La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO XX - SÓLO UN ANCIANO EN LA CIUDAD

La noche se había precipitado sobre la Tierra de las Altas Colinas pero el cielo conservaba algunos resplandores que contrastaban con las moles negras. El camino ahora era guijarroso, grisáceo, húmedo y los pasantes seguían el sendero, subiendo, siempre subiendo. ¿Qué acontecimientos estarían ocurriendo en el otro lado? Ésta era la pregunta que repicaba en la mente de ambos. Ahora la fatiga y el hambre pesaban, y pesaban tanto o más que el desánimo. La ruta continuaba en ascenso. No sólo el silencio reinaba en el lugar, sino que otro, igual de inquietante, se había establecido entre ambos. Facundo habría oído con gusto cualquier palabra, aunque fuera una imprecación soez. Pero el viejo estaba mudo, circunspecto, como a punto de declamarle una resolución cuya adopción lo estaba sumergiendo en una enconada lucha interior.

Un poco más adelante el paso describía una curva; luego, cuando alcanzaba la cima, formaba una terraza, un plano, un mirador natural. Subieron el promontorio y apenas estuvieron en su cenit vieron un corredor pétreo en el norte. Una nube sombría se cernía sobre el paraje que las hileras de macizos encerraban, y el lugar emitía ruidos esporádicos, y rutilaba haces luminosos. Los picos enfilados, y los contrafuertes, y las torres, todos trillados, todos arruinados, se perfilaban en el horizonte. El sitio por entero se había tornado rojizo, y en medio de ese ardor bermejo destacaban las torres y las agujas de la Ciudad, negras y tenebrosas. ¡La Ciudad de los Césares! ¡Estaba allí! Y los ojos de Facundo se abrieron desmesuradamente, y abrió grandemente la boca: quería reír, quería gritar. Todo terminaba. Pero igual regocijo no sintió Huincalef.

—Ejércitos embravecidos sitiarán la Ciudad —dijo el anciano pintado de carmesí—, y le darán muerte. Eso, si ya no la sitian. Sus tesoros, si los tiene, se perderán para siempre.

Luego dijo, con gesto marcial:

—Aquí nos separamos, pequeño amigo: no entraré contigo a la Ciudad. Ahí la tienes: son visibles las puntas y las agujas que desgarran los cielos.

“¿Separarnos?”, pensó Facundo. “No puede ser cierto”, se tranquilizó. No, no era posible que el viejo lo abandonara en aquel paraje infernal, con un ejército a su frente, la guerra y todo lo demás. Además, ¿a dónde iba? No había sitio alguno al que dirigirse.

—¡Vamos! —exclamó por el contrario, tirando de los harapos del viejo—. Podemos descender por aquí y nadie se dará cuenta de nuestro paso.

Pero el anciano se plantó y le dijo:

—No iré yo. ¡Ve tú!

El gesto grave del hombre parecía comunicarle una resolución cierta.

—¡Vamos! —insistió el chicuelo, tomándolo ahora del brazo, y tirando de él.

Pero el anciano, con un movimiento, retiró su mano y miró crudamente al muchacho.

—No iré a la Ciudad. Sigue solo —y empezó a andar por el guijarroso sendero—. Camina hasta la Ciudad, la que hallarás cruzando el claro. Y aprovecha este silencio, porque la llegada del Conquistador es inminente... Aquí se bifurcan nuestros caminos.

¡Se marchaba! ¡El mundo se hundía en el Oeste y él, cobarde, lo abandonaba y emprendía la fuga! Ahora se comportaba con ligereza, con despreocupación de la suerte del guacho. El terror se traslucía en el rostro, a pesar de los esfuerzos y las afirmaciones por desmentirlo.

—Pero, ¿a dónde irá? —preguntó el muchacho, descorazonado.

—¿A dónde más? ¡Al Mamil Mapu! Nada puedo hacer aquí. La Ciudad cederá de una hora para la otra, si ya no ha caído; los Konákuref se ocuparán de ella y no es posible detenerlos. Y en cuanto a sus habitantes, ¡lamento su suerte! La lid, de proseguir, alcanzará un día el Mamil Mapu, pues Pillán quiere extender su dominio hasta allí. Muchas cosas se perderán, pero presiento que Tierra Adentro pasará esa hora y correrá hacia la siguiente. La gran batalla que decidirá todas las cosas no ha empezado, y no la veremos empezar en lo inmediato. Pero hasta entonces, pasará un tiempo. Volveré a la tranquilidad de Relmu-leufú, y allí esperaré.

—Pero, entonces, ¿por qué vino hasta aquí? —viendo la incongruencia entre los ascendientes actos y los dichos que escuchaba ahora.

—¡Me arrepentí! —le confesó—. Además, ¿qué puede alguien pensar después de ver los prolegómenos (pues, sólo son eso) de lo que vendrá? Me resulta natural la decisión.

—¿Por qué? ¡Todos lo hacían valiente, corajudo! —y sentenció, desilusionado—. No es más que un embuste, más que una ilusión.

Huincalef quedó pensativo, desprovisto de ira, dirigiéndole una mirada suave e inexpresiva. Para el pensamiento del niño, él era una fábula, casi un mentiroso, un vendedor de ilusiones ópticas tan volátiles que se diluían con la primera brisa. Era cierta la voz que en torno a él corría, pero también lo era que sentía pavor, y que estaba aterrado, ¡como el niño, en su lugar, debía estarlo! Facundo, ahora, lo percibía bajo, asustadizo y ruin.

—¿Una quimera? —dijo, como el hombre que ha interpretado una bonita actuación pero que, cuando el telón se cierra y los aplausos ya no suenan, vuelve en sí y se da cuenta de que sólo ha obsequiado una imagen y su vida es bien diferente a la del personaje—. Tal vez tengas razón.

—Pero… pero —repuso Facundo ahora, fuera de sí, buscando una forma de retenerlo: era irreal que lo abandonara en ese paraje con todos los peligros pululando por ahí—: ¡no puede escaparse! ¡Eso es de cobardes! Además, si es cierto lo que dice, donde se refugie no estará a salvo de lo que aquí ha empezado. En todo caso, debería agotar todos los segundos en evitar que esta tragedia se extienda —y le imploró—. Por favor, ¡lléveme a la Ciudad y, entonces, márchese si le place!

—Decidido está —dijo—. ¿Estás loco? No me adentraré en esa tierra. No estimo de cobardes iniciar la empresa y reconocer, a mitad de camino, que las fuerzas son limitadas y estériles para finalizarla. Quizá sí, de inseguros o flojos. ¡Tampoco tú deberías hacerlo! Si tuvieras un poco de sentido común, te volverías conmigo al Mamil Mapu, o adonde fuera.

Facundo permaneció callado tras la proposición. En verdad, ¿no era aconsejable alejarse por el áspero camino para salvar el pellejo? Además, su partida lo enfrentaba a la soledad, y a la posibilidad, cierta o no, de que no encontrare a los otros. Eso era lo más factible. Pero la obstinación, tan arraigada en él, así como la repulsa por la conducta desaprensiva del hombre, le hizo denegar con ardor su proposición.

—¿Qué decides? ¿Caminas conmigo o sigues hasta la Ciudad?

—¡Váyase! —chilló—. ¡Miedoso! ¡Es blanco! ¡No es un indio! —escupió, colérico—. ¡Doble embuste! ¡Jamás se asemejará a un indio! ¡Váyase! ¡Tramposo!

El viejo, ante la explosión del niño, no dijo palabra. Por el contrario, se quedó pensativo, midiendo cada uno de los términos duros del pilluelo. Ahora no se sentía satisfecho con su acción, y repasaba que quizá el mocoso tenía razón. Volvió la cabeza y miró al chicuelo que encaraba la pendiente por el pedregoso camino. Entonces, se despojó de sentimientos culposos y de remordimientos, mostró una faz lozana y satisfecha, olvidó el asunto del pequeño y clavó el cayado mientras echaba a rodar hacia la salida de esa tierra.


El albor derramó tibiamente sus primeras luces sobre el promontorio. “Agua”, murmuró Facundo, y fue su primer deseo cuando despertó. No era el único padecimiento que lo acometía. Tenía hambre (no había probado alimento en una jornada); los miembros, entumecidos por el frío de la noche, y dos círculos negros enmarcaban sus ojos sobre la palidez de su carne. Evocó los últimos momentos hasta que se durmió: los incesantes ruidos que provenían del hueco, la brillantez del lugar, la visión tenebrosa de las torres y de los contrafuertes. ¡Y el temor indescriptible que lo doblegó, y que le hizo dudar de seguir! Un pánico que le hizo pensar si no habría sido preferible aceptar la propuesta de Huincalef y marcharse. Y aún más recordaba (y no con agrado) el rostro de aquel farsante, exponente del hombre mediocre, que lo había dejado haciendo caso omiso a toda contrición.

Se incorporó, jadeante, débil, y aguzó el oído. Extrañamente, nada sonaba. Oteó el vasto con interés, pero nada se movía. ¿Qué ocurría? ¿Cuál era el motivo del silencio? A su frente, el pedregoso e infecto camino bajaba hacia la base de la ciudadela; daba vueltas por el cono, pero la pendiente era continua. Y el sendero llevaba a la Ciudad. Aún estaba oscuro y una bruma baja se espesaba, y escondía las agujas, y los peñascos, y acrecía la humedad del medio. En tiempo más, la calidez desembarazaría al paraje del frío, y se instauraría la temperatura benigna del día. En esta parte de la travesía, cada palmo era más arduo que el anterior; cada paso requería de un esfuerzo más escaldado, más recio, para sostener el cuerpo y seguir, seguir. Ahora, el silencio, y la duda, la recurrente duda, porque el silencio era absoluto, y no sonaba, siquiera, el gorjeo de un ave.

Los ojos de Facundo se nublaron por el rezago de la somnolencia al iniciar la bajada. De pronto, sintió un repentino abatimiento: la falta de alimento, la perpetua fatiga y la sed estaban mellando sus energías. Si recorría el sendero hasta su último palmo, la anhelosa Ciudad surgiría, excepto que estuviere quemada hasta la línea del suelo. ¿Quién mandaría en la plaza? Y avanzó con paso temeroso e incierto, tocando los riscos, resbalando con los guijarros, pero resuelto a llegar al claro.

Facundo, finalmente, aterrizó en el prado que se dilataba ante la fortaleza. El día despuntaba y el silencio levitaba sobre el sitio. Avanzó lentamente, escudriñando con intensidad los alrededores, pendiente del menor ruido. Pero los muros blanquecinos de la Ciudad estaban difumados por las sombras aún, pues el sol no había esparcido sus luces sobre el prado. Oteaba con afán las tinieblas, e intentó dibujar los contornos de la ciudadela. ¿El Conquistador habría tomado la plaza? ¿La habrían quemado los atacantes?

Repentinamente, el albor esfumó la neblina, y la muralla surgió ante sus ojos. ¡La Ciudad! ¡Allí estaba! ¡Y estaba intacta! Sus paredes no exhibían huellas de fuego, ni las torres estaban trilladas. ¡Sí, la también llamada Ciudad de los Reyes se alzaba a escaso trecho!

Corrió hacia las batientes, anheloso de tantear con sus manos aquellos maderos recamados de hierro. ¿Estaría esperándolo Gabriel tras la puerta? ¿Habríase puesto sano y salvo en el refugio de la Ciudad? ¡Sí, seguramente el joven Casavalle lo aguardaba! Entonces, avanzó con celeridad, por entre los pastizales, gritando: " ¡Abran las puertas! ¿Hay alguien ahí? ¡Césares! ¡Abran las puertas!" . Nadie respondió desde las almenas ni desde las torres. Un foso perimetraba la ciudad, el afamado foso del que habían hablado los biógrafos; sobre la zanja, ante la única puerta y único hueco del muro, había un puente levadizo. Entonces, golpeó con sus puños las tablas, en el deseo de hacerlas temblar. ¡No importaba si despertaba al mundo entero!

Al rato, la puerta lentamente se abrió y un hombre estólido con muestras de cansancio en el rostro, lo recibió. Era un hombre longevo, de tez blanca, algo grueso: sus ropajes (que no eran lujosos, pero sí anticuados) estaban raídos y en deplorable estado. En realidad, todo él transmitía un estado lastimero, de penurias y necesidades urgentes. ¡Este era el exponente de la población de la Ciudad! Bien alejado estaba del oro y de la plata que los había hecho insignes. Y más alejado de toda inmortalidad. Si alguna gloria había existido, la misma se había marchado tiempo atrás.


El hombre, de ojos apagados y ausentes, lo miró con rostro de sorpresa. Facundo esperaba encontrar toda una guarnición armada, juvenil, vociferante y numerosa tras las batientes, aprontada para batir a los invasores. Más, no notó nada de eso, como un invitado a una fiesta que se anticipa que encontrará danza, vestidos coloridos, manjares y bulla, y al llegar descubre el salón vacío y el confite en el suelo, porque el corso ya ha pasado. Por el contrario, la fortificación estaba desolada, oscura, envuelta en la misma negrura que lo invadía todo, que lo estrangulaba todo. Un halo nefasto la sobrevolaba; un halo que ahora le anticipaba que no había en la Ciudad más que ese viejo que lo había recibido. Y que no había en el alcázar más tesoros que los que la literatura y los sofistas habían imaginado.

Sondeó las cercanías, y sólo observó callejuelas oscuras y recintos mudos, y lóbregos. Ningún oro relumbraba en los techos, en las torres o en las calles, como se había imaginado. Y, con el rostro cubierto de polvo y de tizne, se volvió, con ahogo, al hombre de atavíos antiguos, ocres y desgreñados. Parecía seguir una moda que ya no existía, tanto como las construcciones repetían una arquitectura arcaica.

—¿Dónde están los otros? ¡Lléveme a los Césares! ¡O a su rey!

—No hay nadie —aseveró el hombre, lacónico—. No hay rey. El último murió hace treinta años.

No estaba detenido ante un hombre de carne y hueso; le pareció estarlo frente a una sombra, a una reminiscencia de otros tiempos. Era un viejo frío, inconmovible, de ojos vidriosos; estaba parado con las manos tiesas junto al tronco y tenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante. Las energías de Facundo, su impaciencia, hasta sus palabras arrojadas con atropello se estrellaban inútilmente contra ese muro helado que no podía conmover ni templar. ¿No eran juveniles los habitantes de la Ciudad? ¿No vestían ropajes claros? En cambio, el hombre parecía enfermo, parecía cargar con unos sesenta y tantos años, y sus atuendos eran oscuros.

—¡No puede ser! —sostuvo, espantado—. ¿Dónde están esos hombres juveniles de blanca cabellera, ojos azules y ropajes albos, a los que la hoz que siempre siega no alcanza? Hay un libro que habla de ellos: ¡no lo tengo conmigo, pero lo he visto!

—Nadie queda —contestó el anciano.

—¿Nadie? —interrogó con asombro—. Pero, ¿dónde está la milicia? ¡Debe aprontarla! Los Guerreros del Viento se acercan y se arrojarán sobre la plaza de un momento a otro.

—No hay defensores. No restan.

No entendió en lo inmediato la sucinta argumentación.

—Pero ¡todos dicen que los tiene!

—¿Dicen? —dijo el anciano, como si fuera un espectro—. Cuando cruzaste el prado, ¿viste a alguien en los muros? ¿O extramuros?

Facundo quedó boquiabierto, con los ojos desmesuradamente grandes de terror. Pensando en la apariencia del alcázar, después de cada evocación del hombre, asintió, sin nada para refutar. Había imaginado (como el resto del contingente) las almenas repletas de hombres y alentado la idea de un recinto colmado de riquezas. En verdad, en él lo último había sido un reflejo del imaginario colectivo, porque no albergaba el menor interés por las perlas. Había conjeturado un sinfín de cosas. Pero, nada había. Huincalef estaba equivocado, tan errado como el resto, creyendo en una plaza habitada. Ahora caía en la amarga cuenta de que la ciudad estaba despoblada.

—Sólo quedamos nosotros dos —dijo el anciano.

Un atrabiliario presentimiento se instaló en la mente de Facundo ante las palabras del hombre.

—¿Nosotros? —interrogó, con amargo desaliento, y hasta sorprendido por la abrupta pertenencia.

—Si —reconoció el viejo.

—Pero, habrán llegado unos hombres —lanzó con impaciencia—. Ellos me precedieron. Usted los habrá visto.

—Todos murieron —sentenció—. Los últimos que entraron también perecieron.

—¿Cómo? ¿Cuándo? —interrogó, fuera de sí.

El hombre, presa del abatimiento, musitó unas palabras. Luego se rompió en llanto.

—Como los otros. Todos se fueron; la guerra, el hambre y la peste, sucesivamente, los vencieron, de uno en uno… Los fundadores llegaron hace muchos años, pero ninguno de ellos quedó en pie, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos… Pero —agregó, pensativo—, hace un tiempo llegaron unos hombres que dijeron ser de Buenos Aires…

La faz desencajada de Facundo adquirió una repentina luminosidad.

—¿Dónde están? —interrogó, imaginando el rostro de Gabriel.

—Se retiraron donde los otros… —musitó, sin turbación.

—¿Dónde están? —repitió Facundo, con renacida esperanza.

El viejo volvió la mirada hacia un campo. Facundo hizo lo mismo. Un fundo negro se dilataba; estaba salpicado de unos contornos difusos, oscuros. El niño, lentamente, dio unos pasos. Nada se movía en el sitio señalado. Y cuando la claridad de ese día gris alumbró el lugar, descubrió las figuras: eran lajas erectas, lápidas, suficiente testimonio del final de los últimos visitantes.

Había temido la soledad. Pero no había imaginado que los últimos seres queridos habrían de salir tan abruptamente de su vida. Gabriel y el resto estaban muertos. No, no era posible. Su mente no podía abarcar la totalidad de aquella nueva. No podía escudriñarla, ni hurgarla so riesgo de no hilar hechos lógicos y consecuentes. Resultaba difícil medir el alcance de la novedad que comunicaban las evidencias: significaba que aquellas personas, aunque existentes mentalmente, ya no lo estaban en la realidad. En sitio alguno las hallaría, aunque revisara hasta el último espacio de tierra. Ya no había movimientos en ellos ni el ardor de las pasiones y las empresas, nada los animaba, ninguna voz manaría de sus bocas ni ninguna calidez, u odio, o amor, destellarían sus ojos. ¿Cómo suprimirlos mentalmente, cómo entenderlos, en forma radical, en un nuevo estadio y situarlos en el punto extremo del hilo de la vida? No era esta la primera vez que experimentaba estas cosas. Todos ellos (y él mismo) habían corrido en vano hacia una meta en la que sólo habían aguardado la muerte y el fracaso. Y la evocación del instante anterior, lo derrumbó.

A continuación, melancólico preguntó:

—Y, ¿las gemas? ¿Y el oro? —preguntó de soslayo, aunque sin interés. En realidad, solo restaba la duda.

—No los hay. Sólo unos objetos, pero no son duros, ni se los puede colectar.

Facundo entendió la Ciudad deshabitada y le destinó una visión: torres foscas ascendían, por entre muros umbrosos y construcciones veladas. Y en la oscuridad ocre que bañaba su rostro, una nueva desilusión sucedió. La mítica y reconocida Ciudad era un fiasco, abandonada y ruinosa, y los tesoros no eran menos quiméricos que el resto de la historia. Todo, o casi todo (el orbe, en verdad existía) había sido una ficción; no había oro, ni plata, ni rostros albos, ni legiones poderosas, ni grandes reyes.

Despuntaba el día y pocas o ninguna esperanza quedaban en el diminuto cuerpo de Facundo. Los hechos lo exponían a una nueva y comprometida situación: muertos los restantes miembros del contingente, estaba solo, varado en esa tierra, apenas acompañado por un viejo estólido y demacrado que había visto a todos y a cada uno de sus congéneres marcharse para soportar el remordimiento de haber sobrevivido. Y la situación era bien aciaga y angustiosa, porque se encontraban a las puertas de la guerra.

Y la voz del hombre sonó, otra vez:

—Sólo quedan ellos…

Facundo levantó la cabeza y lo miró asombrado.

—¿Ellos? —repitió.

—Sí, ellos… —el viejo estaba de perfil, sin mirarlo, como lanzando novedades que para él no tenían ninguna extrañeza ni importancia.

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Facundo, con renovado afán, esperando la mención de otras personas.

—Libros… Todo lo saben… Todo lo cuentan…

“¡Ah, libros!”, menospreció Facundo. Hasta ese lejano lugar llegaba la afición por esos objetos los que, paradójicamente, tenían poco interés para él.

—¿Qué valor tienen ahora unos libros? —preguntó el chicuelo, con acierto.

—Deberías conocerlos —recomendó el hombre, trémulo—. Hablan de cosas que no fueron pero que serán. Los Ultimos, antes de extinguirse, los atesoraron. Intentaron evadirse del tiempo (por eso fueron afamados), y al mismo tiempo creyeron que podían tener control de él si lo resumían a los cortes de un papel. Los textos están escritos en todas las lenguas, aún en aquellas que ya no se hablan; por eso cada página numérica es, en realidad, de setenta y tres en papel, porque tras el primer párrafo se suceden otros, que refieren lo mismo, pero escritos en diferentes dialectos. Llegaron del otro lado del mar, como los fundadores de la Ciudad, y sobrevivieron a ellos.

Facundo escuchaba, pero sin entender.

—La biblioteca se completó no hace mucho tiempo, pues la última remesa anduvo perdida por demasiados años pero, al final, llegó a destino. Quien debía recibirla en la costa murió antes de que los barcos llegaran. Huérfanos, los tomos quedaron varados en la orilla del río color de león. Vieron la luz el día en que alguien se interesó por ellos y los acumuló. Y cuando los Césares se enteraron de que una pequeña aldea india de la llanura los tenía, emergieron de estos muros para portarlos hasta aquí. Pero antes de lograr lo último los tomos se perdieron otra vez, y perdidos estuvieron hasta que un indio los obtuvo de quien los había robado… Aquel los trajo hasta aquí y los entregó...

Había una torre abandonada que se erguía incólume y silenciosa. “Entra en la torre —dijo el viejo—: allí están”. Pero, ¿por qué precisamente ahora el tesoro interrogaba a Facundo, en momentos en que era tan escasa su importancia frente a los graves acontecimientos que acontecían? ¿Quién, en su sano juicio, podía detenerse en algo que no revestía, en las actuales circunstancias, la menor trascendencia? Él, único sobreviviente, vislumbraría las joyas, cuando, paradójicamente, había sido el menos interesado en conocerlas.

—No tengo deseos de conocer nada —contestó el crío, con fastidio y con menosprecio.

Pero el hombre insistió:

—Ve. Conócelos. Te contarán cosas que ignoras.

—¿Cosas que ignoro? —escudriñó el chiquillo, ahora atónito.

—Traes preguntas —aseveró el hombre, con raro acierto—, acertijos. Cada día tu vida suma capítulos pero no ves que sigan un orden. Un hecho sucede a otro pero aún te preguntas si este libro tendrá un final. Y te atribula que no vaya a tenerlo. Hay personas a las que amas: ellas quedaron encerradas en capítulos pasados. Te preguntas si aparecerán más adelante. De eso pueden hablarte estos sabios, aunque, de paso, harán gala de su sapiencia, y te mostrarán otros hechos.

Y la advertencia lo sedujo. ¿Traía incógnitas consigo? ¿No las tenía desde la lejana noche en San Juan? Porque había cubierto, céleremente, con un barniz aquellos misterios que no podía desmenuzar. La vida tenía un extraño hado que hacía exhibir alegres a los hombres aun cuando el final del paso fuera único y conocido. Y un hombre era poco para sondear en su integridad las grandes tragedias: no podría en cada momento, aún el sencillo, reeditar cada vidrio de colores del mosaico de su vida. Había, por tanto, cosas que archivaba en el anaquel del olvido, o de la costumbre.

Ahora no sabía a ciencia cierta cuáles eran esos acertijos, pero sabía que los tenía. El silencio monacal de la pasividad podía calar tan hondo como la bravata más profusa y encendida. Herido por las lanzas de la nostalgia había desconocido las telarañas de su interior, pero no ignoraba que el árbol reverdecía tras el invierno más crudo; que el puma mataba y el guanaco moría, una y mil veces en cada encarnizada batalla patagónica. Ahora podía tener respuestas para preguntas que no tenía, porque sus pretensiones eran muy modestas. No tenía el afán de conocer el futuro universal, o los hechos que afrontaría el género humano, conocimientos que embelesarían a los sabios. Porque allí podía encontrar centurias de episodios épicos y domésticos. Al fin, pudo la duda para impulsarlo a cruzar el foro hacia la torre.

Arribó al sitio, trepó la cuesta, cruzó su explanada cubierta de una vegetación que crecía sin trabas, y se detuvo ante su entrada. Maderos entrelazados con ligereza le impedían el paso. Los tumbó con frenesí y ganó el interior. Avanzó por las entrañas: en algunos sitios, la oscuridad era total, pero continuó.

Ante una puerta, quedó petrificado como alcanzado por un sortilegio: la puerta detrás de la cual aguardaban todos los temores. La abrió despacio. Se dilató una sala circular de amplias dimensiones, vacía en su centro. La ausencia de luminosidad no le permitió, inmediatamente, sondear la estancia con la vista. Hubo de esperar que las sombras se disiparan, y apenas esto ocurrió (porque el cerrado manto gaseoso que cubría el cielo dejó paso a una tenue claridad que ingresó por un ventanal alto), sus ojos se extasiaron de asombro.


Infinitos estantes cubrían las paredes, y en ellos descansaban papiros, rollos, libros y cuadernos dispuestos, todos antiquísimos. Allí estaban, apiñados, como disputándose el escaso espacio al que habían quedado recluidos; como eludiendo la visualización por cualquier ser que descubriera su escondite. Una sostenida y milenaria fuga a través del tiempo los había conducido a ese distante cubil. Oteó las galerías dando vueltas en lo alto y en lo bajo: pasadizos endebles se entrelazaban en el espacio. Y gavetas, y anaqueles, y estantes, repletos de libros, repletos de hojas, cubrían los muros, y daban giros en el perímetro circular hacia un cono infinito. Y las paredes trepaban alto, y le dio la impresión de que estaban prestas a caer sobre él, y que se desmoronarían sobre su cabeza.

Experimentó cierto temor, el mismo que le infringían todas las cosas demasiado grandes, como demasiado pequeñas. Ambas encerraban misterios. Las cosas grandiosas eran inescrutables en razón de su desmesura. Desafiaban a sumergirse en ese océano insondable; pero la eternidad sería insuficiente para escudriñarlo por entero, para llegar a los sitios más recónditos. En las cosas pequeñas aquellos desvelos estaban compelidos a una mínima medida. Sus calidades eran invisibles a los sentidos. Las penumbras señoreaban el lugar, con su consorte, el silencio.

Detrás de él asomó el anciano que le había abierto las hojas de la plaza. El muchacho dijo:

—¿Cuál es, en realidad, el tesoro de los Césares? Porque mucho, y por mucho tiempo, hablaron de él los doctos y los sabios.

—Su tesoro no es de oro, ni de plata. Los metales no existen más que en la mente de los hombres que invistieron a la ciudad de sus deseos. Gran parte de Tierra Adentro —acotó— no es más que una fantasía. Yo mismo lo soy —y aquí alzó una ceja y miró las lozas del suelo— y me marcharé cuando todas las fantasías se marchen. No falta mucho tiempo para eso. Los libros me lo dijeron... Embelesaría a los hombres conocer este tesoro, lo único que resta del linaje que edificó esta plaza. Tan larga travesía no fue en vano para ti.

Detenido en el centro del círculo, Facundo oteó las alturas atiborradas de libros y de cuadernos. Su mente infantil (tan poco adicta a los libros) se maravilló con el avistamiento. ¿Quién habría reunido tantos volúmenes? ¿Quién los habría leído? Y entendió el tesoro como fruto del denuedo y del desvelo, pues su esencia no se hallaba disponible a simple vista. Era esta la lección de la historia de la Conquista: incontables veces los hombres se habían derramado buscando encontrar fortunas que sobresalieran de la tierra, localizables con solo echar un ojo en el entorno. Pero el territorio encerraba platales sólo reservados, como recompensa, al trabajo tesonero.

No obstante, este tesoro poco interés tenía para él. No tenía afición por la lectura. Su esporádica dedicación se disipó, y giró para retirarse. Pero las batientes de la puerta se cerraron delicadamente, cortándole el paso.

—Hombres, unos codiciosos, otros sabios, llegaron aquí y otros no llegaron —dijo el viejo—. A ambos, sumergirse en este océano infinito les estuvo deparado. Unos lo despreciaron, otros lo afrontaron pero no culminaron. A ti no te mueve la ambición, ni la sabiduría. De lo contrario, no te marcharías. Por eso tus ojos verán lo que tienen para contar.

Facundo no entendió sus palabras.

A continuación vio un grueso libro saliendo de su ubicación en lo alto de los anaqueles, adelantar hasta el centro y abrirse ampliamente. Por allá, otro hizo lo mismo. Y luego uno más abajo. Hasta que la cantidad de compendios de papel volando en inusual danza sobre su cabeza, contabilizó la docena.

Y giraron durante unos segundos, y desfilaron ante sus ojos, repasando las hojas. Y destellaron luces tornasoladas, en los que prevalecían el azul y el negro, y sobrevinieron escenas, pasajes, imágenes traslúcidas u opacas. Cuadros confusos, mezclados, fugaces que daban vueltas, se arrojaban y luego se perdían en el torbellino. Lo rozaban, lo traspasaban, lo envolvían.

Conoció la Ciudad de los Césares cuando era, y a sus fundadores cuando llegaron, y vio ejércitos asediándola como un mar embravecido. Entonces, vino el final. Y reconoció a los Capitanes, cuando eran hombres, recorriendo parajes desolados, y los vio lamentándose, y sufriendo, y timando el preciado oro, y la pretendida plata. Y vio ejércitos derramándose sobre Tierra Adentro. Y vinieron batallas, encuentros desesperados. Y vio a una mujer blanca, de notable belleza, y a un joven junto a ella, y no supo que era él. De súbito, a esa mujer en un caballo que corría, y a un niño pequeño. ¡Ambos caían al suelo! Luego, la misma muchacha con los ojos llorosos, y un hombre junto a ella, y una despedida. Y muchedumbres enojosas, y revoluciones, y reyes que caían. Luego, un barco de hierro de dimensiones colosales hundiéndose en el mar una noche gélida. Y lo asombraron aparatos novedosos que surcaban los cielos, y se espantó tan pronto como observó esos mismos aparatos arrojando cargas sobre una ciudad, cargas que saturaron el ambiente de explosiones que lo perforaron. Un hongo brumoso se elevó, a continuación, sobre una ciudad arrasada de Oriente. Y vio a un hombre dibujando una paloma con un ramillete en el pico, y la vio emergiendo del cuadro. Mujeres de blancos pañuelos, en otro tiempo, rondaban un monolito familiar enclavado en una plaza. ¿Por qué ese ritual? ¿Por qué giraban? ¿Qué estaba pasando? Pero los rostros de los que cruzaban circunstancialmente el foro no denotaban que pasara nada fuera de lo corriente. Contempló flamantes ciudades con torres, y presidentes donde antes había reyes. Y luego desfilaron banderas, según la Tierra había sido parcelada. Vinieron campos encharcados, surcados de cicatrices, y soldados afligidos o envalentonados, detrás de numerosas trincheras. Esta era una primera guerra. A continuación, los uniformes cambiaron y cambiaron las armas, pero la pelea continuaba. Dos estandartes principales, uno con estrellas, y otro rojo con una hoz y un martillo, intentaban doblegar a un tercero, que tenía por símbolo una esvástica. ¿Tantos años habría de durar la batalla que le era representada? No reconoció que se trataba de dos guerras diferentes. Y vio animales en cautiverio, y oyó un disparo, y vio desmoronarse al último ejemplar de una especie que, con ese crimen, se extinguía. Apareció una flota, navegando hacia unos peñascos australes; luego, asomaron soldados, bisoños en su mayoría, afligidos por un frío que helaba los huesos. Y los vio confraternizar, y batirse, y los vio, también, rendirse. Epílogo. Y vio a su padre, y a su madre, y la vio gritar, y su casa en llamas. Y como si hubiere pasado un tiempo entre esa escena y la siguiente, descubrió a Amalia en pie, rebullendo entre cimientos calcinados, gritando su nombre.

Las imágenes, intempestivamente, tras desfilar, se difumaron, tan serenamente como habían llegado. Y toda luminaria se apagó. Pero la última escena le había hecho brotar lágrimas de los ojos. ¿Era factible que la mujer amada estuviere viva, buscándolo en el lejano San Juan? ¿Sería verdad? Cuando todo acabó, los libros tornaron a sus sitios. El anciano ya no estaba. Y las batientes de la puerta se ladearon para invitarlo al paso.

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