SOBRELLEVAR EL DIA

Gerardo Horacio Porcayo

México

No fue una sorpresa, nunca lo es. Había sido pronosticado: la lluvia al amanecer, el viento otoñal hacia la tarde.

Éramos tres, pero bien pudimos haber sido cinco. Creo que en otra ocasión lo fuimos. Las progresiones numéricas siempre me han dado dolores de cabeza. La primera vez sólo dos, luego cinco, ahora tres.

Abandonados a la mojigatería de ese domingo, las vi probar el viejo divertimiento de romper cristalerías. Basted, la más pequeña, empezó a quejarse luego de ser arrojada por siete veces consecutivas, a manos de Bradamante, contra los anaqueles de aquella horrible tienda. Tenía la cara seccionada por nueve cortes transversales que manaban un vino violáceo, muy semejante a la sangre alemana. La cosa no podría quedarse allí. Basted recogió los trozos de ropa, el segmento de pezón que el último cristal le rebanó con saña, tal vez pensando en lo infeliz que lograría hacerme. Luego trató de sacar la lengua, pero también la había perdido. Bradamante no paraba de reír, su voz ronca retumbaba en la tienda ensordeciendo el aullido de la sirena contra robos. Tres cristales más estallaron ante esa risa digna de un banshee.

El guardia había salido de su letargo etílico y nos miraba sin lograr enfocarnos, mientras se balanceaba peligrosamente sobre sus zapatillas de tacón de aguja. La parte inferior del uniforme había sido sustituida por una falda ajustada que mostraba curvaturas inverosímiles. No sabría decir si se dirigió hacía mí por ser el que tenía más a la mano o por su evidente tendencia sexual. Su aliento despedía tan múltiple aroma que mis entrañas dudaron entre vomitar o excitarse. De algún rincón oscuro, apareció el segundo guardia. Este sólo conservaba la gorra de vigilante, lo demás había sido reemplazado por tiras de vinilo negro espolvoreadas con diamantina. En su mano derecha sostenía un látigo de juguete que seguramente había hurtado a uno de sus hijos. Con la izquierda aferraba un cinturón ajado y sujeto a éste, casi estrangulándose por su terquedad, se retorcía un perro sarnoso. Basted empezó a reír. El sonido era repugnante, casi irreconocible, de no ser porque la he escuchado reír en otras ocasiones en que ha perdido la lengua. Mi estómago tomó la decisión. Restos de cerveza y tacos de carnitas semidigeridos, mancharon el carmín de las zapatillas del primer guardia, quien simplemente resolvió imitarme.

Bradamante aplaudió alegre. Basted se unió en ese momento a la fiesta, mojando mi choclo izquierdo. Nunca creí que el perro fuera el siguiente y no lo fue, sólo contribuyó al charco con un buen chorro de su sangre, cuando un nuevo cristal sucumbió a la alegría de Bradamante. Tiras de vinilo se agachó, lloroso, consolando con palabras tiernas al irremediablemente perdido can.

Zapatillas rojas barbotó algo. Sólo Basted pudo entenderle. Comprendí que ella estaba agradeciendo el encantador momento que les habían proporcionado. Yo no paraba de revisar la vieja y rayada esfera del reloj que mi abuelo me heredara tras el shock insulínico.

Abandonamos la tienda. Bradamante empezó a patalear de coraje, a esa hora y en esta ciudad de seguro no podríamos localizar otro centro de diversión para ellas. Basted se subió a un camión y nosotros con ella. Tres vagabundos estaban intercambiándose una botella de pulque en los asientos de atrás. Nunca las han detenido las formalidades, así que tuve que acompañarlas a unirse al Convivio. Pronto Bradamante ya había destruido todas las ventanillas del autobús. El conductor se detuvo cuando finalmente sus anteojos volaron hechos astillas. Nos pidió amablemente que abandonáramos su unidad. La casa de mi primo estaba sólo a dos cuadras de distancia y los seis empezamos a caminar rumbo a ella. Uno de los vagabundos, apodado el Roñas, se lamentaba por el perdido pulque. Bradamante había hecho estallar la botella poco antes que los lentes del chofer. No se puede decir que no la entendiera, la alegría de Bradamante suele contagiar a sus espectadores. Nunca a mí.

Mi primo todavía traía puesta la pijama. Seguramente había dormido también con la bata. Nos hizo pasar al salón. Las enredaderas habían crecido un poco, de hecho casi habían cubierto la enorme cúpula de cristal. Nos trajo un curado de nanche y siete popotes antes de aplicarle el suero antirrisa a Bradamante. Es una de las pocas cosas que no soporta de mi primo... Esperamos tres minutos a que la inyección hiciera efecto y luego comenzamos a beber. El Roñas estaba fascinado, no por el alcohol, ni por la casa, sino porque en un descuido, una de las plantas carnívoras —las favoritas de mi primo— le había arrancado un ojo. En otra ocasión Basted se hubiera soltado a reír, pero nunca ha podido olvidar como Gravil, su embrión más pequeño, perdió el pie izquierdo. En ese mismo momento se puso como histérica, no paraba de gritar exigiendo ver a sus embriones. Mi primo decidió inyectarle, furtivamente, el suero de la pasividad. No importaba que la inoculación acrecentara sus instintos maternos si a cambio de ello se mantenía serena. El Roñas, mientras tanto, se había secado la garganta de tanto chillar, daba vueltas como desesperado alrededor de la piscina, tirando chorros de sangre a su interior... Definitivamente fue culpa suya, todo mundo sabe que un tiburón hambriento es capaz de atrapar a su presa fuera del agua. Los compañeros del Roñas, abandonaron la casa en ese instante, sin despedirse. Afortunadamente dejaron la botella... Bueno, supongo que tuvieron que forcejear un poco con la soñolienta Bradamante, pues del cuello de la botella todavía colgaba un brazo. Mi primo lo recibió con placer, a su Furia todavía le hacen falta tres pares de extremidades para alcanzar la perfección estética. A mis oídos llegaron los gorgoteos cariñosos que Basted dirigía a sus embriones. Miré con intensidad a mi primo. El lo entendió de inmediato y fue por las escafandras. Instruimos a Bradamante —el suero antirrisa siempre le da un poco de olvido— sobre como debería manipular el compresor y nos zambullimos en el agua. Caminamos un poco. Siempre me gusta admirar las innovaciones que hace mi primo. Descubrí los restos de dos nutrias y tres anémonas. Más adelante me topé con un enjambre de cangrejos ermitaños que asediaban a un pulpo pequeño. Los arrecifes de coral estaban un poco descuidados así es que le ayudé a arreglarlos pateando algunos de ellos. Sirena y tiburón devoraban alegremente el tronco del Roñas, sus cachorros se entretenían con piernas y brazos, la cabeza como siempre, la habían dejado a un lado. Son unos escépticos de primera, les espanta comer cabezas por aquello de acrecentar su inteligencia. Se dieron un respiro para agradecernos la visita y despedirse de nosotros. Cuando salimos encontramos a Bradamante roncando suavemente sobre el compresor —el suero antirrisa también le da sueño y le aligera la voz y los ronquidos—, no nos preocupamos por el oxigeno faltante, ya otras veces ha olvidado darle vueltas a la manivela.

Basted había sacado a tres de sus embriones del frasco y dejaba que se arrastraran por el suelo; estaba acunando uno de los recipientes. El embrión que yacía dentro carecía de la mitad de su cuerpo. No nos costó trabajo convencerla de que lo dejara reposar, ni de que nos acompañara al laboratorio. Mi primo extirpó la lengua a la cabeza del Roñas y luego se la injertó a Basted. Aprovechando que ya estábamos en el laboratorio, mi primo agregó el recientemente adquirido brazo a su Furia, quien gustosa, salió de inmediato con rumbo al coliseo, esperando encontrar retadores en el ring. Basted, mientras tanto, había agotado los efectos del suero y gritaba indignada porque no encontraba la mitad inferior que le hacía falta a su embrión. Mi primo se puso a explicarle como es que había desaparecido: el embrión se había escapado de la botella y había caído en boca de una de las plantas carnívoras. La mitad superior era lo único que había logrado rescatar. Basted, sin embargo, no creyó suficiente la explicación y siguió diciendo que se los iba a llevar a la casa, que mi primo no sabía cuidar a sus pequeños. Fui por otra botella de curado y logré convencerla de que nos quedáramos otro rato. Mientras bebíamos noté algunos cambios en el laboratorio: noté, por ejemplo, que la jaula del vampiro estaba vacía. Mi primo me explicó que se había aficionado irremediablemente a espantar a las sirvientas y que había decidido echarlo de la casa porque no podía soportar el gasto y la molestia de buscar una nueva. Noté también que a su ogro le había dado gota crónica y permanencia tirado en un sillón mirando el canal de horror de la antena parabólica. En ese momento el suelo empezó a cimbrarse y supimos de inmediato que Bradamante había despertado. Mi primo me miró con horror, antes de explicarme que no había destilado más suero antirrisa. La sugerencia era obvia así es que le pedí a Basted que decidiera lo que iba a hacer porque nos marchábamos. Mi primo me acompañó a la sala. Para nuestra fortuna Bradamante estaba enojada y los implementos de cristal de mi primo se hallaban a salvo. Nos sentamos a platicar del nuevo proyecto que tenía entre manos, mientras esperábamos a que Basted resolviera sus largas indecisiones. Mi primo había oído hablar sobre los extraños magatoides que habitan en los agujeros de la capa de ozono y estaba presentando un proyecto al gobierno para que lo dejaran hacer una incursión en busca de ellos. Estaban dudosos todavía. No decidían exactamente cuál era el protocolo a seguir, algunos funcionarios opinaban que era una especie en extinción, otros que era una especie para la extinción, otros, la minoría, aseguraban que apenas empezaba su desarrollo. De cualquier forma mi primo sólo pensaba capturar algunos para experimentar con ellos, porque las especies tradicionales poco a poco lo han ido fastidiando, se han transformado en una rutina insulsa. En este mundo cada vez hay menos cosas con las que experimentar.


Ilustración: Guillermo Vidal

Basted apareció en ese momento haciendo malabares con los diez frascos de sus embriones. Mi primo y yo torcimos la boca, mañana cambiaría de opinión y me haría acompañarla a traerlos de regreso, la única ventaja sería que me proporcionaría un pretexto para visitar a mi primo. Bradamante se incorporó presurosa y todos nos dirigimos hacía la puerta. Escuchamos un trote irregular tras de nosotros y nos volvimos a ver que sucedía. Era el Minotauro, traía su mandil manchado y en los brazos mi vieja gabardina. Me pidió disculpas por no habérmela regresado la ocasión anterior, pero había estado ocupado descosiéndole los botones de las mangas. No le dije nada y me puse la trinchera. La despedida fue corta: nos estábamos repartiendo los frascos de los embriones, cuando mi primo nos dijo adiós y cerró la puerta.

Caminamos un buen tramo sin intercambiar palabra alguna. Al final Basted se había quedado sólo con el frasco que contenía a la mitad del embrión. Lo arrullaba amorosamente, haciéndole cariñitos sobre el cristal. Bradamante se molestó aún más al observar esa muestra de afecto. Gruñó algo, levemente; era otra de las cosas que le molestaba, por un buen rato, al menos por esa noche, no podría reír, ni dar rienda suelta a su voz. Basted comentó entusiasmada que después de todo le había gustado como se veía el embrión. Lo miré más por atención a ella que por curiosidad. Nunca puedo diferenciarlos. Le pregunte quien era y me miró soñadora, sin responder. Bradamante dio otro gruñido pidiendo que paráramos un taxi. Así lo hicimos. El chófer resultó ser un amable minusválido, cuyo defecto de nacimiento le impedía acelerar a más de cuarenta por hora. Durante todo el camino no paró de hablar del "bonito retrato familiar". Nos dejó frente a nuestra casa. Me cerré la gabardina y bostecé, cansado de antemano por la perspectiva de ingresar al hogar. Basted se me emparejó, la sonrisa soñadora seguía en su boca. Me preguntó si recordaba el nombre del medio embrión. Tuve que decirle la verdad. Me dijo que se llamaba como yo. Le eché una mirada al frasco y sonreí. Bradamante nos alcanzó en ese momento, se le veía más serena.

Me levanté el cuello del abrigo. De pronto no me importó subir las escaleras.



Gerardo Horacio Porcayo nació en Cuernavaca, Morelos, México, el 10 de mayo de 1966. Es uno de los más notorios y originales escritores de su país y al mismo tiempo un tipo de una increíble modestia y sencillez. En Axxón se han publicado catorce de sus relatos: "Los motivos de Medusa" (25), "El territorio de las sombras" (31), "Sobre la pata del centauro" (37), "Nada nuevo que contar" (47), "Una misión más" (55), "Imágenes rotas, sueños de herrumbre" (58), "El caos ambiguo del lugar" (83), "Paz y rutina" (83), "Vástago de furia y tiempo" (83 —con Carlos Limón), "Aquí y en el más allá" (148), "Otra tragedia griega" (153), "Si tan solo" (157), "Colinas del viejo ser" (161).


Axxón 164 - julio de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Realismo conjetural: México: Mexicano).

            

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