NUESTRA TUMBA

Gustavo Fernández Riva

Argentina

Cada tantos años volvía a la casa en donde recordaba haber visto la luz por primera vez cuando resucité, en donde había reaprendido las cosas básicas de la vida. Lo hacía por miedo a terminar olvidando. A que me sucediese como a tantos otros que andan por ahí como si tuviesen algo roto.

Uno siempre debe volver solo a su primer hogar, sin familia y sin amigos. Es una peregrinación esquiva, una búsqueda de recobrar algo que nunca podemos tener del todo. Hay que verlo sin intromisiones de nuestra nueva vida, hay que sentirlo como al principio, cuando casi nada existía. Ahora había una estación de tren en el pueblo que me dejaba a unos pocos kilómetros. Tenía bastante con cargar mi valija, así que no me aprovisioné cuando llegué. Mientras llenaba el formulario para usufructuar una bicicleta dejé el equipaje en el suelo. Un esclavo pasó y la tomó por instinto, tuve que arrebatársela de la mano. Me miró un segundo, parpadeando sin sentido y luego siguió con su antiguo rumbo.

El recorrido en bicicleta fue apacible. Era un día soleado pero aún había signos de una tormenta reciente: los caminos de piedras enormes estaban lavados por el agua que goteaba desde los sauces. Sobre las montañas se percibía una pequeña ciudad, y en algún punto vi los progresos de un tendido de electricidad, una nueva central generadora de energía y alguna pequeña plantación rodeada y custodiada por árboles.

Pero en la propiedad de mi familia, del otro lado del portón, encerrado por la cerca de piedras y barro, todo seguía intocado por la mano de los mortales, sólo acariciado hasta la herrumbre por el tiempo.

Dejé la bicicleta en el antiguo galpón de chapas agujereadas. Aún quedaban familiares por venir, o ya habrían derribado ese edificio, construido hace incontables años por gente que resucitó antes que nadie en mi familia. En el aire de media mañana todo parecía de colores suaves y con olor a humedad limpia. En el cementerio, en cambio, la humedad no tenía ese mismo aroma, se presentía el descuido, el musgo y los hongos alimentándose. Fue el primer lugar que visité. Estaba a unos cincuenta metros de la casa, rodeado por su pequeño muro de piedras y cubierto por sus doce tumbas colocadas en tres hileras de cuatro, todas a una distancia equidistante entre sí y con respecto a la pared. Me sorprendió que tres aún brillasen, que las pequeñas esferas que las coronaban aún mostrasen el constante fluir violáceo. Una era la de mi padre. Pero la de mi hermano ya estaba como muerta: un cristal transparente e inamovible deformaba la luz del sol que lo atravesaba y la tierra a sus pies estaba removida.

Traté de recordar la última vez que vi a mi hermano. No pude. De chicos éramos unidos, pero eso implicaba un fuerte lazo no sólo de cariño, sino principalmente de aversión. Él siempre había sido egoísta. Cuando salíamos con amigos él se sentía un tanto amenazado y celoso, así que trataba de hacerme quedar mal a mí. Igual eso hubiese sido soportable de no ser porque lo hacía con misamigos. A él parecía costarle conseguir los suyos, no sé por qué, supongo que era una cuestión de suerte, o de falta de empeño de su parte. El problema era que entonces recurría a robármelos a mí. Como yo era un desastre en los deportes, no me gustaban, él llamaba a mis amigos para ir a jugar al fútbol o al básquet, sabiendo que yo no querría ir, y de hacerlo podría burlarse a placer.

Nunca entendí esa terquedad por seguir mis pasos. Él podría haber intentado encontrar su propio camino, sin tener que estancarse conmigo. Trató de estudiar ingeniería como yo y abandonó, escuchaba mi música favorita pero no la entendía, quería opinar sobre política, pero no conocía lo suficiente. Siempre que me compraba algo, él tenía que compensar adquiriendo una cosa análoga, de ser posible mejor que la mía.

Pero además de eso era soberbio. Y sus actitudes de mierda nunca abandonaron su carácter. Siempre que podía trataba de joderme para demostrar que era mejor que yo o algo por el estilo, aunque nunca lo admitiera o siquiera lo supiese. Cuando hubo que dividir la herencia de un tío fue cuando decidí terminar con él. Yo estaba pasando por un momento desastroso, se acercaba el fin de siglo y necesitaba hacer algo de dinero para una tumba. Pero él luchó contra mí hasta el final, tratando de quedarse con todo. Lo último que recuerdo ocurrió en los tribunales, mientras nuestros abogados trataban de arreglar con palabras racionales nuestro odio fraternal. De regreso a mi departamento derruido había jurado matarlo de una buena vez. Sería irónico ver cómo yo heredaba la plata a su muerte porque era su familiar más directo. Luego salí del pozo financiero y olvidé mis planes fraticidas, porque no tenía que soportarlo y no me molestaba.

Entré en la casa. Parecía mucho más luminosa de lo que recordaba. Calculé que era porque las ventanas estaban en su mayoría rotas y había un par de grietas considerables en las paredes. Reencontré mi antigua habitación llena de objetos. Estuve cerca de una hora ordenándola. Pensé que sería mejor arreglar todo ese día y comenzar a rememorar al siguiente. Bajé para buscar el almuerzo que había traído y dejado sobre la mesa del comedor. En la escalera de madera había huellas de barro. Primero supuse que yo las había dejado al subir, pero en la planta baja comprobé que no correspondían con el diseño de mis zapatillas, incluso parecían zapatos de resucitado.

Revisé toda la construcción, los pasillos que daban vuelta sobre sí mismos, los armarios podridos y las habitaciones vacías. Antes de que me diera cuenta la tarde comenzó a pasar, así que tuve que ir hasta la ciudad más cercana a buscar provisiones para pasar el par de días de rememoración. En el pueblo me reconocieron. No pude explicar cómo.

—Estoy parando en la casa Denegri —informé en la proveeduría.

—Sí, ya sabemos. Ya lo hemos visto. Usted es el ingeniero.

No les dije que me estaban describiendo a la perfección, pero no hablaban de mí, porque yo no había pasado por allí.

Regresé cuando ya era de noche. Cené y me fui a acostar en mi antigua habitación. Me desperté a mitad de la noche, algo asfixiado dentro del cuarto cegado y enviciado. Había dejado la ventana cerrada por alguna razón que no se me ocurría. La abrí y miré el aire violáceo casi palpable que fluía sobre el cementerio. Y vi a la figura pálida que estaba postrada frente a la tumba de mi hermano, conectado a ella.

Mi hermano se había levantado de su tumba y seguía acá, dando vueltas. Yo regresaba a declarar mis dominios sobre esas ruinas y él tenía que llegar a estropearlo. No sería peor si lo hubiese hecho a propósito, de alguna manera siempre tenía que arrebatarme las pocas experiencias que eran mías y reclamarlas para sí. Pensé que tal vez ahora tendría una segunda oportunidad para eliminarlo.

Me senté en la parte de arriba de la escalera, esperando verlo entrar. Eso recién ocurrió cerca del amanecer. Caminaba de a tramos, con los brazos cruzados debajo de una frazada que le tapaba todo el cuerpo. Cada un par de pasos cerraba los ojos. Ni siquiera notó mi presencia. Entró directamente al baño, así que bajé las escaleras ruidosas y me paré a observarlo a través de la puerta entreabierta. Se miraba, una ruina en el espejo arruinado, con los párpados a punto de caerse y el blanco de los ojos lleno de venas. Pero no parecía registrar nada.

Generó un terrible odio en mí el darme cuenta de que yo había hecho eso mismo una de las primeras noches después de revivir, y su expresión era tan similar a la mía que parecía una parodia. Estaba decidido a no dejar nada, quería apoderarse de todo. De pronto sacudió la cabeza al notar mi presencia, pero no se asustó. Se dio vuelta y me sonrió y se acercó a saludarme y me invitó a tomar asiento en las sillas oxidadas al lado de la mesa.

—Es usted la primera persona que veo desde que resucité —dijo—. Discúlpeme si estoy algo confundido, pero aún no termino de rememorar todo.

—¿No me reconocés? —Trató de despabilarse y mirarme un poco mejor antes de responder.

—No, lo siento. ¿Debería?

Algo me hizo seguir la situación con prudencia, manteniendo en secreto la mayor cantidad de cosas que fuera posible. Aunque sospeché que mentía y me reconocía a la perfección.

—Sos del equipo de rescate, ¿no? Se suponía que alguien iba a venir —continuó él.

—Sí, soy del equipo.

—¿En qué año estamos?

—En el 225 desde que despertaron los primeros.

—¿Y qué tal ha ido?

—Bastante bien. La Tierra ya es un lugar habitable. No tenemos todo lo que teníamos, pero estamos vivos. Hay energía eléctrica, comida.

—Bueno, supongo que desperté en buen momento. Esquivé el trabajo más duro.

No le mentí directamente. Pero evité decirle que en realidad las cosas eran bastante diferentes. Los primeros años fueron difíciles y no podía haber contemplaciones, había que sobrevivir como fuese, incluso robando y asesinando a los otros. Como estábamos sectorizados, revivíamos y teníamos un grupo instantáneo, era cuestión de prosperar con los demás o a costa de ellos.

La vida se había militarizado por completo; todos éramos guerreros permanentemente, siempre armados y preparados para matar. No sé si esto ocurrió porque muchos de los que resucitaron eran antiguos soldados, o si fue la forma que parecía más práctica, en esas circunstancias. Yo no resucité como mi hermano, no me recibió un extraño generoso como yo. Se me aparecieron dos tipos que me subieron a una camioneta y me llevaron a una base para que empezara a trabajar por techo y comida de cuartel. Me habían enseñado a disparar, a tener un rango y a respetar a mis superiores.

—Siempre quedan cosas por hacer —le dije—. Me gustaría quedarme acá para guiarte hasta completes la rememoración. ¿Cómo te sentís hasta ahora? ¿Retenés la información?

—Sí, aunque pierdo mucha, no sé si es por falta de concentración o por otro motivo.

—No, desgraciadamente es todo biológico. No se puede hacer nada para controlarlo. A medida que pasen los años vas a ir olvidando también, al azar. A veces cosas importantes.

Pareció desilusionado. Por lo menos lo sabía temprano; yo tardé mucho en enterarme, y me angustiaba cuando era consciente de los recuerdos que olvidaba, cuando descubría que había conocido algo, pero no podía recordar qué.

—¿Queda algo del mundo de antes? —preguntó.

—Lo esencial. Nos encaminamos a que esté todo como antes.

—¿Hay naciones? ¿Hay capitalismo?

—Sí.

—¿Hay algún problema en esta zona, residuos radiactivos o algo así?

—No, ¿por qué?

—Ayer salí de los límites de esta propiedad. Fui hasta quedar cerca de la ciudad que está de camino a las montañas. La vi llena de hombres vestidos con uniformes militares o batas blancas y otros con uniformes naranjas. Y además está ese edificio piramidal que se ve a lo lejos. Entiendo que quieras reducir el trauma del cambio, pero espero que hoy durante la cena puedas decirme la verdad.

Luego dijo que estaba cansado y lo dejé ir a dormir. Me resultaba extraño que mi hermano hablara así. Si supiese que reaccionaría como yo le escupiría la verdad, para que sufriera. Me acuerdo de las primeras noches, con hambre, en una cabaña junto a una veintena de hombres y mujeres. Todos éramos profesionales o expertos en algún oficio. Nos fueron derivando a donde nos necesitaban. Nuestras condiciones de vida eran desastrosas, pero sentimos un alivio un tanto chocante al conocer a los esclavos y compararnos con ellos. Al final nos dijimos que el mundo era una mierda, pero estábamos vivos y hacíamos lo que nos parecía mejor para la humanidad en general.

Es obvio que ya antes de que nos metiéramos en nuestras tumbas y refugios a sobrevivir al bombardeo solar se sabía lo que iba a pasar. Los recién resucitados buscan como zombies un lugar donde conectar el cable de su columna para volver a llenar su mente. Siempre ven el de su tumba y allí lo enchufan y recuperan sus recuerdos. Pero hubo alguien que antes del cataclismo diseñó y guardó para el futuro un dispositivo al que se conectaban estos recién resucitados para convertirlos en esclavos sin voluntad. Todos los que no tenían un conocimiento útil pasaban a la gran masa de esclavos. Se calculaba el tiempo que una persona demoraría en resucitar y se la sometía a ese tratamiento antes de que se conectara a su tumba. Mi hermano había zafado de alguna manera.

Esa tarde pasó un jeep y se detuvo en nuestro terreno. Mi hermano dormía. Les dije a los soldados que tenía dos semanas de permiso para ir a rememorar. Tenía que hacerlo para mantener mis conocimientos de ingeniería intactos.

Cuando subí a verlo seguía dormido, sin enterarse de nada. Noté que dormía con un brazo pasado sobre la cabeza, como si se estuviese cubriendo. Nunca lo había visto así, pero era uno de mis hábitos y me causaba un fuerte dolor en el brazo que notaba al despertar.

Sentí un odio terrible. ¿Qué sería peor: dejarlo salir al mundo que nos había tocado o matarlo ahora mismo? Quería hacerle lo peor.

Se despertó moviendo el brazo tieso y se sorprendió al verme observándolo. Ninguno dijo nada.

—Estuvimos hablando toda la mañana y no nos presentamos —dijo él para romper el momento incómodo—. Yo soy Federico Denegri, pero supongo que ya lo sabías.

Había algo en la forma en que lo dijo que hizo que su inocencia pareciera falsa, que se colara un poco de malicia, como si en realidad él me estuviera engañando a mí. Pensé que a pesar de los años debería reconocerme. Estaba jugando conmigo: se presentaba con mi nombre.

—No, no lo sabía. Pero había algo que me lo hacía suponer.

La conversación no tenía mucho sentido, pero nosotros entendíamos que la simulación fallaba, que nuestras máscaras estaban cayendo aunque desde el principio habían estado sujetas por un hilo muy fino.

—¿Y tu nombre? —me interrogó. Le sonreí sarcásticamente.

—Ya tenés suficientes cosas para rememorar; no te hace falta incorporar nueva información. Cuando hayas terminado, te voy a llevar al pueblo a festejar y a aprender sobre el nuevo mundo. Por ahora, limitate a recordar el viejo.

Asintió sentado en la cama. Lo miraba desde el umbral.

—Bueno, si quiero aprovechar la tarde voy a seguir rememorando —dijo.

Salí de la habitación para que se cambiara. Quince minutos después él entraba en el cementerio y se conectaba a la parte visible de la tumba que lo había protegido del bombardeo solar para poder revivir amnésico mil años después. Entré en su habitación y la revisé. Reconocí mi letra en una lista de compras escrita por él. Supe que la había dejado allí a propósito para que yo la encontrara. Tenía que terminarlo ya y dejarme de dar vueltas.

Agarré el arma que escondía bajo mi bata, comprobé que estuviera cargada y le saqué el seguro. Bajé empuñándola, con cuidado. Miré por la ventana y vi que no había ninguna figura humana bajo la luz violácea del cementerio. Me fui acercando al cobertizo con cuidado, moviéndome contra la pared de la casa, tratando de distinguir a alguien acechando desde algún rincón. En el cobertizo descubrí que la bicicleta había desaparecido.

Unos soldados pasaron por el camino frente a la propiedad. Guardé el arma y les pedí que se detuvieran. Tuvieron la gentileza de llevarme al poblado. Pensé que tal vez encontraríamos a mi hermano en el camino, tratando de huir, porque no tenía mucha ventaja, pero no fue así. Los soldados me dejaron en el centro. Los edificios de la administración estaban por cerrar a esa hora, pero los esclavos seguían trabajando: lejos, en las fábricas y centrales de energía; cerca, arreglado una calle, con la mirada sin deseo.

Primero pasé por el andén del ferrocarril. Pedí en la boletería que me informaran si habían pedido un pasaje a nombre mío. Me dijeron que no. Bien, eso eliminaba una posibilidad pero abría varias otras. Tal vez mi hermano estaba tratando de huir en la bicicleta a campo traviesa. Como el próximo pueblo estaba lejos no llegaría antes de dos días. Podía ser que aún estuviera en los alrededores del pueblo, y se pondría en evidencia en las próximas horas. Y no había que descartar que permaneciera escondido en la propiedad.

Ante eso decidí revisar el pueblo. Fui a la proveeduría y pedí que me dieran un detalle de todas mis compras. Dos días antes de mi llegada había comprado comida, tintura para el cabello, ropa y un revólver. Cuando volviera a mi puesto regular de trabajo tendría que dar cuenta de todos esos gastos. Me guardé el detalle de mis compras en el bolsillo y me di cuenta de que mi hermano no me había cargado a mí todas esas compras. Se las había puesto a su propio crédito, bajo mi nombre. Porque él quería volver a mi puesto de trabajo, dar cuenta de esos gastos, vivir en mi habitación, dormir con mi esposa y criar a mis hijos. Me pregunté si sería posible que nadie lo reconociera como distinto a mí. Yo había cambiado y él también, pero tendrían que darse cuenta, a pesar de todo. No bastaba el pelo teñido y un par de expresiones.

Entonces fue obvio que no había intentado huir, que aún permanecía en la propiedad, esperándome, tendiéndome una trampa. El juego no podía mantenerse eternamente; al final tendría que quedar sólo uno de los dos. Todo había sido un engaño, me había reconocido desde el principio. Todo para tratar de atacarme mejor. No me pareció una buena estrategia, por lo que supuse que había improvisado bastante, aunque no pude saber bien qué cosas eran fingidas y cuáles reales.

Era momento de terminar con la farsa. O él se apoderaba de mis dominios o yo los mantenía. Ahora, mil doscientos sesenta años después de ser enterrados íbamos a definir todas nuestras disputas de la vida anterior. Ahora no había nada que se interpusiera entre nosotros y evitara el final. Sólo uno de nosotros podría reclamar su lugar en esta civilización aberrante. Me acordaba que en las películas (que yo no había visto desde que resucité, pero que se habían conservado en algún lado) solían decir "el mundo es demasiado grande para los dos". El mundo es, sin duda, demasiado grande para dos que pretenden ser el mismo.

Volví a la propiedad caminando, a la madrugada. Me había traído todo lo que se me ocurrió que podía resultar útil. Encontré una buena posición en una colina cercana y observé la oscuridad con un par de binoculares. Había algunas velas encendidas dentro de la casa, y detrás de ella se adivinaba el habitual aura violácea. Pero no había ningún movimiento, ninguna señal de actividad.

Seguramente me habría tendido una trampa en alguna parte; es lo que yo mismo hubiese hecho. Darme cuenta de que podía predecir sus movimientos me infundió ánimo hasta que recapacité y supe que él podía prever los míos. De todas formas yo había pasado por muchas más cosas que él desde que resucitara; en el fondo no me conocía.

Entré saltando la pared, por la parte de atrás. Me pareció que hice tanto ruido que era imposible no haberlo alertado. Me apresuré a esconderme detrás de un árbol, preguntándome si estaría adentro de la casa, tal vez en el altillo, esperando verme abajo y disparar. Decidí confiar en su mala puntería, llegar hasta la construcción y entrar por alguna ventana, pues la puerta principal quedaba descartada. Corrí agachado, con la noche nublada velando mis movimientos. Miré por el hueco de una antigua ventana que daba a una habitación oscura. Entré. Me acurruqué en un rincón y escuche los crujidos de la noche. Esperé. Tuve paciencia y percibí unos pasos que intentaban ser sigilosos.

La habitación daba a un profundo vacío negro que, según calculé, debía ser la sala de estar. Me acerqué al umbral y palpé la pared a mi izquierda hasta tocar el interruptor de la luz. Escuché el crujido inconfundible de las escaleras de madera, y me resistí a moverme a pesar de saber que él estaba allí, a pocos metros de mí, empuñando un arma, confiando en la noche. Cuando el sonido más firme me indicó que había hecho pie en el cemento presioné el interruptor y disparé, en medio de la ceguera de la luz repentina, contra la sombra que distinguía al pie de la escalera. Fallé, pero empezaba a ver un poco mejor. Él estaba aún más desorientado que yo, así que para el segundo disparo pude acercarme y apuntar. Apreté el gatillo del rifle cuando él recién levantaba el cañón de su revólver hacia mí. Cayó y me acerqué apuntándole al rostro. Lo miré, tendido con los ojos abiertos y un poco desilusionados. Vi que ese rostro no era el mío, pero percibí una expresión que me causó un cierto malestar y me obligó a soltar el rifle y tirarme al suelo temblando. Más tarde pude comprender que esa era la mirada de mi muerte. Había enfrentado mi muerte cara a cara y uno nunca puede recuperarse de eso.

Alguien a lo lejos habría escuchado disparos. No sabrían de dónde, porque estaba todo bastante alejado, pero era seguro que preguntarían si yo también los había oído. Enterré a mi hermano dentro de la casa, lejos del cementerio. No sospecharían de mí, porque en sentido estricto no había víctima. Según todos sabían, estos días estuve solo en la propiedad, no hubo más que un Federico Denegri que rememoró y fue al pueblo.

Al segundo día después de la muerte de mi hermano me conecté a mi tumba y comencé a rememorar. Me sentí ridículo al haber olvidado cosas obvias, cosas que podrían haber hecho todo mucho más simple. Pero por lo menos comprendía y no muchas veces sucede que algo nos aclara todo de una manera tan completa.

Había olvidado mucho de los días en que el Apocalipsis era inminente y todos se desesperaban por conseguir un refugio para salvarse. Ninguno en la familia lo había conseguido privadamente, pero papá consiguió por sobornos y amigos la posibilidad de hacer uno para todos. Cada cual tendría su propia tumba que mantendría el cuerpo con vida aprovechando la misma radiación que de otra manera nos mataría. Cuando los niveles radiactivos hicieran que la tumba dejase de funcionar, el refugio se abriría y uno podría salir. Claro que cada tumba tendría su propio tiempo dependiendo de la energía recolectada.

Así que la última vez que vi a mi hermano fue en esos días. Yo era ingeniero y me capacitaron para programar tumbas así que, además de otras, me encargué de las de toda mi familia. Me acuerdo que teníamos dos policías estables en la casa por si alguien intentaba robárnoslas. Los enterramos con nosotros y creo que luego resucitaron y se convirtieron en esclavos.


Ilustración: Kristel Regina Sitz

Mi hermano estaba insoportable por tener que aceptar que yo tenía mayor autoridad que él, ya que era responsable de la supervivencia de todos. Pensé que al resucitar tendríamos que organizarnos en la precariedad junto a él. Lo vi como un asunto racional, lo que sería mejor para toda la familia en un futuro sin tantos lujos. No activé correctamente el módulo encargado de ir grabando sus recuerdos a medida que los fuese perdiendo en su sueño milenario. Me imaginé que obtendríamos un zombi con la mente en blanco.

En ese momento no capté las consecuencias. Al resucitar uno viene programado para ser una especie de autómata sin pensamientos. Los músculos se mueven para conectar el enchufe que sale de la nuca. Los ojos identifican la ranura, los brazos se mueven y realizan la operación correspondiente. No hay razón ni conciencia de por medio. Al resucitar, mi hermano hizo eso, pero no encontró nada dentro de su tumba. Así que su cuerpo siguió moviéndose hasta encontrar la tumba más cercana que sí satisfizo su necesidad de memoria y conciencia.

Traté de imaginarme cómo reaccionaría yo ante una situación como ésa. Porque en realidad me había pasado a mí, porque la mente que pasó a ocupar su cuerpo era la mía. Me imaginé dándome cuenta de que estaba en el cuerpo de mi hermano, a quien tanto odiaba. Y era mi culpa y de nadie más. ¿Qué podía hacer sino reclamar el lugar que me pertenecía como consciencia, sin importar el envase?

Primero sentí una culpa tremenda frente al asesinato cometido, pero supe que mi víctima comprendería lo que había hecho, porque ella se hubiera defendido igual que yo. Éramos enemigos por nuestra propia culpa, y sólo quedaría uno, era un pacto implícito, era el precio a pagar por nuestro error.

También rememoré los días en que papá nos llevaba de paseo, días que había olvidado casi por completo. Una vez mi hermano se fascinó ante la vista de un chico de su misma edad que repartía estampitas en el subte. Papá explicó que ese chico era pobre, y que la mitad del país era como él y vivía en la miseria, y que uno podía caer en ella en cualquier momento. Yo pregunté por qué eran pobres. Papá dijo que porque había otros que eran muy ricos y se quedaban con lo que les correspondía a ellos.

Algunos días después mi hermano y yo íbamos a comprarnos un helado cuando pasamos frente a una Iglesia donde una vieja pedía limosna. Yo me acordaba de lo que decía papá de que alguien le había robado así que me acerqué y le di las monedas que tenía para el helado. Mi hermano me miró sin entender y se compró un helado y no lo quiso compartir. Terminamos peleando y creo que se lo arrojé a la calle y luego en casa seguimos arrojándonos cosas.

Sin embargo, en el transcurso de una pelea posterior, mamá me mostró que él había escrito para la escuela que yo era su héroe, porque siempre ayudaba a los demás y que tendría que haber más gente como yo que les devuelva a los pobres lo que les habían robado, y el mundo sería un lugar mejor. Pero él jamás trató de imitarme, siguió siendo egoísta, siempre. Me robaba las cosas que yo deseaba y jamás intentó imitarme en lo que él creía más importante. Tal vez sentía que primero debía estar en buenas condiciones y contento consigo mismo antes de ayudar a los demás, que debía tener todos los beneficios que yo tenía como primogénito, antes de parecerse en verdad a mí.

Reflexionaba sobre todo esto mientras volvía en tren a casa y veía a los esclavos tendiendo el cableado de electricidad al costado de las vías.



Este es el segundo cuento de Gustavo Fernández Riva en Axxón. El primero se llama "En esta cara de la Luna" y apareció en el N° 155. Gustavo tiene 21 años, estudia Letras y participa activamente en el Taller 7. "Nuestra tumba" es producto de una de las consignas del taller, en este caso la que propone construir una ficción a partir de una ilustración preexistente. Y la sinergia derivada de esto es por lo menos curiosa, ya que la ilustradora, Kristel Regina Sitz, que nació en Estonia y no lee español, no podría haber ilustrado el cuento sin una traducción de por medio.


Axxón 166 - septiembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Resurrección: Argentina: Argentino).

            

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