DOBLE O NADA

Sergio Gaut vel Hartman

Argentina

Odio a la gente que da consejos, aunque una advertencia a tiempo puede evitar grandes catástrofes. ¿Quieren saber por qué lo digo? Entiendo, no les interesa. Sin embargo, si yo estuviera en la posición de ustedes, en la cómoda posición del lector, me gustaría saber más, saber de verdad, sin chicanas, avanzando más allá de lo superficial. Suena oscuro, ¿no? Por lo menos suena pedante, estoy de acuerdo. Empecemos de nuevo.

—No te metas en esos lugares. ¿Alguien compra libros en esos lugares? Son lugares peligrosos; algún día te va a pasar algo...

Lugares y más lugares. Sara, dueña y señora de las advertencias, es mi hermana mayor. Yo, el objeto de sus desvelos y temores, un poco exitoso vendedor de libros, especialista en lugares apartados y peligrosos, barrios nuevos, pobres, ignorados, olvidados. Llamémoslo una curiosa y extravagante vocación que disfrazo de "trabajo cultural" . Tal vez sea una forma de expiar la culpa de tres fracasos consecutivos en otras tantas carreras universitarias, un aspecto poco agraciado que me aleja de las mujeres bonitas y un carácter de mierda. Pero eso ya no viene al caso. Sara sufre mis ausencias como las sufría mi madre, que en paz descanse, y como las sufriría una esposa, si tuviera la fortuna de conseguir una.

—Tengo que ganarme la vida, ¿no? ¿Te gustaría más que fuera un parásito? —La respuesta, triste respuesta, establece las razones de mi sacrificio, delimita fronteras, excusa mis faltas y excesos, aunque suele ser insuficiente para parar el siguiente golpe.

—¡Ganarte la vida! El señor llama ganarse la vida a juntar unas monedas para ir de putas. Viviríamos como piojos con el producto de tus correrías por esos lugares infectos. Si no fuera por las cocheras que nos dejó papá...

Las cocheras, una vez más. Todos los días la misma cantilena, ¿se dan cuenta? Sara no sale de putas, por cierto. Ella tiene amigas, no necesita putas. Pero no esperen que profundice este asunto, y mucho menos que hurgue en los laberintos de la mente de mi hermana. Aunque un poco de razón tiene; somos los últimos ejemplares de dos especies casi extinguidas. Y vivimos de la renta de las cocheras que nos dejó papá... no de los libros que vendo en los arrabales y suburbios.

Sintetizando: las advertencias tienen fundamento; los lugares que frecuento no son recomendables. Pero no la puedo dejar con la última palabra y me defiendo con los argumentos más sólidos que encuentro en mis alforjas.

—Me esperan, necesitan que yo vaya; cumplen con los pagos, me estiman, Sara. Llevo unas migajas de cultura, y lo aprecian, de veras. Si no fuera yo, nadie iría. ¿No está a tu alcance apreciar el valor de lo que hago? Si miraras el costado filosófico del asunto...

—¿Filosófico? Un día te van a robar y por gusto o por capricho, te van a matar, los mismos que se comieron tus migajas de cultura. Te van a pegar un tiro en la nuca, imbécil, te van a torturar, te van a destripar. ¿Eso también es filosofía?

Sara me adora, por eso me trata así. Soy su única preocupación, el objeto de sus desvelos, ya lo dije. Teme que me peguen un tiro en la nuca, que me destripen. ¿Quién no? Si vieran los sitios en los que me meto...


No sucedió exactamente así, pero tampoco fue tan diferente. Salía del negocio del Francés, quien había pagado la última cuota de la Enciclopedia Universal Cosmos, en doce tomos. Le había dolido al Francés, esa última cuota. Tenía un pequeño comercio, una suerte de almacén de ramos generales en miniatura, en el que se podían encontrar desde aspirinas hasta hilo de enfardar y pantalones. Pero las cosas no le estaban yendo bien. Ni a él ni a nadie. Declaraba siete asaltos en cinco meses y una alarmante reducción de las ventas. No más libros por un tiempo, había dicho el Francés. Puso el dinero de la última cuota sobre el mostrador y aprecié una confusa mezcla de dinero nacional de curso legal, bonos de cancelación, letras provinciales, cupones de trueque y moneda falsa. Con eso le pagaban, cuando le pagaban. Hice una mueca ante el billete de dos pesos de fabricación artesanal.

—Circula sin problemas —dijo el Francés advirtiendo la mueca.

—Ya sé que circula por el barrio. —Sonreí, disculpándolo; él permaneció serio, no le gustaba haber venido a la Argentina en el peor momento. —Tendré que comprar algo en el barrio.

—Eso, cómpreme algo —dijo con picardía—. Hoy todavía no abrí la caja ni una vez. —Usé la moneda local para comprarle dos turrones, una tira de caramelos y un rollo de papel higiénico. Puse todo en la mochila.

—Bueno, Francés —le dije—. Si no me encarga algún otro libro no nos volveremos a ver. Este lugar no me gusta; venía por usted.

—Yo lo sé. A mi tampoco me gusta. ¿Conoce Marsella?

—No. ¿Nació allí?

—Nací en otro lugar de Francia y viví muchos años en Barcelona. Pero estaba allí cuando un jodido asunto me depositó aquí...

—Ha de parecerse poco a esto, imagino. —El Francés suspiró profundo. Hurgar en las razones que lo habían llevado a cruzar el océano era más problemático que perderse en los meandros de la mente de Sara.

—Está bien —dijo finalmente—. Si necesito otro libro lo llamaré.

Le di la mano y salí del comercio.

El sol, bajo, apenas por encima del brumoso horizonte, me hirió los ojos. Traté de orientarme y al mismo tiempo decidir qué transporte me convenía. Me acomodé la mochila sobre la espalda, dispuesto a emprender la marcha. En ese momento se rajó la tierra y caí por la grieta. Una voz, detrás de mí, fue la encargada de empujarme.

—Dámela, tío. Tengo una aguja.

—¿Una aguja?

—No te hagas el boludo, macho. Ya sabés.

—Te la doy; ya entendí. La plata...

—Toda, no te quiero pinchar.

—¿Pinchaste a muchos? —dije. Saqué el dinero del bolsillo de la camisa y giré lentamente, enfrentándolo.

—Dos o tres. ¡Qué te importa! ¿Qué hay? —dijo señalando la mochila. Tendría catorce o quince años; con estos chicos nunca se sabe. Tal vez más. Delgado, con expresión ratonil; el pelo negro revuelto, duro y sucio le caía sobre la frente. Tenía un párpado inflamado que ya había dejado de ser un simple orzuelo para convertirse en una brutal infección. —Libros. ¿Te sirven?

—¿Por? No me jodas, tío. El Peluca no compra libros, aunque nunca le llevé. —Vaciló, desalentado. —Igual, dámelos. —Me arrebató la mochila y se la colgó del hombro.

—¿Te dicen Rata?

—Laucha —escupió, sorprendido por la pregunta, desconfiado, alerta. —¿Vos qué sabés?

—Nada. —Le mostré las palmas de las manos. —Me gusta adivinar cosas, de gusto.

—Ah, eso. Si no la querés pasar mal no te hagas el vivo.

—No me hubieras pinchado.

—¡Qué sabés! ¿Estás loco?

—Lo que no sé o no entiendo lo tomo como viene.

—No jodas y quedate quieto. —El Laucha retrocedió sin dejar de apuntarme, como si la jeringa fuera un arma de fuego y cuando llegó a la esquina empezó a correr, saliendo de mi vista. En el lapso que duró el atraco el sol había terminado de ocultarse. Una fría penumbra de grises y marrones impregnó los objetos y los hizo invisibles. Me hallaba lejos de casa, sin un centavo. Curiosamente, o no, lo que más me preocupaba era la pérdida de los comprobantes de pago. Reconstruir eso no sería fácil, y había que tener ganas de hacerlo; yo había perdido la voluntad tiempo atrás y ni siquiera tenía idea de qué me impulsaba a seguir con la venta de libros. La línea a recorrer, incluyendo el regreso a casa y la vuelta al barrio, con dinero para recuperar los comprobantes, aparecía como una tarea titánica, que excedía mis posibilidades. Por algún lado había que empezar. Volví sobre mis pasos y entré al negocio del Francés.

—¿Qué le pasó? Lo asaltaron. —No era una pregunta.

—Sí, ¿cómo supo?

—Adivino. No, no adivino, pasa todo el tiempo.

—Me dio vuelta como un guante. Fue Laucha, ¿lo conoce?

—Sí, claro —dijo el Francés, reticente—. Conozco a todos, por aquí. ¿Qué quiere de mí? —agregó, de mal modo—; plata no tengo, se la di toda. Hacer la denuncia es inútil. ¿Sabe cuánto duraría adentro?

—Entiendo.

—Le di todo lo que tenía, ya le dije. No es asunto mío.

—Claro, entiendo. Me quedan algunas monedas. Iré caminando hasta la estación de ferrocarril.

—No puedo ayudarlo —insistió el Francés, endureciendo aún más el gesto; los músculos de su rostro, tensos, presagiaban alguna forma de desmedida violencia, si le daba la menor oportunidad; no estaba preparado para neutralizar eso, aunque al mismo tiempo me sonaba falso, impostado. ¿Sabía que regresaría? ¿Sabía que Laucha me estaba esperando? Eso lo hacía cómplice, aunque bien pensado, ¿qué más daba ser cómplice, víctima o inocente en un lugar como ése?

—Está bien —dije—. Ya me voy a arreglar.

—Mejor que así sea.

Salí del negocio del Francés pensando en un segundo atraco. ¿Podía suceder? El resultado sería una muerte gratuita, vociferada por los medios como una nueva demostración de la inseguridad suburbana. Estaba en el límite, balanceándome al borde del abismo. Pensé en Sara. Pero no le di la razón: hubiera sido demasiado sencillo para ella.

Caminé unos metros eludiendo los charcos. Había llovido tres días seguidos y el agua permanecía estancada, barrosa, formando dibujos irregulares que parecían destinados a hacerme resbalar y caer. Traté de reflexionar, buscando poner en claro alguna línea de acción posible y efectiva. Podía llegar caminando a la estación, tal como le había dicho al Francés, pero eso me ponía en serio riesgo, ya que la marcha a pie, sumido en la oscuridad de esas calles, me dejaba expuesto a cualquier cosa. En cambio, tomar un transporte local y gastar los pocos centavos con los que contaba, me colocaban en situación de abordar el tren sin pasaje y someterme al azaroso humor de los guardias de la estación terminal. No me preocupaba tanto enfrentar la imposibilidad de pagar la multa como las humillaciones a las que me vería sometido; tener que soportar a los de seguridad era, en sí mismo, un castigo. Pero el jefe de la estación tendría que aceptar que me habían asaltado y, previa promesa o prenda, consentiría en un pago futuro o la condonación. Conservaba el pasaje del subterráneo, por lo que esa posibilidad se revelaba como adecuada. Más rápido: aunque me costaría una pequeña fortuna, podía conseguir un destartalado coche de alquiler en el barrio y viajar directamente a mi casa, sin escalas ni explicaciones. Pero el evidente defecto de estos cursos de acción residía en que dejaba para el día siguiente la recuperación de los comprobantes. Con dinero en el bolsillo me atrevía a negociar con Laucha y sus secuaces, si los tuviera, o con el hipotético jefe, Peluca, había dicho. O tal vez Peluca era el reducidor, vaya uno a saber. No tenía importancia. Seguramente aceptarían gustosos algo más de dinero por unos papeles sin valor. Pero el día siguiente era el futuro lejano. Desconociendo mi interés, los destruirían en pocas horas, si ya no habían tirado la mochila completa a un pozo de inmundicias.

Antes de llegar a la siguiente esquina había tomado una decisión. Buscaría al ladrón, lo enfrentaría y, si lo encontraba, le haría una promesa firme de dinero a cambio de los comprobantes. Me reproché no haber pensado eso en el momento mismo del atraco, cuando tenía a Laucha ante mí, amenazándome con la jeringa. Pero no me animé a someter la idea a una prueba de esfuerzo. ¿Qué me permitía pensar que el chico no sentiría una extrema desconfianza hacia mi promesa? ¿Y si regresaba con la policía?

Debía comenzar por algún lado y postergar los interrogantes sin respuesta a la vista. El sector más alejado del barrio, del otro lado del terraplén del ramal muerto, parecía la mejor opción. Allí las casas eran aún más precarias que en la calle donde vivía el Francés. Caminé las dos cuadras sin mirar atrás y no tardé en advertir que, comparado con ese abigarrado amontonamiento de frágiles viviendas, el humilde distrito en el que el Francés tenía su negocio era opulento. Diseminadas hasta donde alcanzaba la vista, una miríada de casillas de placas de fibra aglomerada, cartón y paneles de madera apolillada manchaban el paisaje de colores sucios y opacos. El lugar era una cava, un terreno vaciado de arcillas por el horno de ladrillos que alguna vez había funcionado allí. Al quedar por debajo de los terrenos linderos, la cava debía inundarse cuando caían dos o tres gotas de lluvia, por lo que las parcelas no valían nada y sus propietarios, en el caso de que no fueran terrenos fiscales, jamás habían gastado energías por recuperar algo tan poco interesante. A partir de ese hecho, era natural que un grupo de marginados hubiese ocupado el lugar.

Me armé de coraje y bajé el terraplén cautelosamente. El barro y la humedad habían formado una pasta resbaladiza y en declive; lo único que me faltaba para rematar la jornada era caer y romperme un hueso.

Sentí un toque de extrañeza cuando empecé a caminar entre las casas, presintiendo que las miradas de la gente, al tanto del motivo de mi intrusión, acompañaban mi andar. La osadía del damnificado, metiéndose de cabeza en territorio vedado, produciría una asombrosa impresión. Pero yo jugaba con la sorpresa: nadie esperaba un lance tan imprudente. A medida que penetraba en el laberinto de casillas se hacía más evidente que había encontrado, casi sin proponérmelo, la estrategia adecuada. En algún momento me detuve y golpeé la primera puerta que quedó al alcance de mis nudillos.

—¿Quién es, qué quiere? —dijo una voz de mujer, rugosa y hostil, sin abrir la puerta.

—Busco a Laucha —dije, decidiéndome por el ataque frontal, casi sin pensarlo.

Acá no vive.

—Ya sé que no vive ahí. —Hubiera sido una gran casualidad que fuese de otro modo, pensé. —¿Sabe adónde lo puedo encontrar?

—No, y nadie le va a decir —contestó la mujer, naturalmente. Quién siembra miseria sólo cosecha furia.

—Mire, señora —dije, siempre hablando puerta de por medio—. No soy de la policía, ni le quiero hacer daño al chico. Él me robó, pero no me interesa la plata; necesito los papeles que están en la mochila.

—No sé de qué habla.

—De acuerdo. Se lo explico para que me diga donde vive.

—Ya le dije que no sé.

—No dijo eso; dijo que no me iba a decir. Yo la respeto por eso. Pero le pido que usted hable con Laucha y le diga que le voy a dar más plata, mañana, si me guarda los papeles. No necesito que me diga donde vive. Quiero que usted le diga que me interesan los papeles o que mande a alguien para que le diga eso. Ni siquiera hace falta que yo lo vuelva a ver a Laucha, ¿entiende? Para mi los papeles son más importantes que la plata y a él no le sirven para nada.

La mujer permaneció en silencio unos segundos, quizá reflexionando o consultando con alguien que la acompañaba. Luego entreabrió la puerta de chapa y asomó un ojo por la abertura, apoyando la mejilla en el filo oxidado.

—Está bien —dijo—. Venga mañana. Veré si se los consigo.

—¿Me da seguridad?

—No. Pero más no puedo. Voy a tratar.

—Está bien. ¿Cómo se llama usted, para saber?

—No importa; venga acá, nomás.

Me separé de la casilla, inseguro, sabiendo que el puente que había logrado crear era demasiado débil como para fiarse de él, pero no tenía mucho para elegir. Una vibración, que me negué a reconocer como escalofrío, me recorrió de pies a cabeza. Había jugado una de las últimas fichas, si no la última, a un número que tal vez ni siquiera existía en la ruleta. Metí la mano en el bolsillo y saqué las monedas. Eran insuficientes. Bien, podía dárselas a la mujer para sellar el pacto. Luego iría a lo del Francés a pedirle que me consiguiera un auto para ir a la Capital. Pero la mujer había cerrado la puerta de la casilla, como volviendo a marcar la distancia que no tendría que haberse acortado. Me puse en marcha sintiéndome patético y vulnerable, expuesto a la desconfianza de desconocidos; desconocidos que, por otra parte, hubiera considerado de rango inferior en cualquier circunstancia... excepto ésta. Evalué el costo del auto hasta la Capital. Me podía cobrar cualquier cosa. Y no descontaba por completo que no accedieran a transportarme con pago en destino. Podía omitir el dato, pero casi de inmediato supe que hasta el último remisero del barrio estaría al tanto del incidente que había protagonizado. Quedaba pedir dinero en la ruta, a cualquier transeúnte, como un pedigüeño callejero que sablea para comprar vino. Las opciones eran escasas y casi todas deficientes.

Caminé como si supiera hacia adonde iba. La creciente oscuridad y la pobre iluminación no me atemorizaban. Estaba casi feliz; había superado el trance del asalto de un modo temerario y me había atrevido a entrar en una zona vedada para recuperar los comprobantes. Mi filosofía ha sido siempre que los mecanismos de compensación se ponen a funcionar, tarde o temprano. Me encanta imaginar que existe una gratificación para cada penuria. La penuria había pasado y ahora vendría la buena noticia, un premio, una alegría. Me orienté, tratando de memorizar el recorrido del transporte local. Entre otras cosas, sentía la pérdida del mapa que había quedado en la mochila, pero eso ya no tenía remedio. Mientras me acercaba al terraplén fui perseguido por una jauría que ladró hasta cansarse. Creía recordar que eran los mismos perros que dormitaban echados y no me prestaron atención a la ida. Extrañé las lajas que hacían de vereda y caminé por el centro de la calzada, si el irregular y sinuoso sendero de barro merecía tal nombre. Al llegar al terraplén, empinado y resbaladizo, tuve una premonición, una relampagueante imagen de dolor y tristeza. Pero no se puede hacer caso a esas tonterías, me dije. Encaré la subida extrañando un palo o algún elemento análogo para apoyar en el terreno y asegurar el paso; la oscuridad era casi total y sólo un resplandor rosáceo y difuso me permitía avanzar. Llegué a la cima y busqué la calle pavimentada de pedregullo en la que había visto maniobrar al transporte local. A falta de faroles de alumbrado, tomé como punto de referencia la luz rosada, ahora definida como el cartel de neón de la agencia de autos de alquiler, la remisería del barrio. Volví a considerar las posibilidades de convencer a algún chofer para que aceptara trasladarme aún cuando supiera lo que me había ocurrido. Por lo menos debía intentarlo, me animé. En ese preciso instante pisé en falso y rodé por el terraplén.

Grité, maldije, pero ninguno de esos recursos detuvo la caída. El impulso me llevó a dar varias vueltas sobre mí mismo, golpeando arbitrariamente contra todo lo que sobresalía; me desgarré el brazo al rozar, a la pasada, un filoso fragmento de metal, una lata quizás, y sentí un hedor putrefacto al tropezar con alguna materia blanda en descomposición, seguramente excrementos o un animal muerto. El final del viaje no fue más auspicioso: al chocar mi cuerpo contra un neumático firmemente enterrado en el suelo, el muslo de la pierna derecha quedó debajo del torso, soportando todo el peso de un modo artificial. Sentí crujir el músculo, que se estiró brutalmente, desgarrándose en respuesta a la extrema torsión; el dolor subió hasta la punta de mi lengua y salió expulsado mediante una irresistible exclamación:

—¡Hijos de una gran puta! —El grito no aludía a nadie en especial, sino a todos en general. Al Francés, Laucha, Peluca, a la mujer de la casilla, al remisero que seguramente se habría negado a transportarme y, por qué no, al Francés de nuevo, ya que por su culpa estaba metido hasta el cuello en una situación de mierda. La puteada también era para mi hermana y ya que estaba para Elvis Presley, a quien siempre odié con toda el alma, ¿por qué no?

No pensarán que este registro minucioso de mis desventuras fue elaborado mientras caía y rodaba; por cierto que no. Es el producto de una reconstrucción posterior, cuidadosa, para lo cual fui dividiendo cada uno de los segundos que duró, como hacen los físicos para describir los primeros instantes del universo. Y no consigno todo esto de un modo casual, por utilizar palabras efectistas. Soy minucioso y preciso porque estoy detallando cómo empezó un nuevo capítulo de mi historia personal, de mi vida, diría, si no sonara tan melodramático.


Al quedar inmóvil reparé en la vasta colección de daños que había conseguido sin esforzarme mayormente. Volví a maldecir, más que nada para que no quedaran dudas de mi condición de víctima de las circunstancias y el destino; rabia y sufrimiento se unieron en un único sollozo que me inundó el pecho. Ya no se trataba sólo del atraco, con sus desgracias derivadas: la pérdida del dinero y los comprobantes. Ahora tenía en mi haber un accidente estúpido en territorio enemigo que, comprobé tras una somera inspección, me había obsequiado heridas de variada cuantía. Un conjunto de viejas frustraciones llegó al galope y me cubrió como un manto de ceniza. Había despilfarrado la vida en una serie de episodios banales, extraviando el camino y dilapidando oportunidades. Y ahora esto. Por lo menos no parece haber ninguna fractura, me animé. Pero el tajo en el brazo parecía profundo y el muslo me dolía de un modo horrendo. No tardé en descubrir que se me estaba inflamando el tobillo izquierdo, producto de una torcedura a la que no le había prestado atención. En otras circunstancias cualquiera de los daños hubiera podido reclamar un rol protagónico; en éstas, parecían asuntos de rutina. Me consoló la idea de que, excepto morir devorado por los perros, las peores catástrofes ya se habrían agotado. Y si me tengo que morir... No creí que hubiera margen para lamentaciones, en ese caso.

—Laucha, las piernas. Jiménez, la cabeza, vamos, fuerza. —La voz del Francés sonó inconfundible, inesperada. Aunque estábamos a pocos metros del negocio, me pareció extraño que apareciera de la nada, como si hubiera estado esperando al pie del terraplén. ¿O yo había estado inconsciente? —Capusta, silencio; ayudar sí, molestar no.

—Comprendido, jefe —respondió una voz infantil, aunque grave y con un fuerte acento. ¿Tenía un hijo, el Francés? No, me dije, son los golpes; la conmoción me hace desvariar.

No obstante, los hechos se sucedieron con pasmosa verosimilitud. Unas manos fuertes pasaron por debajo de mis axilas; casi al mismo tiempo ocurrió otro tanto con los pies. Cuando la mano se cerró en torno al tobillo inflamado, debo haber pegado un grito.

—Con cuidado —dijo el Francés—. Puede tener algo roto.

—Ojo —dijo Laucha—. Está feo, esto. —¿Laucha? El Francés lo había nombrado hacía un momento y ahora reconocía la voz del chico. ¡Era el que me había robado! ¿Qué hacía ayudándome?

—En la casa lo revisamos —dijo el Francés—, ahora no; vamos.

Me cargaron con cuidado y me transportaron con la seguridad de quienes conocen el camino. No me resistí, por supuesto; lo peor había pasado, o dicho de otro modo: ya no podía pasar algo peor. La esperanza tenía algo de corazonada, apenas apoyada en la razón o la experiencia. Quizá se tomaban todo ese trabajo para quitarme lo poco que me quedaba (el anillo de sello que había heredado de mi padre, la ropa, los zapatos, el reloj, al que Laucha no le había prestado atención). Podían secuestrarme y pedir rescate, suponiendo que mis familiares pagarían alguna suma para volver a verme vivo. O podían degollarme y trocearme para vender mi carne, haciéndola pasar por la de un animal exótico de Oceanía; mi futuro estaba en manos de esa gente.

—¿Adónde me llevan? —logré articular.

—No te preocupes —dijo el Francés—, no te dejaremos caer. —Me desconcertó el cambio en el tratamiento; el Francés nunca me había tuteado.

—¿Tiene novia? —dijo la voz infantil, Capusta, recordé.

—Silencio, niño —amonestó el Francés.

El empeño del Francés por hacer callar a Capusta, cortando de raíz su afán por ser sociable, debía obedecer a un propósito, a un plan, tal vez.

—¿Cuál es la idea? —dije—. Podría ir caminando, si me apoyo en ustedes.

—No puede, señor —dijo Jiménez, hablando por primera vez. Parecía santiagueño, por el acento, pero no podía estar seguro—. La herida del brazo está sangrando mucho.

—No camino con los brazos —protesté.

—... y el tobillo está hinchado —agregó Jiménez.

—¡Silencio! —dijo el Francés en un tono que no invitaba a discutir.

La puerta de una casilla se abrió. Hubiera jurado que se trataba de la misma que había golpeado unos minutos atrás. Pero ni siquiera estaba seguro de qué lado del terraplén había quedado tras la caída. Además, mi noción del tiempo estaba desfigurada. Dije unos minutos, pero pude haber dicho algunas horas, o algunos años.

—Pasen —dijo una mujer. No le pude ver la cara, pero seguramente era la misma que ya conocía, o no; ¿había alguna diferencia? Me depositaron sobre una mesa de madera y todos se apartaron al mismo tiempo, como si hubieran obedecido a una orden.

—Es el que vende los libros —dijo el Francés—, hay que curarlo.

La mujer acercó una luz intensa a la herida del brazo y la inspeccionó con atención, sin tocarme en ningún momento.

—Está feo, eso —repitió Laucha, quien no parecía tener buen estómago para las heridas.

—¿Adónde dejaste la jeringa? —le dije. Me pareció que el Francés, Jiménez y Capusta se rieron; Laucha gruñó. Me pregunté por mi futuro mientras la mujer limpiaba el corte. Me parecía estar entre gente borrosa, estrecha de miras y entendimiento, dedicada a sobrevivir de un modo precario, casi animal, como los perros que me habían ladrado un rato antes, hechos de barro y oscuridad. Mientras rumiaba esos feos pensamientos, relacionados con las corrientes adversas que me habían hecho naufragar en una playa ignota, me hice una pregunta crucial: ¿qué sabía yo de los códigos de ellos? Me sentía incapaz de comprenderlos. Mis habituales recorridos por esa y otras zonas similares, vendiéndoles libros, no me habilitaban para comprender los gestos, a veces ni siquiera las palabras que pronunciaban, aún cuando fuesen palabras que se referían a objetos o acciones que yo conocía perfectamente.

—¿Qué le pasó, don; le duele? —Giré la cabeza y vi que Capusta me observaba con los ojos húmedos. Tenía la tez oscura, un gran rostro de luna llena, mejillas encarnadas y el pelo muy crespo. Sin embargo, el acento era inconfundible, eslavo, balcánico.

—¿Adónde naciste? —pregunté.

—Acá —dijo el niño.

—No mientas —dije reprimiendo un grito; me estaban desinfectando el brazo con alcohol y ardía como ácido.

—Nací acá —insistió Capusta, terco. De inmediato, cambiando el tono, repitió la misma pregunta ingenua del principio—. ¿Tiene novia?

—Déjalo en paz —le dijo el Francés a Capusta; y luego a mí—: No quiere hablar de eso.

Pensé en Bosnia, o Macedonia. Habían llegado muchos refugiados. Como si no tuviéramos bastante con los propios... Rechacé el pensamiento por mezquino, pero no estaba para delicadezas.

La mujer había terminado de desinfectar; aplicó una gasa y vendó el brazo con energía. El corte producido por el filo de hojalata requería la vacuna contra el tétanos, pero me podía dar por bien servido con la curación casera obtenida. Minutos antes había pensado seriamente en que estaba liquidado. Ahora sólo tenía por delante una necesidad febril por entender lo que ocurría a mi alrededor. Las heridas, magullones y torceduras sanarían, antes o después, pero los propósitos de esa gente aparecían como más oscuros y, si se quiere, mucho más amenazadores. No quedaba otro recurso que preguntarle directamente al Francés.

—¿Me explicarán lo que pasa?

—¡Cállese! —dijo Jiménez, de mal modo.

—No, está bien —dijo el Francés—; le vamos a explicar.

Me senté sobre la mesa de madera. Cuando la pierna quedó colgando el tobillo empezó a latir como un corazón, aunque el muslo me había dejado de doler. Estaba en malas condiciones, lejos de casa y a merced de una pandilla cuyas intenciones eran, por lo menos, poco claras. ¿Qué podía esperar?

—Adelante —dije—, puedo escuchar; mis oídos no se rompieron, están perfectamente. —Capusta se rió.

—Lo del asalto —dijo el Francés— no fue casualidad, ¿entiendes? Laucha no es chorro.

—¿Trabaja para usted? —dije, ingenuamente.

—No somos delincuentes —dijo el Francés—; vamos en otra... dirección; es decir, esto tiene sus motivos. Lo que cada uno hace para... ganarse la vida, es otra cuestión. ¿Puedes apoyar el pie?

—Veamos —dije. Apoyé el pie derecho en el suelo, confiando en que la pierna, a pesar del muslo desgarrado, sostendría el peso del cuerpo. Me equivoqué. Caí teatralmente y mi cabeza golpeó contra el borde de la mesa. Cuatro, pensé al borde de la inconsciencia. Unas fuertes manos, las de Jiménez, supongo, me sostuvieron y, otras, Laucha de nuevo, ayudaron a ubicarme en una cama baja que olía a lana húmeda y a orín.

—No creí que estuviera tan perjudicado —dijo Jiménez. El Francés no contestó. Capusta, en cambio, encontró propicia la ocasión para acercarse y colocando un dedo sucio y grueso sobre mi párpado puso el ojo al descubierto.

—Está vivo todavía —dijo—. La novia se va a estar tranquila.

—Claro que está vivo —dijo el Francés—, nadie se muere por una caída y un par de cortadas.

—Estoy vivo —rebuzné. Desde mi nueva posición veía el techo de chapa por el que se filtraba un hilo de luz lunar. Me acomodé como pude y así permanecí un largo rato, para considerar la situación, descansando y reflexionando con los ojos casi cerrados. Los olores, penetrantes y extraños, me llegaron al olfato como señales inapelables de que me hallaba demasiado lejos de casa. Ninguno de ellos habló en todo ese tiempo, como si esperaran mi siguiente movimiento. De acuerdo, me dije, no los voy a defraudar. —¿Quiénes son ustedes? Mejor dicho: ¿qué son? Y la pregunta del millón, ¿qué quieren de mí?

—Dejemos quienes somos, por ahora —dijo el Francés—; podríamos ser criaturas de otro planeta, y no cambiaría nada, quizás; ¿lo aceptas? —Lo dijo sin ironía, como señalando un hecho vulgar. Debo haber hecho un gesto de dolor, porque Capusta me miró como quien mira a un sapo reventado al costado de la ruta.

—¿Te duele? —dijo el chico.

—Un poco. ¿Cómo es eso? No estoy de humor para chistes malos.

—Hablo en serio. Es muy difícil de explicar. Se trata de un lugar especial, sin que importe si somos o no de ese lugar —insistió el Francés—. Ese lugar nos pertenece, y queremos ir allí, pero no es un viaje directo.

—No lo entiendo, Francés, de veras.

—¿Y si fuéramos gente de otro lugar, qué, eh? —dijo Capusta. El Francés le apretó el brazo y el chico quedó en silencio.

—Eso no importa —dijo el Francés—. El asunto es otro.

—¿Está inventando todo esto para justificar a un ratero que me robó lo poco que tenía en la puerta misma de su negocio? No lo puedo creer. Usted es un hombre grande, Francés y bastante inteligente.

—Él no miente —dijo Capusta, resentido.

—No miento —dijo el Francés, serio.

—Le dije que no valía la pena —dijo Jiménez—. Le dije.

El Francés, obstinado, siguió hablando en el mismo tono monocorde, como si en el fondo todo le importara un bledo. —¿Nunca se te ocurrió que podían pasar cosas, en la periferia de su experiencia? Imagina otros lugares, en los que hubiera seres, físicamente semejantes a los humanos, pero no iguales, que no son de este lugar.

Resoplé de un modo grosero y el Francés hizo silencio. —¿Me va a decir que vinieron en una nave y que la guardan por aquí, en la villa?

—No, no es una nave —dijo Capusta, con toda su inocencia a flor de piel—. Es... no es, es otra cosa. —El niño se tapó la boca, como si ese fuera el mejor procedimiento para evitar el flujo de palabras. ¿Y si a fin de cuentas había algo inexplicable de lo que esa gente trataba de hacerme partícipe y no sabía cómo? La actitud de Capusta era elocuente.

No obstante, el Francés siguió como si nada. —Digamos que lo aceptamos sin entenderlo, a fuerza de habitar en los nichos menos favorables, y que pudimos sobrevivir en las peores condiciones. Está ahí y es nuestro, pero no lo entendemos y necesitamos ayuda para entenderlo.

—Hace un momento dijo que no son de este planeta. ¿Lo dijo o no? —Detecté mala intención en mis palabras, pero el Francés no se inmutó.

—No lo dije. Hablo de un lugar en este planeta. Quizá sea un experimento, que tal vez unos han tramado algo para averiguar cómo respondemos en diferentes condiciones. Hasta es posible que los que lo idearon sean como nosotros, aunque nunca los vimos.

—¿Usted escucha lo que está hablando o es sordo a sus propias palabras? —Una ira imbatible me subía por la garganta, pero era tan evidente mi inferioridad que me tuve que contener; y el Francés seguía sin prestar atención a mis objeciones.

—Tal vez seamos de su misma cepa, y nos pusieron aquí para ver si nos adaptamos. Más tarde el experimento se interrumpió. Ellos nos olvidaron aquí y no regresaron. O perdieron el interés, o se extinguieron. ¡Vaya a saber! Pero tenemos pruebas de que ese otro lugar existe.

El Francés había cambiado. El hombre triste y resentido al que le había vendido libros durante mucho tiempo no estaba loco. Sumido en mis propios padecimientos, carecía de los recursos habituales para refutar la disparatada historia que trataba de hacer pasar por verídica. Así y todo estaba claro que debía haber un propósito detrás.

—Francés, por favor —dije sobreponiéndome al punzante dolor del brazo; en el tobillo redoblaba una marimba y una vieja me retorcía el muslo como si fuera un trapo sucio. Busqué sin éxito el cuarto suplicio, la cabeza. Por lo visto había sido un golpe menor—. Está fantaseando. Además de increíble, la teoría tiene un tufo lacrimoso que no le sienta. Su conjetura coloca a todos los pobres del mundo en un insalvable rol de víctimas. Somos indigentes, vivimos en villas y favelas porque hemos sido señalados con el dedo de lo inexorable, ¡por favor! Denme comida y bebida, soy pobre y desdichado. Compasión. Caridad. ¿No tiene algo mejor? ¿Quiénes los dejaron abandonados? ¿Seres de otra dimensión?

—¡Usted no sabe nada! —exclamó Capusta—. Mi tío sabe, usted no. —Estaba a punto de llorar. De reojo vi que Laucha acariciaba la cabeza del chico y lo tranquilizaba. Me senté en el camastro y abarqué al grupo con la mirada. La mujer estaba calentando agua y rellenaba una calabaza con yerba. Jiménez había tomado un palo y lo desbastaba con un cuchillo de monte. Los otros, con el Francés a la cabeza, se limitaban a contemplarme en silencio, como si yo fuera, en efecto, un ejemplar de una especie extraña con el que no se sabe qué hacer. De hecho, el extraño era yo y no ellos, la mayoría.

—Por las dudas —dije—: no soy comestible, mi carne no es sabrosa.

—Ahora el que te haces el chistoso eres tú —dijo el Francés—. Me entiendes, pero te haces que no entiendes.

—Hablemos en serio —dije—. Podría aceptar que son una banda terrorista, y que operando desde este agujero pretenden hacer saltar por el aire al injusto sistema capitalista, bueno. Pero no me vengan con cuentos de ciencia ficción, no a mí, que soy un especialista. —Hice una pausa, tratando de que la frase siguiente sonara convincente y rotunda. —¿Qué hay verdaderamente detrás de esta fábula? Usted trata de explicarme algo que realmente existe, pero no sabe cómo encararlo, ¿es eso?

Laucha miró al Francés, como si le estuviera pidiendo permiso. Confié en que no planeara inyectarme con su temible jeringa. Pero el Francés movió la cabeza. —Igual seguiremos adelante —dijo, y sonó enigmático. Luego, sin dejar de mirarme con unos ojos más profundos que su amargura, arrastró una silla de respaldo y se sentó al revés, apoyando el mentón en la madera transversal. Durante algunos segundos no dijo nada. En el ambiente reinaba cierta hostilidad, como si sintiesen un disgusto instintivo hacia mí, como si les repugnara hallarse en contacto con una persona tan diferente, del otro mundo, según imaginaban, en sentido concreto o metafórico, y de la que al mismo tiempo dependían para hacer algo. La pausa me permitió reflexionar acerca de la trama que me había llevado a estar en una posición tan vulnerable, entre desconocidos cuyos propósitos y métodos me eran totalmente ajenos. ¿Qué diría Sara si una cámara fisgona estuviera filmando todo desde el techo? Vería casi la misma escena ya descripta, excepto que la mujer pasaba el mate y lo recibía vacío y lo volvía a llenar. Capusta se había tranquilizado y Laucha observaba con ojo crítico la punta tallada por Jiménez.

—De acuerdo —dijo el Francés; se palmeó el muslo con la mano abierta—. Las cartas sobre la mesa. Tenemos miedo. ¿Eso puedes entenderlo? Nos enfrentamos a algo que está más allá de nuestras facultades y necesitamos ayuda, y por eso te buscamos a ti. No tenemos a quien recurrir. La gente de afuera, que no nos conoce, no va a aceptar lo que tenemos para mostrarte. Esto es un barrio marginal, no somos de fiar, ¿entiendes?

Lo miré frunciendo el ceño. —Entonces es así nomás: una nave extraterrestre y a sus tripulantes prisioneros.

—¡No, hombre, no seas estúpido! —estalló el Francés, perdiendo la paciencia.

—Entonces se equivocaron conmigo; yo soy como ustedes, igual de vulnerable.

—¿Tiene miedo? —dijo Capusta.

—Claro que tengo miedo. El miedo está tan incrustado en las entrañas de la sociedad que se confunde con la realidad misma.

—Me parece que tiene fiebre —dijo Laucha.

¿Tenía fiebre? Me sentía mal, pero al mismo tiempo intuía que el miedo había decantado en una dirección definida y aunque no fuera visible todavía, lo peor ya había ocurrido. ¿Era eso? —Yo nunca fui perseguido —logré decir—, nadie me acosa, no sé lo que es ser un marginal, por lo que no soy el más indicado para ayudarlos. —Un nuevo dolor punzante me recorrió el costado, en zig-zag, como un relámpago.

—No es eso —dijo el Francés—. Pero tenemos derecho a buscar una salida. Doble o nada. ¿Se anima?

—¿Doble o nada? ¿Por qué yo? Ustedes están fritos y es entendible que depreden lo único que los otros tienen en abundancia, además del dinero, claro, y las casas y los autos y las joyas. Pero yo no tengo nada que ver con eso.

—No está a nuestro alcance, como es lógico, excepto que lo robemos. Pero no se trata de robar objetos, como siempre se hizo y vernos sometidos a una caza despiadada y a ser tratados como ratas, no. —El Francés hizo una pausa, como si estuviera ordenando una secuencia de complejos pensamientos; no lo interrumpí, y él continuó: —El miedo nos ha vuelto torpes y sanguinarios, nos hace escupir veneno, pero queremos cambiar eso, dejar de fabricar muros y corazas con los despojos del mundo de ellos y empezar a fabricar el nuestro, propio, ¿entiende?

—No, pero igual siga; tal vez tenga sentido al final.

El Francés me miró preocupado. —Creí que entenderías. No tengo mucho más para decirte y el idioma me cuesta.

—Si tengo que entender lo que está en la superficie, no está diciendo nada que no sepa, salvo que lo hace de un modo oscuro, casi incomprensible. Si el mensaje está oculto, no, no lo entiendo.

—Tenemos un portal —dijo Capusta sin contenerse.

—¿Que tienen qué? —Me empecé a reír, pero desistí de inmediato. La herida empezaba a latir con dentelladas de acero. —Laucha tiene una jeringa. El Francés debe tener una Kalashnikov o una bolsa con cocaína en el ropero. Capusta tiene un portal.

—¡No eso, hombre! —exclamó el Francés.

—Dígaselo directamente —intervino Jiménez; hacía muchos minutos que había terminado de aguzar el palo y se entretenía buscando algo en qué ensartarlo. ¿Pensaría empalarme? Seguramente no; la punta del pedazo de madera no era demasiado agudo, seis o siete milímetros, el grosor de un lápiz, más o menos.

—Para decírselo directamente —dijo el Francés volviendo a tratarme con formalidad— lo hubiera hecho al principio. El problema es que si se lo digo directo va a salir corriendo.

—¿Le parece? —alegué, irónico—. No estoy como para salir corriendo. ¿Qué es lo maravilloso que me tienen que decir y no estoy preparado o no voy a entender? ¡Eh, Capusta! —Disparé la interjección y el nombre de un modo que el chico no pudo resistir.

—El portal es lo que hay que decir —dijo Capusta. Y se tapó la boca de nuevo. Y bajó la cabeza. Pero el Francés, en lugar de regañarlo o tirarle un mamporro, le sonrió mesándole el cabello.

—Tenía razón, Jiménez —dijo el Francés—; era mejor escupirlo directamente. El niño resolvió el problema con su inocencia.

—¿No le dije?

—Todavía no entiendo gran cosa. Un portal que comunica con algún lugar, me imagino. ¿Tiene sentido? ¿O la gangrena me llegó al cerebro?

—Venga. No, espere. —Miró hacia los costados, como buscando algo. Apuntó con el dedo a una silla y remarcó, moviéndolo varias veces hacia adelante. —Esa; parece sólida.

Laucha se encogió de hombros. —Hubiera sido mejor con ruedas.

—¿Tienes uno con ruedas? —Noté que el Francés aparentaba una severidad que estaba lejos de su temperamento. Así que todo había sido una cuidada puesta en escena. ¿Desde cuándo? ¿Desde el principio o sólo por hoy? Tal vez habían tenido que improvisar, pero me inclinaba a pensar que obedecían a un guión, preparado a partir de mi visita anterior. El Francés sabía que yo no regresaría al barrio después de cobrarle la última cuota de los libros.

—Yo no quise hacer macana —gimoteó Capusta tardíamente.

—No hace falta que llores —dijo el Francés—. No hiciste una falta grave. Nosotros comprendemos, ¿no es cierto? Y hasta nos hiciste un favor, a lo mejor.

Capusta se pasó el dorso de la mano por los ojos; parecía como si hubiera llorado aceite.

—Con cuidado —dijo Jiménez. Se ubicó junto a mi flanco derecho, el más dañado y soportó el peso del cuerpo. Me sentaron en la silla y entre los tres me sacaron de la vivienda. Éramos una procesión ridícula y Capusta se rió; hacía bien en reírse. Los chicos pasan con suma facilidad del llanto a la risa, me dije, aunque no tengo mucha experiencia en la materia. En ese momento pensé en Sara y en que hacía rato que debía estar preocupada por mí.

—Tengo un teléfono celular en la mochila —dije mirando a Laucha lastimeramente—. Déjenme llamar a mi hermana.

—No va a llamar a nadie todavía —dijo el Francés, repentinamente áspero—. Primero vamos a terminar con esto.

—¿Se puede saber por qué?

—No. Estamos llegando. —Volvía a tratar de parecer severo, pero sin lograrlo del todo. Cada vez estaba más seguro de que lo que encubría lo hacía sentir incómodo; era algo banal y no era hábil para hacerlo pasar por trascendente.

Pasamos del otro lado del terraplén y nos internamos en una calle oscura pero, para mi sorpresa, prolijamente pavimentada. Parecía pertenecer a otro barrio, a otro país. Las casas seguían siendo modestas, aunque pulcras y bien construidas, con jardines al frente y tejados venecianos. Capusta corrió por delante de todos nosotros gritando como un desaforado.

—¡Gaudencio! ¡Lo trajimos al tipo de los libros! ¡Gaudencio, salga! —Los gritos del niño fueron tapados por los ladridos de un mastín que se arrojó contra la verja de una casa que no se distinguía de las demás. Pero Capusta extendió una mano entre las varas de metal y el animal se calmó como por arte de magia.

En la penumbra creí distinguir que la boca del Francés se torcía a causa de una sonrisa. ¿Habían estado jugando conmigo, a fin de cuentas? Posaron en el suelo la silla en la que me habían traído y esperaron en silencio que se encendieran las luces de la casa. Al cabo de un rato apareció un hombre de unos sesenta años, canoso y desgreñado. Calzaba zapatillas de paño, una bata de franela le cubría el cuerpo y un cigarrillo apagado le colgaba de la comisura de los labios. Arrastró los pies para llegar hasta donde estábamos y me miró con los dientes apretados; luego parpadeó e hizo una seña para que no me moviera de la silla.

—¿Este es el famoso vendedor de libros? —dijo finalmente con voz de borracho.

—Se lastimó mucho —dijo Capusta.

—A usted no le pregunté nada —dijo el viejo sin mirar al niño.

—Gaudencio —dijo el Francés—: le expliqué algo, no mucho, un poquito. Creo que va a servir.

—Eso lo digo yo, Francés —dijo Gaudencio, siempre de mal modo. Por lo visto era un viejo resentido y caprichoso, acostumbrado a mandar, un milico retirado, tal vez. Pero mi atención no lograba hacer pie en la extraña conducta del viejo porque Jiménez, que había traído consigo el palo aguzado, empezó a hacer algo que me obligó a pensar que estaba loco. En el frente de la casa de Gaudencio había una curiosa estructura de cristal cubierta por un dosel que, más que reflejar los mínimos destellos nocturnos, parecía absorberlos. Jiménez estaba atacando el panel con el palo pero éste en lugar de chocar se hundía, y en lugar de chirriar siseaba. Sin pasión, el hombre acometía una y otra vez, por lo que terminé imaginando que Jiménez tocaba determinados puntos con la aguja de madera. Aunque no nos separaba una gran distancia, la penumbra en la que estaba inmerso no me dejaba estar seguro de lo que veía.

—Vamos —dijo el Francés—. ¿Puede caminar?

Probé aferrado al brazo del Francés y apoyando la pierna más perjudicada primero. A pesar del dolor resistió el peso del cuerpo; más confiado, di un paso; no era tan terrible. Concentrado en mis averías, había olvidado por un momento el accionar de Jiménez. Gaudencio se adelantó con la obvia intención de ser él quien explicara el sentido de la operación, pero se enredó con Capusta y yo llegué junto al dosel antes que nadie.

—¿Qué hace? —le grité a Jiménez como si nos separara un ancho río.

—Gaudencio se lo va a explicar —dijo Jiménez sin mirarme. Seguía picando con el palo aguzado en el tablero de cristal, pero al acercarme advertí que lo que hacía era presionar unas celdas diminutas, como si pulsara el botón de un ascensor; había cientos de celdas. Giré la cabeza tratando de ver al Francés y lo hallé en un repliegue de las sombras, conversando con Gaudencio. Un único rayo de luz, que parecía provenir del dosel, alumbraba la cara redonda de Capusta, quien contemplaba extasiado a los dos hombres.

—Al final se lo voy a tener que explicar yo —dijo Laucha apareciendo a mis espaldas.

—¿Por qué no? Empezaste todo esto. Dámela, tío. Tengo una aguja —dije tratando de remedar su voz.

—Discúlpeme; pero fue idea del Francés.

—Pero te encantó interpretar el papel de chorro. ¿O sos un chorro regenerado?

—Mire, don; esto es muy gordo. Mejor le explico así se deja de pensar pavadas.

—No me vas a creer, Laucha: es lo más sensato que escuché desde que salí del negocio del Francés y me robaste la mochila.

—Yo no...

—Bueno, no me la robaste. ¿Me devolvés el celular?

Laucha buscó con los ojos al Francés y vio que estaba discutiendo acaloradamente con Gaudencio, como siempre. Sacó el celular del bolsillo y me lo tendió.

—Pero no hable todavía. Espere a que le expliquemos esto. Si lo usa va a estropear el trabajo de Jiménez.

Miré el visor y descubrí que Sara no había llamado. En cierto modo era natural, ya que para ella yo debía estar viajando y no había motivo de preocupación. Cuando fueran más de las once de la noche se alarmaría y para eso faltaba una hora. Decidí esperar.

—De acuerdo —dije—. Respetaré eso. ¿No podríamos haber empezado por aquí?

—No —dijo Laucha escuetamente.

—Te escucho.

—Cuando Jiménez termine de puntear verá que en el costado de la casa de Gaudencio se abre un túnel.

—¿Un túnel? Estás diciendo un pozo...

—Le dije que iba a ser difícil.

Jiménez giró la cabeza, como si nuestra cháchara perjudicara la operación que estaba llevando a cabo. El Francés y Gaudencio terminaron la discusión, que sólo lo era por el carácter vehemente de ambos y se ubicaron a nuestro lado. Era como si todos nos dispusiéramos a mirar un partido de fútbol por televisión, en pantalla gigante.

—Ahora se va a abrir un túnel —dijo el Francés.

—Eso me comentó Laucha —respondí—. ¿Se puede saber algo más?

—Ya lo va a ver por sí mismo —dijo Gaudencio, de tan mal talante como siempre. Por lo visto tenía prohibido fumar y conservaba la colilla entre los labios por puro hábito.

—¡Listo! —exclamó Jiménez soltando el aire que parecía haber retenido en los pulmones. Clavó el palo en la tierra, como si ya no lo fuera a usar más y retrocedió un paso.

Al principio no ocurrió nada. Un tenue muaré parecía nimbar los objetos que se hallaban detrás del panel de cristal. Poco a poco, la fosforescencia ganó terreno, cubrió el dosel y el espacio pareció curvarse en torno a un círculo de no más de un metro de diámetro, ubicado casi a ras del suelo. El círculo sólo era visible porque el muaré se volvía más y más nacarado, como si lo bañara la luz de la Luna. Al cabo de algunos minutos el círculo oscuro pareció resumirse sobre sí mismo, y unas estrías claras, como venas pálidas y ramificadas, se distinguieron en los bordes. Parecía el paisaje surreal que representaría un principiante en su primer cuadro.

<0>Como si estuviera observando el océano a través de un ojo de buey, reconocí la línea del horizonte. Era una franja plateada que se abría camino curvándose en los bordes con un giro audaz. Vi laderas y depresiones sobre las que destellaban luciérnagas y casi de inmediato me vino a la mente que estaba contemplando un mundo virgen, previo, incontaminado.

—¿Es eso? —dije señalando con el dedo la entrada del portal. No tenía duda de lo que era, pero todo lo demás se me escapaba. Eran tantas las variantes que no me atrevía a pensarlas en detalle. Sólo quedaba hacer preguntas hasta que ellos no fueran capaces de contestarlas. Y aún en ese caso seguiría eludiendo la pregunta final y fatal: ¿qué querían de mí?

—Es un portal —digo Gaudencio explicando lo único que era obvio, aunque por primera vez lo había hecho de un modo suave; hasta la voz le sonó un poco menos aguardentosa.

—De eso ya me di cuenta. ¿Adónde lleva? ¿Ustedes pasaron del otro lado? ¿Cómo lo descubrieron?

—¿No le parece que son muchas preguntas para contestar de golpe? —El Francés me observaba sonriendo, con el gesto que se usa para reprender a un chico que ha hecho una travesura y al mismo tiempo ha demostrado su ingenio.

—Lo descubrimos por casualidad, por supuesto —dijo Gaudencio—. El portal es el panel de vidrio y el dosel que lo cubre. Unos chicos que juntaban cartones me lo trajeron.

—Él es el Peluca —dijo Laucha riendo. En el fondo era un chico y la situación le causaba gracia. Cuando Gaudencio les compraba lo que juntaban era el Peluca. Pero esta vez no había tenido tiempo de ponérsela.

—¡Calla la boca, porquería! —bramó Gaudencio otra vez irritado. Pero el de la peluca, que obviamente no se había puesto para salir, sólo era un problema menor, de índole personal y el asunto del portal se imponía por varios cuerpos—. Lo tuve meses juntando mugre, a la intemperie, sin tener idea de qué era. Un día, al mover un perfil de aluminio que vino a buscar un chatarrero de Caseros, se pinchó una de las celdas, lo que produjo una descarga eléctrica y un chispazo azul, muy raro. Por un instante fue como si el espacio hubiera sido acuchillado; una herida que duró un segundo y se cerró. Paro para mí fue evidente que había dado con algo fuera de lo común.

—¿Qué hizo? —Estaba más que intrigado; mis sentidos de lector de novelas de ciencia ficción se habían puesto en alerta roja y por primera vez desde que Laucha me interceptara a la salida del negocio del Francés, la historia que me contaban, aunque fantástica, tenía cierta cualidad que la hacía verosímil.

—Durante un buen rato me rasqué la cabeza —siguió Gaudencio; parecía estar hablando con total franqueza y estaba seguro de que no omitía detalle—. ¿Qué otra cosa podía hacer? Tengo ciertos estudios, no fui toda la vida esto que ve ahora; yo tenía un buen trabajo y vivía en Palermo, ¿qué se cree?

—No me creo nada —dije—, adelante.

—¿No me cree?

Fue mi turno de rascarme la cabeza. —Quise decir que ya me di cuenta que usted es un tipo preparado. —No sé si sonó verosímil, pero Gaudencio retomó el hilo de su relato.

—La descarga no me había gustado nada, pero que un panel con celdas que no está enchufado a ninguna parte haga eso es por lo menos raro.

Advertí que el Francés y los otros se bebían cada palabra de Gaudencio, a pesar de que habrían escuchado la historia mil veces.

—Siga, siga.

—Pero tenía miedo de probar, ya que nunca me gustó jugar con la electricidad; lo mío es la filosofía, ¿sabe?, no las ciencias.

—¿Entonces?

—Pensé que no perdía nada probando con una vara de madera. Entonces arranqué una rama del árbol, la agucé para dejarla en punta y toqué una celda. ¿Qué cree que ocurrió?

—No tengo idea.

—Lo que acaba de ver. Al principio nada, porque no pasa nada cuando se tocan dos o tres celdas. Pero cada vez que se toca una es como si conservara la memoria, y cuando se tocan exactamente treinta y seis se abre el portal.

No lo podía creer. Un viejo chatarrero que presumía de filósofo de extramuros, me estaba contando que tras apretar treinta y seis celdillas con un palo afilado se abría una puerta a otro mundo, un universo paralelo o al culo de un agujero de gusano. Y lo peor de todo era que no se trataba de una fábula, ya que el producto lo estaba viendo con mis ojos y en ese mismo momento. El portal permanecía estable, sin más fluctuación que leves cambios de la sombra que arrojaba el muaré plateado.

—¿Usted se metió adentro?

—¿Esa vez? ¡No! ¿Está loco? No podía saber si me iba a quedar fulminado. Pasé horas y horas mirándolo y pensando. Le aclaro que lo que se veía del otro lado no era esto que se ve ahora. Según la combinación de celdas que se arma es el paisaje que aparece. Hay doce docenas de celdas, ciento cuarenta y tres, en realidad, porque la que pinché e hizo la descarga el primer día quedó inutilizada. O sea que se pueden formar millones de combinaciones.

Millones de combinaciones. Millones de preguntas sin respuesta. Volví a mirar uno por uno a todos de la banda y descubrí que me observaban ansiosos, como si yo estuviera a punto de explicar todo mediante una sencilla teoría.

—No soy científico —me defendí.

—Ya lo sabemos —dijo el Francés—: sólo es un hombre que vende libros. Pero usted conoce a gente que enseña en la universidad, profesores que pueden interesarse en esto, puede hacerlos venir y dos o tres juntos empezar a explicar lo que significa el portal.

—¿Laucha los va a amenazar? ¿Venga a ver el portal o lo pincho?

—¡Hombre, no! —protestó Gaudencio—. No teníamos más remedio; usted no hubiera venido por las buenas.

—¿Y si salía mal? ¿Qué otras posibilidades barajaban si no me caía terraplén abajo?

—Dejemos eso —dijo el Francés—. Podemos discutirlo después. Ahora aprovechemos el tiempo.

Era la primera vez que se planteaba el tema de la duración del fenómeno o efecto o como se quiera llamarlo. Tendría que haber imaginado que el portal permanecía abierto durante un lapso y luego se cerraba. Y eso no era algo menor. Fue en ese momento que advertí que un nivel profundo y autónomo de mi mente ya estaba considerando la posibilidad de pasar.

—¿Cuándo se cerrará?

—Esta combinación —dijo Gaudencio mientras miraba un reloj que había sacado del bolsillo de la bata— mantiene el portal abierto cincuenta y cinco minutos. No sabemos qué determina eso. Para cada combinación hay un lugar y cada lugar dura un tiempo abierto y se cierra. No sabemos si son diferentes puntos del mismo mundo o si son mundos diferentes.

—Tengo más preguntas que las que puedo formular.

—Claro —se burló el Francés—; así que imagínese nosotros.

—Pero se puede volver a abrir el mismo, durante otros tantos minutos. Todo el sistema funciona desde que cae el sol hasta el amanecer. Y no pregunte por qué; no tenemos la más puta idea.

—¡Peluca, el niño! —El Francés miró a Gaudencio con severidad. El viejo se encogió de hombros y el rostro de luna de Capusta se encendió con una enorme sonrisa.

—Si yo esa ya me la sabía.

—Ya sabemos todas las porquerías que usted sabe porque aprendió por ahí —dijo el Francés—, pero nosotros no seremos sus maestros de eso.

—Mi maestro, en la escuela —dijo Capusta dirigiéndose a mí, como si buscara aprobación— dice malas palabras, no a veces, sino siempre.

—Lo que hace su maestro ya lo vamos a arreglar —dijo el Francés—, pero aquí hablamos sin malas palabras.

Gaudencio resopló mirando al cielo. Yo notaba que los minutos pasaban volando y si seguíamos charloteando iba a salir el sol antes de que adoptáramos alguna conducta definida con respecto al portal. Así que tenía que ser yo el que, como un ciego en medio de la pista, eligiera a la más linda del baile.

—¿Ustedes quieren que pase yo?

Esperaban y temían ese momento, supuse, pero por la forma en que reaccionaron descubrí que no, no era eso lo que esperaban de mí.

—Ya pasamos —dijo Gaudencio—, varias veces. Le estaba contando como llegué a la conclusión de que había que pinchar treinta y seis celdas.

—Acierto y error.

—Más o menos. Tuve suerte en una cosa. Lo hice de noche y pinchando y esperando, pinchando y esperando. No pasó nada hasta la treinta y cinco. Y cuando pinché la treinta y seis...

—¡Plaf! —exclamó Capusta al tiempo que palmoteaba con fuerza. Di un salto y descubrí que estaba tenso.

—Cuando pinché la treinta y seis se abrió el portal.

—No le cuente el final de la película —dijo Laucha.

Volví la mirada al portal. El círculo de muaré parecía un poco más oscuro, y ahora sólo eran visibles las nervaduras más pálidas. Pero ese fue el instante que eligió la abertura para sufrir una mutación, y fue simultáneo con el comienzo de la señal de llamada de mi teléfono celular.

—¿No te dije que no se lo dieras? —Alcancé a oír la voz del Francés superpuesta a la de Sara. Pero tenía que hablar con ella y no tuve más remedio que hacer un ostentoso movimiento con la mano.

—¿Adónde te metiste? Son las once y media.

—No te lo puedo explicar, Sarita. No me pasa nada grave. Me caí y me están curando en una sala de primeros auxilios de este lugar.

La Sara maternal se puso en acción con toda su energía. A ella no le importaban los portales, y mucho menos los portales de cuya existencia no tenía la más remota idea.

—¿Te cortaste? ¿Te vendaron? ¿Te pusieron la vacuna contra el tétanos?

—Te llamo en un rato. Ahora corto porque parece que mi celular interfiere con los equipos. Lo voy a apagar.

Y sin espera la respuesta de mi hermana cumplí con lo prometido. Alcé la vista para descubrir que el portal había desaparecido.

—Por eso mismo —dijo el Francés—, no queríamos que lo tuviera.

—¿No me lo podrían haber dicho? ¡Qué retorcidos que son ustedes!

—No nos hubiera creído —se disculpó Gaudencio, como si hiciera falta.

—De acuerdo. ¿Y ahora? No necesito prenderlo por un par de horas. Va a estar intranquila, porque es su estado natural. Pero por lo menos no va a llamar a la policía y los bomberos.

—Un par de horas no alcanzan para nada —dijo Gaudencio—. Pero no importa. Lo que queremos es que nos ayude y para eso primero tenemos que hacerlo entender qué es el portal y qué nos proponemos hacer con él, si se puede.

Una mosca me zumbó dentro de la cabeza. Qué nos proponemos hacer con él. Qué nos proponemos hacer con él. Ahí estaba la madre del borrego; ¿cómo no lo había pensado antes?

—Dijo que ustedes pasaron. —Tenía que saber más antes de encarar el asunto crucial.

—Pasamos —dijo el Francés.

—Pasamos —dijo Gaudencio, como si la única declaración válida fuera la de él—. A ésta que se acaba de cerrar y a otras... ¿Cuántas, Jiménez?

Jiménez sacó una libretita mugrienta de un bolsillo de su mameluco. —Once.

—Sólo once —dijo Gaudencio—. Hay millones.

—Claro. ¿Y cómo las identifican?

—¿Es tonto o qué? Le pusimos números a las celdas. Hasta ahora hicimos de la uno a la treinta y seis, de la dos a la treinta y siete y así. Ya habrá tiempo de explorar más. La fallada es una del medio, la setenta y cinco.

—¿No probaron saltear?

—Sólo una vez —dijo Gaudencio—, pero no guardamos la combinación. El portal enfocó un lugar más extraño que cualquier cosa que se pueda imaginar, con formaciones de cristal y unos reflejos violetas que cruzaban el cielo, pero no eran relámpagos ni otras formas de descargas eléctricas, sino una especie de jugos que sacudían el aire como látigos.

—Nos dio miedo —dijo Capusta.

—¿Llevaron al chico? —No podía creer que esa gente fuera tan atolondrada.

—No —dijo el Francés—, miraba desde acá. Pero nos dio miedo, como dijo el niño. Esa vez pasó Laucha. Nunca fue más de uno y ese día no se apartó más de medio metro del portal. Fue sólo para mirar lo que había.

Volví sobre mis pasos y me senté en la silla que habían usado para traerme. La escena debía ser bastante ridícula, con algún tinte surrealista, porque hasta Capusta, que no podía tener ninguna noción teórica acerca del asunto, se tapó la boca para ocultar la risa.

—¿Cómo sigue? —dije, haciéndome el desentendido.

—¿El portal? Podemos abrirlo de nuevo en cualquier momento. —Gaudencio le hizo una seña a Jiménez. Por lo visto, y a despecho de lo poco versados en cuestiones científicas y tecnológicas que pudieran ser, se manejaban con envidiable solvencia.

—Esperen. Yo quiero pasar.

—Eso no es lo más importante —dijo el Francés.

—No es —repetí—. ¿Qué es lo importante?

—Lo otro. ¿No se da cuenta?

—No; explíquemelo.

El Francés trató de darle el pase a Gaudencio, pero éste rehusó. Por lo visto no se sentían demasiado cómodos tocando ese aspecto de la cuestión. Decidí dejar de hacer el tonto y ayudarlos.

—Tenemos que estar seguros —dijo el Francés hablando lentamente—, de que no lo vamos a perder.

—Estoy de acuerdo —dije, sorprendiéndolos—. Yo los voy a ayudar para que no lo pierdan, pero no va a ser fácil.

—¿Ahora entiende lo que pasaría si dejamos que venga cualquiera?

—Claro que entiendo. No se ofendan por lo que les voy a decir, son las palabras de ellos, no las mías, pero: ¿cómo vamos a dejar el portal que nos comunica con otros mundos en manos de una manga de marginales, juntadores de botellas y cartones? ¿Sí o no?

—¡La puta que los parió! —estalló Gaudencio.

—¡Peluca, la boca!

—Está bien —dijo Gaudencio—. Pero es así como dice tu amigo. Nos van a dejar sin nada y encima nos van a mandar a la Antártida, a despiojar pingüinos, donde no podamos hablar ni entre nosotros.

—Calma, Peluca —le dijo Jiménez pasándole la mano por el hombro. Por lo visto conocían a fondo los arranques de Gaudencio y se habían acostumbrado a contenerlo. El viejo se sacudió la mano, de todos modos, y tocó la colilla, que debía tener pegada al labio, para comprobar que seguía allí. No parecía ser el conductor ideal para el proyecto Portales, pero las cosas son como son, no como a uno le gustaría que sean...

—¿Lo abro? —dijo Jiménez. Desenterró el palo aguzado y le limpió la punta.

—Un momento —respondió el Francés. Se volvió hacia mí y se inclinó para hablarme en voz baja, como si los temas de salud fueran impúdicos. Tipo raro, el Francés—. ¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho? —Era como un juego: otra vez me estaba tuteando. Seguramente eso tenía que ver con sus estados de ánimo.

—Supongo que la excitación me hizo olvidar el dolor.

—¿Necesitas pasar del otro lado?

—No me lo perdería por nada del mundo. —Me moví en la silla para acomodar el muslo desgarrado y apoyar el brazo herido. Pero lo peor era el tobillo, que se había inflamado feo. Por primera vez en varias horas volví a pensar en el regreso a casa, aunque desde una perspectiva totalmente distinta. Todo era distinto, mi vida misma había cambiado tras el asalto fingido y el revolcón en el terraplén. Y ya que podía dejar de preocuparme por eso, porque no valía la pena, concentré la energía en el asunto crucial, lo que todavía nadie había sabido o querido explicarme.

—¿Qué hay del otro lado?

—Depende. —Al Francés parecía gustarle hablar de eso—. ¿Cuál de los mundos?

—No sé, cualquiera, uno al treinta y seis. ¿No fue ese el primero que visitaron?

—¡Un momento! —dijo Gaudencio—. Todavía no cerramos el otro asunto. ¿Qué va a pasar cuando éste vuelva a su casa y le cuente a la hermana y a la mujer, si tiene, y a los hijos, y a los amigos?

—Ya les prometí...

—No prometiste nada —dijo el Francés, repentinamente duro—. Dijiste que nos ibas a ayudar para que no lo se lo lleven los otros, pero no dijiste que tú no nos vas a cagar.

—¡Tío! —gritó Capusta.

—Perdón, niño, pero no conozco otra forma de decir esto. ¿Nos vas a cagar?

—No los voy a cagar —repetí—. Pero me tienen que tener confianza. Si van a seguir pensando eso, mejor lo dejamos. No puedo hablar con los profesores desde acá. Tengo que ser cuidadoso, ponerme en contacto con ellos de a uno, traerlo, mostrarle, y una vez que estemos convencidos de que no hablará con quien no debe hacerlo, usar su posición para atraer a otro, y así sucesivamente.

Gaudencio movió la cabeza. ¿Lo había convencido? Me incorporé apoyando el pie sano y usando el respaldo de la silla para equilibrarme; ya no podía caminar, pero en cuanto Jiménez abriera de nuevo el portal me iba arrojar de cabeza, como un jugador de rugby que llega a la meta. Haría lo mismo aunque me faltaran las dos piernas.

—Mejor abramos la tres y treinta y ocho —dijo el Francés—. Es más prometedora. Laucha: ¿trajiste la linterna?

—Sí, Francés, acá la tengo. —Laucha encendió un fanal de pura luz blanca. Por lo visto repetían la experiencia con asiduidad, casi como un hábito. ¿Cuándo dormían? Me respondí de inmediato: si yo fuera capaz de atravesar un portal y emerger en otro mundo, no dormiría nunca más.

Jiménez no necesitaba órdenes. Una vez que el Francés indicó el número, el santiagueño empezó a picar en las celdas sin apuro, lentamente. Por lo visto errarle a una celda y marcar otra implicaba una secuencia totalmente diferente, y ninguno de los presentes quería jugar con el azar. El diámetro de cada una de las celdas era apenas mayor que el de una moneda de diez centavos, unos dos centímetros. Ahora me explicaba el empeño de Jiménez por obtener una punta roma, no tan aguda, que resistiera la secuencia completa sin romperse.

Traté de mover la silla como si se tratara de un bastón canadiense, pero no resultó. Laucha me entregó la linterna y se ofreció como bastón. No podía creer que fuera el mismo chico que un rato antes me hubiera "asaltado".

El portal se abrió cuando quedamos a un par de metros del círculo. Al final tendría que arrojarme de cabeza, nomás, como un clavadista, ya que no veía de qué modo podría apoyar el pie inflamado, de uno u otro lado.

—¿Quieres que lo dejemos? —El Francés estaba pensando lo mismo que yo. ¿Qué podía responderle? Tal vez me despertara en cualquier momento para descubrir que todo el episodio había sido un sueño particularmente vívido y nada más. A disfrutar mientras se pueda, pensé.

—No. Sigo. De alguna manera me arreglaré.

—Yo lo ayudo a pasar y me vuelvo —dijo Laucha. Le miré el orzuelo; no estaba soñando.

—Nunca hubo dos del otro lado —dijo Gaudencio, otra vez de mal humor.

—Hay que probar. ¿Qué podría pasar? Si no sabemos cómo funciona nada de esto. ¿Qué nos hace pensar que algo, del otro lado, se desequilibra cuando pasan dos al mismo tiempo? —Gaudencio contestó con un gruñido. Tomó la colilla entre dos dedos y la arrojó lejos impulsándola con el pulgar. No sabía si eso presagiaba calma o tormenta, pero estaba convencido de que el malhumor del viejo era constante y la bonanza una excepción.

—Vamos, don, ya se abre. —Laucha se ubicó del lado del tobillo hinchado y pasó mi brazo por detrás de su cabeza, acomodando su hombro en mi axila. Como bastón improvisado no estaba nada mal.

El portal se abrió de un modo totalmente diferente. No fue progresivo, con el muaré cambiando de color, las venas plateadas y todo eso. Fue como un parpadeo. En un instante había negrura, al siguiente un complejo tramado de luces que fluctuaban, débiles, contra un farallón.

—¿Olas? —dije, perplejo.

—Sí —dijo el Francés—. Es un acantilado. Pero el borde está a unos cincuenta metros. Yo mismo fui y me acerqué al océano. Pero no es como el nuestro. Es agua, por cierto, pero sobre el agua flotan cuerpos luminosos. No sabemos si son animales, sustancias químicas o alguna emisión de ondas de alguna clase. Para eso necesitamos a los científicos.

Moví la cabeza hacia un costado, descorazonado. —No va a funcionar —dije—. Aquí hay trabajo para cien años, para millones de científicos. No lo vamos a poder retener.

—¡No! —gritaron al unísono el Francés y Gaudencio—. No se lo vamos a regalar a los que jamás nos dieron nada más que golpes —agregó el Francés.

—Estoy con ustedes. Yo tampoco quiero que se lo arrebaten. Pero esto no es para aficionados. ¿Se imaginan lo que se puede aprender? ¿Lo que podría obtener la humanidad gracias a la exploración de los diferentes mundos?

—No pensará lo mismo cuando lo sienta suyo —dijo Gaudencio—. Uno deja de ser el mismo cuando pasa del otro lado.

—¿Está hablando de algo metafísico? No me venga con esas porquerías; yo no creo en eso.

—Usted primero pase —insistió el viejo—, y cuando vuelva hablamos.

Por un momento me pasó por la cabeza la idea de que me iban a dejar del otro lado, que cerrarían el portal y jamás encontraría el camino de regreso. Pero eso no fue nada. También pensé en Sara y la vi en la cama, desnuda con una de sus amigas. Y me vi a mí mismo, pasando interminables horas en los bares, mirando por la ventana a las mujeres que paseaban por la calle, incapaz de atreverme a abordar a alguna de ellas. Y pensé en las cocheras, ¡malditas sean! ¿Cómo me podía poner a pensar en cocheras en un momento como ése? Fue entonces que Capusta dijo algo verdaderamente estúpido y no tuve más remedio que echarme a reír, a reír de un modo grosero y extemporáneo. Capusta dijo:

—Seguro que del otro lado consigue novia.

Maravilloso; finalmente el chico era nomás de otro planeta. Quizás había visto más muerte, más horrores de los que yo vería en toda mi vida, pero su candoroso modo de ver las cosas me obligaba a olvidar las penurias físicas y las infinitas complicaciones en las que me vería envuelto a partir del día siguiente. Contemplé a Capusta como si fuese el hijo que nunca había tenido y que tal vez no tuviera jamás y le pasé la mano por la hirsuta y grasienta maraña de cabellos que le coronaba la cabeza.

—Seguro, Capusta, seguro que del otro lado consigo una chica bonita, me pongo de novio y me caso. ¿Vas a venir a mi fiesta de casamiento?

Capusta levantó la vista buscando la aprobación del Francés. Éste movió la cabeza y una sonrisa grande como una luna llena hizo cabriolas en el rostro del chico.

—¡Sí! Y voy a tener un traje nuevo con luces de colores.

No traté de adivinar qué quería decir Capusta con eso. El portal estaba totalmente abierto y una brisa marina fluía entre un universo y el otro.

—Dele, don —dijo Laucha—. No tenemos toda la noche.

Le guiñé un ojo y le dije: —Usá la plata del asalto, esa que me pensabas devolver, para ir a comprar algo de comer para cuando regrese. Pan y jamón, por ejemplo.

—Seguro, don —respondió Laucha devolviéndome el guiño.

Con la ayuda del muchacho avancé hacia el portal. Me arrojaré de cabeza hacia adelante, pensé, y a continuación le rogaré a Neptuno para que del otro lado me reciba un colchón de espuma. ¡Buen plan!

—Diez minutos —dijo Gaudencio mirando su reloj—. A lo sumo quince. Se sentiría mal si viera que la brecha se cierra. Aunque Jiménez trabaje a todo vapor, pasarán unos minutos antes de que se abra de nuevo, ¿entiende? Y eso en el caso de que no le pifie. Porque si le pifia va a tener que esperar todo el ciclo de nuevo.

—Diez minutos serán suficientes, y no me alejaré del portal más de cuatro o cinco metros.

—Hagamos así, don —dijo Laucha—. Paso yo. Usted se queda apoyado en la silla y lo atajo del otro lado, ¿qué le parece?

—¿Y si pasamos la silla? —dije.

—No se haga el chistoso —dijo Gaudencio, que volvía a tener una colilla colgando de la boca. Me llamó la atención, pero no era momento para esas cosas.

—¿Tiene miedo de que se desintegre?

—Nada —replicó el viejo—. Luciría ridículo, nomás. ¿Se imagina pasar a otro universo sentado en una silla de madera?

Me encogí de hombros. —Peores cosas he visto —dije pensando de nuevo, sin poder evitarlo, en las cocheras y en mi hermana.

Laucha acercó la silla al portal decidido a operar como había indicado, pero a mitad de camino se le ocurrió otra posibilidad.

—Aguante parado sobre una pata, don, como cigüeña. Yo paso la silla y usted acomoda la rodilla del otro lado; después pasa la pierna sana. ¿Le parece?

—Falta el látigo —dije— y tendremos el acto completo del león atravesando por el aro del domador.

—No le entiendo.

—Dejalo.

Gaudencio se acercó arrastrando las zapatillas de paño. Sentía la necesidad de darme las últimas indicaciones, como un entrenador de boxeo a su pupilo. —Cuando esté del otro lado no escuchará el sonido de éste, así que tendrá que mirarme para saber cuando debe salir.

—¿Aire hay, por lo menos?

—No se haga el gracioso.

—Es una pregunta sensata —protesté.

—Por alguna razón —dijo el Francés, tratando de serenar las aguas—, los mundos o universos que se comunican tienen atmósfera respirable. Y aunque nunca pudimos comprobarlo, yo pienso que se trata de este mismo planeta, pero en otro tiempo.

—¿Siempre?

—Sí.

Jiménez me trajo una barra de hierro en la que me apoyé cuando Laucha se llevó la silla. Estaba a un paso del portal y sentía una corriente irresistible que tiraba de mí. Vi pasar al muchacho y me corrió un escalofrío. La idea de meterse en la boca de una fiera se repitió. Y también las cocheras y Sara, pero esta vez con la cabeza entre las manos y los codos sobre la mesa de la cocina, contando los minutos que faltaban para mi regreso. Laucha acomodó la silla y me indicó con la mano que cruzara. Apoyé la barra de hierro en el borde mismo del portal, pasé la pierna lesionada y puse la rodilla en la silla. Luego desplacé la otra pierna y el resto del cuerpo. En todo momento tuve la sensación de que ocurriría algo nefasto. No ocurrió nada. Allí estaba Laucha, y allí yo, a punto de sentarme en una silla para contemplar la noche en otro universo. O lo que fuera.

Miré hacia atrás y vi a Capusta asomado en lo que parecía el borde de un pozo o la salida de un túnel. Estaba lejos, muy lejos de casa. Acomodé mejor la silla para quedar de cara al mar y me volví hacia Laucha, que miraba hacia todos lados sin saber muy bien qué hacer. En ese instante se me ocurrió algo muy loco: nunca había habido un diálogo en ese mundo. ¿Sería peligroso?

—Laucha: ¿no se les ocurrió mirar las estrellas?

—¿Para? Sí, hay estrellas, si eso es lo que pregunta.

—Bueno, en realidad quería hablar, cualquier cosa, para escuchar nuestras voces. Pero ya que estamos... ¿Te fijaste si son las mismas constelaciones? Las Tres Marías o la Cruz del Sur, ¿están?

Ambos alzamos los ojos al cielo al mismo tiempo. El cielo estaba poblado de millones de microscópicas luces palpitantes, pero no logré reconocer una sola configuración, y ni siquiera me preocupé por comprobar si Laucha obtenía mejores resultados. Dejé que mi vista resbalara por la gran cúpula hasta el sitio en el que debería hallarse el horizonte, pero apenas logré adivinar una tenue cicatriz lívida fundida entre dos negruras diferentes. El océano, calmo como una gigantesca lágrima de cera, fosforecía en varios puntos con el puro e inimitable brillo del oro.

—Prueba uno —dije para darle rigor a la experiencia—: las constelaciones no son las que se ven en la noche de la Tierra. ¿Anota, secretario?

—No traje...

—Es una forma de decir. Prueba dos: lo que brilla sobre el mar no existe ni existió en la Tierra.

—¿Está seguro? —dijo Laucha—. Diga que no existe, pero no puede saber si existió o existirá. ¿Y si estuviéramos en el futuro?

—Buen intento. ¿Por qué no?

—Don: el Peluca está haciendo señas como un mono loco; tenemos que volver.

—Ya vamos. No sé como serán los otros mundos, Laucha, pero éste no es gran cosa.

—Usted sabe que ese no es el asunto. Cuando hayamos probado la que va de la ciento nueve a la ciento cuarenta y cuatro, sólo habremos experimentado algo más de cien combinaciones. Faltarían millones. Seguro que hay de todo, hasta atmósferas irrespirables y bichos gigantescos que lo parten a uno al medio como si fuese un maní.

—Ya sé cual es el asunto. Y sólo resta enfrentarlo. Ayudame un poco. —Laucha me tomó del brazo y yo intenté hacer mi parte. Apoyé el pie lastimado y descubrí que si bien dolía no era insoportable. —Gran avance.

—¡Qué suerte! —dijo el muchacho. Me dejé llevar y pasé por el portal sin necesidad de la silla. Me recibió Capusta dando saltos; parecía un balón de playa con crestas.

—¿Consiguió una novia?

—¿La ves por alguna parte?

—¿Una novia invisible? En los otros mundos hay novias invisibles. —Capusta hablaba con toda la seriedad que permite una imaginación desbordante.

—¿Le queda alguna duda? —Gaudencio, por primera vez, había prendido la colilla, pero no fumaba: respiraba el cigarrillo.

—No me queda. O sí. Ustedes siguen empeñados en considerar el portal como propiedad privada. —Noté de inmediato que todos cambiaban de estado; de distendidos a alertas. El Francés, que siempre había llevado la voz cantante en ese aspecto, me miró con dureza; no quería negociar eso, ni por todo el oro del mundo.

—¿Tienes una idea mejor? —dijo.

—No. Pero lo que pensamos no va a funcionar. Alguien va a hablar, se va a filtrar la noticia, llegarán curiosos y al final lo sabrán los de Inteligencia, o alguna agencia por el estilo. Venderán la información y se enterarán los del norte o los ingleses o tus compatriotas. Alguien se va a enterar y nos van a sacar del medio como si fuésemos pelusa. Hasta es posible que pongan dinero, bastante, o mucho, pero no nos van a querer merodeando por aquí, metiendo la nariz y opinando. Van a querer el control absoluto, aunque lo tengan que pagar.

—Tú sabes que no necesitarían pagarlo. Ellos tienen la fuerza bruta, la prepotencia. Tenemos que hallar otro modo de proteger nuestro portal.

No tuve más remedio que declararme vencido. ¿Qué podía decirle, qué consuelo arrimarle? La ingenuidad de Capusta era nada comparada con la del Francés. Primero íbamos a tropezar con la incredulidad, con el escepticismo más cerrado. Luego, cuando los lográramos convencer, uno a uno, trabajosamente, nos sacarían a patadas de allí, cercarían el barrio con vallados de alambre de púas de tres metros de alto, pondrían gente armada en garitas. O mejor que eso: nada les impedía llevarse el dosel y el panel de control. Hasta el palo aguzado de Jiménez se llevarían.

—Se va a cerrar —dijo el santiagueño, justamente.

—Que se cierre —dijo Gaudencio, otra vez de pésimo humor—. ¿Alguien tiene un cigarrillo entero?

—¿Compraste el pan y el jamón, Laucha?

—Si estuve todo el tiempo del otro lado —protestó el muchacho.

—¿Por qué no fuiste a la despensa del otro lado? —Por lo menos logré arrancarles algunas risitas. Pero fue una nube pasajera. Los rostros sombríos prevalecieron y el clima se hizo más depresivo que nunca. Teníamos el portal y eso significaba menos que nada. ¿Hasta dónde seríamos capaces de operarlo en secreto, por lo menos durante el tiempo suficiente como para que el rédito obtenido permitiera que fuéramos nosotros los dueños de las cercas electrificadas?

—Voy a comprar —dijo Laucha—, aunque a esta hora no sé dónde voy a conseguir algo. ¿Saben qué hora es?

—Hora de que los chicos se vayan a la cama —dijo el Francés mirando a Capusta. El chico rehusó darse por enterado; tal vez imaginaba, no sin motivos, que lo mejor de la fiesta estaba por venir.

Supuse que una llamada en ese momento no supondría ningún inconveniente, ya que el portal estaba cerrado. Encendí el celular.

La voz de Sara indicaba claramente que había llorado. Me llenó de reproches —estaba en magnífica forma, como en sus mejores tiempos— y me hizo prometer que alquilaría un auto de inmediato, que ella se hacía cargo del pago del viaje. También dijo que jamás se perdonaría si me llegara a pasar algo y que ni siquiera me podía garantizar que no hiciera algo irreparable. Lo peor del melodrama clásico, con toques de culebrón y el agravante de que sus sentimientos hacia mí eran cien por ciento genuinos y falsos a la vez.

Cuando corté la comunicación me maldije. ¿Qué necesidad había de que las cosas fueran así? Pensé en las configuraciones posibles y en todas Sara ocupaba un lugar de privilegio, obstaculizando mis posibles salidas con la eficiencia de un comando de las fuerzas especiales.

Me dirigí a Gaudencio con mi peor cara; yo también puedo jugar al chico iracundo, con todas las películas de los sesentas que vi en la Cinemateca. —¿Tiene poco con todo esto que además quiere morirse de cáncer de pulmón? —El viejo retrocedió. Era la primera vez que me veía así. El Francés se dio cuenta y sonrió.

—Veo que tienes algo en mente —dijo—. ¿Qué se te ocurrió?

Le respondí en forma indirecta. —¿Tienen sueño?

Me pregunta les sorprendió. Capusta fue el primero en mover la cabeza enérgicamente hacia uno y otro lado.

—Él tiene que ir a dormir —protestó el Francés.

—Entonces, cuando lo vengan a buscar, Capusta se va a dormir. —Conocía la respuesta, pero no me correspondía formularla.

—Nadie lo vendrá a buscar —dijo el Francés—. No tiene más familia que yo. En un momento nos iremos a casa.

—¿Su mujer lo espera con la cena, Gaudencio?

—Soy viudo —contestó el viejo, agrio.

—Bien. ¿Laucha?

Laucha se encogió de hombros. Me da lo mismo equivale a me da lo mismo. Lo supe desde el principio. Ese grupo no se había armado por casualidad.

—¿Jiménez?

—¿Qué?

—¿Se tiene que ir?

—¿Adónde?

—¿No se levanta temprano para ir a la fábrica?

—¿Habla en serio? —El santiagueño, pícaro, captó el sentido de mi interrogatorio. —Hace como siete años que no consigo laburo, sólo changas. ¿Usted vio una fábrica?

—Vi muchas —dije, para pincharlo.

—Pero yo pasé los cincuenta; soy material de descarte. Si me quedo quieto me juntan los cartoneros y me venden como chatarra o alimento para perros.

—Eso significa que ninguno de ustedes tiene otros compromisos.

—Oiga —dijo Gaudencio—, ¿anda con ganas de hacer chistes? ¿Ya no le duele nada?

—Me duele todo, pero sí, ando con ganas de hacer chistes, viejo amargado. A ver si se sacude la modorra y aviva el seso, que no es ningún negado.

Gaudencio apretó los puños y por un momento pareció que se me venía encima, pero lo pensó a tiempo y un rayo de luz le iluminó la mente. —¿Qué propone?

—Así, de primera, se me ocurren tres posibilidades, tal vez cuatro. El portal es de ustedes, no mío, por lo que sólo puedo sugerirlas.

—También es tuyo, ahora —dijo el Francés.

Me conmovió. —Gracias, pero no es justo. No hice nada para merecerlo.

—Es suyo también —dijo Jiménez.

Los otros, a coro, aprobaron.

—Dejemos eso entre paréntesis por ahora —dije—. De todos modos esto depende de lo que decida la mayoría, creo. —No se habían planteado la opción democrática de un modo explícito, pero así habían funcionado, más o menos, con la tácita conducción de Gaudencio o el Francés, aunque escuchando las opiniones de los otros, incluido Capusta.

—¿Adónde quiere llegar? —dijo Gaudencio, impaciente.

—¿Cuánta gente, aparte de nosotros, sabe que existe el portal y qué es?

—Alguno que otro —dijo Gaudencio—, gente del barrio. Borrachos y vagos y vecinas. Pero me respetan y no se meten conmigo. Además, esto no lo entienden. Habrán visto el círculo y algún paisaje, pero noche contra noche, no llama demasiado la atención si usted no está sobre aviso.

—Claro. Eso deja el asunto entre nosotros seis.

—No diga que lo empaquetemos y nos olvidemos del portal —dijo el Francés.

—De acuerdo: opción uno, descartada.

—¿Esa era la opción uno? —dijo Laucha—. ¡Qué tonto!

—Laucha no sabe esperar —dijo el Francés—. No tiene idea de lo que quiere, pero lo quiere ahora.

Hice una buena pausa porque la que seguía era la más dura. —Lo negociamos.

—¿Qué? —El Francés se puso rígido, hostil. —Me pareció que eso estaba descartado. No podemos negociar con ellos. Podemos venderles su propia basura reciclada, trapos y cartones, botellas, plástico, cuero. Podemos servirles sus propios desperdicios, si somos capaces de maquillarlos correctamente, pero nada grande, nada importante, nada realmente valioso. Ellos no hacen negocios con los marginales. —Sonaba resentido, virulento, pero yo ya lo sabía; era el pago justo por tantos siglos de no haber considerado a los otros como parte de la misma especie. Ni los animales desconocen a los propios, aún cuando la manada sacrifica al débil por la supervivencia del conjunto. Pero entre los humanos no es así; el sacrificio es gratuito, y todavía está por determinarse quienes son los mejores...

—La consideré la segunda opción —me defendí—, porque está ahí; ya sabía que no la vamos a considerar.

—No la vamos a considerar —repitió el Francés con los dientes apretados.

—No —apoyó Gaudencio, con firmeza.

—El portal es nuestro —dijo Capusta.

Fue oportuno. Todos nos reímos con Capusta.

—De acuerdo —dije—, es nuestro. —Hice una pausa porque lo que seguía no era agradable. —Jiménez puede traer alguna herramienta para inutilizar las celdas del panel, tal como quedó la que Gaudencio pinchó el primer día. El portal quedará inutilizado y no será de nadie.


Ilustración: Guillermo Vidal

Durante unos segundos, que pronto fueron minutos, un silencio espeso como jalea cayó sobre todos nosotros. Habían considerado esa posibilidad cien veces; era la más natural, la más terrible. Era hija del rencor y de la rabia, pero era, estaba ahí, mansa, lista, a punto. También les había pasado por la cabeza que podían ser generosos, que podían legar el portal a la humanidad, que el gesto altruista tal vez, quizá, recibiera alguna recompensa. Pero no estaban seguros de que eso fuera ocurrir. Más aún: pensaban que no iba a ocurrir de ese modo. Los despojarían del portal y ¡a la calle, perros! Y lo peor de todo, yo que no era uno de ellos, sólo pensaba como ellos: sería como siempre había sido. Un robo, una expoliación.

—Nos da pena que sea así —dijo finalmente el Francés—. ¿Hay otra?

—No puedo creer que no la haya pensado.

Las miradas convergieron sobre mí.

—Es matemáticamente imposible —dijo Gaudencio.

—Podemos intentarlo —dije.

—¿De qué hablan? —dijo Jiménez—. No entiendo.

—Yo sé —dijo Capusta—. Yo entendí. Éste quiere encontrarse una novia del otro lado, porque de este lado ninguna le da bolilla.

Moví la cabeza afirmativamente. Capusta era sabio en el dolor. Había hecho el curso acelerado y era un adulto metido en el cuerpo de un niño.

—No hay manera —dijo Gaudencio—. Necesitaríamos años para explorar todas las posibilidades, y aunque diéramos con un mundo que pareciera adecuado...

—Este —dijo Laucha despectivamente, señalándome— sabrá de libros, pero de la vida no sabe nada. Ni siquiera se dio cuenta que todos somos tipos. ¿Qué quiere, fundar un estado de pajeros o algo peor?

—¡Laucha! —bramó el Francés.

—Perdón —dijo Laucha, retrocediendo y tapándose la boca.

—Tiene un poco de razón, a su manera —dije—, ¿no es cierto, Capusta?

Los ojos del chico se iluminaron. Una vez más se demostró que pensaba más rápido y mejor que todos nosotros juntos. No preguntó, no vaciló. Tomó el palo que Jiménez había vuelto a clavar de punta, le limpió el barro adherido en un costado de su pantalón y se encaminó resueltamente hacia el panel.

Quedaba poco tiempo. Pensé en Sara, en las lágrimas y gritos. También pensé en las cocheras, en las amigas de Sara, que finalmente lamerían todas las heridas con sus enormes lenguas y en que todo el amor de mi hermana era una gran parodia destinada a disimular su vergüenza. Pobre Sara. Si supieras que las cosas son como son y no como a uno le gustaría que sean... Te vas a acostumbrar a mi ausencia, hermanita.

Capusta había contado con cuidado las treinta y seis celdas que usaría. Con gran determinación y una lógica rotunda, empezó a pinchar desde la ciento cuarenta y cuatro y retrocedió hasta la ciento nueve. El palo de Jiménez, en sus manos regordetas, parecía la batuta de un gran director de orquesta. Capusta conjugaba y unía, invocaba y corregía. Todas las fuerzas del universo parecían doblegarse a su sencillo empeño. No me quedaba claro si el chico podía ver las configuraciones o si las estaba inventando, pero me sentía seguro en sus manos, estaba convencido de que no fallaría.

Observé a los otros y constaté que sentían lo mismo que yo. Gaudencio había perdido hasta el último vestigio de aspereza y el Francés, ancho como un rinoceronte, seguía las evoluciones de las manos de Capusta como si el chico estuviera dirigiendo la Novena sinfonía de Beethoven en el teatro Colón. Laucha y Jiménez, más serenos y menos comprometidos, sencillamente esperaban.

Todos estábamos esperando.

Y finalmente la operación se completó. El portal se abrió con infinita morosidad, mostrando en primer plano una escena inusitada: un amanecer de primavera sobre un campo cubierto de flores. Más allá, recortadas contra el horizonte, había montañas azules, y a la izquierda, desplegadas sobre un lago, dos docenas de casitas blancas y amarillas con sus tejados rojos y verdes brillando al sol.

Aún renqueando, di un par de pasos hacia el portal, saludé a Sara sin mirar atrás, tomé la mano de Capusta y pasamos del otro lado.



Este es el 24° texto de Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, 1947) publicado en Axxón. Los otros son: "Náufrago de sí mismo" (60), "Atrapando ovejas en la red interactiva" (67), "El hombre que conoce a todo el mundo" (67), "El moribundo y Lencia" (67), "Hacia abajo" (67), "El deudor" (67), "Ardilla", con Graciela Parini (67), "Crías de esturión" (69), "Encubridor" (81), Disfraz (123), "Muñecas rusas" (129), "Expediente de uno que no existe" (134), "El destino no es ciego" (135), "Correcciones en la trama del tiempo (139), "Paisaje perdido" (142). "Los contaminados" (146), "Receta: hombre frito" (148), "El mundo real" (150), "Oferta y demanda" (152), "El hombre del circo" (154), "Cabalah" (155), "Simbiosis", con Albino Hernández Penton (159), y "Ladrón" (160).


Axxón 165 - agosto de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Universos: Argentina: Argentino).

            

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