BRASA 2000

Roberto de Souza Causo

Brasil

El soldado Ezequiel Moreira observaba el drone argentino sobrevolar los escombros en vuelo errático, como una mosca sobre un monte de estiércol. El centro viejo de San Pablo había quedado reducido a esqueletos de rascacielos descarnados, con laberintos de ruinas sustituyendo las calles. Nubes espesas y azuladas planeaban a ras del suelo como resultado de la quema de toneladas de explosivos. Después del bombardeo de saturación hecho durante la mañana, enjambres de drones de exterminio despegaron de los vehículos argentinos, estacionados más allá de los cerros que cercaban la ciudad.

Desde donde estaba, Ezequiel podía abatir al drone que lo amenazaba con un disparo certero de 40 mm, pero el regulador electrónico de distancia de fuego estaba roto. El ajuste manual tal vez resultara, pero antes necesitaría accionar el telémetro láser... y el drone lo localizaría instantáneamente por la emisión. No iba arriesgarse. Ya había visto que algunos compañeros apuntaron sus fusiles una vez, y fueron cercados por tres o cuatro drone armados con cañones giratorios y smart rockets guiados por el propio láser de los fusiles.

—¿Cómo consiguieron los argentinos una mierda tan desgraciada como ésa? —había preguntado el sargento Mariano tras perder al tercer miembro de su escuadra.

—Es un modelo americano —dijo el cabo Tavares—. Pero dicen que el conjunto de sensores es japonés, traído de contrabando por el Paraguay. Salen cuatrocientos cincuenta dólares cada uno. Es por eso que tienen más de esa mierda que nosotros mosquitos por aquí. Lo venden a precio de banana.

La acción de los drones los había tomado por sorpresa. Miembros de un batallón de paracaidistas del interior de Minas Gerais, Ezequiel y sus compañeros habían saltado sobre los escombros de San Pablo para detener el avance de las tropas argentinas que, según la S-2, iban a invadir la ciudad después de los bombardeos. Pero lo que llegó en su lugar fueron los drones. La rabia inicial de saber que luchaban contra máquinas se había disipado rápidamente, ante la necesidad de sobrevivir a ellas.

El conflicto ya duraba ocho meses, después del puntapié inicial entre Posadas y São Borja, y nadie esperaba el uso de las armas-robots. Ni que los argentinos invadieran, aún después de las sucesivas traiciones brasileñas a los miembros del Mercosur. Todas las pretensiones de Brasil por liderar el continente quedaron en nada, y cobardemente el país se había unido al NAFTA II. Para los argentinos esa gota había desbordado la copa, al ver que se cerraban las puertas de entrada de sus productos al Brasil. A Ezequiel no le gustaba estar del lado canalla del conflicto, pero un soldado no elige bandos.

Después de una salva más de los lanza-cohetes, Ezequiel perdió el rastro de los otros. Aislado entre las ruinas, reconocía que las posibilidades de enfrentar con éxito la tecnología americana y japonesa eran escasas. Bajó el fusil. La única ventaja que tenía ante el drone exterminador era la aparente incapacidad del aparato para reconocer visualmente a un hombre inmóvil y disimulado entre los escombros, a aquella distancia. Pero Ezequiel podía, sin moverse, acompañar sus movimientos.

De pronto vio que el aparato arremetía. Venía en su dirección. Paralizado, Ezequiel apenas consiguió levantar el arma. Pero el disco aplastado del drone no apuntaba directamente hacia él. El blanco estaba a varios metros de su posición. Los sensores del arma-robot debían haber captado algún movimiento más delante.

Cuando el drone lo sobrevoló, silbando a poco más de cinco metros de altura, Ezequiel venció la parálisis, apuntó el fusil en un gesto instintivo y disparó una ráfaga de proyectiles de 6 mm recubiertos de acero. Antes de que la máquina pudiera redireccionar su curso y volverse hacia él, fue despedazada en el aire como si hubiera sido de cartón, con el giro del rotor central esparciendo fragmentos para todos lados. Por lo menos esas mierdas eran tan chapuceras que no presentaban nada en términos de blindaje.

Ezequiel se levantó y salió corriendo en la dirección que quizás estuviera su compañero, el hombre que había llamado la atención de los sensores del drone. No tenía tiempo que perder. En algunos minutos, en el mejor de los casos, el aire sobre su cabeza estaría repleto de nuevos aparatos.

—¿Quién está ahí? —gritó—. ¡Aquí el soldado dos-cero-cero-cero, Ezequiel, del Tercer Pelotón, Primera Compañía, Vigésimo Octavo Batallón!

Nadie respondió. Ezequiel se detuvo, contemplando a su alrededor el pavimento de una ancha avenida cuajada de deshechos, las manchas negras y brillosas de las esquirlas de los cohetes, a pesar de toda la porquería que la cubría. Un edificio alto había caído sobre su vecino, formando dos amontonamientos de hormigón, mármol polvoriento de las fachadas y retorcidas vigas de acero. El drone parecía estar rumbeando hacia ese punto cuando Ezequiel lo abatió.

Corriendo el riesgo de ser detectado, bajó el visor infrarrojo del casco y encendió el proyector. Inmediatamente los contornos coloridos de las emisiones de calor de un cuerpo humano surgieron de la oscuridad. Ezequiel desconectó a las apuradas el proyector IV y caminó hacia el punto en el que se había formado una caverna en medio a los restos del edificio.

—¡Eh! Yo sé que estás ahí adentro. Habla alguna cosa, y yo me guío por tu voz.

Pero encontrarlo fue pura suerte.

No era uno de sus compañeros.

El viejo caído delante de él estaba en harapos, las ropas desflecadas por efecto de las explosiones. Encendiendo la linterna embutida en el fusil, Ezequiel entendió por qué el viejo no atendía a sus llamados: un jarabe espeso de sangre se escurría de sus oídos. Hizo un gesto para que se levantara y viniera hasta la entrada, pero el hombre no se movió. Ezequiel se acuclilló delante de él. ¿Cómo era que el pobre desgraciado no había sido evacuado con el resto de la población de la ciudad? La mayor parte de los paulistas estaba ahora en la Bajada Santista. Allí disponían de un poco más de seguridad, especialmente después de que la flota argentina fuera destruida a la altura de Paraná, cerca de Guaraqueçaba, por lo que ya no podía seguir bombardeando el litoral.

El hombre apuntó sus propias piernas e hizo con la mano una señal negativa. Las piernas no parecían heridas o fracturadas, salvo por grandes desolladuras en las rodillas y muslos; se debía haber arrastrado hasta allí, moviéndose sólo con la fuerza de los brazos. Ezequiel le palpó las piernas cuidadosamente. El otro no reaccionó. Por lo menos no sentía dolor. Aún así, le aplicó una leve dosis de sedante, parte de su provisión individual. Los tímpanos rotos le debían doler...

Mientras Ezequiel lo atendía, el viejo no dijo nada.

Una explosión a sus espaldas lo empujó sobre el viejo. Un smart rocket había explotado en el interior del refugio formado por los escombros. Por fortuna había chocado contra un saliente en las paredes o en el techo. Mejor así, o habría explotado en la espalda de Ezequiel. Sin pensarlo, se levantó, dio algunos pasos en la dirección de la salida y disparó una granada de 40 mm que explotó en cualquier parte allá fuera. La explosión confundiría los sensores del drone por algunos segundos.

Ezequiel salió al aire libre, disparando una larga ráfaga contra el disco aplastado que planeaba apenas por encima de él. Los impactos hicieron que el aparato tambaleara, mientras su metralleta giratoria esparcía un denso chubasco de proyectiles de 5,56 mm por toda la vecindad.

El soldado dejó escapar un largo suspiro cuando el aparato descendió sobre los restos de la avenida. Reprimió el impulso de palpar el propio cuerpo a busca de orificios sangrantes. Su armadura corporal había absorbido las esquirlas del smart rocket y, milagrosamente, ningún proyectil lo había alcanzado.

Con un gemido tenso soltó de la espalda la andrajosa mochila y la cantimplora llena del cinturón; si necesitaba agua la encontraría en abundancia en las incontables cañerías rotas por los bombardeos.

Volvió hacia el interior de los escombros y gesticuló para que el viejo trepara a su espalda. El hombre tardó un instante en entender sus intenciones, pero enseguida cerró los miembros flacos sobre los hombros de Ezequiel. Sus piernas podían estar paralizadas por el choque, pero había una fuerza inesperada en su abrazo. Ezequiel enganchó la parte interna de su codo izquierdo en una de las piernas inertes del otro, y salieron.

Ahora no había ningún drone a la vista. Probablemente las desgraciadas máquinas de los argentinos tenían una central que las operaba por control remoto. No movilizarían aparatos contra un enemigo que ya había conseguido abatir a dos de ellos en muy poco tiempo. Tenía sentido, y una migaja de orgullo anidó en la mente asustada de Ezequiel.

La brújula-GPS de su fusil le decía donde estaba el oeste, la dirección en que se encontraba la base de operaciones de los paracaidistas. Dudaba que consiguieran llegar vivos hasta ella.


Ezequiel y su inesperada carga pasaron junto a un palomo caído, aún vivo pero batiendo las alas contra el asfalto descompasadamente, en agonía. El viejo comenzó a balbucear algo en voz ronca.

Ezequiel, cansado, tardó algún tiempo para registrar lo que decía.


¿Qué media-vida

pobre

inconsciente

muere en la batalla

subproducto que expira

sin marcar los escombros

del odio inmortal de los hombres?


"Pobre diablo. Desgraciado. Está en shock, concluyó".

Caminó con el viejo a la espalda otras tres cuadras antes de hacer la primera parada para descansar. Estaba sudado y sin aliento. Agua clorada borbollaba de un caño junto al suelo. Ezequiel dio de beber al viejo. Midió otra vez sus señales vitales, asegurándose de que estuviera estable. Vio también que tenía los ojos de un azul pálido, casi fundido con el rojo de las córneas inyectadas.

—¿Cómo se llama? —preguntó, intentando animarlo.

El viejo balbuceó:


Anónimo

Sólo un resto

anónimo entre restos

nombrados

de lo que un día fue paisaje

humano


Ezequiel no acompañaba bien su tartamudear. Si el viejo no estaba en shock, ciertamente padecía de desorientación. Ezequiel tenía medicamentos contra la conmoción y el frío mortal que venía con él, pero no parecía ser el caso. Tal vez el viejo ya fuera senil, antes aún del bombardeo...

—Anónimo, entonces —dijo, sonriendo—; hasta que el señor recuerde su nombre.

"Un viejo caduco, e incapaz de moverse solo..." ¿Por qué entonces se preocupaba por él?

Ezequiel se levantó lentamente y caminó hasta una pila de escombros cercana. Dentro de un par de horas anochecería. Aún estaba muy lejos de la base de operaciones.

Oyó otra vez el zumbido de un drone.

—¡No se mueva, viejo! —gritó.

Pero la única cosa que se movía en el civil eran los ojos azules.

El drone pasó por encima de ellos, en trayectoria rectilínea y a buena altura.

No estaba cazando. Iba reabastecerse o a cargar municiones. ¿Cuántos cartuchos cabían en una porquería de ésas? "No más de unos doscientos", calculó. Pero uno de doscientos bastaría para acabar con él.

A lo lejos aún se podía oír el matraquear de las armas de fuego rápido. La cacería continuaba, pero piadosamente lejos de ellos dos.

Volvió junto al viejo.

—Vamos para allá, entonces, Anónimo. Mejor poner el pie en la carretera, mientras los escupe-fuego aún están lejos de la gente.

Cuando anocheció, Ezequiel y su carga humana estaban cerca de lo que restaba de la avenida Dr. Arnaldo. Por allí el bombardeo había hecho menos estragos... excepto el hospital, molido por los explosivos. Ezequiel reprimió un principio de rabia contra los planificadores enemigos, que habían escogido un hospital como blanco. Él y el viejo estarían obligados a contornear el punto en que la avenida Paulista se encontraba con la Rebouças y la Dr. Arnaldo, porque nada quedaba del viaducto y de las calles vecinas. Pero Ezequiel estaba cansado y el viejo también. Podía sentir que el abrazo en torno a sus hombros ya no tenía la misma fuerza, y él tambaleaba jadeante. Hora de descansar.

Escogió una residencia de gruesas paredes de ladrillos, casi entero aún; sólo el revoque estaba perforado de esquirlas y las ventanas vaciadas. La entrada era un pasillo de unos cuatro metros de largo, que se abría a un gran salón. La puerta había sido destrozada. Tal vez por los saqueadores, antes de la evacuación final... Ezequiel colocó una granada-abanico, tipo Claymore, en la puerta de entrada. El viejo y él se acomodaron en el suelo lleno de astillas de vidrio contra la primera pared después del pasillo. Si no estuvieran luchando sólo con robots, habría hecho una búsqueda rápida, en todas las habitaciones de la vivienda. Pero no se tomó ese trabajo. Si hubiera robots por allí, las máquinas vendrían por ellos. Había agua en los caños de la casa, y Ezequiel dividió su ración con "Anónimo".

—¿Cuál es su nombre? —volvió a preguntar. Una vez más no obtuvo respuesta.

Decidió que, en cuanto brillara el sol, abandonaría al viejo, que sólo serviría para retrasar su marcha. Sin el viejo llegaría más rápido a la base de operaciones y desde ese lugar los paracaidistas enviarían un escuadrón para rescatarlo. Era la mejor solución para los dos.

Solitario.

¿Cuál es

por lo tanto

el destino del hombre?

Anonimato entre fragmentos

de un pasado barrido sin esperanza

de ser recordado

—tartamudeó el hombre.

No le prestó atención. El viejo se durmió casi enseguida. Ezequiel, por su parte, no planeaba dormir, a pesar del cansancio. Pensó en los eventos del día: el salto, los compañeros muertos entre las ruinas por las armas-robots. Después de separarse de su escuadra, los dos drones que había abatido. El encuentro con el viejo paralizado de la cabeza estropeada. "No salí tan mal librado", concluyó. Pero el orgullo se desvaneció rápidamente cuando pensó que los enemigos que había vencido eran sólo máquinas. ¿Era posible ser héroe, contra máquinas? ¿Recibiría medallas por destruir unos cinco mil dólares en equipamiento argentino?

¿Y qué objetivos militares había en la San Pablo destruida? Los paracaidistas eran cazados en un laberinto por minotauros metálicos, mientras los agresores permanecían incólumes del otro lado de la sierra. Había una ecología de la guerra, basada en la idea de que aún los que matan pueden morir. La batalla robotizada había destruido ese equilibrio, y amenazaba llevar el soldado de carne-y-hueso a la extinción.

¿Qué estaría haciendo ahora el sargento Mariano? ¿Estaría vivo, para empezar?

Mariano, Tavares y los otros parecían una memoria distante. Tanto como el enemigo. O la familia en Contagem, la novia y los amigos de infancia... La única presencia humana, palpable para la conciencia estresada de Ezequiel, era el viejo sin nombre. Y aun así, iba a dejarlo solo hasta que amaneciera.

Tenía que pensar en los objetivos militares, por más tenues que fueran. Regresar a su unidad. Mantenerse vivo. El viejo era un civil extraviado que había perdido la evacuación. Estaba más cerca de la muerte que de la vida, de cualquier manera, y Ezequiel era un recurso militar valioso, aún cuando pertenecía a una especie en extinción... Se aferró a la idea.

Perdió la lucha contra el sueño. Cuando despertó, asustado en medio de la noche, el viejo había desaparecido.

Ezequiel se quedó allí, reflexionando. Los movimientos del viejo podrían atraer a los drones. Aunque el soldado se quedara quieto en su rincón, sería alcanzado si el drone disparaba un cohete contra la casa. Pero si él se moviera, las oportunidades de ser atacado se duplicarían. Llamó al viejo, sintiéndose estúpido al oír su voz repitiendo el grito de "¡Anónimo!" por los pasillos y salas vacíos.

Finalmente, tomó el fusil y bajó el visor infrarrojo sobre los ojos.

Ignoró la escalera que llevaba hacia el piso superior. No podía imaginar al viejo arrastrándose escalones arriba con las piernas muertas.

La sala de estar era grande y distinguida, a pesar de las ventanas reventadas y el mobiliario astillado aquí y allá por las esquirlas. Una puerta contigua abierta de par en par conectaba la sala con la despensa, y una segunda, con la cocina. Manchas deformes y coloridas bailaban delante del visor infrarrojo. El viejo estaba allá. En la cocina.

—No va a encontrar nada ahí, Anónimo —dijo—. ¿Por qué no me dijo que tenía hambre? Aún tengo alguna cosa acá conmigo...

El viejo, acostado en el piso de ladrillos, no estaba solo. La cocina claramente había escapado de los efectos de las explosiones del exterior; estaba más limpia y libre de polvo. Por ese motivo el robot enfermero había escogido esa parte de la casa para realizar la operación quirúrgica que ejecutaba en este preciso momento. Era una camilla acordeonada sobre ocho rollos neumáticos de no más de quince centímetros de diámetro. De un lado de la camilla había unas horquillas que mantenían al paciente acostado. Del otro, estaban los instrumentos quirúrgicos y el módulo de interfaz con los cirujanos, que, a muchos kilómetros de allí, telecomandaban la operación. Ezequiel desconectó el visor de su casco; el robot enfermero tenía el campo quirúrgico abierto iluminado por un angosto haz de luz. Arriesgado pero necesario.

El paciente era un soldado brasileño, su abdomen abierto por una ráfaga de proyectiles. La débil iluminación apenas revelaba los contornos de su rostro.

Estaba inconsciente. Ezequiel observó al herido y al viejo Anónimo acostado a su lado. La camilla robot se había estacionado entre el gran lavabo de mármol y una mesa maciza, que dominaban el recinto. No entendía cómo había pasado junto a él y a la granada-abanico fija en la entrada. Ezequiel necesitó accionar el visor infrarrojo para entrever la puerta abierta en los fondos. Entonces desconectó el dispositivo y quedó sumido en la oscuridad.

Los brazos mecánicos se movieron, cerrando horquillas en los vasos sanguíneos, ajustando sueros IVs, separando el tejido roto por la penetración de los proyectiles para alcanzar los órganos heridos. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí? ¿Cuándo había sido rescatado de los escombros el soldado baleado? Ya no había evacuación médica —no desde que los cazas teleguiados argentinos habían establecido la superioridad aérea— y los robots enfermeros eran la única oportunidad de que los heridos tuvieran una sobrevida, hasta que pudiesen ser rescatados.

El sujeto debía ser un oficial, para merecer tanta atención.

Ezequiel recordó que la máquina telecomandada debía tener una cámara de video que los cirujanos usaban para operar. Y un GPS embutido. Alguien debía saber, siempre, dónde se encontraba. Si él agitara sus plaquetas de identificación delante de la cámara, sabrían que el soldado dos-cero-cero-cero también se refugiaba bajo el mismo techo. Tal vez mañana mandaran a alguien a rescatar al oficial, y Ezequiel y el viejo podrían retornar con ellos. Llegó a tirar de las plaquetas que estaban dentro del uniforme, pero vaciló. ¿Y si entorpecía la cirugía en un momento crucial?

Se quedó de pie, con el fusil en una de las manos, las láminas de metal de las plaquetas en la otra. El único ruido era el sonido imperceptible de los pequeños motores eléctricos del enfermero, moviendo sus articulaciones... y la respiración chirriante y entrecortada del viejo.

Vio cuando la sangre cesó de rebosar de las heridas del oficial, bajo los retazos de luz. Pensó que la hemorragia había sido detenida, pero cuando los brazos articulados recularon, entendió que el hombre estaba muerto.


Ahora la vida es sólo

memoria eléctrica,

en la mente de la máquina,

en cuanto el cuerpo se enfría

y se detiene


—dijo el viejo, poco después.

Ezequiel se volvió hacia él. Había momentos en que lo que el viejo hablaba casi tenía sentido. Pensó en preguntarle algo, pero recordó que nunca había tenido de él ni una respuesta. Se inclinó para recogerlo del piso de la cocina.

La explosión entró como un soplo canalizado por los límites del pasillo, amplificada por las habitaciones internas, y una vez más derrumbó a Ezequiel sobre el viejo.


Ilustración: Valeria Uccelli

Alguien —alguna cosa— intentaba entrar por la puerta del frente.

Ezequiel recuperó el equilibrio con dificultad, se arrodilló en el suelo con el fusil en ristre, y esperó. Se mantenía lo más inmóvil que podía, pero a su lado el robot enfermero —un aparato bastante caro y que necesitaba ser retirado de la línea de tiro— comenzó a rodar hacia los fondos. El aparato tenía delicados sensores que podían percibir el peligro.

—No se mueva o va a llamar la atención —dijo Ezequiel con la esperanza de que algún micrófono instalado en la máquina llevara su alerta hasta los hombres que la comandaban.

Pero no. O no había nada para captar su voz, o los operadores estaban más interesados en el aparato que en él.

Accionó el visor IV. Necesitaba que los ojos atisbaran en la oscuridad, ahora que el movimiento del enfermero atraería al enemigo hasta ellos. Junto a la puerta que conectaba la despensa con la cocina, una forma angulosa se materializó. Era un minúsculo rastreador que rodaba sobre silenciosas orugas de metal. Ezequiel vislumbró los restos del alambre que tanteaba precediendo sus movimientos —y que había detonado la granada, preservando la mayor parte del mecanismo—, y el caño de la ametralladora de alta capacidad de tiro que venía montada entre las orugas.

Las dos armas —la de Ezequiel y la del rastreador— abrieron fuego en el mismo instante.

Y así la vela se apaga.

Y tenía ella cien años

guardados en un baúl.

¿Ilumina el rumbo

del joven?

No, tonto.

Guarda

sólo

la sombra de lo que

iluminó.

El viejo suspiró y gimió un poco más. Y Ezequiel fue testigo de otra vida que se borraba silenciosamente, sin estertores, como al ser desconectada por un botón.


Ezequiel veló el cuerpo hasta el amanecer, y entonces dejó la vivienda. Consiguió llegar hasta las líneas brasileñas a tiempo para tomar un café. Había allí cuatro hombres del Tercer Pelotón de la Primera Compañía. Nadie tenía noticias de su escuadra. Se unió a ellos y los cinco fueron más tarde incorporados al Segundo Pelotón, que había sufrido menos bajas. El primer trabajo del pelotón recompuesto fue limpiar las calles de la ciudad de los rastreadores sembrados allí para liquidar a los heridos y emboscar a los incautos. Los drones ya habían sido retirados, y no hormigueaban más por el cielo de San Pablo. No pudo ver a Mariano o a Tavares.

Recién la semana siguiente vio por primera vez al enemigo en carne-y-hueso, del otro lado de la sierra. Los argentinos ya no tenían más máquinas detrás de las cuales esconderse. Pero Ezequiel no obtuvo gran satisfacción al ver los cuerpos desmembrados y exangües de los enemigos. Sólo el miedo de morir permanecía intacto.

Se acordó del viejo, entonces.

Había planeado dejarlo atrás, pero no había sido necesario. ¿Era mejor así? Tal vez hubiera cambiado de idea e intentado una vez más llevarlo consigo. Tal vez no. El viejo había dicho alguna cosa, sobre un baúl, una vela e iluminar su rumbo. ¿Qué quiso decir? Tal vez que sólo lo precedía en el destino más probable, morir en un rincón oscuro y abandonado, sin razón aparente, sin saber por qué o por quién, manos invisibles actuando por detrás de intenciones mortales.

San Pablo recién liberada era una galería de escombros. Aquí y allí los restos de los soldados-robots y de las máquinas de guerra refulgían al sol con un brillo muerto. Esqueletos y carcasas que Ezequiel contemplaba sin entender, sin sentir por ellas nada más que una leve curiosidad sobre su funcionamiento. Lo mismo sentiría ante una tostadora o un horno a microondas. Consiguió la unidad de comando de un rastreador idéntico al que había intentado matarlo en la casa, y que le había quitado la vida al viejo que él había intentado rescatar de los restos de la ciudad. Miró hacia la caja de metal y la sopesó en la mano por algún tiempo, antes de tirarla por encima del hombro. Fue más rápido que la máquina, por una fracción de segundo. Pero la porquería no serviría ni como un buen trofeo. Era sólo un pedazo de chatarra.



Roberto de Souza Causo es un importante autor, editor y ensayista brasileño que vive en Sao Paulo. Ha publicado A Dança das Sombras (cuentos, 1999) y Terra Verde (novela, 2000). También ha publicado relatos en Argentina, Canadá, China, Finlandia, Francia, Grecia, Portugal, Chekia y Rusia. Desde 1989 es corresponsal brasileño de la publicación norteamericana Locus. Colaboró con el Jornal de Letras, Jornal da Tarde, Gazetta Mercantil y D. O. Leitura, y con las revistas Ciência Hoje (de la SBPC), Crop y Magma (ambas de la FFLCH/USP), Cult, Dragão Brasil, Isaac Asimov Magazine y Palavra. Sus ensayos y artículos han aparecido en los Estados Unidos en revistas de estudios de ciencia ficción como Extrapolation y Science Fiction Studies. Organizó las antologias Dinossauria Tropicalia (São Paulo, 1995) y Estranhos Contatos (São Paulo, 1999) y fue el editor de literatura de la revista Quark. En 2003 la Editora da Universidade Federal de Minas Gerais le publicó Ficção Científica, Fantasia e Horror no Brasil: 1875 a 1950, un estudio histórico y comparativo. Actualmente es columnista de Terra Magazine Brasil y sus cuentos aparecen en revistas, fanzines y e-zines.


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Conflictos Bélicos: Brasil: Brasileño).

            

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