EL ÁGUILA TATUADA

Victor Conde

España

El general Armstrong Custer no debió haber girado a la derecha.

El camino era apenas visible, pero había una demarcación. Un cartel, un dibujo hecho con unas piedras, o algo así. Cualquier persona se habría dado cuenta de que la senda correcta era la que se alejaba del bosque, no la que penetraba en él hasta desdibujarse por las pisadas de los búfalos. ¿Búfalos en una foresta? No tenía sentido. Ya nada lo tenía en el Nuevo Mundo.

Como esa canción que se escucha de fondo. La, la, lala... ¡Condenación! ¿Quién querría cantar en tiempos como aquellos? ¿Quién se atrevería a conservar fuerzas para la alegría?

Entonces se dio cuenta de que no estaba soñando: se trataba de una voz real. De mujer joven. Provenía de un cerco entre matorrales, a pocos metros. Custer anduvo en silencio, por si había indígenas cerca. Aquello podía ser una trampa.

Al apartar las plantas con el brazo, descubrió a la joven. Tenía el torso desnudo y un faldellín de hojarasca cubriéndole la ingle. Recolectaba unas semillas, que iba almacenando en su boca sin tragarlas, tan concentrada que ni siquiera se había percatado de su presencia.

Y, lo más importante, estaba completamente sola.

—¿Hola?

La chica le descubrió casi al mismo tiempo en que sonó la H. Al volverse, Custer quedó extasiado por su belleza: era pequeña y de piel tostada, rojo sol naciente. Sus pechos, diminutos y respingones, parecían más bien pezones grandes. Sus cabellos, ensortijados, tejían hebras de oscuridad por delante de unos ojos grises.

Al verle agazapado como un tigre, la joven pronunció las únicas palabras que le habían enseñado en el idioma de los conquistadores:

—Por favor, no me hagas daño...

Custer ni siquiera trata de evitar el impulso. Echa a correr tras la chiquilla, jugueteando con ella, correspondiendo a sus chillidos con otros grititos graciosos. Cuando la alcanza, la tumba de bruces en la hierba, le sujeta las manos y abre sus piernas a fuerza de encajar entre ellas su prominente barriga. Lo que sucede después se ha visto muchas veces en el Nuevo Mundo; el derecho de los conquistadores sobre los conquistados. La supremacía del blanco sobre el rojo. El adelantado sobre el que nunca inventó una palabra para decir “dinero”.

Cuando termina, Custer se desploma, agotado. La niña ni siquiera intenta huir. Una mancha de sangre contrasta violentamente con el verde de la hierba.

El general sonríe. Se siente bien, satisfecho de su labor, pero debe regresar con sus tropas. Hay demasiado en juego. Está a punto de suceder una gran batalla, y no quiere perdérsela. En los aledaños del valle herido, muchos hombres entrarán en la Historia por la puerta grande.

Se incorpora y se sube los pantalones, soltando una ventosidad.

—Ups, perdón —dice entre risas, como si le importara.

La joven no responde.

Custer escupe sobre ella y se aleja, canturreando una marcha militar. Es aquella tan simpática que compuso el bueno de Michelson, la del estribillo pegadizo. ¿Cómo era? Na, naná, na, naaa...

De pronto oye un ruido a su espalda.

Se detiene. Traba el cinturón en el quinto agujero (uno menos que el año pasado, maldita sea) y se gira para ver a la indígena, que también se ha puesto en pie. Pero algo va mal. El general lo nota antes incluso de mirarla a la cara.

Está sonriendo.

—¿Qué quieres, zorra? —grazna Custer, volviendo sobre sus pasos—. ¿Te ha gustado, eh? Apuesto a que tienes ganas de probar otro trago del enorme poder blanco.

La niña abre los brazos, como si le invitase a acercarse a ella de nuevo. Como si no hubiera más que amor en sus ojos. Y, en cierto modo, eso es exactamente lo que ocurre.

—Wakan Tanka... —murmura.

—¿Waka qué? ¿Te atreves a insultarme en tu lengua, maldita simia?

En un arranque de furia, el general golpea a la niña en el rostro, pero falla. No es que ella le esquive, ni que haga el más mínimo movimiento de autodefensa. Simplemente, la mano atraviesa su piel como si no estuviera allí. Como si fuese un sueño.

Custer retrocede, asustado.

—¿Qué... qué coño está pasando aquí? —balbucea—. ¿Qué significa esto?

—Wakan Tanka —repite la niña, y prosigue en un idioma que el militar puede entender, aunque es la primera vez en su vida que lo escucha—. El Gran Misterio. El poder de los dioses de la tierra y el cielo, rivalizando con la eternidad.

—¿Qué quieres decir? ¿Me estás amenazando?

—Hace años, unos que vinieron antes que tú violaron a una chiquilla en este mismo bosque. Del lugar exacto donde cayó su primera gota de sangre brotó una fuente de aguas purísimas. Aquellos hombres no llevaban sombreros, sino cascos, y no vestían pantalones, sino cotas de malla. Sus armas eran distintas, pero sus intenciones las mismas: en sus corazones no había respeto hacia los sueños de los demás, ni hacia sus mitos.

—Tu religión no vale nada.

—Tampoco lo valemos nosotros. ¿Qué somos, sino lágrimas de carne condenadas a desaparecer con la aurora? Este, hombre de armas, es el único escenario, la verdad que vosotros no entendéis. La tierra está aquí desde mucho antes, igual que yo.

—¿Antes de qué? ¿De los apaches?

—De los humanos.

La niña señala a las alturas. Custer alza la vista, inseguro, y lo que ve casi lo mata de un infarto.

El gran águila tatuada sobrevuela el bosque. Es muy grande, demasiado para la cordura de un solo hombre. Sus plumas consumen noche y arrojan fuego. Su pico refulge con el oro de los Incas y la plata de los aztecas. De las puntas de sus alas surgen dos chorros de vapor, estelas que subrayan sus giros entre las nubes, por encima y por debajo de la tormenta, secándose con sus relámpagos. El águila es vieja como el universo, sabia como la Totalidad que es más que la suma de sus partes. Es tan infinita que cuesta comprenderla.

—Hoy lucharemos, joven blanco —dice la niña—. Devendrá en una masacre, como tú tenías previsto; un inútil derramamiento de sangre. Pero no será el pueblo de las praderas el que muera. Hoy no.

Abre su mano y de ella brotan imágenes. Custer, los ojos inyectados en sangre, las contempla abrirse como pétalos. No entiende los detalles, pero sí la esencia del mensaje. Los pétalos le muestran un futuro distinto al que él había soñado para aquella vasta tierra. Un futuro donde los ejércitos indígenas obligan al invasor a retirarse al extremo norte del continente, y lo mantienen a raya durante siglos. Custer ve pequeños indígenas nacer, crecer e inventar cosas. Ve a la civilización apache salir de la barbarie y progresar, construir insólitas máquinas voladoras; dibujar una ruta en un mapa de estrellas y cruzar el mar en dirección este. Pero, a diferencia de los primeros colonizadores, el mensaje que portan en sus bodegas no está escrito en la lengua del dolor y de la sangre.

Custer llora. A vista de pájaro, como si le hubiesen crecido alas en la espalda, sobrevuela ciudades construidas en cristal y acero, no en la volátil madera de su país. Ve wickiups navajos tan altos como montañas, llenos de ventanas por las que asoman mujeres de inmensa belleza. Una de ellas incluso le mira y le saluda con la mano. Su sonrisa dice: ¿has oído cantar al iguazú?

Entonces Custer se da cuenta de por qué está volando: cabalga los cielos a lomos del gran águila. Ella le ha permitido compartir este instante porque conoce el futuro, y desea castigarle.


Ilustración: Ferrán Clavero

—Hasta la próxima vida, hombrecito —se despide la niña—. Espero que nos encontremos en otras circunstancias, cuando yo sea búfalo y tú hierba.

Las flores de lo que vendrá se marchitan.

Wakan Tanka. El Gran Misterio. La última Verdad. Custer huye de aquel lugar como si el diablo le pisara los talones, y promete que volverá con sus tropas para ajusticiar a la mujer y al hijo bastardo que lleva en sus entrañas. Mil hombres contra una niña, como en Wounded Knee. No hay posibilidades de perder.

De repente el bosque se esfuma. Está en mitad de una planicie desolada, y por un momento teme haber regresado a la alucinación. Pero ese temor se desvanece con el sonido de las tropas. Al otro lado de la colina salpicada de lirios se escucha el familiar trasiego de los cañones, de los caballos, de las botas claveteadas. Custer ríe como un poseso y escala corriendo el altiplano. No se ha equivocado: al otro extremo está la civilización.

—¿Qué le ha pasado, general? —pregunta uno de sus coroneles cuando le ve entrar, sucio y cansado, en la tienda de mando—. ¿Se encuentra bien?

Por toda respuesta, Custer se sirve un whisky. La bebida fluye como la sal en la herida. El general ordena cargar los cañones. Esos malditos indios van a saber quién es él.

Las tropas se disponen a avanzar. Cerca de allí, en el valle herido, esperan las fuerzas dakota, que en lenguaje de los bárbaros significa “aliados”. Le esperan a él.

El regusto amargo de la bilis escala por su garganta.

—No tenéis la más remota esperanza... —dice para sí, para darse ánimos, pero algo en su interior se revuelve. Alarga su mano al tablero de ajedrez que tiene junto a su camastro y mueve un alfil. Las divisiones se cuadriculan, los carros invocan la fuerza del vapor, los fusiles la rabia negra de la pólvora.

Entonces ve a la chica, la misma que él ha violado. Está de pie sobre una colina, con su carita henchida de ingenuidad y pureza, aspirando el aroma del viento.

Custer sabe, justo en ese crucial instante, que va a suceder algo malo. Ella está del lado de su gente, los apache, pero su expresión no denota miedo, sino lástima. Lástima hacia el general y sus hombres, que están a punto de conocer al águila tatuada. A diferencia de aquellos del hombre blanco, sus dioses, viejos como el mundo, sí escuchan sus plegarias y las manifiestan en hechos.

Custer alza el sable y da la última orden de su vida. Orden de avanzar, de aplastar a las mujeres y a los niños, a los hombres jóvenes y a los viejos, al recuerdo y a la memoria, para que no quede el menor rastro de esa mitología que se atreve a hacer algo que ni el sacrosanto cristianismo puede.

Volverse realidad.

La joven india sonríe y abre de par en par sus brazos. El águila está allí, esperándole, pero nadie más la ve.

—¿Dónde ha estado, general? —insiste el coronel, preocupado por lo que pudiera haberle sucedido en el bosque—. ¿Por qué tardó tanto?

Custer baja la vista.

—No es nada, sólo que... me tropecé con una leyenda. Sólo eso. —Mira al horizonte y ve llegar al águila que sellará su destino. El dios de los paganos, que va a combatir a su lado—. Tropecé con una leyenda...




Víctor Conde nació en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España, en 1973. Estudió psicología y cine aunque trabaja como programador de sistemas. Sus cuentos han aparecido en Artifex Segunda época, Gigamesh, Solaris y Visiones. Ha sido dos veces finalista del premio Minotauro y tiene cuatro novelas publicadas: El tercer nombre del emperador, Piscis 1, Piscis 2 y Mystes. Cinco cuentos en Axxón: "La asombrosa historia de Enrique..." (107), "El Archivista" (109), "Efecto campo" (118), "Empalme en la cinta de Moebius" (160) e “Ysobelt y los visionautas” (161).


Axxón 172 - abril de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Cruce de realidades: España: Español)

            

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