CHOCOLATE HEIST

Juan Pablo Noroña

Cuba

HEIST: En jerga gansteril, asalto o robo importante.
Dícese también de un relato centrado en uno de esos hechos.


En el espigón más oscuro del muelle menos usado estaba el auto. Era una versión pequeña del Renault Nervastella del 35 —modelo preferido de policías y gángsters por igual—, nuevecito. El timón parecía de barco y todos los controles estaban hechos para ser manejados sin pulgar oponible; era lo adecuado para el chofer, un chacal dorado que llevaba puestas una chaquetilla azul marino con hombreras y una gorra amarilla.

Detrás del chacal, en el penumbroso asiento trasero, se escuchó una voz:

—Marcelo, vete a buscar un hueso.

El chacal hizo un saludo militar en dirección al espejo retrovisor y sin más saltó por la ventanilla; cayó en cuatro patas. Así mismo trotó hasta perderse de vista espigón adentro.

—Chacales —dijo la misma voz.

—Yo pensaba que todos los chacales se llamaban Jacques —dijo otra voz a la izquierda de la primera.

—Todos los chacales que hablan francés. Este viene de Italia; todos los italianos se llaman Marcelo, así como los ingleses se llaman Jock y los alemanes Max.

—Chacales.

Se hizo silencio en el auto, en el espigón, en el muelle y quién sabe si en todo el puerto; sólo las olas tímidas persistían en su murmullo.

—Bueno, Boris —dijo la segunda voz—. No me trajiste aquí para hablarme de chacales.

—Por supuesto que no, René. Es un asunto muy grave.

—Dispara.

La primera voz suspiró. —¿Por dónde empiezo? Ah, bueno. Sabrás que trabajo para La Mamma, en un puesto importante de su operación.

—Claro. Por eso se te ve en auto, gordo y lustroso.

—Ya, y eso es bueno. Pero no vengo a contarte nada bueno. La Mamma se volvió loca.

La voz a la izquierda se rió. —¿Loca como una gallina? —dijo—. Siempre dije que tenía cabeza de pájaro.

—No hagas chistes, René. Cuando una gallina tan poderosa como La Mamma se vuelve loca, realmente loca, no es de risa.

—A ver, Boris, a ver. ¿Loca en qué sentido?

—¿Cómo te lo digo? Mira: ¿conoces a otra gallina, a otra ave, de hecho, como La Mamma?

—Están las otras dos cluecas.

—Fica y Recoveca, su ala izquierda y derecha. Gracias a eso es que son como ella. ¿Aparte de esas tres, conoces más aves parlantes? Y sabes que no hablo de urracas ni loros.

—Bueno... —la segunda voz sonó cavilosa—... ahora que lo preguntas, no. Dicen que los pingüinos, pero no me consta.

—¿Ves? ¿Y nunca te has preguntado por qué La Mamma y las otras dos no son como el resto de las aves?

—Me olvido si me lo pregunto. No conviene ser curioso con La Mamma.

—Pues yo lo sé. Yo sé por qué. Me lo contó Recoveca.

—¿Te lo contó?

—Resulta que le gusto. Un día me invitó a su nidito, me convidó a pasteles y dulces, y comenzó a insinuar que le daba miedo estar a solas conmigo, pero no un miedo así terrible, que se podía pasar, porque yo era un tipo interesante y buena compañía. Yo me di cuenta de por dónde iba la cosa, y le dije que los pasteles me abrían el apetito, que ella estaba para comérsela con plumas y todo, cosas así. Hubieras visto como se esponjaba y cloqueaba; todas las hembras de todas las especies son iguales, René.

—Qué me dices, Boris.

—Pues como te lo digo. Entramos en confianza, Recoveca y yo, y ya me ves, estoy importante.

—Eres un pillo.

—Olvídalo. Un día que me dio por mordisquearle plumas de la cola se puso cariñosa y confidencial, y me contó el gran secreto de La Mamma.

—¡Alto ahí, Boris! —advirtió la segunda voz—. No sé si quiera saber el gran secreto de La Mamma. Puede ser que un día despierte con un gato en el pecho, y no es broma.

—Debes escucharme, René. El destino del mundo depende de que me escuches.

—Estás hablando como en las novelas.

—Pero es la vida real. Tienes que escucharme, y después le vas a contar a Beaugart, el honrado.

—Está bien, está bien. Todo sea por nuestra amistad y porque somos primos.

—Simplemente escúchame, por favor.

—Bueno, sácatelo del pecho.

—Todo está en el chocolate, René.

—¿Repite?

—El chocolate hizo a La Mamma, y a Fica y Recoveca.

—¿El chocolate qué?

—La Mamma no nació así como es ahora, me contó Recoveca. Era una gallina normal, tonta, de las que ponen muchos huevos y buscan gusanos en la tierra. Pero vivía en el corral de la esposa del sommelier de la mejor fábrica de chocolate en Lausanna.

—Ah. Mucho chocolate en esa casa, supongo.

—Demasiado. Sobraba para las personas. Y como la esposa del señor sommelier era alemana, no botaba nada: el chocolate iba a parar a la comida de las gallinas.

—Podría haberlo vendido.

—¿En esa ciudad? ¿Por cuánto?

—Claro, claro. ¿Y entonces?

—Pues que un día La Mamma comenzó a crecer, y según crecía se volvía inteligente. Se sintió capaz de entender a las personas. Y un día que alguien en la casa se enfermó, oyó a la dueña decir: "Haremos un buen caldo con la Leghorn, que está enorme". La Mamma se escapó esa misma tarde. Anduvo los caminos, cantó canciones populares italianas en las ferias, juntó dinero y entró en negocios. Después compró por trasmano un montón de gallinas y las embutió de chocolate. Sólo dos se hicieron más o menos inteligentes: Fica y Recoveca. Entre las tres pusieron en pie la organización.

—Qué historia. ¿Pero, Boris, qué tienen que ver el chocolate y tres gallinas con el destino del mundo?

—La jefa de las gallinas tiene un plan para acabar con los humanos usando el chocolate. ¿Te das cuenta?

René no respondió de inmediato. —Ah, Boris, no hagas drama —dijo después de unos segundos—. "Acabar con los humanos, el destino del mundo, buu". Son tres gallinas locas, te das cuenta, tres gallinas. ¿Qué rayos pueden hacer gallinas? ¿Y qué hay con el chocolate?

—Pero tienen un buen plan. Muy bueno. Arriesgado, pero no imposible.

—Ah, vamos. ¿Y qué si lo logran? Humanos. Desaparecen, y nadie los extraña.

—¡No pienses con la cola, René! ¿Te gustaría vivir como el abuelo en su niñez? En una madriguera húmeda y sucia, sin servicio sanitario ni calefacción, con dos huevos de codorniz en el estómago hoy y una ardilla escuálida la semana que viene. Muerto de frío, de hambre, con sarna y pulgas por todo el cuerpo, sin poder llegarte a un hotel para alquilar una habitación con baño y cojines de seda y ordenar un steak de dos libras al servicio de habitaciones, porque no habrá quien te atienda. No en balde tenemos el triple de peso que antes... vivimos mejor.

—Hey, ¿a qué viene eso?

—A que todas las cosas buenas del mundo las hacen los humanos. ¡Hacen tanto, que por ejemplo, ni podemos comernos toda la comida que botan! Construyen las casas, instalan las comodidades, fabrican los autos, cosen la ropa, cuidan las vacas y las gallinas; ¿crees que uno de los nuestros podría cuidar vacas y gallinas para que podamos tener steaks y whiskys con yema?

—Oh.

—¿Podrías instalar la plomería de una casa? ¿Fabricar una Thompson o un Colt? ¿Destilar ron, fermentar cerveza? ¿Tejer cobertores de lana o componer fórmulas contra las garrapatas? ¿Qué tal el tapizado de este auto?

—Tienes razón.

—¡Claro que sí! ¡Tenemos que parar a La Mamma a como dé lugar, o el mundo se volverá inhabitable!

—Bien, me convenciste. ¿Pero cómo es ese plan de la Mamma? ¿Realmente sirve?

—Te lo voy a contar, y el mío para detenerla; pero sólo para que lo cuentes a quien te dije. ¡Es un secreto!

A partir de ese momento la conversación se volvió susurros y frases entrecortadas: "y así entonces", "no me digas", "de esa manera", "¿pero cómo?", "sus contactos son los mejores", "sólo de pensarlo", "se juega todo su dinero", "lo peor es que puede ser", "¿lo tienes claro?"

Se hizo de nuevo un silencio marino. Lo rompió el sonido mecánico de la manija de la puerta, y ésta se abrió despacio. Bajo el borde inferior apareció la pata de un zorro apoyándose en la plataforma entre ambos guardabarros; la otra pata fue directamente al suelo. La puerta se cerró, y junto al auto apareció un zorro vestido con sobretodo verde y boina de cuadros rojos y violetas.

—René —dijo la voz de Boris desde del auto.

—Dime —respondió el zorro sin mirar atrás.

—Si encuentras a Marcelo por ahí me lo mandas de vuelta.

—Hecho.

René metió las patas delanteras en los bolsillos del sobretodo y se marchó, silenciosamente.


El inspector Beaugart se llevó dos dedos al ala del sombrero como si fuera a levantarla, sin llegar a moverla en lo absoluto. La sombra del fedora le cubría todo el rostro y no parecía, por como lo llevaba, que pudiera ver más allá del pavimento entre sus pies; no obstante, se paró delante del rótulo del bar "La pulga ebria" como si pudiera leerlo perfectamente sin siquiera levantar la vista. Beaugart se dirigió hacia la puerta del establecimiento, y al caminar la perfecta línea de caída de su sobretodo no se alteraba ni por una arruga.

Ante la puerta de "La pulga ebria" estaba el portero matón, un oso grizzly totalmente desnudo excepto por un cinturón grueso cerrado con una enorme hebilla dorada.

—No tienes lugar, ley —dijo el oso—. Aquí no permitimos gente de tu clase. Vuelve con tu esposa e hijos.

Beaugart se detuvo ante al oso. —Estás en Francia, americano.

—¿Cómo?

—Libertad, igualdad, fraternidad; libertad de coserte a balazos, me da igual del tamaño que te creas, y te puedo enviar con tus hermanos del Kentucky así —Beaugart chasqueó los dedos.

El grizzly fijó la vista en el ala del fedora del inspector. —Está bien —dijo—. Disfruta tu jurisdicción, ley, y ojalá un día nos veamos en Italia.

Beaugart sonrió con los dos últimos milímetros del lado izquierdo de la boca. —Recordaré llevar agua de colonia para ti —y pasó el umbral.

Ya dentro, el inspector paseó la vista por el local. En las mesas había gatos, perros y hasta un mono; ningún zorro. En la barra sí, uno, casi al final. Sostenía con las patas delanteras la base de una copa ancha llena de whisky con yema y lamía con su ansiosa lengüecilla rosada. Beaugart fue hacia él y se sentó en la banqueta de al lado.

—Hola, René.

El zorro volteó la cabeza precipitadamente hacia el inspector, con media lengua fuera, goteando con profusión.

Beaugart sacó un pañuelo del bolsillo del sobretodo y se limpió parsimonioso innumerables gotas de whisky con yema de la manga, el pecho y el rostro. —Hey, René —dijo—, gracias, pero prefiero el scotch solo.

René metió la lengua y balbuceó unas disculpas. —Por supuesto que me mandarás la factura de lavandería —añadió.

—No hay problema. En estos días se termina la temporada de este color; ya tenía que haberme comprado el nuevo.

El barman se acercó a Beaugart. —Scotch solo, entonces —dijo mientras secaba un vaso cuadrado.

—Tienes buen oído —dijo el inspector.

—Para atender a mis clientes —el barman indicó al zorro con un codo—. Te silban bajito y se creen que fue alto.

—Bueno, aquí tienes a uno que puede levantar el vaso con una sola mano. Qué digo, uno con manos.

René miró a ambos humanos alternativamente. —Matapulgas, whisky, plomería, steaks.

—¿Qué? —dijeron los dos hombres al unísono.

—Nada. Sólo recordando algo que me dijo un amigo.

El barman y Beaugart intercambiaron encogimientos de hombros.

—Bueno, René —dijo el inspector—, el buen amigo aquí me servirá un scotch y nos dejará solos para que me dictes tu testamento.

—Enseguida —dijo el barman y sirvió un vaso de whisky sobre la barra.

—Hasta arriba —pidió Beaugart—, y deja la botella.

—Hasta arriba —confirmó el barman—. Me voy, a tapar los agujeros del techo; esto aquí es pura intemperie —indicó con la barbilla el sombrero del inspector.

—Soy calvo —dijo Beaugart.

El barman hizo una mueca de conmiseración y se marchó.

—Ahora que estamos solos, dime —dijo Beaugart dándole un codazo a René.

El zorro se relamió de la bebida. —La Mamma prepara un golpe grande —dijo con la lengua colgándole a un lado de la boca.

—¿Acaso soy abacero? —dijo Beaugart—. Hay en la ciudad cuatro anarquistas venidos de París y quién sabe cuántos espías alemanes, ¿y tú me vienes con una gallina que se cree Fantomas con pico y plumas?

René meneó el hocico. —Eso es lo bueno de la policía: nunca toma a los animales en serio.

—No te preocupes. Dicen que pronto habrá policías animales.

—Caramba —el zorro arrugó el hocico—. Bueno, no importa; seguro que ponen toda clase de perros. Y eso tampoco importa ahora: te digo, La Mamma prepara un golpe grande.

El inspector suspiró con todo el pecho. —A ver, qué —dijo—. ¿El Banco Agrícola o la Asociación de Cultivadores de Granos? —y se llevó la bebida a los labios.

—El almacén de chocolate en el puerto.

Beaugart escupió el whisky y hundió la cabeza entre los hombros. —Me voy de aquí —dijo tirando un billete sobre la barra. Hizo el intento de levantarse, pero sintió un tirón en el brazo: René se le había prendido de la manga. —Hey, René —dijo—, ninguno de los dos ha bebido para tanto.

—¿Me escucharás, maldito rapado con placa? —farfulló René sin zafar las fauces de la manga—. ¡Es muy serio, caramba!

—Chocolate, gallinas ponedoras —dijo Beaugart—; lo que me viene a la cabeza es una tarta con mucho merengue, y las tartas sólo son serias en tu cumpleaños.

René soltó al humano pero lo retuvo mirándolo fijo a los ojos. —Precisamente por las tartas. La Mamma quiere vengarse por los pollitos que nunca nacieron.

—¿Qué pollitos, qué venganza? Las tartas y el merengue se hacen con huevos puestos de vicio, sin engallar.

—Ella cree que todos esos huevos debieron haber sido engallados, y que poner huevos por vicio es un crimen contra la naturaleza, pues son como medios pollitos que no llegan a completarse. La culpa es, por supuesto, de los humanos.

Beaugart cayó sobre el asiento. —Es una gallina loca —afirmó ensimismado, la vista en el vaso vacío.

—Es una gallina loca, pero para ella trabajan montones de zorros, gatos, lobos, chacales, licaones, linces —dijo René—. Además tiene más francos que plumas un corral. Una locura de La Mamma es más seria que el discurso de un senador.

El inspector meneó la cabeza. —Duro de creer, amiguito —dijo—. Incluso si lo creo yo, mi comisario no tiene por qué. Tienes que darme algo sólido.

—Te lo doy —dijo el zorro—. ¿Conoces a Serge el visón?

—¿El que vende autos para animales?

—Él y su cola. Apriétalo, y te dirá que le ha vendido una flota entera de camiones de segunda mano a La Mamma. No directamente, y quizás no lo sepa todo porque ha sido con testaferros. Pero si le pides nombres, todos los rastros te llevan al gallinero.

Beaugart se sirvió un vaso entero de bebida y se lo llevó cautelosamente a los labios.

—¿Difícil de tragar? —preguntó René.

El inspector se empinó el whisky.

—Sólo tiene que ser auténtico.

El zorro se aproximó al humano. —¿Me escucharás?

Beaugart asintió. René estiró el hocico hasta la oreja del inspector y comenzó a hablar, tan bajo que a veces el hombre pedía una repetición. El rostro del policía alternaba entre la palidez, la diversión y el asombro.

Al terminar el zorro, Beaugart se quitó el fedora y se abanicó. —Por Dios —dijo—, qué complicado. Pero eso es bueno; le parecerá bien al comisario Binet, mi jefe. Él también es complicado... tiene un librero lleno de libros esotéricos. ¿Y para cuándo es?

—Boris no sabe, pues las gallinas no dicen. Pudiera ser en cualquier momento; ya todo está listo. Sé cuidadoso con esto, ley. Boris está dispuesto a sacrificarse un poco, pero no lo lleves muy lejos... por ejemplo, a la Guyana.

—Si algo de esto es verdad —el inspector miró a René a los ojos—, especialmente la parte macabra, le van a dar la Legión de Honor.

El zorro caviló unos segundos. —¿Viene con una pensión, no?

—Eso dicen.

—Pues le gustará.

—Ya lo creo. Sabes qué —Beaugart se puso el fedora—, hay que comprobar algunas cosas en esa historia antes de ponernos en movimiento.

—¿No me crees?

—Creer no tiene nada que ver en esto. Es el reglamento.

—Ah, vaya. Pues ve y sigue el reglamento mientras se cae el mundo. Igual vas a ver que todo es verdad. Yo confío en Boris.

Beaugart hizo una mueca. —Pues yo también. Bueno, si no hay más historias de gallinas, con tu permiso... —bajó una pierna de la banqueta— tengo que despertar a mi comisario.

—Hey, espera —advirtió René— viene el acto de Kathy.

—Ajá... que lo disfrutes.

—Vamos, será unos minutos.

El inspector dedicó un vistazo desganado al escenario, y justo cuando retiraba la vista llamó su atención el pelo blanco más luminoso que había visto en su vida. Entraba al tablado una zorra de cuello albo y espumado, tan magnificente que pareciera falso si no le quedara tan bien. Era pequeña, casi tanto como los zorros de antaño, pero dominaba el escenario con movimientos señoriles. Al verla acercarse al micrófono y acomodarse sobre la banqueta, Beaugart comprendió que se hallaba en presencia de una diva. El inspector se sentó de frente al escenario mientras entraban las segundas voces, tres lobas muy bien acicaladas.

La orquesta comenzó el tema, un blues, y la zorra estiró el hocico hacia el micrófono, que le quedaba alto, para vocalizar. Beaugart reconoció su tipo preferido de voz femenina: cálida, clara, natural. Cantaba la zorrita que el atardecer le recordaba a su amante ido, cuyos besos extrañaba más cuando las sombras caen sobre las paredes. Era una canción triste, de hastío, y sin embargo ella la entonaba con delicia jovial. Después del tercer puente saltó de la banqueta en tanto el bajo atacaba el walking, y comenzó a bailar, pegada al ritmo como si la música estuviera escrita en el suelo para que ella la siguiera.

—Caramba —dijo Beaugart—. Creía que para moverse así se necesitaban caderas.

—Sss... —exigió el zorro.

Beaugart ayudó al zorro a tributar la debida admiración a la cantante, y aplaudió al final del acto. —Si yo tuviera más pelo —dijo mientras la zorrita hacía gestos de agradecimiento—, de seguro la invitaba a una copa.

René rindió las orejas. —Es una de las chicas de Boris.

—¿Y qué? ¿Cuándo eso te ha detenido?

—Boris es un gran amigo —el zorro hundió la lengua en el whisky con yema.

Beaugart extendió la mano y le rascó la cabeza. —Así me gusta —afirmó, no muy convencido—. Ni la del hermano ni la del que está en la guerra, decían en mi pueblo. Bueno, ahora sí me voy.

René observó, con aire entre triste y satisfecho, cómo el policía intercambiaba par de bravatas con el portero, y se dio la vuelta en el asiento. Kathy comenzaba otra canción, una nueva: "Respeto". Después vinieron "Chico llorón" y "Tarde o temprano". La última René se la pasó intentando tropezarse con la mirada de la zorrita. No lo logró, y sin esperar a que terminara por completo, pagó su cuenta.

Salió con las patas metidas en los bolsillos y la boina tan encasquetada que le doblaba las orejas hacia abajo. Caminó como sin rumbo unas cuantas cuadras por la misma calle de "La pulga ebria", una avenida poco concurrida a esa hora, y torció a la izquierda en una vía de menos faroles. Siguió cabizbajo, ignorando esquinas y cruces, inmerso en algo profundo, pero de repente, en una manzana ya sin luz, levantó el hocico y se detuvo alertado. La poca luna brilló en el metal de una manopla con garras que extrajo del sobretodo.

De cada rincón oscuro, desde atrás de todo y cualquier objeto mediano o grande, salió un gato, hasta sumar más de los que René podía ver. Uno de ellos, negro y lanoso, hizo chispear contra los adoquines una manopla similar a la de René, con lo cual llamó la atención del zorro.

—Conversaste tanto tiempo con la ley —dijo el gato—, que me dio tiempo a reunir a los chicos. Todos ellos.

—¿Por cuenta de quién? —preguntó René, numerando gatos hasta perderse en más de quince.

El gato sonrió y sus gruesos cachetes le presionaron las orejas hacia arriba. —Los gatos no decimos, René.

—Pues vengan... —dijo el zorro blandiendo su manopla—. Habrá fiesta de ratones esta noche.

Alguno de los gatos lanzó un objeto brillante contra la pata de René, y éste soltó un gañido de dolor, a la vez que dejaba caer la manopla. En ese mismo instante saltaron sobre el zorro todos los demás menos el negro. Este se quedó observando el remolino de zarpazos y mordidas, sonriendo malignamente; de vez en cuando incitaba o recriminaba a los suyos.

René mordía y zarpeaba sin hacer caso del dolor, pensando sólo en herir, pero a cada segundo estaba más débil. Llegó el momento en que se derrumbó, incapaz de responder e incluso de sentir los golpes. De repente, casi inconsciente, escuchó a los gatos maullar y bufar de miedo, y en un instante se hizo silencio total. Después sintió pasos de animales más pesados, y jadeos.

René entreabrió los magullados ojos. Ante él había dos perros medianos, un bull terrier y un fox terrier, tocados con idénticos bombines azules.

—Oye, Fred —dijo el bull terrier, completamente blanco excepto por una mancha alrededor del ojo derecho—. Alguien quiso comer zorro esta noche.

—Grave error, Al —dijo el fox terrier, que era de color mostaza y lomo carmelita—. Los zorros van mejor por fuera que por dentro.

—Cierto, Fred. De cualquier manera, a éste le echaron a perder el pellejo.

—Y los huesos. Claro, los huesos de zorro sí que no sirven de mucho.

—Fred, se despierta. ¿Cómo están tus huesos, amiguito?

René intentó arrastrarse aparte. —Déjenme —murmuró—. No me toquen; tengo amigos poderosos.

—Oye, Fred —dijo el bull terrier—. Nos toma por sabuesos. Muéstrale tus orejas.

El fox terrier se acercó a René. —No soy esa clase de perros que caza zorros —dijo—. Quiero decir, lo soy, pero no lo hago. ¿Se entiende?

—¿Quiénes son?

—Somos la escolta personal de Su Alteza Limaya Baltrusaitis, duquesa de San Mau de Bonafide. Nos dio el fin de semana y quedamos en su casa de aquí.

René pestañeó incrédulo. —¿La Duquesa de San Mau de Bonafide no es... una gata?

—Sí —confirmó Al—. Nos gustan los gatos. No sé por qué esos gatos salieron corriendo. Es a los poodles a los que no resisto.

—Y hay demasiados poodles en este país —dijo el perro amarillo—. Es increíble. ¿De dónde salieron?

—Hey, Fred, mira que se ha desmayado.

El fox terrier se inclinó hacia el zorro inconsciente. —Pobre chico, Al —se lamentó—. Esto demuestra que una buena cantidad de arañazos puede con cualquiera.

—¿Qué hacemos con él, Fred? ¿Conoces alguna clínica veterinaria por aquí cerca?

El fox terrier negó. —Quien quería hacerse un cuello con este zorro lo va a buscar en las clínicas. Mejor lo llevamos a casa, al sótano aunque sea.

Al se rascó una oreja, inseguro. —¿Y ella cómo verá que le pongamos un zorro en la carbonera?

—Se lo ponemos en el ropero entonces; seguro le gustará.

El bull terrier rió con todos los dientes. —¡Seguro! Es una zorrita, esa gata. Bueno, dale, carga con él.

Fred entrecerró los ojos. —¿Cómo?

—Dale, a la boca.

Fred se cruzó de patas. —¿Has oído hablar de fox retrievers?

Al agitó la cabeza.

—Es que no los hay —aclaró Fred—. Además, ese zorro es más grande que yo.

—Cómo tú eres de caza, yo pensé —el bull terrier se rascó la oreja—. ¿Y entonces?

—Bueno, a ver los músculos, Al.

El bull terrier empelotó los músculos de hombros y patas. —Fuerte como un toro. ¿Entiendes? —dijo reluciente de orgullo.

—Entiendo, Al. ¿Y tú entiendes?

Al cambió de expresión y se destensó. —Maldición, Fred —protestó, arrugando la poca piel que tenía sobre los ojos.

—Para que no digas que abuso de ti, yo hago la parte de tomarlo con la boca y te lo pongo en el lomo. A ver, en todas las patitas.

El bull terrier se puso en cuatro y permitió que el otro perro le echara al zorro encima como un fardo. —Me siento como una acémila —protestó.

Fred fue a decir algo que requería sarcasmo, pero se detuvo. —Bueno, Al —sonrió—, deberías resignarte.

—¿Sangra mucho?

—Vivirá.

—¿Eso quiere decir que no mucho?

—Te lavaré yo mismo.

—Yo sabía que esto terminaba en agua.


René volvió a despertar con la visión de dos perros mirándolo. Pero en lugar de duros y fríos adoquines tenía bajo su costado una cobija, y en vez de la luna, un bombillo que colgaba de un techo de madera.

—¿Dónde estoy? —musitó.

—En el cuarto de la criada —respondió Fred—. No hubo que dejarte en la carbonera. Te ha llevado toda la madrugada despertarte; en un par de horas amanece.

René levantó trabajosamente la cabeza y vio que sus heridas habían recibido cuidado. Intentó ponerse en pata, pero no pudo ni alzar el pecho.

—Calma, amiguito —advirtió Al—. No te apures, que no irías sino al cementerio.

—Tengo que avisar a Boris —el zorro cayó exhausto—. Los gatos me vieron con Beaugart. La Mamma los debe haber puesto a seguirme; todo está perdido.

—¿Qué está perdido?

El zorro se relamió la boca reseca. —Primero agua, por favor.

—Mejor que eso —el fox terrier fue al otro lado de una cama que había en el centro de la habitación y volvió con una botella de vidrio—; tenemos leche.

Al levantó la cabeza del zorro con una pata mientras arrimaba un tazón con la otra. Fred sirvió la leche ante los ojos anhelantes de René.

El zorro comenzó a tomarse la leche con mucho cuidado.

—Buen muchacho —lo animó Al—. No pares hasta que no te hartes.

—Ya estoy bien —dijo René—. Por favor, deben avisar a Boris que la Mamma sospecha.

—Ah... es que somos nuevos en la ciudad —dijo Fred—, y no conocemos a la crema y nata. ¿Quiénes son esos?

—Boris es mi primo y la Mamma es la gallina que controla los muelles.

—¿Podrías repetir lo de los muelles?

René se dejó caer sobre la pata de Al. —Escuchaste bien, es una gallina —suspiró—. La más astuta de tres que hablan.

Al y Fred intercambiaron miradas incrédulas.

—Ningún forastero lo cree a la primera. Pero pregunten en la ciudad quién es la Mamma, y cualquiera les dirá, después de temblar un poco y eso.

Fred asintió. —Más raras las he visto. ¿Y cómo doy con ese Boris?

—Es parte de la organización de la Mamma. Quienes mejor saben sus pasos son sus choferes, dos chacales. Pero les será difícil encontrarlos... el asunto de los nombres, ya saben.

Al y Fred se sonrieron el uno al otro.

—Eso no es problema.

La puerta del cuarto se abrió y una mujer pelirroja asomó cautelosamente la cabeza. —¿Ya está despierto? —dijo con acento alsaciano.

—Ella es Marie —dijo Fred—. Es su alcoba.

El zorro intentó levantarse.

—Oh, pobrecito —la criada entró y se arrodilló ante René. Era una joven robusta y su sombra cubría por completo al zorro, quien se puso nervioso—. Cómo lo maltrataron. Odio a los peleteros.

—No fueron peleteros, Marie —aclaró Al—. Fueron unos gatos, por cuenta de unas gallinas, y debemos buscar a unos chacales.

—Le dieron leche —Marie tocó la botella—. Pero fría. Debieron haberla entibiado un poco. Oh, pobrecito. Yo te voy a poner sano.

—¿Crees que puedas cuidarlo por nosotros? —preguntó Fred.

—¡Encantada! Me gustan los zorros. Son rojos... como yo —la criada se acarició los cabellos.

—De hecho son más bien... —el bull terrier se calló al sentir el codazo de su compañero—. Bueno, nos vamos.

—Estás en buenas manos —dijo Fred despidiéndose con una pata mientras salía.

—Eh, no corras —Al siguió a su compañero sin darse vuelta para ver la súplica en los ojos del zorro.

Los dos perros bajaron cuidadosamente la escalera de caracol que llevaba del pasillo a la cocina, elogiaron el aroma del pan recién horneado y salieron por la puerta de servicio al callejón trasero que corría entre las mansiones. Por la izquierda se iba a una calle perpendicular a la gran avenida flanqueada de palacetes.

—Dos caballeros en su noche libre, en busca de aventuras —Fred aspiró el aire nocturno—. Así se vive.

—¿Dónde encontraremos un chacal para presionarlo, Fred? Extraño presionar a la gente.

—Bueno, no en este barrio. Debemos ir más cerca del puerto. Mantén la nariz alta, por si olemos uno en el camino.

Al meneó la cola. —Eh, Fred —dijo sonriendo—. Dime dónde termina mi nariz y empieza mi frente.

—No estoy de ánimo para viejas bromas, Al. Estamos de aventura, ¿recuerdas? Ayúdame a buscar un taxi.

—Ahí viene uno —Al señaló calle abajo, algo amoscado—. A la aventura en taxi... en taxi, vaya aventura.

Fred ignoró el sarcasmo y corrió a la calle haciendo señales. El taxi, que se veía a cuadra y media, no era un auto, sino un pequeño rickshaw.

El fox terrier sonrió malévolamente. —Esto comienza bien. ¿Hueles?

Al olisqueó, e inmediatamente se puso contento. —Oh, hum... —cruzó las patas delanteras y tensó los músculos—. Ahí vamos.

El rickshaw se acercaba, y las luces de los faroles mostraron que quien daba a los pedales era un chacal, vestido con blusa marinera y gorra sin plato. —¿Los caballeros van a alquilar? —preguntó solícito el animalito. Se notaba que había pedaleado bastante esa madrugada: de sus hombros salían volutas de vapor.

Al guiñó un ojo a su compañero.


El lobo se detuvo calle por medio ante la multitud de chacales que tomaba el sol de media tarde en la entrada del matadero de la ciudad y observó con aire crítico a los otros animales mientras se arreglaba la bufanda violeta que llevaba al cuello. —¡Hey, Jacques! —gritó, desprecio en la voz.

Uno de los chacales movió las orejas nerviosamente y se puso en dos patas, mirando en dirección al lobo.

—Tú mismo —dijo el lobo—. Ven aquí.

El chacal cruzó la calle con paso tímido.

—Mi nombre es Hugo —se presentó el lobo—. ¿Tú eres Jacques, el que trabaja para Boris el zorro?

—No, no soy yo —dijo el chacal—. Usted dice Jacques, y yo soy Jacques.

Hugo bajó las orejas, molesto. —Me tienen harto con eso de este es Jacques y ese es Jacques, todos Jacques por igual, y sin embargo no es lo mismo. ¿Cómo rayos se diferencian?

—Pero, señor, es diferente —protestó el chacal—. Jacques es Jacques, qué duda cabe.

El lobo gruñó. —A ver, dime, cómo se llama aquel tipo —señaló a uno de los chacales.

—Jacques, señor.

—Llámalo.

—¿Cómo dice, señor?

—¡Que lo llames!

El chacal se encogió, tenso, y se dio la vuelta hacia la multitud de congéneres. —¡Jacques! —exclamó.

Uno de los animales se levantó por sobre el grupo y respondió: —¿Qué pasa?

Hugo se inclinó hacia el chacal y susurró con el hocico casi dentro de la oreja del otro: —Llama ahora al tipo que está tumbado sobre el barril, y después pregúntales por el Jacques de Boris.

—¡Jacques! —obedeció el chacal—. ¡Jacques!

Un chacal, que en efecto estaba encaramado en la tapa de un tonel, levantó la cabeza de entre las patas y respondió: —¿Qué quieres?

—¿Sabes dónde está Jacques?

Mientras, el resto del grupo movía la cabeza de un lado al otro del diálogo.

—No sé de Jacques —dijo el chacal preguntado—. Quizás Jacques sí —y señaló a uno a su derecha.

El aludido sacudió la cabeza agitadamente. —No, no lo he visto hoy. Ayer sí; andaba con Jacques y Jacques por la pastelería de la calle...

—¡WROFFFF! —ladró el lobo—. ¡Basta ya! —dijo, con los pelos del cuello saliendo de la bufanda como una explosión. —¿Dónde rayos anda el que maneja para Boris el zorro? —preguntó a todo lo que le daban los pulmones.

El chacal que estaba junto al lobo comenzó a alejarse, hecho un puro temblor y tropezando con sus propias patas. El grupo entero de chacales comenzó a levantar cuartos traseros, bajar colas y alzar orejas.

—¡Hugo! —se escuchó desde la entrada de un callejón lateral—. ¡Boris te está esperando!

El lobo se volteó, y al hacerlo vio a Jacques el chofer asomando las orejas y poco más tras el muro de un edificio esquinero, en su lado de la calle. Le echó una última mirada de ira a la multitud de chacales asustados y se marchó amblando vigorosamente.

—La próxima vez que Boris me diga "búscame por los chacales" —dijo Hugo llegando junto a Jacques—, le voy a ripiar la cola hasta que parezca japonés.

Jaques bajó su rabo y le hizo señal de que lo siguiera. Hugo fue tras él por sobre cajones y a través de ventanas hasta que saltaron un muro y llegaron a un gran patio lleno de camiones y animales ajetreados. En el centro del patio, dando instrucciones a media voz, estaba Boris, quien al ver al lobo lo dejó todo y se le acercó presuroso.

—Hugo —saludó—. Qué bien que llegas. La Mamma adelantó todo y esto es una locura. ¿Has visto a René?

—No. ¿Tiene parte en esto?

—Ninguna, pero le debo dinero, y quisiera dárselo, pues si algo sale mal esta noche deberé salir de la ciudad sin mirar atrás.

—Muy honesto de tu parte... estoy impresionado.

—René es pariente, y mi mejor amigo. Mandé a buscarlo, pero desde anoche no aparece.

—Estará con una chica.

—Sólo tiene dos, y ellas no saben.

—No te preocupes, él sabe cuidarse. Y nadie va a salir corriendo de la ciudad. Todo está muy bien preparado. O sea, ¿todo está bien preparado?

—La mitad de los chimpancés choferes estaban borrachos, pero por suerte teníamos una lista de suplentes —Boris comenzó a dar cuenta a Hugo. Desde una semana antes habían sobornado al supervisor del almacén, quien había desordenado el sistema de rotación de los guardias nocturnos de forma tal que aquella noche los serenos no sabían si les tocaba ir al trabajo si él no les avisaba... y por supuesto no lo iba a hacer. También habían arreglado emborrachar al controlador de los accesos al puerto, y ya tenían las armas, las balas, la gasolina e instrucciones precisas para todo el mundo. En cuanto a la fuerza de choque, los linces y licaones, como siempre, habían llegado puntuales y sobrios; entre las hienas tenían algunas ausencias.

—No sé por qué la jefa insistió en chimpancés —dijo Hugo, molesto—. Son tan... humanos.

—Precisamente. Les pones sombrero y parecen personas, lo cual puede ser muy conveniente.

El lobo meneó la cabeza. —Cierto... les pones sombrero y son idénticos a las personas. Pero está el olor.

—Los perfumamos, y de todas formas los humanos no los huelen de lejos. Además los chimpancés y otros tres gibones y orangutanes que tenemos son los únicos con patas tan largas como para manejar camiones. Y no olvidar, serán de gran ayuda cargando cajas; son fuertes y tienen pulgares oponibles.

—La Mamma no me explicó tan bien —refunfuñó Hugo.

—Ella nunca explica nada. ¿Ves este desorden? ¿Por qué se le antojó esta noche, de repente?

—Pero paga sus antojos muy bien. Nada importa mientras pague como si fuera un asalto a un banco.

—Ojalá asaltáramos un banco —masculló el zorro—. Con todo y media policía. Odio los planes... como este.

El lobo se acomodó sobre los cuartos traseros. —Bueno, dime qué hago.

Boris lo miró de arriba abajo y movió los belfos con desdén. —Tú en particular, busca a alguien con quien jugar cartas —dijo caminado de vuelta al centro del patio—. Tus habilidades no son necesarias ahora.

Hugo miró en todas direcciones y no vio a nadie quieto, así que se dejó caer por completo y descansó la cabeza sobre las patas delanteras. Jacques se paró delante de él.

—Tú no, Jacques —dijo el lobo—. Eres demasiado tonto y no tiene gracia jugar contigo a las cartas. Mejor descanso; anoche comí demasiado chorizo y la pimienta me mata.

El chacal se fue tras el zorro.

Hugo colocó el hocico entre las patas, observando el ajetreo con aire displicente. Al cabo se puso de costado y se durmió. Poco a poco fue estirándose, ocupando más espacio con sus largas patas, que de vez en cuando removía para darse vuelta; y aunque había escogido un lugar en medio del ajetreo de los otros animales, estos se las veían para no molestar su inquieto sueño. Finalmente el ajetreo terminó junto con la tarde, y cuando todo estuvo listo un valiente fue a despertar a Hugo.


La vía que separaba los almacenes de los espigones estaba ocupada por camiones parqueados en dos largas filas. Los simios choferes, en función de cargadores, maniobraban lo más posible para transportar las cajas sólo hasta la hilera más cercana a los edificios; pero al hacer eso se enfrentaban a la ira gruñente de Hugo. El lobo andaba de un lado a otro entre los vehículos, y al tener estos las luces apagadas, la plata roja de sus ojos en la noche era lo único que de él veían los pobres cuadrumanos.

—¡Vamos, casi humano! —le dijo a un gibón—. A ese camión ya no le cabe una rata. ¡Ve al otro!

El simio puso la caja en el suelo y balanceó sus largos brazos. —Debí seguir estudiando —se quejó—. Pero la bebida y el juego me han llevado a la perdición... ¡Oh!

Boris observó asomado a la ventana de su auto cómo el lobo hacía un convincente amago de mordida para movilizar al mono. —Caramba —le dijo a Jacques, quien estaba al timón—. A Hugo le gusta su trabajo.

—Claro, jefe —el chacal puso cara soñadora—. Morder a la gente, asustarla...

—Por el Gran Zorro, con quiénes estoy trabajando. A ver, ¿dónde anda Marcelo? Eh, tú —Boris llamó a un licaón que pasaba junto al auto—. ¿Has visto a mi chofer?

El licaón señaló a Jacques con el hocico.

—No este, el otro chacal.

—Ah, el italiano —dijo el licaón—. Está comprobando los amarres de los guardas humanos del puerto.

—Gracias...

—Abdullah, señor.

—Vaya —Boris se rascó el pecho—. Eres el primero con ese nombre que conozco, humano o animal.

—Tuve que marcharme de mi país a causa de mi nombre, señor. Los humanos no me dejaban usarlo porque contiene el nombre del Todopoderoso —el licaón miró al cielo nocturno—. Pero si Él en su infinita misericordia me dio alma, voz y la facultad de usar nombre, con mi nombre lo honraré.

—Bien por ti, Abdullah. Aquí los animales tienen derecho al nombre, aunque sea uno para toda la especie en un país, como pasa con Jacques.

—Eso es comprensible, señor. Como viven los chacales hay un Jacques para cada Jacqueline, y cada familia hereda el Jacques, o el Max, o el Pedro...

El chacal dijo al licaón una frase incomprensible para Boris.

—¿Qué fue eso?

—Es la primera lengua, la de la vieja tierra —explicó Abdullah—. Quiere decir "ladramos, hermano". Es una frase de amistad entre todos los cánidos de África; curiosamente, nosotros no ladramos. Pero igual te entiendo, hermano chacal.

—Bien. Me gusta que Jacques haga amigos fuera del mismo círculo de siempre. ¿Me podrías hacer un favor, Abdullah?

—Diga usted, señor.

—¿Ves aquel lobo que le gruñe a los monos? ¿Podrías decirle que venga aquí?

—Voy en la dirección contraria, señor, pero haré lo que me pide.

—¿A dónde? —se asombró Boris—. ¿No estás con el equipo?

—Vine a ayudar, temporalmente. Mis hermanos tripulan un barco aquí cerca por órdenes de la propia señora; debo ir con ellos, pues soy el capitán.

—Ah, vaya, un barco... —meditó Boris en tanto Abdullah trotaba hacia Hugo—. El dichoso barco.

El lobo no se hizo esperar.

—¿Nos vamos? —preguntó asomándose de pronto a la ventana del auto.

—¿Cuánto cargamos? —inquirió a su vez Boris—. Ya estamos en tiempo.

—Bastante. Lo que no llevamos lo rompimos y orinamos; ese dhola tiene una orina temible.

—Pues mueve a la gente, sin aterrorizar demasiado a los monos. Recuerda que tienen que manejar.

—Bien —dijo Hugo y se fue.

Pronto los camiones estuvieron cargados de animales además de chocolate. Pero sólo cuando Jacques encendió el motor del auto apareció Marcelo, entrando de un salto por la ventanilla del copiloto. Al acomodarse aullaba alegremente por lo bajo.

—Adivinaré —dijo Boris—. Mordisqueaste tobillos humanos hasta el cansancio.

Marcelo tenía una expresión beatífica. —Jefe, me toca manejar. ¿No? —y forzó a Jacques a cambiarse de lugar con él.

Boris se lamió los belfos con desinterés mientras el chacal hacía que el auto se desplazara lentamente a lo largo de la flotilla de camiones. Pasaron junto a Hugo, quien apremiaba a los rezagados, y el lobo se encaramó de un salto en la extensión del guardabarros. —Llévame, Boris —dijo asomado a la ventana. —He olido bastante mono perfumado por hoy.

El zorro dudó antes de hacer un gesto afirmativo, tras el cual Hugo ladró alegremente y se coló por la ventana.

—Tampoco me gustaría hacer el viaje entre cajas de madera —dijo el lobo poniéndose sobre los cuartos traseros—. Esto es mucho más cómodo.

—Te prevengo que mi parte esta noche es peligrosa.

—Cómodo y peligroso... me gusta.

Boris le hizo señas a Marcelo de que acelerara y se puso a ver hacia fuera por la ventana de su lado, el del mar. Observaba con cuidado los barcos anclados en el muelle, y sus orejas se animaron al reconocer varias siluetas caninas en la cubierta de un carguero; pero contuvo cualquier expresión verbal. Miró entonces a Hugo y lo vio despreocupadamente concentrado en disfrutar el asiento. Enseguida salieron del área portuaria y se detuvieron sin apagar el motor en el cruce con la calle que se introducía en la ciudad.

Boris se inclinó bajo el asiento, extrajo una caja de cartón de la cual sobresalía una mecha y se la pasó a Marcelo. El chacal la colocó en el borde del asiento, abrió la puerta y se puso en cuatro patas de espaldas a la calle. Jacques, por su parte, prendió el encendedor de cigarros y mantuvo la cabeza cerca de dicho aparato. Cuando a lo lejos se escucharon sirenas policiales, Jacques sacó el tizón con la boca, se escurrió junto a su compañero y prendió el pabilo. Marcelo recogió las patas traseras y afincó las delanteras.

—Yo digo —advirtió Boris, atento a las sirenas—. ¡Ahora!

Marcelo pateó la caja con toda el alma y esta voló siseando y humeando como una bengala defectuosa. Aterrizó a los veinte metros en el centro de la calle, justo cuando aparecía por la esquina un carro policial. La bomba estalló dos segundos antes de que la alcanzara el patrullero, y el vehículo, envuelto en humo, se fue por completo a la derecha hasta chocar contra el contén.

Boris le pasó una segunda caja a Jacques, quien volvió a ponerla en el asiento y a prender la mecha un segundo antes de que Marcelo la volviera a patear. Esta bomba atravesó el parabrisas del segundo auto, que se había detenido junto al primero, y los gendarmes saltaron afuera gritando como locos. La explosión esparció los vidrios restantes y mandó la capota por los aires. El zorro sacó una tercera caja, y una cuarta. Aunque los policías se alejaron a cubierto y ninguno resultó muerto, la calle quedó completamente obstruida con restos de los patrulleros.

—Vamos, que los que vienen detrás van a entrar por los callejones —dijo Boris asiendo un rifle Winchester calibre treinta y dos con gatillo y guardamonte modificados—. Los cazaremos cuadra a cuadra; Marcelo, mantente a la par de ellos.

Marcelo se puso al timón mientras Jacques cerraba la puerta. El auto dio la vuelta en redondo entre chirridos de neumáticos y se fueron por donde habían venido.

Hugo ladró, impresionado. —¿Eso lo ensayaron, eh?

—¡Y Marcelo fue al gimnasio! —exclamó Jacques.

—Ya se acaba este almacén —advirtió Boris echándose el fusil al pecho y sacando el cañón por la ventana—. Jacques, frena al llegar al callejón.

El chacal estiró el cuello para ver por la ventana a la vez que ponía una pata sobre el pedal, y se dejó caer con todo su peso al llegar a la esquina. En ese momento un patrullero pasaba por la calle de más arriba. Boris hizo fuego y acertó en un guardafangos. —Mierda —accionó la palanca de recarga—. En la próxima no frenes. Hey, Hugo —dijo sin apartar los ojos de la mira—, ¿sabes disparar?

—Odio la pólvora.

Boris siguió apuntando. Volvió a disparar al cruzar la bocacalle e inmediatamente el patrullero se descontroló hasta que su radiador trabó conocimiento con el guardacantón de un almacén. Los que venían detrás lo pasaron a timonazos.

—Nunca se quedan en el medio —masculló Boris.

A partir de la otra cuadra los gendarmes respondieron al fuego. Por siete bloques se mantuvo el tiroteo intermitente. Pero como los humanos no tenían los reflejos del zorro ni su visión nocturna, nunca acertaron al auto de los animales; en cambio Boris hizo diana cada vez, aunque sin la misma suerte de la segunda. Al cabo la vía del muelle y el callejón coincidieron en una plaza de circulación vacía, donde además el carro perseguido se destacaba contra el rielar de las aguas.

—¡Acelera, Jacques! —ordenó Boris, y el auto saltó con el rugido del motor—. ¡Marcelo, izquierda, a la salida!

El chacal tiró el timón todo a ese lado, hacia una avenida que iba a la ciudad, cruzándose temerariamente con los patrulleros. Estos se desparramaron como cucarachas sorprendidas sin que los policías dejaran de disparar. Boris bajó el Winchester. —Este chisme es bueno, pero qué lío cargarlo —se quejó—. ¡Jacques!

Jacques recibió el rifle, lo puso en el asiento con la portilla de carga para arriba, sacó de la guantera una caja de munición y comenzó la ardua tarea de meter cartuchos uno a uno con la boca, el arma fija bajo las patas en medio de los tumbos del auto. Cogía varias balas a la vez, con lo cual sobresalían de sus belfos como extrañas prótesis brillando en la penumbra. Al terminar le pasó el arma de vuelta a su impaciente jefe; pero en el momento en que apoyaba el cañón sobre el espaldar, un proyectil rompió el cristal trasero y le hizo la raya al medio a su boina. El chacal dejó caer el Winchester y buscó refugio.

—Esa podría haber sido para mí —dijo Hugo mientras se ponía lo más abajo posible—. Me pregunto si llegaremos lejos.

—Este auto tiene el motor de un carro más pesado —dijo Boris—. Marcelo, Jacques, manténgannos lo más lejos posible de los gendarmes sin perderlos de vista. Deben seguirnos fuera de la ciudad por lo menos hasta el Ródano, aunque no es necesario que nos cosan a balazos.

—¿El Ródano? —resopló el lobo—. Eso es lejos. ¿Además, no van los camiones hacia ese lado también?

—Sí, pero por otra vía.

—A mí nadie me explica nada.

—Nunca preguntas, Hugo. Nunca preguntas —el zorro sacó el arma por la ventana—. Los mantendré interesados, aunque con la ventaja que ya les sacamos ni yo puedo darles.

Siguió una vertiginosa persecución nocturna por calles de la vieja Marsella que ni por asomo estaban desiertas. Por suerte a los paseantes de altas horas les disgustaban las sirenas policiales y tanto personas como animales abandonaban a tiempo empedrado y aceras. No obstante, algunos que hacían velada en cafés y residencias particulares se asomaban a las ventanas para verlos; ni siquiera los disparos disminuían la curiosidad.

A poco las casas se hicieron modernas, luego comenzaron a espaciarse, y al cabo los vehículos se encontraron en las afueras. Boris había hecho algunos disparos sin darle a nada serio, en tanto los policías habían punteado de plomo unas cuantas fachadas, postes y árboles.

—Un poco más despacio —dijo Boris diez minutos después de haber salido de la ciudad—. Vamos a campo traviesa; no quiero romperme ahora. ¿Y la Thompson, Jacques? —disparó la última bala en el tubo y tiró el rifle entre los asientos—. Necesito algo que los mantenga a raya.

El chacal dejó su puesto sobre el freno y se metió bajo el asiento delantero. Emergió sosteniendo entre los dientes una Thompson de diseño extraño: compacta, maciza, de culata recortada, un asa bajo el cañón y otra alrededor del enorme gatillo. La puso sobre el asiento y sacó del mismo lugar cinco discos de metralleta.

—Toma el timón, Jacques —dijo Boris—. Quiero a Marcelo, que pesa más. ¡Dame la Thompson, Marcelo!

Marcelo dejó el timón al otro chacal y le alcanzó a Boris la metralleta, que el zorro recibió pasando la pata izquierda por el asa delantera. Los disparos de los gendarmes arreciaron mientras el chacal tiraba los discos al asiento trasero.

—¡Una cuarenta y cinco! —gritó Hugo—. ¡Saldrás volando!

—No, una treinta y dos —dijo Boris cruzando otra garra sobre la Thompson y poniéndola en el asa posterior, la del gatillo, de forma tal que sujetaba el arma entre el pecho, un hombro y la pata—. Y no saldré volando. ¡Sosténme!

Marcelo pasó atrás y mordió con fuerza el sobretodo de Boris a la altura de la cintura. El zorro sacó medio cuerpo por la ventana llevando como lastre al chacal, quien clavaba las uñas en el asiento y la moqueta para afianzarse. Hugo aferró a su vez la chaquetilla del chacal con la punta de la boca, entre gestos de asco y fruncimientos de hocico.

Boris comenzó a responder el fuego con tanto acierto que dio con la segunda ráfaga a uno de los que disparaba. —¡Ja! —rió el zorro—. ¡Los humanos no tienen puntería! —y prosiguió tirando, impávido ante las balas que silbaban por entre sus orejas o se incrustaban en la puerta. —¡Cargador! —exigió.

Marcelo profirió un gemido de impotencia. Hugo soltó la chaquetilla del chacal para tomar con la boca un disco de balas y se lo alcanzó a Boris pasando sobre Marcelo. Boris tomó el nuevo cargador en las fauces y movió una palanqueta del arma con la pata izquierda, lo cual hizo caer el disco vacío, y antes de que se apagara la última chispa de éste contra una piedra del camino, ya el zorro ladeaba la Thompson y ponía el lleno. Después aseguró el cargador de un hocicazo y apuntó. —¡Aquí tengo tus pulgares, ley! —dijo exultante. Hugo se apresuró a sostener de nuevo al chacal.

Con el gasto de cuatro discos Boris neutralizó los tres carros policiales. Quedaron como marcadores a la vera del camino, con gomas, motor o chofer eliminados. El zorro, en tanto, no había recibido ni un rasguño, pero su auto terminó lleno de plomazos y sin cristales. —Los humanos necesitan miras telescópicas para dar a cualquier cosa más pequeña que ellos mismos —dijo recostándose satisfecho en el asiento, que previamente Marcelo había limpiado de fragmentos de vidrio.

Marcelo se lanzó sobre Boris a restregar apasionadamente la cabeza contra su pecho. —¡Usted no tiene igual, jefe! —dijo—. ¡Es el mejor!

—Ya, ya, Marcelo —protestó el zorro apartando al efusivo chacal con la culata de la Thompson.

Mientras tanto Hugo escupía por la ventana hacia fuera y se rascaba el hocico furiosamente con las garras. —Chacales, chacales... —murmuraba.

—Llévanos a la granja, Jacques —ordenó—. El buen zorro siempre se esconde después de correr.

—No va a ser, jefe —dijo el chacal—. Una bala le dio al tanque y hemos estado dejando gasolina a las palomas.

—¡Mierda! —exclamó Hugo.

—Calma... —dijo Boris—. Hay provisiones tomadas, colega.

—¿Qué? —preguntó el lobo—. ¿Vas a decirle a aquí tu chofer que orine en el tanque?

—Uff, qué groseros son los lupinos. Nosotros los vulpes tenemos, en cambio, fineza... ¡Jacques! —gritó—. Llévanos por el puente que te dije.

—No es que yo sepa mucho de la geografía local —apuntó el lobo—, pero ya pasamos un puente... ¿cuántos ríos hay?

Boris miró al lobo con condescendencia. —Es un plan.

Hugo le devolvió la mirada. —Oh, tienes otro plan... qué sorpresa. Ustedes —resopló—, siempre con un plan.

El zorro asintió, vanidoso.

Siguieron por el camino y el chacal tomó a la izquierda en la primera encrucijada, en una curva muy cerrada. Al poco rato llegaron a un puente de grandes arcos pétreos.

—Deténlo en medio del puente, pegado al borde —ordenó el zorro, y fue cumplido.

Cuando el auto se detuvo, Boris se bajó saltando por la ventana, sin el arma. —Vengan afuera —dijo—. ¡Déjala en el auto! —le gritó a Marcelo, que asomó por la ventana con la Thompson en la boca. Con todos fuera, el zorro hizo señas de que se juntaran a la derecha del Renault, y se aplicó a empujarlo hacia la baranda. —¡Ayúdenme! —pidió.

Hugo se demoró, incrédulo, pero los chacales obedecieron enseguida. Finalmente, entre todos lograron empinar el auto por sobre la baranda y echarlo al Ródano, que recibió la ofrenda como mismo las de los griegos.

—Ahora, a caminar —dijo Boris.

Desandaron en silencio hasta la encrucijada y de ahí siguieron con buen paso por una senda vecinal que salía de la carretera. Al cabo llegaron a una casita de dos plantas y garaje adosado, del cual partía un camino lateral que se estrechaba entre árboles. Boris fue directamente a la puerta de la cochera e intentó abrirla, sin éxito. —¡Maldición! —exclamó—. La tiene cerrada. Le dije que no pasara la tranca.

Justo entonces se abrió la ventana que daba sobre la entrada a la casa y asomó la misma zorrita de cuello plumoso que cantaba en "La pulga ebria". —¿Quién está ahí? —gritó.

Boris se apartó del garaje y se paró bajo la ventana. —Querida, te pedí que dejaras abierta por dentro la puerta de la cochera.

—¿Dónde estaría yo si hiciera todo lo que me dices? —dijo la zorra—. Por ejemplo, no estaría viendo tus bigotes de mentiroso.

El zorro gañó desesperado. —Es urgente, querida —abre—. Por favor.

A la ventana asomaron dos cachorritos, uno a cada lado de la madre. —¡Papá, papá! —exclamó el más robusto—. ¿Nos trajiste un humano?

—¿Cuál es el humano? —preguntó el otro.

El lobo gruñó sostenidamente.

—Ninguno es humano —explicó la madre—. Vean, todos tienen cola. ¿Los humanos tienen cola?

Los zorritos se miraron y convinieron en que no.

—Su padre no acabará de traernos una criada humana —dijo Kathy—. Él cree que puedo llevar sola una casa con dos niños.

—No es el momento, Kathy —suplicó Boris—. Es de vida o muerte.

Mientras tanto el lobo se había escurrido en silencio por el lado del garaje.

—Insisto, querida —dijo el zorro—. Debes abrir; necesito el auto.

—¿Para llevar a estos a emborracharse con el dinero de la ropa de tus hijos? ¿O para ir a casa de una de ellas?

Boris apretó las orejas. —Por favor, Kathy, cuántas veces. Tú eres la única, y sólo vivo trabajando para tenerte como una reina.

—¡Como una reina en el exilio! Lejos de la ciudad, para que no me tropiece con una de esas... otras. ¿Qué fue eso?

Por el lado del garaje se había escuchado un sonido de vidrios rotos.

El zorro miró en todas direcciones. —¿Dónde está ese lobo loco?

Jacques indicó la esquina que remataba la fachada del garaje.

—¿Qué ha hecho ese malviviente? —exigió Kathy—. ¿Quién es ese vándalo?

Boris cerró los ojos y se achicó. —Mátame, Gran Zorro —musitó—. Y mándame al infierno si ellas van al cielo.

—¡Te escuché! —gritó la zorra—. Boris, quiero que hables con ese que está derribando la casa de tus hijos.

La puerta del garaje se abrió de golpe y apareció el lobo. —No tengo la paciencia —dijo, la voz vibrante por un gruñido en ciernes.

—Hugo —dijo Boris suavemente—. No hacía falta.

—Ya sé; tenías un plan. Yo también, pero el mío salió más corto. Vamos —y entró.

El zorro suspiró y se introdujo en el garaje, ignorando las invectivas de su esposa. Los chacales lo siguieron, un poco temerosos de la furia que caía de la ventana. Finalmente se escuchó el ronquido de un motor, y un auto salió de la cochera, acelerando.

—¡Boris! —llamó Kathy—. ¿Dónde vas? ¡Ya verás, maldito!

—Mamá —preguntó el zorrito más grande—. ¿Papá no entra?

El auto se perdió por el camino lateral, protegido de la ira de Kathy por nubes de polvo. Dentro, el lobo dejó de mirar hacia atrás y se acomodó en el asiento. —Cuando yo me ate —dijo—, será con una sola, y una sola que sea de soñar con ella.

—No me busques —masculló Boris.

Hugo se relamió sin decir nada. Tal cual los chacales, atentos al camino que serpenteaba entre los árboles del bosque invadido. Un ser humano lo hubiera descrito como un espeluznante sendero solitario, pero el bosque nocturno no era silencioso ni oscuro para los que iban en el auto, y bullía con sugestiones de presa y pareja. Mas el olor del combustible, el ruido del motor y el tacto del tapizado los distraían de atender sus instintos de caza o apareamiento como habrían hecho sus antepasados. Eran animales de la civilización, e iban a un asunto moderno y civilizado del cual ninguna urgencia irracional los alejaría.

Tras un cuarto de hora llegaron a la carretera abierta, a la cual se incorporaron ganando velocidad. —Debemos estar cerca —anunció Boris—. Al fin.

—Cierto, jefe —dijo Marcelo—. De aquí en adelante es poco.

Hugo movió las orejas. —Pues qué bueno —se alegró—. Me estaba dando sueño. ¿Cuando todo acabe, puedo dormir un poco en este auto? El tapizado es más suave que mi mamá.

Boris erizó los pelos. —La razón por la cual es suave, es que no dejo dormir a los lobos en él.

—¿Molesto por la ventana? Descuéntalo de mi parte.

—¿Descontarlo? ¿Qué tal si repongo contigo las tiras de pellejo que me va a costar?

—Yo no te hice liarte con esa corista —objetó Hugo, divertido—. Ni con las otras. A ustedes los zorros les gusta esa agonía en cuarteto.

—Cierto, jefe —dijo Jacques—. La estabilidad familiar es mucho mejor.

—Tengo que escuchar consejos sentimentales de toda clase de especies —se quejó el zorro—. Ni uno más. ¡Y no es corista! Es solista, con su propio acto. Yo no... tendría una corista.

—Ahí está —Marcelo señaló un arco de piedra y hierro delante en el camino—. Es la granja. Y yo no dije nada contra sus esposas, jefe.

—Pero lo pensaste. Lo sé por cómo movías las orejas.

El auto redujo velocidad al tomar el camino de la granja, cuya pavimentación evidenciaba largo abandono. La senda hacía una suave curva a la izquierda y por entre los árboles de ese lado se entreveía un alto edificio de agudo techo a dos aguas. Parecía un almacén o una nave industrial.

—¡Oh, qué peste! —se quejó Hugo—. ¡Me quema la nariz!

—Solía ser una fábrica de fertilizantes —explicó Boris—. El dueño quebró y los últimos materiales se echaron a perder; el que le siguió los enterró, pero la lluvia saca el olor de la tierra. Por eso quedó abandonada la granja.

—¿A quién se le ocurrió reunirnos aquí?

—A la Mamma. El olor encubre el del chocolate y ahuyenta a animales y humanos por igual.

El cuello del lobo se erizó tanto que sus orejas casi se ocultaron. —Después del agua de colonia para monos, esto es lo que faltaba para matarme el olfato —protestó—. Si alguien hiciera caca aquí mismo no me daría cuenta, por ejemplo.

—Bueno, tú mismo dijiste que no te importaban las ideas de la Mamma siempre y cuando pagara; ahora cállate y respira por la boca.

—No resisto ir a un lugar que no puedo oler.

—Quejica. Mira a Marcelo y a Jacques. ¿Se quejan?

El primero de los chacales se dio la vuelta meneando la cabeza en negación, pero a la vez se apretaba el hocico con ambas patas. Jacques imitó a su congénere en cuanto detuvo el auto ante la puerta del gran almacén de techo agudo.

El portalón comenzó a abrirse lentamente.

—¿Quién se quedaba atrás? —preguntó Hugo.

Boris pandeó las orejas. —Vamos a ver —dijo abriendo la puerta del auto.

—Voy contigo —Hugo siguió al zorro fuera del vehículo y se paró junto a él.

Con el portalón del edificio casi por completo abierto, una silueta redondeada se perfiló contra la luz de la pequeña lámpara de techo que iluminaba la nave. Era alguien grande, de cuerpo rechoncho y patas apenas distinguibles.

—¿Quién va? —preguntó Hugo.

—Adentro, tontos —ordenó quien abría el almacén—. ¡Que no tengo todo el día!

—Es ella —dijo Boris.

—¿Qué hace aquí? —se asombró Hugo.

La figura fue a correr la otra hoja del portalón. Se vio entonces que era una gallina enorme, más alta que el lobo; en cierto ángulo y bajo determinadas condiciones de luz hubiera lucido más grande que una persona. En el umbral del galpón faltaba poco para esas condiciones.

El auto comenzó a moverse despacio hacia delante, y el lobo y el zorro entraron tras él al galpón, sin intentar pasar por al lado aunque hubiera espacio.

—Adentro todos —ordenó el ave.

En el almacén apenas quedaba espacio para parquear el auto. A diez metros de la entrada empezaban varias hileras de grandes cajas apiladas a todo lo ancho de la nave hasta donde la vista se perdía en la penumbra, y cerca de la puerta estaban parqueados tres camiones, uno de ellos descargado a medias. Jacques debió maniobrar cautelosamente para poner el auto en el único sitio remanente. Después, él y Marcelo se reunieron con los demás animales en el espacio libre en el centro, haciendo círculo.

—¿Ese es el botín? —Hugo señaló las cajas de madera.

—Sí, Hugo —confirmó la gallina. Era blanca, con tintes amarillos en el extremo de las plumas del pecho, y patas y cresta muy rojas—. Ese es mi botín. Nadie puede quitármelo ahora. ¿No crees, Boris?

El zorro sonrió zalamero. —Por supuesto, Mamma. Es todo tuyo.

La gallina se acercó al zorro y lo miró fijo, a la misma altura a pesar de que el cuadrúpedo estaba parado en dos patas. La membrana de sus ojos subía de abajo a arriba como un telón perverso. —Y quien lo intente lo va a pasar muy mal, zorro —cloqueó la Mamma—. A mí nadie me despluma.

Boris se quitó la boina y se la puso junto al corazón. —Yo mismo le daría su merecido al que se atreviera, Mamma.

—Puedes demostrarlo —la gallina se dio la vuelta y se alejó de Boris—. Tenemos un invitado sorpresa.

Apenas la Mamma terminó de hablar, de atrás de uno de los camiones salieron dos hombres empuñando revólveres. El primero era Beaugart; al segundo no se le veía el rostro a causa de la sombra del vehículo.

Hugo se puso en cuatro patas, preparado para saltar. —¡Beaugart! —dijo entre gruñidos—. Nos volvemos a ver.

—Qué pequeña es esta ciudad —dijo el inspector.

Boris se apresuró a ponerse de vuelta la boina y a sacar una garra metálica del bolsillo. —No saldrás de aquí vivo, policía.

—Deja el teatro, Boris, que estoy armado —dijo Beaugart agitando el arma—. Entrégate, Mamma. Y ponle correa al perro.

—¡No soy un perro! —ladró Hugo avanzando aviesamente hacia el policía—. No me vas a poner de nuevo en una perrera, inspector.

—Te juro que será más limpia que la anterior.

—No lo hagas, amigo —dijo Boris al ver al lobo plegarse para tomar impulso—. No lo vale. Los planes de esta gallina son maníacos... después te cuento.

Hugo volteó la cabeza hacia el zorro. —Vaya, no olí a los humanos a causa de la maldita peste —dijo mostrándole los dientes—, pero creo que puedo oler a un soplón.

—Es lo mejor, Hugo. Esta gallina destruiría el mundo si la dejamos... no te juegues la vida por ella.

El lobo gruñó sordamente mientras volvía a enfrentar a Beaugart. —Yo no cambio de bando a mitad de un trabajo, zorro —dijo mirando al inspector a los ojos—. Me las veré contigo después que termine con estos humanos.

—No es necesario, Hugo —intervino la Mamma—. Beaugart es un buen amigo mío. Temprano en la mañana vino a hablarme de hombre a ave y me lo contó todo, todo.

Boris y los dos chacales agitaron las orejas.

—¿Sorprendidos? —la gallina fue hasta donde estaba el humano y se paró casi entre sus pies- . No se lo imaginaban, Beaugart.

El zorro buscó los ojos del inspector.

—Hay que estar con los nuevos tiempos, Boris —se excusó Beaugart—. Ir con la corriente. Y además la Mamma paga mejor que el gobierno.

Boris se puso en cuatro patas.

—Ni lo intentes, zorro —dijo Hugo—. No puedes correr más rápido que yo o que las balas.

—Oh, maldición —se quejó Boris y tiró la manopla a un lado—. Cuando uno intenta ayudar a los humanos, mira cómo te pagan.

—Entonces —el lobo levantó la cabeza—, ¿no mato a los humanos?

—Estos humanos están con el plan, Hugo —dijo la gallina caminando hacia el lobo—. También todos los animales con orgullo, y el plan va de maravilla. Por ejemplo, ya tenemos suficiente chocolate para investigar la fórmula adecuada —la Mamma dio vuelta en redondo sobre una pata y marchó a lo militar en dirección contraria—. También podremos comprobar cómo les va a las empresas del chocolate con el seguro y las pérdidas. Las arruinaremos rápidamente, pronto sólo yo venderé bombones a los humanos, y mis planes funcionarán en una generación —dio otra media vuelta sin dejar de marchar.

Beaugart volteó la cabeza hacia el hombre que lo acompañaba. —¿Escuchó, comisario? ¿Le parece suficiente?

El hombre dio un paso adelante, y al salir de la sombra se vio que su revólver apuntaba a Beaugart.

—Llame a los muchachos, comisario Binet —dijo el inspector—. Si quiere, yo tengo mi silbato.

—No te molestes —respondió Binet—. Somos los únicos humanos en kilómetros a la redonda. ¡No te des la vuelta!

—Pero, señor...

—Lanza el revólver lejos, Beaugart. Te mentí cuando dije que los muchachos estaban apostados fuera, y te mentí cuando me hice el sorprendido con tu historia.

—El sorprendido es él, Binet —dijo la gallina—. ¿No es cierto?

El inspector, pálido como un muerto, tiró su arma tras unas cajas de chocolate. —¿Usted sabe lo que está haciendo, comisario? —balbuceó—. ¿Conoce los designios de esta gallina?

—Y los apruebo —afirmó Binet—. La humanidad ha cometido suficientes atrocidades contra el Supremo Hacedor y sus criaturas como para merecer eso y más. Además, ahora que tantos animales pueden hablar, pueden tomar nuestro lugar ante su Creador, alabando su nombre como seres con alma y albedrío.

Boris se cubrió el hocico con una pata. —Pobre tonto de Beaugart —gruñó—. Le fuiste con la historia a un desquiciado que estaba en arreglos con la Mamma.

Beaugart se encogió de hombros. —¿Cómo iba a saberlo?

—¡Todo el mundo en Marsella sabe que Binet está mal de la cabeza! —exclamó el zorro—. Que ha sido Rosacruz, masón, esotérico, teósofo, espiritista, blavatskiano y sabe Dios qué más. Si se pierde una locura, Binet la recoge. ¿Cómo pudiste irle con el cuento a él?

—Es mi superior inmediato —respondió desolado Beaugart—. Y era muy bueno en su trabajo... sus manías no interferían.

—No se dejen llevar por la ira —dijo Binet—. Acepten su muerte como parte del destino y alcanzarán la luz.

—Te diré lo que puedes hacer con la luz.

—Mejor no —dijo la Mamma—. Una dama no debe escuchar groserías.

—Entonces mejor se va, señora —sugirió Beaugart—, porque estoy al decir horrores.

—Sólo me iré después de que lo vea a usted y a estos traidores muertos.

Jacques y Marcelo se miraron. —¿Nosotros también? —preguntaron al unísono.

—Dije traidores. Ustedes, que no me avisaron de los planes de Boris, lo son.

—¿Y este quién es? —dijo de repente Hugo.

Todos se dieron vuelta hacia donde señalaba el lobo y vieron cómo un perro de ensortijado pelo mostaza salía de entre las cajas y avanzaba hasta el grupo. Tanto hombres como animales se quedaron mirándolo, sorprendidos, mientras el perro, un fox terrier, se sentaba en el justo medio entre ellos. El primero en reaccionar fue Binet, quien le apuntó con su revólver.

—¡Qué olor! —se quejó el perro—. ¿Quién orina así?

—Es... químico —respondió Boris, azorado—. Fertilizantes echados a perder.

El fox terrier miró al zorro. —¿Tú eres Boris?

—¿Y quién eres tú? —cloqueó la Mamma.

—Llámenme Fred. Tú debes ser la gallina que sospecha de Boris; supongo que he llegado tarde para advertirlo.

—Vete mientras tengas orejas, perro —gruñó Hugo—. Ahora.

—¿Cómo nos encontraste? —preguntó la Mamma.

—Oh, pude haber llegado antes —explicó Fred—, pero cada uno de los chacales que interrogué quiso hacerse el listo, o el tonto, según se viera.

Todos miraron a Jacques y a Marcelo, quienes se juntaron a temblar.

—¿Quieres decir que otros chacales sabían? —se asombró Beaugart.

—Dónde encontrar a Jaques o a Marcelo, sí, y más o menos en qué estaban.

—¿Le disparo? —pidió Binet.

—Yo podría matarlo —sugirió Hugo.

—¡Que nadie mate a nadie! —gritó la gallina—. Hasta que no se me explique cómo este perro llegó aquí.

—Muy fácil —dijo Fred—. Confisqué el rickshaw del primer chacal.

La Mamma miró a Fred con ira. —Hugo —dijo—, mastícalo un poco.

El lobo se lanzó sin más contra el terrier, apuntando a morderlo en el cuerpo. Pero el perro esquivó el ataque y a su vez cerró los dientes sobre una pata de Hugo, quien aulló furiosamente e intentó apresar el lomo del contrincante; este ya no estaba allí cuando sus colmillos se juntaron. El lobo comenzó a perseguir al elusivo terrier, mordiendo aire y otra vez mientras Fred lo hacía dar vueltas en redondo.

—El perro tiene coraje —murmuró Boris al oído de Jacques.

—¡Haz algo, persona! —exigió la gallina—. ¡Dispara!

El comisario Binet se acercó a la pelea inclinándose un poco para buscar un tiro limpio. Beaugart lo vigiló, la vista fija en el arma. El resto de los animales, por su parte, se apartó lo más posible de las chasqueantes mandíbulas del lobo. Nadie vio a otro perro, un musculoso bull terrier, que salió corriendo de donde mismo el primero y saltó sobre la mano de Binet un instante antes de que se escuchara el retumbante disparo del arma.

El lobo cayó a un lado, gimiendo.

Binet gritó de dolor, torturado por el peso del bull terrier prendido de su muñeca.

Beaugart dio un paso a la izquierda para tomar impulso y corrió contra el comisario.

La Mamma se abalanzó sobre Fred.

El zorro y los chacales se quedaron observando.

Fred huyó en línea recta y saltó sobre unas cajas, fuera del alcance de la gallina.

El impacto del inspector lanzó a Binet y a Al contra la pared, con lo cual ambos cayeron al suelo. Beaugart recuperó el equilibrio y se lanzó hacia el revólver del comisario, quien lo había dejado caer.

El zorro y los chacales se quedaron observando.

—¡Al, la gallina! —ladró Fred desde las cajas, mirando preocupado cómo la Mamma hacía esfuerzos casi fructíferos para saltar hasta él—. ¡Suelta al humano!

El bull terrier soltó de inmediato la muñeca de Binet y se dio vuelta en un instante, buscando en derredor con los ojos inyectados en sangre.

Beaugart se paró, pasó sobre Al y se inclinó sobre Binet, quien intentaba levantar el cuerpo apoyándose en un codo mientras se apretaba el antebrazo herido con la otra mano. El comisario pudo ver al subordinado a los ojos antes de ser desmayado de un culatazo en el puente de la nariz.

El zorro y los chacales se quedaron observando.

La Mamma cloqueó amenazadora. Al frente tenía al bull terrier gruñéndole y al policía apuntándole con un arma. A la espalda, el resto de los animales; en esa dirección quedaba además la puerta. Se dio la vuelta y cargó contra Boris y sus choferes.

Los chacales se dispararon en direcciones opuestas y dejaron a Boris solo. El zorro pensó en los miles de antepasados suyos que habían dispuesto de corrales enteros en un santiamén; pero ninguno se había tropezado jamás con una gallina como la Mamma. Esta venía hacia él agitando las alas, con la cabeza ladeada para apuntar el picotazo, y cuando Boris dejó de ver el ojo redondo y loco del ave, supo que si no salía del medio, en una centésima de segundo tendría un agujero de más en el cráneo. Saltó a la derecha como un muelle disparado, pero aun así recibió un raspón quemante en el lomo, además del empujón.

La gallina salió a toda velocidad, torciendo a la izquierda, fuera del camino de entrada. En un segundo estuvo perdida entre los arbustos.

—¡Déjala ir, Al! —gritó el fox terrier—. No es bueno separarse. Además, lo nuestro era avisar.

El bull terrier se detuvo en el umbral, gruñendo.

—Lo siento, amigos —se disculpó Boris lastimeramente—. Siento mucho haberla dejado pasar.

—Esa era la gallina más loca que haya visto —dijo Fred—. No me extrañaría que tuviera la rabia.

El zorro y los chacales se estremecieron.

—El que tiene rabia es este —dijo Beaugart señalando al comisario Binet con la pistola—. Por Dios, qué ido está. Y yo de tonto, confié en él y no sospeché al no ver a ningún otro policía. "Están emboscados", dijo; emboscado está su cerebro.

Boris fue hacia el policía y le puso una pata amistosa en la cadera. —No te atormentes, Beaugart —lo consoló—. Al menos estamos vivos y le quitamos su chocolate a la Mamma. Todo gracias a estos amigos... —el zorro se dio la vuelta hacia los perros.

—Yo soy Al —se presentó el bull terrier, ahora sedado y amable—. Este es Fred.

—Pues mucho gusto, Al y Fred —Beaugart fue hacia los perros inclinándose para darles la mano—. A riesgo de sonar como Binet, reconozco que su intervención fue providencial.

Fred y Al le dieron la pata al inspector, moviendo la cola con alegría. —Siempre es un gusto ayudar a un humano en apuros —dijo el primero—. Bueno, ¿y ahora qué?

Boris se acercó. —Vámonos de aquí —advirtió—. La Mamma puede estar reuniendo esbirros para volver. Debemos hacer venir a policías que no estén locos ni comprados antes de que ella tenga tiempo de recuperar su chocolate.

Beaugart volvió a donde estaba Binet, sacó sus esposas y encadenó al comisario pasándole las manos por detrás de una columna del galpón. —Primero esto —dijo—. Quiero que lo encuentren aquí, para que me crean después. Ahora sí podemos irnos —dijo volviendo al grupo.


Ilustración: Fraga

Los animales echaron a correr hacia el auto de Boris.

Beaugart miró el pequeño auto con ojo crítico. —Yo no quepo ahí, y ni siquiera todos ustedes —dijo en voz alta—. Vámonos en uno de los camiones, que así de paso llevamos alguna evidencia. Yo manejo.

Los animales se dieron la vuelta y casi derribaron al hombre en su carrera hacia el camión.

—¡Eh! —exclamó Beaugart, quien al enderezarse quedó mirando hacia atrás—. El lobo está vivo.

Hugo se removía débilmente de las caderas arriba; el resto de su cuerpo era peso muerto. Intentaba arrastrarse hacia delante, como si quisiera huir del charco de sangre que crecía bajo sus cuartos traseros.

—¿Lo dejamos? —preguntó Marcelo.

—Lo llevaremos a un veterinario —Boris asomó en la cama del camión—. Es un buen tipo.

—Quiso matar a Fred —protestó Al.

—Sí, bueno... eran órdenes, y como él mismo dijo, no podía cambiar de bando.

—¿Y quién lo carga? —preguntó Beaugart yendo hacia el lobo—. El humano, por supuesto.

Hugo gruñó al ver a Beaugart inclinarse sobre él.

—Si me muerdes, lobo, no podré llevarte a un veterinario.

—Duele como la muerte, humano —dijo Hugo—. Ustedes y sus armas...

El lobo perdió el conocimiento.

Beaugart guardó el revólver en un bolsillo del sobretodo y cargó con mucho cuidado al pesado animal hasta la cama del camión, donde Boris y los chacales se juntaron para correrlo hasta el centro. El hombre fue hacia la cabina, entró y se colocó ante el timón; al hacerlo percibió la incomodidad del enorme revólver y lo puso sobre el asiento.

Fred, que estaba asomado a la ventanilla posterior de la cabina, observó con aprensión el arma. —¿Qué clase de revólver derriba a un lobo tan fuerte de un solo tiro? —se preguntó.

Beaugart miró el arma. —Es uno de esos del nuevo calibre treinta y ocho americano —dijo—. Lo inventaron para perforar la capota de los autos de los gángsters.

—A mí me hubiera partido en dos.

—Hugo te hubiera partido en dos de una sola mordida —dijo Beaugart encendiendo la ignición—. Eres un valiente.

—Tenía a Al listo para intervenir.

—¿El bull terrier? Parece fuerte. Pero los lobos siempre serán los lobos, aunque no hayan aumentado de tamaño tanto como otros animales.

—No conoces a Al —el fox terrier sonrió malévolamente—. Compadezco al tonto que pelee con él. Parece un pan, y lo es, pero en el fondo no es más que una máquina de matar. Si otros tienen colmillos es para cazar y comer; los de Al son primero para matar, y de paso, comer.

—Bueno —Beaugart miró por el espejo retrovisor en tanto giraba el timón para enfilar la puerta—, aquí vamos con un lobo herido, una máquina de matar y varias cajas de chocolate por cargamento.

El camión cruzó el umbral como si fuera una línea de arrancada.

—¿Adónde? —preguntó Beaugart escrutando las tinieblas en el sendero—. Maldición, no veo ni hostia, ni con las luces.

—Qué problema, nadie más puede manejar —dijo Fred—. Tendré que ir adelante a guiarte... mira, ahí está la entrada.

—Eso sí puedo verlo. Pero a poco de la carretera debemos tomar una senda en medio del bosque, y me incrustaré en cada bache y arbolito del camino.

—Frena un poco, para que pueda pasar al frente.

—¿Y los demás?

—Lamiendo al lobo por turnos... yo en verdad no quisiera hacer eso —dijo Fred mientras se introducía por la ventanilla y se acomodaba junto al humano. Después hizo la mímica de lamer algo repugnante y se estremeció con asco fingido.

Beaugart sonrió al ver de reojo los remedos de Fred, pero se mantuvo atento a la conducción, pues ya se encontraba en la carretera, donde podía encontrarse con otros vehículos. —Aquí empiezan mis problemas —anunció al poco rato, mientras doblaba por el entronque del sendero—. Entonces tú eres el listo del par.

—Y Al el buen mozo —el perro se paró ante el tablero, las patas delanteras sobre el derrame para mantenerse viendo el camino—; pero no le digas, que él cree que es al revés.

—¿Sí, eh? —dijo el inspector—. Un gran tipo, seguro.

—Según las circunstancias... cuidado que estrecha. Hay gente que tiene pesadillas con él. Viene una zanja.

—¿Eso lo aparta de la definición de gran tipo? Un hombre, y lo mismo un perro, debe dejar impresiones indelebles a su paso por el mundo. A propósito, me llamo Beaugart, inspector Jerónimo Beaugart.

—¡Mira esa raíz! Caramba, si hubiera venido por este camino en el rickshaw, se habría deshecho. Al y yo entramos por una carretera.

—La que viene de la ciudad nueva. Pero debemos ir al puerto, por donde está mi comisaría.

—Ninguno de ustedes tiene idea de adónde ir —Boris se asomó a la ventanilla—. Déjeme espacio, señor Fred.

El perro se arrimó a la puerta para que el zorro pudiera escurrirse entre el humano y él.

—Otro al que no le gusta tener pelos de lobo en la lengua —dijo Beaugart—. ¿Vienes a guiarnos, Boris?

—Vamos de vuelta al puerto, pero primero debemos pasar por mi casa y recoger a Kathy y los niños. No quiero dejarlos ahí con la Mamma suelta y vengándose.

—¿Tiene usted cachorros, señor Boris?

—Con Kathy sí.

Fred asintió juiciosamente sin dejar de observar el camino. —Yo debo tener unos cuantos regados por ahí —dijo—. Aunque no me he asentado; ninguna valía la pena. ¡Argj!

—Lo siento —Beaugart se apenó—. No vi el borde del hueco.

—Ustedes parecen muy relajados, manejando por el campo —dijo el zorro—. ¿No se dan cuenta del lío en que estamos?

El humano asintió. —Bueno, al menos yo sí —respondió—. Pero no sé si el amigo Fred está al corriente. Me parece que vino a salvarnos por puro deporte, sin saber qué está en juego.

—Cierto —admitió Fred—. Sólo sé lo que me dijo René.

El zorro suspiró. —Le contaré, pues por haber impedido que la Mamma nos matara está tan metido en esto como nosotros —dijo reluctante—. Es una historia complicada, así que la haré desde el principio. En una isla de los mares del sur crece una baya que si la comes de adulto te deja estéril por unos meses, pero si la tomas de niño, para toda la vida. Los reyes de ese lugar fuerzan a los hijos de sus enemigos a tomarlas, como castigo. La Mamma se enteró de la existencia de esa planta por un marinero, y envió un barco a traer semillas. Ahora planea cultivarla en invernaderos en Italia, preparando una buena cantidad para mezclarla con el chocolate que venderá a los niños de todo el mundo. En una generación, la natalidad de la raza humana caerá al suelo, precisamente en los países más ricos. La Mamma cree que ese será el momento en que los animales tomen el control del mundo para exterminar a los humanos, y ese es el fin de su plan.

Las orejas de Fred marcaron rígidas las diez y diez mientras escuchaba asombrado al zorro. —Podría pensar que es una locura y están bromeando conmigo —dijo—, pero ya conocí a esa gallina, y creo que no están bromeando.

El resto del viaje hasta la casa de Kathy lo hicieron en silencio excepto por las lacónicas indicaciones de Boris.

En la casa se veían luces.

—Qué bien que no volvió a dormirse —dijo Boris abriendo la puerta apenas el camión parqueó ante la casa—. Beaugart, necesito un par de brazos.

Beaugart se bajó refunfuñando por su lado y se reunió con Boris ante la puerta de la casa.

—¡Señor Al! —continuó Boris mientras sacaba una llave del bolsillo, enganchada en una garra—. ¿Podría acompañarnos? Kathy se porta mejor mientras más extraños ve. Pero el señor Fred podría ser demasiado para ella... usted entiende, Fred —y al llevarse la llave a la boca, Boris no pudo hablar más.

El fox terrier hizo un gesto de conformidad que el zorro no vio porque estaba inclinado con la llave en la boca, intentando ponerla en la cerradura. Entonces se abrió la puerta de par en par y Boris se vio frente a una belicosa Kathy.

—¡Querida! —farfulló Boris—. Toma a los niños y las cosas de valor sentimental.

La zorra abrió la boca con impulso, pero se calló al ver a Beaugart y a Al, ambos con los sombreros en la mano y reverentes.

Después de ver cómo el zorro, el perro y el hombre entraban a la casa, Fred se asomó por la ventanilla trasera de la cabina. —Hey, Jacques, Marcelo —dijo alegremente—; ¿cómo está el lobo?

Las orejas de los chacales temblaron imperceptiblemente.

—¿Les preocupa que haya dicho sus nombres de la forma correcta? —dijo Fred—. No se preocupen; el gran secreto de los chacales está seguro conmigo y con Al. A menos que Hugo sólo se esté haciendo el dormido, nadie más va a saberlo.

Jacques y Marcelo se miraron preocupados; el primero mordió la cola del lobo inconsciente y tiró con fuerza. Hugo no reaccionó en lo más mínimo.

—Muy astuto, debo decirlo —continuó Fred mientras ambos chacales insistían en verificar de las más disímiles maneras que el desmayo de Hugo fuera real—. Todos están acostumbrados a decir y oír sus nombres con la misma simpleza que las personas... sólo ustedes los diferencian con los tonos y eso.

El lobo soltó un gemido quedo y los chacales se apartaron temerosos, encogidos para salir corriendo, mas al ver que Hugo no hacía otro sonido suspiraron de alivio al unísono.

—Gran señor —dijo Jacques obsequiosamente—. ¿Podría acaso preguntarle cómo llegó a su conocimiento?

Fred se relamió pensativo. —Hace un año o dos Al y yo presionamos a un chacal, por intereses de Estado, y terminó hablando hasta por los codos —ladeó la cabeza como quien recuerda mal—. No sé que le hicimos; estábamos bajo los efectos de una bebida espumosa caribeña. Por suerte tomamos la declaración con un magnetófono, que si no... ni siquiera recuerdo el nombre del tipo.

Jacques y Marcelo bufaron contrariados.

—No culpen al pobre tipo —sonrió Fred—. Les dije que Al y yo habíamos tomado una bebida fermentada tropical.

—Supongo que usted y su amigo habrán sido discretos —dijo Marcelo con tono alarmado—, como estaba por medio el interés de su Estado.

—No se preocupen. Hey, ahí vienen... ¡Ah! A propósito, suerte con el plan de dominación mundial.

Los chacales gimieron bajito.

Kathy vino quejándose e incordiando sin misericordia a Boris, de cuya perfidia ponía por testigo a Beaugart y a Al, a la vez que les preguntaba si ellos exponían a sus familias a sobresaltos nocturnos o en cualquier horario. El perro y el hombre recurrían a la excusa de ser solteros, mientras Boris no hacía sino hundirse la boina hasta las mandíbulas. Al llegar al camión, la zorra se negó a ir con sus hijos junto a un lobo, aun malherido, y tampoco aceptó ir en la cabina en compañía de un perro que, aunque fuera un caballero, tenía por su pedigrí instintos vulpecidas. Fred terminó en la cama y la familia en la cabina, con Beaugart al timón. Los zorritos estaban encantados del humano que finalmente les habían traído e insistieron en jugar con él mientras conducía; causaron varios incidentes peligrosos durante el trayecto hasta la ciudad. Al inspector le pareció el viaje más largo en su vida.


El camión se detuvo con el motor encendido bajo el rótulo del veterinario y Beaugart bajó apresurado a tocar el timbre. Inmediatamente Al saltó de la parte trasera y fue junto al humano, quien dejó al perro insistiendo en el llamador para traer a Hugo ante la puerta. La consulta estaba en una casa vetusta de la ciudad vieja, entre un moribundo farol esquinero y una cochera pública.

Al cabo de unos minutos se abrió la mirilla, que tal como el timbre estaba a la altura adecuada para un animal, y el perro pudo ver reflejado en un espejito el ojo inquisidor de un viejo humano.

—¿Quién es a esta hora? —dijo una voz quebrada y sabia.

—Traemos un herido de bala —dijo Beaugart—. Un lobo.

—Reportaré a la policía.

—Yo soy policía —el inspector apartó a Al y mostró su identificación ante la mirilla.

—No veo nada. Venga ante la ventana, y muéstreme al lobo.

Beaugart cargó al lobo ante la única ventanuela en la fachada, enrejada y de una sola hoja. Esta se entreabrió y un viejito en bata de lana se asomó cuidadosamente.

—Oh, caramba —dijo el veterinario—. Pobre animal. Venga, venga.

La puerta se abrió de par en par y Beaugart se apuró en entrar al lobo herido a la saleta de espera.

—Póngalo en esa mesa - indicó el veterinario—. ¿Al perrito le pasa algo, o viene acompañando?

—Estoy bien, gracias —dijo Al desde la entrada—. ¿Cómo lo ve?

—Aun no lo veo —el viejito se aproximó a la mesa—. Por Dios; ¿con qué fue?

—Un treinta y ocho americano, muy de cerca —Beaugart mostró el revólver—. Esta es el arma.

—Saque eso de mi cara, por favor. Criaturita de dios, qué te han hecho —dijo el veterinario examinando a Hugo—. Por suerte la hemorragia se detuvo; es un lobo fuerte. Veo que lo lamieron bien.

Al se frotó con asco una pata contra los belfos.

—Doctor, estamos apurados —dijo Beaugart sacando unos billetes de su cartera- . ¿Alcanzará con esto?

—Sí, sí —el anciano fue hacia un gabinete botiquín sin mirar el dinero que el inspector dejaba en la mesa—. Si ya se van, cierren bien la puerta.

Beaugart y Al regresaron cada uno a su lugar en el camión.

—Está en buenas manos —le dijo Beaugart a Boris mientras liberaba el embrague—. ¿Los llevo a algún lugar antes de ir a mi comisaría? Después de todo tengo que reportar antes de que saquen a Binet de esa granja.

—Llévanos al puerto —pidió el zorro—. Hay algo importante que hacer aún.

—¡Al mar, al mar! —exclamaron los cachorritos.

Diez minutos después que el camión se pusiera en movimiento, Fred se asomó por la ventanilla trasera.

—Oye, Jerónimo —preguntó el perro—. ¿Puedes memorizar la dirección de la casa donde tenemos a René? Por si acaso.

—¿Jerónimo? —se asombró Boris—. Este policía me viene arrestando o persiguiendo desde hace cuatro años, y no sabía que se llamara Jerónimo. De repente el mejor amigo, ¿eh?

—No seas celoso, Boris. Fred, dímelo despacio, que mi memoria es mejor que mi oído.

Fred dictó la dirección. —Ahí vivimos de momento —dijo—. En casa de la duquesa Baltrusaitis; somos sus guardaespaldas.

—Entonces somos más o menos colegas —dijo Beaugart.

—Me alegra saberlo, inspector.

—¡Por Dios! —se quejó Boris—. Treinta y más años después, la misma hermandad entre perros y personas. ¿Qué van a hacer ahora, cazarnos a mí y a los míos como en los viejos tiempos?

Kathy abrazó a sus hijos mientras gruñía alternativamente a Fred y a Beaugart.

—Pensaba que los humanos te gustábamos, Boris —dijo el inspector, divertido—. ¿Por qué si no tratas de destruir los planes de la Mamma?

—Me gustan las cosas que hacen los humanos —ripostó el zorro—. Por ejemplo, me gusta que mis hijos vivan bajo techo y no en una madriguera con pulgas, derrumbes e inundaciones. Pero no olvido cómo eran las cosas con los humanos antes de este siglo, antes de que muchos animales cambiáramos.

—Tú debes tener diez años; no habías nacido.

—Me lo han contado, Beaugart, como si lo hubiera vivido. Y contamos montones de historias entre nosotros los zorros.

Beaugart manejó sin responder y ninguno de los animales quiso añadir nada.

Al cabo de un rato Boris le puso la pata en el codo al inspector. —Por ahí no debe haber policías —señaló una calleja con el hocico—. Sigue hasta el muelle; llegaremos a una parte bastante alejada del almacén que asaltamos.

El humano siguió las indicaciones y después detuvo el camión mientras miraba a Boris como esperando algo. El zorro ojeó en derredor. —A la derecha —dijo—. Kathy, déjame alzarme para ver si encuentro el barco.

—¿Un barco? —preguntó Fred.

—El barco donde vienen las semillas. Debemos echarlas al mar.

—Buena idea —intervino Beaugart—. Aunque si esta noche o mañana no atrapo a la Mamma, bien podrá traer más.

—Por eso traje a mi esposa y a los niños; debo ir en ese barco a las islas de donde vienen las semillas, para decir a esos humanos lo que la Mamma quiere con ellas.

—¿Y la tripulación cooperará?

—Veremos si puedo marearlos un poco. ¿Cuán inteligentes son los licaones?

—Nunca se sabe con cánidos. Los chacales, por ejemplo, tal pareciera que se vuelven más tontos cada día.

Boris y Beaugart rieron, pero Fred sólo se permitió una sonrisa sardónica.

—O pretenden ser más tontos —dijo el perro—. ¿Quién sabe?

—Bueno, lo mismo —dijo el zorro—. Ve despacio, Beaugart, que sólo vi el barco una vez. Y discúlpenme el exabrupto; estoy bastante nervioso.

—No hay problema.

—Ninguno, Boris.

En la siguiente cuadra Boris reconoció el barco y se lo indicó al humano. Beaugart apagó el motor en cuanto llegaron a él. Todos se apearon rápidamente, y Beaugart bajó el abundante equipaje de Kathy en lo que el zorro y los demás entraban al muelle al cual estaba adosada la embarcación, un vapor de mil toneladas de desplazamiento, bastante cuidado. Los animales se juntaron junto a la proa y comenzaron a ladrar, incluso los zorritos.

A la borda se asomó un licaón que Boris y los chacales reconocieron sólo por el olor, pues la luz le daba por detrás.

—¡Abdullah! —gritó el zorro—. Pon la plancha para subir.

—¿Qué ha ocurrido?

—¡Todo salió mal! Debemos salir a alta mar y deshacernos de las pruebas lo más rápido posible.

—¿Las pruebas?

—¿No llevas unas cajas de semillas?

Abdullah bajó las orejas en señal de asombro. —¿Llevan semillas?

—Yo te las mostraré. Déjanos subir, por favor.

El licaón se apartó de la borda, silbó algunas órdenes, y pronto apareció una plancha llevada por varios de sus congéneres. Al subir, Kathy no permitió que los cachorritos fueran por propia pata, sino que hizo a Boris llevar uno en la boca, y ella a su vez quiso cargar con el otro, el menor. Pero este se encaramó sobre Al e insistió en abordar el barco como Napoleón, en un corcel blanco, lo cual le fue concedido por ganar en brevedad. Beaugart debió dar dos viajes para llevar las maletas a bordo.

Cuando todos estuvieron en cubierta, Abdullah confrontó a Boris. —¿Quiénes son sus acompañantes? —preguntó mientras los demás licaones, veinte en total, rodeaban discretamente a los recién llegados—. ¿Perros? ¿Y este no es el famoso Beaugart?

Abdullah miró al humano de arriba abajo y volvió a hablar con el zorro. —¿Una hembra con niños, también? ¿Qué está pasando, señor Boris?

—Entenderás mejor si te muestro las semillas, Abdullah —suspiró Boris—. Y sería bueno que prepararas el barco para partir antes de que lleguen invitados indeseables.

El licaón no dijo nada durante un rato largo, pero al cabo silbó órdenes que varios marineros se desparramaron para cumplir. —Hable claro, señor Boris, que no entiendo —insistió.

—Es largo de contar... mejor te lo digo mientras vemos las cajas.

—Está bien —el licaón movió el hocico—. ¿Todos se quedan a bordo?

—No, no... sólo yo, mis choferes y mi familia.

Abdullah se sentó en los cuartos traseros. —Bakr, Nassir, Musa, Isa, Ubayd —le habló a los marineros que no se habían marchado—, conduzcan a la señora a los camarotes de oficiales y háganle compañía.

—Muy amable, señor Abdullah —dijo Kathy viendo con aprensión como los licaones arrastraban su equipaje por las agarraderas en dirección a la superestructura—. Muy amable. Niños, den las gracias al capitán.

—¡Un capitán! —exclamaron los zorritos—. ¡Gracias, señor capitán!

—¿Nos podría regalar un bote? —dijo el mayor.

—¡Queremos ser piratas!

—¿Usted es pirata, señor capitán?

—Niños, no molesten al señor Abdullah —Kathy arreó a sus hijos en dirección a una puerta por donde los licaones acababan de desaparecer con las maletas—. Muchas gracias, señor capitán Abdullah.

Abdullah observó con aire benigno a los cachorritos mientras entraban. —Lindos niños, señor Boris. Espero que no los esté poniendo en peligro con esto, ni a su hembra.

—Todo lo estoy haciendo por mis niños, Abdullah.

El licaón le echó al zorro una mirada intensamente cargada. —¿Acaso no hacemos así todos? —y señaló a Beaugart, Fred y Al—. ¿El humano y sus perros no se iban?

—Oiga —saltó el bull terrier—. En todo caso él es nuestro humano.

—Vámonos, Al —dijo Fred—. Hasta aquí era divertido.

Beaugart, por su parte, se dio la vuelta, caminó hacia la plancha sin decir palabra, bajó y siguió hasta el camión sin mirar atrás. Poco después se le unieron Fred y Al, que venían discutiendo.

—¿Por qué me aguantaste, Fred? —protestó Al—. Podíamos con esos panzudos pintones.

—No le harías ningún favor a nadie, Al.

—Además, Al —intervino Beaugart—, ¿vistes las cicatrices de esos licaones? No me que extrañaría que se las hubieran hecho leones o leopardos.

—Cierto, Al. ¿Crees que por muy fuerte que fueras podrías ganarles a tantos licaones, acostumbrados a pelear en manada?

—Bueno, bueno —concedió el bull terrier—. Pero sólo por no buscarle problemas a Boris y a sus cachorritos. Es que sólo he dado una mordida esta noche.

—Una mordida tuya basta para cualquier noche, Al —dijo Beaugart—. Que lo diga Binet.

—No fue gran cosa —Al sonrió malévolamente—; sólo apreté un poco.

—¿Un poco? Quizás se desangre allí solo. Bah.

Fred miró hacia el barco, cuya chimenea comenzaba a echar humo. —Ojalá y lo convenza.

—Esperaremos aquí un rato, por si hay que darle gusto al amigo Al —dijo Beaugart—. Aunque ese Abdullah no parecía tan malo; le gustan los niños.

—¿A quién no? Uno debe estar rabioso para hacerle daño a un cachorro. Uf, esa gallina...

Se quedaron junto al camión, mirando el reflejo de las estrellas en el mar tras los barcos.

—Eh, están levando anclas —notó Fred—. Debe haberlo convencido.

—Si algo tiene ese zorro es labia —dijo Beaugart—. Aun recuerdo cómo se libró la primera vez que lo arresté.

—¿Te convenció?

—No a mí; embaucó al desalmado del asentador de cargos. Era un real y verdadero hijo de perra, dicho sea sin ofender, y Boris lo hizo llorar. Lo dejó ir, y hasta le dio dinero, por ni sé qué historias que le contó.

Al puso una pata sobre un zapato del inspector. —¿Podemos irnos ya? —gimoteó—. Me ha dado hambre.

—Sí, vámonos —convino Beaugart—. Esta noche he hecho todo menos dar cuenta a mis superiores... quiero decir, a los de más arriba. Aunque creo que no es la policía de Marsella quien salvará hoy a la humanidad.

Los tres se acercaron a la puerta del camión, pero al llegar junto a esta se dieron vuelta a echar una última mirada al barco. Entonces ambos perros se sobresaltaron a la vez.

—¿Qué pasa? —preguntó Beaugart—. ¿Vieron algo?

—Escucho —dijo Fred—. Un motor de camión, y maullidos.

—Huelo —anunció Al—. Combustible diesel y pelo de gato.

—¿Por dónde?

Los perros señalaron hacia adelante, y en unos segundos Beaugart distinguió el resplandor de unos focos, que por la altura sobre el suelo no podían pertenecer sino a un camión.

Fred y Al se pusieron en cuatro patas en tanto observaban preocupados cómo Beaugart se protegía los ojos con una mano y daba varios pasos hacia delante.

—No se aparte, inspector —ladró Fred—; no me huele bien.

El camión recién llegado se detuvo a veinte metros del inspector, y un ave inmensa salió aleteando por una ventana de la cabina.

—Por Dios, esa gallina vuela —se asombró Beaugart viendo cómo el ave se posaba sobre la cabina del otro vehículo—. Maravillas del chocolate suizo.

Fred y Al se plantaron con las fauces abiertas al ver brotar de todas partes del camión un sinnúmero de gatos y linces.

—Supongo que a esta hora no pudo conseguir otros animales —opinó el inspector mientras sacaba el revólver—. Es una suerte.

Al momento se arrepintió de haberse creído afortunado. Los felinos cubrieron la distancia en un segundo, y enseguida los tres tuvieron encima un montón de gatos, todos arañando, mordiendo y bufando cual demonios sobre almas nuevas. Al abría y cerraba las mandíbulas como una trituradora industrial, pero no lograba grapar a ninguno porque los felinos eran demasiado rápidos para su cuello. Sin embargo conseguía noquearlos a cabezazos, y sus patas tampoco se estaban quietas. Fred, más flexible, mordía a veces, aunque no lograba mucho contra gatos que eran de su tamaño o más grandes. El inspector decidió usar el arma como maza tras dos disparos inútiles, y le fue mejor abriéndose camino hasta la cabina del camión con sacudidas, patadas y aspavientos, pues podía simplemente andar sobre sus atacantes, ninguno de los cuales le pasaba de la rodilla.


Ilustración: Fraga

—¡Beaugart! —se escuchó a Boris desde la proa del barco—. ¿Están vivos?

—¡Boris! —gritó la Mamma—. ¡Dame mis semillas, maldito! ¡Mis semillas!

—¿Sabes nadar, gallina maniática? ¡Ven a buscarlas!

—¡Abdullah! ¡Te pago lo que sea si me traes las semillas, pero si no las traes, ahogaré a tus cachorros en una cloaca!

El inspector logró deshacerse de un gato que intentaba subirle por el brazo hasta la cara, y aprovechó el momento de libertad para apoyar el revólver en el timón, apuntando a la gallina. Esta aleteaba con furia tremebunda en el techo de su camión; incluso en la oscuridad del muelle era un buen blanco redondo, pero se movía. Beaugart encontró el área siempre llena en la silueta de la gallina, contuvo el aliento, y apretó el gatillo tan suavemente que el disparo lo sorprendió. La Mamma despareció de la vista.

En cinco segundos se paralizó la barahúnda. Todos los animales miraron pasmados al techo vacío del camión, incluso los gatos prendidos a las orejas de Fred; el lince que estaba bajo las patas de Al hizo un gran esfuerzo para voltearse a ver. Sólo lejanas sirenas policíacas rompían el silencio.

Tras el camión se escuchó un cloqueo sofocado, agónico, postrero.

Unos instantes más tarde sólo quedaron en el muelle los perros y el humano, sorprendidos de cómo los felinos podían zafarse y desaparecer con tanta rapidez. El último en irse fue un gibón que salió de la cabina echando pestes de su destino.

Al cojeó hasta la puerta del camión. Estaba irreconocible por las heridas y además no podía abrir el ojo sin mancha. El pelo de Fred, por su parte, estaba tan empapado de sangre que sólo por su dureza no se apelmazaba. Beaugart abrió y ayudó a subir a ambos animales.

—Vamos, que no tengo cabeza para explicar todo esto a mis colegas —apremió el inspector—; hay que salir corriendo de esta. Ya veré mañana.

Los perros no tenían fuerzas para subir al asiento y se apretujaron entre este y el panel del motor, que aún estaba caliente. Beaugart los observó lamerse mutuamente mientras ponía el vehículo en movimiento.

—Están bastante maltratados —dijo maniobrando para evitar el camión de la Mamma—; ¿no les parece un exceso de aventura?

—Para nada —respondió Al—. Soy un guerrero de alma... ay, cómo duele.

—¿Y el buen Fred?

—Fred es más de capa y daga. ¿Y tú no te has visto la cara o la ropa?

Beaugart chistó repentinamente preocupado.

—¿Qué pasa? —se inquietó el fox terrier.

—Eché una mirada al pasar el otro camión —explicó el inspector mientras aceleraba por la avenida libre—, y no vi sombra de la gallina.

—¿No le diste?

—Eso creo —Beaugart atendió al timón—; estaría más seguro de haber visto el cuerpo.

El camión se alejó veloz, aumentando su ventaja sobre las sirenas policiales.

Boris lo perdió de vista tras los cascos de los demás buques. A su lado en la proa estaba Abdullah, quien meneaba la cabeza desconcertado. —Quería las semillas —dijo el licaón—; de verdad las quería.

—Te lo dije.

—No sé qué deseaba el Altísimo al darnos razón a los animales, pero estoy seguro que no espera de nosotros planes para envenenar niños. Estoy seguro, señor Boris.

El zorro apoyó la cabeza sobre la borda mientras veía pasar un carro policial. —Ahí van los humanos como siempre, persiguiendo por gusto al que no les ha hecho nada —y le ladró con desdén al vehículo, que no sólo se alejaba por sí mismo, sino también porque el barco se iba apartando lentamente del muelle.

Abdullah quitó las patas de la borda y se sentó. —¿Por qué querría esto la señora?

—Supongo que los humanos le disgustaban aún más que a ti o a mí —Boris se apoyó contra el metal—. Fue la primera con inteligencia de su especie, y a decir verdad, recuerdo que mi abuelo odiaba mucho a las personas. Quizás es el destino de la primera generación.

El licaón asintió caviloso. —Quizás es diferente con los que son comidos —dijo—. Más capacidad para odiar. Después de todo las especies que ahora hablan son todas comedoras de otras, y a ninguna se la comían los humanos con regularidad. ¿Se imagina usted, señor Boris, lo que sería darse cuenta que todos tus antepasados fueron en algún momento comidos? Peor, criados para ser comidos; una esclavitud.

—Puede ser eso —convino Boris—. Supongo que los animales que nos comemos a otros podemos aceptar mejor a los humanos.

—Y los insectos odiarían a las gallinas como la señora.

—Así es la vida —suspiró el zorro—. Comer y ser comido. Y un desbarajuste cuando eso cambia para alguien.

Abdullah miró de repente hacia el puente de mando. —Casi olvido que soy el capitán —dijo levantándose—. Tengo que darle la vuelta a este barco; no se puede llegar a los mares del sur en reversa.

El zorro acompañó al otro animal hasta el alcázar, pero siguió de largo hasta la popa y allí se acomodó como mismo lo había hecho en la proa. Pronto el barco estuvo en medio de la rada, donde había suficiente espacio para dar la vuelta, y al final de la maniobra Boris quedó frente al puerto.

—Marsella querida —suspiró el zorro—, ¿cuándo te volveré a ver?

—Pronto, querido, pronto —dijo Kathy a sus espaldas—. En cuanto hayas terminado de salvar el mundo.

El zorro gañó cariñosamente y se dio la vuelta para frotarse la cabeza con su esposa. —¿Y los niños? —preguntó.

—Durmiendo finalmente —Kathy apoyó el hocico en un hombro de Boris—. Estoy contenta —afirmó con malicia—, porque me llevas a mí en este viaje, no a ninguna de las otras.

—Oh, vamos —protestó Boris—. Tú eres la única para mí. Por ti y los niños es que me meto en estos problemas —y le pasó la pata por el hombro a su esposa.

Los dos zorros se quedaron mirando cómo las luces de la ciudad se fundían con las del mar y luego se convertían en un mero fulgor sobre el horizonte.



Juan Pablo Noroña ha vuelto a seducirnos con una historia de animales, como "Hielo" (136), como "Proyecto chancha bonita" (148), como "Quimera" (149)... Veinte cuentos en menos de tres años. Nosotros también...


Axxón 171 - febrero de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Ficción especulativa: Animales: Cuba: Cubano).

            

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