AMAZONAS DE LA MACETA

Javier Goffman

Argentina

1.-

El factor catalizador de la historia fue la mujer. No una mujer en particular, me refiero al género. El hombre pretende la gloria sólo por y para ellas. Hasta la promiscuidad si es necesario. Las excepciones no suelen ser notables. Pero un hombre desesperado por la mujer es capaz de hacer un mundo y todas esas cosas que dice el tango. Tengamos por caso a Fabián Cabeza. Una noche borracho se ganó a la tal Eliana, madre borracha y dama imposible de embellecer alcoholizándose. Se acostó con ella todos los lunes durante un mes, la despachó cuando ella pretendió acudir a las presentaciones. Entonces consiguió otra nada agraciada cuyo nombre Cabeza no recuerda, pero ahí conoció a Bea y el tipo sentó cabeza por cuatro meses. Al tercer mes, Bea pidió cambios en el departamento:

—Quiero una plantita —dijo.

—Ninguna plantita —se opuso Cabeza.

—Pero me gustan las plantitas.

—No hay plantitas. Este es mi departamento, yo vivo acá, y no voy a meter un ser vivo en esta casa del que no quiero hacerme responsable. ¿Qué es esto? Vos te aburrís y comprás una planta. Después te aburrís de la planta y te comprás un perro. Después te aburrís del perro y, ¿qué hacés con el perro?

—¡Yo quiero una plantita!

—Ninguna plantita.

—A mí nadie me dice que no. —Apretó fuerte los puños.

—¡No!

Pero Bea se tomó el asunto de la plantita muy en serio. Llegó incluso a amenazar a Cabeza, a reclamar deudas de las que él no tenía noción. Claro, no estaba enamorado. Sólo aprendía. Había sido un monigote durante años, y ahora resultaba atractivo a las mujeres, pelado y todo. Un dandy sin un peso. Es lo mismo que seguir siendo un monigote, pero hay que aprovechar el envión.

Despachó a Bea sin remordimientos, dando por sentado que ella haría lo mismo, incluso lo había declarado. Había echado al novio anterior al conocer a Cabeza: “Si algo no me sirve, lo tiro” decía, juego previo a clavarle las uñas y morderlo. Razones justificables, dependiendo de quien lo mire.

Conoció otras mujeres, y por primera vez en su vida se encontró en posición de elegir: la tetona de diecisiete, la pelirroja de treinticinco, la que no volvió a tener relaciones desde el divorcio...

Pero apareció Mariana.

La conoció una noche en un bar. Había poca luz. Encendió un fósforo y ahí estaban, dos ojos marrones: sus pupilas se dilataron al máximo.

—¡Eh!, qué rápido... —dijo Cabeza.

—Siempre me pasa —aseguró ella—. Me gustó la canción.

—¿Cuál canción?

La canción resultó ser One for my baby. Si a una mujer le gustaba determinada canción del repertorio, para él era suficiente.

—¿Vos no cantás? —preguntó.

—Canté alguna vez.

—Quiero escucharte.

—Acá no.

—Vení.

La tomó de la mano y la llevó a la esquina, donde ella cantó “Como Dos Extraños”. Para entonces, Cabeza ya estaba enamorado. Un rato más tarde, la chica le mostró las fotos de un terreno que tenía cerca de Villa Carlos Paz. Él le propuso matrimonio, ella aceptó, Cabeza inventó un anillo con una servilleta, y no sabemos qué habrá sido del anillo. Ningún anillo perdurable sale de una servilleta, pero fue un casamiento válido, ya sea para Perna De La Camota, o deidad cualesquiera que usted elija. A ojos de los dioses, las promesas son promesas.

Al final de la noche la acompañó a tomar el colectivo. Tardó en llegar. Hacía frío; entre una cosa y otra Cabeza la abrazó, la besó, y fue el comienzo de la relación seria más corta de la historia. A los pocos días ya pasaban todo el tiempo juntos. Conoció sus sueños más profundos, o por lo menos aquellos sueños que están en la superficie de los más profundos. En su caso, quería ir a vivir al terreno de las fotos con su marido y tener cinco hijos:

—¿Cinco? —preguntó Cabeza, más exclamando que preguntando—. ¿Tenés idea de la responsabilidad que significa traer cinco seres vivos acá?

—¡Cinco hijos!

A todo esto, Cabeza cantaba blues las noches de los fines de semana, pero ya no salía tanto. Ella no mostraba interés en acompañarlo, así que él prefería quedarse, lo que provocaba una culpa vaga e indefinible: ¿Qué era él? ¡Un músico, después de todo! ¡El cantante de blues, por supuesto! ¡Claro que sí! ¡El mejor de Argentina, capaz de agarrar cualquier banda y hacer un show decente! ¡Gran comediante! ¿Y ella no quiere venir? ¿Me deja ir? ¿No quiere cuidarme? ¡Hay cantidades de mujeres dispuestas a hacerme pisar el palito!

Si esto no revela alguna patología, veamos lo siguiente: una noche, Cabeza la encontró viendo televisión. Concretamente, “La Familia Ingalls”. Y entendió, ella estaba enamorada de Charles Ingalls. Quería mudarse al campo, tener cinco hijos, y un marido granjero de buena presencia. ¿Charles Ingalls? ¡Ningún Charles Ingalls! No tenía pelo, ni paciencia, y no fumaba tabaco en pipa. Pero lo peor de todo es que no tendría dónde cantar los blues, al menos no en un lugar con público.

Una tarde, más o menos al tercer mes, Mariana llegó al departamento con regalos. Un osito bastante tonto, un guardabolsas, y alguna otra cosa. Cabeza andaba con resaca, discutió, ella dijo “me banco muchas cosas, como que no tengas pelo ni plata”, y el tipo terminó ayudándole a empacar.

Se arrepintió.

En los días siguientes intentó arreglar las cosas, pero sin convicción. Fue a esperarla a la clínica donde trabajaba. Ella salió, lo vio, le discutió un rato: “¡no te jugás por nada, no tenés corazón, estás vacío!”. Cabeza no supo qué replicar. Levantó del suelo una caca de gato e intentó comerla, pero estaba seca y sólo masticó. Ni hablar de tragar.

Mariana salió corriendo.

Nada de esto debería haber desanimado a Cabeza. Aprender a ganar es difícil, muy difícil. En cambio, uno puede aceptar la propia mediocridad y convertirse en un buen perdedor, posibilidad que Cabeza ni siquiera consideró. No aceptar la derrota conduce directamente a la soberbia o a la depresión. Individuos con determinación semejante se debaten entre dos posibilidades: crear un mundo de fantasía alrededor, repleto de aduladores y obsecuentes que mantengan al ego lastimado en el más alto de los pedestales; o ser un tipo gris y solitario, tal el caso de Cabeza. Sus arrebatos de soberbia duraban el rato que duraba la euforia.



2.-

Todos queríamos a El Diego. Gran músico, mejor persona. Se inició en los blues acompañando en el bajo a Eddie King, desde entonces tocó con una docena de negros más. Todos respetaban su opinión, y siempre estaba en lo correcto. La clase de tipo sereno que conserva la primera novia, se acuesta temprano, prepara el desayuno, la cena, se encarga de la limpieza y los impuestos. En fin, lo que se dice un marido ejemplar, más allá de que jamás firmó ningún papel (exceptuando el de alquiler).

Leonora y él llevaban tres años juntos. La chica quería formalizar. Cualquiera habría dicho que eran la pareja ideal. Ella cantaba blues, soul, compartían cierta contextura física y hasta trabajaban en la misma banda. Grandes talentos, cada uno por su lado.

Entonces llegó Shakira Hooker y la llevó de gira por Tailandia con su banda durante un mes. Al tiempo de haberse ido, El Diego empezó a recibir extraños correos. Al parecer, querían llevarla a vivir a USA por posibilidades concretas de trabajar en un bar cantando boleros. El Diego no tardó en hacerse preguntas, deprimirse, perder peso, bajó de ciento cinco kilos a ochenta.

A la vuelta, ella le dijo que necesitaba tiempo, distancia, había pasado por cambios, esa clase de cosas. Cuando una mujer habla así, anda en algo raro o quiere rajarte, o las dos cosas a la vez. Descubrió la verdad investigando por su cuenta: Leonora tenía un affaire con el guitarrista de Shakira Hooker, viejito cuarenta años mayor. Esperaba que la ayudara a construir una carrera. Terminó viviendo con la madre de él, poniéndole el suero, barriendo.

En situaciones así, ambas partes deberían hacerse muchos replanteos, algo que no pasó por la cabeza de Leonora. Se convenció de que lo suyo era vivir cambiando pañales. Quizá la herencia valía la pena, o el tipo le recordaba a su abuelo. No sabemos. Ella llamó a El Diego durante un tiempo, a altas horas de la noche y borracha, implorando perdones dignos de la culpa más profunda. Lo que no tiene importancia, nunca admitió nada y El Diego se fastidió pensando que no había llegado a conocer a la persona que había sido su media naranja durante tres años.

¿Cómo se recupera el hombre de un golpe semejante? La respuesta más potable la propuso el veterano guitarrista Rulfo:

—El Diego —dijo—, yo tuve once rupturas. La peor fue con la mamá de Pablo, porque aparte de los sentimientos de la pareja estaba el pibe. En todos los casos, lo mejor que pudo pasarme fue cojer la mayor cantidad de minas posible. No te cura pero ayuda.

“No te cura pero ayuda”, pensó El Diego, mientras empacaba sus cosas, “un buen título para una canción”. Sólo que no estaba acostumbrado a salir de levante. Ni siquiera en el pasado. Durante casi diez años había tocado el bajo todos los fines de semana, acompañando buenos y malos músicos. Desde hacía tiempo estaba listo para hacer lo suyo, pero había subordinado todo a los deseos de Leonora. ¿Dónde encontraría minas dispuestas a ayudarlo con la ruptura?

El Diego se mudó a cuatro cuadras, al departamento de Fabián Cabeza, cuya pelea con Bea por la plantita llegaba a su punto culminante. Cuando una mujer tiene novio, lo que más desea es que los amigos de él conozcan a sus amigas, así todos tienen novias, novios, salen juntos a todos lados, cenar, bailar, cines, etc. La novia originaria puede tener a su novio vigilado y agarrado de la corbata (dicho con elegancia). Bea quería salvar la relación. Cabeza quería que su amigo se recuperara. Le preguntó a Bea si tenía alguna amiga para presentar. Bea, sonriente, trajo a Viviana, una muchacha de piernas grandes casada con un tipo veinte años mayor e impotente. Tenía tres hijos, él los mantenía, pero la mujer se veía obligada a salir porque nadie la atendía. El Diego no tuvo que laburar mucho para convencerla. Tenía que ser El Diego quien se levantara una mina a diez días de la separación. Diez, El Diego. Barrilete cósmico.

Tiempo de seguir adelante. Empezó a ir al gimnasio, correr la cinta, alimentarse bien. Perdió cinco o seis años de un tirón y ni siquiera tuvo que hacerse un by-pass gástrico. Mientras Cabeza laburaba tres horas por semana cantando en un hotel relativamente bien pagado y el resto del tiempo se rascaba los sobacos, El Diego despertaba temprano, hacía ejercicio, entrenaba las cuerdas vocales, pulía canciones que Cabeza dejaba a medias, y daba clase de bajo, guitarra, particulares y en un colegio.

Bea y Cabeza terminaron a las pocas semanas, lo mismo Viviana y El Diego, que consiguió una chica más joven y talentosa dispuesta a acostarse con todo el mundo. Alternó con otra, Leila (nombre de fantasía). El Diego pasó de marido obediente a nadador en un océano de mujeres deseosas. Lo que se dice la primavera de la vida. Pero llegaba el invierno. Fijó la mira en una alumna que siempre le había tirado onda. La chica, pongámosle Cecilia, le tiraba onda a casi todos los hombres. De ahí a entregar o entregarse, largo trecho. Ella lo buscó: almorzaron algunas veces, jugó con el trastorno de los mensajes de texto por celular, lo llamó para esto o lo otro, que sí, que no, te quiero, no te quiero, me pasa algo pero no sé. En fin, la clase de histeria que no lleva a ninguna parte.

El círculo se cerró una noche que ella cenó en el departamento. Trajo una plantita. Cabeza estaba presente. Le habló a él:

—Me dijeron que estás deprimido. Justo caminaba por Alberti y Rivadavia, había un tipo vendiendo plantitas y pedí una de esas que traen buena onda. El nombre científico es “Ruda”, pero búsquenle otro nombre. Es mi regalo para ustedes.

“Otro ser vivo en el departamento”, pensó Cabeza:

—Me encanta el flower power —aseguró.

—Me fijé que fuera hembra.

—¿Hay plantas hembras?

—Hay plantas macho y hembra.

Cabeza levantó la maceta y observó debajo:

—¿Dónde está el agujero? —preguntó, pensando en el tiempo que llevaba sin ponerla.

—Aaah... ¡jajajajajáh! —Risa de señorita.

Al rato, El Diego la acompañó hasta su casa. Tardó varias horas en volver, otra vez con las manos vacías. Eran como las tres de la mañana. Sólo quedó la queja:

—¿A vos te parece? —preguntó El Diego—. Me llamó y me buscó durante meses, ¿para qué? ¿Qué rescaté de todo esto? Una planta, una puta planta, ¿qué quiere la mujer?

Agarró la macetita dispuesto a lanzarla por la ventana.

—No hay vuelta, El Diego —Cabeza negó con la cabeza—. La planta está viva. No tiene culpa de la histeria de Cecilia —la tomó cuidadosamente—. Aparte, es hembra.



3.-

El patio de abajo estaba lleno de plantas. Plantas grandes, chicas, enredadas, todo un ecosistema. Estampada en la pared del fondo, la famosa foto de Cristo invitándonos a ir a Él, con su cabellera de abundante cabello hippie y las manos bien abiertas en señal de “no hay un peso”.

Genara Bolurelli era una señora mayor profundamente espiritual. Señora mayor, dicho amablemente, cargaba una pila de años que nos remontan al sur de Italia en la primera guerra mundial, antes de la televisión o las naves espaciales, antes de que los recursos naturales se agotaran. Lo que se dice un pasado muerto, de ahí venía Genara Bolurelli. Por supuesto, muerto para cualquiera menos para ella y para aquellos que vivieron ahí, en sus mentes ese pasado está muy vivo, probablemente más vivo que un presente donde casi nada puede contarse sumando con los dedos. Caminan entre nosotros pero sus cabezas quedaron ahí. Por lo tanto, cuando digo que era profundamente espiritual pretendo situar el contexto de la palabra en aquel pasado tan presente para la señora Bolurelli. Entonces, el mundo había sido creado en seis días y al séptimo, Dios descansó. Baldeaba el patio (también el pasillo y la entrada del edificio) todos los días (menos los domingos), incluso antes de llover. Había estado casada sesenta y dos años con Antonio Bolurelli, único novio. Los presentaron una tarde con las dos familias reunidas y le dijeron que se casaría con él. Y para Genara Bolurelli estuvo bien no poder decidir al respecto porque las cosas siempre habían sido así. También le pareció natural que Antonio se acostara con ella sólo para tener hijos. No dudó de su lealtad las veces que apareció borracho y con una media en la oreja, cualquier buen católico sabe que el sexo es malo excepto para reproducirse, y una media en la oreja es una media en la oreja.

Los Bolurelli emigraron a Argentina, un país al sur de América donde decían que el trabajo prometía, y la promesa se cumplió: Antonio Bolurelli se deslomó laburando durante más de cuarenta años para terminar amontonado con su familia en un departamentito alquilado, postrado en silla de ruedas. ¿Qué dejó Antonio Bolurelli al morir? ¿Cuál fue su legado? A saber: Genara Bolurelli, dos hijos fracasados, un perro, un “mono loro”, dos nietas de dieciocho y veintitrés años embarazadas cuyos eventuales bolurellis no portarían el apellido, todos juntos en el departamento.

¿Quién puede culparlos de que se desquiciaran? ¿Usted tiraría la primera piedra? Junto con la loca del PB “B” que debía dos mil pesos en expensas, le iniciaron juicio al consorcio de fantasía que regenteaba el edificio, y hubo que legalizar la situación, con las consecuencias que esto suele aparejar en un país serio como Argentina: las expensas se triplicaron y el edificio siguió en pésimo estado. Imaginesé, que un inspector o cualquier otro ente de fantasía habilite lo que haya que habilitar sale dinero, y deberá ser mucho dinero muy reglamentado en esto o lo otro, tengamos en cuenta que el presidente debe viajar a acá o allá para discutir con el FMI o cualquier organismo de fantasía y es caro, pagar al FMI o a cualquier organismo de fantasía también, subsidiar a las empresas de fantasía que hacen esto o lo otro sale dinero, financiar los gastos reservados de los representantes de fantasía cuesta, mucho más las obras públicas de fantasía que inaugurarán durante la próxima campaña electoral, etc. Y bastante dinero salió el juicio al consorcio, que lo ganó el consorcio, debidamente legalizado y reglamentado. Al final, la plata sobrante no alcanzó ni para arreglar el portero eléctrico.

Ante situaciones así, de cien personas, hay veinte o treinta dispuestas a disparar contra alguien, y quizá una, sólo una, hará efectiva la disposición abriendo fuego sobre un ocasional fogón de humanos y mujeres planta.

Santino Bolurelli, el hijo menor, siempre decía que iba a hacer esto o lo otro, gritar o amenazar “te voy a matar”, o “qué te crees, ¿que soy el boludo? Voy a cagarte a trompadas, la puta que te parió”. En fin, esas metáforas coloridas. Cargaba una frustración bastante grande, quizá heredada, seguramente vivida en aquél departamento con su mamá, todos a los gritos en un idioma que ya no entendía, el “mono loro” chillando toda la tarde, el perro meando el colchón. Y ni hablar de ponerla en un lugar íntimo y cómodo. En definitiva, ni hablar de ponerla en lo absoluto, me refiero a enterrar la batata, hablo de agarrar una mina mínimamente decente y hacerla sentir bien. Desde la óptica de Santino Bolurelli: ¿cómo no abrir fuego sobre un ocasional fogón de humanos y mujeres planta?

Las primeras evidencias de inestabilidad emocional se manifestaron con las filtraciones del baño. La pared de la bañadera, culpa de los putos del PB “C”. El techo, culpa del pelado forro del 1ero. “D”. ¿Problemas de sueño? Culpa del patadura que toca la guitarra en la terraza a las tres de la mañana.

Una noche, los gemidos de Bea —apasionados o exagerados, dependiendo de quien escuchara— provocaron la primera reacción:

—¿Pueden dejarme dormir, la puta que los parió? —gritó.

A partir de entonces, el desagrado salió a relucir. Por ambas partes. Santino decidió agregarle compañía a la imagen de Cristo del fondo: una cabeza gris india de ojos achinados, labios gruesos y cachetes al tono clavada a un palo; un cráneo de cabra colgado en la pared, la herradura para la suerte, un pedazo de plástico con el dibujo de lo que parecía ser un faraón, y unas cuerdas entrelazadas a todo eso. Cabeza no tardó en sospechar que se trataba de algún ritual orientado a alejar la mala onda, o en todo caso a echarla al piso de arriba. De todas maneras, el ritual fracasó. Pocos meses después, alguien o algo rompió los vidrios de la ventana del patio.

Fue entonces cuando Santino decidió comprar un arma.



4.-

—Siempre que escucho el tango que dice “cada beso lo borré con una copa”, me pregunto, ¿cómo lo consiguen? Desde que la perdí, llevo noventa litros de vino en tres meses, doctora Perna. He fumado más o menos un cuarto kilo de marihuana. ¡No debería recordar quién soy!

—Quédese quieto —pidió ella—. Mantenga los ojos cerrados.

—¿No es mejor que cierre la boca?

—No sé si se da cuenta que no está hablando. El golpe lo dejó estúpido. Cuénteme más.

—No debería recordar quién soy, decía... los momentos compartidos siguen ahí, al alcance de mis pensamientos. Nuestra fulgurante relación duró tres meses. Compartimos noventa y tres actos sexuales: ¿en qué parte de la canción figura el método para olvidar las veces que hicimos el amor? ¿Y los momentos que compartimos? Me remito a la frialdad de los números, si apelo a lo sentimental podría ponerme a llorar otra vez.

—¿No conoce otra mujer?

—Es que me echaron del hotel. Me refiero a los lugares donde la gente se hospeda cuando sale de viaje. Yo cantaba en un hotel de esos construidos para lavar dinero. Había un piano, un amigo tocaba el piano y yo cantaba blues, jazz, y hasta Beatles y Bossa Nova. ¡Qué buenos éramos, doctora Perna! Cobrábamos bien, incluso dejaban propinas. Nos vio Maradona, y el goleador ése con caca de paloma en el pelo... una vez, Basile me dijo “muy bueno, viejo”, aquella voz de escabiador de whisky, ¡y cómo nos miraban las hostess!

—Pero... ¿qué pasó?

—Perdí a Mariana y a las dos semanas nos dieron de baja. Argumentaron mala temporada. Si yo no conozco mujeres con la música, no las conozco en ningún lado. Tengo un par de shows al mes, pero el intendente de la ciudad está clausurando todos los bares de música en vivo. Pretende evitar incendios. Hace dos años tiraron una bengala en un boliche y murieron doscientas personas. Ahora puede incendiarse cualquier cosa, desde una caja de fósforos hasta una heladería. Apoyar la cultura es pagarle a cualquier consagrado para que cante en una plaza. Estoy trabajando en un estudio de contabilidad, ni una mina.

—Ahá... entiendo —dijo lentamente, en tono entre irónico y divertido—. Supérelo. Vaya a otros lugares. Hay muchas mujeres.

—¿Está insinuándose, doctora Perna? ¡Debería conocer mi historial! Encontré una el mes pasado. Se dejó besar, incluso fui al departamento. Como primera y última noche habría sido muy bueno desvestirla. Tuve que escucharla hablar de la poesía de Diego Torres y Arjona, y de los libros de Danielle Steele. Apagué el velador pero entró luminosidad por la ventana, vi sus labios y vi a Mariana. Los labios y el mentón eran iguales pero hablaba tonteras totales, un envase vacío.

—Siga...

—Entonces me regalaron una planta. Dicen que trae buena onda.

—¡Ah, sí! Ruda. La conozco muy bien.

—¿En serio? —A Cabeza le pareció extraño, pero no entendió por qué—. Voy a matarla con mi mala onda. Me emborraché feo, me di un golpe en la cabeza. A la mañana siguiente no recordaba el golpe pero sentí dolor, le dije a El Diego “parece que me di un golpe en el marote”. Tardé tres días en recordarlo. Hace un rato subí al colectivo y sentí que se zarandeaba para todos lados, como un barco. La cabeza hervía, se me nubló la vista. “No quiero morir acá arriba” pensé, “no quiero que me vean”. Bajé del colectivo, caminé tambaleándome varios metros, y caí. No sé cuánto tiempo pasó. Vine a esta clínica, me atendió una doctora cuyo nombre no recuerdo, dijo que tenía la presión por el piso y pidió una tomografía. Que es donde estoy ahora, acostado en un rulero con los ojos cerrados. ¿Escucha el ruido sordo...? —la máquina se apagó, el rulero quedó en silencio, y aún así Cabeza permaneció con los ojos cerrados. No los abrió hasta que el asistente lo ayudó a salir.

—¿Y la doctora Perna? —preguntó.

—¿Quién...? —El tipo frunció las cejas.

—La doctora Perna.

—Espere en la sala.

—Gracias.

Esperó sentado. Al rato, la doctora cuyo nombre no recordaba le informó que no había hematoma y le pidió encarecidamente que no volviera a tomar aspirinas. En todo caso, paracetamol.



5.-

Cualquier tipo razonable habría dicho que una mujer así no podría estar mucho tiempo sola, en lo que a compañeros amorosos se refiere. El mismo tipo razonable afirmaría rotundamente que si la mujer en cuestión está sola desde siempre, es porque viene de un mundo donde los hombres no han sido inventados.

Y tendría razón.

Claro que Cabeza no era razonable, ni siquiera estaba seguro de estar despierto o dormido. Ella se materializó en la oscuridad de la habitación. Él sintió su presencia, hasta creyó oler algún perfume:

—Uuh... —murmuró, ronco—. Estoy dormido.

—¿Qué?

Cabeza tanteó la mesita buscando el interruptor del velador. No lo encontró.

—Dormido —repitió, aclarando la voz—... no.

—No sabe si está despierto.

Tanteó sobre la mesita, otra vez. Finalmente, encendió la luz. Cuando sus ojos se acostumbraron, vio lo que cualquier tipo sueña encontrar en su habitación apenas despierta.

—Este... es que tengo el sueño liviano.

De pie, pubis cubierto con una hoja, manos escondiendo pechos, una mujercita de metro y medio de estatura, piel color verde claro, pelo largo castaño, cinturita hermosa. Cualquier tipo razonable la agarraría del brazo y gritaría: “¡No podés estar sola! ¡Yo por vos laburo ocho días a la semana y te traigo todo! ¡Todo! ¡Me corto las venas si es necesario!”

—Tengo entendido que los humanos usan ropa —dijo ella—. ¿Podría conseguirme alguna prenda?

—Sólo tengo ropa de hombre —replicó, apoyándose sobre los codos.

—Le agradecería.

—Por mí está bien, pero duermo desnudo...

—¿Y qué...? —Se cruzó de brazos, sin dejar ver nada. Ni un pezón, nada.

—Bueno, la gente no suele dormir desnuda. Pero los elásticos de los calzoncillos aprietan la vejiga, no quiero levantarme de noche a mear.

—¿Y éso qué tiene que ver?

—Tengo que levantarme a buscar ropa. Va a verme en pelotas.

—Será algo nuevo para mí.

Cabeza no replicó. Se sacó la frazada de encima y saltó de la cama. Abrió el placard. Revolvió en un cajón. Ella le miró el perfil:

—¿Eso es el pene? —preguntó.

—Pito, pija, poronga, elija el nombre que prefiera —contestó él, con la mayor naturalidad que pudo.

—¡Qué chiquito es!

—Puede crecer bastante —aseguró, sacando un pijama—. Claro que lo importante es cómo se usa, la predisposición, el cariño... esa clase de cosas. —Encontró un buzo—. Tome.

—¿Qué tan grande puede ser? —preguntó, calzándose el pijama sin dejar de observar.

—Y... —agarró un calzoncillo—. El mío no mucho, pero dicen que hay algunos que llegan a veinticinco centímetros.

—¿De verdad?

—No sé. Este es todo lo largo que usted necesita —se agarró el bulto con una mano.

Intentó ponerse el calzoncillo sin dejar de sonreír. “No debí decir eso”, pensó, viéndola deslizarse dentro del buzo.

—¿Podría decirme cómo es que está pasando esto? —preguntó, sentándose en la cama.

—Por supuesto —afirmó ella, resuelta—. En realidad, vivo acá.

—¿Eh? —Cabeza alzó las cejas. Ella señaló la maceta.

—Vivo en la planta. Soy Perna de la Camota, última deidad gobernante de la planta.

—¿Deidad gobernante?

—Es un título heredado. Para la población de la planta, soy un dios. O diosa, más bien. No tengo ningún poder verdadero.

—¿No es usted muy grande para vivir en la planta?

—Sólo soy grande porque estoy bajo los efectos del Artefacto Granditolina. Tengo que hablar con usted. Como habitante de la misma habitación debería contemplar las mínimas normas de convivencia. Ayer, barriendo bajo la cama golpeó la maceta con el mango de la escoba y casi provoca una catástrofe. ¿Sabe cuántas mujeres planta hubo que hospitalizar?

Cabeza se refregó la cara con las manos:

—Disculpe —dijo pesadamente—. No sabía que vivía nadie. Ni siquiera compré la planta. Fue un regalo.

—Sí, ya sé, ya sé —siguió, severa—. Conozco la historia. La trajo una mujer humana que su amigo no consiguió acostar. Una planta que supuestamente trae buena onda. Es el argumento que inventaron las florerías para venderla. La planta no trae ni buena ni mala onda.

—Reitero mi pedido de disculpas. ¿Hay algo más que pueda hacer? ¿Le preparo té, café?

Ella suspiró. Tomó asiento junto a él.

—Quisiera participar de la mayor cantidad de actividades humanas posibles —Cabeza tragó saliva, imaginando particularmente una actividad—, pero no hay tiempo. Ninguna deidad gobernante de las macetas vecinas sabe qué hacer. Necesito su ayuda.

—¿Hay civilizaciones en otras plantas?

—En la mayoría. Pero la vida de esta planta ha sido siempre la maceta de una florería, rodeada de plantas “Ruda”. Todas mujeres planta. Nacemos de la planta y morimos en ella.

—El patio de abajo está lleno de plantas. ¿No hay ninguna que sea macho? —se rascó el mentón—... no. Seguro que no. Habrían escalado el hormiguero más alto o inventado una nave espacial con tal de alcanzar la maceta de las mujeres planta. ¡Señorita de la Camota! —exclamó, triunfal—. El hombre mueve al mundo, la mujer mueve al hombre. A su vida le está faltando la mitad. El hombre sin la mujer no es nada, pero la mujer sin el hombre tampoco.

—No sé de qué me habla. Gobierno una planta civilizada, nuestras científicas idearon un aparato tan complejo como el Artefacto Granditolina.

—Muy bien, muy bien. Han evolucionado —Cabeza la miró a los ojos—. Permítame plantearlo de esta manera: cuando se va a dormir de noche, o cuando llueve, ¿no siente la necesidad de unos brazos peludos abrazándola con suavidad?

—Mmmh... —sostuvo la mirada—. No.

—Es una pena, porque yo tengo dos brazos peludos que extrañan abrazar a una señorita solitaria como usted. Si no vino por mí, ¿por qué vino?

Tomó su tiempo para contestar.

—Dije que necesitaba ayuda... —dudó.

—Bueno, ¿qué?

—Alguien... o algo, está drenando lo que ustedes llaman el acuífero guaraní. ¿Sabe de qué hablo?

Cabeza pestañeó.

—Un poco. Es un importante reservorio de agua subterránea. Lo comparten Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina.

—No sólo es importante. Es el más importante. Ha ido acumulándose a lo largo de las eras. Lo están drenando.

—Hacen perforaciones y sale agua. Es un recurso naturalmente aprovechable.

—Para que alguien drene semejante cantidad de agua se necesita una maquinaria enorme, no son sólo muchas pequeñas perforaciones. En algún lugar... algo chupa el agua en kilómetros cúbicos por semana. Desde hace un año.

—¿Cómo está tan segura de tener razón?

—La conciencia común en la región de la triple frontera percibe el drenaje. Todas las mujeres planta estamos ligadas a una conciencia unificada. Lo que usted llamaría telepatía. Los impulsos eléctricos de nuestras neuronas van de un cerebro a otro.


Ilustración: Daniel Martin

—Yo de eso no entiendo nada, pero será un impulso muy fuerte. Igual, imagino que se sienten más que solas. Sin hombres planta alrededor. Naciendo de los tallos. ¡Qué crueldad! Voy a ayudarla —extendió una mano abierta, ofreciéndosela. Ella la miró desconfiada—. ¿Quiere mi ayuda o no?

Perna de la Camota dudó una vez más, antes de tomarla lentamente.



6.-

A la mañana Cabeza abrió la puerta de la habitación y salió con Perna de la Camota. El Diego desayunaba una tostada de pan negro sola y tomaba mate. Cuando la vio se puso de pie como si fuera cosa de todos los días. Cabeza los presentó con gran formalidad.

—No sabía que habías traído compañía —dijo El Diego.

—No traje a nadie. La señorita de la Camota vive en la planta que nos regalaron —aseguró Cabeza, y explicó el asunto del acuífero guaraní. El Diego era un tipo razonable, conocía la frase de Sherlock Holmes, “si eliminamos lo imposible, lo que queda, aunque improbable, es verdad”. Sabía que Cabeza no le mentiría. Su salud mental dejaba bastante que desear, pero no hasta el punto de imaginar semejante cuento. Hizo lo que un tipo inteligente haría en una situación así: les ofreció sentarse. Cabeza tomó asiento junto a la mesa, de la Camota sobre la cama; cocina, comedor y cama compartían el mismo ambiente.

—¿Imagina la escala de lo que pretende? —preguntó El Diego—. Perna, reflexione. Ahora usted mide más o menos lo mismo que un ser humano normal, pero todavía no tiene conciencia de la magnitud del entorno. ¿Cuánta superficie tenemos que recorrer para encontrar la cosa que buscamos? Ni siquiera sabemos cómo es. Podemos cruzarnos con una fábrica cualquiera y confundirla con el centro de la conspiración. Somos dos tipos y usted. No tenemos recursos.

—Sí tenemos. Hay trescientas dos mujeres en mi planta, la mitad en edad para involucrarse con nosotros. Es cuestión de patriotismo.

Cabeza dejó caer la mandíbula involuntariamente, El Diego le pasó un mate para que no chorreara baba, y continuó:

—Si hablamos de su misión, con ciento y pico de mujeres no hacemos nada. Hay una superficie de un millón de kilómetros cuadrados que revisar, o más. ¿Cómo hacemos?

—Son detalles —intervino Cabeza, dirigiéndose a Perna—, todo solucionable con un poco de sentido común. Lápiz y papel, enumeramos los recursos humanos y económicos, después conseguimos lo que haga falta... —chupó la bombilla hasta hacer ruido.

Perna de la Camota se puso blanca al escuchar la palabra “papel”.

—¿Se siente bien? —preguntó El Diego.

—¿Dijo, “papel”? —murmuró, debilitada.

—Sí, papel —continuó Cabeza. Ella empalideció más—. Ya sabe, con papel se hacen libros, planos de arquitectura, revistas porno, papel glac...

—El papel viene de los árboles —interrumpió El Diego gravemente—. No hablemos de eso, es probable que en su cultura sea de mal gusto.

—Ah, perdón —pidió Cabeza—. Voy a tener que esconder algo.

Dejó el mate sobre la mesa y se levantó. Buscó una colcha vieja en el placard de su habitación. Cubrió la biblioteca cuidadosamente, mientras El Diego preparaba un mate para ella.

—Está caliente —advirtió, pasándoselo.

Ella probó.

—Qué raro —dijo, frunciendo las cejas—. Es amargo.

—¿Le gusta?

—Creo que sí.

El Diego sonrió.

—Me alegro... —puso cara seria—. Si quiere ayuda, tenemos que organizarnos. Empiece por traer algunas de sus voluntarias. Mañana salimos a alquilar tres, cuatro colectivos... o más bien cinco. Seguro que alguno de nuestros amigos tiene el carné de conducir válido. Buena gente, Perna. Músicos de blues.

—Sí, seguro —agregó Cabeza, abriendo la heladera—. A sus súbditas les van a caer muy bien... ¿Súbditas está bien dicho?

—Me parece que no —contestó El Diego.



7.-

Ni Jirafales ni Armestron tenían carné de nada. Jirafales nunca había conducido. Lo que no suponía ningún impedimento. Todos estaban dispuestos a aprender en caso de ser necesario, lo declararon abiertamente. Llegaron cargando tres bolsas con una variada cantidad de bebidas alcohólicas. No venían a una clase de educación vial. Las tres mujeres que se materializaron en la habitación a centímetros de la planta deberían haberlo advertido, pero eran nuevas en la gran ciudad. Fácilmente impresionables. Ni siquiera tuvieron la precaución de pedir ropa.

Comieron pizza. Hasta ahí, todo relativamente legal. Más tarde las iniciaron en el hábito del alcohol. Perna de la Camota sabía de teoría, pero nada más. Fue la última en animarse, y la que más se embebió. Tampoco conocían la marihuana. Después de dos pitadas, se armó el baile propiamente dicho. Las mujeres planta resultaron ser como las minas del colegio de monjas en el viaje de egresados: pierden las inhibiciones o se condenan para siempre al ostracismo, metafóricamente hablando. El Diego peló la guitarra, Jirafales y Armestron sacaron las armónicas, y pintó el fogón, todavía sin fuego. Todo era nuevo para ellas, puede imaginarse la espectacular impresión que se llevaron tan inocentes señoritas de aquellos educados muchachos interpretando una música que ellas desconocían. Jirafales agarró a la rubia de piel verde y la sacó a bailar sin preguntar. No hubo resistencia, le habría sido físicamente imposible a la dama sacárselo de encima. Era cincuenta centímetros más baja. Armestron encaró a la morocha y la conversó, al rato le robó un beso. El Diego, Perna de la Camota y la colorada escucharon a Cabeza tomar la batuta en lo que respecta a consejos sobre cómo debían manejarse las mujeres planta en un mundo lleno de hombres toscos y babeantes dispuestos a conquistarlas con las artimañas más burdas:

—Tienen que poner distancia, ustedes tienen el control. Hay algo que hacen las mujeres inconscientemente cuando saludan a un hombre. En mi planeta —lo dijo ceremoniosamente, mirando a Perna de la Camota—, la mujer saluda con un beso en el cachete, generalmente el derecho. No me pregunten por qué es el derecho y no el izquierdo, no sé. Decía, señorita de la Camota, usted es nueva en el planeta y hay muchos hombres abusivos dispuestos a sacar ventaja de usted. Cuando vaya a saludar al hombre, piense. Si le da un beso y le toca suavemente el brazo, está demostrando que quizá, sólo quizá, usted está interesada en él. Si no quiere saber nada, si el tipo no le agrada, lo saluda con un beso y no lo toca, ni siquiera lo roza. Pero si usted le da un beso poniéndole una mano en la cintura, ¡cuidado! Está evidenciando una atracción física que puede tornarse incontrolable.

—¿Y si le pongo una mano en el hombro? —preguntó la colorada—. ¿Qué estoy insinuando?

—Buena pregunta —Cabeza unió las manos en señal de rezo y bajó la vista por un instante—. A ver, vamos a pensarlo todos juntos. Si la chica me pone la mano en el hombro y me acaricia —puso una mano en el hombro de la colorada. Para graficar la situación masajeó con pulgar e índice—, es probable que haya un interés —sacudió la cabeza afirmativamente—. Pero si en vez de eso, la chica me palmea el hombro o la espalda —y palmeó a la colorada—, entonces todo mal. Todo mal. Violín en bolsa y a casa, están boludeándote.

—Habrá leído muchos libros... —murmuró Perna de la Camota.

—Al contrario, señorita de la Camota. Lo que sé lo aprendí observando. En algunos casos lo viví en carne propia.

—¿Qué son los libros? —preguntó la colorada.

—Este... —se apresuró a aclarar—, es una clase de bebida alcohólica, querida. Déjeme mostrarle —abrió la heladera y manoteó una botella, sin fijarse cuál—, acá... —era tequila—. Sí, que buena cosa. Toda una bebida de ley. Venga, de la Camota, señorita colorada, prueben esto.

Cabeza sacó un limón, cuatro vasos chicos, y sal. No estaba seguro de cómo era el proceso, pero hizo como que sí.

—¿Ven? —cortó el limón en cuatro partes—. Uno para cada uno. Creo que la sal primero, después el trago, al final el limón —sirvió—. ¡De pie!

Salió la primera mano. La colorada y Perna de la Camota bebieron de un trago, abrieron los ojos al máximo y dejaron escapar un gemido ahogado.

—Más —pidieron, y se metieron el limón en la boca.

Y fueron dos vueltas, tres vueltas, cuatro, hasta perder la cuenta. Bebieron todos. La botella descansó junto al tacho, una naturaleza muerta. Cabeza se encerró en su pieza. Quedó tirado en la cama, boca arriba y con la camisa fuera del pantalón, entre el sueño y la conciencia. Escuchó las bisagras de la puerta chirriando y alguien que la cerró de golpe. Cuando abrió los ojos, vio a Perna de la Camota bañada en la luminosidad previa al amanecer. Se sentó en el borde de la cama. No dijo nada, se limitó a mirarlo fijo y sonreír.

—¿Qué pasa? —preguntó Cabeza. Perna no contestó. Puso sus manos en el cuello de la camisa de él, tiró fuerte y lo besó. “Me está besando” pensó él. Devolvió el beso inmediatamente. Murmuró, atontado:— Guau... no esperaba esto.

Perna de la Camota se levantó, fue hasta la puerta. Agarró el picaporte pero sin decidirse a abrir, preguntándose si alguien los había descubierto. El ruido afuera parecía suficiente disfraz. Cabeza se sentó, ella volvió a la cama casi en puntas de pie, tomó asiento junto a él, y se besaron una vez más.



8.-

Cabeza despertó al rato, sacudido por Armestron:

—Che, Fabi, se me perdieron las llaves de casa —dijo—. Estoy con la morocha. ¿No me prestás la habitación?

—Sí... —murmuró Cabeza.

La morocha entró sin pedir permiso, tambaleándose.

—¿No tienen más de la yerba que se quema? —preguntó, dándose la nariz contra la biblioteca, con tal mala suerte que la colcha resbaló y cayó al suelo, dejando al descubierto todos esos libros, amados libros, pecaminosos libros para aquellas amazonas de la maceta.

—¿Qué es esto? —preguntó la morocha, manoteando varios libros a la vez.

—Son libros, hermosa —dijo Armestron, sonriendo apenas y acercándose despacio—. ¿Te gusta leer?

—Nosotras no necesitamos leer —aseguró—. Cualquier historia o leyenda la almacenamos en la conciencia colectiva.

—¿Pero es siempre la misma historia con exactamente las mismas palabras?

—Ay, ¡yo qué sé! Hasta hablar me parece raro —hojeó una inmensa novela de Frederik Pohl.

—Dejá eso —ordenó Cabeza, saltando de la cama, súbitamente sobrio—. Es una bebida muy valiosa...

—Esto es... pap... papel —empalideció. Gritó:— ¡Papel!

La concurrencia se agolpó inmediatamente en la puerta de la habitación, a pasos de la biblioteca. Cabeza le arrancó el libro y lo puso en su lugar:

—¡Atrás! —exclamó, interponiéndose entre las mujeres y la biblioteca. Perna de la Camota intentó tranquilizarlas:

—Es información estricta y necesaria —dijo ella—. El papel es parte de su cultura, ellos tienen el intelecto pero no la intuición, y definitivamente no comparten una conciencia común.

—Tiene razón —secundó Cabeza—. No tenemos ninguna conciencia común. Estamos colgándonos de las ramas. Tengan piedad de mis libros, mujeres sin corazón.

—¡Yo digo que los matemos! —gritó la rubia, más radicalizada.

—Esperá, rubia —intervino Jirafales—. ¿De qué te creés que estaba recubierto el petardo que fumaste?

La rubia puso cara de asco, corrió a la pileta de la cocina y abrió la canilla.

—No te comas el jabón —pidió El Diego.

Sonó un timbrazo. No del portero, el de casa. El Diego y Cabeza cruzaron miradas:

—¿Quién será? —preguntó El Diego.

—Voy —Cabeza levantó la mano.

Abrió: la vieja de abajo.

—Señora Bolurelli —dijo—, ¿cómo le va?

—Usté´ me rompió to´lo´vitrio. Me levantate la mañana, cuesta perca por la comisura me rompió to´to´´to´to´lo´ vitrio. Io sé que fue usté´. Io´ sé que fue ustete´, mala familia, tira la colicha de lo cigaricho, male ducado, male aprendido.

Por primera vez en dos años de vivir ahí, Cabeza reaccionó:

—¿Usted se da cuenta? ¿Viene a mi casa para decirme que yo rompí sus vidrios? ¿Piensa claramente? El otro día llovió granizo. Le deseo buenos días, sé que usted a mí no.

Cerró de un portazo, con las amenazas de Genara “ya va vere, ya va vere” perdiéndose en el pasillo. A todo esto, la rubia, habiéndose lavado la boca, agarró una caja de fósforos, encendió uno —falló tres o cuatro veces hasta darse maña—, lo metió en la caja y la lanzó sobre la biblioteca con tal puntería que cuando los primeros fósforos chisporrotearon, varios libros se prendieron fuego.

—¡Agua! —gritó Cabeza, justo antes de que la rubia lo bajara de un trompazo.

—Perna —dijo El Diego—, ¿usted no gobierna a estas mujeres?

—¡Soy su dios! —exclamó Perna de la Camota—. ¡Apaguen ese fuego inmediatamente!

—Soy atea —replicó la rubia, corriendo hacia Perna. Lanzó una trompada, pero erró el golpe. Trastabilló y cayó.

Fue entonces cuando un disparo atravesó la ventana de la pieza, pedazos de vidrio cayeron al suelo quebrándose ruidosamente, hubo otro disparo, y El Diego alcanzó a gritar:

—¡Al suelo!

Se lanzó, arrastrando a Colorada y a Jirafales. Armestron aprovechó para agarrar a Morocha y tirarse dentro del baño.

—Vení —le dijo Cabeza a Perna de la Camota. Ella se acurrucó junto a él.

—¿Viene del patio? —preguntó El Diego en voz baja.

Otro disparo, más vidrios rotos. Hubo gritos, también ronquidos. La rubia dormía tirada en el mismo lugar donde había caído. Una escalera de madera golpeó la baranda del balcón. Subió Santino Bolurelli, empuñando un arma. Abrió la puerta de un patadón, pulverizando el único vidrio que faltaba.

—¿Qué hacen, hijos de puta? ¡Degenerados! ¡Los voy a cagar a tiros!

Saltó una chispa de la biblioteca, cayendo justo a sus pies, cosa que no pareció preocuparlo.

—Hay un principio de incendio —dijo El Diego—. ¿Podemos apagarlo?

—¡Acá nadie hace nada que yo no diga! —Lo agarró de los pelos y le encajó la pistola en la sien—. ¿Está clarito?

—Muy claro.

Santino lo soltó, empezó a caminar de un lado a otro:

—Todos se divierten menos yo —aseguró, mirando el suelo—. Vamos a hacer un fogón. ¡Sí, señor! Hay que llamar la atención, con la vieja del PB “B” sacamos un seguro contra incendio, claro. Está a nombre de ella, no íbamos a ponerlo a nombre del consorcio de fantasía, ¿qué se creen? ¿Qué soy el boludo? ¡Sí, yo soy el boludo, quiero decir no lo soy!

—Por favor, no nos mate —susurró la colorada.

—Los voy a matar, los voy a matar —repitió Santino lentamente, atenazándola de un brazo—. Los voy a hacer cagar fuego.

Entonces Perna de la Camota tomó la iniciativa, como debería hacer toda buena gobernante de una planta. Se puso de pie, despacio.

—¡Escuche! —Exclamó—. Mi nombre es Perna de la Camota, gobernante de la planta que está junto a la ventana. Ha llenado la maceta de vidrio.

—¡Sientesé! —gritó Santino, más enojado todavía. Apuntó hacia ella.

—Sé que usted cuida las plantas de su madre. Son plantas hembra y quiero agradecerle en nombre mío y de todas las mujeres planta...

Santino la cortó en seco, tomándola de los pelos y sacudiéndola:

—¡Callate, nena! Voy a hacerte puré a vos también. —Pero se acercó lo suficiente a su cuellito para sentir el aroma, olerla. Ya no le pareció necesario ser tan violento, quizá pudiera invitarla a cenar, ponerse la dentadura... en fin, toda Perna de la Camota hizo efecto el tiempo suficiente para que Cabeza se incorporara de un salto y agarrara una pava:

—¿Té o café? —preguntó. Acto seguido se la partió en la cabeza. Ella manoteó el arma, Jirafales saltó sobre él —cinturón negro de kung fú o algo así— y lo lanzó al balcón. Se dio la espalda contra la baranda y quedó apoyado en el borde.

—Los voy a matar —susurró, justo antes de que cuatro mujeres planta sometidas a los efectos del Artefacto Granditolina se materializaran junto a la maceta y, tomándolo cada una de una extremidad, lo tiraran al patio.



9.-

Todavía se escuchaban los gritos de Santino. Desde el hall del edificio, encamillado y con múltiples fracturas, insultando y amenazando con demandar a todo el mundo. Perna de la Camota insistía con “ser Perna de la Camota, gobernante de la maceta” ante la mirada estupefacta de tres policías; dos agentes con matafuegos y uno más con alguna clase de rango en algo, al menos en lo que a barriga o bigote respecta. Mujeres verde seguían materializándose en grupos de tres o cuatro, algunas con heridas cortantes, otras ilesas, todas desnudas.

—Tenemos una situación de... —empezó el sargento Barriga por radio y no dijo nada más, quizá pensando en algún número, letra o código contravencional que definiera la situación. Finalmente se decidió:— En el departamento... —notificó piso y dirección—, probable negocio de trata de blancas... tenemos cuatro detenidos, un vecino de sexo masculino herido que habría disparado contra la ventana, se secuestró un envoltorio con una sustancia verde oscura de tipo vegetal que correspondería a marihuana, un revolver calibre veintidós, hay... quince mujeres de sexo femenino, están bañadas en alguna clase de tintura verde, no visten ropa... de ninguna procedencia... y siguen apareciendo de la nada. Solicito hablar con el subcomisario Pedro Picapiedra, cambio...

Le hicieron una pregunta que nadie escuchó. Contestó, “negativo”. A la media hora cayó el subcomisario Pedro Picapiedra, cuando el número de mujeres desnudas había aumentado a cuarenta. Algunas de ellas ya no eran tan agradables a la vista, por viejas o gordas. El subcomisario Pedro Picapiedra pidió tres ambulancias e insultó al sargento Barriga, quien le achacó el desorden a los agentes.

—Esta es una situación que no podemos manejar —dijo Picapiedra, justo antes que la puerta del departamento se abriera y entrara un individuo trajeado, bajo y canoso. Cómo pudo abrir de afuera es un misterio, no dejó ver ninguna llave. Mostró su identificación, Picapiedra dijo “nos vamos”, y efectivamente, los policías se fueron.

—Soy Jaime Stupro  —dijo el personaje, sentándose en una silla del comedor. Buscó en los bolsillos interiores del traje, sacó un paquete de cigarrillos, y agarró uno—. Es un nombre de fantasía, pero es el que ustedes conocerán. ¿Cuántas mujeres hay en la planta?

—Trescientas dos —contestó Perna de la Camota—. Treinta heridas.

—¿Fuego?

Armestron le alcanzó su encendedor. El tipo prendió el cigarro y aspiró profundamente.

—El encendedor es mío —dijo Armestron, viendo que no lo devolvía.

—Ya no —replicó Stupro, guardándoselo. Se arremangó, exhibió un aparatoso reloj en la muñeca derecha. Sin sacarse el cigarrillo de la boca, le habló al reloj:— Anote: necesito... seis micros, dos con sección de cuidados intensivos. Ropa de mujer, trescientos dos pares de... pantuflas talle estándar, la misma cantidad en medias, ropa interior, camisetas, pulóveres, todo extra—large. En dos horas... contando, cierran la calle... —tal y tal—, quiero cuarenta agentes en el área: diez de pochocleros, diez de malabaristas, una docena de pungas lavando limpiaparabrisas, un actor morocho desnutrido de metro sesenta sin dientes para suplantar vecino lesionado, y siete vigiladores de la bonaerense en “Falcon Comets” con presupuesto de diez mil pesos cada uno para gastos discrecionales. La operación no puede demorar más de tres minutos.

Dio una pitada y tiró la mitad del cigarrillo por la ventana.

—¿Quién es la presidenta de la planta? —preguntó.

Perna de la Camota dio un paso al frente.

—¿Quiénes organizaron esta..., esta orgía?

Obviando el hecho de que no habían llegado a concretarla, Cabeza y El Diego dieron un paso al frente.

—Un minuto, un minuto... —intervino Armestron—, nosotros aportamos el alcohol. Vimos a las chicas así, y no pensamos que nos íbamos a acostar con ellas... pero lo pensamos. Si uno va en cana, vamos todos.

—Acá nadie va a ir preso —negó Stupro. Buscó en otro bolsillo y sacó varias credenciales—. Siempre ando calzado, y no sólo literalmente —las repartió entre Perna de la Camota, El Diego, Armestron, y Jirafales—. Ahora, ustedes trabajan para mí. Son la persona que figura en su credencial. Sin foto.  Sus caras no deben darse a conocer.

Cabeza leyó:

—Soy Rogelio Pepe —dijo.

—¿Algún problema? —preguntó Stupro.

—Hubiera preferido un nombre menos llamativo.

—¿Qué te parece Cátulo Castillo? —El Diego exhibió su credencial.

—¿Puedo cambiársela?

—¡No! —exclamó Stupro, y encendió otro cigarrillo—, ahora ustedes son Rogelio Pepe, Cátulo Castillo, Nicolas Copérnico, Sheffield algo, y Gabriela no sé qué. Más tarde, cada mujer planta recibirá una identificación de fantasía. Quisiera tenerlas ahora mismo, pero no puedo estar en todo. —Sonrió, alzando las cejas ante la mirada de varias mujeres desnudas saliendo de la otra habitación.



10.-

“Si cuarenta mujeres desnudas pueden ser amontonadas en mi habitación, con ciento veinte llenamos el departamento”, pensó Cabeza. Lo que no correspondía ni a la mitad de la población. Perna de la Camota ordenaba por telepatía que dejaran de granditolinizarse, sin consenso.

—Hay que tomar medidas —avisó Stupro, como si diciéndolo se solucionara el problema. Los micros no estaban, sí los vigiladores de la bonaerense en sus “Falcon Comets”. Procedieron a golpear puertas en los departamentos vecinos ofreciendo una cantidad respetable de dinero por hospedar a las señoritas desnudas hasta el arribo de los colectivos. Más tarde hubo que ofrecer dinero para que cerraran la boca. Pero los gastos de fantasía eran discrecionales, y los vecinos las animaron a que se sintieran como en casa el tiempo que fuera necesario, que no resultó ser mayor a una hora. Cuando vigiladores y pochocleros empezaron a llegar con paquetes llenos de ropa, muchas personas se sintieron decepcionadas.

Dividieron al contingente en seis micros, sin clasificar ilesas o heridas. El operativo —del que no se ocuparon los medios de prensa— duró seis minutos cuarenta con saldo de tres heridos: un pochoclero atropellado, un automovilista con traumatismo de cráneo y vidrio en los ojos producto del golpe de una bola de malabarista contra el limpiaparabrisas y su cabeza, y una mujer planta menopáusica que patinó subiendo al micro.

Creían viajar rumbo a la triple frontera, pero no lo sabían con certeza. El Diego perdió la ubicación al caer el sol, y Stupro, en la cabina del conductor, no dijo nada. Perna de la Camota y sus voluntarias de anoche eran parte del pasaje. Armestron entró a la cabina sin pedir permiso.

—Ya que se quedó con el encendedor —dijo Armestron—, ¿no tendría un mazo de cartas?

—En la guantera —contestó el chofer.

Stupro metió mano y sacó el español de cincuenta naipes.

—Quédeselo —dijo Stupro.

Armestron no agradeció:

—Esto es un mazo de cartas —anunció, a todas las pasajeras—. Vamos a enseñarles a jugar al truco.

Explicaron las reglas sin mucho detalle. La mayoría de las mujeres planta no demostraron interés. Cabeza pudo acercarse a Perna, pero no lo suficiente.

—Sí que me sacudiste —alcanzó a decirle. Hicieron pareja con la mujer planta que lo había golpeado, la rubia.

Perdieron contra la colorada, El Diego y Armestron. Los micros pararon en una estación de servicio pero arrancaron sin que bajaran. Más tarde, Stupro y un vigilador salieron de la cabina con cajas de sánguches de miga, botellas de agua mineral, una de whisky. Compartieron todo hasta el final, incluyendo el whisky. Después de los sánguches y seis partidas, apagaron las luces. Cabeza, sacrificando disimuladamente una ventanilla libre, tomó asiento junto a Perna de la Camota.

—Cómo estás —murmuró él.

—Pisotearon mi investidura —susurró ella.

—Recostate... —Cabeza pulsó la palanca bajo el apoyabrazos y le reclinó el asiento. Hizo lo mismo con el propio. Bajó la voz todavía más:— Cuando nos besamos, ¿había alguien?

—No.

—¿Y yo no dije nada después? Porque no sabía si disimular o qué.

—No, creo que no.

—Si hubieras mostrado interés, te habría besado primero.

—No sé, creí que no era tan mala idea... estaba borracha.

—¿Fue el alcohol?

Intentó besarla.

—No, no —corrió la cara—. Acá no.

—¿Pero por qué? —Cabeza puso su frente contra la de ella—. Quiero mimarte, hacerte sentir bien. Cuando liquidemos este asunto, te llevo a casa, preparo unos fideos al champiñón en salsa blanca... podemos escuchar música. No nos apresuramos nada, ¿entendés? Dormimos vestidos, yo mismo me pongo bufanda y sobretodo, te presto la campera. Así no sentís presión. —Le acarició las rodillas. Pasó bastante tiempo hasta que ella decidió hablar:

—No me gusta el viejo.

—Trabajamos para él.

—¿Para quién trabaja él?

—Me hago una idea, pero se lo preguntaré.

—Confiscarán mi planta. Y si alguien más desarrolla el Artefacto Granditolina, será el fin de las civilizaciones planta. Ninguna mujer querrá vivir en una planta, con las tentaciones de la sociedad consumista a flor de piel.

—Y con tantos hombres al acecho. Mi ejemplo es el mejor, señorita de la Camota. Estaba tirado en una cama, aturdido. Entró la gobernante de las mujeres planta y me besó. No sé qué sintió, debió ser algo muy fuerte... —La besó apenas. Cuando devolvió el beso, fue un beso bien devuelto. Se separaron, la sintió a centímetros de la nariz, los ojos oscuros, volvió a besarla, una, dos veces, notó su cabellera despeinada, mirada perdida, labios húmedos...



11.-

“Rogelio” escuchó Cabeza, “Rogelio Pepe”.

—¡Rogelio despierte! —exclamó Stupro.

Tardó en reconocer su nombre de fantasía.

—Y... Perna —murmuró Cabeza.

—¿Quién? Ah... la eché. Rogelio —fumaba un cigarrillo, la pestilencia fastidió a Cabeza mucho más que ninguna otra cosa—, conozco a la gente. Llevo en este asunto más años de los que tiene usted. Soy un tipo de primeras impresiones. Puedo asegurar de un vistazo qué persona vale, si vale. Usted parece un joven emprendedor.

—Ese es El Diego.

—¡Ah, no sea modesto! Sólo le gusta hacerse el payaso. Diría que es su manera de despistar a los idiotas. El Diego es inteligente, pero le faltan los pincelazos del crack.

—¿El Diego no es suficiente crack para usted? —Alzó las cejas. Observó fijamente a su rival: “intenta ganarse mi confianza”, pensó Cabeza. Puso cara seria—. Me temo que me ha descubierto. Es verdad. Como Lennon y los Beatles, en realidad los demás no valen un cuerno. Qué Paul McCartney ni Paul McCartney. El Diego viene a ser un McCartney cualquiera. Siempre escribiendo letras optimistas. Yo soy la morsa.

—Usted no es ningún Lennon. —Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó—. Usted va más allá. Es Rogelio Pepe, abanderado de las mujeres planta. Sí. No se haga el sota, señor Cabeza. Esta mina, nombre clave... —se golpeó la frente—. Ah, estoy viejo. Gabriela...

—¿Gabriela Sabatini? ¿Gabriela Mistral?

—No, no. La presidenta de la maceta. Está con usted. Dormía apoyando la cabeza en su hombro, Rogelio. Igual que la canción de Paul Anka, ¿vio? Tuve que sacudirla. No sea dormilón, Cabeza. Aprovechelá. Sus conocimientos pueden ser de vital importancia. Se lo digo directamente porque soy honesto. Háblele, gánese su confianza. Todo lo que diga servirá para enderezar la coyuntura.

—¿Qué coyuntura?

—¡El balance geopolítico de la región, hombre! —Abrió los ojos bien grande, exhibió las palmas de las manos.

Cabeza tomó aire. Lo soltó de golpe:

—¿Para quién trabaja?

—No puedo decirlo.

—Compartiré si usted comparte. ¿Trabaja para el gobierno?

—Podría decirse que sí... pero podría decirse que no.

—¿Eh? —Cabeza sondeó la cara del viejo, cada vez más misteriosa. Le resultó vagamente familiar. Tenía ojos celestes o grises, apenas se veían las pupilas. Un demonio hijo de re mil...

—He trabajado en la administración pública. También podría decirse que trabajé contra la administración pública.

—¿Al mismo tiempo? Fue senador o qué.

—No, no. Pero tuve más poder que un senador, o muchos senadores.

—Y ahora no.

—Ahora no... pero sí.

—Me está tomando el pelo.

—No hay manera. No literalmente —hizo un ademán con la mano en dirección a la pelada de Cabeza.

—Trabaja en el... en el servicio de inteligencia del gobierno. La SIDE, ¿no?

—Trabajo para la SIDE, pero también trabajo en contra de la SIDE.

—¿Conoce al presidente?

—Por supuesto. Es un hippie... o un yuppie. Muy simpático. Disculpe si estoy desactualizado con... este, el argot.

—No hay cuidado. Entonces, trabaja para el presidente.

Stupro desvió la mirada, hacia la ventanilla. Hombre mirando a lo lejos. Buscando la paz mental necesaria que le proporcionara una respuesta. A Cabeza no le pareció la clase de personaje interesado en naturaleza, yoga, tai-chi, o cualquiera de esas actividades inofensivas que dan paz mental sin cobrar mas que tiempo o dinero.

—Trabajo para que el presidente siga trabajando para quienes trabajaron todos los presidentes argentinos, constitucionales y de facto —contestó finalmente—. Desde hace casi cuarenta años. Conocí a todos los presidentes, mejor que ellos a mí. No importa si patalean. Da igual si son lame botas, corruptos, da igual. Si el tipo cree que está redistribuyendo la riqueza y sólo aprovecha un contexto internacional favorable, cosa de él. Tengo que preparar los cambios que hagan falta para seguir igual, o mantener el status quo en caso de que la situación político-social lo demande.

—Pero... a quién le rinde cuentas.

—La verdad... —metió mano en el saco, buscando los cigarrillos—. No tengo idea. Las personas físicas son circunstanciales.

Cabeza dudó bastante antes de plantear la última cuestión:

—¿Hay alguien al que usted no haga cornudo?

—Yo —se apresuró a contestar—... no, no. —Dudó—. No soy, ni dejo de serme leal. Me da igual. No es asunto de lealtades.

Sonrió y rumbeó para la cabina.

—No es asunto de lealtades —repitió Cabeza mecánicamente. Imaginó posibles razones y cerró los ojos: crédito, money, dollars, poder, control, seguridad, alejar a la muerte, llenar el vacío interior. Recordó a Mariana, la última vez, y su “¡no te jugás por nada, no tenés corazón, estás vacío!”. Qué diría de Jaime Stupro. O de Rogelio Pepe. No tenía que pensar en ella ni en nada referido a ella —pensaba con toda firmeza—, ya no estaba vacío, claro que no, el camino sembraba flores de oportunidad para un joven emprendedor...

—Pelado Fabi... —Armestron lo sacudió por los hombros—. Pelado Fabi.

—Perdón —dijo Cabeza, volviendo en sí.

—Stupro te vino a hablar.

—Quiere que espíe a Perna de la Camota —pegó un vistazo sobre la cabecera del asiento para asegurarse que no hubiera nadie cerca—. Piensa que yo... a Perna de la Camota, le... regué la plantita.

Armestron quedó mudo un instante, labios en forma de “o” minúscula. Recuperó la compostura inmediatamente:

—¿Es verdad? —preguntó, con toda seriedad.

—¿Un tipo puede enamorarse de una mujer con la que nunca se acostó? —repreguntó, mirando para otro lado

—Claro —le palmeó un hombro—. Hasta que te la cojés. ¿Pero ella corresponde, o sólo es cosa tuya?

—Parece que corresponde... —Y le contó la historia.



12.-

Seis micros con rumbo desconocido repletos de mujeres planta que nunca han estado con un hombre no es una imagen tan surrealista como podría parecer. Enfilaron por un camino de tierra bastante desdibujado hasta llegar a una tranquera. Abrió un vigilante disfrazado de gaucho: fiero contraste las boleadoras colgando del cinto y la metralleta asomando bajo el poncho.

Los micros entraron despacio y en fila.

—Rogelio Pepe, a la cabina —anunciaron por el altavoz.

Cabeza tardó en reaccionar. Stupro había declarado con toda convicción que sabía juzgar a las personas. Entonces lo había tomado por alcahuete, mandándolo a llamar por radio, frente a todo el mundo. Se levantó avergonzado y agarró por el pasillo, cabeza gacha y obediente. Perna de la Camota se quedó mirándolo, sentada en otro asiento, él la vio y ella miró para otro lado.

Entró.

—Rogelio, mi buen amigo —dijo Stupro—. Rogelio Pepe.

—Señor Stupro, no soy su amigo —negó Cabeza, bajando la vista.

—Cómo que no. —Lo invitó a sentarse en un banquito. El chofer siguió manejando, imperturbable—. Usted es de los nuestros, usted es de acá. —Señaló una cabaña, a lo lejos. Se veía un corral, y vacas—. Cómo no vamos a ser amigos.

—La amistad toma años.

—No me venga con filosofía. —Le puso una mano firme en el hombro. Cabeza se incomodó visiblemente, pero a Stupro no le importó—. Lo que vamos a presenciar va a ser fuerte, necesito que contenga a Gabriela todo lo que pueda, y que ella contenga a sus mujeres.

—Qué es este lugar... —murmuró Cabeza debilitado, sintiendo el peso de una voluntad fuerte sobre el hombro.

—Un tambo. Decía, si no controlamos a las mujeres planta, cuando sepan la verdad arremeterán contra lo que venga... si su reina no las gobierna.

—Me está tomando el pelo —intentó levantar la voz—. Vio qué hicieron en mi casa, incendiaron la biblioteca. Cuando Perna de la Camota ordenó que detuvieran la... —y tuvo dificultades para articular la palabra— granditolinización, desobedecieron olímpicamente.

—No, no, no —susurró—. Ella miente. Permitió que se granditolinizaran porque era precisamente lo que quería —sonrió satisfecho. Todavía mantenía la mano firme sobre su hombro, “¿éste no será puto?” pensó Cabeza.

—Usted ve conspiraciones por todos lados, jefe —dijo, moviendo el hombro a ver si lo soltaba—. Gabriela es poco comunicativa.

—Tiene miedo, nomás. No está acostumbrada a la compañía masculina.

—Y a mí se me está soltando el patín, no me toque porque lo voy a patear —intentó ponerse de pie para liberarse, justo el micro frenó y golpeó la cabeza contra el parabrisas. Atajó el envión con el temple propio de quien se reconoce cabezón—. Así que acá hay un tambo. Yo tengo más leche que todas las vacas juntas.

—Bajemos —ordenó Stupro.

Dado que el tambo representaba una fachada, la declaración de Cabeza no resultó descabellada. Trescientas dos mujeres planta bajaron de los micros y rodearon el corral, viendo pastar tres vacas flacas.

—¿Qué se supone vamos a hacer acá? —preguntó Cabeza.

—Acá nada —contestó Stupro—. Las mujeres planta y sus amigos se quedan viendo las vaquitas. —Le ordenó a uno de los vigiladores:— Si se aburren, que ordeñen alguna. Reina de las mujeres planta —dijo ceremoniosamente dirigiéndose a Perna, más pendiente de Stupro y de Cabeza que de las vaquitas—, venga con nosotros.

—Abajo está Tilinman, don Alfredo —avisó el vigilador.

—Yo tengo a la chica, el poder es mío.

—Para qué me quiere —quiso saber Perna.

—Todo a su tiempo, señorita.

—Por qué le dicen don Alfredo —intervino Cabeza.

—Están acostumbrados —contestó Stupro, y no dio más explicaciones.

Caminaron en dirección a la cabaña. En la puerta, otro gaucho disfrazado. Entraron, en el centro de la habitación había un ascensor. La puerta se abrió automáticamente. Cabeza hizo un ademán con la mano invitándola primero a Perna, pero ella no se movió. Finalmente Stupro tomó la iniciativa y entró antes que nadie, después Cabeza, Perna última.

—¿Alfredo es su nombre real? —Insistió Cabeza.

—Fue mi nombre real —pulsó un botón y cerró. Sintieron la fuerte aceleración del ascensor al arrancar—. Ya no sé cuál es mi verdadero nombre, Rogelio.

—Nunca seré Rogelio Pepe.

—No me importa.

El ascensor frenó bruscamente. La puerta se deslizó y vieron media docena de personas, todas de moño y uniforme.

—El servicio de catering —murmuró Stupro, sorprendido—. Parece que hay reunión.

Mozos y meseras trabajaban, poniendo manteles en las mesas, trayendo bandejas con canapés, verificando que los cuadros recién colgados estuvieran bien derechos.

—Me informaron que venían —dijo un tipo con perfecta voz de locutor, vestido de impecable traje, cabeza totalmente depilada y reluciente—. Por favor, sírvanse un canapé. Hay sushi, caviar, champaña. Permítanme mostrarles la galería.

—No hay tiempo —se opuso Stupro.

—Sí hay.

—¿Cómo le brilla tanto la bocha? —Preguntó Cabeza.

—Compré el quit completo, incluye máquina, lociones, cremas, cera. Lo importé de Francia.

—Un momento... —Cabeza se avispó—. Usted es el intendente Tilinman.

—Soy Manuel Tilinman —dijo, y señaló un cuadro con una cara realmente deforme, de ojos bizcos, uno más grande que el otro—. ¿Qué les parece? Hay mucho realismo mágico en esta obra. Carlo Binavolla, el pintor italiano número uno del segundo renacimiento. Miren los ojos: qué sugerente, qué pincel maestro... —Señaló otro cuadro. Hombre y mujer, abrazados. Caras cuadradas, brazos cuadrados, piernas cuadradas, ropas cuadradas—. Esto es francés, del maestro Gerard Depatafú. Cubismo en su máxima expresión, fíjense el contorno de las cejas....

—Para qué es esto —interrumpió Perna.

—Tilinman fue vicejefe de gobierno de Buenos Aires hasta que la legislatura rajó al titular y lo ascendieron —explicó Stupro—. Ahora quiere congraciarse con el presidente para ir por la reelección como candidato del oficialismo.

—No preocupemos a la dama con políticas que no entiende —pidió Tilinman.

—Entiendo más de lo que se imagina —corrigió ella, mirando a Cabeza—. Lo tengo bastante claro. ¿El tipo que echaron era opositor al gobierno?

Stupro y Tilinman intercambiaron miradas, dudando.

—Bueno —intentó Stupro—... en realidad, no. Era de la oposición, pero no se oponía del todo.

—Y el que está ahora sí es de la oposición —señaló a Tilinman.

—No precisamente —negó Tilinman—. Podría decirse que el presidente y yo tenemos coincidencias divergentes.

—Qué quiere decir...

—Significa que les da igual —interrumpió Cabeza, fastidiado—. Todos quieren ser el caballo del comisario.

—Acá el comisario soy yo —afirmó Stupro, tajante—. Tengo a la reina de las mujeres planta. Tilinman va a conducirnos a... él.

—¿Al presidente? —Preguntó Cabeza.

—No, amigo mío —contestó Stupro—. Al rey sin trono ni reina. El impotente.

—No es impotente —dijo Tilinman—, solo estéril. Y si ve a Perna de la Camota, va a volverse loco.

—Qué pasa, ¿está celoso? El tipo vive desquiciado y usted tiene miedo de que se vuelva loco. Tengo licencia para matar, incluso a intendentes afrancesados —Stupro metió mano en el saco y manoteó el arma. La exhibió—. ¡A ver! Servicio de catering, ¡al ascensor! Si el presidente quiere bajar, que tenga los huevos para venir sin nadie que le caliente el culo... —Apuntó a Tilinman, quien señaló una mesa. Stupro le hizo señas con la pistola—. Vamos.

Tilinman movió la mesa cuidadosamente, dejando al descubierto una alcantarilla. La levantó.

—Usted primero —le ordenó Stupro.

Bajaron tres o cuatro metros por una escalera de fierro soldada a la pared que desembocaba en un pasillo mal iluminado. Las paredes traspiraban. Caminaron hasta llegar a una puerta común y corriente.

—Acá —murmuró Tilinman, girando el picaporte.

Nada comparable a aquella puerta sencilla encontraron del otro lado: una caverna, una inmensa caverna con el techo decenas de metros más arriba. En el centro, alguna clase de vegetal gigante, estriado, semejante a una pirámide encorvada. Las hojas alcanzaban el techo. Estaban unidas al tronco en la base, de manera que un hipotético gigante sólo podría arrancarlas si trepaba y tiraba de ellas. Cada hoja pesaría cien kilos, o más. Alrededor, la humedad condensada se convertía en agua propiamente dicha, pero color violeta.

—Chupa directamente del subsuelo —murmuró Perna de la Camota—. De la corteza terrestre. Esto es lo que está drenando el acuífero guaraní. ¿Adónde va a parar el agua?

—El agua es absorbida —contestó una gran voz, tan portentosa que produjo ecos todo alrededor—. El alcaucil más grande del mundo. Pronto la caverna quedará chica. Romperá el techo y saldrá a la luz.

Lo vieron: un tipo color verde de dos metros de altura, musculoso, cabellera larga y verde, vestido sólo con un calzoncillo tan apretado que marcaba un impresionante bulto de quince centímetros mínimo en estado flácido.

—¿Quién es el monigote? —preguntó Cabeza, intuyendo la respuesta.

—Soy Perno del Camoto, último hombre planta y rey de las plantas macho —contestó, clavando sus ojos en Perna—. Amada mía, al fin te encuentro.



13.-

—Tarzán, pare un minuto —pidió Cabeza, levantando una mano—. Esta señorita no representa ninguna amada suya. Es una mujer independiente, gobierna una maceta en mi habitación. Usted planta un alcaucil gigante y se cree el amo del planeta. Problema suyo, pero terminará destruyendo todo. El agua escasea, no puede vaciar el acuífero guaraní sólo por un alcaucil. ¿Y para qué? ¿Quiere salir en los libros de records? Bien, muy bien, haga lo que quiera. Nos destruye la guerra preventiva o nos mata un alcaucil. No importa. Sí me importa ella. Voy a comerme este alcaucil hoja por hoja y usted no podrá detenerme.

—Nada ni nadie impedirá que me una a mi amada —dijo del Camoto.

—Yo diría que sí. Esos calzoncillos dificultan la circulación, y el bulto es demasiado grande para endurecerse todo lo que debería. ¿Qué clase de macho es usted? Tendrá pelo en el marote, pero nada en el pecho ni en los sobacos. Afirmo que su nivel de testosterona es peligrosamente bajo. Soy pelado, la contracara. Sé de qué estoy hablando.

—Tengo toda la potencia que hace falta.

—Las plantas macho polinizan a las flores hembras. Son ellas las que producen semillas. Apuesto mi última moneda a que no puede levantar el muñeco.

—Quiero a mi mujer —insistió del Camoto, levantando la voz. Caminó hacia Perna. Cabeza se interpuso:

—Sobre mi cadáver.

—Con mucho gusto —dijo, sonándose los nudillos.

—¿Cómo lo dejaron hacer esto? —preguntó Perna.

—Creció de a poco —contestó Tilinman—. Un día salió a la superficie y exigió hablar con el presidente. Domina la telepatía pero no sintoniza a las mujeres planta.

—¡Jóh! —rió Cabeza—. Ni siquiera es receptivo a lo femenino.

—Nosotras tampoco lo percibimos, pero sí a las plantas secándose por la falta de agua que se chupa este alcaucil. El alcaucil es el culpable de todo, y él —señaló a Del Camoto— lo sembró para llamar nuestra atención.

—Cómo puede un alcaucil crecer tanto... —dijo Cabeza, clavado entre el rey y la reina.

—El... Artefacto Granditolina —contestó Perna—. Un hombre planta solitario desarrolló el Artefacto Granditolina por su cuenta.

—Tan inteligente como hermosa —dijo del Camoto—. Mi reina.

—Yo no soy de nadie, y creo que ya no quiero gobernar ninguna maceta.

—Es suficiente —intervino Tilinman, intentando dominar la situación—. Perno del Camoto, último hombre planta y rey de las plantas macho, acá está su reina. Cumpla su promesa, deje morir al alcaucil.

—Sólo si mi reina acepta unirse a mí en la ceremonia del sacro matrimonio vegetal.

—Yo no voy a unirme a usted —se negó Perna.

—Ya escuchó a la dama, fortachón —dijo Cabeza.

—Por última vez... —replicó del Camoto—. Fuera de mi camino...

“El factor sorpresa está conmigo”, pensó Cabeza. Tragó saliva, y le encajó un tremendo rodillazo en la ingle. Del Camoto cayó de rodillas, gimiendo de dolor.

—¡Yabrán! —Exclamó alguien.

Faltaba un invitado más a la fiesta, y acababa de dar presente. Stupro fue el primero en reconocerlo:

—Señor presidente —dijo.

El presidente esperaba una reunión en la que sólo él tuviera permiso para hacer gala de su carácter fuerte, después de todo era el primer mandatario y nadie tenía más derecho a enojarse que él. Pero vio la escena y entendió que el sillón de Rivadavia no tenía nada que hacer al lado de un alcaucil gigante. Del Camoto se levantó despacio. Cabeza lo fue midiendo, cuando tuvo la cara a la altura del puño tiró el derechazo. Del Camoto frenó la trompada con una mano y lo agarró del cogote con la otra.

—¡Déjelo! —chilló Perna—. ¡Va a matarlo!

—¡Bájelo! —exclamó Stupro, apuntando el arma cuidadosamente. Le acertó tres tiros en la espalda, pero rebotaron. Del Camoto parecía un héroe de historieta, hasta los calzoncillos hacían juego. Soltó a Cabeza y dio media vuelta en dirección a Stupro.

—Tiene los huevos de porcelana —señaló el presidente—. ¿Por qué no se los revienta?

Stupro vació el cargador, sin puntería. Del Camoto corrió hacia él y le encajó una trompada, y otra, y otra... hasta que el suelo empezó a temblar.

—¡Es el alcaucil! —exclamó Cabeza, levantándose—. Está creciendo.

Las hojas golpeaban el techo de la caverna.

—Perno del Camoto —dijo Perna—. ¿Dónde está el Artefacto Granditolina?

—Lo destruí —contestó—. Si yo no hubiera provocado esto, no habrías venido.

—¡Idiota! ¡Chiflado!

—Tanto tiempo sin una mujer enloquece a cualquiera —dijo Cabeza, y se lanzó contra Del Camoto. Pegó tal impulso que lo tiró al suelo, cayendo sobre él.

—Llueven piedras —anunció el presidente—. Mejor nos vamos.

—No creo que podamos usar el ascensor en estas condiciones, señor presidente —replicó Tilinman.

Del Camoto se sacó de encima a Cabeza como quien paspa moscas:

—¡Nadie impedirá que me una a mi reina! —rugió.

—Hay que trepar el alcaucil —dijo Perna, indiferente a las exigencias del monarca. Corrió hasta el tronco, seguida por los demás. Las estrías en la superficie aumentaban de tamaño, facilitando el ascenso. Cabeza trepó, pocos metros debajo de ella, parejo con el presidente y Stupro. Del Camoto pegó varias zancadas intentando alcanzarlos. Quería unirse a su reina sin importar el perjuicio que causara, o a quién se lo causara:

—No me dejes, amada mía... —rogó el último hombre planta, ahogado en el ruido ensordecedor del derrumbe. Intentó subir más rápido. En su desesperación aferró una pantorrilla, de Tilinman, algo rezagado con respecto al resto. Entre las piedras y el peso del gigante, no resistió. Cabeza escuchó gritos y siguió trepando obstinado, aferrado a brotes, tallos, de una estría a otra. “¿Todo esto va a desaparecer?”, pensó.

La presión del alcaucil pudo más. El techo no llegó a hundirse. Voló por los aires.



14.-

—...esto que estamos inaugurando hoy... —fue concluyendo el presidente, casi afónico. Guardó silencio un instante, creando suspenso:— Es mucho más que el gran alcaucil del MERCOSUR. Compatriotas, este... este tubérculo, es la Primera Maravilla del Mundo, lo quiera o no la UNESCO. ¡No vamos a entregarlo a las corporaciones financieras que tanto daño le han hecho a la nación...!

La multitud estalló en una ovación. El alcaucil —ya disecado— descansaba sobre el terreno castigado de lo que fuera un tambo de fantasía. Cientos de turistas recorrían la feria. Algunos cargando bolsas repletas de alcauciles, otros masticando asado o tomando cerveza, vino, o simplemente viendo a las mujeres planta semidesnudas que atendían los puestos.

—¿Te gusta esto? —preguntó El Diego, observando el corazón de su alcaucil.

—¿Qué cosa? —repreguntó Cabeza—. ¿La feria o el alcaucil?

—El alcaucil. Está pinchudo. Lo hirvieron mal.

—Se ve que hay mucha demanda.

—Qué vergüenza. Todo pasa.

—Hola —dijo una voz femenina.

Cabeza dio media vuelta, y ahí estaba: jeans, zapatillas, camiseta a rayas. Mucha ropa para una mujer planta, pero no era una mujer planta común y corriente, y como mujer humana también quedaba excluida de cualquier clasificación.

—Hola, Perna —dijo él, sintiendo las rodillas aflojarse—. ¿O debería llamarte Gabriela?

—No voy a llamarte Rogelio Pepe.

—Voy a reclamar por el alcaucil —murmuró El Diego, y se fue.

—Demos una vuelta —sugirió Cabeza.

—Recorrí la feria de lado a lado.

—Yo también.

Se quedaron frente a frente, sin saber qué decir pero sosteniendo las miradas.

—¿Cómo sigue tu vida...? —quiso saber Perna, finalmente.

—Igual que antes. Los asesores del presidente inventaron una historia más razonable que la nuestra. Ustedes son una tribu de indígenas subterráneas, mis amigos y yo somos músicos engañados por una red de manipuladores. Del origen del alcaucil, o del Artefacto Granditolina, ni mú. Ni siquiera me reconocen como empleado de la SIDE. Dicen que ahí no se trabaja en negro. Todo legal. Estoy escribiendo un libro que explica la verdadera historia detrás del alcaucil. No tengo idea de cómo me saldrá, mucho menos si alguien lo publicará. La industria editorial en este país es pura fantasía.

Perna de la Camota miró alrededor:

—¿Hay algo acá que no sea de fantasía? —preguntó.

—Por supuesto. Vos, yo, las cosas que compartimos. Lo que sentimos no tiene nada de fantasía.

—Ahá.

—Ahá —repitió él—. ¿Es todo? ¿Nos besamos un par de veces y ya está? ¿Vas a irte como si nada?

—Ahora estamos juntos, ¿no? —Perna lo tomó la mano—. Caminamos juntos.

Cabeza pensó en los posibles significados de la frase. Estuvo a punto de preguntar si lo decía literalmente, o era una metáfora. Recién caminaban, ahora no. Probablemente había algo sexual en el comentario (después de todo ella estaba tomándole la mano).

—Te invito un alcaucil —propuso él.




Javier Goffman nació el 12 de febrero de 1977 en Buenos Aires. A los dieciocho años publicó unos pocos cuentos en editoriales a las que él llama “de esas con concursos”, pero también nos dice que “afortunadamente, esos cuentos ya no existen”. Sacó un cuarto puesto en otro concurso pero no le publicaron el cuento porque era extenso. No conoce a otros escritores ni está relacionado con el ambiente. Trabaja de cadete en un estudio de contabilidad y canta blues en una banda que se llama "El Ciego & The Ranas Criollas", que toca habitualmente en el circuito de Capital Federal.


Este cuento se vincula temáticamente con "Un hada para Rosie", de Agnese Dzērvīte (172).


Axxón 176 - agosto de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Hadas : Argentina : Argentino).

            

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