RELACIONES (UNO)

Autores Varios

Siguiendo el material que recibimos para la revista creo ver entre las obras, a veces, una relación. Esta relación puede ser obvia, porque hay temas que parecen importarle mucho a nuestros autores, porque están instalados en el inconsciente colectivo o porque, al ser temas más comunes, simplifican la confección de la historia apoyándose en el background literario del lector, logrando así obras más compactas porque la simple mención del personaje clásico permite centrarnos con menos palabrerío en el nudo de lo que queremos contar.

Otras veces esa relación es leve y no está en el tema ni en los personajes, sino en el clima, en el ánimo, o en la hora del día que pintan.

Pero existe.

Creo que la corta longitud de estas ficciones hace que sea más fácil seguir ese hilo conductor, esa red de relaciones (pues por supuesto la relación no tiene por qué ser secuencial). Incluso creo ver (cuando las obras son muy cortas, y tal vez deba referirme a la anterior entrega de Cuenta Regresiva para esto) una mayor similitud entre textos de tamaño similar. ¿Será que determinada cantidad de palabras sirven más que otras para tratar determinados temas?

Puede que no. Es probable que esa relación sólo esté en mi antojadiza imaginación.

Mientras, dejo en sus manos estas ficciones, todas con menos de mil palabras. Fueron creadas a ambos lados del Atlántico, tanto en el sur americano como en el hemisferio norte. Curiosamente, todos los autores son varones.

Las obras, de distintos tonos y temáticas, hablarán por sí mismas.

Espero que, mientras buscan esas relaciones que yo encontré, las disfruten.



VIDA ETERNA

Eduardo Cabral - Argentina

 

Los nanobots llegaron al ínfimo sector que les interesaba del sistema nervioso central del insecto. Prolija y eficientemente registraron cada pequeña partícula de información, reconstruyendo el mapa de la base de tiempo, y comenzaron a transmitirlo a la unidad central de proceso.

El insecto era una mariposa. Las mariposas viven un día.


—No, así no, ponga más cuidado... ya tenemos dos voluntarios en estado catatónico. —Herlutz acomodó los transmisores pseudos-sinápticos que rodeaban la cabeza del paciente con un gesto de fastidio.

Amigorena dejó el sincrotrimmer en su soporte y se retiró un poco de la mesa de operaciones para darle a su jefe el lugar necesario para trabajar.

—Lo dejo todo en sus manos, Dr. Herlutz —dijo. Prefería no meter mano en el asunto. La Academia tenía como tradición culpar a los novatos por cualquier cosa que saliese mal, y muchas estaban saliendo mal últimamente. "Dos catatónicos...", se dijo en voz baja.

—Ya tenemos toda la memoria sináptica de la base de tiempo; ahora sí, prepará el sincrotrimmer y tratemos de hacerlo bien esta vez.

 

Carlos Merodio se había anotado como voluntario aunque no estaba muy convencido. En realidad no tenía mucho que perder. Y allí estaba, en un quirófano de la famosa Academia, acostado sobre una camilla de plexiglás y mirando distraídamente las luces del techo mientras hacía un balance de los hechos que lo habían llevado hasta allí. Su divorcio, la pérdida de su empleo, su estrepitoso fracaso social; su vida era un fiasco, aún para él, que nunca había tenido demasiadas ambiciones. Sin embargo, se resistía al rótulo de "pobre tipo": estaba convencido de que el destino tenía reservado algo bueno para él.

El primer indicio de que esto podía ser algo más que una fantasía desesperada lo tuvo el día que Gómez le comentó que la Academia buscaba voluntarios discretos para el Proyecto Témporis y se ofreció a hacer las presentaciones del caso. Gómez era una buena persona y tenía importantes conexiones. No era la primera vez que hacía algo por él, aunque no sabía si lo hacía por simpatía o lástima. "Que bueno —pensó— nadie más discreto que yo, que ya no tengo amigos".

Ya antes había oído hablar de Témporis, era una de esas cosas de las que no se hablaba en serio, sonaba a cuento y probablemente lo fuera. Pero nada se perdía con presentarse y ver qué pasaba.

 

Herlutz suspiró y le indicó a su ayudante que comenzara con el protocolo de transferencia. No se sentía cómodo con la estafa que significaba la promesa hecha a los voluntarios. La vida eterna era un mito, y él lo sabía: ningún sistema puede regenerarse permanentemente sin pérdidas, y menos uno biológico. Pero era posible transferir la base de tiempo de un sistema biológico de ritmo rápido a uno de ritmo lento y hacer que el receptor dispusiese de más tiempo subjetivo de vida, aunque no viviese más años. En teoría el procedimiento era impecable, y la tecnología utilizada era eficaz y de primer orden. Sin embargo... "Dos catatónicos..." se dijo, casi en respuesta a la queda exclamación de su asistente.

"El protocolo se ha completado. Comienza la fase de absorción enzimática". La voz precisa y mecánica de la unidad de transferencia lo trajo de vuelta a su trabajo.

 

Podía ver, eso ya era algo. Pero no se escuchaba respirar. De hecho no escuchaba absolutamente nada. Merodio hizo un tremendo esfuerzo para evitar el pánico. Tampoco podía moverse, y la imagen en su retina estaba fija, como en una foto. Todo parecía detenido en el tiempo. Quiso gritar, pero tampoco pudo emitir sonido.

 

—Tres catatónicos —dijo Herlutz con el desconcierto dibujado en su rostro.

—Tres catatónicos —repitió Amigorena como en un rezo. Luego, en un hilo de voz agregó:

—Doctor... las mariposas, ¿nos verán quietos?



CAMBIO DE RUTINA

Adolfo Germán Beber Gehan - Argentina


La mañana es radiante. El otoño apenas ha tirado unas cuantas hojas. El calor se apoderó de su reino amarillo. Los peones trabajan arremangados y los pájaros decidieron no emigrar. Tampoco hubo cambios de pelajes este año.

Un desorden. Las actividades se ven afectadas. Aún yo, con mi hibernación casi eterna, me siento tocado por la extraña situación climática. Dormir y descansar ya no es lo mismo. La gente espera que llegue el frío para poder encender fuego en la chimenea. O para poder abrigarse en una cama tibia.

Pero cuando se le quita ese placer a alguien como yo, todo deja de tener sentido.

¿Para qué dormir si no se puede disfrutar haciéndolo? De repente (y como si de un milagro se tratase) dejé de apreciar el sueño. Y las astillosas almohadas dejaron de soportarme, quizá aliviadas.

¿Es mucho pedir que en otoño las hojas caigan? ¿Y que el viento sur enfríe los rincones de la comarca? ¿Qué derecho tiene la naturaleza para desordenar nuestras vidas?

Los trabajadores que deberían estar juntando leña aún aran la tierra y juntan frutas silvestres. Las damas que deberían estar tejiendo abrigos se la pasan preparando conservas para cuando el frío llegue. ¡Pero el frío ya debería haber llegado!

Atravieso el umbral de mi cueva. Desde la cima de mi montaña miro al sol con desprecio y le lanzo un rugido. Abajo la gente corre como ganado asustado. No saben que no tiene sentido correr.

Extiendo mis alas adormecidas. Las sacudo un poco. Vuelo. Olfateo sangre fresca. Me excito ante la perspectiva de calmar esta hambre centenaria. Me lanzo a la caza.

Las mujeres chillan, los niños lloran y todos tratan de huir. Yo no discrimino. Mi estómago no distingue las edades, el sexo, las razas y aún menos la nobleza o la pobreza. Disfruto, por igual, saborear la cabeza de una niña, la pierna de un anciano, el tórax de una embarazada.

Los hombres intentan defenderse, pero ningún arma puede penetrar mi piel escamada. Tarde o temprano todos caen ante mí. Tengo el cuerpo bañado de sangre. Amo esa sensación. Utilizo mi garra para abrir vientres y desparramar por el suelo sus vísceras. El perfume es embriagante. Libero llamaradas, quemo el poblado entero y disfruto del nuevo paisaje.

Se escuchan algunos gemidos. Todavía quedan unos pocos aldeanos con vida. Bato mis alas una vez más, me preparo para ir a buscarlos. Entonces, para tranquilidad de estos sobrevivientes, el sol se esconde. Un viento sur, helado, me cala los huesos. Mi cuerpo no soporta el frío. Hiberno a causa de él. Es momento de regresar a mi cueva.

Despego con el cuerpo doliéndome. Con unos ocurrentes copos de nieve hiriéndome. Con la helada afectándome profundamente. Y miro el cielo, con las despóticas nubes derrocando al sol. Por segunda vez en el día, lanzo un rugido.

Llego con pocas fuerzas a mi cubil. Entro arrastrándome. Cansado. Me arrojo sobre un nido de huesos y pellejos. Me entrego una vez más a mi letargo casi eterno.

Abajo, la nieve se tiñe de rojo.



CHASCO

José Carlos Canalda - España


Emocionado, ET observó cómo la astronave de rescate aterrizaba majestuosamente al lado de su rudimentaria emisora que, pese a haber sido fabricada con desechos de la primitiva tecnología terrícola, había sido capaz de realizar el milagro. Sus días de destierro habían acabado; aunque se había encariñado con Elliot, no estaba dispuesto a pasarse el resto de su vida rodeado por unos bárbaros salvajes que habían pretendido descuartizarlo para estudiar su organismo.

Pero no pudo penetrar en su interior, puesto que de la escotilla abierta surgió un hierático tripulante que se lo impedía.

—Está usted utilizando una emisora sin licencia y perturbando las comunicaciones intergalácticas, lo cual es ilegal —le dijo éste—. Absténgase de volver a utilizarla, o será sancionado por ello.

Y despegó.



CANCIÓN DE SOLEDAD

Félix Amador Gálvez - España


El viento arrastra las hojas con obstinación. Hace frío y, al igual que las hojas que pasan por su lado sin detenerse, la gente que anda por la calle en ese momento lo ignora como si él fuera algo insignificante, como si no lo vieran. Se queda ahí, ignorado y solo, en medio de la calzada, las manos dentro de los bolsillos de unos descoloridos pantalones que no son de su talla, la cabeza baja, los ojos fijos en el pasar de las hojas que los árboles olvidaron hace tiempo.

Tiene la mente vacía. No recuerda qué hace allí, en aquel lugar. No recuerda de dónde viene ni a dónde va. No recuerda que robó los pantalones y la camisa a un muerto de hambre que dormitaba en un banco del parque, ni que lo hizo obedeciendo a lecciones bien aprendidas, metodología de la academia: vístete como ellos, pasa desapercibido. Pero en realidad tampoco recuerda quiénes son ellos. No recuerda nada. Sólo siente frío y una vaga sensación de tristeza muy parecida a la soledad.

En el eje de este mundo que se mueve, lineal, resuelto, vivo, por delante de sus ojos, un punto fijo llama su atención. Al otro lado de la calle, en la puerta de una tiendecilla, una niña llora. Lleva una galleta en la mano. Quería dos y lleva una galleta en la mano. Tiene los ojos rojos y cierra la mano vacía en torno a la falda, arrugándola con rabia. Espera en la puerta a que salga la madre, la madre inflexible que no le ha querido comprar una segunda galleta. Cuando sus ojos se cruzan con los de la niña, ésta deja de llorar. Solloza una última vez. Sorbe los mocos, y lo mira.

De repente, algo comienza a funcionar en su cerebro. Es como un cosquilleo, como una punzada o un calambre. No es fácil manejar este cerebro humano. A pesar de ello, intenta con dificultad comprender la información que le ha sido entregada para la misión pero, por muy simple que ha sido concebida, este cerebro es demasiado arcaico para procesarla en su totalidad. Primero son datos ininteligibles, después inconexos pero útiles, que lo van llevando a una escueta conclusión.

Planeta extraño... camuflaje... relacionarse con nativos...

La niña lo mira con un viso de compasión en sus enrojecidos, llorosos ojos verdes. Él mira hacia otro lado, intentando no establecer contacto, ni siquiera visual, hasta que se haya completado el listado de órdenes. La ve cruzar la calle con paso decidido. Él intenta caminar, huir, camuflarse entre el gentío, pero es muy difícil mover un cuerpo físico tan poco evolucionado. La niña se detiene frente a él, observa sus ropas gastadas y sucias. Se tapa la nariz porque huele mal. Le hace una pregunta.

Es como si hubiera recibido una descarga de alto voltaje.

No puede responder. El mensaje más simple necesitaría un millón de palabras del lenguaje primitivo que usan los habitantes de este planeta. Suda. Lo sabe porque ha estudiado biología terrestre antes de la misión, pero no sabe cómo reaccionar. La niña extiende el brazo y pone entre sus dedos la galleta.

En ese momento, la madre llama a la niña. Ésta obedece. Echa a correr y sólo se vuelve cuando ya camina asida de la mano junto a la madre.

Mientras, el extraterrestre retrocede, muerto de miedo. No estaba preparado para este acto de comunicación en primer grado. Retrocede hasta dar su espalda con la pared. Se deja caer, resbalando contra el muro frío.

Ha sentido, o entendido, demasiadas cosas a la vez en aquel gesto de la niña. Pasa horas analizándolo hasta que llega a una conclusión para la que no ha sido entrenado: parece que los humanos tienen dos formas bien distintas de comunicación. Por un lado, un lenguaje rústico y limitado que se ejercita físicamente a través del sonido; por otro, un tipo de comunicación emocional terriblemente complicada, compleja y completa, a un nivel extremadamente avanzado, capaz de transmitir millones de unidades de información con un sólo gesto, algo así como una comunicación de los sentimientos.

Se queda ahí, sentado en un rincón, preocupado y frustrado, comprendiendo que la misión es demasiado difícil para poder cumplirla con éxito.



AMANECE

Diego E. Gualda - Argentina

 

Debo haber estado demasiado borracho. Porque no me acuerdo cómo volví hasta casa. Porque no me acuerdo de haberme sacado la ropa o de haberme metido en la cama. Porque no tengo ni idea de quien carajo es esa mina que amaneció acostada al lado mío. Tengo un vago recuerdo de un bar. De Miguel y Eduardo contando chistes malos sobre gente que se iba al infierno. Me acuerdo de haber pensado que estaría piola irse al infierno, porque ahí está la joda. "En el cielo no hay alcohol", decía una canción de mi adolescencia. Me acuerdo de Miguel diciéndome "¡¿otro más?!" ante mi pedido de un vodka-martini, que según él era como el cuarto o quinto.

Ella es rubia y la verdad está linda. Tiene los ojos muy cerrados y algo le chorrea por la comisura de los labios y humedece mi almohada. La veo con los ojos cerrados, pero me acuerdo que los tiene azules. Está tapada hasta el cuello, pero tengo la certeza absoluta de que debajo de las sábanas está desnuda. Lentamente en mi cabeza los recuerdos empiezan a ganarle la batalla a la resaca y me voy acordando de algunas cosas.

Me meto debajo de una ducha helada. Para borrar del cuerpo los olores de la noche. Para borrar del alma la utopía de los sueños. Para tratar de una vez por toda de borrarme ese maldito dolor de cabeza de bebidas con demasiados megatones en una sola noche y con la panza vacía. Cada gota de agua que me pega en la cabeza me duele como un martillazo. Mejor salgo de la ducha y trato de desayunar.

Me acuerdo de un vestidito rojo. En realidad, no estoy del todo seguro de acordarme. Pero lo vi tirado en el piso de la cocina y se me hizo una imagen en el bocho de la rubia tirada en la cama con el vestido tirado en la cocina. Evidentemente —pese a que mi subconsciente y mi resaca aún me traicionan— algo tuvieron que ver en algún momento. Me asomo otra vez a la pieza y la miro desparramada en la catrera. Me parece más linda todavía que cuando recién me levanté y me sorprendí con su presencia. ¡La pucha! Si enganché esto estando completamente borracho... ¡lo que hubiera hecho sobrio!

En la cocina hay café. Está en la cafetera desde hace mucho tiempo; quizás días. Vuelco un poco dentro de una taza y otro poco afuera. No me voy a molestar en limpiarlo. No a esta hora. No con este dolor de cabeza. Tiro la taza dentro del microondas y la caliento una eternidad y media. Me quemo la lengua con el café rancio e hirviente. Sobre la mesa hay unas Express húmedas, pero me las como igual, mojadas en el café de mil días.

Del respaldo de mi silla cuelga el saco que, creo, usé anoche. Sí, es el que usé anoche, porque cuando me vestí para salir (de eso sí me acuerdo) todavía estaba sobrio. Revuelvo en los bolsillos. En uno, encuentro un papel. Me lo desayuno. Me despierta. Me disipa un poco el dolor de cabeza y me ayuda a ver las cosas un poco más claras.

Ahora sí me acuerdo de algunos detalles. Me acuerdo de cómo llegué hasta casa. Me acuerdo de cómo el vestido rojo llegó al piso de la cocina. Me acuerdo de cómo la rubia llegó a mi cama.

 

Ahora, mejor va a ser que empiece a limpiar la sangre y me ponga a pensar qué mierda voy a hacer con el fiambre.



EL CASTIGO

Juan José Tena - España

 

He perdido la noción del tiempo. No sé si llevo aquí meses o años encerrado en esta mazmorra fría, húmeda y oscura. La única luz que entra es la que se cuela por una rendija en el techo. En este agujero en el que me han abandonado los días pasan con una lentitud insoportable. Todo por culpa de ese canalla que me denunció ante la policía política, acusándome de traición. Mi hermano era un viejo enemigo del ministro en la época de la revolución, por lo que me decretaron confinamiento en régimen severísimo. Ahora soy yo el que paga esa enemistad. La crueldad de mis carceleros es tan inaudita que me han colocado en el muro una manivela conectada a un contador. Tengo que girar esa manivela un número de veces al día para tener derecho al alimento. Dicen que lo hacen para que recuerde mis crímenes y sepa que he de pagar con mi sudor el pan que robo al pueblo. El número de vueltas que he de dar a esa manivela es tan elevado que aún pasando todas las horas posibles en vela es prácticamente imposible cumplirlo. Los días que no cubro la cuota no como, por lo que cada día estoy más débil. Constantemente estoy girando la manivela intentando alcanzar ese número. Muchas veces caigo rendido por dormir poco, y en sueños sigo girando el manubrio infernal. En ocasiones tengo la sensación que el contador queda parado por muchas vueltas que siga dando a la manivela. Otras veces parece que el número de vueltas que va marcando el reloj desciende, pese a que yo sigo con mi esfuerzo. No recuerdo la última vez que disfruté de un instante de paz en esta tarea monótona y enloquecedora. Necesito comer. No por miedo a morir, o al sufrimiento que causa el hambre. Necesito seguir vivo, por si alguna vez cae este régimen tiránico y soy liberado. El volver a ver a mis seres queridos me hace aguantar. Pero no sé por cuanto tiempo conservaré las fuerzas o la cordura.

 

—Curioso el caso de este paciente, no cesa de mover la mano como si girara una manivela —dijo una mujer con bata blanca.

—Es lo único que hace, constantemente. No realiza ningún intento de relacionarse con el entorno, ni responde a ninguna terapia. Llevo años tratándolo y no consigo resultados, ni el más mínimo avance en su curación —dijo el hombre que estaba con ella.

—Todos tenemos casos difíciles, pero conociendo tu profesionalidad, si alguien puede conseguir resultados eres tú. Ya hemos acabado la ronda de visitas, me voy a casa.

—Yo me quedaré un poco revisando el tratamiento.

—Muy bien, hasta mañana.

—Adiós.

Cuando el doctor se quedó solo, se dirigió a la cama donde descansaba el paciente, que seguía moviendo la mano sin pausa. Cogió una jeringuilla, la llenó de un líquido dorado y se lo inyectó.

—Es hora de dejar de dar vueltas a la manivela. Ahora tienes que concentrarte en mi voz y pensar en otro lugar. Acabas de despertarte y estás en un ataúd enterrado vivo. Intentas desesperadamente salir pero no lo consigues —dijo el doctor, mientras por un momento la máscara caía y se veía su verdadero rostro.


Axxón 176 - agosto de 2007
Cuentos de autores de procedencias diversas (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Varios países).

            

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