de los días, pero los sonidos siguen presentes y cercanos, tratando de mostrarme la única opción para llegar hasta ellos.

Sólo debo zambullirme en aquella marea de murmullos, y llegaré hasta ellos, porque...


... no necesito mis piernas para recordar.


—Bastián, se mueve, míralo, se está moviendo.

—Parece mágico, como aquellas historias que nos contaban los Profesores.

—Cállate, no los nombres. Juramos no volver a nombrarlos. Nos traicionaron, se fueron de la escuela y nos dejaron solos.

—Es fácil, podemos salir y listo.

—¿Y si llegan nuestros padres y no nos encuentran?

—No creo que vuelvan.

—Volverán, se los aseguro.

—Esperaremos unos días y nos iremos.

—De acuerdo.

—Sí, unos días más y nos vamos.


... no necesito mis brazos para recordar.


—Parece muy inteligente.

—Habla como adulto.

—¿Un viejo niño, o un niño viejo?

—Déjalo, no seas pesado con él.


... no necesito mis ojos para recordar.


—Si eres tan inteligente, ¿por qué no ayudas a María?

—Sí, oye niño viejo, ayúdala, parece que está enferma. ¡Ayúdala!

—Parece que tiene miedo.

—Imposible, no puede tener miedo, él es una cosa, una máquina, un robot de esos que salen en las películas.

—Cállate, que te puede escuchar. Él no debe saber lo que es.

—María está muerta.

—Andrés está muerto.

—Bastián está muerto.


... no necesito mi cuerpo para recordar.


—Oye, sólo quedamos tres.

—Niño viejo, ¿crees en los ángeles?

—Niño viejo, ¿qué harías tú si fueras un ángel?

—Niño viejo, antes de morirme quisiera ver un ángel.


Ellos están aquí, los puedo escuchar, incluso los puedo ver; y también estoy seguro de que ellos me escuchan, saben lo que hago, saben lo que pienso. Pero no deben saber nunca lo del juego. No deben descubrirlo. Arruinarán la magia del juego.


—Niño viejo, ¿ porqué me traes a este lugar?

—No soy el niño viejo.

—Pero sí eres tú, te estoy viendo.

—Patricia, cierra los ojos. Imagina que soy lo que tú quieres que sea.

—¿Es un juego?

—Sí, es un juego.

—¿Quiénes duermen en todas esas camas?

—Nuestros compañeros. Todos ellos duermen en esas camas. No estarás sola, nunca más lo estarás.


... no necesito vivir para recordar.



Marcelo López González tiene 36 años de edad, y nació en Antofagasta, una gran ciudad del norte de Chile, aunque actualmente vive en Santiago. Estudió Leyes durante algunos años (él cree que fueron demasiados), y después de un largo rodeo existencial ha dedicando todos sus afanes al estudio de la pedagogía. Trabaja en una escuela pública, y comparte el día a día con la esperanza y sueños de cientos de niños. Hizo sus primeras armas literarias en el Taller de Literatura de Luis Saavedra, lugar en que se relacionó con otros importantes autores de su país como Pablo Castro y Sergio Amira. Fue editor del recordado "Fobos Negro" y en el año 2001 ganó una mención honrosa en los "Juegos Literarios Gabriela Mistral", uno de los más prestigiosos concursos literarios de su país.


Axxón 164 - julio de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: Chile: Chileno).

            

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