La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO XXVI - LA SOCIEDAD DE LOS COHUENCHES

La primera manifestación social o comunitaria que Facundo presenció en Relmu-leufú, fue una rogativa o nguillatun, una fiesta religiosa, en honor a Ftá-Huentrú. Y la celebración fue ocasión para la reunión de todos los indios de la estirpe cohuenche: de los que moraban allí, en Relmu-leufú, y de los indios del jefe Vutaleuvú, cuyos aduares los tenía en el vecino Millacurá, así como de los que vivían en el distante Realico. Porque el pueblo cohuenche no se circunscribía al feudo de Relmu-leufú (aunque era el corazón del país) sino que estaba disgregado en varias tolderías satélites. La razón de esta dispersión se remontaba a los años de la invasión del europeo y el método se repetía en todos los pueblos de Tierra Adentro. El indio había aprendido que le era conveniente separar sus aldeas de modo de no concentrar elementos en un solo punto. Si los aglutinaba en un único sitio, todos se perderían en un solo acto si el spañol llegaba y vencía. En cambio, atomizándolos, si se perdían unos restaban reservas en otros lugares. Además esta disposición dilataba el tiempo para que las aldeas intactas acudieran en auxilio de la desgraciada o aprestaran sus propias defensas.

La confluencia de tanto indio, de tanto salvaje, formó, prontamente, una masa numerosa y alegre. Los ojos del niño-blanco se desorbitaron al ver a tantas mujeres deliciosamente pintadas de rojo, de azul, de blanco y de negro; tanto adorno, tanto collar pendiendo de los cuellos, tanto zarcillo pesado, tanta plata relumbrando, pues los indios habían extraídos sus mejores aperos y sus mejores atavíos. Había en Relmu-leufú un sinnúmero de cosas que los indios se procuraban del Oeste, donde el país de los pehuenches: tejidos, harina de trigo, cruda y tostada, piñones y hongos, alverjas, punzoes azules de Valvidia y Chillán, y platerías, y pinturas para la cara, y avalorios, collares y prendedores, pectorales y tupus de plata, y ngutroes para el cabello, y frenos, estribos y espuelas todos de argento.

Habíase formado un círculo compacto de toldos y de chozas raudamente levantadas por quienes habían traído los aduares desde sus lugares de procedencia. Detrás, se sucedía una línea de lanzas adornadas con penachos. Y los hombres estaban embozados con vistosos quillangos, y con los cueros que les proveían los animales salvajes. También llevaban los rostros pintados.

El suplicio de las yeguas le causó a Facundo cierta impresión al principio, pero no podía negar que aquel espectáculo desconocido para quien no se adentraba en Tierra Adentro resultaba interesante y hasta cautivador. Moraba en la ruka de Lanquimay, una mujer madura que no había tenido esposo ni hijos. Tal infertilidad era mal vista en la toldería. Quizá en razón de esto Huincalef le había comisionado el cuidado y la crianza del pilluelo de tonalidad clara, y la india aceptado como una forma de lograr la inserción del huérfano en la comunidad, sin sobresaltos ni rencillas. De alguna buena manera, la disminución de Lanquimay y hasta cierta marginación de que la mujer era víctima habían posibilitado la acogida del niño, su asignación, y convertido el toldo en un refugio bajo el amparo de la influencia y la retórica de Huincalef, consejero del toqui.

Rápidamente, los destellos de la agudeza de carácter del chicuelo, chispas de su temple vivaracho y extrovertido, le auguraron una buena recepción en los indios. Una personalidad exultante que Huincalef aprobó al principio pero que, al tiempo, comenzó a deplorar cuando lo tuvo a él como selecto blanco de su curiosidad y de su bullicio. Porque el indio-blanco (como se lo llamaba) era afable, y paciente, y cauto, pero también tenía un carácter irascible y ermitaño. Oscilaba entre una dulzura bienhechora y un desprecio irritante. El conocimiento pronto que tuvo el mocoso del corazón de Huincalef fue lo que motivó la incomodidad de éste.

La fiesta principió en los toldos con la presencia del enhiesto Calfumil, cabeza-jefe, o cacique, o en lengua nativa, longko, o loncó, o toqui, pues se trataba de un gran líder y de un guerrero destacado, lo que lo colocaba en las antípodas de la jerarquía. Asombró a Facundo el saludable estado físico que detentaba el jefe indio a pesar de sus más de setenta años. Aún se batía como el más fiero, montaba como el más diestro y era capaz de bolear y domar bestias como un jovenzuelo de veinte años. Su jefatura la había heredado de su padre, Maciel, otro toqui, y la continuaría su hijo mayor, Cutralcum (“Fuego rojo oscuro”), con fama de indómito y de crudo, quien estaba presente en la fiesta.

Facundo avistó a Cutralcum sentado en la ruka principal, al lado de su padre y de los demás capitanejos o indios bravíos con voz entre los hombres. El mando podía adquirirse por línea hereditaria, aunque esto no era inexorable: si el príncipe no mostraba valor y destreza era destronado y otro indio afamado por sus meritorias hazañas ganaba el título y probaba su linaje. Pero tal cosa no iba a ocurrir en la sucesión de Calfumil, como no había ocurrido cuando la sucesión de Maciel, padre de Calfumil.

El fuego crepitó en las hogueras y empezó la danza. Para la misma habían sido dispuestas dos ristras de lanzas, que demarcaron las posiciones de las jóvenes y de los mocetes. Sobrevinieron las vueltas, los saltos, los gritos, el meneo de las cabezas y los retozos, y las avanzadas de los chinos sobre las muchachas. Sonaron obscenidades, emanadas tanto de la boca de los hombres de más autoridad como de las viejas, y mientras se bailaba en un punto, se jugaba en el otro; y tanto se cocían las yeguas como se bebía abundante aguardiente, entre gritos estentóreos y aullidos. Un par de reses, a la distancia, fueron enlazadas, boleadas en la frente y degolladas, para dar paso al desuello y la partición.

La algazara era general, pero Facundo asistió a ella desde la orillera hierba, donde se había echado. En verdad, aunque la fiesta era llamativa y alegre, escasamente tenía con quien platicar. No conocía la lengua mapuche o araucana, dialecto predominante en lo que llamaban Mamil Mapu, o “País del Monte”, lugar que pisaba, y que era hablado también en el Oeste, donde la tierra de las Altas Colinas, reino de los pehuenches y de los picunches. Igualmente lo conversaban los vecinos ranqueles, y las tribus que se hallaban en el Este, en la llanura bonaerense o en las sierras. Estas escasas cosas aprendió. Y no era poco.

Había tenido que componérselas con un chicuelo indio de su edad empleando ademanes y señalamientos con el dedo para comunicarse. Esta carencia le hizo perfilar como necesaria la figura de Huincalef, blanco como él, y conocedor avezado de las costumbres, y del dialecto, y excelente orador. Porque interesaba al mapuche el arte del buen hablar, y ganar el título de weupin, en un medio donde la ausencia del medio escrito había gestado el surgimiento de hábiles relatores orales. Pues hablar con elocuencia y cautivar al auditorio, y no alborotarlo, posibilitaba la transmisión, de generación en generación, de las proezas de los grandes úlmenes o gúlmenes del pasado, los relatos sobre la formación de todo lo que veían, y los cuentos o epues, además de granjearle al retórico una fama respetada. Todos los de Relmu-leufú, entonces, cuando alguien recién llegado preguntaba sobre conocedores de epues, respondían: “Pregúntale a Huincalef, peñi. ¡Ése sabe!”

Esa noche, a la luz moribunda del fogón, el indio-blanco estaba rodeado de un círculo de indios que escuchaba con atención sus cuentos. Para que entendieran también los blancos cautivos que estaban allí, el anciano hablaba en mapuche y en español. Relató, como había hecho tantas otras veces, historias bonitas que tenían por protagonistas a brujos abyectos, a muchachas hermosas y a donceles valerosos. Pero cuando mencionó el nombre de Calfucurá, a quien todavía, a pesar de que habían pasado muchos años de su llegada, llamaba “el intruso”, el sosiego desapareció del grupo y todos los presentes se exaltaron.

Facundo aprendió, céleremente, que si bien los pueblos de Tierra Adentro carecían de un rey o único jefe, quien más se asimilaba a esa investidura por la autoridad casi universal de que gozaba y la obediencia de no pocas naciones indígenas era el Vicha Longkó (Gran Jefe o Cabeza) Calfucurá. Esto lo notó en los comentarios sobre la abundancia de haciendas que había en Llailma-mapú, la Tierra de Luto, país ubicado en el centro, donde reinaba Calfucurá; una abundancia que se repetía en cada una de las tribus adictas. Lo leyó en las evocaciones de las embajadas que el cacique había dirigido a ranquelches, picunches, leuvunches, muluches y cohuenches (además de otros), es decir, a todas las tribus, en el ánimo de construir una nación única que lo tuviera como soberano; en los relatos sobre los asaltos a los asentamientos del huinka, cuando era capaz de alzar un ejército formado por millares de guerreros aportados por los diferentes clanes de la pampa. Y lo percibía en los rostros de espanto que veía a su alrededor si alguien rememoraba los hechos que habían ocurrido en los tiempos de la dispersión y el exterminio de los borohué-ches o borogas, aniquilamiento que había tenido a Calfucurá como artífice.

En efecto, la entrada del extranjero en la historia de Tierra Adentro no había sido pacífica, sino violenta y ruidosa. Las voces sobre los sucesos luctuosos que ocurrían en el país de los borogas, voces que hablaban de pelea, traición, muerte y destierro, habían sonado en los oídos de cada habitante de Tierra Adentro, en cada toldo, aún el más distante, porque las noticias habían volado desde el centro hasta las periferias más lejanas. De tanto en tanto Huincalef (aunque no era de su agrado hacerlo), responsable (en razón de su vejez) de transmitir a las generaciones jóvenes los hechos del pasado, rememoraba la aparición del temido Calfucurá. Esta era la ocasión más esperada por su circunstancial auditorio, tanto como cuando hablaba de Huenchuman, el primer cohuenche, o de los ranquelches o ranqueles (los vecinos, de reconocida bravía), o de Llanquetruz, el único cacique que había desafiado a Piedra Azul y hasta invadido su reino. En realidad, no había sido el único jefe: otro había, que aún vivía (el primero estaba muerto), de cuyas andanzas se hablará más adelante.

No obstante, del bagaje histórico de Tierra Adentro Huincalef siempre omitía un jalón espectacular, como si no hubiese ocurrido: la gran invasión de 1833, cuando los hombres colorados que portaban el tralcan, el trueno (en alusión a las armas de fuego), habían traspasado la pampa y andado por ella como ríos que se habían alargado hasta franquear el río Colorado, pisar la orilla del río Negro, ocupar la isla Choele Choel y tocar los contrafuertes de la Cordillera Nevada. Y lo omitía porque lo consideraba un hecho mortificante.

—Los años se acumularon unos sobre otros —inició Huincalef—, porque muchos pasaron desde que quien porta la Piedra Azul, el extranjero, llegó a la Tierra de Oriente. Pero contaré a ustedes que conocen a Piedra Azul sobre él, pues era en origen un mercader, pero modeló una tiara para dominarlos a todos. Hizo la guerra y se convirtió en príncipe. Conmueve mi ser recordar hechos tan terribles, porque en Chalguá-güillá no quedan más que huesos; porque quienes pidieron amparo al huinka, y los hijos de aquellos, todavía portan rostros tristes; y porque hasta el caldén y el guanaco exhalaron suspiros lánguidos por los hechos de Mazayé.

“Conocía Calfucurá a los borohué-ches (también, extranjeros como él) pues durante ocho años los había visitado para comerciar los abalorios, pinturas, paños y platerías que traía del otro lado de la Cordillera de los Vientos. Por ello, algunos aseveran que en ese lado urdió su plan; otros, en cambio, testimonian que, cuando el noveno viaje, Güenu-ulmen, el Grande del Cielo, le encomendó descabezar a los borohué-ches (que tenían tres jefes, aunque uno era el principal) porque alentaban malignos planes contra el huinka. Simulando venir en paz como en las anteriores excursiones, con mil ochocientos indios se deslizó en la noche hasta Mazayé, donde reinaban los Tres Hermanos, Rondeau, Melín y Alún, y asestó su golpe. Ultimó a los hermanos, mató a centenares ahí en Mazayé y en Carhué, donde los borogas tenían otros toldos, y reclamó de los sobrevivientes que lo reconocieran como el sustituto de los ajusticiados. Algunos pocos jefes, para salvar la vida, le dispensaron ese reconocimiento pero la mayoría de los caudillos lo repudiaron. Sobrevino el exilio de los últimos; en las noches, conduciendo a sus familias y sus arreos, se deslizaron hasta el vecino país de los ranqueles, hasta la tierra donde edificó su hogar el cristiano o hasta arroyo del Pescado. Pero la tristeza que empezó esa noche volvió a derramar lágrimas cuando el huinka atacó el último sitio mencionado y, luego, el campamento de Llanguillú, donde murió el cacique Cañiuquir.

Hubo un silencio cuando el relato llegó a este punto, porque triste efecto aún causaba en un indio, fuera ranquel, picunche o cohuenche la evocación de ese pasado.

—Hasta las águilas escaparon buscando nuevos espacios en Leubucó, en el país de los ranqueles —prosiguió Huincalef— y allí permanecieron un tiempo, hasta que la población que habitaba el centro, donde habían morado los infortunados boruhué-ches, se estabilizó y los recelos se apagaron con el paso de los años. Porque Llailma-mapú, la Tierra de Luto, donde mandaba el nuevo jefe, ya no escupía chispas. Cuando las aves tornaron, encontraron una muchedumbre porque la reducida población que habían dejado, cuando el tiempo del desmembramiento, había sido aumentada con la llegada de extranjeros de la misma patria del líder y de tribus pampas con antepasados pehuenches o tehuelches. Porque en el país de Piedra Azul (conforme la promesa de éste) había abundancia de arreos y de mercancías, gracias a las caravanas que llegaban de Chile y los arreglos con el gobernador Rosas. De este modo llegó a congregar a seis mil almas.

La alocución siguió durante un espacio infinito de tiempo, y así Facundo supo más cosas sobre el universo cohuenche. Conoció que este pueblo compartía el centro del país con los ranqueles y con los muluches de Calfucurá; que, tras los crímenes, Piedra Azul (haciendo uso de una puntillosa diplomacia) había logrado congraciarse con las tribus que rodeaban el espacio que había conquistado hasta tenerlas bajo su influjo y ligarlas en una unión contra el huinka. Y aunque nunca los cohuenches (que formaban un clan numeroso) habían peleado con Calfucurá, pues este, en razón de esa numerosidad, se había prevenido de provocarlos tanto como se había guardado de confrontar con los ranqueles (también ricos en haciendas como los salineros y tradicionales enemigos del huinka), lo cierto era que la fama de quien portaba la piedra despertaba cierto temor en los súbditos de Calfumil.

Escasos restos quedaban del paso de los borogas, pero había un sitio, en el Este, que los rememoraba y que acrecía el pavor de lo indios. No lejos de Relmu-leufú, después de un bosquecillo, se alargaba una planicie escasamente visitada que se llamaba Borohué o “lugar de huesos”. Nada anormal revelaba el lugar en el día, pero una luminosidad tenebrosa lo visitaba en la noche; un relumbramiento que era visible desde Relmu-leufú y que espantaba a sus moradores y que le quitó el sueño a Facundo la primera noche que lo divisó.


Las siguientes semanas fueron desconcertantes para Facundo; las visitas de Huincalef (el único referente que tenía, y a quien lo unía una misma tonalidad de piel y una misma lengua) se espaciaron hasta volverse esporádicas. Ahora, escasamente pisaba el toldo de Lanquimay; cuando lo hacía, el mozuelo lo veía platicando con su nodriza. Entonces el viejo le mostraba una faz grave que no invitaba a hablar. Sintió, a la sazón, que algo malo ocurría.

Ahora que se encontraba solo y asustado (a pesar de la compañía inestimable de Lanquimay y de sus cuidados), hubiera abrazado al anciano, se hubiese aferrado a sus raídos vestidos, pero halló que él lo mantenía a distancia, como si no quisiera tener más que expresiones superficiales. Ahora que estaba inmerso en ese sitio desconocido, rodeado de caras extrañas que hablaban una lengua que le era ajena, deseaba dialogar con él, aprender de él, intercambiar vivencias y reeditar la promesa de que volvería a Buenos Aires, a San Juan o a donde fuera. Pero nunca llegó el momento. Su confortante presencia se fue disipando, y con él la obligación, hasta que nada quedó del viejo, y nada de las palabras ligeramente pronunciadas. “¡Me ha mentido! —pensó—. ¡Prometió que iba a enviarme a Buenos Aires, y ahora no está aquí para cumplir su proposición! ¡Ocurrió lo mismo que cuando la ruta hacia los Césares!”.

Sin entender la razón (si la había) se preguntaba cómo era posible aquel distanciamiento raudo, intempestivo, y se interrogaba si lo había ofendido con algún comentario o con una conducta inconveniente. Huincalef le era necesario. El anciano era el exponente inmediato de la raza de sus padres y de sus hermanos. Éstos habían pasado al reposo eterno, pero el anciano estaba de pie, y hablaba la misma lengua que ellos, hundía su historia en una memoria común y podía entender su aflicción. Pero el viejo no estaba para ocupar el vacío que el chicuelo pretendía que llenara. No entendía que el temple de Huincalef se había retraído y que su compañía lo hastiaba; no sabía que el viejo había pensado: “He cumplido mi cometido: ahora la india Lanquimay se ocupará del mocoso, y así me libra de este yugo, porque no estoy formado para tolerar chiquillos quejosos”.

Aquí termina este primer volumen sobre los hechos que ocurrieron en la llanura de las ficciones. El siguiente trata de la batalla de Tierra Adentro contra el Conquistador y de la aparición de un nuevo antagonista.

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