NUEVE MIL CUATROCIENTOS NOVENTA Y CUATRO DÍAS

Vylar Kaftan

Estados Unidos

Inocente. Probado hoy. Después de nueve mil cuatrocientos noventa y cuatro días en el planeta Khrokh. Director lo dijo, parado frente a la enorme ventana. Mira las minas, donde mi gente hiere, perfora el enrojecido suelo buscando metales. El caliente sol se distingue a través de la bóveda translúcida; más allá está la atmósfera amarillenta y venenosa. Observo a mi gente abajo. Desde la oficina parecen puntos minúsculos, diseminados en el suelo. Es lo que soy, un punto nada más. Casi veintiséis años desde entonces. Aquí no miden el tiempo en años Khrokh, o en mis años, sino en años terrestres.

—No existen palabras que expresen la magnitud del error —dice Director, en tono formal. Deja unos papeles frente a mí—. Usted siempre fue un recluso de conducta intachable. Pero nunca debió estar aquí.

Dos días, pienso. Dos días se demoraron en decidir mi sentencia y ahora, ahora se dan cuenta de que no pertenezco aquí.

—¿Qué error se cometió? —pregunto con voz desigual. Mis alas se sacuden un poco y siento escozor. Estoy confundido. Hoy soy encontrado inocente. Miro mis garras, agrietadas por el trabajo de la mina. Mi garra izquierda está casi inutilizable.

—Bueno, aparentemente, el Juez no siempre acierta con la especie extranjera. El noventa y nueve por ciento del tiempo es infalible. Está programado para manejar los casos de la mayoría de las especies conocidas de la galaxia. Pero cada tanto...

Aclara su garganta. Toser en mi lengua es signo de coqueteo. Imaginé lo que sería emparejarme con Director, algo parecido a jugar con el alimento.

—Contigo se equivocó —dice.

Saber esto, tras revivir aquel día en que pusieron los instrumentos en mi cabeza, y me enteraron de que había asesinado una ciudad. Una ciudad de la que sé sólo en mis sueños inconscientes, pero que jamás vi. Como los niños humanos, que no son conscientes de lo que ven, así somos nosotros antes de despertar. Me dicen que maté seres humanos en mi mundo, que destruí una ciudad humana. Yo no entiendo mi crimen, pero aún así me retienen en Khrokh.

Con todo me sé inocente. Los humanos me toman, me interrogan. Miedo, cuando los instrumentos prueban mis memorias no-sólidas. Miedo, cuando me cuestionan. Los instrumentos dicen que soy culpable, y me envían a Khrokh, donde el sol quema y yo debo permanecer despierto cada día. Los días terrestres son el doble de largos que los míos. Nueve mil cuatrocientos noventa y cuatro días son mucho más para mí. Ahora soy viejo. Mi gente no vive más allá de treinta años terrestres, y la mayor parte de mis días ya se han ido.

—Soy inocente —digo otra vez, y rasguño el piso. Había dicho estas palabras antes y a ningún humano le importó.

—Sí, eres libre.

—¡Libre! —Recordé la palabra de mis sueños inconscientes. ¿Qué haces cuando eres libre?

—Sí. Desafortunadamente la lanzadera no estará aquí por un par de días; dejó la Tierra mucho tiempo después de que nos diéramos cuenta de lo que pasó. Lo siento mucho, pero usted tendrá que aguardar aquí dos días más. Sin embargo, ahora es libre. Puede caminar por el complejo todo lo que quiera. —Al decir esto mira mis piernas, un poco más agraciadas que las suyas—. Usted se ha comportado perfectamente durante su estancia aquí, lo mismo que toda su gente, por supuesto.

—No sé qué hacer. —Estoy desconcertado, perdido. Me siento como antes de ser despertado. Incertidumbre. Tal vez intenten culparme de nuevo...

—Bien, diviértase —dice enérgicamente. Si algo sé de Director es que cuando las emociones lo invaden, él intenta ocultarlas. Muchos humanos lo hacen. Esto es porque son carceleros. Lo miro y ladeo la cabeza. Él me observa y relaja el gesto—. De verdad lo siento mucho. Esto es muy injusto.

Injusto, esta palabra, palabra humana. No hay traducción para mí. Lo sé, por lo que ésta no tiene sentido. Lo más cercano a ella es "dhrianya no es siempre obvio" . Los humanos no ven la justicia en los acontecimientos, como lo hacemos nosotros. Si tus plumas se secan y se caen, es la dhrianya por los pecados cometidos en la juventud. Si tu cría nace ciega, es la dhrianya por ser un mal hijo. Traer balance. La gran alegría viene para aquellos que sufren más, y todo termina por equilibrarse.

—Injusto —repito, saboreando la palabra.

—Injusto —continúa él—, que usted haya pagado por un crimen que jamás cometió.

Dhrianya —digo.

—¿Qué quiere decir? —pregunta. El rojo sol se vierte a través de la ventana encendiendo la habitación.

—Algún día será obvio. —No sirve explicar a los humanos. Ellos no entienden.

Desvía la mirada. Se interesa en los papeles sobre el escritorio.

—Tome sus papeles. Esperamos disfrute estos dos días de su estancia en la encantadora prisión Khrokh. —Director me mira de nuevo. El tono de su voz cambia. Sé que los humanos cambian el sentido de las palabras con esto, pero aún no entiendo bien cómo—. Usted no puede estar diciendo que esto ha sido justo.

—Merecido.

—¿Cómo? —cierra de golpe el libro, y yo salto a un lado asustado. Director se pone de pie y camina hacia la luz roja de la ventana. Director piensa, habla, me mira—. ¿Cómo puede ser esto justo?

Extraño. ¿Cómo pueden ser los humanos tan violentos?

—Mire —dice—, puede creer lo que sea que lo haga sentir mejor, pero son estupideces, usted fue víctima de un cruel desatino y simplemente no es justo. Llevo más de treinta años en este empleo y este es el más ridículo, el más endemoniadamente descabellado error de justicia que jamás había visto. No es su culpa que el Juez se haya equivocado... por Dios, es una máquina hecha por el hombre finalmente... y no es su culpa el que lo haya sentenciado a veintiséis años de trabajos forzados. No es su culpa que la raza humana jodiera a la gente pájaro sólo porque les teníamos tanto miedo, desde hace tantos años. Ahora usted está muriendo, y su vida fue desperdiciada aquí, en la prisión. Todo por nada. Usted ha sufrido más de lo imaginable, y sin ninguna razón válida. Usted era inocente y aún así tuvo que pasar por esto. ¿Por qué no está enojado? ¿Por qué no está furioso?

Finalmente comprendo lo que me quiere decir.

—El equilibrio vendrá —digo. Pero las palabras de Director encuentran sentido en mi mente. Dhrianya me compensará, me traerá alegría. Pero no logro imaginar qué alegría podrá equilibrar nueve mil cuatrocientos noventa y cuatro días de sufrimiento y dolor, sofocándome bajo el sol del ardiente Khrokh. Es difícil precisar cómo dhrianya planteará mi futuro, o ¿es que este dhrianya ha sido por los pecados del pasado? Pero mi vida apenas comenzaba en ese entonces, apenas despertaba a la consciencia, hace veintiséis años, y no puedo recordar nada antes de eso, ¿cómo pude cometer tantos pecados para que este castigo cumpliera con el equilibrio? ¿De qué forma la alegría que vendrá por este sufrimiento podrá compensarme en el futuro?

Director se detiene frente a mí. Exhala profundamente.

—Me alegra que piense que las cosas mejorarán allá afuera. Le ayudará a superar esto. Vaya. Vaya y disfrute de su libertad.

Salgo al vestíbulo blanco. Los guardias me escanean, mi código ha cambiado. Ahora permanecen de pie a un lado y cabecean. No más golpes, no más piernas sujetadas. Estoy consternado. Esto es la libertad. Caminar solo. Seguro dhrianya sabe ahora que soy inocente, y por eso ellos me tratan bien. Pero entonces pienso que yo siempre fui inocente. ¿Por qué entonces no me tratan mejor? Mi mente se llena de confusión. Tengo que pensar. ¿A dónde ir? De regreso a las minas, a dormir en el nido, a caminar por nuevos lugares. Me detengo en el vestíbulo, intento decidir. Intento pensar. Pero no puedo hacerlo con claridad. Escucho un zumbido en mi cabeza; necesito azúcar.

Voy a comer. Dos pasillos en Khrokh: uno de ellos me lleva a una tienda abierta para mi gente, y está el otro pasillo. Nunca antes tomé rumbo hacia el corredor de los guardias. Ahora estoy en un lugar fresco donde Director y los demás carceleros comen. Me escanean, me reconocen, y me dejan entrar. Se escucha un susurro a mi alrededor. Acepto una bandeja repleta y bebo gloriosamente el azúcar. Ingiero todo lo que hay en el plato, y al terminar, me siento reestablecido, capaz de pensar con claridad. Y lo que pienso no me gusta.

La justicia es absoluta. Como la materia, jamás se destruye. A cada acción le corresponde una reacción, dicen los humanos. No entiendo cómo pueden ser tan ciegos a la aplicación de esta ley en todos sus sistemas. Si las acciones que me llevaron a esta sentencia crearon una reacción ¿dónde está la justicia para mí? Mis garras se desgastaron cavando la piedra en las minas, mi voz se ha secado por el viento seco provocando dolor en mis cuerdas vocales, y tras todo esto lo único que me dicen es que se cometió un error. Recuerdo claramente el miedo que tenía de la máquina, la preocupación de sentirme confuso cuando llevaba tan poco tiempo de haber sido despertado, y luego no recuerdo más que impresiones fugaces, el terror de que pudieran lastimar a una criatura poco desarrollada como yo. La máquina dice que he destruido una ciudad humana. También me dice que lo mismo hice con otros que estaban en mi nido, que eran mayores que yo. Yo no lo recuerdo bien pero si la maquina lo dice entonces debe ser cierto. Es como dhrianya. Y es por esto que estoy en Khrokh.

He sufrido tanto y ¿para qué? ¿Cómo es que sé que yo merecía esto?

Un carcelero grande se sienta a mi lado, come y se va. Cabeceo. Muchos humanos me miran, susurrando. Continúo bebiendo. Otro se sienta y dice:

—Oiga, escuché lo que pasó. ¡Vaya que lo jodieron! ¿Qué tipo de compensación está exigiendo?

—¿Compensación? —Paladeo esta palabra también. Es la palabra que los humanos usan cuando buscan el equilibrio. Una forma de forzar dhrianya. Me vuelvo hacia el humano, su uniforme es rojo, rojo como el planeta Khrokh.

—Sí, una compensación por todo lo que ha sufrido. ¿Qué tipo de compensación está exigiendo? A la Liga Interplanetaria le va a encantar su caso, podría hacer trillones. ¿Cuánto está exigiendo?

Trillones de qué, me pregunto. Pero no lo hago en voz alta.

—No necesito. No he pedido nada.

Él se queda sorprendido, con la boca abierta. Deja caer la cuchara en la sopa.

—¿Qué? ¿Está loco?

—¿Yo? —La piel me pica donde perdí mis plumas, infección contraída hace tres años. El sol de Khrokh es duro. Muchas de mis cicatrices se escocen. Me rasco debajo del ala y contesto—: Explico. En toda acción hay justicia. Me encarcelaron por casi veintiséis años. Pero ahora soy libre porque la verdad se descubrió. La justicia prevalece.

—Tú estás loco. Perdiste veintiséis años aquí y todo por un estúpido error. Explícame tú cómo puede haber justicia en eso.

—Tal vez no es aparente, pero existe. Siempre que una cosa mala pasa, algo malo pasa para quien la hizo.

Él recoge la cuchara de la sopa, y se sienta a mi lado.

—¿Como un martillo kármico gigante que aplasta a los malos? Qué ridículo. ¿De dónde sacaste semejante idea?

—Es la verdad. Contada por los viejos sabios. Parte del universo es. Ley de física.

—¡Las leyes de la física no aplican al comportamiento humano! ¡Ahora comprendo por qué fue tan fácil conquistarlos!

Reflexiono. Cuando firmamos los tratados los ancianos nos aseguraron que dhrianya se encargaría de balancear las atrocidades que hicieron los humanos. Eso fue hace mucho años, mucho tiempo antes de que yo despertara. ¿Cuánto tiempo le tomará a dhrianya...?

Dhrianya es absoluto. No puede ser alterado o negado.

—Ya no quedan muchos de ustedes, con toda la basura y contaminación que hemos arrojado en su planeta. La mayoría de los que quedan vivos viven aquí, en Khrokh.

—Es difícil entender dhrianya —confieso. Pero mi mente está hecha un revoltijo.

Él dice: —No existe eso del karma. A veces es una mierda y hay que aceptarlo. Yo soy el primero en admitir que los humanos somos violentos y crueles. Ustedes, la gente pájaro, han sido víctimas de horribles crímenes, pero eso es normal entre los humanos. Llevamos milenios viviendo así. Los ganadores escriben la historia y todo eso. Vamos, ¿alguna vez nos ha pasado algo realmente malo por todo el daño que le causamos a tu gente? ¿Cualquier cosa...?

Rabia silenciosa. —La justicia prevalecerá. Todo quedará en equilibrio. —Pero en mi interior pienso que muy lejos de ser tratados mejor, mi gente muere en mundos extraños, en zoológicos, en experimentos. Y eso pasa desde hace mucho tiempo, desde antes que yo despertara. Lo sé porque mi gente cuenta historias.

—Tarde o temprano encontraremos una excusa para exterminar a toda la gente pájaro. No me gusta decirlo. Pero así va a ser. Ya ha comenzado.

Me llena la cólera. —Se acabó la conversación —digo. Me retiro, dejando al guardia. Las torres afuera, el ardiente sol, camino hacia donde nunca había ido antes. Todos mis recuerdos sólidos están aquí en el planeta rojo. Todo antes de este momento parece un vago sueño.

Me siento y miro a los presos perforando en busca de mineral. Mi gente que se quema en el suelo hirviente, las garras que cavan la roca. Dijeron que nosotros éramos fuertes, y por eso nos dieron el trabajo más duro. No sé si esto es cierto, pero sé que si hice este trabajo por tanto tiempo, eso quiere decir que yo soy más fuerte.

Miro fijamente hacia arriba, donde está la cúpula pálida que resguarda a los humanos del remolino de atmósfera amarilla. Dentro de la bóveda los seres humanos están a salvo, pero mi gente no. Mi gente está muriendo. Cierto. Esto lo sé ahora. Mis recuerdos de la guerra son vagos, yo estaba inconsciente pero aún así sigo recordando. Mi gente se rinde. Algunos dicen que debimos haber hecho cosas muy malas para merecer lo que está pasando. Pero no puedo creerlo. ¿Cómo podríamos haber hecho cosas más malas que los humanos, que nos obligan a trabajar y a morir en Khrokh?


Ilustración: Sue Giacomán Vargas

¿Dónde está la justicia? ¿Dónde está la justicia después de nueve mil cuatrocientos noventa y cuatro días si mi gente muere por culpa de otra especie? Siempre me he esforzado en creer en la justicia, que dhrianya equilibrará la balanza. Esta es la verdad. Pero esto que me han dicho, ¿por qué...? Miro hacia las planicies hirvientes donde trabaja mi gente, junto con unos pocos humanos. Muchos han muerto en este planeta. Caliente, seco, sin esperanza.

Al atardecer dejo mi furia atrás. No tengo más años para vivir. Soy viejo. No veo de qué forma la justicia pueda resanar lo que me sucedió. ¿Cómo podría equilibrarse cualquier cosa? Para que esto fuera posible, algo grandioso y bueno tendría que sucederme. Tendría que ser más maravilloso de lo que creo posible.

No puedo dormir. Permanezco con la mirada fija en la pared, encogido en mi nido. Finalmente comprendo. Injusto significa incierto. Ya no estoy seguro de si algo bueno me espera, o si tal vez estoy condenado para siempre. No, nada bueno puede venir. No sé. Tengo miedo. Las cosas malas suceden sin razón.

En la mañana despierto y voy afuera. En el campo están los seres humanos, presionando a mi gente. ¡Injusto! Mi gente soporta las cargas más pesadas. ¡Injusto! Busco una respuesta en lo más profundo de mi rabia y no la encuentro. Contra la pared me dedico a observar. Deseo esclavizar a los humanos, y ponerlos a trabajar la roca.

Uno de los míos se detiene bajo el sol y arroja la carga a la tierra. La roca cae por todas partes. Al fin comprendo: este es el equilibrio. Ahora que sé lo que es injusto, puedo enfrentarme a los seres humanos. Que desde el principio saben que han sido injustos. Ahora puedo luchar contra ellos y volver la injusticia hacia ellos.

Me inclino contra la pared lleno de rabia. Mis garras destrozan la piedra. Una sección de la pared se agrieta y se escuchan gritos. Alarmas. Levanto la pared y la lanzo contra los humanos, que obligan a mi gente a trabajar. Los humanos gritan; no me importa. Destrozo a los humanos con mi garra sangrienta. Nos llamaban fuertes, pero no tenían idea. Hasta ahora estábamos ciegos, éramos tontos aunque fuertes. No sabíamos lo que significaba la injusticia hasta ahora. La injusticia me hace fuerte, el coraje corre por mis venas cientos de veces.

Entro en las minas destruyendo la entrada. Las rocas caen y muchos seres humanos quedan atrapados adentro. Mi gente me observa confusa, asustada. No han despertado aún. Yo les grito ¡injusto!, pero ellos no entienden y se limitan a mirarme en silencio.

Los guardias coléricos me apuntan, y disparan, pero matan a quienes están cerca de mí. Doy una voltereta en el aire, y agito mis alas. Ellos no saben que estas alas pueden volar porque nunca habían visto a mi gente con el coraje, pero tantos días en Khrokh y la energía de la injusticia me ha dado nueva fuerza. Me lanzo al techo de la bóveda, rápidamente, apuntando hacia la superficie. La bóveda jamás nos detuvo, ahora lo saben. Si nos quedamos tanto tiempo fue porque creíamos en dhrianya, en que ésta vendría a nosotros algún día. Ahora sé que dhrianya requiere de acción para causar una reacción. Y yo haré mi propio dhrianya. Rompo la bóveda y los fragmentos vuelan detrás de mí.

Escapo hacia la atmósfera amarilla, que es mortal para los humanos, pero segura para nosotros. Perforo la bóveda una y otra vez, como si ésta fuese esa parte de mí que murió cuando supe lo que era la injusticia. Un rayo de luz, un disparo, cercena mi ala y la arroja fuera de la bóveda, y caigo, caigo hasta quedar encima del domo. Comienzo a sangrar, rojo sobre la superficie clara, en un camino de sangre que mancha el suelo de la mina. Mientras las alarmas suenan observo tranquilo a los seres humanos que mueren.

Injusto es vacío. Estoy lleno de confusión. Injusto se siente como tristeza. Aquí estoy, mirando a mi gente, moviéndose de un lado a otro sin saber qué hacer. Alrededor de mí está la atmósfera amarilla hecha un remolino, debajo los cuerpos de los humanos mentirosos. Y entonces recuerdo los sueños de la ciudad que dicen que asesiné. Debajo de mí está la destrucción, las paredes rasgadas, los cuerpos. Tal vez esos sueños eran el futuro, el presente que ahora estoy viendo. Y mientras me desangro, solo, al fin comprendo.

Estos nueve mil cuatrocientos noventa y cuatro días, eran para mí. La pena me invade, junto con el sonido agudo de la rabia. La sangre corre por la bóveda agujerada. Resbalo y caigo donde la tierra recibe mi muerte.

Ahí está mi dhrianya ... y la sentencia que cumplí, era por un crimen que aún no había cometido.


Título original: "Nine Thousand Four Hundred Ninety-Four Days" - Abyss & Apex, 2006
Traducción del inglés: Sue Giacomán Vargas


Vylar Kaftan es norteamericana; se graduó en el West Clarion y vive en el norte de California. Sus trabajos han aparecido en Strange Horizons, Abyss & Apex, ChiZine y Vestal Review. Le gustan los gatos, bailar, los juegos de tablero y las cosas rojas. Su website es http://www.vylarkaftan.net/.


Axxón 168 - noviembre de 2006
Cuento de autor anglosajón (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Criaturas no humanas: Estados Unidos: Estadounidense).

            

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