FICCION BREVE (treinta y dos)

Varios

Una ficción breve "normal", como las de antes. Trece cuentos de variada catadura física y moral. Ciencia ficción de la verdadera, delirios, absurdo, fantasía, ficción especulativa, experimentación, metáforas. ¿Qué más se puede pedir? Hay mujeres y hombres. Argentinos, brasileños, fineses, españoles, mexicanos, israelíes. Urbanos y rurales. Médicos, informáticos, astronautas y muchas otras cosas. No pidan que les cuente la película. Pasen y lean. Y no se preocupen por el número que aquí no somos supersticiosos.



INTERCAMBIO JUSTO

Teresa P. Mira - Argentina


«Usted es el tercer psiconte en aluminio que enviamos».

La frase seguía dándole vueltas en la cabeza, el eco lejano de un terror presente. Y ese eco era tan fuerte que opacaba la voz del comandante sentado a su lado:

¿Entendió? ¡Wylj! ¿Me escucha?

Bronson Wylj levantó la cabeza, sus ojos aún denotaban el extravío de la droga noética que le habían administrado en el momento mismo en que el convoy partiera hacia Delta Ophiuco (o hacia la tercera luna del decimoquinto planeta).

El comandante hizo un gesto al médico de tropa que iba sentado al otro lado de Wylj; el hombre hundió la hipodérmica en el brazo del único civil del grupo y, en un espasmo de placer, el psiconte volvió en sí.

Cuando el jadeo de Wylj se hizo más suave, el comandante retomó la palabra.

A esta altura sabrá todo lo necesario, espero. Lo único que debe preocuparle es la instalación del campo mórfico: llega al punto alfa, instala el dichoso aparato, lo conecta a su cabeza, lo calibra y salimos de ahí, ¿entendido? De la seguridad nos ocupamos nosotros, usted despreocúpese.

Por entre las breves ráfagas de éxtasis, Bronson entreveía la cápsula y los más de veinte soldados~que lo escoltarían. Pero con cada aguijoneo de placer su mente recuperaba algo de la información que la droga mnémica había incorporado directamente~en su~cerebro: algoritmos complejos, la completa morfología de la luna a la que iban, estadísticas de su atmósfera y ecología, y los planos detallados del campo mórfico que la compañía a la que pertenecía (casi en cuerpo y alma) necesitaba en ese sector para poder optimizar el sistema de balizas de navegación interestelar.

Uno de los soldados lanzó una risa nerviosa cuando Bronson volvió a gemir en un nuevo arranque de excitación. Wylj lo miró con asco por entre sus ojos entornados: ¡pobre ignorante! ¡Jamás conocería la dicha del conocimiento! ¡El placer visceral y enloquecedor de la droga de implantación! El cerebro del soldado no tenía las adaptaciones sinápticas que tenía el suyo, su organismo no procesaba las cantidades de aluminio que él consumía sino como veneno, su cuerpo no experimentaría jamás el salvaje placer que cada nueva oleada de sabiduría le infligía.

Bronson Wylj había sido comprado por la compañía cuando era un embrión y había sido adaptado a la tarea específica: psiconte; la interfaz de la sabiduría. Lo habían convertido en un ser humano capaz de absorber cualquier información por vía intravenosa, con solo inyectarle las drogas genéticas adecuadas.

El proceso, doloroso a lo largo de sus doce primeros años de vida, se había tornado placentero en la pubertad, cuando las largas horas de tormento y atroz dolor, se transformaron, de pronto, en oleadas de placer. Conocer ya no lo torturaba; desde que era un hombre, lo complacía como ninguna otra cosa en este universo.

Las hormonas que comenzó a segregar en su madurez le permitieron consumir aluminio, y con él, todo su mundo se transformó y el sufrimiento se vio recompensado.

La droga en sí no era más que información codificada en ADN, lista para ser utilizada por sus sinapsis nerviosas para autorreconfigurarse. Pero toda esa información permanecería dormida, aletargada por siempre si algo no la despertaba, si no la volvía consciente. Y ese algo era el aluminio.

Durante las largas horas que permaneció dopado en la cápsula, Wylj había incubado la información que le inyectaran al salir de la base; pero fue el aluminio líquido que le inoculó el médico de tropa el que detonó su toma de conciencia. Ahora comprendía todo lo necesario para realizar la misión, y con cada conocimiento vivía un éxtasis que nadie más que él podía entender.

Así que dejó que el soldado se riera en su cara cuando lo condujeron, arrastrándolo en medio de alaridos, hasta la superficie de la luna donde se había posado la cápsula.

Lentamente recobró el sentido. Se levantó del suelo. Sus escoltas esperaban, silenciosos, a que se repusiera del ataque noético.

A una seña del comandante, los soldados formaron un círculo a su alrededor e iniciaron la marcha. Llevaban las armas listas y los sensores a toda capacidad.

Bronson recordó: él era el tercer psiconte enviado a realizar esa misión; los otros dos habían muerto despedazados por los nativos; despedazados hasta los huesos junto con sus escoltas militares.

Un helado dedo de terror recorrió su espalda.

En su mente enfocó dos tablas paralelas: en una desfilaban los parámetros de su misión, en la otra las características de los nativos.

Pero no hizo falta que cotejase ningún dato. Cuando el primer impacto barrió de la faz del universo a dos de sus escoltas, dejando un cráter en el suelo, supo que los quelonites, el tercer sexo de Delta Ophiuco, era el que estaba a cargo de su cacería. Wylj fue arrojado al suelo mientras los hombres desplegaban un escudo a su alrededor y disparaban en todas direcciones... y al azar, puesto que los quelonites siempre atacaban camuflados.

Uno a uno los soldados que lo rodeaban fueron muertos, la precisión era fría y perfecta. Cuando el último hombre hubo desaparecido bajo el fuego enemigo, un silencio sepulcral ocupó el sitio de los estallidos. Bronson pensaba frenéticamente, los datos se agolpaban en su cabeza: los quelonites eran asesinos despiadados, territoriales por el solo hecho de serlo (un campo mórfico no representaba ninguna amenaza para ellos), pero también eran sinaptos. «Sinaptos», algo debía significar aquello, ¿pero qué? El psiconte hurgó su mente buscando la solución y la respuesta vino en el momento preciso: en un espasmo de placer, mientras arqueaba la espina y sus uñas rasgaban la tierra glauca bajo sus manos, una figura surgió de la nada, esbelta y verde. Sus tres enormes y temibles ojos ambarinos se serenaron, mirándolo, de pronto, con embeleso. El humanoide estiró uno de sus cuatro brazos hacia él; era extraño pero bello, casi femenino. Algo en él (o ella), un aura aromática, la hacía irresistible para Bronson. Wylj sintió la caricia: el roce perfecto le proporcionó un nuevo y desconocido placer. Y mientras se abrazaba al quelonite recordó, y el conocimiento arrancó un dulce alarido en su compañero/a alienígena: los quelonites exudaban aluminio constantemente... y eran empáticos.


Teresa Pilar Mira tiene 35 años y es argentina. Su experiencia en el campo de la literatura fantástica está relacionada con la investigación ya que es licenciada en filosofía y para su tesis de doctorado trabajó con textos míticos y obras de ciencia ficción, género que para ella —confiesa— constituye una verdadera pasión. Hasta ahora su experiencia literaria en el campo se había restringido a trabajos expositivos, artículos, informes y algunos ensayos, pero podemos garantizar que después de este texto vendrán más ficciones de Teresa...


LA HELADERA Y LA INQUISICIÓN

Cristina Conci - Argentina


El obispo Ayusa ha dicho que vendrá a eso de las tres. Lo estaré esperando, como siempre en esta última semana, con una jarra de limonada refrescándose bajo la sombra de la morera. Lo de fresco es un decir. Fresca, lo que se dice fresca, no estará, aunque haré todo lo que se pueda en esta tierra que arde, pero ni siquiera para mí voy a permitirme alguno de los cubitos de hielo que ella me entregó anoche. Equivaldría a una confesión de parte, me salvaría de la tortura, pero no de la hoguera. Es que de la hoguera no se salva nadie cuando te echaron el ojo. Y si el obispo Ayusa, segundo del Inquisidor, y su séquito de defensores de la fe dicen que eres un hereje o un brujo, lo eres.

—Hace calor ¿no?

—Así es, obispo, ¿gusta un vaso de limonada? La tengo fresquita aquí bajo la sombra de la morera.

—Sírveme un vaso, y a mis secretarios también, pero no creas que por tu amabilidad voy a mirar hacia otro lado.

—Por favor, obispo, cómo piensa que yo intentaría siquiera sobornarlo, por lo demás, con qué objeto, soy inocente de todo lo que se me acusa, pongo al Santo Prior que todo lo ve y sabe por testigo.

—Pues tendrás que buscarte un testigo más convincente, porque lo que es el Santo Prior, el mismísimo Santo Prior de carne y hueso, hasta ahora no se ha apersonado para dar testimonio de tus palabras.

—Y eso ha de ser porque andará en cuestiones más importantes que ésta. Siendo como soy inocente, para qué molestarse en defender a un pobre agricultor como yo.

—No, no, no me vengas con ésas, no me parece que se trate de una cuestión de molestia, más se me hace que es porque hay algo que no merece ser defendido. Hay un detalle que no encaja en tu versión de los hechos, dices que salaste los animales que cazaste el invierno anterior, y de eso ya han pasado dos años, sin embargo cuando los examiné el pasado martes parecían recién muertos, sus carnes rosadas no denotaban llevar más de un par de horas como cadáveres. En cambio, a la gente de la aldea se les pudrieron todos, sufrieron hambruna y hasta un par de chicos y viejos murieron, y todos ellos salaron muy bien la carne siguiendo a pie juntillas el método enseñado por nuestro Santo Prior en el inicio de nuestra era. Cómo explicas eso.

—Y... no sé cómo explicarlo, sigo insistiendo en que los salé mejor que los otros a los suyos.

—Pretendes que crea que toda la aldea está poblada por ineptos que no saben hacer una tarea que ante el más mínimo error les cuesta la vida.

—En absoluto, obispo Ayusa, jamás me atrevería a tanto, pero le aseguro a usted que no ando en asuntos de brujería... ¡Es el hielo! ¡Eso es! En vez de salarlos los llevé a la montaña y los cubrí con hielo.

Los secretarios rieron por lo bajo y anotaron en la pizarra de arcilla.

—¡Basta ya, hombre necio! No insistas en esa patraña que cada vez que lo haces complicas más tu situación. ¿A quién pretendes engañar? Sabes muy bien que el hielo que se forma en los seis meses de invierno apenas si sobrevive al primer mes del verano y eso fue, repito, como si no lo supieras, hace dos años. Se me ocurre que has estado experimentando en asuntos reñidos con la ley de nuestro Santo Prior y esa es una falta muy grave.

—Pero es que no sé qué decirle, obispo Ayusa... que soy un buen salador.

—¡Y de vuelta a la muela doliendo! Vamos nomás —dijo a los secretarios. Montó la mula y antes de enfilar hacia el camino se volvió—. Esto está terminado y muy clarito, por mi vieja amistad con tu difunto padre traté de hacerlo extraoficialmente, pero es inútil, terco como esta mula eres, o más, mañana vendrá el Inquisidor en persona, yo me lavo las manos. Veremos si con él te haces el gracioso y sigues negando que andas en tratos con el demonio.

Se ha hecho noche el día, de golpe, como si un descomunal chorro de sangre se derramara estrepitosamente en un instante desde un agujero del firmamento. Cinco pequeñas lunas parecen observarme desde el cielo rojo y todavía ardiente. Aun falta otro año más para el invierno, las lluvias y la nieve. Sólo la nieve podría salvarme de la hoguera, o al menos humedecer la pira para morir asfixiado antes que incinerado.

Nada podré hacer para evitar el final que me han destinado; ni hablándoles del túnel lleno de objetos extraños que hallé en una hondonada del valle bajo un casi impenetrable cerco de espinos, me culparían de alucinarlos con el favor de los demonios, como acusaron a Pietro cuando encontró la enorme ave plateada mientras pastoreaba las cabras. Mejor será que sea yo el que escoja mi final, en estas circunstancias es la única libertad que poseo, bajaré y aguardaré a la muerte en las entrañas de la diosa blanca que hace hielo.

Si algún día me encuentran, creo que seguirán siendo escasos los que comprendan que los hombres, sin dejar de serlo, por una cuestión de naturaleza nomás, tropiezan por azar, o a propósito, con sus distintos y propios dioses.


Cristina Conci nació el 11 de setiembre de 1948 en la ciudad de Córdoba. Estudió inglés en IICANA desde la edad de 8 años, egresando en 1967, el mismo año en que se recibía de Maestra Normal Nacional. Pero nunca ejerció esa profesión y por esas cosas de la vida se dedicó al comercio, aunque nunca abandonó el gusto por la lectura y la escritura. Se dedicó a la poesía hasta 1998, año en que, por cuestiones laborales, se mudó con su esposo a Santa María de Catamarca, capital de los Valles Calchaquíes. Allí, quizás por el influjo del lugar, abandonó la poesía para siempre y se dedicó a la narrativa. Ha escrito tres novelas que permanecen inéditas y unos cincuenta relatos, de los que diez aparecieron en diversas antologías.


LA ORQUÍDEA

Giulia Moon - Brasil


Allí estaba ella, espléndida y delicada, en mi solapa. Surgió de pronto y eso, confieso, me pareció un poco extraño. Pero ¿por qué no usarla? Una cosa deliciosa como aquella... Todo el mundo notaba el nuevo adorno. "Silvia", decían, "qué bella orquídea, tan viva y fresca". "Combina con su piel, Silvia". "Es delicada y gentil como usted, Silvia". La orquídea de Silvia.

Así fueron pasando los días, la bella flor acompañando mis humores y amores de cada día. Tan acostumbrada estaba a su compañía que la habría olvidado. Pero ella no lo permitió. Yo sentía todo el tiempo una leve desazón, miraba la solapa todo el tiempo. Quería verificar a cada momento si la orquídea estaba torcida o mal acomodada. Comencé a prestar atención a las reacciones de la flor. Ella se marchitaba cada vez que un amigo me hacía un mimo, ante cada hombre que se aproximaba. Creo que fue por eso que pasé a evitar los cálidos gestos de afecto, antes tan bienvenidos.

Poco después comencé a oírla. Me costó creer que eso estuviera sucediendo, pero inmediatamente fue evidente que me hablaba, sí. Como un pensamiento inquieto dentro de mi mente, pasó a contarme, en voz baja, sus quejas. Reclamaba en murmullos sobre su infelicidad, del sufrimiento que le causaba la condición de apéndice en mi solapa. Declaraba, con disgusto, que me era completamente devota. Pero yo no retribuía ese inmenso amor como debería. Que yo la trataba con indiferencia. Que sólo tenía ojos para los otros. Cada vez más incómoda, yo pasaba el día intentando consolarla. Mientras más cariño le daba, ella pedía más. No me dejaba tiempo para otras tareas. Ya ni siquiera sabía si me gustaba, sólo sabía que no podía abandonarla. Me necesitaba, era tan frágil que en cualquier momento podría marchitarse... Morir.

Entonces la orquídea se desató por completo. Comenzó a hablar no sólo para mí, sino para todos. Repetía todo lo que le dije en algún momento. Mis pensamientos. Sueños. Visiones. Incluso mis miedos. ¿No es normal, verdad? Finalmente, ella me había ofrendado tanto amor... Era natural que me usara como modelo. Y todos la consideraron brillante. Talentosa. Reconquistó todo lo que yo había perdido. Los amigos que yo, ocupada con mi orquídea, permití que se alejaran. Y me sentía cada vez más exhausta. Ella creció, se expandió más allá de la solapa en la cual estaba posada. Adquirió un rostro. Se cortó los cabellos. Se pintó los labios. Ahora, todos la llaman Orquídea. Y a mí, Silvia, la Silvia de la Orquídea. Ustedes pueden verme, si prestan atención. Marchita, solitaria en la solapa que un día fue mía y ahora pertenece a Orquídea. Sí, me marchito... Cada vez más rápido. No entiendo cómo hace para sobrevivir sin problemas en mi solapa. Sólo sé que no logro hacer lo mismo... Esto no pasó inadvertido a Orquídea. Ella presiente el fin del ciclo, pues desde hace algún tiempo se está preparando para partir.

Creo que, inmediatamente, se irá a posar con suavidad en alguna otra solapa...

Título original: A orquídea
Traducción del portugués: Sergio Gaut vel Hartman


Ya presentamos a Giulia Moon cuando publicamos su cuento "Bananas" en Axxón N° 169. Pero repetiremos que es brasileña, paulista y directora de arte de una agencia de comunicación en São Paulo. En 2003 lanzó su primer libro de cuentos: Luar de Vampiros, que fue seguido por Vampiros no Espelho (2004), Outros Seres Obscuros (2004) y A Dama-Morcega (2006).


UNA CABELLERA RUBIA

Ruth Ferriz - México


En aquella noche extravagante, llena de rojos, azules y violetas, gritos y risas, olores de vainilla y de café, podía esperarse cualquier cosa. Había llegado a esa pequeña isla zarandeado por el huracán, mi bote había resultado milagrosamente ileso y al igual que la gente, festejaba ruidosa y alegremente el seguir con vida.

La fiesta se prolongaba, era casi un pequeño carnaval, todos bailaban alrededor de un grueso rey feo, que perseguía a todas las mujeres de ojos de estrellas y caderas amplias y ondulantes que pasaban cerca de él.

Al límite de mis fuerzas, después de haber tratado de probarlo todo, embriagado de luces, colores y bebidas, me fui alejando del barullo, y me adentré en las calles desiertas. De repente y revoloteando alrededor de la luz de las farolas, me pareció ver a una mujer, diferente a las lugareñas, pues aún de lejos, su cabellera rubia brillaba alrededor de sus hombros, envolviéndola en un resplandor ambarino.

Comencé a seguirla picado por la curiosidad, pues a partir del momento en que había desembarcado, no recordaba haber visto a nadie parecido a ella. Me di cuenta que la mujer jugaba conmigo, yendo y viniendo, enredada en el viento, deslumbrada con la luz y abrazándose a las sombras. Subí y bajé la calle siempre a distancia, sin poder acercarme, siguiendo su juego. Pero al llegar al hotel en que yo me hospedaba, para mi sorpresa entró y sin detenerse en la recepción, subió por las escaleras y desapareció sin que yo pudiera evitarlo.

Busqué su sombra rubia desde el sótano hasta el tejado. El portero, a mis preguntas, me contestó que no había visto a nadie con esas señas. Cansado de tanto buscar, me fui a dormir.

La encontré al día siguiente.

En el jarro de vino que para aliviar mi sed, había dejado cerca de mi almohada la noche anterior, posiblemente al buscarme para seguir el juego, flotaba exánime, una enorme mariposa de alas amarillas, iguales a la esplendorosa cabellera rubia que envolvía a mi desconocida de ayer.


Cuando en Axxón N° 170 publicamos "Cita en la niebla" dijimos que la mexicana Ruth Ferriz estudió arquitectura y obtuvo mención honorífica en un concurso organizado por Fatal Espejo con el cuento "Instrucciones para hacer magia". Esperemos contarles algo más sobre lo que hace y escribe cuando le publiquemos el próximo cuento...


FAHRENHEIT 1976

Rogelio Ramos Signes - Argentina


No era el fútbol que a mí me gustaba. De hecho tampoco era fútbol, pero así le llamaban y era el único deporte que se practicaba. La pelota, de cristal transparente y alargada como un chorizo, era trasladada de campo a campo en el bolsillo del delantal; no podía ser tocada con los pies (lo que automáticamente suponía la cárcel para el involuntario pateador); los penales se decidían según cómo cayeran seis dados dentro de una pileta de natación; y los goles los anotaban los arqueros, cabeceando la pelota colgados de un helicóptero, y sólo si llovía.

No era el fútbol que a mí me gustaba, insisto, pero le llamaban fútbol y era lo único que se practicaba allí por entonces. Así y todo llegué a ser el goleador del torneo, lo que unánimemente se consideraba una afrenta al país. Por ello es que fui condenado a escribir un árbol ("Graciela y Antonio se aman" fue mi frase), a plantar un hijo (en el patio de atrás del Conservatorio de Corte y Confiscación, como es bien sabido) y a tener un libro. Eso desencadenó mi tragedia, porque los militares (otra vez) habían derrocado al gobierno. Así fue como cortaron el árbol (porque entorpecía la luz de un semáforo), se llevaron a mi hijo, con incierto destino, y quemaron el único libro que tenía en la biblioteca.


Rogelio Ramos Signes nació en San Juan, en 1950, aunque actualmente vive en Tucumán. Ha cultivado la poesía (Soledad del mono en compañía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), el cuento (Las escamas del señor Crisolaras, Minotauro, Buenos Aires, 1983) y la novela corta ("Diario del tiempo en la nieve", Minotauro N° 10, Buenos Aires, 1985; "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas", El Péndulo N° 13, Buenos Aires, 1986). Esta última obra obtuvo el premio "Más Allá" a la mejor novela de ficción publicada en la Argentina durante 1986. En 2005 se presentó su novela En busca de los vestuarios. En Axxón publicamos: "A cada cual su propio infierno" (42), "Algunos datos para ubicar a Walter Martillo" (150), "Digamos Ele Ge. Digamos Ere Ele" (160), "En el aire" (161) e "Imposibilidades geométricas" (162).


EL EXAMEN MÉDICO

Fabián Casas - Argentina


El Jedi se somete a un examen médico.

Le toman radiografías de tórax, cráneo, etc. Le dan un sobre con todas las placas, para que lo lleve a su médico, quien no pertenece a la hermandad.

Esa noche, en su casa, el Jedi examina esas fotografías en negativo del interior de su cuerpo. Se alarma. Ahí hay un problema. Las radiografías muestran todo tipo de maravillas tecnológicas. ¡La gente común no está preparada para conocer esos secretos!
Allí se ve el esqueleto, finísimas piezas de tejido orgánico endurecidas con un mineral liviano, un prodigio de resistencia, diseño y levedad. Cada hueso está exquisitamente torneado con precisión micrométrica y un gusto artístico desarrollado y refinado durante millones de años. Encajan unos con otros a través de una serie de uniones autolubricadas calculadas con fórmulas matemáticas aún no descubiertas por las civilizaciones más avanzadas de la galaxia. Allí radica el secreto de esos saltos y piruetas que puede realizar en el combate. Como si semejante exposición aún no fuera suficiente, se ven en las placas del cráneo el alojamiento del cerebro computador y su sistema visual, así como los canales de cableado orgánico que unen los receptores con el centro de interpretación. La Fuerza es detectada allí y desde allí se amplifica por las terminales enlazadas con todo el resto del cuerpo. Cualquiera que mire eso se dará cuenta de inmediato que el Jedi no tiene el cuerpo de una persona normal, sino que él mismo es el producto de un cuidadoso programa de mejoras desarrollado a lo largo de miles de millones de años. Ahí está la prueba...

—No te preocupes —le dice su viejo maestro—. Nada notarán. Percibir nuestro secreto la gente normal no puede.

El Jedi lleva las radiografías a su médico.

El profesional las examina con cuidado. Se detiene en cada una de ellas, toma medidas sin emitir palabra alguna.

—Bueno amigo, no tiene nada de qué preocuparse. Su salud es excelente. Usted está perfectamente bien —dice, quitándose los anteojos.

El Jedi lo mira con un recelo fugaz.

—¿Entonces...?

—Perfectamente normal. Vaya tranquilo. Vivirá muchos años más.

Y el Jedi se vuelve a su casa, sonriendo.


Fabián Casas ataca de nuevo con sus jedis. Pero atención que esta vez la cosa viene aderezada con narrativa conjetural de la mejor cepa... Fabián es el "alma pater" de Capitanes del Espacio que se transmite todos los lunes a las 20 horas por radio ¡Ahijuna!, FM 94.7, donde podrán escuchar muchos de los cuentos que publicamos en esta sección. ¿No dijimos nada de Fabián? Repitamos entonces que nació en 1964 en Berazategui, Argentina; trabajó de cosas tan disímiles como obrero de frigorífico, fabricante de tintas para impresora, corresponsal de revistas subte, aviador y buzo; estudió el profesorado de química y física y sobrevive con la informática... Aunque nada le sale tan bien como los cuentos de jedis... O no, pero para eso tendrán que esperar algunos días.


CRÓNICA DE UNA SOCIEDAD INTERMITENTE

Adam Gai - Argentina


A Johnatan Swift, que no me inspiró para nada.

Los tusik son un pueblo del Medio Oriente, no reconocido por las Naciones Unidas. Viven en una depresión más profunda que la del Mar Muerto y su dominio está limitado al oeste por Jordania, al este por Palestina, por Siria, al norte y por Israel, al sur. A diferencia de los beduinos no son nómades, pero tampoco pertenecen al grupo de los sedentarios, como pudiera colegirse. No figuran en la Biblia ni en el Corán, pero creen en una divinidad, que se encarna en un mago adorado por el pueblo durante un período razonable.

El calendario de los tusik no coincide con el que rige en otros pueblos. Como sus días son más largos y en consecuencia el año más chico, las posibilidades de comunicación con el mundo exterior son ínfimas. Esta desarticulación ha reducido a cero las declaraciones de guerra a los países vecinos y viceversa, mas no las luchas intestinas que se han caracterizado por su alto nivel de sangre y de crueldad.

No viven de la caza ni de la pesca, porque carecen de fauna, no son vegetarianos por falta de flora, y no son especialmente pulcros por la ausencia casi absoluta de aire y agua. Es ésta una de las razones de su proverbial mal olor, de la que han dejado testimonio los antropólogos que han logrado entrar al país con visas y máscaras para estudiar sus costumbres y sus maldades.

El gobierno se define como democrático; en esto se parecen a los demás pueblos del planeta. Tres personas elegidas a ciegas (los electores acuden a la votación con una venda en los ojos) asumen respectivamente los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Cada cinco años, quien ejerce de turno el poder religioso los derroca y condena a muerte. Una banda de sacerdotes promisorios se encarga de lapidarlos. Aunque una medida tan despiadada despierte el repudio de las civilizaciones reputadas superiores, es una solución muy práctica para evitar el despotismo, la corrupción y la gloria. Uno de los rasgos descollantes del pensamiento tusik es la resistencia tenaz a la creación de una historia continuada. Al renovarse los gobiernos de la manera antes descrita, los funcionarios de rango inferior se ocupan de borrar con piedra pómez toda memoria del régimen anterior, lo que, si fomenta provisoriamente el caos, descarta toda posición revisionista. Cabe no olvidar, y queda repetidamente demostrado, que la humanidad hace caso omiso de las enseñanzas del pasado.

Las mujeres son altas y ateas y por ser más inteligentes que los hombres, no se dedican a la política, sino a la difusión de cuentos orales de género realista, en los que no hay ningún personaje masculino. Los hombres, por su parte, se ocupan de la propagación de lo que ellos denominan la verdad revelada, son fantasiosos y propensos a la matanza mutua.

Ambos sexos viven apartados y sólo se reúnen para fornicar en primavera, estación que goza de una extensión variable según las necesidades demográficas. Los infantes, apenas nacidos, son internados en asilos al cuidado de trabajadores extranjeros, generalmente de Asia Mayor, que se infiltran en el país enceguecidos por la ilusión de lograr una mejora de su calidad de vida. Como obviamente no logran concretar sus anhelos, después de ser empleados durante lo que se considera su período útil, son desterrados o desaparecen misteriosamente.

La economía es uno de los rubros que han despertado mayor curiosidad entre los estudiosos de este extraño pueblo. Como su desarrollo es puramente interno y no existen ni la materia prima ni la plusvalía, los tusik viven alimentándose del rencor que surge inevitablemente de todo estado de precariedad y futuro sin horizontes. Contra lo que se tendiera a pensar, la tasa de mortandad es baja, porque también lo es la de la existencia. A semejanza de la civilización occidental, también entre ellos la enfermedad más padecida es el tedio, y a semejanza de la civilización oriental, el suicidio por causas religiosas o ideológicas es practicado por los sectores indigentes de la población.

Pese a la vida dura, nadie emigra, no sólo por razones patrióticas, sino porque la información sobre el mundo exterior que reciben, deja mucho que desear.

Como los tusik desconocen la escritura y no pueden dar cuenta oral de su pasado, debido al barrido quinquenal de la memoria, los estudiosos extranjeros rellenan los vacíos, basándose en las historias de otros pueblos, de los que se sabe que más o menos les fue y les va como a ellos.

Los notables y el mismísimo pueblo no tienen esperanza de una supervivencia prolongada y se atribuye el pesimismo general que los embarga, a la aparición de nubes-hongos, que se divisan en el cielo de los territorios fronterizos.


Adam Gai nació en Buenos Aires en 1941 y vive en Jerusalén desde 1972. Enseñó literatura hispanoamericana en la Universidad Hebrea y español en diversas instituciones. Su tesis de licenciatura (UBA, 1970) fue sobre la narrativa de Anderson Imbert (por entonces se llamaba Valentín Gaivironsky) y la doctoral (Universidad Hebrea), sobre la narrativa de Rulfo (1980). Escribió artículos sobre narradores hispanoamericanos como Carpentier, Bianco, Bioy Casares, Borges, Cortázar. También escribió una novela que permanece inédita y una serie de cuentos, algunos de los cuales se han publicando en revistas electrónicas: "A dúo", que fue finalista en el concurso de la revista Axolotl, "Matar a Borges", que apareció en la revista El coloquio de los perros N° 15 y un minicuento en el fanzine cubano Minatura. Es casado; tiene dos hijos y una nieta.


NO ES PALABRAS

Saurio - Argentiba


No sé qué es lo que ha ocurrido con este cuento. Comenzaba bien, dentro de lo que uno consideraría normal: su prosa era clara, utilizaba palabras sencillas, seguía las reglas de la gramática castellana. Pero, a partir del segundo párrafo, comenzó a comportarse en forma extraña. Lo lógico sería pensar en que un virus ha infectado mi computadora, pero mis instintos de escritor de ciencia ficción me hacen pensar que fue una distorsión espacio-temporal la responsable de que, ni bien puse punto y aparte, el cuento no hiciera otra cosa que reordenar aleatoriamente su primer párrafo.

Su prosa era clara, seguía las reglas de la gramática castellana. Utilizaba palabras sencillas, pero utilizaba palabras sencillas, utilizaba palabras sencillas, seguía las reglas de la gramática castellana. A partir del segundo párrafo su prosa era clara (dentro de lo que uno consideraría normal). Comenzaba bien, utilizaba palabras sencillas, su prosa era clara a partir del segundo párrafo. Pero no sé qué es lo que ha ocurrido con este cuento. No sé qué es lo que ha ocurrido con este cuento. ¡No sé qué es lo que ha ocurrido con este cuento!

Pero dentro de lo que uno consideraría normal, comenzó a comportarse en forma extraña. Lo lógico sería pensar en que un virus ha infectado mi computadora: Comenzaba bien. Comenzaba bien a partir del segundo párrafo, seguía las reglas de la gramática castellana, pero comenzó a comportarse en forma extraña. Utilizaba palabras sencillas pero mis instintos de escritor de ciencia ficción me hacen pensar que fue una distorsión espacio-temporal la responsable de que lo lógico sería pensar en que un virus ha infectado mi computadora. Ni bien puse punto y aparte mis instintos de escritor de ciencia ficción me hacen pensar que fue una distorsión espacio-temporal la responsable de que no sé qué es lo que ha ocurrido con este cuento ni bien puse punto y aparte.

Las reglas las sé bien: sé que lo comenzó aleatoriamente. Aparte, un cuento, un párrafo, este cuento, mi cuento, ni seguía las reglas del primer párrafo ni seguía lo que comenzó, lo que comenzó el escritor. Su computadora consideraría responsable de lo ocurrido a la forma, no a las palabras. Ha de pensar que la distorsión hiciera que el virus (¿qué virus?) hiciera a la computadora comportarse en extraña forma y sencillas reglas. ¡Qué clara es su ciencia! Segundo a segundo sería las palabras del virus. Un segundo cuento de extraña ficción espacio-temporal, pero sé que su cuento ha ocurrido bien de gramática. No un virus de ciencia el que consideraría con mi forma. Pero, ¡qué cosa que con el párrafo extraña sería su gramática! Lógico, utilizaba castellana gramática clara. Y su computadora espacio-temporal comenzó aleatoriamente. Comenzaba con instintos, de prosa bien castellana, otra que un párrafo. Punto puse, ficción fue, párrafo sería.

Uno comenzó a pensar que un virus bien virus ha de pensar en instintos. Instintos de lo bien normal, instintos de la ficción, de la ciencia de reordenar. Comenzaba uno a comportarse aleatoriamente. Sencillas reglas una seguía. Pero consideraría ocurrido comportarse aleatoriamente. Un virus sería su prosa del segundo. Seguía pensar dentro de lo que aleatoriamente hiciera. Las formas hacen pensar en ciencia, en prosa, en ficción, en la responsable computadora, en la cosa gramática.

Sencillas reglas uno seguía. Palabras aparte, palabras uno. Pero no distorsión. ¡Una distorsión ha de comportarse! Comenzaba el primer escritor pero no me utilizaba y lo ocurrido en el segundo párrafo del cuento normal y lo ocurrido en el primer punto hacen pensar en un párrafo espacio-temporal que puse a cuento de no sé qué. Aparte una de mis palabras no ha ni infectado ni ocurrido.

No en mi rasaro terranar. Parto, doy doma y pride. Nomá raro hafec glastis ese del mernapar sulallas. Pación que de mataca su meneltra forrorritera. Las ñallay oraría, to censado bape páblemal miscia de sarunpá co el coto smensiraado. ¡Pricopencomdo! ¡Cotemmeunno! De ralla excountras a mi dota Forencia della Cripunllallas, lo que se parta se enforateza. Es pen brastro que ha siría lo malzaco cia cien estrate esrrañas. Hable su dezapunlo bien tormeraría que torrase zaopunuco, cobras zacuenroría a la misquémaco gila que folla for orsepon lo paputo. Zarriparraunarao que esciosuseti desarmen repereteuto del ponmendelo. ¡Sepa este fuegitor for conisapusemenmis crimis visares! ¡Time es punto resción! ¡Comteprita!

¡Serotos zapar! ¡Paqueguías erusmeres!

¡El saruscilasbación bien conralto! ¡Traquecia prosipudes!

¡Arresñatirroll!


Saurio... ya saben. Si quieren leer un texto de aquellos, experimental, provocativo, fuera de lo común y sólo apto para mentes brillantes... lean a Saurio. Saurio es satisfacción garantizada o le devolvemos lo que pagó. Más textos de Saurio en Axxón 147, 149, 151, 152, 155, 157, 158, 162. Y, por supuesto, en el Batiburrillo, cuando se digna a hacerlo, y en: La idea fija, Las armas del reino II, La sonriente cocina de Peloncha, El maravilloso mundo de Saurio


LA ESQUINA DE TERESA

Chinchiya - Argentina


La primera vez que vi a Teresa, era un bebé regordete y simpático, que agitaba las manitos para que la alzaran. Ese día, en la esquina, habían abierto un negocio de cochecitos de bebé y juguetes. Y fue ahí cuando lo supe: esa esquina se relacionaba directamente con la vida de Teresa.

Yo tenía quince años, y para mí Teresa era otro bebé más en el barrio, poco podía importarme. Aunque en realidad, inexplicablemente, había en ese bebé algo que me producía mucha ternura. Pero este pensamiento no ocupaba mi tiempo: estaba por terminar el colegio, y había empezado a trabajar con mi padre. Salía los fines de semana, generalmente solo, ya que nunca supe hacer amistades.

El negocio de la esquina se adaptaba al crecimiento de Teresa y un día incorporaron juguetes para niños. Siempre la veía jugando en la vereda, desde mi ventana, a veces sola, a veces con otros niños. Y cada vez que yo pasaba a su lado, me dedicaba una bella sonrisa en su carita redonda.

Un día, el negocio de juguetes cerró y poco después dio paso a una lencería. Deduje —aunque era bastante obvio— que Teresa se había convertido en una mujercita. Ya tenía trece años y su cuerpo había cambiado, adquiriendo esas formas que atraen la mirada disimulada de algunos caballeros. Y su sonrisa ahora tenía un dejo de picardía. Por mi parte, había quedado al frente del negocio de mi padre, lo cual me dejaba poco tiempo para andar por el barrio, pero siempre era un placer para mí ver a Teresa.

Cuando nos encontrábamos en la esquina, nos saludábamos amablemente, por más que no nos hubiéramos visto en mucho tiempo.

—¡Hola, Teresa!

—¡Hola! ¿Cómo te va? —Y se detenía un momento a contarme sus cosas y a preguntarme por las mías. Así fue como un día me enteré que tenía novio, y que él estudiaba ingeniería. Pensaba que de un momento a otro él comenzaría a trabajar en una empresa multinacional.

La lencería creció demasiado, y decidió cambiar de ubicación. En la esquina pusieron una casa de regalos para casamientos y artículos para el hogar. ¡Y claro, no podía ser de otra manera! Esa misma mañana, yo había recibido la participación de casamiento de Teresa con ese muchacho tan atento que ya se había recibido de ingeniero.

Entonces dejé de verla por un tiempo. Se habían mudado a otro barrio, y me pregunté si la esquina seguiría reflejando tan fielmente la vida de Teresa.

Pero no fue así, ya que la tienda de regalos comenzó a vender también cunitas, y supe por una vecina que Teresa había tenido un hijo. Sonreí para mis adentros, satisfecho de saber que aún a la distancia, seguiría ligado a Teresa, y sabría de ese modo cómo se encontraba. Cuando volvía al barrio a visitar a su madre, a veces me tocaba timbre para saludarme.

Luego la tienda cerró, y en su lugar pusieron un instituto de lenguas. ¡Qué extraño!, pensé, ¿y ahora qué? Al encontrarme con la madre de Teresa en el mercado, me comentó, con una mezcla de orgullo y tristeza, que su yerno había aceptado un trabajo en el exterior. Vivirían en Londres, y él haría viajes cortos a distintos lugares de Europa, para supervisar unas centrales telefónicas.


Hace varios años que no veo a Teresa, y el mes pasado cerraron el instituto. El local estaba vacío, y sospeché que ella no se encontraba bien. Pero esta mañana, me di cuenta de que siempre la amé, y mi corazón se llenó de terror cuando vi la nueva oficina que están montando. Supe con certeza que no la vería más, y comencé a llorar, mirando estúpidamente la vidriera y el enorme cartel en la puerta: "Cementerio Privado Parque de la Paz".


Chinchiya (Juana Gallego) debutó en Axxón N° 158 con "Sirio 3". Poco antes de escribir estas líneas nos enteramos que esta simpática e inteligente muchacha, docente en la Facultad de Ingeniería de la UN de La Plata... ha decidido casarse. Íbamos a decir algunas otras cosas que sabemos sobre su vida, pero ya no estamos seguros de hacerlo. ¿Dejará para siempre sus actividades al aire libre como exploradora? ¿Nunca más será barman de su propio bar? ¿Archivará definitivamente el kung fu? Imposible estar seguros; el casamiento es todo un paso. Pero de lo que en cambio estamos seguros es que seguirá leyendo ciencia ficción, y escribiendo.


CURA DE SUEÑO

María Cristina Rolnik - Argentina


Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño.

El médico, hace tiempo, diagnosticó sequedad de mucosas, recetó anteojos oscuros y un bozal de tela para dormir. Apagar los ventiladores y el aire acondicionado. Dejar las ventanas abiertas. Y un psiquiatra. Jamás dejaría las ventanas abiertas, el horror, entra por allí. Las otras indicaciones las cumplí exactos cinco minutos y terminé imitando a Michel Jackson frente al espejo, encendiendo el ventilador después de tanto esfuerzo y tirando anteojos, bozal y demás.

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño.

El psiquiatra no usaba diván y menos que menos barba. Quería contarle el sueño, pero insistió en remontarnos a la infancia, la adolescencia. Durante diez sesiones.

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño. Pero esta vez las marcas rojas aparecieron en el cuello. Durante el día parecían moretones de pasión; cubrirlos con un bonito pañuelo y a trabajar.

El psiquiatra reaccionó cuando vio los moretones alrededor del cuello. Quería contarle acerca del sueño, pero preguntó sobre mis amantes, mis preferencias sexuales y luego de un par de bostezos (no escuchó precisamente el diario de una princesa rusa) recetó ansiolíticos y no sé qué para dormir.

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño. Además de moretones en el cuello, mis uñas tenían algo oscuro, bermellón, sangre coagulada. No era mía.

"Estás muy flaca" masticó Fabiana junto a la medialuna en el bar de siempre. "¿Te teñiste el cabello de rubio? La colorista se equivocó de color. Estás casi canosa". Le dije sí (era no) como en todas nuestras charlas. Ella conocía mis sueños y desde el principio quería acompañarme a su tarotista-espiritista-masajista-reiki personal. Le dije sí (era sí).

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño. Moretones, sangre coagulada entre las uñas y esta vez latidos que retumbaban en la cabeza. Comparé mi ritmo cardíaco con el tam-tam insoportable; no coincidían.

Yo creo en fantasmas, en brujas, y en todo lo que leo. La ficción desapareció para mí, desde pequeña, cuando por las noches las luces invadían el cuarto a través de las persianas y una ronda de sombras ocupaba el techo. Eran siluetas oscuras, no se movían. Ellos decidieron no regresar y todo se calmó. Hasta que comencé a soñar.

La Señora Bruja de barrio Norte se llama Perla, vive en un piso 12, rodeada de gatos siameses. Me gustan los gatos y la altura. Perla era majestuosa. Fabiana se sentó en el sillón masajeador.

La señora me acompañó a un cuarto oscuro. Sonreí: olía a muñecas nuevas, como mi cuarto, y escuchaba el tic tac del reloj de la gallinita que tenía en la mesita de luz. Tropecé con algo, no pregunté a Perla qué era, estaba segura que se trataba del escritorio "para estudiar".

"Acostate", susurró la señora; "falta poco para las doce", temblaba entre las sábanas, y cerraba los ojos para no ver el techo, la ventana.

Perla murmuraba letanías o una canción de cuna, no sé bien. Logré dormir. Las luces me despertaron, infiltradas entre las maderas, muy fuertes, muy blancas y se movían haciendo un sonido agudo, como un foquito a punto de quemarse. Miré el techo, estaban allí. Llamé a Perla, nada. Corrí hacia el escritorio y me escondí debajo. Choqué contra un bulto pequeño, blando. "Hola", me dijo la niña; "tengo miedo, ayudame". Las luces no llegaban hasta allí y no veíamos las sombras. Por primera vez, estaba tranquila: había una niña a quien salvar. La abracé muy fuerte: "nadie te va a hacer daño". El corazón de la chiquita latía, latía fuerte, tan fuerte, tan delator que penetraba en mi cabeza. Las luces se acercaban, casi a nuestros pies. La puerta se abrió, y entró alguien que no era una sombra, ni un fantasma ni un ser de otra galaxia. Era un hijo de puta de este mundo. No veía su rostro, pero llamaba a la niña. "No dejes que me toque", imploró la chiquita. Me incorporé con furia. El hombre se sorprendió y casi huye. Pero la puerta se cerró, las sombras del techo cayeron sobre él, y gritó. De pie con los puños cerrados y una felicidad de valientes, observé todo. La niña salió de su escondite. Ella, en ese pijama tan conocido y querido, esos cabellos rubios de infancia y esa sonrisa verdadera que nunca tuvo, me abrazó por última vez. Las luces la rodeaban y se iban con ella. Se fue.

Cuando Perla me despertó, yo dormía civilizadamente, boca abajo, en una habitación sin otro mueble que un sillón símil cuero. Busqué las heridas, no estaban. "¿Qué fue esto, Perla?", pregunté por preguntar. La señora sonrió. "Fue una cura de sueño". Pagué y nos fuimos.

Duermo bien, gracias.


María Cristina Rolnik nació en 1973 en la~provincia de Corrientes, (Argentina), y morirá —dice— en el 2073 en la~provincia de Corrientes (Estados del Sur Unidos por el Norte). Hizo estudios primarios, secundarios y terciarios, completos, por lo que puede afirmarse que es el orgullo de mamá y papá. Estudió danzas clásicas, pero las abandonó cuando se vio horrenda con más tutú que encanto. Estudió~francés comercial, inglés de postguerra y sabe algunas palabras en guaraní y polaco. Actualmente hace ejercicio casi legal de la Medicina. Película favorita: Las alas del deseo. Escritor favorito: Edgar A. Poe. Poeta favorito: Alejandra Pizarnik. Es su primera arremetida contra Axxón, pero no la última.


LOS QUE VIGILAN

Álvaro Altozano - España


El joven se dirigía con paso apresurado hacia la casa del anciano. Le había citado a las cinco y supo, por su reloj, que ya era casi la hora. Tras doblar una pequeña avenida, giró por una de las callejuelas hacia la izquierda, tal y como le habían indicado. Se encontró de frente con un destartalado edificio, una pequeña mansión de estilo ya anticuado. Atravesó el jardín y llamó con decisión. Nadie le contestó, así que tras una espera que se le hizo interminable, volvió a insistir. Al rato la puerta se abrió con un chirrido, dejando entrever en la penumbra el rostro del anciano, cuyos ojos le escrutaban con severidad. Con voz áspera y seca le invitó a entrar.

El anciano le condujo hacia una salita sobre cuya mesa se hallaba servido el café. Le pidió que se sentase y, durante unos instantes, el joven tuvo tiempo de observar la extraña decoración que cubría los muros. El anciano rompió el silencio:

—Sé que ha venido usted desde muy lejos, con el único objeto de examinar uno de los volúmenes de mi biblioteca.

—Sí —repuso el joven—; como ya le informé en mi carta tengo intención de estudiar el contenido del libro blasfemo escrito por Eich-Pi-Él y cuyo único ejemplar del que se tiene noticia es el que usted posee.

—Eich-Pi-Él —dijo el anciano entrecerrando los ojos—, sumo sacerdote de una religión desconocida, oficiante de un culto secreto que los hombres han olvidado ya. La lectura de su libro conduce a la locura o a la muerte y posee el poder de convocar a entidades desconocidas que habitan otros universos, otras dimensiones distintas del tiempo y del espacio.

El joven no se arredró. Si bien las largas noches de estudio y las privaciones habían hecho de él una persona taciturna de aspecto macilento, no carecía del valor y la osadía que confieren la soberbia intelectual, del afán y sed de conocimiento que distinguen a los estudiosos de los saberes ocultos.

Con determinación, pidió al anciano que le condujese hasta la biblioteca. Ésta se encontraba en la parte más oculta y alejada de la casa y para llegar a ella hubieron de atravesar una intrincada serie de pasillos y galerías, de arremolinadas escaleras que el anciano subía con dificultad. Una vez allí lo dejó solo, con la intención, dijo, de no molestarle. Sobre una de las mesas se encontraba el volumen de tapas negras, cerrado, ocultando sus secretos. Al fin podía desvelar los arcanos que se escondían en el libro blasfemo. Con recogimiento, como quien oficia un ritual, lo abrió por la primera página y comenzó a leer: "El joven se dirigía con paso apresurado hacia la casa del anciano. Le había citado a las cinco y supo, por su reloj, que ya era casi la hora..." En ese instante comprendió, con pavor, que eran los ojos de unas entidades desconocidas, las miradas de los que vigilan desde el tiempo, los que desde una dimensión desconocida —en otro espacio, en otra realidad—, descifraban los signos abominables que componían la última frase.


Álvaro Altozano es artista plástico. Como pintor y escultor ha llevado a cabo varias exposiciones en su país natal, España. En materia literaria colabora en revistas de actualidad (Psicologies, entre otras) y revistas on line (www.lineas.org). En enero de 2006 ganó el concurso de microrrelatos de Telemadrid radio y varios de sus poemas han sido incluidos en antologías. Vive en Cádiz.


SIN LECHE

Markku Pöysti - Finlandia


Me desperté con sensación de vacío. Mientras me cepillaba los dientes, observé que el tubo de dentífrico estaba vacío. Quise preparar un poco de chocolate caliente, pero no pude porque me había quedado sin leche. Me fui al supermercado y compré pan francés, rosquillas, tarta de frutillas, una barra de chocolate con chili, salchichas, pollo y sidra con especias. Me olvidé de comprar pasta dentífrica. Regresé a casa y me di cuenta de que seguía sin poder preparar el chocolate caliente, porque había olvidado comprar la leche.

Me dirigí al supermercado otra vez y vi a una muchacha bastante atractiva. La muchacha llevaba una mochila con las banderas de Japón y Finlandia. Estaba caminando con rapidez y yo no pude mantenerme a su altura.

En el supermercado me sentí profundamente sorprendido al ver que todos en el negocio estaban de pie muy quietos, como si estuvieran hipnotizados, en medio de sus compras. Hasta la muchacha con la mochila estaba de pie, inmóvil, en el departamento de frutas. Mi sensación de vacío se vio reemplazada por un sentimiento de paranoia. ¿Por qué toda esta gente me está haciendo esto a mí? Nunca dañé a nadie en toda mi vida, pensé con tristeza.

Como había ido allí a comprar leche, me dirigí a la sección de lácteos y tomé un envase de leche, estirándome un poco porque una de las personas paralizadas estaba delante y me estorbaba. Fui hacia la caja. La cajera también estaba sentada inmóvil, sin hacer nada. También había varias personas haciendo cola. Era imposible comprar la leche. Pensé en robarme la leche, pero no tuve coraje para hacerlo. Había docenas de personas en el local y me vi obligado a suponer que podían verme. Quizás todos ellos eran miembros de la policía secreta, simplemente esperando que yo cometiera algún delito.

—Por qué está todo el mundo parado tan quieto —le pregunté a un cliente de aspecto relativamente razonable. El cliente no dijo nada. Llevé la leche de regreso a la sección de lácteos, en silencio y comenzando a sentirme bastante contrariado. Qué difícil puede llegar a ser comprar un poco de leche, pensé sombríamente.

—Hola —le dije a la cajera (una muchacha verdaderamente bonita) mientras pasaba por la caja, rozando a la gente que todavía seguía inmóvil haciendo la cola. La cajera no dijo nada, pero se ruborizó un poquito. Esto me hizo sentir mucho mejor. Al menos la cajera no era mi enemiga.

—Ya se pueden mover ahora —dijo una voz masculina por un altoparlante cuando yo ya había dejado atrás la caja. Todo el mundo se comenzó a mover y todo volvió a la normalidad. Yo circulé otra vez por el supermercado y compré la leche sin más dificultades.

Título original en finés: "Maito loppu"
Traducción del inglés: Norma Dangla


Markku Pöysti tiene 42 años, vive en Helsinki, Finlandia. Estudió en la Universidad Tecnológica y trabaja como programador. Actualmente escribe un libro sobre los problemas que tuvo con algunos idiotas anónimos (¿la policía secreta, detectives privados?) quienes por alguna razón desconocida lo atormentaron tanto que desordenaron su habilidad para dormir como se debe durante dos años.


LOS CIEGUITOS

Claudio Biondino - Argentina


Lucía se encerró en la iglesia del asentamiento, y recordó que el primer demonio había entrado al mundo a través del patio de tierra de su casilla. Parecía un topo gigantesco, aunque caminaba erguido como un hombre. Al principio la muchacha se sintió observada, pero enseguida comprendió que eso era imposible. La criatura no tenía ojos. Y luego más demonios, cientos de ellos, surgieron de la tierra y arrasaron el barrio de emergencia. Degollaban a todos con sus garras, mientras el fuego devoraba las casillas de madera y chapa. Pero habían empezado por su casa, pensó Lucía, habían despedazado a sus padres ante ella... y no había sentido nada. O tal vez sí, se dijo la muchacha. Había sentido alivio. Los demonios se marcharon sin tocarla, dejando a sus pies los cuerpos destrozados, como si se tratara de una ofrenda. Se sintió morir de terror y de culpa. El pecado que llevaba en su vientre había traído el infierno a la tierra. Por eso corrió desesperada hacia la capilla, corrió a rezar al Señor por las almas de las víctimas, aunque ya fuera demasiado tarde para salvar su propia alma. Y fue allí donde la encontraron, tras una dura batalla, los soldados de la Fundación.


—Por suerte los cieguitos se ensañaron con la villa —dijo el director López—. Si se hubieran dirigido a la ciudad, se nos habría complicado aplacar a los medios.

—Para comenzar con mi trabajo —lo apuró Elena Sims—, necesito conocer el incidente en todos sus detalles.

Elena, recién llegada a la Fundación Biotech desde Buenos Aires, había sido contratada como asesora psicotécnica de la misión que debía esclarecer el ataque al asentamiento. Allí residían los empleados no calificados de la empresa. Si algo así volvía a suceder, les costaría encontrar nuevos trabajadores, por más altos que fueran los índices de desocupación. El comandante Phelps, jefe de la base estadounidense de Comodoro Rivadavia y, a la vez, representante de la Fundación ante el gobierno argentino, le había dado amplios poderes en los aspectos científicos. Su tarea principal era encontrar la relación entre la única sobreviviente del ataque y los modelos experimentales que habían llevado adelante la incursión.

—Muy bien, doctora —dijo López—. Le hablaré de los humanos modificados E-19. Sus uñas, del tipo talpinae, les permiten movilizarse cavando túneles. Su objetivo es liquidar a los grupos guerrilleros que actúan ocultándose en las zonas de monte o selva. Les decimos los cieguitos porque no tienen ojos. Con el factor sorpresa y la oscuridad de su lado, les basta para aplastar a las partidas de campesinos rebeldes. Las uñas son armas muy efectivas en ese contexto, y los modificados resultan más económicos y fáciles de reponer que un soldado humano. Por supuesto, no tienen voluntad propia.

Elena hizo un gesto de impaciencia. —Necesito el informe del ataque.

—Ciento veinte cieguitos —continuó López— arrasaron el asentamiento. Los demás se quedaron en sus cubículos. El problema es que nadie dio la orden.

—Usted debe tener una teoría sobre lo que ocurrió, ¿no es así?

—Los que atacaron la villa hicieron algo para lo que no están condicionados. Asesinaron a todos, incluso a los padres de la sobreviviente, pero a ella no la tocaron. Es más, la defendieron de nosotros. Tuvimos que aniquilarlos uno por uno.

Elena comprendió la idea y se estremeció. —Usted cree que la muchacha los controló de alguna manera.

—No hay otra posibilidad —dijo el director—. Este incidente ha demostrado que los E-19 pueden ser controlados mentalmente, incluso de forma inconsciente, ya que la chica no conocía su existencia. Los trabajadores de mantenimiento no tienen idea de lo que producimos aquí.

—Dios... esa niña debía odiar a sus padres y a todo el asentamiento.

—Probablemente. El último informe disciplinario del párroco indica que fue violada por su padre y quedó embarazada.

Elena palideció. —La joven puede activar a los demás E-19 en cualquier momento.

—Eso no representa ningún peligro —respondió López con tranquilidad—. No son efectivos contra nuestro ejército privado. Además, la chica ha estado en coma desde que la rescatamos. Y ningún cieguito ha vuelto a moverse. Parece que en ese estado no puede controlarlos. Mientras tanto, debemos estar atentos al parto. Según nuestros médicos, habrá que inducirlo de un momento a otro. La madre y el niño se han transformado en portadores de un conocimiento invaluable.


Cuando Lucía despertó, el infierno se desató dentro de la Fundación. Pero ya no tenía miedo del fuego ni de los demonios. Ahora comprendía la naturaleza de aquellos seres, porque su propia naturaleza había cambiado durante el largo sueño. Había pasado el tiempo de la vergüenza y de la culpa, para dejar paso a una marea de venganza, a un huracán de furia contenida durante años de humillación. Los modificados lucharían con todas sus fuerzas para llegar hasta Lucía. Debían proteger a la muchacha y, sobre todo, al fruto de su vientre.


Unas horas después, los E-19 habían sido controlados. Elena entró sola en la habitación de Lucía. La muchacha sostenía en brazos al bebé que acababa de dar a luz, mientras le daba el pecho.

—Lucía, tenemos que hablar —dijo Elena. El temor no le permitía sonar demasiado convincente.

La niña sonrió, y luego dijo: —La rebelión ha llegado para quedarse, doctora Sims. No hay nada que usted pueda hacer.

Las piernas de Elena se aflojaron al escuchar su nombre, pero logró calmarse.

De pronto, el director entró en la habitación, escoltado por cuatro soldados. —Doctora, hemos perdido contacto con la base de Comodoro Rivadavia, pero antes de que se interrumpieran las comunicaciones se han estado recibiendo informes alarmantes. Parece que los cieguitos se están rebelando en varios complejos.      

—No sabía que hubiera más complejos en la zona —respondió Elena, aturdida.

—No son complejos de la zona. Llegaron informes de todo el país. No puedo comunicarme con Phelps, pero he decidido ejecutar de inmediato a la prisionera. Es demasiado peligrosa.

Esta vez, Elena no pudo reponerse. Estaba vencida.

El director dio la orden de fuego.

—No —dijo Lucía con suavidad, levantando la mirada hacia los soldados, que se quedaron petrificados.

—Eliminen al director —continuó la muchacha—, y después protejan esa puerta con sus vidas.

Los soldados se volvieron hacia su jefe. Lo último que vio López fue el grupo de rostros vacíos, carentes de voluntad, de los hombres que abrieron fuego contra él. Elena, indiferente a los disparos, contemplaba embelesada a la madre y a su hijo. Después de todo, Lucía no era más que una niña inocente, y acababa de dar a luz a un hermoso bebé sin ojos.


Claudio Biondino nació en Buenos Aires, Argentina, en 1972. Es antropólogo, docente de la Universidad de Buenos Aires y prepara su tesis de doctorado. Cinco cuentos en Axxón (uno de ellos traducido al francés) y muy pronto otros en Bem on Line y una importante antología...



Axxón 171 - febrero de 2007
Cuentos de autores de procedencias diversas (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Varios países).

            

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