NATURALEZA HUMANA

Sue Giacoman Vargas

México

1

—Yo creo que no tienen alma —dijo el licenciado Rodríguez Shultz, mientras encorvaba un poco su figura alta y morena por encima de mi hombro. Era bastante más baja que él, así que Rodríguez no tenía más remedio que agacharse si deseaba mirar mis apuntes.

Hice una pequeña mueca. Su comentario me molestó, pero no me extrañaba. Considero a los directivos de la corporación algo así como analfabetos con poder. La mayoría hablan porque tienen boca, y peor aún, con tanta seguridad que es una pérdida de tiempo discutirles cualquier cosa.

—¿Habla de los quelvas? —comenté con sorna y me volví hacia él—. Es mejor que se cuide de no decirlo frente a ellos; recuerde que son físicamente más fuertes que cualquiera de nosotros.

—Ah, sí... y también, ¿qué dice el manual? Que son más listos... Yo, la verdad, no veo la diferencia.

Intenté ignorarlo. Tenía muchas preocupaciones como para escuchar sus necedades. Revisé algunos datos mientras que, a mi lado, el holograma del planeta blanco giraba con lentitud sobre su propio eje.

—Piénselo un momento, doctora. ¿Puede ser lo mismo que a uno lo gesten en un aparato y no en el vientre de la madre?

En ese instante entró uno de "ellos" a la habitación. El quelva Taro: ligeramente más alto que yo, con su dulce rostro de ojos rasgados. El licenciado Rodríguez carraspeó un poco y balbuceó cualquier cosa para disimular, antes de escabullirse por la puerta. Taro se acercó a mí con la vista clavada en su portátil. Hizo un par de anotaciones y guardó el aparato en los bolsillos de su bata blanca.

—Buenos días, doctora Lenzo.

Le sonreí apenas y meneé la cabeza.

—¿No te parece gracioso, Taro, que persistamos en saludarnos así?

Me miró de soslayo.

—¿Cómo...?

—Son sólo horas de descanso, de recreación, o de trabajo. En el espacio los días no existen.

—Es difícil eliminar la costumbre. Todos los que estamos en esta nave habitamos veinte años como mínimo en la Tierra, así que...

—¡Qué raro! Pensaba que ustedes vivían menos que nosotros...

Taro bajó la cabeza. Yo no me percaté de la rudeza de mi comentario hasta segundos después.

—Aún así, doctora, mi aseveración es correcta. Tengo treinta años, soy de los miembros más jóvenes de la misión. Han pasado seis años desde que dejamos la Tierra, y antes estuve preparándome ocho para esta travesía. Eso da un total de...

—Catorce años —completé y agregué con algo de asombro—, eso quiere decir que comenzaron a entrenarte desde muy joven...

—Para eso fuimos creados. No hay de qué extrañarse.

—Sí, bueno... nunca me había puesto a pensar en ello.

Volví mi atención al trabajo. En ese momento la computadora arrojaba lecturas sobre la atmósfera del planeta, que poseía la capa de ozono más furiosa y densa que jamás había visto. Una de las multipantallas mostró un paisaje repleto de estrellas, y mi rostro quedó reflejado: la apariencia falsamente lozana, con el cabello oscuro y enrulado, resultado de la tecnología estética y de las drogas; del perpetuo deseo por alcanzar la juventud eterna. La humanidad se aferra al pasado mientras da la cara al futuro, dicen los psicólogos. Así como el adulto intenta satisfacer en su etapa madura las carencias de su niñez, así la especie humana, a medida que puede, transforma en realidad todas las fantasías elucubradas en la cuna de la civilización.

La voz de Taro me sacó de mis reflexiones.

—¿Ya se ha decidido si se enviará un equipo de exploración?

—Sí. Rodríguez me lo informó esta mañana. Parece que los accionistas empiezan a inquietarse.

—¿Sabe si yo formaré parte del primer grupo?

Analicé la pregunta.

—Lo más probable es que lo hagas conmigo, y eso no será hasta que se tenga asegurada un área para montar la base. Por lo menos bajarán siete grupos antes que nosotros. —Lo miré fijo a los ojos—. ¿A qué se debe la pregunta?

Taro se acarició el cuello y luego los párpados.

—¿Quiere un café? —dijo. Sin esperar mi respuesta caminó hasta la máquina y sirvió dos vasos.

—Andas muy raro últimamente.

—Nada de lo que deba preocuparse.

—Aun así me gustaría examinarte. Ver como andan tus ondas cerebrales.

—Estoy bien.

Me entregó uno de los vasos con café y le di un sorbo sin quitarle los ojos de encima.

—Insisto, Taro. Te haría un chequeo ahora mismo, si no estuviéramos retrasados en los análisis de muestras.

—La Corporación Zargon ante todo.

—Así es.


2

La Corporación Transnacional de origen asiático Zargon tenía mucho dinero metido en el proyecto "planeta blanco". Nuestra nave era la primera de un grupo de veinte que analizaría a fondo el nuevo territorio, para decidir las áreas idóneas donde establecer las primeras comunidades humanas. En la madre patria ya se daba por un hecho: a toda hora bombardeaban a los habitantes de la desgastada Tierra llamando al planeta blanco "el nuevo hogar", un paraíso listo para resguardarnos, alejándonos así de lo que habíamos hecho con nuestro primer edén.

Aunque el beneficio para todos los terrestres estaba más que explícito, la Corporación Zargon estaba muy lejos de ser altruista. Con la colonización ganaría cien veces lo invertido; dividiendo, vendiendo o alquilando el planeta entero.

Por desgracia, mientras no pusiéramos un pie sobre el planeta los números seguirían en rojo y Rodríguez no dejaba de recordármelo cada cinco minutos. Cada cierto tiempo teníamos esas tortuosas juntas donde me presionaba para obtener resultados más rápidos, sugiriendo soluciones absurdas como doblar los turnos de trabajo. Claro que, de ser yo una persona joven, con poca experiencia, ya hubiese sucumbido a los gritos y aspavientos; pero tengo sesenta y siete años, y aunque mi apariencia no los respalde, he pasado diez de ellos dentro de la empresa. Los directivos histéricos como Rodríguez Shultz no me asustan en lo más mínimo.

La última reunión estuvo cargada de más de lo mismo. Sin embargo, tras media hora de escuchar sus reclamos intrascendentes, dijo algo que me inquietó. La sala de juntas estaba vacía y no necesitaba en realidad cerciorarme de eso, pero la aseveración era tan grave que no pude evitar el acto reflejo de agitarme en el asiento.

—No está hablando en serio —exclamé y sentí que mis ojos se transformaban en dos soles a punto de explotar—. Le suplico conecte el cerebro con la lengua y recapacite antes de soltar palabras como esas.

El tipo se pasó la mano detrás de la cabeza, como si estuviera apenado.

—Bueno, yo sé que usted lleva mucho conviviendo con los quelvas; en muchas ocasiones me ha asegurado que son tan confiables como los seres humanos comunes y corrientes...

—¿Todo esto es provocado por sus estúpidas reflexiones acerca del nivel de "humanidad" que tienen...? porque si es así...

—No, no. Le juro que no es por eso.

Guardó silencio. Yo tenía los brazos cruzados y las cejas en alto.

—Los he visto reunirse —dijo bajando la voz—. No había ni un solo humano "natural" entre ellos...

—¿Y eso qué...?

—Hablaban en un idioma extraño. No era ningún dialecto terrestre.

—Tal vez era una lengua que usted no conocía.

—No soy imbécil, doctora. De verdad le digo que actuaban de manera sospechosa.

—Aun así la acusación tiene una gravedad sin precedentes...

—Pero es posible, ¿me lo va a negar? Tal vez piensan que los tenemos sometidos.

—Absurdo. Los quelvas son conscientes de su razón de existir: humanos creados con el fin de poblar y administrar los planetas vírgenes propiedad de la Corporación Zargon. No hay confusión al respecto.

—Son esclavos, doctora.

—Son empleados destinados desde su nacimiento. Tienen tiempo libre, un sueldo, e incluso bienes materiales. Están protegidos por un Seguro Social, tienen acceso a créditos hipotecarios y un sistema de ahorro para el retiro, ¿un esclavo tendría estas cosas?

—Sí, podría decirse que son libres, a excepción del contrato laboral predestinado desde el nacimiento.

—¡Ahora resulta...! Los quelvas tienen una posición privilegiada en la sociedad. ¿Olvida el revuelo que causó la decisión tomada por la Corporación cuando decidió crear a sus propios empleados? Millones de personas tomarían gustosas la "esclavitud" con tal de tener la seguridad económica que Zargon brinda. Las manifestaciones de aquellos días enarbolaron como bandera el derecho de los humanos naturales a acceder a los puestos de trabajo de la Corporación sin tener que competir con los quelvas. Es cierto que, si mal no recuerdo, había algunos fanáticos religiosos, y casi todos los padres de familia sostenían que los quelvas no podían ser llamados humanos pero...

—Disculpe —interrumpió y sonrió con nervio— no conozco el dato... ¿Dice que hubo...?

—Claro, usted era un niño cuando ocurrió. Fue hace unos cuarenta años más o menos. Yo estuve ahí. No se atreva a decir que esa gente estaba preocupada por la "naturalidad" de los seres humanos. Puedo decirle que una gran parte de los que se manifestaban en contra tenían o pensaban encargar hijos "a la carta". Llegaban por decenas a mi consultorio y sacaban la lista: "quiero que tenga ojos azules, que sea alto, que sea rubio o moreno; inteligente, sociable...". Pero se escandalizaron al escuchar que una Corporación podía hacer lo mismo prescindiendo totalmente del cuerpo de la madre y de los núcleos de crianza preestablecidos...

—Y con justa razón. No es lo mismo nacer de manera natural; crecer en una familia...

—Vaya, por primera vez estoy de acuerdo con usted. Los seres humanos criados del modo tradicional desarrollan un montón de carencias y traumas que, al convertirse en adultos, afectan su desempeño laboral. Por otro lado, y volviendo al comentario que me hizo hace unas horas, ¿sabe usted que en la Tierra hay un creciente número de mujeres que prefieren no embarazarse? Hacen el encargo correspondiente y en nueve meses tienen a su bebé sano y perfecto, cual si hubiera salido de sus entrañas. La tecnología lo hacía posible hace cincuenta años pero como siempre la gente se tomó su tiempo para asimilarlo...

—Una aberración —exclamó él de inmediato y puso una cara de asco que me arrancó una pequeña risa burlona—, esas mujeres están locas...

—Pues si me lo pregunta yo creo que era inevitable. —Meneé la cabeza, anunciando la ironía que saldría de mi boca—. Claro que, si está tan preocupado porque esos bebés nazcan "sin alma"...

—Es imposible hablar con usted, doctora. Hasta podría apostar que jamás ha tenido hijos...

Lancé una sonora carcajada.

—Por el contrario, licenciado Rodríguez. Tengo nietos, inclusive. Pero no nos desviemos del tema que ha creado tanta polémica entre nosotros. ¿Cuáles fueron sus palabras en un principio? Que los quelvas quieren ¿qué...?

—Sublevarse, rebelarse —repitió reprimiendo el disgusto, visible sólo tras mirar sus manos cerradas en puño—, están tramando algo contra nosotros...

—Ah, sí, contra los humanos normales. Porque según usted, ellos sienten que los mantenemos sometidos, que son nuestros esclavos...

—Voy a informar a mis superiores acerca de esas sospechosas reuniones, doctora. Quizá sea paranoia, pero si no lo es, quiero estar seguro de que podremos controlar la situación, en caso de... en cualquier caso.

Estas palabras me borraron la sonrisa del rostro.

—Antes de que escandalice a los directivos de la Tierra quiero ver esas grabaciones que tanto lo han inquietado. Le recomiendo que espere mi opinión antes de compartir sus histéricas conclusiones.

—¿Para qué? Se nota que los va a defender aun cuando mis sospechas tengan fundamento.

Crucé los dedos sobre mi estómago apoyando los codos en los brazos de la silla.

—Licenciado Rodríguez, me considero una persona racional. Mi sentido común me indica que está equivocado, pero le concedo el beneficio de la duda y estoy dispuesta a revisar los hechos con detenimiento. Si usted no teme equivocarse y hacer el ridículo, si no le preocupa perder su puesto como reprimenda a un error de percepción, entonces, adelante. Pero de estar yo en su lugar, no me arriesgaría. Estaré en mi oficina. Le sugiero que me haga llegar las grabaciones para poder analizarlas debidamente.

El Licenciado lo pensó un instante.

—De acuerdo.


3

Taro cerró los ojos mientras el escáner le recorría el cuerpo. Observé la proyección cerebral y fui moviendo el sensor.

Mi consultorio poseía un sistema de vigilancia que proyectaba una imagen del planeta blanco constantemente. Posé la mirada un instante en el paisaje espacial, perdiéndome en las fantasías que seguro compartía con todos los científicos de la nave: pisar de una vez por todas la superficie del planeta.

—Es hermoso —escuché decir a Taro.

—Sí que lo es.

Le di un último vistazo a la tomografía.

—¿Todo en orden?

—Ajá —contesté y tomé mi portátil para hacer algunas anotaciones—. Bueno, este chequeo vale por el que te tocaba en noventa horas.

Taro tomó su bata blanca y se la puso con calma. Recordé las palabras de Rodríguez. En realidad no había dejado de pensar en el asunto, pero nunca sopesé la posibilidad de preguntarle a un quelva directamente. Lo consideré plausible; confiaba en Taro, y aunque sólo hacía tres años que lo conocía estaba segura de que ese sentimiento era mutuo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije, sin saber de qué otra forma tocar el tema.

—Detecto inseguridad en su voz, doctora Lenzo.

Sonreí meneando la cabeza.

—Es una estupidez, Taro. Por eso titubeo. Pero te pido que lo olvides, no sé en qué rayos estoy pensando.

—No esperará que me retire tan tranquilo después de eso.

—Bueno, bueno. —Le hice una seña para que tomara asiento.

Sin embargo, me costó encontrar las palabras adecuadas para que tamaña tontería no sonara ilógica y desencajada.

—¿Alguna vez te has sentido... mermado, limitado en tu libertad?

Taro frunció el ceño y alcanzó a suprimir una pequeña sonrisa tras observar en mis gestos que no estaba bromeando. Me miró con los ojos abiertos y expectantes.

—Este... perdón, ¿en qué sentido?

—No lo sé. —Me recargué en la silla acariciando mi barbilla con los dedos. —Lo digo en el sentido de que... tal vez... tal vez tú desees algún día trabajar para otra compañía...

—Zargon es la compañía más importante de la Tierra. Es dueña de la mitad de los productos que hay en el mercado, y tengo entendido que se está trabajando para que algunas empresas norteamericanas fuertes se le unan tarde o temprano. Usted trabaja para la misma corporación y con el debido respeto, le pregunto, ¿preferiría estar en cualquier otro sitio? —señaló la proyección, desde donde se observaba magnífico, luminoso, el planeta frío—. Le aseguro que si cabe en mí una añoranza no cumplida, esta no tiene nada que ver con ser o no un empleado de Zargon.

—Tienes razón. No sé en qué estaba pensando.

Hubo una pausa entre nosotros. Di la conversación por terminada y caminé hasta el archivo para transferir los resultados del examen.

—Aunque... —escuché susurrar a Taro. Me volví hacia él con renovada expectación.

—¿Qué...? Sabes que puedes confiar en mí.

Dudó. Se pasó la mano por el cabello con la frente ligeramente arrugada.

—Aunque es cierto que aún se nos discrimina.

—¿Cómo? ¿Aquí en la nave?

—No, no —se apresuró a decir—. Eso sería impensable... —me miró con sorpresa—. ¿En verdad no lo sabe?

Enarqué las cejas. Soy algo impaciente y esperaba que Taro me conociera lo suficiente como para no esperar la aclaración de algo tan obvio.

—Bueno, el gobierno siempre ha considerado que hacer públicos los sucesos de segregación contra los quelvas es contraproducente, sobre todo para la Corporación Zargon; seguro existe un trato económico jugoso que hace prevalecer el silencio. Incluso me obligaron a firmar un tratado de no divulgación. Claro que me compensaron muy bien. Me dieron mucho dinero. Dentro de la compañía todo el mundo lo supo, por eso me extraña que usted lo ignore.

Una nueva pausa. Taro desvió la mirada al suelo.

—Cuando cumplí mi primer año en este trabajo intentaron asesinarme.

Abrí mucho los ojos. Taro apretó los labios y ahogó un suspiro. Pasaron unos segundos antes de que recobrara el nervio.

—Mientras me golpeaban... me llamaban "apócrifo" —tragó saliva, controlando su voz—, "sintético", "aberración"...


4

—¿Los ve, doctora? Y ahora escúchelos ¿es una lengua que usted conozca? No, ¿verdad? ¿Ahora entiende? ¿Me dejará llamar a la Tierra?

—Cálmese, Rodríguez, le va a dar un infarto.

La grabación era tal y como el licenciado había dicho. Un grupo de quelvas se había citado en el área de carga de la nave, y discutían en un dialecto extraño. De inmediato ordené a los traductores escrutar en las bases de datos todos los idiomas conocidos, incluso lenguas muertas o en su estado original, medio siglo antes de la creación del ignano, pero todo parecía indicar que se trataba de un idioma nuevo, inventado por los quelvas para comunicarse en secreto.

—Están conspirando —me susurró al oído. Yo observaba la proyección con atención muda.

—Antes no había una cámara ahí, Rodríguez.

—Sí, la hice instalar hace poco...

—Ah, eso es interesante. ¿Significa que ya estaba enterado? Es mucha casualidad que instalara una cámara en medio del área de carga...

—Uno de los supervisores los vio una vez y... Un momento, ¿a qué viene eso? ¡Son ellos los que se están cuchicheando en las sombras!

Agucé la mirada. Una silueta se acercaba en la grabación, la cámara no alcanzaba a enfocarlo bien, pero por los movimientos de la silueta supe que se trataba de Taro.

—Puedo descifrar lo que dicen —exclamé sin separar la vista de la escena—, con el tiempo suficiente, puedo aprender el idioma que crearon.

—¿Qué...? —su voz volvió a transformarse en un hilillo quejumbroso; comenzaba a fastidiarme—, ¿no se da cuenta que la única razón para que se junten a escondidas es que estén conspirando en nuestra contra?

—¿Insiste en la teoría de la sublevación...? Pensé que ya lo habíamos aclarado. Los quelvas no tienen ninguna razón...

—No puede asegurarlo.

Hubo una pausa. Rodríguez parecía reflexionar.

—¿Cuánto tardaría? —preguntó de pronto.

—No mucho. Ellos son humanos ante todo. Cualquier idioma creado por nosotros, tiene sus lugares comunes.

Rodríguez cruzó los brazos con la vista clavada en el suelo.

—Doctora, usted y yo nunca nos hemos llevado bien, pero por el bien de la misión creo que debemos estar juntos en esto.

Afirmé con un gesto y miré de nuevo los hologramas. Ésta vez no iba a tener horas de descanso.      


5

El ignano es el idioma humano universal. Se había formado con el tiempo, desarrollándose poco a poco en distintos lugares como resultado de la globalización de los medios de comunicación. Era una mezcla entre español e inglés principalmente, mientras que el vocabulario estaba formado por un sin fin de palabras provenientes de muchos idiomas distintos. La Academia Mundial de la Lengua comenzó a formar los parámetros y lo llamó ignano en asociación a la raza humana. Se expidieron diccionarios y normatividades para controlar la evolución y degradación de la lengua, y finalmente, cuando los crodwangs nos visitaron por vez primera de manera "oficial", los humanos ya podíamos presumir de una unidad respaldada, al menos, por un idioma común.

El día que nací el asunto ya estaba superado, aunque recuerdo que mi madre aún hablaba de vez en cuando español, y mi padre francés, sobre todo cuando discutían.

Por supuesto, no esperaba que los quelvas utilizaran las bases idiomáticas terrestres de forma directa. Eso hubiese sido muy fácil, y yo sabía que esta nueva raza de humanos era demasiado astuta...

Me detuve un momento en mi reflexión... "nueva raza de humanos" ¿estaba afirmando...?

Recargué mi espalda en el sillón con la mirada perdida. No cabía duda que la intolerancia era el rasgo más humano que existía. Me reproché a mi misma. En el fondo era como Rodríguez, a pesar de toda mi palabrería acerca de lo "iguales" que encontraba a los quelvas. Ante este descubrimiento de índole personal, comencé a considerar con seriedad la posibilidad de que los quelvas estuvieran planeando una revolución contra los humanos "naturales". Pero la idea me siguió pareciendo fuera de lugar. Taro había dicho que la discriminación la había sufrido en la Tierra, jamás en la nave, entonces ¿por qué sublevarse aquí, enfrentándose a aquellos que jamás los habían maltratado?

Mis esfuerzos de traducción no estaban llegando a ninguna parte. Me froté la cara y estudié mis apuntes. Puse de nuevo la grabación: ya casi podía declamar la conversación de memoria y aún no podía traducir una sola palabra. La computadora había comparado ya los sonidos con todos los idiomas terrestres y no encontraba ni una sola concordancia.

La voz metálica de la recepcionista me interrumpió. Tenía un visitante: Taro. Guardé de inmediato los archivos en los que estaba trabajando.

Taro se sentó frente a mí después de saludarme.

—Lo siento —le dije de inmediato—, no podemos conversar ahora. Es un asunto personal.

Lo vi bajar la cabeza con el ceño fruncido.

—Lo mío no puede esperar.

Algo en el tono de su voz me alertó. Lo miré fijo, y de pronto noté el estrés en su rostro. Taro sacó un láser, mientras yo sentía que al oxigeno que respiraba se le habían unido dos moléculas de hidrógeno. Puso el arma sobre la mesa.

—¿Qué pretendes, Taro? —pregunté con la voz seca.

Entonces la alarma comenzó a sonar y una sombra se cernió dentro de mí.


6

Éramos cien en total, todos humanos "naturales". Nos encerraron en el comedor de la nave. En el lugar existían desniveles que hacían más fácil la vigilancia. Un grupo de cincuenta quelvas nos rodeaba. Acariciaban sus pistolas láser mientras caminaban con actitud amenazante, como si estuvieran dispuestos a matar ante la menor provocación.

Un rumor cargado de confusión y desamparo nos envolvía; aún no podía creerlo. Recordé a Taro y me invadió la rabia. No contestó mis preguntas. No me dirigió la palabra por más que insistí en todo el camino hasta el comedor. En un momento yo era una amiga, una colega, y al siguiente, una prisionera, una inferior que no merecía ni la más mínima explicación.

Algunos compañeros se habían reunido a mi alrededor para hacer conjeturas acerca de lo que pasaba, de lo que movía a los quelvas a cometer tales barbaridades. Cuando recorrí el sitio por enésima vez distinguí a Rodríguez avanzando hacia mí. Entorné los ojos. Sólo me faltaba su insufrible presencia para decidirme a pedir a gritos la eutanasia.

—¡Ya estará contenta, Lenzo! —me gritó desde una distancia considerable.

—Por favor, ahórrese la cantaleta —dije con fuerza y me pasé la mano por la frente; en torno a mí los compañeros guardaron silencio y nos miraron—. No me venga a echar toda la culpa a mí. Tome conciencia. Las dos terceras partes de la población de la nave son quelvas, aún cuando premeditáramos sus acciones habríamos perdido por un amplio margen. Y avisar a la Tierra era igual de inútil. Ahora mismo deben saber que algo malo sucedió, pero a nuestros carceleros no les importa porque, ¡estamos a cuatro años luz de distancia!

—¿Está diciendo que estamos perdidos? —Su voz se tornó quejumbrosa, insoportable—. ¿Está insinuando que...?

—Ya, Rodríguez, muestre un poco de nervio por una vez en la vida. Si nos quisieran muertos no estaríamos aquí.

—No sé si eso tendría que tranquilizarme.

—Vamos, ¿a quién engaña? A usted sólo le importa salvar el pellejo.

Tras nuestras palabras, el rumor volvió a llenar el ambiente. Algunos compañeros se acercaron a Rodríguez para interrogarlo, y un par acudieron a mí en busca de respuestas. En ese instante distinguí a Taro. De inmediato me encaminé hasta donde estaba.

—¡Taro! —grité. Pero tal como antes fui ignorada. Mas esto no mermó mi ahínco—. ¡Vamos Taro! No puedes borrar los años de convivencia, ¡ahora resulta que no puedes ni dirigirme una mirada!

No tenía en realidad esperanzas de que esas palabras lograran un cambio de actitud, pero algo en mi interior me impulsaba. Subí los escalones y un par de vigilantes vinieron a mi encuentro como si yo fuera peligrosa. Uno de ellos me cerró el paso y el otro me tomó del brazo. Miré a la cara a mis carceleros; los conocía a ambos. Los había capacitado para el viaje; incluso me habían buscado alguna vez para pedirme consejo. Ahora me miraban con los ojos vacíos, como si mi cuerpo fuera transparente o sus pupilas incapaces de enfocarme. Me sacudí furiosa e intentaron golpearme. Sólo entonces Taro reaccionó. Detuvo el puño en vuelo y dijo algo en aquel idioma que habían inventado. Luego se dirigió a mí en ignano:

—Doctora, créame que preferiría cortarme un brazo antes que lastimarla, pero si insiste en causar problemas...

—¿Por qué están haciendo esto? ¿Qué ganarán...?

—Vuelva abajo, con el resto.

—¡No! Voy a obtener respuestas de ti aquí y ahora...

Taro me torció el brazo con un movimiento limpio y rápido. Mi rostro se contrajo y mis rodillas tocaron el suelo mientras el dolor me invadía. Me mantuvo inerte y luego sentí en mi sien el metal frío de la pistola láser dispuesta a freírme los sesos.

—¡Escuchen todos! —gritó Taro. En el comedor reinó un silencio sepulcral—. Si desobedecen morirán. ¡Permanezcan calmos y todo irá bien!

Tras el pequeño discurso acercó su boca a mi oído.

—Perdóneme.

El corazón se me paralizó. Sentí un fuerte golpe en la nuca y después... oscuridad.


7

Desperté dolorida en mi habitación. Apenas abrí los ojos encontré a Taro sentado en una silla cerca de la cama. Me erguí con dificultad sobre el colchón.

—Siempre supe que era capaz de hacerlo —comenzó a decir en tono lúgubre. No me miraba. Mantenía la vista en la proyección del planeta blanco—. Pero todo cambia en un momento. Y es difícil mantenerse distante mientras tus antiguos amigos suplican frente a ti...

Tragué saliva. Tal vez tenía una oportunidad. Podría convencerlo, hacerlo volver a sus cabales. Hablando un poco a tientas dije:

—Aún pueden dar marcha atrás, Taro.

Negó con la cabeza. Yo continué:

—Ignoro cuales son sus demandas, pero seguro que la Corporación Zargon accederá a cualquier cosa que le pidan siempre y cuando no cometan una atrocidad...

Taro frunció el ceño y me lanzó una mirada furtiva.

—¿Demandas...?

—Los comprendo mejor de lo que te imaginas. Estas últimas horas no he hecho más que reflexionar sobre la segregación, sobre la falta de libertad que tienen...

—¿Cree que hemos secuestrado el navío?

—Tienen que entender que esta no es la manera de solucionar su situación social...

—No entiende nada, doctora. Esto no es por nosotros... sino por ustedes, los humanos naturales.

Me quedé en silencio, sopesando las palabras, escrutando su significado. Taro se puso de pie y caminó cabizbajo. Al fin atiné a balbucear.

—Algo pasó en la Tierra...

—Algo viene pasando en la Tierra desde hace mucho tiempo.

—Deja de hablar a medias —le clavé la mirada y Taro esbozó una sonrisa triste, entreabriendo un poco sus ojos rasgados.

—Nosotros no lo supimos hasta hace poco. La Corporación Zargon lo tenía bien planeado desde el principio. Por eso tuvimos que actuar de esta manera, no nos quedó otra opción.

Hizo una pausa que me impacientó un poco, pero al ver su rostro preocupado opté por ser paciente. Entonces dijo:


Ilustración: Thomas Scheileke - Alemania

—¿Sabía usted que en la Tierra, Zargon ha monopolizado la producción demográfica?

—No sabía que era un hecho, pero tampoco me sorprende: para cuando dejamos el planeta la mitad de los nacimientos eran niños "a la carta" atendidos por doctores miembros de la Corporación...

—Pero lo que ignora es que cada niño que nace gracias a la tecnología, es estéril.

Abrí los ojos, impactada.

—¿Estéril? No, eso es imposible.

—Querían asegurarse de tener el control de la natalidad. La Tierra ha cambiado mucho, doctora.

No podía reponerme. Taro sacó una portátil de su bata blanca y me la tendió.

—Todo está ahí. Podrá acceder a los archivos quelva y luego a la información, pero si prefiere no estudiar el idioma que inventamos para comunicarnos, hay integrado un traductor que aunque no es perfecto le ayudará mucho.

Acaricié la portátil mientras mi mente se llenaba de preguntas que intentaba ordenar.

—Aun así... no lo entiendo.

—¿Qué cosa no entiende?

—¿De dónde viene su preocupación? Si la Corporación Zargon logra controlar la natalidad ustedes los quelvas terminarían siendo normales, iguales... ¿Olvidas que intentaron matarte?

—Qué insulto —dijo Taro visiblemente decepcionado— ¿En verdad cree que nos sentimos inferiores? ¿Que sufrimos algún tipo de rencor social? La mayoría de nosotros somos científicos, doctora. Usted mejor que nadie debería entenderlo. Nos preocupa la humanidad, y nos sentimos parte de ella, aunque ustedes piensen lo contrario. Creer o no creer no tiene ninguna importancia frente a la verdad, y lo cierto es que nosotros somos el producto de la misma civilización que la vio nacer a usted.

Ante tales palabras me sentí ridícula.

—Entonces, ¿qué planes tienen para nosotros? —pregunté. Aún sentía mi orgullo mermado.

—Intentamos rescatar especímenes naturales antes de que sea tarde...

—Por eso nos han secuestrado...

—Igual que al resto de los humanos naturales en cada una de las naves que se encuentra ahora en el espacio. Estamos actuando en contra de la Corporación y en cuanto lo sepan... No quiero ni pensarlo.

Me inundó la rabia.

—¿Cómo es que hemos llegado a esto...? ¡Es una vergüenza...!

Interrumpí mi discurso mientras la desazón me abarcaba. Una parte de mí, la más humana, pensó en las cosas que me ataban al mundo, y a las cuales me aferraba con fuerza, mientras que la otra se había desligado y me hacía indagar a distancia acerca de las implicaciones expresadas por mi colega. Finalmente opté por preguntar:

—Si lo que pretenden es aislarnos y preservarnos ¿cómo y dónde lo harán? No puede ser en el planeta frío —señalé el holograma que, como siempre, era testigo mudo de lo que sucedía.

—El planeta frío será poblado tarde o temprano por humanos terrestres. Llevarlos ahí es destinar al fracaso nuestros esfuerzos. No. Es necesario empezar de cero, alejarlos de los preceptos con los que han nacido...

—Planteas un imposible...

—No con la ayuda de los crodwangs. Parece mentira, pero están más interesados en evitar la extinción de la especie humana que los necios que dejamos en la Tierra.

Reflexioné unos instantes.

—Tal vez están exagerando el problema —dije dejando por un momento mi pesimismo—. Si hemos llegado a este nivel ¿por qué habría de preocuparnos la esterilidad de los nuevos miembros humanos? Serían como ustedes: más listos, más fuertes... ¡humanos superiores! Si conocemos la forma de truncar la reproducción natural también conocemos la manera de instaurarla de nuevo.

—Sabía que no lo entendería del todo. Es lógico, usted es parte del proyecto; usted luchó porque la manipulación genética fuera posible...

—No te confundas, yo no estoy de acuerdo con lo que hace Zargon. Esos malditos sólo desean engrosar sus cuentas de banco, no les basta con que su Corporación controle media Tierra. Sólo digo que esto que parece irreversible no necesariamente lo es.

—Claro, estoy de acuerdo. Si alguien en la Tierra tuviera consciencia de lo que provocará a largo plazo; si alguien estuviera tomando las medidas necesarias por si desean volver sobre sus propios pasos. Pero no es así. ¿Necesita que enumere todas y cada una de las ocasiones en que nos hemos dañado de manera irreversible? La humanidad ha comprobado una y otra vez su necedad. En medio siglo de clonaciones, de truncar el proceso evolutivo, de replicarnos a nosotros mismos miles de veces y acabar en una espantosa homogeneidad, desearemos no haber tocado el genoma humano. Pero será muy tarde.

—Entonces, en la Tierra ya no nacen niños naturales...

—Uno de nuestros espías corroboró el último nacimiento hace cuatro años, o lo que es lo mismo para nosotros, ayer.

La computadora nos interrumpió para anunciar la llegada de los crodwangs; de inmediato mostró la imagen de un enorme navío detenerse cerca de nosotros.

—Los crodwangs los reunirán con los tripulantes de otras naves. Sus compañeros no deben enterarse, Doctora. El que usted haya comprendido la gravedad del asunto no implica que los demás lo hagan. Ellos sólo pensarán en que no volverán a ver a sus familias, que perderán sus puestos de trabajo, que su vida ya no será la misma. Por más que intentemos explicarlo será inútil.

—Sí, lo comprendo.

Me acaricié el cuello. Era terrible. Habíamos sobrevivido tres guerras mundiales; habíamos llegado a cierto nivel de ecuanimidad, erradicado prácticamente el hambre y la pobreza. Habíamos logrado medianamente recuperar la salud de nuestro planeta... Y terminábamos con la enésima forma de autodestrucción de la lista.

Increíble.

Sonreí. Taro me miró con extrañeza. Meneé la cabeza mientras lanzaba un suspiro ahogado.

—Taro... Somos unos imbéciles.



Ya hemos dicho que Sue Giacoman Vargas nació el 22 de julio de 1977, que vive en Torreón, México, que es diseñadora grafica, aunque también se dedica a la ilustración y a las artes plásticas y traduce y escribe cuentos. Si bien no luce del todo correcto que hagamos flamear nuestro orgullo, no puede ocultarse que además de talentos naturales, empeño y capacidad de trabajo, Sue es uno de los miembros más activos del Taller 7 y que el clima que allí se respira la ha ayudado a crecer. ¿No debí decirlo? Bien, entonces no lo digo, sólo lo pienso.


Axxón 171 - febrero de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Especies: México: Mexicana).

            

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