La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO XXIII - LA BORRASCA

¿Quién era Huincalef? Procedía de un sitio lejano, de nombre Relmu-leufú (“río del arco iris”, en mapuche), que se alzaba en una tierra que llamaban Mamil Mapu, y que se extendía en el Este. Había demorado varias semanas, y hasta meses, en cruzar el desierto para adentrarse en la tierra que los nativos entendían como ubicada entre las Aguas Grandes (haciendo mención a la ancha franja de tierra que había entre los dos Océanos y que los españoles habían bautizado con el nombre de Patagonia). Su lugar de origen quedaba lejos del punto, muy lejos, y para esa travesía el burro que arrastraba de poco le había servido, más que para cargar unos breves enseres.

"¡Vamos, muévete, tonto!", le gritó el viejo, pero el bruto no se movió. Los indios que erraban por el paraje, apenas lo encontraron otra vez, se acercaron a él y se apiñaron en su torno. " ¿Aguardiente? ¿Achúcar? ¿Arreos?", clamaron en su dialecto, denotando su intención de trocar artículos con el viejo, peticionándole que entregara los que había traído de su tierra de residencia. Y sonó, algunas veces, el nombre de Salinas Grandes, donde había gran concentración de indios y de jefes conocidos, verdadero centro de la rebelión indígena.

Pero a pesar de la blancura de su piel, Huincalef se mostró inmediatamente receloso y reservado con los blancos que encontró. Cuando Casavalle, verdaderamente deleitado y pasmado por su presencia, lo interrogó en la intención de fraternizar, el anciano le escupió:

—Ustedes han venido a dilapidar este suelo. Y no trabo amistad con los que lo hacen. Vuelvan por donde vinieron. No escojan el camino del Norte, pues está colmado de tribus díscolas que los entenderán enemigos. Ni el del Oeste: allí nada los preservará.

—Tomaremos el camino del río Santa Cruz, hasta la costa.

—Vayan por él, hasta donde se abraza con el mar. En cuanto a mí, permaneceré un tiempo en los toldos de estos nativos y volveré a Relmu-leufú con premura. La batalla en el interior de las montañas los diezmó. Sólo me resta intercambiar algunos bienes para procurarme los que escasean en el Mamil Mapu.

—Pero... —interpuso Gabriel.

El viejo comenzó a andar, tirando del burro, mientras éste restallaba ronquidos estentóreos.

Ciertamente la expedición había finalizado. Nada habían hallado sus integrantes. Al menos, los adultos. Y este desahucio de las esperanzas había mellado la personalidad emprendedora de Haliford. Era éste quien debía sacarlos del territorio, de la Tierra Misteriosa. Pero no parecía encontrarse en condiciones anímicas de hacerlo. Trémulo y apesadumbrado, pasaba largo tiempo sentado en un risco, como un niño que ha quedado desamparado y espera todo de los demás. Pero la retahíla de hombres que conducía no se caracterizaba precisamente, en región tan hostil, por su condescendencia.

Debían caminar hacia el sur, hacia el río, para remontarlo. Pero demandaría días consumar la ruta hasta el sitio. Además, tornarían a enfrentar las mismas carencias de alimentos y de agua que los había atormentado en el pasado. Por estas razones, no era tiempo para voluntades débiles o pusilánimes.

La marcha empezó en la noche del día de estos acontecimientos, y no fue tranquila. La caminata, larga, tediosa, a través de las sombras, fue escogida por los hombres a fin de no demorar el alcance del conducto que desembocaba en el mar. Los montes y los árboles se alzaban como espectros silenciosos, negros, hasta amenazantes. Nada consiguieron para comer en esa primera noche.

Prosiguió en el día, bajo un sol abrasador. La vegetación se fue achaparrando, hasta que los bosques desaparecieron y la aridez se entronizó en su lugar. Circunvalaron el lago Viedma, inmenso, donde se echaba al sueño un lejano ventisquero. El paraje era, nuevamente, monótono, aburrido, falto de fieras. Tampoco hubo qué comer ese día.

“Haliford está trastornado: no muestra la vitalidad y la exuberancia habituales —escribió Casavalle en la última hoja de su diario—. Y esto ha venido en mal tiempo. En efecto, ahora que recorremos el camino de regreso al río Santa Cruz, esas cualidades descollarían pero están ausentes. Otros, dadas las cosas, se hicieron cargo de la expedición. Pero no hay acuerdo, ni cesión… Hoy no probé bocado, y va el segundo día. ¡Con cuánta indiferencia consideraba en Buenos Aires la cuestión alimenticia! Hoy es una idea recurrente”.

La falta de alimento comenzó a tener sus efectos en la noche cuando los hombres se acoquinaron en sus cojines. El frío, en contraste con el calor del día, arreció. La escasez de madera de tamaño estimable, que reportara un combustible generoso, obligó a valerse de los escasos elementos que la poquedad del terreno obsequió. Y fueron insuficientes para originar un fogón confortante. Sí; el frío era intenso, y aumentaba a medida que la madrugada se ahondaba. Esto obstaba al descanso, pues apenas descendía la temperatura corporal, quien dormía despertaba tiritando, asediado por la helada. Gabriel debió ceder su cobija a Facundo, a quien avistó pálido y tembloroso, temiendo que el niño enfermara de gravedad.

El siguiente día fue templado, pero pobre en víveres. Había muchos estómagos vacíos, muchos ímpetus reprimidos. Y la noche trajo la esperada discordia. Surgió en torno al exiguo animal que uno de los expedicionarios había cazado. Era una pieza escasa en carnes, que, al cocerse, despidió un mal olor y supo tan rancio como la hediondez que había exhalado. Pero para sujetos faltos de bocado desde hacía tres días, el escuálido ejemplar les parecía un manjar. El tema de las raciones prendió el incendio.

Balcarce, iracundo (él había encontrado al animalito, herido y parapetado), recibió una porción huesuda, pero descarnada. El díscolo paisano protestó, se incorporó y desafió al grupo reclamando un corte mejor. Obtuvo el silencio por respuesta. Furioso, trabó pelea con uno de sus compañeros. Asomó el facón, y Gabriel temió una matanza. La batahola se generalizó tan pronto no hubo hombre que no estuviere peleando con otro hombre. Y el entrevero no eximió a Gabriel. Sus consejos, sus recomendaciones, fueron desoídos. Y aunque Balcarce, en el cenit del pugilato, no tuvo intenciones de ultimarlo, tras un desacertado movimiento hundió la hoja en el cuerpo del naturalista. El joven se desmoronó sin remedio, y quedó exánime.

Facundo lanzó un grito de horror, pero la puja no se detuvo. El puntazo desvaneció el ilusorio de una familia sustituta; pulverizó la idea de una casa confortable, de una colchón mullido y de una mesa bien dispuesta; y, por sobre todas las cosas, lo separó (otra vez) de un ser amado. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué posibilidades de supervivencia tenía con esos montaraces, ciegos de ira y de egoísmo, que no dudaban ya en eliminarse mutuamente?

A la sazón, el miedo lo dominó, y lo determinó para huir. “¡Huye! ¡Huye!”, pareció decirle una voz. Corrió hacia un bosque, y se ocultó en la espesura; los árboles lo vieron entrar, lo escondieron y le ofrecieron sus cojines, el piso como lecho. Pero las voces de los hombres alterados no se habían apagado; se llevó las manos a los oídos y así se echó en la tierra. Estaba cansado y hambriento, e igual de sediento; las estrellas del firmamento, como un plano, parecían trazarle el camino de regreso a Buenos Aires o a San Juan, pues los hitos eran numerosos e, imaginariamente, apuntaban hacia uno u otro punto cardinal. Pero regresar era imposible: estaba en el extremo del vasto territorio, en un punto relegado de la franja que las Aguas Grandes reprimían, a los pies de la Cordillera y el punto habitado más próximo ¡estaba en el mar, a cien millas de distancia! El sitio era una isla en medio del océano, y por más que caminara hacia el norte, hacia el este o hacia el sur, no hallaría más que acres de tierra. Imaginó la edificación achaparrada de Buenos Aires, un orbe que ubicaba en la entrada de Tierra Adentro, demasiado lejos de él. Estaba solo, y atemorizado, y angustiado; una angustia que, como un oleaje furibundo, crecía en su interior a cada minuto, y amenazaba con ahogarlo. Ahora el bajel sufría una noche sin final; estaba a la deriva y la luz de puerto alguno rutilaba en la bruma.

La somnolencia restó fuerza a estos pensamientos aciagos, hasta que finalmente se desvanecieron con el sueño. Quizá los encontraría a su lado cuando despertara, como si hubieran velado durante la noche, esperando el regreso de la conciencia para atormentarla. Pero, no ocurrirían las cosas así.


El grupo de expedicionarios, en efecto, alcanzó el mar. Una vez en el río Santa Cruz el descenso hasta el estuario había demandado poco menos de un día. El contingente arribó al punto en la noche. Pero cuando lo hizo, halló el mar perturbado por un temporal. No encontraron el barco, el Famaillá, en el interior de la bahía, en el resguardo que ofrecía el enclave. Esto los desmoralizó porque, según el plan originario, Martínez debía permanecer en el accidente hasta el retorno de Haliford. Pero los hombres no avistaron los mástiles de la goleta; tampoco las velas y la eslora surgieron en la entrada del territorio. ¡Martínez se había retirado! Los había dejado varados en Tierra Adentro, en el confín del mundo.

Haliford, desesperado, se dirigió a mar abierto, hacia la cara oriental de la franja patagónica. Quizá el barco estaba fondeado en el océano, aunque era un movimiento contrario a toda lógica. Resultaba irracional que Martínez hubiese trasladado el bajel a la descubierta que representaba el mar renunciando a la protección natural que brindaba el estuario. Corrió hacia la costa; también corrió su séquito. Jadeando, resbalando, los hombres avanzaron hasta la orilla, bamboleados por los vientos furibundos y la lluvia copiosa que caía. El erial había devenido en un sitio infernal; nubes turbulentas pendían sobre el punto; la oscuridad solamente era desalojada esporádicamente por las refulgencias del cielo, y los céfiros, y la lluvia, hacían de las suyas bajo la cubierta nubosa.

Alcanzaron la playa arenosa; a su frente tuvieron el mar encrespado, que lamía la costa con violencia; a sus espaldas, un cordón de acantilados. Oleajes pavorosos se alzaban, y descendían, y chocaban; y el mar, inquieto, ondulaba en espaciosas crestas. Ninguna luz en la lejanía, ningún lucero en la caliginosa negrura. No; no había barco alguno. El Famaillá ya no estaba; había iniciado el regreso a Buenos Aires. Y los hombres gimieron, y sollozaron, un sollozo al que el cielo parecía sumarse.

Entonces, hubo una luminosidad fugaz, e igual de fugaz fue la imagen pálida y frontal de un bajel de porte estimable. La estampa se encendió y se apagó raudamente. ¿Era el barco? No; era una visión de dementes, de hombres con el juicio trastocado. El cielo volvió a derramar luces efímeras y el navío surgió nuevamente, enmarcado en la negrura, empujando una masa de agua espumosa. Allí estaban sus mástiles relucientes por el líquido que caía; allí sus velas plegadas; allí su frente. Pero las sombras borraron su efigie, otra vez. Hasta que el bergantín se hizo visible por entero a pesar de la bruma y del velo acuoso que colgaba del cielo.

Sí; el Famaillá asomó, pero no lo hizo quieto; por el contrario, andaba y, con la proa orientada hacia la orilla, venía hacia ésta. Todo fue fugaz: el navío apareciendo de las sombras, alumbrado por los fugaces haces luminosos; la masa de agua que empujaba y que, en pocos minutos, barrió la costa; los hombres, corriendo, espantados no para ir al barco sino para escapar de él, pues en un abrir y cerrar de ojos, encallaría en la ribera; y el Famaillá enclavándose en la arena con violencia, y fracturándose, y astillándose para quedar reducido a un montón de maderos desagregados.

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