EL VIAJE DE HERMES

Poquetacosa

España

Las cuerdas cruzan el universo en todas sus direcciones y dimensiones. La mayoría de ellas tienen el grosor de un cabello, pero las hay como galaxias. Las hay espaciales y las hay temporales. De las temporales poco se sabe, pero las espaciales forman bucles, anillos, nudos; algunas se extienden a lo largo de miles de años-luz. Las cuerdas no están hechas de materia; al menos no de lo que nosotros llamaríamos materia. Son reminiscencias, fósiles cósmicos anteriores al Big Bang. Por ello no están sujetas a las leyes del tiempo y la distancia que atan al resto del universo. Una cuerda es la misma cosa aquí que a mil años-luz. Por eso contando con la tecnología adecuada y apoyados en cálculos increíblemente complejos, algunos artefactos fabricados por el hombre pueden penetrar en las cuerdas y aprovechar su cualidad omnipresente para aparecer instantáneamente en casi cualquier lugar del universo. Las cuerdas temporales son menos conocidas. Los pocos valientes que se han arriesgado a penetrar en ellas han aparecido en… por ejemplo los tiempos de Jesucristo, esparcidos en una superficie de miles de kilómetros y transformados en polvo subatómico. Gajes del oficio.

 

La lanzadera Hermes es un jinete de las cuerdas en misión de exploración. Está construida en dvrión extraído en las lunas de Júpiter, sus cinco superordenadores son capaces de calcular un salto en las cuerdas con un error máximo de centímetros. Sus dispositivos de seguridad hacen rutinario un salto cuántico que hasta hace un par de años era un viaje casi suicida. Las unidades de contención donde se introduce la tripulación mientras dura el salto transforman en una ligera presión la brutal fuerza que se despliega al entrar en una cuerda. La lanzadera Hermes representa la máxima tecnología de la todopoderosa Agencia Espacial de las Federaciones Solares; y la lanzadera Hermes está cayendo envuelta en llamas sobre un planeta desconocido que no aparece en ninguna carta.

El teniente George está pegado al monitor de comunicaciones y a la palanca de mando. También está pegado a las paredes de la sala de control y hay un poco de él flotando por el pasillo principal y por la sala de recreo. Una fisura minúscula en su unidad de contención, pasada por alto por un técnico poco meticuloso, ha transformado al teniente George en algo parecido a la mermelada de fresa y ha desbaratado los cálculos, haciendo que la lanzadera abandone la cuerda muy lejos del destino previsto. El resto de la tripulación, un hombre y una mujer, se prepara para abandonar la nave en la cápsula de salvamento. La entrada en la atmósfera del planeta es tan violenta como cabría esperar y el aterrizaje es igual de duro. Sin embargo, aparte de una brecha en la frente del hombre y algunas contusiones, están los dos enteros. El dvrión y los paracaídas han cumplido con su cometido. Sueltan sus arneses y se abrazan entre lágrimas y palabras de ánimo: están vivos y mientras hay vida hay esperanza. No saben en ese momento que existen algunas cuerdas capaces de negar hasta lo indecible ese optimista refrán. Están vivos, sí, pero no han tenido suerte.

El hombre y la mujer contienen la respiración mientras los sensores instalados en el exterior de la cápsula toman sus lecturas durante un tiempo que les parece interminable. De pronto, el monitor comienza a poblarse de letras y listas; todas verdes: temperatura exterior 27 grados con posibles fluctuaciones de ± 10 grados, gravedad de 1,3 g (1,3 veces la de la Tierra). Composición de la atmósfera casi equivalente a la terrestre… es un planeta perfectamente habitable. Una playa, un daiquiri y unos cuantos cocoteros y podrían sentirse como perdidos en alguna paradisíaca isla del Pacífico. Un zumbido seguido de un bip bip bip monótono y tranquilizador les indica que el transmisor de emergencia se ha puesto en marcha y utiliza las cuerdas para transmitir el SOS con sus coordenadas. En un par de semanas aparecerá la nave de rescate. Una línea del monitor parpadea en amarillo, llamando la atención del hombre. El sensor geométrico parece estar dañado porque sus lecturas dan una antigüedad para el planeta de tan sólo cinco días. Sin embargo, olvida pronto el detalle; tienen otros problemas. Los víveres están bien, pero los tanques de agua han sido dañados por el impacto y quedan apenas un par de litros. Tampoco es un gran problema; los dos han sido entrenados en métodos de supervivencia y en un planeta como ése debe haber agua: y si la hay la encontrarán.

Las fijaciones de la puerta resoplan al soltarse y ésta cae hacia fuera entre una nube de vapor. Los astronautas salen dando traspiés. La gravedad superior a la terrestre se deja notar y tardarán algún tiempo en acostumbrarse. Fuera está oscuro y el cielo se ve tachonado de estrellas desconocidas. De pronto, las estrellas fluctúan y parecen apagarse mientras el cielo se cubre de todos los colores del arco iris y algunos más que se mueven y se mezclan en colores más extraños todavía. El cielo multicolor parece alejarse y desplomarse sobre ellos a la vez, mientras sienten un ahogo y un vértigo que les obliga a cerrar los ojos. El suelo se mueve sin moverse y cuando se atreven a mirar de vuelta sólo los contemplan las estrellas luminosas y lejanas, mientras el horizonte enrojece en un amanecer. En el monitor, la lectura del sensor geométrico se pone a cero.

El amanecer les muestra un paisaje árido y desolado, pero de una inmensidad sobrecogedora. Han caído en un valle rodeado de montañas que se elevan, como amontonadas unas sobre otras hasta tal altura que los astronautas llegan a sentir, al mirarlas, una leve sensación de claustrofobia. Hacia el este, o al menos en la dirección en que está saliendo el sol, el valle va descendiendo y ensanchándose hasta transformarse en una inabarcable llanura; en esa llanura, la luz del amanecer se refleja con un brillo acerado y cegador: agua. O al menos algo líquido. No parece encontrarse a más de veinte o treinta kilómetros así que, cargando los pertrechos y víveres más imprescindibles, y mimando su reserva de agua, se ponen en camino.

 

Cuando el sol, o más bien la vieja estrella anaranjada que ilumina ese planeta, se oculta entre las montañas, los astronautas llegan a dos conclusiones importantes: efectivamente la llanura líquida y azul que se extiende ante ellos parece estar formada por agua. La segunda es que no van a alcanzarla ese día. La enormidad de los paisajes que los rodean y la reverberación del aire sobrecalentado han engañado su sentido de la perspectiva; su capacidad para medir distancias fue muy optimista por la mañana y no llegarán al agua ese día. Posiblemente tampoco lo hagan al día siguiente. El durísimo entrenamiento al que se han visto sometidos muestra ahora su valía. No desesperan. Deciden reponer fuerzas y desplegar su vivac para pasar la noche.

 

El quinto día los astronautas están al borde de la muerte. Atrás quedaron los víveres, los equipos y gran parte de la ropa. Caminan arrastrando los pies y con los ojos febriles, con una única idea en sus cerebros al borde del colapso: agua. La brillante llanura azul parece casi al alcance de la mano. La suave brisa les trae la sensación de humedad y el sonido del oleaje. Esto hace su sed aún más atormentadora. El agua está en verdad casi al alcance de la mano. Apenas una hora de camino más y podrían beber hasta hartarse. Sin embargo, no van a llegar. La mujer camina unos metros delante del hombre y parece en mejores condiciones. Su cuerpo, más menudo y fibroso, es menos fuerte pero también más resistente, y lo que es más importante; requiere mucha menos energía. El hombre está mucho peor. Se tambalea a punto de caer en cada paso. Sus labios cortados se han replegado y dejan a la vista los dientes en una mueca lobuna. Desde la mañana no puede hablar, no puede pensar, y sigue caminando inmerso en un tormento indescriptible víctima de alguna misteriosa señal que su cerebro, casi inoperante ya, sigue enviando a sus piernas.


Ilustración: Tut

La mujer oye un ruido a su espalda y mira hacia atrás. El hombre ha caído. Durante varios minutos duda. Mira alternativamente al compañero caído y a la salvación líquida que tiene delante. Está cansada, muy cansada. No puede pensar con claridad. Pero no va a abandonar a un compañero. Vuelve y con las escasas fuerzas que aún le quedan trata de levantarlo susurrándole lo que ella pretende que sean palabras de ánimo y no son sino balbuceos. Su lengua seca e hinchada no puede articular ningún sonido inteligible. Él respira someramente. Parece sentirse bien. Descansando. Ella también necesita descansar. Sí, descansará un momento y luego continuará. Conseguirá agua y volverá a buscarlo. Estarán salvados. Cae la oscuridad.

 

El primer pensamiento del hombre al despertar es que el agua no debe estar ya lejos. La recuerda casi al alcance de la mano pero no recuerda haber llegado. El día anterior está confuso en su memoria. En esos momentos que separan el sueño de la vigilia, su mente confusa echa algo de menos. Algo que debería estar y no está: la sed. Durante los últimos días la sed había crecido hasta ocupar todo su pensamiento. Ahora ha desaparecido. Sí, debieron llegar al agua por la noche. Sin embargo hay otra nota discordante, algo que, al contrario de que la sed está y no debería estar: su chaqueta de supervivencia. Está seguro de haberla abandonado dos o tres días atrás. Se incorpora bruscamente. Ve a la mujer también sentada, también completamente vestida. Está llorando y en su mirada hay algo parecido al más absoluto terror. Sigue la mirada de ella y se queda sin aliento. Su vista se nubla. No puede ser. La cápsula de salvamento está a menos de cinco metros. Todo está como lo dejaron. La puerta caída, los paracaídas ondeando ligeramente con la brisa y el monótono bip bip bip del transmisor de emergencia cumpliendo con su misión. En el monitor una línea parpadea en amarillo. Marca trece minutos. El hombre aún no comprende. La mujer llora porque sí ha comprendido. Al fin y al cabo, cuando estudiaba se interesó especialmente por las cuerdas temporales.

Cuando se calma trata de explicarle al hombre la situación. Al ocurrir el accidente con el contenedor del teniente George, todos los cálculos se trastocaron y no salieron de la cuerda en el lugar previsto. No sabe dónde, ni siquiera cuándo han salido. Lo que parece estar claro es que han caído en un planeta o en la imagen dimensional de un planeta atrapado en una cuerda de tiempo que forma un bucle de cinco días. Por eso están otra vez junto a la cápsula, por eso no tienen sed, por eso a él le vuelve a sangrar la brecha que se hizo en la frente durante el aterrizaje. El problema son los recuerdos. Los dos recuerdan perfectamente lo ocurrido durante los cinco días "anteriores". La mente, el alma, o como quieran llamarla no parece verse afectada por esos saltos hacia atrás en el tiempo como sus cuerpos o el resto de los objetos, que parecen volver donde estuvieron dentro de un radio de unos diez metros. Su mente tiene cinco días más de experiencia pero sus cuerpos han vuelto al mismo estado. Son dos inmortales con una esperanza de vida de cinco días.

Sin quererlo, están viviendo el sueño humano máximo. La inmortalidad. Y ahora saben que el sueño no es tal. Ahora saben que la inmortalidad supera en horrores a los infiernos de Dante. La inmortalidad es desconcierto, desesperación y sed. Cinco días horribles y luego, después de un amanecer multicolor, volver a empezar. Incluso la muerte, el olvido les están vedados. Un día el hombre no puede aguantar más y después del amanecer entra en la cápsula y abre la caja donde se guardan las armas. Ella escucha el disparo y comprende, antes de verlo tendido en el suelo con la cabeza destrozada. Tal vez sea ese el mejor camino. Sin pensarlo, sin llorar, se acerca; coge la pistola de la mano ensangrentada de él y se vuela la cabeza.

La nave de salvamento completa su salto cuántico justo doce días después de haber recibido el SOS. Orbitando en torno a un planeta azul y verde parecido a la Tierra buscan el origen del bip bip que les ha traído hasta aquí. Siguiendo la señal que emite la cápsula aterrizan en un valle rodeado de montañas coronadas de nieve. Ante ellos se extiende una selva impenetrable y deben usar los machetes hasta dar con los restos de la cápsula. Parecen haber pasado muchos años. La vegetación ha invadido todos los recovecos y sobre el monitor aun encendido se extiende una capa de musgo verde. En los asientos dos cadáveres les sonríen. Los huesos están descarnados y sólo algunos jirones de uniforme y las chapas de identificación enmohecidas les confirman que no se han equivocado. Aquí están los náufragos que vinieron a buscar. Sin embargo parecen llevar cientos de años muertos. No existe explicación para el fenómeno y el informe con el que volverán a la Tierra mantendrá ocupados durante años a los teóricos de las cuerdas temporales. Eso es algo que no interesa al capitán de la nave de salvamento. Él hace su trabajo, embalando dos esqueletos sonrientes en bolsas de plástico, recogiendo el equipo y volviendo a la Tierra.

 

El hombre despierta envuelto en sudor. Su corazón desbocado amenaza con salírsele por la boca. Respirando con dificultad se horroriza al recordar la pesadilla. Algo pringoso le corre por la frente y se lo limpia, distraído, mientras trata de recordar dónde está. Mientras mira su mano ensangrentada recuerda. Y se desespera. Los sollozos de su compañera se confunden con un bip bip bip repetitivo y ominoso.

 


Poquetacosa es un ente casi completamente ficticio tras el que se esconde un hombrecillo gris y aburrido. Español del interior de Valencia, nació hace treinta y muchos años en un pueblo diminuto, y hace no demasiado tiempo descubrió horrorizado que estaba en posesión de ciertas aptitudes para la creación de literatura romántica. Un poquito acojonado y muy avergonzado ante tamaña revelación ha decidido refugiarse en la ciencia ficción. Poquetacosa tiene más curiosidad que títulos académicos y no ha ganado ningún concurso literario ni ha publicado nada hasta el momento. Su sitio web se encuentra en http://www.poquetacosa.com/


Este cuento se vincula temáticamente con "Leticia en el reflujo de la marea", de Alejandro Alonso (157) y "Rodillas de mercromina", de Raquel Froilán García (163).


Axxón 176 - agosto de 2007
Cuento de autor europeo (Literatura Fantástica : Ciencia ficción : Dimensiones : Paradojas espaciotemporales : España : español).

            

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