DIVULGACIÓN: Las arañas y el Hombre

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El depredador más feroz
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
www.mcds.com.ar

Si yo le pregunto cuál es el depredador más voraz de la Tierra, es posible que usted piense en variados y diversos animales a los que normalmente asociamos con la fuerza, la caza, el acecho o la embestida. Leones, tiburones, lobos grises u orcas seguramente estarán en el ranking de ferocidad.

Ahora, si yo le pregunto qué grupo de depredadores comen mayor cantidad de kilos de carne al día, el asunto se complica. ¿Serán las grandes ballenas, capaces de ingerir varias toneladas de krill de una sola bocanada? ¿Serán los millones y millones de medusas, que devoran varios peces al día cada una?

La respuesta verdadera lo sorprenderá, pero convendrá conmigo, a poco de pensarlo, era de esperarse.

Los depredadores que mayor cantidad de carne ingieren al día son las arañas. Todas las arañas del mundo, cazando juntas, comen una cantidad de toneladas de alimento que hacen palidecer a todos los demás depredadores del planeta, con las posibles excepciones de murciélagos y aves insectívoras —que las siguen muy de cerca en el ranking—. Podríamos organizar una competencia entre todos los demás carnívoros del mundo por una parte y las arañas por la otra, y ellas ganarían fácilmente sin despeinarse demasiado.

 
Araña primitiva de cintura gruesa

Se conocen aproximadamente 40.000 especies de arañas, y es probable que algunas otras decenas de miles estén aún por descubrirse. Si bien la población de cada una es muy difícil de calcular (ya que la mayoría viven ocultas y evitando cuidadosamente al Hombre), las cifras son asombrosas. Dolomedes plantarius, una araña inglesa considerada en peligro y en franco retroceso, que habita a orillas de los ríos, charcos y otras pequeñas masas de agua, ha demostrado tener una hembra fértil por cada dos metros cuadrados de terreno. Eso son millones y millones de arañas. Eso son muchas arañas. Y piénsese que estamos hablando de una de las arañas más raras y escasas del mundo.

No pensemos en las arañas comunes, versátiles, bien adaptadas y no amenazadas. Una de las arañas más extendidas de México ostenta poblaciones de varios cientos de miles de ejemplares en una superficie de 4 metros de ancho por 200 de largo. Y en México caben muchas superficies como esa...

Las arañas más primitivas, del tipo de las tarántulas, pueden vivir más de 20 años en estado salvaje, pero lo cierto es que la mayoría de las especies solo logran sobrevivir a dos inviernos. Cada hembra deposita anualmente entre uno y tres sacos de huevos que contienen cada uno más de 1.000 arañitas, de las cuales, según experiencias de laboratorio, logran llegar a la edad adulta más del 54%. El resto, las que mueren, caen víctimas de... otras arañas, por supuesto. De modo que las arañas que mueren a manos de sus depredadores solo logran engordar a las demás arañas.

La influencia ecológica de las arañas es incalculable, inimaginable, inconmensurable. Es posible que se trate del grupo de organismos vivos más importantes para el delicado equilibrio del entramado ecológico. Todas las especies conocidas son depredadoras, todas ellas son enormemente feroces, audaces e insaciables. La araña promedio suele devorar un insecto adulto por día. Si calculamos por defecto y consideramos que una sola de ellas habita cada hectárea (lo cual, como se ha visto, es una cuenta muy conservadora), allí tenemos la enorme, espantosa cantidad de carne ingerida a la que aludíamos al principio de este trabajo. Ni todas las ballenas que han existido alcanzarán jamás a comer los miles de toneladas de presas al día que consumen las arañas de este mundo. Hablamos del depredador más feroz de la historia del planeta, uno junto al cual el Tyrannosaurus rex parece un simpático y amigable osezno de peluche. El doctor Ward Wheeler, curador de la División de Zoología de Invertebrados del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, que maneja un programa de investigación dedicado a las arañas que cuesta 2,7 millones de dólares por año, respondió cuando se le preguntó si ese gasto se justificaba: "¡Por supuesto! Las arañas son el carnívoro terrestre dominante".

Hace mucho, mucho que las arañas están aquí. Fueron prácticamente las primeras formas de vida en emerger el mar y colonizar la Tierra, y, como es comprensible, su evolución corrió paralela a la de sus presas. Hace unos 400 millones de años, grandes arañas de tipo primitivo (las de cintura gruesa) merodeaban por los bosques del Devónico acechando, cazando y devorando cucarachas, pescaditos de plata gigantes, miriápodos y otros artrópodos, que, entonces como hoy, no tenían posibilidad alguna de sobrevivir a un ataque. Estas arañas primitivas que, al igual que las que hoy pertenecen al grupo denominado Mesothelae, tenían las glándulas hileras en la mitad del abdomen y no en su extremo como sus parientes de diseño más "moderno", son prácticamente los fósiles de artrópodos más antiguos que se conocen, ya que se ha verificado que deambulaban por toda las tierras emergidas más de 150 millones de años antes de que a la Madre Naturaleza se le ocurriera siquiera pensar en los dinosaurios. Dicho sea de paso, las arañas "modernas" aparecieron apenas llegadas las primitivas, esto es, menos de 20 millones de años después. Este "novedoso" diseño (cintura fina, hileras en la punta de la cola) ya tien, por lo tanto, 380 millones de años de uso, y al parecer es tan eficiente que la evolución no ha encontrado forma de modificarlo para hacerlo mejor.


Argirope, araña moderna tejedora de telas espirales

La telaraña, esa especie de fina seda que las arañas utilizan hoy para confeccionar sus trampas, comenzó teniendo un objetivo mucho más humilde: tejer fundas protectoras para los huevos o tender "líneas de vida" o de seguridad desde el apostadero de la araña hasta su agujero en la tierra.

Cuando la araña descubrió el modo de tejer su trampa de tela, la ubicó horizontalmente extendida en el suelo. No existían las telas aéreas que vemos hoy, por la sencilla razón de que los insectos aún no habían inventado el vuelo. Trampas rastreras para insectos rastreros: nada más lógico.

Hace entre 191 y 136 millones de años, en el Jurásico, los insectos voladores habían florecido y se diversificaban y evolucionaban a ritmos inimaginables. Mientras tanto, la paciente araña, con su viejo y perfecto diseño orgánico, no necesitó devanarse demasiado sus pequeños sesos para comprender que, ahora que los bichos tenían alas, ella debía alterar su tela. Pero no el diseño, que estaba —y sigue estando— muy bien, sino solamente su ubicación. A medida que los insectos pasaron del reptar al salto y del salto al vuelo, la araña comenzó a levantar su tela, primero en ángulo, luego con inclinaciones más acusadas, y por último la dejó completamente vertical. Para coronar su esfuerzo, la colocó entre dos ramas altas e hizo lo que ha venido haciendo desde siempre: se sentó junto a ella a esperar que pasara el incauto. Y el incauto siempre pasa. La araña lo sabe. Está sola y espera.

Siempre estuvo allí. En los principios de la ciencia, algunos pensaron que la araña era un invento moderno de la evolución, porque no había fósiles suficientes para justivicar una gran diversidad, ni tampoco muy antigua.

El problema —se vio luego— es que las arañas no se fosilizan bien, mucho peor que, digamos, los huesos de reptiles o los caparazones de moluscos. Hasta el siglo XIX teníamos muy pocos fósiles mesozoicos (230 a 70 millones de años atrás) y aún menos Paleozoicos (desde 600 millones al Mesozoico).

Para poseer un registro fósil más ajustado a la realidad, hubo que esperar a que evolucionaran las plantas vasculares y los árboles resinosos, porque en en esas resinas quedaron perfectamente conservados insectos enteros y muchas, muchísimas arañas.


Inclusión en ámbar, con una araña arriba a la izquierda

Cuando comenzamos a estudiar los fósiles incluidos en resina, vimos con no demasiada sorpresa que las arañas de 40, 80 o 120 millones de años eran, con poquísimas y no demasiado radicales diferencias, casi idénticas a las especies actuales. Conocemos perfectamente 300 especies de 40 millones de años de antigüedad, apenas una pequeña muestra de las decenas de miles de especies que existieron en aquellos tiempos. Hacia arriba y hacia abajo del rango de los 40 millones, la amplitud y variedad del resgistro fósil disminuye: para arriba, por la ya mencionada falta de ámbar; para abajo, posiblemente porque evolucionaron muchos depredadores que acababan con los cuerpos de las arañas antes de que la resina pudiese llegar hasta ellos. Por eso, poseemos solamente 100 especies de fecha tan reciente como 20 millones de años.


Los regueros de ámbar liberados por heridas en las coníferas siempre desearon poblar de mala suerte el catálogo fósil de los entomólogos. Algunas veces, diez inclusiones de ámbar de muestras tomadas a kilómetros de distancia unas de otras a menudo mostraban diez arañas de la misma especie, sin dar siquiera una pista acerca de qué cosas había habido allí al mismo tiempo. Otras, mostraban todos machos, o solo ejemplares juveniles, o...

Una de las mayores curiosidades de los aracnólogos siempre fue conocer cómo habían evolucionado las telarañas. Como se ha dicho, tenían muy en claro que la tela se había ido verticalizando a medida que los insectos dominaban el vuelo, pero les preocupaba su propia ignorancia acerca del diseño en sí.

Esta lamentable situación duró siglos, hasta que en junio de 2006 apareció un nuevo fósil... ¡que incluía un fragmento muy bien conservado de una tela de araña!


Inclusión fósil en ámbar, mostrando una telaraña y varias presas

Hacía tiempo que los estudios genéticos habían sugerido que el diseño actual de las telas era prácticamente tan antiguo como la araña misma, pero la falta de pruebas paleontológicas dejaban margen para la duda y para aquellos que insistían en que un diseño tan complejo debía haber necesitado cientos y cientos de millones de años para desarrollarse.

El ejemplar hallado este año desmiente por completo esa teoría.

Unos entomólogos hallaron la inclusión en ámbar, y la enviaron al Museo de Nueva York, donde fue estudiado por david Grimaldi, un colega de Wheeler en el Departamento de Invertebrados. Lo fabuloso de esa pieza, dice el experto, es que "es el más antiguo registro de una telaraña con presas y todo".

En efecto: el fósil está compuesto por 26 hilos que conservan aún el diseño original, y entre sus espirales se encuentran atrapados un ácaro, un escarabajo y la pata de una avispa. El hallazgo tiene 136 millones de años de antigüedad, o sea que es cretácico, y denota el clásico diseño espiralado con radios partiendo del centro, que tan familiar nos resulta hoy en día. Para que quede claro: esa telaraña exactamente igual a las actuales fue tejida cuando los dinosaurios se paseaban por la Tierra, y los mamíferos éramos apenas escurridizas musarañas que temblaban, asustadas, escondidas en sus hoyos.

"Es una pieza más bien pequeña", dice Grimaldi. "Pero lo sorprendente es el increíble grado de detalle que presenta. Está muy bien preservada. La estructura de esta telaraña, muy avanzada, junto con el tipo de presas que había capturado, indica que las arañas han estado atrapando insectos aéreos durante muchísimo más tiempo del que habíamos sospechado".


Pero, ¿qué clase de araña tejió y utilizó esa tela? Casi al mismo tiempo que el hallazgo de Nueva York, un grupo de entomólogos de la Universidad de Alcalá de Henares en Madrid, España, encontraron una gota de ámbar donde se veía, fosilizada, una pequeña araña de 2 mm de longitud. Pertenece a la especie llamada Mesozygiella dunlopi, y ha sido fechada en 115 millones de años, es decir que es contemporánea de la tela norteamericana. M. dunlopi es prácticamente indistinguible de una araña moderna, y pudo haber tejido la tela fósil. Si no fue ella, fue una araña muy similar.


Pieza de ámbar con su telaraña fósil

Lo importante de todo esto es que ninguna de las dos —ni la tela ni la araña— han cambiado (no han necesitado) cambiar en los últimos 130 millones de años.

El diseño, absolutamente eficiente y casi indestructible por la presa, no importa cuál sea su tamaño, ha permanecido invariable por causa de su utilidad y perfección. Sin embargo, como todos sabemos, hay muchas especies que no construyen telas espiraladas. ¿Cómo puede haber sucedido esto? La entomóloga Jessica Garb de la Universidad de California aclara que "Mucha gente ha dicho a través de los años que la red espiral era el pináculo del diseño adaptativo en las arañas. Ahora sabemos que no es un diseño moderno sino muy antiguo y que, por añadidura, muchos linajes arácnidos lo han perdido". ¿Por qué? ¿Qué ventaja evolutiva representó para ciertas arañas reemplazar sus perfectas telas por otros sistemas de acecho? No lo sabemos. ¿Viven mejor o peor las que sí hacen telas orbiculares? No lo sabemos. No sabemos a ciencia cierta ni siquiera de qué está hecha la seda de la tela ni por qué es un polímero hidrosoluble, siendo que casi todos los que conocemos no lo son.


Mientras la entomología avanza en su comprensión de estos fascinantes arácnidos y, como siempre a lo largo de la historia de la ciencia, cada respuesta hallada abre numerosos y nuevos interrogantes, la araña permanece, ejerciendo la vieja y noble virtud de la paciencia, impasible en el centro de su tela, mirando comprensivamente a ese apeptitoso bocado que a veces tarda en llegar, pero que, tarde o temprano (los millones de años se lo han demostrado sin sombra de duda) terminará como plato principal de sus opíparas cenas.


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