EL BRUJO

Patricio Chaija

Argentina

Allá por el 2006, creo, un chico desapareció de este mundo. Yo era preceptor en la escuela a la que él concurría. Recibí una llamada del director y me dirigí al lugar. Cuando llegué en mi auto había un patrullero, una ambulancia, los chicos afuera del micro y curiosos.

Cuando estacioné y caminé hacia el grupo, el chofer, Juan Cruz, me vio y se acercó.

—Tuvimos un problema —dijo. Parecía esperar que se lo solucionase.

—Ajá —respondí sin mirarlo. Me había quitado los lentes oscuros e inspeccionaba la escena masticando una patilla de plástico, sin atreverme todavía a irrumpir en el juego. Los policías intervenían torpemente pero, como no sabían qué había ocurrido ni qué hacer, daban vueltas como títeres sin hilo.

—Vas a ir a ver, ¿no ┤cierto? —La voz de Juan Cruz era apremiante.

Me quedé un segundo más para angustiarlo. Cuando empecé a caminar hacia el micro azul y naranja creí ver que su cara se había iluminado.

Los curiosos —una chica y un chico en bicicleta, un hombre con su perro y un equipo masculino de básquet— hacían visera con una mano y cuchicheaban entre ellos.

—Hey, vos —me interpeló la chica de la bicicleta, que era rubia y con el pelo atado en una única cola alta en la nuca, al ver que iba hacia el micro—. ¿Qué pasa?

—Nada, nena —repuse sin mirarla, yendo sin prisa por el asfalto. Era setiembre y hacía calor—. Mejor seguí tu camino.

Pero, tal como esperaba, no me hizo caso. Su amigo, su novio, o no sé qué, que se debería hacer unas tremendas pajas a la noche pensando en ella, paseaba su mirada entre el culo de su amiga y el micro, con cara de largarse a llorar en cualquier momento.

Subí al micro y Juan Cruz me siguió. Llegué hasta la mitad y no encontré nada. Entonces, como yo empezaba a vagar la vista por los asientos vacíos, me tocó el hombro y señaló una ventanilla a dos filas del final. Estaba casi toda rota, y cuando me acerqué vi una mermelada rosa que recubría los bordes. La toqué con suavidad con las yemas de los dedos y se estiró un poco. Era seca, y no tenía cualidades de calor ni frío.

—¿Qué es eso? —susurró Juan Cruz.

No le respondí, me puse de pie y caminé hacia la puerta.

—Contáme lo que viste —le dije.

—Bueno, iba manejando hacia la escuela con casi todos los chicos que tenía que pasar a buscar en el micro, cuando oí un ruido, como que algo se hubiera arrojado contra la ventana, y después escuché un grito. Los chicos se pusieron de pie, todos miraban para atrás, yo les decía que se callaran, pero seguían gritando. Entonces vi por el espejo que un chico saltaba por la ventanilla.

—¿Por el espejo retrovisor lo viste?

—No, por el espejo que tengo para mirar adentro del micro.

—Pero enseguida miraste...

—Sí, enseguida miré por el retrovisor; pero el chico no estaba. Entonces frené acá, rápido, y me bajé para ver si se había lastimado.

—Pero el chico no estaba.

—Sí.

Con ese relato tenía suficiente. Tendría que preguntarle a Mario. Seguro que él sabía.

—Decime una cosa más, Juan. ¿Cómo se llamaba el chico?

—Eh... Mateo Suárez.

—¿Y a qué curso iba?

—A sexto.

—Bien.

Salimos del micro y caminamos por entre los chicos. La ambulancia se estaba yendo (había sido innecesaria). Los policías no tardarían en irse.

—Una cosa más —dijo Juan antes de que llegara a mi auto. Me detuve y me di vuelta.

—¿Qué?

—Cuando no lo encontré y volví a subir al colectivo, fui hasta donde había estado Mateo. La parte sin vidrio era una puerta rosa.

—¿Una qué?

Juan Cruz se encogió de hombros.

—Una puerta rosa... Un túnel. Qué sé yo.

Me quedé pensando un poco más. Se acordó de algo y dijo:

—Rompió el vidrio con el martillo que está bajo el letrero que dice: "En caso de emergencia rompa el cristal". Lo raro es que no lo oí.

Asentí y abrí mi coche.

—Bueno, gracias.

—Pero che, ¿qué hago con los chicos?

—Lleválos a la escuela, por supuesto. Pero que nadie se ponga al lado de esa ventanilla.

Asintió y me preguntó por última vez:

—¿Qué les vas a decir al director?

—No tengo la más puta idea —resoplé.

Mientras iba hacia la escuela pensé: "¿Habrá roto la ventanilla y se habrá tirado porque estaba en una emergencia? Qué lindo día, carajo. Y ni siquiera es mediodía."


Quise ir enseguida a ver a Mario y a los otros, pero un estúpido sentido del deber me llevó primero al despacho del director.

—¿Qué pasó, entonces? —me preguntó cuando puse mi presencia frente a él.

Le expliqué lo ocurrido. Durante mi enumeración de los hechos me causó gracia el estilo científico que utilizaba.

El director insinuó que debía hablar con los alumnos; le dije sí y fui, sin manifestarle que ya lo tenía pensado.

En el aula, Mario me dijo:

—Yo no sé.

Eso me hizo calentar. Otra vez con vueltas. No entendía que no tenía sentido hacer las cosas más difíciles.

Juno y Valentina me miraban torvas o desentendidas, y por un momento temí que me saltaran encima. Damián se hacía el que no prestaba atención, pero no me engañaba. La clase se completaba con Francisca y Silvio. Ellos estaban en su mundo, jugando a las cartas, en silencio. La clase especial era una táctica del director para sacarle plata al Estado. Sólo, claro, que él era el único que lo sabía, y yo.

Entre nosotros llamábamos a la clase como si fuera de Mario, o nos referíamos a "Mario y los otros". De alguna manera, ese chico era el jefe. Era quien había tenido la idea, quien los había iniciado.

—Vamos, Mario —le dije—. No juegues. Vi ese micro y estoy casi seguro de que alguna cosa sabés.

Sacó el labio inferior, obstinado, pero no dijo nada.

—¿Por qué no hablamos de algo? —pregunté.

Se encogió de hombros, y me miró.

Valentina empezó:

—Podemos hablar, eh... ¡de chicos!

—¿Y por qué no de conjuros? —dije. Pero por sus caras supe que no accederían tan fácil—. A los chicos no les gustaría hablar de hombres, supongo.

Por lo menos Juno sonrió con mi comentario, y Francisca levantó la vista.

—¿Vos hiciste algo, Silvio? —le preguntó Mario con la vista fija en mí.

Y llegó la voz de Silvio.

—No, yo no.

—Eso no demuestra nada —insistí—. Por ahí fue Juno. O Valentina, que está tan callada. —La aludida se movió, ofendida, pero no dijo nada—. Chicos, díganme: ¿Mateo era un brujo también?

—Tal vez —dijo Damián y sonrió, mirando al piso. A veces era irritante cómo me ignoraban.

—Tal vez, tal vez —repitió Juno con burla, y se puso a silbar.

—¿Alguien me quiere acompañar afuera y charlar en serio? —indagué.

—¿Afuera, para qué? —dijo Mario—. Si somos diferentes.

—Especiales —lo corrigió Damián.

No quise hacerle ver que eran libres de ir a sus respectivos cursos —1° y 2° polimodal— si así lo deseaban.

No les interesaba el hecho de que los demás supieran o no de sus cualidades. Sin embargo, era Mario quien insistía en que se cerraran, en referirse al mundo como "allá afuera".

—Bueno, chau —dije y me dirigí hacia la puerta, sabiendo que no les sacaría nada.

—Esperá, esperá —Valentina me atajó. Sonrió. Eso ya me pareció más cabal. No era normal que no sonriera constantemente—. Esperá que voy con vos.

Se ató el pelo, saludó y salimos.


—¿Por qué se quedan? ¿Por qué están juntos? —le pregunté cuando salimos del aula.

—La soledad, por supuesto —dijo mirando al frente con los ojos entornados. Como íbamos hacia la puerta del colegio, supuse que la luz del sol (de allá afuera) le molestaría en sus ojos claritos—. Todos les tenemos miedo a la soledad. Quizás si estamos con otros chicos nos discriminarían.

—Pero nadie sabe de sus poderes.

Me miró con un ojo.

—Sí, pero se pueden enterar. Además, si estamos juntos, tenemos más poder.

Con una mano en el picaporte, le dije:

—¿Vamos en mi auto a algún lugar a charlar? ¿O preferís caminar?

—Caminemos. Así nadie hablará que nos vieron juntos en tu auto.

Salimos a la mañana soleada. Comenzamos a caminar por la vereda.

—Ah, ya entiendo tu pregunta —continuó Valentina—. No nos domina, si a eso apuntabas.

—Sos inteligente.

—No me jodas.

—No fue ironía. Y no uses ese vocabulario conmigo. Seguro que con otros profesores no lo usás. Aunque no estemos en la escuela sigo estando a cargo tuyo.

Ella se encogió de hombros, con un aire un poco desafiante, pero no dijo nada.

—¿Sabés lo que pasó hoy a la mañana?

—No, ni me interesa.

Supuse que, al menos, la primera mitad de su respuesta era cierta.

Cruzamos de cuadra, para ir bajo el frescor de los árboles.

—¿Creés que alguno de ellos tuvo que ver? —me preguntó.

Me tomé un segundo antes de contestar: "Ellos", sus compañeros, bien podrían saber algo. Pero contesté:

—La verdad, no lo sé. Pero el chico desapareció. Había una cosa rosa en el vidrio roto.

—Sí, seguro que era magia. Pero quizá la hizo él, no sé.

Estábamos en un parque, muy cerca de la escuela, y estaba lleno de adolescentes. Como un ciervo macho que ostenta su cornamenta para que las hembras lo admiren y deseen por la calle, pasó un muchacho en moto a mucha velocidad, andando en una rueda. Muchas chicas lo miraron. Valentina también, pero ella arrugó la nariz, por el desagrado o el sol, no sé.

—¿Eso rosa era parte de un túnel?

—Sí. Pronto se va a desvanecer. En realidad, sólo se va a volver imperceptible, pero va a seguir estando como antes, como siempre; no sé.

—¿A dónde puede haber ido?

—A cualquier lado.

—Pero si voy a su casa, o a Irlanda, o a la Patagonia, ¿lo voy a encontrar? Quiero decir... ¿está en este mundo?

—No estoy segura. Pero lo más probable es que no. No sé.

—¿Podrías dejar de decir eso?

—¿El qué?

— "No sé".

—Bueno.

Sintiéndome hipócrita, dije:

—No deberían haberse hecho brujos.

Ahora ya está. Qué se puede hacer.

Miré mi reloj. Eran las doce y veintisiete.

—Volvamos a la escuela. Ya es casi la hora en que almuerzan los alumnos de EGB 3 y polimodal.

Sin decir palabra alguna, se dio vuelta y regresamos.

No almorzé en el comedor de la escuela, sino que retiré un café de la máquina y me senté en la sala de preceptores. La sala estaba vacía, ya que todos estaban comiendo en el patio o el comedor.

Estaba hundido en un sillón cuando se abrió la puerta. Al principio no pasó nada, pero luego apareció la cara de Mario. Barrió la habitación con gesto neutro y, al verme, se quedó inspeccionándome.

—¿Querés algo, Mario?

—Me acordé de algo —dijo. Pareció que iba a entrar, pero se quedó ahí. A las tres y media, por la calle Lorenzo, cerca de Avellaneda. Hay un negocio de mascotas. Mejor andá.

—¿Tiene algo que ver con lo de hoy a la mañana?

Mario no respondió. Me miró con cara dura y cerró la puerta lentamente.

El gran reloj cuadrado, verde y blanco, sobre la pared, indicaba la una de la tarde.

Antes de que me olvidara, tuve que pasar por lo del director. Pero no tenía nada nuevo para decirle. Salvo, por supuesto, que sus alumnos "especiales" no se hacían cargo de nada.

—Así que se lavan las manos —caviló. Se mordía un dedo. Pensé que tenía un aire despreocupado.

—¿Pudiste manejar a los padres?

—Sí, no hubo problemas. Al principio la madre estaba exaltada, pero cuando le hice ver que su hijo había huido del micro, se calló la boca y se puso pensativa. El marido parecía más piola. Digo, igual tenía cara larga, pero no incordió con preguntas.

Me miró y, tras adivinar mi cara, dijo: —Ah, claro, pero ellos no saben los prodigios que tenemos en nuestra clase especial. Me parece que no lo vamos a poder divulgar, todavía, como teníamos pensado. Va a haber que esperar.

—Aunque nada los relacione con ellos, igual van a ser sospechosos —dije—. Cuando se sepa que son brujos, algunos les echarán la culpa. Tenés razón; mejor esperamos un poco más.

—Pero todavía pueden ser ellos. No me parece que no lo sean.

—Sí, seguroque son ellos. No conozco a nadie más que se pusiera a jorobar con magia.

A las tres y cuarto, para mi felicidad, una maestra me encajó una nena para que la acompañara a la enfermería. La nena se había raspado las rodillas en el recreo, y tenía que acompañarla a que le pusieran una pomada y apósitos. La maestra se borró en seguida porque había dejado a la clase sola.

Tomé a Luján de la mano y fuimos a la pequeña salita. La nena gemía un poco mientras arrastraba sus zapatillitas por los pasillos de la escuela, con los ojos acuosos, pero ya no lloraba.

—A ver, a ver —decía la enfermera cuando aplicaba algo sobre la rodilla herida. Yo miraba el reloj con impaciencia. Y veinticinco pasada. Qué tarea simpática se me había encomendado. Y Mario me había dicho a las tres y media.

—¿Falta mucho? —le pregunté a la enfermera.

—No, si ya casi está —me respondió.

Cuando terminó, le dio a Luján un chupetín de naranja. La chica, agradecida, sonrió. La dejé en su aula, tomé mi auto y fui a la calle Lorenzo, cerca de Avellaneda.

Cuando llegué a esa intersección, ya se había pasado la hora que Mario me había dicho en la preceptoría.

Encontré el negocio de mascotas y bajé del auto. Cuando el vendedor me preguntó qué deseaba le dije que no estaba muy seguro. Y me reproché que fuera cierto y no tener una historia previa para intentar hacerme el detective. Salí a los pocos minutos, diciéndole que volvería si se me ocurría qué comprarle a mi sobrino de entre las mascotas que allí había visto. El hombre sonrió y me dijo que encantado, cuando usted guste.


Ilustración: Fraga

Caminando hacia mi auto miré a dos chicos que venían por la misma vereda hacia mí. Viraron para cruzar la calle en el mismo momento en que estiré la mano hacia la puerta y el sol hirió mis ojos y los tuve que cerrar. Lo podría haber dejado en la sombra, después de todo eran las cuatro y el sol estaba todavía fuerte. Cuando dirigí mi vista a la calle, noté que los chicos no estaban. No me preocupó mucho, pero cuando los advertí caminando y charlando en la vereda opuesta, comencé a pensar que ocurría algo raro.

Una chica que venía por la calle pedaleando en bicicleta en la dirección contraria me dio la respuesta. La pude ver mientras iba por la parte ensombrecida de la calle, pero al llegar adonde los edificios dejaban pasar al sol desapareció de mi vista. Cuando subió la vereda sombreada y aceleró, feliz, frente a las casas y dobló en la esquina, advertí que sólo la podía ver cuando iba por la sombra. No yo, sino ella. Una chica más grande —de dieciocho años, tal vez— pasó junto a mí cubierta con un pulover verde, mientras se tomaba el estómago, ocultando algo debajo de la lana. La chica parecía muy cansada.

Una mujer joven salió de la tienda de mascotas con un cachorrito color marrón claro. La seguí con la vista y cuando bajó de la vereda y no desapareció de mi vista mientras atravesaba la calle bañada de sol. Decidí subirme a mi auto y volver a la escuela. La mirada que me había devuelto la mujer era elocuente: parecía que la estaba observando un psicópata.

Los de la clase especial estaban todos en sus respectivas aulas. Por eso aproveché y le pedí al profesor que hiciera salir a Mario durante un segundo, que no iba a tardar mucho. Tenía que preguntarle algo.

En el pasillo inquirí:

—Bien, ¿qué se supone que fue lo que vi? ¿Una broma?

Mario pareció sorprenderse.

—No, para nada. Lo que viste fue real.

—¿Real? ¿Esos chicos que sólo son visibles en la sombra y transparentes al sol son reales?

—Sí. ¿Vos no los viste?

—Sí que los vi. Ahora yo me pregunto, ¿vos me hiciste verlos?

Tardó un poco en responder. Tal vez no sabía qué reacción podía tomar yo ante la afirmación de haber sido hechizado.

—Sí. Pero no fue una alucinación —se atajó—. Sólo te mostré algo que normalmente no podés ver... pero que siempre está. Te abrí el panorama, o la mente —se burló.

Entendí a dónde quería llegar, y por eso no le pregunté nada más. Le permití volver a su aula.

Una ciudad secreta. La perspectiva era más escalofriante de lo que se podía suponer, siempre un poco más. Y había cosas que era mejor no ver; quizás hasta costara caro el contemplar algo que saliera de lo tradicionalmente racional. Las calles tenían más habitantes de lo que parecía. Cuando yo me duchaba, alguien lo hacía conmigo, o sin mí; quién sabe cuántas personas dormían en mi cama. Cuando manejaba hacia el trabajo, seguro que el auto no estaba vacío, y ahora me daría vergüenza pasear por mi casa en calzoncillos.

Al llegar esa tarde a casa, después del trabajo, al no recibirme nadie en mi casa vacía —ya no más vacía, bah— pensé en las últimas palabras de Mario, y noté por primera vez la advertencia. Él me había dicho "Te mostré" porque en cuanto a su poder todos éramos inferiores. Mateo Suárez estaba en esa otra ciudad, cantando o gritando u horrorizándose, llorando o saltando, estaba en el otro mundo, en cualquiera de los otros. No sabía quién lo había dispuesto así, y mientras me ponía ropa más cómoda descubrí que poco me importaba.

Quizá la codicia por el poder me había hecho actuar como un lego durante todo el día. Me serví un vaso de cerveza y fui a golpear al ser en el fondo de mi patio trasero, esa especie de pulpo que mi impericia había invocado por error. Cuando lograra matar al pulpo de la tierra, como que enmendaría mi equivocación, y volvería a practicar de cero. Si practicaba con más cuidado pero con periodicidad, en pocos meses podría superara Mario, a ver si el mocoso ése seguía creyéndose tan importante.

Mientras el sol se ocultaba tras el paredón e intentaba mantener a raya los tentáculos, pensé en que me tenía que apurar, o pronto estaría a oscuras, y tendría que cenar a cualquier hora.



Patricio Chaija vive en Bahía Blanca, tiene 25 años, es profesor en Letras, en 2002-2003 fue narrador becado por la Fundaci˛n Antorchas. Esta es su primera publicación. Entre sus escritores preferidos están Henry James, Stephen King, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Abelardo Castillo.


Este cuento se vincula temáticamente con "LA LLAMADA DE CTHULHU", de H.P. Lovecraft (165), "LA GUARDIA NOCTURNA", de Carlos Abraham (149) y "ZARZA", de Santiago Eximeno (167).


Axxón 178 - octubre de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Brujería: Hechizos : Argentina : Argentino).

            

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