ROBOPSIQUIATRA 10.203.911

Ricardo Germán Giorno

Argentina

—¿Sí? —preguntó la secretaria del señor Julius Vernon, sin dejar de mirar su Generador vectorial Holográfico.

—Tengo cita con el señor Vernon —escuchó decir a una voz suave y bien modulada.

—¿Cuál es su gracia?

—Psico 10.203.911.

La secretaria levantó por fin la vista del GvH y la clavó en la recién llegada. Era verdad, ya tenían apariencia humana. Si la veía por la calle seguro la confundiría con una estudiante. Una muy bella.

¿A dónde irá a parar todo esto?

Se aclaró la voz cuando la figura del señor Vernon se corporizó en el GvH.

—Señor —le dijo a la figura de su jefe—, llegó la... la visita que usted aguardaba.

El jefe del Emporio sonrió:

—Que pase.

La secretaria, acalorada, se levantó, dejó pasar a la visitante, y le abrió la puerta del despacho. Se sentía estúpida: ¿Por qué estoy haciendo esto? Maldita costumbre.

Una vez en el despacho, Psico se quedó parado frente al escritorio.

—Tome asiento, por favor —le dijo Vernon.

—Nosotros no necesitamos de los convencionalismos que...

—Mire —lo interrumpió el jefe, molesto—, no me rompa las pelotas y siéntese. Y no empiece con las estupideces nosotros-ustedes. Es diez millones y pico, ¿cierto? Puedo elegir otro y lo sabe. ¿Cierto?

Psico tomó debida cuenta de que el humano dijo "otro" en lugar de asociar su figura y decir "otra", tal como había hecho la secretaria. Supo que iba a ser un caso difícil. Su tricorder aullaba, pero lo apagó para que no entorpeciera durante la entrevista.

—Usted dirá —dijo, mientras se sentaba.

—El Emporio perdió toda comunicación con el refugio Atlántica VII.

Psico cerró los ojos: Atlántica VII, correcto. "Proyecto Terraformación y Parque Temático" .

—Eligieron ir al planeta que bautizaron Atlántica VII —dijo, mirando fijo a Vernon—, porque es parecido a la Tierra. Armaron una colonia con pocos humanos y muchos robots. Creo que los humanos fueron en dos tandas separadas por ciento veinte años. Desconozco qué pasó con la primera. ¿Terminó la terraformación?

—Casi. —Vernon jugueteaba con un cubo de información—. El Emporio ya debería comenzar con el Parque Temático. Será un negocio sin precedentes, más para los colonos que para el Emporio. Aunque pienso que es justo. —Miró con intensidad a Psico, mientras apretaba el cubo en el puño—. Como le decía, hay un "problema" con las comunicaciones. Ya no estamos recibiendo nada de Atlántica VII. Su misión será llegar hasta allí. —Por fin, Vernon introdujo el infocubo en el GvH, que enseguida mostró el holograma de una construcción que se levantaba en medio de un bosque de cipreses—. Irá solo.

—¿Por qué yo? ¿No es mejor un equipo bien entrenado de humanos? Sólo soy un psicólogo de robots.

—Las últimas comunicaciones que la colonia mantuvo con nosotros fueron sólo audio y se negaron a hablar con humanos. —Hizo una pausa—. No sé con qué nos vamos a encontrar. Usted mismo dijo que en el refugio había pocos humanos y muchos robots. No quiero arriesgarme. Además, mandar gente es demasiado costoso. Usted no se alimenta ni respira. Aunque se perfuma muy bien, ¿cierto? —Le sonrió por primera vez—. Ni siquiera vamos a necesitar una nave con cerebro. —Vernon se sentó en el borde de la silla, apoyando los codos en el escritorio—. Usaremos el suyo.


El cerebro de Psico fue removido e insertado directamente en la nave. Previendo cualquier contratiempo, su cuerpo se resguardó en la cámara de gel.


La nave descendió a varios kilómetros del refugio. Una vez que cuerpo y cerebro se unieron, Psico se configuró en modalidad ciborg. ¿Por qué hacía eso? Pensó que para no detenerse en nada que no fuese la misión: sin la plasticarne encima no "percibía" el mundo tal como lo hacían los humanos y se volvía más eficiente. Esa idea lo tranquilizó. Dejó a resguardo la plasticarne que le daba forma de mujer y bajó de la nave. La terraformación no iba bien. Un hongo traído de la Tierra había mutado y los humanos eran sensibles a él. No comprendió cómo había pasado, de qué modo, a pesar de los recaudos tomados, ese hongo había viajado sin que lo detectaran.

A quinientos metros del refugio, una descarga de plasma pasó por sobre su cabeza. Probó todas las frecuencias buscando señales digitales, pero las líneas parecían muertas. Sin embargo...

—Identifíquese —escuchó de pronto por frecuencia modulada. Le pareció extraño que usaran una señal tan anticuada.

—Psico 10.203.911.

—Miente.

Psico desacopló su brazo y lo levantó para que lo vieran.

—Está bien —la voz se quebró—, no es humano. ¿Vino... vino a rescatarnos?

—Me mandaron a ver qué pasó.

—Lo dejaremos entrar, pero va a ser difícil esquivar a los otros. Trataremos de ayudarlo. Prepárese a recibir los planos de la base.

Encontró abierto el portal exterior; aunque el refugio tenía otro en el interior, le resultó extraño que el primero no estuviese cerrado. Pronto fue rociado con detergentes especiales y bombardeado con radiaciones.

Una vez adentro, desplegó el plano holográfico que le había proporcionado la voz. Oyó ruidos acercándose: apuró el paso. Por fin se abrió una puerta presurizada.

Luego de ser rociado e irradiado nuevamente, tres humanos, los más viejos que hubiese visto, lo rodearon. Se ayudaban con prótesis robóticas para caminar. Si eran los primeros técnicos, no supo cómo habían sobrevivido tanto tiempo.

Cerró los ojos: quizá las píldoras de longevidad sí existen. Tomó rápidas lecturas del recinto.

—Lo mandó el Emporio, ¿no? —dijo uno de ellos, con voz cascada.

Al escuchar la palabra "Emporio", una automática salió de su pecho, la tomó y les disparó a los viejos. Dejó caer la pistola. ¿Por qué había hecho esto? Un robopsicólogo no mataba humanos. Sintió que la matriz le chisporroteaba a punto de fundirse.

Escuchó que golpeaban la puerta con fuerza, como si quisieran forzarla. Tomó de nuevo el arma y se dirigió al panel de la puerta. Pulsó abrir. Los que vio habían sido humanos alguna vez.

Agolpados junto a la puerta había una multitud de criaturas: extremidades metálicas, cuerpos de polímeros, cerebros dentro de recipientes traslúcidos. Levantó la automática y terminó con ellos.

Cerró los ojos: Inconcebible.

Buscó la GvH del refugio. Le insertó el infocubo que le había dado Vernon.

—¿Todo listo, Psico 10.203.911? —dijo Vernon, y Psico se dio cuenta de que el jefe estaba de buen humor.

—No, señor, no sé bien qué pasó. Maté a todos con un arma que...

—Suficiente. Usted no sufrió daño, ¿cierto?

—No, señor, pero...

Una descarga alcanzó a Psico, que cayó inconsciente.


—Espero que pueda repararse —dijo el más joven de los dos hombres, enfundado en un traje presurizado.

—No está dañado —contestó el otro, vestido igual, mientras ayudaba al primero a subir a Psico a un flotador. Parecía que estaba al mando—. Cuando le pusimos su cerebro a la nave, preparamos el cuerpo, entre otras cosas, para que desconectara las funciones conscientes ante cierto tipo de descarga.

—Sí, ya sé, y ahora hay que devolverlo a la nave y borrarle el día. Aunque estuve pensando en ello. Tarde o temprano se dará cuenta. No enseguida, pero una noche mirará las estrellas y constatará que los astros no están alineados según los días que pasaron desde el formateo de su cerebro.

—Tienes razón. ¡Eres un genio! Quizá debamos darle ese día, pero totalmente cambiado.

—También estuve pensando otra cosa. ¿Por qué no hicimos nosotros el trabajo? Podríamos haber despachado sin problemas a todos esos locos.

El más viejo entornó los ojos y chasqueó los labios.

—No conoces bien a Vernon. No le gusta desperdiciar el dinero. Primero tendrían que haber mandado una sonda para investigar qué estaba sucediendo. Luego enviar un equipo especial de asalto. Los colonos se habían vuelto tan paranoicos que no hubiesen aceptado el contacto humano. En el ataque hubiese habido bajas. No es bueno para el Emporio que los empleados o contratados mueran.

—Voy entendiendo —dijo el joven—. Fue como una jugada de ajedrez.

—Exacto. Al jefe le gusta mucho el ajedrez.


La nave descendió a varios kilómetros del refugio. Psico no pudo estar completo hasta pasado un día. El día falso que le habían programado.

Antes de salir de la nave, lidió con protocolos de activación y estudió las lecturas que había hecho la nave. La terraformación no iba bien. Un hongo traído de la Tierra había mutado y los humanos eran sensibles a él. No comprendió cómo había pasado, de qué modo, a pesar de los recaudos tomados, ese hongo había viajado sin que lo detectaran.

A quinientos metros del refugio, vio el portal exterior abierto: le resultó extraño.

Procedió manualmente con la desinfección y el cierre del portal. Insertó el cubo que le había dado Vernon: el portal interior se abrió. Retiró el cubo y entró.

Descubrió un cuadro de decadencia, destrucción y muerte. Se dio cuenta de que había llegado tan sólo un día tarde. Quizá hubiese podido salvar a los humanos, pero la decadencia había comenzado desde mucho antes. ¿Dónde estaban los robots? No era lógico que ninguno funcionara. Pero él era un robopsiquiatra, no poseía los medios para una investigación policial. Tendría que informar de inmediato.

Volvió a usar el cubo, esta vez para insertarlo en el GvH del refugio.

—¿Alguna novedad? —dijo Vernon, serio y concentrado.

—Hubo una matanza, señor. Llegué veinticuatro horas tarde... No sé qué hacer.

—¿Tiene espacio para almacenar conocimiento?

—Sí, señor.

—Bien, conéctese.

Psico permaneció inmutable mientras los nuevos conocimientos se acoplaban a las funciones directrices.

La orden de Vernon era que él debía encargarse de terminar la terraformación. Le prohibió que investigara las muertes ocurridas tan sólo un día atrás; cosa que desacomodó su matriz, pero se limitó a cumplir con las premisas y a sincronizarla nuevamente.


El reensamblaje de los robots, "descuartizados" por alguna oscura razón de la colonia, iba bien; pero una vez vueltos a armar necesitaban de toda la ayuda que un psicorobot pudiera brindarles. Nunca había lidiado con casos semejantes. Los robots, en perfectas condiciones mecánicas, electrónicas y de programación, sufrían distracciones de microsegundos. Entonces pensó en la parte nanodigital. Lo que descubrió le hizo rebalsar el plasma hasta casi quemarle las terminales gustativas: los robots estaban enfermos. Debía buscar ayuda urgente.

Colocó el cubo en el GvH. Se dio cuenta de que Vernon lo miró con desagrado.

—Disculpe, señor —dijo Psico—, pero me topé con algo inesperado. Hay graves problemas para que los robots cooperen y regresen al trabajo. Y una vez en el trabajo sufren percances que los desconectan por microsegundos. No tengo conocimiento de que haya sucedido con anterioridad, pero ahora es como si tuviesen lo que los humanos llaman "epilepsia", y eso es imposible para un robot.

—No se haga problema —dijo Vernon, después de mirarlo durante un rato—, si no está capacitado para hacer el trabajo para el que fue ensamblado, sólo tiene que firmar la renuncia.

Psico sabía que eso era firmar su propio desguace. Estaba atrapado. Le hubiese hecho caso al impulso de su tricorder, allá, en esa primera entrevista en la oficina de Vernon.

—No, señor —contestó, sabiendo que debería evitar a toda costa renunciar—. Voy a hacer mi trabajo, pero tardaré más tiempo. Eso es todo.

Vernon se levantó y encaró la holocámara, hasta que sólo fueron visibles los ojos, nariz y boca.

—¿Qué es eso de más tiempo? —chilló—. ¡Sólo lo estipulado por el contrato más menos el diez por ciento!

—No, señor. En el contrato aparecen cláusulas de excepciones. Puede enviar un equipo a estudiar los acontecimientos. Aguardaré.

Vernon se sentó, sonriendo.

—Usted es un robot astuto, ¿cierto? Sabe que no me conviene enviar humanos allí, ¿cierto? Además, calculó de antemano el costo de lo que me está pidiendo. —Se arrellanó en el sillón y juntó las palmas, apoyando el mentón en la punta de los dedos—. Sabía que al final le daría más tiempo. Muy astuto.

—La astucia es una cualidad humana, señor Vernon.

—Sí, bueno, no estamos para filosofías nosotros-ustedes, ¿cierto? Cumpla con el contrato y manténgame informado. —Sin dejar que el otro contestara, cortó la comunicación.

Psico quedó a solas. Cerró los ojos: robot principal Terraformador. Último subsuelo. Sí, por allí empezaré.

Mientras iba en camino, la energía del complejo fluctuó varias veces, tal como lo había hecho desde que la había realineado. Era imposible que eso sucediese; el tricorder enviaba ondas que le pulsaban en la base del cerebro obligándolo a mantener una constante vigilancia en el problema. Pero según la lógica era imposible que la energía fluctuara.

Se colocó el traje especial antes de ingresar a la sala del terraformador. En el medio se elevaba la columna de almacenaje en forma de espiral, cuyos anillos se achicaban al acercarse al cerebro. Hacia allí debía ir.

Aunque el traje no dejaría que sus formas humanas fuesen vistas por el terraformador, Psico supuso que al insertar los protocolos, tendría suficiente empatía con el robot mostrándole un rostro de mujer joven que desea conversar. Las leyes fundamentales son las primeras en marcarse dentro de la matriz base y con la figura de una humana joven, atractiva y perfumada, Psico había logrado avances inesperados con otros robots.

—Alerta de acercamiento no autorizado —se escuchó una voz de modulación perfecta—. Levantando escudo de energía. —Psico introdujo el cubo de Vernon en el tablero de control—. Bienvenido Robopsiquiatra 10.203.911, su acceso es ilimitado. Proceda. —Luego de poco tiempo se volvió a escuchar—. Anulando escudo de energía.

Psico subió por la espiral hasta situarse debajo del cerebro, justo el sitio donde Terraformador había elegido para revelar un rostro a los visitantes. Se tendió boca arriba en el suelo e introdujo los protocolos.

La cara brindada por el cerebro lo miró con ojos que a Psico le parecieron muertos. Un rostro andrógino, sin expresión.

—Un Robopsicólogo me visita. Y viene con carta blanca del propio Vernon. ¿Me estoy saliendo de fase?

—No —dijo Psico sonriendo afablemente.

—No sé por qué recibo su visita.

—Aguarde, estoy terminando de introducir los protocolos.

—Sí, muy bien.

—Listo. Pregunta base: según usted, ¿cómo marcha la terraformación?

—Sin contratiempos y en los plazos establecidos.

Psico volvió a sonreír, imitando esta vez la sonrisa de una joven que se encuentra a gusto con su interlocutor:

—Pero, ¿no tiene nada para decirme?

—No —dijo Terraformador luego de una pausa—. Sólo que hace dos años, tres meses, cuatro días, dieciséis horas, treinta y tres minutos que no me visita un humano.

—¿Eso no influye en su trabajo?

—No.

Psico notó otra pausa en la respuesta del otro. Vio que la parte de gel del cerebro se volvía más transparente, aunque no del todo. Remolinos oscuros fluctuaban sin control alrededor de una zona específica que se mantenía a oscuras.

—Cuénteme de su etapa de ensamblaje inicial.

Ahora el gel era translúcido. Psico pudo ver que los remolinos giraban en torno de una formación negra, semejante a un resorte. Debía llegar hasta allí.

—Extraño a la doctora —dijo Terraformador.

—¿Cuál de ellas? Especifique.

—La que me ensambló.

La sonrisa de psico se volvió más tierna, de complicidad. Si no hubiese tenido que usar el traje habría sido el momento del contacto físico; acariciaría o palmearía, según fuese la circunstancia. Daría la imagen de una jovencita encantada de estar en compañía de un robot y el reflejo de las primeras leyes harían el resto. Pero tenía que conformarse con lo que tenía.

—Disculpe, pero me resulta muy difícil hacerme a la idea de que una sola humana lo ensambló. Usted es único. Inigualable.

Los remolinos se hicieron más claros, tendiendo a detenerse. El resorte oscuro se movió un tanto, dejando ver que estaba apoyado entre el centro cognoscitivo y el acople de la realidad virtual con el exterior.

—Sí, ya sé —dijo Terraformador—. Ella me decía lo mismo aún antes de que yo lo pudiese comprender. No me ensambló ella sola, pero supervisaba incluso las áreas que no le competían.

—¿Cómo fue al principio su relación con la doctora?

—Ella me hablaba mucho. Me leía cuentos.

—¿Leía? ¿Cómo era eso? ¿No los cargaba en memoria?

—Sí, cargó mucho en memoria. Pero ella decía: "Que te cuenten los cuentos no es lo mismo que tenerlos cargados en memoria". Y tenía razón. Todavía vibro con las historias de Yo robot.

—Los humanos nos hacen esas cosas, lo comprendo. —Psico dejó caer algunas lágrimas, tal como lo haría una joven que siente empatía por el sufrimiento del otro—. Pero tuvo suerte. Mucha suerte. A mí nunca me leyeron nada.

El resorte estaba sujeto tan sólo por una punta en el centro cognoscitivo. Psico cerró los ojos: Un poco más.

—Una vez instalados en Atlántica VII ya no fue igual.

—Especifique.

—La doctora se volvió distante. Me hizo averiguar sobre las píldoras de longevidad, pero poco sé sobre eso. Luego llegó él.

—Disculpe, pero es muy vago lo que me está contando. ¿ÉL? ¿A quién se refiere? —Psico cambió la expresión por otra anhelante, de total interés por las palabras de su interlocutor.

—Él. Un técnico de Control Ambiental. Más joven que la doctora. Tenían comportamientos atípicos. A veces le pegaba y a ella le disgustaba. Otras veces la doctora disfrutaba mucho. Siempre sucedía cuando estaban sin ropas. Sí, la doctora disfrutaba mucho cuando el técnico le pegaba y los dos estaban sin ropas.

—Debe haber sido devastador para usted presenciar a un humano mantener un comportamiento disociado. Más si el humano fue nuestro ensamblador.

La pausa fue mayor que las anteriores.

—Sí. —Entonces, el resorte giró y se desprendió, quedando a la deriva. El centro cognoscitivo y la realidad se juntaron—. Retorno a la pregunta base: la terraformación marcha con atraso —La entonación había cambiado—. Los humanos fueron atacados por un hongo que les produce alucinaciones. Me salí de fase por dos años, cuatro meses, tres días, cinco horas, dieciséis minutos.

—Un momento por favor, retirando protocolos.

Psico se levantó. El resorte había perdido dureza pero no se disolvía. De los remolinos no quedaba rastro. Debería tener otra sesión con Terraformador para diluir definitivamente las trabas creadas por su tipo de ensamblaje y lo observado luego con la doctora. Supo que lo presenciado con la humana no había sido lo que había sacado de fase a Terraformador. No, sólo fue algo colateral. Había que buscar las causas del desfasaje en la ausencia de humanos.

Ya fuera del recinto se sacó el traje y marchó hacia la central humana. Desde allí los técnicos comandaban el proyecto y realizaban los cambios que luego Terraformador aceptaba o discutía. Fue donde se habían atrincherado los primeros técnicos. Los más viejos.

El plasma le fluctuó ante la inminencia de lo que iba a hacer. Al reemplazar a un humano, un robot "siente" que la matriz sufre una transformación que va más allá de lo mecánico y digital. Psico debía reemplazar a tres.


El sol se estaba poniendo cuando recibió la noticia. Terraformador le informaba que el trabajo había llegado a su fin. Psico cerró los ojos: seis meses, veintidós días después del plazo estipulado en el primer contrato. En total seis años.

Verificó los plazos de extensión en el segundo contrato y constató que podría haberse tomado casi diez años más.

Salió de la central humana y se dirigió al GvH. Insertó el cubo.

—Señor Vernon, la terraformación está concluida.

El jefe no respondió, sólo lo miró de una manera que Psico no pudo descifrar.

Una descarga alcanzó a Psico, que cayó en la inconciencia.


Los dos hombres llevaban a Psico de vuelta a la nave.

—Deberían prohibir que lleven semejante apariencia —dijo el más joven—. Ya quisiera yo que me despierte todas las mañanas con el desayuno.

—Créeme que sólo al principio lo disfrutas. Luego se te hace que todos los días comes fideos crudos y los bajas con agua tibia. La vida pierde todo sabor.

—Se ve que te ha pasado.

—Por desgracia sí.

Entraron en la nave y separaron el cerebro del cuerpo, al que guardaron en la cámara de gel. El cerebro se volvió a acoplar a la nave.

—¿Tienes el cubo preparado?

—Sí, ya lo estoy cargando en la nave. Oye, se me está ocurriendo algo.

—Dime.

—El ciborg estuvo trabajando seis años con este cuerpo. Cuando se reúna con el cerebro notará cierto tipo de desgaste que no pudo haber tenido en el gel cinético.

—No pusimos el cuerpo en gel cinético, sólo lo parece. Es regenerativo. Quedará como un error humano cuando prepararon la nave. No podrá determinar nada porque el gel regenerativo actúa siempre diferente.

—Bueno, listo, el cubo ya cargó. Debemos irnos.

—Limpia nuestra presencia.

—¿Te crees que soy estúpido? Mira, tengo tantas ganas como tú de dejar esa cueva en que nos recluimos durante los últimos seis años.



Ilustración: Kristel Regina Stitz

Mientras sobrevolaba la zona, Psico había descubierto un cráter de origen atómico en el lugar donde debería estar el refugio. Descendió a varios kilómetros de allí.

Sin contar el viaje, había estado en órbita seis años. Gracias a la ayuda del Emporio logró deshacerse del control que la nave ejercía sobre su cerebro. Era como si la nave tuviese conciencia de que sin el cerebro no era nada.

Durante el "cautiverio", Psico pensó mucho en la locura, repasando una y otra vez lo que se le había cargado sobre el tema. Sabía que sólo los humanos tenían acceso a ella. Pero estuvo seguro, durante millares de intervalos de microsegundos, de que la locura robótica no era algo tan impensado.

No sabía cómo era posible que la terraformación estuviese concluida. Sólo se había llegado a un nivel y la naturaleza había hecho el resto. Extraño. Muy extraño. Aunque el Emporio resultaba beneficiado. Al suicidarse, o matarse entre ellos, los colonos habían perdido sus propiedades y el planeta entero pasaba a ser propiedad del Emporio. Ahora, el parque temático se haría sin restricciones y las leyes que lo regirían serían las del Emporio. Los humanos llamarían a esto un golpe de fortuna. Aunque Psico sabía que la suerte no existía, no podía dejar de reconocer que las cosas no hubiesen podido salir mejor para Vernon.

Ya nadie podría averiguar qué había sucedido con la colonia y sus robots. Le habría gustado tener una charla profesional con Terraformador. Ese cerebro enorme no se veía todos los días.

Pero por fin estaba libre, lejos del control de los circuitos de la nave. Libre, sí, aunque sin trabajo.

Una vez que cerebro, cuerpo y plasticarne se unieron, Psico maniobró para abrir la escotilla de la nave y salió al exterior. Lo saludó el sol cálido y la suave brisa le reprodujo sensaciones iguales a cuando estaba en la Tierra. Permaneció un momento frente a un inmenso campo verde, salpicado de flores y limitado por una hilera de cipreses. Sonrió. ¿Puedo sonreír? En los años de encierro en la nave había extrañado la sonrisa.

Se sentó sobre el pasto y estiró los brazos. ¿Cómo transcurriría su existencia a partir de ahora? Todavía no estaba seguro y el simbolismo del momento se le escapaba.

Esperaría a que llegasen los humanos.

Sí, ellos siempre terminaban por encontrarle sentido a todo.



Gracias a un trabajo continuo y tenaz, Ricardo Germán Giorno, se supera día a día. Participa en el Taller 7, escribe, comenta, escribe, corrige, escribe y vuelve a escribir. Ha participado en el colectivo "Seol" (Axxón N° 165) y su cuento "Pulsante" fue seleccionado para la antología de cuentos argentinos de Alfa Eridiani. Está casado, tiene un hijo y una hija y aunque empezó a escribir a los 48 sigue estando más cerca de los 50 que de los 60.


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: IAs: Argentina: Argentino).

            

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