FICCION BREVE (treinta y uno)

Varios

A veces uno prepara cosas, las elabora con tiempo, las organiza y las pule, descarta y agrega, se arrepiente y se arrepiente de haberse arrepentido... Otras veces las cosas lo pasan a uno por arriba, deciden por uno, hacen el trabajo de uno...

¿A que viene todo esto? Hace cuarenta y ocho horas la FB 31 era una FB "normal" que se iba formando como un prolijo montoncito de cuentos, uno de aquí, otro de allá, alguno traducido y otros llegando desde algún universo paralelo. Pero ocurrió que una propuesta lanzada al Taller 7 fructificó a demasiada velocidad, unas invitaciones produjeron un resultado inesperado y he aquí que un puñado de cuentos que giran en torno a un escenario común, o por lo menos están vinculados entre sí de un modo poco frecuente, decidieron por su cuenta imponer un criterio propio.

Son estos nueve cuentos que se disponen a leer. Léanlos, disfrútenlos u ódienlos, pero saquen sus propias conclusiones y líbrennos de toda culpa, porque no fuimos nosotros, fueron ellos, fueron ellos... Ya verán por qué lo digo.



DOS GOTAS

José Luis Zárate - México


El cielo se volvió negro. La tierra tembló. Los cuerpos en las cruces se sacudieron. Algunos hablaron de un resplandor. Otros de un sol negro. El centurión que atravesó el cuerpo con su lanza tuvo miedo. ¿Cómo decirle a alguien lo que sintió en el breve lapso en que el metal, el costado del profeta y su mano estuvieron unidos? En sus dedos quedó impresa una sensación que nadie iba a volver a experimentar en miles de años. La de herir un cuerpo compuesto no sólo de carne y hueso. El latir del circuito, la vibración de la energía.


Es parte importante de la iconografía religiosa. El hombre tocando el costado herido. Un espíritu científico incipiente hizo hurgar al hombre en el cuerpo milagrosamente vivo de su maestro. El dedo en la llaga. Algunos representan la herida cubierta de luz. Esos son los mejor informados. Muchos creen que es la luz divina, contenida apenas por el cuerpo resucitado. El hombre que hurgó sabe la verdad. Pero no pudo revelarla a nadie. Lo que tocó ahí, lo que sintió, el hecho de que murió poco después de envenenamiento radiactivo.


Una astilla de la vera cruz. Cien iglesias con lo que decían era un fragmento único. Cien sacerdotes conservándolo como reliquia, mil fieles comprándolo para sanar, para adorar, para conservar un segundo del momento. Los clavos, en cambio, no tuvieron esa suerte. Quienes los conservaron no vivieron el tiempo suficiente para sacarle algún provecho. La carne se les convirtió en pústulas, el pelo se les cayó a mechones, la piel se llenó de excrecencias. Pero habrían estado de acuerdo: un objeto que estuvo en ese lugar, en ese momento, que atravesó a ese hombre exacto, ese objeto es capaz de hacer milagros.


El Santo Grial, la copa que conservó la sangre del Hombre, brilla en la oscuridad. El caballero que juró protegerla agoniza, una herida insignificante no cierra. Todos los que estuvieron junto a la reliquia mueren.

No fue suficiente su fe, se dice. No lo es la mía. Por ello la entregó al lago, a las eternas aguas que cubrirán para siempre su misterio.


El Sudario es un fraude. Una copia burda. La edad del material, los pigmentos, la forma en que la trama fue urdida no es de la época que se pretende. Pocos conocen el hecho de que el Sudario es una copia. Que el autentico se conserva cuidadosamente guardado en cofres de metal. En uno de tantos siglos alguien lo vio, alguien lo imitó, alguien quiso reproducir la Figura, dar a conocer el Milagro, porque divino debe ser, ya que la simple piel humana no queda impresa en la tela, no se imprime a sí misma en negativo, no tiene ese aire de radiografía tomada hace veinte siglos.


Secretos: Cofres de plomo que se guardan a sí mismos. Si alguien los abre, si roban su contenido, la Mano de Dios, invisible, les quitará el aliento a los ladrones, y pudrirá sus ojos.

El Papa puede dormir tranquilo pensando en ello.


Concilios, reuniones, consejos. El diseño de la doctrina, la criba de Las Palabras. Evangelios aprobados, testimonios borrados, palabras resignificadas. La Fe debe adecuarse. Servir para la lucha actual del poder. Calibrarse meticulosamente.

Para modificar la historia no es necesario cambiar el pasado. Sólo su interpretación.

Más de un jerarca de la iglesia se pregunta sobre los alcances de su propio poder. Miran el cielo oscuro, las inalcanzables estrellas, tan lejanas como el ayer. Pero ellos están manipulando el ayer.

¿Algún día podrán cambiar el rumbo de las estrellas?


—Es autentica. Una reliquia verdadera. ¿Sabe lo que vale? ¿Sabe lo que significa? Esto estuvo junto al Señor en el momento mismo de su muerte. La conservaré a mi lado siempre. Qué honor me hace el mismo Papa. ¿Eso significa que me prefieren de aliado, que no les estorbo ya a los Borgia?


Respuestas inesperadas. Los sacerdotes en Hiroshima y Nagasaki recopilando datos, anotando síntomas. Saben que están en riesgo. Saben que algunos de ellos morirán vomitando sangre, que las heridas no cerrarán.

Rezan en la noche, revisan los viejos escritos donde se registran síntomas parecidos siglos antes.

Los objetos testigos de la muerte del Hijo, tocados por la Mano de Dios.

¿Qué significa eso para su fe? ¿Qué significa saber que la Mano de Dios es radioactiva?


Escribió: La Iglesia dominó Europa durante un periodo de tiempo. Erigimos Reyes, dominamos cada segundo de la vida de las personas. Estuvimos en la cumbre. Hoy somos una pálida sombra. Pero estamos aquí, esperando. La marea de la historia viene y va, no sabemos la geografía del futuro ni dónde estaremos. Hay Cimas. Hay Simas. Secretos. El medidor Geiger repiqueteó. ¿Qué significa? Y más importante ¿cómo aprovecharlo?


El pensamiento mágico no desaparece por el uso de la tecnología. El cronoquántum permite ver el ayer. Los principios científicos inherentes son dejados a un lado por la maravilla presentada: la crucifixión fue real. Auténtica. El hombre muerto ahí predicó realmente.

El pasado no puede modificarse. Una imposibilidad absoluta. Nadie puede ir al ayer y escenificarlo todo. Así que siempre fue real.

Un resurgir de la Fe cristiana. Una ola que barre el mundo. Una cima. Los eclesiásticos se acomodan, con un suspiro de alivio, en el trono del poder.


Una bula papal prohíbe toda investigación genética. No se pueden ya clonar órganos para transplantes. Crear vida es papel de Dios. Apoyan, eso sí, la biónica. Sus laboratorios buscan unir la carne y el cable. El problema es la base energética. El metal necesita una fuente extra. Aprueban las pastillas atómicas internas. Una tecnología en desuso, peligrosa. De haber una fuga... Pero la iglesia apoya eso. Nadie sabe por qué.


—Aparta de mí este Cáliz.

—Más emoción, Hijo mío, trabaja un poco más en ese temblor de esa barbilla...


—No entendíamos por qué había muestras radiactivas en nuestro ayer, y una trama que nos favorecía tanto hasta que lo dedujimos. Hay otras líneas temporales. Es posible viajar en el pasado de otros. Alguien reformaba nuestro ayer como le convenía que fuera el suyo.

El Embajador Temporal se acomodó la mitra.

—Hoy por ti, mañana por mí —dijo—. Les traigo la tecnología necesaria para viajar en nuestro tiempo.

—Estamos listos. Preparamos ya un Mesías para ustedes. Podrá ver que son como dos gotas de agua. Agradecemos el que nos brindaron para nosotros.

—Todo sea por una Iglesia unida.

—Demos gracias a Dios.


José Luis Zárate (Puebla, México, 1966). Cuentos en Axxón: "Mundo blanco" (26), "La luz" (28), "Libertad 3, sur" (31), "Análogos y therbligs" (36), "Corre hacia mí" (83), "Rave" (142), "75-345" (146), "Trece ficciones apocalípticas" (152), "El viajero2 (160), "Qué es peor" (170).


RESURRECCIÓN

José María Tamparillas - España


—¿Qué es Dios? No. —El telepredicador hizo un gesto brutal con su mano—. ¿Dónde está Dios?

Era un hombre atractivo, caucasiano, de rasgos amables, pelo cano y mirada subyugante, ojos de encantador de serpientes.

—Dios está aquí dentro —dijo señalando su corazón.

Algunos de los presentes suspiraron. Intercambiaron miradas apenadas y luego volvieron su atención al gran ataúd de caoba. El cadáver presentaba el aspecto plástico y artificial que ningún maquillaje de funeraria podría evitar. Aun así sus facciones aún poseían algo del encanto irresistible que generaba su imagen en el gran televisor que presidía la capilla.

Había muchas mujeres sentadas en los bancos. Todas jóvenes elegantes y con la sutil apariencia de irrealidad que da el dinero y el buen gusto adquirido con él. Los hombres estaban aparte, un grupo bien trajeado, afeitados y con el pelo cortado a cepillo, de mirada dura, con aspecto de fanáticos. Todos asentían al escuchar la grabación.

—Dios nos vigila. Dios quiere que hagamos su voluntad sagrada, que no permitamos que el pecado contamine nuestras almas, nuestro mundo.

—Amén —se escuchó.

A un lado, como escondidos en un rincón, otros dos hombres, dos figuras oscuras y desdibujadas, parecían esperar. Se miraban el uno al otro sin prestar atención a la pantalla ni al resto de los feligreses del predicador muerto. Parecía que estuvieran evaluando opciones. Esperando al momento propicio para actuar. Eran dos tipos de aspecto corriente, demasiado corriente, con esos rostros que uno ve y olvida al mismo tiempo.

—¿Cuándo llegará el equipo? —dijo uno de ellos. Su único rasgo distintivo eran los ojos de color azul profundo.

El otro dudó. Se metió las manos en el bolsillo de la americana.

—Ya tendrían que estar aquí.

—¿Está Alexander preparado? —los ojos azul océano vibraron.

—Tiene un discurso precioso, de esos que hipnotizan a la gente y vacían cuentas corrientes por amor al Altísimo.

Ambos sonrieron.

El de las manos en los bolsillos dijo:

—Lástima que vayamos a robarle el protagonismo.

—¡Hermanos! —vibró la capilla con el repentino grito que aulló la televisión.

La cámara captaba la mirada enfebrecida del predicador con todo detalle. Luego, en un movimiento profesional, suave y discreto, fue abriendo el campo, mostrándolo con sus brazos extendidos, las manos abiertas, irradiando tensión, fe. Detrás de él un fondo oscuro, cuajado de estrellas, constelaciones, enmarcaba su lacia melena canosa. Luego, a cada lado, emergieron las siluetas de los dos hombres, unas réplicas televisivas rutilantes y sonrientes—. ¡Hermanos! —volvió a gritar—, uníos a mí y a mis apóstoles —dijo tomando de la mano a los dos hombres —entrad en mi reino. Pues os digo que yo soy el enviado de Dios, Aquel que no morirá nunca...

En la capilla resonó un seco suspiro. Una de las mujeres se enjugó una lágrima.

Los dos hombres sonrieron. Les gustaba sonreír, era una sensación nueva para ellos, agradable, adictiva.

—Lástima. Hubiera sido un buen momento.

El de los ojos azules asintió sacando un teléfono móvil de un bolsillo.

—Quizá se puede arreglar. Llamaré a Alexander y le diré que repitan la grabación cuando la prensa esté presente.

—Sería formidable hacerlo justo después de esa frase.


La sala se había llenado. Era una capilla coqueta, una réplica de las que uno podía encontrar esparcidas por los pueblecitos del Medio Oeste americano. Un oasis de austeridad en medio del complejo de los Evangelistas de la Santa Resurrección: la congregación cristiana más influyente y numerosa de los Estados Unidos. Una congregación descabezada, aturdida, confundida por la muerte de Louis Remington, su líder espiritual, su pastor. Una congregación expectante ante la convocatoria póstuma que les había llegado a todos a los tres días de su repentino fallecimiento.

—Venid a mí como yo llegaré a vosotros —rezaban los mails, los mensajes, las cartas, las llamadas telefónicas, con su voz, con su letra, con su firma.

Y allí estaban todos, los más influyentes, los más poderosos, los más ricos: actores, ex presidentes, deportistas, damas de la alta sociedad... presentadores de televisión: ansiosos y expectantes. Sí, la congregación había sabido extender bien sus tentáculos, y no sólo en la cúspide de la pirámide, su base, sus columnas eran los millones de americanos, asiáticos y europeos de clase media y baja que, con su fe, con su fanatismo incendiario, con su dinero, la mantenían a flote, preponderante y orgullosa.

Un predicador enjuto, con aspecto de halcón, vestido con traje gris, observaba a todos desde el atril, al lado del ataúd. Los dos hombres estaban uno a cada lado de la caja, tensos. El predicador sudaba y de vez en cuando secaba su transpiración con un pañuelo de seda blanca. Los dos hombres no parecían afectados por el calor asfixiante que producían los focos. Todas las cámaras estaban fijas en ellos, en el ataúd. Todo el país y medio mundo se habían detenido para contemplar el último saludo, el testamento, la ventura del Líder de los Evangelistas de la Nueva Resurrección. La pequeñez de la capilla contrastaba con la inmensidad que había detrás de las cámaras que lo retransmitían todo en directo... millones y millones de fieles y curiosos.

Aquel que había prometido no morir nunca.

Aquel que ahora, ahí, pálido, los vigilaba con los ojos cerrados desde su mortaja.

Nadie osaba hablar de ello, nadie se atrevía a abrir la boca para expresar su confusión, su desaliento. Una nube de esperanza obsesiva flotaba en el ambiente. La seguridad y el aplomo que reflejaban los rostros de los dos 'Apóstoles' hacía reverdecer la esperanza muerta.

La voz de Louis Remington tronaba en su último sermón desde el televisor:

—¡Hermanos! entrad en mi reino. Pues os digo que yo soy el enviado de Dios, Aquel que no morirá nunca.

Los dos hombres se miraron, millones de personas los vieron moverse, brillar: su aspecto era el de dos ángeles bajados del paraíso. Sus trajes blancos irradiaban una luz fulgurante y limpia.

—Hemos esperado dos mil años —pensó el de los ojos azules

Su compañero asintió al sentir las palabras en su mente.

—Esta vez no habrá equivocaciones, mantendremos el control.

Juntaron sus manos encima del cadáver.

La cámara enfocó al muerto cuando sus ojos, envueltos en aquel resplandor beatífico, se abrieron y barrieron el mundo de arriba abajo con su poder de seducción, de dominio.


José María Tamparillas (Zaragoza, España, 1971). Cuentos en Axxón: "Viajero" (159), "Simbiosis" (160), "Perfeccionismo rigeliano" (161), "Pianista" (163), "La biblioteca" (165), "Impostura" (169).


OTRA VERSION DE LOS HECHOS

Sergio Gaut vel Hartman - Argentina


Una hora antes del alba, el vehículo descendió con la suavidad de una hoja desprendida de un arce y se posó delante de la cueva. Dos figuras caminaron hasta quedar frente a la entrada y poniéndose de rodillas, en actitud penitente, se comunicaron con los Jefes. La piedra que cubría la boca del pozo era muy grande, por lo que debieron recurrir a sus mejores técnicas para moverla. Pero debían contar con recursos sorprendentes porque la piedra se movió hacia un lado, dejando la entrada de la cueva al descubierto. Sólo entonces las figuras se pusieron de pie, sus ropas se encendieron de tal modo que el espacio oscuro brilló como si se hubiera hecho de día y a continuación se desplazaron con celeridad para quedar a los costados del cuerpo inmóvil que yacía sobre la piedra plana.

Durante algunos segundos las figuras parecieron haber caído en un trance, pero luego extendieron las extremidades superiores y las enlazaron por encima del cadáver. De la conjunción emanó un rayo sólido que pareció hundirse en el cuerpo, desdoblándose, recorriendo por separado el camino que une el corazón con la cabeza y el que va del corazón a los genitales. La luz que emanaba de las vestiduras se intensificó, confiriéndole al conjunto un esplendor casi arrogante, y al mismo tiempo exasperado, como si todo aquel rito fuera un áspero grito silencioso. Cuando no hubo ninguna duda de que ese era en cierta forma un modo diferente de negociar con los Poderes Superiores, la caverna quedó a oscuras, apenas iluminada por la fosforescencia residual y las chispas que las piedras, ahítas de fulgor, se esforzaban por escupir. Entonces el cadáver se sacudió de una forma horrenda, se sentó en la piedra y abrió los ojos, mirando hacia uno y otro hemisferio de las sombras como si despertara de una pesadilla. Luego, con la vista fija en la boca de la cueva balbuceó algunas palabras incomprensibles para los operadores del cronoquántum. El procedimiento había dado resultado; el hombre ya no estaba muerto, aunque aquello sólo era el primer paso de una larga y complicada serie de maniobras.

Temprano en la mañana del domingo, María Magdalena y María de Betania, la hermana de Lázaro, fueron a visitar la tumba donde habían puesto a Yehuda. Cuando llegaron se encontraron que la piedra que cubría la entrada de la tumba había sido quitada y la cueva estaba vacía. Se sorprendieron mucho y se preguntaron qué habría ocurrido con el cuerpo del rabí.

De pronto hubo un gran terremoto y dos seres que vestían ropas brillantes, semejantes a los hombres, aparecieron ante las mujeres. El aspecto de aquellos seres era aterrador, por lo que las mujeres ya no estuvieron sólo sorprendidas, sino que también sintieron miedo. Uno de los seres les habló directamente a las mujeres y con voz profunda les dijo:

—¿Por qué buscan entre los muertos a uno que vive? Ya no está aquí; ¡ha resucitado! Recuerden lo que él les dijo que sucedería.

Y el otro refrendó esas palabras con un mensaje parecido:

—No hay nada que temer; nosotros sabemos quien es aquel a quien buscan, Yehuda, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como él mismo vaticinó.

Al oír estas palabras las mujeres recordaron lo que Yehuda había dicho y dejaron de estar asombradas y atemorizadas por haber encontrado la tumba vacía. Fueron inmediatamente a contarles lo sucedido a los demás, que el rabí había resucitado. Eso no era exactamente lo que habían planificado los Jefes ni favorecía los movimientos que los operadores debían ejecutar, pero una pequeña variación con respecto al proyecto original no torcería demasiado el curso de los acontecimientos. La Nueva Religión sería un instrumento adecuado en sus manos y en cuanto se extendiera por todo el planeta les aseguraría el control y la sumisión absoluta de sus habitantes. Ellos los pastores y aquel su rebaño; en lo esencial nadie podría torcer el plan de hierro que los Jefes habían delineado.


—¿Y ahora? —El profesor Jakobson apartó los ojos de la pantalla en la que se habían proyectado las capturas de Oliver—. Su cronoquántum es un dispositivo maravilloso, pero más peligroso que un psicópata en un jardín de infantes.

—¿Le parece que lo podemos mantener en secreto? —Oliver se pasó la mano por la frente y observó el sudor como si se tratara de sangre—. Si lo convoqué a usted fue porque tengo la convicción de que no se dejará maniatar por idioteces, como la mayoría.

Jakobson volvió a contemplar la última imagen. Los seres de ropas brillantes, aquellos a quienes las Marías habían considerado ángeles, parecían extras de una mala película de Hollywood. Pero no había forma; la seriedad de Oliver demolía cualquier suspicacia de su parte. Lo que acababa de ver eran los hechos que rodeaban a la Resurrección, algo que ningún historiador del pasado hubiera soñado presenciar de ningún modo.

—¿Existe alguna posibilidad de que el cronoquántum...?

—Ya lo preguntó seis veces —bufó Oliver—. Traiga un equipo de técnicos e ingenieros de su confianza, desmonten mi aparato, reármenlo en base a mis instrucciones, enfóquenlo respetando las coordenadas cuidadosamente calculadas y llegarán a las misma conclusiones a las que hemos arribado mi equipo y yo.

—Esto desbarata dos mil años de historia —murmuró Jakobson.

—¿Qué dice?

—Dice que su invento desbarata dos mil años de historia —apuntó una voz profunda a espaldas de los dos hombres. Jakobson y Oliver giraron sobre sí mismos para encarar a los seres de ropas brillantes que acababan de ver en la pantalla.

—Oh no, basta —dijo Jakobson—. No puedo creer que usted me esté haciendo esta broma. ¿O se propone timarme de algún modo oscuro y siniestro que no alcanzo a comprender?

—Yo... no... —El balbuceo de Oliver parecía real y Jakobson cambió el enfoque para empezar a preguntarse si no estaría sumergido en una pesadilla particularmente vívida.

—No es un fraude —dijo el primero de los seres luminosos.

—Y tampoco una pesadilla —dijo el segundo.

Una puerta se abrió desde la nada y de ella salió un tercer hombre, una presencia irrefutable hasta para los dos científicos.

—¿Qué necesitan para convencerse de que soy el que soy? ¿El truco de los peces y los panes? ¿Qué me eleve por los aires? ¿Qué muera y resucite? Pidan lo que quieran. Nuestra tecnología puede resolver eso y mucho más.


Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, Argentina, 1947). Cuentos en Axxón: "Náufrago de sí mismo" (60), "Atrapando ovejas en la red interactiva" (67), "El hombre que conoce a todo el mundo" (67), "El moribundo y Lencia" (67), "Hacia abajo" (67), "El deudor" (67), "Ardilla" (67) —con Graciela Parini—, "Crías de esturión" (69), "Encubridor" (81), "Disfraz" (123), "Muñecas rusas" (129), "Expediente de uno que no existe" (134), "El destino no es ciego" (135), "Correcciones en la trama del tiempo" (139), "Receta, hombre frito" (148), "El mundo real" (150), "Oferta y demanda" (152), "Cabalah" (155), "Ladrón" (160), "Doble o nada" (165), "Ciclicidad" (167).


LA CONCEPCIÓN

Eduardo M. Laens Aguiar - Uruguay


—Señor, estamos listos para el despliegue de la "Fase Concepción".

—Comencemos entonces —dijo el coordinador de la operación.

Un sector de la habitación se iluminó formando una esfera blanca de casi dos metros, mientras el resto de la sala se oscurecía. La proyección mutó su brillo blanquecino por una imagen nítida del interior de una humilde casa en la localidad de Bethlehem; una construcción sencilla, sin detalles de lujo. Allí se podía ver cómo María, la mujer elegida por el consejo, envuelta en la ropa típica de la zona, realizaba las tareas propias del mantenimiento del hogar familiar.

Con un leve movimiento de cabeza, el coordinador dio la orden de comenzar la operación.

Mientras barría, María oyó un sonido bajo, una especie de zumbido extraño, y dejó lo que estaba haciendo para entender qué era lo que estaba ocurriendo. Recorrió las tres habitaciones de la casa en busca de la fuente del ruido. Siguió el murmullo hasta un rincón, cerca del techo, en el cuarto donde dormían sus padres. Allí notó una pequeña fuente de luz que crecía con rapidez. Un terror místico la dominó por completo y no pudo evitar caer de rodillas, presa de una sucesión de escalofríos y temblores involuntarios. Estaba siendo testigo de un milagro.

Una figura luminosa, de extraña belleza, se presentó suspendida ante ella. Efectuó algunos ademanes ostentosos prolongando el momento de la aparición.

—¿Quién es el intérprete? —preguntó el coordinador.

—Gabriel.

—Es bueno —sentenció el coordinador, concentrado en la imagen proyectada en la esfera.

María comenzó a llorar y todos los indicios apuntaban a una crisis de pánico. Gabriel advirtió~que debía tranquilizarla de algún modo y le habló para evitar que se pusiera histérica.

—¡Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo!

Lo dijo en un tono suave, pero digno, y la cadencia de sus palabras surtió en María el efecto balsámico que esperaba. Sin apartarse en nada del guión preparado por el consejo, Gabriel le comunicó las instrucciones que Dios le exhortaba. Lo hizo a la perfección y en un lenguaje claro y sencillo, sin ambigüedades, que la mujer pudo entender con claridad. Cuando terminó de hablar hizo una pausa teatral para dejarla responder.

—He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra —dijo María, devota.

Gabriel se acercó a la mujer y colocó una mano sobre su frente. Una descarga recorrió el cuerpo de María que perdió la conciencia. Con presteza y celeridad la llevó al camastro cercano, donde la recostó con suavidad. Tardó apenas quince minutos en realizar la implantación del óvulo fecundado. Luego recorrió el lugar para asegurarse de no dejar nada que pudiera comprometer la misión. Una vez satisfecho envió la señal de notificación a sus superiores.

La operación había sido un éxito y el coordinador asintió satisfecho ante la esfera de proyección.

—Excelente —dijo—, sáquenlo de allí.


Ya en la soledad de su oficina, el coordinador meditaba acerca del trabajo realizado. Si bien no quería discutir con el consejo el carácter del proyecto, tenía sus reparos. Sin duda los fines eran altruistas, pero él dudaba de algunos factores de la condición humana que podían resultar negativos de cara al objetivo final. Las personas, lo sabía, no siempre eran predecibles.

Una luz se encendió en su intercomunicador y lo rescató de sus pensamientos. Atendió con seriedad:

—Diga

—Señor, tenemos un problema.

Era la palabra que no quería escuchar.

—¿Qué ocurre? —preguntó, mientras imaginaba qué era lo peor que podía ocurrir.

—El esposo se enteró del embarazo y está planeando abandonarla en secreto.

El coordinador cerró los ojos y respiró profundo. Era el tipo de inconvenientes sobre los que había estaba pensando. Ahora debían actuar con rapidez. Repasó mentalmente el perfil del esposo y comenzó a esbozar un plan a seguir. No se dio cuenta que aún estaba la comunicación abierta.

—¿Señor, sigue en línea?

—Que Gabriel lo visite —respondió—. Durante la noche. Que parezca un sueño.


José se recostó en su cama. Ya lo había decidido, al otro día rompería su compromiso con María y abandonaría el pueblo. Amaba a esa mujer, pero la situación era insostenible. Él no había pasado ni una noche con ella y ya estaba embarazada. Aunque fuera pobre, él tenía principios, y no cargaría con el hijo de otro. Más lo meditaba y más se convencía que ésa era la decisión correcta. Se sentía traicionado, pero no la odiaba. Cuando se marchase la gente lo culparía a él de haber abandonado a su hijo, pero el honor de María quedaría a salvo; se conformaba con eso. Ya reconstruiría su vida en algún otro lugar. Cerró los ojos y tardó varias horas en dormirse. Entonces tuvo la visión. Pocas veces soñaba, pero el sueño de esa noche fue demasiado real.

Un ángel del señor se le apareció envuelto en una luz blanca. Fue amable y conciso.

—José, hijo de David —le dijo—, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.

Cuando José despertó del sueño, hizo como el ángel le había mandado y recibió a María en su hogar.


El coordinador se retiró preocupado de la sala de visualización, pero sólo cuando estuvo seguro de que la misión había vuelto a su cauce. Ahora estaba más seguro que nunca de que la operación no era tan sencilla como el consejo creía. La estrategia debía ser revisada, a fin de prever casos como éste. La humanidad no se dejaría influenciar sin ofrecer resistencia, aunque fuera involuntaria.


Eduardo M. Laens Aguiar (Montevideo, Uruguay, 1979). Cuentos en Axxón: "¿Maldad?" (157), "Khul Yoriú" (158), "Seol" (165) —como Américo C. España, seudónimo colectivo de Laens, Ricardo G. Giorno, Eduardo Erath Juarez Hernández y David Moñino—.


PAN-RAKIB

Ricardo Germán Giorno - Argentina


En una cámara oculta, olvidada, mucho más abajo de la piedra donde yacía el cuerpo de Yehuda, los rayos, que parecían de luz sólida, chocaron contra la piel seca de Pan-Rakib. Los dos sujetos encargados de manejar aquella tecnología no tenían modo de saber que Pan-Rakib estaba allí. No podían calcular las consecuencias. Pero allí estaba esa luz, rebotando contra la losa, penetrando los tejidos resecos, sentando las bases de una restauración, apenas, lo que una vez había sido.

Pan-Rakib retornó a este lado de la vida, en un estado parecido a esas pesadillas en las que uno no se puede mover.

Los tejidos corporales siguieron las órdenes emitidas por la luz, pero a una velocidad apenas perceptible. Todo a su tiempo empezó a funcionar... a medias

Pan-Rakib despertó, de una vez, a la conciencia plena, aunque se dio cuenta de que no podía hacer nada por sí solo. Sintió la fuerza de su mente, como un remolino gigante capaz de tragar lo que se le interpusiese. Pero su cuerpo era débil.

Entonces llamó, y ellas fueron las primeras en escuchar.


—Hoy estás de buen humor, oh, esposo mío.

—Eres perceptiva, mi quinta esposa. Es que la cosecha ha sido la más grande de todas.

—Por las ratas, esposo mío, por las ratas.

—En efecto, ya casi no hay ratas en China. Y no me importa la causa.


—... a nuestra tribu, las ratas no les comen más sus granos. ¡Cacemos diez leones para festejar!


—... ya casi no hay ratas en Roma. El grano abunda. ¡Llamad a los Gladiadores!


—¡Soldados, preparen sus flechas!

—Es inútil, Centurión, no podremos matarlas a todas. Además no sabemos dónde están sus madrigueras. Las ratas de pronto inundaron Jerusalem.

—Soldado, no se trata de lo que podemos o no hacer, se trata de que el pueblo crea que lo estamos haciendo.

—¡Entendido, mi Centurión!


—¡Mamá! —Descalzo, sucio y desprolijo, el niño vestía ropas gastadas por sus hermanos mayores—. Desapareció mi rata.

—No sé, hijo, no la vi. Se te debe haber escapado.

—La tengo desde pequeña, no va a ningún lado sin mí. No sabe vivir afuera, mamá.

La madre miró al niño sabiendo que no podía hacer nada. ¿Una rata? ¿Se preocupa por una rata, mientras pasamos privaciones?

—Ve al granero, David, que tu padre volvió del Templo y necesita de todos los brazos disponibles. No fue una buena cosecha. Las ratas se están comiendo todo.


Mucho, mucho más abajo de donde alguna vez descansó el cuerpo de Yehuda, la Manada cavó el nido de Pan-Rakib. Luego, la mayoría se dispersó. Se quedaron las necesarias para atender el cuerpo de su amo.

Pero, para gobernar a mucho más que las ratas, él debía entrar nuevamente en contacto con aquella luz. Así que buscó y escuchó. Tenía millones de oídos y ojos a su disposición. No descansó: las noticias le llegaban de todo el mundo.

Por fin tomó una decisión. Descubrió una esperanza a largo plazo, una salida dentro del Imperio Romano: el Hombre construiría la luz.

Para ello debía acortar los tiempos. Hacer que pasen por el sufrimiento, por la alternativa del exterminio. Entonces comprenderán que sus ruegos no serán escuchados.

Necesitará inducirlos a otra forma de pensar. Sí, buscará algo para cambiarles esa tendencia hacia la ceguera espiritual, que los haga más... más... Se dio cuenta de que la palabra que definiría el cambio aún no había sido inventada.

Una palabra cuyo significado fuese que el Hombre trabajará para construir sus máquinas sin pensar en alabanzas más que para su propia especie.

Allí, acostado, atendido por la Manada, Pan-Rakib, Señor de las Ratas, repasó su plan. Se concentró en él. Tenía tiempo, mucho tiempo.

El sufrimiento, el exterminio, llegaría en lomos de sus amigas. No ahora, no dentro de cien años, pero llegará.

El Hombre será diferente y él, al final, tendrá la luz que lo convertirá en poderoso.

Al menos, eso espera.


Germán Giorno (Buenos Aires, Argentina, 1952). Cuentos en Axxón: "Seol" (165) —como Américo C. España, seudónimo colectivo de Giorno, Eduardo Laens, Erath Juarez Hernández y David Moñino—, "Robopsiquiatra 10.203.911" (169).


A LA ENÉSIMA...

José Vicente Ortuño - España


El general Auriel, en pie frente a la Primera Legión de ángeles, no había hablado todavía, pero su dura mirada e imponente presencia hacía que los presentes quisiesen pasar desapercibidos, aunque no sabían para qué los había reunido.

—¡Hasta ahora esto siempre ha sido un desastre! —bramó. Todos se estremecieron, pero continuó en un tono menos intimidatorio—. Llevamos eones intentando que los humanos nos rindan culto. Pero no hay forma de que lo hagan de forma permanente. ¡Ah, sí! Al principio era fácil, sólo había que presentarse ante ellos y decir: "¡Eh, vosotros, somos vuestros dioses y tenéis que adorarnos!" Pero los muy cretinos, tarde o temprano, se ponían a adorar cualquier ídolo, una roca o un objeto absurdo.

El general pareció tomar aliento, y lo hubiese hecho de haber tenido un cuerpo físico, pero sólo se trataba de un efecto dramático.

—Por eso decidimos utilizar métodos más sutiles —continuó, apoyando su discurso con contundentes movimientos en su ectoplasma—. En una ocasión escogimos una tribu que vivía en la esclavitud y practicaba una religión monoteísta. Haciéndonos pasar por su "dios sin nombre" nos comunicamos con un tal Moisés, que parecía ser el más listo del clan. Con algunos sencillos trucos los liberamos de la esclavitud y los tuvimos dando vueltas por el desierto durante años, hasta que encontramos un lugar donde reasentarlos. Pero pasaron los siglos y esos "elegidos", no sólo se creían superiores al resto de los humanos, sino que no habían conseguido extender su culto, dedicándose sólo a criar cabras y a hacerles la guerra a sus vecinos.

Los responsables de esa operación fracasada se encogieron en un rincón en el fondo del ágora, esperando pasar desapercibidos, pero sintieron la mirada de Auriel, que ardía literalmente sobre ellos.

—Intervinimos de nuevo. Esta vez la religión que implantamos se extendió por medio planeta. Recordemos que se basaba en el sacrificio y muerte de un "enviado"; un mesías. En principio funcionó, pero dos milenios más tarde ya se había dividido en múltiples facciones y sectas que no se entendían entre ellas. Además, un culto animista hacia los objetos de alta tecnología, llamado "sociedad de consumo", estaba a punto de hacerla desaparecer.

Los presentes se estremecieron al unísono al oír esas palabras. Algunos, sintiéndose culpables, amortiguaron su luminosidad y quedaron como borrones entre sus brillantes compañeros.

—La tecnología... —susurró Auriel cerrando los ojos, como para contener su rabia, y continuó al instante—. Sí, la tecnología parece ser la clave de ese fracaso. Los científicos humanos desarrollaron un dispositivo sacrílego que permitía ver el pasado. Así descubrieron que el Mesías, que murió torturado de forma atroz por la redención de sus pecados, pertenecía a una civilización adimensional, nosotros, que los había estado manipulado con una finalidad que escapaba a su comprensión.

Un murmullo se extendió entre los presentes, pero murió cuando el general continuó:

—Intentamos silenciarlos, sí, pero ya era demasiado tarde, habían hecho público su descubrimiento utilizando otro maligno invento tecnológico llamado Internet. El resultado fue catastrófico. Todo el planeta se exaltó, destruyeron los pocos sitios de culto que quedaban y masacraron a los últimos sacerdotes.

Los presentes sintieron un escalofrío en sus cuerpos incorpóreos, que los hizo fluctuar en varias dimensiones, dando la impresión de que parpadeaban en una amplia gama de ultravioletas.

—Enviamos a Mahoma al pasado para reencauzar el plan —el aludido se encogió en su asiento—. Debía fundar otra nueva religión que equilibrase a la humanidad. No queríamos dejar esta vez toda la responsabilidad en manos de un simple mensajero y siguió las directrices que le marcaba el heraldo Gabriel —el citado carraspeó, molesto—. Intervinieron seiscientos años después que el equipo de Jesús, en un lugar llamado La Meca, centro de culto de varias religiones idólatras.

Auriel calló durante unos instantes y paseó su mirada sobre los asistentes, componentes de los equipos responsables de implantar las religiones de la humanidad: Osiris, Akenatón, Shiva, Rama, Yahvé, Jesús, Sidharta, Mahoma, Elvis, Valis... ninguno había tenido éxito durante demasiado tiempo.

—No es necesario que diga que tampoco ha sido la panacea para nuestros problemas... —el general Auriel hizo un alto en su disertación para calmar las vibraciones que, a causa de la excitación, estaban provocando que su ectoplasma se dilatase—. La situación se volvió desesperada —continuó una vez recompuesto—. Las dos religiones luchaban entre si y, dentro de cada una, múltiples facciones luchan también por motivos estúpidos.

El espanto hizo que los más sensibles perdiesen cohesión ectoplásmica y cayesen a través del suelo hasta la planta de abajo. Cuando regresaron tuvieron que aguantar la furibunda mirada del general Auriel, que continuó su disertación con tono ominoso.

—Sin la energía de la fe humana el enlace interdimensional con la Tierra se romperá y perderemos el contacto para siempre. Con lo que ello conlleva —los asistentes murmuraron de nuevo espantados—. Es por ello que la Junta de Jefes de Estado Mayor decidió utilizar un método nuevo.

Los reunidos respiraron aliviados, o lo hubiesen hecho si hubiesen tenido con qué hacerlo.

—Recientemente enviamos a dos heraldos de primer orden. La misión de cada uno es tomar las riendas de una de las dos grandes religiones y reconciliarlas de una vez para siempre.

El general Auriel guardó silencio irradiando esperanza. Con alivio y reverente respeto nadie osó mover ni un solo fotón.

—¡General, general! ¡Es urgente, mi general!

Un murmullo recorrió la legión de antiguos profetas y mesías cuando un querubín de tercer orden entró corriendo, es decir, flotando a gran velocidad.

—¿Qué sucede? ¿A qué vienen esas prisas? —preguntó el general volviéndose cuando el querube llegó a su altura.

—Con su permiso, mi general... —el querubín miró nervioso a la legión de arcángeles veteranos allí reunida.

—¡Habla, ya —dijo Auriel—, no hay secretos para mis tropas de élite!

—¡Sí, mi general! ¡A la orden de Su Excelencia! —dijo el angelote cuadrándose—. Me envía el general Zoromiel para informarle que a los heraldos George y Ben, nuestros últimos enviados a la Tierra, se les ha subido el poder a la cabeza y quieren apoderarse del planeta. Se han declarado la guerra mutuamente y, dicen los del Centro de Cálculo Probabilístico Temporal, que si no se detienen pronto acabarán con la humanidad.

El general Auriel, Jefe Supremo de las Legiones Celestes, condecorado con la Estrella de Honor del Congreso de los Siete Cielos, por el heroísmo demostrado en batalla durante la rebelión de Luzbel, el mejor entre los mejores, cayó de rodillas y, ante la estupefacción de la Legión de Arcángeles, rompió a llorar desconsolado.


José Vicente Ortuño (Manises, Valencia, España, 1958). Cuentos en Axxón: "Frankenstein 2004" (145), "Responsabilidad" (152), "Putrefacción" (154), "Tierra calcinada" (155), "Por amor" (158), "La tortilla" (160), "Mis vecinas" (160), "Maldita suegra" (162), "Primer contacto" (163), "El superhéroe" (165), "El libro" (167), "Dismnesia temporal2 (167).


LA NUEVA REVELACIÓN

Claudio Biondino - Argentina


El estallido de luz arrojó a Oliver contra la pared la habitación. Cuando volvió a abrir los ojos, Yehuda se encontraba frente a él. Estaba sentado en el aire, con las piernas cruzadas, observándolo con la cabeza ladeada y una sonrisa irónica en los labios. Su manto brillaba con luz propia, inundando el lugar de reflejos dorados.

—Amigo Oliver, ¿qué tratas de hacer escondiéndote en un hotel de Roma? ¿A qué meterte en la boca del lobo?

—Precisamente —respondió el científico—. Creí que éste sería el último lugar en el que me buscarían. Llegaste justo a tiempo; el cronoquántum estaba listo para emitir toda la verdad a través de la red.

Yehuda observó el aparato, apenas disimulado en el fondo de la habitación.

—Sabes que no puedo aceptar eso. El acuerdo fue permitirte transmitir sólo lo que los Jefes seleccionaran, y eso es justamente lo que vas a hacer. No me obligues a matarte. Usa tu versión del aparato. Nadie lo haría mejor que tú, y de esa manera avanzarías en la unificación local de ciencia y religión. Pero si me fuerzas a eliminarte, puedo conseguir a un operario de nuestros propios cronoquántums. Las imágenes de la resurrección fortalecerán la Fe, pero no te permitiré mostrar la nave. Cristo debe seguir siendo divino, no extraterrestre.

Oliver comenzó a reír, mientras se incorporaba para desplomarse luego en una silla.

—No intentes engañarme, pude ver y oír todo en el cronoquántum. Sé que no son extraterrestres. Mejor cuéntame sobre tu dimensión temporal.

La sonrisa de Yehuda se endureció.

—Acepto rendirme ante lo inevitable, Señor —continuó Oliver haciendo una reverencia burlona—. Pero al menos déjame saber cómo es la dimensión de la que vienen, y por qué la abandonaron.

—Está bien —respondió Yehuda—. Ya que me lo pides, voy a hacerte una Revelación Personal, si así quieres llamarla. Pero recuerda que si vuelves a romper el trato tendré que matarte. En mi línea temporal no existió ninguna institución religiosa que unificara Europa tras la caída del imperio romano. Los árabes avanzaron por el continente sin oposición, y llegaron a América en nuestro siglo VIII. Pero ustedes cuentan el tiempo a partir de mi... performance... Así que para ustedes esto ocurrió a fines del siglo XIII. El Islam, sin oposición ni cismas religiosos de importancia, se fue volviendo cada vez más laico y pro-científico. La revolución industrial llegó en la época que aquí correspondió al siglo XV. Luego vino la transformación política del XIX, y para el siglo XX (tu siglo XX), una humanidad atea y socialista dominaba el sistema solar. Fue a principios del XXI que descubrimos el viaje en el tiempo. A otras líneas temporales, por supuesto. Supongo que no es necesario que te explique la matriz paradojal que impide retroceder en la propia línea.

—No, por supuesto —respondió Oliver—. Pero sí podemos observar. Y te aseguro que te he estado observando lo más posible durante los últimos días. No he localizado a los que llamas Jefes, pero deduzco que su jugada fue manipular nuestro desarrollo científico y social. Es la mejor manera de dominar un mundo y sacarle todo el jugo posible. Sin embargo, aún hay algo que no comprendo. Si en tu línea se desarrolló el socialismo, ¿cómo pueden aprovecharse de otras sociedades?

Yehuda lo miró sorprendido, y luego se echó a reír con ganas.

—En verdad hemos hecho un buen trabajo aquí, Oliver. Hasta tú eres más ingenuo de lo que pensaba. El socialismo fue una fuerza irrefrenable, pero no encontró demasiada resistencia en las elites. Pronto descubrieron que también era muy eficiente, y que los negocios clandestinos eran incluso más jugosos que los legales. El viaje en el tiempo fue prohibido, por supuesto. Un socialista jamás se aprovecharía de sus vecinos, ¿verdad?, ni siquiera de sus vecinos dimensionales. Pero eso no quiere decir que muchos emprendedores no hayan encarado la tarea secreta de hacerse un mundo a su imagen y semejanza. Mis Jefes pertenecen a esa clase de emprendedores, claro está.

—Ya veo. Una banda mafiosa destruyó nuestra historia. Y ahora nos parasitarán hasta el final...

—Oh, no es tan malo como eso, Oliver. Tu línea original terminó en una hecatombe nuclear en 1990, tras medio siglo de hegemonía nazi en todo el mundo. Además, en esa línea tú ni siquiera habías nacido, así que puede decirse que me debes tu existencia por partida doble. Ahora que lo sabes, espero que me demuestres algo de respeto. Muéstrame las imágenes que tienes registradas en el cronoquántum.

—Me temo que eso no va a ser posible —respondió Oliver con sorna—. El cronoquántum no está aquí. Eso que ves ahí atrás es una imitación. Sólo quería satisfacer mi curiosidad antes de morir. Pero jamás colaboraré contigo.

—Pero... ¿cómo supiste nuestro origen?

—Era sólo una hipótesis... que acabo de comprobar. ¿Realmente creíste que había entrado a la boca del lobo por error?

El rostro de Yehuda enrojeció de odio. Apareció junto a Oliver en un movimiento instantáneo, y lo tomó por el cuello.

—Muy bien, imbécil, si eso es lo que quieres, en un minuto estarás muerto. Pero antes debes saber que encontraremos tu conoquántum y mataremos a quien lo tenga. Nadie nos va a quitar el monopolio de la historia.

En un nuevo estallido de luz, Yehuda se remontó hasta la nave de los Jefes, mientras el hotel volaba en mil pedazos.


—¿Logró registrar todo? —Marcia, la ayudante del profesor Jakobson, había estado escuchando lo que el mic de Oliver transmitía desde Roma.

—Sí. Pero de nada nos sirve la información por el momento —respondió Jakobson—. Espero que el sacrificio de Oliver no haya sido en vano... Y que ellos no encuentren nuestro escondite antes de que se nos ocurra qué hacer con el nuevo cronoquántum.

—Si conociéramos la localización de su línea temporal, podríamos usarlo para enviar un mensaje. Tal vez alguien allá quiera evitar un escándalo si esto trasciende. Con su tecnología, incluso podríamos resucitar a Oliver.

—Aunque pudiéramos averiguar ese dato, Marcia, tal vez Yehuda haya dicho la verdad. Nuestra línea original puede haber sido peor que esta.

—No lo creo, profesor. Si los nazis tenían la hegemonía, ¿por qué habría ocurrido una hecatombe nuclear? Yehuda trató de engañar a Oliver. ¿Quién puede saber todo lo que hubiéramos sido si no nos hubieran invadido?

—Eso también me preocupa. —Jakobson miró a Marcia con horror—. Nosotros no hubiéramos sido nada. ¿Estás dispuesta a sacrificar tu existencia para recuperar una línea temporal que pudo haber sido peor que ésta?

Marcia no respondió.


Claudio Biondino (Buenos Aires, Argentina, 1972). Cuentos en Axxón: "Inseguridad" (160), "El testigo" (161), "Juego de luces" (162), "Las reliquias" (169).


GEORGE Y GABRIEL

Juan Pablo Noroña - Cuba


—Puede sellar el caso Oliver con toda confianza, señor asistente —dijo el oficial sin pasar de la puerta—. No quedan cabos sueltos.

—No esperábamos otra cosa —el asistente general se acodó en su butaca—. Con usted encargado...

—Sí, bueno —el oficial hizo una mueca de desagrado—. Hay un límite a nuestra capacidad de reparar errores, así como tiene límite un rollo de papel sanitario, no sé si me entiende.

—Muy gráfico, amigo, demasiado. Pero bien, prometo que tendremos más cuidado en adelante. Ah, mis modales; ¿por qué no viene a disfrutar de un buen puro? Es curioso cómo la calidad es la misma en cualquier continuo en que se cultive.

—Tengo muchas inquietudes que disipar —dijo el oficial dando un paso atrás—. Gusto en verlo.

Apenas la puerta deslizante se cerró, un hombre armado con una pistola emergió detrás de la butaca. —Estuviste convincente —dijo, sardónico—. Casi creí que le darías al muchacho uno de tus puros cubanos. ¿O era sólo un truco para descubrirme?

—No intentaría un truco con el rey de los engaños.

El hombre armado se molestó. —Una cosa es que alces calumnias en mi contra y otra que las quieras hacer pasar por ciertas —apretó el cañón de la pistola contra la cabeza del asistente—. Ustedes son tan embusteros como yo. Apuesto a que si aprieto el gatillo las paredes se llenarán de mentiras. "Cristo es amor", "murió por nuestros pecados", "Virgen María" y todos esos... eslóganes.

—Calma, George. Te convengo más vivo que muerto, si quieres salir de aquí en una pieza.

—¡Ja! Como si me importara.

El hombre sentado tragó en seco. —Entonces —dijo en pretendido tono casual—, ¿a qué debo el honor de esta visita subrepticia? Alguien importante como tú, o que al menos lo fue.

George se apartó y le dio la vuelta a la butaca para quedar frente al otro, a dos metros de distancia. —Pero si tú y yo estamos al mismo nivel —dijo sin perder puntería—. Tienes todos los hilos de este gobierno atados al meñique. Debe ser excitante eso de actuar en las sombras mientras te haces pasar por un simple funcionario. Calla, calla... no intentes mentir.

—Sólo iba a decir que no has contestado mi pregunta.

—Ah. Esa pregunta. No, mejor vayamos directo a la mía. ¿Por qué rayos me encuentro con agentes tuyos en todos y cada uno de los continuos asignados a mí?

—Tú rompiste la tregua —protestó el hombre sentado—. Hiciste un libro y lo titulaste con el año en que empezaron los experimentos —se secó el sudor—. Describiste nuestro continuo y le diste al mundo la fecha nodal irrevocable. No estuvo bien.

—¿Esa es la excusa? —George agitó el arma—. ¿El libro? Oh, por ti mismo, si con ese avatar escribí montones de cosas, como un condenado. Incluso una novela con animales.

—No fue bien visto. Algunos pensaron que nos estabas minando el terreno.

—O los hiciste pensar eso. Siempre fuiste un mierdita paranoico, Gabriel, con capacidad de infectar a los demás. Les dejé ganarme, cabrones, y así me pagan.

—Ese libro...

—¿No puede uno dar rienda suelta al impulso creativo? Me aburría. Ustedes, con sus intrigas paralelas corriendo a la vez en un montón de continuos, no saben lo que es. Te juro que no estaba intentando dar un golpe de mano para volver del exilio, por más novelesco que luzca. No querría tanta acción.

El hombre sentado carraspeó. —En ese caso, podemos restablecer la situación anterior.

—No, no, no —George manoteó la izquierda como quien ahuyenta insectos—. Estoy más que aburrido, más que cansado. Estoy harto. Quiero terminar con todo.

—¿Qué tienes en mente? ¿Un nuevo pacto? ¿Otro exilio?

George frunció el ceño. —Ya buscarías una excusa para ir detrás de mí. No, no más. Yo, Shaitan, Ariman, Susanoo, Loki, Cronos, Huitzilopochtli, Set, estoy harto —suspiró—. Quiero el fin de esta guerrita mezquina e interminable.

—Si acabaras de decirme tus intenciones —el hombre sentado se movió en su butaca—, esta conversación tendría algún sentido.

El hombre armado disparó la pistola y el abdomen del otro estalló como globo pinchado. Las tripas se regaron por la butaca en tanto la parte superior del torso, del diafragma arriba, caía al suelo separada del resto. La cara de Gabriel quedó aplastada contra la alfombra, mostrando más sorpresa que dolor. —¿Por qué hiciste eso? —dijo usando los brazos para ponerse bocabajo y alejar el rostro del piso—. ¿Qué dije?

George estudió con fastidio las manchas de sangre y otras sustancias que habían salpicado su elegante traje. —Oh, caramba —se quejó—. No puede uno terminar con dignidad, con... limpieza.

—¿Me has cortado en dos y lloras por tu traje? —aulló Gabriel—. Eres único, George, único.

—Me hacía falta dejarte inerme —explicó el hombre armado y sacó una pequeña esfera del bolsillo—. Para esto. ¿Sabes qué es?

Gabriel, ocupado en arrastrarse hasta la puerta, no le prestó atención. George fue hasta él y lo puso boca arriba con el pie, como a una tortuga. —No te vayas —dijo apoyando el zapato en el pecho del otro—. Ahora empieza el show.

El hombre cortado a la mitad miró al otro con odio infinito.

—Como te decía —continuó George mostrando la esfera—, esto es un artilugio interesante. Se llama "generador de evento de vacío metaestable", o "Instantón de túnel Sitter-Minkowski"; Jakobson no se decidía. En cualquier caso, me aseguró que puede destruir un continuo entero, y los que se conecten.

Gabriel abrió los ojos desmesuradamente.

—Eh, no te quejes —dijo George—. Ustedes acabaron con todo lo que el pobre hombre amaba, y por poco con él mismo. Me costó sacarlo de entre las garras de tu Yehuda. Ah, ¡qué esbirro ese!

—¿Qué hiciste con Yehuda? —Gabriel clavó los dedos en el tobillo que lo pisaba—. ¿Qué rayos quieres?

—Lo dejé en su cueva favorita, esta vez sin esperanza de rescate, esperando lo que podrías llamar nuevo amanecer sin dioses.

—¿Qué cosa?

—Este continuo desaparecerá en un caos de constantes físicas alteradas, y también todos los que contaminamos con esta tonta guerra. Sólo sobrevivirán aquellos que no hayamos tocado aún. Serán libres para siempre.

—¡Estás loco! —el medio hombre intentó forcejear con el pie de su enemigo—. ¡Guardia! ¡Guardia!

George rió y se tragó la esfera. —Vaya —dijo tanteándose el abdomen—, no me parece muy digerible. Siento que estoy al explotar —y rió de nuevo, estrepitosamente, sin parar siquiera cuando los guardias abrieron la puerta. Su risa sólo se extinguió con el estallido de luz.


Juan Pablo Noroña (La Habana, Cuba, 1973). Cuentos en Axxón: "Hielo" (136), "Invitación" (140), "Obra maestra" (142), "Todos los boutros versus todos los hedren" (144), "Brecha en el mercado" (147), "Proyecto chancha bonita" (148), "Quimera" (149), "Náufragos" (152), "Hogueras" (153), "Pareja" (155), "Shift" (157), "Los soñadores de Kaliria" (159), "Cepas" (159), "El sexo de los ángeles2 (160), "De pie para el himno" (161), "Príncipe de los espíritus" (162), "Hombre con oscuridad" (165), "Maestro" (167), "Hagiografía" (169).


LA CENA

Carlos Daniel J. Vázquez - Argentina


Que estaba sentenciado era un secreto a voces. Sin embargo, él supo mantenerse como si nada pasara. Dos de nosotros, que estábamos algo más enterados que el resto, habíamos tratado de disuadirlo. Yo le había dicho que, tal como nos había enseñado, las cosas no debían ser de una forma determinada, sino tal como uno decide que sean. Pero él nos dijo que todo estaba bajo control, y que no tratáramos de cambiar las cosas porque nada de lo que iba a pasar era innecesario. Yo lo había visto haciendo pequeñas cosas maravillosas y desde entonces había aprendido a tenerle una fe ciega.

Esa noche se las arregló para que estuviésemos todos y, como siempre que estábamos juntos, compartíamos la cena. La charla era cordial, la comida y la bebida simplemente alcanzaban, y si su presencia no marcara de forma tan notable el alma de los presentes (tal como todos esos últimos meses) se diría que se trataba, ni más de menos, de una austera reunión de amigos.

Entonces hizo una seña para llamar la atención de todos. Acostumbrados a escuchar sus sabias palabras, todos hicimos silencio para escuchar al rabí:

—Dejémonos de rodeos: es bueno que todos sepan que me quedan pocas horas.

Un rumor se extendió a lo largo de la mesa.

—Me quedan pocas horas —repitió—, y debo decirles varias cosas. Cosas que importan.

Sus ojos brillaron con la misma fuerza que aquel día, cuando sacó a patadas del templo a los mercaderes que se habían apropiado del lugar.

Me causó temor.

—Como primera cosa les pido que colaboren. Sea como sea, de todas formas mi tiempo con ustedes está llegando a su fin. Ya hablé en privado con dos de ustedes, quienes tendrán que llevar a cabo tareas difíciles, dolorosas, pero muy importantes. Al resto les pido que no los juzguen.

Otra vez el murmullo llenó la habitación. El rabí esperó unos segundos a que nuevamente se hiciera silencio. Entonces continuó:

—Todo este tiempo juntos sirvió para que aprendieran el mensaje que tengo como regalo para ustedes. Muchas de las cosas que les he dicho o que ustedes han visto, lo sé, no son fáciles de entender. Siempre traté de decir las cosas de modo que todos puedan entenderlas. Creo que, en gran medida, lo hemos logrado. Pero ahora tengo ciertas consideraciones puntuales que debo darles a conocer.

Tomó un pan entre sus manos y lo levantó para que todos lo viéramos:

—Miren este pan: en sí mismo es muchas cosas. Todos hemos molido el grano, hemos amasado el pan, lo hemos cocinado. Este pan significa, además, la unidad que logramos alcanzar a pesar de nuestras diferencias, y la transformación de los individuos en grupo, tal como el grano, el agua y la sal se transforman en una masa única, la cual nos alimenta. Que compartirlo represente esta unidad y que esa unión nos alimente.

Diciendo eso, lo partió en dos. Pero antes de entregarlo a los hombres que estaban a ambos lados, agregó:

—Pero este pan es especial, y es un regalo. Contiene ciertas sustancias que les darán fuerza cuando ya no la tengan, templará sus corazones, aliviará sus mentes. Siempre guarden una pequeña miga para agregarla al pan del día siguiente. Y compártanlo con todos aquellos que quieran aceptarlo, porque en cierta manera lleva carne de mi carne y de esa forma yo estaré con ellos y con ustedes. Cómanlo ahora, mañana y en adelante, y siempre que lo hagan, recuérdenme.

Luego alzó la copa y continuó:

—El vino de este cáliz es como mi sangre. Contiene cosas diminutas diseñadas por mi padre. Sé que mi sangre será derramada prontamente, pero quienes beban de este cáliz tendrán pensamientos más lúcidos, se mantendrán más sanos, curarán más rápido. Les dará más resistencia a muchas cosas, incluido el dolor. En esto no hay magia, simplemente potencian la capacidad de hacer realidad sus ideas, sus propias elecciones. Con el tiempo, si realmente lo desean, podrán hacer cosas maravillosas. Ahora, beban de él, beban hoy y siempre. Y cada vez que lo hagan, recuérdenme.

Cuando la copa volvió a sus manos la dejó sobre la mesa y se puso de pie. Uno de nosotros quiso detenerlo, pero alegó que necesitaba estar solo.

Esa noche fue seguida de días muy negros y nunca jamás volvimos a compartir un momento semejante. Claro que a pesar de que ha pasado poco tiempo, desde entonces han pasado muchas cosas. Algunas terribles, otras vergonzosas, unas pocas simple e inexplicablemente maravillosas.

A su pedido, después de un corto tiempo nos dispersamos. Salimos en parejas a esparcir sus ideas. Después de todo no son malas, y si lográramos transmitirlas tal como él lo hacía seguramente las cosas marcharían mejor.

Yo por lo pronto, sigo practicando. Ya puedo captar una voz que me guía: la siento dentro de mi cabeza casi como si fuesen mis propios pensamientos. Hace poco me abrí una pierna con una roca en pleno desierto y juraría que vi a las pequeñas máquinas reconstruyendo mi carne y mi piel. Creo que también viajan en mi sudor, porque con sólo tocar a un enfermo, éste en pocos días logró recuperarse.

No obstante es difícil. Somos perseguidos como si fuésemos una plaga, y poco puede esta magia contra las armas de los soldados, si somos atrapados y atacados a mansalva. Ya tuve que esquivarlos, y a veces debo esforzarme en creerle a la voz que habla en mi cabeza, instándome a seguir, porque cada vez que hablo o actúo delato mi presencia, doy una pista de mi derrotero. Yo no lo sé, la maldad y la ignorancia del hombre son imponentes, pero la voz me dice que su palabra se hará carne y que a la larga podrá imponerse.

Que así sea.


Carlos Daniel J. Vázquez (Buenos Aires, Argentina, 1968). Cuentos en Axxón: "Jugar con fuego" (15), "Su amor del tren" (25), "Breve historia de un naufragio" (37), "Repuestos, repuestos" (44), "Madre" (56), "Cruzado" (57), "Sin título" (64), "Rey al reír" (69), "Cinco flores para Alicia" (83), "Fábula (con amor)" (148), "Historias antes del fin" (149), "La Picazón" (153), "Alienígenzoos" (154), "Clavius, Uclo y el factor indeseado" (159), "Sentidos" (160), "La pequeña del bosque" (161), "Precisión" (167).



Axxón 170 - enero de 2007
Cuentos de autores de procedencias diversas (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Varios países).

            

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