OSTRANIENE

Lúcio Manfredi

Brasil

Si encuentras la hora, yo busco el lugar.
—James Joyce


1.

Débil. La tentación de pronunciar la palabra en voz alta, saboreando cada sílaba mientras se disipa en el aire, es casi demasiado irresistible para ser contada. La sorpresa, un deleite incomprensible. El stáriets Zósima es un viejo débil y enfermo. El cuerpo esmirriado parece no saber qué hacer con tanto espacio en la silla, las ropas que lo envuelven encierran un universo y sus ojos penetrantes a duras penas se mantienen abiertos. Son esos ojos los que atraviesan la extensión de la mesa, trasponiendo el abismo entre nosotros y abriendo el camino para su voz desguarnecida pero firme. Él me lee, percibo de repente. Responde a lo que no digo, se hace eco de lo que pienso. No, explica Zósima, no quiero una recodificación. No me gusta entorpecer al destino; voy a morir cuando me llegue la hora. Hay una cierta altivez en las palabras, un cierto desprecio por los que son menos firmes, por los que se entregan a las artimañas cada vez más perfectas que crea la tecnología con el objetivo de matar a la muerte. No se mata a la muerte, pronuncia el viejo con cuidado. La muerte es una compañera confiable. Tal vez la única que nos queda. No sé cómo expresar mis dudas. Es evidente que Zósima no va a sobrevivir hasta el año que viene, dos años como máximo. Entonces, ¿por qué? El stáriets lanza una carcajada vigorosa; no sé de dónde saca fuerzas. ¿Es así como ves al poder?, me escupe en la cara. ¿Cómo un capital, una inversión a largo plazo? ¿Acumulas poder para que te rinda intereses, te proporcione lucro y dividendos? Desvío la mirada, inquieto, pero él sigue sin notar mi embarazo. El poder no vale nada si no sirve como medio para el conocimiento supremo. Un instante de éxtasis recorriendo el cuerpo. Consumiéndose a sí mismo. Llevándome con él. Entiendo, farfullo por lo bajo, pero hasta yo tengo en claro que no entiendo un cuerno. El stáriets, líder supremo de la Ostraniene rusa, me parece una criatura recién desembarcada de otro planeta, una mentalidad alienígena que se conduce según pautas incomprensibles para los humanos. No es como los grandes jefes de la Cosa Nostra o los oyabuns japoneses. Tal vez sólo las Tríadas chinas puedan comparársele en extrañeza, pero nunca traté con las Tríadas. Y si me preguntaran, tampoco buscaría a la mafia rusa, no sé qué tendría para negociar con ellos, pero la iniciativa salió del mismo Zósima, no de un segundo en la jerarquía, sino del propio mentor espiritual de la organización. Quería un encuentro con un representante designado por Malta, en lugar y fecha a combinar posteriormente. Fue lo que me trajo a este restaurante de Amsterdam; debe de haber tantos rusos a lo largo del canal como gente mía. Sólo por precaución, claro. Nunca nadie ha comenzado una guerra de mafias en la Zona Libre; existen ciertas leyes no escritas que es preciso obedecer si queremos que el mundo continúe girando... y todos quieren eso, creo yo.

Después de dejarme asimilar el espanto producido por su vejez, el stáriets toma aliento y aborda el asunto que motivó nuestro encuentro. A las diez horas GMT de hoy, dice, los hombres de Malta invadieron un cuartel de la Zen Ai Kaigi y confiscaron una tonelada de perejil, ciento veintiocho rifles Mjölnir con mira neural y cuatro pastillas de trece punto diecisiete gigas. Recita la lista y me encara, esperando una confirmación. No digo nada, pero me pregunto qué mierda de exactitud es esta. En silencio, asiento; Zósima retoma la palabra. La primera de estas pastillas estaba marcada con un código que ustedes no supieron descifrar, el holograma de una matriz alfanumérica. ¿Y entonces?, pregunto, todavía sin decir que sí ni que no. Esa pastilla es nuestra. Fue robada hace quince días por un kuromaku. Matamos al esbirro, pero él ya había entregado el material a un tercero. Quiero esa pastilla. Hay algo que está mal, comienza a machacar mi instinto. Está abriendo el juego muy, muy fácilmente. ¿Cuál es el valor de esa pastilla? El viejo sonríe. Para ustedes, ninguno. No puede ser convertida en dinero y la información que contiene, aunque es inestimable, es inútil sin la clave. Ah, pero él está equivocado. Puede ser convertida en dinero, sí. ¿Cuánto están dispuestos a pagar por ella? Ahora es mi turno de sonreír. Pero la sonrisa no dura mucho. Tú sales vivo de aquí y las conexiones de Malta permanecen intactas. Lo que viene a continuación es demasiado vertiginoso para describirlo con coherencia. A una señal mía, nuestra mesa queda cercada de hombres armados. El stáriets Zósima no esboza ninguna reacción aparente. Entonces, los soldados de Malta comienzan a estremecerse violentamente, gritando desde sus mismas entrañas. Les salen lágrimas de los ojos, un moco sanguinolento se escurre de sus narices. Olvidando las armas, se arrojan al suelo, contorsionándose contra las frías lajas. Junto a sus bocas se forman charcos oscuros de bilis; un hedor amargo surge de sus cuerpos mientras la carne se desprende de los huesos y se escurre por entre las mesas del restaurante vacío. Ébola potenciado, dice el stáriets Zósima cuando la pesadilla llega a su fin. Tú fuiste inmunizado. Pero existen otras versiones. Se levanta con dificultad. Espera nuevas instrucciones. Y, sin una palabra más, el simulacro de viejo se desvanece en el aire húmedo de Amsterdam.


2.

La reunión de los jefes de Malta es un pandemonio desencontrado; todo el mundo habla y nadie dice nada útil. A la misma hora en que el virus consumía a mi escolta, tres subsidiarias de Malta desaparecieron de la red sin previo aviso. Tampoco hubo más noticias de los hombres que mandamos a investigar. Finalmente, nos enteramos que unas microcápsulas nucleares habían volado los edificios que albergaban a esas subsidiarias; la información quedó tatuada en el cuero cabelludo de nuestros hombres, ahorcados junto a las ruinas humeantes. No, el stáriets Zósima no está jugando. La Ostraniene puede de verdad acabar con nuestras conexiones. ¿Cómo han reunido tanto poder? Es incomprensible. A lo largo de las últimas décadas, la organización ha permanecido al margen de los negocios del mundo. No se involucra con las drogas, el contrabando, la prostitución. El único vínculo concreto con las actividades del submundo es la piratería de datos y, aún así, sus acciones son totalmente idiosincráticas. Parecen concentrarse en programas de criptografía, pero no ponen sus servicios a la venta, nadie los contrata para violar ni proteger sistemas. No obstante, su área de influencia va creciendo geométricamente, fagocitando a todas las otras mafias surgidas con el desmantelamiento del bloque socialista, y su hegemonía en Europa Central se ha tornado indiscutible. Por la red han comenzado a circular los rumores más contradictorios. El líder de la Ostraniene, dicen, es un viejo monje ortodoxo, con más de trescientos años de edad. Agentes de la Ostraniene, dicen, fueron vistos recorriendo los monasterios de Europa, en una cacería desesperada de manuscritos antiguos y grimorios medievales. La Ostraniene, dicen, definitivamente se dedica al ramo de la brujería. Pero las microcápsulas nucleares no tienen nada de mágico y la manipulación genética de virus es una operación bastante tecnológica. Tal vez los hayamos subestimado, pienso. Como la Ostraniene no interfería con nuestros negocios, perdimos el tiempo guerreando unos contra otros. Ahora que estamos debilitados y que nuestra supervivencia mutua depende de un equilibro tan frágil como dividido entre todas las facciones del llamado crimen organizado, ellos entran en escena, se arrancan la máscara y se revelan como el verdadero enemigo. No nos tomábamos en serio a ese demonio, me repito. Oíamos los rumores sobre la búsqueda del Santo Grial y la gente que hablaba con los ángeles, sacudíamos la cabeza y nos reíamos de esas historias llenas de ruido y furia que contaban los idiotas, sin percibir que todo aquello era una cortina de humo, la coartada de descrédito que protegía a una sociedad que se fortalecía cada vez más. Ahora ya debe ser tarde.

Estamos reunidos en la guarida de Martinelli; los ruidos amortiguados de la Avenida Ipiranga se deslizan por el aire en capas de distorsión. Somos siete en la mesa, la elite de Malta. Es un riesgo calculado. Una explosión dejaría acéfalo al grupo, pero la situación es demasiado crítica para arriesgarse a una teleconferencia; no sabemos hasta dónde la Ostraniene es capaz de monitorear la señal de red. La información que poseía el viejo Zósima demuestra que tiene un canal de acceso aparentemente irrestricto. La discusión es tensa, tumultuosa; más de una vez deriva en agresiones verbales. Estamos en un impasse. El valor de la pastilla robada es evidentemente elevado; sería una tontería deshacerse de ella sin sacar ninguna ventaja, pero estamos todos asustados con el poder de fuego demostrado por la Ostraniene. La reunión dura doce difíciles horas, al final de las cuales decidimos que, para bien o para mal, es mejor entregar la pastilla y salvar nuestro pellejo. Es lo que yo esperaba. Como fui yo el que comenzó las negociaciones con la Ostraniene, me toca a mí hacer llegar el material a las manos de Zósima. Voy a hacerlo, apenas él me comunique las instrucciones. Pero no voy a entregarle el oro al ladrón a cambio de nada.

Salgo de la reunión, derecho hacia los laboratorios de Ogdoade. Es una empresa de informática bajo mi control, fachada de una serie de negocios, no todos conocidos por Malta. Busco a mi hombre de confianza, el único que sé con certeza que no me va a vender a los otros jefes ni a nadie.

—Gran Cipriano, ¿qué vientos te traen por aquí? —me saluda Ezequiel. Es un sujeto gordinflón, moreno, con una cabellera enrulada y negra que, a sus treinta y tantos años, ya comienza a ralear.

Le entrego la pastilla y le pregunto si puede hacer una copia con EPR.

—No hay problema —me responde, confiado.

Al día siguiente, su confianza se transforma en irritación.

—Esa porquería que me diste tenía unas defensas de no creer —reclama—. Hasta le han puesto un campo de incertidumbre.

—¿Lo lograste o no? —retruco secamente. Ezequiel es un buen sujeto, pero si nadie lo interrumpe es capaz de pasarse toda la tarde reclamando.

Ante mi pregunta, ensaya un aire de dignidad ofendida.

—Claro que lo logré. —Me arroja una pastilla no muy diferente de la original; la atrapo en el aire, como a una moneda lanzada a cara o cruz—. Ahí está, backup con conexión no local. Pero no pude leer el contenido, no.

—Tienes razón, no eres el único —Le devuelvo la pastilla—. Monitoréala.

Ese mismo día, recibo un e-mail con noticias del stáriets Zósima.


3.

Pasa un mes. De vez en cuando, llamo a Ezequiel y le pregunto si tiene novedades. No hace falta especificar sobre qué; Ezequiel es un buen muchacho. Pero invariablemente responde que no. Comienzo a creer que estamos perdiendo el tiempo; que, a pesar de todo su poder, la Ostraniene no es más que una cofradía loca liderada por un viejito excéntrico, pues nada bueno puede venir de Nazaret. Hasta que un día veo a Ezequiel encarándome, con aire sonriente, en la pantalla del monitor:

—¿Pudiste cargar esa mierda que hay en la pastilla? —pregunto.

—Ponte el casco —responde él, sin entrar en detalles.

Obediente, me coloco el casco virtual e inmediatamente me encuentro en la periferia de un ambiente. El simulacro de Ezequiel está a mi lado. El icono del ambiente se asemeja a un maldito glifo barroco y brilla con luz ambarina.

—¿Es de la Ostraniene? —pregunto.

Ezequiel asiente.

—No sé qué software del demonio están usando; si no fuese por el campo EPR nunca habría podido acceder.

—¿Ya entraste?

Ezequiel niega con la cabeza.

—Las conexiones no locales son una vía de ida y vuelta; estamos camuflados, pero sabiendo como son estos sujetos, los creo muy capaces de detectar el camuflaje.

—¿Qué tipo de camuflaje?

—En un barrido desatento, parecemos fragmentos del administrador de imagen. Pero no sé hasta qué punto el barrido de ellos es desatento. Aunque está claro que debemos entrar. Desde aquí, la periferia, lo máximo que se puede hacer es meditar sobre las circunvoluciones del glifo y eso no contribuye en nada a aumentar nuestro conocimiento.

—Vamos.

Nos deslizamos por la infovía y nos zambullimos en la masa esponjosa del icono. Hay un momento de desorientación y perplejidad, manchones blancos que encandilan mis retinas descarnadas, rayos distantes como espíritus que relampaguean sobre aguas informes y vacías. Entonces, se hace la luz. Por un momento no veo a Ezequiel y llego a pensar que estoy solo en la planicie arenosa. Miro de nuevo; no encuentro a nadie. Comienzo a preocuparme... ¿qué tipo de riesgo estoy corriendo? Lo único que veo es un árbol seco junto a una piedra roja. Poco después, tomo conciencia de un murmullo, un mascullar de palabras. Vienen de la piedra. Me aproximo, intrigado. Es la voz de Ezequiel. Dada la existencia conforme se comprueba en los recientes trabajos publicados por Poinçon y Wattman de un Dios personal cuacuacua con barbas blancas cuacua fuera de la hipótesis de comprensión que de lo alto de su divina apatía su divino arrojo su divina afasia... No preciso oír más para comprender que su circuito cerebral está girando en loops. En algún lugar de Ogdoade, el cuerpo enchufado de Ezequiel estará balbuceando, con un hilo de saliva escurriéndose por el borde de su boca, los ojos vidriosos, en el mejor de los mundos posibles. Es obvio que caí en una trampa; quisiera saber por qué no me ponen en loop a mí también. Algo en mí se paraliza, presa del pánico. ¿Quién dice que no me pusieron? ¿Y si estuviera tan dolorido, tan catatónico como Ezequiel, si la coherencia de mi mente no fuera más que una ilusión subjetiva?

Es una posibilidad interesante; me gustaría profundizar en sus implicaciones metafísicas y ontológicas, pero en este momento reparo en el stáriets Zósima, que se desplaza por la escena. Es extraordinario ver cómo ni siquiera su simulacro evita la impresión de vejez; podría apostar que reproduce milimétricamente cada arruga del original. Zósima viste un largo camisón blanco, cubierto con una túnica de seda roja y dorada, y usa un turbante del mismo color. Está parado delante de un altar y parece ignorar totalmente mi presencia. El altar es un cubo de piedra sobre el cual están dispuestos un incensario de plata, una lamparilla de aceite y una vara de madera. El stáriets Zósima toma la vara, gesticula mucho con ella, murmura algo. La curiosidad mató al gato, me digo al acercarme, intentando oír lo que dice. Poco después, como traídas por el viento, sus palabras llegan a mis oídos. Señor Dios de la misericordia, dice, Dios paciente, benévolo y pródigo, que concedes Tus dones de mil maneras distintas y olvidas las maldades, los pecados agravantes de los hombres. Ante Tu presencia, nadie puede declararse inocente, pues conoces las faltas de los padres, de los hijos, de los sobrinos, hasta la tercera y cuarta generación. Reconozco ante Ti mi propia miseria, ya que no soy digno de aparecer ante Tu divina majestad, ni tampoco de implorar por Tu bondad y misericordia para obtener la menor gracia. Señor de los Señores, es tan inmensa la fuente de Tus bondades que ella misma llama a quienes se avergüenzan de sus pecados y los invita a recibir Tus gracias. Es por eso, Señor y Dios mío, que Te ruego: ten piedad de mí, lava mi alma de la inmundicia del pecado, renovando mi espíritu y reconfortándolo para que sea capaz de comprender el misterio de Tu Gracia y los tesoros de Tu Divina Sabiduría. Santifícame con los óleos de Tu Santidad, como hiciste con todos los profetas. Purifícame por medio de esos óleos, a fin de hacerme digno del diálogo con Tus santos ángeles y Tu divina sapiencia. Concédeme, Señor, el poder que has concedido a Tus profetas. Amén. Amén. Amén.

Durante un tiempo no ocurre nada, a no ser por el eco de la oración que se disipa en el aire, con un efecto de impresionante realismo. Es evidente que el viejo está loco, concluyo. De lo contrario, ¿a qué vino todo ese carnaval, esas amenazas y demostraciones de poder? ¿Sólo para recuperar un escenario para practicar la magia virtual? Mi primera reacción es de alivio: el viejo está loco y no tenemos nada que temer. Mi segunda reacción es de pánico: el viejo está loco y posee microcápsulas nucleares, virus potenciados y Dios sabe qué más. Mejor salir, intentar rastrear la señal y atacar, mientras el stáriets continúa en pleno ataque de manía religiosa. Soy un mono y mi mano está presa en la trampa del viejo. Mierda, ni siquiera es posible pedir ayuda; el único tipo que podía hacer algo se ha convertido en piedra. Y claro, en este momento los rezos de Zósima reciben respuesta.


4.


Ilustración: Guillermo Vidal (Argentina)

Comienza con el distante retumbar de un trueno. Un resplandor rojo inunda el ambiente virtual como un mar de sangre que se traga el valle; siento un dolor que recorre los nervios ópticos de mi cuerpo real, un estremecimiento en las vísceras, una fuerza centrípeta que surge en mi pecho y me empuja violentamente hacia fuera de mí mismo, que me contorsiona, me pone del revés, me retuerce, me convierte en una masa sin forma de carne e información. Láminas incandescentes recorren mi sistema nervioso central, me cortan en tiras, salan mis fetas, me ponen a secar bajo un Sol que me escalda. Quiero gritar: ¿quién dice que tengo lengua? Quiero llorar: las lágrimas se evaporan de mi rostro antes de formarse.

Aplastado por un bloque de acero y hormigón, comprimido en un espacio bidimensional, unidimensional, me transformo en el mismísimo horizonte de eventos; en el centro de mi ser, un agujero negro succiona todo lo que tengo, hasta dejarme —esqueleto descarnado, runa humeante, cero a la izquierda— tirado en la planicie virtual. El resplandor disipó al árbol, pulverizó la piedra. Ya no hay más altar, lámparas, nada. Hasta las ropas se han ido; quedamos apenas yo y el viejo, desnudos en una planicie cenicienta. Es preciso simplificar al máximo; el nuevo gráfico exige toda la memoria disponible del sistema. Una columna de luz roja conecta la tierra con el cielo; digo que el color es rojo, pero no es el rojo de siempre, el de las pasiones y asesinatos, el de la piel de la manzana, el de la sangre derramada, no: es el rojo del Sol que se pone, del neón de los anuncios, de los focos de los coches; no es el rojo de los ojos inyectados, el rojo de las plumas de los pájaros, el rojo del barro. Pero tampoco deja de serlo. Es como el arquetipo del rojo, la matriz de todos esos colores, que los contiene y los supera, los origina y los antecede, se profundiza; nuestro prototipo que está en el cielo.

Estoy junto a Zósima, al pie de la columna que arde como el fuego y quema como el hielo. Hay movimiento dentro de la luz, figuras móviles que a veces parecen hacer señas, ora se aproximan, ora se apartan. ¿Qué es eso?, le pregunto al viejo. Ángeles, responde con voz trémula. De los ojos le caen lágrimas que recorren el laberinto de sus arrugas... ¿cómo puede una imagen virtual ser tan realista? Me estremezco por dentro. Tal vez no sea una imagen virtual. No tiene el menor sentido, pero comienzo a tener la certeza de que quien está ahí es el propio stáriets de carne y hueso, no una proyección ciberespacial. De algún modo, es su propia carne convertida en información. En ese caso, percibo, él está experimentando todo con una intensidad inimaginable para mí. Sí, eso explicaría las lágrimas, aunque yo mismo esté casi a punto de llorar. Belleza es un término demasiado débil. La palabra que más se aproxima es sublime, el impacto avasallante de todo esto sobrepasa el entendimiento. El abismo de lo Bello, su incandescencia, su resplandor que ofusca. Ante él, la suavidad de la voz es casi disonante. Una orden, un imperativo categórico. Obediente. Zósima se levanta, reverente. Intento acompañarlo, pero una espada de fuego invisible bloquea mis pasos. Soy una estatua de piedra, inmóvil; sólo mis ojos acompañan los acontecimientos. Zósima camina hacia la columna con andar lento, hierático, un sacerdote delante de su dios. A medida que se aproxima, una fuerza antientrópica parece tomarlo de los brazos, las arrugas se desvanecen en el aire, su cuerpo débil se yergue, con la espalda más recta que un amuleto Tet egipcio. Entonces es como si el Ángel del Señor extendiese la mano hacia el viejo stáriets y suavemente lo llevara hacia la columna. El viejo desaparece, tragado por la luz roja que comienza a girar convertida en torbellino. Las tardes de domingo de la infancia, en la iglesia pentecostal, vuelven a mi mente. Y el Señor le habló a Job desde dentro del torbellino. De repente, la realidad se torna transparente y vislumbro sus fundamentos últimos, cada persona, criatura, cosa, yo mismo, no más que centellas del fuego que arde en el vientre del mundo.

Despierto solo en la planicie vacía. En retrospectiva, da la impresión de que la columna de luz, Zósima y los ángeles fueron tragados por una súbita explosión, pero yo sé que no hubo ninguna explosión, que sólo era mi interfaz lidiando con una falla general del sistema, mucha información para poca memoria, errores de paridad, eso es. Estoy solo en la planicie vacía, junto al altar, al árbol y a la piedra que fue Ezequiel, milagrosamente restituidos al escenario. ¿Es el santelmo de Poolbeg, murmura la piedra, faroriente, o un reflector bordeando la Kishtna o un vago fulgor que avisto dentro de un seto o mi Garry que bienvino del Indo? ¡Espera el flúor del melilunio, amor! Cae, vésper, vespertina, cae. En tus ojos la tarde se disipa.

Qué lugar terrible, pienso al desconectar.



Título original: "Ostraniene"
Traducción del portugués por Claudia De Bella.


Lucio Manfredi nació en Sao Paulo, Brasil, hace 36 años. Estudió en la facultad de Filosofia de la USP hasta el último período, pero abandonó la carrera para mudarse a Rio de Janeiro, donde se encuentra hasta hoy, trabajando como guionista de la Red Globo de Televisión. Es un gran admirador de Philip K. Dick y su estilo de escritura es ácido, veloz, irónico, denso y pleno de referencias. Publicó cuentos en diversos fanzines brasileiros y un libro integrado por dos novelas cortas, O Fantasma na máquina, en la colección Terra Incongnita de la editorial AnoLuz.com.


Axxón 168 - noviembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Brasil: Brasileño).

            

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