La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO XIX - EL TRUENO DEL CONQUISTADOR

Jamás Facundo olvidaría la fatídica noche de la caminata hacia la Ciudad de los Césares. Tampoco la olvidaría Huincalef.

El camino siguió casi recto, con escasos bamboleos, a un costado del río. Anduvieron por la orilla pedregosa que el agua relamía, y a veces tuvieron que apartarse de ella, doblar hacia el bosque cuando un promontorio les cortaba el paso y andar por la galería de árboles. El soto cerrado velaba el paso de las criaturas. Nada se oía. Su sueño sólo era quebrado por los vahídos estentóreos y rítmicos de la mula.

Hacia el Oeste, a poco de superar un doblez geográfico, y a pesar de las sombras, las agujas se hicieron visibles. Caminaron; superaron hileras interminables de lengas (el árbol predominante) y de coihues, entre los que prosperaban algunos canelos y notros. Un tapiz tornasolado, aunque principalmente rojizo, ondeaba a los pies del bosque, salpicado de arbustos, y de orquídeas (de las cinco clases que crecían en la marca), violetas y anémonas. Los pies anduvieron tardos sobre el colchón formado por la hierba, las cortezas en putrefacción y la hojarasca caída, y los cuerpos invariablemente se doblaron pues el plano era inclinado.

Aparentemente, según el anciano, esta ruta era diferente a la seguida por Haliford y su séquito, pero el viejo, sin embargo, no tenía certeza de que condujera a la plaza. Era el camino más largo, pues doblaba hasta el río Eléctrico y circunvalaba la Montaña Azul para entrar por los fondos. De él conocía por testimonios de indios, pero nunca lo había probado. De alguna manera, ahora ensayaba la veracidad o no de esos dichos, un ensayo que, a medida que trepaba por la loma, sentía cada vez más tortuoso.

¡Sí, la Ciudad de los Césares! ¡Y Gabriel! “¿Habrá llegado a ella?”, se preguntaba el niño. ¿En qué sitio perdido de las montañas se encontraba, compartiendo la misma bóveda negra salpicada de ventanas? Pero el viejo, por el contrario, no albergaba euforia alguna: cada paso lo llevaba a un lugar desconocido, quizá infernal. Al final, se detuvieron en lo alto de una barranca que descendía a pique hasta el río.

En la otra vera se dilataba un prado, límpido de árboles. Allí había una fortaleza, casi al corte de la meseta, construida a la usanza española. Los hechos que ocurrirían sin demora harían honor a su nombre: Tralcahue o Lugar del Trueno. Una elevada palizada levantada con troncos formaba un cuadrado de trescientas varas de lado (dos cuadras castellanas) e impedía la vista del interior. Tenía una única entrada, en el centro, pero estaba cerrada. Todo era quietud en torno, todo era silencio y nada sonaba en las entrañas de la plaza ni extramuros. De inmediato Huincalef diose cuenta de que se trataba de una ciudad o, al menos, de un real, repetición de los asentamientos construidos por los europeos cuando la Conquista. Desde ese punto alto dominaba la orilla, el río y sus márgenes. No tuvo dudas: era la morada del Conquistador en el corazón del macizo de montañas, un remedo de las fortificaciones que habían edificado los adelantados en el pasado.

—¿De dónde salió esto? —preguntó Facundo, azorado, pues no había construcciones similares en el interior de Tierra Adentro; sólo había copias de ella en la frontera.

—No es una obra india, hijo —dijo Huincalef—. El Conquistador la ha levantado, emulando las fortificaciones que se construían cuando los años de la colonización. Ya te hablé de este reducto cuando andábamos hacia aquí. ¿Recuerdas?

“Ah, sí”, rememoró Facundo. El asunto de la madera utilizada para construir la fortaleza le había costado al Conquistador la negativa de las lengas a su petición de que no lo dañasen. Facundo no observaba en esto un hecho relevante: era un jalón más en la historia de Tierra Adentro, aunque mucho tiempo después reconocería su trascedencia.

¿Qué escondía el baluarte? De seguro en su interior se apiñaban los elementos que el Marqués había reunido para el ataque a la Ciudad. Un puentecillo cruzaba el río y unía las orillas. Huincalef posó los ojos en la pasarela. La fortaleza, resabio de una modalidad de ocupación ya desaparecida, le fascinaba. Luchó contra el deseo irrefrenable de caminar hacia la puerta. No resistió la tentación y empezó a andar por el oscilante pasador hacia el bastión de otro tiempo. En cambio, más pudo el temor en Facundo quien avanzó hasta una roca y se escondió detrás de ella.

Pero el anciano detuvo el paso. La oscuridad de la reincidente noche volvía a inundar Tierra Adentro y, con las sombras ya instaladas, de súbito, la tierra se sacudió. La fortaleza se iluminó por entero mientras el temblor, que parecía haberla eximido de cualquier daño a pesar de la aparente fragilidad de su construcción. Entonces, la puerta de dos trancas empezó a abrirse. Huincalef, trastabillando, abandonó el puentecillo y corrió hacia el parapeto de piedra justo a tiempo, antes de que la edificación escupiera su contenido.

Un ejército asomó por el hueco abierto en la colosal muralla de troncos. Asomaron soldados a pie, revestidos de antiquísimas armaduras que resplandecían. Los que iban en el frente portaban pecheras y espaldares de cuero con guarniciones de metal, y corazas de hierro, y capacetes en la cabeza, y rodelas ajustadas al brazo izquierdo. No los portaban sólo sombras, sino que también había indios llevando esas protecciones lo que convenció a Huincalef de que el Conquistador había sumado a pueblos de Tierra Adentro. Eran las primeras sumatorias: otras vendrían después. Detrás, en filas apretadas, venían los arcabuceros y ballesteros. La puerta abierta de par en par vertió centenares y centenares de compañías, y la vacilante columna se internó en las montañas. Y sobre el gentío oscilaban picas, y alabardas, y estoques, y lanzas, y alfanjes, cuchillos y machetones, todas armas utilizadas por los españoles en su lucha contra los moros o cuando la conquista del Nuevo Mundo. Detrás surgieron criaturas de la Magia y del Pasado, bestias de un mundo extinguido; en la delantera iban moles gruesas y peludas de dos metros de largo que pesaban una tonelada, y tenían un andar pesado. Si, criaturas del Pasado: el mismo Conquistador era un ser remoto, un forastero encadenado a esa tierra en la que el tiempo no pasaba.

De pronto, por encima del fuerte se elevó un ave de grandes dimensiones, un Carancho grotesco, envuelto por un cardumen de bullangueros cuervos; en su lomo llevaba a una figura enteramente cubierta de un arnés brillante, que portaba una corona de oro de varias puntas en la cabeza y empuñaba una espada con mango también áureo. El plumífero, con las plumas de su cuello erectas, primero lanzó gritos estridentes para luego posarse en el filo de la empalizada y sujetarse de los maderos con las garras. En su lomo estaba un jinete insigne. Era el Conquistador, el General de la hueste; el flamante príncipe que proclamaba que Tierra Adentro no tenía rey y que pensaba convertirse en el primero. Para ello conducía a ese ejército poderoso aunque espectral, el segundo de extranjeros que pisaba esos territorios internos.

—¡El Conquistador! —exclamó Huincalef con sorpresa, porque aunque mucho había oído hablar de él, nunca, hasta ese momento, había contemplado su figura—. Ha reunido a enanos, a criaturas que sobrevivieron ocultas en las entrañas de las cuevas y de las montañas, y a algunos clanes que cedieron a su voz. Ahora revela el ejército que formó, como quien ha pasado años haciéndose un vestido y, una vez que ha dado la puntada final, muestra el traje a sus convidados.

Facundo estaba aterrado ante la visión del Amo.

—Su poder ha crecido, y sigue creciendo —dijo el anciano—. Como el agua que desborda al río, saldrá de su cauce y se derramará por las tierras aledañas. No creo que haya congregado tamaño ejército porque sólo pretende la Ciudad de los Césares o la Llanura del Misterio. Aquí se yergue una amenaza, no sólo para esta región, sino para Tierra Adentro.

El desfile prosiguió, bajo la atenta mirada del Rey. De pronto, la oscuridad aumentó en el lugar, soplaron vientos procelosos y la atmósfera se rompió en truenos. Entonces, tres dragones de cola en forma de látigo, los Ihuaivilu, se elevaron sobre la fortaleza. Su lomo estaba recorrido por una doble hilera de placas; la cola parecía una masa con puntas; en el cuello destacaban estiradas agujas. Agitando con majestuosidad sus alas se posicionaron en el corte de la palizada: luego se elevaron, dieron unas vueltas sobre el fortín y se sumergieron en el valle del río. Su hogar no estaba en esa Tierra de las Altas Colinas, sino en el Este, en el Mamil Mapu, más exactamente, en la Auca Mahuida o Montaña Invencible, un peñón que se alzaba en un paraje llamado Carran Curá (Piedra verde), donde mandaba un indio díscolo de nombre Quintum. En realidad, los Ihuaivilu eran cinco, pero allí sólo había tres. La presencia de las bestias denotaba que había una extraña ligazón entre el Oeste y el Este de Tierra Adentro; un enlace desafortunado que anticipaba que el Conquistador ya había extendido su influencia hasta el Mamil Mapu y algunos jefes indios del centro le obedecían.

Huincalef no se equivocaba: el flamante Soberano aumentaba sus energías, ganaba aliados en diferentes puntos de Tierra Adentro y comprometía a diferentes clanes para un plan que iba más allá de la Llanura del Misterio. Cuando estuviera listo, se presentaría ante las puertas del centro de Tierra Adentro, del Mamil Mapu, con un ejército imperial a sus espaldas. Y según notaba, no iba a pasar mucho tiempo antes de eso.


Tras la visión del ejército, Huincalef improvisó un parapeto con unas lonas y la carona, y ordenó dormir unas horas. Cuando Facundo despertó, era aún de noche. Apenas alzó la cabeza vio a Huincalef sentado en una roca, deleitando la pipa que siempre llevaba consigo y entregado a sus pensamientos. En la lejanía destacaba una luminaria crepitante. El fuerte, en la orilla opuesta, estaba en calma otra vez y ninguna luz titilaba en sus entrañas.

Siguieron andando. Llegaron a un claro y allí Huincalef encontró huellas y marcas del ejército del Invasor: estaba sembrado de huesos, de cascos y de piedras calcinadas, índices de la marcha del ejército y de que en el lugar habían ocurrido trabajos desesperados. Restos que lo enfrentaban a la cara realidad de que se hallaban en la retaguardia de ese ejército salvaje y ruin. Vio una esfera de ocho puntas en el pasto y huellas pequeñas. Las criaturas fétidas y la legión de Capitanes habían transitado por el paraje, arrastrando al grupo de pigmeos a la Ciudad. Contempló los lejanos pilares de la montañas, ciegos y derrotados penitentes sobre el manto rojizo del cielo. Entonces, se derrumbó, como se desmoronan las energías en el momento en que, debiendo llegar a un punto a un tiempo, el corredor se dilata y arriba cuando todo ha pasado. Y el reloj de los segundos y de las horas estaba fuera de su control para volver las manecillas.

De pronto, asomaron unas formas en el horizonte, por entre las agujas: eran águilas. Batían señorialmente sus alas, sin desesperación, y volaban hacia el lugar donde los viajeros estaban. Al descubrir su cercanía Huincalef dijo:

—Son Auquinco y Reuque, los mensajeros de Tierra Adentro. La recorren por entero, desde el norte hasta el sur, desde la Cordillera hasta el mar, y hablan con todos los indios y con todas las tribus, informando novedades de aquí y de allá. Se los piensa antepasados que velan por la Tierra Adentro y anotician a sus moradores sobre venideros infortunios.

Las criaturas descendieron en un tronco muerto. Otearon a Huincalef con detenimiento. El hombre se acercó a las aves y cuchicheó con ellas palabras que Facundo no pudo entender. Al final, los alados se elevaron en solemne vuelo y se marcharon. El muchacho no sabía por qué las águilas habían dado con Huincalef en un sitio tan marginal. Quizá fuera casualidad. Pero de inmediato Huincalef satisfizo su pregunta. Las aves habían sabido por los indios que el afamado mago, también un amigo, estaba en la Llanura del Misterio. Después de ver al ejército del Conquistador, habían salido en su busca para asegurarse de que estuviera a salvo y lejos de las compañías.

Después, Huincalef dijo, con rostro turbado:

—Infaustas son las nuevas. El ejército de Pillán avanza, más y más. Cuando el amanecer habrá alcanzado los muros de la Ciudad. La guerra comenzó: se librará una batalla que no tiene correlato en la historia de Tierra Adentro y de la que se hablará por largo tiempo, si alguien queda en pie para contarla. Daño forzará a las razas de las Altas Colinas a que lo coronen como su Soberano y, con la diadema, querrá desafiar a las demás tribus de Tierra Adentro.

—Pero los jefes indios pelearán.

—Las cofradías fueron puestas en tensión con la aparición del Conquistador, como pasó en los días antiguos, y el Enemigo tiene ojos en cada rincón de Tierra Adentro, para ver donde prosperan las lealtades y donde, a sus espaldas, se tejen traiciones y resistencias.

Huincalef metió una mano en su sayal y extrajo una piedra. Cuando el anciano la tuvo en la mano, Facundo observó que se trataba de un cristal. El objeto le pareció tanto atractivo como enigmático: ¿qué función tenía la roca? Entonces, Huincalef habló:

—Esta es la piedra challanco: en ella se reflejan hechos que ocurren en otros lugares o que están por ocurrir. Observa con atención, porque ubicará la Ciudad, y lo que sucederá ante ella.

El indio-blanco arrojó la piedra hacia arriba, pero la roca no cayó sino que quedó suspendida e irradió luz. A la sazón se transparentó, y mostró figuras, y contornos, y movimientos desesperados. Había un plano; detrás, asomaban las torres y las troneras de una ciudad. Pero había gran jaleo en el campo: una marejada de hombres, enanos y criaturas se mecía. De pronto, Facundo vio a los Caranchos Gigantes, y vio a los Capitanes de armadura oxidada, y vio las bolas de seis y ocho puntas. Y las aves cargaban contra el gentío, especialmente, contra los nativos congregados allí. Al final, asomó la máscara del general de las legiones tenebrosas; desde un ave dirigía las maniobras de su ejército, y señalaba la Ciudad con el dedo índice de su enguantada mano, mientras en la otra empuñaba una espada que irradiaba haces luminosos. “Gabriel, Gabriel”, gritó en silencio el muchacho, esperando ver su rostro entre las caras que mostraba la piedra. Vio rostros conocidos; eran de los hombres que habían partido de Buenos Aires. Luego apareció la faz de Haliford. Mas la de Gabriel no surgió.

A pesar del ataque, Huincalef notó que no había movimientos en la plaza. Las baterías tampoco parecían haber sido activadas. Entonces, con espanto, dijo:

—¿Por qué los cañones de los Césares están mudos? ¿Por qué la plaza no responde al ataque?

No tuvo respuesta esta pregunta, porque a continuación la imagen cambió. Ya no se trataba de un sitio rodeado de altas montañas, sino de una planicie salpicada de montes y de caldenes, y el Conquistador andaba por ella. Detrás venía un río de sombras y de nativos con armaduras, y espadas y escudos, y el rostro de ninguno de los que andaban era visible porque todos llevaban yelmos negros. El río se alargaba, y serpeaba, y denotaba que el Invasor había aumentado sus fuerzas y ahora andaba por un territorio nuevo. Facundo no reconoció el sitio pero en Huincalef no hubo lugar para la duda. Esa tierra que mostraba la piedra era el corazón de Tierra Adentro, su centro, adonde el Invasor iba a llevar la guerra. Luego toda figura desapareció y la piedra reflejó otra vez el medio circundante. El cristal cayó en la palma del hombre y éste la guardó en sus ropas. No habría más imágenes. Las instantáneas motivaron a Facundo pero derrumbaron al anciano; las primeras señales era lo que les estaba deparado para el momento en que llegasen al hueco en las montañas donde se alzaba la plaza. Un sitio infernal, inconveniente para cualquiera. Y ellos caminaban hacia ese lugar.


Cuando el día empezó a caer, los ánimos arredraron; marchaban desde hacía horas y no había mediado un descanso. Ahora la fatiga debilitaba la voluntad e impedía el pensamiento claro. Estaban en el seno del bosque. A Huincalef le parecía un laberinto. Ansió, con un golpe, poder derribar todos los pilares para ver claro el final del pasaje. Y el desaliento aumentó cuando llegaron a un plano donde principiaban dos senderos. Aquí el bosque se espesaba, y no permitía conocer cual de los senderos era el acertado; las retorcidas lengas se entrelazaban, y de ellas colgaban unos líquenes, llamados barbas de viejo. El anciano de ropas estrujadas y faz limpia viró hacia un camino, luego hacia el otro. Quedó pensativo, indeciso: una loma, cubierta de árboles y de hierbas, subía. Otra senda se demoraba por entre las lengas aunque no ascendía.

Entonces las tensiones duramente reprimidas tuvieron su efecto: el mago andaba por un lugar perdido de un mundo de quimera, expuesto a mil peligros, secundado por un mocoso roñoso y obstinado. Ahora no atinaba a decidir cuál era el camino correcto. Si fallaba en la elección arriesgaba su persona y también al chicuelo. Sí; por más que silenciosamente insultaba al pilluelo, lo cierto era que se desvelaría por preservarlo sano y salvo. Y este combate interior lo atribulaba. Por un lado habría abandonado al niño durante su sueño, pero por otro conocía que de hacerlo el remordimiento lo forzaría a volver a su lado para terminar lo empezado. Pero ahora, ahora que los antiguos días expiraban, que la época significaba una bisagra en la vida de los pueblos de Tierra Adentro, detenido ante las vías sus energías se evaporaron. Clavó el cayado en el suelo y cayó de cuclillas, exhalando una lamentación.

—¡Oh! ¿Qué hacer cuando la oscuridad rodea?

Facundo estaba a corta distancia, y entendió que la adversidad debía ser grande si el sabio indio-blanco cavilaba.

No se había dado cuenta Huincalef de que el sitio estaba saturado de flores rojizas, las huele rayen o copihue, que pendían de los árboles cuales lamparillas. Tras la exclamación del viejo, las bombillas, a pesar de que luz alguna las bañaba, parecieron encenderse; el rojo de las flores fue aumentando en intensidad hasta ser brillante y alumbrar el paraje. Y las lucecitas, que colgaban de los ramajes, estaban alineadas en una hilera que se hundía en uno de los pasajes que se le habían ofrecido al anciano. Un centenar de pequeños luceros pendían de los árboles, destellando una luz pálida aunque suficiente para indicar la senda correcta. La oscuridad fue difumándose y, al mismo ritmo que crecía la luminosidad de las candelas, revivió la esperanza.

Facundo quedó impresionado: tales cosas ocurrían sólo en un lugar mágico. Huincalef, renovado, se incorporó y dijo:

—Me había olvidado de ustedes. Por ello se las llama flores del desesperado, porque cuando todo se piensa perdido, hacen brillar una luz. Que tu don sea ver una esperanza donde otros no ven nada.

El indio-blanco reinició la marcha por la senda que las flores iluminaban, y lo hizo con serenidad. Aunque la misma bien poco le duraría, pues otros ímpetus lo asediarían cuando la proximidad de la Ciudad.


El camino, en más, era ascendente, pero no zigzagueaba, sino que era recto; una ancha lengua glaciar descendía desde el apogeo de la montaña hasta un lago. Ahora el bosque terminaba, e imponentes picos y torres de granito se alzaban solemnes y desafiantes a su frente y a los lados. Era el último tramo y el acceso al recinto consistía en una formación de agujas graníticas, farallones negruscos y tétricos que señalaban el límite occidental de la Llanura Misteriosa. A su final, se espesaba una niebla, y unas puntas punzaban el cielo: las torres de la plaza. Cual castillo en ruinas los promontorios flanqueaban la entrada, y era un paraje tan frío y sin vida, que las nieves moraban perpetuamente

Caminaron por el campo de hielo, resbalando, cayendo, dando la cara a los alientos gélidos y con la Montaña Azul en el frente, siempre en un lugar destacado, siempre dominando los cuatro puntos cardinales. Y el terraplén blanquecino subía, subía, en benévolo desnivel; era ancho y estaba escoltado por sendos corredores de agujas. ¡Oh, el niño, el viejo y el burro, que andaban por un campo de hielo a la altura de los picos! Y el anciano andaba cejijunto, y refunfuñando, y ya su mal genio era notable; cada paso era una nueva lamentación, cada paso encendía su desagrado y su sentimiento de infelicidad. Y el peso de la tribulación fue mayor cuando vio, hacia el poniente, el cielo salpicado de fuego. “Guerra —explicó el indio blanco—: ya suena la hora de la Ciudad. Sus regimientos no resistirán durante mucho tiempo”.

Cuando el frío arreció, la falta de energías, el hambre y la fatiga mellaron el temple de Facundo, y todas las aflicciones del mundo, las que había inconscientemente desterrado de su reino, lo acometieron a un solo tiempo, cuales hienas que aguardan la noche, una lesión o la enfermedad para asaltar a la víctima. Pues como aquéllas, éstas son oportunistas, y acometen cuando la debilidad. Pensó en su padre, en su madre, en que estaba perdido en un mundo apartado que le era insólito, rodeado de rostros extraños. Ciertamente, la aventura de la Tierra de las Altas Colinas estaba desmoronando el espíritu de cada viajero, en el punto donde éste se encontrara: demolía el de Huincalef, cada vez más inclinado a abandonar al muchacho; el de Gabriel, que temía perder el juicio; incluso el de Haliford.

Apoyó su cabeza contra el abdómen de Huincalef. Éste se sintió un tanto azorado, pues no era un hombre demostrativo y el contacto de una mano siempre lo turbaba; la falta de costumbre afectuosa lo hacía sentir un tonto pues no sabía cómo responder. Pero Facundo no demandaba más: ésa era la única compañía que tenía en el mundo, pues todos los otros se habían marchado, algunos a un sitio eterno, otros, estaban perdidos en alguna parte de ese territorio. A la sazón, a punto de quebrarse en lágrimas, el niño dijo:

—Estoy cansado. No hay ninguna luz en mis noches, ni descanso en mis sueños. El amanecer se posterga…

La congoja acometió al anciano. “El amanecer se posterga”, repitió mentalmente. Pero entendió que el chicuelo no hablaba del alba como ciclo del día, sino de la vida. Entonces, preguntó:

—Hijo … ¿Qué es lo que más quieres en el mundo?

Y el muchacho, acurrucándose entre los ropajes del indio-blanco, musitó, con somnolencia:

—Quiero volver a casa.

Antes de empezar la caminata sobre el glaciar, descubrieron una laguna diminuta, encerrada entre murallones de piedra y allí se sentaron para comer. ¡Las raciones de Huincalef, esenciales para el viaje de retorno a su tierra, ahora eran disminuidas por el apetito voraz del chicuelo! Y esto lo inquietó aún más: no sólo no quería verse enredado en la improvisada guerra que estaba librándose en el Oeste, sino que, ahora, sus limitadas provisiones eran consumidas, sin medida, por el mocoso. Facundo terminó de comer (el viejo, secretamente enfadado, había resignado su propia ración para aumentar la del chicuelo) y se incorporó: la noche estaba fresca, pero tranquila, sólo alterada por las refulgencias carmesíes que, intermitentemente, ardían en el poniente.

El agua de la laguna estaba igualmente queda: su faz estaba límpida excepto en el centro, donde se acumulaban burbujas. El resplandor de la luna revelaba los contornos de las piedras, las grietas y las costras de los farallones, pero no lograba despejar las sombras que pendían sobre el reservorio. Facundo dejó de sondear la laguna y se sentó displicentemente en la orilla guijarrosa; estaba cansado, algo desanimado y, sobre todas las cosas, angustiado. El viejo estaba distante unos pasos, mirando el fuego con los ojos de la mente y ocupado en su pipa y en sus propias tribulaciones. Ni uno ni otro vio la extendida mancha, burbujeante, moviéndose; el chicuelo no se dio cuenta de que el tejido acuático se aproximaba a él, arrastrándose silenciosa y mansamente por el agua.

De soslayo, el anciano levantó la cabeza y destinó su mirada a la laguna. Entonces, vio el movimiento del manchón; quedó paralizado como por un sortilegio. Tuvo una impresión trágica. Miró al muchacho sentado despreocupadamente en el risco y frunció el ceño. El manto aceleraba ahora su nado, y ya mostraba unas garras filosas; unos ojos rojos y desorbitados se abrieron y escrutaron la presa. “Es Lafquen Trilque, el Cuero del Agua”, pensó, rememorando relatos indios del otro lado de la Cordillera Nevada. Se incorporó de un salto, mentalmente se representó la cacería y, con voz espantada, gritó:

—¡Apártate!

La mancha se alzó como un cortinado ocre, húmedo, del que chorreaban hilos de agua pestífera. Reveló la parte que escondía, pues las aguas ocultaban voraces ventosas, las que se dilataban y se contraían, alternativamente, como succionando por anticipado el manjar. El muchacho estaba estático, como hipnotizado. Abruptamente desapareció de la piedra cuando el cuero se abalanzaba sobre él: degustó el risco y no la carne. Huincalef, veloz como el puma, había cogido al pequeño, como un acechador que roba el botín a otro.


El siguiente día se reveló gris y ventoso; ráfagas atronadoras cruzaban el terraplén de hielo, estropicio que era acrecido, permanentemente, por los derrumbes de las amenazantes barrancas de hielo que pendían de las paredes de piedra. En esa mañana, Huincalef se irguió tras abandonar el sueño, se apartó del círculo cerrado de farallones que les había procurado un reparo y desafió con la mirada el paisaje que se le ofrecía: el ancho sendero de hielo corría a través de los peñones puntiagudos para luego iniciar el ascenso por la ladera de una montaña. El cielo estaba enteramente cubierto y empalidecía la luminosidad; vientos veloces galopaban y una tenue llovizna anticipaba otra, pero nívea. “Este es el último trecho —dijo—, y será el más difícil; Kokesne, el frío, y Shie, la nieve, a los que Elal derrotó valiéndose del fuego, nos azotarán”. Se volvió hacia el mulo, y dijo: “Aquí te quedarás, amigo: esta no es travesía para criaturas que andan en cuatro patas. Vuelve a los toldos de Epumari, o a lo que de ellos quede”.

El viento recrudecía; ¿no era hora de retroceder antes de afrontar esa pendiente temible, cuando estaban en la antesala de una tormenta de nieve? Seguro de que Facundo se amilanaría y peticionaría el retorno, Huincalef se acercó a él. “No es conveniente que atravesemos este paso. ¿Estás firme en la idea de llegar a la Ciudad de los Césares?”. Y el niño respondió, sólido: “Sí: deseo llegar porque allí está Gabriel”. “¿Qué pasaría —conjeturó el viejo—, si te dijera que me marcho y regreso al valle?”. “Me quedaría”, respondió Facundo. Lamentó la vehemencia del muchacho; por alguna extraña razón, eran los débiles los que más fortaleza mostraban en los instantes más adversos de la existencia. Él, en cambio, tenía miedo, y temblaba de frío, y estaba húmedo por la llovizna; quería disfrutar del calor de un fogón y de la comodidad de un toldo bien provisto. ¡Guacho testarudo! La tozudez del muchacho lo acorralaba; parecía, por un lado, tironeado por una fuerza que ordenaba retirarse, pero a su frente había otra fuerza que también tiraba de él, y que le impedía responder a la primera.

De mala gana, entonces, vislumbró el cruce. El campo parecía liso, aunque empinado, pero lo anticipó quebradizo; sabía que los hielos escondían fracturas, hoyos que se hundían hasta las entrañas del bloque, pero que no estaban a la vista. A la sazón, cogió una cuerda, ciñó la cintura del pequeño y el extremo lo sujetó a su propio cuerpo. “Debes ir adelante —gritó, porque el estruendo de los vientos ahogaba las palabras—. Andaremos unidos por esta cuerda”. Facundo quedó boquiabierto, aterrado. “No, no”, repuso. “Debe ocurrir así —reiteró el viejo—. El hielo es frágil en algunas partes; si te hundes yo estaré detrás, unido a ti, para aferrarte”. “No, no”, repitió el chicuelo. Y lo repetiría tantas otras veces como Huincalef le solicitara ir en la delantera. Al fin, casi desaforado, hastiado, el indio-blanco dijo: “¡Está bien! Caminaré primero. Pero cuida tus pasos, y ruega porque yo acierte los míos”.

Salieron a campo descubierto. A poco de andar la llovizna se trastocó en una nevada copiosa. Los vientos estrujaban los vestidos, y arrojaban rachas de nieve contra los visitantes, y oponían una resistencia a su paso. ¡Nieve y más nieve: en la blancura de la lluvia naufragaban las figuras como si las hubiera engullido! La tormenta recomendaba un tranco veloz, pero bien diferente era el paso seguido por Huincalef. Caminaba lentamente, tanteando cada palmo de hielo con su cayado, mientras los vientos gélidos congelaban su rostro, jugueteaban con sus ropas y lo empujaban hacia atrás. A unos metros iba Facundo, también cauteloso, tiritando de frío. El mago interpretó que Shie no aprobaba el cruce por esa parte de las Altas Colinas.

De pronto, el hielo se fracturó y el niño se hundió; la cuerda se atiesó y condujo la tensión hasta el cuerpo de Huincalef. El cuerpo en caída de Facundo arrastró al indio-blanco; lo arrojó al suelo helado y lo acarreó un trecho, hacia el agujero abierto en el hielo, como una boca que iba a engullirlo. Disparó la mano libre en una y en otra dirección, pero nada había de qué asirse; y los copos níveos que giraban según los antojos del viento impregnaban su cabellera, y sus vestidos, y sus manos. Estaban sus pies a punto de ser tragados por el hoyo cuando clavó su bastón en el hielo y contuvo el peso del jovenzuelo. Éste quedó suspendido en el interior del boquete; pero las paredes estaban disgregándose y el hielo que rodeaba al orificio también se desprendía, indicio de que el hueco se haría más grande aún. Afrontando la ventisca y concientizado de que no había tiempo que perder, Huincalef se apoyó en el báculo para lograr ponerse de pie. Se volvió hacia el hueco, y empezó a tirar de la cuerda para subir al muchacho. Pero con cada forcejeo la fricción iba fragmentando el hielo que perimetraba la cavidad. Logró extraerlo, y cuando Facundo terminó de incorporarse, el círculo desapareció desintegrado en infinitas astillas.

Amainó el temporal en la tarde. Ahora subían la pendiente, pero caminaban con paso tardo, cansado; no tenían víveres, el frío mellaba sus cuerpos y los ropajes eran insuficientes para aislarlos. El viejo andaba en la delantera, callado, ensimismado; a unos cuantos pasos venía Facundo. De pronto, el anciano se detuvo, alzó la blanquecina cabeza y oteó los alrededores. Sendas paredes de granito los velaban, y en cada una de ellas había lenguas glaciares colgando. “¿Por qué se detuvo —se preguntó Facundo, ahora, también paralizado—. ¿Por qué mira con ahínco esas salientes de hielo?”. Sí; el viejo, con rostro en tensión, escrutaba los apéndices. Ignoraba Facundo que un ruido había sido la causa de la parada. También elevó la vista; en verdad, los grises murallones que los ceñían insuflaban respeto pero también, miedo; cerraban el paso y punzaban el cielo anubarrado con sus picos. Se oyó, a continuación, un trueno que resonó en todo el paraje. Casquillos blancuzcos empezaron a caer desde las lenguas. El anciano, como una tromba, giró hacia el infante, y gritó: “¡Corre! ¡Un alud!”.

Huincalef empezó una corrida hacia la salida del pasaje, y también lo hizo Facundo. “¡A prisa! ¡A prisa!”, gritaba el anciano. Las lenguas, de ambos lados, se rompían, y se desmoronaban; un cúmulo de hielo y de nieve se precipitaba al coladero desde las alturas. ¿Cómo apresurar el paso en aquel desierto, blando por la nieve que había caído? Los pies se hundían en cada pisada, y era difícil extraerlos para dar el próximo paso. Cruzó Huincalef, y detrás lo hizo el mocoso, pero no se detuvieron. “¡Sigue corriendo! ¡No te detengas!”, gritó el hombre. Razón tenía; los hielos colapsaron y se estrellaron contra el suelo, pero el flujo superó el pasaje, y el espeso nimbo se proyectó hacia el llano que se dilataba a continuación. La cargada y cana polvareda emergió del pasillo, pisó los talones de los fugados y casi los devoró.

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