La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO XXI - EL ORO DE LOS CESARES

Facundo emergió del salón oval con un desconocimiento absoluto del tiempo que había estado encerrado en él. El silencio era total, casi amedrentador. Y no sólo había silencio, sino sombras, porque la oscuridad se ensañaba, obstinadamente, con la plaza. La sensación de un desastre cayó sobre él cuando se detuvo ante unos pilares de piedra.

Estaba solo, abandonado, hambriento y exhausto; las fuerzas arredraban, y su cuerpo hedía, y sudaba, y estaba ennegrecido. Su pelo, otrora ceniza, ahora estaba duro, y oscuro; su rostro, con marcas de hollín y de tierra; sus ropajes, desgreñados; los pies, lacerados.

Allí se elevaba la Ciudad de los Césares; si en el pasado había gozado de un esplendor, ahora sus encumbrados picos estaban arrumbados; las piedras, bajo la tenue luz, lucían ennegrecidas, y las señoriales torres, salpicadas de hoyos negros.

Facundo se apoyó en una columna. Viendo aquel espectáculo, sintióse demasiado acongojado para poder continuar. Aquella negrura penetraba tan hondamente en su corazón que no tenía más pensamientos que para el dolor. Allí estaba el objeto preciado que había desvelado a Haliford y a tantos otros antes de él; allí se emplazaba la ciudad, ruinosa y abandonada, sin más vida que la propia, sin otros tesoros que esos libros que le habían mostrado a su madre, rebullendo entre maderos calcinados, buscándolo y gritando su nombre. Sí; aquella amada mujer, a cuyos brazos quería volver, lo demandaba, lo requería. No había muerto, y esa revelación era el mayor tesoro de los Césares. Paradójicamente, quien menos interés había exteriorizado por el orbe había recibido una gratificación. Encontraría a Amalia; algún día, tarde o temprano, volvería a apoyar la cabeza en su regazo para llorar. Una puerta se había cerrado, pero otra, en cuya cerradura se habían impuesto sellos, estaba abierta.

No estaba Gabriel para recibirlo. “¡Gabriel —evocó—: ibas a llevarme a tu morada. Pues, ese camino se truncó aquí”. Casavalle lo habría llevado consigo, pero ese hecho ya no ocuparía un espacio en el tiempo, porque jamás ocurriría. No habría ya recepción, ni encuentro con su madre bajo el hospitalario techo de Casavalle. Fugazmente, ese acontecimiento se había escurrido entre los dedos. Estaba muerto: se había marchado, con los otros, como el resto de las personas amadas. Y el mundo estaba a millas de distancia, como si un océano mediara entre el sitio y Buenos Aires.

Lloró. Durante un infinito tiempo los pensamientos giraron y, como cuchillos filosos, punzaron su corazón, y desgarraron su carne. “¿Qué voy a hacer? —exclamó—. ¿Cómo regresaré a casa? ¿A dónde iré?”.

De improviso, escuchó una voz; se trataba del cuchicheo de un hombre. Un runrún que interrumpió el silencio. ¿El viejo, quizá? No; era el sonido afilado y límpido de un hombre joven. Se irguió; ahora el corazón latía aceleradamente, como si percibiera la proximidad de una persona amada. Una nueva claridad alumbró las piedras y las murallas; el cielo se despejó y los nimbos que restaban se difumaron. Y la traza gastada aunque fervorosa de Gabriel asomó en una callejuela. Detrás venían los sobrevivientes de la expedición. Entusiasmado, gritando y riendo, echó a correr hacia el pasaje. “¡Gabriel!”, lanzó al aire. A los segundos, estaba entre sus brazos. Él estaba ahí, como de regreso de un sueño, para mitigar, por efecto de su presencia, el espanto de una pesadilla.


Había una torre en la ciudad, y la torre era circular, de modo que no podía fijarse un punto como principio ni como final. El grupo caminó hacia ella. Entonces Gabriel contó a Facundo que, tras el paso del puente, habían acampado en el prado. Al fin, una mañana entraron en la Ciudad desierta. Tan grande era que apenas conocían algunas manzanas. A nadie habían encontrado mientras la recorrida, siquiera al viejo de aspecto ruinoso.

Cuando las temblorosas manos encendieron candelas y antorchas para disipar las tinieblas, el interior de la construcción se les manifestó. Delante de ellos corría una galería ancha delineada por estatuas, y los muros y la techumbre estaban tan lejanos que quedaron en las sombras. El pasador era hondo, y pringado, y húmedo: estaba custodiado por dos hileras de figurados de granito gris en los que manos desconocidas, con arte, habían esculpido figuras soberbias de hombres. Tenían barbas y vestidos largos, ojos ciegos y rostros sin arrugas, y lucían vestidos anticuados. Ninguna luz los alcanzaba y esto ahondaba su misterio. Aunque inmóviles y tiesos, desde el lugar eterno en que estuvieran, aquellos hombres parecían estar mirando a los forasteros mientras franqueaban el corredor. “Conoce a los Césares”, dijo Gabriel a Facundo: “Ellos construyeron la ciudad. Llegaron cuando la colonización y aquí quedaron varados. Sus rostros son juveniles en contraste con la magistratura que transmiten”. Los otrora Señores de la Ciudad estaban allí, devenidos en piedra, y no iban a responder de qué modo habían llegado a ese relegado rincón del mundo, ni cuando había ocurrido eso, ni con qué herramientas, instrumentos y manos habían construido la fortaleza.

El contingente anduvo delante de los monumentos silentes que no iban a confesar nada de sí mismos. Al parecer, nadie del exterior, antes que ellos, había conocido la cara de los hombres y mujeres que las expediciones colonizadoras habían llamado, con cierta pompa, “Césares”. En los tiempos de la colonización se habían barajado diferentes hipótesis sobre la fecha y hasta las circunstancias de su arribo, aunque, ciertamente, no podía afirmarse que no habitaran la Llanura del Misterio con anterioridad al descubrimiento del mundo por el célebre navegante genovés. En efecto, según la lógica de la historia, universalmente aceptada, la presencia de aquellos hombres no podía escindirse de ese hito primero. El hecho del descubrimiento no había sido otra cosa que una cuestión de observación, de conocimiento. Dos mundos habían coexistido, ambos habitados, ambos con sus civilizaciones, pero uno había ignorado al otro y viceversa. Del mismo modo que durante catorce siglos el hombre no había concebido sino que el sol y los astros giraban alrededor de la Tierra, y no de otro modo, casi en el mismo lapso se le había pasado por alto la existencia de la mitad del mundo, también poblada.

Después de la hilera de colosos, alcanzaron los muros circulares. En ellos había grandes losas, y en las losas, grabados e inscripciones. Unos sucedían a los otros. Gabriel acercó la tea a cada una de las lajas, y las escrutó con detenimiento. La historia de la Ciudad estaba escrita allí; las hileras, apiñadas, ininterrumpidas, bajaban desde las alturas, donde la luz no llegaba y donde no era posible leer. Incluso referían sobre las expediciones frustradas que habían encarado grandes exploradores en la llanura de Buenos Aires, en la puna y en la zona mediterránea. Entonces, Gabriel recontruyó, mentalmente, mientras leía, la historia de los Césares; una cronología de frustraciones, de desvelos y de traiciones.

Cuando la llegada de los Césares, gran parte de mundo novedoso era ignorado por las civilizaciones convencionales. Las Tierras del Extremo Sur estaban sólo habitadas por tribus de hombres nómades, encerrados en las edades primitivas de la historia humana. Los descendientes de los europeos demoraron muchos siglos en internarse en él y recabar información. Entonces el Gueot era una vasta planicie en la que millones de ciervos, guanacos, tigres y ñandúes estaban en pie, y de los que esos clanes extraían su alimento. Sin embargo, en ese espacio ya recóndito los Césares eligieron un sitio más recóndito para morar e inventar un mundo. Se recluyeron en el interior de todos los interiores. En un acto creativo (ahora Gabriel interpretaba los testimonios que hablaban de praderas floridas, una ciudad rica y de que sus habitantes eran inmortales), porque el invento era posible donde no había nada, creyeron que podían recrear la dicha perdida. Sembraron árboles, edificaron su propia torre, se procuraron todo el oro y la plata que fuera posible (los que abundaban no allí, sino muy al norte) para que los eximiera del esfuerzo y del dolor de tener que transformar la naturaleza, y hasta pensaron absurdamente que podían en este llano eludir su destino de finitud. Tal vez tal esfuerzo no fue sino una manifestación más de lo que leían en el mundo que habitaban. Todo allí parecía en estado original: los grupos de hombres que encontraban en la meseta parecían detenidos en la Edad de Piedra, sus historias no podían ordenarse en un calendario de fechas y años, y los paisajes estaban intactos.

¿Qué finalidad había movido a los Césares? La obcecación por la riqueza en oro y plata, es decir, sin esfuerzo y a flor de la tierra, había contravenido la máxima universal del Principio, dirigida hacia el trabajo. Pero habían seguido además otra motivación, de ahí su fama de inmortales: la largueza de la vida hasta que no alcanzare un límite, la posibilidad de mantenerse ocultos del Caballero Negro. El primer paso (saltar el océano para pisar el Nuevo Mundo) había requerido de una cierta confianza en las propias fuerzas. Una vez en él la lejanía de las instituciones y la soledad del hombre ahondada por las grandes distancias, habían reforzado en los gringos esa inclinación por eludir el destino hasta lo impensado. Su descendiente contemporáneo, siglos después, el hacendado rural solitario que habitaba una estancia en el desierto, donde la ley sólo mediatamente era personificada por un juez de paz o un coronel, también antepondría su voluntad para establecer su orden en las cosas.

Sin embargo, al tiempo los Césares habían recalado en el carácter de entelequia de su ambición. Por un lado, el territorio carecía de tantas riquezas; por el otro, el Caballero Negro los encontraba allí para volverlos polvo. Tampoco escapaban del tiempo. Éste se acumulaba como se acumulan los granos de arena en la playa; el presente, esa transición que no puede medirse (¿cuál es su medida? ¿un día, una hora, un minuto, un segundo? Y fracciones de segundos, y fracciones de fracciones, y seguir la partición hasta alcanzar la partícula más minúscula donde esté contenido) devenía inexorablemente en pasado; las estaciones pasaban, el medio declinaba y se renovaba cíclicamente. No obstante, buscaron afanosamente dejar en suspenso el tiempo, y aunque finalmente entendieron que era inasible, si entidad independiente tenía, pretendieron mostrar, en lo externo, que aquel no transcurría. No innovaron nunca en sus ropajes ni en sus modas, tampoco en la arquitectura. De cada hombre que desaparecía esculpieron una estatua. Todas las edificaciones eran circulares, como la esfera de un reloj, donde las agujas giran infinitas vueltas, pero no puede fijarse un principio o un final. Y, finalmente, acumularon libros sobre el porvenir de la humanidad; una obra incompleta sin autor, con saltos y vacíos, sin inicio, ni orden ni colofón, un compendio de instantáneas que nunca lograron eslabonar. El guión de la historia estaba ahí, como una materialización del tiempo. Pero no podían alterar los pasajes, sólo leerlos.

No obstante, construyeron un alcázar de murallas y atalayas en el seno de las montañas de granito, y se valieron de la antesala de hielos compactados y de bosques impenetrables para vedar el paso a los forasteros. Pero no construyeron la ciudad por sí mismos, sino que se valieron de una raza laboriosa que habitaba en las grutas. Los enanos eran hacendosos y, por naturaleza, pacíficos; pasaban el tiempo carcomiendo las montañas para robarles trozos de granito y hurgando la tierra para extraer partículas de oro y plata. Pero esa tierra no era generosa en pepitas; sabedores los Césares de esta carencia, y de que los pequeños tenían su voluntad debilitada cuando de esos metales se trataba, planearon engañarlos para que picaran la piedra, la cortaran en bloques y los dispusieran unos sobre otros. A cambio les prometieron, a modo de paga, cinco carros de oro y de plata, metales procurados por los Incas. Puede leerse cierta argucia, maquinación o incluso vileza en su actitud, pues tenían en claro que no iban a pagar la suma convenida, mas alargaron su promesa durante todo el tiempo que duró la obra. Una multitud de pigmeos levantó la fortaleza. Cuando hubo de estar terminada, se presentaron a sus Señores reclamando su parte en el contrato, pero estos los despidieron sin miramientos y cerraron las puertas de la ciudadela para que no entrasen en ella.

Orgath era la cabeza de los enanos, y rojo de furia por el engaño, movilizó a mil pequeños para que atacaran la plaza. Decenas de árboles fueron derribados sobre los senderos, para impedirles a los Césares el escape. Y en el plano delante de la fortaleza, una noche helada y lluviosa, se aglutinaron, inquietos, coléricos, y blandieron hachas, palos y picas. Las fugaces refulgencias del cielo alumbraron tamaña muchedumbre, y alumbraron también a los defensores apostados en las almenas. La batalla duró infinitas horas, tantas que nadie recordaría su número. Orgath envió racha tras racha de enanos, pero cada una se estrelló contra los altos muros de piedra, hasta que la cabeza resignó todo nuevo ataque y se marchó. Sin embargo, aunque Orgath se extinguió al tiempo, la gente pequeña siempre retuvo el recuerdo sobre la falsía y, al igual que sucedió en otros países donde se los engañó o se los trató con ingratitud, los enanos juraron mirar con prevención y con ardiente irritación a todos los forasteros.

Los Señores desperdigaron toda clase de falsías sobre la Ciudad para perder a sus buscadores en el vasto territorio, hasta que el mito se apagó.


La saliente estaba silenciosa: nada sonaba. El mundo estaba callado. Tal mutismo a los hombres les pareció siniestro, expectante, pues parecía que ocultaba deslizamientos, y planificaciones, en lo bajo.

De improviso, rompió el ruido de una multitud. Sonaron ruidos metálicos, y voces que daban órdenes, y rugidos de bestias enormes. Repicaron tambores, los que espantaron a todas las criaturas, hasta a las lengas que crecían en el hueco. Los excursionistas saltaron hacia una terraza y dirigieron su mirada al puente. Una multitud venía por él.

—El Conquistador está aquí —dijo Gabriel, sin sorpresa.

—Nos cortó el paso —dijo Haliford, con espanto—. Y todavía resta mucho por revisar de la ciudad, porque nada de valía encontramos.

—¿Dónde están los indios?

—En el prado. Antes de entrar, se topará con ellos.

Vieron asomarse estandartes raídos, y armaduras en pechos, y cascos de dos clases que cubrían rostros; y espadas, y picas, y lanzas con puntas de fino acero, y alabardas, y estoques, y rodelas en los brazos izquierdos. El naciente sol relumbraba en tanto metal, tanto acero congregado. Soportando el frío del alba, el Conquistador tiraba de un ejército horrible. Sus esclavos estaban protegidos por petos y cascos, algunos brillantes, otros herrumbrosos, y alzaban estandartes deshilachados; junto a ellos andaban compañías de enanos que empuñaban hachas trilladas y arcos y flechas; y docenas de bestias extintas pujaban por el espacio con quienes las rodeaban. Cuando las luces del naciente día eran aún tenues, el Ejército metálico había iniciado el cruce del puente hacia la Ciudad. Se trataba de una hueste lastimosa; ahí se arrastraban los Capitanes que aún prolongaban el tiempo de la rapiña, como postrer refugio de todas las energías, las pasiones y las entelequias. Éstas sobrevivían en los espectros, ahora, en un estado neto; netos eran la ambición y la obsesión del Conquistador, netos eran los bríos y netos también eran los espejismos.

Mientras las gigantescas aves de rapiña en las que se apoltronaban los soldados de la Conquista daban vueltas sobre el puente, la multitud andaba entre ruidos ásperos y estridentes. Pequeñas figuras ocres marchaban en filas apretadas, farfullando y bramando, y el hilo se alargaba como un río. Las hileras de arcos zigzagueaban al compás de las frenéticas piernas y las picas de coihue de varios pies de altura oscilaban sobre las cabezas.

En el final de la hilera asomaron unas criaturas de largo pelambre de los que ya no se conocía ejemplar vivo; andaban inclinadas, en cuatro patas, pero a veces, lo hacían en dos. Entonces, ostentando una talla grotesca, caminaban torpemente entre el gentío, emitiendo ronquidos estremecedores. “Parecen criaturas extinguidas: se asemejan a los Megatherium”, evocó Gabriel, anonadado, porque de esa especie extinta los contemporáneos solo conocían dibujos, formas o huesos, todos provistos por las manos laboriosas de exploradores como Owen o Darwin. Y a continuación el naturalista descubrió a otras criaturas, novedosas éstas, de las que ningún libro de la civilización regalaba una ilustración, pero de las que iba a conocer más tarde. Una docena de enanos laceraban y forzaban a andar a los símiles de los perezosos desde el lomo de animales gruesos en el frente y afilados en la parte posterior; estas criaturas llevaban una melena y detentaban dos colmillos filosos como dagas. No parecían mansas ni fáciles de conducir pues, cuando los bajos los azuzaban, fácilmente se irritaban, y movían las cabezas, y alargaban los cuellos para emitir rugidos estruendosos.

Al fin, la muchedumbre se congregó en el plano, dejando un espacio entre ella y la Ciudad. Allí se apiñaron fila tras fila de enanos que llevaban antorchas encendidas, y feroces soldados extintos que blandían espadas loteranas, que portaban rodelas y daban gritos destemplados; y jinetes tenebrosos que sostenían bolas de metal con puntas y largas lanzas en ristre. A su lado, las bestias enormes y peludas, emparentadas con los perezosos, reales gigantes que, ora caminaban, tardamente, en cuatro patas, ora posicionaban sus cuerpos sobre las patas traseras. Sus cuerpos, gruesos, estaban enteramente recubiertos por un pelambre largo y pardo; sus hocicos eran largos en algunos, cortos en otros, puntiagudos en todos. Portaban ávidas garras en las manos y en las patas, tenían puntiagudos colmillos y exhalaban bramidos escandalosos, a modo de lamentaciones por los azotes que les irrogaban los hombrecillos que los montaban.

De pronto, el gentío se abrió y dio paso a una figura alta y maléfica, montada en un caballo azul. Arrastraba a un séquito de cuervos; una máscara, continuación del yelmo, le cubría el rostro. Y encima del casco se había ceñido una corona relumbrante, de infinitas agujas. La oscuridad del medio lo sumergió en igual palidez, aunque eso no opacaba la brillantez de su armadura ni de su casco. Su mano enguantada extrajo una espada larga, y también la hoja refulgía. De la otra pendía una macana de ocho puntas, que oscilaba junto a las patas del caballo.

—¡Aunkenk! ¡Aunkenk! —gritaron los nativos que lideraba Epumari y que esperaban extramuros, porque habían resuelto no entrar a la Ciudad—. ¡Cazador!

Era Asdrúbal, el Conquistador, el Marqués, el General de los errantes, llegado de allende para enriquecerse, aunque la tierra le había sido, al final, hostil y ningún tesoro le había regalado; pero conocía mucho de la Tierra Misteriosa, y su avidez, a pesar de los tiempos, era grande aún porque al no haber sido saciada, había crecido. Monopolizaba la autoridad en su séquito. Ya había modelado (y ya portaba) la corona para convertirse en señor de esas tierras y de la Ciudad, y cumplir con la promesa que antiguos príncipes habían pronunciado. Se había refugiado en las Altas Colinas, en un mundo desconocido y frío, que albergaba a estas y a otras leyendas, porque no había querido marcharse con su época.


Cuando los forasteros vieron las compañías, Haliford ordenó a su séquito que cerrara las puertas de la Ciudad. Los hombres corrieron hacia las hojas y mientras una hilera del ejército se acercaba por el frente, las unieron y las aseguraron. Al cabo, Haliford resolvió apresurar las pesquisas para encontrar los tesoros. Ahora, en el interior de la plaza, restaba seguir el plano trazado por Zaldívar (pues el libro estaba dotado de uno). El texto ubicaba los objetos áureos en un edificio que destacaba del resto y que había oficiado de palacio del rey de la Ciudad. Había un edificio tal, cuya torre circular se alzaba en el centro. “Ése es”, aseveró el capitán. Caminaron hacia la atalaya y subieron por las empinadas calles de piedra.

Entre tanto, los indios estaban en el prado, ante los muros de la Ciudad. Formaban un gentío exiguo en número, reducido en comparación al manchón que dibujaban las legiones del Conquistador. Pero a pesar de esa disparidad, conociendo que el Conquistador se arrojaría sobre los toldos de la Tierra de las Altas Colinas después de que ocupara el alcázar, Epumari iba a presentar combate.

Aquella batalla habría de ser pequeña, insignificante para la historia de Tierra Adentro, ineficaz para torcer su destino. Después de lograr su propósito, el Capitán iba a ejecutar su plan de instaurar un Orden en el Este, y desembarcaría en el Centro, donde se apiñaban los grandes cacicazgos para la pelea final. Pero el jefe indio local no iba a ceder un palmo sino era desalojado.

—Cierto es —dijo el cacique a sus seguidores— que el ejército de Pillán inundará los campos aledaños y, entonces, no habrá refugio para nosotros ni en las montañas ni en los prados. Su fulgor no encuentra límite, y crece. Tras este combate, mis hermanos del norte deberán prepararse porque la lid que aquí ha comenzado se derramará por Tierra Adentro por entero. Bien conoce las rencillas que hay entre los indios de un lado de la Cordillera de los Vientos y del otro, y bien sabe también que en el centro de la Tierra Oriental se apiñan los grandes cacicazgos, en continua lucha contra el hombre blanco. Pues, se valdrá de estas inquinas para enfrentar a unos contra otros y, en medio de la discordia, hará prevalecer su mando.

“Pero no hablemos más de lo que vendrá, porque, ahora que esa lid empieza, habrá una pelea delante de los muros de la Ciudad de la Montaña. La prudencia dicta que nos retiremos, que eludamos el choque. Pero es tarde. Ya esa prudencia se dejó manifestar por la boca de Huincalef, cuando éramos más numerosos y aconsejó que no abandonáramos nuestros toldos. Mas, no la observamos. Somos escasos, me temo. Pero daremos pelea.

Sonó una voz y la hueste india se movió en silencio. A la cabeza marchaba Epumari. Los gladiadores iban a pie, moderando la marcha, en filas todavía unidas: la luz del sol, aunque tenue, hacía brillar la punta de las lanzas. Los cuerpos, envueltos en quillangos o en cueros, caminaban con la vista puesta en el frente. Epumari miró el lado opuesto del prado, donde se congregaba el ejército adverso. Allí había enanos con cascos derruidos y un duro pelaje cubriendo sus cuerpos, y soldados atávicos de brillantes armaduras con los rostros cubiertos por máscaras, y en las manos destacaban hachas, y espadas refulgentes, y escudos redondos bruñidos. Las fantásticas bestias que resaltaban aquí y allá superaban en altura al gentío que las rodeaba; estaban inquietas y emitían rugidos y ronquidos tan sonoros que los indios, del otro lado del llano, los escuchaban con nitidez. En el frente estaba el Rey, soberbio, que ya se anticipaba el triunfo, pues el indio venía con menos de doscientos hombres cuando él tenía más de mil esclavos a sus espaldas. De pronto, poseído por una furia incontrolable, Epumari lanzó un grito de guerra y se precipitó en carrera con su horda sobre el campo verde.

El Marqués Asdrúbal miró el horizonte, se aseguró de que se mantuviera oscuro, se irguió sobre los estribos y gritó palabras de guerra en un lenguaje ya olvidado. Entonces el ejército enemigo se rompió y una caballería integrada por cien corceles azules de gran porte adelantó desde las entrañas. La apariencia de los campeones que los montaban era deplorable, porque sus armaduras estaban corroídas, y las espadas, enmohecidas; y las telas de los pantalones y de los calzones de paño estaban deshilachadas. Cargaron los Capitanes tenebrosos montados en corceles añiles; corrieron haciendo girar las macanas sobre sus cabezas; y también cargaron los que iban a pie, oponiendo sus rodelas, y también corrieron los enanos. Entre ellos venían las bestias, a grandes trancos, ora en dos patas, ora en cuatro, rugiendo con sonoridad. Las masas se fundieron, y hubo polvo, y hubo jaleo, y hubo ira. Los guerreros nativos chocaron en el medio del terreno con las bestias añiles, las cuales corcoveaban con sus cabezas hacia uno y otro lado, mientras sostenían un paso veloz.

Los indios pelearon con encono, pero fueron decayendo en número. Enardecidos combatieron en pelos, lanza o boleadora en mano, y enfrentaron a los Capitanes de arreos oxidados, y a sus bestias azules, tan pestíferas como sus amos, que exhalaban hilos de hediondo vapor. Ante los colosales símiles de los perezosos, lanzaron estocadas hacia arriba, y atravesaron la gruesa piel de esos brutos; entonces, entre rugidos, manaba la sangre a borbotones, los gigantes tambaleaban y se desplomaban, aplastando pigmeos y espectros.

Hubo una lucha terrible. Las interminables líneas enemigas se extendían por el prado, alimentando otras que serpeaban por el campo, y por más que los indios las batían hasta limpiar el terraplén de enemigos, otras rachas arribaban prontamente. Soportaban el asalto a costa de elevadas bajas, pues los mandobles de los enanos sembraban el campo de caídos. Pero mayores fueron las causadas a los pigmeos, pues aunque éstos tenían a su favor que eran superiores en número, la altura neutralizaba esta ventaja. Un solo indio era suficiente para barrer a tres y hasta a cuatro enanos.

La lucha en el llano fue encarnizada; doscientos visitantes batieron hasta el límite de sus bríos los sucesivos oleajes de invasores. No bien era repelida una línea, a continuación surgía la siguiente. Pero aunque se combatiese a los enanos hasta que todo el campo se cubriera de muertos, siempre quedaban más enanos, más enanos de refresco; siempre persistía esa muchedumbre iracunda que se ondulaba y que no disminuía.


La furia del combate arreciaba en el campo ante la Ciudad; las huestes metálicas y las bestias del Conquistador, en medio de gran estrépito, intentaban abrirse paso a través de la legión indígena. Un océano encrespado se mecía, y ondulaba, y se abría y se cerraba. Las lanzas se rompían contra los escudos de acero de los capitanes; éstos, pesadamente, caminaban, eludiendo los bultos o tropezando. Y en medio de ellos destacaba la figura maléfica y soberbia del Conquistador, que arrastraba una capa deshilachada y portaba un yelmo oxidado; igual de deshilachados estaban sus guantes, a través de los cuales asomaban dedos huesudos y pálidos, que empuñaban una espada brillante que resplandecía a los rayos del sol. Porque de tanto en tanto, por entre los cirros oscuros que sellaban el cielo, asomaba el astro rey y derramaba sus radiaciones en el campo, e iluminaba los cuerpos desnudos y sudorosos de los indios, o los cubiertos de pelambre de los enanos o las bestias, y el metal de los petos y los cascos. De inmediato, como quien abrió una ventana, se asomó y se espantó porque lo que vio no era bueno, las nubes se cerraban y el sol volvía a parapetarse detrás de ellas, para volver a curiosear de tanto en tanto. Y de seguro, el sol se había espantado porque abajo ocurría una lucha terrible entre dos mundos. Allí peleaban los vasallos del Conquistador; estaban los esclavos que habían deambulado por toda Tierra Adentro, obedeciendo los dictados del Marqués; y estaban los enanos y los escasos caciquillos que el Invasor había sumado en su cruzada. La multitud emitía el ruido de una marejada tempestuosa.


De improviso, sonaron bramidos estentóreos, mugidos lastimeros que no provenían de bestias domésticas o de alguna de las salvajes conocidas. Asomaron unos lomos detrás de unas serranías gastadas y la confusión se instaló en el seno de la horda indígena. Los guerreros de vincha y cuerpos desnudos miraron en una dirección, en otra, y se miraron entre sí, preguntándose mentalmente el origen de aquellos quejidos. Un océano de enanos montaraces avanzaba apretujadamente. No venían a pie. Montaban criaturas desconocidas para los blancos, aunque no para los indios, miembros de una especie que no estaba extinta (aunque era ignorada por la ciencia) que se había refugiado en la Tierra Misteriosa, y tenía en ella su último cubil.

Algunos exploradores, años más tarde, cuando la conquista definitiva, encontrarían restos de aquellas fieras. Cierto era que la llanura y las Tierras del Sur habían alentado (cuando la aparición de los primeros fósiles referidos a mamíferos de gran porte) la idea de que el territorio estaba habitado por animales voluminosos no clasificados. Incluso, algunas autoridades de la época colonial (tiempo de mitos) habían procurado la captura de ejemplares. Pero reiterada por los indios era la voz de unos brutos que habitaban las extremas tierras australes, a las que habían sido relegados por el avance de los pueblos y que los nativos llamaban Iemish o “tigre del agua”[34].

Eran animales gruesos en el frente y afilados en la parte posterior, de cortas patas, dedos unidos por membranas y un pelambre bayo también raso. Extendían hacia el frente unas cabezas más pequeñas, casi redondas, en las que destacaban una trompa pronunciada y dos colmillos que sobresalían largos como cuchillos. Eran bestias de gran porte; en línea, avanzaban por el campo entre bramidos. El pelaje bayo brillaba, y una rasa melena agravaba su fiereza. Cargó el oportuno tumulto contra el gentío aglomerado en el centro del prado, y los enanos, en la grupa de los Iemish, limpiaron el terreno de adversarios.

Los cuerpos de los Iemish aparecieron uno detrás de otro y cubrieron el campo a la carrera. Sí, corrían hacia la hueste indígena que intentaba rearmarse. Se infiltraron en las huestes del cacique y abrieron claros en ella. Exhibieron los largos dientes a indios. Hilos de saliva pendían de sus bocas. Anduvieron ágiles, frenéticos, lanzando tarascones. Indóciles, incluso arremetieron contra los caballos de los soldados espectrales y se trenzaron con ellos. No cejaban, incluso, cuando los nativos hundían sus lanzas en los lomos, ni cuando el enano que los conducía era desalojado de la grupa. Ni ante un tronco derribado detenían su persecución: los rapaces animales daban un certero salto y lo sorteaban con celeridad y precisión para seguir la carrera. Epumari, iracundo, lanzando gritos, espoleó al caballo, e intentó reorganizar a sus hombres, pero mientras los Iemish venían por el flanco, una hilera de arcabuceros y de ballesteros empezó a disparar sus proyectiles desde otro.

La sumatoria empeoró la situación de Epumari. La violencia de la primera acometida había debilitado su frente; ahora el Enemigo recibía nuevas fuerzas. De súbito, en el cenit de la contienda, un quejido rasgó el cielo. En la tierra que se extendía en la delantera de la fortaleza, nutridos ejércitos se arremolinaban como un mar encrespado. Miles de cascos, de lanzas y de arcos, esgrimidos por un inconmensurable piélago de diminutas criaturas y de sombras, destacaban en el campo, en lo bajo. Y los gladiadores ya se apiñaban con desafuero frente a los altos muros de piedra. Entonces, docenas de peñascos cortaron el aire en lineal trayectoria hacia el prado donde se peleaba, hacia los torreones y las atalayas del orbe. Los merodeadores aéreos, los gigantescos Trarü, temidos por los indios, soltaban piedras sobre la ciudad y el campo.

Luego de elevarse por sobre las torres de la fortaleza, los caranchos viraron y volaron hacia el manchón. Volaron casi a ras del suelo. Chocaron con caballos e indios, los desparramaron, y cogieron con sus garras a numerosos guerreros, sin distinción de clan, para volver al cielo y descender de nuevo. Hubo entonces confusión, y muchos indios aminoraron el paso, y se miraron unos a otros, y miraron el cielo mientras las criaturas lo surcaban, y creyeron que debían huir y desbandar el malón. Los Guerreros del Viento, envueltos en ropajes anticuados, merodeaban, y blandían sus oxidadas espadas y las macanas espantables, y declamaban el inicio de la irrumpida final. Cortaban el aire con sus vuelos; forzaban a las gigantescas y carroñeras aves a abalanzarse sobre los indios y a limpiar el terreno de ellos. Y a pesar de la oposición de los pedestres que les disparaban sus largas lanzas, prosiguieron con sus latrocinios abriendo brechas en la horda india.

Cundió el pánico, porque las aves despejaban el prado de combatientes sin hacer distingos, y remontaban con presas en sus patas. Los indios se aterrorizaron y entendieron que no podían batir a tales criaturas de otro mundo. Los “kra, kra, kra” se multiplicaron, prologando cada redada; reinando el pavor, los aborígenes se espantaron y comenzaron a escapar, ora solos, ora en grupos. Rompieron filas, arrojaron las armas, gritando de terror, y huyeron hacia todos los rumbos.


Sonaron bramidos, y gritos, y sonidos de destrucción, porque las puertas de la Ciudad estaban siendo astilladas a golpes de hacha, mientras Amo merodeaba en su cabalgadura, aguardando que las batientes cedieran.

Con premura, ante la inminencia de la inundación, Haliford dirigió a los hombres hacia la construcción. “¡A prisa! ¡A prisa!”, gritó. No encontró a su paso ninguna de las manifestaciones áureas de las que el texto y las leyendas hablaban; no había oro en los edificios, ni en las calles, ni en parte alguna. Al fin, tuvieron el edificio delante: era una torre alta, oscura, de arquitectura antiquísima. Ese era el sitio donde se acumulaban, según el escritor, los tesoros de la fortaleza.

Entraron, mientras el mundo parecía estallar. Ascendieron, hasta que llegaron a un pasador. El corredor era espacioso. A su final había una puerta de dos hojas, de gran altura: entonces, los hombres las empujaron y tras abrirlas y pasar al otro lado, las sellaron, rogando que resistieran de ser la torre invadida. Un nuevo pasillo de gruesas columnas se alargaba; al final, había otra puerta, diminuta, entreabierta, que dejaba el paso a una sala.

Se detuvieron ante esta entrada. Haliford se sumergió en un antro oscuro, y a continuación, ante sus ojos, surgió un velo deletéreo, a modo de una gasa transparente, que dejaba traslucir objetos. Detrás de aquel cortinado se acumulaban los tesoros, creyó. La ilusión óptica prometió más de lo que realmente era. El volátil velo era llevado por las brisas que entraban por una ventana: tenue amparo detrás del cual unos discos refulgían, y el bruñido y el argento destellaban prometiendo riquezas y honores. Y la visión lo deleitó, y lo sedujo, y lo encadenó a las preseas. Y, por un instante, se asemejó a los Capitanes por su voracidad.

Se adentró Haliford en el cubil, ante la mirada atónita de sus hombres, quienes raudamente planearon alzarse con su porción de joyas. ¿No era hora de reclamar su parte, después de tanto esfuerzo? Llegó la hora de la rebelión. Cuando antes tanto habían resistido la empresa de seguir hasta la Ciudad, ahora, ante su tesoro, se obnubilaron y sintieron el impulso de apoderarse de la mayor porción posible. Entonces, no hubo jerarquías, ni grados, ni líder que obedecer. Pujaron, se pelearon, pero Haliford, abriéndose paso a puñetazos, emergió airoso, para enfrascarse en la faena de asir los áureos objetos.

Se aproximó a ellos, pausadamente, como hallando deleite en la previa contemplación y tomó, finalmente, un cúmulo de monedas. Estas resaltaron bellas, bruñidas, en su mano. Se trataba de onzas de oro (el equivalente a ochos piezas de escudos), macuquinos de fines del siglo XVIII, acuñados en el Potosí. Gran parte de la producción de las Casas de Moneda de la América colonial, doscientos años de numismática, se concentraba allí.

Pero pronto las cecas perdieron consistencia, devinieron en polvo, el dorado se tornó ocre y, al cabo, la mano sólo contuvo una porción de cenizas, mientras el resto rezumaba entre los dedos y caía en torrentes al suelo. Presa de la locura, Haliford cogió otras monedas de plata, unas más antiguas, y otras, labradas en 1780, también en el Potosí, en el que los monarcas españoles aparecían de perfil, laureados y vestidos como emperadores romanos. Pero en lo mismo se trasuntaron. E igual suerte tuvo cada uno de los sellos que contactó.

Quienes vieron la escena quedaron atónitos, pasmados. Ahora el capitán estaba de cuclillas, y sollozaba como un niño al que le habían arrebatado su juguete. Porque el ignominioso viaje por el desértico sur en busca de una Ciudad perdida había terminado en esas lozas, ante un tesoro que no se dejaba subyugar, ni apetecer. No consentía tregua ni victoria a favor de estos viajeros y, quizá, de ningún otro, anterior o venidero. Era extraño, pero hasta el quimérico tesoro engarzaba a la perfección en esa Ciudad, en ese mundo de imágenes recreadas. La imaginación, más que la mano de los hombres, la habían ideado. Y el áureo tesoro era otra apócrifa ficción. Los ojos comunicaban partes engañosos pero el contacto deshacía las cosas y diluía las imágenes. Los hombres quedaron descorazonados, petrificados pues, deteniéndose en la conducta colectiva anterior, habían peleado por nada.


De súbito, llegó del exterior un griterío horrísono y Facundo se asomó a la terraza. Las huestes rebullían en el plano, y allí todo era confusión, y desorden, pues Capitanes, indios y pigmeos se mezclaban; y las hileras de lanzas y de hachas ondeaban, como crestas. Ya las tropas habían ganado el interior de la plaza y se desparramaban en todos los sentidos.

Anticipando la zozobra de la ciudad, los expedicionarios se volvieron hacia Haliford para esperar órdenes. Aquel los había empujado a adentrarse hasta tocar la Cordillera, y no había resignado la conducción de la empresa en ninguna etapa del viaje. Pero ninguna directiva manó de la boca de Haliford. El hombre permanecía inmóvil contra la pared, con la cabeza embotada, y parecía desprovisto de las energías de que había gozado en el pasado. No era momento de debilidades, menos aún en el lider del grupo, pero, inoportunas, aquellas aparecieron en el momento menos conveniente. Entonces, todos giraron hacia Gabriel y éste tomó el cetro que sus compañeros le entregaron.

Casavalle ordenó recorrer con presteza los pasillos y los subterráneos, y abandonar la plaza antes de la llegada de las falanges a la torre. Los hombres corrieron a través de la espaciosa galería, junto a los gruesos pilares, mientras el fragor recrudecía y el ruido que producía la multitud que entraba a la ciudad, saturaba el interior, las galerías y cámaras. La torre por entero estaba subyugada por la oscuridad. En la negrura, Facundo se aproximó a Gabriel, con inquietud, pues las paredes que los flanqueaban constituían un macizo horripilante del que escapaban toda clase de gemidos y ruidos que helaban la sangre. Corrían peligro de ser cercados, por un lado, por los saqueadores y, por el otro, por los muros que se elevaban a los lados.

A poco de andar dichas impresiones se vieron confirmadas. Oyeron pasos secos en la galería y, acto seguido, tras cada golpe, el sonido de puertas que se fracturaban. Los hombres dirigieron incesantes miradas en su torno, en tanto los estruendos, pausados y rítmicos, sonaban más fuertes. De pronto, asomaron yelmos adornados, el telón oscuro se rasgó como una tela y los pavorosos Capitanes brotaron ostensiblemente. Trozos de la construcción principiaron a desmoronarse y la negrura de un ser que sobrevolaba la torre selló las góticas ventanas situadas en lo alto.

Ante la visión de la criatura voladora los viajeros echaron a correr a la mayor velocidad que podían sostener. Se abrió, abruptamente, un hueco de dimensiones grotescas en uno de los muros, y un tétrico Carancho de cuello blanco surgió ante los acorralados, batiendo sus alas, originando vientos turbulentos en el interior de la estancia. A la sazón, Haliford extrajo su resplandeciente espada de la vaina y la exhibió, desafiante, a la gigantesca bestia.

Las puertas que habían sellado temblaron a su vez, hasta que se fracturaron por la entrada violenta de colosales jinetes. Un rugido lacerante sesgó el silencio monacal y anticipó la cercanía de visitantes. Diez guerreros de armadura, enfilados, montados en gigantescos corceles azules, éstos enteramente enjaezados, penetraron a través del pórtico a la vasta galería. Los gruesos cascos de los caballos color de zafiro (aquellos que habían visto por vez primera en el lago), retumbaron y algunos de los jacos se elevaron sobre sus patas traseras ante los excursionistas, entre bufas y resoplidos.

Mientras los Guerreros del Viento, totalmente recubiertos de gruesas armaduras, mostraban sus herrumbrosas espadas loteranas, Gabriel se opuso al aéreo animal. Éste se elevó ante él, agitó sus extremidades aladas, y dirigió al osado una exhalación furibunda. Tembló el paso: los hierros laceraron la atmósfera y chocaron contra las piedras.

Entonces, Casavalle ordenó a Facundo:

—¡Huye! ¡Vete!

El niño, aterrado, vio una escalera que subía por una torre. Entonces, fatigado, con rostro desarmado, trepó los peldaños hasta que estuvo en una sala, en la cima de la construcción.


De improviso, Facundo observó surgir al adalid de la plaga, el Cazador, el Marqués Asdrúbal, montado en un Carancho Gigante, asomando a través del ajimez del torreón. Volaba a elevada altura, oteando los interiores, agudizando la mirada en pos de detectar objetos valiosos, apetecibles, y parecía olfatearlos, sin que fuera necesario el tacto para conocerlos. Y vio al muchacho; éste quedó inmovilizado, mientras la bestia se bamboleaba y el Capitán era obligado a dar un rodeo corto para amansarlo.

El adalid de las legiones tétricas cruzó el ajimez y estuvo en el interior de la sala. Arrastró consigo a un séquito de cuervos que gritaban chillonamente y daban giros en derredor. Portaba la corona de oro que declamaba que era Rey de la Tierra de las Altas Colinas. Había dejado su montura en el exterior. Se aproximó al muchacho con la hoja de dos filos en la mano: la luminosidad del día reflectaba en su yelmo adornado, en su peto bruñido y en la espada reluciente. El crío, trémulo, conquistado por el pavor, cayó al suelo, reptó hacia atrás mientras el legendario guerrero andaba sobre las lozas. Gruesas columnas de humo (señal del último combate) tululaban en el exterior, a espaldas del Conquistador. Todo él destellaba avidez y una ruindad atávica, además de frustración y queja. El paladín de las huestes que arrasaban iba a reclamar su tesoro, y no estaba dispuesto a abdicar a él.

A la sazón, habló.

—¡Oro! —tronó el Conquistador con voz pastosa—. ¿Dónde está? ¡Contestad! Porque mi séquito es de caballeros ambiciosos y valientes. Tras haberme seguido en esta empresa, debo gratificarlos. La cuna fue esquiva en embozarlos con ropajes de noble. Pero regir sobre naciones nos fue deparado y conocemos las reglas del honor y la etiqueta. Conservo a mi lado a escuderos y pajes, a hidalgos y plebeyos, doscientos en total; a todos ellos, la avidez los extrajo de la planicie de la paz para lanzarlos a la más perturbadora violencia, porque el deseo lejos de languidecer se ha encendido con el paso de los años. Reclamamos las mercedes, los honores y los privilegios de personas de nuestro rango. Pero vislumbro que vosotros ya se alzaron con mi tesoro.

Mientras escuchaba estas palabras, le pareció a Facundo ver llamas crepitantes en los ojos del Paladín. La razón se había escapado del Adalid hacia centurias y, su espacio, había sido ocupado por la locura.

—Nada tenemos —contestó Facundo, con pavor—. Solo queremos irnos.

Pero el Rey respondió:

—Las batallas reportan prisioneros para el vencedor. Ustedes son los primeros de esta guerra y esa condición la conservarán por muchos años, pues esta lid recién despunta y no verá su final sino el día en que el rey de Oriente me entregue la baja llanura donde cimentó su imperio.

¿El Rey de Oriente? ¿A quién se refería? ¿Un recién llegado, un soberano nuevo?

Allí estaba el chicuelo, distanciado de los suyos, los que estaban acorralados y amenazados por los Capitanes.

—Diriges una soldadesca depravada y licenciosa —espetó el mozuelo—; tu corte es disoluta y lastimera, y su líder, último campeón de una raza decadente, tiene su inteligencia debilitada y extraviada, pues ahora proyecta su sombra sobre un grupo igual de miserable.

¿Cómo librarse del yugo? Facundo, rápidamente, recurrió a una artimaña. Seguramente el Paladín ignoraba (pensó) que nada de valía había en la alcazaba. No sabía que sus esfuerzos eran estériles, pues no había riquezas de oro y plata. Sólo un sueño irreal, una quimera, repetición de otras entelequias que habían brillado a su tiempo en diferentes partes de América, había aventurado a todos a una búsqueda alocada y fútil. La codicia que desembarcaba del pasado (personificada en los Capitanes) se había unido a otra nueva (encarnada por Haliford) para arribar juntas al mismo desastroso final.

Mas aquella criatura fementida no sabía esto, desconocía que ellos habían resuelto el arcano de la Ciudad. ¡Sí, lo ignoraba! Y, por tanto, era dable burlarla, para preservar la integridad, orientándolo hacia el sibil donde gemas inconsistentes se aglomeraban. Y con ese as en la manga, intentó negociar el salvoconducto personal y el de sus compañeros de travesía. ¿No había engañado a Funes para que recorriera 319 leguas?

—Vuestro largo viaje será, al fin, recompensado —dijo, coloquialmente—. Hallarás los tesoros en los túneles de esta fortificación. Te los cedemos. Pero, a cambio, ordena a tu falange que no nos haga daño y no intercepte mi salida ni la de mis compañeros.

—Hablas de tesoros —refutó el Conquistador, con voz glacial— que no vieron mis ojos. Además, ¿quién me asegura que no rapiñaste mi acervo? Os escurrirás en la noche como ratas con un trozo de él.

—Buscaron una tierra donde erigirse como señores —dijo el chicuelo, según las historias que había escuchado de la boca del erudito Casavalle— y, tras nuestra retirada, regirás sobre esta Ciudad que te cedemos. Tu majestad será reconocida en estos lares. Y al señor de la Ciudad también cedemos sus tesoros, pues grande ha sido nuestro suplicio en nuestro viaje hasta aquí para tener que soportar otro, igual de desventurado, volviendo con siquiera una fracción de él. Nuestras energías están melladas, y no nos restan fuerzas, ni tenemos arreos para transportarlo.

—¿Piensas que dejaré que un chicuelo me engañe? —se obstinó, acercándole su oscuro yelmo que mantenía oculto su rostro—. Un niño no nos impedirá cumplir nuestro designio.

—No estoy engañándote —se apresuró el muchacho a descargar.

—¿Crees que permitiré que se vayan con mi tesoro? —insistió con voz acuosa el Paladín.

—¿Cómo nos iríamos con él? —esgrimió Facundo, astutamente—. ¿No viste a la retahíla de desarrapados y hambrientos que me acompaña? No tenemos provisiones, ni enseres, ni ropajes. ¿Observaste animales destacar en nuestro grupo? Nuestras miserias reportan suficiente crédito a mis palabras. Y si no lo crees así, vete a constatarlo por ti mismo. Y lamentarás nuestro aspecto porque desafío alguno despierta.

Dudó el Marqués durante unos segundos, oscilando entre la factibilidad de un artilugio y algo real. Durante ese tiempo, Facundo esperó, por espacio infinito, escuchar una negativa. ¿Qué ocurriría si había errado en su línea argumental? Pues muchas opciones se le ofrecían, pero las excusas interpuestas las creía irrebatibles y hasta inmejorables.

El Paladín entendió razonable el impedimento y díjole al muchacho:

—Marchaos de los Césares. Pero decidme antes donde hallaste oro.

Facundo se recompuso. Los siguientes términos debían sonar seguros pero desprovistos de euforia por el éxito de la falsía. Y le respondió:

—En el siguiente piso, precisamente bajo tus pies, bajando por la escalera.

Y el Marqués se volvió, y montó la criatura que lo aguardaba afuera. No bajaría por las entrañas de la torres, sino que volaría hasta cimientos y desde allí subiría. Pero tanto uno como el otro, lo conducirían al mismo ineludible fracaso.

sigue...


[34] Florentino Ameghino habría referido de él por los hallazgos hechos por su hermano Carlos durante un viaje realizado en 1898 a la provincia de Santa Cruz. [↑volver]

            

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