MENSAJE EN EL VIENTO

Claudio Biondino

Argentina

El paisaje nevado, casi inverosímil en la atmósfera caldeada por el hogar, embellecía el ventanal de la cabaña. Ana se aferró a Seb con fuerza, tiritando. Él sabía muy bien que no temblaba de frío.

—¿De nuevo el viento? —preguntó. Ráfagas cortas y violentas pasaban aullando a través de los árboles.

Ana se apartó para mirarlo a los ojos, sin soltarle las manos. —No vayas, Seb. No tienes nada que demostrar.

—Sabes que no se trata de eso... Te casaste con un explorador.

—Sólo te pido que no vayas en este viaje, por favor. Hazlo por mí.

—¿Por qué este viaje? ¿Qué has oído esta vez?

—Que el invierno no te dejará ir.

—Muy bien —respondió Seb. Ya no soportaba verla sufrir—. Entonces puedes estar tranquila. Me quedaré aquí contigo todo el invierno.


El calor era insoportable. A pesar de la protección que aún le brindaban los restos de la nave, Seb no pudo sellarla por completo para aislarse del infierno que ardía en el exterior. Tenía la boca reseca y la piel acartonada, plagada de llagas. El depósito de agua y alimentos había resistido el impacto. También se habían salvado los medicamentos. Sin embargo, nada era suficiente para mitigar los efectos de la temperatura. Hacía ya más de tres meses que la señal de auxilio esperaba en vano una respuesta. Eventualmente, alguna patrulla se presentaría en misión de rescate. Seb no sabía si encontrarían un cadáver o un hombre alienado. Pasaba cada vez más tiempo encerrado dentro del único cubículo que aún conservaba una atmósfera respirable.

En los primeros días del naufragio salía con frecuencia de la nave. Enfrentaba el calor, explorando el desierto del planeta desconocido. Sólo regresaba al cubículo para recargar el aire del traje y atender las heridas de su piel. Pero el océano de dunas, que se extendía hasta el horizonte en todas direcciones, estaba ganando la partida. Lo peor era el viento. Su intensidad había ido aumentando con el tiempo. Desde hacía varios días el interior del refugio estaba lleno de arena. El cubículo se había vuelto así un oasis, y dormir era el mejor escape posible. Seb soñaba con el invierno de la Tierra.


La nevada envolvió la cabaña, aislándola del mundo, hasta el día del accidente. Cuando Seb llegó al pueblo en la moto de nieve, estaba al borde de la muerte por hipotermia. Despertó tres días después, en un hospital de la ciudad. Creía haber oído la voz de su esposa; luego comprendió que sólo se trataba del silbido del viento en la ventana.

Le tomó varios meses recordar los momentos anteriores a la tragedia. Ana fuera de la cabaña, riendo, arrojándole bolas de nieve para que saliera. Él odiaba el invierno y prefería quedarse junto al hogar. Luego el estruendo del árbol que caía sobre su esposa, arrancado de raíz por una ráfaga inexplicable. Finalmente, el silencio. Nunca pudo recordar su viaje al pueblo en busca de ayuda. Más tarde emprendería otro viaje, esta vez para huir del destino que le había quitado el único lazo que lo mantenía en la Tierra. Ana se había equivocado. El invierno no sólo lo dejaba ir, sino que parecía decidido a expulsarlo de sus dominios.


Seb despertó sobresaltado. Esta vez la había oído claramente. Ana lo llamaba desde el desierto con la voz de una tormenta salvaje. Se puso el traje y abandonó el cubículo sin tomarse el trabajo de cerrar la puerta tras él. No pensaba regresar a su oasis. Se tambaleó entre los cacharros semienterrados en la arena que inundaba el refugio, y abandonó la nave. Sintió el golpe del sol abrasador tan claro como un puñetazo en el rostro. La nube de arenisca arañaba el visor del casco, limitando su visión a cuatro o cinco metros como máximo.

Caminó a ciegas unos pasos, para terminar cayendo de bruces en la base de una duna cercana. "Ya basta", pensó. "Hasta aquí llegué". Estaba a punto de quitarse el casco para acabar con todo de una vez, cuando vio la figura que avanzaba hacia él. Era un ser pequeño, cobrizo, de aspecto antropomorfo. Iba envuelto en gruesos ropajes, pero mantenía su cabeza calva descubierta, como si la tormenta de arena no pudiera dañarlo. Se detuvo junto al explorador, observándolo con unos enormes ojos negros.

—Hola —murmuró Seb, pero luego se rió de su propia ingenuidad—. Ojalá pudieras entenderme...

La figura se arrodilló frente al explorador, apoyando las manos sobre el casco. Se mantuvo así, con los ojos cerrados, por unos minutos. Luego se levantó. ("Ahora te entiendo"), dijo una voz dentro de la cabeza de Seb, que no sabía si era más fuerte la sorpresa o el alivio.

—¿Comprendes mi lengua? ("Así es").

—Gracias al cielo. —Seb no sabía cómo pedir ayuda, tenía que averiguar si aquella criatura entendía la situación—. Soy un explorador; alguien venido de otro mundo ¿Entiendes eso? ("Por supuesto").

—Me gustaría que este encuentro hubiera comenzado de otra manera, pero ahora necesito ayuda, estoy muriendo. ("¿Qué ayuda deseas?").

—Necesito que me lleves a un refugio, mi especie no soporta esta temperatura. Pero primero debo ir por las reservas de aire, no puedo respirar la atmósfera de tu planeta. ("No tenemos refugios. Vivimos en las rocas y en las dunas. ¿Deseas alguna otra cosa, algo que pueda ayudarte?").


Ilustración: Tut

Seb lo miró con la expresión de un condenado a muerte. La esperanza lo había elevado sólo para hacerlo caer de nuevo. —¿Desear? Si sólo se tratara de eso... desearía que fuera invierno. ("Ese deseo ya se ha realizado, pero no por mucho tiempo").

—¿A qué te refieres? ("Estamos en invierno. Pero el viento anuncia la llegada del calor").

Por un instante, la voz de Ana retumbó en los recuerdos de Seb. El invierno no te dejará ir. ("No comprendo el sentido de lo que acabas de emitir").

El explorador se volvió sin responder, recostándose en la arena. Oyó las pisadas del ser, que se alejaba por donde había venido. —¿Puedo pedirte algo más? ("Si en algo puedo ayudarte, lo haré").

—Quisiera soñar con el invierno de mi mundo.


Lentamente, el desierto se convirtió en una colina nevada. Sobre ella se levantaba una cabaña. Ana estaba fuera, invitándolo a jugar con la nieve. Seb corrió sonriendo hacia ella y la abrazó. No se oía ni siquiera el rumor de una leve brisa.




Claudio Biondino nació en 1974. Es antropólogo y vive en el barrio de Caballito, en la misma Ciudad de Buenos Aires que lo vio nacer. La lista de los cuentos que le hemos publicado se puede encontrar en su entrada de la Enciclopedia de la Ciencia Ficción y Fantasía Argentina.



Este cuento se vincula temáticamente con "Su amor del tren" de Carlos Daniel Joaquín Vázquez (Cuentos Elegidos), "El viaje de Hermes" de Poquetacosa (176) y El monstruo y la damisela de Chrysale" de Pierre Jean Brouillaud (171).


Axxón 177 - septiembre de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Literatura Fantástica : Ciencia ficción : Viajes espaciales : Contactos : Argentina : argentino).

            

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