ZARZA

Santiago Eximeno

España

No me mires de esa manera.
Tú no eres diferente a mí;
lo que te ocurre es que todavía no lo sabes.
La Flor del Mal


Laura, sentada en una silla de metal.

Sus pies, pequeños, envueltos en calcetines de color rosa, bailan en el aire, adelante, atrás, adelante. La niña mira a un lado y a otro, buscando a su madre. El pasillo, de paredes blancas, de suelo blanco, iluminado por grandes tubos fluorescentes, se extiende a ambos lados de la niña como los brazos de la cruz de una iglesia. Laura se rasca la nuca, cierra los ojos. Puede oír, a lo lejos, las voces de las enfermeras, el susurro de los pasos de un paciente que vuelve a su cuarto, las risas contenidas de una pareja que comparte un chiste privado. Abre los ojos, deja que sus pies se balanceen en el aire, adelante, atrás, adelante.

Desde donde se encuentra no puede ver el reloj, no puede saber qué hora es. Su madre ha salido un momento, no tardaré nada bonita, pero tarda demasiado. Laura apoya las manos sobre la silla, trata de sostener todo su cuerpo con dos puntos de apoyo, le tiemblan los brazos. Busca en el bolsillo de su vestido, encuentra un pañuelo blanco, una entrada de cine. Antes de venir al hospital han ido al cine, a ver una película de un tiovivo mágico, lleno de criaturas fabulosas, sonrientes, valientes. Laura ha disfrutado mucho de la película, pero cuando su madre le ha preguntado cuál de los personajes le ha gustado más, ha dicho que aquel con el cuerpo en forma de muelle, el del rostro azul, el de hielo. El malvado. A su madre no le ha gustado y se ha persignado. Ese gesto ha hecho que Laura la mire con rabia, con desprecio.

Quizá por eso se ha marchado y la ha dejado allí, sola, esperando.

Laura baja de la silla. La puerta del cuarto en el que descansa su abuelo está abierta. Se pregunta si debe de entrar. Su madre le ha dicho que no, que espere fuera, que ella entrará sola a ver al abuelo, que está muy enfermo, que espere fuera. Laura quiere entrar. La última vez que vio al abuelo fue en Nochebuena. Se había disfrazado con un ridículo traje rojo, con una barba blanca que resbalaba por su rostro y mostraba su sonrisa amarillenta. Había traído regalos en un saco. Juguetes, muchos juguetes. A Laura le había encantado que el abuelo se disfrazara. No lo ven mucho, Laura cree que su madre está enfadada con él. Pero el abuelo no parecía enfadado la última vez. No, parecía quererlos mucho a todos. Incluso a su padre.


Laura, de pie frente a la puerta del cuarto.

Huele a desinfectante, a limpio. Pero bajo ese olor persiste otro, el olor que despiden los ancianos enfermos: un desagradable aroma a fruta podrida, a metal oxidado. Laura asoma su cabeza al interior del cuarto. La luz del sol se filtra a través de las persianas, la imagen borrosa de la televisión baila en la pantalla. Laura golpea con sus nudillos la hoja de la puerta, entra. Recuerda las palabras de su madre, su rostro enrojecido, sus ojos serios. Su abuelo, tumbado en la cama, murmura algunas palabras que la niña no puede entender. Laura da un paso dentro del cuarto. Desde donde se encuentra puede ver la cama, alta, blanca, y la forma de su abuelo recortada bajo las sábanas. Uno de sus brazos, grueso, surcado de venas, cuelga a un lado como el tronco de un árbol arrastrado por el río y abandonado horas después junto a la orilla. Laura camina en silencio hacia su abuelo. En la televisión las imágenes carecen de sonido. La otra cama está vacía. Su madre le ha dicho que en cada habitación descansan dos personas. Allí, sin embargo, su abuelo está solo.

—¿Abuelo? —dice la niña.

Como respuesta, el hombre carraspea, gruñe, alza la cabeza unos centímetros, un barco encallado en un mar de telas blancas. Laura se acerca un poco más a la cama. Oye voces en el exterior, voces que la llaman. Proceden de algún punto lejano, del pasillo, y reverberan en las paredes como cuando su padre sube la música y la voz de John Fogerty brota de los altavoces, corriendo a través de la jungla.

—¿Abuelo? —dice la niña, acercándose un poco más.

Las voces en el exterior se convierten en gritos. Laura se vuelve, mira hacia la puerta. Su madre no tardará en aparecer. Se enfadará al descubrirla allí dentro, se enfadará mucho. Gritará, le pegará; hablará con Dios. Laura piensa que sería mejor salir, volver al pasillo.

Entonces nota los dedos de la mano de su abuelo, gruesas ramas, enroscándose en su brazo.

—¿Abuelo? —dice, volviéndose.

El hombre la mira con ojos ciegos. Se ha incorporado, apoyando el peso de su cuerpo en el codo del brazo que agarra a la niña. El anciano abre la boca, y un esputo de sangre negra rueda por sus labios y cae sobre la cama. Laura aparta la vista, asustada. Su abuelo está muy enfermo, eso le ha dicho su madre. Tan enfermo que sería incapaz de reconocer a su propia hija, a su propia nieta.

—¿Qué? —dice la niña.

Un sonido ahogado ha brotado de la garganta de su abuelo, una palabra, pero no ha podido entenderla. Además se siente incómoda. Los dedos del hombre se clavan en su brazo, le hacen daño, pero el anciano no parece consciente, no muestra intención de liberar su presa.

—Zarza —dice el anciano—. Zarza.

Laura se vuelve justo cuando su madre traspasa el umbral de la puerta.

—¿Qué has hecho, maldito cabrón? ¿Qué has hecho, hijo de cien mil putas? —grita su madre, abalanzándose sobre ellos.

El anciano abre la mano y Laura, sin saber realmente qué hacer, retrocede hasta que su espalda queda pegada al televisor.

—¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! —grita su madre, sin acercarse al abuelo.

Aparecen algunas enfermeras, un doctor. De pronto la habitación es un caos de voces, de gritos. También grita la televisión. Laura comienza a llorar. Se sienta en el suelo, se cubre los ojos con las manos. Oye un pitido horrible, insoportable, que procede de una de las máquinas que rodean a su abuelo. Antes de que las lágrimas la cieguen, mira una última vez hacia la cama. Hay manchas de sangre sobre las sábanas, sangre que ha brotado de la boca de su abuelo.

Sangre que empapa la palma de la mano que, segundos antes, ha sujetado con fuerza su brazo.


Laura, en el patio del colegio.

Cuatro niñas, sentadas a su alrededor, sostienen cada una de ellas una muñeca entre sus manos. La miran con recelo, como miran las niñas a los recién llegados. Una de ellas muestra una sonrisa mellada, otra parpadea tan rápido que Laura no se atreve a mirarla por miedo a reírse de ella. Las otras dos sostienen sus muñecas —pequeños esbozos de plástico de lo que nunca serán— entre las manos, y no apartan la vista de Laura.

En el patio hace frío a pesar de que están sentadas bajo el sol. Detrás de ellas un grupo de chicos corretea tras una pelota. Otros dos, más allá, sentados en un banco de piedra, balancean sus pies mientras comparten un tebeo. La algarabía, los gritos, las carreras, las sonrisas, las miradas, alteran a Laura. Se siente incómoda, nerviosa. Asustada.

Se siente así en presencia de conocidos, de extraños.

No le gusta la gente, no le gusta que se acerquen a ella, que hablen con ella, que bromeen con ella. Que la toquen.

Una de las niñas extiende su mano, le ofrece su muñeca.

—¿Quieres verla? —dice. Laura asiente.

Coge la muñeca —pelo rubio, ojos grandes, ropas caras—, la mira. En la puerta del patio aparece una monja (susurro de largos ropajes oscuros), una de las religiosas que imparten clases y cuidan de los más pequeños. Da unas palmadas. El recreo termina y deben volver a sumergirse en los números, en las letras, en los credos. En el aburrimiento. Laura no quiere volver dentro: quiere quedarse fuera, en el patio, con la muñeca, sola. Las niñas son un torbellino de risas y gritos y pequeños pies enfundados en zapatitos negros que corretean hacia la puerta de entrada. Laura se levanta, camina por el patio en dirección a la fuente, llevando la muñeca entre sus manos. La monja advierte la desobediencia, sale tras ella con rostro serio. Niña maleducada, aprenderás.

Laura, de pie junto a la fuente.

—Ven inmediatamente aquí —dice la religiosa.

Laura niega con la cabeza, forma con sus pequeñas manos un recipiente, bebe agua de la fuente. En el cielo dos gorriones se persiguen trazando una cinta de moebius hasta descender junto a la niña, sólo para remontar el vuelo de nuevo. Algunas niñas observan desde la entrada. La monja, rabia indefinida danzando en su mirada, se acerca a Laura.

—Te he dicho que vengas. Que vengas ahora mismo. Vas a aprender a obedecerme —dice, mostrando entre los pliegues de su ropa una larga vara de madera.

Laura retrocede, sacude sus manos, espolvoreando gotas de agua sobre la arena del patio. Busca la muñeca. La ha dejado junto al grifo, la coge. La monja coloca una de sus manos sobre el hombro derecho de la niña, con la otra tira de su pelo.

—Vas a aprender... —dice.

Y entonces grita y suelta a la niña y da dos pasos hacia atrás. Alza sus manos ante Laura, que abre la boca y la cierra mientras ve la sangre que empapa la piel de las palmas de las manos de la monja, estigmas surgidos de la nada que hacen que ella grite y las niñas griten y la hermana grite y la muñeca caiga al suelo, rota, atravesada por un millar de alfileres.


Laura, tumbada en el suelo, en el salón de casa.

Oye a sus padres hablando en el dormitorio. Hablando, gritando. Ellos creen que no puede oírlos; han cerrado la puerta y tratan de no elevar la voz, pero no lo consiguen. Laura oye los gritos de su padre.

—¡Familia de locos! ¡Maldita familia de locos!

Su madre llora. Laura sabe que está llorando, por sus palabras entrecortadas, por los gemidos. Laura mira la televisión. Ha bajado el volumen para poder oír a sus padres. Tiene miedo cuando la gente discute a su alrededor. Tiene miedo de lo que pueda ocurrir. No quiere hacer daño a nadie, pero cuando la gente discute, ella hace daño a la gente. Sin querer.

—¿Otro colegio? ¡Eso no vale de nada! ¡Deberíamos entregarla a un circo! —dice su padre, y a sus palabras le sigue un golpe seco.

La puerta del dormitorio se abre y Laura aparta la mirada de la televisión. Sus ojos se encuentran con los de su padre, que se acaricia la mejilla con una mano. Hay rabia en los ojos de su padre, rabia y tristeza. Laura piensa que ella tiene la culpa y siente ganas de llorar. Su padre sale del cuarto, se acerca. Se sienta con las piernas cruzadas frente a la niña, trata de sonreír.

—Tú no tienes la culpa, preciosa —dice, como si le hubiera leído el pensamiento—. Tú no tienes la culpa.

Acaricia su cabeza, su pelo. Laura está asustada. Su padre retira la mano, frunce el ceño. Laura sabe que ha vuelto a hacerle daño, como tantas otras veces. Como a su abuelo. Quiere decir algo, quiere pedir perdón, pero prorrumpe en un llanto incontrolado. Quiere que su padre le de un abrazo, que le diga que todo está bien. Él no lo hace. Con esa expresión de tristeza que tanto asusta a la niña, mirando la palma de su mano con inquietud, su padre se levanta y se va.

Su madre observa la escena en silencio desde el dormitorio, y se santigua cuando lo ve marchar.


Laura, de pie, en la cocina.

—¿Y papá? —pregunta Laura.

Su madre deja la sartén sobre el fuego. Tiene los ojos rojos, el maquillaje derretido por toda la cara.

—Mejor que te olvides de él, Laura. Mejor —dice.

Abre el frigorífico, saca unos huevos. Los parte contra el borde de un plato y tira las cáscaras a la papelera. Una de ellas cae al suelo, Laura la recoge.

—¿No va a volver? —pregunta la niña.

—No —responde su madre—. No va a volver.

—¿Estamos solas? —pregunta la niña.

La madre se vuelve. Rostro serio, mirada severa.

—Nunca estaremos solas. Dios está con nosotras.


Laura, sentada en el salón.

En la televisión se suceden las historias vulgares de personas vulgares. Laura, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, simula leer un libro. Las hojas se deslizan entre sus dedos, pero sus ojos miran la pantalla con una mezcla de ansia y aversión. Dos mujeres se enzarzan en una discusión. Un hombre se levanta y se marcha. Laura pasa una hoja, mira la pantalla. Siente dolor en los tobillos por la posición forzada que mantiene.

—¡Prepara bien el examen para mañana! ¡Dios no querría que suspendieras! —oye decir a su madre.

Laura mira la televisión, pasa las hojas. Recuerda el examen de mañana. No quiere ir al colegio, no quiere ver a esos niños y niñas que temen acercarse a ella, que la miran como si fuera un bicho raro, alguien extraño. Alguien que saldría en la televisión. Laura pasa una hoja, y un latigazo de dolor recorre su mano. Se levanta de un salto, ahoga un grito.

—¿Qué pasa? —grita su madre.

—¡Nada! —responde Laura.

Un fino hilo de sangre, una media luna, brilla en su dedo índice. Se ha cortado con una de las hojas del libro, del maldito libro. Laura recoge el libro, lo aprieta entre sus manos. Las hojas se agitan, se doblan, se rasgan. Desde la pared, un Cristo crucificado que languidece como una flor muerta la mira con ojos llorosos. Laura deja caer el libro al suelo. Las tapas muestran profundos agujeros, desgarros que recorren el cartón de lado a lado, que atraviesan las hojas y perforan el papel. En la televisión una niña sonríe y se levanta cuando aparece su abuela en escena. Se abrazan.

Laura quiere abrazar a su madre.

Laura quiere que alguien la abrace.


Laura, en el cuarto de baño.

—El Señor escogió la forma de una zarza ardiente para hablar con... —dice su madre mientras ella se seca el pelo con una toalla.

—¿Por qué una zarza? —pregunta.

Su madre la mira con una sombra de repugnancia en el rostro. Laura deja de secarse el pelo. Su piel blanca, todavía húmeda después de la ducha, brilla bajo la luz del techo.

—Vístete. Ya tienes el cuerpo de una mujer, no deberías andar desnuda en mi presencia.


Laura, sentada en una silla.

A su lado, su madre. Frente a ella, un hombre vestido con una bata blanca. Lleva unas gruesas gafas y barba de varios días. Laura recuerda que su padre nunca dejaba crecer su barba, ni siquiera los fines de semana.

—Entonces, ¿no tienes amigas? —dice el hombre.

—Me tiene a mí, tiene a Dios —dice su madre, pero el hombre la mira a ella, espera una respuesta por su parte.

—No —susurra Laura.

El hombre asiente, anota algo en una libreta que descansa sobre la mesa. El hombre es un loquero, así lo ha llamado su madre. Laura se siente incómoda bajo su mirada, porque ese loquero, ese doctor —como se denomina a sí mismo—, quiere obtener respuestas a preguntas que ella no quiere que formule.

—¿Amigos? ¿Alguno especial? —pregunta el doctor.

—Es muy joven todavía para esas cosas —dice su madre.

—No —susurra Laura.

El hombre asiente, juega con el bolígrafo entre sus dedos. Laura ve que una de las paredes está cubierta de arriba abajo con diplomas como los que ella tiene. Se pregunta si están allí para que el doctor pueda recordar sus éxitos, o si simplemente son una manera de demostrar a sus pacientes su solvencia. Paciente. Él la ha llamado así, paciente, pero Laura prefiere que la llamen por su nombre.

—¿Sabes por qué estás aquí, hablando conmigo? —pregunta el doctor.

—Sí —dice Laura, anticipándose a su madre—. Por lo que le ocurrió a Bea.

El doctor cruza sus manos bajo su barbilla, la mira.

—Eso es. ¿Qué le ocurrió a Bea? —pregunta.

—Esa niña presuntuosa se lo ha inventado... —dice la madre de Laura, pero el doctor interrumpe su verborrea con un gesto.

—Preferiría oír lo que Laura tiene que decirnos.

Laura advierte el agradable olor a café recién hecho en el ambiente. Busca la cafetera en el cuarto, pero no la encuentra. Baja la mirada. En su regazo, entre sus manos, descansa la Biblia. Su madre también lleva una, dentro del bolso, ese enorme bolso negro que reposa en el suelo, entre las sillas, separándolas. El doctor espera, paciente, una respuesta. Laura busca una en su interior, una respuesta satisfactoria a lo ocurrido, pero no encuentra ninguna. Sería difícil, imposible, explicar con palabras lo que le ha ocurrido a Bea. Aunque hay algo de lo que está completamente segura.

—Hice daño a Bea —murmura.

—¿Qué? —pregunta el doctor, aunque Laura sabe que ha oído con toda claridad sus palabras.

—Hice daño a Bea —repite, y su madre se agita, inquieta, en su silla.


Laura, de pie, en la ducha, la sangre deslizándose entre sus muslos.

—Límpiate —dice su madre, tendiéndole una toalla húmeda—. Ya eres una mujer.


Laura, llorando.

—No es culpa tuya, cariño, no es culpa tuya —dice su madre, acariciándola.

Su madre trata de rodearla con sus brazos, pero el gesto muere un instante antes de terminar. Incluso ella misma tiene miedo, ella que sabe lo que ocurre, ella que conoce toda la historia. Laura comprende, al descubrir entre las lágrimas el rostro horrorizado de su madre, que de nuevo ha surgido la zarza, y se aparta, tambaleándose, en dirección a su habitación.

—¡Laura! —grita su madre, pero la joven que ya no es una niña se encierra en su cuarto y cierra la puerta.

Se tumba sobre su cama, y una miríada de diminutas agujas perforan las sábanas, el colchón. Laura se retuerce sobre la cama, liberándose, y se queda sentada, sosteniendo la Biblia entre las manos. Buscar refugio en Dios, tratar de comprender lo que significa su cuerpo, su cambio. A su espalda el rostro triste de la Virgen la observa con mal disimulada curiosidad.

—¡Laura! —grita su madre al otro lado de la puerta.

—Bruja —susurra la joven—. Bruja.

Piensa en su madre, piensa en ella misma. Brujas. Ha leído mucho en la biblioteca del instituto, ha tratado de comprender qué le ocurre. No ha encontrado nada que le sirva de ayuda, sólo una rémora de acusaciones, de remordimientos, de miedos, de rabia. Brujas, eso es lo que son. Por eso se marchó su padre. Por eso murió su abuelo. Brujo. Si lo hubiera sabido antes, si ella se lo hubiera contado, no hubiese permitido que aquel hombre hubiera posado sus amargas manos sobre ella.

Mientras abre la Biblia las lágrimas resbalan por su rostro. Busca el pasaje de la zarza ardiente. Entre sus líneas encontrará la respuesta al mal que la atormenta. Esa es, al menos, la esperanza a la que se agarra, pues no comprende qué debe hacer, cómo debe solucionar su problema, como lo llama su madre. Sabe que la culpa fue suya, lo recuerda perfectamente aunque no pueda creerlo. Los sarmientos helados de la mano de su abuelo rodeando su antebrazo, sus palabras.

Ella es la zarza.


Laura, de pie frente a la gasolinera.

El olor dulzón que impregna el aire hace que sienta la necesidad de abrir la boca. Dos coches esperan junto a sendos surtidores. Operarios vestidos con pantalones grises y camisetas naranjas atienden a los clientes introduciendo la manguera en el depósito de combustible. Laura intuye algo grosero en el acto, algo que le repugna. Dos mujeres hablan con un operario junto a un enorme bloque metálico blanco que exhibe la ilustración de un oso polar en el costado. Una de ellas lleva un extraño recipiente de plástico gris que previamente ha llenado de gasolina. Las mujeres se ríen, el hombre se pasa la mano por la nuca, sonríe.

Laura se siente incómoda, pero espera de pie frente a la gasolinera.

La llegada de una moto alborota la estación con el ruido del motor. De ella se baja un hombre alto, obeso; al quitarse el casco, Laura ve que es un hombre mayor, demasiado mayor para montar en moto. Una madre y una niña, que coge su mano, salen de la tienda de la gasolinera portando cada una de ellas un helado de cucurucho. Dos hombres se dirigen a la tienda con intención de pagar. Un coche arranca y se pierde en el río de la circulación. Laura ve que sigue la calle que conduce a su casa, apenas a tres manzanas de allí. Le gusta pasear desde el instituto a casa, sola. Hoy es la primera vez que se detiene en la gasolinera, aunque siempre pase por allí y disfrute del olor que despide el combustible. No sabe decir por qué, pero le agrada, y le agrada abrir la boca para tragar una bocanada de ese aire caliente con sabor a motor de coche.

Las mujeres en las que antes se ha fijado pasan a su lado.

—¿Señora? —dice Laura, demasiado alto, casi un grito.

Las mujeres se detienen. Una de ellas, la que lleva el recipiente de plástico gris, se vuelve. La otra sonríe, se pasa una mano por el pelo.

—El primer síntoma de la vejez. Te ha llamado señora —dice, y ríe.

La mujer del recipiente mira a Laura, sonríe.

—No la hagas caso —dice—. Lleva mal la cuarentena. ¿Qué querías?

A Laura le cuesta mucho hablar con otras personas, sobre todo con desconocidos. Hace acopio de todo su valor para pronunciar unas pocas palabras.

—¿Dónde... podría comprar eso? —dice, y señala lo que la mujer sostiene en su mano derecha.

—¿Gasolina? —dice la mujer, y Laura niega con la cabeza—. Ah, el cacharro. No te preocupes, si no tienes uno, en la gasolinera te lo dan. Nadie quiere que los coches se queden tirados por ahí, ¿verdad?

La mujer espera unos segundos —eternos, incómodos segundos— y, viendo que Laura no levanta la vista del suelo, se marcha con su acompañante. Laura las oye reír mientras caminan, y piensa que se burlan de ella, de su torpeza, de su ignorancia.

No le importa. Ya tiene su respuesta.


Laura, sentada, en la clase.

Lleva el pelo recogido, ropas grises, amplias. Mantiene la mirada baja, en su libro, mientras escucha las palabras del profesor. A su alrededor las chicas viven en un caleidoscopio de colores y risas; los chicos revolotean como gaviotas hambrientas, demasiado inmaduros aún. Laura no habla con nadie. Se sumerge en el estudio como un buzo en un lago de aguas negras, aislada de todo lo que ocurre más allá de su propio mundo. Sus compañeros la toleran como la criatura extraña que es, y hablan a sus espaldas de una madre dominante, de un padre que la ha abandonado; de ella.

El profesor alza la voz, se vuelve, y escribe en la pizarra con trazos gruesos algunos nombres, algunas fechas. Laura pasa la hoja de su libro, lee. Entre sus pies descansa su bolso de tela, en su interior un cuaderno en blanco, algunos lápices, una Biblia. Ha aprendido a no mostrarla en público para evitar las burlas. No tiene la fuerza de voluntad de la que su madre hace gala, no puede anteponer la imagen de Dios a su vida diaria.

—Salga a la pizarra —dice el profesor, y se oye un coro de risas contenidas.

Laura alza la mirada y sus ojos se encuentran con los del profesor.

—Vamos, señorita, no tenemos todo el día.

Laura tiembla como una hoja, y siente la inminencia de las espinas a través de su piel blanca. Respira hondo, se levanta. Varias chicas se cubren la boca con una mano, se ríen. Laura no las mira. Sabe que si lo hiciera, se haría daño, les haría daño. Deja su asiento y camina hasta la mesa del profesor.

—Relacione las fechas con los nombres —dice el profesor, tendiéndole la tiza.

Laura tiembla. Sostiene la tiza entre sus dedos temblorosos y la apoya contra el manto verde que amenaza con devorarla. Mira a sus compañeros, y entre el bosque de medias sonrisas descubre un par de ojos serios, fijos, que desaparecen tras los párpados cuando ella trata de compartir una mirada. Un chico tímido, introvertido, que se sienta en la última fila.

—Es para hoy.

Laura se vuelve y, apresuradamente, relaciona fechas y nombres uniéndolos mediante flechas. Cada trazo que realiza sobre la pizarra rechina en su cabeza, en sus dientes. Oye débiles protestas a sus espaldas, pero las ignora, deseando terminar y volver a su sitio, a su soledad.

—Vaya, me ha sorprendido usted —dice el profesor cuando Laura termina y le ofrece la tiza.

Sin embargo, cuando el profesor trata de cogerla de la palma de la mano de la joven, retira la mano y se lleva un dedo instintivamente a la boca. Una delicada esfera de sangre brota de la última falange de su dedo índice, un globo bermellón que trata de apartarse de la piel y termina deslizándose por ella, convertido en manantial.

—Pero, ¿qué...? —murmura el profesor, buscando un pañuelo en el bolsillo, cubriendo su dedo—. Siéntese, siéntese.

Laura, obediente, vuelve a su sitio y se sienta. El trozo de tiza blanco, salpicado aquí y allá de diminutos puntos rojos, sigue adherido a la palma de su mano, atravesado de lado a lado por una fina aguja. Laura cierra el puño, trata de relajarse. Oye las risas de los chicos cuando el profesor envuelve el dedo con el pañuelo. Suena el aviso del final de la clase, y todos se escabullen en tropel, gritando, cantando, chillando, encendiendo un cigarrillo.

Todos menos el chico del fondo, que está de pie, junto a ella.

Laura deja caer el trozo de tiza al suelo, mira al joven.

—Me llamo Julio —dice él, y sonríe.

Laura, sorprendida, también sonríe.


Laura, sentada en un banco, en el parque.

Julio está sentado a su lado, en silencio. Han improvisado una barrera de bolsos y libros entre ellos. Miran al frente, a un grupo de hombres mayores que juegan a la petanca. De vez en cuando se observan el uno al otro de reojo. No hablan.

No necesitan hacerlo.



Ilustración: Guillermo Vidal

Laura, caminando por la calle.

Julio camina a su lado. Sonríen, comentan anécdotas que han tenido lugar durante los últimos días. Hablan de las clases, del instituto, de los compañeros. Pero también de sus gustos, de sus anhelos. Y sonríen. A Laura le asombra comprobar que, en contra de lo que esperaba, puede sonreír. Con Julio, el chico callado de la mesa del fondo, se siente cómoda, relajada. Nunca se había sentido así con nadie, ni siquiera con su madre.

Ni siquiera con Dios.

Y desea que Julio la quiera, la abrace. Sabe que tendrá que ir despacio, pues ambos son tímidos, introvertidos, torpes en las relaciones sociales. Además, quiere ser para él suave como los pétalos de una rosa. Laura nunca ha acariciado los pétalos de una rosa, pero intuye que deben ser suaves, cálidos. No como sus espinas.

No como la zarza.

—¿Te apetece que vayamos al cine? —pregunta Julio, ruborizado, y Laura asiente antes de que el joven tenga tiempo de arrepentirse.


Laura, frente a la entrada del colegio.

Julio cruza el umbral —despreocupado, sonriente— y baja las escaleras que le separan de ella con premura. Se detiene a unos centímetros de su rostro y simula lanzar un beso con su mano. Laura se sonroja, mira al suelo, sonríe.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta sin alzar la vista.

—Bien —responde Julio—. Bien. Sólo quería darme una reprimenda por mis notas. Dice que han bajado este último semestre.

Laura quiere decir algo, pero Julio la interrumpe.

—No es culpa tuya, quítate eso de la cabeza. Y ahora, vamos a dar una vuelta por el parque, lo necesito.

Se marchan juntos (uno al lado del otro, rozando el dorso de sus manos) bajo la atenta mirada de sus compañeros, que no terminan de comprender qué extraño romance ha surgido entre los dos alumnos más extraños que acuden a su instituto.

—Esto es para ti —dice Julio, entregándole un encendedor.

En uno de los lados, un corazón sonrosado en relieve. En el otro, sus iniciales.

Laura sonríe.


Laura, frente a la puerta de su casa.

Julio está junto a ella, indeciso. Finalmente reúne el valor necesario y la abraza. Laura, atrapada entre sus brazos, tiembla como una hoja en otoño, pero no lo rechaza.

Nunca antes la han abrazado.

Extiende sus brazos por la espalda de Julio, completa el abrazo. Cierra los ojos. Se siente viva, querida.

—¡Aparta tus sucias manos de mi hija, malnacido! —grita su madre desde la puerta de la casa.

Julio se vuelve, la mira.

—¡Señora! Deje que la explique... —dice, pero ya es demasiado tarde.

Demasiado tarde para los abrazos, para las disculpas. Laura siente pánico al escuchar las palabras de su madre, y se retuerce entre los brazos de Julio, tratando de alejarse de él. Cuando lo hace, desgarra sus ropas, su piel, su alma. Julio grita, y una miríada de heridas rasga su piel. La sangre brota por todos lados. Son heridas superficiales, le dirá el médico al día siguiente, sin importancia. ¿Cómo te las hiciste? ¿Te caíste en una zarza?

Pero en ese instante, cuando el dolor le aguijonea como una amante despechada, Julio no trata de comprender lo que ocurre, sólo quiere salir de allí, huir, alejarse de la criatura de cuyo cuerpo brotan espinas y puñales, la criatura que le ataca. Laura chilla al separarse de él, y Julio corre calle arriba, gritando, temblando, llorando.


Laura, de pie, en la gasolinera.

—A ver si lo he entendido bien, ¿quieres que te dé gasolina? —dice el hombre de la camiseta naranja, escrutándola con la mirada.

Laura, cabizbaja, asiente.

—A mi padre se le ha parado el coche. Me ha mandado a mí a por ella —dice, sorprendiéndose a sí misma por ser capaz de encadenar tantas palabras.

—Muy bien —dice el hombre—. Espera aquí un momento.

Desaparece en el interior de la tienda. Laura respira el aroma de la gasolinera, embriagador. Se siente mareada. Mira sus ropas, manchadas de sangre. Sus manos temblorosas. Sus ojos rojos, su rostro bañado en lágrimas. Se pregunta si el hombre volverá con la gasolina o, por el contrario, llamará a la policía.

Por primera vez, reza a Dios. Reza en silencio para que el hombre vuelva y le dé lo que necesita. Hasta ahora sus conversaciones con el más allá siempre han sido forzadas: se sentía como un locutor de radio que habla a través de un micrófono estropeado. Ahora es diferente. Dios tiene que escucharla, Dios tiene que ayudarla. Nunca le ha pedido nada, nunca lo ha necesitado. Ahora es diferente.

El hombre vuelve con un recipiente en su mano derecha. Se lo entrega a Laura, mira sus ropas.

—¿Te encuentras bien? —pregunta, pero algo en sus ojos, en sus manos, hace que Laura comprenda que no quiere oír la verdad.

Quiere una respuesta sencilla, directa, que le permita dormir esta noche, que le permita dormir el resto de su vida si la joven con la ropa manchada de sangre, que está de pie frente a él, hace algo inesperado con la gasolina que le está vendiendo. Quiere tranquilizar su conciencia.

—Sí, no se preocupe —dice Laura, paga y se marcha de allí con paso decidido.

El hombre ni siquiera la mira cuando abre el recipiente, hunde dos dedos en su interior, y se los lleva a la boca.


Laura, en el interior de su cuarto.

Sostiene el recipiente entre sus manos, vacío. Un aroma a combustible impregna el cuarto. Laura se siente mareada. Trastabilla, apoya las manos en la mesa de estudio. Al incorporarse deja dos manchas oscuras sobre la madera. Laura camina hasta su cama, empapada de la cabeza a los pies. Se sienta, busca bajo la almohada la Biblia. La abre por la página marcada. Oye la voz de su madre en la cocina, llamándola.

Laura abre un cajón de la mesa, busca el mechero que Julio le regaló. Lo sostiene entre sus manos temblorosas, lo alza sobre su cabeza, lo baja al regazo, lo lleva de un hombro a otro, lo besa. Oye de nuevo la voz de su madre. Cierra los ojos, que le arden con cada gota de combustible que resbala por sus párpados.

—Yo soy la zarza —murmura, y nota en sus labios el desagradable sabor de la gasolina.

Enciende el mechero.

Laura, envuelta en llamas.

—¡Laura! ¡Laura! —grita su madre, tomándola del brazo.

Las llamas devoran la piel, la carne. Laura grita cuando siente los dedos de su madre aferrándose a su antebrazo como una garra de acero. Las llamas consumen su pelo, muerden sus ojos. Las lágrimas resbalan por su rostro, luchando una batalla perdida.

—¡Agua! ¡Agua! —oye decir a su madre, y se derrumba mientras el fuego crepita sobre su cuerpo, sobre su alma.

Laura, tumbada en el suelo, envuelta en llamas.


Laura, tumbada en la cama, en el hospital.

Oye voces a su alrededor, no se atreve a abrir los ojos. Un zumbido continuo en sus oídos le provoca náuseas. Durante un instante el sabor de la gasolina y el olor del fuego asaltan sus sentidos. Un solo instante, suficiente para obligarla a abrir los ojos y chillar.

Pasos, una mano sobre su frente. Voces susurran palabras amables y manos firmes tienden de nuevo su cuerpo sobre la cama. En el techo las luces parpadean, a lo lejos oye música. Laura se tranquiliza al ver el rostro de una enfermera junto al suyo.

—Ha venido tu padre a verte —dice, y se marcha.

Un rostro conocido, surcado de arrugas, trata de mostrar una sonrisa; no lo consigue. Queda allí, suspendido sobre ella, unido a un cuerpo marchito, cansado, que no consigue transmitirle tranquilidad.

—Me alegro de verte —dice su padre.

Laura trata de hablar, pero los vendajes y el dolor que siente al mover los labios se lo impide. Alza un brazo cubierto de vendas, empapado, supurando líquidos entre los vendajes. Su padre toma su mano entre las suyas, de nuevo esboza una sonrisa.

—Tenía que haberme quedado —dice, y sus ojos miran a la pared, incapaz de fijarse en el cuerpo, en el rostro torturado de su hija—. ¿Podrás perdonarme? Tenía que haberme quedado, pero no podía hacerlo. Miedo. Sentía miedo cada vez que tu abuelo hablaba, cada vez que tu madre recitaba aquellos versos, cada vez que...

Laura agita la cabeza a un lado y a otro. Se siente impotente, incapaz de compartir con su padre la amargura de su dolor.

—Al principio sólo eran pequeñas cosas, ¿sabes? Insignificantes. Un gato desaparecido, un vecino maleducado que tiene un accidente doméstico, un atropello, un incendio en la cocina. Pequeñas cosas. Creo que no fue sino hasta un año después de tu nacimiento que comprendí lo que podían hacer con las palabras.

La joven cierra la mano alrededor de los dedos de su padre. Él le devuelve el gesto, y por primera vez una sonrisa real, no una máscara fingida, llena su rostro.

—Las palabras —dice su padre, con una sonrisa triste en su rostro—. Todo se reducía a eso. Las palabras.

Entonces la abraza. Y mientras su padre la abraza, Laura llora. Llora por el tiempo perdido, llora por el reencuentro, llora por los que se han ido, llora por seguir con vida; llora por todo lo que ama y llora por todo lo que ha temido.

Mientras su padre la abraza, Laura se transforma en agua.



Santiago Eximeno nació una tranquila mañana de mayo de 1973, en Madrid, España. Tiene tres cuentos publicados en Axxón: "Recuerdos de mi hermana" (138), "¿Por qué a mí, señor Campbell?" (148), "¿Quién?" (155), aunque sus apariciones en otras revistas, fanzines, antologías, e-zines y sitios han sido muy frecuentes. Hay una lista actualizada aquí. Tiene cuatro novelas publicadas: La Leyenda del Mago de la Montaña Blanca (1998), Imágenes (2004), Asura (2004), Subcontratado (2005/6). "Zarza" fue finalista del I Concurso Internacional Axxón de Cuento de Ciencia Ficción: Edición 2006.


Axxón 167 - octubre de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Brujas: España: Español).

            

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