DISMNESIA TEMPORAL

José Vicente Ortuño

España

A George Smoot, descubridor de las verdaderas Arrugas en el Tiempo.


Benito salió de su casa como todas las mañanas y se dirigió al establo situado en los bajos del edificio donde residía. Junto a las cabalgaduras de sus vecinos lo esperaba su camello Cirilo. Éste lo recibió con un gruñido y un certero escupitajo, que logró esquivar por los pelos. "Este maldito animal cada día mejora la puntería", pensó. Lo ensilló sin hacer caso a las continuas protestas de la bestia. Al salir coincidió con la opulenta vecina del tercero y le cedió el paso con un exagerado y caballeroso gesto. La dama cabalgaba sobre un avestruz y los bruscos movimientos del animal hacían que los generosos pechos de la mujer se moviesen de forma inquietante, como si fuesen a salir disparados en direcciones opuestas.

A Benito no le gustaban los avestruces, eran unos pajarracos antipáticos y estúpidos, en cambio adoraba los camellos. Pese a su mal genio eran inteligentes y nobles. Además tenían un extraordinario sentido de la orientación y su caminar, suave y ondulante, producía un excitante bamboleo en las carnes femeninas. Observó como se alejaba su vecina y sintió un estremecimiento al ver las ondulaciones —cual maremoto adiposo—, que el brusco caminar del ave producía en las nalgas de la mujer.

Salió a la calle y se incorporó al tráfico tras un carro tirado por dos cebras, que conducía un individuo con aspecto de gaucho. En la siguiente esquina un repartidor de periódicos gratuitos le tendió un ejemplar del diario ¡Qué carajo de mundo! Lo recogió al pasar sin caerse del camello, gracias a la práctica adquirida durante los últimos meses, y lo guardó para leerlo después.

Aunque lo habitual eran los cuadrúpedos, por las calles circulaban toda clase de animales de montura imaginables. Para acudir a sus ocupaciones diarias cada cual elegía la montura que más le gustaba, desde el clásico caballo hasta el elefante, pasando por los asnos, avestruces, cebras y hasta algún hipopótamo. Sin embargo, a pesar de lo molesto que resultaba sortear los excrementos y deyecciones de los animales, todavía quedaban algunos ciclistas pertinaces, que se empecinaban en usar sus frágiles vehículos. A Benito le daban pena cuando los veía zigzaguear entre el tráfico, llenos de salpicaduras de boñigas y guano, esquivando las flatulencias de los semovientes.

Al incorporarse a la circulación de la avenida del Cid, Benito saludó con un gesto de la mano a su amigo Andrés, que iba montado en un elefante africano y circulaba en dirección contraria. Sobre la grupa del animal dos chiquillos se peleaban tirándose de los pelos. No sabía que Andrés tuviese hijos. Bueno, probablemente hoy sí, pensó.

El tráfico esa mañana resultó fluido hasta la plaza de España, donde había un gran atasco. Justo en el centro acababa de aparecer un circo de tres pistas y había cortado el tráfico por completo. Tras unos minutos de confusión llegó una patrulla de la Policía Local. Del vehículo policial, un borrico con gorra de guardia urbano, descendió un orangután que se dispuso a poner orden en la circulación. Mientras tanto Benito aprovechó para echarle un vistazo al diario. En primera plana leyó la noticia del día:

"RIVALES EN LA POLÍTICA Y, SIN EMBARGO, AMANTES"

"La alcaldesa se casa con la líder del partido de la oposición"

El reportaje desarrollaba: "La feliz pareja contrajo sagrado matrimonio ayer por la tarde en una emotiva ceremonia que, con gran pompa y boato, se celebró en la Catedral y fue oficiada por el Papa Ronaldo I por el rito zulú. La plantilla del Valencia C.F. amenizó el evento oficiando de coro. Interpretaron entre otros temas el Aleluya de Handel y Paquito el chocolatero." El artículo añadía más abajo: "Las novias lloraron cuando el celebrante las declaró esposa y esposa." Y luego terminaba: "Se rumorea que la pareja pasará su luna de miel en la isla de Krakatoa, recientemente surgida del mar."

A Benito no le interesaban los cotilleos. Pasó las páginas, saltándose la improbable programación televisiva y los inciertos resultados deportivos, yendo directo a la predicción temporalógica: "Las arrugas temporales seguirán estables a lo largo de toda la semana, aunque para el sábado y el domingo se prevén ligeros desgarrones en el tejido de la realidad, localizados mayormente en las zonas costeras." Bien, él de todas formas pensaba quedarse en casa a descansar y no le importaba si en la costa caían chuzos de punta. Echó un vistazo a su horóscopo:

Géminis: Durante el día de hoy quizás te apetezca hacer un viaje a algún sitio muy lejano pero, si lo que te apetece es comer sardinas, no subas en ascensor. Hoy puedes seguir tu primer impulso y, sin pensarlo dos veces, debes tirarte en plancha. Tu planeta regente se encuentra en fase retrograda y desde hace unos días padeces hemorroides; no debes tomar café. Para evitar contratiempos cuando vuelvas a casa hazte un doble lazo en los cordones de los zapatos, un tropezón a destiempo puede resultarte fatal. La configuración planetaria actual favorece la creatividad literaria, come mucho helado de chocolate. Actúa de acuerdo a tus instintos, lo más importante es tu armonía interior, relájate y disfruta.

A Benito los horóscopos le parecían tonterías y nunca acertaban nada, pero siempre le había hecho gracia el lenguaje que usaban.

El orangután dio la señal de marcha y Benito, dejando el periódico, animó a su montura a continuar su camino. Al poco hubo otra retención en el túnel de la gran vía de Ramón y Cajal. Una jirafa había tropezado con los cuernos al entrar. Una vez resuelto el embrollo, agravado por dos avestruces que se empeñaron en aparearse aprovechando el atasco, continuaron la marcha. Todo fue bien una vez rebasado el paso subterráneo. La gran vía Marqués del Turia parecía no haber cambiado nada desde el día anterior. Al menos los monos y guacamayos que hacía tres meses habitaban los árboles casi no habían cambiado. Lo único diferente era un individuo con taparrabos, que saltaba de rama en rama dando alaridos. Benito pensó que, puesto que Tarzán era un personaje de ficción, debía de tratarse de un vendedor de seguros desesperado.

El jardín construido en el viejo cauce del río Turia había desaparecido y estaba de nuevo lleno de agua. Unos pigmeos, montados en piraguas de piel de cabra, perseguían cocodrilos arrojándoles zapatos de tacón de aguja. Benito se encogió de hombros, ya se estaba acostumbrando a no asombrarse por nada.

En el cruce entre la avenida de Aragón y el paseo de la Alameda, continuaba estando el poblado Zulú que había aparecido dos días antes. En ese momento sus habitantes estaban celebrando los Sanfermines. Desde la privilegiada atalaya sobre la giba de su camello, que sólo aventajaban los que montaban elefantes o jirafas, Benito observó como los zulúes corrían delante de los toros. Entre ellos, como siempre, había algunos norteamericanos borrachos dejándose empitonar por los morlacos.

Estacionó a Cirilo en el aparcamiento para camellos junto al campo de fútbol. Desde que comenzaron las arrugas en el tiempo o distorsiones temporales, como les gustaba llamarlas a los expertos, la vida se había vuelto muy complicada. Las cosas cambiaban de forma continua y empeoraban los problemas ya existentes. Nada se quedaba mucho tiempo en su sitio, las calles, las casas, la gente. Sólo cuando las perturbaciones hicieron desaparecer los vehículos de tracción mecánica algo mejoró: ahora siempre había sitio donde aparcar.

La empresa para la que trabajaba Benito se encontraba en el Edificio Europa. Antes de los trastornos temporales el edificio había sido una imponente construcción de cristal negro, como un monolito de azabache. Pero después de que comenzara a arrugarse el tiempo, había ido cambiando hasta convertirse en una amalgama de estilos y colores. Benito evitó mirar la estridente fachada, que parecía el resultado de haber metido en una batidora las torres Kio, el Capricho de Gaudí, el Partenón y la catedral de Burgos. El resultado de la mezcla era definitivamente horrendo.

Entró decidido al vestíbulo. De uno de los ascensores vio salir una manada de pingüinos emperador. Subió por la escalera como tenía por costumbre. En el ascensor era imposible esquivar las arrugas temporales y uno podía acabar perdido en cualquier parte del continuo espacio-tiempo. En cambio, subiendo a pie, con suerte y buenos reflejos, era posible eludir las perturbaciones más lentas. Lo mismo que sucedía en el metro.

En los primeros días, cuando las arrugas temporales hacían de las suyas, la gente todavía no tenía idea de cómo evitarlas. El primer incidente grave tuvo lugar en el metro de la línea 3. Una mañana, cuando se abrieron las puertas en la estación de Colón, en lugar de los pasajeros salió una horda de vikingos borrachos. Lo peor de todo fue que tomaron posesión de los túneles de esa línea y desde entonces se dedicaban a hacerle la guerra a las huestes de Boabdil que habitaban en la línea 1, y a los Normandos de la línea 5. En cambio el tranvía seguía en funcionamiento. Sin embargo, en lugar de modernos vagones, el tren se componía de una fila de carretas tiradas por bueyes.

Cuando Benito estaba a punto de llegar a la tercera planta una pequeña arruga temporal, lo que se conocía popularmente como roncha efímera, cruzó el hueco de la escalera. Por fortuna pudo esquivarla a tiempo arrojándose al suelo. No tuvo tanta suerte un mensajero, que bajaba distraído hablando por teléfono, que fue absorbido por la grieta con un destello rosa. Sólo quedó de él su casco de motorista y sus zapatillas Paredes de imitación. Pasada la primera impresión y tras esperar unos minutos para asegurarse de que la roncha no regresaba, Benito retomó el camino a su oficina.

Se sentó en su mesa y hojeó los papeles que tenía amontonados. Leyó la fecha y comprobó que era la de la semana siguiente. Eso le alegró el día, ya que adelantaría trabajo y la próxima semana estaría más relajado. A no ser que entonces apareciesen sobre su mesa las facturas que una arruga traviesa se había llevado tres días antes.

Conectó el ordenador. En lugar del programa de contabilidad apareció un famoso periodista de prensa amarilla, sudoroso y con las venas del cuello hinchadas. Gritaba algo sobre la herencia de una folklórica recientemente fallecida. Hoy Benito tampoco podría utilizar el computador. Abrió el cajón de su escritorio para coger su vieja calculadora, pero en su lugar apareció un ábaco. Miró desconcertado el arcaico artefacto. El ábaco pareció mirarlo a él con gesto de burla. Le entraron ganas de llorar. Él era un trabajador competente y en esas condiciones no podía cumplir con su trabajo como era su obligación. No tendría más remedio que hacer las cuentas con lápiz. Arrojó el ábaco a un rincón, pero de la papelera salió la cabeza de algo parecido a un lagarto, que lo atrapó con los dientes y se volvió a algún abismo insondable. "El monstruo de la papelera todavía sigue ahí", pensó y tomó nota mental de no acercarse demasiado.

Trabajó contra viento y marea durante un par de horas, superando todos los escollos que las arrugas temporales se empeñaban en poner en su camino, hasta que Ibáñez, el supervisor, se acercó a su mesa.

—Bisogna chiamare a un'ambulanza —dijo con tono alarmado—, il mio ucello e morto! [1]

—¿Eh? —dijo Benito sin comprender por qué el supervisor le hablaba en italiano si era natural de la provincia de Cuenca.

—Una piega temporale...[2]—añadió y se puso a llorar desconsolado.

—Ibáñez cálmese, no le entiendo —dijo Benito haciendo acopio de paciencia—. ¿Puede hablarme en español, por favor?

—Non capisco Benedito, puņ parlare en italiano? [3]—le dijo el supervisor suplicante.

—¡Oiga Ibáñez, no sé qué cuernos me dice! —respondió Benito empezando a sentirse molesto.

El supervisor se marchó llorando a moco tendido mientras repetía sin cesar:

—Il mio ucello e morto! Il mio ucello e morto! [4]

Benito se quedó pensativo. Era la primera vez que veía algo así. Ya estaba acostumbrado a los cambios de tiempo y lugar, e incluso los comprendía pero, que un tipo de Minglanilla se pusiese a hablar en italiano de repente, daba mucho en qué pensar. ¿Tal vez las arrugas se estaban arrugando más? Tendría que andarse con cuidado.

A mitad de la mañana decidió tomarse un café. Pero como solía ocurrir durante las últimas semanas, en el lugar de la máquina expendedora, encontró un mariachi cantando canciones de Jorge Negrete. Un grupo de turistas japoneses vestidos de torero contemplaba el espectáculo con expresión de arrobo. Benito se fue mascullando maldiciones contra las arrugas temporales, los rotos en el tejido de la realidad y la madre que los parió a todos. No le importaba que hubiesen desaparecido los automóviles, ni que en la televisión ya nunca se supiese qué programación iban a dar, ni que su mujer y su suegra hubiesen desaparecido seis meses atrás; mientras compraban en las rebajas de El Corte Inglés. Bueno, a su mujer aún la echaba de menos, pero no a la bruja de su suegra. Pero lo que en realidad lo sacaba de quicio era no poderse tomarse un café cuando le apeteciera. En lugar de la jodida máquina de café últimamente solía encontrarse un mariachi, el Orfeón Donostiarra o un imitador de Elvis.

Fue a la ventana más próxima y se entretuvo mirando la calle. Los normandos de la estación de Aragón estaban haciendo una fiesta. No era habitual que saliesen de los túneles del metro a recorrer la ciudad. Debía de tratarse de una ocasión especial y parecían haber saqueado un supermercado. Mientras unos asaban chuletas, otros tocaban tambores y cuernos danzando como energúmenos. Benito estuvo tentado de unirse a la fiesta, pero ya era hora de regresar al trabajo.

A las 14:30 terminó su jornada. Por algún motivo, que nadie había podido desentrañar, desde que comenzaron las perturbaciones temporales siempre era más fácil ir que volver. Pero Cirilo, como todos los camellos, se orientaba bien entre el desbarajuste espacio-temporal y lo llevó a su casa justo para la hora de cenar. Aunque tomó un atajo por el desierto de Gobi en el siglo XIII.

Cuando pasaba frente a la Delegación del Ministerio de Defensa, una arruga bastante retorcida y cargada de mala leche, se cruzó en su camino. Cirilo saltó dentro. En un abrir y cerrar de ojos en lugar de caminar por el paseo de la Alameda lo hacían por un paisaje desértico, que al principio Benito tomó por el Sahara. A lo lejos unas montañas abruptas se recortaban contra el cielo azul intenso y entre ellas se veían ondular docenas de arrugas temporales de diversos tamaños y colores. Confiaba en que Cirilo encontrase el camino a casa como todos los días, así que se relajó y se dispuso a disfrutar de la belleza y la tranquilidad del paisaje. Súbitamente algo pasó zumbando a su lado y vio una flecha clavarse en el suelo. Sin mirar atrás acicateó al camello para que corriese. Éste no se hizo el remolón y emprendió un galope tan desenfrenado que casi arrojó a Benito de la silla. Agarrándose con todas sus fuerzas se volvió para ver quien les disparaba. Casi se orina del susto. Lo perseguían al menos veinte mil mongoles furiosos montados a caballo, que les arrojaban flechas con aviesas intenciones. Los guerreros que iban en cabeza, que parecían ser los jefes, lucían cascos de metal con un plumero que flameaba al viento. Llevaban el cuerpo cubierto con una coraza metálica y una gran capa de piel ondeaba a sus espaldas. Mientras que con una mano guiaban a sus monturas, con la otra hacían girar sobre su cabeza unas terroríficas espadas curvas, que lanzaban al aire escalofriantes destellos. El gesto fiero de sus rostros no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. Los jinetes que cabalgaban en los flancos usaban vestimentas gruesas de piel, como los gorros con los que cubrían sus cabezas. La mayoría eran arqueros y, en pie sobre los estribos de sus monturas, disparaban flechas con arcos cortos pero robustos. Cabalgaban riendo y gritándose entre ellos, tal vez cruzando apuestas sobre quién le daría primero al tonto del camello.

Gritando con toda la fuerza de sus pulmones Benito animó a Cirilo a apresurar el paso. El animal no necesitaba que le dijesen nada, él mismo intuía que había que poner pezuñas en polvorosa. Tras unos minutos de desesperado galope, tomaron ventaja sobre sus perseguidores y las flechas pronto dejaron de zumbar a su alrededor. Cerca ya de las colinas donde las arrugas se dedicaban a ondular de acá para allá, Cirilo comenzó a correr en zigzag, lo que hizo que la horda de mongoles furibundos recuperase terreno. Benito volvió a sentir el zumbido de las flechas sobre su cabeza. Miró atrás otra vez y un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando pudo distinguir el blanco de los ojos del jefe mongol. ¡Estaban demasiado cerca! Cuando volvió a mirar hacia delante galopaban por una calle próxima a su hogar.

Minutos después Cirilo entraba en su establo. Fue uno de los retornos a casa más divertidos que Benito recordaba. Tras dejar el camello en el establo con comida y agua en abundancia, subió a su casa. Por la escalera, claro. Se quitó la ropa sucia y desgarrada, pero guardó de recuerdo las dos flechas que se habían clavado en la silla de Cirilo. Tras darse una ducha, se puso un chándal limpio y se calzó las pantuflas. El armario ropero se mantenía estable desde hacía varias semanas. Recordó cuando una pequeña arruga temporal pasó a su través y le cambió todos los trajes de Armani por ropa de pirata del siglo XVII. Durante unos días fue el hazmerreír de sus compañeros de trabajo. Aunque fue peor lo del contable Jiménez, que una mañana acudió al trabajo vestido de sevillana con castañuelas y todo. Todavía se reían en la oficina al recordarlo.


Ilustración: Fraga

Fue a la cocina a prepararse la cena. Ignoró el hecho de que en el fregadero hubiese restos de una cena medieval; ya desaparecería todo de alguna manera. La arruga temporal que se había aposentado en su frigorífico lo mantenía bien surtido y no tenía necesidad de ir a hacer la compra. Esa noche le apetecía una pizza cuatro quesos con anchoas, pero al abrir el congelador lo encontró lleno de helados de chocolate. ¡Bueno, tendría que conformarse, al menos no eran chorizos de cantimpalo, que le daban un terrible ardor de estómago! Tomó un cubo de helado y una cuchara. Fue al salón y encendió la televisión. En la pantalla apareció el programa de contabilidad de su empresa, con los balances anuales en bonitos gráficos de colores; como en los ordenadores de su oficina. Fastidiado apagó el aparato y arrojó el mando a distancia por la ventana, pero fue atrapado al vuelo por un halcón peregrino que pasaba por allí.

Mientras devoraba cucharadas de helado sentado en su sillón, observó que había nuevos libros en la estantería del salón. Sin dejar de comer se acercó a observarlos. En el lomo de cada uno decía en letras doradas: "COLECCIÓN PREMIOS NÓBEL DE LITERATURA". Sonrió. Las arrugas temporales, cual justicieros literarios, habían hecho desaparecer los libros de autoayuda de su esposa. Sacó uno al azar, se titulaba: "La Legión del Espacio contra los siniestros sinistrorsos levógiros" de Álamo y Fede. Lo hojeó. ¡Caramba, premio Nóbel de literatura un libro de historietas! El universo va mejorando, pensó. Cogió otro: "Soliloquios del Encarrilador" de Axxonita. ¡Genial! Tomó otro más: "La sinestesia sinérgica y los Cartoneros del Espacio" de Saurio. Leyó la contraportada: "Ucronía especulativa distópica basada en hechos reales." Le pareció muy interesante y pensó que leerlo después de cenar quizás le ayudaría a relajarse y olvidar los ajetreos del día. Volvió a sentarse y dejó el libro sobre el brazo del sillón.

Mientras cenaba pensó que estaba muy cansado, que era agotador vivir en un mundo tan desquiciado. Aunque a veces resultase mucho más divertido que antes. Era cierto que ahora vivía solo, pero cada día era diferente. "Verdaderamente diferente". La persecución con los mongoles había sido excitante, pero lo había dejado exhausto. Las arrugas temporales habían convertido su vida en una continua sorpresa, en una secuencia de absurdas y estrafalarias aventuras. Y a veces, demasiadas veces, terroríficas. Pero no se iba a dar por vencido, aguantaría hasta que las malditas arrugas se cansasen y se marchasen a hacer la puñeta a otro planeta u otro universo.

Se quedó dormido con el helado en el regazo y la cuchara en la boca. A medianoche una arruga temporal grado 3 cruzó el salón, el helado se convirtió en pollo frito y el libro en un video porno titulado: "Saurio, el caníbal sexual, se las come a todas".


Un nuevo día amaneció en un mundo devastado por las traviesas arrugas en el tiempo. Como cada mañana Benito fue al establo y ensilló a su elefante Cirilo. Al salir le cedió el paso a la flaca vecina del tercero, que cabalgaba sobre su buitre. A Benito no le gustaban los buitres, eran unos pajarracos antipáticos y apestosos, en cambio los elefantes...


Notas del traductor:

[1] ¡Hay que llamar a una ambulancia, mi pájaro está muerto!
[2] Una arruga temporal...
[3] No entiendo Benito, ¿puede hablarme en italiano?
[4] ¡Mi pájaro está muerto! ¡Mi pájaro está muerto!



Vamos a saltearnos la parte que dice que José Vicente Ortuño Segura nació en Manises (Valencia) en 1958, y esa otra en la que se declara que el susodicho trabaja recalentando sillas ante un ordenador y aún la que afirma que lo que mejor se le da es el humor y la sátira, aunque haciendo la salvedad de que cuando le agarra la vis dramática te hace llorar como en una de Anna Magnani... Así que una vez omitido todo ese innecesario prólogo, nos limitaremos a consignar que éste es el noveno cuento que le publicamos en Axxón. Tomen nota de los anteriores, por si les quieren dar un repaso: "Frankenstein 2004" (145), "Responsabilidad" (152), "Putrefacción" (154), "Tierra calcinada" (155), "Por amor" (158), "La tortilla" (160), "Mis vecinas" (160) y "Maldita suegra" (162).


Axxón 167 - octubre de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Humor: España: Español).

            

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