La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO V - UNA CIUDAD DEMASIADO LEJOS

Orientaron hacia el este. Ignoraba Funes si dirigiéndose hacia allí encontraría la puerta imaginaria de aquella inhóspita tierra, mas no avizoraba otra salida. Además, tras la caída de la avanzada, los indios deambularían por el territorio, por lo que cualquier abandono de la región se hizo ineluctable.

¡Oh, el terrible momento en que avistaron una partida de indios retozando por el páramo, y tuvieron que ocultarse, y sintieron los cuerpos sudorosos tan cerca, que podían oler su hediondez! Y oyeron los aullidos, las risotadas, y vieron sus torsos desnudos y sus lanzas emplumadas. Llegó la noche, menos calurosa que el día, pero calurosa también, y Funes detuvo el transporte bajo un árbol para dormir.

Pasó un día, después otro. El cielo, en la noche, al fin se resquebrajó y liberó su carga. Pero inoportuna fue también esta condición, pues el diluvio los sorprendió forzando el atascado carruaje para superar un riacho. La lluvia, cerrada, abundante, pronto empapó las reses, al adulto y a los niños, hambrientos todos aún. ¿Cuándo saciarían satisfactoriamente su hambre? El agua le llegaba a Funes arriba de la cintura, y aún más rebosante la experimentaba Facundo, posicionado a un lado de la rueda.

Bajo las refulgencias, los mansos bueyes, adentrados en el riacho, se ofuscaron y negaron su colaboración. Dieron una espantada en el instante en que Funes intentó asirlos. Logró sujetarlos; no obstante los animales se mostraron insuficientes para hacer girar una de las ruedas, enclavada en el fango.

Funes compelió a Facundo para que se colocara frente a los cabestros y tirara de las riendas, mientras él intentaba, con todas las fuerzas que podía poner, liberar el disco. Tironeó: la rueda giró, lentamente, en tanto Facundo obligaba a los bueyes para que anduvieran. Pronto el vehículo se vio libre. Pero el ascenso del desnivel, desde el cauce hasta el plano, demandó de otro hercúleo esfuerzo por parte de Funes. El hombre empujó desde el fondo, resbalando en el lodazal. Casi estuvo a punto de desmoronarse y sufrir el transporte sobre él en el momento en que cedió enteramente y retrocedió, unos pasos. Sólo el grueso porte de los rumiantes evitó el aplastamiento.

Amanecía. El transporte crujía y las bestias mugían lúgubremente a cada paso. Al fin, las difusas líneas de una construcción rústica, formada por maderas y paja, surgieron en medio de la desolación. Funes detuvo el carro a la distancia, pues aún estaba oscuro, y era dable que los sentidos, en un cuerpo fatigado, falto de sueño y de bocado, fueran más falibles de lo que podían serlo usualmente.

—Mire, señor —dijo Facundo, con renaciente alegría—: una posta. El camino correrá a su lado.

El hombre, con muestra de cansancio, giró una vez más hacia el mocoso, a fin de azotarle. Bajó la vara unas tres veces, hasta que volvió su cuerpo hacia el frente. No escuchó tampoco, en esta ocasión, gemidos ni sollozos del chiquillo. Éste, en el acto de la flagelación, sólo se inclinaba, tapaba su cabeza y le oponía la espalda o el flanco y, pasada la golpiza, giraba sin muestras de sufrimiento o de rabia en el rostro, ni agitación. Parecía haber consentido, sin otro remedio, el mal genio del sujeto como para afligirse ante cada explosión de su temperamento.

—¡Cállate, imbécil! —ordenó Funes—. No estés tan dichoso, pues hasta aquí habrás llegado si se trata de una posta. ¡Te haré bajar por la fuerza de la carreta si te resistes, y en el lugar te dejaré!

—Conozco por los viajes que hizo mi tatita —prosiguió el infante, como desoyendo la amenaza arrojada por el famélico hombre—, que nos hallamos en San Luis. Más adelante, encontraremos el camino que lleva a Buenos Aires, pues ése se bifurca, uno hacia aquí y otro hacia el Cuyo.


Cuando emergieron de la parada, no lo hicieron con dos bueyes. Una flamante pareja de cabestros con cencerros había sido sumada, de modo que la tropa ascendía a cuatro brutos. ¿Cómo había obtenido el miserable Funes los dos animales?

Los viajeros se habían detenido en la posta, un rancho misérrimo donde otras carretas se detenían. En razón de esto, el tugurio estaba saturado de peregrinos. El producto de la cebada y el aguardiente eran arraigadamente gratos al paladar de los circunstantes. Extendida la embriaguez, las pláticas se tornaban fuertes en el recinto, y las ligeras risas, carcajadas. Era habitual que los viajeros pernoctaran en la posada y se deslizaran hasta la fonda antes de retirarse a sus aposentos. Arraigado en la campaña era el juego de naipes llamado “truco”, en el que cada contendiente hacía gala de artimañas y falsedades, a fin de embromar al rival, y dejarlo con lo puesto.

Funes descubrió en la posta a un tropero engreído y matrero, que estaba encaramado en el mostrador de la pulpería, embriagado de ginebra y de arrogancia. Este, tras haber atropellado a cuanto desgraciado había en el boliche, lo desafió a una partida que el aparcero no pudo evitar so riesgo de ser tildado de morao. Pero Hilario aprovechó la borrachera de su rival tanto como la maña en la mezcla y en el reparto de los naipes.

El tropero pendenciero arriaba una yunta de seis bueyes hacia Mendoza y, entonado, tras varias partidas perdidas, sin darse cuenta del paquete, se quedó sin un cobre. No colegía que su adversario lo envolvía y lo incitaba para que bebiera copa tras copa.

—Beba, cuñao —díjole Funes, con estudiado gesto de mansedumbre—, beba, porque ya se me va acabar la suerte, y usted me va a dejar tocando tablas[3].

El bruto, echándole culpas a la azar, carraspeó y le dijo con voz pastosa:

—¡Ay, gaucho sotreta! ¡Dos gueyes te apuesto de los que llevo a Mendoza! Y ansina que viá pelarte como gallina.

La apuesta fue aceptada. El entrevero de cartas escondía, también, recelos legendarios entre los naturales de una marca y de otra, en un país que se caracterizaba por una miseria más o menos uniforme.

Con todo (gracias a trampas como marcar los naipes y, en forma disimulada, sacar dos cartas en lugar de una), Funes se alzó con el premio. Para la mañana las reses estaban aparejadas y acolladas en la delantera de la tropa. En razón de esto, cuando Facundo lo encontró, el gaucho estaba exultante de gozo, orgulloso de los bueyes para el tiro de la carreta. Tal oportuna complacencia, como el pronosticado recupero del sendero, le habían hecho olvidar la amenaza dirigida al huérfano respecto a abandonarlo en la posta. Advirtió Facundo que el gaucho era de espíritu volátil, y podía oscilar con facilidad entre el júbilo más risueño y la ira más encendida. Ahora estaba en el primer estado, cuando escasas horas antes había estado dominado por el segundo. Pero la verdadera razón radicaba en que el paisano, superados los reveses primigenios, ahora se deleitaba a cuenta con la idea de los cobres que recibiría cuando hiciera entrega del crío a su acaudalado tío en Buenos Aires.

—Y tu tío —le interrogó, sonriente, placenteramente encaramado en el pescante y golpeando con la vara a la tropa—, cuando lleguemos, ¿me pagará por haberte llevado?

—¡Sí, señor! —afirmó el chicuelo, con una convicción sin fisuras—. ¡Le dará lo que pida! Porque él es un hombre muy, muy rico… Ya se lo dije.

Y cantó Funes esta canción popular:


“Allá va, cielo y más cielo
Cielito de la cadena
Para distintos placeres
Es preciso sentir penas”


Las semanas se sucedieron. El infecundo páramo ardía bajo el implacable sol, y parecía que las bestias iban a desmoronarse bajo el azote. Deambulaban lentamente, con las bocas resecas. La carreta oscilaba en el yermo erial. Las ruedas chirriaban y los cascos sonaban secamente en el pedregullo.

En tan candente hora —la del mediodía—, Funes había dispuesto a Facundo en el pescante del transporte y le había encomendado la conducción del carruaje mientras él se echaba a dormir la siesta en el interior. Esta era la razón por la que el jovenzuelo se encontraba, en hora tan inconveniente, espigado en la tabla que oficiaba de asiento. Era la parte del día en que el astro calentaba con mayor furor. Detrás, sobre unos cueros, se habían acomodado Funes y su progenie, pero el resplandor y el calor en el interior del cobertizo eran tan intensos que los cuerpos sudaban y hedían. En el frente estaba Facundo, harto molesto por el sol. En su torno, tanto como en la delantera de los rostros de quienes descansaban en el interior de la carreta, erraban las molestas moscas. Un enjambre pestífero sobrevolaba las ancas laceradas de los bueyes y lo único que sonaba era el zumbido persistente de los obstinados insectos. Las colas de los animales se mecían, intentando espantarlos, pero tornaban una y otra vez.

Funes, sediento y aturdido por el sañudo calor, abrió los ojos y díjole al guacho:

—¿Hay agua?

—No, señor —contestó Facundo, solícito—. Pero pronto hallaremos.

La sucinta conversa le hizo perder el control de la carreta. Las bestias se encaminaron hacia el costado accidentado de la rastrillada y el transporte cimbró, sin rumbo. Los cascos de los cabestros trastabillaron en las piedras y el recubierto armazón se bamboleó hacia un lado, hacia otro.

—¡Ten cuidado, imbécil! —le aventó Funes.

—Sí, señor —respondió Facundo, mientras azotaba a las bestias y las forzaba a tornar al derrotero del que se habían desviado.

La tarde expiraba cuando las figuras del carruaje y de las bestias desfilaron por delante de unos ranchos. Estos se alzaban en la pampa a modo de islotes de esperanza en medio de un océano interminable de acres. Animales y hombres en el carruaje estaban exhaustos tras la prolongada marcha, un peregrinar que ya llevaba semanas y que demandaría otras más.

Este campo estaba silencioso, como hechizado por un maleficio. En otros, entre los árboles, sonaron guitarras y gritos, y destellaron focos ígneos provenientes de las fogatas que se encendían por las noches. En su torno se congregaban los hombres de campo. Entonces, todo era algarabía y jolgorio. Más de una vez visualizaron un telar y a una mujer apostada a su frente, ocupada en su paciente y cuidada labor mientras el eclipse de la tarde.

sigue...


[3] Arruinado. [↑volver]

            

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