La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO XVII - EL PUENTE

Fausto Haliford no era un hombre de amilanarse, y aunque el metálico adalid de los espectros le opusiera un ejército, él opondría el suyo. De pronto Gabriel advirtió que, si enfrente se alzaba un Conquistador, ahora Haliford asumía igual título, pues también pretendía que las puertas de la Ciudad le fueran abiertas.

Por lo general, los nativos de la región carecían de una autoridad común: los clanes familiares se agrupaban en comunidades, tenían un jefe y ubicaban los aduares de un clan distantes de los de los otros. Sin embargo, las tribus podían unirse cuando había una amenaza externa y, entonces, elegían un líder único cuyo mando sobre todos duraba mientras subsistía la causa que había motivado la liga. La situación, no obstante, era bien diferente de la que ofrecía el centro, donde se alzaban los grandes cacicazgos, pues allí el mandato de los príncipes elegidos se había tornado permanente en el tiempo a raíz de las recurrentes peleas que allí se libraban. Con la intención de forjar una alianza que reuniera a los clanes próximos, Epumari despachó mensajeros a las tribus. Dijeron: “Sombría es la hora, y si en esa hora los amigos no se unen, la destrucción no hará distingos. Otra vez suenan voces sobre la Ciudad de Oro; ella es la presa. Enfrentamos un peligro mucho peor que todo cuanto podamos imaginar. El enemigo es poderoso y todo hombre capaz de pelear debe correr hacia el Oeste, sin demora”. Y, como en los tiempos antiguos, los embajadores mostraron el hacha ensangrentada, señal conocida de convocatoria para la guerra.

Los dispersos y diminutos clanes respondieron al llamado de Epumari y, sin que mediare una junta como era costumbre, creyeron en sus palabras y, tácitamente, se colocaron bajo su mando. Logró la sumatoria de hermanos de otros aduares más o menos cercanos, de los viejos y de los jóvenes, de familias enteras, de modo que la región ofreció el tristísimo panorama de hombres andando por valles y bosques. Habían dejado sus chozas y en ellas a sus mujeres y a los críos, sin la seguridad de un retorno. Hubo movilizaciones, y cruces de un punto a otro, y mensajeros que fueron y vinieron.

El día de la partida asomaron rostros pintarrajeados de rojo y verde, y cuerpos desnudos, y torsos envueltos por cueros de guanaco o liebre, y piernas y entrepiernas ceñidas por pieles de zorrillo, y lanzas coligues con puntas de hierro, y bolas, y boleadoras. Doscientos por todos era el número de guerreros que Epumari había juntado para el entrevero, y era mucho.

Cuando la improvisada legión se reunió, palabras en tehuelche (el dialecto de los nativos) se mezclaron con otras pronunciadas en español. Las rudimentarias armas daban una apariencia indómita a sus amos e intranquilizaron a los blancos, en especial, a los que planeaban la sedición. Éstos sabían que Haliford había sumado a los nativos no sólo para sostener la expedición sino también para rodearse de una guardia pretoriana, de una custodia personal, que le respondiera fielmente y que estuviere dispuesta a pelear por él en el caso de que estallara una sublevación. La última noche en el paso los expedicionarios blancos se retiraron a dormir con sus órdenes, sin producir comentarios, reservándose los pareceres, pues opinaban, repetidamente, que el único camino habilitado y conveniente era el de regreso.

Cuando Gabriel despertó, el primer pensamiento que vino a su mente había sido también el último al acostarse. La voluntad de Haliford era marchar con los indios y empujarlos hasta el lago, para saltar a la Ciudad. Gabriel, entonces, se halló frente a un hombre que entendía un desquiciado, pues no era posible considerar de otra manera a quien después del avistamiento de los enanos y el conocimiento de la lid que empezaba no decidía el retiro. Ninguna posibilidad tenían frente a ellos. Pero el capitán confiaba en las aparentes fuerzas que contenía la Ciudad y en las suyas que había reclutado en los toldos.

Apenas el día clareó, Haliford dio la orden de andar. Los excursionistas, algo hambrientos, se levantaron de sus improvisados lechos, y encararon la ruta. En el instante en que estaban cargando los enseres y sujetando los aperos, Facundo avistó a los monumentales caranchos merodeando la lontananza. Volaban lejos, pero destacaban, aunque no se veía a nadie montado en sus lomos. Parecía que los Capitanes habían despachado a sus espías para que tornaran a ellos con partes sobre los movimientos de los visitantes. Pero no dirigieron la mirada a los extranjeros, ni surcaron el cielo hacia el sitio en que se encontraban. Viraron hacia el Oeste y desaparecieron luego. De pronto, se oyó un bramido que cesó a los segundos. El grito provenía del interior del macizo. ¿Qué ocurría en el Oeste? Le resultó a Gabriel que tanto ajetreo era el prolegómeno de algo inminente y grandioso.

Con la perspectiva cada vez más cierta de que algo se avecinaba, el corro empezó su marcha. Cuando Facundo alzó la vista, sólo vio que la montaña subía y subía. Esperaba poder participar de la expedición y volver a la montaña, pero Gabriel lo invalidó para ascender el cerro, arguyendo que el paso era inconveniente para el niño. “Desciende a la toldería —dijo Casavalle—, porque el regreso está fijado para dentro de cinco días. Toma una porción de los víveres: ellos te mantendrán hasta mi regreso”. Facundo sintió, de golpe, llenársele el alma de amarga desilusión. Sus palabras sonaban desprovistas de todo temor o dolor, resignadas, como de quien ya no tiene nada más que esperar de la vida y se sienta plácidamente a recibir el final.

Entonces, Gabriel se puso de pie, le dio un suave beso en la frente y, despidiéndose con un desolador “adiós”, se dirigió a la montaña junto al resto. Facundo, en un arranque de ímpetu, se lanzó tras él y lo detuvo en la antesala de su actuar: se marchaba de su lado, quizá para siempre, con olvido de las promesas de conducirlo a su propio hogar. Lo abrazó con fruición y el muchacho le correspondió: luego lo soltó y caminó hacia la mole.

Nunca Facundo, en los años venideros, sabría por qué retuvo de él, aquella tarde, su imagen, una imagen que quedaría suspendida en el tiempo para siempre como un daguerrotipo: joven aún, fuerte y lleno de vivacidad. Facundo temió una cosa: no volver a verlo.


Después de andar durante todo el día, el grupo llegó a la parada donde ya habían estado los exranjeros. Allí pasaron la noche. Cuando amaneció, el contingente se puso de pie y encaró el ascenso hacia la Montaña Azulada. Cruzando la línea del río se extendía un bosque. Estaba sumergido en un perpetuo silencio y en una quietud apenas quebrantada por el sonido que el viento producía al rozar sus elevadas copas. La sola visión de tan inconmensurable y oscura espesura imprimió inquietud en quienes iban a atravesarlo; inertes, los gigantes se alzaban, silenciosos, expectantes, reservados. Impasibles, no obstante emanaban un mensaje, testimonio que las ráfagas transportaron hasta los oídos de los pasantes: “Sigue tu camino, y no te detengas, porque esta vez te dejamos pasar, pero ¡agradece tu suerte!”.

El obstáculo con que se topó el grupo de Haliford no iba ser fácil de sortear, pues aunque en la cúspide se alzaba la mole granítica, estaba precedida por una loma empinada, plagada de peñascos y que ascendía cuatrocientos metros. Bien la conocía Haliford pues la había trepado con Gabriel. El desafío no era inverosímil, pero posible que la fatiga y la mala alimentación hubieren mellado en demasía la resistencia física de los hombres, incluso, del capitán.

El desfiladero no era recto, sino que daba giros, y era estrecho, y subía, subía. Los hombres escalaron en fila, asiéndose a las piedras y a los últimos y rastreros vestigios de vegetación. Abajo estaban los bosques oscuros; más allá, unos promontorios alargados, sinuosos, que parecían cubiertos de líquenes, y aquí una laguna ancha, y atrás, otra más pequeña, que asemejaban espejos. En el horizonte, un corredor negro que señalaba que allí también descansaban las montañas. Las botas, gastadas, resbalaron; las manos se asieron una, dos, diez veces a las piedras o a las malezas ralas, último resabio de vegetación a nivel tan elevado; los pies trastabillaron, o se deslizaron por el terroso sendero en las pendientes pronunciadas. Desde la posición, a los hombres, blancos e indios, les fue posible visualizar el territorio por entero, y señalar, como en un imaginario mapa, tal o cual laguna aquí, el ancho lago Viedma más allá, el sinuoso río que daba vueltas en este lado y la interminable meseta en la lontananza. Todo estaba allí para engañar a los sentidos e imprimir la impresión de que cada objeto, cada referente, estaba al alcance de una mano.

Tras un rellano el resto del ascenso hacia el señorial peñón de granito era escarpado y anfractuoso, aunque el último hito en la línea de ascenso. Y si el terreno sinuoso ya ofrecía sus complicaciones, la desobediencia de uno de los miembros del grupo podía agregar una cuota adicional de infortunio y desazón.

No era lugar para que los ánimos flaquearan, ni tampoco para un desafío a la autoridad del capitán Haliford. Montes de Oca, que lucía ropas vueltas jirones y tenía la faz oscura de mugre y de polvo, andaba taciturno, silencioso. Resultaba sorprendente aquel estado en un sujeto que siempre tenía algo para decir. Mas, sus coetáneos lo entendieron como esperable cuando se trepaba una cuesta irregular y empinada. Además, los últimos acontecimientos no eran felices. Los integrantes del contingente se sentían cansados, tristes, como atletas desanimados corriendo una maratón que no tenía término, ni podio. Y aunque éste último existiere, el mérito de haber llegado a la meta no les depararía premio atractivo alguno; ni reconocimiento, ni fortuna. Por ello, apenas las sombras se instalaron en el lugar por la cerrazón del cielo que impusieron los cirros, tras oír la voz de Haliford que instaba a seguir escalando, el espíritu volátil de Montes de Oca se rebeló, y el hombre dejó escuchar, al fin, su queja.

—¡No seguiremos, capitán! —opuso Montes de Oca, agregando a sus pares en la levantisca. El terreno era propicio para el motín: los hombres, blancos e indios, estaban disgregados a todo lo largo de la pendiente. Nadie podría socorrer a Haliford aunque quisiera hacerlo, porque tropezaría y caería al abismo.

—No pararemos aquí —refutó Haliford, grave, sin darse cabal cuenta de lo que ocurría.

—¡Usted seguirá! —exclamó el contramaestre, ahora iracundo—. ¡Toda esta locura es cosa suya! Pero es tiempo de darle final. No somos sus siervos. Y los estatutos que le reconocen autoridad y cuyo imperio un magistrado restauraría en la ciudad no encuentran fidelidades aquí. Tampoco estos indios que trajo para armar una guardia pretoriana lo obedecerán. No dejaremos que nos ponga a la vista del jinete de la muerte, que cerrará nuestros ojos y nos enviará al largo reposo. Pretende, incluso, sobornar al destino, y no sabe que éste sigue sus designios.

—Usted se encuentra bajo mi mando —le impetró Haliford, pretendiendo que sus palabras sonaran con suficiente autoridad como para sofocar las rebeldías, como si tuviera a todo un cuerpo entero de policianos a su lado.

—¿Qué habrá para nosotros de lo que hay del otro lado? —continuó Montes de Oca, iracundo—. ¡Nada! ¡Si hay algo! ¿Qué seguridades hay de ello? Pues, esta es su odisea: enfréntela en solitario. Ahora es usted igual a esos Capitanes errantes que deambulan entre los rebaños y las montañas; que, cuales lebreles ardientes, husmean y escrutan hasta debajo de las aguas y de las piedras. Pero se confunden, se extravían y vacilan; maquinan, incluso cuando duermen, como alzarse con riquezas de este mundo, y no pueden elevarse, ni ver más allá de él. La codicia se ha convertido en su prisión.

—Habrá riquezas para todos... —aventó el capitán, sin demasiado convencimiento, en un nuevo ardid.

—Tarde ha sonado esa voz —refutó.

Apenas Haliford hizo un movimiento para adelantarse hasta Montes de Oca y reducirlo, el tempestuoso sujeto extrajo, en un santiamén, un pistolón de abajo de la camisa y lo amenazó con ella. El arma tembló en la mano del rebelde por el nerviosismo que lo agitaba. El resto de los hombres temió, pues el remilgoso no transmitía seguridad alguna portando la máquina, sino perturbación y pavor.

Pero las abruptas sombras atrajeron a los rastreros Caranchos y trabado el entrevero en las alturas del monte, las criaturas negras se lanzaron sobre la lomada.

—¡Caranchos Gigantes! —gritó Balcarce.

En número de tres y sin sus jinetes, sobrevolaron el punto en rasantes pasadas, e interrumpieron la disputa, momentáneamente. Y surgían ahora porque la luz potente del sol les molestaba y el oscurecimiento habilitaba para sus fechorías. Mas no atacaron a los viajeros ni a sus aliados, los nativos.

Aprovechó Montes de Oca la oportuna distracción para huir y empezar el descenso, en soledad. Dos de los viajeros abandonaron los parapetos y se lanzaron tras él.

Las inficionadas aves volaron hacia el llano y se alejaron, y los hombres las vieron, con los penachos erectos, posicionándose en los árboles, valiéndose de sus garras, para quebrarlos y obtener su sustento. Fracturaron uno, dos, tres, cuatro, hasta diez árboles; astillaron sus maderas y devoraron sus ramajes. Posicionándose en sus copas, los quebraban para luego destrozarlos con sus picos en forma de gancho. Una vez derribados, los asían con sus patas, y los picaban y los fragmentaban a tirones. Y Tras una rauda dilapidación, se marcharon.


Los picos fueron acercándose hasta que la Montaña Azul los recibió en su explanada; el medio estaba tranquilo y silencioso. Pero no descansaron aquí, porque Haliford los impelió para seguir. Durante todas esas largas horas, los hombres apenas hicieron una pausa, ya caminando, ya trepando. Principiaron a andar, a cruzar el desierto blanco. Cuando anduvieron sobre el hielo, lo hicieron lentamente; los vientos helados los asediaron, y tantearon sus cuerpos como buscando el resquicio entre las telas por donde colarse hacia el interior. Una cresta rodeaba el hueco helado.

Haliford encabezaba la fila, caminando despacio, pues ya había probado el campo de hielo. Un poco más atrás venía Gabriel, extenuado e inclinado hacia delante. El frío y el sueño lo estaban debilitando, de igual modo que estaban agotando al resto de los hombres, incluso indios. Llevaba varias horas de marcha, sin tomarse descanso y, en verdad, mientras caminaba, se sumaba mentalmente al coro de detractores de Haliford que alentaban emular a Montes de Oca y hasta ultimar al capitán. Se enfiló detrás de los que se interrogaban si no era más conveniente imitar al contramaestre, si estaban aún a tiempo de hacerlo y si, tomando esa iniciativa, llegarían a alguna parte. En verdad, desde hacía varias jornadas, disminuido por las privaciones y los esfuerzos, temía perder el juicio.

Anduvieron, desprovistos de útiles como grampones o piquetas para el avance sobre hielos, azotados por la ventisca y mojados por la llovizna tenue, aunque gélida. A esta le sucedió una nevisca, molesta siempre, nutrida a veces, que abundó el blanco circundante. No se había anticipado Haliford que, en realidad, el suelo podía ser inestable y que ligeras capas de nieve podían ocultar hondas fisuras.

A poco de avanzar, se abrió, de pronto, un hueco en el suelo. Luego se abrió otro, y uno de los hombres (un indio) desapareció lanzando un grito ensordecedor. Los demás quedaron petrificados, y conocieron que el plano estaba salpicado de cavidades, aunque no eran visibles. Y mientras el glaciar engullía a quienes caminaban sobre él, el viento redoblaba, y la precipitación era cada vez más cerrada, hasta interponer un velo albino que se meneaba, y disminuía, para acrecer de nuevo.

Era impotente Haliford para insuflar ánimos a su séquito; en efecto, estaba paralizado, como flechado por un sortilegio, jaqueado por una conjunción de adversidades. Inexperto en la práctica de escalar montañas y atravesar campos congelados, no había procurado aparejos y pertrechos, ni conjeturado el uso de cuerdas con que enlazar a cada pasante de modo de que el grupo sujetara al caído de abrirse un hueco en el suelo. Habría sido necesario que dictara un decreto con voz potente, que ordenase retroceder, o avanzar con vehemencia, o recogerse, o arrojarse al suelo; pero nada dijo mientras nuevos orificios se inauguraban, aún junto a los pies de sus hombres. El estrépito fue fragoso hasta que, finalmente, cesó.


Al fin, cuando estaba oscuro, subieron hasta una cima: en el abismo se dilataba al ancho lago que una neblina eterna cubría, y divisaron las puntas de la Ciudad de los Césares que se perdían en una bóveda de humo. Del lado opuesto, cruzando el llano donde descansaba la orilla, se alzaba otro macizo con grandes contrafuertes y colinas anfractuosas. El lago estaba encajonado por estos murallones de granito. Todo el hueco encerrado por las montañas estaba en oscuridad, y también lo estaban las aguas, pero el centro del piélago despedía luces, y el anillo de nubes que ocultaba a la isla resplandecía porque la luminosidad de la luna recrudecía la palidez de la neblina.

Un largo y novedoso puente había que unía el prado de este lado con la isla. Otrora en el sitio había existido un puente del que quedaba un esqueleto carcomido; cada tanto, el ondear iracundo de las aguas del lago producía el desprendimiento de partes de las ruinas de la pasarela. Pero otro había surgido a su lado, uno que no existía cuando Haliford y Casavalle estuvieron en el sitio.

Era la obra de los enanos, aunque ya no estaban para custodiarlo. Los pigmeos se habían desparramado por el bosque para construirlo; a la sazón, los altos árboles que ceñían el hueco se ladearon y cayeron tras el corte irrogado por las hachas, y las lomas empezaron a ralear. Con los troncos se procuraron pilares. El bosque proveyó los maderos para ser enclavados en el lecho del lago de aguas inquietas.

Los enanos habían trabajado con vehemencia, durante el día y durante la noche, hasta que hubo buena cantidad de maderos para construir el puente que salvara el accidente geográfico y alargara un brazo hasta la Ciudad. Y aparecieron barcazas y enanos en ellas sujetando las pilas y entretejiendo un esqueleto en el espejo. Los pilares fueron dispuestos y unidos por vigas. Sobre este pasador se extendió una plataforma. El trabajo hubo de ser incesante durante semanas, y las pilas de maderos contrapeados se sucedieron, mientras tres Sombras merodeaban incesantemente las alturas, custodiando la labor. Durante ese tiempo los pigmeos, sudorosos, entre juramentos, desplegaron el pasador, sufriendo los embates del oleaje que se encrespaba. Al fin, la ardua faena estuvo terminada una noche.

Del otro lado del puente se alzaban los muros de la ciudad funesta y misteriosa, y las agujas y las torres emergían de la espesa niebla que la envolvía. Cuando el alba crecía, Gabriel se tendió en el suelo. Allí se quedó muy quieto, mientras los indios se desperdigaban buscando un reparo. También Haliford se tendió; al rato, estaba muy quieto también. Tenía el rostro pálido, la cara, enjuta, y dos círculos negros bajo los ojos.

El grupo durmió durante todo el siguiente día y Haliford, aunque despertó antes del ocaso, no forzó una marcha. Cuando Gabriel se incorporó, era de noche otra vez: la primera visión que tuvo fue la de Haliford, de pie, pensativo y silencioso, mirando la ciudad. Tenía hambre; el disco solar había dado su vuelta y él no había ingerido bocado. La expedición ahora tenía provisiones (gracias a los recaudos de los indios), y algunas le fueron acercadas para que comiera.

El puente de los enanos. Ahí estaba, desolado, alargándose sobre el lago de aguas siempre agitadas. Se perdía donde la niebla, y hasta ella había un buen trecho. A los lados los murallones de piedra se elevaban amenazantes, puntiagudos, escabrosos, ceñidos por anillos de lengas. El sitio estaba oscuro y el cielo, encapotado. El silencio era absoluto, y siniestro, y parecía el preludio de algo temible. El puente invitaba a caminarlo; se sucedía como una ruta sin giros ni interrupciones hacia la Ciudad.

—El Enemigo —comentó Haliford— nos dejó un paso. Lo construyó y lo dejó desguarecido.

Gabriel observó la larga hilera, pero también observó las tinieblas, y las crestas que chocaban sus pilares, y los murallones de piedra que caían a pique.

—Desde hace horas —siguió—, me interrogo sobre aprovecharlo o no, pero despierta reparos en mí.

El cruce del lago no era un detalle menor: el ingreso al recinto donde se encontraba la ciudad estaba vedado. Los Césares, quienes estos fueran, la habían construido entre altas montañas, torres de granito y glaciares quebradizos. Si tantos habían sido los reparos, la visión del lugar abonaba la idea de que el último tramo tampoco iba a ser pacífico. El ancho lago estaba rodeado por anfractuosos murallones de piedra que se hundían hasta debajo de la línea del agua, sin obsequiar una orilla por donde transitar. El medio forzaba, por tanto, a afrontar el espejo de aguas atribuladas.

—De no emplear el puente —acotó Gabriel—, tendremos que construir balsas y canoas.

De inmediato se arrepintió de su aporte. ¿No debía convencerlo de abandonar la empresa, o negarse él a proseguir? Pero lo último era igual a separarse del grupo y volver, en soledad, sobre sus pasos. ¡Y la costa del mar se hallaba lejos! No; no iba a cruzar la llanura con éxito. Sucumbiría a mitad de camino. Por ello Haliford se había comportado de manera segura durante la travesía, pues cada miembro necesitaba del grupo y del preboste, ya para sobrevivir, ya para regresar. Sólo era posible una acción grupal de sedición que él no estaba dispuesto a impulsar porque temía una carnicería.

—Eso demandará tiempo —repuso Haliford— y, de todos modos, no nos exime de peligros. Si el Enemigo dejó el puente es porque lo utilizará para el paso de sus huestes; o porque nos ha preparado una celada. Eso si tuvo razón el anciano que conocimos en la tienda de Epumari. Quizá ese “conquistador” propicia que atravesemos el puente para acometernos. Sea como fuese, no hay menos riesgo si lo hacemos en botes, razón por la cual debemos asirnos a la primera hipótesis y valernos de la pasarela.

Con la decisión tomada, el gentío, lentamente y en silencio, descendió al terreno. Los indios, bajo las sombras, parecían desanimados, temerosos de los seres fantásticos, pero no obstante ello, conocían que nadie iba a conservar lo que tenía si el invasor no era detenido. Haliford adelantó hasta el comienzo de la plataforma: detrás se apiñó el gentío. La multitud estaba atemorizada, casi paralizada, y el capitán pensó que era una hueste inconveniente, por sus supersticiones. Decidió encabezar la hilera y empezó a andar por el puente. Los nativos más indómitos lo emularon entre alaridos. La muchedumbre enfiló por la pasarela hacia la nube que ocultaba la plaza. Tras andar un trecho, la tensión disminuyó porque nada había pasado.

A lo lejos estaba la ciudad. Las agujas rasgaban el cielo y permanecían como mudos testigos mientras el grupo cruzaba el piélago de agua dulce. En la lontananza se alzaba el alcázar, grisáceo, brillante, rodeado por un muro; y sobre él surgían torreones y miradores, agujas y atalayas, saeteras y troneras, que parecían desembarazarse de la espesa nubosidad que los constreñía. La vastedad rodeaba el atolón y las aguas relamían las orillas de las tierras circundantes.

Anduvieron los viajeros extasiados ante la visión de la célebre ciudad, y más aún lo estuvo Haliford, exultante por el ideario de que las riquezas en oro y en plata que la plaza cobijaba estaban al alcance de la mano. Ignoraba cómo penetraría en la fortaleza, ignoraba qué recepción le dispensarían los afamados habitantes de ojos azules, cabellera dorada y vestidos añiles, y también desconocía cuál sería la actitud del soberano de la plaza. “Nos reportaremos a su rey, si lo tienen, o al hombre que detente un título de mando”, pensó. Pero Haliford estaba seguro de algo: la proeza alcanzaba su apoteótico epílogo.

Las aguas del lago estaban crispadas por los cierzos furiosos que tululaban en el recinto. Preocupante era la calma del paraje, pues nada sonaba en las inmediaciones excepto el crujido de los vientos, ni ruido alguno provenía de la fortificación.

De pronto, la turbulencia de la atmósfera fue quebrada, raudamente, en el instante en que restallaron chillidos que no eran desconocidos. Viraron los hombres hacia la fuente de los gañidos, y visualizaron a los Caranchos Gigantes, laqueados con un matiz ocre, surgiendo en el firmamento. Las aves planearon y perforaron los vientos. Eran diez y en cada uno de ellos venía un conquistador; su casco estaba oxidado y el moho cubría su máscara. Telas raídas pendían de sus piernas y de sus brazos, y tenían el peto también herrumbroso. Uno los lideraba. Algunos pensaron que era el adalid de los Konakuref, pero pronto descubrieron que su traza era ruginosa cuando la de Cazador era resplandeciente.

Las aves se cernieron sobre los hombres, extendieron sus emplumadas alas, abrieron grandemente sus picos y sus garras, y erizaron sus grandes crestas para imprimir espanto. En su lomo se apoltronaban los rapaces Capitanes, ostentando en una mano sus herrumbrosas espadas, corroídas por el óxido y el tiempo: retazos de sus arcaicos atavíos pendían de los costados, y las armaduras habían perdido todo pasado esplendor. En la otra, portaban macanas de hierro de seis puntas, las que hacían girar sobre sus cabezas; grande tenía que ser la fuerza de un brazo para ejecutar esa acción.

Las criaturas aladas se arrojaron sobre el armazón que los indios recorrían; al hacerlo, doblaban sus cuellos y bajaban la cabeza para prender a tal o cual pasante. Fugaces como los relámpagos, repasaron la pasarela, y abrieron huecos en el gentío. Sonaron gritos, y aullidos, y la hueste se lanzó a la corrida. Hubo un atropellamiento porque el puente era ancho pero no tanto como para dar espacio a la congestión. Gabriel, atribulado, también corrió. Todos anduvieron casi agachados, con la cabeza baja porque los pájaros pasaban sobre las cabezas en vuelos raudos y en vuelo cogían a tal o cual hombre, ya con sus garras, ya con sus picos. Luego, volvían al lago, arrojaban la presa al agua y tornaban para cargar contra la fila.

De pronto, asomó el Conquistador, una figura soberbia y maléfica, montada en un carancho grotesco. Las nubes oscuras se rasgaron para dejarle paso y con él arrastró una niebla espesa y grisácea. Envuelto en este velo, el ave que montaba se mantuvo suspendida ante el puente en que se apretujaban los hombres. Detrás llegó una bandada de cuervos que dieron giros en torno del Amo y laceraron los oídos de todos con sus chillidos. Una multitud de estas aves siempre seguía a los caranchos porque donde había caranchos había carroña y, por tanto, un festín para cualquier ave carroñera. El yelmo del líder resplandecía al igual que el peto, y una máscara le cubría la cara; irradiaba una luminosidad que enceguecía, y que dificultaba la visión del campeón. Las alas del gigantesco carancho despachaban rachas de viento; el tamaño del ave, su plumaje sucio embrollado, así como la rígida cresta de la cabeza combinaban con el aspecto anticuado y circunspecto de la figura alta que se encaramaba en su grupa.

El montador no pronunció palabra cuando escrutó a los forasteros. No era un hombre ni estaba vivo, como tampoco lo estaban los que formaban su cohorte. Su edad era de trescientos años. Era el líder de la hueste, un antiguo a quien su señor le había prometido tierras y honores; en su patria había ostentado el título de marqués, y su nombre en la lengua natal era Asdrúbal, pero los indios lo llamaban Pillán, que para un significado quería decir Daño. Otros le decían Aunkenk, Cazador. Pertenecía a un mundo extinguido, a un tiempo fenecido: como a los otros, los señores lo habían abandonado a su suerte, y así había pasado el tiempo de su regreso a casa.

De pronto, el Conquistador dejó escuchar su pastosa pero potente voz:

—Los tesoros de la ciudad nos pertenecen. Dad la vuelta, forasteros, y marchaos. No desafiéis al Rey cuyo rostro ven, porque éste es mi reino y la ciudad será su capital. No nos detendremos ante sus ocupantes ni ante sus guardianes, quienes ellos sean, ni ante vosotros.

Y movido por la malicia, giró en dirección a la fortaleza.

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