LA ESQUINA DE LA TIERRA DE LOS HOMBRES

Daniel Mario Valdez

Argentina

Desde siempre supe que este momento iba a llegar; mi mama decía que a los hombres nos llevan, cuando llega el momento, donde terminamos la vida, que parece ser, según pensaba ella, es aquí mismo en esta tierra, no afuera. Porque afuera es la tierra de los monos. Y así es, y así debe ser. Cuando tenía la edad que ahora tiene mi muchacho, mi padre se fue para ese misterioso lugar sin siquiera volverse una sola vez, la cabeza gacha en ancas del caballo del patrón, el de entonces, el padre del patrón de ahora, hasta que lo perdí de vista confundido con el horizonte y el sol que se ponía, rojo y furioso. Ya no me queda más que esperar a que un día de estos aparezca el patrón y yo también me tenga que largar en ancas de su caballo, como mi padre, como mi abuelo. Y un poco de tristeza me da, sobre todo después de toda una vida de cuidar del límite, de velar con frío o con lluvia, con agobio por el calor o la enfermedad, de que la frontera, que además aquí es esquina, no sea quebrantada por los monos. Los detesto; si no fuese por ellos nuestra vida sería otra, más sosegada o aquejada por otros problemas, pero no, son nuestra maldición y debemos vivir pendientes de sus acciones. Malditos monos.

Son de dos clases, los Trompudos como los llamaba mi padre —a mí me gusta llamarlos igual, y mi muchacho los nombra de la misma manera— y los Peludos. El patrón, en cambio, llama Personales a los Trompudos y, a los Peludos, Súbditos. Cuando él está presente, mi muchacho, su mama y yo, tenemos que esforzarnos para nombrarlos de esa manera, cuestión de disciplina. Pero es ridículo. No hace falta más que ver a los Trompudos y empezar a llamarlos de esa manera; de la cara les nace un hocico alargado como a alguno de mis perros, y como ellos, tienen los colmillos largos y afilados; algunos tienen la fuerza de un hombre, o más, pero ninguno tiene gran inteligencia, sino hace ya mucho tiempo que esta sería su tierra. Los Peludos en cambio son fofos, más pequeños, el pelo les cubre casi todo el cuerpo, salvo las manos que son casi como las nuestras; pasan casi todo el día mordisqueando tronquitos o mascando hojas. Da asco verlos tan golosos.

Entre los Trompudos, salvo alguna discusión subida de tono, no hay conflictos. Mi padre siempre contaba que su padre le había contado un acontecimiento excepcional; cierta vez vio, a través de uno de los ventanucos de la muralla, como dos machos Trompudos pelearon a garrotazos hasta aniquilarse mutuamente, no se sabe si la disputa fue por una hembra o por un espacio mayor delante de la empalizada. Yo jamás vi algo así. Con los Peludos es distinto; las riñas, los combates y las agresiones, aún dentro de una misma familia, son el signo que los distingue. No hace mucho tiempo, vigilando la muralla oeste pocos kilómetros antes de que el arenal se trague la llanura, escuché griterío de pelea, me encaramé a uno de los troncos que sirven de oteaderos, y vi como un numeroso grupo de Peludos se ensañaba con uno de sus congéneres. Mientras, los Trompudos habían hecho a su alrededor un círculo como para disfrutar el espectáculo. La víctima chillaba de dolor mientras era apaleada, mordida o arrastrada; cada tanto la dejaban tomar un respiro, como si quisiesen que se recuperara para recomenzar el martirio.

Esto es lo que nos espera si estos perversos logran salvar la muralla, pensé.

Monté mi Remington rolling block y tiré al bulto. El proyectil atravesó a dos Peludos y arrancó media pierna a un Trompudo; al día siguiente mandé a mi muchacho a vigilar la zona y vio, agonizando todavía, al pobre infeliz que había sido azotado rodeado de tres cadáveres, no se veía otro mono en varios kilómetros a la redonda.

Aquí la vida es así, monótona y cargada de tensión, no podemos bajar la guardia jamás, siempre hay que estar recorriendo la muralla, patrullando, vigilando; en cualquier momento se puede producir un intento de invasión y nuestro deber, como hombres, es repelerlo inmediatamente. Nuestras armas están siempre limpias y cargadas y nuestra atención alerta; si no fuese así... Gracias a Dios ahora mi muchacho que está crecido me da una mano y ya recorre, él solito, una vasta región de la muralla, la que empecé a recorrer yo cuando tenía su edad.

Una mañana me llamó mi padre.

—¡Vení, muchacho! —me gritó sin mirarme, mientras caminaba hacia el norte, marchaba más allá de los gallineros que están levantados contra la muralla, para ahorrar alambre. Me intrigó su perentoria llamada.

En esa época el Máuser era más alto que yo y difícil de sostener, por el tamaño y el peso, para un muchacho de mi edad. Mi padre clavó en la tierra una estaca que remataba en una horqueta, apoyó el reluciente caño en la improvisada horquilla y la maciza culata en mi hombro. Comenzó a darme la primera lección de tiro y yo sentí que ya me hacía hombre. Recuerdo que nombró el alza y el arco guardamonte, hablaba de distancias y ángulos de tiro cuando vi enfrente nuestro, como a quinientos metros, un poco más acá de dónde está el eucalipto con la colonia de loros, que un chajá se posaba en una loma. Agitaba las alas y veía cómo levantaba y bajaba el cuello, señal de que estaba llamando a su pareja. En ese momento sentí una cosa de lo más extraña; nunca me volvió a pasar algo así en la vida, fue un golpe de algo como la nada. A mi alrededor se formó una burbuja inmaterial dónde no había tiempo, de profundo silencio. Me di cuenta, y lo raro es que sin asombro, de que el pájaro, el fusil y yo éramos la misma cosa. En ese momento atemporal disparar me pareció lo más natural del mundo. El estampido sorprendió a mi padre y a mí me dejó sordo unos minutos; con el retroceso, el alza de la mira me lastimó la boca y la culata del fusil me sacó el hombro de lugar. A pesar de eso logré ver que donde había estado el chajá no había más que una explosión de plumas parduscas que volaban en todas direcciones, alejándose del lugar en el que hacía una fracción de segundo había un pájaro. Miré a mi padre y vi como su gesto de asombro se transformaba en una sonrisa franca, dichosa. Me abrazo y dijo como para sí:

—¡Mi muchacho ya es un hombre!

Me di cuenta de que mi padre estaba orgulloso de mí y me sentí feliz.

Cuando dejó de abrazarme sus ojos estaban húmedos y su cara manchada con la sangre de mi boca lastimada. Mi mama se pasó días haciéndome friegas de árnica; hasta que los dolores en el hombro pasaron y se acomodaron los huesos. El labio superior en cambio me quedó partido en dos; es por esto que este puesto es conocido ahora en el mundo de los hombres como "La esquina de Tres Labios".

Pero no vayan a creer que todos son buenos recuerdos. El día que el patrón se llevó a mi padre para ese lugar que nadie conoce, y del que, hasta ahora, nadie ha vuelto, creí que iba a ser el más doloroso de mi vida; me equivoqué grosso. En ese instante no sólo me di cuenta de que ya no vería más a mi padre sino que caí en la cuenta de que, a partir de ese momento, la obligación del cuidado de esta esquina de la tierra era enteramente mía. El peso de la responsabilidad que llegó de improviso con la partida de mi padre —nunca antes había pensado en esta posibilidad— minó la confianza en mí mismo. Nunca antes esta porción de tierra había sido invadida por los monos, todos sus intentos fueron siempre rechazados con astucia o ferocidad, tanto en la época de mi padre, del suyo o del padre de mi abuelo. No por nada a mi familia se le había encomendado, desde hace un tiempo que la memoria no rescata, la vigilancia de esta esquina. Uno de los lugares más importantes de la tierra de los hombres, siempre lo dijo el patrón. Anduve varios días desorientado, recorriendo la muralla con miedo como si no supiese qué hacer si a los malditos del otro lado se les ocurriera una incursión. Sentada frente al fogón, que en esos días nadie encendía,mi mama lloraba con un llanto chico, apenas audible, era como una pequeña queja por un dolor que la laceraba. Necesitaba consuelo y no aceptaba ser consolada; su congoja aumentaba mi extravío. Toda esta tristeza terminó bruscamente, como la partida de mi padre, y dio paso a una congoja infinitamente mayor.

Una de esas tardes, cerca ya del anochecer, patrullaba la muralla con los perros por el lado norte; andaba cerca de los juncales para ver, si de paso, cazaba algún pato y le pedía a mi mama que se entretuviese preparando una cazuela. Por el lado de la tierra de los monos empezó a soplar un viento frío que traía nubes negras, más negras que de costumbre y cargadas de truenos y refucilos. Los perros andaban inquietos, nerviosos, ladraban irritados a la muralla como si ésta fuese una amenaza y no nuestra gran defensa. Ese día montaba a la Cara Blanca, una tobiana mansa que habíamos criado de potrilla; el animal empezó a corcovear y a agitar la cabeza como si quisiese desprenderse del freno, del bozal y del jinete. Me asomé al ventanuco más próximo, pero todo estaba en orden. Los monos, como todos los ocasos, se retiraban hasta los lejanos montes dónde tienen sus guaridas; nunca tratan de franquear la muralla de noche y jamás merodean después de que el sol se ha puesto, como si le tuviesen miedo a la luna o a las estrellas. No sabía por qué, pero volví al puesto inquieto, acompañado por los estruendos de las nubes cargadas de violencia, el gruñido sordo de los perros y los relinchos nerviosos de la yegua. Como he dicho, el puesto está en un lugar donde la muralla hace esquina, sobre una pequeña loma; abajo descansan los animales, los caballos y las pocas cabras y ovejas que sabemos criar; arriba está la cocina que es donde se vive, cruzada de tientos de donde cuelgan los ajos, las cebollas y, en épocas en donde nos damos algún lujo, algunos chorizos. A cada lado de la cocina, las dos piezas, la mía, la de entonces, era la más pequeña; apenas entra el catre y el cajón que hace de mesa de noche, sobre el que mi mama nunca me hacía faltar el pequeño plato de latón con un cabo de vela. Desde la cocina, por una escalera de mano, se puede llegar al techo y, desde ahí, vigilar la muralla hasta donde la vista se pierde. Aquella tarde volvía al puesto llevando a la yegua a un tranco corto, cuando salía del monte de casuarinas, vi en el techo del puesto un punto negro, era mi mama. Le clavé a la yegua los talones en sus ijares y el animal salió al galope, los perros dejaron de ladrar a sus fantasmas para ahorrar el aire e invertirlo en la carrera. Desmonté antes de que el animal se detuviera y como espantado trepé hasta el techo del puesto; mi mama miraba hacia la tierra de los monos, abrazaba su fusil y fumaba un charuto, señal de que estaba intranquila.

—Hace dos horas que estoy inquieta —me dijo sin volverse para mirarme—, y no sé por qué.

Le quité el fusil y la abracé, la tierra de los monos estaba vacía y la de los hombres también.

La noche pasó sin que cayera una sola gota; en el cielo no había una sola estrella. La tierra, la de los hombres y la de las bestias, se iluminaba de tanto en tanto anunciando que temblaría unos segundos después agitada por el estrépito de un lejano trueno. No pude dormir tan siquiera un rato, y no por el retumbar de la tormenta.

Me levanté poco antes del alba y fui hasta el fogón para atizar las ascuas y preparar algo caliente. Con las primeras luces mi mama estaba sentada a mi lado y formamos un pobre corro frente al fuego. Le alcance un plato con guiso tibio que había sobrado de la noche y media galleta. Negó con la cabeza mientras entre los dientes apretaba su apagado charuto.

—Ya ni comida me pide el cuerpo; poco tiempo me queda en esta tierra y no estoy triste por mí, no me va a gustar dejarte tan solo muchacho; lo único que quiero es reunirme con tu padre.

No pude o no supe decir nada; intenté comer, y aunque los fideos y la carne estaban sabrosos, me costaba trabajo tragarlos. Fue entonces cuando los perros enloquecieron, me asomé y los vi ladrar a la muralla, tensos, con las colas agazapadas como cuando van a morder. Sin siquiera pensarlo agarré el fusil, cuando me dispuse a subir al techo empezó el chillerío.

Lo que vi desde el techo del puesto me hace helar la sangre hoy como entonces. Una inmensa masa de monos avanzaba bramando, nunca había visto hasta entonces tal cantidad, cubrían la llanura y la oscurecían, el terror me paralizó hasta que pude recordar un sabio consejo de mi difunto padre:

—Cuando sienta miedo muchacho, respire tres veces.

Inflé mis pulmones tres veces como para llenarlos con todo el aire de la tierra, y después tres veces más, y otras tres veces. Cuando el alma me volvió al cuerpo pude sopesar la situación con algo de frialdad. No sólo la cantidad de monos que se habían reunido no era corriente, sino que lo que me pareció más extraño fue la hora. Nunca llegan a merodear por la muralla hasta que el sol está bien alto, y jamás queda un solo mico cuando se pone. Mis meninges se esforzaban, en vano, en encontrar en este singular fenómeno una explicación distinta a la de un intento de invasión a gran escala, pero era imposible. Comprendí entonces que había llegado la hora de defender la esquina, el puesto, el prestigio que habían depositado mis antepasados sobre mis hombros.

Mi mama se encaramó en el techo con su fusil, y sin dejar de mascar tabaco me ayudó a quitar las lonas enceradas que cubrían unos cajones con parque. Siempre almacenamos allí municiones previendo eventos como éste. Cuando los cajones estuvieron abiertos y nuestras cananas repletas, se acercó al borde del techo que daba a la tierra de los monos, irguió la espalda doblada por los años y el peso del fusil que llevaba terciado, apretó los puños al final de los brazos rígidos y gritó.

—¡Vengan! ¡Vengan!

Del vientre le salía a mi mama el alarido, o de más abajo.

Parece cosa de Mandinga, pero lo cierto es que el griterío de las bestias se fue apagando hasta que no se escuchaba otra cosa que los berrinches de las numerosas crías. Yo no sabía si iba a terminar vivo esa jornada, pero tenía la certeza del orgullo que sentía por tener una madre como esa. Unas lágrimas trataban de abrirse paso por mis ojos cuando vi que mi mama gargajeaba y, seguidamente, escupía un salivazo del tamaño de una pequeña tortilla marrón, por el tabaco, hacia la tierra de los monos.

—¡Esto les doy ahora! ¡Y plomo dentro de un rato! ¡Y cuando no queden balas, en los ojos les voy a clavar las uñas!

Luego dio media vuelta y sin mirarme anunció que iba a preparar un poco de charque y mate caliente porque el día sería muy largo. Sin más desapareció por el agujero del techo que comunica con la cocina.

El silencio de las bestias fue roto por el aullido de un macho Trompudo, parecía la respuesta, el contrapunto al desafío de mi mama. Se separó de la masa de monos que había llegado a medio centenar de metros antes de la muralla, se lo veía agresivo y desafiante y revoleaba un pequeño tronco mientras bramaba enfurecido. Diez metros antes de la muralla dejó el tronco y avanzó decidido, lo perdí de vista oculto por la empalizada hasta que vi sus manos asirse al remate de la muralla, después apareció su cabeza, hizo un alto al ver que los perros, furiosos, le mostraban los colmillos que chorreaban baba. No le importó, se encaramó sobre la muralla, se alzó elevando los brazos y me miró con desafío. Era un gran mono, casi tan alto como yo, y era más de lo que podía soportar. Ni me tomé el trabajo de apuntar; apoye la culata del fusil en la cadera y disparé. El proyectil —había cargado los de punta mocha— le dio en medio del pecho e hizo que se elevase tres o cuatro metros. El cuerpo, dividido en dos, fue a caer a pocos metros de la vanguardia antropoide. El monerío, azuzado quizás por la muerte de su semejante u obedeciendo una misteriosa orden, comenzó a avanzar como un solo hombre. El muerto no era su jefe, sabemos que carecen de ellos. Dejé que se acercaran para disfrutar de cerca el rostro de terror de los que estaban cerca de un despedazado. Cuando los brutos estaban como a veinte metros comenzó lo que hoy, en toda la tierra, se conoce como la "Batalla de la Esquina".

La primer avanzada intentó hacerse fuerte por el oeste, comencé a disparar como si de cada disparo no dependiese sólo mi vida o la de mi mama, era algo mucho más importante; nuestra tierra estaba en juego, que siempre fue más importante que nuestra pobre vida. Después del quinto disparo, o a lo mejor fuese el cuarto, hay que excusar aquí a mi vieja memoria, escuché detrás de mí un estampido, me volví y era mi mama que disparaba en dirección al norte.

—Dejá de mirar lo que no te importa y hacé bien tu trabajo, muchacho —dijo tajante, y acto seguido descuartizó de un solo tiro a un Peludo que ya se había encaramado por el lado del gallinero.

Disparamos hasta bien entrada la mañana, los cañones de los fusiles ardían, a veces el olor a pólvora quemada tapaba por un rato el hedor de la sangre de las bestias. Por suerte, cuando un mono caía, los que estaban alrededor reculaban varios metros, espantados por el amasijo de carne y de vísceras al aire en que había quedado reducido su vecino. Esto nos permitía repeler el ataque de otro grupo o disparar hacia otro sector. De vez en cuando algún grupo de monos nos desbordaba y lograba saltar la muralla. Era entonces cuando entraban en acción nuestros queridos y bien entrenados perros.

Cazaban de a dos, como los habíamos adiestrado. Algunos, como el Petiso, eran de temer, a pesar de ser retacón. Cuando corría iba siempre a la zaga del Moncho, su compañero de caza; si bien nunca los entrenamos para matar, cuando mordía era letal. Le gustaba morder en el vientre, y cuando lo lograba, giraba vertiginosamente el poderoso pescuezo y en un santiamén el mono se quedaba con las tripas afuera. Entonces el Petiso lo abandonaba a su pobre suerte y con el hocico ensangrentado corría en busca de su próxima víctima. Después nos encargábamos los hombres de partir, a machetazos, las cabezas de los monos agonizantes.

A media mañana, que es siempre el momento en que ellos llegan, tuvimos un respiro; se retiraron hasta sus montes. El campo quedó sembrado de cadáveres, como manchas parduscas; algunas crías, las que habían perdido a sus madres, saltaban y se retorcían, tirando a veces de un cuerpo exánime, como si ese gesto pudiese volverlas a la vida. No fue difícil acabar con ellos. Cuando la faena estuvo concluida mi agotada mama me dijo como en una exhalación:

—Necesito un respiro muchacho.

Intentó bajar a la cocina pero estaba agotada. La ayudé a echarse en su cama y le pedí que aceptara una tisana. Mientras calentaba el agua me eché al garguero dos buenos tragos de aguardiente, me puse a mascar un choclo hervido y después bajé para que a los perros no les faltara agua fresca. Algunos ni se acercaron, entretenidos como estaban comiendo carne de mono. Les encanta.

Me puse a sopesar la situación, que era por demás grave e imprevista. Según mis cálculos, si había que seguir con la misma cadencia de tiro durante todo el día, la munición se agotaría al atardecer. Es cierto que los monos a esa hora se saben retirar, pero dadas las extraordinarias circunstancias en que nos hallábamos, también era posible que el ataque se perpetuara hasta la noche. Por otra parte, mi mama estaba extenuada; era imposible que me acompañara durante el resto de la jornada y era nada menos que la mitad de la tropa que defendía la tierra. Si ella no me acompañaba y la muralla era sobrepasada en algunos puntos, no podía multiplicar los perros como mi padre contaba que una vez un hombre santo hizo con unos pescados. La situación era apremiante, pero no había alternativa, había que hacer pata ancha a nuestro destino. Para eso estábamos acá, para eso habíamos nacido, para defender la tierra.

El mediodía me encontró firme como un centinela en el techo del puesto. El sol caía brutal sobre la tierra; veía los rayos atravesar el suelo para poder quemarla. Tapé los cajones de munición con la lona por temor a que el calor los hiciera estallar. Mi mama estaba en ese momento sentada en la cocina; se había puesto unas rodajas de papa en la frente y en las sienes y las sujetaba con un pañuelo húmedo. Según decía, y me consta que es cierto, era lo mejor que había contra el dolor de cabeza. Pronunciaba una letanía que nunca llegué a entender y ella nunca quiso explicar. Mientras cuchicheaba ese susurro arcano, pasaba de mano en mano pedacitos de huesos de mono que guardaba en una bolsa de paño bordó y eran su bien más preciado.

—Salvo unas pocas ropas, lo único que traje cuando llegué a esta esquina —repetía siempre.

Vacilé hasta decidirme a bajar para refrescarme, aunque más no fuera unos minutos, sin interrumpir a mi mama y para que ella no pensara, ni por un segundo, que abandonaba mi puesto. Pensé, y creo que con buen tino, que siendo yo el único que estaba de guardia debía preservarme. Si caía, caía la tierra.

Cuando me disponía a bajar a la cocina vi a lo lejos, casi en la línea del horizonte, pero dentro de la tierra de los hombres, una mancha marrón. Estiré el catalejo y vi la figura del patrón, levantando polvareda y seguido por sus perros y dos mulas.

—¡El patrón, mama! ¡El patrón! —grité a mi viejita con una alegría que no cabía en mí.

—¡La tierra me ha escuchado, hijo! ¡Me ha escuchado! —gritaba mi mama, mientras que elevaba al cielo, sobre sus dos palmas unidas, esos huesos que me daban asco y que me costaba trabajo mirar.

Al rato largo llegó el patrón, empolvado y sudoroso como su flete y las mulas. Sus perros alargaban las lenguas casi hasta el suelo. Antes de que desmontara le alcance una tinaja de agua fresca, que agradeció con un largo trago; después se roció la cabeza despoblada y curtida por mil soles. No hubo preámbulos.

—Hace mucho que estamos esperando algo así. Sólo que no sabíamos cual iba a ser el punto de penetración —dijo agitado mientras hacía pie a tierra—. Han elegido tu esquina, pero no podemos estar seguros de que no ataquen otro puesto.

Descorrimos las cinchas de las mulas para aligerarlas de su carga y las del caballo para quitarle la montura. El sudor de los animales era agrio como el momento. Llevamos a los animales a los bajos del puesto para darles sombra y agua. En eso apareció mi mama por la puerta de la cocina sosteniendo en la mano un pequeño porongo engarzado en plata.

—Aquí hay un mate para mi patrón —anunció mi mama—; calientito y con espumita como le sabe gustar.

—Gracias, ya subo —gritó sonriendo el patrón sin dejar de quitarle los arreos a las mulas. Una vez en la cocina, puse al patrón al tanto de la situación en el puesto.

Se hizo un silencio largo, interrumpido de vez en cuando por el reclamo de algún animal. El patrón chupó el último mate, ya medio lavado.

—Gracias, señora —dijo, amable a pesar de todo, y se lo alargó a mi mama.

El patrón estaba macilento, tenía el pecho y los sobacos de la camisa mojados por la transpiración, una cicatriz, consecuencia de una herida mal cosida por el apuro o las circunstancias, le deformaba la mejilla izquierda; sus manos eran huesudas, magras y fuertes como los brazos y las piernas. Miraba ensimismado hacia el campo pensando vaya a saber qué. Mi mama y yo, envueltos en un silencio sumiso, tratábamos de develar el rumbo de sus pensamientos

—Traje munición —dijo al rato como saliendo de un letargo—; espero que alcance hasta mañana a la mañana. Además una caja con dinamita y unas bombas químicas que hay que usar con mucho cuidado. Si te revientan en la mano te quemás vivo.

Venían embaladas en cajas de madera y protegidas por paja. Eran unas esferas de vidrio verde de tamaño suficiente para caber en una mano y estaban llenas hasta la mitad de un líquido que nunca supimos qué era. Un pequeño cilindro, también de vidrio pero transparente, las atravesaba, y de su extremo salía una mecha corta. Había que encender la mecha y arrojarlas enseguida, según nos instruyó el patrón. Cuando caía y el vidrio se rompía, el líquido y las chispas de la mecha se juntaban y se producía una explosión seguida de un incendio. Todo era bienvenido si servía para defender la tierra.

Apenas había terminado el patrón de explicar el uso de esta nueva arma cuando escuchamos a los perros que ladraban enfurecidos, señal de que se produciría un nuevo ataque.

Subí disparado hacia el techo, seguido del patrón y su Winchester. Desafiando el colosal calor que parecía que iba a hacer inflamar al aire, y a nosotros, los hombres, la multitud de monos avanzaba lentamente hacia nuestra posición. Sentí un pinchazo de impotencia, la cantidad de monos que se aproximaba era tan grande que parecía que la matanza de la mañana no había hecho mermar su número.

—No van a poder con nosotros —dijo el patrón con una seguridad que me dio ánimos, y comenzó a disparar.

Comencé a disparar también, no sé si por imitación o por respeto, aunque los primeros monos estaban todavía bastante lejos de la muralla. Avanzaban lentamente, como con cautela y en silencio; a pesar de que cada descarga era una baja, esta vez los que marchaban al lado de un caído no reculaban, como si les hubiesen ordenado luchar hasta morir. Se podría pensar que tal actitud tenía un lejano parentesco con la valentía, aunque a mí me pareció brutalidad. Y los brutos atacaron. Disparamos y disparamos, ya ni recuerdo durante cuánto tiempo; cansados de tanto matar bestias estábamos; sólo nos deteníamos para recargar el arma.

En un momento subió mi mama con la pava y el mate para traernos el alivio de un reparador amargo.

La cantidad de bajas en las filas enemigas era colosal, pero ni aún así los desgraciados abandonaban el intento de salvar la muralla. En algunos puntos, del lado de la tierra de los monos, se había formado una pequeña montaña de cadáveres que iba aumentando de tamaño con el paso de las horas, y que los brutos aprovechaban en su porfiado intento de invasión. Como la mayoría de esos cuerpos estaban despedazados, los monos que trepaban por esa aglomeración de muerte aparecían sobre la muralla bañados en sangre, lo que hacía que, a medida que la tarde avanzaba, los pretendidos conquistadores fueran mudando el color de su asquerosa pelambrera del negro o pardo a un rojo escarlata que los disfrazaba de iracundos demonios.

Me había entretenido tomando un mate, y esto da la pauta de que no podíamos desatender nuestro deber ni por un segundo; recuerdo cómo bajaba el agua caliente a medida que chupaba de la bombilla, algunos palitos de la yerba eran sostenidos por las burbujas de la espuma y se me dio por pensar en una laguna que rápidamente se iba quedando seca, cuando mi mama gritó:

—¡Namumcurá, protejenos!

Levanté la vista para ver con espanto que un grupo de treinta o cuarenta monos había logrado saltar la valla norte, la que yo defendía. No llegué a sentirme culpable por mi irresponsabilidad porque un miedo grande, como una bruma negra, me apretó el corazón y me hizo temblar las rodillas. Inmóvil veía como otro grupo saltaba por el mismo lugar y no podía atinar una respuesta. El patrón, mientras me zarandeaba para que reaccionase, gritó a mi mama.

—¡La dinamita!

Mi mama, a pesar de sus años, desapareció por la abertura que en el piso del techo comunicaba con la cocina, rápida como un cuis que se esfuma en su madriguera.

Quiso la suerte, o la casualidad, o a lo mejor fue Namumcurá, tan mentado por mi mama, que los monos que habían saltado, con la intención de crear una cabeza de playa, lo hicieran dentro de un gallinero, el más grande, donde encerramos a las ponedoras. Me puse a disparar a los que seguían intentando saltar y, de momento, frené la oleada invasora. Mi mama asomó medio cuerpo por el agujero del piso y me alcanzó dos cartuchos y un toscano encendido. Dentro del gallinero todo era zozobra. Las gallinas, presas del pánico, intentaban escapar y se desgarraban chocando contra el alambre tejido; algunos monos tocaban la alambrada incrédulos, como si algo casi transparente les cortara el paso, nunca habían visto algo así. Otros, los más, se habían entretenido en devorar, con deleite, los huevos que la providencia les había puesto en el camino. Esto me enfureció, se estaban comiendo nuestros huevos. Con la brasa del charuto encendí un cartucho y lo lancé con tan buena puntería que cayo en medio del gallinero; cinco segundos después, lancé el segundo, que fue a parar a pocos metros del anterior. En ese momento sentí pena por las gallinas, pero no teníamos alternativa, eran ellas o nosotros, así es la guerra. Un mono, era un Peludo, alzó uno de los cartuchos y lo colocó frente a su cara para observarlo, quizá le llamó la atención el chisporroteo que despedía la mecha. Fue el que explotó primero.

Los alambrados no cedieron, señal de que el gallinero estaba construido como debe ser; seguro que el patrón se dio cuenta de eso.

Una multitud de vísceras, cráneos, pechos y patas se elevó quince o veinte metros. Cuando esta resaca descendía detonó la segunda carga, provocando que otro amasijo de deshechos se desperdigara por el lugar. Sobre el techo, cerca de donde se asomaba mi mama, cayó un cogote de gallina con cabeza incluida; reconocimos a la Pancha, nuestra mejor ponedora, porque le crecía una pluma negra en dónde terminaba la cresta. Mi mama recogió el resto y lo abrazó contra su pecho.

—Mi Panchita —dijo entre sollozos, y se perdió rumbo a la cocina.

El efecto de esta arma demoledora fue contundente; luego de las explosiones, el silencio cubrió el campo de batalla. Los monos quedaron desorientados, boquiabiertos y mirando sin saber para dónde.

—Vamos a lanzar dinamita en todas direcciones —ordenó el patrón.

Y ya mi mama asomaba su menudo cuerpo por el agujero cargando con el cajón de explosivos, su cara morena estaba roja por el esfuerzo y empapada de sudor.

Lanzamos casi la mitad de las existencias en todas direcciones, destripando cientos de malditos; otros quedaban atontados por los estruendos o malheridos e inmovilizados. Logramos que en la esquina se desbandaran, empezando una desordenada retirada. Nos aprovechamos de eso y a varios les partimos las espaldas a balazos. En ciertos puntos de la frontera la cosa se le había puesto fea a los perros, que no daban abasto machacando monos. Entre el cinturón y la panza nos metimos, el patrón y yo, la dinamita que quedaba. Bajamos a la carrera, y a la carrera salimos con nuestros caballos montados en pelo. El patrón por el oeste, yo por el norte. A medida que cabalgábamos encendíamos la dinamita y la lanzábamos del otro lado de la muralla. Decenas de monos volaban cada vez, y puede decirse con justeza que al final de esa tarde llovieron monos sobre la tierra de los hombres. Por cada mono que caía, decenas quedaban fuera de combate. Mi mama quedó en el techo disparando, y después de cada tiro le costaba un esfuerzo sobrehumano acomodar el fusil para disparar nuevamente. Estaba exhausta.

Cuando agoté los cartuchos volví al puesto, seguido por los perros, lo que me decía que del otro lado todo estaba tranquilo. Me detuve en algún ventanuco para observar la tierra de las bestias y no vi otra cosa que muertos o heridos. No había ningún mono en condiciones de presentar batalla. Al galope llegué al puesto; el patrón estaba encaramado en el techo sosteniendo a mi viejita que lloraba sobre su pecho. Entre los dos la bajamos, pues ya no podía tenerse en pie, y la acostamos. Busqué un paño, lo humedecí y besé su frente antes de enjugarla con agua fresca.

—Mi cuerpo ya no es mío, mi cuerpo ya no es... —decía con una voz que era casi un estertor. Pero tuve, con dolor, que abandonarla para volver a mi puesto.

Con los últimos restos de luz, el patrón miraba en dirección a los montes donde se guarecen los brutos; tenía los ojos hundidos y una infinita expresión de agobio.

—No van a volver —dijo como para sí, y se sentó en un cajón de municiones—. No van a volver —repitió mirando la llanura—. Ahora me puedo ir, no me vas a echar de menos durante la noche; tengo que recorrer otros puestos, sobre todo el del Chino Vignolo y el de Robustiano, para que estén alertas, y ver cómo andan de parque. Antes de irme voy a recorrer la muralla y voy a lanzar las bombas químicas; arden durante horas. Hasta de sus guaridas van a desaparecer esos perversos cuando vean el espectáculo. Voy a volver mañana con más municiones.

Antes de marchar me tomó del hombro y torció la cara como si le costara decidirse a hablar.

—Te felicito —dijo mirando por sobre mi hombro—; me voy con la seguridad de que esta esquina está custodiada por un verdadero hombre.

La satisfacción que me embargó estuvo coloreada por una pequeña pena; la que me embargaba porque mi padre no iba a escuchar estas palabras. Seguro que lo hubieran llenado de júbilo.

El patrón se fue como había llegado, seguido de sus perros y las mulas. Cabalgó media legua hacia el oeste y regresó lanzando las bombas de fuego para pasar otra vez por el puesto y perderse por el norte, dejando encendido el campo. Antes de perderse de vista, ya había pasado los gallineros y la huerta, lanzó una bomba que fue a dar en la crisma de un mono pequeño que andaba vagando como perdido o atontado. El vidrio se rompió, cubriendo el cuerpo de la bestia con el líquido inflamable; en cuestión de segundos el mico se trasformó en una tea viva. En un rapto de inocente lucidez comenzó a correr en dirección a sus montes, como si esta estúpida carrera pudiera ponerlo a salvo del suplicio. El tono de sus alaridos daban cuenta del tenor de sus sufrimientos; a medida que corría, su cuerpo despedía pequeñas gotas de fuego que encendían los pastos secos y señalaban su recorrido hasta la muerte. Era un blanco fácil, pero pensé en mis gallinas y lo dejé correr, cayó cerca de unas totoras y allí quedó, iluminando durante horas el campo.

La llanura estaba hecha un infierno; nunca había visto nada igual, y teniendo en cuenta el tiempo que me queda en esta tierra, creo que jamás veré nada ni siquiera remotamente parecido. Las bombas químicas, como las llamaba el patrón, al explotar desparramaban líquido varios metros a la redonda y en seguida se encendían. Era un fuego raro, nunca visto. Casi no había llamas, o eran muy pequeñas, bajitas, de un color verdoso que hacía daño al mirarlas. Como la noche estaba sin viento, el humo amarillo, sulfuroso, subía vertical e iluminado por la base, hasta las nubes. Parecía que el cielo había decidido iluminar en determinados puntos, con una luz diabólica, la tierra de los monos.

Me dispuse a bajar; mientras dejaba el fusil debajo de la lona para preservarlo del rocío, una cría de Trompudo, una hembrita de seis o siete meses, seguramente abandonada por los demás junto al cuerpo de su madre, se acercó lentamente hasta la hoguera más próxima; miraba esa luz fría y maligna como hechizada; llevada por la curiosidad. La monita extendió unas de sus manos y tocó lo que tanto le atraía. Dio un brusco salto hacia atrás y comenzó a sacudir la mano ardiente, lo que produjo que cientos de gotas inflamadas se esparcieran a su alrededor; luego corrió hasta el cuerpo inerte de su madre muerta y comenzó a tironearlo en un inútil pedido de protección. No fue por piedad que le volé la tapa de los sesos; no quería que los aullidos de dolor, que se podían prolongar durante muchas horas, interrumpieran el descanso de mi mama.

Bajé fatigado por el trajín de una jornada que no me había dado tregua. Aunque no parezca, matar cansa.

Mi mama estaba inmóvil, en la misma posición en que la habíamos dejado con el patrón. Le tomé las manos e hizo un intento de abrir los ojos pero desistió enseguida. Su respiración era apenas agitada, su pecho se elevaba y caía imperceptiblemente; respiraba por la boca y, al exhalar, emitía un ronquido fino y agudo que parecía nacer en las profundidades de su cuerpo, no de su garganta. Era un adiós más que una queja. Intentaba decirme algo pero le faltaban fuerzas hasta para pronunciar una palabra. Acerqué mi oído a su boca y luego de un colosal esfuerzo, sentí como tensaba su cuerpo sin tono, balbució:

—Mis... güesitos... —Su susurro se parecía a un último suspiro y comprendí que era su última voluntad.

Tomé la bolsita de paño bordó de abajo de su almohada, el lugar donde siempre la guardaba, y la puse entre sus manos. Muy lentamente las fue cerrando alrededor de su precioso relicario; cuando lo logró, noté en su semblante un pequeño cambio, las comisuras de sus labios se estiraron levemente hacia los costados y se formó en ese querido rostro una mínima sonrisa. Marché a la cocina para prepararle, aunque sabía que era inútil, un emplasto que al menos la reanimara. Calenté agua, machaqué en el viejo mortero de piedra raíces de acacia, hojas secas de menta y flores de mburucuyá y madreselva; hice una pasta aguachenta con la que embadurné una camiseta de algodón, la doblé en dos y fui a darle a mi mama una fricción en el pecho. Cuando me senté a su lado ya no respiraba.

Me quedé mirando sin ver. A través de la ventana se veía el campo iluminado por la luz mala de las bombas de fuego y, ahora, por una luna grande que acababa de salir; como si mi mama la hubiese esperado para poder irse.

Algunos perros, allá abajo, lloriqueaban, y otros aullaban de tristeza, como si supiesen, vaya uno a saber cómo, lo que acababa de suceder.

No sé cuántas horas me quedé sentado en la misma posición, mirando la luna, que pensaba, era el lugar adónde se había ido mi mama, hasta que se me agarrotaron las piernas y en la cintura un dolor vago amenazaba con subir por la espalda.

Volví a la cocina a prepararme un mate pero no tuve fuerza o ganas de encender el fuego y me senté en una banqueta a esperar el día. No lloré, a lo mejor porque la angustia me trancaba el pecho. A pesar de mi resistencia, me sumergí en una modorra pesada como un letargo y me encontré cabalgando con mi padre. El caballo tenía dos cabezas y dos lomos y nos encontrábamos con el patrón, el padre del de ahora, que me regalaba mi primer fusil. Antes de tomarlo se me ocurrió volver la cabeza y vi, en medio de la infinita llanura despoblada de árboles y de gentes, a mi mama rodeada de cuatro gallinitas blancas que la escoltaban en ordenada formación. Yo me había transformado en un niño muy pequeño y sabía que me perseguía un grupo de monos y aunque no los veía escuchaba sus gritos de amenaza. Quería llegar hasta el lugar donde yacen las mujeres, donde estaba mi mama, que ya se agachaba abriendo los brazos para auparme; me salvaría si lograba hacerlo. Pero me era imposible alcanzarla; cuanto más rápido quería correr, más despacio caminaba. Cuando a los monos les faltaba poco trecho para alcanzarme y a mí para llegar hasta mi mama, una ortiga gigantesca me cortó el paso y caí.

El cloqueo de las pocas gallinas que habían quedado me despertó con gusto amargo en la boca y un escalofrío que me hizo temblar de pies a cabeza; el corazón me latía rápido.

Había amanecido y el cielo estaba negro; millares de caranchos volaban alrededor del puesto, dispuestos a comenzar su festín de carroña. Algunos se habían adelantado y ya metían pico, cabeza y cogote en la panza de algún mono muerto; otros arrancaban ojos y lenguas.

Me dispuse también a encargarme de la parte que me tocaba con la muerte. Bajé al corral abandonado por los animales que, huyendo de la batalla, lo habían dejado desierto. Busqué una pala y sin apuro caminé hasta el lugar en dónde yacen las mujeres.

Está en un recodo, a la sombra del sauzal que crece a orillas del Arroyo de los Cueros. Comencé a cavar al lado del montículo bajo el que reposa la madre de mi padre; a un lado está el túmulo de la madre de mi abuelo y después los otros; son muchos. A medida que el tiempo pasa las tumbas van perdiendo altura, las más viejas ya se confunden con el campo y a otras hace mucho que se las devoró la pampa.

Cavé toda la mañana; no sé de dónde me salía la fuerza. Quería que mi mama tuviera una tumba profunda, para que cuando el sol abrase tenga fresco, y que no se escarche cuando la tierra se hiela. De vez en cuando me refrescaba en el arroyo, y en la otra orilla, donde se forma un remanso y crecen las totoras, no se oía una rana, ni un pato o una gallareta; como si los bichos se hubiesen impuesto ese silencio para homenajear a mi mama.

Poco antes del mediodía volví al puesto, envolví a mi mama en una manta, y entre los brazos cargué su pequeño cuerpo inmóvil.

Cuando entraba en la sombra fresca del sauzal, llegó el patrón, seguido de sus perros y las mulas cargadas. Desmontó sin decir nada y me ayudó a bajar a la tumba el cuerpo de mi mama como antes me había ayudado a tenderla en su cama. Cuando la penosa tarea estuvo concluida, el patrón, a modo de ceremonia, arrojó un puñado de tierra dentro de la tumba, con lo que me sentí obligado a empuñar la pala. Comencé a arrojar tierra sin mirar y sin detenerme. Luego de la última palada, el patrón y yo, y los perros del patrón y los míos, y el caballo y las mulas viejas y cargadas, nos dirigimos en silenciosa procesión hacia el puesto.

Daba la sensación de que el sol se enfurecía con nosotros; la brisa era tibia y costaba respirar. Al llegar al puesto descargamos los animales y les dimos agua, pienso y sombra. Subimos al techo y batimos la tierra de los monos catalejo en mano; ni un bruto vivo se veía por los alrededores.

—Va a pasar mucho tiempo antes de que tengas que preocuparte otra vez por estos demonios —dijo el patrón mirando hacia el oeste, hacia los lejanos montes en donde las guaridas son numerosas.

Bajamos buscando también agua fresca y sombra y nos sentamos en unos tocones en medio del corral vacío. El patrón lió un pitillo y me lo pasó, luego armó el suyo que encendí con mi yesquero. Nos quedamos echando humo en silencio; olía a bosta nueva y algunas rachas de viento caliente ya traían los primeros hedores a podredumbre desde el otro lado de la muralla.

De buenas a primeras, y sin saber por qué, el patrón comenzó a contarme algo de lo más extraño. No solamente era insólito lo que escuchaba, sino que era sorprendente la forma en que me hablaba. Siempre había tenido con nosotros, igual que su padre, el anterior patrón, una manera respetuosa y distante de tratarnos, como corresponde, claro está, a todo patrón; así debe ser. Sentí en ese momento que esa barrera se había disuelto, o él la había querido disolver con su manera de hablar, que se parecía mucho al tono que usaba mi padre cuando me quería decir algo que consideraba importante. Lo cierto es que me habló de algo raro, contó que había cosas que yo no conocía, y que no me convenía conocer, por el bien de nuestro deber en esta tierra, según dijo. Pero, por la situación desgraciada en la que me encontraba, él estaba en la obligación, no sólo como patrón sino que como hombre también, de hacerme saber algo. Era muy poco lo que me podía decir, solamente lo estrictamente necesario.

Habló de ciertas cosas que se guardaban en la tierra de los hombres, pocas quedaban y eran importantes. Libros las llamó, libros. Yo jamás pude ver ninguno. Al parecer, según contó el patrón, en estos libros se guardaban historias primordiales, sabiduría, dijo. Me gustó imaginarme esos libros como los cajones en donde guardamos la munición, pero no le conté la ocurrencia al patrón para no interrumpirlo. Me recitó a continuación algo que me pareció fantasía; según él, en uno de esos libros decía que hace mucho tiempo había algo que llamaban ciudá, que era un lugar donde vivían los hombres, pero muchos, más de los que pueden vivir en un puesto; todavía hoy viejo y listo para dejar esta tierra no puedo imaginar un lugar como ése. Y es más, al parecer había dos, uno de esos lugares se llamaba Somoda creo y el otro Gomonosequé, y en una vivía, esto lo recuerdo bien, un hombre al que llamaban Seth. Parece ser que a este Seth se le apareció un día una criatura que bajó del cielo y que no era ni hombre ni bestia, y le anunció que tenía que marcharse, pues estos sitios serían destruidos a causa del mal comportamiento de los hombres de la época. Como si de la orden de un patrón se tratase, el hombre obedeció, tomó su mula, su hembra y su arreo y, cuando marchaba, esta cosa venida de las estrellas le dijo que no podían mirar para atrás. Resulta que cuando llevaban un tiempo andando, a la mujer se le ocurre detenerse y mirar para atrás, justo lo que le habían prohibido. Y entonces quedó convertida en sal. Y ahí terminó el cuento.

Yo no sé si no entendí, siempre fui medio corto de alcances, o el patrón desvariaba a causa del cansancio, el calor y la guerra. La cuestión es que lo que había escuchado me dio gracia por dentro, a pesar de mi mama recién enterrada, pero no me salió ni un gesto. Menos mal que el patrón no se dio cuenta; hubiese sido una falta de respeto. Por toda respuesta, me quedé mirando mis alpargatas deshilachadas.

Fumamos otro cigarro en silencio; a lo lejos aparecieron dos cabras, venían despacio en dirección al corral, como cautelosas, desconfiando. El patrón dio las últimas chupadas al cigarro, tiró el pucho, lo aplastó con su bota de montar y se puso de pie; se marchaba. Antes de montar me miró desde el fondo de sus ojos cansados y me ordenó:

—Ahora descansá, si podés. Mañana empezás a poner en orden el puesto, el trabajo te va a ayudar a no pensar en cosas tristes.

Agarró las riendas y, con la misma mano, un manojo de crines y de un salto ágil estuvo sobre la montura. Espoleando a su potro agregó:

—Sé que no es bueno que estés solo, pero eso es algo que nadie más que yo puede arreglar. Voy a volver en poco tiempo, no bajés la guardia.

Se alejó seguido de su cortejo de animales. Me quedé solo, con mis perros, mi caballo y mi tristeza.

En los días que siguieron tuve poco tiempo para la congoja o la desesperación. El puesto había quedado patas para arriba después del combate, y desde el amanecer hasta el ocaso trabajé, duro y parejo, para poner en orden lo que las bestias del otro lado y el estrépito de la batalla habían desquiciado. Fue una faena dura y desagradable. La pestilencia me acompaño varios días; los caranchos, incansables glotones de carne muerta, sólo detenían su banquete de carroña cuando el sol caía, pero trabajaban desorganizadamente. A menudo se podía ver cómo cinco o seis peleaban por el mismo pedazo de tripa agusanada, como si no hubiese otra podredumbre alrededor. El olor a carne podrida se fue haciendo cada vez más espeso, hasta que tuvo la consistencia del barro, daba la sensación de que el tufo se podía tocar con las manos. La fetidez llamó a las moscas y a los tábanos que no se hicieron esperar, llegaron formando grandes nubes, y poco faltó para que taparan el sol. Tuve que dejar mi asco a un lado y juntar todos los restos de mono que pude, formé una gran pila, más alta que un hombre alto, la rocié con kerosén y la hice arder. Me hubiese gustado hacer lo mismo con los cuerpos, mucho más numerosos, que se pudrían del otro lado de la muralla, pero a los hombres nos está terminantemente prohibido poner un pie en la tierra de los monos. Y órdenes son órdenes, para eso están, para ser cumplidas.

El fuego malo de las bombas químicas duró varios días y se fue apagando de a poco; en los círculos de tierra quemada que quedaron no volvió a crecer, durante muchos años, ni un solo yuyo. Los monos, cuando volvieron a merodear, evitaban esos lugares como si les estuviese vedado pisarlos.

El áspero trabajo me ayudó a pasar esos primeros días en soledad. Trataba de estar la menor cantidad de tiempo posible en el puesto; cualquier cosa me hacía recordar a los que se habían ido: la cacerola que mi mama había moldeado con arcilla del arroyo y había cocido en el horno de barro, el machete y la cartuchera de mi padre, el mazo de naipes, que algunas noches nos convocaba para un tute o un mus.

Uno tras otro fueron pasando los días sin que me adecuara a la nueva situación, ni ganas de comer tenía, ni ganas de encender el fogón. A la noche embuchaba unas rodajas de chorizo y un poco de galleta, que acompañaba con unos mates mal cebados para ayudar a tragar. El sol empezó a salir más tarde y a ponerse más temprano, las noches se hicieron frías, el pasto amanecía cargado de rocío y mi humor de evocación.

Una tarde baqueteaba en la cocina el cañón del Máuser cuando de pronto, como a una legua, apareció la inconfundible figura del patrón con su eterno tropel; cuando estuvo más cerca vi que no llegaba solo. Encendí el fogón lo más rápido posible para poder recibirlo como se merecía, con un mate caliente. Bajé al patio del puesto con una curiosidad grande a cuestas, nunca antes había venido acompañado. La única vez que había visto llegar dos personas había sido cuando, siendo yo muy chico, su padre, el patrón de antes, había llegado con él para que lo conociésemos. En ese momento la sorpresa le ganó a la curiosidad y me quedé, en ese viejo patio de tierra apisonada, parado como una estaca esperando la pequeña caravana.

El patrón venía acompañado. Traía en ancas a una muchacha morena de ojos rasgados, delgada y de mi misma edad. Parecía mi mama cuando joven. Ayudó a desmontar a la chica, que quedó al lado del potro mirando el piso, y luego desmontó él.

—Ayudame con la carga de las mulas —dijo el patrón por todo saludo.

Sus perros y los míos se olisqueaban, curiosos o indagadores. Además de la muchacha, el patrón traía sal, harina, aceite, balas, fideos y unas pilchas para los fríos que ya andaba necesitando.

En cuanto descargamos, quise subir a la cocina para cebarle un mate pero me paró en seco.

—¡No tengo mucho tiempo! —me dijo con un tono que ordenaba quedarse—. He traído esta mujer para que sea tu compañera. La vas a querer, la vas a respetar y la vas a cuidar, y ella te corresponderá.

El patrón montó y se fue como había llegado, al trotecito.

Nunca había visto otra mujer que no fuera mi mama, ¡imagine mi aturdimiento! Y esta muchacha seguía parada ahí, mirando hacia abajo y abrazando una manta atada por las puntas. No sabía qué hacer ni qué decir. Sentía mi cuerpo dislocado, separado; el miedo me apretaba la boca del estómago y una algarabía, que me es imposible describir, me bailaba en la entrepierna.

Nos quedamos un rato largo parados uno frente a otro, en esa tarde que se hacía noche, hasta que no soporté ese silencio y me encaminé hacia la cocina. Ella me siguió y se sentó en un banquito con su muda entre las piernas.

Entré en mi pieza y saqué lo poco que tenía: zoquetes y calzoncillos sucios, una camisa harapienta, la manta y las sábanas con olor a tabaco, el treinta y ocho, la tabaquera y el papel de armar.

Cuando salí, ella se puso de pie. Me quedé en medio de la cocina tratando de esconder entre mis brazos mis pobres pertenencias, la muchacha entró en la pieza como si descontara que fuese suya, dejó su muda sobre el colchón desnudo y la desató, del revoltijo de cosas que traía, extrajo una bolsa de paño, muy parecida a la que tenía mi mama para guardar sus huesos pero esta era, es, de color verde. La alzó con sus dos manos hacía el techo mientras pronunciaba unas palabras que no entendí y luego la llevó hacia su pecho como en una reverencia.


Ilustración: Héctor Chinchayán (Perú)

Yo no sabía si salir corriendo o abalanzarme a tocar ese cuerpo deseado y temido. Ella volvió su cabeza y fue la primera vez que me miró de frente.

—¿No tenés nada que hacer? ¡Qué mirás lo que no te importa! —Fueron las primeras palabras que me dirigió.

Se acercó a la puerta de la pieza y la cerró de un golpe. No tenía más remedio que ir a dormir a la pieza que había sido de mis padres; tuve, a la fuerza, que abrirla por primera vez desde que mi mama se fue.

Al día siguiente me levanté antes del alba, monté a Cara Blanca y salí al campo seguido por los perros. Viéndolo desde la perspectiva que da el tiempo y la experiencia, en realidad lo que hice fue escaparme del puesto, por miedo; y no de la muchacha, sino de la situación. Anduve vagando por los pajonales y las lagunas hasta bien entrada la mañana; de vez en cuando armaba un cigarrillo que fumaba sin desmontar. La dureza de los acontecimientos que se habían sucedido en poco tiempo, y la sorpresa por la presencia de la recién llegada me habían dejado atolondrado, como perdido. No sabía qué pensar, mi cabeza se parecía a esos remolinos que se forman en el arroyo cuando hay crecidas, daba vueltas y más vueltas alrededor de un agujero profundo donde no había más que incertidumbre. Los temblores me recorrían el cuerpo, me había dejado ganar por un impulso que olía a recelo y peligro, pero, ¿de qué cosa desconfiaba, quién me amenazaba? Recordé que mi mama decía que cuando la angustia oprime el pecho lo mejor que se puede hacer es repetir muchas veces "Mi corazón esta lleno de confianza y fortaleza", que era lo mismo que llamar a Namumcurá para que nos proteja. Comencé a repetirme la frase a medida que entraba en un gran monte de álamos temblones, de a poco me fui calmando; desmonté y apoyé la espalda en uno de los árboles, el más viejo. El aire traía el perfume del campo, fresco, limpio. Una gran calma se apoderó de mi corazón exaltado y me llenó de paz y sosiego. Entonces se me ocurrió algo que me sorprendió, como si la idea no fuese mía, como si Namumcurá me la hubiese enviado para ayudarme en este trance. Fue sólo pensarla y montar de un salto para volver sobre mis pasos hacia la laguna que hacía poco había dejado. Anduve poco rato entre las totoras, hasta que cacé cuatro pichones, grandes, pechugones, y antes de volver al puesto arranque dos flores de junquillo.

Cuando llegué la muchacha trajinaba en la cocina; al verme entrar se detuvo a observarme. Me quedé parado juntando fuerza para decir lo que tenía que decir, y al fin me salió una voz, aguda y temblequeante como la de un carnero.

—Te... traje esto.

Y le alargué las flores blancas. Se acercó para tomarlas, pues me había quedado inmóvil; después fue a pararse frente al espejo cuarteado que cubre la puerta de una alacena y comenzó a arreglarse el cabello renegrido y brillante. Debe ser tan suave como la lana de un cordero recién nacido, pensé.

La muchacha se adornó el peinado con las flores y me miró sonriendo. Tenía los dientes más blancos que las nubes altas en el verano.

—¡Gracias! Me gustan mucho —dijo sin dejar de sonreír y acercándose lentamente.

Una ola de calor me nació entre las verijas, pasó como una tromba por mi pecho y me inflamó la cara. Cuando llegó frente a mí olí su olor a hembra, y no pude hacer nada más; ella me arrancó los pichones de las manos y se sentó a desplumarlos, a mí me costaba tragar saliva. Al rato me miró de cabo a rabo.

—¿Pensás quedarte todo el día ahí como un pavo? ¡Cómo si no hubiese nada para hacer! —me dijo ya sin sonrisa.

Su acicate me puso en movimiento, y no encontré mejor cosa que hacer que ponerme a amasar pan, que después cocí en el horno de barro. Al mediodía nos sentamos a la mesa para hacer nuestra primer comida juntos. Comimos con buen apetito, y en silencio, el pan caliente y el guiso de palomo, que estaba sabroso, pero no tanto como los que hacía mi mama.

Los días que siguieron fueron casi de rutina; hablábamos poco, lo necesario. En realidad la que hablaba era siempre ella, yo nunca encontraba tema, y en general siempre se dirigía a mí para preguntarme u ordenarme: "¿Dónde está tal cosa?" "Traé más leña, que se viene el frío". "Ordeñá la cabra que quiero hacer quesillo". "¿Viste algún mono?" La patrona, me gustaba llamarla para mis adentros.

En esa época salía a patrullar la muralla por la rutina que imponían las obligaciones, nada más; los monos no se acercaban y tampoco se los veía por el lado de sus madrigueras. Volvía al puesto al mediodía y la muchacha me esperaba con el almuerzo; cuando la tarde terminaba y la jornada de vigilancia también, me esperaba con mate recién hecho que tomábamos en silencio hasta la hora de la cena.

Una noche, el frío ya mordía con rabia, miraba el techo de la pieza repasando las tareas que me esperaban al día siguiente, el viento helado golpeaba las paredes del puesto como si quisiese derribarlo. El cabo de vela se iba terminando y el movimiento de la pequeña llama hacía bailotear las sombras en el techo y las paredes; de pronto, la puerta de la pieza comenzó a abrirse de a poco y apareció la muchacha. Envolvía su cuerpo desnudo con una pequeña manta que apenas la cubría hasta la cintura.

—Tengo frío —dijo estrechando los hombros mientras se arrebujaba. Se acercó despacio, y al llegar a mi lado dejó caer la manta que descubrió sus pechos duros y jóvenes—. Hacéme un lugar —me dijo, mientras se metía en la cama. Apretó su cuerpo tibio, suave y perfumado contra el mío, timorato e inexperto—. Abrazame... Tengo frío —me susurró al oído.

A partir de esa noche ya no dormimos separados. Ella me enseñó todo lo que un hombre tiene que saber para estar con una mujer, y no sólo entre las sabanas. Limó mis torpezas, atenuó mi carácter rudo y me hizo mañoso allí donde mi ignorancia me inhabilitaba. Me sorprendía, gozoso, la seguridad y experiencia que esta muchacha demostraba en realidades que yo ni imaginaba que existían. Una noche en que el cielo se desplomaba, convertido en agua, sobre la tierra, me enseñó a montarla como un potro a una yegua. Yo no cabía de contento en la pieza y al rato quise repetir. Cuando la vela se terminaba y nos preparábamos para dormir, se me ocurrió preguntarle, vaya uno a saber por qué, quién le había enseñado a ella esas cosas.

—El patrón, quién sino.

Lo dijo con el tono en que se dicen las cosas que son obvias. Esa noche no pude dormir.

Los fríos fueron apretando, hasta que aflojaron. La tierra de los monos estaba desierta, salvo por algún macho joven que se atrevía, a veces, hasta la muralla, por curiosidad o intrepidez. Me encargaba entonces de acabar, con un balazo, de esa primera y única excursión del desgraciado. Y salvo por esas visitas esporádicas, nada importante tuve que informarle al patrón durante los fríos.

En cuanto los días se hicieron más tibios y largos, aparecieron las golondrinas, bastante tarde ese año. La muchacha comenzó a acompañarme en las patrullas; montaba bien y aunque no era buena tiradora se esforzaba por mejorar su puntería y en acortar el tiempo entre disparo y disparo. Un mediodía que el sol calentaba ligero, llegamos hasta una laguna, nos quitamos la ropa y nos bañamos en esa agua fresca y quieta. Al ver su cuerpo desnudo contra la luz del sol, me pareció que estaba más gruesa y que sus pechos eran más grandes.

—Te vas a poner como una vaca si seguís comiendo tanto guiso —le dije mientras golpeaba el agua con mi mano y la salpicaba.

—¿No te das cuenta que estoy esperando un hijo... zonzo?

La sorpresa me duró un largo rato y, como me pasa en muchas ocasiones, me quedé sin saber qué decir.

Cuando volvíamos para el puesto, ella montaba a Cara Blanca y yo al Ñandú, un matungo viejo que había sido de mi padre; la miraba de reojo sin decidirme a hablar; la muchacha no se daba por aludida, miraba al frente y sonreía pícara.

Poco antes de llegar no aguanté y desembuché lo que me daba vueltas dentro.

—¿Y así de fácil es?

—¿Qué cosa? —respondió sin mirarme.

—Tener un hijo.

—¡Y cómo va a ser, sino! —dijo taqueando a la yegua que salió al galope.

Quise alcanzarla pero al llegar al puesto me había sacado dos cuerpos de ventaja. Me quedé con muchas dudas, pero no supe o no quise seguir indagando. A la muchacha no le gustaba sentirse inquirida, y a mí me costaba un ojo de la cara preguntar sobre cosas en las que no fui educado y que estaban más allá de cazar patos, matar monos o vigilar la muralla.

La única certidumbre que tenía era que iba a tener un hijo varón. Porque aquí, en esta tierra, sólo nacen hombres; las mujeres nacen vaya uno a saber dónde. La muchacha nunca quiso hablarme de eso, y la vez que, turbadamente, le pregunté algo, me respondió que no tenía tiempo para contarme cosas que no me importaban; estaba sentada tomando mate y me cosía una camisa. Después de eso ya no mencioné el tema y mi ignorancia sobre el asunto sigue siendo absoluta.

La muchacha parió cuando los calores se iban. Volvía al puesto un mediodía después de la patrulla de la mañana y la encontré en la pieza, en cuclillas, con las piernas bien abiertas; había puesto, debajo de ella y sobre el piso, unas mantas dobladas. Esa imagen me hizo acordar a una gorriona en el momento de poner un huevo en su nido; me quedé mirándola y queriendo ayudar sin saber de qué manera.

—¡Qué mirás! —dijo jadeando—. ¿Por qué no vas al techo a ver si ves un mono? —agregó, fiera.

La dejé con sus quehaceres, preparé unos mates y subí al techo. Estuve un tiempo que ni recuerdo mirando hacia la tierra de los monos; liaba el quinto o sexto pitillo cuando oí un berrido que nunca había escuchado. Supuse que era el de mi muchacho recién nacido y no me equivoqué. Bajé a la cocina y entré a la pieza, mi muchacha sostenía a mi hijo contra su pecho y me sonreía, me lo alcanzó diciendo:

—Tu cabrito.

Tomé ese chico entre mis brazos con una alegría inmensa. Tan chico era que podía caber entre mis manos; estaba cubierto de sangre y de una baba extraña, como la que cubre a los terneros cuando nacen.

A su tiempo le enseñé a mi muchacho todo lo que debe saber un hombre, como en su momento hizo mi padre conmigo. Montar, herrar, disparar, patrullar, trenzar tientos, defender la esquina, reparar monturas, domar potros, entrenar los perros, matar monos.

Mi muchacho ya es mozo y patrulla la muralla con celo y responsabilidad. Mi muchacha es vieja como yo, y aquella piel joven se le ha arrugado y sus manos que fueron suaves se le han encallecido por el trabajo duro y el tiempo que no perdona. El patrón, el de entonces, tuvo un final sin suerte. Por el tiempo de las sequías grandes hubo un intento de invasión en la esquina sudeste, la que cuida el Tuerto Salomón, y allá estaba el patrón patrullando la muralla una tarde; parecía que las bestias se habían retirado, cuando se asomó por uno de los ventanucos de la muralla sin ninguna precaución; estaría cansado y se confió. Parece ser que un Trompudo grande y ladino estaba agazapado a un costado del ventanuco y cuando el patrón asomó la cabeza el mico abrió sus fauces, que parece que eran grandes como la boca de un tonel, y le arrancó la cara de una sola dentellada. El pobre patrón agonizó hasta bien entrada la noche; entonces el Tuerto no tuvo más remedio que despenarlo con un tiro del treinta y ocho, para que dejara de sufrir. No había otra solución.

Por un lado estoy tranquilo; las cosas están como deben ser, mi muchacho es un hombre de buen carácter y será un digno puestero, como creo que es su padre y como fue su abuelo. Su mama es una mujer fuerte y sabe que cuando me vaya, poco le faltará para ocupar su lugar al lado de mi mama; no me preocupa, sabe desde que llegó que ese es el sitio que el destino le ha deparado.

Algo me da vueltas en la cabeza en estos últimos tiempos. Pienso en la historia que me contó el patrón, el de antes, la de ese tal Seth. Creo que cuando me lleven, en el primer y último viaje fuera del puesto, yo tampoco me detendré a mirar hacia atrás, pero no por temor a convertirme en sal; no me va a gustar que mi muchacho y su mama me vean llorar.

No sé en qué lugar terminaré ese viaje en ancas del caballo del patrón, tal vez me lleve hacia la Casa de mi Padre, y me encontraré con él, y podré decirle que he sido un buen hijo.



Daniel Mario Valdéz nació en Lanús, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 14 de diciembre de 1955. Estudió matemáticas en la Universidad de Buenos Aires, donde ha trabajado como docente. Estudió actuación en diversos talleres y trabajó en cine, teatro y televisión. Desde hace cinco años reside en Madrid, donde enseña matemáticas y, de vez en cuando, actúa. Ha publicado relatos de ficción en diversas revistas literarias tanto en soporte digital como en papel; tiene inéditos dos poemarios y una nouvelle noir.


Axxón 168 - noviembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: Argentina: Argentino).

            

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