LINAJE
Cuento nominado al Premio Hugo

Bruce McAllister

Estados Unidos


Aquella tarde, el alienígena y el chico, que tenía doce años, estaban sentados en la habitación sin ventanas, en lo alto, por encima de la ciudad. El chico hablaba y el alienígena escuchaba.

Era un chico común y corriente: en sus rasgos, los genes de tres continentes; su ropa, confeccionada al estilo de las de todos los chicos del enorme complejo habitacional llamado LAX. El alienígena era otra cosa, horrible de contemplar, y el chico no levantaba la vista mientras le hablaba, aunque sabía que era de mala educación.

Quería que el alienígena matara a un hombre, dijo. Así de simple.

Mientras el chico hablaba, el alienígena permanecía sentado, derecho y quieto sobre el único mueble que podía contenerlo. Siempre desviando la mirada, el chico estaba en una banqueta, junto a la terminal donde hacía sus tareas de la escuela todos los días. Lo ponía incómodo que el alienígena estuviera sobre su cama, aunque comprendía el por qué. Lo ponía incómodo que la extraña rodilla de la criatura estuviera tan cerca de la suya en esa diminuta habitación y se alegró cuando la criatura, como si también lo hubiera advertido, alejó la rodilla.

No tenía que levantar la vista para ver la fisonomía del antalou. Ese único vistazo en el umbral había sido suficiente, y volvía a su memoria lo quisiera o no. No era que tuviese miedo, se decía el chico. Era la idea misma de que semejante cosa pudiera estar parada en un umbral construido para humanos, en un complejo habitacional humano donde generaciones enteras habían nacido y muerto, y donde probablemente seguirían haciéndolo. No parecía posible.

Se preguntó qué le parecería al antalou.

Cerrando los ojos, el chico veía la piel sintética negra que el alienígena usaba de protección contra atmósferas ajenas. Debajo de ese traje, sogas de músculos y tendones se enrollaban y desenrollaban, ondulando, incluso cuando el alienígena estaba quieto. En el umbral no tenía el largo cuello extendido, pero el chico sabía lo que ese cuello podía hacer. Cuando se estiraba telescópicamente hacia delante —podría ocurrir en cualquier instante— la cabeza se inclinaba hacia arriba por reflejo y las mandíbulas se abrían.

Tampoco había desenvainado los largos garfios que el chico sabía que tenía en las garras y también a lo largo de los codos y en los dedos de los pies. Pero, al tiempo que le explicaba lo que quería con la mirada clavada en el suelo, los imaginaba enfundándose y desenfundándose.

Cuando el alienígena habló por fin, fue con una voz inhumana, filtrada por la malla traductora que le cubría la mitad del rostro. El rostro reapareció en la mente del chico: el cráneo tremendo, los ojos inmensos que podían ver tantas clases de luz y encontrar el camino en medio de casi cualquier tipo de oscuridad. Las evidentes protuberancias —las branquias auxiliares— dentro del globo respiratorio. Los conductos que goteaban debajo de ellas, listos para despedir sus chorros de ácido.

—¿A quién… deseas hacer matar? —preguntó la voz, y el chico casi levantó la vista. Era solamente una voz, mecánica, como de serpiente, vacilante, se recordó. No podía matarlo por sí sola.

—A un hombre llamado James Ortega-Mambay —respondió el chico.

—¿Por qué? —Las palabras sisearon en el aire rancio del apartamento.

—Él va a matar a mi hermana.

—Tú sabes eso… ¿cómo?

—Simplemente lo sé.

El alienígena no dijo nada y el chico oyó el prolongado susurro de sus pulmones al inhalar.

—¿Por qué —dijo el ser por fin— pensaste que yo… aceptaría hacerlo?

El chico tardó en contestar.

—Porque usted es un asesino.

El alienígena calló otra vez.

—¿O sea que todos los antalou —rechinó la voz— somos asesinos profesionales?

—Oh, no —dijo el chico, levantando la vista y tratando de no apartar la mirada—. Quise decir…

—Si no es así… entonces… ¿cómo… me elegiste a mí?

El chico se había acercado a la criatura en la gran fuente que estaba junto a los Acantilados de Mónica —un punto de interés al que concurría cualquiera que visitara la Tierra, aunque más no fuese porque figuraba en los itinerarios autorizados— y le había entregado un mensaje escrito en burdo antalouano. "Sé lo que es usted y lo que hace", decía el mensaje. "Necesito de sus servicios. Celda LAX 873-2345-2657, número 1100, mañana por la mañana. Me llamo Kim".

—Los antalou son muy conocidos por sus habilidades, señor —dijo el chico respetuosamente—. Hemos leído sobre la campaña Noh, y sobre lo que ocurrió en Hoggun II cuando su pueblo fue traicionado, y de lo que pudo hacer una de sus compañías de mercenarios contra los Gar-Bettis. —El chico hizo una pausa—. Tuve que entregar noventa y ocho mensajes, señor, antes de encontrarlo a usted. Fue el único que me respondió...

La cabeza horrenda se inclinó mientras los largos brazos permanecían perfectamente quietos, y el chico descubrió que no podía apartar los ojos de ellos.

—Ya veo —dijo el alienígena.

No era más que un modismo del traductor. "Ver" no era lo mismo que "entender". El joven humano había hecho lo que los servicios de inteligencia militares y civiles de cinco mundos no habían sido capaces de hacer —identificarlo como un profesional— y había obligado al alienígena a reflexionar: ¿Por qué había contestado el mensaje? ¿Por qué se lo había tomado en serio? Después de todo, se lo había entregado un niño humano. ¿Era porque no percibía peligro alguno y sencillamente estaba obedeciendo a un reflejo profesional, o era por otra cosa? De alguna manera, el chico sabía que él respondería. ¿Cómo?

—¿Cuánto… —dijo el alienígena, curioso— puedes pagar?

—Tengo doscientos dólares, señor.

—¿Cómo… los conseguiste?

—Vendí cosas —dijo el chico rápidamente.

Las habitaciones de aquí eran despojadas. Estaba claro que el chico no tenía nada para vender. El alienígena estaba seguro de que había robado el dinero.

—Puedo conseguir más. Puedo…

El alienígena emitió un sonido que no se tradujo. El chico dio un respingo.

El alienígena estaba pensando en los 200.000 inters del asesinato por venganza en la tercera luna de Hoggun, en los 100 kilodólares del contrato del renegado en el asteroide llamado Wolfe, y en las acciones de minería, los productos farmacéuticos y la nave para compuertas espaciales —que valían el doble de todo lo anterior— que finalmente había recibido por las tres muertes corporativas de Alama Poy. ¿Qué podía comprar con doscientos dólares? ¿Podía siquiera comprar un boleto para el tren urbano?

—No es suficiente —dijo el alienígena—. Por supuesto —agregó; uno de sus brazos se movió espasmódicamente, luego volvió a quedarse quieto—, puede que hayas pensado en grabar… nuestra discusión… y puede que me amenaces con dar a conocer la grabación… a las autoridades de la Tierra… si yo no hago lo que me pides…

Entonces las pupilas del chico se dilataron como las del funcionario provincial humano de Diedor, el que había liquidado para los Gris Infra de allí.

—Oh, no —tartamudeó el chico—. Yo no haría eso… —El alienígena vio que la piel de su rostro se había puesto roja—. Ni siquiera lo pensé.

—Quizás… tendrías que haberlo pensado —dijo el alienígena. El brazo sufrió otro espasmo y el chico notó que era más pequeño que los otros, retorcido pero fuerte.

El chico asintió. Sí, tendría que haberlo pensado.

—¿Por qué… —preguntó entonces el alienígena— un hombre llamado… James Ortega-Mambay… desea matar a tu hermana?

Cuando el chico terminó de explicar, el alienígena le clavó la vista otra vez y el chico se puso incómodo. Luego, la criatura se levantó; las articulaciones se acomodaron en su lugar con chasquidos y ruidos de succión, las piernas se trabaron para poder elevar el pesado torso y la cabeza, los largos brazos serpentearon como si tuvieran vida propia.

El chico ya estaba de pie y reculando.

—Doscientos… no alcanzan para un asesinato —dijo el alienígena, y se fue, saliendo del edificio por el mismo sendero subterráneo que el chico le había mostrado al entrar.


Cuando el hombre llamado Ortega-Mambay salió del ascensor bala en el techo del edificio federal, anochecía y era el final de otro día largo pero productivo en la Oficina de Control de la Población. Bajo los rayos postreros del sol, el helipuerto refulgía como una laguna pequeña y perfecta —no como el caos del Océano Pacífico, a la distancia— y ni siquiera el calor húmedo podía arruinar la escena. Era, sí, el tipo de clima en el que uno se quitaba la chaqueta por convención, pero había un solo lugar donde él podía quitarse la chaqueta con un mínimo de dignidad, y eso era, claro, en la privacidad de su propio HogarFab-frente-al-Mar. Para evitar las convenciones, llevaba puesta su nueva chaqueta de "gasa" de triple hilado, con el estampado llamado "Trémula Luz Estival": atractiva, inodora, a prueba de agua y fresca. No se la quitaría hasta que tuviera ganas.

Como siempre, era el último en irse de la Oficina y, como siempre, se sintió orgulloso. No había nada más encantador que ser el último, que despegar de la pista vacía con las aspas del rotor cantando por encima de él y la puesta de sol debajo, mientras avanzaba hacia su bien ganada soledad, lejos de la ciudad costera, hacia otro helipuerto más pequeño y su HogarFab cerca de Oxnard. Había trabajado mucho para conseguir todo ese encanto, se recordó.

Su heli brillaba bajo la última luz del sol —formando parte de la escena perfecta— y se tomó su tiempo para caminar hasta él. Esto merecía plasmarse en una pintura a pincel, o digital, o en un poema multimedia. Quizás este fin de semana haría algo para conmemorarlo, después de que los otros miembros de su tríada lo visitaran para la sesión de intimidad.

Al llegar al lado del piloto y a la pequeña puerta que había allí, una sombra se separó de la sombra más grande proyectada por la aeronave y el hombre estuvo a punto de lanzar un alarido.

La figura era alta; al principio pensó que era un disfraz, un chiste de algún colega, nada más.

Pero cuando la figura avanzó hacia la luz mortecina, vio lo que era y otra vez estuvo a punto de gritar. Había visto a estas criaturas en los noticieros, claro, e incluso a cierta distancia, en el puerto de transbordadores o en los puntos turísticos importantes de la ciudad, pero nunca así. Tan cerca.

Cuando habló, fue con una voz grave y mecánica… obra de una malla Ipoor.

—¿Es usted —dijo el alienígena— James Ortega-Mambay… Supervisor del Séptimo Distrito… de la OfCoPo?

Ortega-Mambay consideró negarlo, pero no lo hizo. Conocía la reputación de los antalou tan bien como cualquiera. Sabía los usos a los que su propia raza los habia sometido, por no mencionar a las otras cuatro razas con las que la humanidad se había encontrado entre las estrellas. Los antalou no le daban la impresión de ser criaturas a las que se les podía mentir sin correr riesgos.

—Sí… así es. Soy Ortega-Mambay.

—Mi propio nombre… —dijo el antalou— no importa, Ortega-Mambay. Usted sabe lo que soy… Lo que importa… es que usted ha decretado… que el embarazo de Linda Tuckey-Yatsen es ilegal… Usted ha ordenado el aborto… de una hermana no nacida… del niño Kim Tuckey-Yatsen. ¿Es verdad?

El alienígena esperó.

—Puede ser —dijo el hombre, titubeando—. Por cierto, no me sé de memoria todos nuestros casos. No los procesamos por apellido…

Calló cuando vio lo absurdo de todo aquello. Era indignante.

—Realmente no comprendo qué tiene que ver usted con esto —recomenzó—. Esta es una ciudad terrana y superpoblada… en una nación superpoblada, en un planeta superpoblado que no puede solventar los gastos de transportar su carga fuera de este mundo. Nos enfrentamos con un problema y estamos bastante felices de resolverlo por nuestros propios medios. Nada de esto puede ser asunto suyo, Visitante. ¿Tiene usted un cargo en la delegación de esta ciudad?

—No —respondió la malla— y sí que es… asunto mío si… muere la hija no nacida de la familia Tuckey-Yatsen.

—No sé de qué habla.

—Ella debe vivir, Ortega-Mambay… Su hermano desea una hermana… Vive y asiste a la escuela… en tres habitaciones pequeñas mientras sus padres trabajan… en alguna parte de la ciudad… Para él… la niña que lleva su madre… ya ha nacido. Alberga un gran sentimiento hacia ella… a la manera de su especie, Ortega-Mambay.

Esto no podía estar ocurriendo, se dijo Ortega-Mambay. Era una demencia; sintió que en su interior crecía una furia que no había sentido desde su primer empleo en el gobierno.

—¡Como se atreve! —se oyó decir—. Está usted en el planeta natal de otra raza y dándome órdenes a mí, un funcionario federal, para que obedezca no sólo a los deseos de un niño sino también a los suyos… usted, un Visitante sin cargo oficial entre los de su especie…

—La niña —interrumpió el alienígena— no morirá. Si muere, yo… haré lo que… me han encomendado.

Entonces, el alienígena se acercó al heli y al hombre, tan cerca que casi se tocaban. El hombre no retrocedió. No iba a dejarse intimidar. No.

El alienígena levantó dos de sus cuatro brazos y el hombre oyó un sonido como de risa ahogada, luego un chasquido, luego otro, y algo lo aferró de la garganta mientras veía que unos garfios más largos y más rectos que cualquier cosa que hubiera imaginado se asomaban uno por uno, atravesando la sintepiel negra de la criatura.

Luego, usando esos garfios, la criatura arrancó la puerta del heli.

En un momento la puerta de aleación estaba montada en sus bisagras; al momento siguiente, estaba empalada en los garfios, que eran, advirtió ahora Ortega-Mambay, muchísimo más fuertes que cualquier uña, hueso u otro tegumento de la fauna terrana. Mareado, se preguntó qué comería la criatura para que esos garfios fuesen tan fuertes.

—Suba a su vehículo, Ortega-Mambay —dijo el alienígena—. Váyase a casa. Duerma y piense… sobre lo que debe hacer… para mantener viva a la hermana.

Ortega-Mambay apenas podía mover las piernas. Estaba tratando de entrar en el heli pero no podía, y por un momento terrible se le ocurrió que el alienígena podría tratar de ayudarlo a subir. Pero entonces, por fin, ya estaba dentro, golpeando los controles del tablero mientras intentaba hacer lo que le habían pedido: pensar.


El alienígena no se sentó en la cama, sino que permaneció en el umbral. Esta vez, al chico no le resultó difícil mirarlo.

—Sabes más de nosotros —dijo de pronto el alienígena, severamente— de lo que quisieras darme a entender… ¿No es cierto?

El chico no respondió. Los ojos de la criatura, enormes y gatunos, estaban fijos en los suyos.

—Contéstame —dijo el alienígena.

Cuando el chico finalmente habló, sólo dijo:

—¿Lo hizo?

El alienígena lo ignoró.

—¿Lo mató? —dijo el chico.

—Contéstame —repitió el alienígena, perfectamente quieto.

—Sí… —dijo el chico, apartando la mirada por fin.

—¿Cómo? —preguntó el alienígena.

El chico no respondió. Por la forma en que el chico se sentó en la banqueta, el alienígena advirtió una actitud de derrota.

—Me respondes… o le haré daño… a esta habitación.

El chico no hizo nada por un momento; luego se levantó y fue lentamente hasta la terminal donde estudiaba todos los días.

—Hice muchos trabajos sobre su estrella —dijo el chico. Ahora había un poco de energía en su voz.

—Es más que eso —dijo el alienígena.

—Sí. Estudié la historia antalouana. —El chico hizo una pausa y el alienígena sintió que la energía remontaba un poco—. Para la escuela, quiero decir. —Otra vez había sentimiento, un poco, en la voz del chico.

El chico tocó el teclado una vez, luego dos, y la pantalla cobró vida con un parpadeo. El alienígena vio un mapa del hemisferio norte de Antalou, las rutas comerciales del antiguo Séptimo Imperio, el continente fragmentado y los mares letales que habían causado su destrucción.

—Es más que esto… creo —dijo el alienígena.

—Sí —dijo el chico—. El año pasado hice un informe, por mi cuenta, no para la escuela, sobre el registro fósil de Antalou. Había muchos animales que querían la misma comida que ustedes… que su especie. En Antalou, quiero decir.

Sí, pensó el alienígena.

—También me encontré con otras cosas —continuó el chico, y el alienígena oyó que la energía volvía a desfallecer; oyó, en la voz del chico, el sentimiento inhibitorio que esta especie llamaba "desesperación". El chico aún pensaba que el hombre llamado Ortega-Mambay iba a matar a su hermana, por lo tanto el chico estaba "desesperado".

El chico accionó el teclado otra vez. Apareció un nuevo diagrama. Era conocido, aunque el alienígena no había visto uno semejante —tan clínico, detallado y ornamentado— desde hacía media vida. Era el cúmulo familiar antalouano, y aunque el alienígena no podía leerlas, sabía lo que describían las etiquetas: los "lazos de obligación de parentesco" y sus respectivas "cargas motivacionales", los "parámetros de necesidad defensiva" y las "consecuencias de la pérdida de lazos" para la identidad y la pertenencia grupal. También había un inserto, que mostraba, por medio de una imagen animada tridimensional, el modelo humano de supervivencia que los exopsicólogos creían que podía explicar la conducta antalouana.

El chico tocó el teclado y apareció una lista iconográfica de los "legados totémicos" y las "herencias de linaje" provenientes de los antiguos cementerios de Toloa y Mantok.

—Pensaste que sabías —dijo el alienígena— lo que siente un antalou.


Ilustración: Valeria Uccelli

El chico mantuvo la mirada en el suelo. —Sí.

El alienígena no habló por un instante, pero cuando lo hizo fue para decir:

—No te equivocaste… Tuckey-Yatsen.

El chico levantó la vista, sin entender.

—Tu hermana vivirá —dijo el antalou.

El chico parpadeó, pero no le creyó.

—Lo que digo es verdad —dijo el alienígena.

El alienígena observaba, mientras el cuerpo del chico comenzaba a enderezarse, al tiempo que la energía, ya no inhibida por la "desesperación", lo atravesaba.

—Lo hice… —explicó el alienígena— sin matar… cosa que ni tú ni yo… podíamos afrontar…

—¿La dejarán vivir?

—Sí.

—¿Está seguro?

—Yo no miento… sobre el trabajo que hago.

El chico miraba fijamente al alienígena.

—Le daré el dinero —dijo.

—No —dijo el alienígena—. No será… necesario.

El chico lo miró un instante más y luego, extrañamente, comenzó a moverse.

El alienígena lo observó, curioso. El chico se estaba obligando a acercarse a él, aunque el alienígena no sabía por qué lo hacía. Era una cuestión humana quizás, un "sentimentalismo", y el chico, aunque asustado, pensaba que debía ofrendárselo.

Cuando el chico llegó al alienígena extendió una mano inestable, tocó el hombro de antalou con ligereza —una vez, dos— y luego, asombrosamente, recorrió con la mano el brazo lesionado del alienígena.

El alienígena estaba perplejo. Esta caricia era un gesto antalouano.

Este chico no es común, pensó el alienígena. No era simplemente la inteligencia del chico —como fuera que pudiese medírse— ni su comprensión de los antalou. Era otra cosa… algo que el alienígena reconocía.

Algo que todo asesino necesita poseer…

El gesto antalouano que el chico había usado significaba "obligación de sangre", aunque faltaba el lento desenfundar de los demoor. El chico había elegido bien.

—Gracias —estaba diciendo el chico, y el alienígena sabía que había ensayado bien, tanto la caricia como las palabras. La idea de hacerlo le había inspirado un miedo formidable, pero lo habia ensayado hasta que el miedo ya no lo dominara.

Mientras el chico retrocedía, ahora estremeciéndose e incapaz de detener el temblor, dijo:

—¿Todavía tiene cúmulo familiar?

—No —contestó el alienígena, sin sorprenderse por la pregunta. El chico ya no lo sorprendía—. Fue una decisión… que tomé sin arrepentimientos. Muchos antalou la han tomado. Mi trabajo… me lo impide. Tú comprendes…

El chico asintió, un gesto que significaba que sí comprendía.

Y el chico dijo entonces:

—¿Cómo es matar?

El alienígena sabía que esa era la pregunta que el chico más quería hacerle. Había excitación en su voz, pero nada de miedo todavía.

Cuando el alienígena respondió, fue simplemente para decir:

—Es más y… es menos… de lo que uno… se imagina que será.


El chico llamado Kim Tuckey-Yatsen estaba en el umbral de la pequeña habitación donde dormía y se educaba, y escuchaba al hombre que hablaba con su padre y su madre. El hombre en ningún momento miró el vientre hinchado de su madre. Simplemente, dijo:

—Se les ha concedido una excepción, familia Tuckey-Yatsen. Tienen permiso de proceder con el parto de la niña nonata. Recibirán la confirmación por medio de una Autorización para Familia de 4 Miembros en un lapso de tres semanas laborables. Todos los asuntos relacionados deberán ser presentados ante la OfCoPo, 7° Distrito, con el número de red que figura en esta tarjeta.

Cuando el hombre se fue, su madre lloró de felicidad y su padre la abrazó. Cuando el chico se acercó a ellos, lo abrazaron también. Ahora eran tres, abrazándose, y pronto serían cuatro. Eso era lo que importaba. Sus padres eran buenas personas. Se habían arriesgado por él, y él los amaba. Eso también importaba, lo sabía.

Esa noche soñó otra vez con ella. Su nombre sería Kiara. En el sueño, ella se parecía un poco a la hermana de Siddo, que vivía dos pisos más abajo, pero también a su propia madre. Las hijas deben parecerse a sus madres, ¿verdad? En su sueño, los cuatro se abrazaban y había más habitaciones, y esas habitaciones eran más grandes.


Cuando el chico tenía diecisiete años y su hermana cinco, y compartían una sola habitación como pueden compartirla los hermanos, llegó un arcón de Romah, uno de los mundos de las Pléyades que estaban plagados de cicatrices de guerra. Presurizado y abollado, el pequeño contenedor de aleación llevaba las estampillas de aduana de cuatro compuertas espaciales; lo habían abierto al menos siete veces durante el trayecto y tenía feo olor. Lo habían desinfectado, sí, explicó la transportista de USPUS que lo entregó. Lo habían tenido en cuarentena durante un año y casi no había logrado pasar, dadas las circunstancias.

El chico no sabía a qué se refería la transportista.


Ilustración: Ferran Clavero

El arcón tenía muchas cosas, explicó la mujer. La pequeña calavera lustrada de un carnívoro que no era de la Tierra. Un trozo de metal espacial fundido, con forma de capullo. Dos anillos de piedra pulida que tintineaban al tocarlos. Un dispositivo antiguo que el chico más tarde descubrió que era un comunicador inaéreo de tercera generación utilizado por los Gar-Bettis. Una bobina hecha de pelo de animal y de una sustancia viscosa, que luego se enteraría que era un raro instrumento musical de Hoggun VI. Y muchas cosas más pequeñas, entre ellas, la postal de la Fuente Pacífica que el chico le había regalado al alienígena.

Mucho más tarde, la familia recibió la comunicación oficial de que se habían depositado 300.000 inters a nombre del chico en la estación bancaria neutral de HiVerks; se enteraron del depósito secreto de armas especializadas, armas que muy pocos podrían comprender, que habían dejado en Titán en custodia perpetua, también a nombre del chico, y del voucher de viaje extraplanetario que habían adquirido para él, para que lo usara cuando tuviera la edad de usarlo.

Aunque no se leía como ningún testamento escrito en la Tierra, realmente lo era: un testamento que el antalou llamaba "cántico de heredad". El que hubiera sido grabado en la antesala de una compuerta espacial, poco antes de la muerte violenta del alienígena en un mundo llamado Gloria, no disminuía su validez legal.

Aunque el chico trató de explicarles, sus padres no lo entendieron, y antes de que pasara mucho tiempo ya no les interesó. Con el dinero compraron cinco habitaciones en el sector noreste de la ciudad, un mejor empleo para su madre, un mejor cuidado para las autoinmunidades de su padre, más educación técnica para el chico y toda la comida y la ropa que necesitaban, y en ese momento (aunque sólo en ese) al chico le importaron más esas cosas que la gran luna de Saturno y las maravillosas armas que, pacientes, estaban allí, esperándolo.


Título original: Kin
© Bruce McAllister, 2006
Traducción: Claudia De Bella, © 2007


Bruce McAllister tiene una trayectoria importante dentro de la ciencia ficción norteamericana, en la que lleva participando medio siglo. Vive en Redlands, Califormia, donde hasta hace poco fue profesor universitario. En la actualidad, además de dedicarse a su carrera de escritor y generar sus propios cuentos y novelas, se desempeña como consultor literario independiente. El cuento que presentamos en esta ocasión fue publicado originalmente en el 2006 en la revista Asimov's Science Fiction y fue nominado para el Premio Hugo.


Axxón 175 - julio de 2007
Cuento de autor norteamericano (Cuentos : Ciencia Ficción : ET : Contacto Extraterrestre : Estados Unidos: Estadounidense).

            

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