LOS COLMILLOS DE LA SERPIENTE

José Altamirano

Argentina

El hombre, de aparentes cuarenta y cinco años, algo más alto que la media y de complexión robusta, observó a través de la lente de la mira telescópica el rápido desplazarse del móvil de Seguridad por las desiertas calles de Quilmes Externo. Era de mañana temprano y el gran reloj de la torre aún no había marcado las siete. Faltaba para el final del toque de queda impuesto por la Agencia, el momento preferido por las fuerzas de seguridad para efectuar los procedimientos de limpieza; la hora en que el hambre y el frío del día pasado se sumaban a la certeza del hambre y el frío de un nuevo día, sumiendo el entendimiento de los okupas en una espesa telaraña de desesperación que no podía ser obviada ni por las brumas estuporosas de un sueño inquieto y poblado de pesadillas. Es la hora en que las defensas de los desesperados están en su punto más bajo y las fuerzas represoras lo saben.

El hombre siguió observando hasta que el vehículo abandonó la diagonal y quedó oculto por la masa oscura de unos altos edificios ruinosos. Se encogió mentalmente de hombros; bien sabía él hacia donde se dirigían.

Quince días atrás, el hombre había descubierto a un grupo de okupas que violentaron el acceso a una casa de la Arteria Oeste. Tal vez encontraron allí un poco de alimento en alguna despensa oculta, o no encontraron nada y se quedaron sólo para resguardarse del frío en ese helado mes de julio. El caso es que la Agencia encargada de la seguridad en la zona había recibido oportunamente una denuncia, y hoy procederían al desalojo.

Hacía mucho frío en ese invierno del 2032. El observador se arrebujó dentro de la protección de su raído sobretodo negro cuando el arrachado aguanieve le castigó el rostro expuesto, en el que se dibujaba una mueca de severa amargura. Esa expresión parecía pertenecerle tanto como la bien recortada barba candado y el largo pelo negro que le caía sobre la nuca en apretados rizos empapados. Guardó la mira en un bolsillo del abrigo y abandonó la terraza desde la que vigilaba, bajando los escalones de dos en dos.

Al pie del edificio lo esperaba un destartalado Ford Fairlane con tres personas en su interior. Se dejó caer en el asiento del acompañante, al tiempo que el motor se ponía en marcha con un rugido que desmentía la apariencia de la carrocería cien veces emparchada. El chofer, un hombre flaco, muy moreno y de cara afilada, podía tener cualquier edad entre los veinticinco y los cuarenta años. Los dientes superiores, montados sobre el labio inferior, le conferían a su rostro un aspecto artero y ratonil. Miró interrogante al hombre de la barba candado, y al recibir de éste la silenciosa seña de un dedo apuntando adelante, metió primera soltando el embrague con tal brusquedad que la parte delantera del auto pareció elevarse en el arranque.

—Quemá gomas, idiota, total las regalan —le espetó desde el asiento posterior una muchacha de pelo corto y negro que mascaba chicle. El cuarto pasajero del auto se limitó a abrir la boca en una muda carcajada de deleite y batió palmas con el alborozo de un niño.

El Fairlane atravesó las calles vacías como una exhalación, levantando tras de sí un fino spray de agua y barro. Dobló con un chirrido por la Avenida 32 y durante los siguientes seiscientos metros enfrentaron la compacta mole gris de Quilmes Interno recortada delante del auto contra la creciente luz del amanecer. Al hombre del sobretodo negro y la barba candado le bastó un ligero toque sobre el brazo del chofer de la cara de rata para que éste disminuyera la velocidad.

Giraron por la Diagonal República y avanzaron a velocidad moderada, flanqueados por los edificios de lo que alguna vez fuera la zona más populosa de la ciudad. Ahora, la mayoría de los negocios exhibían sin pudor la decadencia de vidrieras rotas y marquesinas desflecadas.

En una esquina, bajo un amplio balcón que avanzaba sobre la vereda y los protegía de la pertinaz llovizna helada, un grupo de desocupados había encendido fuego en un medio tonel de chapa y calentaban pedazos de pan duro ensartados en varillas de alambre. Desafiaban la última hora de la queda, en la esperanza de que algún contratista madrugador acuciado por los plazos de finalización de obra les ofreciera la oportunidad de poder comer tres días seguidos a cambio de pasar uno quebrándose el espinazo en la nueva autopista tubo, o arenando paredes a cien metros de altura en Quilmes Interno. El ruido del motor del Fairlane hizo que algunos de ellos levantaran la cabeza con un atisbo de interés y que volvieran a su hosca concentración un instante después, cuando advirtieron que el auto no se detendría.

Un par de kilómetros más adelante, el hombre del pelo largo y la barba candado levantó una mano y el coche detuvo la marcha, arrimando al cordón de la vereda. La muchacha del asiento posterior trasteó un momento tras el respaldo del asiento y le pasó un rifle enfundado en paño aterciopelado. Le alcanzó luego una Itaka y un puñado de cartuchos al chofer y tomó para ella una pequeña pistola de viejo modelo, una Bersa calibre 22, de cañón largo y bastante efectiva a corta distancia, si se observaba la precaución de plantar en el blanco una segunda bala inmediatamente a continuación de la primera.

Los cuatro bajaron del viejo automóvil y el del sobretodo negro le señaló el asiento delantero al que acompañaba a la muchacha. Este, un hombre cuya edad podría situarse entre los treinta y los cuarenta años, era más bien bajo, barrigón y casi calvo. Negó con la cabeza ante la orden dada en silencio.

—Yo también quiero ir a matar a la policía —dijo con voz que sonó incongruentemente aniñada.

—Fernandito, tenés que quedarte a cuidar el coche para que no se lo roben —le habló la muchacha como se le habla a un niño. Le dio unas cariñosas palmadas en la calva y acompañó sus pasos torpes hasta el asiento delantero del Fairlane.

—¿Cómo voy a cuidar el coche? —dijo el retrasado frunciendo los labios gruesos en una mueca que anticipaba el llanto—. Yo no tengo rifle como Paulino, ni un revólver como el de Lucy.

La muchacha observó nerviosa cómo los dos hombres se alejaban calle abajo despreocupados del problema y puteó por lo bajo. Sacó de atrás del asiento un viejo revólver al que le faltaba el percutor.

—Tenés razón, tomá este. Y si alguien quiere robarse el coche lo matás de un tiro.

Con una risita de gozo, el idiota aferró el revólver con las dos manos y lo apretó contra el pecho. Lucy lo besó fugazmente en la frente y corrió en pos de sus compañeros.

—Sabés que no me gusta que le des ese revólver a mi hermano —dijo hoscamente y sin mirarla el hombre de la barba candado hablando por primera vez—. Si pasa Seguridad no le va a preguntar si funciona o si él es un enfermo.

La muchacha se encogió de hombros y formó un globo con el chicle que mascaba. Paulino era el jefe y amaba a su hermano, de acuerdo. Pero le encargaba a ella cuidar del tarado y encima la cagaba a pedos.

Caminaron en silencio y a trancos largos por lo que restaba para que la Diagonal desembocara en la Arteria Oeste. El gran reloj de la torre emitió siete graves acordes que, expandiéndose en ondas, sacudieron el palio húmedo del casi desierto paisaje suburbano. Un paisaje que cambiará en media hora, cuando Quilmes Externo se vea invadido por los pasos lentos y desesperanzados de sus grises habitantes, muchos de los cuales se encaminarán a mal pagadas ocupaciones de mantenimiento y limpieza en la ciudad interna, o esperarán el transporte que los lleve hasta la autopista tubo. Los escasos comerciantes atenderán, resguardados tras rejas que jamás se abren al público, a aquellos privilegiados que a esta altura del mes aún cuenten con bonos de la Secretaría de Supervivencia o algunas monedas de efectivo conseguidas por la merced de una changa. Algunos desocupados se estacionarán en puntos estratégicos a la espera del favor de los contratistas y otros —los más— se limitarán a vivir el arrastrar de las horas, adelantando las manos envueltas en tiras mugrosas al calor de algún fuego encendido con madera húmeda, sin lugar adonde ir ni al que volver en esta ciudad sobrada de casas deshabitadas, pero celosamente guardadas por los mastines humanos de la Agencia de Seguridad. Demasiado viejos o enfermos para aspirar a ser elegidos por un contratista que les permita saltar a la caja embarrada del camión y rumbear a un destino de pala, pico y músculo, morirán ese día como mueren todos los días: con el frío mordiendo las carnes tumefactas y el hambre mordiendo los estómagos contraídos.

Las tres personas armadas que bajaron del Fairlane llegaron hasta la esquina, donde un gran contenedor metálico desbordante de basura les permitió atisbar sin riesgo calle arriba. El vehículo de la Agencia de Seguridad, un furgón cerrado, estaba estacionado ocupando el centro de la calle y custodiado por un hombre uniformado con los colores gris y azul de la Agencia, el pecho y la espalda deformados por el chaleco blindado. Tenía el visor del casco levantado, vigilando las ventanas de celosías cerradas de los edificios que lo flanqueaban. Un lanzagranadas corto y de caño grueso se balanceaba al extremo de su brazo derecho.

De pronto, por la puerta abierta de una vivienda con techo de tejas y muro bajo al frente, salió trastabillando un hombre de unos setenta años, seguido al momento por una mujer de similar edad empujada sin miramientos por un guardia. La mujer se dio la vuelta y encaró al hombre. Sus palabras sonaron agudas pero ininteligibles por la distancia. El sicario la sacudió por el hombro y la obligó a caminar hasta la camioneta. Dentro de la casa hubo el discernible estrépito de un mueble al volcarse seguido del tintinear de vidrios rotos. Un tercer okupa fue desalojado de manera mucho más espectacular que los primeros dos, ya que apareció volando de espaldas a través de la puerta abierta y fue a estrellarse contra el bajo muro de ladrillos revocados. Detrás salieron dos guardias más, uno de los cuales levantó al caído por los cabellos, cosa que aprovechó el otro para patearle el bajo vientre.

—¡Lo están haciendo flecos! —dijo por lo bajo la muchacha. El globo hizo "plop" y ella lamió los restos de chicle de la barbilla.

—Es apenas un pendejo —escupió con bronca el de la cara de rata jugando con el seguro de la Itaka. El hombre de la barba candado no dijo nada, limitándose a contemplar la escena. Ahora habían reunido a los tres de cara a la carrocería del furgón y les amarraban las manos a la espalda con alambre. El okupa que se había resistido lucía bastante maltrecho y una cascada de sangre que manaba de un corte en el cuero cabelludo le bañaba el rostro.

—Si usan alambre en vez de esposas, es que se los llevan para fusilarlos —dictaminó gravemente aunque sin aportar ninguna novedad Cara de Ratón.

Tras cargarlos en la parte posterior, los guardias treparon al vehículo y se marcharon calle arriba. Los tres emboscados observaron hasta que la camioneta tomó el camino que la llevaría a atravesar el puente que se elevaba por sobre las vías férreas y volvieron al trote hasta donde habían dejado el Fairlane.

—Los llevan a la cervecería —dijo el hombre de la cara de ratón. Los otros tampoco respondieron a esa nueva obviedad; era sabido por todo Quilmes que las ruinas de la cervecería eran utilizadas como fusiladero por los sicarios de la Agencia.

No se molestaron en sacar al idiota hermano de Paulino del asiento delantero; se zambulleron en el coche y esta vez nadie recriminó al chofer por salir pitando, dejando tras de sí una nube de humo y vapor de agua al girar en vano las gomas del Fairlane hasta lograr morder el asfalto mojado de la calle. Conocían un atajo que los llevaría hasta la cervecería antes de la llegada de los guardias y corrieron sin tomar precauciones. En Quilmes Externo casi no existía parque automotor, salvo los destartalados autos y camiones de los contratistas y los no menos vetustos colectivos de las empresas que recolectaban trabajadores. Los privilegiados habitantes de las ciudades internas utilizaban las exclusivas autopistas tubos para desplazarse entre las conexiones y el no menos exclusivo servicio de remises desde ellas al lugar puntual.

Los apáticos moradores de Quilmes Externo los miraron pasar sin ningún interés. Interesaba sobrevivir el día, y el Fairlane que doblaba por las sucias bocacalles rugiendo y chillando a todo motor significaba policías o ladrones, no comida. A no ser que se estrellara contra una columna o una pared y pudiera ser saqueado.

Pero el viejo y potente Fairlane no se estrelló. Saltó sobre las vías oxidadas que no recordaban el paso de un tren en los últimos tres años, cayó sobre sus muelles reforzados y derrapó en la curva que marcaba el comienzo del largo paredón de la cervecería, cuyo revoque descascarado lucía profusamente adornado con pintadas obscenas o revolucionarias. A la altura de los enormes depósitos donde alguna vez se añejara la malta, giró bruscamente y se introdujo por el hueco que había dejado una pared derrumbada, sugestivamente libre de escombros. Con un frenazo brutal, el vehículo se detuvo bajo la protección de unas gruesas columnas de soporte.

Por un momento, el único sonido que rompió el silencio del lugar fueron los chasquidos y crujidos del motor del Fairlane al enfriarse. Al cabo, oyeron el ruido de un vehículo que se acercaba y los dos hombres y la muchacha comprobaron una vez más sus armas, la de Paulino, un rifle de extraña apariencia que sacó de la funda de terciopelo, al que le adosó la mira que guardaba en el bolsillo de su sobretodo negro. Fernando también manoseó su inútil revólver, remedando a los otros. Su hermano lo tocó en el hombro y el idiota lo encaró, excitado como un niño.

—Fernando, a partir de ahora, callado. No quiero que abras la boca.

—No, Paulino, no abriré la boca para nada, te lo juro por Dios —y para reforzar el juramento, cerró los labios hasta que se le blanquearon por el esfuerzo.

—Así está bien —dijo Paulino y los cuatro abandonaron el coche, caminando a buen paso y sin tomar demasiadas precauciones. El semiderruido edificio de la planta era una efectiva protección entre ellos y el playón usado por los guardianes para fusilar. Entraron a la construcción por un portalón utilizado antaño por el personal de mantenimiento y avanzaron por el interior, donde los cadáveres de las grandes maquinarias destacaban la negrura de sus formas contra la penumbra, apenas mitigada por la claridad del día. Estaba nublado y se filtraba poca luz por las sucias claraboyas ubicadas en el techo. Caminaron sorteando escombros hasta cruzar transversalmente el edificio y se asomaron cautelosamente por el vano de lo que alguna vez había sido una ventana. La camioneta de la Agencia estaba estacionada a unos cien metros sobre el cuarteado cemento del playón de carga. Los tres okupas fueron obligados a bajar y empujados sin concesiones hasta un montón de escombros que se desparramaban a lo largo de un alto paredón.

Paulino señaló una pila de toneles plásticos situado a unos veinte metros del grupo y al que se podía llegar por el interior sin ser visto. Cara de Ratón asintió y se alejó en silencio. Paulino metió la mano en un bolsillo del sobretodo y sacó una bala de cápsula ventruda, un proyectil largo y delgado que terminaba en una punta aguda. Con tranquilidad, desentendiéndose del drama que se desarrollaba a pocos metros, donde los guardias forcejeaban con el joven que se negaba a arrodillarse de cara a los escombros, deslizó el proyectil en la recámara del fusil. Inmediatamente en la culata del arma se iluminó un pequeño panel sólo visible para el operador. Paulino se echó el fusil al hombro y pegó el ojo a la mira. La escena ubicada a cien metros saltó con nitidez a su vista. El muchacho había sido derribado de un culatazo y de su nariz manaba la sangre en un río que tenía como afluente la que desbordaba del tajo en la cabeza. Los dos ancianos, muy juntos y al parecer resignados a su suerte, permanecían arrodillados de cara a los escombros, los ojos cerrados y las bocas musitando lo que tal vez fuera una oración. El que parecía ser el jefe de los verdugos, un individuo grueso, de aspecto brutal, se acercó a sus espaldas con la pistola amartillada.

Desde su privilegiada posición, el francotirador activó un diminuto botón en el panel de la culata y la visión rectangular y panorámica que le otorgaba la mira adquirió una suave tonalidad verde, a la vez que una fina cuadrícula la dividió simétricamente. Al borde de la visión, los algoritmos se sucedían vertiginosamente al elegir la computadora del fusil la telemetría adecuada para el disparo sobre la base de datos recogidos en el lugar. Presión barométrica, velocidad del viento, vector de desplazamiento del blanco y temperatura ambiente fueron incorporados al diminuto cerebro ubicado en la cápsula del proyectil. Un zoom ocupó el panorama de la mira, seleccionando la oreja del guardián protegida por el casco de acero. La cuadrícula cambió a una cruz que se centró en el pequeño orificio del casco por donde el oído recibía aireación y entonces Paulino fijó los parámetros con un rápido movimiento del pulgar. Sintió a sus espaldas el jadeo excitado de la muchacha y la pesada respiración de su hermano. Apretó el gatillo y la bala salió despedida del rifle con un casi inaudible "¡zzzup!".

Cuando el guarda apoyó la pistola amartillada en la nuca del viejo, ya estaba muerto. En la milésima de segundo que la bala tardó en impactar en el blanco, los sensores insertados en la vaina hueca de la cápsula la guiaron, corrigiendo mínimamente su trayectoria durante los primeros noventa metros del recorrido y después se desprendieron. Una minúscula carga explosiva se encendió en la parte delantera de la vaina, frenando casi en seco el impulso inercial y haciendo que ésta cayera al suelo. Sin tiempo material para que un cambio exterior variase un ápice su recorrido, el pequeño proyectil se introdujo por el orificio de aireación del casco y penetró por la cavidad auricular. Cuando chocó contra la corteza cerebral se abrió liberando una gota de mercurio que pareció florecer, ramificándose y desgarrando los tejidos cerebrales a su paso para terminar frenando su carrera contra la pared ósea del cráneo. El rostro del hombre se congestionó y, sin un quejido, su cuerpo desmadejado se derrumbó de costado provocando el consiguiente revuelo entre sus compañeros.

—¡Gutiérrez... que carajo...!

—¿Qué pasa?

—¡No dejés de apuntarles, boludo!

Uno de ellos se inclinó sobre el caído y le quitó el casco. Una gotita de sangre brillaba en la entrada al conducto auditivo.

—¡Muerto! ¿Pero cómo mierda...?

—Seguro un derrame... era de tener alta la presión.

Perplejo, el guardián inclinado junto al cadáver se quitó el casco que le protegía la cabeza. Paulino lo mató con una bala común y de punta roma, que al entrar apenas si marcó un punto oscuro en la sien del hombre, pero que al salir lo hizo acompañada por un surtidor de huesos molidos, sangre y masa encefálica que llovió sobre los escombros mojados.

—¡Nos atacan! —alcanzó a gritar el otro antes de que la bala vomitada por la Itaka de Cara de Ratón le golpeara la mejilla con la fuerza de un martillazo. El restante guardia de la Agencia arrojó la pistola con que apuntaba a los okupas y levantó los brazos gritando aterrorizado:

—¡No tiren, me rindo, no me maten!

Cara de Ratón apareció tras los toneles plásticos apuntándole con la Itaka amartillada. Paulino, Lucy y Fernando salieron de donde se habían emboscado y se aproximaron al lugar a paso lento. No había por qué apurarse, nadie, menos que menos la policía, se acercaría al lugar después del estruendo de la escopeta de Cara de Ratón. Fernando blandió su inútil revólver bajo las narices del aterrorizado hombre de la Agencia con una expresión que él suponía feroz pintada en el rostro.

Lucy se hizo cargo de la vigilancia mientras Cara de Ratón desataba a los dos viejos que todavía no salían del asombro por continuar con vida. También desató al semidesvanecido muchacho, que no aparentaba tener más de dieciséis o diecisiete años. Paulino buscaba algo en el suelo, apuntándolo con un pequeño aparato que emitía suaves "blips". Encontró la vaina sensora del proyectil y, recogiéndola, la introdujo en la profundidad insondable de uno de los bolsillos de su abrigo oscuro. Después, levantando la mirada para fijarla por un breve instante en el rostro del guardián sobreviviente, le espetó:

—Desvestite.

Como una expresión de perplejidad se reflejara en el rostro del hombre, Lucy le hundió el caño de la pistola en el estómago.

—¿No escuchaste? ¡Sacate el uniforme y las botas!

Cara de Ratón, una vez desatados los okupas que habían estado a punto de ser fusilados, se abocó con rapidez a despojar de sus uniformes a los muertos. El guardia sobreviviente le alcanzó los pantalones a Fernando —cargado ya con la camisa, campera y casco— quedando en musculosa y calzoncillos y en el rostro una expresión de desdichado desamparo. Abrió la boca como para hablar pero nadie pudo enterarse de lo que iba a decir, porque Lucy le disparó dos veces a la cabeza y el hombre se derrumbó sin vida hacia adelante.

Los ancianos, que observaron la ejecución sin moverse ni intervenir, sintieron cómo retornaba el miedo a sus espíritus.

—¿Nos van a matar también? —preguntó con voz temblorosa el viejo a Paulino.

—No. Váyanse y curen a ése —contestó señalando al muchacho que se incorporaba lentamente del suelo.

—¡No queremos saber nada de este hijo de puta!

—¿No es tu hijo, viejo?

—¡No es hijo nuestro! —chilló la vieja. —El desgraciado nos metió en este lío.

Paulino se encogió de hombros y comenzó a alejarse en dirección a la camioneta de la Agencia, seguido por los otros tres. Se volvió, no obstante, y arrojó al pie de los viejos un billete de diez dólares.

—Compren algo de comida para que se les pase el cagazo.

—¡Esperen!

El muchacho se les acercó ensayando una derrengada carrera mientras se limpiaba a manotazos la sangre de la cara.

—¡Esperen, llévenme con ustedes!

Paulino ni siquiera se dignó contestarle. Como Cara de Ratón y Fernando estaban cargados con las armas e indumentarias de los guardias, fue Lucy la que girando sobre sus talones le plantó una mano en el pecho.

—Pará nene, pará a ver si entendés... nosotros no somos de la Secretaría de Supervivencia.

—No, si yo entiendo. Mataron a los guardias porque necesitaban los trajes para un baile de disfraz.

—Sos inteligente vos. Andá con los viejos, los diez dólares les alcanzan para unos buenos fideos con tuco en la fonda.

Con una sorpresiva finta, el muchacho se desasió de la muchacha y corrió hasta alcanzar a Paulino, tomándolo de los faldones del sobretodo.

—¡Yo te puedo servir para el afano que planeás, jefe!

Paulino se detuvo y lo miró con el ceño fruncido. El muchacho abrió la mano y mostró en su palma la cápsula del proyectil con que el jefe de la banda matara al primer guardia.

—No te diste cuenta, ¿verdad? Tengo los dedos más rápidos de Quilmes.

—Estoy impresionado —dijo Paulino arrebatándole la vaina sensora y reanudando la marcha —, andá a bolsiquear vagabundos al centro.

—En la casa que ocupaba con los viejos escondí mis herramientas, jefe. Tengo casi mil dólares que pueden pasar cualquier examen que no sea un analizador molecular. Si me das la credencial de un guardia y una foto tuya, en dos días te falsifico cualquier sello y cualquier firma. En una semana te modifico la banda magnética para que reconozca tus huellas digitales.

Paulino se detuvo y lo miró desde su altura.

—¿Sos capaz de hacer eso o estás fanfarroneando?

—Soy un artista, jefe.

—Vení.

Cargaron el equipo de los guardias muertos en la camioneta. Cara de Ratón sería el encargado de llevar la carga al lugar que les servía de aguantadero y luego la camioneta hasta un taller que él conocía, mientras los demás pasarían por la casa a buscar el equipo del muchacho. En el trayecto hasta donde habían dejado el Fairlane, el joven no dejó de parlotear ni un segundo.


Ilustración: Verónica Delacroix

—Me puede llamar Héctor, jefe. Pensé que sería una buena idea engatusar a los viejos con el cuento de que no habría problemas si ocupábamos una casa deshabitada. Es menos sospechoso si el okupa del lugar es una familia; se trabaja más tranquilo, no sé si me entiende. Todos los sin techo lo hacen, ¿no? Y la mayoría de las veces no pasa nada. Quiero decir, si no aparece un vecino hijo de puta que te denuncie, claro. Y digo yo; ¿a quién le importa que ocupen una casa que no es la suya? Y nadie quiere a los perros de la Agencia así que: ¿quién te va a denunciar? Me puse a trabajar, billete por billete y ya tenía casi mil dólares de baja denominación. Usé algunos para comprar comida y pasaron sin drama. Cuando escuché el frenazo de la camioneta estaba trabajando. Trabajo mejor de mañana temprano, jefe; se lo digo por si tiene el sueño liviano. Bueno, alcancé a esconder todo antes de que entraran y me sacaran a patadas en el culo. ¡Cómo me gustaría encontrarme con el hijo de puta que hizo la denuncia!

—Fui yo —dijo lacónicamente Paulino abriendo la puerta del Fairlane y poniéndose al volante. Lucy se ubicó en el lugar del acompañante, no sin antes dirigir una sonrisa divertida al perplejo Héctor, que se había quedado mudo de repente. En todo el trayecto, lo único que volvió a escucharse fue la charla incoherente de Fernando.

Se detuvieron en la casa de la Arteria Oeste sin que nadie los molestara. Obviamente, los vecinos habían observado desde lugar seguro el procedimiento de apenas una hora atrás y obviamente también, estarían sorprendidos de ver con vida al muchacho, todavía vistiendo las ropas rotas y ensangrentadas, penetrar en la casa que abandonara rato antes de tan mala manera. Seguro habían observado todo; pero las conclusiones extraídas serían buenas sólo para comentarlas con la familia reunida alrededor de la olla con sopa caliente o fideos hervidos y con nadie más. Desentenderse de cualquier cosa que hubiera ocurrido o estuviera ocurriendo de puertas afuera era el mejor remedio para conservar la salud en estos tiempos tan duros.

Al rato, el Fairlane corría rebotando en los pozos del destruido asfalto de la Avenida Mitre rumbo a Hudson. Giraron a la izquierda al llegar a las ruinas de la Maltería y en cinco minutos más, circulaban por una irregular calle de tierra que desembocaba en las márgenes del Río de la Plata. El automóvil abandonó el camino y se internó en una zona donde el rancherío se dispersaba sin orden ni continuidad. Tomaron por otra calle de tierra, apenas una picada que abría brecha en el mimbral que crecía salvaje en el lugar, hasta llegar a una casa solitaria y de humilde apariencia con paredes de ladrillo sin revocar y techo de chapa acanalada. Detuvieron el coche al frente y Lucy abrió el candado que aseguraba la puerta con una gruesa cadena oxidada.

Al entrar, lo primero que saltó a la vista fueron los pertrechos arrebatados a los guardias arrinconados en un confuso montón. Una mesa de madera sin lustre, seis sillas desiguales, un armario y un televisor eran todo el mobiliario de la habitación más grande de la casa. Del armario, Lucy sacó una garrafa con gas que llevaba una pantalla radiante adosada y la encendió. La casa estaba helada y olía fuertemente a humedad y encierro.

—Miren esto —dijo después, levantando asqueada la camisa de un uniforme—. Está toda llena de sangre, me va a costar un ovario limpiarla.

Héctor señaló con el dedo la pava y el mate depositados sobre la mesa.

—¿Puedo? No desayuné todavía.

—Hacé mate, allá está la cocina —le permitió Lucy—. En la heladera hay fiambre y podés calentar un poco de pan en el horno, debe ser de ayer o anteayer, creo. Voy a ver si pongo esto en remojo.

Tomaron mate y comieron pan duro y fiambre. Encendieron el televisor y miraron las noticias, sin encontrar referencias de la matanza en la cervecería.

—Lo reservan para el noticioso del mediodía —comentó ociosamente la muchacha, mientras desde la pantalla mostraban un amplio paneo de una muchedumbre reunida en la plaza frente a la catedral de La Plata. El locutor, en off, explicaba que los manifestantes habían destacado a una media docena de representantes para que entregaran un petitorio al obispo. Reclamaban por la suspensión del reparto gratuito de alimentos al que se había comprometido la poderosa red de hipermercados externos "Ambar".

—¡Ja! Alimentos por el culo les van a dar —dijo Lucy cambiando a un canal de entretenimientos.

Cerca del mediodía, el tableteo de un motor de dos tiempos se fue acercando al lugar y a poco, una moto se detuvo junto al Fairlane. Lucy atisbó por los sucios vidrios de la ventana.

—Es Ratón.

—¿Tan pronto?

Ratón entró temblando, vestido con un mameluco engrasado y la afilada nariz goteando.

—¡Hace un frío de cagarse! ¿Me dejaron un poco de fiambre? Tengo hambre.

Héctor fue a calentar más agua y mientras, Ratón emparedó fetas de salame entre dos mitades de un pan.

—¿Terminaste con el motor?

Ratón dio un gran mordisco a su sándwich y contestó a Paulino con la boca llena.

—Lo tiré al pozo y rellené el hueco con tierra. Le metí la plancha de plomo y más tierra para que no se notara.

—Bien. A estas horas, ya deben estar buscando la camioneta.

—¡Lástima de máquina! La turbina no pesaba nada, podíamos haberla hecho plata de la buena.

—No se puede vender un motor de la Agencia, Tino, en algún lugar lleva un dispositivo que denuncia su posición. ¿La desarmaste lejos del pozo?

—En el taller de Miguel. Ya le está colocando el nuevo motor, es menos potente que el que tenía, pero no encontré nada mejor.

—¿No preguntó nada?

—¿Miguel? El cobra por su trabajo y jamás pregunta, por eso sigue vivo. A propósito...

Paulino sacó un grueso fajo de billetes y lo arrojó sobre la mesa.

—Pagale. Lo que queda es para los gastos. Ahora Héctor, dejame ver tus billetes.

El muchacho se apresuró a extraer una pequeña caja metálica de la valija que rescatara de la casa ocupada. La abrió y le pasó a Paulino algunos billetes nuevos y crujientes. Este se acercó a la ventana y los observó con detenimiento.

—No están mal, no macaneaste. Pero no quiero que los utilices mientras estés aquí. Lucy tiene fotografías de todos nosotros; empezá a trabajar con las credenciales, las vamos a necesitar cuanto antes, no bien se apague un poco el revuelo que armamos hoy en la cervecería. —Y mirando el interior de la valija del muchacho continuó—: Ordenador, scanner, impresor láser... buen equipo nene; ahora veo que de verdad no sos un improvisado.

Devolvió los billetes al muchacho que sonrió esponjado ante el elogio y se volvió hacia el mecánico de la banda.

—Tino, terminá tranquilo de comer. Después llevanos a Fernando y a mí hasta la remisería.

Minutos después, tras ver perderse al Fairlane en un recodo de la picada flanqueada de mimbres, Lucy puso dos ollas de agua a calentar.

—Una es para vos—, le dijo a Héctor—. En el retrete hay un fuentón; date un baño mientras veo de conseguirte algo de ropa. Después podés dormir una siesta mientras yo lavo los uniformes.

El muchacho asintió, estremeciéndose de frío. Aún vestía como todo abrigo la ensangrentada camisa y tenía en la cara costras de sangre seca.

—No le agradecí al jefe. Bueno... no sé si tengo algo que agradecerle. ¿Es verdad que él fue quién nos denunció a Seguridad?

—Era parte del plan —Lucy se encogió de hombros—. Necesitábamos uniformes y una camioneta de la Agencia. De cualquier manera, Paulino nos dijo que de ser posible los salvaríamos de morir.

—¿De ser posible?

—Ya viste... no murieron.

—No, pero casi.

Lucy lo enfrentó. Sus grandes ojos negros lo miraron con dureza.

—La vida siempre es "casi" para los que sobrevivimos en las ciudades externas, nene. Siempre "casi" no tenemos frío o calor. Siempre "casi" comemos algo todos los días y "casi" siempre tenemos la seguridad de vivir el día de hoy. De lo único que estamos seguros es de haber vivido el día cuando nos dormimos por la noche, así que no sé de qué mierda te quejás. Andá, bañate y dormí una siesta, que después tomamos mate y vamos a comprar algo para la cena.

Pareció por un momento que el muchacho replicaría airadamente a las ácidas palabras de Lucy, pero sea lo que fuera que iba a decir, optó por tragárselo. Tomó la olla con agua caliente cuidando de no quemarse y se dirigió al retrete ubicado en el patio trasero de la vivienda. Se bañó, enjabonándose con cuidado las heridas y magullones y se estaba secando cuando la muchacha entró sin molestarse en avisar ni dar muestra de embarazo alguno al verlo desnudo.

—No te pongas esa mugre —dijo haciendo referencia a las ensangrentadas ropas de Héctor—. Creo que este pantalón te va a ir bien, la camisa es un poco grande pero peor es nada. Y en la cama te dejé un pulóver.

El muchacho se ruborizó y ni le preguntó por la procedencia de la ropa; manoteó el calzoncillo limpio y se apresuró a embutirse en él. Lucy rió, divertida por el embarazo del chico.

Cuando salió del retrete a derramar el agua sucia del fuentón, la muchacha estaba colgando los uniformes en un alambre tendido entre dos árboles.

—Andá a dormir, te despierto en un par de horas.

Héctor no se hizo repetir la invitación y diez minutos más tarde dormía profundamente, tapado hasta la cabeza.

Después tomaron mate mirando el noticiario de la tarde. Una emisora sensacionalista se regodeó en los detalles excepcionalmente macabros de la matanza en la cervecería, con primeros planos de la cabeza destrozada de uno de los guardias y las grotescas poses de los cadáveres retorcidos, caídos junto a los escombros. Se había identificado a los muertos como hombres de la Agencia y los periodistas, con algunas excepciones, atribuían lo sucedido a la acción del grupo extremista "Comando Guevara" con asiento en el conurbano sur.

Quienes avalaban esta hipótesis se basaban en la ausencia no tanto de las armas, sino de los uniformes y del vehículo de Seguridad. Las excepciones eran esgrimidas por los medios más profesionales, para quienes semejante acción armada no cuajaba con las acciones hasta el momento exclusivamente propagandísticas de "Guevara".

De cualquier modo, la noticia competía en importancia con la efervescencia que crecía por momentos frente a la casa matriz de la cadena de hipermercados "Ambar" , en La Plata. La muchedumbre que protestaba frente a la catedral se había trasladado al amplio playón de estacionamiento del local y amenazaba con no abandonar el lugar hasta torcer la decisión de la gerencia de suspender el reparto gratuito de alimentos entre los más necesitados.

Tras las noticias, caminaron los dos kilómetros largos que separaban al aguantadero del pequeño mercadito que abastecía las necesidades primordiales del vecindario y compraron carne, huevos, pan y yerba. El dueño del negocio saludó a Lucy con el trato familiar dispensado a un antiguo cliente.

—¿Hace mucho que vivís en la zona? —preguntó Héctor cuando regresaban.

—Toda la vida. La casa era de mis viejos.

—¿Qué pasó con ellos?

—Murieron —se encogió de hombros como si no valiera la pena hablar del tema—. Mi viejo era pescador y tenía un bote en sociedad con un hermano. Un día los sorprendió una tormenta en medio del río y no volvieron más. Mi vieja murió algunos años después. A mis dos hermanos los mató la epidemia de meningitis cuando eran chicos.

—¿Y vos?

—¿Y yo qué?

—¿Cómo sobreviviste después de lo de tus viejos?

Ella lanzó una amarga carcajada.

—¿Cómo creés?

No hablaron más hasta llegar a la casa. Prepararon una cena de carne y huevos y se la comieron con el voraz apetito de los jóvenes, rebañando los platos con la miga del pan.

—¿Y Ratón, cuándo vuelve? —preguntó Héctor mientras la ayudaba a lavar la vajilla.

—No vuelve. Ratón es casado y con tres hijos chiquitos.

—¿Vivís sola aquí?

—A veces. Vení, vamos a la cama. Llevá el televisor a la pieza, que después vemos alguna película—. Lucy lanzó una carcajada ante la expresión del muchacho.

—¡Qué cara que pusiste! Te prometo que no te voy a violar mientras miramos la tele.

Héctor se puteó por ser tan pendejo y transparente. Le era imposible no dejarse sorprender por esta mina que lo gozaba, aprovechándose de su mayor edad y experiencia. Se prometió que la próxima vez no lo encontraría descuidado.

Pero después, abrazados desnudos bajo las sábanas calientes, con el televisor en un rincón destellando los colores y alegrías artificiales de un programa de entretenimientos con electrodomésticos como premios, tuvo que reconocer que ella fue dulce y paciente y que no se burló de su torpeza.

—¿Y Paulino, tampoco viene?

—Mirá que sos preguntón.

—Quiero saber. Estoy metido con ustedes y no sé en qué.

—Paulino viene cuando él lo decide. Paulino es el jefe y no somos quiénes para meternos en su vida. El viene y nos dice lo que tenemos que hacer.

—Contame algo de él.

—No. Apagá la tele que tengo sueño.

Afuera había caído la noche, el temporal de aguanieve continuaba y el viento murmuraba gravemente en el mimbral. Por momentos, una corriente de aire helado se filtraba por alguna abertura, aumentando el gozo de saberse calientes bajo las frazadas.

Lucy se arrebujó de costado, dándole la espalda. Héctor la abrazó, rodeándole un seno con la mano y apretando los genitales contra las firmes nalgas de la muchacha. Empezaba a excitarse nuevamente cuando el cansancio y la tensión del día pasado lo vencieron. El viento, la lluvia, el perfume de la carne caliente que abrazaba... se durmió convencido de que la vida, a pesar de todo, merecía ser vivida.

Cuando Héctor despertó, el día ya era nacido. Hacía más frío que la jornada anterior pero no llovía, y en el cielo el sol era toda una promesa. Desde la cocina llegaba el irresistible aroma de masa fritándose en grasa y la boca se le inundó con saliva

Tal parecía que Lucy estaba levantada desde un buen rato antes. Se había bañado (aún llevaba una toalla envolviendo los cabellos mojados) y amasado una pila de tortas que fritaba en grasa derretida dentro de una sartén abollada.

—Ya te iba a despertar. Cebá mate, hay agua caliente en la pava.

Héctor se acercó por detrás y la besó en el cuello. La muchacha se apartó con fastidio.

—Nene... que durmamos juntos está bien. Nos sacamos las ganas y no pasamos frío. Pero no empecés a comportarte como si yo fuera tu novia o algo así porque se pudre todo, ¿está claro? Andá, cebá mate.

Cebó la calabaza, tomó el primer mate él y se levantó para ofrecerle el segundo. Se lo alcanzó enfurruñado y en silencio, molesto y algo humillado por la brusquedad de ella. Lucy terminó de sacar la primera tanda de tortas y aceptó el mate. Sonrió. Y su sonrisa fue cálida y amigable.

—No te enojés, nene. Así soy yo y mejor que me conozcas. Está rico el mate. —Le tendió la calabaza vacía—. ¿Somos amigos?

—Me parece que va a ser difícil ser nada más que tu amigo. —Y se sintió bien cuando ella rió, encantada por el comentario.

Cuando terminó de fritar se sentó en la mesa frente a él.

—Contame algo de vos.

—¿Qué puedo contar? Tengo dieciséis años y es la primera vez que duermo una noche entera con una chica.

—No, zonzo, de eso ya me di cuenta anoche. Decime cómo es que sos tan buen falsificador. Cuando Paulino dice que algo no está mal, es que está bastante bien.

—Es una historia larga.

—Tenemos tiempo.

—Bueno, se puede decir que el oficio lo aprendí de mi padre. Mi viejo era un artista y pintaba muy bien, aunque no conseguía vender casi nada de lo que hacía. Entonces, al principio se ganaba la vida en las ferias haciendo trucos con las manos, cartas, prestidigitación y cosas así. Era muy bueno también en eso y me enseñó todo lo que él sabía. Eso me sirvió cuando quedé solo. Mendigaba a las puertas de los teatros y restaurantes de la Capital, me colgaba de los brazos de las gordas ricachonas y cuando se sacudían con asco, yo aprovechaba para abrirles las carteras. Con los tipos era un poco más difícil y algún sopapo ligaba de vez en cuando. Pero no me importaba un poco de sangre en la nariz si podía hacerme un reloj o una billetera.

—¡Qué guacho! —rió Lucy con ganas—. ¿Y cómo fue que aterrizaste por Quilmes?

—Es que todo fue más o menos bien mientras era pendejo. No era nada grosso y a los doce años representaba algunos menos, nueve o diez a lo sumo. Pero cuando crecí ya no pude acercarme a los platudos; siempre había alguno de Seguridad para frenarme. A un chico de la calle que se te prende de un brazo para limosnear queda feo pegarle, pero a un grandote que capaz tiene intenciones de afanarte, le podés dar sin asco que nadie te va a mirar mal ¿entendés?

—Sí que entiendo.

—Bueno. Entonces pasó que un día estaba un poco enfermo y con hambre y fui torpe. Me arriesgué demasiado... yo nunca me arriesgaba, ¿sabés? Si la mano venía difícil la dejaba pasar, ya habría otra oportunidad. Pero no había tirado un solo gancho en una semana y el último dólar lo había gastado en una salchicha el día anterior. Casi no salgo de esa paliza; me quebraron dos costillas y me hicieron puré la trompa. Pasé una semana en el hospital, donde la hubiera vivido glorioso si no fuera por el dolor. Calentito y comiendo todos los días.

—Lo que se dice un duque.

—Un duque, sí. Cuando salí, tuve que reconocer que debía cambiar de ramo, así que saqué del armario las herramientas de mi padre y las agregué a mi equipo portátil de computación, le pedí crédito al mafia que nos proveía de materiales cuando el viejo vivía y volví a casa con papel moneda y tintas. Fue glorioso cuando pasé mi primer billete de cinco dólares en un mercadito de Sarandí.

—¿Tu viejo también falsificaba?

—Claro, no te conté. Pasó que al viejo comenzaron a rajarlo de las ferias. Él hacía trampas con las cartas y con los otros jueguitos. No mucho, para pucherear nada más. La cana comenzó a perseguirlo y hubo alguna noche que se la tuvo que pasar guardado. Quiso volver a ser honrado y a vender lo que pintaba; pero aunque eran buenos nadie compraba sus cuadros. Entonces se le ocurrió hacer copias de obras de arte. No falsificaciones, nada de eso. El sabía que sus trabajos no podían pasar ningún examen. Hacía copias en tela de Goya, Picasso, Quinquela y todos esos y las vendía a familias de clase media, que no aspiraban a tener un Modigliani auténtico pero que pagaban bien algo que se le pareciera mucho. En tela y óleos, algo en que se pudiera palpar la textura, no una copia láser en simple papel. Esa gente la compraba por unos pocos dólares, la colgaba en su casa y después se reía de sus amigos cuando se sorprendían porque el tipo tenía un Rembrandt o un Van Gogh que parecían auténticos. Y muchas veces, tras aclararles que se trataba de una copia muy bien hecha, los enviaba al taller del viejo para que ellos también pudieran tener el cuadro de un famoso por poca plata. Fue la mejor época para la familia, no faltaba dinero, comíamos todos los días y hasta nos dábamos lujos. Mi vieja y yo ayudábamos pero el toque final a los cuadros se lo daba mi padre. Todo anduvo bien hasta que salieron las impresoras que imitaban todo, la tela y la textura de los materiales. Todo, hasta el olor del óleo, por dos dólares la copia. Otra vez la miseria y esta vez los viejos no se la quisieron aguantar; tomaron no sé qué mierda y se murieron juntos. Ese día a mí me mandaron a casa de unos tíos con una carta para que se las entregara. Allí explicaban lo que iban a hacer no bien yo saliera de casa y pedían que me tuvieran con ellos.

Héctor hizo una pausa. La bombilla resonó en la calabaza vacía y la volvió a llenar. La empujó sobre la superficie de la mesa hacia Lucy.

—Qué raro. En todos estos años nunca pensé mucho en mis viejos, salvo para odiarlos por haberme dejado solo.

Lucy se encogió de hombros.

—Todos los hemos odiado por algo. Por habernos traído a un mundo que no nos necesita para nada, por las miserias que pasamos, por las cosas que otros chicos tienen y nosotros no. Jamás pensamos que lo poco que nos dan es todo lo que tienen. Somos egoístas hasta que crecemos y comprendemos... cuando ya es tarde, claro.

—Mis tíos casi se vuelven locos —siguió Héctor retomando el hilo del relato—. A ellos tampoco les sobraba nada. Volvimos a casa a la carrera, pero ya era tarde. Se quedaron conmigo hasta cumplir con los trámites municipales para la cremación de indigentes y volvieron a su casa. Me quisieron llevar con ellos y yo me negué. Fue un alivio para ellos y no insistieron. Yo me quedé en la casa y cuando terminé la poca comida que había, salí y metí los ganchos por primera vez. Así hasta la paliza y después falsifiqué billetes de poco valor que cambiaba por comida lejos de casa. Un día me desalojaron a la fuerza porque la casa no pagaba impuestos desde hacía un montón de años o eso dijeron. Empecé a ocupar casas vacías allí donde podía, solo o con otros okupas y por el tiempo que nos dejaba Seguridad. Después las cosas se comenzaron a poner realmente feas, hasta que pasó lo de Quilmes.

Lucy asintió gravemente.

—Saliste del fuego para caer en las brasas; aquí fusilan a los okupas —dijo—. La gente se muda a las ciudades internas, pero pagan para que les cuiden las viviendas que dejan. La Agencia mata a los okupas porque si los sacan de una casa, al otro día están en otra. Muerto el perro se acaba la rabia y la policía mira para otro lado.

—¿Sabés lo que más quiero? Matar a todos los hijos de puta que viven en las ciudades internas. Y matar a todos los policías y a todos los de Seguridad.

—No seas pendejo, qué sabés vos de matar.

—Ustedes saben; yo también voy a saber.

—Eso si Paulino te deja con nosotros, que no es seguro. Comete otra torta frita y guardemos el resto, hasta la tarde no habrá más comida.

El resto del día Lucy lo pasó acomodando un uniforme a su talle y otro al de Héctor, que también aprovechó el día acondicionando las tarjetas de los guardias a las nuevas identidades. Al fin, cansado, salió a dar un paseo. Caminó hasta el río cercano y se entretuvo en la orilla barrosa haciendo rebotar piedras en el agua. Se encontró con algunos ranchos miserables; los más ostentosos tenían paredes y techos de chapas oxidadas y el resto cartón embreado y una enramada por encima. Los lugareños suspendían por un momento lo que estaban haciendo y lo miraban pasar; llegaban a la rápida conclusión de que el chico no tenía edad para ser policía o integrar algún otro cuerpo, oficial o revolucionario, y volvían a lo suyo sin prestarle más atención.

Cuando el sol empezó a declinar y el frío a presagiar helada para un par de horas más tarde, volvió a la casa de Lucy y tomaron mate acompañándolo con el resto de las tortas, mirando televisión y charlando de cosas insustanciales. Héctor se sentía tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Contarle su vida a la muchacha había sido toda una catarsis para él y se encontró con que el resentimiento hacia sus padres viraba hacia una confusa comprensión de los motivos que los habían empujado al suicidio.

—Se va a armar quilombo.

—¿Cómo? —preguntó Héctor que no estaba prestando atención. Lucy señaló el aparato de televisión con la calabaza.

—En La Plata seguro se va a armar quilombo.

Prestaron atención a la conferencia de prensa organizada por la gerencia de "Ambar", donde un directivo vertía graves acusaciones respecto a una sistemática campaña en contra de la empresa por parte del "Comando Guevara", lo que había desembocado en la decisión de suprimir el reparto gratuito de alimentos de primera necesidad a la franja de población calificada como "de media a extrema pobreza" .

Con la voz del empresario de fondo, la cámara inició un lento y dramático paneo de la aterida y ahora silenciosa multitud en la playa de estacionamiento, apretujada alrededor de varios tambores metálicos donde quemaban cajas de embalaje vacías para mitigar el frío. El camarógrafo varió el enfoque hacia la terraza del edificio, desde donde una batería de reflectores barría el playón con sus haces. Los guardias de la Agencia de Seguridad eran sombras ominosas de las que se desprendían por momentos el metálico brillo de las armas automáticas.

—No va a pasar nada —dijo Héctor—. Los del playón saben que si se hacen los locos los barren.

—No sé... tienen hambre, nene. Y están manijeados.

—¿Manijeados?

—Por los de "Guevara".

—¿Qué sabés vos del "Comando Guevara"?

—Eso, que son manijeadores. Como los políticos, como el gobierno, como los sindicalistas...

—Típico, así piensan las mujeres...

—No sos una autoridad en mujeres, nene. Lo digo con conocimiento.

—¡Qué graciosa!

—Típico. Así somos las mujeres.

Más tarde cocinaron fideos con algo de carne que sobró del día anterior y cuando el guiso estuvo a punto, Lucy llenó con él una olla pequeña.

—Vení, acompañame —pidió y ambos salieron a la noche y a la helada que se abatía sin misericordia sobre el rancherío miserable y desperdigado. Caminaron a oscuras doscientos metros por un sendero hasta divisar la amarillenta luz de una lámpara a kerosene. Llegaron a un rancho más ruinoso —si tal cosa pudiera ser posible— que los que Héctor había encontrado en su paseo de la tarde. Un perro flaco les salió al encuentro ladrando amenazador y moviendo la cola de contento al mismo tiempo. Un viejo de edad indefinida quedó enmarcado por la luz proveniente del interior al levantar la arpillera rotosa que hacía de puerta.

—Hola, don Guille —saludó la muchacha.

—¿Sos vos, Lucy?

—Le traigo un guisito para doña Octavia.

—Pasá, hija —dijo haciéndose a un lado y saludando a Héctor con un cauteloso movimiento de cabeza—. Justo terminábamos de cenar.

Y como disculpándose, señaló el esqueleto de un pescado espinudo yaciendo sobre una destartalada mesa de madera a la que estaba sentada una anciana de rostro apergaminado. A su lado, un brasero de lata quemaba un pedazo de tronco no muy seco que llenaba la miserable casucha con una niebla picante. Lucy se inclinó y besó a la vieja en la frente. Un par de ojos aguachentos se levantaron hasta los de la muchacha.

—Te reconoce —dijo el viejo—. A vos te reconoce. Sos la única a la que ella reconoce.

Lucy dejó la olla y un paquete hecho con papel de diario sobre la mesa.

—Sobró un poco de guiso, don Guille; está caliente todavía. En el paquetito hay algo de yerba.

—Si te quedás un rato hago mate.

—No; me voy, estoy apurada. Mañana vengo a buscar la olla.

—Siempre apurada vos.

—Siempre apurada, don Guille —la muchacha acarició con ternura la mejilla barbuda del viejo—. Cuídela a la Octavia.

Los dos jóvenes se apresuraron en el camino de regreso. Cuando estuvieron al abrigo de la cocina caldeada por la pantalla de la garrafa, Héctor le preguntó por aquellos dos viejos. Como podría haberlo previsto Lucy se encogió de hombros, otra vez hermética.

—Viejas deudas que deben ser pagadas. Nada que te interese.

Volvieron a calentar el guiso y comieron.

—¿Lucy?

—¿Qué?

—¿Sabés qué?

—¡Qué!

—Que no sos tan dura como me querés hacer creer.

—Andá a la mierda.

Dos días después regresaron Paulino y Ratón a bordo del Fairlane. Héctor estaba trabajando en la mesa de la cocina con las credenciales de los guardias muertos. El jefe de la banda, enfundado en su infaltable abrigo negro, estudió con ojo crítico el trabajo y no encontró fallas dignas de mención.

Lucy pidió a Paulino y a Ratón que se probaran los uniformes y Héctor se apresuró a recoger el abrigo del jefe y a extenderlo pulcramente en el respaldo de una silla.

Ratón sacó de una bolsa de supermercado una botella de whisky y buscó vasos. Después, le arrojó la bolsa a Lucy.

—Aquí hay algo para vos —le dijo. La muchacha la alcanzó al vuelo y metió la mano adentro. Sacó un puñado de coloridos paquetitos.

—¡Te acordaste! Me trajiste chicles, Ratón.

Le dio un aparatoso beso en la mejilla.

—¡Te amo, Ratón, sos un lujo!

—Traé hielo entonces.

—¡Hace frío!

—Vos traé cubitos, el whisky sin hielo no es whisky.

Después, mientras Lucy marcaba con tiza algunas correcciones al uniforme, Paulino probó de recoger su largo cabello negro en un apretado rodete. Tras embutirse el casco en la cabeza se volvió en busca de aprobación.

—Perfecto jefe. No se le nota para nada —le dijo Héctor.

—Bien, me hubiera dado pena tener que cortármelo.

—¿Para cuándo el golpe jefe?

Paulino lo miró entre curioso y divertido.

—¿Por qué hablás como un mafioso de película, nene? Y todavía no estoy seguro de tu participación en "el golpe", más allá de la falsificación de las tarjetas.


Ilustración: Verónica Delacroix

La respuesta de Paulino hizo que Héctor guardara silencio por un rato. —Voy a dar una vuelta —dijo al cabo.

Paulino lo observó mientras el muchacho abandonaba la vivienda y sonrió brevemente. Lucy meneó la cabeza.

—¿Será porque es demasiado pendejo, o es que nosotros nos estamos poniendo viejos? Yo también vivo retándolo.

Paulino se sentó a la mesa y tomó un trago de licor. Miró por donde Héctor había salido.

—Es impertinente y eso a mí no me gusta. Y decile que deje de llamarme "jefe" o le voy a moler el culo a patadas.

Héctor, que no se había alejado demasiado, sonrió al escuchar estas palabras. Extrajo de un bolsillo la billetera que sacara del abrigo de Paulino y la revisó rápidamente. Una tarjeta le llamó la atención y la estudió a conciencia. En la cintura había ocultado su "scanner" y lo usó para lograr una primera impresión del documento. Caminó un rato y volvió a entrar.

—La camioneta está casi lista —decía Ratón en ese momento—; anduvieron averiguando por todos los talleres de la zona y también en lo de Miguel, pero por supuesto no encontraron nada.

—Bien, nos veremos dentro de dos o tres días y daremos todos juntos un paseo por el lugar. Mientras, ustedes sigan trabajando en lo suyo.

—¿Ya te vas? —preguntó Lucy.

—Si, dejé a Fernando solo en casa. Arreglate con la plata que te dejé, Lucy, no quiero que te tientes y gastes más de la cuenta. Eso sería sospechoso.

Héctor se apresuró a tomar el sobretodo de Paulino, aprovechando para deslizar la billetera en el lugar de donde la sacó.

—Su abrigo jefe.

El hombre del pelo largo y la barba en candado lo miró con un gesto de exasperación pintado en el rostro. Héctor casi no resistió sonreír ante las señas desesperadas de Lucy para que cerrara la boca.

—Vos mejor que hablés menos y trabajés más. Quiero esas credenciales listas para una prueba dentro de tres o cuatro días. Por lo menos una.

—Las voy a tener listas a todas, pierda cuidado.

Cuando quedaron solos, la muchacha lo encaró enojada.

—Cuidá la lengua con Paulino. Lo estás haciendo enojar y a él eso no le gusta para nada. Si para cuando terminés las credenciales me pide que te pegue un tiro, no voy a dudar un instante, nene.

—¡Si no hago nada!

—No te hagás el boludo.

Esa noche tras la habitual gimnasia amorosa, Héctor le preguntó:

—¿Qué sabés de Paulino?

—¿Qué tendría que saber?

—No sé... dónde vive, quién es. Quisiera seguir con ustedes pero parece que no le caigo muy bien. Si lo conociera más, si supiera como es, sabría qué hacer para no cometer errores.

—Lo único que tenés que hacer es hablar sólo cuándo él te pregunte algo. Y basta de decir zonceras como: "¿cuándo vamos a dar el golpe jefe?"

Los dos rieron ante la imitación.

—¡Decime si eso no fue boludo! —preguntó Lucy muerta de risa.

—¡Reboludo fue! —y rieron hasta que les dolió el estómago.

—¡Parecía de una película de pistoleros!

—¡Quería parecer recio, eso quería!

De a poco se fue calmando la tempestad de carcajadas. Tras un silencio, Lucy dijo en un susurro:

—Le debo mucho a Paulino. Haría lo que sea por él.

—En un principio pensé que eras su mujer.

—¡Ojalá! Dormí con él un par de veces, pero se lo tuve que pedir.

—A lo mejor no le gustan demasiado las mujeres.

—No es maricón, si eso querés decir.

—¿Cómo lo conociste?

—A través de Ratón. Iban a secuestrar a un ricacho de Interna Ituzaingó y necesitaban un aguantadero seguro. Lo tuve al tipo en casa, cuidándolo diez días con los ojos vendados hasta que pagaron. A Paulino le gustó la gente del lugar porque aquí nadie buchonea. Después seguí con ellos; me enseñaron a manejar, a disparar... y a obedecer órdenes sin abrir la boca.

—¿Y a Ratón cómo lo conociste?

—Me lo levanté en Berazategui. Había salido de joda y estaba medio en pedo, así que aproveché y me lo traje aquí.

—¿Te levantaste a Ratón?

—Entonces trabajaba de puta. ¿Qué creías, qué era maestra jardinera? Al día siguiente me prometió plata si podía usar la casa de vez en cuando para guardar cosas. Ratón robaba autos y motos, los desarmaba y vendía las piezas. Nunca le pregunté cómo hizo junta con Paulino.

—¡Y yo que pensaba que mi vida era todo un drama!

—Preguntale a diez personas y nueve te van a contar cosas peores que lo tuyo o lo mío. Cuando murió mi padre, como aportaba al gremio Independiente, con la vieja comimos un año con la plata que pagó el seguro y el pescado que nos regalaban vecinos como don Guille. Mi madre pateaba Quilmes haciendo changas de limpieza pero estaba débil y enferma, así que terminamos las dos en una esquina pidiendo limosnas hasta que un tipo, un gordo bien vestido y perfumado bajó de un cochazo y le ofreció a mi vieja quinientos dólares por llevarme a su casa un par de días. Si resultaba que yo era virgen, le daría otros quinientos.

—¿Qué le contestó tu vieja?

—Imaginate, yo tenía nueve años pero ya era crecidita. Y sí; era virgen. La vieja estaba tan indignada que no podía ni hablar, así que me adelanté y sin pensarlo dos veces le pedí al tipo los quinientos, se los tiré en la falda a mi madre y antes de que pudiera reaccionar me subí al coche.

—¡Qué hijo de puta!

—¿Por qué? Si no era él sería otro más tarde o más temprano. Y el gordo se portó de lo más bien conmigo. Me llevó a un departamento de Quilmes Externo, me bañó, me perfumó y me regaló ropa además de toda la comida que pude tragar durante esos dos días. El tipo tenía una verga chiquita así que no me dolió demasiado y además, como era medio impotente, no fueron muchas las veces. Después de los dos días me dejó a un par de cuadras de donde pedía limosna mi madre y me puso los otros quinientos en una carterita que también me regaló. Me explicó que en tal y tal día, dos veces cada mes, él me esperaría a tal hora en esa misma esquina y que me daría quinientos dólares cada vez.

—¿Y tu madre, que dijo?

—Lloraba la pobre. Y tenía vergüenza de mirarme a la cara. Pero después se acostumbró y ya no tuvo que pedir limosna hasta que murió. Yo, dos veces por mes me vestía con las ropas que me regalaba el gordo y lo iba a esperar a esa esquina. Después de ésta, fue la mejor época de mi vida y hasta ahorraba algo. Lástima que transcurrido un año más o menos el tipo no volvió más a buscarme. No sé si se aburrió o se murió, ya que al final cada erección le costaba un triunfo. Yo le preguntaba a las putas mayores cómo hacer para excitarlo.

—Y después seguiste...

Lucy se encogió de hombros con ese, su particular ademán.

—Ganaba más plata que otros metiendo los dedos en las carteras de las gordas ricachonas. Y nunca me rompieron las costillas a patadas.

A los tres días volvieron Paulino y Ratón, esta vez acompañados por Fernando, el hermano idiota de Paulino. Era casi mediodía, así que habían pasado por una rotisería y comprado dos pollos, una gran bandeja de papas fritas y una botella de vino blanco. Mientras Lucy trozaba los pollos, Héctor mostraba los adelantos en las credenciales utilizando palabras medidas y sin hacerse para nada el gracioso.

—Esta ya está lista, Paulino —dijo—. Podés probarla en cualquier puerta con cerradura magnética. Y en dos días más, te modifico la banda magnética para que las puertas singulares te reconozcan como integrante de la Agencia y no suelten la alarma.

—Si resultan, la cosa se va a simplificar.

—Va a resultar, te lo aseguro.

Paulino blandió la tarjeta plástica, golpeando con ella el dorso de la otra mano.

—Veremos, en unos días te felicito o te rajo de aquí con una patada en el culo. Ahora vamos a comer y luego haremos un reconocimiento del lugar.

Una hora más tarde abandonaban la casa a bordo del Fairlane, dejando a la derecha las ennegrecidas ruinas de la Maltería de Hudson. Enfilaron luego hacia la zona residencial, pasando por debajo de las estilizadas columnas que soportaban el peso de la nueva autopista tubo y atravesaron un puente sobre el ancho y profundo canal que conectaba al río con el lago construido en el centro mismo del más exclusivo country levantado en el sur de Buenos Aires. Toda la zona en diez kilómetros a la redonda del country amurallado había sido expropiada. Pesada maquinaria vial trabajaba las veinticuatro horas del día transformando el paisaje en una pradera con colinas de suaves pendientes, dando forma al faraónico proyecto de un parque privado que, se decía, sería único en el mundo.

Con un brusco movimiento del volante, Ratón hizo que el Fairlane abandonara el camino relativamente parejo que conducía a La Plata y haciendo caso omiso del cartel que prohibía la entrada a particulares, se internara por el que utilizaba la empresa constructora, apenas una huella para el tránsito de camiones.

A ambos lados del camino algunas cuadrillas dispersas los miraron pasar. Pero como era domingo, día en que trabajaba tan sólo el personal de algún contratista urgido por los plazos de entrega, el destartalado automóvil no despertó sospechas en los escasos vigilantes de obra. Los contratistas los tenían acostumbrados a verlos pasar montados en chatarras más estrafalarias que el oxidado Fairlane color crema que ahora frenaba la marcha en una zona ubicada a unos quinientos metros del portón de entrada al country. Los cinco ocupantes bajaron, Paulino y Lucy encasquetados de blanco, color que identifica al personal jerárquico, y los otros tres con los cascos amarillos de los obreros. Abrieron el baúl del Fairlane, y con mucha aparatosidad comenzaron a descargar una serie de herramientas entre las que se destacaban un teodolito y una regla extensible, de los usados en agrimensura.

Entre Ratón y Fernando montaron el instrumento de medición en el trípode correspondiente mientras Héctor corría con la regla y la plantaba a unos cincuenta metros de allí, entre el teodolito y el portón de acceso al country. Paulino aplicó un ojo a la lente del instrumento y empezó a cantar cifras a Lucy, que tomaba notas en una hoja fijada a una tablilla. Con gestos ampulosos, Paulino indicó a Héctor el desplazamiento de la regla a izquierda o derecha, según sus necesidades.

Y mientras, no dejaba de accionar el interruptor de la cámara fotográfica camuflada como teodolito.

Quince minutos más tarde, desmontaban los instrumentos y los guardaban en el baúl del auto justo a tiempo, ya que un vigilador más celoso de su función o simplemente más curioso que el resto de sus compañeros se dirigía hacia ellos. El Fairlane maniobró para volver por donde había llegado y cuando lo cruzaron, Paulino saludó con un vago ademán de la mano al hombre, haciendo como que confundía con un saludo la evidente seña del hombre que había levantado el brazo para detenerlos. Este abrió la boca para gritar la orden, pero la volvió a cerrar y se encogió de hombros. ¡Qué carajo!, dentro de una hora terminaba su turno y mañana le tocaba franco. No era un buen momento para enredarse en una discusión.

Ratón llevó a Lucy y a Héctor hasta la casa de Hudson, y Paulino se despidió sin bajarse del auto. Planeaba regresar cuando hubiera revisado las fotos; entonces pulirían los detalles del plan de acción.

—Vos —dijo asomándose por la ventanilla y señalando con un dedo a Héctor—. A vos se te acaba el tiempo. Trabajá de firme en las credenciales, las quiero lo antes posible. El tiempo que nos queda ya no depende de nosotros.

—Las tendrás jefe... eh... Paulino, no hay problema.

—¡Qué pendejo sos! —no pudo menos que decirle Lucy mirando alejarse al Fairlane.

—Se me escapó.

—"Se me escapó" —remedó ella y ambos rieron.

Ratón condujo hasta Bernal Externo, donde Paulino y su hermano descendieron frente a una moderna y bien vigilada remisería VIP. El jefe de la banda se despojó del viejo sobretodo negro y lo arrojó descuidadamente sobre el asiento trasero, de donde sacó un bolso de viaje que se echó al hombro.

—¿Volvés a tu casa? —le preguntó a Ratón a través de la ventanilla abierta.

—Paso primero por lo de Miguel. Capaz que la camioneta está lista y quiero probarla para tomarle la mano.

—Andá con cuidado.

—Más bien.

El Fairlane arrancó y Paulino hizo una seña a Fernando para que lo siguiera al interior del negocio, donde contrató un coche hasta el acceso a la autopista tubo más cercano. El ramal que uniría Capital Interna con La Plata Interna estaba provisoriamente habilitado hasta Quilmes Interno, por lo que los accesos estaban todavía en proceso de construcción. No obstante, un ascensor los llevó veinte metros por encima de la superficie, hasta el moderno bar del andén que bordeaba los monorrieles principales donde, a intervalos regulares, un suave trepidar en creciente culminaba con el fugaz relámpago de los vehículos impulsados por aire comprimido sobre el riel entubado. Los dos hombres, tras pasar una media hora en el bar, abordaron una de las varias cápsulas libres estacionadas a la vera del tubo y tomaron asiento en dos de los cuatro cómodos sillones con que contaba la cápsula. Paulino deslizó una tarjeta de banda magnética por la ranura de un scanner y esperó a que se encendiera la luz verde. El proceso era automático y la luz era nada más que una advertencia de que a partir de ella comenzaría el viaje.

Al encenderse la luz, un desviador impulsó el aire del conducto principal por un camino alternativo hasta que la cápsula fue posicionada en el tubo por un brazo neumático. Pese a que la aceleración fue casi instantánea, los pasajeros en el interior de la cápsula apenas experimentaron una leve opresión que los impulsó contra el mullido respaldo de los sillones anatómicos.

Diez minutos más tarde se detenía con un leve siseo en la imponente terminal de Capital Interna.

—¿Cuánto nos tocará a cada uno, Lucy? —preguntó Héctor, acostado de espaldas en la cama y los brazos como almohada.

—¿Todavía no sabés si entrás y ya estás contando las ganancias?

—Yo hice mi parte.

—Ya veremos si la hiciste.

—¿Creés que Paulino necesita probar las tarjetas? Soy un maestro, nena, un artista.

—Realmente me hartás cuando hablás así. No sé por qué te aguanto.

—¿Será porque no tenés otro a mano?

—Será. Ahora dormite y no rompas más, por favor.

—¿Mañana viene Paulino?

—Eso dijo, ¿no?

—¿Y para cuándo pensás que vamos a dar el golpe?

—¡Por Dios, qué pendejo pesado!


Tras dejar a Paulino en la remisería, Ratón condujo al Fairlane hasta un suburbio de Bernal de fama más que dudosa. Era la zona donde Miguel, el mecánico especialista en "disfrazar" cualquier mercadería motorizada que le trajeran, había instalado su taller.

Recibió a Ratón en la puerta de su negocio. Lucía desastroso, los ojos enrojecidos y se tambaleaba de cansancio. Interrumpió con un ademán impaciente el comentario que sobre su aspecto intentó esbozar Ratón.

—Tino, no hay ningún tiempo; la cana anduvo por aquí preguntando por vos. El oficial era Saucedo y, si vino él, no hay duda de que es un aviso para que te "limpiés" antes del anochecer.

—¡La puta madre! ¿Y la camioneta?

—Lista. Ya cargué la moto atrás. Tenés que sacarla ahora, hermano, esto quema. ¿Cómo está el tiempo?

—No va a llover, creo.

—Si llueve estás cagado, va a desteñir con el agua. Un día más y haría falta detergente, pero no tenemos un día más.

—Es media tarde. Si te ven cuando la sacás...

—Es que no llegás a medianoche Tino. ¿Sabés eso, no?

—Ya sé.

—Esperame dentro de una hora donde siempre.

—¿Tanto?

—Estoy solo, tengo que cerrar y tomar alguna precaución.

—¿Querés que te ayude?

Miguel clavó en Ratón un par de ojos cansados y se pasó una mano grasienta por el revoltijo de cabellos entrecanos de su cabeza.

—Hermano, esta noche tenés apriete. Mejor que no conozcas la entrada al "salón de belleza".

—Sí, perdoná, no sé lo que digo —musitó Ratón. Miguel no le mostraría ni a su madre la entrada secreta a lo que él llamaba su "salón de belleza", el bunker subterráneo donde disfrazaba los vehículos robados. Si Ratón había mencionado la posibilidad, fue sin pensarlo y sólo debido al miedo que ya comenzaba a trepar desde su bajo vientre para irse acumulando poco a poco en un nudo cada vez más denso que amenazaba con cerrarle la garganta. Sin una palabra más, abordó el Fairlane y se alejó del lugar. Necesitaba un teléfono público. Y lo necesitaba rápido.

Una hora y diez minutos más tarde, Miguel llegaba a bordo de la camioneta robada al lugar de la cita con Ratón. Este lo esperaba estacionado al costado de una calle de tierra que orillaba un sucio caserío de extrema pobreza.

El vehículo estaba irreconocible, pintado con los colores chillones de una conocida marca de salchichas. De hecho, una enorme salchicha de plástico inflado declamaba sus virtudes en letras rojas, sujeta al techo por un montante, y las austeras líneas rectas de la carrocería lucían aerodinámicamente redondeadas.

—Todo es mierda pegada con moco —se apresuró a explicar Miguel al tiempo que se retrepaba en el asiento al volante del Fairlane—. Y la pintura sale con un poco de agua. Andate ahora, Tino, tengo el "salón" desocupado y voy a aguantar al Fairlane ahí.

Sin más que un último apretón de manos pusieron los motores en marcha y partieron cada cual por su lado.

Ratón condujo cuidadosamente hasta el aguantadero de Hudson.

—Hay que apurarse, me busca la cana —dijo a unos todavía adormilados Lucy y Héctor.

—¿La policía? ¿Por qué...?

—No pregunten, ya hablé con Paulino. Ayúdenme con la moto y después lleven la camioneta atrás y la tapan con la lona. Paulino no vendrá hoy.

Bajaron la moto de Ratón de la parte trasera de la camioneta.

—Me voy a casa —les dijo—. Es necesario que me encuentren allí, no quiero que lastimen a la Negra o a los chicos. Mañana, o a más tardar pasado tendrán noticias.

Los dos asintieron en silencio y, atribulados, vieron desaparecer la moto en el recodo del camino.

—¿Qué habrá pasado?

—Seguro están apretando a todos los chorros conocidos por lo de la camioneta.

—¿Y si Ratón habla?

—Ratón aguanta. Ojalá Paulino pueda hacer algo antes de que lo quiebren.

Las sombras caían sobre Quilmes Externo faltando una hora para el toque de queda. Ratón transitó las calles en el momento en que se verificaba una inusitada actividad. Automóviles desvencijados, camiones, camionetas y antiguos colectivos, luciendo una variada gama de pinturas descascaradas y ventanillas rotas, traqueteaban al ritmo asmático de sus motores casi fundidos, vomitando por las aceitosas bocas de los tubos de escape el humo del combustible mal quemado. Eran los contratistas, que devolvían amasijos de músculos y tendones doloridos para que reposaran el esfuerzo animal del día. Eran los dueños del poco trabajo existente, que descargaban piernas envaradas, rostros abotagados de expresiones apagadas y manos agrietadas para que recuperaran, con una sopa caliente y algunas horas de sueño, el atisbo de humanidad que los distinguiera del hieratismo de un pico o de una pala. Eran los magnánimos dadores del pan de cada día, que descargaban cerebros cuyas neuronas, embrutecidas por el cansancio crónico, no lograban calibrar adecuadamente la equivalencia de lo que daban con lo que recibían.

Ratón circuló con cuidado para no atropellar a los cansados changadores que cruzaban la calle sin mirar, tambaleándose rumbo adonde los esperaban sus hijos y mujeres.

Al fin llegó hasta su hogar, una cómoda casita ubicada en un suburbio algo más limpio y digno que el común de la zona. Un suspiro de alivio se escapó de entre sus dientes apretados cuando salió a recibirlo su mujer con una sonrisa en la cara y un beso dibujado en los labios.

—¿Los chicos?

—Adentro.

Ratón respondió al fugaz beso en la mejilla y dedicó la media hora siguiente a escuchar el parloteo excitado de sus cachorros, buscando y encontrando en la redondez de sus vientres bien alimentados la confirmación que necesitaba para afrontar una noche que sabía dura, aunque no más que otras que ya había vivido.

—Negra —dijo al fin—, hacé la cena temprano y acostá a los chicos.

—¿Qué pasa, Tino?

—Me va a venir a buscar Saucedo.

La mujer se llevó una mano a la boca. A sus ojos asomaron las lágrimas.

—Tranquila, Negra. Es Saucedo, con él está todo bien.

—La última vez te pegó.

—Tiene que hacer su trabajo, tiene que disimular delante de los jefes.

Cenaron un guiso que ostentaba el lujo de la carne y la naturalidad de los tomates; los niños con el apetito entrenado por la costumbre de las cuatro comidas diarias, Ratón obligando a cada bocado a pasar por el nudo de angustia y miedo de su garganta y la Negra, su mujer, tragando lágrimas para no verterlas. Cuando los chicos se fueron a la cama tras cumplir con el ritual de protestas y lloros, Tino y la Negra se ayudaron para lavar la vajilla.

Se sentaron luego en un viejo y cómodo sillón frente al televisor, encendido por costumbre en el canal de las noticias. Empeoraba la situación en La Plata a cada hora que pasaba. Los guardias de la Agencia habían limpiado la playa de estacionamiento mediante el expeditivo e indiscriminado uso de gases y balas de goma. Ahora la cada vez más enardecida muchedumbre se agolpaba en una plaza cercana; habían renacido las fogatas y grandes ollas negras de hollín borboteaban cociendo un puchero con provisiones que aparecieron nadie sabía de dónde. En una improvisada tribuna, los oradores se sucedían arengando a la multitud. La instaban a pasar sin más a la acción mientras que, a prudente distancia, un cordón policial apretaba filas y porras tras los escudos de plástico reforzado.

La Negra apagó el televisor y se apretó contra el cuerpo de su marido.

—Hasta cuándo, Tino...

—Pronto, Negra, muy pronto...

—Pronto no. ¡Ya tendría que ser!

—Aguantamos un poco más y nos volvemos a Tucumán, Negrita. Compraremos un campo y vamos a cosechar caña. Vamos a tener una casa cómoda y amplia y una huerta.

—Y un gallinero con patos y gallinas. Y pavos, ¿sí Tino? Se venden bien los pavos.

—Sí, se venden bien los pavos.

—Tendrá que haber una escuela cerca.

—Claro.

Cuando en la puerta resonaron golpes recios e imperativos, Ratón buscó alivio para su miedo en la fortaleza de su mujer y la encontró. La Negra respiró hondo y limpió de un manotazo sus lágrimas torciendo la boca en un gesto despectivo. Ningún policía hijo de puta tendría la satisfacción de verla llorar ni aunque le trajeran en una bolsa de plástico el cadáver de su marido. Con paso firme se dirigió a abrir la puerta.

Era casi medianoche. Ratón veía desfilar las calles de Quilmes Externo sentado en el asiento posterior del móvil policial. La ciudad lucía oscura y silenciosa, sólo habitada en algunas esquinas por grupos de muchachos y chicas que haciendo caso omiso del toque de queda se pasaban de mano en mano algún porro o una botella y miraban pasar a la odiada policía con una insolente mueca de desprecio en el rostro.

El vehículo penetró directamente en el garaje de la seccional y sus turbinas se detuvieron con un gemido decreciente. Ratón, esposado, fue obligado de mala manera a abandonarlo. Lo llevaron directamente al sótano sin pasar por la oficina donde deberían asentar su entrada.

"Esto viene con mala leche" pensó Ratón mientras bajaba a los trompicones la escalera, sudando a pesar del frío y de la humedad que rezumaban las paredes. Al pie de la escalera lo esperaba el oficial Saucedo y su presencia lo tranquilizó algo. Había hecho algunos trabajitos para Saucedo en el pasado y también había buchoneado en ocasión de algún apriete. Justificado, ya que Tino no era un tipo de aguante y él era el primero en reconocerlo.

—¿Qué pasa, oficial, por qué me han traído? —le preguntó tratando de dar a su voz un tono sumiso y obsequioso—. ¿Es que me necesita usted para algo? Ya sabe que estoy a sus...

La trompada le dio de lleno en la cara y lo hizo retroceder. Tropezó y cayó, golpeándose dolorosamente la cabeza contra un escalón. Un chorro de sangre brotó de su nariz, quebrada por el golpe.

—No te hagás el boludo, Ratón, te lo advierto por primera y única vez. ¡No te hagás el boludo conmigo!

Lo arrastraron hasta el centro del sótano. Un par de sillas y un viejo escritorio con una potente lámpara encima eran los únicos muebles del lugar. Eso sin contar el ominoso enrejado metálico apoyado contra una pared y el par de antiguas baterías arrumbadas en un rincón.

Saucedo lo levantó de los cabellos y lo obligó a mirarlo a la cara.

—No quiero una noche larga, Ratón.

—Yo tampoco, señor —susurró Tino con voz temblorosa.

—Decime dónde está la camioneta.

—¿Cuál camioneta, oficial?

Esta vez la trompada la recibió en el estómago y se derrumbó boqueando en busca de aire. Los dos policías que lo habían trasladado hasta la seccional lo patearon en la cara, en las costillas, en el culo y en los riñones. La paliza fue a conciencia y cuando terminaron lo llevaron a rastras y lo sentaron en una silla. Saucedo se puso en cuclillas frente a él.

—Decime dónde está la camioneta y quiénes fueron, hijo de puta. Si vos no lo sabés no lo sabe nadie en Quilmes. Tengo que tirarles un hueso a los desgraciados de la Agencia y no me importa si ese hueso sos vos.

—¡Se lo juro por mis hijos, Oficial!

—No me jurés por tu camada de negritos ni por nada, la puta que te parió. Te voy a cocer los huevos, Ratón. Te los voy a picanear tanto que ni mear vas a poder en lo que te resta de vida.

—¡Por favor, señor! ¡Si usted sabe que no aguanto que me peguen! Si supiera algo ya lo hubiera dicho.

En ese momento, un policía se asomó a la puerta del sótano.

—Oficial Saucedo...

—¡Qué carajo te pasa! ¿No te he dicho que no quiero que me interrumpan?

—El comisario Balbuena, señor. Está aquí, lo hice pasar a su despacho.

—¡Y qué mierda hace Balbuena en Quilmes!

—Quiere verlo a usted, Oficial.

—Decile que espere.

—Quiere verlo ahora.


Ilustración: Verónica Delacroix

Saucedo suspiró y se dirigió a sus subalternos, señalando con un dedo a Ratón.

—Me lo dejan en pelotas y lo atan al enrejado. Despacho a ese ortiva y vuelvo.

Subió puteando las escaleras, pero cuando llegó ante la puerta cerrada de su despacho recompuso el rostro con una sonrisa de compromiso. No sabía a qué carajo se debía la visita del comisario capitalino, pero era un tipo de cuidado. Al menos, para un Oficial Principal a cargo de una comisaría ubicada en una zona periférica.

Abrió la puerta. Balbuena estaba sentado en el sillón tras el escritorio, y no dio muestras de ceder el lugar que le correspondía a Saucedo.

—Buenas noches, Balbuena —saludó salteándose el protocolo debido a un superior, ya que era obvio que la visita no se debía a ningún asunto oficial.

—Que tal, Saucedo. No te sentés, lo que me trae no nos va a llevar mucho tiempo.

Saucedo sintió que la sangre le subía a la cara al ser puesto de tan mala manera en su lugar. Para disimular, extrajo un cigarrillo y lo encendió. Exhaló una nube de humo en dirección al visitante, un cincuentón de aspecto recio a pesar del estómago incipiente y la calva lustrosa, enmarcada por una mata de cabello entrecano creciendo en las sienes y en la parte posterior de la cabeza.

—¿Y qué te trae por aquí?

—Estás apretando a uno de mis hombres.

—¿Ratón es tuyo? —preguntó incrédulo Saucedo. Ni se le ocurrió preguntar cómo sabía de la presencia del ladrón en el lugar.

Balbuena se levantó del sillón y sonrió. Cuando se lo proponía, el comisario pintaba una sonrisa simpática en su rostro bien afeitado. Casi amigable, de no ser por la dureza que se adivinaba en los ojos y que daba al traste con esa primera buena impresión. Ahora sonreía de esa manera.

—Afirmativo, Oficial Principal, es hombre mío.

—Estoy investigando el robo de la camioneta de la Agencia, en el asunto de los guardias muertos en la cervecería. Ratón debe saber...

La sonrisa en el rostro del comisario se ensanchó.

—¿Y qué nos importa a nosotros la muerte de un par de perros?

—Ya te dije, Balbuena, que me encajaron a mí la investigación.

—Si yo pudiera hacer algo al respecto lo haría, Saucedo —Balbuena se levantó, rodeó el escritorio y palmeó al Principal amigablemente en un hombro: —Pero sabés que estoy en Planificación, y esto no entra en mi área de influencia —dijo en voz baja y agregó—: A propósito: el Jefe me pidió que le busque un reemplazante para el Asentamiento Ardigó; el último Principal duró vivo menos de seis meses y fue un récord.

¡El hijo de mil putas! Saucedo abrió la boca para mandarlo a la mismísima puta madre pero Balbuena lo atajó con un movimiento conciliador de sus manos:

—Más bien que estoy tachando el nombre de mis conocidos. Ya encontraré algún oficialito que se haya mandado alguna cagada últimamente.

Volvió a palmear al Oficial en la espalda y le regaló otra de sus famosas sonrisas.

—Me tengo que ir, Saucedo. Disculpá la visita a estas horas, pero en serio que lo necesito al Ratón; está haciendo un trabajito de inteligencia para mí.

Abrió la puerta del despacho, deteniéndose con la mano ya en el pomo.

—Saucedo: lo necesito sano. O lo más sano que esté en este momento.

Cerró con cuidado la puerta tras de sí, sólo para volver a abrirla de inmediato.

—Ah... quedate tranquilo con lo del Asentamiento Ardigó. Todavía no te taché de la lista, pero sólo porque estás casi al final del abecedario—. Le guiñó un ojo y lo saludó levantando el pulgar.

El Oficial Principal Saucedo ni se dignó devolver el saludo. Se llevó el cigarrillo a los labios, pero lo que aspiró fue el amargo sabor de un filtro apagado. Lo arrojó contra la pared, furioso.

—¡Hijo de puta! ¡Pero qué hijo de mil putas!


Al mediodía del día siguiente Paulino, Fernando y Ratón llegaron a bordo del Fairlane al aguantadero de Hudson. Tino se movía con dificultad y lucía un grueso vendaje en la nariz quebrada. Recibió sin protestar los aspavientos y mimos de Lucy y contestó con una mirada feroz a un burlón comentario de Héctor.

Paulino cortó la charla con un gesto imperioso de su mano. Había encendido el televisor y escuchaba la voz impostadamente grave del locutor del noticioso que desde La Plata, con la multitud en la plaza como fondo, leía un manifiesto del "Comando Guevara" donde instaban a los hambrientos a armarse con lo que encontraran a mano y asaltar sin más las instalaciones del hipermercado "Ambar".

La empresa, por su parte, había solicitado refuerzos a la Agencia de Seguridad y la cantidad de efectivos armados en la terraza del edificio era ciertamente ominosa. Así y todo, en un rápido cálculo y tomando en cuenta noticias que afirmaban haber avistado nuevas columnas de desposeídos movilizándose desde los asentamientos aledaños hacia La Plata, los efectivos de seguridad serían superados en una proporción de cincuenta a uno antes del amanecer del día siguiente.

Las cámaras del canal apostadas en las terrazas de los edificios lindantes realizaban aproximaciones que mostraban, mezclados entre la cada vez más enardecida turba, a efectivos de "Guevara" encapuchados y armados con fusiles, ametralladoras y algunos lanzagranadas. Tal parecía que el "Comando" había decidido de repente abandonar la actitud puramente declamativa y pasar a la acción directa.

Paulino les señaló la pantalla.

—Se nos acaba el tiempo. Esto va a reventar a más tardar en la madrugada de mañana y ese va a ser nuestro momento.

Arrojó sobre la mesa las fotos del country obtenidas el día anterior y les pidió que rodearan la mesa.

—Este es nuestro objetivo —dijo señalando una mansión ubicada a casi mil metros de la entrada—. Pertenece al dueño de "Ambar", un viejo que vive solo y que desde que comenzaron los incidentes se ha recluido allí. En la caja fuerte guarda un fajo de valores cobrables por el portador que retiró del banco del hipermercado en previsión de lo peor y la casa está llena de obras de arte. Todo fácilmente reducible en los "lavaderos".

—¿Por qué no depositó los valores en un banco? —preguntó Héctor.

—Porque cualquier ladrón pensaría que los ha depositado en un banco. Los chorros saben que los que viven en los countries no utilizan efectivo ni guardan fortunas en sus casas. Y nadie va a tomar por asalto a una fortaleza custodiada por la Agencia sólo para robar algunos cuadros o jarrones.

—¿Y cómo sabés todo eso? —volvió a interrumpir Héctor—. No me digas que vos organizaste el quilombo en La Plata como distracción para que podamos dar el golpe.

Paulino suspiró y miró a Héctor con esa, su expresión permanentemente severa. Un rayo de sol invernal que penetraba por la ventana nimbaba su cabeza, semejándolo a un Cristo de largos cabellos negros.

—Tu presencia fue un golpe de suerte para nosotros, nene. Ya tenía un plan para entrar en el country pero tu habilidad de falsificador simplificó la cosa. Así y todo, no eras parte en esto. Te ibas a quedar aquí, encadenado hasta que volviéramos. Después te iba a llenar un bolsillo con dólares y te iba a desear toda la suerte del mundo.

—Pero lo estropearon a Ratón...

—Pero lo estropearon a Tino y estás adentro. Ya ves que también tuviste tu golpe de suerte. Y si sos lo suficientemente inteligente como para no insistir en preguntar lo que no te voy a contestar, tal vez decida que tu suerte se prolongue un tiempo más. ¿Captás el mensaje?

—Todo claro jefe, claro y lisito... eh... ¿no te molesta que te diga jefe? Se me pegó.

Paulino meneó la cabeza y a sus labios asomó el esbozo de la primera sonrisa que Héctor le conociera.

—Llamame como quieras, nene, ya me tenés pelotudo.

Pasaron el resto del día ocupados en diferentes menesteres. Paulino desarmó, limpió y engrasó el arsenal de la banda con eficiencia que mostraba una larga práctica; Lucy le dio el toque final a los uniformes y Héctor se dedicó a la camioneta, supervisado por Tino. Desmontó con facilidad los accesorios con los que la disfrazara Miguel y le quitó con agua y detergente la brillante pintura que la cubría. Caía la noche cuando volvieron a cubrirla con la lona y algunas ramas de mimbre.

—¿Te animás a manejar mi moto? —le preguntó Ratón. Y como Héctor asintiera:

—Me vas a acompañar, entonces.

Ratón se puso al volante del Fairlane y arrancó, indicando al muchacho que lo siguiera a unos trescientos metros. Utilizando caminos secundarios casi destruidos y llenos de pozos, llegaron hasta las ruinas de una antigua estación de ferrocarril vecina al Asentamiento Bosques.

Estacionaron el Fairlane tras el edificio de la estación y Tino llamó con tres bocinazos cortos y uno largo. Como vomitado por las primeras sombras de la noche, un hombre gordo y mal entrazado surgió de una de las casillas del asentamiento.

—¿Sos vos, Ratón?

—¿Cómo va, Panza?

—Tirando. ¿Te guardo el coche?

—Sí. Y ponele guardia toda la noche. No quiero encontrarlo desarmado por la mañana.

—Acá somos todos honestos, ninguno es policía. Son dos de cien.

—¿Subiste los precios?

—Todo sube hermano.

Tino le pasó tres billetes de cien dólares cada uno

—El otro es para que me tengas el lugar despejado mañana, cuando lo venga a buscar.

—Quedate tranquilo. Al que se levante a mear antes del mediodía le corto el pito.

—Me quedo tranquilo. Chau, Panza.

El gordo agitó en el aire los billetes como despedida. Tino subió a horcajadas en la moto tras Héctor.

—No agarrés pozos, nene, estoy todo roto.

—Vamos a ir por lo liso, Ratón.

La moto petardeó y tomó el camino de vuelta.

—¡No agarrés pozos te dije!

—Disculpá no lo vi,

—¡Ay!

—A ese tampoco lo vi.


Llegaron a casa de Lucy y encontraron a todos rodeando el aparato de televisor.

—¿Qué pasa, se arma nomás? —preguntó Héctor.

Nadie le contestó porque las imágenes retransmitidas desde la plaza situada a pocas cuadras del edificio de "Ambar" eran de por sí elocuentes. La muchedumbre avanzaba lentamente, como una muralla compacta, sobre la formación policial. Ésta, en principio apretó filas para comenzar luego a retroceder ordenadamente buscando la protección de un par de tanquetas de asalto armadas con ametralladoras. Había algo de estremecedor en ese muro de carne que avanzaba de manera inexorable en un silencio ominoso. Hasta la voz en off del locutor se había transformado en un susurro entrecortado, ganado él también por la atmósfera densa y recargada.

La turba se detuvo a unos cincuenta metros de las macizas formas de las tanquetas y esperó la chispa que galvanizara el entorno altamente explosivo.

Y la chispa saltó, inevitablemente. Nunca se supo de cuál de los polos...

Una ametralladora tosió con seca irritación un par de ráfagas cortas y en respuesta una tanqueta se inflamó como si hubiera entrado en fase de combustión espontánea. El conductor, espantado, dio marcha atrás aplastando a un par de uniformados que no fueron lo suficientemente rápidos en su salto al costado. El vehículo, en su ciega carrera, se llevó por delante un gran recipiente de residuos y chocó finalmente contra la pared de un edificio. De un costado de la tanqueta resbalaban gruesos goterones inflamados, mezcla de combustible con detergente: el contenido de la bomba incendiaria que la había impactado. La turba se lanzó hacia delante con un rumor de estampida. Algún policía disparó su Itaka pero el resto, en un movimiento que el pánico hacía parecer coordinado, dio la vuelta y corrió hacia el edificio del mercado. El restante blindado abrió fuego con la ametralladora, raleando las primeras filas de los atacantes mientras intentaba él también una huida imposible. Dos, tres botellas se hicieron trizas contra su estructura, empapándola de combustible. Una cuarta, con la mecha encendida, la transformó en una rugiente hoguera que condenó a muerte a sus ocupantes.

Las cámaras de televisión desde su privilegiada altura en la terraza de un edificio, captaban las imágenes iluminadas por la cruda luz de los reflectores que se habían encendido en los altos del hipermercado. Los guardias allí apostados abrieron fuego a discreción a través del corredor de la avenida que desembocaba en el gran playón de estacionamiento. Disparaban al bulto, por sobre la cabeza de los policías que ya llegaban a los cerrados portones de acceso. El clamor de los uniformados pidiendo a los del interior que los abrieran fue cubierto por el griterío animal de la turba que se arrojó sobre ellos, desprendiendo una a una las manos que se engarfiaban en los barrotes y tironeando hacia atrás, hacia el estómago hambriento de sangre de la multitud, hacia el apaleo que ni siquiera culminaba con la muerte del desdichado. Alguien voló la cerradura del portón deslizante con una carga de explosivo plástico que resonó sorda en medio del griterío. Los hombres de la Agencia de Seguridad seguían disparando casi sin apuntar contra la gran mancha humana que se diseminaba por el ideal campo de tiro del estacionamiento.

Disparaban impunemente, sin cubrirse y sin dar respiro a las armas automáticas. La cabecera de la masa raleó, se arremolinó indecisa y opuso alguna resistencia al poderoso empuje de los que venían atrás. Los cuerpos caídos eran pisoteados sin compasión y los gritos de dolor se superponían al continuado estampido de los disparos. De pronto uno de los guardias de la terraza abrió los brazos y cayó hacia delante dando una voltereta en el aire. Y otro y luego un tercero. La humosa estela de un cohete dibujó su rumbo engañosamente errático antes de explotar contra la marquesina del comercio. Los integrantes del "Comando Guevara" respondían al fuego desde lugares medianamente protegidos. Un segundo cohete hizo volar por los aires la gran puerta de cristal blindado que permitía el acceso al interior del local y la turba se encendió en un grito de triunfo. La suerte del edificio y la de los hombres que lo custodiaban estaba echada.

Los cinco ocupantes del aguantadero de Hudson observaban fascinados las imágenes en la pantalla del televisor, donde hasta el locutor se había llamado a silencio, agotados los adjetivos y las expresiones consternadas.

—Dios... —susurró Lucy.

—¡Parió! es una masacre.

Los únicos que no apelaron a las frases hechas fueron Fernando, perdido en su mundo infantil y Paulino, que observaba con el ceño fruncido.

—¿Por qué la Agencia o la Policía no manda refuerzos? —preguntó Héctor, incapaz de apartar la vista de la pantalla.

Ahora se luchaba en la terraza en sombras ya que los reflectores habían sido eliminados uno a uno y sólo el fugaz destello de los cada vez más esporádicos disparos indicaba la posición desde donde resistían los hombres de la Agencia. Resistían por la única razón de saber inútil la rendición.

—En este momento lo están haciendo, nene. Seguramente ya van para el lugar helicópteros y carros de asalto—. Paulino observó su reloj y después miró otra vez la pantalla. La turba había comenzado con el saqueo y algunos ya salían del violado edificio empujando carritos cargados hasta el tope.

—Diez minutos, excelente tiempo. Los más rápidos y menos codiciosos van a poder escapar con algo. A los otros los van a cazar como a cucarachas.

—Sigo sin entender cómo no previeron que esto podía pasar.

—Porque los poderosos no son tan inteligentes como ellos creen, nene. Piensan que saben cuánta tensión soporta la soga sin romperse, piensan que lo tienen tan bien calculado que lo sabrán con el tiempo suficiente para prepararse.

—Aquí se equivocaron.

—Siempre se equivocan. Siempre. Apalean a un perro una y otra vez hasta aterrorizarlo y se acostumbran a que el pobre animal se eche al suelo y no reaccione ante las palizas. El tarascón los toma por sorpresa. Siempre.

—Sos un filósofo, jefe.

—Soy algo más que eso, pendejo. Y ahora basta, que en dos horas salimos.

Apenas si el día era una fina línea de claridad en el Este cuando la camioneta de la Agencia de Seguridad abandonó el refugio de Hudson con rumbo al country, ocupada por cuatro uniformados. El que se sentaba en el asiento al lado del conductor lucía en el hombro las tiras rojas de Jefe de Brigada. Fernando, el hermano retrasado de Paulino, salió al frío aire de la madrugada para despedirlos.

—¿No es peligroso para Fernando quedarse solo? — preguntó Héctor. Paulino se volvió en el asiento y lo encaró:

—Mi hermano es retrasado mental, nene. Tiene la inteligencia de un niño de ocho años. De un niño avispado, no la de un tarado.

—No quise ofender jefe. Pasa que lo quiero a Fernando y me pareció...

—Metete en lo que vamos a hacer, Héctor. Y no me ofendió el comentario.

Cuando el portón del Country estuvo a la vista todos se colocaron el casco reglamentario. Paulino sacó de la guantera de la camioneta una pistola con silenciador y se la metió en la cintura.

—Ojo ahora. Y recuerden actuar con naturalidad, no hay razón para que los guardias sospechen.

La camioneta encaró el portón y se detuvo bajo la cruda luz de los reflectores. Una cámara de televisión giró, sus sensores activados por el calor del motor y tomó un primer plano de las cuatro figuras que descendían. Los dos guardias destacados en la casamata cien metros más allá miraron en el monitor cómo los visitantes insertaban, uno a uno, las tarjetas de acceso en la ranura del scanner. Una luz verde se encendió en la base del monitor y las dos ametralladoras de tiro automático orientadas al portón de entrada se desamartillaron. Uno de los guardas pulsó un comando y el pesado portón comenzó a deslizarse sobre sus bien engrasados rieles.

Los cuatro volvieron a abordar el vehículo y rodaron lentamente hacia la casamata. Los ocupantes de la fortaleza, que habían advertido la insignia roja de un Jefe de Brigada, se apresuraron a salir para recibirlo.

—¿Qué pasa, Jefe? —preguntó uno de ellos manteniéndose todavía a prudente distancia y apoyando como al descuido la mano sobre la empuñadura del revólver enfundado—. No nos avisaron de su visita. —No es que hubiera motivos para sospechar, pero el hombre sabía que una actitud cautelosa agradaba a los jefes. Y él andaba atrás de un ascenso.

—Se habrán olvidado con todo este quilombo en La Plata. Ustedes se vienen conmigo y aquí quedan estos dos —dijo Paulino señalando a Lucy y a Ratón.

—Una orden de relevo viene desde la Agencia, por fax.

—O verbalmente por un Jefe de Brigada, cuidador. Hay tareas de limpieza en La Plata y estamos relevando de ese trabajo a los que resultaron heridos. Morales, sacate el casco y mostrale al compañero...

Tino se quitó el casco y mostró su rostro tumefacto allí en las escasas zonas que las vendas dejaban libres. El guardia silbó:

—¡La puta, sí que te la dieron, hermano! —Y volviéndose a Paulino—: ¿Le molesta si confirmo, señor? Son las órdenes...

—Confirme. Utilice la radio de la camioneta si quiere. Está en frecuencia directa con la Central.

—Gracias, señor. —El hombre se quitó el casco para introducir la cabeza por la ventanilla. Paulino extrajo con un rápido movimiento la pistola con silenciador que ocultara en la cintura y disparó a quemarropa sobre la oreja del hombre. Giró y antes de que el otro guardia tuviera tiempo siquiera para sorprenderse le plantó una bala entre los ojos a través de la visera levantada.

—¡Rápido, oculten los cuerpos dentro de la casamata! —ordenó a Lucy y a Héctor al tiempo que con un rápido vistazo se aseguraba de la ausencia de testigos en la zona. Las casamatas de la Agencia estaban distribuidas en el lugar a mil metros una de otra y regularmente se activaba una clave en el ordenador con que estaban provistas. Clave que debía ser respondida por los guardias, ya que no hacerlo significaba la presencia en cinco minutos de una patrulla móvil armada hasta los dientes.

Paulino se introdujo en el interior de la casamata seguido por Tino. Demostrando gran conocimiento del lugar y las formas, violentó la cerradura de un armario donde los custodios guardaban el libro de claves. Seleccionó una y se la mostró a Tino:

—Cuando se active el ordenador tecleás esta secuencia y la ingresás. A partir de entonces tenemos treinta minutos para trabajar tranquilos. Detrás de la casa hay una puerta de servicio, atracá la camioneta allí.

—Entendido.

Dejó a Ratón a la espera de la rutina de vigilancia y salió a grandes trancos. Era vital que el entorno volviera a la normalidad habitual sin despertar sospechas. Frente a la puerta de la vivienda ya lo esperaban Héctor y Lucy. Esta, cargada con una mochila de la que extrajo un aparato similar a una calculadora y se la alcanzó. Paulino tecleó rápidamente.

—Estoy anulando la cámara de vídeo en la recepción y llamando a los del interior de la casa —dijo en beneficio de los otros dos.

La puerta se abrió unos centímetros, los que le permitían los dispositivos de seguridad, y por la ranura asomó la cara de una mujer de edad avanzada.

—¿Qué pasa, oficial? —preguntó con desconfianza.

—Me avisaron desde monitoreo que la cámara de recepción no funciona, señora. ¿Puede usted comprobar la conexión, por favor?

La mujer dudó un instante.

—Soy la empleada. No entiendo de esas cosas.

—Llame a los dueños, si es tan amable.

—El señor está conectado a su pad. No puedo despertarlo.

—Debo realizar la comprobación yo, entonces. —Le alcanzó la tarjeta falsificada por Héctor. —Por favor, compruebe en el scanner mi identidad; eso sí le han enseñado a hacer.

La empleada todavía vaciló un momento, pero al final aceptó la credencial y volvió a cerrar la puerta.

—Pase —dijo al cabo de unos eternos minutos, desconectando los dispositivos de traba. Paulino empujó la puerta con violencia y la sorprendida mujer trastabilló.

—No grite, no hable y no le pasará nada —le susurró Paulino al tiempo que apoyaba el cañón de la pistola en el cuello de la mujer.

—¡Jesús!

—¡Silencio! ¿Está sola en la casa? —La mujer asintió con un cabeceo.

—Lucy, dame la grabación y después encerrala en el baño, allí no hay cámaras. Quedate con ella hasta que te avise.

El jefe de los asaltantes trasteó en la pared hasta que un muelle oculto hizo deslizar el panel tras el que se ocultaban los mandos de vigilancia. Tomó el pequeño disco con la grabación que le había dado Lucy y conectó los terminales a una fuente.

—Listo, hay treinta minutos de grabación normal. Espero que nadie haya estado monitoreando y decida averiguar el motivo de la interrupción. Decile a Lucy que ya puede salir y reúnanse conmigo en la sala.

Cuando Héctor, acompañado por Lucy penetró a la amplia y lujosa sala de la casa, no pudo reprimir una exclamación de asombro. Recostado de espaldas a lo que parecía el sillón del consultorio de un dentista se encontraba un hombre flaco e increíblemente viejo. Parecía dormir, aunque sus labios finos y descoloridos se movían de vez en cuando como si estuviera conversando consigo mismo. Del cráneo rapado brotaban unas protuberancias similares a botones de un negro lustroso. De ellas partían una serie de cables que se conectaban a lo que parecía ser el hardware de una computadora. Fascinado, prestó atención al sillón, algunas de cuyas partes almohadilladas latían como si tuvieran vida propia. Paulino trasteaba con los controles de la "computadora" a la que estaba conectado el viejo.

—Bien —dijo al fin—. Tiene para otra hora y acabo de desconectar el sistema de alarma.

—Había oído hablar de los pads oníricos —susurró impresionado Héctor—. Pero ¿cómo es que...?

—¿Cómo es que no se da cuenta de nuestra presencia? Porque no está aquí, nene. Su cuerpo físico sí; pero su mente se encuentra en un universo onírico, tan real y tan ideal como se lo proporcione el programa.

—Como la realidad virtual...

Lucy le alcanzó un pequeño aparato rectangular que Paulino apuntó a las paredes.

—¿Realidad virtual? Nada de eso. El pad te proporciona sensaciones físicas y mentales reales. Placer, gusto, discernimiento... hasta dolor. En otra ocasión te explico, ahora dejame trabajar—. Un audible pitido señaló la porción de pared donde debía buscar. Un panel se descorrió dejando al descubierto una caja de seguridad. El jefe de la banda adosó contra su estructura el decodificador y pulsó el botón dos veces. Se iluminó un pequeño visor por el que comenzó a correr una serie de números a velocidad ilegible.

—En una hora correrán todas las posibles combinaciones. Según la ley de las probabilidades, en la mitad del tiempo tendríamos que encontrarla—. Sonrió sin alegría y se dirigió al muchacho:

—Me imagino que por tus antecedentes sabrás distinguir una obra de arte de una falsificación. Recorré la casa con Lucy y levantá lo que te parezca útil. Amontoná todo en la parte trasera de la casa hasta que llegue Ratón con la camioneta.

—¿Y la vieja? —preguntó Héctor mientras subían por la escalera hasta la planta alta.

—La até y la amordacé, no va a joder. Además, qué mierda le importa si afanamos. Mientras no la lastimemos a ella...

Entraron a lo que parecía ser un estudio-biblioteca.


Ilustración: Verónica Delacroix

—¡Mirá que hijo de puta! —exclamó entusiasmado el muchacho—. ¡Hay un kilo de guita en cuadros!

—Descolgá los buenos y pasámelos.

—Todos son buenos. El viejo no se priva de nada ¡Y este jarrón debe tener como mil años!

Hicieron varios viajes, registraron toda la casa y amontonaron todo en la habitación que daba a los fondos. Abrieron la puerta, cerrada con una simple traba y dejaron pasar a un nervioso Tino.

—¡Carajo, hace apenas cinco minutos que apareció la clave en el monitor!

—Mejor, Ratón. Más tiempo para nosotros —le dijo Lucy—. Carguen todo, voy a ver cómo le va a Paulino.

Cuando Tino y Héctor se reunieron con los otros dos en la sala, el decodificador ya había dado con la clave de apertura de la caja fuerte y Paulino guardaba gruesos fajos de papeles en la mochila de Lucy. También había algo de dinero en efectivo, no mucho, pero no tan poco como para despreciarlo.

—Listo, podemos irnos.

Héctor miraba intensamente al viejo recostado en el sillón que, inmerso en su mundo onírico no tenía idea de las presencias que lo estaban desvalijando. La mano derecha del muchacho acarició la culata de su pistola.

—¿Y por este viejo hijo de puta hoy murieron miles de personas en La Plata? —Más que una pregunta, las palabras sonaron como una sentencia.

—¿Qué te calentás? Ya tenemos lo que vinimos a buscar.

Héctor sacó lentamente la pistola de su funda.

—Le voy a pegar un tiro.

Lucy y Tino miraron a Paulino con aprehensión. Este revisaba meticulosamente el lugar en busca de huellas delatoras. Los cuatro habían usado guantes y no se quitaron en ningún momento los cascos.

—Vos no le vas a pegar un tiro a nadie, pendejo —dijo como al pasar, sin mirar siquiera a Héctor.

—¿Por qué? Tipos como éste mandaron a la ruina a mis padres. Tipos como éste son los responsables de las matanzas de pobres y son los que explotan a los trabajadores. Dame una buena razón para que no lo mate.

—Te doy dos —dijo Paulino al tiempo que se echaba la mochila cargada sobre el hombro—. Pero te rogaría que dejés de hablar como un panfleto. Primero como un recio de película y ahora como una proclama.

Héctor alzó la pistola y apuntó a la cabeza del viejo y la amartilló.

—Espero que sean buenas esas dos razones.

—Lo son. La primera; es que es tonto matar al ganado que te da de comer. Si dejás al viejo vivo, se resarcirá de las pérdidas y volverá a guardar plata para que nosotros se la robemos. Nosotros u otros como nosotros.

Héctor movió la cabeza especulativamente. Apoyó la boca de la pistola en la sien del anciano.

—No está mal. No está para nada mal. ¿Y la otra?

Paulino pasó junto a él en dirección a la salida.

—La otra es que tu pistola no tiene balas.

Lucy y Tino soltaron el aliento que habían estado conteniendo. Héctor lanzó una carcajada.

—¡Qué bueno! —Hizo girar la pistola sobre su índice, como en las películas de vaqueros. —De cualquier manera estaba fanfarroneando; no habría sido capaz de matarlo a sangre fría.

—Ahora lo sé.

Sin evidenciar apuro, los cuatro abordaron la camioneta y marcharon lentamente hacia el portón. No había moros en la costa. Aquí y allá las casas cobraban vida. Algunas ventanas se iluminaron pero no se cruzaron con nadie en el camino, aunque sería cuestión de minutos que se descubrieran los cadáveres de los guardias en el interior de la casamata.

Habían discutido la idea de esperar hasta que en el monitor se encendiera otra vez la clave y entonces teclear el parte de "todo normal", pero ésta se había activado quince minutos atrás, restaban otros quince y no era cosa de tentar la buena suerte que habían tenido hasta el momento.

Toda la "operación" había llevado 45 minutos. Eran las 7.50 de una mañana todavía oscura, nubosa y fría. Intermitentes ráfagas de llovizna castigaban el paisaje, arrastradas por el viento arrachado que soplaba del sur. Tras atravesar el portón del country, pusieron rumbo al Asentamiento Ardigó, donde la noche anterior habían dejado estacionado el Fairlane.

Encendieron la radio de la camioneta en la frecuencia de transmisión de la Agencia de Seguridad y escucharon los informes llegados de La Plata, donde la situación parecía estar controlada y la acción se remitía a la persecución y detención de toda persona que se encontrara en posesión de mercadería saqueada al hipermercado. De lo sucedido en el "country" ni una palabra en todo el viaje.

Cuando llegaron a Bosques no vieron a nadie en las cercanías, tal como les había prometido el gordo zaparrastroso. Rápidamente trasladaron lo robado y las armas al interior del Fairlane. Del baúl del auto retiraron bolsas plásticas con sus ropas y se cambiaron, tiritando en el aire frío de la mañana.

Tras revisar concienzudamente la camioneta, arrojaron en su interior los uniformes, cascos, guantes y las credenciales falsas. Luego, mientras los demás abordaban el Fairlane y lo ponían en marcha, Héctor roció la camioneta con una lata de nafta y le prendió fuego. Se detuvieron en el primer recodo del camino y miraron atrás: la camioneta era una hoguera inextinguible. En el asentamiento ni un alma se asomó a presenciar el espectáculo.

Dedicaron el viaje de retorno a repasar los pasos a seguir:

—Tino; vas a llevar la mercadería al depósito de "lavado". Todo menos los papeles. A esos los guardo yo.

—Está bien, Paulino. ¿Y el coche?

—Lleváselo a Miguel, por un tiempo lo vamos a sacar de circulación. Decile que aproveche el tiempo y le lave la cara; que cambie de lugar las abolladuras y lo pinte. A pincel, nada que se vea bien terminado. Lucy...

—¿Sí?

—La casa ya no es segura. Cerrala como para una larga temporada y alquilá una habitación en alguna pensión de Quilmes Externo. Anotate con Héctor como pareja. Cuando estés instalada, llamame a donde ya sabés para conocer la dirección.

—¿Y vos?

—Yo me voy a casa con Fernando en la moto de Tino—. Y dirigiéndose a éste: —Después la vas a buscar a la agencia de remises.

—Deciles que me la cuiden.

Paulino se volvió a Héctor, encerrado en un mutismo que en él era cuanto menos extraño.

—¿Y a vos pendejo? Qué te pasa que no estás rompiendo las pelotas por algo.

—Estaba pensando —el muchacho se desperezó en el asiento—. ¿Por qué cuando te dije que no tenía huevos para matar al viejo a sangre fría respondiste "ahora lo sé"?

Paulino rió entre dientes.

—Estabas tan aliviado por no tener que hacerlo que aceptaste mis dos razones sin discutir. Y ni te aseguraste si la segunda era cierta.

—¿La pistola estaba cargada?

—Sí.

—¡Qué hijo de puta...!

Los cuatro rieron y la tensión de las horas pasadas se disolvió en un parloteo animado que duró el resto del viaje hasta Hudson.

Paulino se detuvo en el aguantadero el tiempo suficiente como para repartir algo de dinero a los tres y después partió con su hermano en la moto de Tino.

Ratón se marchó tras la ida de Paulino. Por calles laterales y poco transitadas, condujo al Fairlane hasta una lavandería cuyo trasfondo el dueño, un coreano pequeño y obeso como un Buda, alquilaba a buen precio a quien tuviera mercadería "en tránsito".

De allí a lo de Miguel y después derecho a su casa, a tranquilizar a la Negra. La moto podía esperar. La nariz quebrada le latía dolorosamente. Más tarde hablaría con Paulino y le diría que no más sopa para él. Reuniría todo su dinero, más la parte que le correspondía por lo de esta madrugada y se iría con la familia a Tucumán. Compraría algo, un campito. Una huerta, un modesto criadero de pavos. Era un tipo marcado y Saucedo no le perdonaría su relación con el comisario Balbuena. Quedarse en Buenos Aires era ser boleta más temprano que tarde.

Lucy y Héctor quedaron solos en la casa.

—Preparate unos mates, nene. Mientras, yo guardo algunos trapos y después nos tomamos algún colectivo hasta Quilmes.

—¿Andan los colectivos por acá?

—Hay un trucho que pasa cada dos horas.

—¡Caramba, este barrio no se priva de nada!

—Andá a vivir a la Capital, estúpido.

—Cuando Paulino me de mi parte tal vez lo haga. A propósito...

—Ni sueñes con la repartija por un buen tiempo.

—No, si ya sé que vender los papeles lleva tiempo. Y ni qué decir de los cuadros.

—¿Y qué te preocupa, entonces? —preguntó Lucy con medio cuerpo dentro del ropero.

—¿Vos sabés cuánto afanamos?

Lucy lo venía venir pero igual se encogió de hombros y no le contestó.

—¿Qué, no te importa que te encogés así de hombros?

—Ya nos va a decir Paulino cuánto.

—Yo no soy tan confiado como vos y Ratón.

—Viniste solo, nadie te llamó. Cerrá la boca y cebá mate. O no cebés; pero igual cerrá la boca.

—¡Qué carácter de mierda!

Dos horas más tarde tomaban una habitación en una pensión familiar de Quilmes. Lucy pagó un mes por adelantado y dejó el resto del dinero sobre la mesa. Héctor lo contó distraídamente.

—Doscientos cincuenta dólares. No es muy generoso el jefe.

—Eso es para los gastos, quedate tranquilo. Me doy un baño y después te invito a comer una pizza.

Cuándo Lucy salió del baño descubrió dos cosas: Héctor no estaba en la habitación y de los doscientos cincuenta dólares, sobre la mesa había nada más que cien. Vació su cartera sobre la mesa y advirtió que también faltaba la pistola.

Paulino y Fernando tomaron asiento en el bar del acceso a la autopista tubo en Bernal. Pidieron hamburguesas y gaseosas y mientras esperaban el pedido, Paulino se incorporó y se echó al hombro un voluminoso bolso de viaje donde guardaba ropa y los valores robados en el country.

—Voy a cambiarme, no te comas mi hamburguesa.

Fernando rió con deleite ante la broma tantas veces repetida.

—Esta vez no la comeré, te lo prometo.

Paulino fue hasta el sector de baños y abrió uno de los cuartos con su tarjeta. Cerró cuidadosamente tras de sí y dejó el bolso en un banco del pequeño vestuario. Luego se desvistió totalmente en el agradablemente caldeado ambiente y manipuló en su cuero cabelludo. Soltó unas trabas casi invisibles y desprendió la larga cabellera negra. Hizo lo mismo con la barba y luego se lavó la cara con abundante agua y jabón para eliminar los restos de pegamento. Sacó del bolso ropa interior, zapatillas, un pantalón de abrigo, una camisa cazadora a cuadros y una campera de gamuza.

Se desnudó, quitándose una apretada faja que le ceñía el vientre y suspiró aliviado. Después volvió a vestirse y guardó la ropa que había estado usando, bien doblada en el bolso. Barba, faja y peluca fueron acondicionadas en uno de los compartimentos, todo bien asegurado con un cierre de doble cremallera. Se pasó luego la mano por la calva, peinando los escasos cabellos grises de sus sienes y nuca y, cargando nuevamente el bolso al hombro, el comisario Balbuena salió del baño para reunirse en el bar con su hermano.

—No te comí la hamburguesa, Paulino. Pero pedí más papas fritas y otra coca.

Balbuena revolvió el cabello de Fernando.

—Sos un buen chico.

—¿Verdad que me porté bien? No abrí la boca para nada.

—¿Héctor no te hizo preguntas?

—No. Me parece que ese tipo piensa que soy algo tonto.

Paulino sonrió y le dio un mordisco a su hamburguesa.

—¿Podré volver hoy a la escuela, Paulino?

—Hoy mismo.

—¡Qué bien! Extraño a los demás chicos.

Media hora más tarde abordaban un taxi en la terminal de Capital Interna con rumbo al barrio de Flores. Descendieron frente a un edificio de altos y tomaron el ascensor hasta el piso diecinueve.

—¿Me conectás con la escuela? —pidió Fernando no bien ingresaron al departamento.

—Date un baño primero. Y ponete el pijama.

Mientras, Paulino aprovechó para guardar los valores robados en su caja fuerte y el bolso en una alacena del cuarto de servicio. Sonó el teléfono, lo atendió y contestó con un par de monosílabos. Una sonrisa se pintó en su rostro.

Fue hasta el bar y se sirvió un whisky con hielo. Encendió un cigarro que sacó de una caja de madera tallada y salió al balcón. Ya no lloviznaba pero el cielo aún presentaba un aspecto pesado, plomizo. Fumó y bebió pensativamente. Esperaba una visita y la llamada telefónica le había confirmado que ésta no se demoraría. Escuchó la voz de Fernando que lo llamaba desde su cuarto. Entró a la bonita habitación de un niño, adornada con láminas holográficas en las paredes de colores suaves, una cama de una plaza con un gran perro de peluche en la cabecera y un pad completo. Fernando ya estaba sentado en el sillón.

Paulino conectó los sincroneurales y fijó las coordenadas en automático para que el pad respondiera sólo a su mandato. No quería correr el riesgo de alguna travesura, como subvocalizar la entrada a programas que, por su crudeza, traumatizarían cualquier cerebro que no estuviera acondicionado para absorberlos. O peor; perderse en los meandros oníricos del Tlön al que estaban abonados y no volver nunca más. No al menos el Fernando que él conocía.

Se quedó un rato hasta que la sonrisa distendida de su hermano le aseguró que ya se hallaba en la escuela. El sillón masajeaba automáticamente el cuerpo puesto a su cuidado, cambiándolo de posición cada tanto y evitando el anquilosamiento en una sesión prolongada.

Volvió luego a su cigarro y a su trago. Esbozó una sonrisa cuando advirtió la señal lumínica indicadora de que alguien subía por el ascensor hasta el piso que ocupaba. Se sentó en un sillón, de cara a la puerta que sólo se abría con su tarjeta personal y esperó hasta ver cómo alguien giraba cautamente el picaporte.

—Pasá Héctor, está abierta.

La puerta se abrió lo suficiente como para dar paso a la cabeza del muchacho. Cuando descubrió al comisario sentado y con ambas manos ocupadas, su boca se abrió en una angelical sonrisa y entró en la habitación cerrando tras de sí la puerta con un golpe del talón. En su mano derecha, amartillada, empuñaba la pequeña "Bersa" calibre 22 de Lucy.

—Hola jefe..., Paulino..., o Comisario Pablo Ricardo Balbuena, no sé cómo querés que te llame.

Balbuena también sonrió:

—Ya te lo dije en Hudson, nene. Llamame como quieras.

Sin dejar de apuntarlo, Héctor revisó rápidamente los ambientes del departamento que daban a la sala. Silbó cuando echó una ojeada al cuarto de Fernando.

—¡Qué lo parió, qué bien gana la policía! ¿Dónde está Fernando ahora?

—En una escuela para diferenciados. Dejalo tranquilo, el pad lo traerá de vuelta recién dentro de cuatro horas.

—¿Y tu pad, donde lo tenés?

—No tengo pad. —Balbuena se pasó una mano por la calva y bromeó. —No tengo con qué disimular los sincros. Además, mi vida es de por sí interesante, no necesito vivir aventuras soñadas.

—¿Cómo supiste que te visitaría? ¿Hay una cámara frente a la puerta?

—Ninguna cámara. Supe que cuando llegara esta ocasión te tendría por acá. Lo supe desde que te permití escanear mi tarjeta de entrada a Capital, aquella tarde en Hudson y no me preguntaste nada. Deduje que más tarde o más temprano te conectarías a la red y con esos datos no te sería difícil conocer mi verdadera identidad.

El muchacho rió sin alegría.

—¿Me vas a decir que vos planeaste esta visita?

Una amplia sonrisa distendió la cara de Balbuena. Parecía realmente divertido.

—Quería ver hasta donde eras capaz de llegar. Mi identidad no pretendía ser un secreto para vos, como no lo es para Lucy o Tino. ¿Cómo podría ocultarla sin provocar desconfianza, usando información y equipo a los que sólo la policía tiene acceso?

Héctor dudó, pero fue un instante. Apuntó la pistola al pecho de Paulino.

—No te creo, me estás tratando de envolver. Pertenecés a la clase que me ha cagado toda la vida. No sos mejor que un contratista que se llena la panza y le tira las sobras a los que hacen el trabajo. Pero yo no soy un ladrón de motos o una putita; a mí me vas a dar mi parte y no me ves más la cara.

—¡Sos un niño! Si te doy los papeles y tratás de hacerlos plata en el mercado estás muerto al segundo día.

—No quiero papeles. Quiero que enciendas tu ordenador y transfieras mi parte a un banco, a una cuenta corriente que abrirás a mi nombre.

El comisario rió por lo bajo aprobando con la cabeza y se levantó del sillón. Héctor se envaró.

—¡Quedate quieto o te pego un tiro! —Balbuena abrió los brazos en un cómico ademán de impotencia. Parecía disfrutar la situación.

—Voy hasta el ordenador para hacer la transferencia que pediste. Y de paso te enseño algo que quiero que sepas.

Se sentó a un escritorio y encendió la computadora. Abrió un archivo.

—Vos algo sabés de esto. Mirá.

En la pantalla comenzó a correr información bancaria. Títulos, inversiones, bonos respaldados por la nación. Casi seis millones de dólares a nombre de Celestino Juárez.

—Tino, para los amigos —comentó Balbuena—. O Ratón, si lo preferís. ¿Querés ver el estado de cuentas de Lucy?

—¿Ellos saben de esto?

—Saben que les administro el dinero pero no conocen estas cifras.

Balbuena le obsequió con una de sus famosas sonrisas.

—Es el seguro de retiro de la manada. Tino se nos va, aunque todavía no me dijo nada. El y la Negra están demasiado golpeados. Ellos piensan que con lo obtenido hoy, más el dinero que les administro, les va a alcanzar para irse a Tucumán y comprar un campito. ¡Quiero verles la cara cuando pidan el resumen en el banco!

—¿Y Lucy?

—Todavía la necesito—. Se encogió de hombros—. Además, piensa que está enamorada de mí y va a sufrir si la obligo a irse. De cualquier manera, la manada no puede desprenderse de más de un miembro por vez.

Volvieron a los sillones de la sala. Héctor apoyó cuidadosamente la pistola en un brazo de su sillón.

—Es la segunda vez que hablás de una manada.

—¿Cómo? ¿No te diste cuenta, todavía? Somos una manada, nene, y yo soy el líder —volvió a levantarse y descorrió las cortinas del balcón. Señaló a la ciudad que yacía a sus pies—. Mirala ¡yo soy el depredador de esta jungla! Aquí conozco a mis presas, aquí las estudio y aquí me gano su confianza. Después las sigo hasta su cubil con mi manada y tal vez las matamos o tal vez no, pero siempre comemos hasta hartarnos.

Miró a Héctor apretando los dientes y desorbitando los ojos. Ya no era Paulino ni el comisario Balbuena. Era un animal. Un animal poderoso y feroz. El muchacho tembló ante la imagen de locura que asomaba en esa mirada y se acoquinó en el sillón.

—¡Sí; yo como hasta hartarme! Y lo que sobra se lo doy a mi manada para que también se harte. Soy el líder, soy un depredador. Desde que nací trabajé para ello, estudié, entré en la Fuerza y no escatimé esfuerzos para trepar hasta un cargo importante. Lamí culos, arriesgué la vida, hice trabajos sucios para los superiores. Y cuando estuve listo formé mi primera manada y salí a cazar.

Abarcó con amplio ademán del brazo la ciudad.

—¡Estúpidos ellos, que se creen depredadores! ¡Cazadores de conejos famélicos! Ignoran que son apenas una serpiente sin colmillos que chupan de a una gota de sangre por vez. Débiles que se conforman con arrebatar centavos a los que son más débiles que ellos. ¡Yo soy los colmillos de la serpiente, yo muerdo mi propia cola y yo como la carne grasosa y abundante del animal que me cree parte suyo! ¡Y cuando no doy más de tan harto, todavía sobra para hartar a la manada!

Héctor comprendió. Comprendió todo en un ramalazo de lúcida y asustada certeza.

—Estás loco, jefe —dijo en un susurro.

El otro lo miró y lentamente la personalidad enajenada volvió a ser ¿Paulino? ¿El comisario Balbuena? Héctor no sabría decirlo.

—Negativo, nene. Negativo aunque tal vez parezca que lo soy —dijo en voz tan baja que el muchacho tuvo que echarse hacia delante para escuchar—. Yo también fui un perro apaleado; pero esperé mi momento y cuando éste llegó, en vez de agachar la cabeza y aceptar el mendrugo como el perro manso que creyeron que era, mordí la mano que me lo daba, trituré sus huesos y tragué la carne. Y desde entonces no paré de comer.

Calló por un largo instante. Después:

—Soy un depredador que caza en manada, Héctor. Es la manera más práctica. Vos sos un cachorro que hoy mostró los colmillos para impresionar al líder. Mañana tal vez me discutas el liderazgo, pero hoy lo que viniste a buscar es la seguridad de poder seguir comiendo con la manada.

—Yo venía con intención de matarte...

—No digás más boludeces, nene —y fue Paulino el que habló—. Y ahora andate. Mañana o pasado vamos a salir a festejar el retiro de Tino, pero ahora quiero descansar.

El muchacho dudó por un momento y manoseó la pistola. Su rostro era un mapa donde se dibujaban emociones contradictorias. Al fin se levantó, obediente, y fue en silencio hasta la puerta. La pistola quedó en el brazo del sillón.

—Héctor —escuchó que lo llamaban. Giró la cabeza.

—Bienvenido a cazar con la manada —y era Balbuena el que le sonreía repantigado en el sillón, levantando amigablemente un pulgar.

De haber tenido rabo, Héctor lo hubiera meneado.



Afortunadamente José Altamirano, el más histórico de los históricos de Axxón, ha vuelto a escribir. No sólo les ofrecemos esta novela corta, la vigésimo primera ficción de su autoría aparecida en nuestra revista, sino que tenemos otras cosas en carpeta. Este es el detalle de lo publicado: "Por la puerta de atrás del paraíso" (0), "Cuaderno de sobreviviente" (14), "Ezequiel según Melissa" (39), "La real existencia del terror" (58), "El vuelo del cóndor" (71), "Los que vibran en Acuario" (100), "Concepción" (106), "Comé sandía" (107), "El clon que contó la historia" (110), "Tango cósmico" (147), "Abierto las 24 horas" (148), "Un planeta camino a Aldahir" (160) y los siete cuentos del N° 88, íntegramente dedicado a él.


Axxón 165 - agosto de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: Argentina: Argentino).

            

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