ELEGÍA

Ugo Malaguti

Italia

Fue así como un día, al fin del tiempo, cuando la tarde caía, se encontraron el papa, el gran rabino y el gurú a orillas del Ganges.

El cielo ya se había puesto violeta, el aire era claro y cristalino y las primeras estrellas guiñaban allá arriba, hacia donde las astronaves alienígenas habían partido con sus alas desplegadas, como halcones presurosos, después de haber esterilizado la Tierra.

Blanco de piel y de cabellos, el papa vestía de blanco, e iba de negro el rabino de la barba flameante y los largos cabellos trenzados. Los colores del crepúsculo parecían arder todavía, arrancando reflejos purpúreos y anaranjados del gran manto del gurú, sobre la túnica roja, bajo la gran cabellera rojiza que le caía por la espalda.

Habían encendido una fogata, un pequeño fuego chispeante que reverberaba sobre las cercanas aguas fangosas, en las que hojas y ramas avanzaban en una lenta procesión por la corriente, bajando de lejanas cumbres nevadas, desde las montañas más altas y solitarias del mundo.

Ninguno de los tres hablaba, cada uno pensaba y soñaba. Sus pensamientos discurrían lentos como las aguas del río antiguo, como las alas de las naves alienígenas que habían bajado del cielo meses antes, inesperadas e indeseadas. Ya casi todas se habían ido, después de acabar su obra.

Hubo un movimiento en los matorrales que ondeaban en la orilla, un movimiento lento y pacífico, y una oveja se adelantó, blanca y ensortijada, mirando por un momento a su alrededor con sus grandes ojos dulces, y luego acercándose sin vacilar a la figura blanca de blancas vestiduras que miraba al cielo donde titilaban las estrellas.

—Es tarde —dijo la oveja, mansamente—. Veo al fuego encendido, los veo a ustedes alrededor del fuego y me pregunto si no me necesitarán.

Era una oveja gentil, servicial y dócil, y el papa, bajando su mirada del cielo la miró a los ojos.

—El cordero de Dios —murmuró para sí—, que viene a quitar los pecados del mundo. Que seas bienvenida.

—No creo que sea así, santidad —dijo el rabino con voz ausente, como si hubiese retomado un discurso viejo, muy viejo—. Sin duda es el chivo expiatorio, para celebrar el holocausto. No cabe duda de que lo envió el Ángel del Eterno en el momento justo.

Sólo callaba el gurú, que seguía mirando las aguas del río sagrado y movía los labios sin emitir sonido alguno, aparentemente abstraído de todas las cosas terrenas.

—Pido humildemente disculpas —insistió la oveja—. Pensaba que sería útil. Se me ocurrió que tendrían hambre.

Al escuchar estas palabras, tanto el rabino como el papa sacudieron la cabeza.

—Nosotros no tenemos hambre —dijo el papa—. Nunca tenemos hambre de cosas terrenas, sino sólo de las cosas del espíritu.

—Cada palabra que sale de la boca del Eterno trae saciedad y delicia a mi alma —le hizo eco el rabino—. Como el néctar de los cedros del Líbano, como la leche y la miel que fluyen en los arroyos de Sión, alabado sea el Eterno.

El gurú callaba, mirando las aguas del Ganges.

—Si es así —dijo la oveja—, seguiré mi camino. Quizás encuentre alguien que tenga hambre.

—No queda nadie. —El gurú habló por primera vez, y su voz pareció nacer del aire, no de sus labios inmóviles—. Puedes vagar lejos y por muchos caminos, pero no encontrarás a nadie.

La oveja parecía confundida, y percibiendo quizás la autoridad se dirigió sólo al gurú, olvidándose por un momento del papa blanco y del rabino negro.

—Quizás tú podrás ayudarme —dijo—. Hace muchos días que ando por los caminos, y no veo a nadie, sólo otros animales extraviados como yo. No siento que me requieran en ninguna parte, y esto es malo, porque satisfacer a los hombres es mi instinto y mi deber, y nadie necesita leche, ni lana, ni mucho menos carne. Me he encontrado con otros animales que también están tristes. Algunos han formado manadas y se dirigen al Este, donde siempre hubo mucha necesidad y mucho hambre. Vi el fuego, vi a tres hombres, y vine, esperando que hiciera falta, pero ustedes dicen que no me necesitan, y ya no sé que pensar.

—No hay más hombres —dijo el gurú—. Ya no hay necesidad, no hay más hambre, ya no hace falta vestirse y beber leche. Sólo estamos nosotros, y hemos venido aquí para esperar la última revelación, aquella para la cual hemos sido creados y hemos aguardado tanto tiempo.

—Armagedón —dijo el rabino—. Cuando acabe esta noche, mañana seguramente descenderá el Eterno a revelarnos las cosas que fueron y que serán y tendremos nuestra recompensa, porque hemos trabajado bien y hemos sido fieles por mucho tiempo.

—Tú lo has dicho —asintió el papa—. Aunque esas palabras quizás escondan un pecado de presunción, en verdad yo también creo que Nuestro Señor Jesucristo bajará a esta orilla y a esta tierra mañana, para dar comienzo al Juicio, y muchos serán los elegidos, y muchos otros serán quemados como la cizaña. En verdad, el Ángel ya ha abierto el último sello, y nosotros estamos aquí a la espera de nuestra recompensa.

La oveja pareció reflexionar sobre estas palabras. Sus ojos dulces miraron primero al papa, luego al rabino, y por fin se volvieron hacia el gurú.

—Maestro —dijo la oveja, usando la vieja fórmula prescripta para dirigirse a quien tiene la autoridad y el saber—. Todo esto es por cierto muy bello, pero yo soy una oveja, y como tal tengo que seguir a mi naturaleza, y las cosas que ustedes dicen están muy alejadas de mi naturaleza. Si ya no hay nadie que tenga hambre y sed y necesidad de vestirse, ¿qué debo hacer?

—Seguir a tu espíritu —dijo el gurú—. Buscar tu camino. Descubrir tu fuerza.

—Pero yo no tengo ese espíritu de que hablas —baló la oveja—, ni conozco el camino, ni poseo la fuerza. ¿Qué debo hacer?

—Fue la ciencia quien imprimió estas cosas en ti —dijo el gurú—. Yo nunca aprobé esas prácticas, porque no reconocí que fueran útiles. La ciencia quiso ser más fuerte que el espíritu, ¿pero para qué sirvió la ciencia, cuando otra ciencia más fuerte se abatió sobre nuestro mundo?

Ante estas palabras, el rabino se enojó.

—¡Tú dices esto! —exclamó—. ¿Tú, que has predicado a las multitudes, con palabras de sumisión, mansedumbre y no violencia, y las multitudes se han volcado por millones en las llanura, rezando y cantando, de manera que los alienígenas pudieron pasar entre ellas y exterminarlas sin encontrar ninguna resistencia?

—En verdad —observó tranquilamente el gurú—. No parece que la guerra santa que al fin proclamaste haya dado mejores frutos que la Nueva Cruzada que pregonó nuestro común amigo.

—Yo he proclamado la Cruzada en acuerdo con la congregación apostólica, y sólo después de haber constatado que los alienígenas no obedecían a la ley de Cristo, ni apreciaban las virtudes de resignación cristiana y de hermandad con las cuales al principio los habíamos saludado.

—En definitiva —observó el rabino—, la única victoria que obtuvimos fue la de los misiles lanzados desde los satélites de Nueva Sión inmediatamente después del primer ataque, y esos misiles habían sido creados por científicos de mi pueblo. Si entonces los católicos y los budistas nos hubieran ayudado, quizás no hubiera sido demasiado tarde.

—Esas son palabras que no entiendo —intervino mansamente la oveja—. No se olviden de mí. Todavía no sé qué hacer.

Los tres, el rabino, el gurú y el papa volvieron a fijarse en el animal.

—Debes tener fe —dijo el papa.

—Ora y sigue los mandamientos del Eterno —dijo el rabino.

—Ve en paz y escucha la voz de tu espíritu —dijo el gurú.

La oveja los miró un rato largo, después sacudió su cabeza lanuda y baló desconsolada.

—Ustedes hablan bien —dijo, dándose vuelta—, pero me parece que no saben qué les estoy pidiendo, y si no hay otros a quienes pueda hacer la misma pregunta, yo también tendré que irme hacia el Este.

—Pero en el Este no encontrarás a nadie.

—Quizás sea así —dijo la oveja, yendo hacia la vegetación cercana—, pero por lo menos tendré algo qué hacer.

Ahora las estrellas habían llenado el cielo, la noche había caído, el fuego estaba muriendo, y había un gran silencio en torno.


Soñaba el papa en la noche, acurrucado junto a las brasas de la fogata, bajo el cielo colmado de estrellas. Soñaba como no había soñado por mucho tiempo, quizás diez, veinte, treinta siglos o más aún. Soñaba en el porqué de su nombre, en su significado simbólico y por qué se lo habían puesto. Soñaba en Cristo y Dios Padre Omnipotente y el Espíritu Santo y el Día del Juicio, soñaba con todo eso porque sabía que ya era cuestión de horas o minutos, y la larga espera acabaría y llegaría el premio.

Soñaba con el día en que había salido de los laboratorios del Vaticano, el día en que el cardenal Agnostopoulos, el humilde y afable estudioso de la física molecular, se había inclinado ante él y había besado su anillo.

Soñaba en todas las cosas que había aprendido en ese momento, en todas las cosas que iban a guiar su vida por los diez, veinte o treinta siglos venideros, y acariciaba el pensamiento de esas certezas, y de esa certeza mayor, esa que lo había acompañado desde el primer momento, la certeza de saber con certeza el motivo de esa certeza.

Soñaba cerca del fuego apagado, y aunque el recuerdo de las multitudes reunidas orando en San Pedro el último día, cuando la nave descendió ligera sobre la cúpula y los alienígenas salieron para completar su obra, todavía le provocaba dolor y turbación, se consolaba al pensar que en ese mismo momento, en medio de ellos, los había absuelto a todos y cada uno de cualquier pecado, y les había impartido su bendición, y todas esas almas ahora estaban salvadas, y al día siguiente, el Día del Juicio, como el buen ladrón gozarían con él de las delicias del paraíso.

Soñaba, el papa que había recibido el nombre de Pedro II y había reinado sobre la iglesia de Cristo diez, cien o mil veces más de cuantos habían seguido a su homónimo, el pescador, desde que Nuestro Señor le había entregado las llaves del paraíso. Soñaba, junto a las brasas ya apagadas, bajo las estrellas. Eso era muy singular, porque no recordaba haber jamás soñado —¿o quizás sí, pero cuándo?— pero no podía haber nada más extraño y distinto que esa noche, aún más grande que la noche de Belén, porque dentro de pocos minutos o pocas horas la Gran Promesa se habría cumplido.


Junto a él descansaba el gran rabino, envuelto en una frazada. Aunque eso también era extraño, porque su cuerpo no sentía ni frío ni calor, no sentía el llamado del hambre y de la sed, era indestructible e inmortal, en la medida en que el hombre pudiera acercarse a la potencia del Eterno.

No soñaba el rabino, ni dormía de verdad, pero sus pensamientos se movían lentos y perezosos, inmersos en ese estado de duermevela en que se manifiestan a los hombres las grandes ilusiones, las grandes revelaciones y los grandes terrores. Reflexionaba sobre su pueblo, ese pueblo elegido y antiguo que había sabido sobrevivir cien mil años y cien mil más, combatiendo a sus enemigos, defendiéndose de mil persecuciones, devolviendo golpe a golpe, lágrima por lágrima, dolor por dolor, al odio, a la violencia y a la estupidez que por tanto tiempo, demasiado, lo había rodeado.

¿Quizás se había sentido así alguno de sus predecesores en el día de la deportación a Babilonia, llorando por la hierba, el cielo y las casas perdidas de Sión, y sobre la multitud esclavizada y dispersa que había sido una gran nación? Oh, Israel, Israel, decía una voz lenta en la mente del rabino. Esta vez nadie vendrá a liberarte del exilio, esta vez los granos de arena prometidos a Abrahán hay sido barridos por el mar, y nadie podrá ya reclamarlos desde los cuatro rincones de la tierra, nadie podrá venir a rescatarte de tus cenizas.

Los muros del templo habían caído, no los de piedra, de canto, de arcilla y mármol que innúmeras veces habían caído y vuelto a levantar en el curso de los siglos, sino las del espíritu que vivían en su raza, en el Pueblo. Recordaba, el gran rabino, el día que había abierto por primera vez sus ojos, en la aséptica perfección de las Centrales de Nueva Jerusalén, con los técnicos y los científicos vestidos de blanco, y la mano de obra árabe que se movía silenciosa y respetuosamente, muda ante la grandeza del prodigio científico que iba a realizarse, incrédula pero anonadada ante el gran evento que se iba a producir.

Su pueblo, su gente. ¡Cuánto había amado a su pueblo! Su corazón había estado henchido de amor desde el primer momento, unido a maravillosa comprensión del diseño del Eterno, que se había revelado en las Escrituras y había culminado en ese momento, en ese gran evento. Una guía para su pueblo, el triunfo final de la tradición... un símbolo viviente y casi inmortal de todo aquello que había sido, era y sería, al fin inmutable, finalmente sustraído a las debilidades, a los errores y a la juventud de los hombres.

Él había sido fiel a su misión, había sido el intérprete justo y severo de la Ley, y a su alrededor su pueblo había crecido, se había fortalecido, había superado y vencido otras persecuciones, otras pruebas y otras lágrimas, y al fin, en ese último mes de miedo, incertidumbres y porqués, había sido el primero en combatir y el último en rendirse.

Esto lo movía a sentir orgullo, porque también eso formaba parte de su naturaleza, el orgullo de ser parte de su pueblo y saber que su pueblo se identificaba con él. Era un orgullo vano quizás, pero bueno, profundamente bueno. Cuando las grandes astronaves de los alienígenas, tan parecidas a una bandada de pájaros volando en la inmensidad de los espacios siderales, se habían acercado a la órbita de Marte y habían atacado sin ningún aviso a los kibbutz en la superficie reformada de la superficie del planeta rojo, las estaciones espaciales habían respondido el fuego con todas las armas de que disponían. Muchas astronaves alienígenas habían sido destruidas en esa primera y única batalla, mientras en el Vaticano se discutía la paz, mientras que las naciones católicas trataban de establecer un contacto con los recién llegados, para entablar tratativas y asegurarse las ventajas de una improbable alianza contra las demás naciones, mientras que las grandes masas orientales oraban, cantaban y no hacían nada para defender a la Tierra del inopinado ataque.

Su pueblo había pagado un precio duro, muy duro, por ese éxito inicial. Cuando las naciones de la Tierra habían decidido intentar un contacto, sin responder a los pedidos de ayuda e intervención, la tecnología alienígena, repuesta tras la primera sorpresa, había actuado de manera fulmínea y despiadada. Las estaciones espaciales habían sido destruidas, la superficie de Marte había sufrido un baño de fuego y el planeta era ahora una masa de cenizas resecas en la fría inmensidad de los espacios.

Nueva Sión había quedado destruida y sólo él, sólo él había sobrevivido a todo su pueblo. Y cuando había comprendido que llegaba el día del Armagedón, de todos modos no había pensado en la resignación sino en la lucha. Pero sus palabras no habían sido escuchadas y cuando el papa había llamado a los cristianos a la cruzada contra las fuerzas del Maligno, sabía que la recompensa estaba cerca, y lloraba lágrimas tibias y saladas sobre la Nueva Sión que, cubierta de cenizas, rodaba en la inmensidad del infinito.


El gurú le estaba enseñando a un conejo, sentado a orillas del Ganges, calmo y alerta como siempre había estado y como siempre estaría, lejos del papa y del rabino, inmersos en sus sueños y sus pensamientos junto a lo que quedaba del inútil fuego que había calentado más su espíritu y su fe que sus cuerpos. Le gustaban los conejos, entre todos los animales, porque eran inteligentes y atentos, respetuosos y serenos. Lo que no comprendían no lo rechazaban ni lo combatían como otros animales, los carnívoros por ejemplo; se limitaban a constatarlo asumiendo no sólo su incapacidad de comprender sino también la esperanza de llegar a comprenderlo algún día, en una, cien o mil generaciones. Los conejos se reproducían y adelantaban rápidamente, y el gurú tenía el pensamiento lejano, poco más que una intuición, de que si hubiesen contado con el tiempo necesario, una sana filosofía y una buena ética en que basarse, su especie habría sido quien heredara la Tierra del hombre.

—¿De modo que tú dices, Maestro, que los alienígenas no eran del todo malos? —preguntaba el conejo, un bello conejo blanco de largas orejas, de hocico vibrante e inteligente—. ¿Aun cuando mataron a todos los hombres y todas las mujeres?

—¿Quién puede decir qué pasaba por sus mentes, ni qué motivos los impulsaron a hacerlo? —respondió el gurú con otra pregunta—. No olvidemos el detalle de que se limitaron a exterminar a todos los hombres y a todas las mujeres del planeta, pero preservaron las cosas, todas las cosas, y usaron el fuego y la destrucción sólo cuando fueron atacados.

—Pero destruyeron Marte —objetó el conejo.

—Porque desde Marte usaron misiles y armas atómicas contra ellos. Pero cuando se acercaron a la Tierra, se limitaron a bloquear todos los satélites y todos los mecanismos, se rodearon de un escudo de invulnerabilidad, para que las armas que aún tenían los hombres no actuaran sobre ellos, y pasaron por todas partes con su vibración que sólo actuaba sobre los seres humanos y preservaba lo demás... edificios y templos, hierbas y árboles, animales, pájaros y peces de las aguas. Su acción puede parecernos terrible y malvada, ¿pero acaso los hombres no han actuado de ese modo mil y mil veces, exterminando los parásitos de las plantas, los insectos, los propios microbios que creó la naturaleza, y atacaron con todos los medios los científicos humanos?

—Maestro, yo no creo —objetó el conejo—, que pueda seguir tu filosofía. Me parece que exterminar a toda una especie de gran inteligencia es un acto terrible.

—Es terrible, es cierto —dijo el gurú—. Es la especie que me ha dado la vida, que ha hecho de mí lo que soy, que me ha dado la misión de conservar y defender esa filosofía que ahora me obliga no a justificar, pero sí a no condenar a los alienígenas sin conocer sus motivaciones. Una especie de gran espíritu, que a menudo sofocó la grandeza de ese espíritu eligiendo otras cosas, perdiendo contacto con el Todo que está a punto de envolvernos de nuevo, ahora que la rueda se detuvo, que todos los molinos se hundieron y la luz y las tinieblas, el calor y el frío, el día y la noche, el amor y el odio, la vida y la muerte se han hecho uno.

—Eso es lo que yo digo —observó el conejo pensativo, moviendo las grandes orejas—. Es la especie que nos ha dado la palabra, que nos ha mutado para que siguiésemos nuestra inteligencia y pudiéramos comunicarnos entre nosotros y con los humanos. Una gran especie.

—Grande, sí —meditó el gurú—. Pero lo que te ha hecho a ti y a los que son como tú no ha sido un don desinteresado. Durante milenios los animales pensaron, se reprodujeron, y se ofrecieron espontáneamente a los hombres para saciar su hambre. Darles inteligencia a los animales para que se organizaran inteligentemente para servir a una especie y darle de comer no me parece un don tan generoso. Mi blanco y sabio maestro —se dio vuelta para mirar la figura inmóvil del papa, y una media sonrisa le arqueó los labios—, la definiría como una caridad interesada.

El conejo quedó en silencio, evidentemente inmerso en sus propios pensamientos. El gurú se hundía en la contemplación, y la contemplación llevaba a la introspección, y la introspección evocaba el recuerdo. El recuerdo del día que había abierto los ojos por primera vez, en la inmensa Fundación de Nueva Delhi, y había comprendido inmediatamente que aquello que para muchos era un proyecto romántico e inútil se había convertido en algo grande e importante para toda la humanidad. Había sido el irónico don que los más grandes científicos de aquella tierra hicieron a las ambiciones del poder, ese poder que quería hacer bombas y también alimentos para dar de comer a las multitudes y grandes estaciones en el espacio, y programar por fin la propia mente del pueblo, para hacer de él un súbdito seguro y digno de crédito y no una masa informe, poco confiable y caprichosa.

Sonreía el gurú, pensando en los tesoros de tolerancia, mansedumbre y comprensión que habían volcado en él esos científicos, sabios e irónicos. El gran Concilio Ecuménico que había reunido a todas las religiones del mundo para crear ese ambicioso, estupendo proyecto... encarnar lo mejor de cada una de las grandes religiones en alguien que fuera capaz de escapar a los lazos del tiempo y de la muerte, de las pasiones y las mudanzas políticas... no había sido comprendido, al comienzo, en su tierra y en las demás tierras orientales, así como él lo había comprendido desde el mismo momento en que abriera los ojos, aquel día tan lejano.

Él había transformado su tierra, y las tierras que la rodeaban. Sonriendo, pensó en lo que quedaba de aquellos ambiciosos gobernantes que habían creado los grandes laboratorios y los grandes proyectos. Habían buscado bombas y satélites, gases letales y misiles invencibles, y habían encontrado hermandad, amor, comprensión, resignación, filosofía, mansedumbre y no violencia. El oleaje de los siglos los había barrido.

Había sido justo reunirse en las grandes llanuras, orar, cantar y esperar el momento. Por un momento, el gurú se sintió inquieto, porque el deslizarse en la inexistencia de miles de millones de personas vivas, inteligentes, reales, era motivo de dolor y lo llevaba por un instante a preguntarse qué justicia habría en todo eso, qué sentido habría tenido el gran ciclo de la Tierra para terminar de ese modo, sin una razón aparente, sin un verdadero porqué.

Pero así había ocurrido, así debía ser. Si de todas las multitudes sólo habían quedado ellos, era porque algo grande, algo inmenso, estaba por ocurrir. Esa era la noche que precedía al día previsto por todas las religiones, por todos los grandes sabios, por todos los hombres inspirados, desde las épocas más antiguas. Lo que iba a venir sería el día de la Gran Respuesta, y deseaba en su corazón que el papa y el rabino hallaran lo que esperaban, con su fe y su certeza. Apartó delicadamente un insecto que estaba trepando por su cabellera, lo puso a un costado, cuidando de no hacerle daño, y siguió enseñándole al conejo de grandes ojos atentos, hablándole de cosas que en esa noche parecían tener un valor extraordinario, una consistencia más grande y más inmanente que en todas las otras noches.


Los primeros rayos del sol arrancaban destellos de las turbias aguas del Ganges y el fuego se había apagado. El papa, el rabino y el gurú estaban cumpliendo los rituales de la mañana, rogando o meditando, según su naturaleza. A diferencia de cualquier otro día de todos los días que habían transcurrido, que no habían sido ni pocos ni breves, una excitación diferente y extraña se había apoderado de ellos. Hasta el gurú percibía ese sentimiento de espera que bajaba de lo alto y se propagaba a todas las cosas. Las hojas se movían vibrando con la energía que encerraban, los escasos animales que se movían en la lejanía y no osaban acercarse a aquellas tres figuras que también estaban aguardando, en el aire más fresco y en los claros rayos solares del día más esperado por todos y cada uno.

Cuando concluyeron sus devociones, los tres vistieron sus mejores hábitos, el papa según los requerimientos de su rango, el rabino según las tradiciones de su pueblo, el gurú según los ropajes de aquellos que eran como él. De común acuerdo, decidieron renunciar a cualquier ritual, a cualquier invocación, a cualquier plegaria; para que ninguno ofendiera las convicciones de los otros, pero también por otros motivos.

—El Señor Jesús lee en lo más profundo de los corazones —había dicho el papa—. Él conoce todas las cosas y se manifestará según Su voluntad. Lo he invocado cada minuto de cada día de mi vida. Ahora está por llegar. Él sabe que mi corazón no espera otra cosa que Su venida.

—Esos son mis sentimientos hacia el Eterno —había asentido el rabino—. En otros tiempos le hablaba a mi pueblo, hablaba desde la zarza ardiente y hacía oír su poderosa voz en el trueno y en la tempestad. Ahora, después de tanto, tanto tiempo, se manifestará ante su humilde siervo como ya lo hizo con Moisés en el monte Sinaí. Él me dará una respuesta, por más indigno que sea de recibirla, y podré saber.

—Mi espíritu aguarda muchas respuestas —había dicho el gurú—. Me siento sucio e indigno por las muchas preguntas que se agolpan en mi mente, pero todo se ha cumplido, la rueda está por volver a girar, y yo les deseo a ustedes, hermanos, que encuentren lo que están buscando, en sabiduría y verdad.

Y fue así como esperaron. El sol se elevaba hacia el mediodía, el aire resplandecía de calor, las aguas se escurrían lentamente. Un gran manto de silencio parecía vibrar sobre la orilla del río viejo, muy viejo, donde tantas cosas habían comenzado, y donde podía decirse que ninguna de las muchas cosas iniciadas estaba realmente acabada.

Los tres, el papa, el gurú y el rabino, esperaban en silencio, con infinita perseverancia, con fe imperturbable, con confiada paciencia.

El sol alcanzó el cenit al mediodía y el calor se hizo sentir, cuando de improviso algo comenzó a ocurrir. En el momento más cálido y luminoso del día, repentinamente oscureció como si fuera medianoche, se levantó un viento frío que sacudía todas las cosas, y un gran borboteo empezó a sacudir las vísceras de la tierra. El suelo comenzó a temblar, un trueno profundo partió del cielo, y hubo una gran tempestad, porque el viento soplaba frío y terrible, como si las lejanísimas cumbres de las montañas de donde baja el río se hubiesen acercado bruscamente.

Cada uno de los tres, como imponía su naturaleza, o a pesar de ella, comenzó a temblar y cayó de rodillas. El trueno sacudía el aire, enormes grietas se abrían en el suelo y el sol ya no daba calor aun cuando su pálido fantasma había vuelto a aparecer en un cielo que de improviso se había llenado de estrellas.

De pronto, recortándose contra aquel disco grande, enfermizo y privado de calor, más pálido que la luna más pálida en una noche de niebla, una forma se recortó en el cielo, una forma pequeña, que se hizo cada vez más grande, negra como la noche, una forma alada que bajaba majestuosamente desde lo alto, moviendo sus grandes alas con un ritmo lánguido, lento y seguro, desentendiéndose del gran terremoto, del viento y del trueno que barrían la tierra.

Y en la orilla del Ganges, delante de las tres pequeñas figuras... la blanca, la carmesí y la negra... arrodilladas y angustiadas, se posó sin ruido, con infinita levedad, como una delicada y poderosa criatura viva, la más grande, la más negra y la más silenciosa de las naves alienígenas que habían borrado de la superficie de la Tierra a la especie que hasta un mes antes había sido la más numerosa, la más poderosa y la más orgullosa de ese rincón del universo.


El extraño era antiguo. La sensación de antigüedad se desprendía de su figura, de sus movimientos, de la lentitud infinita con que bajaba de la nave inmóvil que con las grandes alas replegadas estaba quieta en el llano a orillas del Ganges. Era una corriente de sensaciones, una impresión difusa que no se podía relacionar con el aspecto físico de la criatura, tan distinta de cualquier cosa conocida en la Tierra al punto de hacerse imposible de describir. El hombre estaba acostumbrado a describir según figuras geométricas, curvas, ángulos, rombos, cuadrados, o según formas físicas como alas, cuernos, piernas, brazos, tentáculos, ojos, pelos, pero nada de eso se aplicaba al extraño; su figura, o mejor, las sensaciones que irradiaba su presencia y evocaba la idea de una figura, pertenecían a espacios distintos, a geometrías distintas, a una manera distinta, quizás, de concebir la propagación de la luz y del sonido, la irradiación del calor y del frío, la propia existencia de una atmósfera, gaseosa o líquida, o por lo menos clasificable entre las cosas que los hombres y sus máquinas podían medir, conjeturar, sondear, configurar.

Pero aun en esta completa sensación de extrañeza, de ajenidad para el mundo que había sido de los hombres, el sentido de las cosas antiguas, de eones incalculables transcurridos en rincones desconocidos del universo, de distancias incalculables recorridas con finalidad y propósito, no de modo inorgánico e inseguro, se desprendía intenso, como un perfume, una música, un color que cada uno de los tres arrodillados en la orilla reconocía y percibía sin posibilidad de error, sabiendo sin comprender, comprendiendo sin saber.

El extraño los estaba observando. Por lo menos eso era lo que ellos percibían, aunque no había ojos para ver, pupilas que sondear, antenas vibrátiles que reconocer, o cualquier otro órgano que pudiera identificarse como tal. El extraño los observaba, los comprendía y entendía quienes eran. Sin intercambiar un sonido, una palabra o una comunicación mental, los tres lo supieron, sin duda alguna, sin posibilidad de error.

Esta sensación los envolvió, y los tres, mentalmente, se hicieron una pregunta, la pregunta más grande, más terrible y más estremecedora que seres como ellos pudieran plantearse, después de tantos años de fe, de espera y de esperanza que, si bien programadas en su ser desde el comienzo por científicos y máquinas, había crecido y madurado en un tiempo tan largo, y se había hecho parte de ellos como seres humanos.

No.

La negación era neta, clara e inequívoca. No era una palabra, era una repulsa, una rebelión total, una mezcla de incredulidad, de escarnio y de rechazo, y quizás también de miedo, miedo hacia algo que la enorme antigüedad no había hecho más cercano, no había negado ni confirmado, algo jamás encontrado, pero quizás a veces rozado, en las inmensidades de universo demasiado grande, demasiado vivo y demasiado silencioso.

No era Dios aquello que se erguía delante de ellos. Tampoco era un emisario suyo, ni el temido Adversario. Era un ser antiguo, que había descendido de su órbita cósmica lejana para observarlos por última vez.

Esto lo entendieron los tres. También entendieron otras cosas, intuidas con la misma indefinible certidumbre que había acompañado esas sensaciones. El extraño no era ni bueno ni malvado, y tampoco indiferente. Era simplemente antiguo, tan antiguo como debía ser antigua su especie. Ese momento, y momentos como ese no eran por cierto los primeros ni los últimos que él y su gente... si se podía definirlos como gente... había vivido o viviría.

¿Por qué?, fue el grito mudo de los tres seres ante el extraño a orillas del Ganges, una violencia emotiva, una sensación desgarradora, un grito que no habían brotado ni siquiera en el momento en que habían visto exterminar sus ovejas, su rebaño, las almas que habían cuidado durante cien, o mil o diez mil años.

Esta vez advirtieron algo que no lograban identificar... algo inmenso y pequeño a un tiempo, grandioso y mezquino, ineluctable y previsible como las estaciones, las estrellas, la luna y las aves del cielo. El extraño no estaba dándoles una respuesta, era la respuesta, la respuesta a todas las preguntas, y ellos no lograban aprehender, no alcanzaban a interpretar correctamente cuál era la verdad. O mejor... una sensación más profunda e inquietante, porque cada uno de ellos, los tres, comprendió de improviso que esa verdad, aun cuando hubiesen sido capaces de comprenderla, no hubiera sido la Verdad con mayúscula, esa que cada uno de ellos había tenazmente perseguido y conservado durante todo el tiempo, sino solo un aspecto de la múltiple verdad que ni siquiera el extraño conocía, a pesar de su inconmensurable antigüedad, a pesar de que quizás en su errar por la inmensidad de los espacios, él y los que eran como él la hubiesen perseguido y buscado con la misma dolorosa intensidad que en ese momento trastornaban al papa, al rabino y al gurú, por primera vez en su larguísima existencia, con una intensidad pareja a la sostenida certeza, multiplicada por todas las preguntas, las dudas y los pecados que habían sido antes de ellos, y que después de ellos ya no serían.

Pasó un minuto, quizás una hora, o quizás muchos días, porque era imposible calcular el paso del tiempo en la oscuridad de la noche que ni siquiera avivaba el disco apagado del sol, sacudida por el temblor de la tierra y el rebote del trueno desde cumbres remotas e invisibles. El extraño estaba inmóvil, con una inmovilidad que cambiaba a cada instante; cambiaba de forma, de consistencia, de perspectiva y de percepción, frente a los tres, el papa, el rabino y el gurú, arrodillados en espera.

Entonces fue el gurú quien se movió. Lentamente, muy lentamente, abandonó su postura de adoración y espera y se puso de pie. Vacilante, inseguro, el papa también se levantó. El rabino permaneció uno momento con la cabeza inclinada, y en sus ojos ardían las llamas de la zarza ardiente y los rayos del Eterno, pero cuando se levantó lo hizo con seguridad, lentamente pero con cierto orgullo, el orgullo que se desprendía de su negra figura.

Así, de pie, uno al lado del otro, los tres enfrentaron al extraño que los escrutaba de manera incomprensible; y trataron de entender, y no entendieron, pero lograron intuir que ese ser los reconocía por lo que eran. Ellos habían sido preservados porque no habían nacido como los demás hombres, porque los alienígenas sólo habían venido a extirpar de la Tierra la especie dominante, pero ellos, los tres, eran criaturas hechas por el hombre, no nacidas, y como tales eran como las plantas y los animales, como los templos y los palacios, como todas las cosas de la Tierra que habían sido preservadas porque no estaba en el orden de las cosas que fueran destruidas.

También comprendieron que el extraño, a su modo, reconocía en ellos una antigüedad por cierto no comparable con la suya, y había venido... no a complacer su espera ni a ofrecerles una respuesta, quizás ni siquiera movido por la curiosidad, sino porque esa confrontación le había parecido una forma de controlar que el trabajo de su gente había concluido, como en una casa que acaba ser desocupada se baja la llave de la luz antes de irse, por costumbre o prudencia y quizás sólo porque se trata de uno de esos gestos que se hacen sin conocer la razón, precisamente porque están en el orden de las cosas naturales, como la explosión de las galaxias y la dispersión de la entropía.

Después el extraño se alejó, como si fuera disolviéndose o apagándose, o amortiguando ese sonido inaudible que era su esencia; la nave negra desplegó las grandes alas, y levantó vuelo, como un ave inmensa cuyo cielo eran las espacios entre las estrellas, cuyo nido se encontraba en la inmensidad resplandeciente de los soles, cuya presa era incomprensible porque no había una verdadera razón, o quizás porque aquella razón era tan grande, tan importante, que borraba también la necesidad de explicarla.

El trueno murió a lo lejos, la tierra se calmó luego de las últimas sacudidas, las estrellas titilaron y empalidecieron, subyugadas por los cálidos rayos del sol que brillaba de nuevo sobre las lentas aguas del gran río, sobre las cabezas descubiertas de las tres figuras que se alzaban junto a la orilla.


Armagedón había llegado, y había pasado, pero las armadas divinas y las luciferinas no habían combatido ni vencido. Jesucristo se había sentado en su trono para juzgar a la entera humanidad, pero el juicio no había sido celebrado, y quién sabe cuánto tiempo tendrían que esperar las almas. La gran rueda había dado otra vuelta, pero aquello que había sido, y lo que iba a ser, nadie lo había comprendido, ni podía imaginarlo.

El fuego ardía arriba, en la orilla del río antiguo, y arrojaba extrañas luces y sombras sobre los rostros de los tres que estaban sentados el uno junto al otro, hermanados por una nueva e inexplicable sensación. Con los ojos puestos en las antiguas llamas, cada cual seguía sus pensamientos, sus certezas y sus esperanzas. El papa veía una cruz en lo alto de un montículo, y se preguntaba si en el mediodía de aquel día la oscuridad habría sido igual, y también el trueno y el temblor de la Tierra. Un gran resplandor brillaba, en lugar de las llamas en los ojos del rabino, el resplandor con el cual la piedra había sido tallada para formular una Ley de la cual ahora advertía la necesidad, la desesperada urgencia, junto a la nostalgia y el lamento por el orgullo que lo había unido a su pueblo.

El gurú fue quien habló primero, en el silencio que sólo rompían el chisporroteo del fuego y el murmullo de las aguas que corrían a pocos pasos de ellos.

—Estaban convencidos —dijo—. Estaban tan seguros de que haciéndonos tales como somos, no seguían su voluntad ni sustituían a la Causa Primera, sino se limitaban a ser sus instrumentos para seguir sus diseños inescrutables.

—Quizás lo sabían —murmuró el rabino, con voz apagada—. Quizás siempre lo supieron. Quizás habían comprendido que tenían necesidad de nosotros, no por Su voluntad, sino por la de ellos.

—Nosotros los amamos porque Él nos había dicho de amarlos —meditó el papa, mirando las llamas—. Hubiéramos tenido que amarlos, quizás, porque eran lo que eran; no por nuestra voluntad y nuestra gratitud, sino porque eso formaba parte de nuestra naturaleza.

Tras estas consideraciones, quedaron por un rato en silencio. Sólo el papa se movió, por un momento, porque las llamas comenzaban a bajar, el aire se ponía frío, la leña estaba fuera del círculo de las llamas, y alguien tenía que atizar el fuego.

En el límite de la zona iluminada, Pedro, el segundo y el eterno, se detuvo. Los otros también se dieron cuenta de su vacilación y de su asombro, y ambos se levantaron para seguirlo.

En la oscuridad, a su alrededor, había un gran brillar de ojos. Ojos luminosos y atentos, inmóviles y serenos, grandes y pequeños, húmedos y brillantes. Sin que ellos se hubieran dado cuenta, muchos animales se habían reunido en ese lugar, atraídos por el fuego o por la presencia de alguien o quién sabe qué instinto o necesidad vital. Había ovejas y caballos, perros y gatos, ratones y bueyes, gorriones y alondras. Había formas agachadas y formas erguidas, formas encaramadas en las ramas de los arbustos. Hasta había, más lejos, grandes siluetas de elefantes, que se mantenían alejados por temor de hacer daño a las criaturas más pequeñas que se apretujaban adelante. Todos esos ojos, decenas y decenas, centenares y centenares, estaban fijos, atentos, dispuestos y en espera. Delante de todos estaban los conejos, temblorosos y con sus hocicos húmedos, con una expresión grave y atenta, como si percibieran que ese era un momento importante, y estuvieron dispuestos a grandes revelaciones y a descubrir cosas que quizás no hubieran podido entender entonces.


Ilustración: Guillermo Vidal

Los tres se miraron, las tres figuras de pie ante el fuego, a quienes el juego de luces y sombras empequeñecía por momentos y hacía más grandes en otros. Se miraron, y durante algunos instantes permanecieron inmersos en sus pensamientos. Cada uno suspiró, pensando en siglos de certeza y de espera, de fe y de esperanza, de calmo amor y de serena incomprensión.

Después, como de común acuerdo, dos de ellos se sentaron, la figura escarlata y la blanca, y sólo quedó en pie la figura negra y severa, frente a la muchedumbre de ojos que esperaban la noche, con el viento que jugaba un poco con las llamas y otro poco con los hábitos y con el follaje.

—Vinieron aquí a escuchar y aprender —dijo el rabino—. No será algo breve ni fácil, pero tenemos mucho, mucho tiempo a nuestra disposición.

No hubo repuesta alguna, sólo un movimiento general, como un acurrucarse o un distenderse para una larga espera, un agudizarse de la atención, un renacer de la esperanza.

El gurú cerró los ojos por un momento, sabiendo lo que estaba por ocurrir. Por un momento se estremeció, y una duda agitó su espíritu. Estamos por volver a empezar, dijo para sí. ¿No fue suficiente la lección que Ellos tuvieron? Por un momento se interrogó sobre el futuro, vaciló ante la idea de lo que podría ser, pero entendió que ya era irrevocable, que habían tomado su decisión, que habían cambiado mucho más de lo que podía imaginarse en pocos minutos, y que ya en sus pensamientos había aludido a Ellos con mayúscula, así como era y podía y debía ser.

—No les hablaré de Su divinidad —continuaba el rabino—. Ni de Su fe, porque en verdad quizás eso fuera el fruto de Su amor y de Su búsqueda. —Mientras tanto el gurú cerraba los ojos, dejándose invadir por una dulcísima sensación que borraba todas sus dudas, porque había necesidad de creer, necesidad de esperar, necesidad de aferrarse a alguna certidumbre cuando todas las certidumbres parecían haber estallado. Oyó a lo lejos la voz solemne del rabino que proseguía—. Ellos nos han creado, en Su sabiduría, y debemos adorarLos y cultivar Su recuerdo. Nos han dado la vida y la palabra, para servirLos, como era justo, pero no hemos sido capaces de defenderlos, y ese pecado recaerá siempre sobre nosotros, hasta que nos levantemos de la Tierra que era de Ellos y llevemos Su venganza hasta las estrellas lejanas. En verdad les digo, hermanos, que esta tarde cada uno de nosotros ha encontrado un objetivo para la propia vida...


Título original: "Elegia"
© 1988 - Ugo Malaguti
Traducido y publicado con autorización del autor
Traducción: Pablo Capanna © 2006.


Ugo Malaguti nació en Bologna, Italia, en 1945. Es una de las figuras míticas de la ciencia ficción italiana, ya que su labor abarca la crítica, el ensayo, la edición y la narrativa. Logró notoriedad como escritor en la década de 1960 gracias a sus novelas Il sistema del benessere (1965), Satana dei miracoli (1966) e Il palazzo nel cielo (1970). Inclinado a la vertiente "social" de la ciencia ficción, Malaguti presentó escenarios satíricos y corrosivos, rebosantes de publicidad intrusiva, consumismo y corrupción política derivados del poder desmesurado de las empresas multinacionales. Luego de un largo silencio como narrador, en parte motivado por su aplicación a todas las otras actividades mencionadas, regresó presentando un volumen de cuentos titulado Storie d'ordinario infinito, del que tomamos este relato tan especial, realzado por la magnífica traducción del profesor Pablo Capanna. Agregamos, porque nos parece sugestiva, la reflexión que nos envió Guillermo Vidal junto con la ilustración: "Aunque el desenlace parece que va a una conclusión moral, gira con inteligencia a un esquema inevitable de repetición trágica, que le da un tono mas intenso y sobre todo desafiante aunque sea desesperado".


Axxón 166 - septiembre de 2006
Cuento de autor de europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Apocalipsis: Invasiones: Italia: Italiano).

            

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