ESTE ES TU CUERPO

Claudio Amodeo

Argentina

Una antorcha encendida delineó un furioso arco iris muy por encima del pequeño puesto de control, para desaparecer en el crepúsculo, detrás del Gran Nudo. El rugido estalló con violencia pocos segundos más tarde, como si las propias montañas se hubieran rasgado por la mitad. Luego la atmósfera quedó cargada de un fuerte olor a azufre quemado y un amplio cinturón blanco la amordazó de este a oeste por largos minutos, hasta que por fin el viento invernal disipó la bruma y todo volvió a ser tranquilidad en la superficie de Casiopea IV.

El puesto de control era poco más que un refugio de invierno con capacidad para cuatro personas, compuesto de tres domos interconectados y alineados simétricamente. Dos eran pequeños y se los destinaba a almacenamiento de alimentos y maquinarias; el tercero, de tamaño muy superior, era la vivienda propiamente dicha de los vigías. La construcción se encontraba en perfecto estado a pesar de haber recibido muy poco mantenimiento durante el lustro de decadencia que siguió a la reorganización de la Federación y a la redistribución de los fondos militares. Tan crítica había llegado a ser la situación que en el último año la Federación había admitido albergar allí a una geóloga enviada por la Fundación de Nuevos Mundos con tal que ello permitiera renovar la vida del lugar y mantener en funciones el puesto de control.

Cuando la bola de fuego cruzó el cielo, los controles y alarmas del tablero de control se encendieron y chirriaron estridentes, haciendo saltar de su cómodo sillón al guardia de turno.

—¡La puta madre! ¿Qué es esto? —exclamó Gabriel Hernández con su inconfundible acento argentino, a la vez que trataba de interpretar los datos que aullaban los monitores. Todos ellos le resultaron novedosos y debió confirmar tres veces la exactitud de su significado hasta quedar completamente convencido—. ¡Derribamos un intruso!

El indicador de la lanzadera espacial marcaba veinte ráfagas de disparos de cañón trazando una parábola descendente hacia el planeta y dos impactos certeros sobre el objeto. Éste había intentado maniobrar para esquivar la defensa pero no lo había logrado.

De inmediato, Hernández sintonizó el radiotransmisor y se comunicó con tres compañeros que se encontraban en etapa de reconocimiento de terreno, cerca de la ruta del objeto derribado. El ruido blanco lo ensordeció al principio, pero se fue disipando poco a poco para dejar paso a unas risas alegres. Aparentemente, Charles estaba haciendo bromas con su español mal aprendido.

—Debes decir pedo, no pero —lo corrigió Raquel, la geóloga española del grupo.

—¿Vieron eso? —gritó Gabriel por el intercomunicador.

—Lo oímos —respondió ella—. Pero te aseguro que no fue una flatulencia nuestra.

El húngaro Egon estalló nuevamente en carcajadas sin poder contenerse.

—¡Derribamos un intruso! —informó Gabriel. Del otro lado del intercomunicador reinó el silencio—. ¿Me escucharon?

—Sí, te oímos —respondió Raquel recobrando la seriedad—. Pensamos que era un meteoro. Voy a buscar las coordenadas del impacto.

—Aquí las tengo. Te las envío.

Dentro del vehículo terrestre en el que se movían sólo se oyó el sonido de las teclas del panel de control, acelerado y nervioso. Gabriel se inclinó sobre el transmisor y restregó sus manos con fuerza, como si con eso pudiera ayudar a sus amigos a la distancia. Se lamentó profundamente de que la Federación no les hubiera dotado de mejores equipos intercomunicadores. Una cámara de video lo hubiera hecho sentir menos ansioso. ¿Por qué demonios no habían considerado que se necesitaría algo como eso?

—Estamos preparados para acercarnos al sitio del impacto —confirmó Raquel—. Está anocheciendo, pero aún nos queda tiempo suficiente para regresar antes de que comiencen las tormentas de viento. Ajustaos el cinturón que será una linda travesía.

A lo largo de una hora sólo intercambiaron datos fríos y tensos y nadie osó romper el clima de incertidumbre que reinaba en el aire. Gabriel, desde su lejano punto de vigilancia, se retorcía de ansiedad en su sillón.

—Ya podemos ver la zona del impacto —anunció Raquel por la radio.

Oh, shit! —exclamó Charles.

—¿Qué pasa? ¿Qué ven? —preguntó desesperado Gabriel.

It's enormous.

—Por dios... Es una nave gigantesca, y está hecha pedazos.

—¿Qué es? ¿Un carguero? ¿Una nave de transporte?

—No —respondió Egon, en un perfecto castellano, con su voz gutural—. Es algo completamente desconocido. Y yo sí que he visto muchas naves en mi vida. Pero esto...

—Parece... —dijo Charles y dejó incompleta su impresión, tal vez por no hallar la palabra exacta para definirlo.

—¿Qué es?

—Tendremos que bajar y ver si hay alguien herido —ordenó Egon, que era el jefe de la cuadrilla—. Raquel, tú te quedas aquí y nos esperas con el vehículo preparado para cualquier urgencia.

Gabriel notó que estaba transpirando de los nervios a pesar del frío reinante, y se puso a caminar en círculos mientras esperaba que sus compañeros le contaran algún detalle.

—¿Qué están haciendo, Raquel? ¿Qué ves?

—Pues, es un poco difícil de distinguir los restos de la nave con esta oscuridad. Hay llamas por doquier y me parece que hay una escotilla en uno de los laterales. Está destrozada también; Charles y Egon se acercan hacia allí.

—¿Podés ver algo en la nave que sirva para identificarla?

—Es que no sé. Yo no conozco tanto como vosotros de estos aparatos. Tiene una forma muy rara, no recuerdo haber visto antes algo así.

Unos segundos después Egon y Charles ingresaron al aparato estrellado y Raquel se lo comunicó. Él se desesperó aún más y volvió a tomar asiento, sin decidir qué hacer con las manos libres. Al cabo de pocos minutos, ambos hombres extrajeron a cuestas un cuerpo oscuro y, evitando las llamas y trozos de maquinarias desperdigados, se acercaron hasta el vehículo.

—¡Están trayendo un cuerpo! —gritó Raquel—. Saldré a ayudar...

—¿Qué? —alcanzó a decir Gabriel, pero la geóloga ya no podía escucharlo. Oyó el chasquido de la puerta al destrabarse y el siseo de los pistones. Luego, un rugido de viento mezclado con el crepitar de las llamas que se filtraron en la cabina del conductor. En la distancia oyó las voces de sus tres compañeros que gritaban y corrían. Segundos después se destrabó la portezuela trasera, donde el vehículo tenía una cabina de transporte, y oyó algo pesado golpear contra la estructura metálica. Nuevamente gritos y corridas y otro golpe similar al primero en el fondo del vehículo.

—¿Qué está pasando? —se desesperó Gabriel—. Alguien que me informe, por favor.

Tardaron en responderle. Primero escuchó que Egon gritaba órdenes urgentes y que Raquel chillaba por algo que la asustaba. Luego oyó lo que supuso eran los cuerpos de sus compañeros abordando el vehículo y cerrando las puertas tras ellos. El motor se puso en marcha y aceleró a fondo. Por último, oyó los tumbos que daba la máquina al precipitarse a toda velocidad por los valles y lomadas del terreno.

—¡Hola! ¿Me escuchan? —insistió Gabriel.

—Te escuchamos perfectamente —respondió Egon con voz de mando—. Estamos transportando dos heridos hacia la base. Vacía las jaulas de los perros y límpialas.

Raquel volvió a chillar en la parte de atrás.

—¿Las jaulas de los perros? ¿Para qué las querés? —preguntó Gabriel.

Hubo un silencio cargado de tensión durante largos e interminables segundos.

Estous son seres poco comunes... —dijo Charles con tensa calma—. No son humanos.


El vehículo avanzaba sacudiéndose por el castigo de las violentas ráfagas de viento nocturnas, y en más de una ocasión pudo haber zozobrado de no ser por la habilidad de Egon frente al volante. En la puerta del refugio aguardaba Gabriel con todo preparado para trasladar los cuerpos, saltando en el lugar por el frío y cubriéndose la cara con una mano para llegar a distinguir la máquina que se acercaba. Cuando divisó las luces de los faroles agitándose como fantasmas entre la tormenta de viento y polvo, corrió al interior del domo y emergió raudo con una camilla móvil y un equipo de primeros auxilios. El vehículo se detuvo pocos metros delante de él y sus tres ocupantes saltaron a tierra. Enseguida abrieron la cabina de transporte y colocaron uno de los cuerpos envueltos en mantas sobre la camilla. Gabriel sintió curiosidad y repulsión de mirar debajo de la manta y sólo pudo distinguir la piel gris y apagada de aquel extraño ser. Corrieron al interior del domo dos y depositaron el primer cuerpo directamente en el suelo, dentro de una de las jaulas. Egon se inclinó sobre él y se quedó con el equipo sanitario. Los demás regresaron por la otra criatura herida e hicieron lo mismo con la segunda jaula, en el domo tres. Allí, una vez recuperado el aliento, Gabriel se animó a descubrir el cuerpo y dio un salto hacia atrás.

—¡Dios mío! —exclamó.

—Es feo —asintió Charles—, pero está muriendo.

Raquel se cubrió la boca para no gritar y se alejó también.

—¿Y qué haremos? —preguntó Gabriel.

I don't know.

El cuerpo gris pálido de aquella criatura y su piel escamosa lo asemejaban a un gran lagarto como esos que Gabriel había visto en películas antiguas y que alguna vez habitaron la superficie de la Tierra en pantanos y selvas tropicales. Los pies y las manos poseían poderosas garras y a lo largo de toda la espalda emergía una cordillera de picos óseos agudos. De su pecho y hasta el estómago emergía lo que quizá fueran cuatro pares de glándulas mamarias ligeramente avejentadas, por lo que se podía deducir que se trataba de una hembra adulta. La cabeza era alargada y prominente y sobre ella se elevaba una cresta amplia que caía hacia la nuca. Los globos oculares eran inmensos, pero los párpados cerrados sólo permitían adivinarlos. Gabriel se acercó un metro más y observó a la criatura con curiosidad. De pie alcanzaría la estatura de Egon, quizás un poco más; su nariz era apenas un par de hoyos en el rostro terso y la boca pequeña dejaba entrever unos colmillos grandes y poderosos. Colmillos de carnívoro, se dijo.

En ese momento ingresó Egon al domo trayendo consigo el equipo de primeros auxilios.

—¿Cómo está éste? —preguntó y se inclinó sobre el cuerpo que parecía moribundo—. El otro está herido pero no parece demasiado grave. Supongo que podrá sobrevivir.

Con sus grandes manos giró el cuerpo hacia un lado y dejó a la vista una herida profunda, cubierta de una sustancia gelatinosa de color verde oscuro que se derramaba sobre la espalda hasta alcanzar el suelo. Egon meneó la cabeza.

—No sé... Éste parece más grave —dijo. Luego lo auscultó repitiendo el método básico que le enseñaran en la escuela militar: colocando una pequeña membrana en su pecho y apoyando el oído sobre ella. Raquel pareció menos asustada y lo ayudó a mantener la membrana en su sitio, por encima de las glándulas mamarias.

—Hay un golpeteo débil. Supongo que aún vive, en el caso de que sea el corazón, pero no creo que se pueda mantener así por mucho tiempo. Debemos llamar a la patrulla para que vengan por ellos.

Perou, están a tres días de distancia. It's too much time.

—No hay otra alternativa. Tendremos que correr el riesgo y esperar que soporten esos tres días.

Egon extrajo unas vendas del maletín y cubrió lo mejor que pudo la herida para contener la hemorragia. La criatura emitió un gemido ahogado al sentir la tela oprimiendo su costado herido.

—Enviaré el mensaje —aceptó Gabriel—. Tal vez la patrulla esté cerca de aquí y pueda llegar antes.

Luego de enviar el pedido de ayuda visitaronal otro alienígenaheridoen el domo dos, y por la contextura física dedujeron que debía ser macho. Su pecho era rígido y amplio y su cresta mucho mayor y erguida que la de la otra criatura. Por lo visto algunos rasgos se repiten en el universo.

Pasaron las horas y ninguno de los dos seres despertó de su sopor, aparentando estar en unalentaagonía. El equipo de vigías no supo qué más hacer por ellos y decidió tomar ciertas precauciones básicas frente a los seres extraños. Mantuvieron cerradas las jaulas y montaron una guardia rotativa en uno y otro domo. Se armaron con unas anticuadas pistolas de rayos que sólo habían sido disparadas una vez antes y se sentaron a esperar.

A la mañana siguiente, Egon decidió regresar con Gabriel al sitio del impacto e investigar entre los restos de la nave, mientras que Charles y Raquel cubrieron las guardias respectivas. El canadiense cuidó del macho entretanto la española hacía lo mismo con la hembra durante largas y tensas horas.

Raquel había estado demasiado excitada la noche anterior y no pudo conciliar el sueño, y en ese momento lo lamentó porque el cansancio la vencía. Sentada frente a una taza de café y espiando de reojo a la criatura dentro de la jaula, sentía que la cabeza le pesaba y temía quedarse dormida. Apuró un par de tragos largos con la esperanza de que la cafeína le ayudara. Nuevamente cabeceó y en ese momento un grito desgarrador proveniente del domo dos le hizo dar un salto en su silla. Otros gritos siguieron al primero, así que corrió hacia la otra vivienda empuñando el arma de rayos. Cuando ingresó descubrió a Charles apuntado con un rifle hacia la jaula del macho y a éste desparramado en el suelo con un dardo clavado en el lomo.

—¡Tuve que tranquilizarlo! —exclamó Charles—. Enloqueció. He smelt something... buscó con nariz en el aire y enloqueció. Golpeó rejas y quiso escapar.

El enrejado de la jaula presentaba grandes deformaciones por los golpes y demostraba no ser demasiado eficaz para retener a aquella criatura.

—Buscaba a su hembra —comprendió Raquel—. Es bastante peligroso que los tengamos aquí. Aún no sabemos de qué cosas son capaces.

Charles secó el sudor de su frente y respiró aliviado.

—No sé qué busca, pero yo usaré siempre este arma.


Varias horas después regresaron Egon y Gabriel trayendo algunos objetos extraños hallados en la nave y se asombraron de lo ocurrido con el macho. Dispusieron tener a mano el sedante en todo momento y vigilar con mayor atención a las criaturas.

—Si el macho sabe que tenemos a su hembra con nosotros puede hacer cualquier cosa por recuperarla, pero por seguridad continuaremos manteniéndolos aislados —ordenó el gigante húngaro.

Durante ese día las criaturas no volvieron a dar signos de estar conscientes y Egon se dedicó a investigar los objetos extraídos de la nave alienígena. Éstos eran un cubo de metal frío al tacto y curiosamente liviano, una lanza aguda con cuchillas retráctiles y varios discos cristalinos que se unían o se disociaban según se acercara la mano a ellos. Por su parte Gabriel, a quien aún no le tocaba el turno de guardia, lo ayudó hurgando con una navaja en el cubo de metal, buscando alguna esquina o rajadura en la cual hacer palanca. En cierto momento el objeto se escapó de sus manos y rodó por el suelo. Surgieron de él sonidos acompasados y reiterativos que hacían pensar en una melodía.

—¡Escuchen! —indicó—. ¡Es música!

Egon y Raquel se quedaron observando el objeto y en ese momento el macho alienígena emitió un gemido grave y prolongado, como un grito agónico. Egon se alertó de inmediato y apuntó a la criatura con el rifle tranquilizador. La música continuó y el macho, tendido de costado en un rincón, continuó gimiendo con un tono de mayor tristeza cada vez.

Raquel creyó percibir algo más en aquel gemido y en su mente se fue aclarando un mensaje, hasta que se sintió completamente segura de comprenderlo.

—Sufre por su hembra —dijo—, y morirá si no la tiene cerca.

—Puede ser, pero aún así no la traeremos aquí —opinó Egon—. Lo más prudente es mantenerlos separados.

La música de aquel cubo cesó, pero el gemido desgarrador de la criatura continuó por largas horas, hasta que Egon acabó por perder la paciencia y disparó un nuevo dardo tranquilizante. Raquel volvió la cara, indignada. Gabriel no dijo nada y regresó a su investigación en silencio.

Por la noche recibieron respuestas poco alentadoras de la patrulla, que confirmaban una tardanza de tres días más en arribar a Casiopea IV. Las autoridades militares se mostraron muy interesadas en las criaturas y ordenaron que las mantuvieran con vida como fuera posible.

—Es muy fácil decirlo —exclamó Egon—, pero no creo que podamos lograrlo. Estos seres no vivirán tanto tiempo.

Raquel, enfadada, evitó responderle y se retiró a su habitación. Su turno de guardia había acabado. Minutos más tarde, recostada en su lecho y mirando el techo de la bóveda encima de su cabeza, analizó sus extraños sentimientos. Era consciente de que las criaturas eran extrañas, pero había algo en su cabeza que afirmaba que ellas no representaban ningún peligro para ellos. No supo determinar qué era pero lo intuía. Y con esas cavilaciones en su mente se quedó dormida.

Por la mañana regresaron los gemidos de agonía, con mayor fuerza y carga emotiva. Egon caminó de un lado al otro inquieto y bromeó sin ganas como para ocultar con su voz aquella melodía lastimera, pero no pudo lograrlo. Otra vez exasperado, tomó el rifle. Apuntó al lomo de la criatura y dudó. Volvió a apuntar y finalmente desistió. Sentía demasiada lástima por aquella bestia y sedarla no solucionaría nada.

—¡Tráiganla! —ordenó—. Se la daremos.

Raquel esbozó una sonrisa amplia que intentó aplacar pronto para convertirla en una expresión de asombro. Algo dentro de ella quiso gritar de alegría.

Charles y Gabriel alzaron el cuerpo inconsciente de la hembra alienígena y la llevaron sobre la camilla hasta el domo dos. El macho, no bien olfateó en el aire su presencia se volteó hacia el pasillo pero no se movió. Un brillo inquietante desfiló por sus grandes globos oculares. Egon mantuvo todo el tiempo el rifle preparado a disparar ante el menor gesto de agresividad y abrió la puerta de la reja en el otro extremo de la jaula. Charles y Gabriel depositaron el cuerpo en el suelo y salieron, cerrando la puerta tras ellos. Cuando se hubieron alejado lo suficiente, el macho alienígena se irguió sobre sus patas, se acercó a la hembra y se inclinó sobre ella. La estudió unos minutos y arrancó el vendaje de su cuerpo. La herida comenzó a manar el líquido verdoso nuevamente y la hembra chilló de dolor. Luego el macho la ayudó a incorporarse hasta dejarla sentada frente a él y la hembra entreabrió sus ojos. Permanecieron mirándose un buen rato, como si con la mirada pudieran decirse cosas íntimas, y finalmente acercaron sus cabezas para unir sus bocas en lo que parecía ser un beso romántico. Los cuatro humanos siguieron con mucha atención toda la escena y se conmovieron.

Luego, lentamente, se fueron separando, pero los labios de la hembra parecían haber quedado adheridos a los del macho, estirándose la carne de sus mejillas como si fuera a saltar desgajada. Y eso mismo ocurrió. La carne se desprendió en un trozo enorme y flácido que pronto fue engullido por el macho. El rostro de la hembra mostró una expresión esquelética atroz y los humanos se retiraron varios pasos hacia atrás. Entonces el macho acometió hacia delante con las mandíbulas desencajadas y mordió el rostro de la hembra para arrancar un nuevo trozo de carne y tragarlo. Repitió la acción tres o cuatro veces más con frenesí antes de que Egon pudiera reaccionar y disparar el dardo tranquilizante.

—¡La está matando! —chilló Raquel.

El macho no dio señales de haber sido afectado por el sedante y continuó su carnicería, atacando a las mamas de la hembra y devorando la carne de su cuerpo con asombrosa voracidad, sin detenerse a masticar siquiera. Egon cargó varios dardos más, con desesperación, y los disparó inmediatamente, pero sin que se evidenciaran resultados. Sólo luego del quinto dardo el macho se tambaleó en su lugar y cayó de espaldas, desmayado. Frente a él yacían apenas unos despojos de carne desgarrada y un conjunto de huesos triturados.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritaba Gabriel, y se cubría la boca para no vomitar.

—No me explico esto —exclamó Raquel—. No acabo de entender. —En su mente desfilaron sentimientos encontrados y un torbellino de sensaciones desagradables. No pudo comprender lo que había presenciado.

A los pocos minutos el olor se volvió nauseabundo y se vieron urgidos de quitar los restos de la hembra afuera de la jaula. Se cercioraron de que el macho estuviera plenamente inconsciente y abrieron la jaula. Extrajeron todo y lo colocaron dentro de una bolsa con cierre hermético, por si se debía hacer alguna autopsia. Limpiaron el lugar y cerraron nuevamente la puerta sin quitar la vista del ser un solo segundo.

Ese día y la noche que le siguió ninguno pudo pegar un ojo y todos montaron guardia delante de la jaula con sus pistolas de rayos preparadas, sin emitir opinión alguna sobre lo ocurrido. Para las tres de la mañana estaban sentados alrededor de una mesa pequeña, encorvados y somnolientos y sorbiendo grandes cantidades de café caliente.

—Es caníbal —dijo de pronto Gabriel—. Siempre lo supe. Esos colmillos son de un animal carnívoro y agresivo. ¿Cómo no nos dimos cuenta de que podía hacer algo así?

—No es caníbal —negó Egon tranquilamente—. Es una reacción instintiva de defensa frente al enemigo.

—¿Defensa? ¡Pero si la mató!

—Algunas aves terrestres, cuando notan que un depredador ha descubierto su nido y lo acecha, mata a sus pichones, los devora, y huye a otro sitio adonde pueda formar nuevamente su familia libre de peligros. Así de simple: prefiere ser ella quien los mate y no su enemigo.

—No es eso —dijo pensativa Raquel—. No es tan simple.

—¿Ah no? ¿Y cómo es, entonces? —preguntó Egon jugando con el arma entre sus manos.


Ilustración: Fraga

—La protegió de nosotros, es verdad, pero para eso no le bastaba con matarla. Son seres inteligentes. La devoró por otra cosa, por algo más.

—No veo por qué pueda ser. Si nosotros cayéramos presos de una raza alienígena dudo mucho que nos devorásemos con la saña que él lo hizo. No son como nosotros. Es el instinto el que lo llevó a intentar borrar de la existencia a su compañera.

Charles dejó la taza de café, elevó un dedo y lo apoyó en su cabeza.

—Esto prevalece sobre el instinto. Una raza avanzada como para hacer el viaje estelar no puede actuar por instinto así. Creo que Raquel tiene la razón. There's something more.

Sus palabras vibraron en el aire y nadie se animó a retrucarlas. El canadiense no era biólogo pero jamás decía algo sin tener buenos fundamentos.

Raquel asintió con la cabeza y esbozó una media sonrisa. Había algo más, pero ella no lo razonaba como Charles sino que lo intuía. Desde que rescataron a aquellas criaturas un zumbido molesto retumbaba dentro de su cabeza y no le permitía concentrarse, una punzada de angustia que le oprimía el cráneo. Faltaban pocas horas, se dijo, y la pesadilla desaparecería. Sólo debía esperar.

Egon consultó su reloj y envió a los demás a descansar. Habían estado más de 30 horas en vigilia y necesitaba a su gente en perfectas condiciones para el arribo de la patrulla al día siguiente. Se aseguró de estar bien provisto de armamento y colocó su silla para ver de frente al macho alienígena. Lo estudiaría toda esa última noche, se dijo.


El sueño de Raquel se vio perturbado por una voz profunda que le hablaba al oído palabras ininteligibles. Abrió los ojos pero nadie más había en su habitación. Sin embargo, la voz continuaba allí, un poco más débil pero persistente. Aguzó el oído y pudo capturar algunas frases inquietantes. Decían: "es tu cuerpo", "ayúdame" y "ven a mí". Se sintió asustada y se cubrió la cabeza con la manta para ahuyentar aquel sonido. En la oscuridad de la noche quiso confundirlo con el ronco ronronear del calefactor central y antes de que pudiera darse cuenta había vuelto a caer dormida.

La despertaron en forma definitiva las voces animadas de Charles y Egon, que hablaban en el pasillo. Egon anunciaba el arribo de la patrulla y festejaba que aquel animal se iría pronto. Al escuchar eso, Raquel se vistió enseguida y salió a su encuentro. Egon le comunicó la pronta llegada de la patrulla y en ese instante se oyó el rugido de las turbinas del artefacto que se aproximaba al puesto de control. Gabriel llamó desde la pista de aterrizaje y Egon y Charles salieron de inmediato para disponer las banderillas de señalización y dar la bienvenida a las autoridades militares. Raquel, en cambio, quedó rezagada, y se acercó a la jaula de la criatura. Descubrió que el macho no dormía, sino que la miraba desde un rincón, recostando la espalda sobre la pared. Sus ojos tenían un leve brillo acuoso y parecían implorar ayuda. La geóloga sintió un tirón dentro de su pecho y se aproximó aún más a la jaula. No podía entender cómo una criatura civilizada era capaz de actuar como él lo había hecho, y aún intuía esa inexplicable idea de que había una razón para ello. Entonces oyó nuevamente la voz, esta vez más clara y exacta.

—Ven a mí —le dijo—. Este es tu cuerpo y deseo que compartas conmigo tu destino. —El alienígena se incorporó y dio un paso hacia delante, sin dejar de hablarle dentro de su cabeza un solo instante. Ella no se asustó—. Hay muchas cosas que ustedes no pueden comprender. No comprenden la vida, no comprenden la muerte, no comprenden el amor...

Raquel sintió un impulso incontenible y abrió la puerta de la jaula. Lentamente dio un paso y entró en ella. El macho alienígena avanzó más, hasta colocarse a menos de un metro de distancia, y continuó susurrándole palabras candentes que sólo su mente podía escuchar.

—El amor es un sentimiento eterno y vive más allá de nuestra propia muerte. El cuerpo no es nada, sólo polvo del polvo. No tiene valor —Raquel afirmó con la cabeza y sus ojos no se desviaron un solo instante de los de él. Acercó su rostro al suyo y pudo sentir su aliento cálido y embriagador—. Sé que me entiendes. Sé que comprendes lo que hice y que también comprenderás lo que te diré: Acércate, ven a mí. Este es tu cuerpo, quiero vivir en ti. Ya no me queda tiempo. Ya vienen por mí. Cómeme, Raquel. Devora mi carne y libérame. Asimila mi ser y permíteme vivir dentro de ti, en tus células, en tu mente y en tu corazón. Dame la oportunidad, Raquel, de prolongar mi vida y la de mi especie en ti y en los tuyos. Deja que te alimente con mi carne. Dame la eternidad.

Sus bocas se fundieron en un beso suave que pronto se tornó agresivo y bestial. Raquel abrió y cerró sus mandíbulas con fuerza y arrancó la carne gris y palpitante del rostro del macho. Sintió su sangre verde y espesa bañarle la cara y correr por su barbilla, y la sensación de aglutinamiento dentro de la boca la instó a tragar y atacar nuevamente, una y otra vez, con vehemencia. Morder su rostro, su frente, vaciar sus ojos, arrancar su lengua. Tragaba trozos inmensos de carne caliente pero nunca quedaba satisfecha y volvía por más. Él no se resistía en absoluto y agonizaba pacíficamente mientras los dientes de Raquel presionaban su garganta y le cortaban la respiración.

Desollado, ciego y sin lengua, se despidió de su depredador con un suspiro de paz y alegría, y la última voz dentro de la cabeza de Raquel le repitió: "Este es tu cuerpo".

—¡Dios mío, Raquel! —gritó Egon tomándose la cabeza con una mano y sosteniéndose de la puerta de la jaula con la otra—. ¿Qué has hecho?

Detrás de Egon ingresaron corriendo sus otros compañeros y dos oficiales de la patrulla militar. Todos se quedaron paralizados y estupefactos al verla. Ella interrumpió un instante su carnicería y los miró con ojos desorbitados. De su boca colgaba un trozo de carne gris y un líquido gelatinoso caía hacia el suelo. Su cuerpo estaba cubierto de la sangre de su víctima y sus manos sostenía otro trozo fibroso, arrancado de alguna de las extremidades.

—¡Egon! Toma. Come —dijo extendiéndole la carne—. Este es también tu cuerpo. Es de todos nosotros... ¿es que no entendéis? Él vive en nosotros si nos alimentamos de él. Nos entrega su vida para que lo llevemos dentro nuestro y así pueda vivir para siempre. —Egon retrocedió un paso, asqueado—. ¡Te lo dije, Egon! No era algo instintivo, había algo más. Ahora lo entiendo. Ahora lo entiendo.

Luego se volvió hacia el cuerpo mutilado e hincó nuevamente sus dientes en el vientre fornido y suculento. Charles y Egon se arrojaron sobre ella de inmediato y la arrastraron fuera de la jaula a pesar de sus gritos de dolor. En su boca aún masticaba un trozo de la carne del macho alienígena. Lo tragó con mucho placer y se lamió las manos y brazos.

Los dos oficiales de la patrulla se miraron y se rascaron la cabeza. ¿Qué podían hacer? Ya no restaba mucho dentro de la jaula para transportar.

—¡Ese es mi cuerpo! —gritaba Raquel mientras la conducían a su habitación—. Esa es mi vida y la de vosotros también. ¿Es que no lo entendéis? ¡Él nos da su vida! ¡Es nuestro cuerpo y, a su manera, nos ama!



Séptima incursión de Claudio Alejandro Amodeo en Axxón. Las anteriores fueron: "La chica de rojo" (149), "El libro de las predicciones" (153), "Carrusel fantasma" (155), "Por favor, no leer" (159), "Crónica de la masacre" (160), y "Cuerpos orbitales (164). Este cuento, no hay por qué ocultarlo, es el producto de un proyecto ambicioso que hemos llamado "Cuentear una ilustración". La idea de que las ilustraciones sirvan de disparadores a las ficciones nació en el Taller 7, aunque se ha derramado fuera de él y en este momento hay medio centenar de creadores trabajando a partir de obras producidas por artistas de todo el mundo.


Axxón 165 - agosto de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Ciencia Ficción: Contactos: Argentina: Argentino).

            

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