EL HOMBRE INFALIBLE

Carlos Duarte Cano

Cuba

Yo he preferido hablar de cosas imposibles
porque de lo posible se sabe demasiado.


Silvio Rodríguez, "Resumen de Noticias"


El sol, tímido, apenas comenzaba a ahuyentar con sus primeros rayos la cortante frialdad de la mañana. El cementerio era humilde pero sus mármoles se alineaban dibujando asimétricas parcelas entre pasillos de verdor. De cierta forma, el concepto mismo de la muerte no parecía tan terrible cuando se le asociaba con tanta pulcritud y orden. Dos siluetas humanas recién habían desandado las estrechas callejas para detenerse frente a una de las lápidas.

—Comprueba, Faytt-Orr —emitió la más baja.

—Ya lo hice, el cuerpo está intacto.

—Eso nos facilita las cosas.

—Su diseño contempla redundancia en el almacenamiento de la información. Con extraer uno de los pnemonodos sería suficiente —aclaró Faytt y trasmitió orgullo—. Creo que sería una opción más satisfactoria, ya que esta gente acostumbra a desenterrar a los muertos. ¿Te imaginas si encontraran la tumba vacía?

—Igual se quedarían pasmados si ven que el cuerpo demora más de cien años en descomponerse —aclaró su compañero, inconforme—. Y comenzarían a investigar.

—Tienes razón Dokkh —admitió Faytt—. Su diseño es demasiado perfecto.

—No estés tan orgulloso de tu obra, ya vez que al final todo resultó un verdadero desastre —sentenció Dokkh—.  Ustedes los tecnólogos dan rienda suelta a su imaginación y ahora, como siempre, nos toca a nosotros el trabajo sucio.

—Al menos podremos recuperar la información íntegra. ¿No era eso lo más importante?

—¿Qué tiempo nos queda?

—Pasarán por nosotros en trece períodos Bic.

—Bien, estaremos listos


Los dos hombres se acomodaron tras la barra y pidieron cerveza. Pancho diría después que, por la forma en que la paladearon y los mohines que hacían, parecía que era la primera de sus vidas. Eran dos tipos tan comunes que resultaban extraños. Su ropa era demasiado correcta, su pelo demasiado peinado, sus rostros llevaban impreso de manera indeleble el sello de la cotidianeidad.  Durante largo rato se dedicaron a observar todo lo que pasaba en el bar con la curiosidad de un turista japonés, mientras, de tanto en tanto, intercambiaban algunas frases en voz baja.

El bar de Pancho había visto pasar tiempos mejores. Las luces macilentas; las telarañas que adornaban los techos con sus barrocas redes; las cucarachas que incursionaban osadas desde las hendijas para hurtar los restos de comida desperdigados por el maderamen del piso; y la exigua clientela daban fe de ello.

Después de la tercera cerveza, quedaban en el local tan sólo cuatro comensales: un borracho destilando su etílica tristeza en la esquina opuesta de la barra; una pareja ensimismada en un maratónico cuerpo a cuerpo en el rincón más oscuro del local; y un hombre alto y delgado que bebía sin prisas mientras escribía en un cuaderno escolar de tapas marrones.

El más viejo de los dos hombres se animó a interpelar a Pancho, que se entretenía en poner orden dentro de la barra.

—Disculpe amigo.

—¿Me llamaba el señor? —respondió solícito el dueño.

—¿Es cierto que aquel hombre conoció a Antón Feyt? —preguntó, señalando con un gesto de su cabeza en dirección al escritor.

—Todos lo hicimos —contestó el cantinero— pero dicen que nadie lo conoció mejor que él, si es que es posible afirmar que alguien lo conociera en realidad.

—¿Su nombre?

—Se llama Ceferino García Doimeadios y es poeta.

—Llévele otra botella de lo que le guste tomar —ordenó—, va por nosotros.

Pancho descargó con presteza otra botella en la mesa del artista, mientras señalaba con su mano en dirección a los donantes. Ceferino les dedicó un leve gesto de agradecimiento con la cabeza. Llevaba el pelo largo recogido atrás en forma de cola de caballo y vestía, con evidente descuido, una camisa beige cuyas mangas largas habían sido dobladas por encima del codo y un pantalón vaquero muy desteñido. Las gastadas sandalias de cuero dejaban un margen considerable de libertad a los dedos de los pies.

Los dos extraños se levantaron y fueron a sentarse a su mesa. El más joven depositó una moneda frente al poeta a manera de preámbulo.

—Amigo Ceferino, mi nombre es Abel y el de mi compañero Dionisio.

—Encantado —respondió el poeta, mientras desenfundaba su mejor sonrisa y atisbaba de reojo aquella moneda.

—¿Qué le parece si nos cuenta un poco sobre Antón Feyt —preguntó Abel.

El poeta tomó la moneda y la guardó en su bolsillo. Bebió un sorbo generoso, encendió un cigarrillo y se acomodó en el rústico taburete de cuero. Luego observó con fijeza a sus interlocutores durante unos segundos.

—Será todo un placer —dijo por fin, paladeando las palabras, y sonrió otra vez.

—Le escuchamos —declaró Abel impaciente mientras rellenaba el vaso del poeta.

—Lo primero que tengo que decirles sobre Antón Feyt es que jamás en su vida se equivocó —comenzó sentenciando Ceferino—. No me interpreten mal, en realidad no era un adivino. No aceptaba vaticinar el futuro ni por dinero ni por objetos de cambio que le ofrecían por montones en el pueblo. Él sólo «veía» las cosas que tenían una explicación racional y donde el componente azaroso era mínimo. Pero como por lo visto los señores no traen prisa, voy a comenzar la historia desde el principio, así que acomódense bien y les ruego que traten de no interrumpir mi relato.

»Cuentan que un día ya olvidado, Antón llegó a Atilan, acompañado por su abuela Felicidad, y se instalaron en un ranchito a la salida del pueblo. Tenía ya seis o siete años. Nadie conoció a sus padres ni puede preciarse de haber obtenido información fidedigna sobre ellos. Como si nunca hubieran existido. Más adelante, este aspecto sería objeto de un sinnúmero de especulaciones, pero en aquella época la cosa no pasó del normal cotilleo de pueblo chico a costa de los recién llegados.

»Su leyenda comenzó a formarse desde la escuela primaria. El pequeño Antón era un niño tímido e introvertido, pero jamás erró una operación matemática: divisiones, multiplicaciones, ecuaciones y problemas, todos los resolvía con tan sólo una mirada de sus ojos pardos. Su redacción y gramática eran impolutas; en historia no olvidó nunca una fecha o un hecho, y en las demás materias también parecía saberlo todo de antemano, sin esfuerzo, como si ya hubiera pasado por ellas en una vida anterior.  Era “el ejemplo” para sus maestros y, en consecuencia, objeto de la más virulenta envidia por parte de nosotros sus condiscípulos.

»La envidia, como casi siempre, se metamorfoseó en odio, y Antón se convirtió en el blanco predilecto de la crueldad infantil. En un inicio fueron tacos de papel lanzados con ligas desde los pupitres traseros pero, al comprobarse su impasibilidad ante las agresiones, aparecieron proyectiles más lesivos como las grapas de alambre. En los recesos le arrebataban a diario la merienda, le ponían zancadillas, y le llenaban los libros de estiércol canino.


Ilustración: Tut

«Nunca reaccionó ante las afrentas, continuó ensimismado en su mundo indescifrable y en sus respuestas axiomáticas que dejaban a todos alelados.

»¿Qué si hablaba? Pues mire usted muy poco, yo diría que lo imprescindible. Y sin embargo cuando lo hacía casi siempre era con interrogantes. Lo que más le gustaba era leer libros de todo tipo, pero, ¿recuerda que le rogué no interrumpirme?

»Siempre llamó mi atención la incapacidad de Antón para participar en los juegos propios de los niños de su edad. Solía quedarse al margen de cualquier actividad física organizada, cómo si por alguna razón incomprensible le estuviese vedado participar en ellas.

»Pero tampoco disfrutaba los juegos de mesa, en especial los que tenían un factor aleatorio dominante. La excepción era el ajedrez, juego que llamó su atención desde que lo conoció en la biblioteca de la escuela. Por la forma en que miraba las partidas ajenas, y porque más de una vez lo sorprendieron moviendo las piezas en solitario, nos dimos cuenta que conocía muy bien el juego. Sin embargo, siempre rehusó medirse tablero por medio con sus compañeros, quizás consciente de que entre ellos no encontraría rival, y que cada humillación intelectual que les infringiera sería reciprocada con un escalado en las agresiones físicas.

»Durante la enseñanza media el nivel de violencia y sadismo experimentó una progresión exponencial. Le pegaban con palos y lo atormentaban con varillas eléctricas; le obligaban a meter su alargada figura debajo del pupitre y lo cosían a puntapiés. En una memorable ocasión lo introdujeron en un saco que amarraron con una soga a la balaustrada de un balcón en el tercer piso y lo dejaron allí colgado, oscilando con fuerza bajo los embates del fuerte viento invernal.

»Él se mantuvo imperturbable ante tanto ensañamiento, jamás denunció a nadie, ni se quejó a la dirección de la escuela ni a su abuela Felicidad; nunca se notó en su mirada ni un asomo de odio o algún destello violento. Su figura enjuta continuó entrando cada día en la escuela, indiferente a las miserias y bajezas de sus congéneres; sus labios finos, que esbozaban apenas una sonrisa un tanto triste y un tanto enigmática, continuaron musitando sus respuestas lacónicas pero intachables. No pretendió nunca nada, rehusó participar en concursos, y jamás se le escuchó vanagloriarse de su sapiencia. Quizás sólo yo sé que era como un iceberg, capaz de mucho más de lo que mostraba en público. Un día, por ejemplo, le vi calcular sin pestañar unas cien cifras decimales del número π.

»Contra todo pronóstico Antón sobrevivió esa etapa y a nadie asombró que matriculara física teórica en la universidad más importante del país. Su carrera allí fue legendaria. Su suficiencia era de tal magnitud que en sólo dos años había cursado o convalidado todas las materias, y publicado cuatro trabajos relevantes en revistas muy prestigiosas.

»Una vez graduado con honores, Antón regresó a Atilan y le entregó el título a la abuela. Felicidad, henchida de orgullo, lo hizo enmarcar y lo colgó en la sala, al lado del cuadro de su difunto esposo.

»Entonces, cuando parecía que el mundo entero estaba a sus pies, Antón abandonó de plano la ciencia y se dedicó a cultivar la tierra.

»Se levantaba a diario con el primer gallo y salía a la huerta con la misma disposición con la que resolvía los más intrincados problemas matemáticos o las más desconcertantes paradojas físicas. Cada semana llenaba una carreta con viandas y hortalizas que vendía al por mayor a los mercaderes locales por un monto módico. Nunca se le vio regatear un precio a pesar de que sus verduras eran las más grandes y frescas, sus zanahorias las más tiernas, y sus frutas las más dulces de la región. No parecía importarle que a diario intentaran estafarle sin el menor recato. Regresaba con el dinero a casa y se lo entregaba íntegro a Felicidad. Apenas tenía gastos propios, era frugal en el comer, no bebía alcohol, no fumaba, ni visitaba las casas de citas. Jamás se le conoció mujer alguna ni mostró inclinaciones sospechosas por personas de su mismo sexo.

»En las noches, después de la cena, se encerraba en su cuarto y escribía. Llenaba pliego tras pliego con su letra perfecta. Escribía sin pausas, febrilmente, como quien recibe un dictado silencioso.

»Durante dos años sostuvo esa rutina sosegada, ese deslizarse por la vida sin pretensiones aparentes, hasta que un día lo encontraron. Un antiguo compañero, ahora investigador asociado del Instituto de Física Teórica, asomó un día su larga nariz por el huerto y desenfundó su maleta atestada de papeles y fórmulas. Le pidió consejo a Antón sobre unas ecuaciones que su tutor le había encargado, y en las cuales se estrujaba en vano las neuronas hacía ya más de tres meses. Antón tomó los papeles, los ojeó con rapidez y, sin pronunciar palabra, garrapateó tres folios de fórmulas durante veinte minutos. Cuando terminó, le entregó las hojas al visitante, le rogó que no mencionara su nombre y, sin más protocolo, se volvió a su huerta. El trabajo le valió al ex-compañero una publicación en la revista más prestigiosa del campo y su tesis de doctorado.

»Al poco tiempo comenzó el desfile: físicos, matemáticos, químicos y hasta biólogos venían a consultarle los más disímiles y complejos problemas. Él les ayudaba siempre con su habitual mansedumbre, pero cada vez tenía menos tiempo para dedicarle a su siembra. También lo asaetearon con ofertas de trabajo las universidades más notables, las compañías más opulentas, los gobiernos más poderosos. Antón las declinó todas, con la misma cuasi-sonrisa enigmática que les dedicaba a sus verdugos de los días escolares.

»Al difundirse la noticia de la excelencia de sus cosechas, nuestro amigo se convirtió también en referencia obligada para los agricultores de la región. Modestos campesinos y grandes terratenientes pasaban por su humilde rancho en busca de consejos útiles para mejorar el rendimiento de sus cultivos. La mayoría se alejaban frustrados y perplejos al comprobar que no había al parecer ningún secreto en los procedimientos agrícolas de Antón, como no fuera un enigmático don para hacer crecer las cosas en armonía.  Los más paranoicos se retiraban molestos, seguros de que se les estaba escamoteando una novedosa fórmula para el abono de las tierras o un método revolucionario de regadío.

»Más tarde, cuando se extendió su fama, comenzó a acudir a él también otro tipo de gente y por motivos mucho más prosaicos: los políticos querían que les orientara en sus campañas electorales; los astrólogos que les asistieran en la interpretación de las cartas astrales; los comerciantes en sus estrategias de mercadeo; la policía en sus pesquisas criminales; los ladrones en la preparación de sus atracos; los jugadores en sus apuestas, los pobres en como ganar mucho dinero; los ricos en como serlo aún más; los hombres y mujeres comunes en la búsqueda de la felicidad. A todos les regalaba su sempiterno intento de sonrisa, pero les negaba la ayuda con un gesto de impotencia, les daba la espalda y retornaba a su parcela.

»Cuando parecía que nada podía empeorar este estado de cosas, apareció la prensa. El primero en llegar fue un periodista del diario del pueblo reclamando, con espíritu patriotero y localista, las primicias de una entrevista exclusiva con tan relevante personalidad. Como era de esperar Feyt se negó de plano a hablar con la prensa y se refugió dentro del perímetro que marcaba la despintada cerca de su casa.

«Pocos días después llegaron representantes de la radio, la televisión y los periódicos de circulación nacional. También apareció la prensa extranjera. Abuela Felicidad se vio obligada a encadenar la puerta y dejar suelto a su perro, que si bien no impresionaba por su plante, exhibía una muy desarrollada capacidad ladradora, capaz de amedrentar al periodista más arrestado.

»Como resultado de estos fracasos profesionales aparecieron una serie de artículos y reportajes, cortos pero muy especulativos y, como era previsible, no del todo gentiles para con Antón Feyt.  En algunos de los titulares que aparecieron en la prensa amarillista podía leerse por ejemplo: «Antón Feyt, ¿genio o loco?», «Misántropo local entre los vegetales y el Nobel», o el más insultante «Desequilibrado mental se disfraza de genio». Ni Antón ni su abuela se enteraron de semejantes disparates, el uno porque nunca le había interesado en lo más mínimo la lectura de la prensa; la otra por analfabeta total, incapaz de distinguir una letra de una cagada de mosca.

»Entre tanto revuelo, y como a río revuelto ganancia de pescadores, los habitantes de Atilan estuvimos de plácemes con tantos visitantes ilustres, tanta prensa y tanta publicidad. Desde Pancho en este bar de mala muerte, hasta el lujoso hotel de Don Remilio, pasando por la casa de citas de la señora Jacinta y las familias de honrados campesinos o trabajadores del pueblo, todos vivimos los días de mayor esplendor que se recuerdan en el terruño.

»Los mismos paisanos, que en tiempos pasados había convertido la vida escolar de Antón en un calvario, sonreían ahora con impudicia ante las cámaras y fabulaban sin ruborizarse acerca de lo íntimos que habían sido con el susodicho y lo felices que eran cuando jugaban con él al fútbol o al ajedrez.

»Las incesantes visitas y asedios comenzaban a dejar indelebles huellas en la prolija existencia de Antón. Con el poco cuidado sus verduras se hicieron menos exuberantes, sus zanahorias perdieron la lozanía y sus frutas el dulzor. Sólo las misteriosas cuartillas continuaron cubriéndose de forma inexorable con letras y signos durante las jornadas de escritura nocturna.

»Cierta noche nos sorprendió el sonido inusual de las aspas de un helicóptero. Quebrantando las reglas estrictas de Felicidad, el aparato se precipitó en el patio cercenando amapolas y jazmines. Cuatro militares con espejuelos oscuros, boinas de tropas élites, y fusiles de asalto, saltaron a tierra y ocuparon el lugar.

»Un hombre alto y atlético, con grados de capitán, se acercó a la puerta de la casa. Antón lo esperaba impasible en el zaguán, el brazo izquierdo sobre los cansados hombros de Felicidad y su eterna sonrisa dócil en el rostro. El oficial mostró una orden de arresto oficial y Antón le preguntó, sin el menor dejo de ironía en la voz, que por qué habían tardado tanto. Abrazó y besó a la abuela a modo de despedida, y entró dócil en el vehículo sin pedir ninguna explicación.

»No volvimos a verlo nunca más.

»Sabemos por fuentes anónimas, que no por extraoficiales dejan de ser verídicas, que Antón fue llevado al mismísimo palacio de gobierno y allí se entrevistó con el Presidente en persona. Las cosas que se dijeron allí, esas sí que nadie las sabe a ciencia cierta porque la entrevista fue a puertas cerradas. Sea lo que fuese, es claro que al Poder no le gustó, porque al salir de allí Antón fue encerrado en un calabozo del “Resguardo”. Quizás fuera  puro temor lo que motivó su reclusión, porque es sabido que a quien ostenta Poder, y llega a amarlo, le es difícil concebir que otra persona con mayores cualidades que él para ejercerlo, no sólo no esté interesada en hacerlo, sino que incluso lo desprecie.

»La prensa se mantuvo censurada y al margen del asunto. En el pueblo, después de los chismorreos habituales, el interés por el destino de Antón languideció con predecible rapidez. Cada uno de nosotros estaba demasiado inmerso en nuestra principal ocupación sobre esta tierra de Dios: sobrevivir. Y nos olvidamos por completo de Antón.

»Un mes justo después de su detención, el helicóptero volvió a visitar a la desconsolada Felicidad. Los soldados registraron la casa de arriba abajo.

»Varios años después, por un veterano borracho que conocí en este mismo bar, supe que aquel día buscaban evidencias de supuestas conexiones entre Antón y “El Enemigo”, con el ánimo indudable de levantar curso legal contra él, y justificar de esa forma su permanencia en prisión. Buscaron con singular afán sus renombrados pliegos pero la suerte no les acompañó. No encontraron ni eso ni ningún otro elemento probatorio de su complicidad.

»Pero no lo soltaron.

»Por boca del mismo ex-teniente de la guarnición del “Resguardo” supe también muchos detalles de su estancia allí. Otros los obtuve indagando entre los pocos presos que logran salir de ese lugar sin quedar marcados, para el resto de sus vidas, como marginales y peones del mundo criminal.

»El director del penal, de seguro siguiendo órdenes estrictas, lo colocó en la sala de los presos comunes, donde tuvo que compartir con criminales de toda laya, asesinos, violadores, excrementos humanos sin posibilidad alguna de reivindicación. Esperaban que el pobre Antón colapsara en unos pocos días en ese ambiente de tempestuosa virulencia, y hasta corrieron apuestas entre los guardias sobre cuanto tiempo aguantaría el desdichado reo.

»Sin embargo, lo que ocurrió en la sala siete del penal se comenta aún con reminiscencias de milagro. Aquellos hombres con el alma torcida por el mal vivir; aquella crápula de los bajos fondos de la nación; aquellos condenados por la sociedad a la desmemoria y a la purga perpetua de sus violentas acciones; no sólo no dañaron al recién llegado sino que lo convirtieron en su ídolo, maestro y objeto de la más misteriosa reverencia.

»Resultaba patético ver a aquellos descarriados, con sus pieles cubiertas de tatuajes, permanecer alelados durante horas, atentos a la palabra de Antón, mientras éste les enseñaba las más variadas materias. Nuestro hombre se multiplicaba para atender a todos de forma personalizada. Algunos comenzaban por aprender el alfabeto, otros ejercitaban la lectura y la escritura, y los más avanzados incursionaban en las matemáticas elementales, la literatura y la historia. Aún después de esas jornadas maratónicas le quedaban energías para impartir algunas clases de ajedrez o disputar una serie de partidas a la ciega frente a una decena de sus mejores alumnos.

»Los reos dejaron de pelear entre ellos, de extorsionarse unos a otros, de robar y de armar camorra por el motivo más nimio. Se privaron por su propia voluntad de consumir drogas y alcohol, y de sodomizar a los más débiles. Aquello comenzaba a parecer más una escuela de señoritas victorianas que una prisión de máxima seguridad.

»Nadie pudo deducir que medios empleó Antón para propiciar semejante metempsicosis en los convictos. No se trataba de una conversión movida por la adherencia a una fe religiosa. Nadie escuchó a Feyt emplear la prédica religiosa como arma motivadora de redención. Este era, además, un fenómeno masivo, que se expandió entre los reclusos con la vitalidad de una epidemia de influenza, y no dejó ni a uno exento de contagio. Sus únicas doctrinas eran la razón y el conocimiento. Como alimento espiritual se brindaba una nueva capacidad para ver y entender las cosas de este mundo. O incluso para entender sin llegar nunca a ver, producto de las notables filigranas de los procesos inductivos y deductivos. Si hubo algo más, fue demasiado sutil, puesto que nadie lo vislumbró con la suficiente claridad como para poder explicarlo.

»La directiva del penal resolvió poner coto a semejante estado de cosas y castigó a Antón, sin que hubiese motivo real, a pasar una semana en el hueco. Allí sentado, sin espacio apenas para el movimiento, disputando su magra ración con las ratas, y sin ver la luz del sol, permaneció, no una, sino cinco semanas. Para asombro de todos, lo sacaron un poco más pálido, pero sin los estragos físicos que por lógica le correspondían tras semejante martirologio.

»A su salida del hueco decidieron que no era prudente reintegrarlo a la comunidad de reclusos debido a la rara influencia que ejercía sobre ellos. El director, dando un puñetazo sobre la mesa de la sala de reuniones, vino a gritar exasperado: —¡Esto es una cárcel para asesinos y ladrones, no un campamento para niños exploradores, cojones! —Y lo encerró en solitario.

»Al comprender sus compañeros de prisión que les sería negada, tal vez para siempre, la compañía de Antón, se desataron sus más violentos instintos. En un audaz golpe de mano desarmaron y secuestraron a tres de los guardias. Atrincherados en el ala oeste del penal, amenazaron con cortarle las bolas y dejarlos desangrar como animales de corral si no eran atendidas sus demandas.

»En el punto más álgido del motín, tras ver rodar la primera de las sangrientas ofrendas conminatorias, el director accedió a que Antón se reintegrara al área común. Esto permitió poner punto final al peliagudo asunto pues, tan pronto estuvieron en presencia de su guía espiritual, los prisioneros depusieron las armas y entregaron a los rehenes. Pero confiar en la palabra de la autoridad resultó ser, como casi siempre, una decisión de infortunada candidez. Diez minutos más tarde los diez amotinados que más agallas mostraron fueron amarrados y desollados vivos en presencia de sus compañeros. La fugaz rebelión terminó pues, de la forma sangrienta y brutal en que por estas tierras se acostumbra.

»Tras las rejas, Antón Feyt contempló el dantesco espectáculo de hito en hito, sin apartar la vista ni derramar un sola lágrima. El mismo rostro impertérrito de toda su vida fue mudo testigo de la masacre. Esa misma noche fue devuelto a su celda de aislamiento. Se acostó en su magro camastro y cerró los ojos.

»A la mañana siguiente lo encontraron muerto.

»Dijo uno de los guardias —al que nadie creyó porque gustaba de empinar el codo con asiduidad y desmesura—, que cuando lo descubrió a primera hora, de su cuerpo inerte escapaba una espiral de luces de colores.

»Ni siquiera sospecharon la causa de la defunción, pero, como era evidente que su corazón no latía, el médico, desconcertado, no tuvo otra alternativa que diagnosticar el deceso. Pidió permiso para ordenar una autopsia, pero el director lo rechazó tajante, con el argumento de que mientras más rápido estuviera el cuerpo bajo tierra más tranquilo se sentiría.

»Notificada de la tragedia, Felicidad acudió a rescatar el cadáver y lo trajo al pueblo para que encontrara aquí su definitivo reposo. Lo enterró en una sencilla ceremonia donde participamos los pocos vecinos que valorábamos su persona, y algunos coterráneos curiosos atraídos por la morbosidad del acto, y la posibilidad única de engrosar el arsenal de sus futuras habladurías.

»La pobre vieja no le sobreviría por más de un año.

»No obstante los esfuerzos oficiales para oscurecer el asunto, los rumores corrieron presurosos por el pueblo y más allá. Las más disímiles sectas religiosas comenzaron a reclamarlo como el nuevo Mesías. Campesinos de todo el país lo declararon santo bienhechor, y comenzaron a visitarlo en devoto peregrinaje para pedirle deseos y hacerle todo tipo de promesas a cambio de su divina intervención.

»Presiento que nunca sabremos a ciencia cierta por qué murió Antón Feyt de forma tan inexplicable. Por mi parte, estoy seguro de que decidió marcharse por su propia voluntad, porque, viviendo en un mundo colmado de incertidumbre, le fue imposible soportar el pesado fardo de su infalibilidad.

Los dos hombres, que habían permanecido en un estricto silencio, siguiendo con absoluta concentración la historia de Ceferino García, cruzaron entre ellos una mirada de entendimiento. Dionisio fue quién preguntó esta vez:

—¿Lo enterraron aquí en Atilan?

—En el cementerio local yacen sus restos.

—¿Nos indica como llegar? —lo interrogó esta vez Abel.

—Es muy sencillo, sólo tienen que caminar hasta la calle del parque y torcer hacia la izquierda. Al final del pueblo encontrarán el cementerio. La tumba de Antón está hacia atrás y a la derecha, casi llegando a las fosas comunes. La identificarán sin muchas dificultades por las velas.

—Muchas gracias Ceferino —dijo Dionisio a modo de despedida, mientras colocaba delante del poeta otras cinco monedas.

—Vayan ustedes con Dios —le escucharon decir mientras se adentraban en la oscuridad de la noche, rumbo al hotel.



Ilustración: Tut

—Se suponía que pasara inadvertido, y mira lo que hizo. No deberíamos haberlo enviado. No estaba listo. Pero ustedes siempre con su maldita prisa...

—Te repito que era un modelo perfecto  —otra vez se percibía el matiz de orgullo en la emisión de Faytt.

—Puede que su confección haya sido impecable, Faytt, pero el funcionamiento de su mente no lo era. Cuando lo crearon contábamos con muy poca información para reproducir los patrones adecuados.

—Se suponía que fuera dinámico, que se adaptara a la psiquis local a medida que creciera y se establecieran nuevas redes neuronales.

—Pero las bases de sus procesos mentales son nuestras —explicó Dokkh—, por eso pienso que nunca podía llegar a entender del todo a esta especie.

—No tenía que hacerlo, sólo convivir con ellos y acumular información —insistió Faytt-Orr.

—Al parecer eso trató de hacer, pero ya vez como terminó involucrándose.

—¿Te refieres al asunto de la cárcel?

—No lo preparamos para asimilar su primitivismo, su emotividad, su irracionalidad —continuó discurriendo Dokkh—. Deberíamos haber esperado hasta poder mandar a uno de nosotros en lugar de a un biónico. Sus sentimientos serán siempre demasiado primarios y frágiles.

—Insisto en que se logró lo principal.

—Sucedieron cosas que no podremos subsanar ni aunque moduláramos la memoria de un millón de humanos. Tendrán otra fuente de ritos, y quien sabe si una nueva deidad. ¡Como si no tuvieran suficientes!

Faytt hizo una pausa. Era evidente que su compañero no estaba muy bien dispuesto hacia su departamento.  Ensayó un cambio de tema

—Lo que más me intriga es la escritura de los enigmáticos papeles —confesó.

—Es evidente que quería ayudar a los terrícolas.

—¿Alguna especie de legado?

—Revelaciones científicas o filosóficas, supongo.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—A pesar de todo, parece que encontró algo de valor en sus despreciables existencias, algún elemento rescatable en su caótica sociedad.

—¿Cuál podría ser?

—No sé, para mí es imposible deducirlo. Supongo que lo comprenderemos al procesar la información.

—Bien, terminemos con esto.

Extrajeron el cuerpo y lo colocaron en un envoltorio extensible que, una vez sellado, se volvió invisible al ojo humano. Cuando terminaron de cubrir la fosa no quedó traza alguna de su intrusión.

—Fin de la historia —dijo Faytt en voz alta, saboreando las palabras. «Este idioma arcano me gusta después de todo».

Entre ambos cargaron el cuerpo y partieron.


Ceferino García Doimeadios los vio alejarse y salir del cementerio en dirección al centro del pueblo. Se acercó despacio a la lápida y contempló en silencio los muñones de cera derretida. Sus largos dedos recorrieron el nombre tallado en la piedra percibiendo los variados accidentes sobre la severa superficie de mármol. Los recuerdos llegaron en aluvión: Las escenas de violencia y muerte en la cárcel; el dolor lacerante; la inconmensurable sensación de pérdida, y la desconexión. Y luego... el indómito deseo de vivir a pesar de todo, la resolución tomada, y la luz que renacía como esa que ahora se desgarraba sobre los árboles que rodeaban el pequeño cementerio. Una vida suya, no prestada. Una vida sin hilos, para vivirla a riesgo y saborear el agridulce sabor del peligro y el error.

Se equivocan, pensó. Este no es el fin de la historia.

Por encima de los árboles que rodeaban el pequeño cementerio, emergía, cada vez más poderoso, el disco del sol naciente. El cielo se iba tornando más y más azul, con esa tonalidad profunda y vital que sólo adquiría en esas latitudes. Los olores que brotaban de la tierra negra, la hierba húmeda, y la vida animal, profanaban de forma obscena la necrópolis. Vida y muerte entrelazadas en este mundo de feroz y desvergonzada belleza.

El largo día terrestre comenzaba a desplegar sus encantos.


Carlos Antonio Duarte Cano es cubano, nacido en 1962. Licenciado en Ciencias Biológicas (Universidad de La Habana, 1985), trabaja en un centro de ingeniería genética y biotecnología de la isla.
De sus trabajos literarios ya hemos publicado ESCAQUES TRES-D (161), SIMBIÓTICA (163) y SOUVENIR (167).


Este cuento se vincula temáticamente con “El hombre atómico”, de Cristina Lasaitis (169); “PAT”, de Greg Egan (169) y “La invención de la conserva”, de Anne Laniece (172).


Axxón 174 - junio de 2007
Cuento de autor centroamericano (Cuentos: Ficción Especulativa: Fenómenos: Talentos: Conspiraciones: Cuba: Cubano).

            

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