EL MONSTRUO Y LA DAMISELA DE CHRYSALE

Pierre Jean Brouillaud

Francia

Una suelta de globos. Esa fue nuestra primera impresión.

Por todas partes, esferas transparentes subían en la luz blanca de la mañana. Maravillados por tal esplendor, nuestros ojos pestañeaban.

Se elevaban sobre el admirable paisaje. Al borde de un lago de aguas turquesas se extendía un bosque de candelabros verde bronce, que tenían la forma y la textura carnosa de nuestros cactus, pero sin agujas ni espinas. A lo largo de los brazos vegetales se abrían excrecencias rosas, amarillas, anaranjadas, del más bello efecto. Se hubiera dicho flores apenas entreabiertas.

Las esferas subían. Enseguida distinguimos, a través del envoltorio vagamente lechoso y casi fosforescente, las formas que contenían, de tono mate, pero translúcidas, verticales, alargadas. Osamentas y órganos internos. Una imagen radiográfica.

Formas humanas. Niños, quizás. O tal vez homúnculos, ya que si bien no medían más de cincuenta centímetros —por lo que se podía juzgar a esa distancia—, la morfología, las proporciones del cuerpo, parecían de adultos o, por lo menos, de adolescentes. Sí, se percibía el cuello y el talle muy fino, como de avispa.

El cielo se poblaba con esas burbujas enormes que se detenían, se elevaban, livianas, graciosas y lentas, antes de dispersarse imperceptiblemente. El cielo y el lago se sembraban de burbujas.

En su interior los cuerpos se mantenía, por lo general, en posición vertical, pero algunos aparecían cabeza abajo. Viéndolas más de cerca, se descubría que algunas burbujas poseían, además, un movimiento de rotación. De modo que subían, junto a su contenido, girando sobre sí mismas. La ascensión se desarrollaba en medio de un silencio total. Las burbujas se irisaban bajo los primeros rayos del sol.

Luego, dieron la impresión de arder. El cielo se iluminó con cientos, miles de lámparas. Entonces, en sus matrices, los homúnculos parecieron despertar, moverse débilmente. Dentro del movimiento general, ¿éramos víctimas de una ilusión? Sobre los sujetos que estaban de espaldas, las nervaduras temblaron. Las alas se entreabrieron, buscando desplegarse.

En el horizonte, ningún punto fijo. Sólo esa proliferación de formas ascendentes donde las nervaduras dorsales destellaban al sol.


Más se alejaban las burbujas y más se acentuaba su movimiento de rotación. Era de creer que atravesaban zonas de ligera turbulencia.

En apariencia, los seres que las habitaban no sufrían por sacudirse como cosmonautas privados de la gravedad.

Al este, varias, sin duda apresadas por turbulencias más fuertes, comenzaron a rotar velozmente antes de desaparecer detrás de una nueva cortina de burbujas. ¿Hasta que altitud se elevaban? ¿Hasta dónde las llevarían las corrientes de aire?

A la derecha, silenciosamente, explotó una burbuja. Sin dejar restos ni marcas. ¿Explosión o desaparición? Había estado ahí. Ya no estaba más. ¿Qué más decir? ¿Qué le había pasado a su ocupante? ¿Se había pulverizado? ¿Fundido?

Otra esfera se enganchó en uno de los brazos vegetales. Como si fuera una linterna. Abrigaba uno de los cuerpos de proporciones armoniosas. Nos quedamos en suspenso. La membrana transparente vibraba como una piel estirada. Se cortó, y entre los labios del tajo salió la criatura que la habitaba. Desplegó sus alas. Se preparaba a volar, pero, de pronto se inmovilizó. ¿Nos habría visto? Replegó las alas y permaneció inmóvil. Sin duda, igual que un animal terrestre en peligro, se hacía la muerta. Hicimos lo mismo. La contemplamos. Tenía la gracia de una libélula.

Fue ella quien se movió primero. Pero todavía vacilaba en abandonar su lugar. ¿Hablarle? ¿Tranquilizarla con un mensaje amistoso? Podíamos usar el transductor con los veinticuatro idiomas más comunes del planeta. Pero la oportunidad de iniciar un diálogo de esa manera parecía bastante débil.

Lug y yo habíamos venido a verificar nuestras hipótesis sobre la formación del único planeta del sistema de Losange. Nos parecía que su evolución tenía algunos rasgos comunes con la de la Tierra. Estudiar a sus habitantes no estaba entre nuestras prioridades. Pero, evidentemente, su historia estaba unida a la del planeta que bautizamos Chrysale. Hacía dos días, según el tiempo local, que habíamos dejado la base, en compañía del teniente Derg.

Fue él quien reguló el aparato para captar el infrasonido.

La criatura pareció distenderse. El mensaje funcionaba. ¡Respondía! Como un silbido.

El transductor no es totalmente confiable. Pero la gracia de este aparato reside en su facultad de auto-aprendizaje. Una vez que domina la lógica y la estructura de un lenguaje, progresa a un ritmo que da envidia.

En todo caso, se había ganado la confianza de su interlocutora. No podíamos asegurar que nos sonriera. ¡Pero sí! A su manera. Sonreía con todo su cuerpo, que se coloreaba de azul.

¿Qué le había dicho la máquina? Sin duda, había sido más elocuente y persuasiva que nosotros. Nunca pensamos que cederían tan rápido las barreras del miedo, tratándose de un ser tan frágil e impotente frente a los "monstruos" que le pareceríamos nosotros.

La criatura se expresaba dentro de una frecuencia casi inaudible para los humanos. El teniente aumentó el volumen. Había que descifrar el mensaje, si es que lo había. Hicimos varios intentos infructuosos. El silbido parecía ser emitido de modo continuo. Pero al fin la máquina logró descifrar la articulación del discurso, separar e individualizar sonidos y conceptos para traducirlos, cumpliendo su función. No brindaba más que fragmentos de ese discurso, pero sí lo suficiente como para comprender lo esencial.

¿Qué expresaba la criatura? El miedo a los monstruos que éramos nosotros para ella. Monstruo, el concepto decodificado por el transductor, se repetía sin cesar. ¿Lo habríamos "interpretado" a partir de una idea preconcebida? La máquina, ¿habría cometido un error? Nada de lo que habíamos visto en el planeta, en ese mundo armonioso y tranquilo, hacía sospechar la existencia de monstruos.

¿Se trataba simplemente de una "anomalía"? Pero ¿cómo saber cuál era la normalidad? No era la primera vez que nos interrogábamos sobre las traducciones del aparato. Cuando hablaba de "monstruo", ¿dentro de qué sistema de valores se ubicaba? ¿Dentro del nuestro o del que emitía? Si era el nuestro, podíamos suponer que era una extrapolación. Pero, desde el punto de vista del emisor, "monstruo" sería toda criatura de una escala diferente a la propia.

Nos hubiera gustado continuar el diálogo, pero la "damisela" —la habíamos bautizado así porque parecía una libélula—, batió sus alas. Tenía prisa por emprender el vuelo. Posiblemente por primera vez, ya que si la burbuja había sido su crisálida, acababa de nacer. Quería vivir.

Nuestro equipo continuó sus investigaciones recorriendo el asombroso paisaje, abandonado por las esferas durante largo tiempo, hasta que vimos reaparecer en el horizonte uno de esos frágiles seres.

Se dirigía hacia nosotros.

La damisela estaba de vuelta. ¿Por curiosidad o buscando un contacto?

Sin posarse, revoloteó alrededor del equipo. Derg prendió el transductor. Esta vez, nuestros oídos, ya más habituados, entendían mejor los sonidos que emitía nuestra nueva amiga.

Sin duda, seguía utilizando el término "monstruo". Su vuelo nos pareció más convulso, febril. Nos hablaba sin dejar de revolotear. Evidentemente, no nos tenía miedo, no era a nosotros que se aplicaba la noción de "monstruo". ¿A quién, entonces? La máquina traducía. Pero no explicaba nada. Y la "damisela" debía creer que poseíamos un conocimiento del planeta mayor al que, de hecho, teníamos. Nuestra demanda de precisiones no tuvo respuesta.

Después de varios revoloteos, la damisela se alejó, decepcionada, frustrada tal vez por nuestra incomprensión.

Mientras tratábamos de interpretar el mensaje de nuestra amiga, algo cayó sobre nosotros.

Era un tejido de fibras semejantes al hilo sisal. No nos recubrió, ya que estaba hecho para el tamaño de los seres-mariposa, no para el nuestro, pero trababa nuestros movimientos y nos retuvo prisioneros. Nos debatimos, pescados en la red, antes de sentir que nos levantaban.

Encima, la cara enorme, sonriente, de un gigante. Ojos globosos, nariz violácea, labios azules. ¡El monstruo!

El "monstruo" tenía forma humana. Ante la diferencia de tamaño, entendimos mejor la inquietud y la obsesión de los que ahora llamábamos los seres-mariposa.

¡Una buena presa! El gigante sacudió la red, para apreciar el peso y pareció disfrutar al arrojarnos a unos sobre otros. Emitió un ronquido que podría pasar por risa.

Se paró. Medía más de tres metros y se prolongaba hacia el cielo con un bonete, que fácilmente mediría un metro. Estaba vestido con una tela muy rústica de color herrumbre: una especie de mandil atado a la espalda por unos breteles, y algo parecido a un calzón; iba con los pies desnudos, tan ennegrecidos que parecían hechos de cuerno.

Nos sacudíamos sobre su inmensa espalda, sobre todo a causa del balanceo que imprimía a su marcha. Un bamboleo que nos sacudía. Sus pasos levantaban tanto polvo que no veíamos nada. Imposible saber adónde nos llevaba. La red nos lastimaba los dedos, raspaba nuestra ropa y nos arañaba la piel.

El sol descendía. Y las sombras se extendían más aún, ya que al parecer bajábamos por una falla rojiza donde el polvo tomaba tonos encarnados.

Un humo acre nos irritaba la garganta. Tenía olor a... metal, sí, a metal en fusión.

Algo que pronto fue confirmado por un ruido a fragua.

El gigante y su carga penetraron en una bóveda de piedra. Sobre nuestras cabezas danzaban los reflejos de las llamas.

Atravesamos pasillos llenos de seres cuya silueta, más ancha en la cintura que en los hombros, semejaba un rombo. Medían alrededor de un metro treinta de alto. Una cabeza triangular se insertaba en las estrechas espaldas, de las que salían, en cambio, brazos musculosos. El vientre redondo se apoyaba sobre piernas cortas y gruesas como columnas. Los herreros vestían el mismo tipo de mandil sobre los calzones arremangados. Todo en tonos verdosos. Un vello negro les cubría el rostro y las manos.


Los gnomos fabricaban un enorme caldero, evidentemente destinado para uso del gigante, en un metal parecido al cobre.

Nuestro cazador pasó a través de los talleres sin detenerse. Con ojos amarillos que brillaban entre el vello negro, los herreros más cercanos observaban el contenido de la red con una mezcla de sorpresa y envidia. Gruñeron algo. ¿Felicitaciones por tan buena caza? Entre el gigante y los enanos no hubo ningún otro intercambio audible.

A la salida de la fragua, el gigante, con un golpe seco y sin aviso, cambió la red de hombro, entrechocando a los pobres prisioneros.

Las paredes de la falla descendían para desembocar en una meseta. Hacia un lado se insinuaba un estrechamiento que no tardó en acentuarse. Subíamos por pasillos, a través de un caos de rocas que evocaban una ciudad en ruinas.

Esta vez, fue un olor de comida lo que vino a nuestro encuentro. Aroma solamente. A especias. Y, curiosamente, a asado. ¡Hum! En nuestra situación, estos efluvios no tenían nada de tranquilizantes. Absurdo, pero la vieja imagen del ogro nos vino de pronto a la memoria.

El gigante iba más despacio. El polvo se iba asentando. Se distinguía una pila de bloques enormes que semejaban un castillo en ruinas. Construcción ciclópea en la que emergía curiosamente una especie de chimenea. Y de ella salía humo gris. Era de allí que emanaba el olor a especias.

No se veía ninguna entrada.

El gigante penetró por un costado, a través de una abertura. Debió agacharse para pasar la cabeza y... la red.

Al llegar a una especie de sótano el monstruo abrió la red y procuró ponernos de pie. Los prisioneros, tan maltratados por el viaje, no podíamos hacerlo. Molesto, nos arrojó a un rincón. Sí, el lugar olía a cocina.

En manos de un antropófago, ¿terminaríamos asados o hervidos?

La abertura se cerró. Y cayó una reja.

Lo peor era que en el interior de ese maldito castillo habíamos perdido el contacto con la base. La comunicación por ondas mentales, a media distancia, dejaba de funcionar. Por lo menos, ante la falta de respuesta, no sabíamos si nuestros mensajes llegaban a destino.

Permanecimos horas sin comer ni beber. Al fin, dos enanos iguales a los de la herrería nos trajeron un caldo de cereales y un poco de agua en recipientes de metal. El gigante tenía a su servicio algunas de esas criaturas.



Ilustración: Pablo Palomeque

Cada tanto, el monstruo nos visitaba. En esas ocasiones, nos pinchaba con una enorme púa y se solazaba escuchando nuestros gritos y protestas. Pronto nos dimos cuenta de que le divertíamos mucho.

Entendió al cabo que no era necesario hacernos sangrar para que habláramos.

¿Era eso una ventaja? Un día, nuestro carcelero ordenó a sus gnomos que nos llevaran a la sala baja donde comía. Sin duda quería distraerse con el sonido de nuestra voz. La sala sólo estaba iluminada por una especie de claraboyas ubicadas en los muros del palacio. ¿Palacio? No exageremos. Sólo lo era por su tamaño. Estaba compuesto por salas tan rudimentarias que más parecían cavernas. Piedra bruta. Una losa por cama. Bloques de piedra por asientos. Únicamente la cocina estaba mejor equipada, con otros bloques de roca, su chimenea, los grandes calderos y su juego de cubiertos, unos enormes cucharones de metal rojizo.

El dueño del lugar no ocupaba más que tres o cuatro habitaciones. ¿No había otros como él? ¿Ninguna compañía? ¿Cómo se reproduciría? ¿Era el único o el último de su especie?

Grande fue nuestra sorpresa cuando constatamos que el ogro era vegetariano. Eso nos tranquilizó. Consumía muchas hierbas aromáticas. Esa era la causa del olor a especias.

Seguimos prisioneros. El acceso a la puerta nos era impedido por los sirvientes, y las claraboyas, de alrededor de cuarenta por treinta centímetros, no nos permitían pasar.

En cada comida del castellano, nos instalaban en un ángulo de la sala. Y el dueño de casa daba la señal golpeando su cuchara de hierro sobre la mesa de piedra. Si nos quedábamos en silencio, golpeaba más fuerte para expresar su enojo. Con la esperanza de hacernos comprender y, por cierto, el miedo de abreviar la aventura, hablábamos. De todo un poco. Entonces nuestro huésped recobraba su apetito... de ogro. Reía. Y su forma de hablar era ronca y poco modulada.

El teniente había recuperado el transductor, dejado por el gigante en el mismo rincón en el que nos había arrojado. Después de haberlo mirado por todos lados, el monstruo no le había encontrado ninguna utilidad.

El aparato no lograba reproducir un mensaje inteligible. Frente a este ser, después de todo tan parecido a nosotros, la comunicación, ¿resultaría imposible? ¿O era que el gigante, deseoso de evitar preguntas indiscretas y peligrosas, tenía la astucia suficiente de esquivar todo diálogo con sus prisioneros?

Terminó por invitarnos a su mesa. Después, una tarde, mientras un pálido rayo de sol se deslizaba por una claraboya, nuestro huésped nos hizo entrar al gran salón del castillo.

Sobre los muros estaba expuesta la colección del castellano, sus trofeos. Seres-mariposa pinchados por docenas en tres filas superpuestas. Momificados. Los más antiguos reducidos a un cuero negruzco con trazas de nervaduras bajo el polvo. Entre los más recientes, lo que más nos impresionó, además de los matices, los tornasolados, los infinitos colores de las alas, fue ver todos esos ojos vidriosos enfocados sobre nosotros.

Cada una de las frágiles criaturas se sostenía por medio de dos agujas incrustadas en su espalda.

Nosotros también terminaríamos como trofeos de caza colgados del muro, sin lograr los colores pintorescos de las momias.

Había que hablar. Mientras divirtiéramos a nuestro huésped, retardaríamos la hora de ser clavados. ¿Durante cuánto tiempo la música de nuestras voces lo divertiría? Si acaso pudiésemos hacernos comprender, renovaríamos su interés y tendríamos más chances de sobrevivir. Pero ¿estábamos seguros de que no nos entendía?

Lo esencial: sobrevivir el tiempo necesario para encontrar una salida. ¿Cómo desembarazarse del gigante, liberar a los amables seres-mariposa de su verdugo después del pedido de ayuda de la damisela? No teníamos armas ni la fuerza suficiente para luchar contra el monstruo. La astucia, no había otro medio.

Pero una mañana nos despertamos con un gusto extraño en la boca y algunas dificultades para movernos.

El tiempo pasaba. Nadie vino a buscarnos para la comida. Salimos del reducto que era nuestra habitación y recorrimos los laberintos del castillo sin encontrar ningún sirviente. Llegamos al dormitorio del gigante. Estaba vacío. La capa de algas secas que le servía de jergón guardaba la marca de su inmenso cuerpo.

Fuimos a la cocina. A juzgar por el ruido, había actividad. Una docena de gnomos se agitaba alrededor de un enorme caldero.

En cuanto nos vieron, los enanos se arrojaron sobre nosotros, arrastrándonos hasta el caldero lleno de agua aromatizada. Con los perfumes de nuestro huésped.

Dentro del caldero, replegado sobre sí mismo como un feto, el gigante.

Los gnomos eran carnívoros y, en cierta medida, antropófagos.

¿Qué había pasado? Lo más probable era que los sirvientes, cansados de su esclavitud, habían drogado al gigante al mismo tiempo que a sus prisioneros y celebraban su venganza en compañía de sus pares, venidos de la herrería y de otros lugares. Pero nuestra biología terrestre nos había protegido, haciéndonos menos sensibles a los efectos de su narcótico.

Deseosos de proseguir con sus actividades culinarias, los enanos nos llevaron a la sala de trofeos, donde quedamos al cuidado de uno de ellos.

—¡Bien! —dijo el teniente—, nos reservan para el próximo festín.

Las momias nos miraban con ojos vidriosos. De la cocina llegaban tintineos metálicos, crujidos del horno y los aromas que se mezclaban con los de la carne cocida.

Nos pareció oír risas, pero sin duda, en esa batahola, debimos imaginarlas.

De pronto, los ruidos de la cocina fueron desplazados por un rumor, en el cual se distinguía algo así como un zumbido. Nuestro guardián pareció perplejo por unos momentos, para abandonarnos luego, yendo a reunirse con sus congéneres. Y en un parpadeo la sala de trofeos no fue más que un batir de alas. Una nube de seres-mariposa nos rodeaba. Entre ellos, la damisela que nos saludaba con un rápido estremecimiento de sus alas.

Comprendimos que estábamos libres.

¿Los seres-mariposa habrían intercedido por nosotros ante los gnomos, a quienes los ligaba la voluntad común de liberarse del monstruo? De cualquier modo, los enanos parecían demasiado ocupados en sazonar su espantoso manjar como para ocuparse de los tres prisioneros. Quizás, simplemente nos veían como intrusos y buscaban alejarnos. Por su parte, la damisela nos daba un nuevo mensaje. Pasaba, en vuelo rasante, a lo largo de las paredes, a la altura de los trofeos.

—Pero ¿qué es lo que quiere, teniente?

—Que descolguemos los cuerpos de sus congéneres.

Lo hicimos, con infinitas precauciones, retirando las agujas que los fijaban a la pared. Temíamos verlos convertirse en polvo. Pero no. Separados de la roca, conservaban su forma. Rígidos, pero intactos. Los pusimos en el piso.

Entonces vimos un espectáculo sorprendente: los vivos tomaron dulcemente a los muertos en sus brazos y se los llevaron volando.

Los seguimos hasta cierta distancia del castillo. Allí, una cuenca natural cavada en la roca abrigaba un manantial. Los vivos depositaron allí a sus muertos.

Y pronto los cuerpos, rehidratados, recuperaron su liviandad, su brillo. Se movían. Vivían.

Evidentemente, las agujas habían penetrado entre los músculos, sin tocar ninguna zona vital de su anatomía, permitiendo esta extraordinaria resurrección.

Después de habernos agradecido y saludado con un gracioso ballet aéreo, los seres-mariposa se alejaron hacia el horizonte, dejándonos una doble tristeza: la de verlos partir y la de no haber podido intervenir a tiempo para evitar el cruel fin del gigante... Pero ¿acabar con el monstruo no era lo que la damisela esperaba de nosotros?

Antes de su partida, tuvimos tiempo de preguntarle si el monstruo era el último de su especie. Si interpretamos bien, afirmó que él siempre había existido y que nunca había conocido otro. Sin duda la memoria colectiva de los seres-mariposa no tenía otra respuesta.

Apenas salimos del castillo recuperamos el contacto con nuestra base.

Cuando regresamos, con una expedición dotada de todos los medios, encontramos las ruinas del castillo ocupadas por los gnomos. Resultaba sorprendente la rapidez de su degradación. Es cierto que habíamos tardado mucho. La operación había sido larga de preparar. De los enanos no logramos ninguna respuesta. Su modo de comunicación permaneció impenetrable. No parecieron reconocernos.

Nuestra amiga había desaparecido. Muerta, sin duda. Estas criaturas tienen la vida efímera de las mariposas...

Poco después de nuestro retorno, una nueva generación de esferas transparentes se elevaba sobre las aguas turquesas, en la luz blanca del amanecer.



Título original: "Le monstre et la demoiselle de Chrysale"
Traducción de Mónica Barra y Olga Appiani de Linares


Pierre Jean Brouillaud es francés. Ha sido periodista y traductor, además de escritor. Publicó una novela (Les Aguets) y dos recopilaciones de cuentos de inspiración fantástica (La Cadraturey L'Angle droit) antes de dedicarse a la ciencia ficción. En 1975, apareció Tellury en 1996, una recopilación titulada L'Oeil de pierre. Publicó más de 70 relatos en numerosos medios franceses y extranjeros. Actualmente colabora en INFINÍ, el site de Jean-Pierre Planque http://perso.orange.fr/jplanque/ para el que traduce con regularidad del italiano, castellano y portugués. En Axxón pueden leer su cuento "El perfil" (145).


Axxón 171 - febrero de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos. Francia: Francés).

            

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