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¿Los dioses astronautas?
Eduardo Frank

En 1991 publiqué un libro al cual di el título de Los Dioses Astronautas[1]. Se diría que es el mismo título de este artículo, pero no lo es. Existe una importante diferencia entre ambos: los signos de interrogación.

En aquella época cayeron en mis manos por primera vez varios libros y artículos acerca de “extraterrestres en nuestro planeta”, escritos por autores de varios países. Estos remitían al lector a otros variados materiales, entre ellos los textos antiguos, incluida la Biblia. Siempre me habían interesado estas cuestiones debido a su relación con el cosmos y con la Astronomía, mi pasatiempo predilecto, por lo que no fue difícil que el misterio y la curiosidad me tomaran de la mano y me arrastraran hacia las profundidades místicas.

Me convertí, pues, en un creyente de los hombrecitos verdes que circunvalaban nuestro planeta y que habían hecho contacto con antiguas civilizaciones; y quienes, aún hoy, ponen la estampa de sus tentáculos u otro órgano pertinente en documentos científicos y militares para firmar acuerdos con algunos gobiernos, principalmente el de los Estados Unidos de América. De esta manera realizan incursiones y estudian nuestra especie, para lo cual mutilan animales y secuestran a personas de vez en cuando y las registran como especimenes de laboratorio. Y todos estos textos estaban supuestamente bien avalados por las “evidencias” de los propios secuestrados y por hechos y lugares tales como el Area 51 y el caso Roswell, por mencionar sólo dos ejemplos, y acompañados de otras fantasías como las de Erich von Däniken.

Con el correr del tiempo, al sumergirme en el estudio serio del universo, tuve la oportunidad de conocer, hasta donde la ciencia ha alcanzado, quiénes somos, de dónde venimos y cuál es nuestro papel dentro de esta compleja (y a la vez simple) inmensidad que nos rodea y a la que pertenecemos como producto natural, surgido del azar de una evolución a lo largo de miles de millones de años. Esta nueva experiencia me brindó la ocasión de analizar detalles que mucho difieren de las creencias mencionadas.

Sin embargo, la ciencia no es rígida; no puede serlo. Las teorías se someten a revisión a la luz de los conocimientos nuevos. Desde un prisma científico debemos aceptar la posible existencia de otras civilizaciones cósmicas (digo posible porque todavía no tenemos evidencia de ello). Pero la ciencia no niega rotundamente esta posibilidad, pues la prueba de que es posible está en nosotros mismos, en nuestra propia existencia en medio de la realeza del cosmos.

Aun cuando la vida surge debido a procesos fortuitos, el universo es tan inmenso y en él están ocurriendo constantemente procesos físico-químicos tan diversos, que negar la ocurrencia de procesos similares en otros rincones siderales sería apoyar las creencias metafísicas de que somos el producto de una “creación única y divina” y —¡qué vanidad!— que el universo fue creado para nosotros (el principio antrópico).

El estudio serio del cosmos nos pone en guardia contra las mistificaciones y nos hace analizar, a la luz de un nuevo enfoque apoyado por evidencias, dónde radica la frontera entre la realidad, la posible realidad y lo imposible. En contraste, es asombrosa la disposición de la mayoría de la gente para aceptar de inmediato cualquier rumor como un hecho real. Parece que es parte de la naturaleza humana. Y la creencia en visitaciones de astronautas extraterrestres es uno de estos casos, al igual que la creencia en demonios, güijes y herejes, especialmente en la Edad Media, por lo que tanta gente inocente fue vilmente asesinada en las piras de la Inquisición.

Es a la raíz del asunto donde debemos viajar primeramente. Sólo así nos daremos cuenta de que muchos factores tienen que converger para que, primeramente, exista una civilización en otros mundos. En segundo lugar, se requieren muchos más factores que hayan permitido a esa civilización desarrollarse lo suficiente para estar viajando por el cosmos y, finalmente, para que haya podido llegar hasta los confines de nuestro sistema solar, en este sitio apartado al extremo de uno de los brazos de nuestra galaxia espiral.

La posibilidad de vida inteligente en otros planetas ha sido siempre un tema muy atractivo no sólo para los científicos. A principios de los tiempos modernos los astrónomos tenían la tendencia de asumir que todos los planetas estaban habitados. Esta idea se sustentaba en una base religiosa: era sacrilegio suponer que Dios hubiese creado mundos vacíos, sin vida, y por consiguiente, “inútiles”. Empero, todo lo que la ciencia astronómica descubrió después sobre nuestro propio sistema solar contradijo esas suposiciones.

Por supuesto, tal idea resultaba decepcionante. Lo desconocido, lo incomprensible, resulta siempre más atrayente y cautivador. En ocasiones nos infunde temor, pero ese temor es parte del misterio que nos hala como un imán. Era más fácil, pues, ignorar la evidencia; resulta más “natural” crear fantasías y misterios, soñar con ellos y hacerlos parte de nuestra realidad cotidiana, pues así el ser humano se ayuda a escapar del estrés de la vida. Por consiguiente, el lego común continuó asumiendo que existía vida inteligente en los planetas que se conocían y hasta imaginó poblaciones selenitas, marcianas y venusinas que comenzaron a aparecer en revistas, libros y series cinematográficas, incluidos algunos trabajos catalogados de científicos.

Contrariamente a nuestra imaginación, fuimos descubriendo poco a poco que los otros planetas de nuestro sistema y sus satélites constituyen una colección de mundos sin vida, al menos mientras no se halle algún tipo de microbios o plantas. Además, las condiciones que pueden dar nacimiento a formas elevadas de vida son muy complejas y lentas, y como se ha comprobado, fortuitas. Tal proceso no es tan simple como nos imaginamos aun cuando, en sentido muy general, los científicos parecen estar de acuerdo cada día más en la simplicidad de la maquinaria del universo.

A pesar de que una cierta proporción de estrellas puede poseer planetas, los requisitos que hacen apta la vida y su ulterior desarrollo son extremadamente rigurosos dentro de ese fenómeno que da origen a la evolución y mucho más complejos para la vida inteligente.

La vida nace dentro de una temperatura aceptable, a partir de cierta densidad atmosférica y con una cantidad determinada de líquidos, básicamente el agua. Ambos deben contener justamente el tipo de compuestos que puedan convertirse con facilidad en estructuras biológicas, en el marco de una evolución que siempre comenzará desde compuestos simples →compuestos complejos → organismos simples  → organismos complejos. De esta forma, es posible que en el vasto océano cósmico palpiten seres con similares esperanzas, éxitos y fracasos, que hayan desarrollado las ciencias y las artes, y cuya tecnología les permita penetrar en la investigación astronómica; en fin, seres que aunque sean diferentes a nosotros físicamente, sientan, al igual que nosotros, la profunda curiosidad de saber qué es el universo y se hayan preguntado también si existen otros seres inteligentes como ellos en algún sitio lejano en la inmensidad del espacio. (Véase más adelante: Civilizaciones Cósmicas).

Pero el azar es caprichoso. Podemos decir que lo expuesto más arriba se aplica sólo a la vida como la conocemos. Lo más probable será que los seres inteligentes desarrollados bajo otras condiciones sean muy diferentes a nosotros, tanto físicamente como en esquema de pensamiento, debido a esas leyes del azar que tomaron un camino fortuito en la Tierra y que, por razones obvias, seguirán caminos distintos y crearán formas de vida muy disímiles bajo las condiciones naturales de otros planetas.

Algunos científicos han planteado que sin agua no puede existir la vida. Mas eso es discutible, a menos que se hayan referido solamente a la vida como la conocemos. Las leyes que rigen estos mundos podrían hacer surgir un tipo de vida, incluida la inteligente, que no requiera de agua. La gran cantidad de planetas donde podría haber vida nos hace concebir formas muy diversas (metabolismos singulares, estructuras nerviosas inimaginables, etc.). En fin, podríamos elucubrar acerca de organismos que sólo se alimenten de, digamos, energía radiante o algo así.

Por otra parte, en relación con el nacimiento de la vida, el polvo con partículas de hielo en el núcleo de los cometas forma espirales dobles como el ácido desoxirribonucleico (ADN). Si un cometa agrupase los ingredientes necesarios podría dar origen a la vida al caer en cualquier planeta cuyas condiciones sean aptas para comenzar la compleja cadena de la evolución. En ella, las formas biológicas que son capaces de modificarse junto con su medio serán las que sobrevivan (la selección natural). Esto nos demuestra que podría haber vida similar a la terrestre hasta en mundos que aparentemente no la permiten. No olvidemos que formas de vida que en la Tierra se adaptaron más adelante al nuevo medio rico en oxígeno, habrían sido incapaces de sobrevivir y mucho menos de nacer en la atmósfera primitiva de nuestro planeta.

Mas todo eso queda sólo en hipótesis. La ciencia no puede darse el lujo de aseverar la existencia de tales civilizaciones cósmicas, sólo porque lo dicte la lógica. Toda hipótesis en camino a ser teoría necesita comprobación para ser aceptada, he ahí la regla. Y es estricta. Aún no tenemos evidencia palpable de la existencia de una inteligencia extraterrena, sea igual, parecida o totalmente distinta a la nuestra; por lo tanto, no estamos ante un hecho.

El comienzo de nuestras creencias

¿Cómo surgió la creencia en seres diferentes a nosotros, más poderosos y enigmáticos, que fueron luego divinizados? Para llegar al origen de este asunto baste con retrotraernos a las primeras comunidades humanas.

Los primeros humanos sintieron temor de la luz cegadora que bajaba de las alturas en los días de tormenta y mataba en ocasiones a personas y animales. Igualmente producía fuego, ese “divino encanto que solamente los dioses podían entregar a la gente”. Y si producía fuego, tenía que ser una manifestación de seres omnipotentes; y si venía de arriba, entonces esos dioses estaban allá, en las alturas, y desde allá los observaban. Y cuando la luz cegadora mataba a un animal o a un ser humano, debía ser porque esos seres omnipotentes estaban enojados con ellos y enviaban su castigo. En fin, ¿qué especie de sortilegio opacaba el día y lanzaba agua o nieve desde el firmamento? ¿Por qué llegaba siempre la oscuridad, por qué se estremecía la tierra, por qué había montañas que escupían fuego y arrasaban todo a su paso?

Con el correr del tiempo estas preguntas tuvieron respuesta. Entre las herramientas que el humano creó para su trabajo surgió una, extraordinaria y concreta: la ciencia. Dentro del marco de la investigación científica fue alejándose la idea de que deidades omnipotentes o “hechos sobrenaturales” produjeran tales fenómenos.

Junto a la tecnología, la ciencia representa la exploración de lo intrincado y sutil en este universo imponente donde vivimos. Y las civilizaciones se caracterizan por la manera en que se compenetran con estas dos herramientas y descubran, mediante ellas, cuál es su lugar en el cosmos.

Warren Weaver, distinguido matemático e intérprete de la ciencia, manifestó:

... [la ciencia] no es un culto misterioso ni un gran monstruo mecánico. La ciencia es una aventura del espíritu humano. Es esencialmente una empresa artística, mayormente estimulada por la curiosidad, servida principalmente por la imaginación disciplinada y basada en la razonabilidad, el orden y la belleza del universo, de los cuales es parte el ser humano.[2]

Uno de los objetivos de la ciencia es el tratar de evitar que la fantasía nos domine y nos ponga un velo en los ojos que nos impida ver la realidad. Sin embargo, las fantasías que aún edificamos son similares a las creadas por el vuelo de la imaginación y la ignorancia hace cientos o miles de años sobre cuestiones incomprensibles entonces. Albert Einstein declaró en 1934 que el pensamiento puramente lógico no podrá facilitarnos conocimiento alguno acerca del mundo empírico, pues “... todo conocimiento de la realidad empieza en la experiencia y termina en ella. Cualesquiera proposiciones alcanzadas por puros medios lógicos son totalmente vacías en referencia a la realidad...”


Todos los rasgos de nuestro mundo cotidiano, del mundo subatómico y de todo el cosmos están determinados por unas pocas leyes y constantes físicas básicas (tal vez no más de quince). Estas han sido descubiertas por la ciencia e incluyen las masas de las partículas elementales y las fuerzas básicas relativas que funcionan dentro de ellas.

Para mencionar sólo una de esas constantes, tenemos la gravedad. Si el universo hubiera nacido con una gravedad mayor, ésta no habría permitido su expansión por mucho tiempo y ningún fenómeno biológico complejo como nosotros habría tenido tiempo para desarrollarse. Por el contrario, si la gravedad universal fuese inferior a lo que es, la materia no se habría concentrado para formar estrellas y galaxias; el universo sería entonces frío y vacío. Pero las galaxias y los sistemas solares evolucionaron precisamente debido a que la gravedad existe en su exacto balance. El equilibrio entre el colapso y la expansión ha brindado la proporción correcta para que existamos. Empero, eso no quiere decir que tal exactitud haya tenido que ser creada por alguna inteligencia superior. Esto se comprueba al observar que, debido a las leyes del azar cósmico, la formación de todos los cuerpos celestes, así como sus procesos y funcionamientos en nuestro universo, no resulta muy frecuente.

Si analizamos todas las posibles constantes y leyes que pudieron surgir al nacer el universo, veremos que las circunstancias que conspiran contra nuestra existencia son enormes. Este hecho demuestra lo difícil que resulta el desarrollo de la vida inteligente en el universo, por lo que no debemos hacer asunciones precipitadas. En primer lugar, hay que comprobarlo. He ahí el por qué los “hombrecitos verdes que nos visitan” existen sólo en nuestra imaginación.

La falacia de los OVNIs

La creencia en naves extraterrestres que nos visitan y que secuestran seres humanos para estudiarlos y someterlos a experimentos dolorosos, ha sobrepasado, desde hace ya algunas décadas, el límite que debemos exigirnos en esa frontera entre la fantasía y la realidad. Los llamados OVNIs no son más que el galope irrefrenable del entusiasmo por creer que, de hecho, seres parecidos a nosotros (humanoides) andan por acá.

Pero el entusiasmo nunca ha sido sinónimo de evidencia.

Para comenzar, el propio concepto de OVNI es mal interpretado. Entre las frecuentes barbaridades de los medios masivos de comunicación que se nutren de estas cosas, está en tener al público acostumbrado a que OVNI significa “una nave espacial de otro mundo”. De esta forma, ya la base está contaminada por el absurdo. OVNI es precisamente lo que leen las siglas: objetos volantes no identificados. Y eso es justamente lo que a veces hemos visto: vehículos aéreos que no hemos podido identificar por cualquier causa. Cualquier cosa que veamos y no podamos identificar es un OVNI. Podríamos estar viendo objetos no identificables en el cielo todos los días y ello no los convertiría en naves extraterrenas, excepto en nuestra imaginación.

Luego de una minuciosa investigación sobre fenómenos que pueden observarse en el cielo, se ha llegado a la conclusión de que la gente ve efectivamente algo, mas todo está relacionado con balones y cohetes meteorológicos, aviones que reflejan la luz solar, satélites que circunvalan el planeta, reflexiones de luces de rastreo en las nubes, fuegos artificiales, cometas y meteoritos (hasta el planeta Venus ha sido confundido por un OVNI). Asimismo existen fenómenos naturales que producen efectos ópticos: cambios bruscos de temperatura e inversiones de las capas atmosféricas (éstas pueden dar la impresión de formas discoidales brillantes viajando a gran velocidad), así como refracciones solares, descargas ionizantes de la corona solar, formaciones superiores nubosas y estelas de vapor.

Otro ejemplo es el rayo globular, un fenómeno poco común, pero puede dar la idea de pequeñas naves esféricas. Estos rayos están vinculados con la actividad solar —las cargas atmosféricas negativas, las tormentas magnéticas y las auroras boreales—. Se ha pensado que las diminutas bolas luminosas que se han filmado sobre los campos de Inglaterra no son otra cosa que rayos globulares producidos por fenómenos específicos de las condiciones del tiempo en esa región y no fenómenos extraterrestres, como muchos aún creen. Por otra parte, se comprobó que los círculos y figuras hechos sobre el césped y el trigo fueron bromas de chistosos que aprovecharon la ocurrencia de los rayos globulares para alimentar la idea de los que creen que tales dibujos son hechos por visitantes alienígenas para comunicarse con nosotros, lo que constituye un tema extraordinariamente atractivo para la ciencia ficción, como lo presentó la película Signs.

Otra confusa interpretación han sido las naves aéreas militares, muy sofisticadas y de carácter secreto, cuyo diseño, en su mayor parte, provino de los experimentos de los científicos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto los Estados Unidos como la entonces Unión Soviética compitieron en una carrera veloz para llevar a sus países a estos científicos germanos que ya habían diseñado modelos supermodernos de naves aéreas, incluidas las discoidales. En relación con estos ejemplos están el Stealth y el Black Star (Estrella Negra). En el caso del Stealth, que ni los radares pueden detectar, estuvo realizando vuelos experimentales por varios años antes de que su existencia fuera divulgada públicamente, al cesar su condición secreta. Si analizamos la forma del Stealth —solamente dos alas tipo delta, algo desconocido entonces—, nos damos cuenta de inmediato que era muy fácil tomarlas como naves alienígenas. No obstante, pienso que tal vez a los gobiernos de los países donde esto ha ocurrido les convino levantar la propaganda de que lo observado fueron “naves extraterrestres” y que ellos mismos están intentando ocultar las evidencias (la famosa “conspiración”). De esa forma, todo aquél que cree en tales historias empleará su tiempo en investigar el asunto por esa vía y habrá así menos peligro de que las informaciones confidenciales y secretas sobre un armamento pasen a conocimiento público.

Es probable que uno de estos casos haya sido el de Roswell, conocido por todos, el cual ha quedado en la historia de la Ufología como el caso “real” de una nave tripulada de otro mundo que sufrió un accidente fatal y que el ejército norteamericano tiene aún en su poder, en un hangar supersecreto, los cuerpos de los extraterrestres que la tripulaban. Todavía se filman documentales y películas de ficción sobre “El caso Roswell” y, por supuesto, jamás se pudo saber en realidad qué nave aérea sofisticada o qué tipo de misil cayó en el desierto aquel día. Algunos, más cercanos a los conflictos terrenales, han manifestado que se trató de un vehículo de espionaje soviético cuya trayectoria falló y cayó a tierra al pasar sobre el territorio estadounidense (o quién sabe si su vuelo fue interrumpido por algún misil antiaéreo). Igualmente en este caso existe la versión de que fue uno de esos vehículos de forma discoidal diseñados por los científicos de Hitler que fueron llevados a la Unión Soviética. De hecho, esta es la versión que más se adaptaría para el caso Roswell.

Pero nada en concreto se ha sabido hasta hoy sobre este hecho. Tal vez algún día la verdad salga a la luz y se deje a un lado la fantasía de los extraterrestres. Si fue “una nave de otro mundo”, ¿dónde están los cuerpos humanoides? ¿Dónde están los restos de la supuesta nave? ¿Qué razones pueden existir hoy para no mostrarlos? De hecho, ¿qué razones habría jamás para ocultar a la humanidad un hecho como ese? Nunca creí que el pánico o la “seguridad nacional” fuesen pretextos satisfactorios. ¿Ha pensado alguien en esto? Temo que jamás veremos tales pruebas porque, sencillamente, nunca existieron. Se habría podido mostrar al público al menos algún pedazo de la nave por muy pequeño que fuese, pero este aspecto fue también meticulosamente elaborado bajo la capa protectora del ultrasecreto (o fue cierto que se trató de un globo meteorológico o alguno de los diseños estratégicos alemanes).

En primer lugar, se señaló que el ejército había llevado a cabo en toda el área una operación de limpieza total de todo rastro, del más mínimo residuo dejado por aquel accidente. Buen pretexto para que nada aparezca. Y la segunda historia posee el mismo principio: que el teniente Jessie Marcel había llevado a su casa un pedazo de la nave extraterrena para enseñarlo a su familia y el cual mostraba una inscripción gravada en un lenguaje jeroglífico que no pertenecía a este mundo. Sin embargo, las autoridades “detrás de la conspiración” le obligaron a devolver aquel objeto bajo amenaza contra él y su familia. Otra buenísima razón para que el objeto en cuestión jamás se pudiera ver.

Si analizamos lo relacionado con cualquier objeto fabricado en otro mundo, hay dos aspectos fundamentales a considerar. Este poseerá características desconocidas por nosotros, cualquier aleación inexistente o aún no descubierta en la Tierra. Nosotros poseemos elementos comunes que, por ejemplo, no pueden mezclarse. Este es el caso, digamos, del plomo y el aluminio. Sus moléculas no se juntan, no hacen interacción. El plomo, mucho más pesado, irá siempre hacia el fondo y el aluminio flotará sobre él. Sin embargo, en condiciones de gravedad 0 en el espacio o bajo otras condiciones gravitatorias diferentes a las terrestres, mezclas así podrían lograrse y crear aleaciones exóticas como Al/Pb. Uno de los objetivos de la NASA en las misiones de los trasbordadores es la de hacer pruebas de aleaciones que no pueden lograrse bajo la gravedad o la presión atmosférica de nuestro planeta. Cualquier hallazgo similar constituiría la evidencia de una tecnología no terrestre.

En noviembre de 2005, en un breve programa del canal televisivo “Infinito”, dos personas trajeron al estudio objetos del espacio, “presumiblemente de origen extraterrestre”. Al observar aquellos objetos, me di cuenta de que podían ser pedazos de aerolitos formados de materiales disímiles, tal vez desconocidos en la Tierra. Pero eso es todo. El hecho de que uno de ellos, aparentemente de un metal ligero, se hiciera transparente al ser iluminado por cualquier fuente de luz, no lo hace un pedazo de una nave alienígena ni mucho menos.

Pero en este caso habría sido imperdonable que el Tte. Marcel llevara a su familia un objeto que realmente se sepa proviene de otro mundo cuyas condiciones generales desconocemos. Como militar, él debía tener conocimientos acerca del riesgo bacteriológico. Tal objeto puede contener microbios ajenos a nuestro mundo, que podrían matar a cualquier forma de vida terrestre que los toque.

Algunos entendidos en este tema han manifestado que el interés de que un OVNI sea lo que no es, está en parte relacionado con las creencias religiosas. Este hecho parece exponer la posibilidad de la memoria genética que vincula nuestro subconsciente con los primeros hombres de las comunidades primitivas. Bajo el mismo principio de lo mencionado anteriormente respecto a los fenómenos de la naturaleza, en la actualidad los supuestos tripulantes de tales naves son descritos a menudo como seres mucho más sabios, poderosos benefactores. En algunos casos de personas que declararon haber tenido contacto con ellos o incluso ser secuestrados, estos visitantes han sido descritos con total apariencia humana y vestidos con largas túnicas de colores claros o blancas, por lo que semejan mucho las imágenes de dioses y ángeles, pero en vez de venir del paraíso celestial han venido de otro planeta utilizando sus transportes siderales en vez de alas. Bajo la capa de seudo-ciencia pueden verse las raíces teológicas del asunto.

Existen cientos de informes y artículos en periódicos, libros y revistas acerca de avistamientos de OVNIs, pero jamás las pruebas mismas; de hecho, ni una sola. Y las fotografías y videos ya no se consideran evidencias. La tecnología fotográfica y cinematográfica moderna es capaz de hacer maravillas muy difíciles de detectar como fraude. Si no supiéramos que el cine es ficción, seríamos capaces de creer lo que vemos en la pantalla, pues todo parece efectivamente real gracias a los efectos especiales logrados hoy mediante la computación.

Confieso que me siento particularmente fascinado por el tema. Por eso caí al principio en la trampa. Escribo ciencia-ficción y soy uno de los primeros que se sentiría muy feliz si se recibiera mañana la visita de astronautas amigos de otros rincones del cosmos y reconozco que la ciencia-ficción posee mucho de realidad respecto a los logros de la tecnología moderna. Sólo faltaría que este aspecto también se convirtiese en realidad, pero como señalé antes, el entusiasmo nos puede llevar a una creencia ciega. Jamás se ha presentado prueba física alguna, no existe nada categórico, ninguna de las hipótesis de los últimos 40 años ha demostrado validez, ninguna ha sido capaz de mostrar evidencias sólidas que las apoyen. Y la mejor hipótesis en el mundo no vale un comino sin una prueba irrefutable y reproducible.

Aún somos víctimas de nuestros propios conflictos y desatinos, y resultaría muy esperanzador y reconfortante convencernos de que seres de otros confines cósmicos “enseñaron su tecnología más avanzada a nuestras civilizaciones ancestrales y hoy vendrían como benefactores a resolver nuestros problemas”. Es muy consolador pensar que alguien vendrá a tendernos una mano para sacarnos de un apuro. De esta forma no tendremos que esforzarnos en resolverlo nosotros mismos.

Por naturaleza humana, para la gran mayoría resulta más difícil aproximarse a la realidad y penetrar, digamos, en la búsqueda de vida microbiana exótica en meteoritos, apuntar un radiotelescopio hacia el espacio con la esperanza de captar un mensaje de alguna civilización cósmica o estudiar el suelo y la atmósfera de planetas vecinos con los datos enviados por ondas de radio, por los vehículos espaciales no tripulados y por robots situados en las superficies de otros mundos. Eso es lo que garantiza veracidad y no el encanto sublime de lo fantástico.

Relacionadas con estas creencias, como mencioné antes, se han tejido extraordinarias historias de personas “secuestradas por los extraterrestres visitantes”. Estas personas han declarado haber sido víctimas de terribles experimentos médicos. Hay mujeres convencidas de que fueron inoculadas con fetos híbridos y luego esos fetos les fueron nuevamente extraídos con el objetivo de crear una nueva raza. ¡Qué argumento más bueno ha sido esto para las películas y las novelas! Sin embargo, hasta lo que hoy sabemos, debido a cuestiones fundamentales de la biología molecular, la mezcla de especies —¡particularmente especies de distintos mundos!— no tiene probabilidades de lograrse.

Algunos psicólogos, psiquiatras y sexólogos han planteado que en muchos de estos casos por debajo yace, reprimida, la terrible experiencia de un abuso sexual. No obstante, todavía en la actualidad la mayoría de los investigadores que ha trabajado con pacientes “secuestrados” ha declarado que las investigaciones no les permiten determinar con exactitud de qué naturaleza son las observaciones y experiencias. John E. Mack, profesor de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de Harvard, aceptó recientemente recibir y analizar algunos pacientes de este tipo. A pesar de que confesó estar sorprendido e intrigado por la gran cantidad de personas que convergen en las mismas descripciones, Mack llegó a la misma conclusión de varios de sus colegas: los pacientes han sido víctimas de experiencias traumatizantes, embarazosas, y el subconsciente siempre tiende a reprimirlas, a bloquearlas y darles otra imagen; y una de esas imágenes es la fantasía del contacto con alienígenas. A pesar de ello, igualmente señaló que no veía nada sicótico en estos pacientes. “Sólo son personas que padecen del síndrome post-traumático,” añadió. “Este puede haber ocurrido durante su infancia, pero no en todos los casos tenemos evidencia de que así sea”.

Michael Persinger, neurólogo del Departamento de Neurociencia y Psicología de la Universidad Laurentia en Sudbury, Ontario, explica cómo mucha gente con traumas reprimidos da rienda suelta a una riquísima creatividad. Sus cerebros interpretan sensaciones de presencias irreales dentro del marco de un amplio espectro de experiencias entremezcladas desordenadamente. Persinger pone de relieve que es así como el cerebro humano está organizado; éste crea recuerdos falsos cuando el subconsciente necesita reprimir algo. “Se trata de un desorden emocional llamado Síndrome de Estrés Retardado,” concluyó.

Por su parte, Elizabeth Loftus, psicóloga de la Universidad de Washington, ha investigado varios casos de “secuestrados” y opina que la convergencia de ideas no es casual: las falsas memorias han sido adoptadas de casi todos los casos de lecturas, filmes y comentarios de dominio público. La mayoría de los pacientes posee una información más o menos detallada que sus subconscientes luego utilizan. La doctora Loftus explicó que se han implantado experimentalmente en varios pacientes memorias de cosas que jamás ocurrieron.

Sobre este aspecto, Robert Baker, psicólogo emérito de la Universidad de Kentucky, ha manifestado que mediante la hipnosis puede alimentarse la imaginación de pacientes a los que se les hace una sugestión. Una vez que se les pide que se relajen cómodamente sobre un sofá, es más fácil sugerirles cualquier “memoria” y el cerebro del paciente hará el máximo esfuerzo por recrear hechos relacionados con la sugerencia dada. El paciente tratará de hacer creíble cualquier historia, pues la hará creíble para él mismo.

Todos estos casos, claro está, pertenecen sólo a pacientes convencidos de la veracidad de sus fantasías. La ciencia médica está tratando de aplicar el tratamiento adecuado a cada caso, con el fin de erradicar la fantasía que bloquea la memoria autorreprimida. De hecho, lo que vemos no es más que una reflexión de nosotros mismos. (No he incluido aquí, por razones obvias, a los que deliberadamente se burlan del público y buscan fama y dinero).

No obstante, a pesar del obligado manejo científico que debe preceder todos los aspectos de nuestra vida, es cierto que todavía existe una infinidad de cosas que desconocemos dentro del marco de un campo enorme de investigación que se extiende frente a nosotros. Cada vez que penetramos en ese campo ilimitado, el sentido común y la intuición ordinaria han de reorganizarse en ocasiones para que continúen siendo sólidas razones o guías confiables. Nuestros órganos sensoriales sufren de limitaciones, nuestras percepciones pueden distorsionarse, como se mencionó en el ejemplo de los fenómenos atmosféricos que nos hacen ver discos luminosos viajando por el cielo.

Hay otros ejemplos de ilusión óptica. Recientemente se comenzó a creer que en Marte existía una enorme escultura de varios kilómetros de largo, la cual representaba un rostro que parecía humano y podía verse con un buen telescopio sobre el desierto rojizo. Incluso algunos llegaron a pensar que era, de hecho, un rostro humano esculpido allí para que fuese visto por los telescopios de la Tierra, a manera de mensaje para la humanidad. He aquí que comenzó, una vez más, el entusiasmo de la imaginación y se filmó la película Misión a Marte, de la Touchstone Pictures, donde se abordó este ejemplo dentro de la trama.

Uno de los entusiastas más fervientes de esta idea es Richard Hoagland, autor del libro Monumentos de Marte, y cuya obra surgió precisamente de la visión del supuesto rostro. Hoagland ha llegado a pensar que la “escultura” podía estar relacionada con las pirámides y la esfinge del antiguo Egipto, y hasta ha imaginado un posible contacto entre ambas civilizaciones. Pero Hoagland abriga también otras posibilidades: mantiene que esos antiguos pobladores de Marte no podían sobrevivir los cambios que el planeta sufría y, al irse escapando su atmósfera inicial y secándose sus aguas, no tuvieron otro remedio que abandonar su mundo en sus naves siderales en busca de otro cercano con condiciones adecuadas para la vida. ¿Y qué mundo cercano y óptimo podía existir en las inmediaciones? El nuestro, por supuesto. Richard Hoagland cree que aquellos marcianos fueron nuestros ancestros (el filme Misión a Marte también presenta esta teoría).

¡Cuánta imaginación puede desarrollar una percepción imaginaria! Pero nuevamente la tecnología moderna vino a nuestro rescate y nos permitió continuar tomando fotos de la superficie del planeta rojo desde otros ángulos y a diversas horas del día, y recientes instantáneas divulgadas por la NASA demostraron que el “rostro esculpido” en el desierto marciano no es otra cosa que la ilusión provocada por los efectos de la luz y la sombra sobre los accidentes del terreno en una hora determinada. Hace poco el doctor Alden Albee, científico del proyecto general de investigaciones en Marte, del Jet Propulsion Laboratory en Pasadena, California, mostró otras recientes fotos del mismo lugar donde ni siquiera aparece una figura al caer la luz del Sol en otro ángulo.

No es mi intención criticar a Hoagland, de la misma manera que tampoco la ciencia critica a Percival Lowell por creer en una civilización marciana. El entusiasmo en descubrir otra civilización cósmica los llevó a ver cosas inexistentes en la superficie del planeta rojo, al igual que los canales percibidos por Schiaparelli. La ciencia, como es justo en estos casos, no dio la espalda a tales pretensiones y se dio a la tarea de investigar el asunto. Esto demostró una vez más su flexibilidad, pues está muy lejos de ser rígida y mucho menos infalible. Al paso de cada descubrimiento comprobado ésta se autocorrige, se modifica, se actualiza y amplía su alcance investigativo.

Einstein había previsto que el universo se expandía, pero luego se retractó y basó todos sus cálculos posteriores en un universo teórico estático. Sin embargo, cuando visitó a Hubble y éste le mostró que el universo no era estático como el eminente científico pensaba, sino que se movía, se expandía realmente como el propio Einstein había pensado al principio, Einstein modificó todas las bases de sus cálculos y declaró que aquel hecho había sido “el gran fiasco de su carrera”.

Civilizaciones cósmicas

Aun cuando los OVNIs son sólo un producto de la imaginación y de ilusiones ópticas, tampoco se ha comprobado que estemos solos en el universo. Resulta necio, chauvinista y anti-científico creer que somos únicos, la única inteligencia cósmica. Caeríamos así en los tiempos cuando la iglesia manifestaba que nuestro planeta era el centro del universo y que todo giraba a nuestro derredor.

Aunque jamás nos encontremos con “hermanos de intelecto” en la inmensidad cósmica, la idea de que hay otras formas de vida es totalmente factible. Nosotros surgimos por el proceso natural de una nebulosa en formación y en el universo se forman continuamente nuevas nebulosas que, a su vez, forman nuevas estrellas por el calentamiento y la combustión de los gases que las componen. ¿Qué de especial tiene entonces nuestra estrella y la formación de todo nuestro sistema solar?

El filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804) conjeturó en 1755 que nuestra galaxia, la Vía Láctea, podía ser sólo una parte insignificante en un conjunto enorme de “universos-islas”, de los cuales serían otros componentes ciertos objetos clasificados como nebulosas. Tuvieron que pasar casi doscientos años para que fueran aceptadas las hipótesis kantianas y hoy sabemos que Andrómeda, por ejemplo, no debe ser considerada una nebulosa sino un verdadero “universo-isla”. Hemos de decir, sin temor a equivocarnos, que si el cosmos fuera un desierto como el Sahara, todo nuestro sistema solar sería en comparación un grano de arena; y si comparásemos al universo con todos los océanos de la Tierra, nuestro sistema solar sería una gota de agua. De ahí que debemos aceptar la posibilidad de que en rincones cósmicos lejanos pudieron surgir en algún momento condiciones semejantes a la nuestra: uno o varios planetas alrededor de una estrella, y que en alguno de ellos se produjera esa cadena maravillosa y fortuita de la evolución, y que ésta haya alcanzado el nivel de la inteligencia, lo cual es la opinión de muchos investigadores.

Pero no es tan simple. Por la ley de las probabilidades hemos de eliminar sistemas que, por sus condiciones generales o debido a características específicas, no pueden sostener la vida. Los cálculos del radioastrónomo Frank Drake (miembro de SETI[3]) con su famosa fórmula R*fpnefl fi fcL, constituyen hasta hoy el estudio más completo, lo que se acerca más a la realidad. Esta intrépida ecuación expresa el número de civilizaciones técnicas en nuestra galaxia, en términos de los factores necesarios para sostener vida inteligente. Los tres primeros factores son físicos: el grado en que se forman las estrellas, la fracción de esas estrellas que puede poseer planetas y el número promedio de planetas por estrella, capaces de mantener la vida. Los dos factores que siguen son biológicos: la fracción de esos planetas en la cual la vida puede surgir y desarrollarse, y la fracción de planetas donde la vida es inteligente. Los dos factores últimos representan la fracción de planetas con vida inteligente donde evolucionan civilizaciones que alcanzan alto nivel tecnológico capaz de comunicarse por medio interestelar y el ciclo de vida promedio de esas civilizaciones.

Según la fórmula de Drake, el número de civilizaciones que puede haber madurado lo suficiente para establecer contacto con nosotros es de mil (o sea, cada cien millones de estrellas por término medio poseen sólo una civilización). Drake basó su investigación sobre un posible contacto, en lo expuesto en 1944 sobre el rayo 21 del hidrógeno y comenzó a trabajar con las estrellas más cercanas a la Tierra (Tau Ceti y Epsilón Eridanii), pues éstas poseen sistemas planetarios similares al nuestro y dentro del diagrama espectro-edad son casi iguales al Sol. Sin embargo, es muy difícil establecer el número exacto de estos factores hasta su mínima expresión. Existen algunas razones que nos hacen suponer que el promedio de formación de estrellas en nuestra galaxia es diez, pero más allá de esta cantidad todo se hace especulación según nos adentramos más en el análisis. Sin embargo, intentemos paso a paso considerar los pros y los contras, y cuantificarlos.

Digamos que existe un trillón de cuerpos celestes situados muy lejos de sus estrellas (algo parecido a Plutón y con una estrella parecida a la nuestra), mientras que otros estarán demasiado cerca (como Mercurio) y otros poseerán órbitas demasiado excéntricas para permitir patrones confortables de temperatura. No obstante, hace algunos años la ciencia astronómica llegó a la conclusión de que tal vez existan alrededor de 640 millones de planetas similares al nuestro donde pudieron darse las condiciones apropiadas para una evolución parecida. Asimismo, aun cuando haya planetas cuyas órbitas estén mucho más alejadas de su estrella, sus condiciones estarán directamente proporcionadas al volumen y densidad de ésta. Por ejemplo, si pusiéramos en el lugar del Sol a una estrella azul que produjera alrededor de diez mil veces más luz y calor, la zona de vida activa se extendería de dos y medio a unas cincuenta veces la distancia de Plutón. Si, por el contrario, remplazáramos al Sol por una estrella roja más pequeña y más fría, que emitiese una decimosexta parte de la energía solar actual, entonces la zona de vida aceptable podría estar dentro de la órbita de Venus. Al mismo tiempo, la estrella no debe ser ni doble ni múltiple, pues en torno a tales astros no puede haber órbitas regulares y simples. Además, la estrella en cuestión tiene que emitir una radiación constante: no debe ser una estrella variable de gran amplitud ni una nova. Y el radio de la órbita planetaria debe mantenerse dentro de estrechos límites. Sólo de esta manera los mundos que giran alrededor de esas estrellas tendrán aseguradas las condiciones indispensables para la vida, a menos que las combinaciones químicas y los fenómenos físicos en sus atmósferas la hagan imposible.

A pesar de las semejanzas, la evolución de las especies varía extraordinariamente sólo al presentarse una pequeña diferencia inicial. La idea del antropomorfismo fue ya casi eliminada totalmente del confín científico (a menos del uno por ciento de probabilidades). El escritor polaco Stanislaw Lem llamó la atención hacia esa tendencia que él consideró errónea, por lo que quiso romper ese molde en sus dos obrasSolaris y Diarios de Kohn Tiki. Por su parte, Sir Fred Hoyle[4] opinó que es difícil o casi imposible creer que en otros rincones de nuestra galaxia o incluso en otras, exista una estructura química ordenada como en la Tierra. Y señaló algo aún más sólido: “Debemos esperar que haya una gran variedad de formas, aunque la variedad sea mucho menor que la esperada...”

Desiderius Papp[5] previó que en los mundos habitados no había criaturas iguales al hombre porque las condiciones diferentes de su medio las haría diferentes. “El peso, la estatura, el organismo y los sentidos del hombre guardan estrecha relación con las dimensiones, la gravedad y la distancia entre el Sol y el globo terrestre”, había dicho muy certeramente. Hoy está comprobado que la gravedad es lo que más influye en nuestro tamaño. Si la Tierra tuviese menos gravedad, nosotros y las demás especies seríamos mucho más altos como promedio, nuestros huesos más largos. De hecho, si los humanos logran establecer colonias en otros planetas con menos fuerza gravitatoria, los que a partir de ese momento nazcan en ese ambiente serán sin dudas más altos y estilizados. Con el correr de los siglos, se podrían considerar incluso una nueva especie.

En apoyo de estas opiniones, he aquí lo señalado hace dos décadas por el desaparecido Carl Sagan, quien fuera director del Laboratorio de Estudios Planetarios y poseedor del título David Duncan de Astronomía y Ciencias Especiales de la Universidad Cornell, de Ithaca, Nueva York, y premio Pulitzer de Literatura en 1978:

En otro planeta, con una sucesión diferente de procesos fortuitos como origen de la diversidad hereditaria y un medio ambiente distinto como motor para seleccionar determinadas combinaciones de genes, la posibilidad de encontrar seres que se nos asemejen físicamente es, en mi opinión, casi nula. Pero no lo es, en cambio, la posibilidad de hallar otra forma de inteligencia[6].

La vida puede conformarse de infinidad de maneras que no involucren a las proteínas ni a los ácidos nucleicos como el ADN. Ya nadie cree que la intrincada estructura del ADN es la única ruta hacia la vida y se sabe que existen otros elementos además del carbono (básicamente hay cuatro elementos considerados como “claves de la vida”: adenina, guanina, citosina y tiamina). Pero en el cosmos debe haber también elementos todavía desconocidos por nosotros. Tales elementos producirían formas de vida tan distintas, que entre ellas y nosotros habrá siempre un gran abismo. Jamás podríamos asegurar que aunque una civilización así sea inteligente y se desarrolle, siga nuestros mismos patrones de pensamiento.

A pesar de las posibilidades mencionadas, las limitaciones seguirán vigentes como una “espada de Damocles” sobre nuestra imaginación. Si continuamos observando los cálculos de la decantación o discriminación de rigor, veremos que sólo en un cuerpo planetario entre cuatro mil podrían surgir condiciones adecuadas para la vida que conocemos, y solamente una estrella entre más de doscientas posee un planeta como la Tierra. Pero este estimado podría estar muy por encima de la realidad si consideramos los descubrimientos astronómicos de la última década. Por ejemplo, se ha comprobado que aproximadamente el 90 por ciento de las estrellas nacidas en nuestra galaxia se encuentra en su núcleo. Esto hace pensar que igualmente el 90 por ciento de los planetas similares a la Tierra debe hallarse allí, si aceptamos una distribución equitativa (aunque no es así necesariamente, pues recordemos que todo depende del azar en las leyes del universo).

Aun siendo así, los núcleos de las galaxias son sitios muy violentos, de mucha actividad cósmica (cuásares, explosiones, púlsares, huecos negros y otra infinidad de fenómenos), lo que sin dudas representa un enorme peligro para cualquier civilización que surgiera en una región estelar de tal naturaleza. Sólo en los extremos de una galaxia como la nuestra, bien lejos del centro, las condiciones serán lo suficientemente tranquilas para permitir que la vida surja y se desarrolle a lo largo de miles de millones de años. Y a pesar de esta relativa tranquilidad, los aerolitos han hecho estragos en nuestro planeta desde su formación y siempre existirá el peligro de otro impacto de envergadura que pudiera borrar a la humanidad.

Como vemos, sobre la base de la fórmula de Drake el estimado continúa reduciéndose. Podríamos pensar que hay poco más de 60 millones de planetas en nuestra galaxia capaces de crear el tipo de vida que conocemos. Pero la decantación no termina aquí; el canal se hace aún más estrecho. De entre esos millones de planetas no todos harán surgir la vida y mucho menos la que luego pueda evolucionar raciocinio. De todas formas, ¿en cuántos de ellos sería tal fenómeno posible?

Asumamos por un instante que tales posibilidades de vida representen más o menos una regla general, por lo que el mismo proceso comenzó en diferentes momentos en varios sitios. De ahí se podría también asumir que hay una civilización en uno de cada 300 mil planetas en los que pueda realmente existir la vida. Si ese fuera el caso, nuestra galaxia poseería alrededor de poco más de dos mil civilizaciones. Pero, ¿cuántas de ellas podrán haber alcanzado un desarrollo tecnológico?

Después de diez mil años de haber aparecido el humano, su desarrollo tecnológico sólo surgió hace apenas doscientos años. Nuestra civilización no tecnológica sobrevivió a la tecnológica en el promedio de 50 a 1. Si suponemos de ahí que una de cada cincuenta civilizaciones de nuestra galaxia ha alcanzado un alto nivel tecnológico, habrá entonces poco más de cuarenta civilizaciones desarrolladas en la Vía Láctea. Desgraciadamente, esto es sólo una suposición aunque se base en un estimado lógico. ¿Descubriremos algún día una sola civilización como la nuestra luego de todos nuestros esfuerzos? Valdría la pena el contacto aunque fuese uno solo.

Pasemos al último punto: ¿Cuántas de esas supuestas civilizaciones habrán podido salir al espacio y/o enviar hacia el cosmos naves no tripuladas como hoy lo hace el humano? Este es uno de los puntos que hace difícil creer en la visita de cosmonautas extraterrestres y mucho más en un sitio tan apartado de nuestra galaxia como en el que nos hallamos. Esto no significa que cualquier civilización que haya surgido miles o incluso millones de años antes que la nuestra no posea hoy una tecnología espacial muy superior (asumiéndose que su esquema de raciocinio cumple nuestros mismos patrones). Pero también existe el peligro de que si esos seres desarrollados tienen un patrón de pensamiento como el nuestro, pudieron haberse destruido ellos mismos y haber destruido a su planeta antes de alcanzar un gran nivel de desarrollo.

Por otro lado, es lo más probable que esos planetas que puedan poseer vida desarrollada en nuestra galaxia se encuentren distribuidos al azar. Como promedio, podrían estar separados entre 45 y 50 años-luz, por lo que aquellos donde vivan civilizaciones con alta tecnología estarán distantes entre sí a más de 13 mil años-luz, incluida la Tierra. Esto reduce casi al mínimo la posibilidad de “visitas de vecinos”, y mucho más fantástico sería pensar en flotillas viniendo por acá a cada rato. No obstante, sugiero firmemente a los creyentes en OVNIs que se limiten a nuestros confines; es demasiado pretensioso pensar en viajeros extragalácticos.

Pero hagamos alguna concesión: consideremos que las distancias ya no sean obstáculo para una tecnología inimaginable por nosotros, que esa supuesta civilización haya encontrado un modo “rápido” de viajar por el espacio. Pero si una civilización ha logrado una tecnología que le permite atravesar las distancias cósmicas de la misma manera que hoy nosotros atravesamos en avión el área del Océano Pacífico, surge entonces otro aspecto a considerar: ¿Seremos tan importantes como para producir interés en un contacto?

Comunicación con las estrellas

Es lógico suponer que cualquier civilización esté siempre interesada en hacer contacto con otra después de descubrirla entre los vastos rincones siderales. Sería, más que una curiosidad, una obligación científica. Pero recordemos que esta opinión se basa en nuestros esquemas de pensamiento. Nuestros científicos astronautas reaccionarían de esa manera; no obstante, ¿pensarán así otros viajeros siderales?

Desde principios de los años 60 se vienen realizando investigaciones y se han creado hipótesis con la esperanza de recibir algún día una comunicación del exterior por parte de otros seres racionales igualmente deseosos de lograr este tipo de contacto. Fue el científico ruso Yosif Shklovsky quien llamó “milagro cósmico” a los fenómenos de escala cósmica que no pueden producirse por sí mismos y no pueden ser explicados por nuestra ciencia, lo cual indica que puede tratarse de manifestaciones de una actividad ingeniera. Este “milagro cósmico” impulsaría de modo extraordinario el desarrollo de nuestro planeta en todos los campos que se conocen y en otros todavía ocultos para el humano. Sin embargo, si existe una actividad ingeniera en nuestra vecindad cósmica, ésta no ha sido advertida por los astrónomos y radioastrónomos de la Tierra. No obstante, en el cosmos hay cosas que no son visibles y sin embargo existen (los huecos negros no pueden verse y hemos descubierto que están ahí y se mueven, giran, se tragan todo lo que se acerque demasiado; al igual que la llamada sustancia oscura, que tampoco es visible).

Por consiguiente, el hecho de que no se haya detectado una actividad ingeniera extraterrestre tampoco significa que nuestro raciocinio sea el único en la galaxia. Los equipos de observación de la Tierra son todavía pobres para una empresa de tal magnitud a pesar de los logros tecnológicos actuales, y no hemos podido escudriñar todo el diapasón posible de ondas entre los miles de millones de estrellas de nuestra galaxia.

Para hacer un poco de historia en este tema, en 1971 la ciencia aceptó definitivamente no sólo la probable existencia de vida superior inteligente en el cosmos, sino que también se dio a la tarea de encontrar a toda costa la forma de comunicarse con los científicos de esas “supercivilizaciones”. Fue en el Simposio Internacional celebrado ese año en Biurakán, Armenia, entonces república de la URSS, el cual llevó el nombre de Problemas de la Comunicación con Civilizaciones Extraterrestres, donde tomó parte la mayoría de los astrónomos, físicos, radiofísicos, astrofísicos, biólogos, lingüistas, filósofos, especialistas en investigaciones espaciales, en teoría de comunicaciones, en cibernética y otros que se dedican a la búsqueda de vida inteligente fuera de nuestros confines. Esta conferencia fue organizada por la entonces Academia de Ciencias de la Unión Soviética, la República de Armenia y la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, bajo un acuerdo soviético-estadounidense firmado un año antes, a pesar de las vicisitudes de la “guerra fría”. El astrónomo Viktor Ambartsumian, director del observatorio astrofísico de Biurakán y presidente de la Academia de Ciencias de Armenia, señaló que el descubrimiento de la primera civilización del exterior será de una significación inmensa para el destino de la humanidad terrestre.

En 1982 se celebró, también en la antigua URSS, el Simposio Nacional “Búsqueda de la vida racional en el universo”, en la ciudad de Tallin, capital de la entonces República Socialista Soviética de Estonia. Esta segunda gran reunión sobre cómo comunicarnos con seres inteligentes del cosmos, constituyó una continuación del simposio de Biurakán y agrupó a más de ciento cincuenta científicos procedentes de Moscú, Leningrado (hoy San Petersburgo), Gorki, Kiev, Járkov, Tartu, Vilna y de la propia Tallin. Participaron como invitados investigadores de Estados Unidos, Francia, Hungría, Bulgaria, Polonia y Japón.

El interés por la búsqueda de nuestros hermanos de raciocinio se incrementó considerablemente luego del simposio de Biurakán. La propia participación en Tallin fue más amplia y sus discusiones más ricas y profundas. Poco tiempo después la agencia de noticias TASS difundió un comunicado sobre señales captadas e investigadas por el astrónomo Nikolai Kardashev. Varios astrónomos moscovitas declararon entonces que las señales estudiadas, provenientes de un cuerpo situado a cinco millones de años-luz y bajo la clasificación CTA-102, podía proceder de seres inteligentes con una civilización muy avanzada. Los investigadores del Instituto Astronómico Sternberg pensaron que tal vez era la primera prueba de que no estamos solos en el universo y alguien trataba de comunicarse con nosotros. Sin embargo, poco después se detectó que eran impulsos lanzados por una estrella pulsante.

En 1964 el doctor Kardashev había formulado una nueva base concreta para la captación de señales de otros mundos que podrían estar habitados. Expuso que, al poseer un potencial mucho mayor que el nuestro, una civilización podría enviar señales de intensidades extraordinarias, de carácter continuo, en cualquier dirección y en un flujo compacto. De esta forma, nuestros equipos receptores/transmisores no tendrían que limitarse a trabajar en una longitud de onda determinada, sino que podrían operar en el rango de frecuencia más amplio posible para cubrir así todas las regiones interestelares óptimas para la intercomunicación (se ha planteado que esta señal electromagnética hipotética presentaría características muy similares a las radiaciones cósmicas naturales que se exploran por los métodos ortodoxos de la radioastronomía).

Ha sido sólo en el transcurso del último cuarto de siglo que se hizo posible lograr un acercamiento científico mayor al problema. Son los grandes éxitos actuales de la radioastronomía los que estimulan la idea de establecer un vínculo intersideral por ondas, idea que se ha convertido en factor esencial en la investigación sobre la existencia de grandes civilizaciones extraterrestres. La ciencia señala que nosotros debemos, en correspondencia, enviar esas señales al cosmos para alentar esta iniciativa y lograr que nuestros mensajes sean recibidos y respondidos, aun cuando la respuesta demore milenios.

Robert Dixon, director del observatorio de Radio OSU y a cargo del proyecto Big Far Search[7], estima que lo primero es saber “si ellos están allí, si existen realmente y si son lo suficientemente desarrollados para poder recibir nuestras señales, comprenderlas y transmitir una respuesta. “No buscamos por ahora un diálogo,” ha dicho Dixon, “sería demasiado pretenderlo porque las respuestas tardarían miles de años entre una y otra. Es sólo un monólogo lo que pretendemos, un monólogo para saber si están allí y lo escucharán...”

En la VII Conferencia Nacional de Radioastronomía de la antigua URSS, se presentó el proyecto de un programa para las comunicaciones con civilizaciones extraterrestres, a iniciativa del astrónomo checoeslovaco R. Pešek, bajo el nombre de CETI[8]. Allí se recordó que el primer intento de comunicación con seres del exterior había sido realizado en 1960 por Frank Drake, creador del primer equipo de aparatos de búsqueda de radioseñales de “las estrellas civilizadas”.

En el rayo Láser se halla también una vía comunicativa en el abismo interestelar. Los haces de luz muy brillantes producidos por el Láser, casi paralelos a la perfección, no existen de esa forma tan precisa y afinada en la naturaleza --a diferencia del ruido de la radio--, por lo que una luz así sería percibida con claridad suficiente sobre el fondo cósmico. Las civilizaciones muy avanzadas podrían, de alguna forma, modular la luz incluso de toda una estrella para que ésta se encienda y apague como un faro cósmico. Se ha señalado que algunas fluctuaciones lumínicas podrían ser artificiales, que el espacio puede estar lleno de señales que aún nosotros no somos capaces de interpretar.

Todos los investigadores en este campo de búsqueda incesante tienen mucha esperanza igualmente en la astronomía infrarroja, la cual se ha venido desarrollando con rapidez en los últimos años. Cuando una civilización haya construido alrededor de su astro central una biosfera artificial, ésta tendrá que emitir, por fuerza, los rayos infrarrojos que corresponden a su temperatura, la cual deberá ser aproximadamente a la media de la superficie terrestre, o sea, 300 grados Kelvin. Es por ello que esta civilización tiene que ser observada por los astrónomos como una fuente fija de rayos infrarrojos.

Es posible que astronautas de civilizaciones desarrolladas estén viajando desde hace tiempo por la zona del universo que nosotros observamos y que ejerzan ahora, en gran escala, su influencia sobre los fenómenos naturales que se producen en esa parte del espacio interestelar. A pesar de que una gran cantidad de fuentes de rayos infrarrojos descubierta por nuestros observadores ha resultado ser de origen natural, la posibilidad de captar señales radioeléctricas creadas por civilizaciones como la nuestra presenta un interés particular.

Por otra parte, debemos concebir que cuando los receptores de rayos infrarrojos de la Tierra se sigan desarrollando y se hagan más sensibles, descubriremos muchas más fuentes. Entonces, si descubriéramos una fuente artificial emitida por seres inteligentes en nuestra galaxia, ésta sería una manera de informar sobre su existencia al resto de los seres racionales de la galaxia; estaríamos en presencia de un púlsar[9] artificial, una especie de radiofaro.

La comunicación interestelar será un proceso muy largo; estará siempre limitada a la velocidad de la luz, al menos durante muchos siglos para el humano. De todas formas, un mensaje nuestro tardaría miles de años en llegar a un sitio cósmico lejano y su respuesta nos llegaría luego de otros miles de años. Los descendientes de los que enviaron el mensaje tendrán la responsabilidad de recibir y decodificar esa respuesta.

El físico Paul Horowitz, del proyecto META-BETA de la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts, opina que entre la luz, las partículas y las radioondas, estas últimas son las más adecuadas para enviar nuestras señales hacia el cosmos, entre ellas las microondas. Horowitz está convencido de que existe vida inteligente en algún rincón de nuestra galaxia. Opina que de cien a uno son las posibilidades de que la comunicación interestelar podría estar ocurriendo ya en algún sitio de la Vía Láctea y que algún día nosotros formaremos parte de esa intercomunicación y la humanidad dejará de estar aislada en el universo.

El físico norteamericano Phillip Morrison señaló:

La naturaleza misma de la combustión de las estrellas y los gases en el cosmos producen mucho ruido en las frecuencias más bajas y en las más altas. En un rango de miles de megahertz, un lugar medio entre ambas frecuencias es el lugar indicado para la escucha, pues es aquí donde el ruido es mínimo”.

Morrison es un apasionado de la búsqueda de mensajes cósmicos y opina que es algo parecido a una llamada telefónica de larga distancia, pero no será una llamada personal ni una llamada de estación a estación: ¡Será una llamada entre especies!

Como es de esperarse, existen todavía opiniones muy diversas sobre este asunto, pero aparte de las elucubraciones y sueños es importante señalar que todos los científicos que hicieron cálculos no solamente con la fórmula de Drake, recibieron resultados positivos acerca de la posible existencia de vida inteligente en el cosmos, de una forma o de otra.

Sólo en el aspecto de la información, hasta hoy se han establecido cuatro formas principales de obtenerla y enviarla de regreso hacia sus remitentes:

Fantasías aparte, en este último caso se ha planteado que existen tres tipos de contactos directos o cercanos:

  1. Encuentro cercano de primer tipo (la observación),
  2. Encuentro cercano de segundo tipo (la evidencia material),
  3. Encuentro cercano de tercer tipo (el contacto físico).

Ya el ser humano dio un paso importante para darse a conocer en el cosmos: mediante naves no tripuladas. El envío de la estación automática Pioneer 10 y de la sonda Voyager I, robots viajeros enviados a realizar observaciones durante su paso muy cerca de Júpiter. Ya han abandonado el sistema solar y se han sumergido en las profundidades del espacio interestelar. Representan la primera salida exploratoria del humano por la galaxia. De no ser interrumpido, este viaje continuará tal vez por miles y miles de años hasta que alguna inteligencia superior descubra a estos viajeros metálicos y los reciba como mensajeros de un mundo incógnito. La Pioneer 10 se desplazará hacia las estrellas más cercanas con una velocidad de diez a veinte kilómetros por segundo, lo cual significa que entrará en esas regiones estelares sólo dentro de centenares de miles de años. Por otra parte, el lector no debe abrigar dudas de que la biotécnica resolverá el problema de los largos viajes interestelares en las futuras naves tripuladas. El tiempo de estos viajes podrá ser medido con la misma escala a que está sometido el proceso normal de envejecimiento de los astronautas (se utilizará algún sistema de hibernación).

Los fenómenos biológicos de un contacto

La información sobre este aspecto ha sido una y otra vez distorsionada, influida tal vez por la “licencia artística” que disfrutan los creadores literarios y cinematográficos. Esta licencia es válida, por supuesto, mas sólo en el predio de la ficción, pero los medios masivos de comunicación se han hecho eco de la irrefrenable imaginación de muchas personas debido a su desconocimiento de la ciencia. Mientras más especulaciones fantasiosas y declaraciones sensacionalistas aparezcan publicadas, continuaremos alejándonos más de la realidad.

Aparte de lo absurdo de los “secuestros”, como se mencionó antes, en las descripciones de encuentros con extraterrestres éstos son siempre presentados sin trajes espaciales hermetizados, algo por entero insólito. ¿Cómo es posible que formas de vida nacidas bajo las condiciones de otros mundos puedan respirar nuestra atmósfera y soportar la misma presión atmosférica de la Tierra? ¿Cómo puede concebirse que pueda llevarse a cabo tal contacto físico sin que se produzca un serio problema bacteriológico para ambas partes? ¿Cómo es posible que nadie piense en esta ley universal que nos rige a todos y crea automáticamente en tales declaraciones? Da por pensar que todo el que es capaz de creer en contactos así, es también capaz de creer en vampiros, en fantasmas y en hadas, temas muy atractivos para el horror y para el tema Fantástico.

Si un tipo directo de encuentro fuera a realizarse en un futuro, tendríamos que tomar las medidas más extremas y deliberar con cuidado un sistema riguroso de control internacional, pues los peligros derivados de un contacto así pueden ser tan enormes como los conflictos nucleares y las armas bacteriológicas (de hecho, un organismo de otro mundo que se nos acerque sin la necesaria protección, constituye un arma bacteriológica). Nada sabemos del daño que pueda causarnos el exponernos a un medio totalmente ajeno ni el que nuestra atmósfera, a su vez, pueda causar a los visitantes.

H. G. Wells, en su obra La guerra de los mundos, advirtió acerca de este peligro. Sus “marcianos” perecieron bruscamente luego de hallarse varias horas al contacto con nuestra naturaleza. Sólo faltó que a los personajes terrestres que se hallaron cerca de ellos les hubiese ocurrido lo mismo por cualquier virus o bacteria traídos por los invasores. Las bacterias constituyen una de las preocupaciones más importantes en la astronáutica. Aquí mismo en nuestro planeta, los europeos exterminaron con la gripe a pueblos enteros tanto en América como en las islas de los mares del sur y fueron, a su vez, flagelados desde América con la sífilis.

¿Estamos preparados para ese contacto?

Konstantin Tsiolkovsky, padre de la astronáutica soviética, puso de relieve que el cosmos engendra en sus entrañas la fuerza que lo gobierna; la más poderosa de todas las fuerzas de la naturaleza. Se llama la razón.

Por desgracia, los esfuerzos de un grupo de humanos por desarrollarse en paz se han visto siempre forzados a coexistir con la irracionalidad de otros. Los hechos de barbarie no pertenecen sólo al pasado de las sociedades feudales y el Oscurantismo. Continúan ocurriendo ahora, al reciente despertar del siglo veintiuno. El escritor norteamericano Robert E. Howard, en su obra Más allá del Río Negro, expresó que la barbarie era el estado natural de la humanidad y la civilización, en cambio, era artificial; un capricho de los tiempos. Howard opinó que la barbarie triunfaría siempre al final. A pesar de lo complejo de la personalidad de Robert Howard y, de ahí, de su perspectiva pesimista, la aserción no está lejos de la realidad. Tendríamos que hacernos esta pregunta: ¿Entregaría usted un arma cualquiera a un demente o a un salvaje primitivo? El ser primitivo no sabría cómo utilizarla y quizás no tendría intenciones hostiles hacia nosotros, pero no por ello dejaría de existir el peligro de que accionara el disparador por accidente. En cuanto al demente, está de más el comentario.

Al analizar la posibilidad de un contacto directo con miembros de otra civilización cósmica, aparte del peligro biológico mencionado, nadie puede predecir cuál será la actitud de ellos hacia nosotros. Pero sí podemos predecir cuál podría ser la nuestra. Se diría que ya está programada; naturalmente, frente a un peligro desconocido debemos estar preparados para defendernos. Sabemos cómo actuarán probablemente las fuerzas armadas de la inmensa mayoría de los países, temerosos de que “su seguridad nacional esté en peligro”. Todos los científicos del mundo tendrían la responsabilidad de intentar controlar los desafueros militaristas (Carl Sagan opinó que una visita extraterrena no sería muy agradable). Por una parte, estamos deseosos de entablar un contacto así y por medio de los radiotelescopios escrutamos el firmamento en busca de una señal para entonces responderla y hacer una invitación; por la otra, seríamos capaces de atacar a cualquier visitante sin previo aviso. ¿Qué sentido tiene entonces enviar una invitación? (La película Starman aborda esta cuestión).

A pesar de ello, la mayoría de los científicos relacionados con este campo es optimista. John Michell afirmó en cierta ocasión que “nuestro futuro contacto con la vida extraterrestre se producirá sin duda de manera tan gradual, que cuando llegue el momento de afrontarla abiertamente, ya nos hallaremos condicionados para asimilarla y recibirla”[10]. Agradecemos a Michell su punto de vista tan esperanzador, pues esa condición para la humanidad sólo puede significar que habría desaparecido de la Tierra la filosofía belicista. Este hecho sería esencial para que una civilización más avanzada que la nuestra se atreva a poner en nuestras manos un poder tecnológico nuevo que el humano podría utilizar en su propia destrucción (aunque ya en estos momentos no es necesario que nos llegue un poder destructor del exterior para poner en peligro nuestro mundo. Hoy la humanidad posee el poder suficiente para destruir varias veces su planeta).

Hace algunos años, el científico estadounidense Linus Pauling comentó que si se empleaba entonces sólo el diez por ciento de la existencia total de armas nucleares (32 mil megatones en 1964) en una guerra relámpago, sesenta días después de ese solo día de guerra y abarcando a Europa, a gran parte de Asia y a Norteamérica, de los 800 millones de seres humanos que habitaban entonces esas regiones, 720 millones habrían muerto, 60 millones estarían gravemente heridos y los 20 millones que quedasen con heridas y daños menores tendrían ante sí el dilema de la destrucción completa de todas las ciudades, medios de comunicación y transporte, así como la desorganización completa de la sociedad, la muerte de todo el ganado y una intensa contaminación radioactiva de todas las aguas y de todo vegetal y grano. Ello significaría en muy corto tiempo el fin ulterior de esos sobrevivientes.

Esto fue predicho en 1964. Ahora, al entrar en el siglo XXI, podemos predecir, sin temor a equivocarnos, la muerte instantánea de todo vestigio de vida en la Tierra en menos de 48 horas. En la actualidad, la potencia de los arsenales nucleares del mundo sobrepasa los 50 mil megatones de trinitrotolueno (TNT), y si consideramos que un megatón equivale a un millón de toneladas, esta potencia permitiría hacer estallar más de 600 mil Hiroshimas [11].

De nuevo, otra pregunta inevitable: ¿Querrán seres desarrollados comunicarse y tener contacto directo con nosotros mientras subsistan en la Tierra todos estos peligros, toda esa agresividad? No olvidemos que el principio que rige a toda comunidad social, científica y técnicamente avanzada nunca debe ser el de la violencia.

Sin embargo, el concepto de civilización no es tan simple. En nuestro esquema, una civilización es “una sociedad de seres inteligentes con una o más formas de comunicación que ha desarrollado una tecnología avanzada como la de los humanos, o aun más sofisticada, y que posee una conciencia individual y social”. Pero esos seres deben poseer, al mismo tiempo, nuestros mismos esquemas y patrones de pensamiento, o al menos bastante cercanos a nosotros en ese aspecto. De no ser así, quién sabe cómo nos verán, cómo pensarán y cómo podrían actuar.

Es menester poseer un conocimiento básico de todas estas cuestiones con el fin de dar una respuesta adecuada, según el caso. La investigación de la naturaleza exige una mezcla de intuición, comprensión y escrutinio. Pero al mismo tiempo las reglas estrictas que debemos seguir requieren de pesquisa y comprobación. La ciencia nos exige coraje para explorar lo intrincado, lo sutil, lo imponente de este universo que habitamos, con una nueva luz y sólida perseverancia. He ahí la garantía más confiable que tenemos para resolver los problemas prácticos que aún afrontamos y modificar nuestras teorías cuando se requiera.

Después de millones de años de Historia ha habido sólo una generación privilegiada para vivir este momento único de transición hacia la verdad: la nuestra. Nuestra generación ha tenido la suerte de haber nacido en tiempos de desarrollo científico y técnico con cuyas herramientas puede salir de la ignorancia y la superstición. Hemos descubierto muchos caminos dentro del intrincado dominio de la Física, donde las ideas pueden ser valoradas y comprobadas con precisión. La Física se basa en la Matemática y la consistencia de éstas es la lógica. A ese nivel, la Matemática representa un sistema completo y lógico donde no hay lugar para las relaciones no causales de la metafísica y donde, más tarde o más temprano, aparecerán las explicaciones comprobadas de todo. Y el método más rápido y efectivo para alcanzar esa meta es buscar esas reglas y leyes; la mejor manera para comprender nuestro universo y nuestro papel en él. Es el escrutinio escéptico el que separará e identificará la racionalidad de lo absurdo.

La pseudociencia carece de lógica, de la misma manera que la magia, los sueños y lo fantástico. Pero hoy vivimos en la Era Cósmica, brillantemente inaugurada por el Sputnik I en 1957 y el vuelo del cosmonauta Yuri Gagarin el 12 de abril de 1961, que marcó en la historia la primera presencia del ser humano en el espacio estelar. A partir de ese hecho nuestro medio dejó de limitarse al mundo que nos rodea; hoy todo ese mundo a nuestro derredor es el universo en toda su extensión, por lo que no deberíamos permitir que la concepción del mundo continúe siendo dictada sobre bases mitológicas, mistificaciones o por dogmas políticos.

Empero, tanto la ciencia como la religión son cuestiones de fe. La ciencia es mi fe, y esto hace de mí un evolucionista. Para los evolucionistas los milagros no existen, sin embargo, ¿quién puede negar que la mera existencia del universo constituye un milagro per se? No deberíamos limitarnos a decir que el universo simplemente es, que siempre estuvo ahí. Nos inclinamos a creer que tuvo que existir un comienzo, pues todas las cosas tienen un comienzo; por consiguiente, algo debe haber creado al universo. Esto nos lleva entonces al tema de la creación y debemos reconocer que la creación es todavía un misterio.

No podemos pretender que lo sabemos todo. Pretender eso es arrogancia. Darle a algo un nombre como “la Gran Explosión” y pensar que tenemos la explicación para ello no resulta una buena lógica después de todo. Fuera de nuestros pensamientos científicos racionales existe un área de conciencia, quizás más importante que la ciencia misma. Porque si el universo nació de una gran explosión, fue creado por esa explosión. Entonces, la típica pregunta científica sería: ¿Qué creó la explosión que creó al universo?

Al hacerse más profunda la conciencia científica se incrementará la desconfianza en cualquier tipo de autoritarismo y ante nuestros ojos se abrirá un universo mucho más rico. Muy lejos han quedado la Edad Media y la época egocéntrica; sin embargo, no hemos alcanzado todavía la adecuada conciencia para comprender nuestro universo en toda su magnitud. La gente sigue siendo arrastrada por mitos y es menester comprender de una vez y por todas que si ignoramos algo que se nos presenta misterioso e inexplicable, eso no lo convierte necesariamente en “sobrenatural”. De hecho, los llamados “fenómenos sobrenaturales” no existen; es que, simplemente, no hemos descubierto aún de qué se tratan.

Algún día, en un futuro lejano o cercano, nuestros avances científicos y técnicos irán sacando a la luz, paso a paso, de una manera natural y lógica, todo lo que hoy nos parece misterioso y enigmático. Nada puede hacer inútil el quehacer científico. Los avances de la ciencia convierten cualquier especulación en algo menos especulativo. Desde hace algún tiempo se ha venido desarrollando la Parapsicología, rama de la ciencia cuyo propósito es hallar la explicación científica de ciertos hechos todavía desconocidos y que nos parecen misteriosos. Mas ningún “misterio”, ninguna “hechicería”, ninguna “magia” puede desafiar las leyes de la naturaleza, que son las leyes que rigen el universo entero; en fin, las leyes físicas. Durante cuatrocientos años, desde los tiempos de Galileo, la ciencia ha procedido siempre como una pesquisa abierta y profunda dentro de la maquinaria de la naturaleza. Ese ha sido el mayor triunfo del espíritu humano en el marco de una búsqueda de siglos para comprender el universo de una manera científica.

La única manera de comprenderlo en toda su vastedad.


[1] Editorial Gente Nueva, La Habana, 1991. [↑volver]

[2] Cita de Goals for Americana, 1960. [↑volver]

[3] Las siglas en inglés significan Búsqueda de Inteligencias Extraterrestres.[↑volver]

[4] Véase Frontiers of Astronomy. [↑volver]

[5] Véase Los mundos habitados. [↑volver]

[6] Véase Broca’s Brain (p. 73). [↑volver]

[7] “Gran Búsqueda a lo Lejos”. [↑volver]

[8] Comunicación con Inteligencias Extraterrestres. [↑volver]

[9] Estrella pulsante (la palabra se forma del apócope entre las palabras inglesas pulsant star). Son cuerpos celestes de los que se reciben impulsos radioeléctricos alternados con intervalos de silencio , al contrario de las estrellas variables, cuya intensidad cambia sin interrupción del mínimo al máximo. Las emisiones de los púlsares conocidos tienen lugar dentro de una gama de frecuencias comprendida entre cincuenta y mil MHz; los períodos van desde un mínimo de 0,033 hasta 3,7 s. Los púlsares son estrellas de neutrones que se han originado como resultado de la explosión de una supernova. [↑volver]

[10] Véase Los platillos volantes y los dioses. [↑volver]

[11] Léase el discurso del escritor colombiano Gabriel García Márquez en la “Reunión de los Seis”, celebrada en Ixtapa, México. [↑volver]

Literatura citada

Collins, Tony. “Strange sightings”. The Telegram, St. John’s [Terra Nova], January 30, 2005 (p. B-9).

Frank, Eduardo. Los dioses astronautas. La Habana, Editorial Gente Nueva, 1991. 

Hancock, Graham. The Mars Mystery. Toronto, Seal Books, 1998.

Hoyle, Fred. Frontiers of Astronomy. New York, Mentor Books, 1957.

Michell, John. Los platillos volantes y los dioses. Barcelona, Ed. Pomaire, 1967.

Papp, Desiderius. Los mundos habitados. Barcelona, Ed. Iberia, 1949.

Sagan, Carl. “Night Walkers and Mystery Mongers: Sense and Nonsense at the Edge of Science”, en Broca’s Brain, Londres, Coronet Books, 1980 (p.73).


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