BODAS DE PLATA

Stephen M. Wilson

Estados Unidos

Incline Dios tu frente con honor,
novio, y a ti te dé, novia, en tu lecho,
gráciles hijos, dulces hijos,
fruto de cuerpos bendecidos.

—Gerard Manley Hopkins
"Marcha Nupcial"


Ella le dio ricos manjares
cuando él se alimentó
y le erigió un monumento
cuando murió.

—"Las Cómicas Aventuras de
la Anciana Mamá Hubbard y su Perro"


—¿"La cerveza antes del vino" o "el vino antes de la cerveza"? —masculló para sus adentros, mientras sacaba la vasija de tres litros de oporto de un armario que, restándole esta botella, ahora estaba vacío—. Mierda, no lo recuerdo. ¿Tal vez es "beber antes de fumar" o "fumar antes de beber"?

Sonrió amargamente.

—Los bombones son ricos, pero la bebida es más rápida.

Lanzó una risita.

¿Quién dijo eso... Dorothy Parker... Mae West? Buscó en su memoria. ¿Bebida más rápida? Lamida...

—¡Lamida más rápida! —dijo en voz alta.

Gritó.

Atontada, puso la botella sobre la mesa y luego, esquivando la inmundicia del suelo como si no la viera, extrajo un paquete de doce latas del refrigerador vacío y puso la cerveza junto al vino.

—Bueno, no importa mucho, supongo —respondió a sus propias preguntas.

Desnuda, ensangrentada y desquiciada, se dejó caer en la única silla que acompañaba a la mesa y comenzó a beber.

Todos se van, pensó. Todos me abandonan. Esposo, hijos...

Habían pasado casi seis años desde que sus cachorros habían cumplido los dieciocho y la habían abandonado. El único contacto era una postal que Rom le había enviado desde Argentina hacía dos años. Apenas tres breves oraciones:


Querida Mamá:

Me incorporé a Greenpeace.

Remie está en Budapest, recopilando folclore húngaro.

Te queremos.


Con frecuencia se preguntaba si ellos también se habían casado con novias que no sospechaban nada.

No te concentres en esas cosas, pensó mientras armaba un porro. A veces regresan.Había aprendido esa lección demasiado bien, esa misma noche.

Inhaló profundamente el cigarrillo, abrazando la espesa nube de olvido momentáneo que la colmaba.

Una hora más tarde, felizmente drogada, sacó a la rastra un viejo arcón de debajo de la cama.

Hurgó en un pasado encarnado por fotografías añosas y antiguas cartas de amor, antes de encontrar lo que estaba buscando.

El olor a naftalina, a polvo y a recuerdos impregnaba el lino de color marfil del vestido de novia que extrajo del arcón. Extendió el vestido sobre la colcha deshilachada y luego regresó al arcón. Después de examinar nostalgias unos momentos más, encontró un par de medias de seda que no estaban de moda desde la invención del nylon y dos ligas de encaje rojo endurecidas por los años. Colocó esos remanentes de su época de esplendor junto al vestigio nupcial que estaba sobre la colcha y luego contempló el conjunto por largo tiempo, antes de ponerse a empujar el arcón para colocarlo nuevamente en su sitio bajo la cama.

Mientras cerraba la tapa, algo le llamó la atención. Apartó las diversas reliquias de su juventud a un costado, revelando una peluca negra que tenía un pequeño sombrero adosado con horquillas. Parecía que había pasado toda una vida desde sus días de azafata.

Al ver el cabello negro, algo horrible arañó la superficie de su mente, y luego, antes de que pudiera darse cuenta, desapareció rápidamente.

Sacó la peluca y volvió a la cama, dejando el arcón en medio del camino.

Ignoró la sangre que se estaba secando en sus manos y antebrazos, al tiempo que, lenta y ceremoniosamente, se iba poniendo los tesoros de su pasado, mientras la "Marcha Nupcial" de Wagner resonaba en su cerebro confundido. Después, tomó un pequeño espejo que estaba sobre la cómoda y caminó a paso lento hasta la sala.

Colocó el espejo en un extremo de la mesa, en donde además había una antigua lámpara de bronce. La apagó. Flotó por la alfombra verde de pared a pared, levantó la andrajosa persiana de una de las ventanitas del apartamento y la luz de la luna llena otoñal refulgió, brillante, penetrando a través de las mugrientas cortinas de encaje y otorgándole a la pequeña habitación un resplandor etéreo.

Una lágrima descendió por su mejilla cubierta de sangre seca. Puso un añejo vinilo, muy rayado, en el tocadiscos y comenzó a bailar por todo el pequeño apartamento.

Lavender blue, dilly, dilly... —cantó con Burl Ives, formando un dúo surrealista.

Ocasionalmente, se detenía para tomar un trago o dar una pitada, o para encender un cigarrillo, pero muy pronto regresaba a su ensoñación. En un momento trató de pararse de cabeza, pero se estrelló contra el piso, riendo. Después de un rato, la materia contenida en su cráneo comenzó a girar.


Ilustración: Valeria Uccelli

Se desplomó sobre un raído sofá de falso terciopelo anaranjado y levantó el espejo para mirar su reflejo. A través de la niebla de alcohol y porro, se vio como él debía de haberla visto aquella noche, veinticinco años antes.

—Hola, prrreciosa —le dijo al espejo—. Eres una cosita hermosa.

Su sosías manchada de sangre rió entrecortadamente.

Ella jadeó.

Arrojó el espejo por la habitación, y éste se estrelló contra el disco. El estruendo amplificado de la púa arañando el vinilo reemplazó momentáneamente a la música.

Luego hubo silencio.

Gritó.

Abandonó el sofá y corrió a la cocina.

Se acercó al bulto que yacía en medio del suelo.

Cayó sobre una rodilla, casi resbalándose en la sangre pegajosa.

Cuando le arrancó al cadáver el enorme crucifijo de plata, éste se desprendió más fácilmente de lo que esperaba y la hizo caer de culo.

Se enderezó con rapidez y luego observó con morbosa fascinación cómo las vísceras se desparramaban sobre las baldosas, antes de que la pelambre negra se cerrara lentamente alrededor de la herida.

Navegó a la deriva por el mar de sangre ennegrecida, aferrando la cruz fuertemente con ambas manos, como si fuera un remo. Mientras contemplaba el pelaje, un cuarto de siglo de indignación y desolación pasó ante su vista en pocos segundos.

Pateó el cuerpo una vez. Luego, calzando los pies contra él e inclinándose hacia atrás con las manos apoyadas para equilibrarse, lo empujó.

Le demandó un poco de esfuerzo, pero al fin pudo hacer rodar a la bestia hasta que quedó de espaldas. Uno de los zapatos se le salió del pie con el movimiento: su taco puntiagudo ahora estaba enterrado en el cuero de la criatura.

—Miren qué bien.

Arrastró su pie protegido por la media por el charco pegajoso que rodeaba al mestizo.

Soltó el arma improvisada y, después de que ésta cayó sobre las baldosas con un ruido metálico, estudió atentamente la sangre que también cubría los pies de la figura de Cristo que la adornaba.

A pesar de su estado de ebriedad, no se le escapaba la ironía del crucifijo.

Veinticinco años atrás, después de consumar el matrimonio, el novio había salido a fumar y había desaparecido para siempre.

A la mañana siguiente, sobre la almohada que tendría que haber estado envolviendo sus rizos oscuros, ella había encontrado un paquete sin marcas, envuelto en papel marrón común de almacén y atado con hilo de bramante.

Pospuso la apertura, temerosa de la verdad que podría contener.

Después del primer mes, que ocupó buscando a su esposo, se dio cuenta de que, igual que Larry, su período menstrual también habia desaparecido.

Las lágrimas enjuagaron la sangre de su cara mientras se inclinaba hacia delante y comenzaba a acariciar el pelaje negro e hirsuto.

—Hijo de puta. Maldito hijo de puta de mierda.

Larry nunca había disimulado su ateismo incondicional, por lo tanto, cuando ella sacó el crucifijo de la cuna hecha de varias capas de papel tisú en la que anidaba, se quedó contemplándolo con confundida fascinación. Pasó meses tratando de descifrar su significado, al igual que el de la críptica nota que lo acompañaba, garrapateada por él mismo, con su puño y letra.

Así fue hasta que los gemelos alcanzaron la pubertad.

El pelo.

La sangre.

Los estigmas.

A través de sus hijos, el misterio finalmente se le había revelado.

Ella había anticipado esta noche durante veinticinco años, tanto con anhelo como con terror.

Metió la mano dentro de su escote para extraer la nota, rígida y amarillenta por los años.

Sus ojos pasearon una última vez por la escritura desvaída:


Mi queridísima Jenny:

No puedo explicarte nada, ni puedo decirte cuánto lamento tener que abandonarte de este modo. Siempre conserva a Cristo cerca de ti. Algún día, tú sabrás cuándo, mi regalo será tu salvación...

La había leído tantas veces que las palabras estaban grabadas en su corazón.

Abolló la nota y se la arrojó al cadáver, mientras las palabras que faltaban seguían resonando en su mente como un eco:


...porque hasta el hombre que es puro de corazón y reza todas las noches puede convertirse en lobo cuando florecen los acónitos1 y brilla la luna de otoño.

Tu amante esposo,
Lawrence Talbot


1 - Planta venenosa, cuyo nombre vulgar es “matalobos”. En la Edad Media se creía que era utilizada por las brujas. (N. de la t.)

Título Original: Silver Anniversary. © Stephen M. Wilson
Traducción: Claudia De Bella, © 2007


Stephen M. Wilson es Editor de Poesía de la revista Doorways. Sus obras han sido nominadas para los Premios Rhysling (5 veces), Dwarf Stars y John B. Baker. Fue finalista del Premio Escritores del Futuro de Ron Hubbard y obtuvo una Mención de Honor de Ellen Datlow en la edición 2006 del Year's Best Fantasy and Horror. Stephen tiene tres hijos adolescentes y vive en California.


Este cuento se vincula temáticamente con "1807", de Alejandro Alonso (112), "La danza de los espíritus", de Douglas B. Smith (122), "Fábula (con amor)", de Carlos Daniel J. Vázquez (148), "El llanto de los niños muertos", de Bernardo Fernández (111) y "Lobo", de Carlos Almira Picazo (175).


Axxón 178 - octubre de 2007
Cuento de autor norteamericano (Fantástico : Seres míticos : Hombres Lobo : Licántropo : EE.UU : Estadounidense).

            

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