La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

Continuamos aquí con la publicación de "La llanura de las Ficciones: El sueño de los Césares" de Norberto Rubén Dias de Sá. Si no leyeron la primera parte, pueden acceder a ella desde aquí.


CAPITULO XII - LOS PAREDONES DE HIELO

El lago Viedma era un mar extenso, de faz levemente crispada por el viento. En el clarear, una bruma espesa levitaba, y difumaba los atolones y los paredones de piedra que rodeaban el reservorio de agua. El barco recorría la aguada pero los hombres estaban condicionados por un incipiente mal augurio.

Creían los nativos en una isla fantasmal, que no tenía paradero fijo, y que amanecía en el norte o en el sur. Se trasladaba, se movía y mayor espanto imprimía el ideario de que el islote se hallaba habitado por espectros y criaturas fementidas que prorrumpían en quejidos lacerantes cuando alguien recorría las aguas o se acercaba al atolón. Cierto era que, aquella mañana, la isla mentada era visible, pues transparente era la bruma y, a lo lejos, sus picos, y sus promontorios, surgían. Los indios, en consecuencia, andaban turbados. Un tal Ordóñez había, temprano, extendido la inquietud a los demás hombres. No había tenido mejor idea, cuando la mateada, que hablar de una isla que al cabo de unas horas estaba materializada. También habló Había de barcos igualmente espectrales y errantes, con su tripulación de extintos, resabio de alguna expedición del pasado. Aquellos mitos impresionaron a Facundo (como impresionarían a cualquier infante), y hasta lo hicieron presa de cierta paranoia. Ahora, en los botes, daba giros con la cabeza y agudizaba la vista, de tanto en tanto, pretendiendo convencerse de que la isla se había movido, o lo hacía, o delineando la silueta de un imaginario bajel.

El cúmulo de leyendas era abundado por las creencias de los nativos dóciles que los acompañaban. Para éstos, en el pasado, en las lagunas habían morado las ballenas sagradas, las que habían sido desterradas a causa de su desobediencia y remitidas a la mar, donde ahora era dable verlas.

Mientras los navíos se deslizaban por el manto perlado del lago, se oyeron unos gritos agudos. Luego, se repitieron. De súbito, bestias grotescas surgieron en el cielo atribulado. Tratábase de criaturas voluminosas, aves rapaces de aspecto intimidador, oscuras, aunque con un lomo amarillento salpicado de conchas de color castaño oscuro. Todo su cuerpo estaba cubierto de un plumaje desordenado, largo y duro; llevaban un pico grueso, en forma de gancho; dos inmensos ojos, profundos y agudos; una cresta erecta, también oscura; y una cabeza prominente. "Trarü, Trarü", exclamaron los indígenas, que quería decir: "carancho". Pero su talla era hasta diez veces superior a la de cualquiera de su especie, por ello los denominaban "Caranchos Gigantes". Pero no volaban solos, sino que unos campeones estaban encaramados en sus lomos.

El carancho era una de las aves más difundidas de la América del Sur; podía vérselo tanto sobrevolando la pampa como el otrora imperio del Inca, la ancha franja entre las Aguas Grandes como las cumbres del Oeste. Su fama era la de una criatura rapaz, también carroñera, por lo que no gozaba del beneplácito de los pastores porque su dieta incluía gallinas, corderos pequeños y hasta ovejas enfermas. Quizá por esta animosidad arraigada, quizá por su aspecto intimidador, aunque soberbio, quizá por su rapacidad, quienes montaban a las aves las habían elegido para probar ensalmos robados y aumentar su tamaño, de manera de que parecieran más portentosas aún. Conocían los indios que había fórmulas en poder de magos para lograr esos efectos y a ellas atribuyeron la talla de las bestias.

Los caranchos planeaban o batían las alas alternativamente. Sobrevolaron los mástiles y los habitáculos de las naves, emitiendo quejidos quejumbrosos. Una bandada de cuervos revoloteaba alrededor de cada carancho, produciendo un sonido estridente.

La visión de las fantásticas criaturas sembró pánico entre los hombres. Se colocaron a resguardo sin atinar a oponer fusiles o revólveres a la escaramuza. Y tan pronto como uno de los rapaces permaneció suspendido ante una de las chalupas, Facundo pudo describir claramente al jinete que lo montaba.

Se trataba de un soldado español con atavíos de la época de la Conquista, que iba recamado de una plateada y antiquísima armadura; portaba un yelmo ostentoso sin alas, rematado por un penacho ocre; en una mano enguantada empuñaba una espada loterana[10] de acero, pesada, refulgente; en la otra, sostenía una rodela de acero[11]. Sus piernas estaban protegidas por maltrechos pantalones que asomaban por debajo de la falda de lonjas, y las botas, gastadas, cubrían los miembros hasta arriba de las rodillas. El rostro permanecía oculto bajo la prolongación del casco hasta la barbilla. El tiempo no había pasado para él, pues conservaba los mismos y desusados atavíos guerreros que portara en vida.

Ante la visión de los centenarios exploradores, los hombres prorrumpieron en gritos. Y un palio ocre inundó la bóveda del cielo, y nimbos carmesíes lo cortaron. Y los indios atemorizados, renegando de su suerte, gritaron:

—¡Caranchos! Y quienes los montan se hacen llamar Capitanes o Konnákuref, “Guerreros del Viento”. ¡Pedirán su tributo de oro para dejarnos pasar!

—¿Qué son? —interrogó Facundo a uno de ellos, en medio del griterío.

—Son los espectros de antiguos adelantados y soldados de los días de la Conquista —respondió el sujeto, entre temblores—. Se adentraron en la Tierra de las Altas Colinas buscando su cuota de oro y de plata. Sin hallarla, murieron, pero no desaparecieron. Ahora yerran por esta tierra. Escrutan Tierra Adentro en busca de metales preciosos. Olfatean su presencia, hostigan a los esporádicos aventureros y reclaman a éstos su tributo en metálico para permitirles el paso.

La lluvia y la ventisca que siguieron hicieron oscilar a las aladas criaturas y a sus tétricos montadores, pero éstos no cejaron en merodear las alturas ni dejaron de cortar el aire con sus espadas. De pronto, la neblina se rasgó; a la sazón, una criatura negra batió gallardamente sus extremidades y se acercó a uno de los barcos. Quien la montaba despuntaba una traza diferente a la de sus correligionarios: peto, casco y espadas refulgían, sus telas estaban enteras y las plumas de su yelmo, íntegras. Todos supieron que era quien comandaba la legión, el Paladín de la cohorte, el adalid de los Capitanes del Viento.

—¡El Aunkenk! ¡El Aunkenk! —empezaron a gritar los nativos, aterrados, que en su lengua quería decir “cazador”.

El Carancho, o trarü, ocaracará[12], descendió en la cubierta y, casi ciego (pues llevaba los ojos entrecerrados y no soportaba la luz del sol), oteó en derredor. Creyó Facundo, oculto detrás de un baúl, que iba su jinete a descender, arrastrando sus anticuados ropajes, exhibiendo su brillante armadura entre chirridos, pero sólo volteó la cabeza hacia un lado y hacia otro. Su rostro no era visible, pues estaba oculto detrás de una máscara negra; no obstante, dos huecos había donde sus ojos y ellos despedían fuego. Y convencido el montador de que nada de valía había, ordenó a la criatura elevarse. Se alzó el carancho, blandió sus alas y dio un giro, mientras su amo, encaramado en la grupa, asía fuertemente las riendas de la bestia y le ordenaba, de un tirón, volar hacia el Oeste.

El merodeador aéreo se alejó con su metálico montador, mientras éste blandía su brillante espada de fino acero. Tras sí condujo a su séquito. Y los hombres apiñados en las naves se vieron libres del flagelo. Todos quedaron paralizados, y tardaron mucho tiempo en volver a realizar un movimiento. Según los indios los Caballeros tenían como única voluntad hallar los metales preciosos que en vida les habían sido rehusados y perseguir y azuzar a cualquiera que pudiera poseer artículos de valía. Porque tras su primigenio fracaso estaban condenados a errar cuales penados por toda la Tierra Adentro, y rebullir aquí y allá para encontrarlos. Para ello se valían de aquellas horripilantes aves, los Caranchos o Trarü, igualmente lacrimosos, que exhalaban quejidos de agonía y de frustración desconsolada, y recorrían, ora solos, ora en grupos, las regiones buscando también el dorado y el plateado, pero sin resultados. Y tan temibles eran, que su sola visión espantaba.

El Conquistador —así lo llamaremos en más— se alejó; pero era apresurado afirmar que había cejado en la consecución de su presa, o en inspeccionar los bajeles y sus arcones que podían rebosar de objetos áureos. Parecía sólo una temporaria tregua que, en un tiempo no lejano, se disiparía para enfrentar a idénticos codiciosos antagonistas.

La serenidad se reinstaló parcialmente en los barcos tras el alejamiento de los voladores, aunque dejó una sombría impresión en los espíritus. Similar azoramiento experimentaba Facundo quien había permanecido en cubierta cuando la escaramuza y aún miraba en derredor con ojos desorbitados. Pero la voz tempestuosa de Haliford resonó a continuación como el trueno para disgregar órdenes y mandos, y proseguir con la faena convenida. Porque el intrépido capitán no se amilanaba ni se amilanaría tan fácilmente, y a pesar de que en su interior podía destellar idéntico pavor que el que dominaba a sus subalternos, tal sentir no lo trasparentaría en la faz. ¿No sentía, acaso, miedo como el resto? Si lo sentía, no iba a confesarlo.

El contramaestre Montes de Oca le dijo a Facundo que de nada servía el miedo: se encontraban atravesando una tierra inhóspita, inexplorada, lejos de casa (entendiendo como casa a Buenos Aires, pues el muchacho carecía de un punto fijo que pudiera calificarse de tal), y no restaban sino dos alternativas: seguir o retroceder hasta Carmen de Patagones. Y era seguro que el capitán avalaría lo primero y desecharía lo segundo. ¿Regresar? ¡Una locura! Porque en los tiempos de las exploraciones, los adelantados, casi solitariamente, se sumergían en territorios de los que jamás habían manado noticias.


En el cuarto día de la exploración, las embarcaciones se toparon con una bifurcación: una península descansaba sobre el lago, y dos brazos se abrían. Ordenó Haliford continuar por el afluente sur, y los botes se adentraron en el corredor. Un espeso bosque cubría las montañas, y los trozos de hielo eran más prominentes. Esto hizo inseguro el viaje; en algunos puntos los témpanos se habían juntado y cerraban el paso.

Los barcos traspusieron un nuevo doblez: el agua se prolongó superando el pasaje, y las naves desembocaron en un vasto hueco que las montañas y los bosques flanqueaban. El lago era tan vasto como el mar; el agua era verdosa y estaba agitada por los vientos.

Una visión lanzó a los miserables contra los pretiles para otear el lago. Esta vez un murallón de hielo corría de norte a sur, y cerraba el paso en la lejanía. Era el glaciar, la fuente de los témpanos[13].

—Una muralla natural impide que sigamos más allá —dijo Haliford a Montes de Oca—. En otro lugar hemos de descender, entonces, pero no aquí pues es abundante el bosque que ciñe las montañas.

Un río pétreo, gélido, que destellaba tonalidades grises y azuladas se sucedía en el frente, encerrando y constriñendo las montañas por entre las cuales descendía. Inmóvil, monacal, la muralla helada sobresalía varias decenas de metros de la línea de agua, y era precedida por un sinnúmero de bloques compactos, también de hielo, que nadaban en el agua. Las paredes no eran lisas, sino que estaban melladas. La accidentada superficie superior mostraba picos puntiagudos, y agujas, y pendones, que parecían el resultado de una fricción eterna entre el hielo y el aire. Pero así sólo se presentaba su delantera, pues en su interior, en los Campos de Hielo que se prolongaban en su naciente, la superficie era lisa y hasta permitía andar por ella. Su silencio era tan inconmensurable como su tamaño, y hasta toparse con esta maravilla, en un sitio que no podía catalogarse como gélido a perpetuidad, resultaba fascinante y hasta misterioso. Porque la nieve llegaba en el invierno, alimentaba la mole, pero la primavera liberaba la Tierra que lo rodeaba.

El barco insignia, por iniciativa de Haliford, se acercó al murallón, hasta que fue posible describir las hendiduras y las trilladuras de su frente. El segundo transporte quedó a la distancia. Pero en medio del éxtasis, se escuchó un ruido seco; a continuación, un bloque, una pared tallada, se desprendió de la muralla y se sumergió en el agua. Otro bloque le siguió, de mayor tamaño, y cayó con tal fuerza, que aventó oleajes y casquillos en todas direcciones. Desapareció el segundo desprendimiento en la líquida masa, y creyeron los tripulantes que en el fondo se anclaría. Pero entre oleajes, como devuelto por el lago, el cono blanco emergió y, erecto, desafió el bajel de Haliford. Cimbró el transporte y osciló mientras la marejada chocaba su base y lo levaba.

Haliford ordenó alejarse del sitio a toda prisa. Esto iba a hacer el grupo cuando el témpano, al sumergirse otra vez, impactó contra uno de los lados de la nave y sembró pedazos de hielo en su cubierta. Un extremo del bajel se fracturó, y quedó trillado. La nave se ladeó por acción de los oleajes, y éstos la impulsaron, y la distanciaron del glaciar.

Un témpano naufrago, una verdadera montaña flotante, trozo desprendido del ventisquero, les salió al paso: un enorme hueco se dilataba en su centro, de tamaño tal que superaba al barquillo. La obra humana se encaminó hacia él. Las velas pasaron por debajo del arco, y las miradas, en ese instante, se extraviaron contemplando como el navío cabía por entero en el agujero y lo trasponía.

Las chalupas dejaron atrás los témpanos y prosiguieron su deslizamiento por el ancho lago.

Inmediatamente, Haliford se encaminó hasta la popa de la nave: el extremo había sido prácticamente arrancado, y vigas y maderos estaban al descubierto. El destrozo enfadó al capitán, quien de inmediato convocó a Casavalle y a Montes de Oca, y se trenzó en duelo verbal con ellos. Culpa alguna tenía el naturalista quien sólo había garabateado algunos dibujos momentos antes del choque, y menos negligencia detentaba Montes de Oca, que había advertido a Haliford sobre la inconveniencia de aproximarse al glaciar. No obstante, Haliford (siempre inclinado a evadir reproches) les recriminó a sus colaboradores que no habían maniobrado el bote con presteza para eludir el impacto.

—¡Debías estar atento! —le recriminó el capitán a Casavalle—. ¿Ninguno de ustedes, cuando los bloques empezaron a caer, pensó en gritar que el bote debía virar? ¡No! Todos se movieron únicamente cuando yo (como siempre pasa) me percaté del peligro. ¡Tú siempre con tus trabajos y tus ilustraciones!

—Esta es mi labor —le refutó, con firmeza—. Resulta de interés para las autoridades conocer sobre la flora, la fauna y la toponimia de éstos recónditos sitios, para incorporar el territorio al patrimonio de la República. Además, no puede eludir su responsabilidad. Pretende que, silenciosamente, lo reemplacemos, en los momentos de apremio, cuando debe ser mayor su diligencia en la conducción.

—Te digo —le espetó Haliford, iracundo— que los aportes altruistas o científicos no fueron ni son mi motivación para este viaje. Sólo ha sido una intención solapada, una argucia que me posibilitó meterme a los hombres de Buenos Aires en el bolsillo a fin de que me proveyeran los fondos que requería. ¡Y mientras estos barcos los cobijen a todos, el lucro será el incentivo principal!

Ahora Haliford confesaba, abiertamente, sus verdaderas intenciones.

—No generaré una disputa en sitio tan alejado —respondió el naturalista.

—¡No están tus amigos porteños para apañarte! —le gritó Haliford, colérico.

—Pues —le reclamó Casavalle, aprovechando la discusión—, es parte de mis investigaciones que pongamos pie en tierra. Pero, ¿en cuántas ocasiones ocurrió eso? No puedo de otra manera relevar las especies que crecen en la orilla ni trazar cartas sobre el territorio.

—No perderé el tiempo en demoras innecesarias —contestó el capitán.

—¿Innecesarias? A pesar de cuanto pueda proferir, el Superior Gobierno lo hará responsable de la falta de trazos y estudios de interés. Lo interrogará respecto a los resultados de la misión científica y del reconocimiento de estos lugares para que ese gobierno conozca hasta donde alcanza su soberanía.

Haliford permaneció durante un tiempo contemplando el murallón de hielo del que se alejaban. Luego, giró hacia Casavalle y, displicentemente, contestó:

—Señor Casavalle: quizá, no esté en mis planes regresar a Buenos Aires. Podré dejarlo en El Carmen a nuestra vuelta, y usted retornará solo, o con el resto, según le plazca... Por ello, no me atribulan los requerimientos de las autoridades.

Haliford viró y caminó hacia la punta de la chalupa. Tozudo, soberbio, el capitán de la nave no iba a ceder un palmo en la empresa de tocar los murallones del Oeste con celeridad y extraer riquezas de quimera. Y ya había elucubrado escaparse con las gemas hacia otro lugar del globo.

De pronto, mientras el enojo alcanzaba a los demás tripulantes del bote, se escucharon chillidos; bandadas de cuervos y chimangos cortaban el cielo en veloz vuelo. Con velocidad, descendieron hasta la chalupa insignia y, entre gritos estentóreos, saturaron el aire. Pasaron tan cerca de los navegantes, que casi les rozaron los rostros. Y escucharon: escucharon las murmuraciones de los hombres, y recogieron su contenido, un rebullo de complots, de hartazgos y de enfado. Desfilaron raudamente y ascendieron otra vez, para formar las bandadas. Y éstas volaron hacia el norte.


¿Cuál era el origen de la soldadesca que, fuera de tiempo, aún rebullía por suelo americano y se había internado tan al sur? Durante miles de años las civilizaciones que habitaban Europa, Asia y el norte de Africa habían ignorado que un nuevo Continente (un vasto corredor de tierra que corría desde el extremo norte al extremo sur) flotaba en el Océano. Su descubrimiento fue obra de la casualidad, cuando un navegante genovés pretendió circunvalar el globo y se topó con un macizo de tierra. Pero este mundo novedoso, el Mundus Novus, no estaba desierto. Según algunos cálculos entre cuarenta y sesenta millones de seres humanos lo habitaban para el tiempo de su revelación. En el corredor que iba desde México hasta Perú, y más allá, se concentraba gran parte de esa población y era allí donde florecían grandes imperios. En este pasador no sólo había ciudades fabulosas como Monte Albán, Tiahuanaco, Tenochtitlán, Tlaxcala y Cuzco, fortificaciones en las montañas y pirámides escalonadas, cultivos y regadíos, y sociedades organizadas, con sistemas de contabilidad y una incipiente escritura, sino también flamantes minas de oro, de plata y de hierro.

Descubiertas las vetas y tras el contacto que tuvieron los primeros llegados con la orfebrería nativa, torrentes de españoles desembarcaron en América para extraer los metales preciosos de las entrañas de la tierra. De ellos puede decirse lo que cantó Unamuno: “Te denuestan, pueblo mío, porque dicen que fuiste a imponer tu fe y a tajo y mandoble, y lo triste es que no fue del todo así, sino que ibas también y muy principalmente a arrancar oro a los que lo acumularon; ibas a robar”[14]. Desde 1503 España empezó a recibir el oro y la plata americanos; primero, los aportados por la Española y la costa del Darien; luego, los tesoros de los aztecas y de los incas, remitidos por Cortés y por Pizarro respectivamente y, después, el producto de las minas de Guanajuato, Zacatecas y de Potosí. Pero, paradójicamente, la avalancha de estos metales no iba a enriquecer al Reino, sino a empobrecerlo.

Imposibilitada la Corona española de costear la gran empresa de la ocupación, nació la institución de los adelantados, que resumía el interés privado con el del Estado. El Rey, único titular de las tierras de Indias, beneficiaba a un aventurero reconociéndole la posesión de las tierras que ocupara, el dominio de sus recursos naturales y autoridad sobre sus habitantes; a cambio, el adelantado debía explorarlas, pacificarlas, poblarlas, poner nombre a las cosas que no lo tuvieren y pagarle al monarca el quinto de las riquezas que el territorio reportase.

La península ibérica fue recorrida por aventureros que en las plazas de pueblos y ciudades hacían el pregón o reclutamiento de gente para viajar a las Indias. Así empezó un drenaje vertiginoso de habitantes: los doce millones de españoles de 1594 iban a reducirse a sólo ocho en 1700.

Fue tardíamente, alrededor de 1559, que un marqués peninsular venido a menos, de nombre Asdrúbal (el apellido se perdió en el tiempo), en reemplazo de otro que había perdido su adelantazgo, obtuvo la merced para ir a la Patagonia. El noble estaba obnubilado por las noticias que provenían de las tierras bajas que se dilataban en torno del otrora río de Solís[15] el cual, según los partes, se internaba hasta las tierras donde brotaba plata. En esta región de la llanura de Buenos Aires latía una leyenda que refería sobre un monarca revestido de oro, el Rey Blanco, prolongación en el sur de la fábula del Dorado. Demasiados expedicionarios se habían lanzado en la búsqueda del soberano, y la noticias eran contradictorias. La Patagonia, por su parte, parecía oponer su propia ficción a esa alucinación: la ciudad de Trapalanda o Ciudad Encantada de la Patagonia, que será confundida, finalmente, con otra quimera: la Ciudad de los Césares.

Por la capitulación o tratado, el marqués tuvo derecho a cargo vitalicio con facultad de nombrar sucesor, conducir a sus expensas doscientos cincuenta hombres de guerra y cien familias que poblasen. En su mente aún estaban frescas las imágenes del tesoro traído por Pizarro desde el Perú y que había sido expuesto en la Casa de Contratación de Sevilla. Aprestó el viaje: envió a un capitán para que recorriera los pueblos de Castilla, León, Andalucía y Extremadura (por donde habían pasado otros antes que él) y reclutara hidalgos pobres, artesanos y labriegos con la siguiente consigna: “Para quienes secunden a mi Señor, buena parte del oro y la plata, de las piedras y perlas, y otras cualesquiera cosas de valor que se obtengan por vía de rescate[16], o por batalla, o por minas; y tierras e indios para las tareas”.

Agotó su fortuna en la compra de dos carabelas para el traslado hasta las Indias, en la idea de que recuperaría la inversión con creces cuando echase mano de los metales preciosos.

Poco se sabe del itinerario que hizo el marqués: solamente que llegó al río de la Plata alrededor del año 1560, donde halló blancos alucinados que le relataron haber conocido en persona al Rey Blanco, recorrió el Riachuelo, fugó de la baja llanura por la hostilidad de los indios querandíes, surcó el río Paraná[17] (que todavía los españoles llamaban Plata), se mezcló en reyertas entre expediciones llegadas con antelación y no encontró las fabulosas minas argentíferas. En definitiva, aunque su destino era la Patagonia según la capitulación, el marqués, siguiendo su propia voluntad antes que la del rey, pisó la llanura ante el río de Solís y allí permaneció largo tiempo.

A los cinco o seis años de errar por el territorio, estalló en las filas del marqués un tumulto, émulo de los tantos que desangraban y dividían a las expediciones españolas. En alguna parte del litoral el contingente se había detenido. Los hombres habían levantado casas de barro y paja; cada varón tenía varias mujeres indias y se negaban a seguir rastreando la región buscando los metales preciosos. Fue aquí que el Capitán, que tenía vocación, por merced del Rey, para ser juez de los mortales, regir sobre tierras riquísimas, evangelizar, dictar leyes y sellar moneda, resolvió desobedecer al soberano. Habitaba un lar pobrísimo, mandaba sobre una tropa licenciosa y en modo alguno había acumulado una clase de riqueza. Entonces el marqués prohibió la poligamia, que tuvieren a una india por mujer y ordenó desmontar el poblado y reanudar la marcha. Los ingobernados, hartos de las marchas, el hambre y el desencuentro con la plata que daba nombre a todas las cosas y a todos los lugares, tramaron una rebelión. A la sazón, con un grupo de leales, el marqués detuvo a los cabecillas de la revuelta: algunos murieron por las torturas aplicadas, otros, degollados.

La locura fue ascendiendo en el marqués con el paso de los años. Levantó a la hueste que comandaba, viró hacia el oeste y sumergió a la multitud en el vasto territorio. Si hasta entonces se había mantenido más o menos fiel al monarca cuyo favor había obtenido, se desentendió de aquél y de las autoridades nombradas por él, y a ninguno obedeció. San Miguel de Tucumán, Córdoba, Salta y Santiago del Estero conocieron a la soldadesca que deambulaba por el país buscando yacimientos de oro y de plata, y que pretendía emular a Pizarro. Sus jefes la tentaron para que tomara partido por su facción ante la amenaza de un tumulto, o para que fundase poblados. Pero el marqués rehusó todo ofrecimiento para participar en la construcción del nuevo mundo y arrastró a su séquito a través de sierras, selvas y salinas.

La mesnada se hizo célebre: el año anterior estaba en San Luis, hoy en las cercanías de la ciudad de Santa Fe, en tres o cuatro meses en el reino de los pehuenches, en el Neuquén, y el año siguiente en Santa Cruz de la Sierra. Sabedor de la desobediencia, la Corona declaró al marqués un reo, ordenó a sus funcionarios que lo apresaran para juzgarlo y que disolvieran la expedición; pero aunque se organizaron compañías para aprehenderlo, ninguna de ellas logró el cometido.

Hacia el final de la vida de estos rebeldes, éstos decidieron andar hasta el territorio que verdaderamente les había sido encomendado, la Patagonia y que albergaba su propia fábula austral: la de la Ciudad de los Césares. Se encaminaron, en 1580, hacia la Cordillera de los Vientos donde algunos informes la situaban. En esta parte, los soldados y el mismo líder abandonaron sus cuerpos cuando la muerte, pero sus sombras siguieron siendo vistas a posteriori.

Hubo partes que refirieron de ellas en 1633, en 1654, en 1688, en 1712 y en 1760, y que hablaban de “un grupo compacto de soldados con atavíos desusados. Estos desgraciados tienen un líder (que recibe el título nobiliario de marqués) que le habla a los indios en la lengua de éstos y que, cuando el grupo llega a un lugar desolado, jalona el campo de cruces y de estandartes, del mismo modo que antaño se distribuían los solares cuando la fundación de una ciudad, y planta un madero (en el que ajusticiará a los reos). En él clava el rollo de la justicia, símbolo de su autoridad. Pero a pesar de lo ceremonioso del acto, no permanecen en el sitio por largo tiempo, ni levantan casas, ni crían bestias. Se marchan a los pocos días, dejando el sitio sembrado de basura... Nadie conoce la edad de éstos —continuaba el relato que data de 1760— pero estimo que son extintos pues ningún hombre, llegado en los años 1500, puede estar en pie ”.

Los chimangos y los cuervos, entendidos como aliados inmemoriales de los caranchos, y todos ellos adversarios de las águilas y de los cóndores, tuvieron pronto a la vista un real construido con troncos. Traían partes sobre el paso de los extranjeros y sobre sus susurros, y esos despachos estaban destinados a los oídos de otros extranjeros también, aunque llegados hacía muchos siglos antes. El fuerte, construido a la usanza española del siglo XVI, estaba enclavado en un claro abierto en el bosque, casi a la vera de un río torrentoso. Las aves superaron la rústica palizada y descendieron al patio; allí, ante unas pocas casillas, había enanos y sombras que portaban armaduras y morriones oxidados, rodelas y brigantinas, lanzas y arcabuces. Y aquí y allá había herreros nacidos en Tierra Adentro, y se fundían metales, y había crisoles. Manos rudas sostenían fuelles hechos con panzas secas de vaca que despedían vientos. Estos hálitos avivaban el carbón encendido y, entonces, ventiscas de chispas se alzaban y desparramaban cenizas. Y brazos fuertes golpeaban con un martillo el metal sobre yunques, y le daban forma de espadas, de estoques, de puntas de lanzas, de espuelas y bridas. Pero también había ruido de riñas y voces de descontento. En el pozo, un poco alejado de la masa que peleaba, estaba Aunkenk, el Marqués, el Conquistador, con una corona herrumbrosa de hierro en su cabeza.

Las aves, entre chillidos, dieron giros en torno del Adelantado, y con cada grito transmitieron las noticias que traían sobre los forasteros. Conocía el líder que la Llanura del Misterio era recorrida por españoles, o descendientes de éstos, pero sus intenciones las desconocía. Quizá, calculó el Conquistador, eran nuevos adelantados, al igual que ellos lo habían sido, remitidos por un Soberano. Bien conocía que un monarca, al parecer poderoso, había en el Este, muy al norte, donde una llanura, en un país que se llamaba Buenos Aires. Y uno segundo, detrás de la Cordillera Nevada. En siglos ni heraldos de uno y del otro habían logrado aún cruzar la Llanura del Misterio, dilucidar el misterio del Gran Lago y tocar el murallón de piedra. Nunca, excepto hasta ese momento.

Un soldado con atavíos del siglo XVI emergió del gentío que farfullaba y se acercó al Conquistador.

—El descontento cunde —dijo, con voz potente—. ¿Cuándo seremos recompensados? Porque dijiste que un nuevo botín tenías para repartir con nosotros. Aquí tu ejército, el que reuniste, espera, pero el retraso está originando peleas entre quienes lo forman. ¿Era necesario congregar a tantos para atacar la ciudad? Bien sabes que vigilamos la plaza desde hace tiempo y su poderío ha decaído. ¿Acaso otro plan tienes que no nos informaste?

—Hay un nuevo botín —confirmó el líder—, tan inconmensurable que no hay igual en otra parte. No es novedoso, porque también lo pretendíamos, pero esta vez lo acumularemos y lo contaremos como onzas... Si: hay un plan y de no ser por la visita de los forasteros, lo habría postergado.

—¿Por qué la llegada de estos extranjeros te ha determinado para ejecutar tu plan de inmediato?

—Estos rostros albos —advirtió el Conquistador, con preocupación, a su cohorte—, tal vez traen títulos rubricados por nuevos monarcas, del mismo modo que los portamos nosotros. Porque un soberano manda en el Este, y declama que su imperio llega hasta estas regiones, y pretende incorporarlas perpetuamente a su dominio. Tales son las noticias que me transmitieron los indios que habitan en la pampa central, los aucaches. Los que ves, son los adelantados. Ocurrirá una inundación de soldados, de hombres de ciencia y de exploradores. Algo se prepara detrás de la línea, en el norte, que separa Tierra Adentro de las tierras del ganado. Ha llegado, pues, el tiempo de que el Gran Ejército que he formado comience la conquista de la que llaman Tierra Adentro, empezando por la Tierra de las Altas Colinas. Fui comisionado, por diplomas que ahora están amarillos, para regir sobre los suelos que descubriera. Pero el monarca que extendió estos títulos murió tiempo ha, y los hijos de los peninsulares se rebelaron y se desentendieron de su descendencia. No obstante, haré valer los nombramientos en estas tierras libres frente a esos hijos: ya forjé una corona y me convertiré en príncipe.

La Tierra de las Altas Colinas era un fragmento de un territorio que no era reducido. Para ilustrar sus dimensiones, podía decirse que varias naciones del Viejo Mundo, tan grandes como Francia, cabían por entero en el. Los colonizadores se habían apiñado en el norte, en una ancha franja que iba de la costa a la Cordillera Nevada, y allí edificado una civilización. Pero el vasto que se extendía hacia el sur, aunque lo reclamaban como propio, no lo habían efectivamente ocupado. Menos aún habían pisado las tierras interiores del extremo de la Patagonia, donde moraban el espectro y su legión. En consecuencia, el Conquistador ya había elucubrado su plan de apropiación de esos suelos, pues íntimamente había trocado el oro y la plata que no había encontrado, por la tierra como nuevo botín. El campeón tenía su rostro cubierto por una máscara negra, pero un fuego inextinguible crepitaba donde los ojos.

—He aquí mi objetivo —dijo el príncipe con voz sepulcral—: todos los territorios al este de la Cordillera Nevada hasta el Agua Grande, incluso la Llanura Misteriosa, me pertenecerán para siempre. La Ciudad de los Césares será mía y allí moraré. Todos los habitantes jurarán no atacar al Rey, ni conjurar en su contra. Y una vez que eso ocurra, llevaré la guerra hacia el corazón de Tierra Adentro, más allá del río Negro, hasta las puertas del país que llaman Buenos Aires. Esas tierras también serán mías, y haré que los clanes que tienen allí sus hogares reconozcan mi magistratura.

—¿Ganaremos la recompensa de oro y de perlas que nos prometiste? —interpuso uno, con voz glacial—. ¿Tiene metales esta vasta tierra? Porque anduvimos muy al norte, muy al este y muy al oeste, pero nunca encontramos vetas. Ese juramento nos hizo abandonar nuestros hogares en Andalucía, Castilla y Extremadura, y seguirte, y errar por esta tierra durante largos años. Pero estando aquí ancorados, fuimos declarados reos, el rey nos retiró su favor y, finalmente, la hoz del Caballero Negro cortó el hilo de nuestras vidas. Perdimos la posibilidad de volver a España donde habríamos sido prendidos y juzgados como traidores. ¡Oh, las ficciones que nuestras cabezas elaboraron creyendo que éste era un mundo de quimera!

—Por ello estoy obligado a hacer la empresa que acometeré —dijo el Conquistador—, porque al no haber encontrado metales preciosos me apropiaré, como desagravio y por codicia, de lo único que abunda: tierras. Porque aunque halláramos, al fin, oro, no podría con él premiar de modo suficiente a mis hombres. La tierra será el nuevo botín. Y su posesión declamará que hemos triunfado de todos modos.

—Ahora —dijo el secuaz— pretendes contentarnos con un nuevo objeto, como el capitán de un barco que en medio del viaje cambia el puerto de destino. Pero escucha la voz de los que te seguimos, voz que yo porto: no rechazaremos la tierra, pero aún es nuestro deleite el oro en barras o amonedado, hecho crucifijos y espadas. La sensatez llegó tardíamente. Debió haber recalado cuando éramos hombres. Aseguras que la ciudad que pretendes acumula objetos de valía. Tales partes parecen ser ciertos, porque las aves escucharon a los forasteros cuchichear sobre los tesoros de que rebosa la plaza. Y también informaron que hay rencillas entre ellos. En verdad, no es conveniente que estos extranjeros prosigan su ruta. Ahora entiendo lo que dices: el Soberano del Este del que hablas los ha enviado para que vuelva con partes.

El Conquistador asomó a la plaza rebosante de enanos, de espectros y hasta de indios. Había tejido una alianza y en su pecho refulgía el ánimo guerrero que lo había alentado cuando su desembarco en el territorio; un ímpetu que lo empujaba a pelear y a esparcir guerra, y a llevarla más allá de esos fríos confines. Este era el plan: en unos días, mil enanos caminarían hacia la Ciudad de los Césares, pero la fuerza principal aguardaría en el real. Entretanto, el Conquistador seduciría a algunos clanes nómades para aumentar la legión de aborígenes que ya tenía. Finalmente, él mismo se pondría a la cabeza de la columna principal y haría que emergiera de la fortaleza para ir a pie hasta los Césares. Con la ciudad y sus riquezas en sus manos formaría un ejército mayor, jamás visto, convendría nuevas ligas, y marcharía hacia el centro de Tierra Adentro, rebosante de tierras.

sigue...


[10] Espada de la Conquista. [↑volver]

[11] Escudo circular. [↑volver]

[12] Carancho en guaraní. [↑volver]

[13] Es el ventisquero Perito Moreno cuyo frente, entonces, se encontraba a varios kilómetros de la punta de la Península de Magallanes. [↑volver]

[14] Vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno. [↑volver]

[15] Es el río de la Plata, así llamado por vez primera por Diego García. [↑volver]

[16] Entrega voluntaria. [↑volver]

[17] Paraná es una palabra en guaraní que significa “pariente del mar” o “parecido al mar”. [↑volver]

            

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