LOS PIRATAS FANTASMAS

(Clásico)

William Hope Hodgson

Inglaterra

LA COSA QUE SALIÓ DE LAS OLAS


Embarqué a bordo del Mortzestus en Frisco. Antes de firmar el contrato, había oído decir que los marineros contaban cosas raras sobre ese barco. Pero me encontraba como varado y tenía demasiada prisa por embarcar; no iba a preocuparme de aquellos dichos. En conjunto, por lo que hace a comer bien y dormir bien, podía pasar. Y cuando les pedía a los tipos que precisaran, por lo general no eran capaces de hacerlo. Sólo sabían decir que aquel barco tenía mala suerte, que había hecho travesías sin encontrar más que temporales, y siempre le tocaba mala mar. Había perdido dos veces la arboladura y se le había desarmado la carga. Además, le habían ocurrido una serie de accidentes que pueden pasar en cualquier barco, aunque no tienen nada de agradable. Sin embargo, todo eso eran cosas normales, y estaba dispuesto a correr esos riesgos con tal de poder volver a casa. Con todo, de haber sido posible, hubiera preferido embarcar en algún otro buque.

Cuando dejé mis trastos, comprobé que la tripulación estaba completa. Hay que tener en cuenta que al llegar a Frisco se habían despedido todos los tipos que iban a bordo, vamos, todos menos un jovencito, un londinense que se había quedado. Cuando lo conocí me dijo en seguida que tenía intención de cobrar la paga, aunque los demás no lo lograsen.

La primera noche que pasé a bordo pude constatar que entre los tripulantes era corriente hablar de lo raro que podía tener el barco. Charlaban de eso dándolo como por supuesto: había duendes. Pero todo se lo tomaban a risa. Todos, menos el chico de Londres —Williams—, que en lugar de reír con esas ocurrencias parecía tomarse la cosa en serio.

Me despertó la curiosidad. Empecé a preguntarme si tras las vagas historias que me habían contado no habría algo de real. Y aproveché la primera ocasión para preguntarle si tenía motivos para pensar que las historias de los marineros sobre el barco tenían algo de cierto. Al principio tendió a mostrarse reticente; pero pronto se puso a hablar sin rodeos. Me dijo que no sabía de ningún incidente particular que pudiese considerarse insólito en el sentido en que yo lo planteaba. Pero que había muchas cosas pequeñas que, al relacionarlas, daban que pensar. Por ejemplo, el hecho de que las travesías resultasen tan largas y el barco encontrase tan a menudo un tiempo de mil demonios. O eso, o sino calma chicha o viento de proa. Y pasaban más cosas aún. Velas que estaban bien aferradas, y él lo había comprobado, y a la noche se ponían a chasquear. Fue en ese momento cuando me dijo algo sorprendente.

—Hay demasiada sombras malditas rodeando el barco; te alteran los nervios como no he visto yo que lo haga ninguna cosa natural.

De repente, acababa de perder toda su compostura confiada; en seguida se volvió a mirar en torno.

—¡Demasiada sombras! —dije— ¿Qué quieres decir?

Pero se negó a explicarse, no me contó nada más. Se limitaba a menear la cabeza con aire estúpido. Repentinamente, se había puesto de mal humor. Yo estaba convencido de que se hacía el tonto a propósito. Creo que en realidad le daba algo de vergüenza haberse puesto a pensar en voz alta, y haber hablado de aquellas "sombras". Era ese tipo de hombre que, sin bien piensa, rara vez traduce sus pensamientos en palabras. De todos modos, yo tenía claro que era inútil seguir preguntando, y me callé. Con todo, durante varios días me sorprendí preguntándome qué habría querido decir aquel tío cuando habló de las "sombras".

Al día siguiente de embarcar habíamos dejado Frisco con buen tiempo. Soplaba una excelente brisa, que parecía a propósito para desvanecer todos los comentarios sobre la desgracia del barco. Y sin embargo... Durante las dos primeras semanas, no se produjo nada anormal. El viento se mantenía. Empezaba a estimar que en total había tenido mucha suerte al optar por aquel buque. La mayor parte de los hombres hablaban bien del barco, y comenzaba a pegar entre la tripulación la idea de que aquellas historias de duendes eran simplemente estupideces. Y entonces, en el momento en que me acostumbraba, ocurrió algo que me abrió los ojos terriblemente. Era el cuarto de las ocho a medianoche; me encontraba sentado a estribor, en los peldaños que suben al castillo. Hacía una noche espléndida y una luna magnífica. Oí que daban cuatro campanadas, y que respondía el vigía, un viejo llamado Jaskett. Cuando el que daba la horas soltó la rabiza de la campana, el vigía me vio allí sentado sin decir nada, fumando en pipa. Se inclinó por encima del empalletado a mirarme.

—¿Eres tú, Jessop? —preguntó.

—Eso parece —le contesté.

—Si esto fuese siempre igual, podríamos traer a bordo a nuestras abuelas y a todas las parientas con faldas —subrayó con aire pensativo, señalando con la mano de pipa aquel mar en calma y el cielo sereno.

No vi motivos para contradecirle, y él siguió:

—Si este viejo cascarón está encantado, como creen algunos, por lo visto, pues mira, lo que puedo decir es que ojalá tenga la suerte de ir a dar en otro igual. Buen jamar, bebida los domingos, tipos legales en el comedor de oficiales, todo en su sitio, vamos, que sabes el terreno que pisas. Y eso del encantamiento es una jodida imbecilidad. Yo he estado a bordo de un montón de barcos que decían que tenían duendes, y algunos sí tenían, pero no era ningún problema de fantasmas. Estuve en un barco en el que no podías pegar ojo si antes no habías revuelto todo el cuchitril para hacer una cacería en regla. A veces...

En aquel momento subía por la escalera del castillo de proa el relevo, un grumete, y el viejo se volvió a preguntarle: —¿Y por qué demonios no has venido un poco antes?

El marinero respondió algo que no entendí; porque de repente estos ojos, un tanto embotados por el sueño, habían percibido a proa algo extraordinario y desconcertante a la vez. Era simplemente la forma de un hombre que saltaba a bordo por encima de la batayola de estribor, un poco más a popa de los obenques del palo mayor. Me levanté, me así al barandal y miré.

Alguien dijo no sé qué detrás de mí. Era el vigía, que acababa de bajar del castillo e iba hacia popa a darle al contramaestre el nombre del relevo.

—¿Qué hay, marinero? —preguntó con curiosidad al ver mi actitud.

Aquello, lo que fuese, había desaparecido en la oscuridad de la cubierta, por el lado de sotavento.

—¡Nada! —respondí simplemente, pues estaba demasiado turbado por lo que acababa de ver como para poder decir más; necesitaba reflexionar.

El viejo lobo de mar me echó una mirada, se contentó con musitar algo y siguió su camino hacia el comedor de oficiales. Me quedé allí mirando tal vez un minuto, pero no pude ver nada. Luego caminé despacio hasta detrás de la camareta. Desde allí podía observar la mayor parte de la cubierta principal, pero no se veía nada, aparte de las sombras movedizas de los aparejos, las perchas y las velas que se agitaban a la luz de la luna. El viejo que acababa de dejar la vigía volvía ahora hacia proa y yo me encontraba solo en aquella parte de la cubierta. Y entonces, de repente, intentando penetrar en la oscuridad que había en el lado de sotavento, recordé lo que había dicho Williams: había demasiadas "sombras". En aquel momento yo les había dado muchas vueltas a esas palabras preguntándome qué querrían decir. Ahora, no me resultaba nada difícil comprenderlo. Efectivamente, había demasiado sombras. Sin embargo, las hubiese o no, por el bien y la tranquilidad de mi espíritu necesitaba determinar de una vez por todas si aquello que había creído ver saltar a bordo proveniente del océano era una realidad o simplemente un fantasma, digamos, nacido de la imaginación. Porque la razón me decía que era eso, un sueño fugaz —habría dormitado un momento—, pero algo más profundo que la razón me decía que no. Quise comprobarlo, y me metí de cabeza en las sombras. No había nada.

Me animé. El sentido común me decía que debía haberlo imaginado todo. Fui hasta el palo mayor y miré tras el cabillero que lo rodea en parte, y miré hacia abajo, en la oscuridad que reina en torno de las bombas; pero allí tampoco había nada. Entonces fui hasta debajo del saltillo de la toldilla. Estaba más oscuro que fuera. Examiné los dos lados de la cubierta y vi que allí no había nada que se pareciese a lo que buscaba. Me sentí reconfortado. Observé las escaleras de la toldilla, y me di cuenta de que por allí no podía subir nadie sin que le viesen el contramaestre y el que da la hora. Entonces, apoyé la espalda en el mamparo estanco y pensé en todo aquello, chupando la pipa y sin dejar de mirar la cubierta. Concluí la reflexión gritando en voz alta:

—¡No!

Sin embargo, no sé qué me pasó por la mente, que dije:

—A menos que...

Fui entonces a los mamparos estancos de estribor, y miré por encima, al mar; sólo se veía agua. De modo que me volví y seguí hacia proa. Triunfaba el sentido común. Estaba convencido de que la imaginación acababa de gastarme una jugarreta.

Llegué a la puerta de babor que da al castillo de proa y estaba a punto de entrar cuando algo me hizo volver. En cuanto miré atrás, me estremecí. Mas lejos, hacia atrás, había una sombra, allí, en la estela iluminada por la luna, que bailaba barriendo la cubierta, un poco por detrás del palo mayor.

Era la misma aparición que acababa de atribuir a mis imaginaciones. Tengo que reconocer que quedé algo abrumado. Incluso un poco aterrorizado. Ahora estaba convencido de que no era nada imaginario. Era una silueta humana. Y sin embargo, con el juego de luz y oscuridad producido por los rayos de la luna y las sombras al perseguirse, era incapaz de decir más que eso. Luego, parado allí, indeciso y bastante lleno de miedo, me dije que alguno debía de andar haciéndose el imbécil. ¿Por qué? ¿Qué pretendía? No me paré a pensarlo. Recibía con gusto toda sugerencia que pareciese compatible con el sentido común. De momento, me sentí aliviado. Eso no se me había ocurrido antes. Empecé a cobrar valor. Me acusé de soñar disparates; de no ser por eso, ya le habría pillado. Pero lo extraño era que, a pesar de todos esos razonamientos, seguía teniendo miedo de ir hacia popa a descubrir qué era lo que había a sotavento de la cubierta. Sin embargo, sentía que si no me atrevía merecía que me echasen por la borda. Por tanto, fui, pero sin demasiadas prisas, como podéis imaginar.

Había recorrido ya la mitad de la distancia que nos separaba y el personaje seguía aún allí, inmóvil y silencioso. A cada balanceo, se posaban en él la luz de la luna o las sombras. Creo que intenté hacerme el sorprendido. Si era uno de los tipos que andaba haciéndose el imbécil, tenía que haberme oído y, entonces, ¿por qué no escapaba a tiempo? Y ¿dónde podía haberse escondido antes? Me hacía estas preguntas una detrás de otra, embarulladamente, con una curiosa mezcla de duda y confianza, entretanto me iba acercando, ¿sabéis? Había dejado ya atrás la camareta y me encontraba a menos de doce pasos cuando de repente la silueta silenciosa dio tres rápidas zancadas hacia el empalletado de babor y pasó por encima para echarse al mar.


Ilustración: Valeria Uccelli

Me precipité hacia aquel lado y miré por encima de la batayola, pero no otra cosa que la oscura mole del navío desplazándose por el mar iluminado por la luna. Sería imposible decir cuánto tiempo estuve allí mirando la superficie del agua, desconcertado. Al menos un minuto, sin duda,. Estaba horriblemente despistado. El carácter extranatural de aquello era tan brutal que según mis razonamientos tenía que ser sólo un capricho de la imaginación... Supongo que estaba pasmado y en cierto modo aturdido.

Pasé, pues, unos momentos mirando las profundidades de la aguas sombrías de debajo del casco. Luego volví a mi estado normal. El contramaestre lanzaba esta orden:

—¡Braza de trinquete a sotavento! Llegué a las brazas como un sonámbulo.



LO QUE VIO TAMMY, EL PILOTÍN


A la mañana siguiente, durante mi cuarto de cubierta, observé las zonas por las que había subido a bordo y se había ido aquella cosa extraña; pero no encontré nada anormal, ningún indicio que pudiese ayudarme a comprender el misterio de aquel desconocido.

Luego, durante varios días, todo estuvo tranquilo; sin embargo, las noches yo vagaba por las cubiertas intentando descubrir algo que pudiese arrojar alguna luz sobre la cuestión. Llevaba cuidado de no decir a nadie lo que había visto. De todos modos, estaba seguro de que se habían burlado de mí.

Así transcurrieron varias noches, sin avanzar un solo paso en aclarar el caso. Pero entonces, durante el cuarto de medianoche, ocurrió algo.

Me tocaba estar al timón. Tammy, uno de los pilotines que navegaban por primera vez, daba la hora yendo y viniendo por el lado de sotavento de la popa. El contramaestre fumaba su pipa, apoyado en el saltillo de la toldilla. El tiempo seguía siendo apacible, y la luna, aunque ya declinaba, todavía era suficiente para resaltar los detalles de todo lo que había en la popa. Habían dado la hora tres veces, y tengo que confesar que tenía sueño. En realidad, creo que debí dormirme, porque el viejo navío se manejaba muy fácilmente; tenía poquísimas cosas que hacer, aparte de corregir el rumbo de cuando en cuando con un pequeño golpe de gobernalle. Y entonces, de repente, me pareció que me llamaban por mi nombre, en voz baja. No estaba seguro. Primero eché una mirada hacia adelante, a donde estaba el contramaestre, y luego a la bitácora. El rumbo era correcto, y esto me alivió. Pero luego, de repente, oí otra vez lo mismo. No cabía duda, miré a sotavento. Entonces vi que Tammy pasaba la mano por encima del gobernalle para tratar de tocarme el brazo. Estaba a punto de preguntarle qué quería cuando levantó un dedo para pedirme silencio; señaló algo hacia adelante, por el lado de la popa que se encontraba a sotavento. En la penumbra pude ver que había palidecido y se encontraba muy agitado. Miré algunos segundos en la dirección que me indicaba, pero no pude ver nada.

—¿Qué ocurre?—pregunté a media voz tras haber mirado otros dos minutos sin resultado—. No veo nada.

—¡Chsst! —murmuró sin mirarme. Luego, de repente, con un pequeño impulso, saltó por encima de la caja del timón y vino a colocarse delante de mí, temblando de pies a cabeza. Parecía seguir con la mirada a sotavento de tal forma que me hizo pensar que veía algo insólito.

—¿Qué te sucede? —pregunté en tono enérgico. Entonces me acordé del contramaestre. Seguía adelante, en el lugar donde hacía guardia. Estaba de espaldas, no había visto a Tammy. Entonces me volví hacia el muchacho—. ¡Por el amor de Dios, rehazte antes de que te vea el contramaestre! —le dije—. Si quieres decir algo, dímelo desde el otro lado de la caja del timón. Habrás soñado.

Mientras le hablaba, aquel golfillo seguía agarrándome la manga; y con la otra mano señalaba el carretel, gritando:

—¡Viene! ¡Que viene!

En el mismo instante, el contramaestre corría hacia popa a preguntar qué ocurría.

Entonces, de repente, vi agachada bajo la batayola, al lado del carretel, una cosa que parecía un hombre; pero tan ahogada en niebla y tan irreal, que apenas podía decir que la había visto. Sin embargo, se me vino a la memoria, como un relámpago, aquella silueta que yo había visto una semana antes, al resplandor vacilante del claro de luna.

El contramaestre llegó a mi altura y se lo señalé sin decir nada, pero al mismo tiempo sabía que él no podría ver lo que veía. (Es extraño, ¿no?) Y luego, en un abrir y cerrar de ojos, dejé de ver aquello y sentí que Tammy me apretaba con fuerza las rodillas.

El contramaestre siguió mirando un instante el carretel, y luego se volvió socarrón hacia mí.

—Supongo que dormíais los dos, ¿no? —Sin aguardar a que le contestase que no, le dijo a Tammy que dejase de dar sacudidas si no quería que lo echase por la borda a fuerza de patadas en el trasero.

Volvió en seguida al saltillo de la toldilla, encendió la pipa, midió el puente con sus pasos durante algunos minutos, lanzándome de vez en vez extrañas miradas medio escépticas, medio intrigadas.

Cuando más tarde me relevaron, me fui lanzado a la litera del pilotín. Tenía prisa por hablar con Tammy. Me atormentaban montones de preguntas y no sabía qué hacer. Le encontré acurrucado sobre un cofre; con la barbilla sobre las rodillas, clavada en la puerta una mirada de terror. Cuando asomé la cabeza, se sobresaltó. Al ver quién era se distendió un poco.

—Entra —dijo muy bajito, con una voz que me esforzaba por calmar. Pasé por encima del colgadizo y me senté delante de él, en otro cofre—. ¿Qué era eso? —preguntó, poniendo pies en la cubierta e inclinándose hacia adelante—. ¡Por el amor de Dios! ¡Dime qué era!

Había elevado el tono. Extendí una mano para advertirle.

—¡Chsst! ¡Que vas a despertar a los demás!

Repitió la pregunta en voz más baja. Antes de contestarle, dudé. En seguida tuve la impresión de que era mejor negar todo, decir que no había visto nada fuera de lo normal.

Respondí lo que se me ocurrió.

—¿Qué era eso? ¿Qué era que? Si es lo que venía a preguntarte. Con tu crisis de tontería histérica nos has hecho pasar por un par de imbéciles sin remedio.

Acabé esta observación en tono colérico.

—¡No es cierto! —respondió con un murmullo vehemente—. Y tú lo sabes muy bien. Tú mismo lo has visto. Se lo has señalado al contramaestre. Te he visto.

El miedo, la vejación y mi incredulidad habían puesto al hombrecillo al borde de las lágrimas.

—¡Sandeces! —repliqué—. Tú sabes que te habías dormido cuando tenías que dar la hora. Tuviste un sueño y despertaste sobresaltado. Estabas descompuesto.

Había decidido hacer todo lo posible para tranquilizarle. Sin embargo, ¡Dios! Falta me hacía tranquilizarme a mí. Si él hubiese sabido qué había visto yo otra noche en la cubierta principal, ¡no veas!

—Estaba tan poco dormido como tú —dijo en tono agresivo—. Y lo sabes. Lo único que quieres es engañarme. Este barco está encantado.

—¿Qué? —dije tajante.

—Está encantado —repitió—. Está encantado.

—¿Quién ha dicho eso? —pregunté con tono incrédulo.

—Yo. Y tú lo sabes. Todo el mundo lo sabe; pero los demás sólo se lo creen a medias... Yo estaba igual que ellos hasta esta noche.

—¡Menuda majadería! —respondí—. Eso es un montón de historias fantásticas de viejos lobos de mar. Está tan encantado como yo.

—No es ninguna majadería —respondió, muy lejos de haberse convencido. Ni son historias de viejos lobos de mar... ¿Por qué no reconoces que lo has visto? —gritó, cada vez más exaltado, a punto de deshacerse en lágrimas y levantando de nuevo la voz.

Le dije que iba a despertar a los que dormían.

—¿Por qué no quieres reconocer que lo has visto? —repetía. Me levanté y fui hacia la puerta.

—¡Eres un crío idiota! —le dije—. Y te recomiendo que no vayas por las cubiertas diciendo tonterías. Créeme, vuelve a acostarte y echa un sueñito. Vas a perder la chaveta. Mañana te darás cuenta de que te has portado como un obtuso.

Volví a pasar por encima del coyadizo y lo dejé. Creo que me siguió hasta la puerta para decirme algo; pero yo me encontraba ya a mitad de camino del castillo.

Durante los dos días siguientes evité tanto como pude al muchacho; procuraba que no me pillase cuando estaba solo. Estaba decidido a convencerle, en la medida de lo posible, de que aquella noche se había equivocado al creer que veía algo. Sin embargo, no sirvió de mucho, como se verá muy pronto. Pues la noche del segundo día hubo nuevos hechos que hicieron inútil toda negativa por mi parte.



EL HOMBRE EN EL PALO MAYOR


Ocurrió durante el primer cuarto, inmediatamente después de la sexta campanada. Yo estaba a proa, sentado en el cuartel de trinquete. En la cubierta principal no había nadie. La noche era excepcionalmente hermosa: el viento se había calmado y había un gran silencio a bordo.

De repente oí la voz del contramaestre:

—¡Ahí, en el aparejo del palo mayor! ¿Quién sube?

Estaba sentado, y presté atención. La única respuesta a la pregunta fue un denso silencio. Se oyó de nuevo la voz del contramaestre. Estaba visiblemente indignado.

—¡Diablos! ¿Me oyes? ¿Qué demonios haces ahí arriba? ¡Baja!

Me levanté y fui a barlovento. Desde allí podía ver el saltillo de la toldilla. El contramaestre estaba junto a la escalera de estribor, parecía mirar algo que a mí las velas de gavia no me dejaban ver. Mientras miraba, saltó de nuevo:

—¡Infiernos y condenación! ¡Maldito marino de agua dulce, baja de ahí cuando yo te lo mando!

Brincaba de impaciencia; repitió la orden con furor. Pero no hubo respuesta. Se dirigió hacia atrás. ¿Qué había sucedido? ¿Quién había trepado por la arboladura? ¿Quién podía ser tan idiota de hacerlo sin haber recibido órdenes? Entonces me asaltó una idea. La silueta que Tammy y yo habíamos visto. ¿Habría visto el contramaestre alguna cosa... algo? Eché a correr, pero tuve que detenerme en seguida. Se acababa de oír el silbato agudo del contramaestre; llamaba a los hombres de cuarto y corrí al castillo de proa a despertarles. Un minuto más tarde corría con ellos a popa a ver qué quería.

—¡Que uno de vosotros suba al palo mayor, y rápido! Que vea quien es el maldito cretino que está allá arriba. Y qué mal está tramando.

—Sí... sí, contramaestre... —gritaron varios hombres como respuesta; hubo dos que saltaron a los aparejos de barlovento. Fui con ellos y los demás se disponían a seguirnos. Pero el contramaestre gritó que alguien subiese por el lado de sotavento, por si acaso el tío intentaba bajar por aquel lado. Mientras seguía a los otros dos hacia arriba, oí que el contramaestre le decía a Tammy, que daba la hora, que bajase a la cubierta principal con otro pilotín a vigilar los obenques.

Tammy dudaba.


—¿Y bien? —preguntó el contramaestre con tono severo.

—Nada, contramaestre —dijo Tammy, dirigiéndose hacia la cubierta principal.

El primero de los que subían por el lado del viento había llegado a los baos de gavia. Tenía ya la cabeza por encima de la cofa y echó una mirada, antes de aventurarse a subir más.

—¿Ves algo, Jock? —Y trepó a la gavia, con lo que dejé de verle.

El tío que iba delante de mí le siguió. Alcanzó el aparejo de los baos de gavia y se detuvo a escupir. Estaba justo debajo de él, y se dirigió a mí.

—A todo esto, ¿quién anda ahí arriba? —dijo—. ¿Qué ha visto? ¿A quién perseguimos?

Le contesté que no sabía nada, y él se lanzó al aparejo del palo de gavia. Le seguí. Los tíos de sotavento se encontraban casi al mismo nivel que nosotros. Por debajo del seno de la gavia, podía ver a Tammy y al otro pilotín en la cubierta principal, mirando hacia arriba.

El personal estaba un tanto excitado, pero al mismo tiempo bastante deprimido; sin embargo, me inclino a creer que se debía más bien a la curiosidad y tal vez a una cierta conciencia de que en todo aquello había algo raro. Al mirar hacia el lado de sotavento me di cuenta de que había cierta tendencia a no perderse de vista unos a otros, cosa que me pareció muy bien.

—Será un jodido polizón —sugirió uno.

Me apunté inmediatamente a la idea, pero al cabo de un momento tuve que rechazarla.

Recordaba que la primera cosa que yo había visto había pasado por encima de la barandilla para saltar al mar. Aquel caso no podía explicarse con la historia de un polizón. Por tanto, me sentía inquieto y curioso. Esta vez no había visto nada. ¿Por qué había podido verlo el contramaestre? No entendía. ¿Estábamos persiguiendo a seres imaginarios o realmente había algo real allí en las sombras, sobre nosotros? Mi pensamiento voló hacia aquella cosa que Tammy y yo habíamos visto junto al carretel. Recordé que en aquella ocasión el contramaestre no había podido ver nada. Y que eso nos había parecido natural. Volví a rumiar la palabra "polizón". Al fin y al cabo, eso podría explicar todo. Esto habría...

Mis pensamientos se vieron bruscamente interrumpidos. Uno de los hombres gritaba y gesticulaba.

—¡Lo veo! ¡Lo veo! —Señalaba algo que estaba encima de nuestras cabezas.

—¿Dónde? —preguntó el que estaba encima de mí

Yo miraba hacia arriba tanto como podía. Sentía cierto alivio. "O sea que es real", me decía. Volvía la cabeza en todas direcciones, escudriñando las jarcias de encima. Seguía sin ver nada; sólo la oscuridad y las manchas de luz.

Oí abajo la voz del contramaestre.

—¿Lo habéis atrapado? —decía.

—Todavía no, contramaestre —exclamó el hombre que estaba más abajo a sotavento.

—Se lo ve —añadió Quoin.

—Yo, no —dije.

—Está otra vez ahí —dijo él.

Habíamos llegado al aparejo del juanete y señalaba la verga del sobrejuanete.

—Eres un imbécil, Quoin. Totalmente imbécil.

Eso venía de arriba. Era la voz de Jock. Hubo un coro de carcajadas a cuenta de Quoin.

Ahora podía ver a Jock. Estaba de pie en el aparejo, justo debajo de la verga. Había ido directamente arriba, mientras los demás vagaban por la gavia.

—Eres un imbécil, Quoin —repitió de nuevo—. Y estoy por pensar que el contramaestre también está tocado.

Empezaba a bajar.

—Entonces, ¿no hay nadie? —pregunté.

—No.

Cuando llegamos a cubierta, vino el contramaestre corriendo desde la popa. Se dirigió hacia nosotros con el aspecto de quien espera algo.

—¿Lo tenéis? —preguntó lleno de confianza.

—No había nadie —dije.

—¡Cómo! —Casi aullaba—. Vosotros me ocultáis algo —siguió furioso, mirándonos de uno a uno—. Vamos, ¡soltad! ¿Qué era?

—No escondemos nada —respondí, tomando la palabra por todo el grupo—. Allí arriba no hay nadie.

El contramaestre nos fue mirando.

—Entonces, ¿soy un imbécil? —preguntó en tono despreciativo.

Hubo un silencio de aprobación.

—Lo he visto con mis propios ojos —continuó—. Y Tammy, aquí presente, también lo ha visto. Todavía no había pasado la gavia cuando le vi la primera vez. No había posibilidad de equivocarse. Es una idiotez decir que no estaba ahí.

—Pues bien, contramaestre, no, no está —contesté— Jock ha subido hasta lo alto de la verga del sobrejuanete.

El contramaestre tardó en responder; dio unos pasos hacia atrás y levantó la vista hacia lo alto del palo mayor. Entonces se volvió hacia los dos pilotines.

—Muchachos, ¿seguro que ninguno de los dos le ha visto bajar del palo mayor? —preguntó con aire desconfiado.

—No, contramaestre —respondieron ambos al mismo tiempo.

—De todos modos —murmuró para sí, pero le oí—, de haber bajado, yo le habría visto.

—Contramaestre, ¿tiene usted alguna idea de a quién ha visto? —le pregunté en aquel momento crucial.

—¡No! —dijo.

Estábamos todos allí, callados, aguardando a que nos soltase; él reflexionaba.

—¡Rediez! —exclamó de repente—. Se me habría tenido que ocurrir antes.

Se volvió a pasar revista con la mirada.

—¿Estáis todos ahí? —preguntó.

—Sí, contramaestre —contestamos a coro. Pude ver que nos contaba. Luego habló de nuevo.

—Vosotros, quedaos donde estáis. Tammy, tú te vuelves a tu sollado y compruebas si los demás están en la litera. Luego, vuelves a decírmelo. Ve rápido, ya.

Mientras el muchacho se iba, el contramaestre se volvió hacia el otro pilotín.

—Tú vas corriendo al castillo de proa —dijo—. Cuenta a los hombres del otro cuarto; y luego vienes a darme cuenta. El muchacho desapareció en dirección al castillo. Tammy volvía ya del sollado para anunciar al contramaestre que los otros dos pilotines dormían a pierna suelta. El contramaestre le mandó inmediatamente a ver si el carpintero y el velero estaban acostados.

Mientras andaba en eso, volvió el otro a anunciar que todos los hombres estaban en sus literas y dormían.

—¿Seguro? —preguntó el contramaestre.

Totalmente, contramaestre. Éste hizo un gesto rápido.

—Ve a ver si el camarotero está en su litera —dijo en seguida. Me di muy bien cuenta de lo tremendamente intrigado que estaba.

"Todavía le queda mucho por aprender, señor contramaestre", dije para mis adentros. Y me pregunté qué conclusiones sacaría.

Unos segundos más tarde, Tammy volvió a anunciar que el carpintero, el velero y el "doctor" se encontraban acostados. El contramaestre masculló algo y le dijo que bajase a la cámara a ver si por casualidad estaban allí el segundo y el segundo contramaestre, y por tanto no estaban acostados. Tammy echó a andar, pero se detuvo.

—Ya que voy allí, ¿quiere que eche una mirada donde el Viejo, para ver si está? —preguntó.

—¡No! —dijo el contramaestre—. Haz lo que te digo y ven a decirme. Si tiene que ir alguien, seré yo.

—Bien, contramaestre —dijo, yéndose para popa.

Luego vino el otro pilotín a decir que el camarotero estaba en la litera y quería saber por qué demonios se paseaba alguien por allí.

El contramaestre estuvo cerca de un minuto sin decir palabra. Luego se volvió hacia nosotros y nos dijo que podíamos ir a proa.

Nos fuimos todos juntos hablando a media voz. Entonces llegó Tammy desde popa y se acercó al contramaestre. Oí que anunciaba que los otros dos oficiales se encontraban dormidos en sus literas. Luego añadió, como dudando:

—Y el viejo también está.

—Creí haberte dicho... —empezó el contramaestre.

—Si no he ido, contramaestre —dijo Tammy—. Tenía abierta la puerta del camarote.

El contramaestre se fue para atrás. Cacé un fragmento de lo que le decía a Tammy:

—... para toda la tripulación. Soy...

Subía a la toldilla. No pesqué nada más.

Me había rezagado y me apresuré a unirme a los demás. Nos acercábamos al castillo de proa cuando sonó la campana; despertamos a los del relevo y le contamos la diversión que habíamos tenido.

—Pues, la verdad —observó uno—, es que eso no anda muy bien.

—Desde luego —dijo otro—. Estaría dormitando y soñó que su suegra había venido a hacerle una visita de cortesía.

La suposición desencadenó una crisis de hilaridad, y me sorprendí sonriendo con los demás; sin embargo, no tenía ningún motivo para compartir su convicción de que todo aquello no tenía base.

—Habría podido ser un polizón, ¿sabéis? —le observó Quoin (que antes ya había dicho lo mismo) a uno de lo marineros de segunda clase, llamado Stubbins, un tipo pequeño y bastante oso.

—Sí, por ti podría ser incluso el diablo en persona —contestó éste—. Los pasajeros clandestinos no hacen imbecilidades como ésa.

—No sé —dijo el otro. Habría tenido que preguntarle al contramaestre qué le parecía la idea.

—En todo caso, yo descartaría lo del polizón —dije por decir algo—. ¿Qué iría a buscar un polizón en la arboladura? Apuesto a que más bien buscaría la despensa.

—Eso mismo; sin falta —dijo Stubbins. Encendió la pipa y se puso a echar bocanadas, lentamente—. De todos modos, yo no entiendo —declaró tras un instante de silencio.

—Y yo tampoco —dije. A continuación me quedé un momento en silencio para escuchar por dónde seguía la conversación.

Poco después, mi mirada tropezó con Williams, el hombre que me había hablado de las "sombras". Estaba sentado en la litera, fumando, y no pretendía meterse en la conversación.

Fui donde él.

—¿Qué piensas de esto, Williams? —le pregunté—. Tú, ¿crees que el contramaestre ha visto algo de verdad?

Me miró con semblante vagamente inquieto, pero no respondió.

Ese silencio me molestó un poco; pero procuré no mostrarlo. Al cabo de un momento, seguí.

—Mira, Williams, empiezo a comprender lo que querías decir aquella noche que me hablaste de que había demasiadas sombras.

—¿A qué te refieres? —preguntó sacándose la pipa de la boca y con aspecto de gran sorpresa.

—Pues lo que te digo. Que hay demasiadas sombras.

Se sentó, se echó por delante, extendió la mano que sostenía la pipa. La mirada revelaba claramente lo excitado que estaba.

—¿Has visto...?

Dudaba, me observaba, luchaba interiormente por lograr explicarse.

—Bien... —dije, para que siguiese.

Tal vez luchó durante un buen rato por decir algo. Luego dejó de tener aquel aspecto misterioso y la expresión indefinible para adoptar un aire decidido y amenazador.

—¡Que el diablo me lleve si no consigo que me den la paga, con sombras o sin ellas!

Lo contemplé asombrado.

—¿Y esto qué tiene que ver con que te den la paga —pregunté?

Meneó la cabeza con una especie de resolución impasible.

—Escúchame —dijo.

Yo aguardaba.

—La tripulación desembarcó —hizo con la pipa y la mano un gesto hacia atrás.

—En Frisco, quieres decir.

—Sí. Y sin ver un solo céntimo de la paga. Yo me quedé. De repente, comprendí.

—Entonces, ¿quieres decir que habían visto... —dudé, pero al cabo me decidí a decir—: ...sombras?

Asintió en silencio.

—¿O sea que todos se fueron sin blanca?

Asintió de nuevo y se puso a dar golpecitos con la pipa en el borde de la litera.

—¿Y los oficiales y el patrón? —pregunté.

—Son nuevos —dijo. Y saltó de la litera. Porque daban ocho campanadas.



CONFUSIONES EN EL VELAMEN


El viernes por la noche el contramaestre había mandado a los hombres de cuarto palos arriba en busca del hombre que había subido al mástil mayor. Luego, durante cinco días, se habló poco de eso. Aparte de Williams, Tammy y yo, nadie parecía tomarse aquello en serio.

Aunque tal vez no tendría que excluir a Quoin, que seguía afirmando en todo momento que había un polizón a bordo. En cuanto al contramaestre, actualmente pienso que empezaba a darse cuenta de que había algo más profundo y difícil de comprender que lo que había imaginado al principio. Sé que de todos modos tenía que guardar para sus adentros las hipótesis y opiniones, aún confusas, porque el Viejo y el segundo le escarnecían sin piedad a cuenta de su "fantasma". Eso, lo sabía por Tammy, que les había oído baquetearle durante el segundo cuarto pequeño del día siguiente. Tammy me contó también otra cosa que demostraba lo preocupado que andaba el contramaestre por su incapacidad para comprender la forma misteriosa que había visto trepar a la arboladura. Le había dicho a Tammy que le describiera con todo detalle lo que había visto cerca del carretel. Es más, en ningún momento había aparentado el contramaestre tomarse la cosa a la ligera, o en burla. Había escuchado con mucha seriedad, y luego le había acribillado a preguntas. A mí me resulta evidente que se orientaba hacia la única conclusión posible. Sin embargo, Dios sabe que era una conclusión claramente improbable.

Los que, como yo, sabían, tuvieron nuevos motivos de miedo el miércoles por la noche, después de esos cinco días de habladurías que he dicho. Pero entiendo perfectamente que en aquel momento los que todavía no habían visto nada no encontrasen en lo que voy a contar motivos particulares de terror. Sin embargo, quedaron intrigados, sorprendidos, y es posible que, a fin de cuentas, un poco asustados. Era un asunto en que muchas cosas resultaban inexplicables, aunque otras muchas eran naturales y normales. En definitiva, sólo se trataba de una vela que se había desplegado espontáneamente y se había puesto a chasquear al viento. Pero esto vino acompañado por detalles significativos... a la luz de lo que habíamos visto Tammy, el contramaestre y yo, claro.

Habían dado siete campanadas, y luego otra, durante el primer cuarto, y nuestra guardia tenía que despertar para relevar a la del segundo. La mayor parte de los hombres habían saltado de la litera, se habían sentado en el cofre y estaban vistiéndose. De repente, asomó la cabeza por la puerta de babor uno de los pilotines del otro cuarto.

—El segundo quiere saber quién de vosotros cargó el sobrejuanete de trinquete en el cuarto anterior —dijo.

—¿Y por qué quiere saberlo? —preguntó uno de los hombres.

—Porque el lado de sotavento se ha desplegado —dijo el pilotín—. Y dice que el tío que lo haya cargado tiene que subir a arreglarlo en cuanto venga el relevo.

—¡Ah! ¿Hay que arreglarlo? Pues mira, yo no he sido —contestó el hombre—. Mejor pregunta a los demás.

—¿Preguntar qué? —dijo Plummer, que salía de la litera muy dormido aún.

El pilotín repitió el encargo.

El hombre bostezó y se desperezó.

—Vamos a ver —murmuró, rascándose la cabeza con una mano mientras con la otra se ponía la pernera del pantalón—. ¿Quién cargó el sobrejuanete de trinquete? —Se había puesto los pantalones y se levantó—. Pues, naturalmente, el grumete. ¿Quién quiere que sea?

—Sólo quería saber eso —dijo el pilotín, y desapareció.

—¡Vamos! ¡Tom! —gritó Stubbins al tercera clase—. Despiértate, tranquilo. El segundo acaba de mandar recado preguntando quién había cargado el sobrejuanete. Anda ahí dando vueltas al ciento, y dice que en cuanto den las ocho campanadas subas a aferrarlo como es debido.

—¡Que se ha desplegado! —dijo—. Pero si no hay mucha brisa; y yo tomé bien los rizos debajo de las vueltas.

—Tal vez haya algún rizo podrido y haya cedido —planteó Stubbins—. De todos modos, mejor que te despabiles, porque van a dar los ocho toques.

Efectivamente, los daban un minuto más tarde, y fuimos todos a juntarnos para el recuento. En cuanto terminó, vi que el segundo se dirigía al contramaestre para decirle algo.

Entonces, el contramaestre gritó:

—¡Tom!

—Contramaestre —respondió Tom.

—¿Fuiste tú el que cargó el sobrejuanete de trinquete en el cuarto anterior?

—Sí, contramaestre.

—¿Y cómo se ha desprendido?

—No me lo explico, contramaestre.

—Pues el caso es que anda suelto. Ya sabes lo que te toca. Sube y dale la vuelta al rizo, Y esta vez procura hacerlo mejor.

—Sí, contramaestre —dijo Tom, siguiéndonos hacia proa.

Al llegar al aparejo de trinquete, trepó y se puso a subir con tranquilidad. Le veía con mucha claridad porque la luna, aunque menguada, todavía brillaba en el cielo limpio.


Ilustración: Valeria Uccelli

Fui hasta el cabillero, por el lado del viento, y me apoyé. Contemplaba a Tom, llenando la pipa. Los otros se habían vuelto al castillo de proa, lo mismo los que habían estado de cuarto que los que acababan de subir. O sea que yo estaba solo en la cubierta principal. Sin embargo, al cabo de poco vi que estaba equivocado. Porque en el momento en que me ponía a lascar vi a Williams, el joven londinense, que venía debajo de la camareta de sotavento y daba vuelta para ver al grumete que subía tranquilamente. Me sorprendió un poco, porque sabía que tenía entre manos una partida de póquer con otros tres, y que ya había ganado más de sesenta libras de tabaco. Iba a abrir la boca para preguntarle por qué no estaba jugando cuando recordé nuestra primera conversación. Recordé que me había dicho que siempre era por la noche cuando las velas se desplegaban solas. Entonces recordé la incomprensible insistencia con que había pronunciado esas palabras. Y de repente sentí mucho miedo. Porque enseguida me chocó que con un tiempo tan magnífico, con tanta calma, pudiese desplegarse sola una vela, por mal aferrada que estuviese. Me sorprendió no haber caído en la cuenta de lo curioso e insólito del caso. Si hace buen tiempo, las velas no se sueltan solas, con mar en calma y el barco estable como una roca. Me aparté del cabillero y fui adelante de Williams. Él sabía, o al menos adivinaba, algo que para mí resultaba completamente oscuro en aquel momento. Allí arriba el muchacho trepaba, pero ¿qué encontraría? Eso era lo que más miedo me daba. ¿Tenía que decir todo lo que sabía o sospechaba? Pero ¿a quién? Se me reirían en las barbas, y...

Williams se volvió a hablarme.

—¡Dios! —dijo—. ¡Ya empezamos otra vez!

—¿Cómo? —le pregunté, aunque sabía muy bien qué quería decir.

—Esas velas —respondió haciendo un gesto en dirección al sobrejuanete.

Eché una mirada rápida. Todo el lado de sotavento de la vela flotaba porque el rizo se había soltado. Más abajo, vi a Tom; iba a izarse hasta el aparejo del sobrejuanete.

Fue Williams el que volvió a hablar.

—Al venir perdimos a dos exactamente de la misma forma.

—¿A dos hombres? —exclamé.

—Sí —dijo él simplemente.

—No comprendo —seguí—. Nunca había oído una cosa así.

—¿Y cómo ibas a oír hablar de eso? —preguntó él.

No le contesté. A decir verdad, casi ni le oí, porque acababa de ocurrírseme que era absolutamente necesario aclarar aquello.

—He decidido que voy a decirle al contramaestre todo lo que sé —dije—. Él también vio algo que no puede explicarse, y... de todas, todas, no puedo aguantar esta situación. Si el contramaestre supiese todo...

—¡Vanga ya! Para que te tomen por imbécil. Estáte tranquilo.

Quedé allí hecho un mar de dudas. Tenía toda la razón del mundo, y yo me consumía literalmente por saber qué tenía que hacer. Allí en lo alto de las vergas había peligro, no me cabía la menor duda. Aunque si me hubiese preguntado por qué, no hubiera sabido cómo responderme. Pero que había peligro, lo tenía tan claro como si lo hubiese visto con mis propios ojos. Aunque sospechaba tan poco la forma que podría tomar ese peligro que me preguntaba si podría evitarlo yendo a juntarme con Tom en la verga. Eso se me ocurrió en el momento en que levantaba la mirada hacia el sobrejuanete. Tom había llegado a la vela, estaba en pie sobre la relinga. Se inclinaba por encima de la verga para recoger el seno de la vela. En aquel momento vi que la concavidad del sobrejuanete se levantaba y bajaba bruscamente, como si la vela hubiese encajado una bocanada de viento brusca y brutal.

—Ojo ahí... —empezó a decir Williams como ansioso y expectante. Se calló de inmediato.

Súbitamente, la vela había pasado por encima de la verga, cayendo por el popel, y parecía haber barrido a Tom de la relinga.

—¡Dios mío! —exclamé—. ¡Ha desaparecido!

La vista se me nubló un instante. Williams gritaba algo que no podía comprender. Pero aquello se fue tan rápido como había venido y pude ver con claridad de nuevo.

Williams señalaba algo. Vi una forma negra que se balanceaba bajo la verga. Williams gritó algo y corrió hacia el aparejo de trinquete. Comprendí el fin de su frase:

—...el rizo.

En seguida caí en la cuenta de que Tom, al caer, había encontrado forma de asirse al rizo, y me apresuré a seguir a Williams para ayudarle a poner a salvo al muchacho.

Abajo, en cubierta, oí los pasos de alguien que corría, y luego la voz del contramaestre.

Preguntaba qué pasaba allí arriba. Pero no me tomé la molestia de contestar. Necesitaba todas las energías para mantenerme colgado. Sabía perfectamente que algunos rizos no eran más resistentes que cordones viejos y que si Tom no podía cogerse a algo de la verga del juanete que tenía debajo, podía caerse de un momento a otro. Llegué a la gavia y me izé rápidamente. Williams estaba un tanto más arriba. En menos de medio minuto alcancé la verga del juanete. Williams ya estaba en la del sobrejuanete. Me deslicé por la relinga del juanete hasta situarme justo debajo de Tom; le grité que se dejase caer hacia mí, que le cogería al vuelo. No respondió, y vi que estaba suspendido de forma muy rara, encogido, sosteniéndose de una mano.

Me llegó la voz de Williams desde arriba, de la verga de sobrejuanete. Gritaba que subiese y le ayudase a soltar a Tom de la verga. Cuando llegué a su lado, me dijo que el rizo se había enrollado en la muñeca del muchacho. Me incliné por encima de la verga y miré hacia abajo. Williams tenía razón, y vi que colgaba de un pelo. Lo extraño es que en el mismo momento pensé que apenas había viento. Recordaba la violencia con que la vela se había llevado al muchacho.

Pero a todo esto no dejaba de esforzarme por recoger el briol de babor. Tomé el extremo, formé con él un nudo corredizo en torno al rizo y bajé el lazo por encima de la cabeza y los hombros del muchacho. Luego tiré para estrechar el lazo bajo sus brazos. Un minuto más tarde, lo teníamos con nosotros en la verga, a salvo. A la luz incierta de la luna, sólo pude ver que tenía en la frente un gran chichón, en el lugar donde le había dado la vela.

Permanecimos un instante allí de pie, conteniendo la respiración. Oí abajo la voz del contramaestre. Williams miró hacia abajo, y luego se volvió a mí con una risita. —¡Caramba! —dijo.

—¿Qué ocurre? —me apresuré a preguntarle.

Echaba la cabeza para atrás y para adelante. Me volví un poco, sosteniendo con una mano el nervio y sosteniendo con la otra en equilibrio al grumete, que estaba inconsciente. De esta forma, podía mirar hacia abajo. Al principio no distinguía nada.

Luego oí de nuevo la voz del contramaestre.

—¿Quiér, diablos sois? ¿Qué hacéis?

Ahora ya le veía. Estaba al pie del aparejo del juanete, por la lúa, con la cara vuelta hacia arriba, intentando mirar al otro lado del mástil. A la luz de la luna, se distinguía apenas una cara. Repitió la pregunta.

—Somos Williams y yo, contramaestre —dije—. Tom, que está aquí, ha tenido un accidente.

Aguardé. Se puso a trepar hacia nosotros. De repente nos llegó el eco de conversaciones en el aparejo de sotavento.

El contramaestre nos alcanzó.

—Bueno, ¿qué ha ocurrido? —preguntó con aire desconfiado—. ¿Qué ha ocurrido?

Se había agachado a mirar a Tom. Empecé a explicarle, pero me cortó en seco:

—¿Está muerto?

—No, contramaestre —le dije—. No creo, pero el pobre tío ha tenido una caída mala. Cuando llegamos, estaba colgado del rizo. La vela le hizo caer de la verga.

—¿Cómo? —preguntó en tono incisivo.

—El viento recogió la vela y la hizo pasar por encima de la verga.

—¿Qué viento? —preguntó interrumpiéndome—. Si se puede decir que no hay viento. —Se apoyó en el otro pie—. ¿Qué quieres decir?

—Lo que digo, contramaestre. El viento ha hecho pasar el seno de la vela, por encima de la verga; la vela dio un golpe a Tom y le barrió de la relinga. Williams y yo lo hemos visto.

—¡Pero si no hace un viento capaz de hacer una cosa así; vaya tonterías dices!

Me dio la impresión de que el tono de voz revelaba más pasmo que otra cosa. Con todo, hubiera dicho que seguía desconfiando, aunque no sé si él mismo lo sabía.

Miró a Williams y pareció que iba a decir algo. Pero pareció cambiar de opinión, se volvió y gritó a uno de los que le habían seguido árbol arriba que bajase y le hiciese llegar una bobina de cabo de cáñamo de tres pulgadas y un montón de rabiza. —¡Y rápido! —concluyó.

—Sí, contramaestre —dijo el hombre, bajando a toda prisa. El contramaestre se volvió hacia mí.

—Cuando hayáis bajado a Tom, quiero una explicación mejor que la que me has dado. ¡Eso no cuela!

—Muy bien, contramaestre —le respondí—. Pero no espere otra explicación.

—¿Qué quieres decir? —chilló—. Te voy a enseñar que no acepto impertinencias, ni de ti ni de nadie.

—No pretendo ser impertinente, contramaestre. Lo que quiero decir es que no hay otra explicación que dar.

—¡Te he dicho que eso no cuela! —repetía—. Aquí hay algo muy raro. Tendré que dar cuenta al capitán. Y no puedo contarle esa historia fantástica... —se destapó al fin.

—No es la primera cosa rara que ocurre a bordo de este cascarón —repliqué—, y usted, contramaestre, debería saberlo.

—¿Qué quieres decir?

—Pues bien, contramaestre, para ser franco, ¿qué piensa usted de aquel tío que nos mandó usted a buscar en el aparejo del palo mayor la otra noche? Fue un caso muy raro, ¿no? El doble de raro que esto de ahora.

—¡Basta ya, Jessop! —dijo, fuera de sí de cólera— estoy harto de tus impertinencias. —Pero el tono en que lo decía tenía un no sé qué que me daba la impresión de que le había hecho impacto. De repente había dejado de estar tan convencido de que le contaba cuentos de hadas.

Se calló durante unos momentos. Creo que reflexionaba intensamente. Cuando volvió a hablar, fue para ver cómo se bajaba al grumete a cubierta.

—Alguno de vosotros tendrá que bajar por sotavento y sostenerlo mientras lo bajamos —concluyó.

Se volvió a mirar abajo.

—¿Esa beta, ¿viene? —gritó.

—Sí, contramaestre —contestó uno de los hombres.

Un instante más tarde vi aparecer por encima de la gavia la cara de un hombre. Llevaba el motón en torno del cuello y el extremo de la beta encima del hombro.

Muy rápido estuvo el cable instalado y en seguida bajamos a Tom a cubierta. Lo llevamos entonces al castillo de proa y le instalamos en su litera. El contramaestre había mandado por un poco de aguardiente y se puso a darle una buena dosis. Mientras, dos hombres le frotaban pies y manos. Al poco, pareció volver en sí. Tuvo un acceso de tos y abrió los ojos con aire sorprendido y confundido. Luego se sentó, tambaleándose, en el borde de la litera. Uno de los hombres le sostenía, mientras el contramaestre se echaba para atrás y le examinaba críticamente. El muchacho se bamboleaba, y se llevó la mano a la cabeza.

—Vamos —dijo el contramaestre. Echa otro trago. Tom se calentó un poco. Luego habló:

—¡Dios santo! ¡Cómo me duele la cabeza!

Se palpó de nuevo el chichón de la frente. Luego se inclinó hacia adelante a mirar a los hombres agrupados junto a la litera.

—¿Qué ocurre? —preguntó con voz un tanto pastosa y como si no nos viese bien.

—¡Es precisamente lo que quiero saber! —dijo el contramaestre, que por primera vez hablaba con cierta severidad.

—¿No me habré dormido estando de servicio?—preguntó Tom, inquieto. Miraba con aire aterrorizado a los hombres reunidos alrededor suyo.

—Me da que ha quedado sonado, que pierde la chaveta —dijo claramente uno de los hombres.

—No —dije yo para contestar a Tom—. Te...

—Cállate, Jessop —dijo el contramaestre apresurándose a interrumpirme—. Quiero saber lo que él mismo tenga que decir. Se volvió de nuevo hacia Tom.

—Habías subido al sobrejuanete de trinquete —le insinuó.

—No puedo decírselo, contramaestre —dijo Tom, vacilando.

Pude comprender que no había captado lo que el contramaestre quería decirle.

—¡Pues estabas allí! —dijo el contramaestre, que empezaba a impacientarse—. Se había desplegado y yo te había mandado allí a sujetar un rizo.

—¿Se había desplegado, contramaestre? —preguntó Tom, con voz apesadumbrada.

—¡Sí! ¡Desplegado! ¿Es que no sé explicarme? De repente, el rostro de Tom se iluminó.

—¡Ah, claro, contramaestre! —dijo al írsele refrescando la memoria—. Esa maldita vela de repente se hinchó de viento. Me dio un golpe tremendo en la cara.

Dejó pasar un tiempo.

—Creo que... —empezó, pero se detuvo de nuevo.

—¡Sigue! —dijo el contramaestre—. ¡Desembucha!

—No sé, contramaestre —dijo Tom—. No comprendo. Todavía dudaba.

—Es todo lo que puedo recordar —murmuró; se llevó la mano a la herida como si intentase recordar algo. En el silencio que siguió, oí la voz de Stubbins:

—Pero si prácticamente no hacía viento —decía, con semblante desconcertado.

Hubo un débil murmullo de asentimiento de los hombre presentes.

El contramaestre no dijo nada, y yo le observaba con curiosidad. Me preguntaba si empezaría a ver lo inútil que es buscar una explicación a lo sucedido. ¿Empezaría al fin relacionarlo con el caso del hombre del aparejo del palo mayor Ahora tiendo a pensar que sí.

Porque después de haber mirad a Tom unos instantes con aire dubitativo, se fue del castillo de proa diciendo que a la mañana reanudaría la investigación. Pero a la mañana no lo hizo. Y tampoco creo que hablase con el patrón; en todo caso lo haría sin insistir; porque no se oyó hablar más del caso; aunque, naturalmente, nuestras conversaciones le dieron no pocas vueltas al asunto.

En lo que concierne al contramaestre, sigo intrigado por la actitud que tomó con nosotros allá arriba. A veces he pensado que se temía que le hubiésemos querido gastar una mala jugada.

Tal vez en aquel momento medio sospechaba que alguno de nosotros hubiese estado mezclado en el otro asunto. O bien intentaba defenderse de una concepción que empezaba a imponérsele, a saber, que aquel viejo cascarón tenía algo de abominable. Pero, naturalmente, son sólo suposiciones.

Por lo demás, tardaron muy poco en producirse nuevos acontecimientos.



EL FIN DE WILLIAMS


Como dije, en el castillo se charlaba mucho sobre el extraño accidente que había tenido Tom. Ningún marinero sabía que Williams y yo habíamos visto la forma en que ocurría. Stubbins pensaba que Tom se había dormido y había caído de la relinga. Tom se negaba en redondo a admitirlo. Pero no podía recurrir a nadie; porque en aquel momento él tampoco sabía que nosotros habíamos visto pasar la vela por encima de la verga.

Stubbins se empeñaba en que era evidente que no podía ser culpa del viento. No había viento, decía; y los demás se mostraban de acuerdo.

—Pues yo —dije— no sé nada. Pero más bien me inclino a creer lo que cuenta Tom.

—¿Y cómo lo explicas? —preguntó Stubbins, escéptico—. Si no había nada de viento.

—¿Y ese golpe que tiene en la frente? —pregunté entonces yo—. Eso, ¿cómo lo explicas?

—Me imagino que se daría un golpe al caer —contestó él.

—Es muy probable —reconoció el viejo Jaskett, que fumaba en pipa sentado en un cofre, no lejos de nosotros.

—¡Pues estáis muy fríos! —intervino Tom, que empezaba a irritarse—. Yo no dormía; la vela se hinchó claramente y me dio un golpe.

—No seas impertinente, muchacho —dijo Jaskett.

—Y hay otra cosa, Stubbins —dije por mi parte—. El rizo del que pendía Tom se encontraba detrás de la verga. Esto parece que quiere decir que el viento lo hizo pasar por encima. Si había viento para eso, tenía que haberlo para lo demás.

—¿Quieres decir que estaba bajo la verga, o encima de la gavia? —preguntó él.

—Encima de la gavia, claro. Es más, el seno de la vela pendía por detrás de la verga, colgando.

Stubbins estaba muy sorprendido, y Plummer tomó la palabra sin dejarle tiempo a preparar una nueva objeción.

—¿Quién lo vio? —preguntó él.

—¡Yo! —dije en tono bastante seco—. Y Williams también. Y el contramaestre también lo vio, al menos de momento en esto está de acuerdo.

Plummer se volvió a sumir en el silencio y en el humo de la pipa. Stubbins volvió al ataque.

—Pues seguramente en el momento de perder pie Tom debía de tener asido el seno de la vela y el rizo, y los hizo pasar al otro lado de la verga.

—¡No! —dijo Tom interrumpiéndole—. El rizo estaba debajo de la vela, y yo ni siquiera podía verlo. Y no tuve tiempo de coger el seno de la vela, porque ésta se levantó y vino a darme en la cara.

—Entonces, ¿cómo pudiste coger el rizo al caer? —preguntó Plummer.

—Él no lo cogió —respondí yo por Tom—. El rizo se le enrolló en la muñeca, y nosotros le encontramos colgado de esa forma.

—¿Quieres decir que él no cogió el rizo? —preguntó Quoin, que estaba encendiendo la pipa e interrumpió la operación.

—Claro —contesté—. Es imposible que un tipo se agarre a una maniobra estando inconsciente y sin sentido.

—Tienes razón —apoyó Jock—. En ese punto tienes toda la razón, Jessop.

Quoin acabó de encender la pipa.

—No sé —dijo.

Seguí sin hacerle caso.

—En cualquier caso, cuando Williams y yo lo encontramos estaba suspendido del rizo, que se había enrollado por partida doble en la muñeca. Y además, ya os he dicho que el seno de la vela pendía del lado de popa de la verga, y el peso de Tom al colgar del rizo la mantenía allí.

—Es de lo más extraño —dijo Stubbins, perplejo—. Parece que no hay forma de encontrar una explicación razonable.

Eché una mirada a Williams para sugerirle que yo tenía que decir todo lo que habíamos visto; pero él meneó la cabeza. Lo pensé un momento y me pareció que realmente no íbamos a avanzar nada. Nosotros no teníamos ninguna idea clara de lo que había sucedido; todas nuestras constataciones incompletas y nuestras hipótesis no podían tener más resultado que hacer que el caso resultase todavía más grotesco e inverosímil. No cabía hacer más que aguardar y observar. Si al menos pudiésemos echar mano de algo concreto, entonces podríamos arriesgarnos a decir todo lo que sabíamos sin que la gente se burlase de nosotros.

Salí de golpe de mis pensamientos.

Stubbins se había puesto a hablar de nuevo. Discutía el caso con uno de los otros.

—¿No comprendes? Como quien dice, no había viento; por lo tanto, es imposible, Y, sin embargo...

El otro le interrumpió con una observación que no entendí.

—No —contestaba Stubbins—. Yo pierdo el oremus. No juro nada. Esto se parece demasiado a esos condenados cuentos de hadas.

—Mirad cómo tiene la muñeca —dije.

Tom extendió el brazo derecho para someterse a la inspección. Tenía la muñeca muy maltrecha por el cabo que la había apretado.

—Sí —reconoció Stubbins—. Exactamente; pero con esto no aclaramos nada.

No contesté. Cómo decía Stubbins, no aclarábamos nada. Por tanto, lo dejé. Os lo he contado para que se vea cómo se consideraba el asunto en el castillo de proa. Pero no nos entretuvimos mucho tiempo en ello porque, como ya dije, hubo nuevos acontecimientos.

Las tres noches siguientes transcurrieron en calma; y luego, a la cuarta, todos esos signos e indicios se agruparon de repente para producir algo extraordinariamente siniestro. Aun con eso, todo fue sutil e intangible, como lo de antes, hasta el punto de que sólo los afectados directamente por aquel miedo que nos invadía podían comprender realmente lo terrible que era. La mayor parte de los hombres empezaban a decir que el barco tenía mal agüero y, como es costumbre, se empezaba a hablar de que a bordo había alguna maldición. Sin embargo, no puedo afirmar que ninguno se diera cuenta de que en todo aquello había algo horrible y pavoroso; porque estoy seguro de que algunos empezaban a sospecharlo, y pienso que Stubbins era de ésos. Sin embargo, estoy convencido de que en aquel momento no entendía ni la cuarta parte del auténtico significado de las cosas que originaban los fenómenos extraños que nos habían turbado las noches. En cualquier caso no captaba el elemento de peligro personal, que para mí era evidente. Supongo que no tenía la imaginación suficiente para reunir las piezas, establecer la ilación lógica de los acontecimientos y de su desarrollo.

Sin embargo, no debería olvidar que él no había tenido conocimiento de los dos primeros incidentes. De otro modo, tal vez hubiese compartido mis puntos de vista. Tal como se habían producido las cosas, no parecía haber comprendido siquiera el caso de Tom y del sobrejuanete de trinquete. Sin embargo, a partir del hecho que voy a contaros, pareció que empezaba a orientarse un poco en toda aquella oscuridad y a entrever posibilidades.

Recuerdo la cuarta noche. Era clara, estrellada, sin luna: por lo menos, creo que no había, o en todo caso estaba menguada, pues no estábamos aproximando a la fase de la luna nueva.

La brisa había refrescado un poco, pero seguía calma. Marchábamos a seis o siete nudos.

Era nuestro cuarto de cubierta, el de medianoche. A bordo no se oía más que el bufido del viento y el canto de las jarcias. En la cubierta principal nos encontrábamos sólo Williams y yo. Él estaba apoyado en el cabillero del lado del viento, y se disponía a fumar. Yo, en pie entre él y el cuartel del trinquete, con las piernas abiertas. Stubbins estaba de vigía.

Pocos minutos antes habían dado dos campanadas, y yo rogaba a Dios que fuesen las ocho para irme a acostar. De repente, oímos una detonación seca encima de nuestras cabezas, como un tiro, seguido inmediatamente por el ruido de una vela que chasqueaba al viento.

Williams se echó unos pasos para atrás de un brinco, y yo lo mismo. Miramos hacia arriba para ver qué había ocurrido. Vi que había saltado el escotín de barlovento del juanete de trinquete y el puño de escota de la vela remolineaba y chasqueaba al viento golpeando a cada instante la verga de acero con un ruido como de martillo pilón.

—Me da que ha cedido la escota a algún eslabón —le grité a Williams, intentando hacerme oír a pesar del ruido de la vela—. Es el garfio que golpea contra la verga.

—Sí —me respondió él, dirigiéndose a coger la amura. Corrí a echarle una mano. En el mismo momento se oyó a proa la voz del contramaestre que gritaba. Luego, ruido de pasos de gente que corría; casi al instante teníamos allí al contramaestre y al resto de la bordada. En pocos minutos habíamos bajado la verga y cargado la vela.

Luego Williams y yo subimos a ver por dónde había cedido el escotín. Era lo que me había imaginado: el garfio estaba bien, pero la cabilla había salido de la argolla, y ésta estaba aprisionada en los motones del penol.

Williams me envió a buscar otra cabilla, mientras él soltaba la amura y la volvía a pasar por la argolla. Cuando volví con la cabilla nueva, la introduje en la argolla, fijé ésta en la amura y grité a los hombres que halasen un poco la maniobra. Lo hicieron, y al segundo tirón se soltó la argolla. Cuando estuvo bastante alta, subí a la verga de juanete y sostuve la cadena mientras Williams la enganchaba en el garfio. Entonces, entalingó de nuevo la amura y gritó al contramaestre que ya estábamos a punto de izar.

—Será mejor que bajes a halar con ellos —dijo—. Yo me quedo para lascar la vela.

—Perfecto, Williams —dije, yendo al aparejo—. No dejes que el fantasma de a bordo te lleve.

Hice esta observación en un momento de buen humor, como le puede pasar a cualquiera en algunos momentos en la arboladura. De momento, estaba alegre, y totalmente libre de aquel miedo que en tanto tiempo no me había soltado. Supongo que se debía al frescor de la brisa.

—¡Hay más de uno! —dijo con su curiosa forma de expresarse, tan concisa.

—¿Cómo? —pregunté. Repitió la observación.

De repente, me había puesto serio volvió a hacérseme presente la abominable realidad de todos los detalles imposibles de las últimas semanas.

—¿Qué quieres decir, Williams? —le pregunté.

Pero había dejado de hablar, y ya no quería soltar prenda.

—Tú, ¿qué sabes? ¿Hasta qué punto sabes cosas? —continué sin perder un segundo—. ¿Por qué no me has dicho nunca que...?

La voz del contramaestre me interrumpió brutalmente.

—¡Ea, los de arriba! ¿Pensáis hacernos esperar toda la noche? Que baje uno a ayudarnos a Malar las drizas. Los otros se quedan arriba y lascan las maniobras.

—Sí, contramaestre —grité a mi vez.

Me volví entonces precipitadamente hacia Williams.

—Escucha, Williams —le dije—. Si crees que de verdad corres peligro solo ahí arriba... —Buscaba las palabras para expresarme—. Pues yo me quedo con mucho gusto a tu lado. El contramaestre chilló de nuevo:

—¡Que baje uno! ¡Daos prisa! ¿Qué diablos andáis haciendo?

—Ya va, contramaestre —grité.

—¿Me quedo? —pregunté escuetamente.

—¡Venga ya! —dijo—. No hagas caso. Te digo que voy a cobrar esa condenada paga. Que el diablo se los lleve. A mí no me la pegan.

Le dejé. Fueron las últimas palabras que Williams dirigió a un ser humano.

Al llegar a la cubierta ocupé mi lugar tras los que halaban la driza.


Ilustración: Valeria Uccelli

Habíamos izado la verga casi hasta la cabeza del mástil y el contramaestre contemplaba el contorno oscuro de la vela. Estaba a punto de gritar: "¡Amarren!" cuando Williams emitió un extraño grito ahogado.

—¡Seguid izando muchachos! —gritó el contramaestre. Guardamos silencio y escuchamos con atención.

—¿Qué ha sido eso, Williams? —gritó—. ¿Tienes manos libres?

Escuchamos cerca de un minuto sin que nos llegase ninguna respuesta. Algunos hombres dijeron luego que habían percibido en el mástil un ruido curioso y algunas vibraciones, que apenas se oían a causa del silbido y los remolinos de viento. Como si fuese ruido de jarcias sacudidas que frotasen una contra otras. No estoy en condiciones de decir si realmente habían percibido ese ruido o bien no existía más que en su imaginación. Por mi parte, no oí nada; pero yo estaba en el extremo de la maniobra, era el mas alejado del aparejo de trinquete; mientras que los que habían oído estaban al principio de la driza, muy cerca de los obenques.

El contramaestre hizo bocina con las manos.

—¿Estás libre, el de arriba?

La respuesta fue inesperada e ininteligible. Algo así como:

—¡Al diablo...! Me quedé... ¿Sabéis...? ¡Condenada paga! Y, de repente, silencio.

Levanté la mirada, estupefacto, hacia la vela oscura.

—¡Está trastornado! —dijo Stubbins, al que habían hecho abandonar la vigía para que nos echase una mano.

—Está tan sonado como esta condenada gorra —dijo Quoin, que estaba más delante que yo—. Siempre ha estado chaveta.

—¡Silencio vosotros! —aulló el contramaestre. Y siguió ¡Williams!

Sin respuesta.

—¡William! —gritó aún más fuerte. Seguía sin haber respuesta. Entonces:— ¡Vete al diablo, londinense del carajo! ¿Es que no oyes? ¿Te has vuelto totalmente sordo?

Seguía sin haber respuesta. El contramaestre se volvió hacia mí.

—Sube ahí, rápido, Jessop, y mira a ver qué ocurre.

—Sí, contramaestre —dije, precipitándome hacia el aparejo.

Me sentía un tanto raro. ¿Se había vuelto loco Williams?

Siempre había sido un tipo muy personal. O bien... fue un pensamiento que me vino de repente... ¿Habría visto...? No seguí. De repente se oyó en la arboladura un grito horripilante.

Me detuve, con la mano en el vástago de la vigota. Un instante después, cayó algo que venía de las tinieblas... un cuerpo pesado que fue a estrellarse en la cubierta, al lado de los hombres que aguardaban, con un estruendo terrible y un ruido de respiración violenta, sonora, que me puso enfermo. Varios hombres aullaron de terror y soltaron la driza; pero por suerte la cornamusa la retuvo y la verga no cayó. Hubo entonces un silencio de muerte que duró varios segundos; y me pareció que al silbido del viento se mezclaba una queja extraña.

El contramaestre fue el primero en hablar. Tan de repente, que me sobresalté.

—¡Que alguno vaya a buscar una luz! ¡Rápido! Hubo un momento de vacilación.

—Ve a buscar una de las lámparas de la bitácora, Tammy.

—Bien contramaestre —dijo el muchacho con voz temblorosa; y corrió hacia atrás.

No había trascurrido un minuto cuando vi llegar la luz; el muchacho volvía corriendo. Tendió la lámpara al contramaestre, que la cogió y se acerco a aquel bulto informe que se encontraba en cubierta. Sostenía la lámpara delante, miró y exclamó:

—¡Dios mío! ¡Williams!

Se agachó más la lámpara y vi los detalles. ¡Ay! Sin duda, era Williams. El contramaestre encargó a dos hombres que le levantasen y le tendiesen en el cuartel. Luego, fue a llamar al capitán. Volvió a los dos minutos con un viejo pabellón y cubrió al pobre muchacho con él. Casi al mismo tiempo llegó el capitán, tan aprisa como podía. Levantó una punta del pabellón, miró; luego, lo soltó lentamente sin decir palabra y el contramaestre le explicó brevemente todo lo que sabía.

—¿Quieres usted que le dejemos aquí, capitán?—preguntó al terminar.

—Hace buen tiempo. Igual podéis dejarlo donde está, pobre diablo.

Se fue con paso lento hacia popa. El hombre que llevaba la lámpara la acercó para permitirle ver el lugar en que había caído Williams.

El contramaestre dijo de repente:

—¡Vamos, rápido! Que alguno vaya a buscar un lampazo y dos pozales de agua.

Dio media vuelta con brusquedad e hizo señas a Tammy de que fuese para popa. En cuanto hubo comprobado que la verga estaba bien izada en la cabeza del mástil y se habían quitado de cubierta las maniobras, siguió a Tammy. Sabía muy bien que no convenía que el muchacho tuviese demasiado tiempo para pensar en el pobre tío tendido en el cuartel, y luego comprendí que le había dado trabajo para mantenerle ocupado.

Una vez que se fueron hacia popa, nos juntamos en el castillo de proa. Todo el mundo estaba triste y horrorizado. Nos quedamos un instante sentados en las literas y cofres, sin que nadie abriese la boca. El turno de abajo dormía, nadie sabía lo ocurrido.

Casi en seguida, Plummer, que estaba al timón, pasó por encima de la caja del timón y se vino al castillo.

—¿Qué ha sucedido al fin? —preguntó—. ¿Está muy mal Williams?

—¡Chssst! —le dije—. Vas a despertar a los demás. ¿Quién ha cogido el timón?

—Tammy... el contramaestre le mandó. Me dijo que podía venir a fumarme una pipa, y que Williams se había caído.

Se detuvo en seco y recorrió con la mirada todo el castillo.

—¿Dónde está? —preguntó con inquietud.

Miró a los demás; nadie parecía tener ganas de hablar.

—¡Cayó del aparejo de juanete! —le dije.

—¿Dónde está? —repitió.

—Se ha estrellado —dije—. Está tendido en el cuartel.

—¿Muerto? —preguntó.

Le dije que sí con señas.

—Adiviné que había algo malo cuando vi que el viejo venía a proa. ¿Cómo fue?

Nos miró a uno tras otro; todos fumábamos la pipa sin decir nada.

—Nadie lo sabe —dije. Eché una mirada a Stubbins. Vi que él miraba, con semblante dubitativo.

Tras el silencio, Plummer volvió a la carga:

—Cuando estaba al timón, le oí dar gritos agudos. Debió de hacerse daño allá arriba.

Stubbins encendió una cerilla y se puso a encender la pipa.

—¿Cómo? —preguntó. Era la primera vez que hablaba.

—¿Que cómo quiero decir? Pues yo no puedo decir. Tal vez se pilló los dedos entre el mástil y el racamento.

—¿Y por qué iba a jurar contra el contramaestre? ¿Qué tenía que ver eso con pillarse los dedos? —preguntó Quoin.

—No sabía nada de eso —dijo Plummer—. ¿Quién le oyó?

—Creo que a bordo le oyó todo bicho —respondió Stubbins—. De todos modos, no estoy seguro de que jurase realmente contra el contramaestre. De primeras, creí que se había vuelto loco y le insultaba; pero ahora que lo pienso, no me parece posible. No se comprende por qué iba a ponerse a insultar al contramaestre. No había motivo. En más, ni siquiera parecía que nos hablase a los que estábamos en cubierta, por lo que vi. Además, ¿por qué iba a hablarle al contramaestre de su paga?

Miró hacia mí. Jock fumaba silencioso, sentado en el cofre de mi lado; se sacó lentamente la pipa de la boca, y meneó la cabeza:

—Stubbins no anda muy descaminado, me parece. Stubbins seguía mirándome.

—Tú, ¿qué piensas? —me preguntó de repente.

Tal vez fuesen imaginaciones, pero tuve la impresión de que esa pregunta tenía un sentido más profundo de lo que parecía.

Le miré. Yo mismo no sabía exactamente qué pensaba. —No sé —contesté un tanto desamparado—. Yo no tuve la impresión de que se metiese con el contramaestre. Al menos, después del primer momento.

—Es exactamente lo que digo —respondió—. Y otra cosa... ¿No te ha chocado? Es terriblemente extraño que Tom haya estado a punto de caer hecho un lío, y ahora esto.

Asentí.

—Si Tom no hubiese quedado enredado en el rizo, estaba jodido.

Dejó pasar un tiempo, y siguió:

—¡No hace más que tres o cuatro noches!

—Bien —dijo Plummer—. ¿Y a dónde conduce esto?

—A ninguna parte —contestó Stubbins—. Sólo que es terriblemente extraño. A fin de cuentas, es como si el barco tuviese la negra.

—Bien —reconoció Plummer—. Últimamente las cosas han ido un poco raras; y encima está lo de esta noche. La próxima vez que suba a la arboladura, voy a sujetarme bien.

El viejo Jaskett se sacó la pipa de la boca y exhaló un suspiro.

—Las cosas van mal casi cada noche —dijo en tono casi patético—. Hay una diferencia como de la noche al día con lo que ocurría cuando zarpamos. Yo creí que eran cuentos eso de que el condenado cascarón estaba encantado; pero a lo que parece, era cierto.

Se detuvo y escupió.

—No está encantado —dijo Stubbins—. Al menos, al modo que te imaginas.

Se detuvo, como para coger el hilo de sus ideas.

—¿Entonces? —dijo Jaskett.

Stubbins siguió sin hacer caso de la pregunta. Tenía el aspecto de quien responde a un pensamiento medio formulado que le pasa por la cabeza, más que de contestar a Jaskett:

—Esto es todo raro... y lo de esta noche ha sido muy feo. No he entendido nada de lo que decía Williams allá arriba. A veces he tenido la impresión de que había algo que le preocupaba...

Tras una pausa de medio minuto, añadió:

—¿A quién le decía aquello?

—¿Cómo? —preguntó de nuevo Jaskett, intrigado.

—Estaba pensando —dijo Stubbins golpeando con la pipa el borde de baúl—. A fin de cuentas, tal vez lleves razón.



OTRO HOMBRE AL TIMÓN


La conversación languidecía. Estábamos todos melancólicos y trastornados, y de mí puedo decir que tenía pensamientos preocupantes.

Oí de repente el silbido del contramaestre. Luego se oyó decir en el puente:

—¡Otro hombre al timón!

—Está gritando que vaya alguien a relevar al que está al timón —dijo Quoin, que había ido hasta la puerta para escuchar—. Será mejor que te des prisa, Plummer.

—¿Qué hora es? —preguntó Plummer levantándose y vaciando la pipa—. Ya debe faltar poco para los cuatro toques. ¿A quién le toca timonear?

—Vale, Plummer —dije levantándome—. Voy yo. Me toca a mí y no faltan más de dos minutos para que den el cuarto de toque.

Plummer se volvió a sentar y yo salí del castillo. Al llegar a popa, encontré a Tammy a sotavento; iba de un lado para otro.

—¿Quién está al timón? —pregunté asombrado.

—El contramaestre —dijo con voz temblorosa—. Aguarda a que le releven. En cuanto pueda, te contaré todo.

Fui al timón.

—¿Quién anda ahí?—preguntó el contramaestre.

—Soy Jessop, contramaestre.

Me dio el rumbo y se fue sin decir palabra. Al llegar al saltillo, oí que llamaba a Tammy; habló con él unos minutos, pero me resultaba imposible oír lo que le decía. Por mi parte, sentía una tremenda curiosidad por saber por qué había tomado el timón el contramaestre.

Sabía que si sólo se hubiese tratado de una falta cometida al gobernalle por Tammy, no se le habría ocurrido hacer eso. Tenía que haber sucedido algo anormal, que yo no sabía; seguro.

El contramaestre no tardó en dejar a Tammy y se puso a caminar por el lado de barlovento del puente. Vino atrás y se inclinó a mirar bajo la caja del timón; pero no me dirigió la palabra. Al poco bajó por la escalera de barlovento hasta la cubierta principal.

Inmediatamente, vino Tammy corriendo hasta el flanco de sotavento de la caja del timón.

—¡Lo he vuelto a ver! —dijo jadeando.

—¿Qué? —pregunté.

—Esa cosa —contestó. Se inclinó por encima de la caja y dijo en voz baja—: Vino por encima del empalletado de sotavento... salía directamente del mar —añadió, consciente de revelar algo increíble.

Me volví para verle mejor, pero estaba demasiado oscuro para poder distinguir su rostro.

Me encontré sin voz.

—¡Dios mío! —me decía.

Entonces hice un esfuerzo imbécil para protestar; pero él me cortó en seco con una especie de impaciencia desesperada.

—¡Por el amor de Dios, Jessop, cállate! —me dijo—. Eso no está bien. Tengo que encontrar a alguien con quien hablar, que sino me vuelvo loco.

Me daba cuenta de que era inútil fingir ignorancia. En realidad, yo siempre había estado al corriente, pero, como sabéis, había evitado comentarlo con el muchacho.

—Venga —dije—, te escucho; pero será mejor estar atento al contramaestre. Puede venir en cualquier momento. Estuvo un momento sin decir nada, pero vi que lanzar miradas furtivas hacia el lado del saltillo de la toldilla.

—Vamos —dije—, mejor que te des prisa, que de no hacerlo lo tendremos encima antes de que hayas llegado a la mitad. ¿Qué hacía al timón cuando vine a relevarte? ¿Por qué te sacó de aquí?

—No me sacó —contestó Tammy volviéndose a mí—. Es que yo me fui.

—Y eso, ¿por qué?

—Aguarda un instante y te cuento todo. Sabes que el contramaestre me había enviado al timón después de aquello. —Hizo un movimiento de cabeza hacia adelante.

—Sí.

—Pues yo llevaba diez minutos o un cuarto de hora ahí, estaba hecho un higo por lo de Williams. Intentaba olvidarlo manteniendo el rumbo y eso. De repente, ocurrió que miré a sotavento y vi allí a la cosa que escalaba el empalletado. ¡Dios mío! No sabía qué hacer. El contramaestre estaba delante, en saltillo de la toldilla, y yo solo. Estaba muerto de miedo.

»Cuando ha venido hacia mí, esa cosa ha venido hacia mí, solté el timón, di un grito y me lancé hacia el contramaestre. Él me cogió del brazo y me sacudió; pero yo estaba tan aterrorizado que no podía decir palabra. Sólo podía seguir señalando con el dedo. El contramaestre me preguntaba sin parar: "¿Dónde?" Y entonces, en seguida, ya no podía encontrar eso. Ni siquiera sabía si la había visto. Él sólo me dijo que ve viniese al timón y no fuese imbécil. Yo dije sin más que no iba. Entonces pidió que viniese alguien a popa para coger el timón y corrió a cogerlo él. Lo que viene después ya lo sabes.

—¿Estás seguro de que no ha sido el hecho de pensar e Williams lo que te dio la impresión de ver algo? —Se lo pregunté más que nada para darme tiempo a pensar, porque creía en lo que había dicho.


Ilustración: Valeria Uccelli

—¡Pensé que ibas a escucharme en serio! —dijo él con amargura. Si no me crees, ¿qué pasa con el tío que vio el contramaestre? ¿Y con Tom? ¿Y con Williams? ¡Por el amor de Dios! No pretendas mantenerme al margen como la otra vez. Casi me he vuelto chiflado por encontrar a alguien que me escuchase sin reírse. Puedo aguantar todo menos sentirme solo. Tú eres un tío valiente, no me digas que no entiendes. Dime qué significa todo esto. ¿Qué es ese hombre horrible que he visto dos veces? Tú sabes perfectamente que tienes idea de cosas, y creo que tienes miedo de hablar de eso, no sea que se burlen de ti. ¿Por qué no me lo dices? No has de temer que yo me ría.

Se paró en seco. De momento, no contesté nada.

—¡No me trates como a un crío, Jessop! —exclamó con vehemencia.

—No es eso —dije, decidido de golpe a decirle todo—. Tengo tanta necesidad como tú de hablar con alguien.

—Entonces, esto, ¿qué significa? —dijo él lanzado—. ¿Son reales? Yo siempre creí que todas esas historias eran sólo fábulas.

—Si de algo estoy seguro, es de que no sé lo que significa todo esto, Tammy. Estoy tan a oscuras como tú. Y no sé si son reales... es decir, no son como nosotros nos imaginamos que tiene que ser las cosas reales. Tú no sabes que yo vi, abajo, en la cubierta principal, una silueta extraña varias noches antes de que tú también vieses esa cosa aquí arriba.

—¿Y a éste no le viste? —preguntó muy rápido.

—Sí —contesté.

—Entonces, ¿por qué fingiste lo contrario? —dijo en tono de reproche—. No sabes cómo me dejaste: estaba seguro de haberlo visto, y tú afirmabas que no había habido nada. Hubo un momento en que creí que perdía la cabeza, hasta que el contramaestre vio al hombre que trepaba por el palo mayor. Entonces supe que tenía que haber algo de cierto en estar seguro de lo que había visto.

—Tal vez pensé que al decirte que no lo habías visto pensarías haberte equivocado —dije—. Quería que creyeses que eran imaginaciones, sueños, algo así.

—Y a todo eso, tú estabas obsesionado por aquella otra cosa que habías visto...

—Sí.

—Pues era muy correcto por tu parte, pero no me hizo ningún bien.

Hizo una pausa y siguió:

—Es terrible lo que le ocurrió a Williams. ¿Crees que vería algo allá arriba?

—No lo sé, Tammy. Es imposible decirlo. Eso pudo ser sólo un accidente. —Vacilaba en develarle el fondo de mi pensamiento.

—¡Qué dijo de la paga? ¿A quién se lo decía?

—No lo sé —dijo otra vez—. Tenía la obsesión de conseguir una paga. Por eso se quedó a bordo aunque todos los demás se fueron. Me dijo que él no se dejaba estafar, costase lo que costase. ¿Por qué se fueron de a bordo todos los demás? —pregunté.

Y entonces, al parecer, se le ocurrió una idea:

—¡Dios santo! ¿Crees que pudieron ver algo que les diese miedo? Es muy posible. Mira, nosotros embarcamos en Frisco. A la ida no había pilotines. El barco en que nosotros fuimos había sido vendido, y tuvimos que embarcar en éste para volver a casa.

—Es posible —dije—. En realidad, por lo que le oí decir a Williams, estoy bastante convencido de que por lo menos él había adivinado, o sabía más que lo que nosotros imaginamos.

—Y ahora está muerto —dijo Tammy triste.— Ya no nos podrá decir nada.

Permaneció unos instantes en silencio. Luego salió por otro lado:

—¿Ha sucedido ya algo en la guardia del segundo?

—Sí —contesté—. Últimamente han ocurrido varias cosas, muy raras. Algunos hombres de su guardia lo han comentado entre ellos. Pero él es demasiado duro de mollera para ver nada. Sólo sabe gritar y echarles la culpa de todo.

—De todos modos —insistió—, da la impresión de que durante nuestro cuarto suceden muchas más cosas que durante el suyo. Me refiero a cosas importantes. Fíjate en lo de esta noche.

—No tenemos ninguna prueba, ¿sabes? —le dije. Meneó la cabeza con aire dubitativo.

—Ahora siempre me dará grima subir a la arboladura.

—¡Qué tontería! —le dije—. Tal vez fue sólo un accidente.

—¡No me salgas con éstas! Eso no te lo crees ni borracho.

De momento, no contesté, porque sabía muy bien que él llevaba razón. Estuvimos un par de minutos sin decir nada. Luego él volvió:

—¿Está encantado este barco?

Dudé un instante.

—No —dije al fin—. No lo creo. Quiero decir que no es exactamente eso.

—Entonces, ¿qué es?

—Pues mira, yo había edificado un inicio de teoría que por un momento me pareció ajustada, y que luego se me ha tumbado. Naturalmente, es muy probable que sea todo falso; pero es lo único que a mi entender encaja con todas las cosas abominables que nos han sucedido en los últimos tiempos.

—¡Suelta, pues! —dijo con un movimiento muy nervioso de impaciencia.

—Mira, tengo la idea de que a bordo no hay nada que pueda hacernos daño. No sé mucho cómo explicarlo. Pero si estoy en lo cierto, la causa de todo sería el propio barco.

—¿Qué quieres decir? —preguntó muy embarazado—. O sea, que el barco está encantado.

—No —contesté—. Acabo de decirte que no lo creo. Aguarda a que acabe.

—¡Muy bien!

—A propósito de esa cosa que viste antes —seguí—. Has dicho que había llegado por encima de la barandilla de sotavento y había subido hasta la toldilla.

—Sí —contestó.

—Muy bien, pues la cosa que yo vi salía del mar y volvió al mar.

—¡Señor! Ya, sigue.

—La idea que yo me hago es que el barco está expuesto a que lo invadan esas cosas —expliqué— Naturalmente, no sé qué cosas son. Se parecen en todo a los hombres. Pero... Pues, mira, Dios sabe lo que puede haber en el mar. Aunque nosotros no tengamos ningunas ganas de imaginar idioteces, el caso es que también parece tonto decir que algo es una idiotez. Por eso yo sigo dando vueltas como perro que se muerde la cola. No tengo ni la más remota idea de si son de carne y hueso, o bien se trata de lo que nosotros llamaríamos fantasmas o espíritus...

—No pueden ser de carne y hueso —dijo Tammy, interrumpiéndome—. ¿Dónde iban a vivir? Además, al primero que vi le atravesaba la mirada. Y este último... el contramaestre lo habría visto. Y se ahogarían.

—No necesariamente —dije.

—¡Ah! Pero estoy seguro de que no es así —insistió—. Es imposible.

—Los fantasmas son así, si lo miras con sentido común —contesté—. Pero yo no quiero decir que sean realmente de carne y hueso; y a la vez no me atrevo a decir simplemente que son fantasmas. Por lo menos, todavía no puedo decirlo.

—¿De dónde vienen?—preguntó bastante estúpidamente.

—Del mar —le contesté—. Tú mismo lo has visto.

—Y entonces, ¿por qué no suben a bordo de otros barcos? ¿Cómo explicas eso?

—Aunque hay momentos en que me parece una explicación un poco frágil, creo que se puede barruntar algo a partir de mi idea.

—¿Cómo? —preguntó otra vez.

—Mira, pienso que este barco está abierto, como te he dicho, expuesto, desprovisto de protección, llámalo como quieras. Diría que es razonable pensar que todo lo que pertenece al mundo material se encuentra protegido de las cosas inmateriales, pero en ciertos casos esa barrera puede caer. Es lo que pudo ocurrir a bordo de este barco. Si es así, tal vez se encuentre sin defensas contra los ataques de seres que pertenecen a otra forma de existencia.

—¿Y qué es lo que ha dejado así a este barco? —preguntó con voz aterrorizada.

—¡Dios sabe! —contesté—. Tal vez tenga algo que ver con los campos magnéticos; pero la verdad es que ni tú ni yo lo comprenderíamos. Supongo que en mi fuero interior no creo en la existencia de nada de ese tipo. Yo no estoy hecho así. De todos modos, ¡no sé! Tal vez se haya realizado a bordo algún acto abominable. O bien, pues te diría otra vez que es infinitamente más probable que sea algo totalmente exterior a todo lo que yo conozco.

—¡Desembucha! —dijo.

—Pues bien, suponte que la Tierra está habitada por dos tipos de seres. Nosotros, de un lado, y luego, los otros.

—¡Sigue!

—Entonces tienes que, en un estado normal, puede que nosotros no seamos capaces de valorar la realidad de la otra forma de existencia, ¿no? Pero esos seres pueden estar dotados a sus propios ojos de una realidad tan evidente como la que tenemos para nosotros mismos. ¿No ves?

—¡Sí, sigue!

—Bien —dije—. La Tierra puede ser tan real para ellos como para nosotros. Quiero decir que puede tener cualidades tan materiales para ellos como las tiene para nosotros. Pero ninguno de nosotros puede apreciar la realidad del otro, o la cualidad de la realidad que hay en la Tierra y que es real a los ojos del otro. Es todo tan difícil de explicar. ¿Me entiendes?

—Sí —dijo—. ¡Sigue!

—Si nos encontrásemos en lo que yo llamaría una atmósfera sana, no estaría en nuestro poder el ver, sentir nada. Y lo mismo en el caso de ellos; pero cuanto más estemos así, más pueden ellos hacerse reales ante nuestros ojos. ¿Te das cuenta? Es decir, más capaces seremos de apreciar su forma de realidad. Eso es todo. No puedo explicarme más claro.

—O sea que, a fin de cuentas, tú piensas que realmente son fantasmas o algo de este tipo —dijo Tammy.

—Supongo que viene a ser eso —contesté—. Quiero decir que, de todos modos, no creo que se ajusten a nuestras ideas sobre los seres de carne y hueso. Pero, naturalmente, es una tontería querer ser tan exactos; y, al fin, has de tener presente que me puedo equivocar en todo lo que digo.

—Creo que todo eso tendrías que decírselo al contramaestre —dijo—. Si realmente es como dices, hay que llevar este barco al puerto más cercano, quemarlo y celebrarlo.

—El contramaestre no puede hacer nada —contesté—. Aunque lo creyese a pies juntillas; y no estamos nada seguros de esto.

—Puede ser que no—respondió Tammy—. Pero si puedes conseguir que lo crea, podría explicar el caso al patrón, y tendríamos alguna posibilidad. En cambio, ahora, no le dirá nada.

—Se limitaría a volvérselo a tomar a chacota —dije bastante desesperado.

—No —dijo Tammy—. Después de lo que ha ocurrido esta noche, no.

—Tal vez no —contesté, hecho un lío. En aquel mismo momento, el contramaestre volvió a la toldilla. Tammy se apartó de la caja del timón dejándome con la impresión preocupante de que yo hubiera debido hacer algo.



LLEGADA A LA BRUMA, Y LO QUE VINO LUEGO


Los funerales de Williams se celebraron a mediodía. ¡Pobre muchacho! Había sido tan brutal.

Los hombres estuvieron todo el día tristes y aterrorizados y se hablaba mucho de que a bordo había una maldición. ¡Si hubiesen sabido lo que sabíamos Tammy, yo, tal vez el contramaestre!

Y lo que siguió fue... la niebla. Ahora mismo soy incapaz de recordar si la vimos aparecer el día del entierro de Williams, o al siguiente.

Cuando la observé por primera vez, como todos los de a bordo, la tomé por una especie de bruma debida al calor del sol; porque sucedió en pleno mediodía.

El viento había aflojado hasta ser sólo una brisa ligera; yo trabajaba en el aparejo del palo mayor, con Plummer; estábamos poniendo acolladores.

—Parece que hace bastante calor —observó él.

—Sí —dije. De momento no hice más caso.

Él volvió a hablar:

—¡Cómo se llena esto de bruma! —dijo, en tono de sorpresa.

Levanté en seguida la mirada. De momento, no vi nada. Luego, percibí lo que quería decir.

El aire no tenía aspecto normal. Era como el aire recalentado de encima de la chimenea de una máquina, fenómeno que se puede observar muchas veces cuando no sale humo.

—Debe de ser el calor —dije—. Aunque no recuerdo haber visto nunca algo así.

—Yo, tampoco —reconoció Plummer.

Tal vez tardé un minuto en volver a mirar el aire. Entonces tuve la sorpresa de descubrir que todo el barco estaba rodeado por una bruma muy ligera que ocultaba completamente el horizonte.

—¡Dios mío! Plummer —dije—. ¡Qué raro!

—Sí —dijo él mirando en torno—. Nunca he visto nada parecido, sobre todo en estas zonas.

—¡El calor no produciría este efecto! —dije.

—N... no —dijo él en tono dubitativo.

Continuamos nuestra labor, intercambiando alguna que otra palabra insignificante. Luego, después de guardar silencio un momento, me incliné para pedirle que me pasase la clavija.

Él se agachó para recogerla de la cubierta, a donde había rodado. En el momento en que me la alargaba, vi que su aspecto impasible se mudaba, de repente, en la expresión de sorpresa total. Abrió la boca.

—¡Diantre! —dijo—. ¡Se ha ido!

Se volvió en seguida a mirar. Sólo vio la vasta extensión del mar, clara y centelleante, hasta el horizonte. Yo miré también.

—¡Pues vaya! ¡Estoy sonado! —exclamó.

Creo que no le respondí, porque de repente tuve una rara sensación de que aquello no iba bien. Al cabo de un momento, me dije que era un asno, pero en realidad no puede deshacerme de aquella impresión. Miré otra vez aún al mar. Me parecía vagamente que algo había cambiado. El mar parecía más brillante y, en cierto modo, el aire era más límpido. Y me faltaba algo. Nada importante, ¿sabéis? Sólo al cabo de dos días comprendí que en el horizonte eran perfectamente visibles varios barcos antes de la niebla, y luego habían desaparecido.

Durante el fin del cuarto, y a decir verdad durante todo el día, no hubo ninguna otra manifestación de nada inusual. Sólo al atardecer... durante el segundo cuarto pequeño... vi que se levantaba una niebla débil; el sol se ponía tras ella, con un brillo vago e irreal.

Para entonces yo estaba completamente convencido de que no era el calor el causante de la niebla.

Era el principio.

Al día siguiente, estuvo todo mi cuarto muy atento en cubierta; pero la atmósfera seguía límpida. Sin embargo, oí decir a uno de los tíos de la guardia del segundo que había habido niebla parte del tiempo que él había estado al timón.

—En definitiva, iba y venía —me indicó cuando lo interrogué. Creía que podía ser el calor.

Yo tenía una opinión distinta, pero no lo contradije. En aquel momento nadie parecía tener una opinión muy exacta sobre el caso. Ni siquiera Plummer. Y cuando le pregunté a Tammy si lo había observado, se limitó a decir que sería el calor, o bien que el sol hacía evaporar el agua. Le dejé que lo creyese así; no iba a ganar nada sugiriéndole otra cosa.

Al día siguiente se produjo una cosa que me hizo plantear más preguntas que nunca y que me demostró cuánta razón tenía al imaginarme que la niebla tenía algo que no era natural.

Ocurrió así.

Habían dado cinco campanadas, durante el cuarto de las ocho a mediodía. Estaba al timón.

El cielo, totalmente claro. No se veía ni una nube en todo el horizonte. Allí al timón, de pie, tenía calor; porque se puede decir que no había viento, y me encontraba somnoliento. El contramaestre estaba abajo, en la cubierta principal, encargando a los hombres un trabajo que le tenían que hacer; o sea que estaba solo a popa.

Con aquel calor, y cayéndome el sol a plomo, empecé a tener sed; a falta de cosa mejor saqué una zanahoria que llevaba encima y me puse a mordisquear una punta; sin embargo, por lo general no tenía yo esa costumbre. Al cabo de un instante me puse a buscar la escupidera; pero no estaba. Tal vez se la habrían llevado al lavar las cubiertas, para limpiarla.

Como no había ninguna en la popa, dejé el timón y di un salto hacia atrás hasta el pretil de la batayola. Y gracias a esto vi algo totalmente insospechado: un navío aparejado por completo que navegaba a unos centenares de metros de nuestra aleta de estribor. La ligera brisa apenas le hinchaba las velas, que chasqueaban cuando el oleaje lo levantaba. Iba a muy poca velocidad, no llegaría ni a un nudo por hora. Atrás tendría una ristra de banderas. Era evidente que nos hacía señales. Todo esto lo vi en un abrir y cerrar los ojos y quedé bastante perplejo por no haberlo visto antes. Con la ligera que era la brisa, aquel barco tenía que estar a la vista por lo menos desde hacía dos horas. Sin embargo, no encontré ninguna respuesta razonable para las preguntas que me planteaba. El buque estaba allí... al menos de eso estaba seguro. Pero ¿cómo había llegado sin que lo hubiese visto antes?

Estaba allí de pie mirando cuando de repente oí a la espalda la rueda del gobernalle que giraba con rapidez. Salté instintivamente para coger las manecillas. Luego, me volví de nuevo a observar al otro barco; pero me quedé estupefacto al comprobar que no había ni rastro de él. No se veía más que el calmo océano extendiéndose hasta el horizonte. Parpadeé, me aparté un mechón de pelo de la frente. Miré de nuevo; pero no había ningún vestigio de barco, nada, ¿sabéis? Y no se notaba nada raro, como no fuese un ligero temblor de la atmósfera. La superficie vacía del mar se extendía por todos lados hasta un horizonte igualmente vacío.

¿Se habría hundido el barco? Era lo que se me ocurrió en seguida; y empecé a escudriñar el agua. Miraba en torno para ver si percibía algún resto; pero no había nada; ni una jaula de gallinas, ni un vestigio de material de cubierta; por tanto tuve que descartar esa idea por imposible.

Se me ocurrió otro pensamiento, o tal vez una intuición: aquella desaparición, ¿no podría guardar relación con los demás acontecimientos extraños que se habían producido? En tal caso, el barco que había visto no tendría realidad alguna; sólo habría existido en mi espíritu. Consideré seriamente esta idea. Ayudaba a comprender el fenómeno y no veía ninguna objeción. Si aquel barco hubiese sido real, entonces estaba seguro de que los demás de a bordo lo habrían divisado antes que yo. Dándole vueltas y vueltas, me hice un lío; pero luego, de repente, se me volvió a hacer presente la realidad del otro barco... cada jarcia, cada vela, cada percha, ¿comprendéis? Recordaba cómo se levantaba sobre las olas y cómo chasqueaban las velas con la ligera brisa. ¡Y las banderas de señales! ¡Si nos hacía señales!

Todo esto me indicaba que era imposible creer que no era real.

A tal punto de indecisión había llegado; estaba de pie, medio de espaldas al timón, sosteniéndolo con la mano izquierda mientras recorría el mar con la mirada intentando encontrar algo que me ayudase a comprender.

Casi de inmediato, me pareció que volvía a ver el barco. Ahora se encontraba más bien en nuestra estela que en la aleta. Pero no me fijé mucho en eso, por la sorpresa de volverlo a ver. Lo percibí un instante, en una especie de bruma y ondulación, como si lo observase a través de una columna de aire sobrecalentado en movimiento. Se hizo cada vez más difuso y se desvaneció de nuevo; pero ahora yo estaba convencido de que era real y de que habría podido verlo todo el tiempo si se hubiese encontrado en mi campo de visión. Aquel curioso aspecto embrumado, ondulante, me hizo pensar en algo. Recordé el extraño cariz de la atmósfera algunos días antes, las ondulaciones que se formaban en ella antes de que la bruma rodease el barco. Mi mente estableció una correlación entre ambos fenómenos. El otro navío no tenía nada de extraño. Lo extraño venía de nosotros. Era algo del entorno de nuestro barco, o de nuestro barco mismo, o de alguno a bordo... que nos impedía ver aquel otro buque. Ellos podían vernos, y la prueba era que nos hacían señales. Con cierta inconsecuencia, me preguntaba qué podían pensar los que se hallasen a bordo del otro barco al ver el desprecio al parecer intencionado con que acogíamos sus señales.

En seguida me puse a pensar que todo era muy extraño. En aquel mismo momento ellos podrían estarnos viendo con claridad; y sin embargo, para nosotros, el océano estaba vacío por completo. Me pareció que era lo más extraño que podía sucedemos.

Entonces se me ocurrió otra idea. ¿Cuánto tiempo debíamos de llevar así? Me quemé los sesos unos instantes. Y entonces fue cuando recordé que en la mañana del día en que la bruma había aparecido habíamos visto varios bateles. Baste decir que esto hubiera debido chocarme; porque varios barcos más singlaban hacia nuestro país, de conserva con nosotros.

Por tanto, con aquel buen tiempo y una brisa casi nula, tendrían que haber estado a la vista todo el tiempo. Este razonamiento me parecía demostrar indiscutiblemente que había alguna relación entre la llegada de la bruma y nuestra incapacidad para ver. Por tanto, era posible que llevásemos cerca de tres días en aquel estado extraordinario de ceguera.

Me vino a la memoria la última imagen que había retenido de aquel barco de la aleta.

Recuerdo haber tenido la ocurrencia de que al mirarlo me encontraba en otra dimensión.

Mirad, durante algún tiempo creí realmente en aquel misterio considerándolo como la auténtica realidad; en lugar de darme cuenta de lo que podía significar. Pero eso me parecía expresar con gran exactitud los pensamientos semiformulados que se me habían pasado por la mente desde el momento en que vi el otro barco hacia la parte de la aleta.

De repente oí detrás de mí un gran ruido de roce y choque de velas, y en el mismo instante la voz del patrón que chillaba: —¿Adónde diablos ha conducido a este barco, Jessop? Giré en redondo para volver al timón.

—No sé... capitán —dije turbado.

Me había olvidado de que estaba al timón.

—¡No sé! —gritó—. ¡Rediós! Ya veo que no sabes. ¡Timón a estribor, grandísimo idiota! ¡Que nos hará virar en redondo!

—Bien, capitán —contesté, haciendo girar el timón. Actuaba casi maquinalmente, porque todavía tenía el cerebro nublado y no me había dado tiempo a serenarme.

Durante unos momentos sólo fui consciente de que el patrón me maldecía, y aun eso de forma bastante confusa. Pasado el aturdimiento, me di cuenta de que miraba torpemente la bitácora para examinar la rosa de los vientos; hasta entonces, ni me había dado cuenta de que lo hacía. Sin embargo, en seguida vi que el buque volvía a tomar su rumbo. ¡Dios sabe cuánto se había apartado de la ruta!

Al darme cuenta de que casi había hecho desandar camino al barco, recordé de repente el cambio de posición del otro navío. La última vez estaba situado en la estela en lugar de a nuestra aleta. Al poder razonar de nuevo, me daba cuenta de que aquel cambio de posición tan ostensible y hasta entonces inexplicable se debía a que nos habíamos apartado de nuestra dirección. Por eso el otro barco se encontraba a nuestra estela.

Fue como un relámpago que me iluminase la mente y retuvo mi atención —sólo momentáneamente— frente al patrón que seguía echando pestes. Creo que apenas me había dado cuenta de que me ponía verde. De todos modos, lo que sí recuerdo es que luego me asió el brazo para sacudirme.

—¿Qué te sucede marinero? —aullaba.

Y yo era incapaz de hacer otra cosa que mirarle sin decir palabra, como un tonto. No podía hablar de manera razonable.

—¿Has perdido la cabeza? —continuaba—. ¿Estás loco? ¿Te ha dado insolación? ¡Habla, imbécil, en lugar de estarte ahí con la boca abierta!

Intenté decir algo, pero no pude pronunciar ninguna frase comprensible.

—Yo... yo... yo... —dije; luego me detuve, sintiéndome estúpido. En realidad, me encontraba muy bien. Pero estaba tan aturdido por lo que había descubierto que tenía el semblante de quien está en la luna.

—¡Tú estás loco! —dijo de nuevo. Y repitió la afirmación varias veces como si no hubiese podido expresar mejor la opinión que tenía de mí. Entonces, me soltó el brazo y retrocedió varios pasos.

—No estoy loco —dije, con impulso repentino—. No estoy loco, capitán, estoy tan cuerdo como usted.

—Entonces, ¿por qué no contestas cuando te pregunto? —exclamó cada vez más furioso—. ¿Qué ocurre? ¿Qué estamos haciendo con este barco? ¡Contéstame ya!

—Capitán, estaba mirando aquel barco de allí hacia la aleta de estribor —dije de repente, estallando—. Nos hacía señales...

—¿Cómo? —dijo interrumpiéndome—. ¿Qué barco?

Se volvió como una centella a mirar hacia la aleta en cuestión. Luego se giró hacia mí.

—¡No hay barco! ¿Qué pretendes contando majaderías como ésta?

—Sí lo hay, capitán —contesté—. Está allí... —dije señalándoselo.

—¡Cállate! No me cuentes estupideces. ¿Te crees que soy ciego?

—Capitán, lo he visto —dije insistiendo.

—¡No me digas insolencias! —cortó, en un rápido acceso de mal humor—. ¡Eso no cuela!

Luego se calló en seco. Dio un paso hacia mí y me miró a la cara. Creo que aquel carcamal me hacía un poco loco. En cualquier caso, se fue hacia el saltillo de la toldilla sin decir ni una palabra más.

—¡Míster Tulipson! —gritó.

—Sí, capitán —respondió el contramaestre.

—Mande otro hombre al timón.

—Muy bien, capitán.

Dos minutos más tarde venía a relevarme el viejo Jaskett. Le di el rumbo y él lo repitió.

—¿Qué ocurre, marinero? —me preguntó en el momento en que yo dejaba el enjaretado.

—Poca cosa—contesté.

Fui a donde el patrón, al saltillo de la toldilla. Le di el rumbo, pero el viejo tarugo ni me escuchó. Cuando bajé a la cubierta principal, fui a ver al teniente para darle el rumbo también. Me contestó muy educadamente y luego me preguntó qué había hecho para sacar de quicio al viejo.

—Le he dicho que teníamos en la aleta de estribor un barco que nos hacía señales.

—Pero en ese lugar no hay ningún barco, Jessop —dijo el contramaestre mirándome con expresión extraña e indefinible.

—Hay uno, contramaestre —empecé—. Yo...

—¡Basta, Jessop! —dijo—. Ve al castillo a fumarte una pipa. Luego, querría que fueses a echar una mano a los que están en las relingas. Cuando vuelvas, harías bien en traerme un mazo.

Dudé un instante, un tanto encolerizado, pero, sobre todo, sorprendido.

—Bien, contramaestre —acabé por murmurar, yéndome ya hacia proa.



DESPUÉS DE LA LLEGADA DE LA BRUMA


Con la llegada de la bruma pareció que los acontecimientos se precipitaban. Durante los dos o tres días siguientes ocurrieron muchas cosas.

La noche que siguió al día en que el patrón me había mandado al timón, nuestra guardia estaba de cuarto en cubierta de las ocho a medianoche, y mi turno de vigía era de diez a doce. Zanqueaba lentamente por la proa del castillo y reflexionaba sobre el incidente de la mañana. Reflexión que pronto se centró en el viejo. Maldecía yo por dentro a aquel maldito cabezota, pero llegó un momento en que me dije que de haber estado en su lugar, si al subir al puente me hubiese encontrado con que el barco casi había virado en redondo y el timonel estaba mirando el mar en lugar de hacer su trabajo, sin duda habría armado un escándalo de todos los diablos. Y además, había sido un burro al hablar del barco. En la vida hubiera tenido que hacer una cosa así; tenía que descargarme un poco. Era muy probable que aquel viejo me hubiese tomado por loco.

Dejé de criar mala sangre a cuenta de él y pasé a preguntarme por qué el contramaestre me había mirado de una forma tan rara. ¿Tal vez sospechaba la verdad más de lo que yo había creído? Pero entonces, ¿por qué se había negado a escucharme?

Luego me rompí los cascos con lo de la bruma. Había pensado mucho en eso durante todo el día. Se me imponía una idea: aquella bruma era la materialización de la atmósfera extraordinaria y misteriosa que nos rodeaba.

De repente, mientras caminaba de proa a popa echando de cuando en cuando una mirada al mar (que casi estaba en calma), percibí una luz en mitad de las tinieblas. Me paré en seguida a mirar. Me preguntaba si sería la luz de un barco. En tal caso, habríamos salido de aquella atmósfera extraordinaria. Me incliné hacia adelante y observé con la mayor atención.

Vi que, sin duda alguna, era el farol verde de babor de una embarcación. Y además, iba a cruzar nuestra ruta. Se había acercado peligrosamente... se notaba por el tamaño y el brillo de la luz. Se nos estaba echando encima, y nosotros navegábamos con viento muy largo. Por tanto, era bien claro que teníamos que ceder paso nosotros. Al instante me volví y, formando bocina con la mano, le grité al contramaestre:

—¡Luz a babor, contramaestre!

—¿Dónde?

"Tiene que estar ciego", me dije.

—Cosa de dos puntos de proa, contramaestre.

Entonces me volví para ver si el barco había cambiado de posición. No se veía ninguna luz. Corrí a proa, me incliné por encima del galón a mirar; pero no había nada... absolutamente nada más que las tinieblas que nos envolvían. Quedé allí unos momentos, y me asaltó una sospecha: todo aquel asunto era una repetición de lo de la mañana. Era claro que aquella cosa impalpable que rodeaba el barco se había debilitado un momento, dándome la posibilidad de ver aquel farol a proa. Ahora se había vuelto a cerrar. Con todo, viéndolo o no, estaba convencido de que teníamos un barco a proa, y además muy cerca. Podíamos echarnos encima de él de un momento a otro. Mi única esperanza era que al ver que no le cedíamos paso el timonel del otro buque hubiese puesto proa al viento para dejarnos pasar y cruzar luego nuestra estela por atrás. Esperaba muy ansioso, mirando y escuchando muy alerta. Pero en seguida oí pasos, y el pilotín que daba la hora vino a verme al castillo de proa.

—El contramaestre dice que no ve ninguna luz, Jessop —dijo—. ¿Dónde está?

—No lo sé, yo también la he perdido de vista. Era un farol verde a unos dos puntos de la proa, por babor. Parecía muy cercano.

—Tal vez se les haya apagado el farol —sugirió después de escrutar detenidamente las tinieblas.

—Es posible —dije.

No le dije que estaba tan cercano que incluso, en aquella oscuridad, para entonces deberíamos estar ya viendo al propio barco.

—¿Estás seguro de que era un farol y no una estrella? —me preguntó con aire dubitativo, tras haber mirado de nuevo largo tiempo.

—Pues no —dije—. Ahora que lo pienso, igual pudo ser la luna.

—No te rías —respondió—. Es bastante fácil equivocarse. ¿Qué quieres que le diga al contramaestre?

—¡Dile que ha desaparecido, naturalmente!

—¿Y adónde ha ido? —preguntó.

—¿Cómo diablos voy a saberlo yo? —le pregunté—. ¡No me haga preguntas idiotas!

—Muy bien, no te excites —dijo. Y se fue a dar cuenta al contramaestre.

Al cabo de unos cinco minutos volví a ver el farol. Ya no estaba por la proa, cosa que me hizo ver claramente que el timonel había puesto proa al viento para evitar el choque. Sin aguardar un minuto, le grité en seguida al contramaestre que había un farol verde a cosa de cuatro puntos a babor desde la proa. ¡Dios santo! Poco había faltado. El farol no parecía encontrarse a más de cien metros. Era una suerte que no tuviésemos mucho calado.

"Ahora", me dije, "el contramaestre podrá verlo. Y el pilotín míster Bloming podrá darle a esta estrella su nombre exacto".

En el mismo momento en que se me ocurría esto, la luz se atenuó y luego desapareció. Oí la voz del contramaestre:

—¿Dónde está? —gritaba.

—Ha desaparecido otra vez, contramaestre —contesté. No había pasado un minuto cuando le oí llegar. Vino hasta el pie de la escalera de estribor.

—Jessop, ¿dónde estás? —preguntó.

—Aquí, contramaestre —dije, llegándome a lo alto de la escalera de barlovento.

Él se acercaba lentamente a la proa.

—¿Qué nos has cantado sobre un farol? —preguntó—. Limítate a mostrarme el lugar exacto donde se encontraba la última vez que lo viste.

Hice lo que me decía. Fue hasta el galón de babor y escrutó la noche. Pero en vano.

—Ha desaparecido, contramaestre —me arriesgué a recordarle—. Aunque ya lo he visto dos veces: la primera a dos puntos de nuestra proa, y esta última vez más lejos; pero las dos veces ha desaparecido casi en seguida.

—No entiendo absolutamente nada, Jessop —dijo él bastante intrigado—. ¿Estás seguro de que era una luz de situación?

—Sí, contramaestre. Una luz verde. Y estaba muy cerca.

—No comprendo —repitió—. Ve corriendo a popa y dile al pilotín que te dé mis gemelos de noche. Lo más rápido que puedas.

—Bien, contramaestre —contesté. Y corrí hacia popa. No tardé ni un minuto en volver con los gemelos; los utilizó para mirar algún tiempo la mar a sotavento.

Los soltó casi en seguida y se volvió hacia mí planteándome esta pregunta a quemarropa:

—¿Adónde ha ido ese barco? Si cambió de dirección tan rápido tiene que estar todavía muy cerca. Tendríamos que distinguir las perchas, las velas, las luces de la cabina o de la bitácora, ¡algo!

—Es extraño, contramaestre —reconocí.

—Terriblemente extraño —dijo a su vez—. Hasta tal punto que me inclinaría a pensar que te has equivocado.

—No, contramaestre. Estoy seguro de que era un farol.

—En ese caso, ¿dónde está el navío? —preguntó.

—No puedo decirlo, contramaestre. Es precisamente lo que me intriga.

El contramaestre no contestó, sino que se volvió dos veces hacia proa, se detuvo en el galón de babor mirando de nuevo a sotavento con los gemelos de noche. Estuvo un poco más.

Luego, sin decir palabra, bajó por la escala de sotavento bordeó la cubierta hasta la popa.

"Está terriblemente perplejo", me decía, "o bien cree que he debido de imaginármelo". En cualquier caso, estaba convencido de que pensaba en eso.

Al poco empecé a preguntarme si por fin se hacía una idea de lo que podía ser la verdad. Al principio estaba seguro de que sí; pero al instante pensé que no sospechaba nada. Como me sucedía a veces, empecé a preguntarme si no hubiera hecho mejor diciéndole todo. Me parecía que había visto lo bastante como para escucharme. Y sin embargo, no podía estar seguro de eso, de ningún modo. Tal vez me tomase por un tonto de remate. O creyese que me había vuelto loco.

Zanqueaba por el castillo entregado a esos pensamientos, cuando vi la luz por tercera vez.

Era muy brillante y grande podía ver que cambiaba de lugar. Lo que me demostraba de nuevo que se encontraba muy cerca.

"Esta vez", me dije, "el contramaestre tiene que verla seguro".

No grité. Pensé que esta vez tenía que procurar que el contramaestre comprobase por sí mismo que no me había equivocado. Además, no iba a ponerme a hablar corriendo el riesgo de que desapareciese de nuevo. La observé al menos medio minuto, y parecía que no iba a desaparecer. Esperaba que de un momento a otro sonase la llamada del contramaestre, que demostraría que había acabado de percibirla. Pero no se oía nada.

No podía aguantar más; fui a la baranda de popa de castillo.

—¡Luz verde un poco detrás de nuestra estela, contramaestre! —grité con todas mis fuerzas.

Pero había aguardado demasiado. Apenas se había perdido el eco de mi voz cuando la luz se hizo borrosa y desapareció. Aquella cosa se burlaba de mí. De todos modos, tenía una vaga esperanza en que los que estaban a popa la hubiesen percibido antes de desaparecer.

Pronto supe que era una esperanza vana porque el contramaestre gritaba ya: —¡Al diablo con esa luz!

Tocó el silbato, salió un hombre del castillo de proa y fue a popa a ver qué quería.

—¿A quién le toca coger la vigía? —preguntó.

—A Jaskett, contramaestre.

—Pues dile a Jaskett que releve a Jessop inmediatamente. ¿Entendido?

—Sí, contramaestre —dijo el hombre, mientras volvía a proa.

—¿Qué sucede, marinero? —preguntó, todavía dormido.

—Ese imbécil de contramaestre —respondí enfurecido—. Le he indicado tres veces una luz, y con la excusa de que el cretino está ciego y no la ve, te envía para que me releves.

—¿Dónde está esa luz, marinero?

Recorría con la mirada el oscuro océano.

—No veo ninguna luz —dijo al cabo de un momento.

—No —contesté—, ha desaparecido.

—¿Eh?

—¡Que ha desaparecido! —repetí, empezando a encolerizarme.

Él se volvió a mirarme en silencio a través de la oscuridad.

—Yo, en tu lugar, me iba a descabezar un sueño, marinero —dijo al cabo—. Yo también he llegado a encontrarme así a veces. En esos casos no hay como dormitar un poco.

—¿Que has estado así? ¿Cómo así? ¿Qué quieres decir?

—Está bien, marinero. Por la mañana estarás totalmente bien. No te preocupes por mí. —El tono expresaba simpatía.

—¡Vete al cuerno!

—Fue todo lo que pude decir. Bajé. Me preguntaba si aquel viejo compañero creía que me había vuelto imbécil.

"Vete a dormir, ¡Dios Santo!", murmuré para mí. "¿Quién puede tener ganas de dormir después de lo que ha visto y aguantado hoy?"

Estaba descuadernado, nadie comprendía de qué iba la cosa Tenía la impresión de encontrarme completamente solo ante lo que había descubierto. Se me ocurrió entonces ir a popa para revisar todo el caso con Tammy. Sabía que él, al menos, estaría en condiciones de comprender, y sería un gran alivio.

Sin reflexionar más, di media vuelta para ir a popa, al collado de los pilotines. Al llegar cerca del saltillo de toldilla, levanté la mirada y vi recortarse la silueta oscura del contramaestre, inclinado sobre la barandilla.

—¿Quién va? —preguntó.

—Jessop, contramaestre.

—¿Qué haces tú en esta parte del barco?

—Voy a hablar con Tammy, contramaestre —le contesté.

—Vuelve a proa y acuéstate —dijo, pero sin dureza—. Será mejor echar un sueño que parlotear. Mira, tienes tendencia a imaginarte demasiadas cosas...

—Estoy convencido de que no es así, contramaestre. Estoy perfectamente cuerdo. Yo...

—¡Basta ya! —dijo, interrumpiéndome en seco—. Vete a dormir.

Solté un juramento a media voz y volví lentamente hacia proa. Empezaba a estar harto de que me tratasen como a un medio loco.

"¡Dios Santo!", me decía. "Esperemos a que esos imbéciles sepan tanto como yo... sí... esperemos".

Entré en el castillo de proa por la puerta de babor, fui directamente a mi cofre y me senté.

Estaba furioso, fatigado, desanimado.

No lejos de mí, Quoin y Plummer jugaban a las cartas. Stubbins estaba tendido en su litera y les observaba. Los tres fumaban en pipa. El último asomó la cabeza en el momento en que me sentaba y me miró en forma curiosa, muy dubitativo.

—¿Cómo andas con el contramaestre? —me preguntó después de mirarme un instante.

Yo le miré también, y los otros dos me miraron. Sentí que si no les decía algo tendría que estallar. Era mejor ponerles al corriente sin entrar en demasiados detalles ni explicaciones.

—¿Has dicho tres veces? —me preguntó Stubbins cuando hube acabado.

—Sí.

—Y esta mañana el viejo te echó del timón porque no podía ver el barco que tú veías, ¿no? —añadió Plummer.

—Sí.

Creo que le vi intercambiar con Quoin una mirada significativa; pero Stubbins sólo me miraba a mí.

—Tengo la impresión de que el contramaestre cree que estás perdiendo un poco la brújula —observó, tras una breve pausa.

—¡El contramaestre es un imbécil! —dije con cierta acritud—. Un auténtico imbécil.

—No estoy tan seguro de eso —respondió—. Por fuerza le tiene que parecer extraño eso. Tampoco yo lo comprendo... —Volvió a quedar silencioso, aspirando la pipa.

—No puede entender cómo puede ser que el contramaestre no haya llegado a verla —dijo Quoin, perplejo. Tuve la impresión de que Plummer le daba un codazo para hacerle callar. Se hubiera dicho que Plummer compartía la opinión del contramaestre, y sólo pensarlo me sacaba de quicio. Pero me llamó la atención la observación que hizo entonces Stubbins:

—No comprendo —repitió con aire decidido—. De todos modos, el contramaestre hubiera debido pescar el asunto y no echarte de la vigía.

Meneó lentamente la cabeza sin dejar de clavarme la mirada.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, intrigado, pero con una impresión vaga de que comprendía más cosas de lo que yo hubiera creído.

—Yo me pregunto por qué estaba tan seguro de sí el contramaestre —dijo.

Chupó la pipa, se la sacó de la boca y se inclinó por encima del borde de la litera.

—Cuando bajaste de la vigía, ¿no te dijo nada?

—Sí, me sorprendió yendo hacia popa. Me dijo que estaba imaginando demasiadas cosas y que mejor haría volviendo a proa a dormir un poco.

—¿Qué le contestaste?

—Nada. Hice lo que decía. He venido acá.

—¿Por qué no le preguntaste si él no se imaginaba también cosas cuando te mandó al palo mayor a perseguir a su fantasma?

—No se me ha ocurrido.

—Pues tendrías que habérselo dicho.

Se calló un instante, se sentó en la litera y pidió una cerilla.

Mientras le pasaba la caja, Quoin levantó la mirada del juego.

—Aquello hubiera podido ser un polizón, ¿sabéis? No podéis decir que se haya podido demostrar que no era un polizón.

Stubbins me devolvió la caja y siguió, sin hacer caso de la observación de Quoin: —Te ha dicho que fueses a echar un sueño, ¿no? No comprendo por qué es tan falso.

—¿Por qué dices falso?

—Yo pienso que él sabe tan bien como yo que tú has visto esa luz.

Al oír esto, Plummer levantó la vista del juego, pero no dijo nada.

—Entonces, tú no pones en duda que yo haya visto realmente esa luz... —le pregunté bastante sorprendido.

—Yo, no lo dudo —contestó con seguridad—. No es posible que hayas podido cometer un error de ese tipo por tres veces seguidas.

—No —dije—. Yo sé que he visto la luz, eso, sí; pero... —hice una pausa, dudando— es francamente extraño.

—¡Y claro que es francamente extraño! —reconoció él.

—Desde luego. Pero últimamente a bordo han pasado un montón de cosas extrañas, además de esto.

Hubo un silencio. Luego siguió:

—Eso no es natural. De eso estoy yo más convencido... Echó dos bocanadas, y durante el breve intervalo oí la voz de Jaskett, encima de nosotros. Llamaba a la toldilla,

—¡Luz roja por la aleta de estribor, contramaestre!

—Ya estamos —dije, meneando la cabeza—. El barco que yo he detectado tiene que encontrarse más o menos en esa posición ahora. No pudo pasar por delante de nosotros, entonces puso proa al viento, nos dejó vía libre, y ahora ha vuelto por detrás.

Me levanté del cofre y fui hasta la puerta. Los otros tres me siguieron. Cuando salí a cubierta, oí que el contramaestre preguntaba a gritos la posición de la luz.

—¡Pardiez! Stubbins —dije—. Apuesto que ese condenado chisme ha desaparecido otra vez.

Corrimos hacia la batayola de estribor todos juntos, y miramos; pero hacia popa no se veía ninguna luz.

—Yo no pude decir que vea ninguna luz —dijo Quoin. Plummer no abrió el pico. Levanté la cara hacia el castillo. Distinguí vagamente la silueta de Jaskett. Estaba cerca del empalletado de estribor, con las manos encima de los ojos, escrutando sin duda el lugar en que había visto la luz.

—¿Adónde se ha ido, Jaskett? —le grité.

—No te lo sé decir, marinero —respondió—. ¡Diablos! Es lo más extraño que me haya ocurrido en la vida. Todavía no hace un minuto que se veía más clara que te veo a ti, y ahora ha desaparecido... totalmente.

Me volví hacia Plummer.

—¿Qué piensas ahora? —le pregunté.

—Reconozco que de entrada creí que había algo y no había nada. Pensaba que te equivocabas; pero parece que debes de haber visto algo.

Oímos ruido de pasos en la cubierta, que venían de atrás.

—¡El contramaestre viene a pedir explicaciones, Jaskett! —gritó Stubbins—. Mejor que bajes y te cambies el fusil de hombro.

El contramaestre pasó por delante de nosotros y subió por la escalera de estribor.

—¿Y ahora qué pasa, Jaskett? —dijo en seguida—. ¿Dónde está esa luz? Ni el pilotín ni yo podemos verla.

—Esa condenada luz ha desaparecido, contramaestre —respondió Jaskett.

—¡Desaparecido! —dijo el contramaestre—. ¡Desaparecido! ¿Qué quieres decir?

—Hace un minuto estaba allí, contramaestre, visible como usted ahora mismo, y luego, en seguida, se ha evaporado.

—¡Vaya cuento chino! —contestó el contramaestre —respondió Jaskett—. Y Jessop ha visto algo parecido.

Esta última observación pareció añadida a propósito. Evidentemente, el viejo canalla había cambiado de opinión sobre la necesidad que yo tenía de sueño.

—Jaskett, eres un viejo imbécil —dijo el contramaestre en tono mordaz—. Y ese idiota de Jessop te ha comido ese viejo coco de cretino que llevas.

Hizo una pausa, y prosiguió:

—¿Qué os pasa, pues, a todos? ¿A qué jugáis? ¡Sabes perfectamente que no has visto nada que se parezca a una luz! Echo a Jessop de la vigía y tienes que venir tú a contarme otra vez las mismas chorradas.

—Nosotros no... —empezó Jaskett. Pero el contramaestre le hizo callar.

—¡Cierra el pico! —dijo, volviéndose; bajó la escalera y pasó por delante nuestro sin decir palabra.

—A mí, Stubbins, no me parece que el contramaestre crea que hemos visto la luz.

—No estoy tan seguro de eso —contestó—. El tío está perplejo.

El resto del cuarto transcurrió en calma; y a las ocho campanadas, me apresuré a ir a acostarme. Estaba terriblemente fatigado.

Cuando nos llamaron a cubierta para el cuarto de cuatro a ocho, me enteré de que uno de los hombres de la guardia del segundo había visto una luz poco después de bajar nosotros, y había dado cuenta, pero la había visto desaparecer inmediatamente. Supe que eso había ocurrido dos veces, y que el segundo se había puesto tan furioso (porque tenía la impresión de que aquel hombre estaba haciéndose el tonto) que casi llegan a las manos. Al fin le había hecho dejar el puesto de vigía y había mandado a otro a sustituirle. Si éste había visto la luz, se había guardado muy bien de hacérselo saber al segundo; por tanto, ahí quedó la cosa.

La noche siguiente, cuando todavía no habíamos dejado de hablar sin parar de aquella historia de luces que desaparecían, ocurrió otra cosa que de momento alejó de nuestra mente todo recuerdo de la bruma y de la atmósfera extraordinaria que parecía haber envuelto el navío dejándonos ciegos a todos.



EL HOMBRE QUE PEDÍA SOCORRO


Como dije, a la noche siguiente volvió a haber acontecimientos. El que se produjo me infundió un sentimiento bastante vivo de que a bordo corría un riesgo personal. Aunque no causó en los otros el mismo efecto.

Habíamos bajado para el cuarto de ocho a medianoche; la última impresión que me había quedado del tiempo que hacía a las ocho era que la brisa estaba refrescando. A popa habíamos visto elevarse una gran masa de nubes que parecía presagiar que refrescaría aún más.

A la medianoche menos cuarto, cuando nos llamaron para el cuarto de doce a cuatro en cubierta, el ruido me indicó ya que la brisa se tomaba viento frescachón; en el mismo instante, oí las voces de los de la otra guardia que gritaban halando las maniobras. Oí el chasquido de una vela al viento y concluí que debía de arriar los sobrejuanetes. Miré el reloj, que tenía siempre colgado en la litera. Pasaba un poco de las doce menos cuarto, o sea que si había suerte nos libraríamos de tener que subir al velamen.

Me di prisa a vestirme y fui a la puerta a ver qué tiempo hacía. Vi que el viento había girado desde la aleta por estribor para venir a dar de lleno en popa; y a juzgar por el aspecto del cielo, podíamos prever que no tardaría en hacer un viento más violento.

En lo más alto distinguía vagamente los sobrejuanetes de trinquete y de mesana chasqueando al viento. Al del palo mayor lo habían mantenido algo más de tiempo. En el aparejo de trinquete, Jacobs, el grumete de la guardia del segundo, seguía a otro de los hombres que subía a la vela. Los dos pilotines del segundo estaban ya en la mesana. Abajo, en cubierta, los demás hombres ordenaban las jarcias.

Me volví hacia la litera y miré el reloj... faltaban pocos minutos para que diesen los ocho toques; por tanto preparé las botas, porque cabía esperar la lluvia. En aquel momento, pasó Jock hacia la puerta a echar una ojeada.

—¿Qué tiempo hace, Jock? —preguntó Tom, saliendo a toda prisa de la litera.

—Me da que va a soplar fuerte y que necesitarás las botas —contestó Jock.

Cuando dieron los ocho toques, nos reunimos todos para el recuento. Nos retrasamos mucho porque el contramaestre se negaba a hacer que se pasara lista en tanto no hubiese venido a popa para responder a su nombre Tom (que, como de costumbre, se había levantado en el último minuto). Al fin llegó. El segundo y el contramaestre le echaron mano a mano una buena bronca y le pusieron de perezoso para arriba. Por tanto, pasaron varios minutos antes de que nos volviésemos hacia proa. En sí era una cuestión sin importancia, pero que tuvo consecuencias terribles para uno de nosotros. En el mismo momento en que llegábamos al aparejo de trinquete, se oyó en la arboladura un grito tremendo, mucho más fuerte que el rugido del viento, y un instante más tarde, algo se estrelló en medio de nosotros con gran estruendo... algo voluminoso y pesado que cayó de lleno sobre Jock. Éste se desplomó, soltando un aullido tremendo y no abrió ya la boca. A todos se nos escapó un grito de terror, y de común acuerdo nos precipitamos hacia el castillo de proa, que estaba iluminado. No me avergüenza reconocer que corrí como los demás. Se había apoderado de mí un terror ciego e irracional y no me detuve a reflexionar.

Cuando nos encontramos en el castillo, con luz, hubo una reacción. Nos miramos taciturnos algunos instantes. Entonces alguien hizo una pregunta, y hubo un murmullo general de negativa. Todos teníamos vergüenza; uno de nosotros estiró la mano para descolgar la linterna de babor. Yo hice otro tanto con la de estribor; y hubo un movimiento rápido en dirección a las puertas. En el momento en que salíamos a cubierta, oí las voces del contramaestre y del segundo. Sin duda, habían bajado de la toldilla para ver qué ocurría; pero estaba demasiado oscuro, no podían ver nada.

—¿A dónde diablos os habéis ido todos? —preguntó el segundo.

En seguida debieron ver nuestras linternas; porque oí sus pasos, corrían por la cubierta. Venían hacia estribor y justo delante del aparejo de trinquete uno de ellos tropezó y cayó encima de algo. Era el segundo, como comprendí al oír el juramento que soltó. Se levantó, al parecer sin detenerse a mirar lo que le había hecho caer, y se precipitó hacia el cabillero. El contramaestre corrió hasta el círculo luminoso proyectado por nuestras linternas y se detuvo en seco... mirándonos con aire de sospecha. Ahora no me sorprende la conducta que tuvo el segundo instantes más tarde; pero debo decir que en aquel momento yo no alcanzaba a comprender qué mosca les había picado, y, en particular, por qué el segundo actuaba de esa forma. Surgió de la oscuridad y corrió hacia nosotros rugiendo como un toro y blandiendo una cabilla. Yo no había tenido en cuenta el espectáculo que acabábamos de ofrecer: toda la tripulación en el castillo de proa —las dos guardias—, y luego extendiéndose por la cubierta en la mayor confusión, todos muy excitados y con dos tíos delante provistos de linternas. Un momento antes había habido el grito de la arboladura, el ruido sobre el puente, luego los gritos de terror de la tripulación, muchos ruidos de pasos, pasos muy rápidos. Podía haber tomado perfectamente aquel grito por una señal y nuestro comportamiento como inicio de una especie de motín. Lo que decía tenía que aclararnos sin duda lo que realmente pensaba.

—Voy a romperle la cara al primer hombre que dé un paso hacia popa —aulló, agitando la cabilla delante de mi cara—. ¡Os voy a enseñar quién manda aquí! ¿Qué diablos significa esto? ¡Iros a vuestra perrera!

Esta última frase provocó un gruñido sordo entre la gente, y aquella vieja bestia retrocedió dos pasos.

—¡Atención, muchachos! —grité—. ¡Callaos un instante! —Me dirigí al contramaestre, que no había podido decir palabra—: ¡Míster Tulipson! No sé qué le ocurre al segundo, pero podría darse cuenta de que no tiene ningún interés hablar de esta forma a una tripulación como ésta. Vamos, que si insiste podemos tener gresca a bordo.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Jessop! ¡Esto no está bien! ¡No puedo permitirte que hables así del segundo! —dijo en tono severo—. Aguarda a que yo sepa. Decidme qué quiere decir todo este ruido y volveos en seguida a proa.

—Se lo habríamos dicho hace tiempo, contramaestre —dije—, con sólo que el segundo nos hubiese dejado posibilidad de hablar. Hubo un accidente terrible. Algo cayó de la arboladura justo encima de Jock...

Me callé de repente; en la arboladura había sonado un gran grito.

—¡Socorro! ¡Socorro! —gritaba alguien, y su grito se convertía en aullido.

—¡Dios mío, contramaestre! —grité—. Es uno de los hombres que se encuentran en el sobrejuanete de trinquete.

—¡Escuchad! —ordenó entonces el contramaestre—. ¡Escuchad!

—Socorro... ¡Oh ...! ¡Dios...! ¡Socorro! ¡Socorro! De repente resonó la voz de Stubbins.

—¡Subamos, muchachos! ¡Por Dios! ¡Arriba todos! —Y saltó al aparejo de trinquete. Yo cogí el mango de la linterna con los dientes y seguí. Plummer venía, pero el contramaestre le detuvo.

—Ya basta —dijo—. Yo voy. —Y me siguió.

Pasamos por encima de la vela de gavia corriendo como demonios. El resplandor de la linterna que llevaba me impedía ver incluso a corta distancia; pero desde la cruceta, Stubbins, que se encontraba unos flechastes más arriba de nosotros, gritó con voz entrecortada:

—Están luchando... como... demonios.

—¿Cómo? —preguntó el contramaestre, sin aliento.

Al parecer Stubbins no le oyó, pues no contestó nada. Evitamos la cruceta y trepamos al aparejo de juanete. Allá arriba la brisa era muy violenta y por encima de nuestras cabezas se oía el chasquido del velamen al viento; pero no nos había llegado ningún ruido desde el momento en que abandonamos la cubierta.

Entonces, de repente, surgió de las tinieblas, encima de nosotros, un nuevo grito terrible. Era una curiosa mezcla de gritos de socorro y juramentos entrecortados.

Stubbins se paró en la verga del sobrejuanete y se volvió hacia mí.

—Date prisa... con... la... linterna... ¡Jessop! —gritó, respirando entre palabra y palabra—. Habrá... un asesinato... dentro de... un instante.

Me acerqué y le tendí la linterna. Se agachó para cogerla. Luego, sosteniéndola encima de su cabeza, siguió subiendo y adelantó algunos flechastes. Así llegó al nivel de la verga de sobrejuanete. Desde donde yo estaba, un poco más abajo, la linterna parecía emitir algunos extraños rayos intermitentes que resbalaban por la percha. Pero que me permitieron ver algo.

A lo primero, miré a barlovento y vi en seguida que no había nada encima de ese brazo de la verga. Pasé entonces a mirar a sotavento. Vi de forma imprecisa algo aferrado a la vega y luchando. Stubbins levantó la linterna; vi más claramente quién era: Jacobs, el grumete. Tenía el brazo derecho enrollado en la verga; con el otro, parecía defenderse de algo que se encontraba en el lado opuesto y más hacia afuera, sobre la verga. Se le oía gemir, jadear, y jurar a veces. En una ocasión, cuando parecía que estaba a punto de soltar la presa, chilló como una mujer. Toda su actitud expresaba un encarnizamiento desesperado. Apenas puedo explicaron cuánto me afectó aquel espectáculo extraordinario. Miraba, pero me resultaba difícil concebir que aquello pudiese pasar realmente.

Durante los pocos segundos que estuve mirando y recobrando aliento, Stubbins había trepado rodeando el mástil por popa y yo empezaba a seguirle.

Desde la posición que ocupaba, más abajo, el contramaestre no había podido ver lo que ocurría en la verga y gritó para pedirme que se lo dijese.

—Es Jacobs, contramaestre. Da la impresión de pelear con alguno que se encuentra a sotavento en relación con él. No veo muy claro.

Stubbins, dando vuelta, había llegado a la relinga de grátil, por el lado de sotavento, y ahora levantaba la linterna y miraba; fui a juntarme con él rápidamente. El contramaestre seguía; pero en lugar de dejarse caer en la relinga, pasó a la verga y permaneció allí, en el amante. Gritó que le pasásemos la linterna, cosa que hice tras cogerla de las manos de Stubbins. El contramaestre la tendió estirándose cuanto pudo, iluminando con ello el lado de sotavento de la verga. La luz penetró en la oscuridad hasta el lugar en que Jacobs estaba luchando extrañamente; no se veía a nadie más que a él.

Habíamos tenido que entretenernos un momento para pasarle la linterna al contramaestre.

Pero luego, Stubbins y yo nos pusimos a avanzar con lentitud a lo largo de la relinga. Digo que íbamos lento, pero teníamos motivos para hacerlo, sin atrevimientos vanos, porque todo aquel asunto era abominablemente insólito. Parece imposible evocar con exactitud y comunicar la extraña escena que se desarrolló en la verga de sobrejuante. Tal vez logréis reproducirla con un esfuerzo de imaginación.

El contramaestre estaba en la percha, linterna en mano, balanceándose con cada movimiento del barco, con la cabeza hacia adelante y mirando la verga de un extremo al otro. A nuestra izquierda, Jacobs, enloquecido, luchando, soltando imprecaciones, rezando, jadeando; en torno de él, las tinieblas, la noche.

—Aguardad un momento —dijo de repente el contramaestre—. ¡Jacobs! ¿Me oyes?

No obtuvo respuesta, pero seguíamos oyendo aquel jadeo y aquellos juramentos.

—¡Id para allá! —nos dijo entonces el contramaestre—. Pero llevad cuidado. Sujetaos bien.

Elevó la linterna y avanzamos con precaución. Stubbins alcanzó al grumete y le puso la mano en el hombro, con un gesto tranquilizador.

—Calma, Jacobs —dijo— Calma.

Al tocarle, el muchacho se apaciguó como por encanto. Stubbins, rodeándole, fue a coger el nervio por el otro lado.

—Sostenlo por aquí —me gritó—. Voy a ir al otro lado.

Hice lo que decía, y Stubbins lo rodeó.

—Aquí no hay nadie —me gritó Stubbins; pero su tono no expresaba ninguna sorpresa.

—¿Cómo? —gritó el contramaestre—. ¿No hay nadie? Entonces, ¿dónde está Svensen?

No comprendí la respuesta de Stubbins; porque de repente creí ver una sombra en el penol, por fuera del amantillo. Miré. Aquello se irguió sobre la verga y reconocí la silueta de un hombre. Cogió el amantillo y se puso a trepar muy rápido. Pasó en diagonal por encima de la abeza de Stubbins y tendió hacia abajo un brazo y una mano, de contornos muy vagos.

—¡Cuidado, Stubbins! —grité—. ¡Ojo!

—¿Qué hay ahí arriba ahora? —gritó él con una voz que expresaba sobrecogimiento. En el mismo instante le volaba la gorra remolineando por sotavento.

—¡Condenado viento! —dijo él, explotando.

En seguida, Jacobs, que sólo había exhalado algún gemido de vez en vez, se puso a gritar y removerse.

—Tenle bien sujeto —gritó Stubbins—. Va a tirarse de lo alto de la verga.

Pasé el brazo izquierdo en torno a los hombros del grumete y así el nervio por el otro lado. Entonces levanté la mirada. Creí ver por encima de nosotros algo oscuro e indistinto que subía rápidamente por el amantillo.

—Sostenle mientras pillo un rizo —gritó el contramaestre. Un instante más tarde oímos ruido y la luz desapareció.

—Maldición, y la vela que se va a incendiar —gritó el contramaestre.

Yo me contorsioné en todas direcciones para mirar hacia él. Apenas podía percibirle, allí por encima de la verga. Sin duda se le había roto la linterna cuando bajaba hacia la relinga. Entonces me volví hacia el aparejo de sotavento. Creí ver una sombra que descendía furtivamente en la oscuridad; pero no estaba seguro de nada; y luego, la sombra había desaparecido con la velocidad del rayo.

—¿Algún problema, contramaestre? —le grité.

—Sí —contestó—. Se me ha caído la linterna. ¡Esta maldita vela me la ha hecho soltar!

—No importa, contramaestre —contesté—. Creo que nos podremos arreglar sin ella. Jacobs parece más tranquilo ahora.

—Pues llevad mucho cuidado al bajar —dijo, advirtiéndonos.

—Vamos, muchacho —dijo Stubbins. Ahora estás muy bien. Nos ocuparemos de ti—. Y se puso a guiarle para seguir la verga.

Se vino sin hacerse rogar demasiado, pero sin decir palabra. Estaba como un niño. Se estremeció una o dos veces, pero no dijo nada.

Le hicimos bajar hasta llegar al aparejo de sotavento. A continuación, poniéndonos uno a su lado y el otro debajo, bajamos lentamente hacia el puente. Íbamos muy despacio. Tan despacio que el contramaestre, que se había quedado atrás para enroscar el rizo en el lado de sotavento de la vela, llegó casi al mismo tiempo que nosotros.

—Llevad a Jacobs a proa, a su litera—dijo, y se volvió hacia popa, donde se agrupaban muchos hombres, uno de ellos con su linterna, junto a la puerta de un camarote vacío de debajo del saltillo de la toldilla, a estribor.

Por nuestra parte, fuimos al castillo de proa lo más rápido que pudimos. Encontramos todo a oscuras.

—Están atrás con Jock y Svensen. —Stubbins había dudado un instante antes de pronunciar el último nombre.

—Sí —contesté—. Tenía que ser así. Eso es, sin duda.

—En cierto modo, yo ya lo sabía —dijo él.

Crucé la puerta y encendí la cerilla. Stubbins me seguía guiando a Jacobs delante de él, y entre los dos lo instalamos en la litera. Le pusimos las mantas encima, porque tiritaba mucho.

Luego salimos. No había dicho una sola palabra.

Cuando volvíamos hacia popa, Stubbins me dio su opinión: todo ese asunto le había trastornado un poco la sesera.

—Está totalmente ido —continuó—. No entiende ni palabra de lo que se le dice.

—Tal vez para mañana esté mejor —contesté.

Cuando llegamos cerca de la toldilla, donde aguardaban arremolinados los hombres, volvió a hablar.

—Les han puesto en la litera vacía del contramaestre.

—Sí —dije—. ¡Pobres tíos!

Nos unimos a los demás, que se abrieron para dejar que nos acercásemos a la puerta. Varios de ellos preguntaron a media voz si Jacobs estaba bien y les contesté que sí, pero sin comentarles en qué estado se encontraba.

Al llegar muy cerca de la puerta miré adentro. La lámpara estaba encendida y pude ver muy claramente. Había una litera, y un hombre tendido en cada piso de ella. El patrón estaba allí, apoyado en un mamparo estanco. Tenía aire preocupado; pero estaba callado, perdido en sus pensamientos. El contramaestre andaba extendiendo dos banderas sobre los cadáveres. El segundo hablaba, le estaba contando algo; pero en voz tan baja que me costaba mucho captar algo. Me impresionó verlo tan deprimido. Capté briznas de lo que decía.

—... roto... Y el holandés...

—Lo he visto —dijo el contramaestre, muy conciso.

—Dos de golpe —dijo el segundo—... tres en...

El contramaestre no contestó nada.

—Naturalmente, sabe usted... accidente —seguía el segundo.

—Así es —dijo el contramaestre con voz extraña.

Vi que el segundo le lanzaba una mirada un tanto dubitativa; pero el contramaestre estaba cubriendo la cara del pobre viejo Jock y no pareció observarlo.

—Esto... esto... —dijo el segundo; luego se calló.

Tras un momento de duda dijo algo más, que no pude cazar; pero el tono parecía revelar una conmoción intensa.

El contramaestre no parecía haberle oído; en todo caso, no contestaba; pero se agachó para recoger la punta del paño sobre la silueta rígida que reposaba en la litera inferior. Aquel gesto encerraba cierta ternura, cosa que me hizo simpatizar más con él.

—¡Está blanco! —me dije. Y luego, en voz alta—: Hemos acostado a Jacobs, contramaestre.

El segundo dio un brinco; luego giró en redondo y me miró como si fuese un fantasma. El contramaestre también se volvió, pero antes de que pudiese abrir la boca, el patrón dio un paso hacia mí.

—¿Está bien? —preguntó.

—Pues, capitán, está un poco extraño —dije—. Pero supongo que en cuanto duerma se encontrará mejor.

—Supongo que sí —dijo, y salió a cubierta. Fue hacia la escalera de estribor de la toldilla, con paso lento. El contramaestre fue a situarse cerca de la lámpara, y el segundo, tras haberle dirigido una mirada rápida, salió para seguir al patrón a la toldilla. De repente se me ocurrió que aquel hombre había dado con una parte de la verdad. Aquel accidente sucedido a tan corta distancia del otro... Era claro que había establecido la relación entre ambos. Recordaba fragmentos de las observaciones que había hecho al contramaestre. Y además, aquellos numerosos hechos pequeños sin importancia que se habían dado tantas veces y le habían hecho reír. Me preguntaba si no va a empezar a comprender el significado... el significado abominable y siniestro.

"¡Ah, bruto de segundo!", me decía yo, "como se ponga usted a comprenderlo, va a pasar un mal rato, señor mío".

Mis pensamientos saltaron de repente hacia el porvenir negro que nos aguardaba.

—¡Que Dios nos ayude! —murmuré.

El contramaestre, tras recorrer la habitación con la mirada, bajo la mecha de la lámpara, salió y cerró la puerta.

—Ahora, vosotros —dijo, dirigiéndose a los hombres de la guardia del segundo—, volved a proa; no podemos hacer nada más. Sería mejor que durmieseis un poco.

—Sí, contramaestre —contestaron a coro.

En el momento en que dábamos media vuelta para volver hacia proa, preguntó si se había relevado al hombre de vigía.

—No, contramaestre —contestó Quoin.

—¿Te toca a ti? —preguntó el contramaestre.

—Sí, contramaestre —le dijo él.

—Entonces, date prisa en relevarle.

—Bien, contramaestre —dijo. Y se vino hacia proa con nosotros.

En aquel momento pregunté a Plummer quién estaba al timón.

—Tom —dijo.

Mientras me contestaba, cayeron varias gotas de agua, y airé al cielo: estaba cubierto de nubes.

—Parece que va a refrescar —dije.

—Sí —contestó—. Y no tardará; amainaremos velas.

—Tal vez hará falta todo el mundo para eso.

—Sí —me contestó—. Y entonces, no vale la pena que se cuesten.

El hombre que llevaba la linterna entró en el castillo de proa, y los demás tras él.

—¿Y dónde está la de nuestra guardia? —preguntó Plum.

—Se ha roto ahí arriba —respondió Stubbins.

—¿Cómo ha sido? —preguntó Plummer.

—Se le ha caído al contramaestre —contesté—. Chocó con la vela, o algo así.

Los hombres de la otra guardia no parecían tener intención de acostarse inmediatamente; se habían sentado en las literas o en tomo de ellas, en los cofres. Todos encendieron la pipa, y en aquel momento se oyó, de repente, un gemido que venía de una litera del fondo del castillo de proa, que siempre estaba un poco oscuro; y ahora más, porque sólo teníamos una lámpara.

—¿Qué es eso? —preguntó uno de los de la otra guardia.

—¡Chsst! —dijo Stubbins— Es él.

—¿Quién? —preguntó Plummer—. ¿Jacobs?

—Sí —contesté—. ¡Pobre diablo!

—¿Qué sucedió cuando subisteis allá arriba?—preguntó el hombre de la otra guardia, señalando con un movimiento de cabeza el sobrejuanete de trinquete.

Antes de que yo pudiese responder, Stubbins se puso en pie de un brinco.

—¡El contramaestre está tocando el silbato! —dijo—. ¡Vamos! —Y salió a cubierta corriendo.

Plummer, Jaskett y yo nos dimos prisa en seguirle. Afuera, había empezado a llover con fuerza. Se oía la voz del contramaestre.

—Poneos al lado de las cargaderas y de los brioles del sobrejuanete del palo mayor —oí que gritaba, y un instante más tarde se oyó el chasquido sordo de la vela que él estaba empezando a izar.

En pocos minutos la teníamos izada.

—Subid dos de vosotros a aferrarla —gritó.

Me acerqué al aparejo de estribor; luego vacilé. No se había movido nadie más.

El contramaestre vino a situarse entre nosotros.

—Vamos, muchachos —dije—. Decidíos. Hay que hacerlo. Pero tampoco se movió nadie, ni contestó nadie.

—Yo voy —dije— Con la condición de que venga alguien conmigo.

Tammy vino a ponerse a mi lado.

—Iré yo —dijo un tanto nervioso.

—¡No, por Dios, no! —dijo de repente el contramaestre. Saltó él mismo al aparejo del palo mayor. ¡Vete, Jessop! —gritó. Le seguí; pero estaba asombrado. Estaba esperando que se pusiese hecho una fiera con los demás tíos. No se me había ocurrido que pudiese tener consideraciones. En aquel momento, yo estaba simplemente intrigado. Pero luego empecé a darme cuenta.

Apenas había yo alcanzado al contramaestre cuando se lanzaron, a la vez, a seguirnos Stubbins, Plummer y Jaskett.

A mitad de camino de la gavia mayor, el contramaestre se detuvo a mirar hacia abajo.

—¿Quién sube detrás de ti, Jessop? —preguntó.

Antes de que yo pudiese hablar le contestó Stubbins: —Soy yo, contramaestre, con Plummer y Jaskett.

—¿Quién demonios os ha dicho que subieseis ahora? ¡Bajad inmediatamente!

—Venimos a acompañarles, contramaestre.

Estaba seguro de que el contramaestre iba a estallar en maldiciones; sin embargo, me equivoqué, por segunda vez en dos minutos. En lugar de insultar a Stubbins, tras detenerse un momento, siguió subiendo por el aparejo sin decir palabra, y los demás siguieron. Llegamos al sobrejuanete mayor y realizamos rápidamente la labor; éramos suficientes como para hacerlo en un santiamén. Cuando terminamos observé que el contramaestre permanecía en la verga, mientras los demás nos encontrábamos ya todos en el aparejo. Evidentemente, estaba decidido a correr todos los riesgos que le correspondiesen, en la medida en que los hubiese; pero procuré permanecer muy cerca de él, por si ocurría cualquier cosa; sin embargo, alcanzamos la cubierta sin que hubiese sucedido nada. Aunque esto no es totalmente exacto; porque al bajar por encima de la cruceta, el contramaestre dio un grito breve y repentino.

—¿Algún problema, contramaestre? —pregunté.

—¡No... no! —dijo—. Nada. Me he dado un golpe en la rodilla.

Todavía hoy creo que mentía. Durante aquel mismo cuarto pude oír a otros hombres dar gritos parecidos. Pero Dios sabe que tenían motivo sobrado.



LAS MANOS QUE SE TE ENGANCHABAN


En cuanto nos reagrupamos en cubierta, el contramaestre dio una orden:

—Cargaderas y brioles del juanete de mesana —y nos señaló que fuésemos hacia la popa. Él se situó cerca de las drizas, dispuesto a amainar.

Al cruzar en dirección a la cargadera de estribor vi que el viejo estaba en el puente, y al asir la maniobra, le oí que decía al contramaestre:

—Míster Tulipson, para amainar llame a todo el mundo.

—Muy bien, capitán —contestó el contramaestre. Levantó la voz—: Jessop, ve a proa y llama a todo el mundo para arriar las velas. Y de paso, será mejor que llames al cuartelero.

—Muy bien, contramaestre —grité, apresurándome a cumplirlo.

Al irme, oí que encargaba a Tammy que fuese a llamar al segundo.

Me asomé por la puerta de estribor del castillo de proa y vi que algunos se estaban acostando.

—¡Todo el mundo a cubierta! ¡Amainamos velas! —grité. Salté al interior.

—Exactamente lo que yo decía —refunfuñó uno de los hombres.

—No se imaginarán que vamos a subir esta noche a la arboladura, después de lo que ha sucedido... —indicó otro.

—Hemos subido al sobrejuanete del palo mayor —contesté—. El contramaestre vino con nosotros.

—¿Cómo? —dijo el primero—. ¿El contramaestre en persona?

—Sí —contesté—. Hemos subido todos los de la guardia, ¿comprendes?

—¿Y qué ha ocurrido? —preguntó.

—Nada —contesté—. Absolutamente nada. Cada uno ha aferrado un trocito y hemos vuelto a bajar.

—De todos modos—afirmó el segundo hombre—, yo no me siento con ánimos para subir arriba después de lo que ha pasado.

—No es cosa de saber si te sientes con ánimo o no —repliqué—. Hay que amainar velas, porque, de lo contrario, el viento va a liar todo. Uno de los pilotines me ha dicho que el barómetro está bajando.

—Vamos, muchachos. Hay que hacerlo —dijo uno de los más viejos levantándose del cofre—. ¿Qué tiempo hace afuera, marinero?

—Llueve —dije—. Vais a necesitar las botas.

Vacilé un instante antes de volver a cubierta. Había creído oír un gemido procedente de la parte oscura, adelante. "¡Pobre diablo!", me dije. Pero el viejo, el último que había hablado, interrumpió mis reflexiones.

—¡Vale, marinero! —dijo un poco irritado—. No hace falta que esperes. Dentro de un minuto escaso estaremos todos fuera.

—Lo sé. No estaba pensando en vosotros —contesté, yendo hacia la litera de Jacobs. Algún tiempo antes éste se había instalando unas cortinas de tela de saco vieja, para protegerse de las corrientes de aire. Las habían corrido y tuve que apartarlas. Estaba echado de espaldas y tenía una respiración rara, entrecortada. No le veía claramente la cara, pero en aquella penumbra me pareció muy pálida.

—Jacobs —le dije—, Jacobs, ¿cómo te encuentras ahora?

Pero él no dio ninguna muestra de haberme oído. De modo que al cabo de algunos instantes volví a cerrar las cortinas y me alejé.

—¿Qué pinta tiene?—preguntó uno de los marineros en el momento en que yo volvía a alcanzar la puerta.

—Mala —contesté—, francamente mala. Creo que habría que pedir que venga el camarotero a verle. Se lo diré al contramaestre en cuanto tenga ocasión.

Pasé por la cubierta y corrí atrás para echarles una mano a amainar la vela. La elevamos y luego fuimos a por el juanete de trinquete. Al cabo de un momento se nos juntaron los de la otra guardia y, con el segundo, se ocuparon inmediatamente de la vela mayor.

Cuando el palo mayor estuvo a punto para aferrar, habíamos levantado ya las velas de trinquete, de modo que las tres velas de juanete estaban a punto. Entonces llegó la orden: —¡Todo el mundo arriba para aferrar!

—Yo voy con vosotros, muchachos —dijo el contramaestre—. Y esta vez no nos dejemos nada colgando. Atrás, junto al palo mayor, los hombres de la guardia del segundo formaban una masa compacta. Oí que el segundo empezaba a maldecir; se produjo un murmullo y el segundo se calló.

—Vamos, muchachos, vamos allá—gritó el contramaestre. Entonces Stubbins saltó al aparejo.

—¡Vamos! —gritaba—. Vamos a cargar esa condenada vela y bajaremos antes de que ellos empiecen a trepar.

Le siguió Plummer, luego Jaskett, yo, y Quoin, al que habían hecho dejar la vigía para que nos ayudase.

—¡Así! ¡Bravo! —gritaba el contramaestre animándonos. Luego, corrió atrás junto a los hombres del segundo. Oí que los hombres hablaban al mismo tiempo que éste, y poco después, cuando nosotros pasábamos por encima de la gavia de trinquete, constaté que se ponían a trepar.

En seguida me di cuenta de que en cuanto el contramaestre vio que saltaban arriba, se fue al juanete de mesana con los cuatro pilotines.

Nosotros subíamos lentamente, con mucho cuidado, como podéis imaginaros. De esta forma habíamos llegado a la cruceta, por lo menos Stubbins, que iba en cabeza, cuando de repente éste dio un grito como el que antes había exhalado el contramaestre. Pero esta vez se volvió de inmediato y se puso a insultar a Plummer.

—Canalla, que me querías hacer caer a cubierta —gritaba—. Si eres tan tonto como para andar jugando, métete con otro...

—¡Yo no he sido! —dijo Plummer interrumpiéndole—. No te he tocado. ¿Qué demonios te ocurre?

—Fuiste tú —contestó Stubbins.

No oí lo que siguió, porque Plummer dio entonces un grito.

—¿Qué pasa, Plummer?—exclamé—. Santo cielo, no se os ocurra ahora poneros a pelear en el aparejo.

Pero la única respuesta fue una blasfemia, ruidosa y llena de terror. Entonces se puso a chillar como un condenado, y cuando se debilitaron sus voces, se oía a Stubbins jurar desesperado.

—Van a caer rodando —exclamé, sin saber qué hacer—. Van a caerse, como que yo estoy aquí.

Cogí a Jaskett de la bota.

—¿Qué hacen? —grité. ¿No puedes ver? —le sacudía la pierna. Pero al sentir que le tocaba, el viejo imbécil, así le consideré entonces, se puso a chillar con voz aterrorizada.

—¡Ah! Socorro... ¡Soc....!

—¡Cállate! ¡Cállate, viejo tunante! si no quieres hacer nada, al menos déjame pasar —le dije.

Sólo conseguí que gritase más fuerte. Luego, de repente, oí gritos de espanto en algún lugar por la parte de la gavia mayor... juramentos, gritos de miedo, aullidos, y sobreponiéndose a todo las órdenes de alguien que quería que bajasen a cubierta.

—¡Bajad! ¡Bajad! ¡Abajo! ¡Abajo! Maldito... —Las palabras siguientes quedaron ahogadas por una nueva explosión de gritos roncos.

Yo intentaba adelantar al viejo Jaskett; pero él se aferraba al aparejo, extendiéndose en él. Creo que es la mejor forma de describir su actitud, por lo que pude ver en aquella oscuridad.

Más arriba, Stubbins y Plummer seguían dando alaridos e injuriándose, los obenques vibraban, como si los dos luchasen encarnizadamente.

Stubbins daba la impresión de gritar algo preciso; pero fuese lo que fuese, yo no podía comprenderlo.

El sentimiento de impotencia me encolerizaba. Sacudí y empujé a Jaskett para obligarle a moverse.

—¡Al cuerno, Jaskett! —le decía gruñendo—. ¡Maldito viejo imbécil y miedoso! ¡Déjame pasar! ¡Déjame pasar! ¿Quieres? Pero en lugar de dejarme paso, estaba empezando a bajar.

Al verlo, le cogí con la mano derecha el culo del pantalón y con la otra así el obenque, en algún punto situado encima de su cadera izquierda; de ese modo pude izarme por la espalda del buen viejo. Entonces, por encima de su hombro derecho, pude asir con la derecha el obenque de proa, y con este punto de apoyo adelanté la mano izquierda hasta la misma altura; así pude poner el pie en el ajuste de un flechaste y elevarme más. Entonces me paré un momento y miré hacia arriba.

—¡Stubbins! —grité—. ¡Stubbins! ¡Plummer! ¡Plummer! En el mismo momento en que le llamaba, el pie de Plummer, que bajaba en aquella oscuridad, vino a ponérseme de lleno encima de la cara, que miraba hacia arriba. Solté el aparejo con la mano derecha y le dio golpes furiosos en la pierna, poniéndole verde por su torpeza. Él levantó el pie, y en el mismo instante me llegó con nitidez rara una frase pronunciada por Stubbins:

—¡Por amor de Dios! Decidles que vuelvan a bajar a cubierta.

En el mismo momento de oírle, alguien me cogía por la cintura. Me así desesperadamente al aparejo con la mano derecha, que tenía libre, y tuvo suerte de poder asegurarme tan rápido; porque en el mismo instante me vi atacado con una brutalidad feroz que me sumió en el pavor. No dije nada, pero me puse a dar patadas a ciegas con el pie izquierdo. Es curioso, pero puedo afirmar con certeza que toqué algo; estaba demasiado muerto de miedo para poder estar seguro; pero me pareció que el pie había dado en algo fofo que retrocedió por el golpe. Es posible que sean sólo imaginaciones, pero me inclino a creer que no; porque me soltaron la cintura de inmediato. Y empecé a bajar con dificultad asiéndome a los obenques con desesperación.

Sólo tengo un vago recuerdo de lo siguiente. No sabría decir si me deslicé por encima de Jaskett o bien él me dejó pasar. Sólo sé que llegué a cubierta y todo me daba vueltas por el terror ciego y la sobreexcitación, y lo siguiente que recuerdo es que me encontré en medio de una turba de marineros medio enloquecidos que chillaban.



EN BUSCA DE STUBBINS


Tenía conciencia vaga de que el capitán, el segundo y el contramaestre se encontraban abajo, en medio de nosotros, intentando que recobrásemos un poco la calma. Lo consiguieron y nos dijeron que fuésemos hacia la puerta de la cámara, cosa que hicimos como un solo hombre. Una vez allí, el patrón nos sirvió, personalmente, a cada uno un vaso lleno a rebosar de ron. Luego, por orden suya, el contramaestre pasó lista.

Empezó por la guardia del segundo, y todo el mundo respondió presente. A continuación pasó a la nuestra. Debía de estar muy agitado, porque el primer nombre que dijo fue el de Jock.

Hubo un silencio de muerte; se oía el gemido del viento en las jarcias y el chasquido de las tres velas de juanete, que no estaban aferradas.

El contramaestre dijo en seguida el segundo nombre: Jaskett.

—Presente, contramaestre.

—Quoin.

—Presente, contramaestre. Jessop.

—Presente.

—Stubbins.

No hubo respuesta.

—¡Stubbins! —llamó el contramaestre por segunda vez. Ninguna respuesta de nuevo.

—¿Stubbins no está ahí? ¡Que alguien dé razón de él! —La voz del contramaestre tomaba un tono incisivo y ansioso. Hubo un silencio, y luego habló uno de los hombres:

—No está, contramaestre.

—¿Quién ha sido el último en verle? —pregunto el contramaestre.

Plummer avanzó iluminado por la luz que salía de la cámara. No llevaba chaqueta ni gorra, y tenía la camisa hecha jirones.

—Yo, contramaestre —dijo.

El viejo, que estaba al lado del contramaestre, dio un paso hacia él, se detuvo y le miró; pero el que tomó la palabra fue el contramaestre.

—¿Dónde? —preguntó.

—Estaba justo encima de mí en la cruceta cuando... cuando... —y se paró en seco.

—¡Sí, sí! —contestó el contramaestre, volviéndose entonces hacia el capitán—: Es preciso que alguien vaya a ver allá arriba, capitán... —Dudaba.

—Pero... —contestó el viejo, y se calló. Intervino el contramaestre.

—Esta vez voy a ir yo, capitán —dijo con calma. Luego se volvió hacia nosotros.

—Tammy, ve al armario a buscar dos lámparas.

—Bien, contramaestre —contestó Tammy. Se fue corriendo.

—Ahora —dijo el contramaestre dirigiéndose a nosotros—, quiero dos hombres que suban conmigo a la arboladura a buscar a Stubbins.

Nadie contestó. Yo habría querido proponerme; pero todavía recordaba aquella cosa horrible que me había asido y no conseguía valor para hacerlo.

—¡Vamos, vamos, muchachos! —dijo—. No podemos dejarle allá arriba. Vamos a llevar linternas. ¿Quién quiere venir? Me adelanté. Tenía un miedo horrible. Pero me daba vergüenza quedarme atrás por más tiempo.

—Voy con usted, contramaestre —dije en voz no muy alta y un tanto cascada por los nervios.

—Eso está mejor, Jessop —contestó en un tono que me hizo alegrar de haberme propuesto.

En aquel momento volvió a subir Tammy con las linternas.

Las dio al contramaestre, que cogió una, y le dijo que entregase la otra. El contramaestre levantó la linterna por encima de la cabeza y recorrió con la mirada a los hombres que vacilaban.

—Vamos, muchachos —exclamó—, no podéis dejar que Jessop y yo vayamos solos. No os portéis como cobardes.

Quoin se destacó del grupo y habló por los demás.

—Yo no sé si nos portamos como cobardes, contramaestre, pero mírele a ése —y señaló a Plummer, que estaba a plena delante de la puerta de la cámara—. ¿Qué es lo que le ha dejado así? —prosiguió—. Y ahora usted nos pide que volvamos a subir. Nadie puede extrañarse de que no vayamos arriba volando.

El contramaestre miró a Plummer; como ya dije, el pobre diablo estaba en un estado auténticamente lamentable; jirones de la camisa ondeaban con la corriente de aire de puerta.

El contramaestre lo miró sin decir palabra. Parecía que hubiese quedado mudo al tomar conciencia del estado Plummer. Fue éste el que acabó por romper el silencio.

—Voy con ustedes, contramaestre —dijo—. Pero tiene que llevar algo más de dos linternas. No sirve de nada ir si no hay muchísima luz.

Aquel hombre tenía arrestos; me sorprendía que se volviese a ir después de lo que había tenido que sufrir. Pero toda iba a llevarme una sorpresa mayor; porque, de repente, el patrón —que hasta entonces prácticamente no había dicho esta boca es mía— dio un paso adelante y le puso la mano en el hombro al contramaestre.

—Yo voy con usted, míster Tulipson —dijo.

El contramaestre volvió la cabeza, le miró fijamente instante, muy atónito. Entonces pudo abrir la boca: —No, capitán, no creo que... —empezó.

—Basta, míster Tulipson —dijo el viejo interrumpiéndole—. He tomado ya la decisión.

Se volvió hacia el segundo, que no había dicho palabra.

—Míster Grainge —dijo—, lleve dos pilotines y vaya a buscar una caja de fósforos de seguridad y algunas luces farola.

El segundo respondió algo y se precipitó hacia la cámara con los dos pilotines de su guardia. Entonces, el viejo se dirigió a los hombres:

—¡Atención, marineros! No es momento de titubear. El contramaestre y yo vamos a subir a la arboladura, pero querría que media docena de vosotros nos acompañen para llevar las luces. Plummer y Jessop, aquí presentes, se han ofrecido como voluntarios. Necesito cuatro o cinco más. ¡Vamos! Dad un paso adelante algunos.

Esta vez nadie vaciló ya. El primero en avanzar fue Quoin. Le siguieron tres hombres de la guardia del segundo, y luego el viejo Jaskett.

—Vale, con esto vale —dijo el viejo. Se volvió hacia el contramaestre.

—¿Ha vuelto ya míster Grainge con las luces? —preguntó levemente irritado.

—Aquí estoy, capitán —respondió el segundo a sus espaldas, en la puerta de la cámara.

Sostenía en la mano la caja le fósforos de seguridad y tras él los dos muchachos traían las luces de farola.

El capitán le quitó la caja de las manos con un gesto rápido y la abrió.

—Ahora venid uno de vosotros —prosiguió.

Uno de los de la guardia del segundo corrió hacia él. Cogió algunos de la caja para dárselos al hombre.

—Mira —dijo—. Cuando subamos, tú te vas a la gavia de trinquete y sostienes uno encendido todo el tiempo, ¿comprendes?

—Sí, capitán —dijo el hombre. El capitán llamó al contramaestre:

—¿Donde está ese chico de su guardia... Tammy, míster Tulipson?

—Presente, capitán —dijo Tammy. El viejo cogió otro fósforo de la caja.

—Atiende, muchacho —dijo. Toma esto y ponte encima de la camareta de proa. Cuando subamos, nos das luz hasta que el hombre llegue a la gavia. ¿Comprendes?

—Sí, capitán dijo Tammy.

—¡Un instante! —dijo el viejo, inclinándose a coger otro fósforo de la caja—. Es posible que el primero se te acabe antes de que estemos listos. Por si pasa eso, es mejor que tomes otro.

Tammy cogió el fósforo y se alejó.

—Esas luces de farola, ¿están listas para encender, míster Grainge? —preguntó el capitán.

—Totalmente listas —contestó el segundo.

El viejo se puso en el bolsillo un fósforo de seguridad y se levantó.

—Muy bien —dijo—. Déle una a cada hombre. Y compruebe que todos lleven cerillas.

Luego se dirigió, en particular, a los hombres:

—En cuanto nosotros estemos a punto, los otros dos hombres de la guardia del segundo subirán a los guardaburdas y mantendrán encendidas las luces de farola. Llevad los bidones de petróleo. Cuando lleguemos a lo alto de la gavia, Quoin y Jaskett subirán a los penoles y encenderán allí sus luces de farola. Procurad manteneros todos apartados de las velas.

Plummer y Jessop subirán con el contramaestre y conmigo. ¿Ha comprendido bien todo el mundo?

—Sí, capitán —contestaron los demás a coro.

El patrón pareció tener una idea repentina. Volvió a la cámara. Salió al cabo de un minuto y le alargó al contramaestre un objeto que brillaba a la luz de las linternas. Vi que era un revólver; tenía otro en la mano y se lo metió en el bolsillo lateral. El contramaestre sostuvo un momento el revólver en la mano con aire un poco dubitativo.

—Capitán, no creo... —empezó. Pero el patrón le cortó en seco.

—¡Nunca se sabe! —dijo. Póngaselo en el bolsillo. Luego se volvió hacia el segundo.

—Usted, míster Grainge, tomará la responsabilidad del puente mientras nos encontremos en la arboladura —dijo.

—Muy bien, capitán —respondió el segundo. Llamó a uno de sus pilotines para que volviese a llevar al camarote la caja de fósforos de seguridad.

El viejo se dio vuelta y se puso a la cabeza para conducirles a proa. Al mismo tiempo, brillaba en las cubiertas la luz de las dos linternas, dejando ver el lío de las maniobras del juanete. Las jarcias estaban hechas un ovillo. La causa del desorden era el paso de aquella turba que al llegar a la cubierta pataleaba de enervamiento. Entonces, súbitamente, como si aquel espectáculo hubiese despertado mi comprensión, tuve una visión por completo distinta de lo extraño que era todo aquello... Estaba levemente desesperado, y me preguntaba qué desenlace podía tener aquella serie de acontecimientos abominables. ¿Comprendéis?

De repente oí que el patrón gritaba, lejos, hacia proa. Ordenaba a Tammy que subiese a lo alto de la camareta con su fósforo de seguridad. Nosotros llegamos al aparejo de trinquete y en el mismo instante el resplandor extraño del fósforo de Tammy se expandió por la noche haciendo resaltar de manera insólita cada maniobra, las velas y las perchas.

Entonces vi que el contramaestre se encontraba ya con su linterna en el aparejo de estribor. Le gritaba a Tammy que evitase que el fósforo gotease sobre la vela de estay, que estaba aferrada sobre la camareta. Luego oí al capitán, que desde algún punto de babor decía que nos diésemos prisa.

—¡Aprisa ahora, marineros! —decía—. ¡Aprisa!

El hombre al que había ordenado situarse sobre la gavia de trinquete estaba inmediatamente detrás del contramaestre. Plummer estaba dos flechastes más abajo.

Oí de nuevo la voz del viejo:

—¿Dónde está Jessop, con la otra linterna?

—Aquí, capitán —grité.

—Tráela para este lado, no necesitáis dos linternas en el mismo lado.

Di la vuelta a la parte de adelante de la camareta. Fue entonces cuando lo vi. Estaba en el aparejo y avanzaba rápidamente. Uno de los de la guardia del segundo y Quoin se encontraban con él. Fue lo que vi al dar la vuelta a la camareta. Entonces salté, me así al vástago de la vigota y me lancé a la baranda. Entonces, de inmediato, se apagó el fósforo de "Tammy; el contraste nos dio la impresión de habernos hundido de repente en un pozo negro. Me quedé donde estaba, con un pie en la baranda y una rodilla sobre el vástago. En aquellas tinieblas, el resplandor de mi linterna parecía sólo una débil llama amarillenta, y más arriba, a doce o quince metros de nosotros y unos flechastes más arriba del aparejo de la prolongación de estribor, había otro resplandor amarillo en la mitad de la noche. Aparte de esto, una negrura total. Entonces, de arriba, de gran altura, nos llegó un grito extraño que parecía un sollozo. No sé qué era, pero resultaba terrible.

Nos llegó la voz del capitán, algo temblorosa.

—¡Rápido esa luz, muchacho! —gritaba. Y el fósforo se encendió de nuevo antes, incluso, de que acabase la frase. Levanté la mirada hacia el capitán. Seguía en el mismo sitio de antes, lo mismo que los dos hombres. Empezó a trepar de nuevo. Eché una ojeada a estribor. Jaskett y el otro de la guardia del segundo estaban a mitad de camino entre la camareta y la gavia de trinquete. A la luz siniestra de aquel fósforo de seguridad parecían extraordinariamente pálidos. Más arriba, vi al contramaestre en el aparejo de la prolongación, sosteniendo la linterna por encima de la gavia. Luego, se alejó y se perdió de vista. Le seguía el hombre de los fósforos, que también desapareció de mi vista. A babor, y más directamente encima de mí, los pies del capitán estaban en aquel instante dejando los baos de cofa. Al verlo, me apresuré a seguirle.

Estaba muy cerca de la gavia cuando vino de abajo el resplandor vivo de un fósforo, y casi en el mismo momento se apagó el de Tammy.

Miré las cubiertas. Estaban cubiertas de sombras temblorosas y grotescas, proyectadas por las luces de arriba. Un grupo de hombres se mantenía al lado de la puerta de babor de la cocina... Levantaban la cabeza y su palidez les daba un aspecto irreal. Luego me encontré en el aparejo de prolongación y un momento más tarde me encontraba de pie en la gavia, junto al viejo. Él gritaba algo a los hombres que habían subido por los guardaburdas. Me pareció que el hombre que estaba a babor tenía problemas; pero al cabo, casi un minuto después de que el otro hubiese encendido la luz de farola, consiguió que funcionase la suya. Durante ese tiempo, el hombre que estaba en la gavia había encendido su segundo fósforo y estábamos listos para lanzarnos al aparejo del mastelero de gavia. Pero delante, el capitán se inclinó por encima del lado de popa de la gavia y le gritó al segundo que enviase a un hombre al castillo de proa con una luz de farola. El segundo respondió y volvimos a ponernos en marcha, dirigidos por el viejo.

Felizmente, la lluvia había cesado y el viento estaba en calma; incluso pareció ceder un poco; sin embargo, era suficiente para hacer saltar, a veces, de las luces de farola largas serpientes de fuego de por lo menos un metro.

Aproximadamente a mitad de camino del aparejo del mástil de gavia, el contramaestre gritó para preguntarle al capitán si Plummer tenía que encender su luz de farola; pero el viejo dijo que era mejor esperar a que hubiésemos llegado a la cruceta, de forma que pudiese apartarse de las maniobras lo bastante como para no arriesgarnos a un incendio.

Nos estábamos acercando ya a la cruceta; el viejo se agachó y me dijo que le pasase la linterna por medio de Quoin. Unos pocos flechastes más, y él y el contramaestre se detuvieron casi a la vez, sosteniendo las linternas lo más alto posible, para escrutar las tinieblas.

—¿Ve usted algún rastro de él, míster Tulipson? —preguntó el viejo.

—No, capitán. Absolutamente nada. Levantó la voz.

—¡Stubbins! ¿Está ahí?

Aguzamos el oído; pero no oímos más que el gemido del viento y el flap-flap del juanete hinchado por la brisa.

El contramaestre trepó por encima de la cruceta seguido por Plummer. El hombre subió por la burda de sobrejuanete y encendió su luz de farola. Aquella luz nos permitía ver arriba, pero no había rastro de Stubbins en toda la zona que alcanzaba.

—Llegaos a los penoles, con las luces de farola, vosotros dos —gritó el capitán—. Aprisa, ¡ahora! ¡Y mantenedlos lejos de la vela!

Los hombres subieron a las relingas del pujamen, Quoin a babor, Jaskett a estribor.

Gracias a la luz de farola de Plummer, les veía claramente. Se desplegaron a lo largo de la verga. Me pareció que iban con precaución, cosa nada sorprendente. Y entonces, cuando se acercaban a los cuellos de verga, pasaron al otro lado de la luz, deslumbradora, de modo que ya no pude verles bien. Transcurrieron algunos segundos, y el resplandor de la luz de farola de Quoin se difundió con abundancia a barlovento; sin embargo, pasó casi un minuto sin que supiese nada de Jaskett.

Entonces, en la semioscuridad que rodeaba el cuello de verga de estribor, se oyó que Jaskett juraba y, casi en seguida, el ruido de algo que vibraba.

—¿Qué sucede ahí arriba? —exclamó el contramaestre—. ¿Qué pasa, Jaskett?

—Es la relinga, capitán, ca... pi... tán.

El contramaestre se dio prisa a agacharse con la linterna. Estiré un poco el cuello para ver por la popa del mástil de gavia.

—¿Qué sucede, míster Tulipson? —gritó el viejo.

En el penol, Jaskett se puso a gritar socorro y entonces, de inmediato, al resplandor de la linterna del contramaestre, pude ver que la relinga de estribor de encima de la verga superior de la vela de gavia estaba sacudida con violencia... sería mejor decir con rabia. Casi en el mismo momento, el contramaestre se pasó la linterna de la mano derecha a la izquierda. Se metió la derecha en el bolsillo y sacó el revólver. Estiró el brazo para apuntar a algo de debajo de la verga. La oscuridad quedó rota por un breve relámpago seguido de una detonación seca. En el mismo momento pude constatar que la relinga dejaba de sacudir.

—¡Enciende la luz, Jaskett! ¡Enciende la luz, Jaskett! —gritaba el contramaestre—. ¡Ve rápido!

En el penol aparecieron la chispa de una cerilla y, luego, un gran chorro de llamas.

—Eso está mejor, Jaskett. ¿Te encuentras bien, ahora? —le gritó el contramaestre.

—¿Qué sucedía, míster Tulipson? —preguntó el capitán.

Levanté la cabeza y vi que se había ido a situar al lado del contramaestre. Éste le daba explicaciones; pero no hablaba lo bastante alto para que pudiese oírle.

Me chocó la actitud de Jaskett cuando el resplandor de farola me permitió verle. Se había agachado, con la rodilla derecha por encima de la verga, y la pierna izquierda por debajo, entre esa verga y la relinga del pujamen, mientras rodeaba la verga con los brazos para sostenerse al tiempo que encendía la luz. Ahora, había subido de nuevo los pies hasta la relinga y se encontraba de panza sobre la verga; sostenía la luz de farola un poco por encimadel puño de escota de la vela. Con eso, la luz iluminaba la cara delantera de ésta, y vi un pequeño agujero justo debajo de la relinga; la luz pasaba por allí. Sin duda, era el agujero que había hecho la bala del contramaestre.

Oí que entonces el viejo le gritaba algo a Jaskett.

—¡Ojo con tu luz!. ¡Vas a quemar la vela!

Dejó al contramaestre y volvió a babor del palo.

A mi derecha, la luz de Plummer se hacía temblorosa. Le miré a través de la humareda; él no prestaba atención a la luz de farola; tenía la mirada clavada encima de su cabeza.

—Échale un poco más de petróleo, Plummer —le grité. Inmediatamente prestó atención a la luz e hizo lo que le aconsejaba. Luego la levantó todo lo que los brazos le permitieron e intentó de nuevo escrutar las tinieblas.

—¿Ves algo? —preguntó el viejo al verle. Plummer le miró y se sobresaltó.

—Es el sobrejuanete, capitán; ya no está amarrado.

Había subido unos pocos flechastes del aparejo del juanete y se inclinó hacia afuera para ver mejor.

—Míster Tulipson —exclamó el viejo—. ¿Sabe usted que el sobrejuanete ya no se encuentra amarrado?

—No, capitán. Y si es así, tenemos otra obra de esos demonios.

—Está completamente suelto —dijo el capitán. Él y el contramaestre subieron algunos flechastes, quedándose ambos a la misma altura.

Yo acababa de llegar a la parte de arriba de la cruceta, estaba a los talones del viejo. Éste de repente se puso a gritar:

—¡Está allí! ¡Stubbins! ¡Stubbins!

—¿Dónde, capitán? —preguntó ansioso el contramaestre—. Yo no puedo verle.

—¡Allí! ¡Allí! —respondió el capitán señalando algo.

Me eché hacia fuera del aparejo y miré en la dirección indicada. De entrada, no pude ver nada; luego, lentamente, ¿comprendéis?, se precisó ante mi vista una silueta vaga, agachada sobre el seno del sobrejuanete, en parte oculta por el mástil. Miré más, y poco a poco me di cuenta de que había dos, y mas lejos, encima de la verga, hacia el exterior, una masa que hubiera podido ser cualquier cosa y que sólo se percibía muy vagamente entre los pliegues de la vela.

—¡Stubbins! —gritó el capitán—. ¡Stubbins! ¡Sal de ahí! Pero nadie aparecía, ni se oía ninguna respuesta.

—Son dos... —empecé a decir; pero él gritaba de nuevo:

—¡Sal de ahí! ¡Maldición! ¿Me oyes?

Seguía sin haber respuesta.

—¡Que me cuelguen si lo veo, capitán! —gritó el contramaestre desde donde se encontraba, al otro lado del mástil.

—¿No puede verlo? —dijo el viejo, que ahora estaba lleno de cólera—. ¡Pues se lo enseñaré en seguida!

Se agachó hacia mí con la linterna.

—Tómala, Jessop.

Lo hice. Sacó del bolsillo el fósforo de seguridad y, mientras lo hacía, vi que el contramaestre rodeaba el mástil para juntarse con él. Con lo incierto de la luz debió de confundirse sobre lo que hacía el patrón, porque en seguida le gritó aterrorizado:

—¡No dispare, capitán! ¡Por el amor de Dios, no dispare!

—¿Disparar? ¡Váyase al diablo! ¡Vale más que mire! —exclamó el viejo.

Le quitó el capuchón al fósforo de seguridad.

—Hay dos, capitán —le dije.

—¿Cómo? —gritó; y, al mismo tiempo, frotó la punta del fósforo contra el capuchón, y la encendió.

La sostuvo de tal forma que el sobrejuanete quedó iluminado como en pleno día e inmediatamente dos formas se deslizaron en silencio del sobrejuanete al juanete. En el mismo instante, aquella cosa plegada que se encontraba en mitad de la verga se levantó, corrió hacia el centro del barco, hasta el mástil, y desapareció.

—¡Dios! —dijo el capitán con un sobresalto, y vi que hurgaba en el bolsillo.

Vi que las dos siluetas que se habían descolgado sobre el juanete corrían rápidamente por la verga, una por el cuello de babor, la otra por el de estribor.

Desde el otro lado del mástil, la pistola del contramaestre disparó dos veces. Por encima de mi cabeza, el capitán disparó otras dos, y aún otra vez, pero no sabría decir con qué resultados. De repente, mientras él disparaba el último tiro, sentí la presencia de algo indefinido que bajaba deslizándose por la burda de estribor del sobrejuanete. Caía directamente hacia Plummer, que sin estar consciente de ello estaba mirando hacia la verga del juanete.

—¡Ojo encima de ti, Plummer!—le dije, casi con un alarido.

—¿Cómo? ¿Dónde?—gritó asiéndose a la burda y agitando su luz de farola, muy enervado.

Más abajo, sobre la verga de gavia, se dejaron oír, al mismo tiempo las voces de Quoin y de Jaskett, y se apagaron sus luces. Entonces, Plummer gritó y la luz se apagó por completo.

Sólo quedaban las dos linternas y el fósforo que sostenía el capitán, que por lo demás tenía que apagarse a los pocos segundos. El capitán y el contramaestre gritaban a los hombres que se encontraban en la verga, y les oía responder con voz temblorosa. Fuera, sobre la cruceta, a la luz de mi linterna, podía ver que Plummer se agarraba a la burda como si estuviese aturdido.

—¿Estás bien, Plummer? —le grité.

—Sí —dijo tras un corto silencio. Luego, se puso a echar juramentos.

—¡Bajad de esa verga, marineros! —gritaba el capitán—.

Abajo, sobre la cubierta, oí llamar; pero no pude distinguir las palabras. Encima de mí, revólver en mano, el capitán miraba en torno, incómodo.

—Sostén más alta la luz, Jessop —dijo—. No puedo ver. Debajo de nosotros, los hombres abandonaban la verga para volver al aparejo.

—¡Todos abajo, a cubierta! —ordenó el viejo—. ¡Lo más rápido que podáis!

—¡Sal de ahí, Plummer! —gritó el contramaestre—. ¡Baja con los demás!

—¡Tú también abajo, Jessop! —dijo el capitán muy rápido—. ¡Abajo!

Pasé por encima de la cruceta y él vino detrás. Al otro lado, el contramaestre estaba al mismo nivel que yo. Le había pasado la linterna a Plummer y vi brillar el revólver en su diestra. De esta forma llegamos hasta la gavia. El hombre que estaba allí con los fósforos se había ido. Luego supe que había bajado al puente cuando se le consumieron todos. No había rastro del hombre que se encontraba con la luz de farola en el guardaburdas de estribor.

Luego supe que también se había deslizado hasta cubierta por una de las burdas poco tiempo antes de que nosotros llegásemos a la gavia. Juraba que de repente se le había echado encima una sombra negra de forma humana que venía de arriba. Al oírlo, recordé lo que había visto caer sobre Plummer. Sin embargo, el hombre que estaba subido en el guardaburdas de babor —el que no conseguía encender su luz de farola— seguía en el lugar en que lo habíamos dejado.

—¡Sal de ahí tú también! —gritaba el viejo—. ¡Rápido, baja a cubierta!

—Sí, capitán —respondió el hombre poniéndose a bajar.

El patrón aguardó a que hubiese alcanzado el aparejo del palo mayor y entonces me dijo que bajase de la gavia. Él estaba a punto de seguirme cuando, en ese instante, se dejó oír en cubierta un gran clamor, y luego se oyó el alarido de un hombre.

—¡Déjame pasar, Jessop! —gruñó el capitán.

Oí que el contramaestre gritaba algo en el aparejo de estribor. Luego, todos nos pusimos a bajar lo más rápido que podíamos. Había entrevisto a un hombre que salía corriendo de la puerta de babor del castillo de proa. En menos de medio minuto nos encontramos en cubierta, entre una multitud de hombres que se arremolinaban en torno a algo. Pero lo extraño era que no miraban hacia allí, sino hacia las tinieblas.

—¡Está encima de la batayola! —gritaron varias voces.

—¡Por la borda! —gritó alguien con voz superexcitada—. ¡Ha saltado por la borda!

—¡No había nada! —dijo un hombre de la multitud.

—¡Silencio! —gritó el viejo—. ¿Dónde está el segundo? ¿Qué ha ocurrido?

—Presente, capitán —dijo, temblando, el segundo, que se encontraba en el centro del grupo—. Es Jacobs, capitán. Ha...

—¿Cómo? —dijo el capitán—. ¿Cómo?

—Ha... ha... muerto... creo —dijo el segundo con voz entrecortada.

—Enséñeme —dijo el viejo, en tono más tranquilo.

Los hombres le abrieron paso y él se arrodilló junto al hombre tendido en la cubierta.

—Pásame la linterna, Jessop —dijo.

Fui a ponerme a su lado con la luz. El hombre estaba echado de panza. El capitán le dio la vuelta.

—Sí —dijo, tras un breve examen—. Está muerto.

Se levantó y miró un momento el cadáver, sin decir nada. Luego se volvió hacia el contramaestre, que llevaba allí unos momentos aguardando.

—¡Tres! —dijo a media voz, en tono lúgubre.

El contramaestre asintió, y luego carraspeó: Parecía a punto de decir algo, pero se volvió, miró a Jacobs, y no dijo nada.

—¡Tres! —repitió el viejo—. Desde el último toque de campana.

Se inclinó para ver otra vez a Jacobs.

—¡Pobre diablo! ¡Pobre diablo! —murmuró.

El contramaestre hizo un nuevo intento. Carraspeó y dijo:

—¿Dónde tenemos que ponerle, capitán? Tenemos ocupadas las dos literas.

—Le ponéis en la litera inferior de cubierta, abajo. Mientras se lo llevaban, el viejo soltó algo que casi era un gruñido. Los demás hombres habían vuelto a proa, y no creo que se diese cuenta de que yo me encontraba a su lado.

—¡Dios mío! ¡Oh! ¡Dios mío! —murmuró; y se fue lentamente hacia popa.

No le faltaban motivos para gruñir. Había tres muertos. Stubbins había desaparecido.

Nunca le volvimos a ver.



EL CONSEJO


Algunos minutos más tarde, el contramaestre vino hacia proa. Seguía cerca del aparejo, con la linterna en la mano, al parecer sin saber qué hacer.

—¿Eres tú, Plummer? —preguntó.

—No, contramaestre —dije—. Soy Jessop.

—Entonces ¿dónde está Plummer?

—No lo sé, contramaestre. Me imagino que ha vuelto a proa. ¿Hay que avisarle de que le llama?

—No, no es preciso. Cuelga tu lámpara en el aparejo... allí, sobre el vástago de la vigota. Luego vas a buscar la suya y la cuelgas a estribor. Y después convendría que fueses a popa a echar una mano a los pilotines en el pañol de luces.

—Muy bien, contramaestre —contesté.

Hice como me dijo. Una vez que Plummer me dio la linterna y la até en el vástago de estribor, fui corriendo atrás. Encontré a Tammy y al otro pilotín de nuestra guardia ocupados en el pañol de luces, encendiéndolas.

—¿Qué hay que hacer? —pregunté.

—El viejo ha dado orden de colgar en el aparejo todas las lámparas inutilizadas que podamos encontrar, para que las cubiertas estén iluminadas —dijo Tammy—. ¡Y menuda faena!

Me alargó dos lámparas y él cogió otras dos.

—Ven —dijo al pasar por el puente—. Vamos a colgar éstas en el aparejo del palo mayor, y luego quiero hablarte.

—¿Y el mesana? —pregunté.

—¡Ah! De ése ya nos ocuparemos (se refería al otro pilotín). De todos modos pronto amanecerá.

Colgamos las lámparas de los vástagos... dos a cada lado. Luego, vino hacia mí.

—¡Escucha, Jessop! —dijo—. Tendrás que decirles al patrón y al contramaestre todo lo que sabes sobre esto.

—¿A qué te refieres?

—Pues que hay algo en el barco mismo que está en la base de lo que sucede —contestó—. Si se lo hubieses explicado al contramaestre cuando te dije, tal vez esto no hubiera sucedido.

—Pero yo no sé nada —contesté—. Puede que me equivoque por completo. Sólo es una idea que he tenido, no hay ninguna prueba...

—¡Qué no hay pruebas! —me interrumpió—. ¿Pruebas? ¿Y esta noche? Por mi parte creo que ya hemos tenido todas las pruebas necesarias, y más.

Dudé antes de responderle.

—Yo también lo pienso —dije al cabo—. Lo que quiero decir es que yo no tengo conocimiento de nada que el capitán y el contramaestre puedan considerar pruebas. Nunca me han tomado en serio.

—No te habían escuchado con atención. Después de lo que ha pasado durante este cuarto, escucharán todo lo que les digas. Además, tienes la obligación de decírselos.

—Y de todos modos, ¿qué pueden hacer ellos? —contesté, desanimado—. Al paso que vamos, antes de una semana estamos todos muertos.

—Tienes que decírselo. Eso es lo que has de hacer. Sólo con que puedas hacerles comprender que estás en lo cierto, se alegrarán de dirigirse al puerto más próximo y a desembarcarnos a todos.

Meneé la cabeza.

—De todos modos, estarán obligados a hacer algo —dijo para responder a mi gesto—. No podemos doblar el Cabo de Hornos con las pérdidas sufridas. Ni siquiera tenemos personal suficiente para la maniobra si damos con una tromba de agua.

—Tammy, te has olvidado de algo: aunque lograse convencer al viejo de que estoy en lo cierto, no podría hacer nada. No te das cuenta de una cosa: si llevo razón, aunque pudiésemos acercarnos a tierra, no la veríamos. Es como si estuviésemos ciegos...

—Entonces, ¿qué quieres decir? ¿De dónde te sacas que somos como ciegos? Claro que sí que podríamos ver la tierra.

—¡Aguarda un segundo! ¡Aguarda un segundo! —dije—. No comprendes. ¿No te expliqué?

—¿Qué?

—Lo del barco que divisé. Creía que tú ya estabas al corriente.

—No. ¿Cuándo fue eso?

—Mira, ¿recuerdas el día que el viejo me echó del timón?

—Sí —contestó— Quieres decir en el cuarto de la mañana, anteayer.

—Sí. Pues bien, ¿no sabes lo que ocurrió?

—No. Es decir, he oído decir que dormitabas al timón y el viejo te había pillado.

—¡Eso es una cochinada propia de un imbécil! —dije. Y le conté toda la verdad sobre el caso. Luego, le dije la idea que se que había ocurrido al respecto—. ¿Ves ahora lo que quiero decir? —le pregunté.

—Quieres decir que esta atmósfera particular... o lo que quieras... en que nos encontramos sumergidos no nos permitiría ver otro barco —dijo, un tanto aterrorizado.

—Exacto —dije—. Pero el punto sobre el que te quería llamar la atención es el siguiente: si no podemos ver a otro barco, aunque esté muy cerca, tampoco podríamos avistar tierra. ¡Piensa lo que es eso! Nos encontramos en mitad del mar, condenados a balanceamos eternamente entre las olas, como ciegos. El viejo no podría tocar ningún puerto, aunque quisiese. Nos haría encallar sin darse cuenta.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó con semblante desesperado—. ¿Quieres decir que no podemos hacer nada? Seguro que se puede intentar algo. ¡Es terrible!

Caminamos de un lado para otro algún tiempo, a la luz de las diversas linternas. Luego volvió a hablar él.

—¿Podríamos vernos abordados sin divisar siquiera al otro reo?

—Es posible. Aunque por lo que he podido constatar nosotros somos totalmente visibles; de modo que los demás barcos pueden evitarnos, aunque nosotros no les veamos.

—¿Y nosotros podemos abordar algo sin verlo? —preguntó, siguiendo la idea.

—Sí. Y el caso es que no tenemos medio ninguno para indicarle al otro barco que tiene que apartarse de nuestra ruta.

—Pero ¿si no fuese un barco? —preguntó, insistiendo—. Podría ser un iceberg, un arrecife, o incluso un escollo.

—En tal caso —contesté con aire despreocupado—, probablemente le haríamos daño.

No me contestó y permanecimos unos instantes sin decir nada. Luego, volvió a hablar, como poseído por una idea.

—Las luces de la otra noche, ¿eran los faroles de un navío?

—Sí. ¿Por qué?

—Pues entonces, sí eran luces reales, ya ves que hemos podido percibirlas.

—Sí, es lo que me pareció. Pero parece que te olvidas de que el contramaestre me echó de la vigía por haber tenido la audacia de afirmarlo.

—No es eso lo que quiero decir —contestó—. ¿No crees que a poco que las hayamos podido ver, esto demuestra que la atmósfera especial no nos rodeaba en aquel instante?

—No tiene por qué ser así. Es posible que sólo haya sido un fallo. Naturalmente, puedo equivocarme por completo. Pero de todos modos el hecho de que las luces hayan desaparecido tan aprisa indica que el barco estaba rodeado casi por completo.

Esto le condujo a compartir un poco mi punto de vista, y cuando volvió a la carga, parecía menos desesperado.

—Entonces crees que es inútil decirle nada al contramaestre, o al patrón.

—No sé. He pensado en eso, y no puede hacer ningún daño. Más bien tengo ganas.

—Yo, en tu lugar, lo haría —dijo—. No tienes que temer que se burlen de ti, ahora. Eso podría ayudar un poco. Tú has visto más cosas que nadie.

Detuvo un momento el paseo y miró en torno nuestro.

—Aguarda un instante —dijo, y dio algunos pasos hacia popa. Vi que levantaba la vista hacia el saltillo de la toldilla; luego, volvió—. Ven —dijo—. El viejo está en la toldilla, hablando con el contramaestre. No puede haber ocasión mejor.

Vacilé todavía, pero él me asió de la manga y casi me arrastró hasta la escalera de sotavento.

—Muy bien —dije al llegar allí—. Muy bien, voy. Pero que me cuelguen si sé qué voy a decirles cuando me encuentre allí.

—Diles simplemente que quieres hablar con ellos —dijo—. Te preguntarán qué quieres y entonces escupes todo lo que sabes. Lo encontrarán muy interesante.

—Mejor sería que vinieses conmigo —le propuse—. Hay muchos puntos en que podrías echarme una mano.

—Iré en el momento oportuno —contestó—. Sube.

Subí por la escalera y fui directamente a donde el capitán y el contramaestre, que estaban muy absortos en su conversación, al borde de la batayola. Al llegar cerca de ellos, sorprendí dos o tres palabras; pero no les di ningún significado. Eran éstas:... "enviado a buscarle".

Entonces se volvieron los dos y me miraron. El contramaestre me preguntó qué quería.

—Quiero hablar con usted y con el vi... el capitán, contramaestre —contesté.

—¿De qué se trata, Jessop? —preguntó el capitán.

—Casi no sé cómo presentarle la cosa, capitán —dije—. Se trata de esas... esas... cosas.

—¿Qué cosas? Habla, explícate, amigo —dijo.

—Muy bien, capitán —me decidí de repente a decirle—; desde que dejamos el puerto ha venido a bordo una cosa, o cosas horrorosas.

Vi que lanzaba una rápida mirada al contramaestre, que le contestó con otra. Fue el capitán quien me respondió:

—¿Qué quieres decir con eso que han venido a bordo?

—Han salido del mar, capitán —le contesté—. Yo las he visto. Lo mismo que Tammy, aquí presente.

—¡Ah! —exclamó—; y su expresión me pareció indicar que comprendía algo mejor. ¡Han salido del mar!

Miró de nuevo al contramaestre, pero éste tenía la mirada clavada en mí.

—Sí, capitán —dije—. Es el barco. No está seguro. Yo he estado observando, y creo comprender una pequeña parte; pero hay un montón de cosas que no comprendo.

Me callé. El capitán se había vuelto hacia el contramaestre. Éste meneó la cabeza gravemente. Luego le oí hablar en voz baja y el viejo le contestó; al cabo se volvió de nuevo hacia mí.

—Escucha, Jessop —dijo— Voy a hablarte con franqueza. Me ha llamado la atención que parece que seas de una talla superior a la del marinero ordinario, y te considero lo bastante razonable como para saber guardarte las cosas.

—Tiene usted mi palabra de marinero, capitán —dije simplemente—. Detrás de mí, oí que Tammy se sobresaltaba ligeramente. Hasta entonces, nunca había oído hablar de aquella forma a un oficial. El capitán asintió.

—Así está bien —contestó—. Es posible que dentro de poco tenga que hablarte de eso.

Se calló, y el contramaestre le dijo algo al oído.

—Sí —dijo, como respondiendo a lo que el contramaestre acababa de decirle. Se dirigió de nuevo a mí—: ¿Dices que has visto salir cosas del mar? —me preguntó—. Entonces, explícame todo lo que puedas recordar, desde el principio.

Me puse a contarle todo con pelos y señales, empezando por la extraña silueta que había saltado a bordo procedente del mar y continuando la historia hasta las cosas que habían ocurrido en ese cuarto, en particular.

Me atuve a los hechos; de cuando en cuando se miraban y aprobaban con un gesto de la cabeza. Al fin, el contramaestre se volvió hacia mí con brusquedad.

—Entonces tú sostienes que la otra mañana, cuando te saqué del timón, habías visto un barco... —preguntó.

—Sí, contramaestre —contesté como excusándome—. Había un barco, y si me lo permite, creo que puedo dar una explicación parcial.

—Bien, adelante.

Al verle dispuesto a escucharme con seriedad, se había disipado todo el pavor que experimentaba al hablarle; continué para exponerle mis ideas sobre la bruma y la cosa a que parecía haber dado lugar. Acabé diciéndole que Tammy me había presionado hasta que fui a contarles todo lo que sabía.

—Capitán, él creía que tal vez usted decidiría ir al puerto más cercano; pero yo le dije que no creía que pudiese hacerlo, aunque quisiese.

—¿Y eso? —preguntó, vivamente interesado.

—Mire, capitán —contesté—. Si nos encontramos incapacitados para ver a otros barcos, tampoco podríamos ver la tierra. Encallaría usted el barco sin saber siquiera dónde se encontraba.

Este punto de vista afectó extraordinariamente al viejo; y me pareció que también al contramaestre. Permanecieron ambos silenciosos durante unos momentos. Luego, el capitán estalló:

—¡Dios mío! Jessop, si tienes razón, que Dios se apiade de nosotros.

Reflexionó un poco. Luego, visiblemente trastornado, siguió:

—¡Dios mío...! ¡Si estás en lo cierto...!

El contramaestre tomó la palabra:

—Hay que evitar que la tripulación esté al corriente de esto, capitán. Si lo supiesen, ¡vaya lío!

—Desde luego —dijo el capitán. Se dirigió a mí.

—Jessop, recuerda bien esto. Hagas lo que hagas, no se te ocurra andar contando chismes sobre esto entre la tripulación.

—No, contramaestre —contesté.

—Y tú lo mismo, muchacho —dijo el patrón—. Boca cerrada. En buen atolladero estamos ya como para que agravemos la situación. ¿Comprendes?

—Sí, capitán —contestó Tammy.

El viejo se volvió de nuevo hacia mí.

—Esas cosas, o esas criaturas que dices que viste salir del mar —dijo—, ¿sólo las has visto después de ponerse el sol?

—Nunca las he visto antes de ponerse el sol —contesté. Se volvió hacia el contramaestre.

El viejo asintió.

—¿Tiene usted alguna propuesta, mister Tulipson? —preguntó.

—Verá, capitán —contestó el contramaestre—, creo que cada tarde deberíamos aferrar las velas, antes de que anochezca. Lo dijo con mucha energía. Miró a lo alto y señaló con la cabeza los juanetes, que seguían sin amarrar.

—Capitán, hemos tenido la suerte de que no se haya levantado un viento más fuerte.

El viejo asintió de nuevo.

—Sí —dijo—; habrá que hacer eso. ¡Pero Dios sabe cuándo llegaremos a casa!

—Mejor tarde que nunca —murmuró el contramaestre a media voz. Y añadió en voz alta—: ¿Y las luces, capitán?

—Sí —dijo el viejo—. Quiero luces en los aparejos todas las noches, desde el atardecer.

—Muy bien, capitán. —Luego se volvió—: Está alboreando —dijo observando el estado del cielo—. Mejor que te lleves a Tammy y devolváis las lámparas al armario.

—Sí, contramaestre —contesté; y con eso Tammy y yo abandonamos la popa.



UNA SOMBRA EN EL MAR


A la octava campanada, a las cuatro, vino a relevarnos la otra guardia; había amanecido hacía un rato. Antes de bajar, el contramaestre nos había hecho aferrar los tres juanetes. Al clarear, mirábamos todos con mucha curiosidad la arboladura, particularmente el trinquete. Y Tom, que había subido para tiramollar las maniobras, fue objeto de múltiples preguntas sobre si había visto algo anormal allá arriba. Pero contestó que todo estaba normal.

A las ocho, cuando volvimos a cubierta para el cuarto de ocho a mediodía, vi que el velero recorría la cubierta en dirección a proa tras abandonar la antigua litera del contramaestre.

Llevaba la regla en la mano, y comprendí que había tomado las medidas a los pobres diablos que se encontraban allí e iba a preparar lo necesario para los funerales. Desde el desayuno hasta cerca de mediodía estuvo ocupado cortando y cosiendo tres envoltorios de tela hechos de velas viejas. Luego, con ayuda del contramaestre y de un marinero, transportó aquellos tres cuerpos al cuartel de popa y allí se puso a coserlos en el interior de los sudarios, tras haberles lastrado los pies con algunos calzos. Terminó justo para las ocho campanadas; entonces oí que el viejo le decía al contramaestre que llamase a popa a todos los marineros, para los funerales.

Así se hizo, mientras desmontaban una pasarela.

No teníamos ningún enjaretado propio y de amplitud suficiente, por tanto tuvimos que coger uno de los cuarteles para que hiciese las veces. Durante la mañana el viento se había aplacado, el mar estaba casi en calma... el navío se elevaba a veces ligeramente por efecto de alguna ola que iba a arrugar la superficie lisa y transparente. Los únicos ruidos que se oían era el dulce y lento murmullo de las velas, sus ocasionales estremecimientos, y el chirriar continuo y monótono de las perchas y las jarcias, como resultado de leves movimientos del agua. En aquel semisilencio imponente, el capitán leyó el elogio fúnebre.

Habían puesto al holandés primero en el cuartel (creo que fue por razón de su corpulencia), y cuando al fin el capitán dio la señal, el contramaestre levantó el extremo y el cuerpo se deslizó a las profundidades tenebrosas.

—Pobre amigo holandés —oí decir entonces a uno de nosotros, y me imagino que todos pensábamos lo mismo. Luego pusieron a Jacobs en el cuartel, y cuando se hubo ido le tocó el turno a Jock. Al levantarse el cuartel, una ola de estremecimiento recorrió súbitamente a la concurrencia. Había sido un favorito, de modo discreto y silencioso, y de mí puedo decir que me encontraba un tanto traspuesto. Me encontraba al lado de la barandilla, sobre la bita de proa, y tenía al lado a Tammy y a Plummer un poco más atrás. En el momento en que el contramaestre levantaba el cuartel por última vez, las voces roncas de los hombres dijeron a coro:

—¡Adiós, Jock! ¡Adiós, Jock!

En el momento de su rápida inmersión, se precipitaron hacia la batayola para verle por última vez. El propio contramaestre no pudo resistir el impulso y fue también a mirar por la borda. Desde donde me encontraba, pude ver cómo el cadáver tomaba contacto con el agua, y luego, durante un instante, vi la forma en que el blanco se coloreaba de azul por la transparencia del mar, y luego se esfumaba progresivamente hundiéndose en las profundidades. Lo observé hasta que desapareció... demasiado bruscamente, según me pareció.

—¡Se fue! —dijeron varias voces. Nuestra guardia se retiró con lentitud hacia proa mientras uno o dos hombres devolvían el cuartel a su sitio.

Tammy me dio un codazo y me señaló algo.

—¡Mira, Jessop! ¿Qué es eso?

—¿Qué? —le pregunté.

—Aquella sombra rara —contestó—. Mira.

Entonces vi lo que quería decir. Era algo voluminoso y oscuro que parecía hacerse más claro. Ocupaba el lugar en que Jock había desaparecido, o al menos lo parecía.

—¡Mira eso! —repitió Tammy—. ¡Crece! Estaba bastante nervioso, y yo también.

Miré hacia abajo. Era algo que parecía surgir de las profundidades. Tomaba forma.

Cuando me di cuenta de lo que era aquella forma, me invadió un pavor extraño que me dejó helado.

—Mira —dijo Tammy—, si parece la sombra de un barco. Era cierto. De la inmensidad inexplorada que se extendía bajo nuestra quilla, estaba surgiendo la sombra de un barco.

Plummer, que todavía no había vuelto hacia proa, oyó la última frase de Tammy y miró.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—¡Eso! —dijo Tammy señalando algo.

Le di un codazo en las costillas, pero ya era tarde. Plummer ya lo había visto. Sin embargo, lo curioso era que al parecer no hacía ningún caso.

—Eso no es nada —dijo—, sólo es la sombra de un barco. Tammy, al que había advertido, permaneció allí. Pero cuando Plummer se hubo ido a proa, a juntarse con los demás, le dije que no fuese contando ese tipo de cosas por las cubiertas.

—¡Tenemos que llevar muchísimo cuidado! —le dije—. Recuerda lo que nos dijo el viejo en el último cuarto.

—Sí —dijo Tammy—. Lo hice sin pensar.

A cierta distancia, el contramaestre seguía mirando el agua. Me volví hacia él.

—¿Qué cree usted que puede ser eso, contramaestre?

—¡Sólo Dios lo sabe! —dijo echando una mirada para ver que no había ningún hombre cerca.

Se alejó del empalletado y volvió hacia la proa. Al llegar a lo alto de la escalera, se inclinó por encima del saltillo.

—Vosotros podríais poner esa pasarela en su sitio —dijo—. Y además, Jessop, procura controlar la lengua. Sobre todo, no digas nada de todo eso.

—Sí, contramaestre —contesté.

—¡Y tú lo mismo, muchacho! —añadió. Y se fue hacia atrás bordeando la popa.

Tammy y yo nos empleamos en devolver la pasarela a su sitio. El contramaestre volvió con el patrón.

—Exactamente debajo de la pasarela, capitán dijo señalando algo en el agua.

El viejo miró un momento, y le oí decir:

—No veo nada.

Entonces el contramaestre se inclinó a mirar y yo también. Pero aquello, fuese lo que fuese, había desaparecido por completo.

—¡Se ha ido, capitán! —dijo el contramaestre—. Cuando fui a buscarle, se encontraba exactamente aquí.

Al cabo de un minuto, con la pasarela en su sitio, me volví a proa, pero el contramaestre me llamó.

—Dile al capitán lo que acabas de ver —me dijo en voz baja.

—No puedo decirle con exactitud, capitán —contesté—. Pero me ha parecido que era como la sombra de un barco que subía dentro del agua.

—Vea, capitán —dijo el contramaestre al viejo—. Exactamente lo que le he dicho.

El capitán me miró.

—¿Estás totalmente seguro? —me preguntó.

—Sí, capitán —contesté—. Tammy lo ha visto, y yo también.

Aguardé un momento. Luego me dispuse a volver a proa. El contramaestre estaba diciendo algo.

—¿Puedo irme, contramaestre?

—Sí Jessop. Vale —me dijo por encima del hombro. Pero el viejo se vino al saltillo para decirme—: Recuerda: ¡ni una palabra de todo esto ahí delante!

—Bien, capitán —contesté. Él se volvió a donde el contramaestre, mientras yo me dirigía al castillo de proa a comer.

—Tienes tu parte en la escudilla, Jessop —me dijo Tom en el momento de llegar—. Y el zumo de limón en el vaso.

—Gracias —dije, sentándome.

Me puse a comer sin prestar atención a lo que charlaban los demás. Por otra parte, me absorbían demasiado mis propios pensamientos. Aquella sombra de un barco que se elevaba desde las profundidades me había impresionado profundamente. No eran imaginaciones. Lo habíamos visto tres, en realidad, cuatro, porque Plummer también la había distinguido con claridad, aunque no viese en ello nada extraordinario.

Como podéis comprender, aquella sombra de barco me daba mucho que pensar. Durante un tiempo mis pensamientos giraban en el vacío, a oscuras. Pero luego se me ocurrió otra idea al evocar las siluetas que había visto a la madrugada, y empecé a imaginar cosas nuevas.

Mirad, aquella primera cosa que había cruzado el empalletado salía del mar. Y había vuelto al mar. Y ahora teníamos esa sombra de barco... un barco fantasma, le llamaba yo, y creo que era un nombre acertado. Y los hombres sombras, sigilosos... A partir de todo eso imaginé muchas cosas. Sin darme cuenta, hice una pregunta en voz alta:

—¿No serían la tripulación?

—¿Cómo? —preguntó Jaskett, que estaba sentado en el cofre de al lado.

Tomé conciencia, y le miré con aire aparentemente despreocupado.

—¿Es que he dicho algo? —le pregunté.

—Sí, marinero —contestó mirándome con curiosidad—. Has dicho algo sobre una tripulación.

—Debo de haber soñado en voz alta —dije. Y me levanté para ir a dejar el plato.

LOS BARCOS FANTASMAS


A las cuatro, cuando nos volvimos a agrupar en cubierta, el contramaestre me dijo que siguiese trenzando una baderna que había empezado antes, mientras él mandaba a Tammy a buscar su cajeta. Yo tenía la trenza sujeta al palo mayor, y situada entre éste y la trasera de la camareta. Pocos minutos más tarde Tammy se venía al mástil con su trenza y sus meollares y los sujetaba a una de las cabillas.

—¿A qué crees que venía eso? —preguntó de repente. Le miré.

—¿Tú que crees? —le pregunté.

—No lo sé. Pero tengo como la impresión de que tiene algo que ver con lo demás. —Y señaló la arboladura con un movimiento de cabeza.

—Lo mismo pensé yo.

—¿Qué es eso? —me preguntó.

—Sí —y le dije la idea que es me había ocurrido mientras cenaba: los hombres-sombras que subían a bordo podían venir de aquel navío que habíamos percibido confusamente en el mar.

—¡Señor! —exclamó al comprender lo que quería decir. Se detuvo un momento a reflexionar.

—¿Crees que viven allí? —dijo al cabo. Y se calló de nuevo.

—Claro, no puede ser un tipo de existencia que nosotros consideraríamos vida.

Meneó la cabeza con aire dubitativo.

—No. —Y se calló de nuevo.

Luego me expuso una idea que se le había ocurrido.

—Entonces tú crees que ese... barco lleva algún tiempo con nosotros sin que nos hayamos dado cuenta... —preguntó.

—Todo el tiempo —contesté—. Quiero decir desde que empezaron esas cosas.

—¿Y si hubiese otros? —dijo de repente. Le miré.

—Si los hay, ruega a Dios que no nos caigan encima. No sé si serán fantasmas, pero está claro que son piratas sedientos de sangre.

—Parece horrible —dijo gravemente—, que estemos aquí hablando con calma de cosas así.

—Yo he intentado dejar de pensar en eso —le dije. Tenía la impresión de que me iba a volver loco—. En la mar ocurren cosas muy extrañas, ya lo sé; pero esto es otra cosa.

—De primeras, parece tan extraño e irreal... —dijo—. Pero luego sabes que es auténticamente real y no puedes comprender cómo es posible que no lo hayas sabido siempre. Sin embargo, si pretendes hablar de esto en tierra, la gente nunca te va a creer.

—Bastaría con que se hubiesen encontrado a bordo durante el cuarto de esta madrugada para que lo creyesen —le dije—. Además, no comprenden. Y nosotros tampoco... En adelante, cuando lea que ha desaparecido un navío sentiré una impresión completamente distinta.

Tammy me miró.

—Yo había oído contar historias de este tipo a viejos lobos de mar —dijo—. Pero nunca me lo había tomado en serio.

—Pues me parece que ahora tendremos que creerlas. ¡Ojalá hubiésemos llegado a casa!

—¡Dios mío! ¡Ojalá! —asintió él.

Luego trabajamos en silencio un rato; pero él arrancó con otro tema.

—¿Crees que vamos a arriar el velamen antes de que anochezca?

—Sin duda —contesté—. Después de lo que ha sucedido, no lograrían que los hombres suban ya de noche a la arboladura.

—Pero... supongamos que nos dan la orden de subir...

—¿Irías tú? —pregunté interrumpiéndole.

—¡No! ¡No! Prefiero que me carguen de cadenas.

—Pues con esto está todo dicho —contesté—. Tú no subirías, y ningún otro subiría.

En aquel momento, se nos acercó el contramaestre.

—Vosotros dos, retiradme esa baderna y esa cajeta, y luego ir a buscar vuestras escobas para limpiar todo esto.

—Bien, contramaestre —contestamos, y él se volvió hacia proa.

—Tammy, salta arriba de la camareta —le dije—, y pásame el otro extremo de este cabo, ¿quieres?

—De acuerdo —dijo, haciendo lo que le había pedido. Cuando volvió, le pedí que me echase una mano para enrollar la baderna, que era muy grande.

—Yo acabaré de atarla —dije—. Tú, ve a retirar la trenza.

—Aguarda un momento —contestó; con ambas manos recogió de la cubierta, del lugar que habíamos trabajado, un puñado de restos de filásticas. Luego, corrió hacia la batayola.

—¡Ven acá! —le dije—. No tires eso. Esos trozos van a flotar, y sin duda el patrón o el contramaestre los verán.

—¡Ven acá, Jessop! —dijo él interrumpiéndome en voz baja, sin prestar atención a lo que le decía.

Me levanté del cuartel sobre el que estaba arrodillado. Él estaba mirando por la borda.

—¿Qué sucede? —le pregunté.

—¡Por el amor de Dios, date prisa! —dijo.

Salté hasta la percha, al lado suyo.

—¡Mira!—decía señalando con un puñado de hilos, debajo mismo del lugar en que nos encontrábamos.

Le cayeron de la mano algunos trozos de filástica, y enturbiaron la superficie del agua, con lo que de momento no pude ver nada. Pero cuando desaparecieron las arrugas, vi lo que quería decir.

—¡Hay dos! —dijo con una voz que era como un leve soplo—. Y otro allá abajo —dijo, señalando otra vez algo con la mano llena de hilos.

—Y hay otro un poco más hacia la popa —murmuré.

—¿Dónde? —me preguntó.

—Allí. —Se lo señalé.

—Total, cuatro —murmuró.

No dije nada. Seguí mirando. Parecían hallarse a gran profundidad, y sin moverse. Los contornos eran un poco borrosos, pero no cabía error. Eran imágenes exactas de barcos, aunque poco nítidas. Los miramos unos minutos sin decir nada. Fue Tammy quien rompió el silencio.

—Realmente, son de verdad —dijo en voz baja.

—No sé —repuse.

—Quiere decir que esta mañana no nos habíamos equivocado —dijo él.

—No nos habíamos equivocado. De esto ya estaba seguro. Lejos, por la parte de proa, oí que el contramaestre volvía. Al acercarse nos vio.

—¿Qué ocurre ahora, vosotros dos? —preguntó en tono acre—. ¿A eso le llamáis barrer?

Extendí la mano para indicarle que no hablase alto, para no llamar la atención de los demás marineros. Dio varios pasos hacia nosotros.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —dijo en tono relativamente irritado, pero más bajo.

—No tiene usted más que mirar por la borda, contramaestre —le contesté.

Mi tono debía de haberle hecho pensar que habíamos descubierto algo nuevo, porque dio un brinco para venir a ponerse a mi lado, encima de la percha.

—Mire, contramaestre —dijo Tammy—. Hay cuatro.

El contramaestre miró a sus pies, vio algo y se inclinó hacia adelante.

—¡Dios mío! —dijo a media voz.

Tuvo la mirada clavada a un tiempo, sin decir palabra.

—Hay otros dos hacia allá, contramaestre —le dije indicándole el lugar con el dedo.

Tardó un poco en localizarlos, y cuando los encontró sólo les echó una mirada. Bajó de la percha y nos dijo:

—¡Bajad de ahí! Coged las escobas y limpiadme todo esto. No digáis nada. Tal vez no sea nada.

Estas últimas palabras parecían añadidas deliberadamente, y los dos sabíamos que no significaban nada. Luego, se fue rápido hacia popa.

—Me imagino que habrá ido a poner al corriente al viejo —dijo Tammy mientras volvíamos a proa llevando la baderna y la cajeta.

—Mmmm —hice yo sin pensar en lo que decía; porque estaba absorto en reflexionar sobre aquellos cuatro barcos que aguardaban silenciosamente, ahogados entre las sombras de las profundidades.

Cogimos las escobas y nos fuimos hacia popa. Nos cruzamos con el contramaestre y el patrón. Iban hacia proa por el brazo de trinquete y subieron a la percha. Vi que el contramaestre señalaba la braza y daba la impresión de decir algo sobre las maniobras. Pensé que lo hacía a propósito, a fin de hacerse el ciego, por si algún otro miembro de la tripulación miraba. Luego, el viejo miró por la borda con aire indiferente, y lo mismo hizo el contramaestre. Al cabo de poco, volvieron a popa y se subieron de nuevo a la toldilla.

Cuando pasó el patrón cerca de mí, le eché una mirada. Me chocó su aspecto preocupado. Tal vez sería más exacto decir desorientado.

Tammy y yo teníamos muchas ganas de mirar otra vez; pero cuando al fin tuvimos ocasión de hacerlo, el cielo se reflejaba en el agua de tal forma que no se podía ver nada abajo.

Habíamos acabado de barrer cuando dieron cuatro toques bajamos a tomar el té. Algunos hombres charlaban.

—He oído decir que se va a amainar el velamen antes de que anochezca —decía Quoin.

—¿Cómo? —preguntó Jaskett con el vaso levantado. Quoin lo repitió.

—¿Quién dice eso? —preguntó Plummer.

—Se lo he oído decir al doctor —contestó Quoin—. Lo sabía por el camarotero.

—¿Y él cómo lo sabía? — preguntó Plummer.

—No sé —dijo Quoin—. Me imagino que ha oído hablar en popa.

Plummer se volvió hacia mí.

—¿Tú has oído algo, Jessop? —me preguntó.

—¿Sobre amainar el velamen? —contesté.

—Sí —dijo—. ¿No te habló de eso el viejo esta mañana, en la toldilla?

—Sí —contesté—, habló de eso, pero no me lo dijo a mí, se lo decía al contramaestre.

—¡Ya estamos! —dijo Quoin—. ¿No te decía?

En aquel momento uno de los de la otra guardia asomó la cabeza por la puerta de estribor.

—¡Todo el mundo a cubierta para arriar velas! —gritó; en el mismo instante se oyeron los pitidos estridentes del contramaestre.

Plummer se levantó y se llevó la mano a la gorra.

—Bueno —dijo—, es evidente que no quieren perdernos a ninguno.

Y salió a cubierta.

Hacía calma chicha; pero aun así aferramos los tres sobrejuanetes, y luego los tres juanetes. Después, izamos y amarramos la vela mayor y el trinquete. La vela de fortuna, naturalmente, estaba aferrada desde hacía algún tiempo, porque teníamos viento totalmente en popa.

Estábamos en el trinquete cuando el sol desapareció por el horizonte. Habíamos acabado de cargar la vela, allí, en lo alto de la verga, y yo esperaba a que los demás bajasen y me permitiesen abandonar la relinga. Por tanto, como de momento no tenía nada que hacer, me quedé mirando la puesta de sol, y vi algo que de otro modo probablemente se me hubiera escapado. El sol estaba medio hundido en el horizonte; tenía el aspecto de una enorme cúpula roja de fuego oscuro. De repente, a estribor, bastante lejos, se desprendió del mar una leve bruma que se extendió ante el sol de forma que éste parecía brillar a través de una cortina de humo. Aquella bruma se espesó con rapidez; pero al mismo tiempo se dividió para adoptar formas extrañas, entre las cuales los rayos del sol tomaban color rojo. Mientras miraba, aquella curiosa bruma se recogió y formó tres torres. Éstas se precisaron, y bajo ellas apareció una forma alargada. Conforme se sucedían esos cambios, me di cuenta casi en seguida de que aquello había tomado la forma de un gran navío. Inmediatamente después vi que se movía.

Presentaba el flanco al sol. Se balanceaba. La proa viró con un movimiento imponente hasta que los tres mástiles se sobrepusieron. Singlaba directamente hacia nosotros. Crecía; pero se hacía menos claramente visible. Tras él, vi luego que el sol se había hundido hasta ser sólo una simple línea luminosa. Entonces, en la creciente oscuridad, me pareció que el barco se hundía de nuevo en las profundidades del océano. El sol se hundió en el mar, y aquello que había visto quedó ahogado de algún modo en el gris monótono del atardecer.

Nos llegó una voz desde el aparejo. Era el contramaestre. Había subido para echarnos una mano.

—¡Vamos, Jessop! —decía—. ¡Ven por aquí! ¡Ven por aquí!

Me volví rápido y me di cuenta de que casi todos los compañeros habían dejado ya la verga.

—Voy, contramaestre —murmuré; me deslicé por la relinga y bajé a cubierta. Estaba aturdido y asustado.

Poco más tarde, después de las ocho campanadas y de pasar lista, me alejé en dirección a popa para relevar el timonel. Me quedé un instante al timón con la mente completamente vacía, incapaz de registrar ninguna sensación. Al cabo de un momento, esta sensación se disipó y me di cuenta de la enorme calma que reinaba en la mar. No había absolutamente nada de viento e incluso el chirrido continuo de las jarcias parecía aminorar por momentos.

No había nada que hacer al timón. Habría podido estarme perfectamente en el castillo de proa echándole caladas a la pipa. Abajo, en la cubierta principal, podía ver el resplandor de las linternas atadas a los vástagos del aparejo de trinquete y del palo mayor. Con todo, brillaban menos porque les habían puesto pantalla en la parte de popa para evitar en lo posible que cegasen al oficial de cuarto.

La noche se había puesto extrañamente negra, y a pesar de aquella oscuridad, la calma y las linternas, tenía conciencia de ráfagas de lucidez. La mente tenía ocasión de trabajar, y pensaba ante todo en aquel extraño y vasto fantasma de bruma que había visto elevarse sobre el mar y tomar forma.

Seguí escrutando la noche en dirección al oeste, y luego en torno de mí; porque, el recuerdo que predominaba era que aquel barco había venido hacia nosotros al oscurecer, y era un pensamiento turbador. Tenía el sentimiento terrible de que en cualquier momento se produciría algo abominable.

Sin embargo, dieron los dos toques, y se apagó su eco, y todo seguía en calma... una tranquilidad anormal, según me parecía. Naturalmente, aparte del navío extraño ahogado en la bruma que había visto al oeste, no dejaba de recordar los cuatro barcos fantasma que yacían en el fondo del mar, debajo de nosotros, por el lado de babor. Cada vez que pensaba en eso me alegraba de que hubiese linternas en el palo mayor y me preguntaba por qué no habrían puesto en el aparejo de mesana. Hubiera ansiado que las hubiese, y decidí hablar de ello con el contramaestre la próxima vez que viniese a popa. En aquel momento, se encontraba apoyado en el empalletado del otro lado del saltillo de la toldilla. Por lo que podía ver, no fumaba, pues habría percibido de cuando en cuando el brillo de la pipa. Era claro que se sentía incómodo. Ya había bajado dos veces a la cubierta principal a pasear. Suponía que había ido a mirar al mar, en busca de la menor señal de aquellos cuatro buques siniestros. Me preguntaba si de noche serían visibles.

Súbitamente, el que daba la hora dio tres toques, a los que respondieron a proa otros tres golpes más graves. Tuve un sobresalto. Había tenido la impresión de que aquellos golpes sonaban muy cerca de mí. Aquella noche la atmósfera tenía un no sé qué inexplicablemente extraño. Entonces, una vez que el contramaestre respondió al "sin novedad" del hombre de vigía, se oyó a babor del palo mayor el zumbido agudo y el chasquido de un cable que se escurre. Simultáneamente, chirrió un racamento en lo alto del palo mayor; con esto supe que alguien, o algo, había soltado las drizas de la vela de gavia del palo mayor. De allá arriba llegó el ruido de algo que se desprendía; luego, cuando eso dejó de caer, oímos el choque de la verga.

El contramaestre gritó algo ininteligible y saltó a la escalera. De la cubierta principal llegó el ruido de pasos de gente que corría y los gritos de los hombres de cuarto. Oí la voz del patrón; debía de haber pasado por la puerta de la cámara para llegar corriendo a la cubierta.

—¡Id a buscar otras lámparas! ¡Id a buscar más lámparas! —gritaba. Luego se puso a jurar.

Todavía gritó algo, pero sólo comprendí la última palabra: "...llevado" o algo parecido.

—No, capitán —gritó el contramaestre—. No creo.

A continuación hubo alguna confusión; luego vino el clic-clic de los linguetes.. Hubiera podido jurar que habían sujetado las drizas en el cabrestante de popa. Oía pronunciar en torno de mí frases sueltas.

—...¿Toda esa agua? —Era la voz del capitán, que parecía hacer preguntas.

—No le puedo decir —respondió el contramaestre. Hubo un lapso en que no se oían más que los linguetes, el chirrido de racamento y el deslizarse del cable. Luego, sonó de nuevo la voz del contramaestre.

—Esto parece perfecto, capitán —decía.

Ya no llegué a oír la respuesta del viejo, porque en el mismo instante sentí a mi espalda un soplo helado. Me volví al instante y vi algo que miraba por encima del galón de coronamiento de popa. Tenía ojos, a los que la luz de la bitácora daba un reflejo extraño, felino, terrorífico; aparte de esos ojos, no podía distinguir claramente nada. Al principio, me quedé mirándole. Estaba agarrotado. Lo tenía tan cerca. Recuperé la capacidad de moverme, salté hasta la bitácora y cogí la lámpara. Giré en redondo y blandí el haz de luz en dirección a la cosa, que había cruzado la liza; pero ahora, ante la luz, retrocedió con una flexibilidad a la vez curiosa y horrible. Se deslizó hacia atrás, volvió a bajarse, y desapareció. Me quedó la impresión confusa de una cosa húmeda, reluciente, y de dos ojos espantosos. Corrí locamente hacia el saltillo de la toldilla. Me tragué la escalera, perdí pie y caí de culo. Pero mantuve en la mano la luz de la bitácora, que no se apagó. Los hombres estaban retirando las barras del cabrestante; mi brusca aparición y el grito que di al caer hicieron que alguno que otro se echase para atrás. Como no sabían lo que era, les invadió un pavor intenso.

Desde más hacia proa, el viejo y el contramaestre venían corriendo.

—¿Y qué ocurre ahora? —chilló el contramaestre deteniéndose—. ¿Por qué has dejado el timón?

Me levanté e intenté contestar; pero estaba tan trastornado aún que sólo conseguí balbucear:

—He... he... allí... allí...

—¡Maldición! —chilló el contramaetre, loco de ira—. ¡Vuelve al timón!

Vacilé. Intenté explicarme.

—¡Maldita sea! ¿No me has oído?

—Sí, contramaestre; pero... —empecé.

—Vuelve a popa, Jessop —dijo.

Me fui. Tenía la intención de explicarme cuando él subiese. Al llegar a lo alto de la escalera, me detuve. No iba a volver solo al timón. Abajo, oí al viejo:

—¿Qué demonios ocurre ahora, míster Tulipson?

El contramaestre no respondió de inmediato; se volvió hacia los hombres que se aglomeraban naturalmente en torno a ellos.

—Ya basta, marineros —dijo en tono más bien severo. Oí que los hombres del cuarto se volvían hacia proa. Hablaban entre ellos a media voz. Entonces, el contramaestre respondió al viejo. No podían saber que yo le oía.

—Era Jessop, capitán. Debe de haber visto algo raro; pero debemos hacer todo lo posible para evitar que la tripulación se asuste.

—Tiene usted razón —contestó el capitán.

Se dieron vuelta y subieron la escalera. Entonces yo bajé de nuevo algunos peldaños, hasta la lumbrera. Oía hablar al viejo.

—¿Cómo no hay linternas aquí, míster Tulipson? —preguntaba como sorprendido.

—Pensé que no serían necesarias, capitán —contestó el contramaestre. Luego añadió algo referente a economizar petróleo.

—Creo que es mejor que haya lámparas —dijo el capitán.

—Muy bien, capitán. —Y el contramaestre llamó al marinero que estaba de servicio para dar las horas diciéndole que subiese dos linternas.

Luego ambos hombres se dirigieron hacia popa, al lugar en que yo estaba, junto a la lumbrera.

—¿Qué haces aquí, en lugar de estar al timón? —preguntó el viejo con voz severa.

A partir de aquel momento recuperé la entereza.

—Capitán, no voy a ir hasta que no hay luz —contesté. El patrón dio una patada en el suelo, airado. Pero el contramaestre dio un paso hacia mí.

—¡Vamos, vamos Jessop! —exclamó—. Sabes perfectamente que eso no está bien. Será mejor que vuelvas al timón sin más historias.

—Aguarde un instante —dijo el capitán, sintiendo que estábamos en un momento decisivo—. ¿Qué pega tienes para volver al timón? —me preguntó.

—He visto una cosa que trepaba y saltaba por el coronamiento de popa, capitán...

—¡Ah! —dijo, interrumpiéndome con un gesto. Luego, bruscamente—: Siéntate, siéntate. Estás temblando de pies a cabeza, amigo mío.

Me dejé caer en el asiento de la lumbrera. Efectivamente, temblaba. La linterna de la bitácora vacilaba en mis manos, y su luz danzarina barría la cubierta en todas direcciones.

—Ahora —siguió—, cuéntanos lo que has visto.

Les expliqué todo en detalle; mientras, el hombre encargado de dar las horas subió linternas y ató una al vástago de cada aparejo.

—Cuelga una bajo la botavara —gritó el viejo cuando el muchacho acababa de atar las otras dos—. Rápido.

—Sí, capitán —dijo el pilotín lanzándose a buscar otra. Una vez hecho, el capitán dijo:

—Vamos ya. Ahora no tienes que tener miedo de volver al timón. Hay una luz que ilumina la popa, y el contramaestre y yo estamos ahí todo el rato.

Me levanté.

—Gracias, capitán —dije. Fui a popa, puse la lámpara en la bitácora, y cogí el timón. De vez en vez, sin embargo, echaba una mirada hacia atrás, y me alegré mucho cuando al poco dieron los cuatro toques y me relevaron.

Los compañeros estaban en el castillo de proa, pero yo no fui. Quería evitar que me preguntasen por los motivos de mi brusca aparición al pie de la escalera de popa. De modo que encendí la pipa y me puse a pasear por la cubierta principal. No me sentía particularmente nervioso, porque había dos linternas en cada aparejo, y otras dos sobre cada uno de los mástiles de la gavia de recambio, bajo el empalletado.

Aun con eso, poco después del quinto toque me pareció ver un rostro brumoso que miraba por encima del galón, un poco más a popa de los acolladores de trinquete. Cogí una de las linternas de la percha y dirigí el haz de luz hacia ese lado, pero no había nada. Sin embargo, más mentalmente que como recuerdo visual, tenía la grabada impresión curiosa de ojos húmedos y escrutadores. Luego, al volverlo a pensar, me sentí abominablemente incómodo. Sabía de qué brutalidad eran capaces... Eran indescifrables. Otra vez, en el curso del mismo cuarto, tuve una experiencia similar, sólo que esta vez la cosa desapareció antes de que yo tuviese tiempo de ir a buscar una luz. Entonces vinieron los ocho toques y el principio de nuestro cuarto de abajo.

EL GRAN BUQUE FANTASMA


Cuando nos llamaron de nuevo, a las cuatro menos cuarto, el hombre que nos despertó trajo una noticia curiosa.

—Toppin no está... ha desaparecido por completo —nos dijo en el momento en que empezábamos a levantarnos—. Yo nunca he estado en un barco como éste. Se te ponen los pelos de punta. Es peligroso pasearse por esas condenadas cubiertas.

—¿Quién ha desaparecido? —preguntó Plummer levantándose bruscamente y sacando las piernas de la litera.

—Toppin, uno de los pilotines —contestó el hombre—. Hemos registrado todo este maldito barco... Todavía insistimos... Pero no le encontraremos nunca —concluyó con cierta seguridad siniestra.

—Bien, vete a saber —dijo Quoin—. Tal vez esté durmiendo en algún rincón.

—No —contestó el hombre. Te digo que hemos revuelto todo. No está a bordo de este condenado barco.

—¿Dónde estaba la última vez que se le ha visto? —pregunté—. Alguien debe de saber algo, ¿no?

—Daba la hora a popa —contestó—. El viejo por poco mata a preguntas al contramaestre y al timonel. Pero no han podido decirle nada más. No sabían nada.

—¿Qué quieres decir con eso de que no saben nada? —le pregunté.

—Pues que el muchacho estaba allí, y al cabo de un minuto no estaba. Los dos juran que no oyeron nada. Ha desaparecido sin más de la faz de este jodido planeta.

Bajé para buscar las botas y me senté en el cofre.

Antes de que yo pudiese hablar, el hombre declaró otra cosa.

—Muchachos, si las cosas siguen así, no sé dónde estaremos todos dentro de poco.

—En el infierno —dijo simplemente Plummer.

—No sé qué pensar de todo esto —dijo Quoin.

—¡Pues habrá que pensarlo! —replicó el hombre—. ¡Dios! Pues claro que habrá que pensarlo, y muy bien. Yo he hablado con los muchachos de nuestra guardia, y están decididos.

—¿Decididos a qué? —pregunté.

—A ir sin más a hablar con ese condenado capitán —dijo agitando el índice en dirección a mí—. Hay que ir a toda prisa a algún maldito puerto, no te quepa duda.

Abrí la boca para decirle que probablemente no podríamos hacerlo, aunque el viejo fuese de su opinión. Pero recordé que aquel tío no tenía ni idea de lo que yo había visto ni de lo que había pensado sobre ello. Porque yo sí había reflexionado; por tanto, le dije sin más:

—¿Y suponiendo que no quiera?

—Entonces, habrá que obligarle —dijo.

—Y cuando llegues, ¿qué harás? Pues ir a dar a la trena, por motín.

—Prefiero la trena —contestó—. Eso no mata.

Hubo un murmullo de aprobación por parte de los demás. Luego, un silencio. Los hombres reflexionaban.

El primero en despegar los labios fue Jaskett.

—Al principio, yo no me creía que el barco estuviese encantado... —empezó, pero Plummer le cortó:

—No hay que hacer daño a nadie, ¿vale? Eso significa que te cuelgan; y nosotros no somos mala gente.

—No —contestaron todos, incluido el tipo que había venido a despertarnos.

—De todos modos —añadió éste—, esto se va a poner infernal, y hay que llevar este barco al puerto más cercano.

—Si —dijeron unánimes. Dieron los ocho toques y nos dirigimos todos a cubierta.

Luego, después de pasar lista —hubo un extraño momento de silencio tras el nombre de Toppin—, Tammy vino a verme. Los demás marineros habían partido hacia proa y supongo que estarían hablando de planes insensatos para forzar la mano del patrón y obligarle a tocar puerto... ¡Pobres diablos!

Estaba yo inclinado por encima de la batayola de babor, junto al motón de la braza de trinquete, mirando al mar. Tammy llegó en aquel momento; al principio estuvo un momento en silencio. Cuando se decidió a hablar fue para decir que las sombras de barcos no habían aparecido desde el alba.

—¿Cómo? —le pregunté sorprendido—. ¿Cómo lo sabes?

—Me desperté cuando andaban buscando a Toppin —contestó—. Luego no volví a conciliar el sueño. Me vine directamente acá. —Iba a decir algo más, pero se detuvo en seco.

—Sí —dije animándole.

—Yo no sabía... —empezó a decir; luego se paró y me asió del brazo—. ¡Oh! ¡Jessop! ¿Cómo va a acabar todo esto? Habría que hacer algo.

No dije nada. Tenía la impresión desesperante de que teníamos muy pocas posibilidades de salir de aquello.

—¿No podemos hacer algo más? —preguntó, sacudiéndome el brazo—. Cualquier cosa sería mejor que esto. ¡Nos están asesinando!

Seguí sin decir nada. Contemplaba el agua con melancolía, era incapaz de hacer ningún proyecto. Pero reflexionaba febrilmente, hasta volverme loco.

—¿No entiendes? —decía él. Casi lloraba.

—Sí, Tammy. ¡Pero no sé!

—¡No sabes! —dijo él—. Entonces, quiere decir que tenemos que abandonar, dejar que nos vayan matando uno tras otro.

—Hemos hecho todo lo que podíamos. No sé qué más podríamos hacer, aparte de bajar todas las noches y encerrarnos.

—Sería mejor —dijo—. Pronto no quedará nadie para encerrarse, ni para hacer ninguna otra cosa.

—Pero, ¿y si viene un golpe de mar? —pregunté—. Nos quedaríamos sin arboladura.

—¿Y si hubiese un golpe de mar ahora? —contesté—. De noche, nadie querría subir a las vergas, tú mismo lo dijiste. Además, podríamos arriar antes todo el velamen. Te digo que, como no hagamos algo, en cosa de pocos días no quedará ni un tío vivo a bordo.

—¡No grites! —le dije—. Te oirá el viejo. —Pero el elemento estaba exaltado y no hacía caso de mis advertencias.

—Voy a gritar —dijo—. Quiero que me oiga el viejo. He decidido subir a decírselo.

Cambió de tema.

—¡Por qué no hacen algo los hombres? —empezó a decir—. Tendrían que obligar amablemente al viejo a tocar puerto. Deberían...

—¡Por amor de Dios! ¡Cierra el pico, pequeño! ¿De qué sirve soltar todas esas imbecilidades? Te vas a buscar problemas.

—Me importa un pimiento. ¡No quiero que me asesinen!

—Escúchame bien, ya te dije que no podríamos ver tierra aunque nos acercásemos a ella.

—No tienes ninguna prueba. Es sólo una idea tuya.

—Con pruebas o sin ellas, el patrón haría encallar el barco si quisiese tocar tierra en las condiciones en que estamos.

—¡Que lo encalle! —contestó—. ¡Déjale que lo encalle! ¡Sería mejor eso que seguir con viento largo para que le echen a uno por la borda o le hagan estrellar desde lo alto de las vergas!

—Escúchame, Tammy... —empecé a decir, en el mismo momento en que el contramaestre le llamaba. Tuvo que ir. Cuando volvió, yo me había puesto a recorrer la cubierta de un lado para otro, por la parte de proa del palo mayor. Se juntó conmigo y al poco reanudó sus discursos inflamados.

—Escúchame, Tammy —le dije una vez más—. No sirve de nada hablar en esa forma. Las cosas son como son, no es culpa nuestra, nadie puede hacer nada. Si quieres hablar de forma razonable, estoy dispuesto a escucharte; si no, vete a engatusar a cualquier otro.

A todo esto, volví a babor, me subí a la percha con intención de sentarme en el rastrillo de cabillas para charlar un poco. Antes de instalarme, eché una ojeada al mar. Fue casi maquinal; sin embargo, a los pocos instantes me encontraba presa de un enervamiento intenso; sin apartar la mirada, cogí a Tammy del brazo para llamarle la atención.

—¡Dios mío! —murmuré —. ¡Mira!

—¿Qué hay? —preguntó inclinándose por encima del rastrillo, a mi lado.

Lo que vimos fue lo siguiente: a corta distancia por debajo de la superficie se encontraba un disco que tenía forma como de cúpula y era de color pálido. No parecía estar a más de unos pocos pies de profundidad. Debajo, después de mirar un momento, pudimos ver muy claramente la sombra de una verga de sobrejuanete y, más al fondo, las maniobras y el aparejo vertical de un palo mayor. Al cabo de un instante creí poder distinguir lejos, en el fondo, un escalonamiento inmenso e indefinido de vastas cubiertas.

—¡Dios mío! —murmuró Tammy, que calló inmediatamente. Pero al poco rato soltó una exclamación breve, como si se le hubiera ocurrido algo; se levantó de la percha y corrió hacia el castillo de proa.

Volvió corriendo, una vez que echó una breve ojeada al mar, y me dijo que allí había la perilla de otro palo mayor que estaba llegando, un poco en ángulo con nuestra proa, a pocos pies por debajo de la superficie del mar.

Entretanto, yo había contemplado absorto aquellas aguas. El enorme mástil fantasmal que se encontraba exactamente debajo de mí. Había reconocido detalle tras detalle, hasta el punto de que ahora podía ver netamente el nervio que corría a lo largo de la cofa del mastelero de sobrejuanete. El sobrejuanete estaba desplegado.

Pero, mirad, lo que más me impresionó fue el sentimiento de que allí, entre los aparejos, hubiese algún movimiento. En algunos momentos, creía ver cosas que se desplazaban y brillaban leve y fugazmente en las maniobras. Y una vez estuve prácticamente seguro de que había alguna cosa en la verga de sobrejuanete, que se dirigía hacia el mastelerillo; como si hubiese ido a subir a la caída de popa de la vela, ¿sabéis? Al mismo tiempo, tenía la impresión abominable de que aquello estaba plagado de cosas que se movían.

Sin duda debí de inclinarme cada vez más por la borda para mirar; y de repente —¡santo Dios, cómo chillé!— perdí el equilibrio. Busqué por todos lados algo a que agarrarme y así la braza de trinquete, con lo que en un segundo volví a estar encima de la percha. En el mismo momento, me pareció que la superficie del agua se rompía encima de la perilla de mástil sumergida, y actualmente estoy seguro de haber visto un momento en el aire, junto al flanco del barco, una especie de sombra, pero de eso no me di cuenta inmediatamente. En cualquier caso, al cabo de un instante Tammy dio un grito terrible, y un segundo más tarde pasaba de cabeza por debajo de la batayola. Tuve en seguida la impresión de que iba a echarse por la borda. Le cogí por la cintura del pantalón y por una rodilla, le eché a cubierta, y me senté sobre él; porque se revolvía y gritaba sin cesar. Yo estaba tan sin aliento, trastornado y agotado que no podía fiarme de las manos para sujetarle. En aquel momento ni se me hubiera ocurrido que había una influencia que operaba sobre él y que intentaba soltarse para poder saltar por la borda. Pero ahora que he visto la sombra que se había apoderado de él, lo sé.

Sólo que en aquella época yo estaba tan confundido, obsesionado por una sola idea, que no me encontraba en condiciones de observar bien las cosas. Más tarde, he captado un poco lo que había visto en aquellos momentos sin darme cuenta, comprendéis, ¿no?

Actualmente, al volver a pensar en aquello, sé que la sombra era sólo como un vago halo gris en la luz del día, que destacaba sobre la blancura de las cubiertas y se pegaba a Tammy.

Me encontraba, pues, allí, jadeando, sudando, temblando de miedo de verme derribado a tierra por aquel pequeño endiablado que daba chillidos agudos y peleaba como un loco de atar; tanto que pensé que no conseguiría dominarle.

Luego oí las voces del contramaestre, pasos precipitados sobre la cubierta, manos que me estiraban en todos sentidos para que le soltase.

—¡Maldito cerdo! —gritó alguno.

—¡Sujetadle! ¡Sujetadle! —grité—. Va a echarse por la borda.

Acabaron por comprender que yo no estaba maltratando al muchacho, porque dejaron de sujetarme y me dejaron levantar, mientras dos de ellos inmovilizaban a Tammy para protegerle.

—¿Qué le ocurre? —gritó el contramaestre.

—Creo que ha perdido la chaveta —dije.

—¿Cómo? —preguntó el contramaestre. Pero antes de que pudiese contestarle, Tammy dejó súbitamente de revolverse y se relajó sobre la cubierta.

—Se ha desvanecido —dijo Plummer, muy compasivo. Me miró con aire intrigado y desconfiado—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho?

—Llevadle al sollado —ordenó el contramaestre en tono tajante.

Me chocó que pareciera deseoso de evitar las preguntas. Debía haberse dado cuenta de que yo había visto algo y prefería no hablar de ello a la tripulación.

Plummer se agachó para levantar al muchacho.

—No —dijo el contramaestre—, tú no, Plummer. Jessop, cógelo. —Se volvió hacia los demás marineros—. Ya basta —dijo; y ellos se fueron para proa murmurando un poco.

Levanté al muchacho y le llevé hacia proa.

—No merece la pena ponerle en la litera —dijo el contramaestre—. Déjalo en el cuartel de popa. He enviado al otro muchacho a buscar un poco de aguardiente.

Cuando llegó el alcochol, le dimos una dosis a Tammy, que pronto recobró los sentidos.

Se sentó con aire un poco aturdido. Por lo demás, parecía sosegado y normal.

—¿Qué pasa? —preguntó. Vio al contramaestre—. ¿He estado mal, contramaestre? —exclamó.

—Ahora estás bastante bien, joven —dijo el contramaestre—. Has tenido un pequeño desvanecimiento. Sería mejor que te acostases un rato.

—Pero si ahora estoy muy bien, contramaestre —contestó Tammy—. No creo...

—¡Harás lo que te digo! —le interrumpió el contramaestre—. No te hagas repetir las cosas. Si te necesito, mandaré a por ti.

Tammy se levantó y se fue con paso un poco vacilante hasta la litera. Me imagino que no le desagradaba la idea de tumbarse.

—Y ahora, Jessop —exclamó el contramaestre volviéndose hacia mí—. ¿Cuál es la causa de todo esto? ¡Desembucha, rápido!

Empecé a contarle; pero levantó la mano casi en seguida.

—¡Aguarda un instante! —dijo—. ¡Tenemos prisa!

Saltó a lo alto de la escalera de babor y se precipitó hacia el hombre que estaba al timón.

Luego volvió a bajar.

—¡Braza de trinquete a estribor! —gritó. Se volvió hacia mí—. En seguida me contarás el resto.

—Muy bien, contramaestre —contesté, yéndome a juntar con los compañeros en las brazas.

En cuanto hubimos braceado a tope sobre las amuras de babor, envió a algunos hombres del cuarto a tiramollar las velas. Luego me llamó.

—Sigue ahora con tu historia, Jessop.

Le hablé del gran navío de sombra, y le dije algo sobre Tammy... Quiero decir que quise comunicarle mi incertidumbre: ¿quería realmente echarse por la borda? Porque empezaba a darme cuenta de que había visto a la sombra. Y recordaba la agitación del agua encima de la perilla del mástil sumergido. Pero, claro, el contramaestre no atendía a teorías; le faltó tiempo para ir a ver por sí mismo. Corrió a la batayola y miró abajo. Le seguí y me puse a su lado. La superficie del agua estaba revuelta por el viento y no podíamos ver nada.

—Nada —dijo al momento. Será mejor que te apartes de la batayola antes de que te vea alguno de los otros. Ve a llevar esas drizas a popa, ponlas sobre el cabrestante.

A partir de entonces, y hasta que dieron los ocho toques, estuvimos ocupados en izar y desplegar las velas, y cuando al cabo sonaron las ocho campanadas me apresuré a tragar el desayuno y a dormir un poco.

A mediodía, cuando fuimos al puente para el cuarto de tarde, corrí hacia la batayola, pero no había ni rastro del gran navío de sombra. El contramaestre me hizo trabajar en la baderna sin parar durante todo el cuarto. Puso a Tammy a trenzar diciéndome que no le perdiese de vista. Pero el muchacho se portaba bien, y me dejó bastante tranquilo, aunque, cosa rara, apenas abrió la boca en todo el cuarto. Luego, a las cuatro, bajamos a tomar el té.

A los cuatro toques, cuando subimos de nuevo, me di cuenta de que la brisa ligera que nos había empujado durante todo el día se había calmado, y apenas avanzábamos. El sol estaba bajo, el cielo claro. Una o dos veces, al mirar al horizonte, me pareció observar aquel curioso temblor del aire que había precedido a la llegada de la bruma; y a decir verdad, en dos ocasiones distintas vi que se elevaba una leve cortina de vapor que parecía provenir del mar.

Era a cierta distancia, por babor; por lo demás, todo se encontraba tranquilo y sosegado, y al mirar al agua no podía distinguir ni rastro de aquel gran navío de sombra del fondo del mar.

Poco después de los seis toques dieron la orden de que todo el mundo se dispusiese a arriar velas para la noche. Arremetimos con los sobrejuanetes y los juanetes, y luego con las tres velas bajas. A continuación corrió la voz de que aquella noche no habría vigía a partir de las ocho de la tarde. Naturalmente, esto dio mucho que hablar; sobre todo cuando empezó a rumorearse que las puertas del castillo de proa tenían que cerrarse y atrancarse en cuanto anocheciese y que no se permitía la presencia de nadie en cubierta.

—Entonces ¿quién tomará el timón? —preguntó Plummer.

—Supongo que habrá el turno normal —contestó otro marinero—. Uno de los oficiales tiene que estar a la fuerza en la toldilla; o sea que tendremos compañía.

Aparte de esas observaciones, la opinión general era que, si se confirmaban los rumores, el patrón tomaba medidas razonables. Como decía uno de los hombres:

—Si estamos toda la santa noche en las literas, no hay peligro de que a la mañana falte ninguno.

Poco después, dieron los ocho toques.



LOS PIRATAS FANTASMAS


En el momento en que dieron las ocho campanadas me encontraba en el castillo hablando con cuatro marineros de la otra guardia. De repente, oí gritar a popa y luego, en la cubierta de encima de nuestras cabezas, el ruido sordo que hacía alguien al maniobrar una barra de cabrestante. Di media vuelta en seguida y corrí a la puerta de babor acompañado por cuatro hombres. Saltamos a la cubierta. Caía la noche, pero la oscuridad no era suficiente para impedirnos ver un espectáculo terrible y extraordinario. A lo largo del empalletado de babor reinaba una curiosa grisalla ondeante que caía a bordo y se difundía por las cubiertas. Al fijarme, me di cuenta de que en aquello podía percibir algo absolutamente extraordinario. De repente, toda aquella grisalla movediza se concentró para formar centenares de hombres raros. En la semioscuridad parecían irreales e imposibles, como si fuesen habitantes de un mundo fantástico de sueños. ¡Dios mío! Tuve la impresión de haberme vuelto loco. Se echaban sobre nosotros en gran número, en una gran ola de sombras mortíferas y vivientes.

De un grupo de hombres que se dirigían hacia popa para pasar lista se elevó un grito intenso, terrible:

—¡En la arboladura! —gritó uno; y alzando la mirada vi que aquellas terribles cosas se difundían por los mástiles a docenas.

—¡Cristo! —chilló un hombre con voz aguda, inmediatamente interrumpida.

Miré a la cubierta y vi que rodaban por ella dos de los hombres que habían salido del castillo de proa al mismo tiempo que yo. Quedaban transformados en dos masas indiscernibles que se contorsionaban sobre las tablas. Los monstruos les recubrían casi por completo. Se oían gritos ahogados y jadeos; yo me encontraba con dos marineros. Pasó otro por delante de nosotros, corriendo desalado para entrar en el castillo de proa, con dos hombres grises pisándole los talones, y oí que le mataban. Los dos que se encontraban a mi lado cruzaron corriendo el cuartel de trinquete y subieron a lo alto del castillo por la escalera de estribor.

Pero casi en el mismo momento vi que varios hombres grises subían por la otra escalera y desaparecían. Oí que allá arriba del castillo los dos hombres se ponían a dar voces que quedaron rápidamente ahogadas en una barahúnda infernal. A esto, me volví hacia todos lados buscando por dónde escapar. Miraba en torno, desesperado. Y entonces, en dos brincos, me planté en lo alto de la pocilga, y de allí salté al techo de la camareta. Me eché al suelo y aguardé, jadeando.

Casi inmediatamente, me pareció que todo se ensombrecía; levanté con cuidado la cabeza.

Vi que el barco estaba rodeado por grandes olas de bruma; a dos metros de mí, distinguí a alguien echado boca abajo. Era Tammy. Ahora que la bruma nos ocultaba, me sentía algo más seguro, y me arrastré hasta él. Cuando le toqué tuvo un sobresalto de terror; pero cuando vio que era yo se puso a sollozar como un chiquillo.

—¡Chssst! ¡Cállate, por el amor de Dios! —le dije.

Pero no tenía por qué preocuparme: los gritos de los hombres degollados en las cubiertas, en todas direcciones, ahogaban los demás ruidos.

Me puse de rodillas, miré en torno y hacia arriba. En lo alto percibía vagamente las perchas y las velas; pude constatar que los sobrejuanetes y los juanetes habían sido tocados totalmente y pendían entre los cargafondos. Casi en el mismo momento, cesaron de golpe los gritos terribles que daban los pobres diablos en las cubiertas; sucedió un silencio de muerte, turbado sólo por los sollozos de Tammy. Tendí la mano y le sacudí insistentemente.

—¡Cállate! ¡Tranquilo! —le dije en voz baja, pero insistiendo mucho—. ¡Que van a oírnos ellos!

Hizo esfuerzos por permanecer silencioso; y entonces, al alzar la vista, me di cuenta de que las seis vergas eran izadas rápidamente a lo alto de los mástiles. Apenas se encontraban las velas en su lugar cuando oí el zumbido y el chasquido de los rizos sueltos sobre las vergas de abajo, y comprendí que aquellos fantasmas estaban por la labor.

Hubo un momento de silencio. Avancé con precaución hacia la parte de popa de la camareta y miré más lejos. No pude ver nada por la bruma. Luego, de repente, oí que a mis espaldas Tammy daba un tremendo grito de dolor y de miedo que se estranguló casi en seguida. Me levanté y corrí hacia el lugar en que le había dejado, pero había desaparecido.

Quedé completamente embotado. Tenía ganas de gritar. Por encima de mí oí el chasquido de las velas bajas al dejar las vergas. Abajo, en las cubiertas, en medio de un silencio extraño, inhumano, sólo se oía el ruido que hacían al trabajar una multitud de hombres. Luego se dejó oír encima de mí el chirrido de los motones y las brazas. Ponían las vergas en cruz.

Permanecí en pie. Miré como las vergas se ponían en cruz y súbitamente las velas se hincharon. Al momento, el techo de la camareta en que me encontraba se inclinó bruscamente hacia adelante. La pendiente se acentuó, apenas podía sostenerme en pie, me así a una beta.

Me preguntaba qué iba a ocurrir. Casi de inmediato, surgió de la cubierta, a babor de la camareta, un gran grito humano; al tiempo, en distintos puntos hubo de nuevo horribles gritos de agonía provenientes de aquellos hombres extraños. Alcanzaron la intensidad de un inmenso aullido que me dejó el corazón trastornado. Luego se oyó aún un ruido de combate desesperado, pero duró poco. A continuación un soplo de aire frío vino a perforar la niebla y pude ver la inclinación de las cubiertas. Miré recto delante de mí, a proa. El bauprés se hundía directamente en el agua, y vi como desaparecían las serviolas entre las olas. El techo de la camareta se erguía delante de mí como un muro, y la beta a que me había asido estaba ahora encima de mi cabeza. Vi que la mar pasaba por encima del castillo, se precipitaba hasta la cubierta principal y entraba a chorros en el castillo de proa completamente vacío. En torno de mí, seguía lleno de los gritos de los marineros perdidos. Oí que algo chocaba con la esquina de la camareta, encima de mí, con un ruido sordo, y vi que Plummer se hundía en las olas. Entonces recordé que era él el que iba al timón. Un instante más tarde, la marvenía a lamerme los pies; entonces hubo un siniestro concierto de gritos mezclados con convulsiones de los hombres que se estaban ahogando, el fragor del agua, y me vi precipitado rápidamente a la tinieblas. Solté la beta e hice esfuerzos desesperados por mantenerme, para volver a respirar. Los oídos me zumbaban terriblemente, me iba encontrando pesado, abrí la boca y me sentí morir. Y entonces, ¡gracias a Dios! me volví a encontrar en la superficie, y respiré.

Todavía estaba cegado por el agua, angustiado por la dificultad que tenía en luchar contra la asfixia. Pero me encontré mejor, desembaracé los ojos de aquella agua, de forma que a trescientos metros distinguí un gran barco, casi inmóvil. Apenas daba crédito a mis ojos.


Ilustración: Valeria Uccelli

Comprendía en seguida que tenía una posibilidad de sobrevivir, y me puse a nadar en dirección a vosotros.

Lo que siguió, lo conocéis ya.

—¿Y piensa usted...? —preguntó el capitán, que se calló en seguida.

—No —contestó Jessop—. No pienso. Sé. Ninguno de nosotros cree. Es un hecho comprobado.

La gente habla de cosas extrañas que ocurren el mar; pero no es eso. Es algo real. Todos habéis visto cosas extrañas, tal vez más que yo. Depende. Pero nunca constan en el cuaderno de bitácora. Ese tipo de cosas no se ponen nunca. Ésta no constará, al menos tal como se produjo.

Meneó lentamente la cabeza y siguió, dirigiéndose en particular al capitán:

—Apuesto —dijo sopesando las palabras— a que usted escribe en el suyo algo así: el 18 de mayo. Latitud E... Longitud O... 2 de la tarde. Ligera brisa del sureste. Divisado a estribor un navío completamente aparejado. Observado durante el primer cuarto. No responde a las señales. Durante el segundo cuarto pequeño, se niega obstinadamente a entrar en contacto.

Hacia el octavo toque, se observa que ese navío hunde la proa y al momento se sumerge repentinamente, de proa, con toda su tripulación. Una balsa echada al agua repesca a un marinero de segunda clase llamado Jessop. Es totalmente incapaz de dar una explicación de la catástrofe.

—Y ustedes dos —dijo indicando con un gesto al segundo y al contramaestre— probablemente firmarán ese acta, lo mismo que yo y posiblemente alguno de sus marineros de segunda.

»Cuando lleguemos, eso se imprimirá en los periódicos, y la gente hablará de que hay barcos que no están en condiciones de hacerse a la mar. Tal vez los expertos digan algunas imbecilidades sobre carenados, cuadernas defectuosas, etcétera.

Hubo una risa cínica y luego continuó:

—Mirad, pensándolo bien, nadie más que vosotros llegará nunca a saber lo que en realidad sucedió. Los lobos de mar no pintan nada. Sólo son unos bestias abominables henchidos de vino, marineros sin especialidad... ¡Pobres diablos! A nadie se le ocurrirá tomar en consideración lo que dicen, sólo son cuentos estúpidos. Además, esos miserables sólo cuentan historias cuando están medio bebidos. Por tanto, la gente no va a creerlo, por miedo a que se rían de ellos; claro, no es culpa suya...

Se interrumpió en seco y nos miró sucesivamente a todos. El patrón y los dos oficiales asentían con la cabeza.



APÉNDICE


Soy segundo contramaestre a bordo del Sangier, el barco que, como sabéis, recogió a Jessop; él nos pidió que redactásemos una breve nota para decir lo que habíamos visto desde nuestro bordo, y que la firmásemos. El viejo me ha encargado esa tarea, diciendo que yo podría hacerlo mejor. Avistamos al Mortzestus durante el primer cuarto pequeño, pero todo ocurrió durante el segundo cuarto pequeño. El segundo y yo mismo nos encontrábamos en la toldilla observando. Le habíamos enviado señales, pero aquel barco no había hecho ningún caso; nos pareció curioso, porque podíamos encontrarnos a cosa de trescientos o cuatrocientos metros, a babor, y hacía una noche bonita. Si la tripulación resultase simpática, casi hubiéramos podido organizar un té opíparo. Pero a la vista de su silencio, nos contentamos con considerarles unos cerdos que andaban sueltos y lo dejamos, aun manteniendo la bandera izada.

De todos modos, la verdad es que vigilábamos mucho a aquel barco; y tened en cuenta que a mí me asombraba el silencio que reinaba en él. No podíamos oír ni su campana. Se lo comenté al segundo y me dijo que él también lo había observado.

Entonces, hacia el sexto toque, la tripulación amainó las gavias. Puedo decir que todavía nos fijamos más atentamente, como se puede comprender. Y, préstese atención, no oíamos ningún ruido proveniente de aquel barco, ni siquiera cuando maniobraban las drizas. En cambio, podía ver sin gemelos que el viejo gritaba algo, pero no nos llegaba ni un sonido, aunque hubiéramos tenido que distinguir claramente las palabras.

Entonces, enseguida después del octavo toque, se produjo lo que Jessop nos contó..

El segundo y el viejo afirman haber visto unos hombres que trepaban a bordo del barco; eran un tanto borrosos porque el día comenzaba a declinar; en cuanto al contramaestre y a mí mismo, no sabíamos muy bien; pensábamos haberlo visto, pero también creíamos que no.

Con todo, había algo extraño; todos lo reconocíamos; era una especie de bruma movediza que se desplazaba a lo largo del bordo. Recuerdo que me pareció muy extraño; pero era una de esas cosas que es mejor no afirmar demasiado ni tomar en serio antes de estar seguro.

A partir del momento en que el segundo y el capitán nos dijeron que habían visto unos hombres que subían al abordaje del barco, empezamos a oír los ruidos que venían de allí; de entrada, muy extraños; parecía el sonido de un fonógrafo que empieza a acelerarse. Entonces, nos llegaron los ruidos nítidamente, oímos gritos, aullidos; mirad, yo ni siquiera sé ya qué pensé de aquello. Estaba demasiado sumido en una especie de confusión extraña.

Lo que recuerdo luego es que vi una niebla espesa que rodeaba al buque; dejó de llegarnos ningún ruido, como si hubiesen cerrado alguna puerta. Pero todavía veíamos por encima de la bruma las perchas, los mástiles y las velas. El capitán y el segundo veían hombres en el aparejo; yo tenía la misma impresión; el contramaestre estaba menos seguro. En cualquier caso, en cosa de un minuto pareció que recogían todas las velas, e izaban las vergas a la cabeza de los mástiles. La bruma no nos dejaba ver las velas bajas; pero Jessop dice que también las recogieron y amarraron, como las superiores. Vimos que las vergas estaban puestas en cruz, y las velas se hinchaban y chasqueaban al viento, y sin embargo, las nuestras estaban inertes.

Lo que sucedió a continuación fue lo que más me sorprendió. Los mástiles se inclinaron hacia adelante, vi cómo la popa emergía de la bruma. Al momento, volvimos a oír los ruidos provenientes de aquel barco. Y tengo que decir que los hombres no parecían gritar, sino aullar de dolor. La popa se elevaba cada vez más. Era un espectáculo extraordinario; luego el barco empezó a hundirse por la proa, de cabeza, en medio de aquella bruma.

Lo que dijo Jessop es totalmente exacto, y cuando le vimos nadar (fui yo quien le divisé), echamos una lancha más rápido que pueda haberlo hecho en la vida ningún velero.

El capitán, el contramaestre y el segundo contramaestre van a firmar conmigo.


(firmado)

WILLIAM MAWSTON, capitán.
J. E. G. ADAMS, segundo.
ED. BROWN, contramaestre.
JACK T. EVAN, segundo contramaestre.




William Hope Hodgson (1875-1918) era hijo de un clérigo de Essex (Inglaterra). Teniendo trece años dejó su casa y se embarcó, sirviendo durante ocho años en la British Merchant Navy. Realizó tres viajes alrededor del mundo, recibiendo en una oportunidad la condecoración de la Royal Humane Society por salvar una vida en el mar. Retornó a Lancashire, el lugar de su nacimiento, donde intentó algunos negocios que no tuvieron éxito, y donde comenzó a escribir sus primeros cuentos de horror con los que obtuvo una inesperada y rápida fama. Tenía treinta años cuando publicó su primera novela, que lo hizo popular en Inglaterra, país que siempre ha sido afecto a la literatura fantástica. En 1913 se casó con el gran amor de su juventud y se radicó en el sur de Francia, donde se dedicó a escribir una serie de extrañas y brillantes novelas, así como volúmenes de cuentos y poemas. Su familia cuenta que tenía un gran sentido del humor, y que gustaba gastar toda suerte de bromas a sus ocho hermanos. Su fotografía sugiere un joven sensible, melancólico y atractivo. Al comenzar la Primera Guerra Mundial regresó a Inglaterra y se alistó en la caballería. Allí se hirió al caer de un caballo y fue trasladado a una brigada de la Royal Artillery, con la que combatió en Ypres, siendo distinguido por su valor. Estando en un puesto de observación, fue alcanzado por una granada de obús al efectuar una arriesgada misión de reconocimiento. Su cuerpo fue literalmente hecho pedazos, y sus restos nunca fueron encontrados. Tenía entonces cuarenta y dos años. En el número 172 de Axxón publicamos su cuento "La casa entre los laureles".

Biografía - Más sobre el autor

Axxón 178 - octubre de 2007
Cuento clásico de autor europeo (Fantástico : Fantasía : Fantasmas : Mitos : Inglaterra : Inglés).

            

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